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Vieux Farka Touré: “con la música intentamos poner el nombre de Malí en el mundo”

Vieux Farka Touré en una fotografía promocional / Foto: Christophe Losberger

Hundido en un sofá de cuero burdeos, Vieux Farka Touré sonríe y responde a la batería de preguntas. La conversación tiene lugar en los camerinos del Jazz Café de Londres, lugar elegido para hacer sonar por primera vez su último disco, “Samba”. La gira de presentación llega ahora a España con dos conciertos, hoy en Madrid y mañana en Bilbao.

El apellido, es hijo del mítico Ali Farka Touré, no ha intimidado a Vieux que ha curtido una carrera enraizado en lo que mamó: el blues del desierto. Ha vuelto al árido norte de Malí como hiciera en 2011 con “The Secret”. Ahora, además de buscar las huellas del género musical, ha ido a buscar sus raíces. Con “Samba”, palabra songhai para denominar al segundo hijo, parece haber encontrado y estar seguro de quién es. Así, el músico nacido en Niafunké, ha lanzado un álbum introspectivo cuando se cumplen diez años de su homónimo primer trabajo. Lejos quedan esos temas que ideó cuando a su padre lo debilitaba el cáncer. “He hecho varios discos y es difícil describir cómo he llegado hasta aquí. Ha sido un camino muy largo en el que apenas he parado de trabajar”, dice.

Lo sembrado parece haberse recogido en este último trabajo cuyo concierto se asemeja a una tormenta de verano. Truena y refresca. Grabado en directo, “Samba” fue pensado como un disco recopilatorio de sus clásicos. Sin embargo, Vieux llegó a la sesión de grabación con diez nuevos temas. Tras los trabajos con Julia Easterlin y Idan Raichel, el guitarrista decidió mirarse a sí mismo. “Volver al blues es importante. He tocado bastante últimamente y he hecho colaboraciones pero en esta ocasión quise hacer algo para mí”, apunta el maliense.

Acompañado con Mamadou Koné (calabash y batería) y Valery Assouan (bajo), Vieux Farka Touré llega ahora a España con disco que suena lleno de pinceladas funk, reggae y rock. Una mezcla de sonoridades que el músico ha sabido combinar a lo largo de su trayectoria. “He visto mucho estando en la carretera y he aprendido enormemente de las personas, la vida, la cultura y la música. Mi primer álbum fue Vieux Farka Touré y este representa lo mismo pero con otro nombre. Soy Samba”, apunta. “Incluso yo le llamo así”, salta Nick Gold, productor de Ali Farka Touré y la persona detrás del sello World Music Circuit. Un padre adoptivo para Vieux que viene a saludar y que cariñosamente tiene el apodo de “jefe”.

Vieux Farka Touré emprendió su carrera musical a pesar de la reticencia inicial de su padre. Ali quería que siguiera la tradición familiar de alistarse al ejército. Vieux sin embargo comenzó a tocar la batería en el Instituto Nacional de las Artes de Malí aunque siempre estuvo interesado en la guitarra. Comenzó a practicar en 2001 y fue en 2007 cuando apareció en la escena musical de Malí.

Mi padre no quería que me dedicase a la música porque él tuvo muchos problemas hasta que comenzó a trabajar con Nick. Él me aconsejó y tuve claro lo qué hacer cuando firmé mi primer contrato”, explica Vieux.

El músico maliense ha madurado. Lo confiesa y se deduce de sus palabras. Se siente agradecido por ser el hijo de Ali Farka Touré aunque advierte que él tiene su propio estilo y hace su propia música. Y tiene algo especial. “Todos los samba tienen algo especial que dar a la vida. Van a ser conocidos por lo bueno o por lo malo”, dice.

Vieux Farka Touré sabe adónde lleva su carrera y cómo soportar las presiones de la industria. Siempre viaja con el recuerdo de su tierra porque como explica, “con la música intentamos poner el nombre de Malí en el mundo”. Una afirmación compartida por muchos de sus compatriotas ya que “ahora mismo todo el mundo lo relaciona con la guerra pero llevamos la cultura a todas partes”.

La epopeya de Ali Farka Touré a 10 años de su muerte

Hace diez años murió un agricultor del noroeste de Mali ferviente de sus cultivos de arroz y con la devoción como fundamento del trabajo bien hecho. Un agricultor cualquiera, un músico como pocos. Cosecha y álbumes. Planes de irrigación que prosperan sus áridas tierras y un legado musical que sigue suelto como ese sonido que se escapó un día de su djerkel (guitarra de una sola cuerda) y engatusó a Occidente con el blues del desierto. Hace diez años murió Ali Farka Touré.

Festival Au Desert in Essakane, near Timbuktu, Mali January 9 - 11 2004. Ali Farka Toure at Festival Au Desert in Mali. (17/01/2004) Digital Image Copyright Matt Devine (+44 7968 869 662/+44 1622 678 896)

Ali Farka Toure en el Festival Au Desert, en  Essakane, cerca de Timbuktu, Mali. Imagen tomada en enero de 2004. Digital Image Copyright Matt Devine.

Mis manos son un desastre. Duelen pero cuando comes el arroz se olvida. Yo soy un agricultor”, remarcaba Touré. Las palabras son de 1999 cuando el guitarrista maliense llevaba ya cinco años en silencio tras su último álbum Talking Timbuktu, en colaboración con el guitarrista Ry Cooder. Touré había regresado a su localidad Niafunké, a orillas del río Níger, para protegerse de los reconocimientos liderados por su primer GRAMMY, las giras y las expectativas. Siempre agricultor antes que músico.

Llevamos todo el equipo por el desierto y la grabación se produjo bajo un sol abrasador o en la noche peleándonos con los mosquitos y las serpientes”, recuerda el productor ejecutivo de World Circuit Records, Nick Gold, en una conversación telefónica con Wiriko. El productor junto al ingeniero de sonido Jerry Boys viajó a Niafunké con un estudio móvil para grabar el quizás disco más fiel del músico. Del esfuerzo salió Niafunké (1999). “Es más auténtico, más real porque se ha grabado donde la música pertenece”, explicaba Ali Farka Touré sobre el álbum.

La conexión con su tierra fue una constante vital en un joven que fascinado por la destreza de Keita Fodeba a la guitarra quiso tantear ese “don otorgado por dios”. A pesar de que su madre era reacia a un oficio que no casaba con su descendencia, el autodidacta Touré destacó en la escena musical de Mali y representó a su país en un festival internacional de artes en Bulgaria en 1968 donde adquirió su primera guitarra.

Ali publicó varios álbumes en Francia pero desconocía, sin embargo, que la casualidad se topaba con el británico DJ Andy Kershaw de Radio 1 de la BBC en una tienda de discos de París. El dependiente le regaló a Kershaw el homónimo Ali Farka Touré que permaneció durante años en el establecimiento sin que nadie se interesara por un trabajo que poco después comenzaría a sonar en la radiofórmula inglesa. Un blues que no llegaba de los Estados Unidos sino de África Occidental.

El sello independiente de Londres World Circuit Records se interesó inmediatamente en su música y Anne Hunt, una de sus fundadoras, viajó a Bamako para intentar firmar al músico que por entonces se encontraba sin discográfica. Ali Farka Touré tocó en el Reino Unido en 1987 por primera vez y sin quererlo se convirtió en estandarte de la música maliense. Desde 1988 hasta su muerte, World Circuit Records lanzó ocho discos del artista y recuperó material de grabaciones anteriores en compilaciones como Radio Mali (1996) y Red & Green (2004).

Una vez se comienza a hurgar y se familiariza con la música, se disfruta mucho más”, dice Nick Gold que fue el encargado de expandir la música de Touré. Gold junto a personas como Lucy Durán, etnomusicóloga y profesora del SOAS, invitaron a Occidente a escuchar a Mali. Ali Farka Touré allanó el camino a músicos malienses como Toumani Diabaté, Kassé-Mady Diabaté, Oumou Sangaré, Salif Keita, Tinariwen, Bassekou Kouyaté o Fatoumata Diawara, entre otros.

Ali Farka Touré, junto a Nick Gold, relajados delante de los Estudios Bogolan. Imagen de Jonas Karlsson.

Ali Farka Touré, junto a Nick Gold, relajados delante de los Estudios Bogolan. Imagen de Jonas Karlsson.

Su hijo, Vieux Farka Touré, también sigue los pasos de ese “hombre sencillo”, como le recordaba en un video grabado para la revista Rolling Stones. Vieux aparecía sentado en una colorida estera bajo un árbol y acompañado de una guitarra en un guiño a aquella estampa en la que su padre explicaba que el blues pertenecía a Mali. Esa escena pertenece al documental de Martin Scorsese “The Blues” Feel Like Going Home en el que el director estadounidense traza un viaje hacia las orillas del Níger en busca de los orígenes africanos del blues.

Martin_Scorsese_Presents_the_Blues_Feel_Like_Going_Home-562769375-largeSu música fluye, los acordes andan desnudos y la belleza se conjura en In The Heart of The Moon (2005) junto a la Kora de Toumani Diabaté. Un trabajo grabado en una habitación del Hotel Mandé de Bamako y por el cual ambos músicos consiguieron el GRAMMY. Pocas semanas después de conseguir el galardón, Ali Farka Touré falleció en su Niafunké debido a cáncer de hueso que le afectaba desde hacía dos años. Savane (2006), su último álbum de estudio, fue ya publicado póstumamente.

Ali Farka Touré era una de esas personas que hablaba como cantaba. Pausado, midiendo las palabras y dejando letras perennes que hablan del trabajo de la tierra y el sacrificio. De educación y tolerancia. Cantó en diversas lenguas como la Sonrai, Peul, Songhai, Bambara o Tamasheck, representando la unión de un Mali muy diverso culturalmente, e invitó a los malienses a trabajar por un mismo objetivo. “Fue el mediador entre el norte y el sur de Mali”, recordaba el escritor y especialista en música maliense, Cherif Keita.

Un icono nacional que aspiraba a lograr de Mali un lugar para “la ilustración de islam, para un islam pacífico”, como explicaba Keita. Sin embargo y años después de su muerte, Niafunké se vio sumida al sonido de los kalasnikovs y enmudeció para verse obligada a cumplir una sharia impuesta por los extremistas que ocuparon la región del norte del país. La música de Ali se dejaba de escuchar en su Niafunké aunque Mali siguió luchando. Siguió tocando y hoy está libre.

Van a poner una calle con su nombre e incluso han preparado un torneo de fútbol en su honor”, dijo Nick Gold antes de poner rumbo a Bamako. En la capital de Mali se organizó ayer un concierto en memoria del músico donde actuaron su hijo Vieux Farka Touré y Bassekou Kouyaté. Vieux, que se encuentra actualmente de gira por la península ibérica, es contundente con como la indústria de las músicas del mundo trató a su padre. “Lo estafaron aprovechándose de que no tenía formación, y no quería que yo pasara por lo mismo“, explica argumentando por qué su padre se oponía a que el hijo se dedicara a la música.

La semana pasada, el Museo Nacional de Bamako rendía homenaje al icono de la música maliense con una exposición fotográfica. Ni Mali ni el mundo podrá jamás agradecer suficientemente a ese humilde agricultor que cultivó, a orillas del Níger, la historia sonora y la unidad de uno de los países culturalmente más fructíferos de África y del mundo.

¡Gracias maestro!

África: banda sonora 2015 (V)

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Lo nuevo del extraordinário Bassekou Kouyate con su banda Ngoni Ba merece estar en nuestro podio de las mejores novedades discográficas que están formando nuestra recopilación África: banda sonora 2015. El que ya era una de las personalidades musicales más relevantes del continente nos sorprende con un nuevo álbum que hipnotiza a cualquier amante de los sonidos de la rivera del Níger. Siempre tan llenos de embruje, gracias a su siempre actualizado sonido tradicional.

Pellizcando las cuerdas de su pequeño ngoni , considerado por muchos como el ancestro del banjo, Bassekou se convirtió desde muy joven en un maestro del instrumento bambara o bamana que sintetiza la identidad y tradición sonora de este pueblo, y emergió como figura indispensable de una nueva generación de griots. En 2005 grabaría su primer álbum en solitario, Segou Blues, junto a su banda Ngoni Ba, que vería la luz en 2007. Su segundo álbum, I Speak Fula, engendrado en 2009 después de una gira que el maliense dió por Estados Unidos, ya sonó en todas las emisoras capaces de reconocer el talento más allá de las ondas occidentales. Fue en 2013 cuando llegó el turno de su tercer álbum: Jama Ko, con piezas que retrataban el delicado clima político que vivía Mali en aquél momento tras un golpe de estado que quería partir el país en dos. Las tres piezas, todas editadas con el sello alemán Out Of Here Records, fueron aclamadas tanto por el público como por la crítica, y Bassekou se convirtió en uno de los artistas africanos más aclamados tanto internacionalmente como en todo África Occidental.

BKNCoverAhora, Bassekou Kouyate vuelve a regalarnos una joya sonora con su Ba Power, un trabajo cuyo nombre es toda una declaración de principios: El Poder de Ba.

Grabado en MBK Studios de Bamako y rodeado de sus hijos y nietos para su elaboración, el álbum ha sido apadrinado ahora por la escudería Glitterbit Records (sello de otro de nuestros álbumes para este 2015, Samba Touré). En él, Bassekou exprime y hace relucir su técnica con el ngoni a través de la electrificación y los pedales de efectos y con la maestría que lo caracteriza. Ba Power nos invita a un viaje delirante por la historia, el desierto y la sabana, entroncando tradiciones que van del blues del desierto que catapultó a la fama el maestro Ali Farka Touré al rock más energético, ya marca de la casa de bandas malienses como Tinariwen o hasta al afro-beat.

El álbum abre con el potentísimo single Siran Fen, donde la poderosa voz de su esposa, Amy Sacko, junto a percusiones frenéticas combinan de forma explosiva una apertura de álbum que no deja indiferente a nadie. Sigue con Musow Fanga o ‘El Poder de las Mujeres’, una alabanza a la mujer. En Abé Sumaya el rock más pausado posee a Ngoni Ba y en Borongoli ma Kurunban uno está obligado a rendirse a todos los encantos y dejarse transportar. Waati cede el protagonismo a Adama Yalomba y abraza con distorsión y solos frenéticos al oyente.

En general, Ba Power está impregnado de blues maliense y de rock hasta la médula. El ngoni de Bassekou, al que muchos comparan con el Jimi Hendrix maliense, cose las 9 piezas que componen este trabajo con delirantes sonidos a lo Led Zeppelin. Un regalo incomparable de lo que nos ha llegado hasta ahora en nuestra serie África: banda sonora. Nos atreveríamos a decir, que Ba Power va en camino de convertirse en el álbum del año.

Porgy & Bess y la Cape Town Opera

Un momento del montaje. Fotos: Cedidas por el Gran Teatre del Liceu. Autor: A. Bofill

Un momento del montaje. Fotos: Cedidas por el Gran Teatre del Liceu. Autor: A. Bofill

El Gran Teatre del Liceu de Barcelona acogió del 11 al 19 la “opera-jazz” Porgy & Bess, en un montaje realizado por la Cape Town Opera. Lo cierto es que los géneros con apellidos son siempre un terreno resbaladizo (¿qué es exactamente una “opera-jazz”?) y por eso, a menudo, vale más la pena obviar las etiquetas, que pueden tener una cierta utilidad para clasificar, y simplemente ver y disfrutar. Y por eso, lo primero que se puede decir es que a pesar de estar reconocida como una ópera estándar desde hace casi cuarenta años, hasta los no iniciados pueden descubrir que no se trata de una pieza del género del bel canto al uso. Tiene algo, más. Algo evidente de teatro musical, por las piezas corales coreografiadas, algo quizá de jazz y sin duda de blues y de góspel, tanto en el ambiente que transmite como en las frases que componen muchas de sus partituras.

Porgy & Bess es la obra cumbre de George Gershwin, con un guión original de Ira Gershwin y DuBois y Dorothy Heyward, basado en una obra de teatro de estos dos últimos y a su vez en una novela de DuBois. Ya desde un buen principio se concibió con un cierto carácter experimental ya que estaba pensada para Broadway (la cuna de los musicales), pero interpretada por actores con formación en música clásica. Así, a pesar de las modificaciones y los cambios que ha ido experimentando en sus ochenta años de existencia no ha podido (porque seguramente no ha querido) sacudirse ese rastro de teatro musical.

En el centro los protagonistas de la pieza, Bess y Porgy. Fotos: Cedidas por el Gran Teatre del Liceu. Autor: A. Bofill

En el centro los protagonistas de la pieza, Bess y Porgy. Fotos: Cedidas por el Gran Teatre del Liceu. Autor: A. Bofill

La trama nos sitúa en los barrios negros deprimidos de la Carolina del Sur de los años 30. A través de una historia de amor tan turbulenta que resulta imposible retrata la vida en estos suburbios, lo que le confiere algo (mucho) de obra costumbrista. De esta manera, el romance entre Porgy, un pedigüeño discapacitado, y Bess, una mujer que se debate entre la vida alegre y la calidez del hogar, sirve como excusa para explorar los sentimientos humanos, las vicisitudes de la pobreza, las estrategias de resistencia, la solidaridad y la traición, lo mejor y lo peor de los hombres, incluida la discriminación ración y la lucha por la supervivencia. Seguramente este argumento ha sido lo que ha permitido que se unan las inquietudes de las comunidades afroamericanas de la época (que la adoptaron como una descripción aceptable) y las de la Sudáfrica del Apartheid.

De hecho, el montaje de la Cape Town Opera huele inevitablemente a Sudáfrica. Si no fuese por algunas referencias geográficas, como la insistencia de un traficante de cocaína para que Bess, la protagonista, le acompañe a Nueva York, cualquier espectador situaría la acción en la Sudáfrica del Apartheid, incluidos los poco amables policías blancos. Las reminiscencias del blues, del jazz y del góspel, evidentemente, no desentonan para nada en esta ambientación. Es posible que la Cape Town Opera haya captado una esencia que, quizá, incluso el autor de la obra original desconocía y, por ello, su montaje ha sido elogiado internacionalmente, sobre todo, en su inicio de gira en el Reino Unido. Así, no es difícil que el Charleston de los años treinta, se parezca mucho al Soweto de los setenta.

El personaje de Maria, haciendo frente a Sportin' Life. Fotos: Cedidas por el Gran Teatre del Liceu. Autor: A. Bofill

El personaje de Maria, haciendo frente a Sportin’ Life. Fotos: Cedidas por el Gran Teatre del Liceu. Autor: A. Bofill

Del elenco poco se puede decir, más que la elección es completamente ideal. El Porgy que interpreta Lindile Kula Sr es un discapacitado con una presencia pétrea que, sin embargo, transmite a la perfección la piedad que despierta el hombre enamorado perdidamente de una mujer que sólo le puede llevar a la desgracia y la admiración por el individuo resuelto dispuesto a llevar hasta el final sus convicciones. La Bess de Philisa Sibeko realiza de una manera creíble el viaje de ida y vuelta del desenfado de la mujer de vida alegre a la respetabilidad de la mujer de su casa y, sobre todo, esa humana contradicción entre la convicción y la debilidad que le va llevando del cielo al infierno. Del mismo modo, el desprecio del Crown (el insistente proxeneta de Bess) de Mandisinde Mbuyazwe y el desenfado y la vivacidad de un Sportin’ Life (el camello que suministra y pretende a la protagonista) que Lukhanyo Moyake interpreta como un zorro escurridizo, calculador y cicatero.

Sin embargo, llama la atención especialmente Fikile Mthetwa que se mete en el papel de Maria, una de esas “mamis” africanas que fácilmente se dibuja en la imaginación de casi todos, una especie de matriarca del suburbio que tan pronto aconseja con delicadeza a la oveja descarriada, como enseña los dientes y pone en fuga al camello o acuna al huérfano. Mthetwa transmite con su figura, con su presencia y con su interpretación, pero también su forma de cantar, camina por el registro operístico sin problemas y sin previo aviso flirtea con el góspel o se acerca a un fraseo casi rapeado y todo sin perder la naturalidad y la continuidad.

Puede que Porgy & Bess esté dentro del estándar operístico clásico, pero de alguna manera se separa de las figuras más previsibles. Y, en todo caso, lo que la Cape Town Opera ha hecho con el libreto original (haciéndolo viajar de EE.UU. a Sudáfrica) no es una adaptación, sino una apropiación, en el sentido más positivo del concepto.