A United Kingdom: Amor y racismo en tiempos del Brexit

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En una película no hay ningún plano ni diálogo aleatorio. No se trata de hacer un trabajo fílmico con las sobras. Y en un festival, en su programación cosida con pomposidad por los comisarios, tampoco. El pasado miércoles se inauguraba el Festival de Cine Londres (London Film Festival) con una cinta que bombeaba savia oxigenada de crítica interna, A United Kingdom (2016), de la directora Amma Asante. Basada en el libro Barra de colores de Susan Williams y con un guión de Guy Hibbert, Asante explica la historia simplificada de amor entre Seretse Khama (David Oyelowo), quien era príncipe de Bechuanalandia (y más tarde se convertiría en el primer presidente de Botsuana) y su novia blanca Ruth Williams (Rosemund Pike).

El trabajo de la directora continúa la misma estela que comenzó con Belle (2013), abriendo cuestiones sobre los límites de clase e identidad británicos. Una llamada desnuda la de A United Kingdom a una isla con un pasado colonial en África que se lubricó con los beneficios que el apartheid dejaba en el cono sur del continente y que con la confirmación del Brexit ha acabado por visibilizar parte de su huella ecológica y humana hacia una parte de la población esclava e inmigrante que ayudó a construir este Estado-Nación.

Poco después de la victoria del SÍ ajustado a la salida del Reino Unido de Europa, los informes de incidentes de odio continúan apareciendo. Los datos confirman que el Brexit es la consecuencia de un país dividido. El New Yorker explicaba en junio que la pobreza y la falta de educación fueron factores determinantes para propiciar la salida, junto con la edad y la raza: “Uno de los mejores indicadores de cómo votaron los británicos fue su nivel de educación. Las personas con títulos universitarios tendieron a optar por la permanencia mientras que las personas sin ellos tendieron a optar por irse”.

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El Brexit y sus secuelas han buceado en las hemerotecas y las trastiendas de la historia desde la década dura de los ochenta, hasta los discursos privatizadores y sin escrúpulos que Margaret Thatcher pronunciaba en los noventa en el número 10 de Downing Street. En realidad, el Brexit ha camuflado el tufo xenófobo de los más conservadores. Pero a pesar del revés, Inglaterra es un lugar mejor, étnicamente más diverso –prueba de ello es que el laborista Sadiq Khan se ha convertido en el primer alcalde musulmán de Londres– y menos –quizás– arrogante. Y por eso la importancia de esta subida de telón del festival de cine que hasta el 16 de octubre inundará las calles de un sentido crítico y en gran formato.

La relevancia de que A United Kingdom centrara los focos mediáticos viene marcada por varios asuntos: la reciente celebración de los cincuenta años de la independencia de Botsuana del Reino Unido Además; y que el filme de Amma Asante se ha convertido en la primera película dirigida por una mujer negra ¡en 60 años de festival! Un símbolo del compromiso del London Film Festival por fomentar la diversidad en la industria del cine. Es más, este año, los actores, productores y directores de cine asistirán a un simposio que tratará de buscar explicaciones a el por qué los actores negros permanecen en el cine subrepresentados.

A United Kingdom es el testimonio de una historia desafiante y duradera que también revela un complejo capítulo doloroso de la historia británica. Una película de relevancia contemporánea que celebra el triunfo del amor y la inteligencia sobre la intolerancia y la opresión.

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La historia de amor narrada en A United Kingdom

*Fragmento del reportaje publicado en la revista del mes de octubre de Mundo Negro. (nº 620).

El inicio de la crisis diplomática comenzó con sonido de jazz de fondo. Era 1947. Ruth Williams estaba en un baile de la Sociedad Misionera de Londres y el joven Seretse Khama, estudiante de Derecho de Oxford, la invitó a bailar. Por aquel entonces, en Sudáfrica todavía no había sido formalizado por los afrikáner el régimen del apartheid, que entraría en vigor de forma legal en 1948. Pero de ese baile londinense surgiría un romance que se convertiría en el foco de una crisis entre Gran Bretaña y Botsuana, vecina del país sudafricano.

Los planes que el padre de Ruth –un excapitán del Ejército indio que más tarde trabajó en el comercio del té– tenía para ella seguramente nada tenían que ver con lo que después aconteció. Y algo parecido ocurriría con el tío de Seretse, Tshekedi Khama. Ella había nacido en una familia acomodada en Blackheath, al sudeste de Londres, y él era un kgosi o jefe supremo –título real que a la edad de cuatro años había heredado de su padre– de la etnia -bamangwato.

Se casaron en secreto. Y la boda provocó un estallido político tanto en el reino de Bechuania, donde esperaban al príncipe para que a su vuelta de Londres se casara con una mujer de su comunidad, como en Sudáfrica, donde las leyes racistas prohibían el matrimonio interracial. Al año siguiente volvieron al reino de Bechuania pensando que sus problemas habían terminado, pero los británicos eran muy dependientes del oro y del uranio sudafricanos, así que, como no querían problemas, exiliaron a Khama y a su esposa de la tierra de sus ancestros para no incentivar sublevaciones sociales.

El príncipe, después de renunciar al trono, y respaldado por las fuertes protestas tanto internas e internacionales, regresó en 1956 ayudando a organizar un movimiento por la independencia. El 30 de septiembre de 1966 Bechuania pasó a denominarse República de Botsuana con Seretse Khama elegido como su primer presidente. Khama sería, incluso, nombrado caballero británico por la reina Isabel II.

Al año siguiente de la independencia, un enorme yacimiento de diamantes fue descubierto en el este del país. Sorprendentemente, Khama consiguió invertir sensiblemente las ganancias en infraestructuras, educación y atención sanitaria, al tiempo que se iniciaban fuertes medidas contra la corrupción. De 1966 a 1980, Botsuana tuvo el mayor crecimiento económico del mundo, y en el informe de 2015 de la ONG Transparencia Internacional se mantiene en primer lugar como el Gobierno menos corrupto de toda África, quedando por delante de Portugal, Israel, España o Italia.

a-united-kingdom-new-posterDespués de 50 años de independencia, el mantenimiento de una cadena ininterrumpida de elecciones democráticas podría considerarse como un logro en sí mismo, sobre todo si observamos a otros países del cono sur de África. Aunque quizás la fortaleza para esta nación de apenas dos millones de habitantes es haber mantenido un equilibrio entre el desarrollo del país y la riqueza de su subsuelo. Botsuana logró edificar un Estado pese a estar rodeado por regímenes racistas (Sudáfrica, Namibia y Zimbabue). No obstante, en la construcción del país influyeron otros factores como su pequeño tamaño y el hecho de que el grupo étnico tsuana hubiera logrado conservar gran parte de su liderazgo tradicional.

Sin embargo, a pesar de que ha alcanzado el estatus de un país con ingresos medios –aproximadamente unos 14.500 euros anuales per cápita–, Botsuana se encuentra con unas tasas de desempleo en torno al 20 por ciento; y la mayoría de la población vive de la agricultura de subsistencia. Al igual que Lesoto, el porcentaje de población con sida se encuentra entre las más elevadas del mundo: un 22,2 por ciento estaría infectado, unos 8.500 niños vivirían con el virus y alrededor de 60.000 se habrían quedado huérfanos a causa de la enfermedad. Además, la desigualdad severa, la aversión a la crítica al Gobierno, las limitaciones de la sociedad civil, el control de los medios de comunicación, el -predominio de un solo partido político o la marginación de los grupos minoritarios, son algunos de los claroscuros de este país definido ampliamente como el ‘milagro africano’.

Con Seretse Ian Khama –hijo del padre de la patria– en la presidencia hasta 2019, Botsuana probablemente mantendrá su reputación como uno de los lugares más fáciles de África para hacer negocios, con una economía flexible y bien gobernada. Sin embargo, el país tiene un largo camino por recorrer antes de que sea capaz de diversificarse, más allá de su dependencia de los diamantes. La mina Jwaneng, la más rica de todo el mundo en esta piedra preciosa, se encuentra a unos 120 kilómetros de Gaborone, la capital del país. Con una producción de cerca de 10,6 millones de quilates por año, hoy en día los diamantes representan más del 60 por ciento de las exportaciones de Botsuana y casi el 25 por ciento de su producto interior bruto. No obstante, la nación puede ver peligrar sus ingresos por la -desaceleración económica que sufren China o India, los dos principales importadores.

El Partido Democrático de Botsuana (BDP, por sus siglas en inglés) ha ganado todas las elecciones desde la independencia, por lo general, con grandes mayorías. En el fondo, esto es el resultado inevitable de la falta de competencia democrática. Se permiten los partidos de oposición, pero se considera que no tienen ninguna posibilidad real de acceder al poder. Fue el propio padre fundador de la nación quien hace 50 años subrayó la conveniencia de una oposición leal y eficaz ya que mantiene al Gobierno sujeto por los pies. Parece que, aunque los ingresos por los diamantes aseguren una década más de beneficios, se hace necesario un nivel de diversificación económica mayor para compensar las desigualdades sociales.

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Sebastian Ruiz
Licenciado en Periodismo (US), Máster en Relaciones Internacionales (UCM), Máster euroafricano en Ciencias Sociales del Desarrollo: Culturas y Desarrollo en África (URV) y Doctorando en Comunicación en África Subsahariana (US). Su campo de investigación se centra en la comunicación, la implicación de los BRICS en los mass media, y en el cine y el audiovisual. Ha realizado documentales en España, Cuba, Senegal, Kenia y Tanzania. Responsable de las áreas de Formación y de Comunicación y coordinador de la sección de Cine y Audiovisuales del Magacín. (Nairobi, Kenia). Contacto: [email protected]
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