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Teju Cole: “Tenemos que dar un paso atrás y preguntarnos qué significa vivir en comunidad”

“Dos segundos”, me pide interrumpiendo la entrevista. Estamos en el comedor de su hotel y solo hay dos mesas ocupadas, la nuestra y otra con una mujer trabajando en su ordenador. Acaba de entrar una camarera que trajina con platos cerca de la otra mesa. Teju Cole hace rato que se las mira. De repente, algo en la escena capta su atención y merece ser contado. Coge su cámara con prisa (siempre le acompaña cerca, por si acaso) y hace un par de fotos. Luego, podemos seguir con la conversación. Cole es tranquilo y, aunque mide sus palabras al milímetro para hacerse entender, no tiene reparos en hablar claro acerca del mundo y sus problemas, ni al dar su opinión acerca de la política de Estados Unidos y Nigeria, sus dos hogares.

EL novelista de origen nigeriano, Teju Cole, en Barcelona. Fotografía: Maria Colom. 

Maria Colom: Las tradiciones literarias americana y africana son muy distintas. Lo importante en Estados Unidos son los libros que lees, mientras que en muchos lugares de África son esenciales las historias que pasan de padres a hijos. ¿Cuáles han sido sus influencias?

Teju Cole: Para mí, siempre es importante tener presente que mi trabajo se basa en la escritura y que no viene de una tradición oral. No cuento historias, las escribo. Mi trabajo y mi forma de pensar vienen de los libros. A veces me han preguntado por el yoruba, mi lengua materna de Nigeria, que considero muy importante, pero siempre respondo que son James Joyce y Virginia Wolf, por el idioma y su estructura, mis verdaderas influencias. Respeto mucho la tradición oral, pero no es el lenguaje con el que trabajo.

M.C: En una ocasión comentó que “su estilo de escritura es descriptivo, que le gusta describir cómo se entiende el mundo físico y que le gusta crear escenas”. ¿Es esencial para usted, esta colaboración entre letras e imágenes tan característica en sus obras?

T.C: Sí, es sinónimo de libertad y un regalo tener la posibilidad de trabajar con las dos disciplinas. Pensar en el mundo, no solo por lo que significa, sino por cómo lo vemos. Todo está conectado. Cuando estás describiendo lo que ves, también puedes entender lo que significa. Por eso describo con la escritura y la fotografía y me gusta que mis fotografías sean “fotos narrativas”, que cuenten una historia. Quiero que mis fotos sean como si alguien estuviera escribiendo una frase, como si alguien estuviera organizando el mundo de una manera en particular. Quiero que hagan pensar.

M.C: Usted fue uno de los primeros en cultivar la twitteratura, pero ya hace un tiempo que no tiene actividad en la red. ¿Se ha cansado de las redes sociales?

T.C: (Ríe). No, me gusta avanzar, así que ahora prefiero usar Instagram, cada día. Estuvo bien, también, salir de Twitter el año pasado, nunca me hubiera imaginado lo bueno que sería. Porque el año pasado empezó a usar Twitter un hombre loco que se volvió muy activo. Estoy hablando del presidente de Estados Unidos. Me alegra haber salido de esta red social al mismo tiempo que él entró y se convirtió en una persona muy popular.

M.C: También ha comentado que, más que novelista, es un escritor de ciudades. En sus novelas ha adoptado un papel de “Writerly Walker” (en referencia al concepto que introdujo Baudelaire). ¿Es éste el formato en el que se siente más cómodo?

T.C: En mis primeros trabajos sí, pero siempre estoy evolucionando y ahora prefiero pensar en los espacios entre ciudades, en montañas y en espacios abiertos. Las ciudades son importantes, andar es importante, pero siempre trato de pensar en lo que me hace crecer. De todas formas, sigo muy conectado con las ciudades porque son nuestra mejor oportunidad para vivir juntos y para averiguar cómo desarrollar nuestros recursos de una manera inteligente.

Teju Cole desarrolla su pasión por la fotografía, con la que también cuenta sus historias. Fotografía: Maria Colom. 

M.C: En su novela, además de encontrar una lectura crítica, podemos percibir la nostalgia del que se fue y vuelve para reconocerse. ¿Por qué es tan importante la identidad para usted?

T.C: Creo que, a una persona como yo, que vive en Estados Unidos, país que se ha construido gracias a personas muy diferentes, le tiene que surgir la pregunta “¿a dónde perteneces?”, y te viene a la memoria tu hogar. Crecí en Nigeria, una sociedad lejana y homogénea, no a nivel cultural, pero sí a nivel racial; todo el mundo a mi alrededor era negro. No tenía que explicar quién era y mi color no era importante. Cuando llegué a Estados Unidos, de golpe me había convertido en un hombre negro en América y fue cuando estas preguntas se volvieron importantes para mí.

Creo que, en este mundo moderno, todos tenemos que preguntarnos cosas que nunca nos habríamos preguntado acerca de la propia identidad. Ahora tienes que plantearte cuál es tu actitud con lo exterior, con lo extranjero. ¿Eres tú el extranjero? Estamos aquí sentados en España y hablamos de nosotros; ¿qué significa nosotros? ¿Quién está dentro y quién fuera? ¿Quién tiene el derecho de vivir en un lugar en particular? ¿Puede un chileno que vive aquí sentirse como en casa? ¿Qué pasa con un negro español que tiene la nacionalidad, o es que los españoles solo pueden tener un color determinado de piel? Son preguntas que no desaparecen nunca y con las que estamos obligados a lidiar cada día.

 

Preguntas acerca de mi nacionalidad y mi lengua materna no son tan importantes para mí; ser nigeriano o americano no es tan importante. Prefiero verme como un ciudadano del mundo y vivir de la mejor manera posible.

 

M.C: En un ensayo de su libro Known and strange things, “Home strange home”, habla de su infancia (nació en Estados Unidos, pero a los cinco meses de vida volvió a Nigeria hasta los 17, que volvió a Michigan para estudiar en la universidad) y de los recuerdos, reales e imaginarios, que tenía o se creó de sus dos hogares. ¿Qué puede decirnos de su propia identidad?

T.C: Soy una persona que está muy interesada en ser libre, en un sentido un poco pasado de moda y existencialista. ¿Qué significa estar y pertenecer a un mundo en el que ni siguiera he pedido nacer? ¿Cómo puedo poner mi libertar y mi individualidad en este mundo y ser, a la vez, responsable de lo que sucede en comunidad? Aquí es donde se encuentra mi identidad, en lo más profundo. Preguntas acerca de mi nacionalidad y mi lengua materna no son tan importantes para mí; ser nigeriano o americano no es tan importante. Prefiero verme como un ciudadano del mundo y vivir de la mejor manera posible. La política mundial de los últimos años nos ha convertido a todos en filósofos, tenemos que dar un paso atrás y preguntarnos qué significa vivir en comunidad y cómo organizamos nuestras sociedades. Creo que mi trabajo siempre trata de responder estas preguntas y todos tenemos que hacérnoslas.

“Ciudad abierta”, Teju Cole

M.C: En su primer libro traducido al castellano, Ciudad abierta, usted escribió: “A veces, mientras hago cola para ir al lavabo, hay gente que me mira de manera que me hace sentir como Ota Benga, el pigmeo Mbuti que se exhibió en el zoo del Bronx en 1906”. ¿Por qué cree que perdura esta visión en un mundo tan globalizado en el que todos tenemos más semejanzas que diferencias?

T.C: Escapamos de la Europa medieval y entramos en el mundo moderno, el siglo de los grandes descubrimientos, se empezó a viajar por todo el mundo y los europeos fueron a América y África: la conquista, la colonización y la esclavitud. Todos estos son hechos que han condicionado la interacción entre negros y blancos. Con el colonialismo, vinieron, se llevaron los recursos y nos convirtieron en buenos cristianos. Luego, el cultivo de la caña de azúcar y el del algodón eran muy duros, así que nos llevaron como esclavos para hacer el trabajo durante toda la vida, trabajo que también harían nuestros hijos y nietos. Vida en prisión con trabajo duro. Estas estructuras siguen afectando a la interacción entre negros y blancos, porque la memoria histórica no ha desaparecido. Y el colonialismo sigue hoy en día a nivel empresarial con acuerdos secretos. Francia aún tiene colonias en África con acuerdos económicos. Quizá no esté para siempre, pero por ahora sigue siendo real porque tanto la esclavitud como el colonialismo se basan en las ideas de superioridad e inferioridad y la gente no va a dejarlo ir a la ligera.

M.C: ¿Qué deberíamos hacer para cambiar esto?

T.C: ¿Por qué hay que cambiarlo? Desde el punto de vista blanco, quiero decir. Está bien ser superior, es divertido. Nadie va a dejar ir el poder de buena gana. Así que no creo que pueda decir nada a los blancos acerca de la superioridad racial. Lo que sí que tienen que hacer los negros es luchar porque nadie lo va a poner fácil. Y va a ser duro y desagradable llegar a la igualdad, no la vamos a conseguir de forma amable. Es lo mismo que la igualdad entre hombres y mujeres. Podemos hablar de igualdad como buenos feministas, pero la única manera de conseguirla es que las mujeres sigan luchando, quejándose y pidiéndola.

“Cada día es del ladrón”, Teju Cole

M.C: En Ciudad abierta, entre otras cosas, habla de la inmigración, la convivencia y la diversidad. ¿Son realmente Estados Unidos y Europa “ciudades y mundos” abiertos? 

T.C: ¿Has oído hablar del muro en la frontera de México? Estados Unidos es un lugar interesante, abierto y no abierto al mismo tiempo. Por un lado, hay un sentimiento muy fuerte de libertad y diversidad. Yo vivo en Brooklyn, y hay gente de todas partes del mundo con distintas culturas. Esto es normal, está abierto en este sentido, está abierto comparado con Vietnam o Rusia o Marruecos, que no lo están. Pero no debemos olvidar que la estructura económica está basada en crímenes bastante serios relacionados con los nativos americanos, con los negros o con los inmigrantes. Existe diversidad, pero, al mismo tiempo, la estructura está equivocada. Es una paradoja; no es un lugar inocente, pero aún tiene muchas posibilidades. En este momento creo que todas las naciones de Europa deben volverse más abiertas y multiculturales. 

M.C: Usted tiene doble nacionalidad (estadounidense y nigeriana). ¿Qué opina del camino político que está tomando Estados Unidos con Donald Trump, sobre todo en sus políticas de inmigración? 

T.C: Creo que es un maldito maníaco. Esto es lo que creo. ¿Qué opinas tú?

M.C: No estoy segura de querer pensar mucho acerca del tema porque no quiero asustarme demasiado. 

T.C: Exacto. Nunca me había enfrentado, mentalmente, a una crisis política como esta, en mi vida. Y no se trata solo de las políticas de inmigración, que son un emblema de su brutalidad natural. Espero que esta pesadilla se acabe pronto.

 

Nigeria es como una casa que se construye despacio, que la lluvia destruye un poco de lo construido, pero que se vuelve a construir después. Pero Estados Unidos es como si alguien tuviera una casa preciosa y la prendiera en llamas, y esto es aún más deprimente.

 

M.C: Durante la campaña #BringBackOurGirls, usted dijo que había un verdadero reto para la democracia nigeriana. ¿Cómo ve la actualidad política de Nigeria?

T.C: No es muy esperanzadora. Creo que nuestra democracia es joven y que se está desarrollando muy rápido. Democracia no es solo tener derecho a elegir a tus líderes, sino tener claro cómo debemos quejarnos de las cosas que no están bien; cómo participar en la estructura de la sociedad. Nos estamos desarrollando, pero es un país con mucha población, la corrupción sigue siendo un problema, y desde la crisis del petróleo, nuestra economía tiene serios problemas. Son tiempos duros, pero justo después de las elecciones estadounidenses, fui a Nigeria y me sentí mucho mejor allí, el país está avanzando. Nigeria es como una casa que se construye despacio, que la lluvia destruye un poco de lo construido, pero que se vuelve a construir después. Pero Estados Unidos es como si alguien tuviera una casa preciosa y le prendiera llamas, y esto es aún más deprimente.

M.C: ¿Cómo ve la sociedad civil en África? ¿Cree que se está construyendo una nueva realidad en las ciudades?

T.C: Sí, y esta es nuestra mayor esperanza. Las ciudades son un lugar con oportunidades. Y esto se da en cualquier país. Lugares en los que podemos poner en práctica la inclusión y la diversidad. Se está desarrollando algo en las ciudades inteligentes que usan la tecnología. Con tantas personas viviendo juntas (21 millones de personas son los que viven en el ámbito metropolitano de Lagos), hay que resolver muchos problemas de servicios, transporte, educación; pero las ciudades son una oportunidad. Soy un fan de las ciudades en este sentido, porque son lugares en el que se te permite ser quien quieras ser. Puedes ser gay, excéntrico, moderno; puedes ser católico, judío, musulmán, protestante, budista o ateo. En una ciudad nadie va a llamar a tu puerta para decirte que no puedes hacer o ser algo. Por supuesto que una ciudad puede ser fría y distante, pero para lugares como África, las ciudades son la mejor apuesta.

12 películas sobre negros que Trump nunca visionará

Hace unos meses inauguraba el entonces presidente Obama en Washington el Museo Nacional de Historia y Cultura Afroamericana. Ha tardado un siglo en convertirse en realidad. No ha sido un milagro sino voluntad. Aunque bien podría incluirse la presidencia de Barack Obama en el catálogo de los milagros si tenemos en cuenta el pasado reciente de esta nación. Hablo de milagro que no de santidad, ojo. El gesto de este nuevo museo fue solo uno de sus intentos en enmendar el pasado de su país en relación con la población, que es mayoritaria, hijos de migrantes. Incluido el propio Trump. Pero esta afirmación cobra importancia en el campo del cine. Se puede afirmar que la era Obama y el relanzamiento de lo “afro” comenzó en enero de 2009, cuando el director Lee Daniels dirigió su ácida Precious, adaptada por Geoffrey Fletcher de una adaptación de Push, primera novela de Ramona Lofton escrita bajo el pseudónimo Sapphire. El guionista recibió un Oscar, como también Monique Angela Imes (Mo’nique) a la mejor actriz de reparto. Precious dejó sin palabras a los jurados de decenas de festivales entre ellos los de San Sebastián, Cannes, Toronto o Sundance.

No era una historia bonita. Más bien de esas que te desgarran las lágrimas y te dejan desalmado. Seco por dentro y por fuera. Porque Precious es una adolescente obesa, analfabeta, embarazada por la violación de su padre y con un madre que la sacude psicológica y físicamente. Una película donde el director Daniels expone toda la rabia de la pobreza afro arraigada en los suburbios de Nueva York, en Harlem. Un odio hacia los orígenes de la segregación en la capital del mundo.

Era el tipo de película que Hollywood nunca pensó que llegaría a tener éxito. Y sin embargo, lo hizo. Reconocimiento de la crítica, sus seis nominaciones a los Oscar, dos galardones, una recaudación magnífica que la mantenía en las carteleras mucho más tiempo de lo que nadie había esperado. E incluso, el objetivo conseguido: se desencadenó un gran debate dentro de la industria sobre las perspectivas de otros proyectos desafiantes y, por qué no, moralizantes.

El debate comenzó a intensificarse y la textura de las historias que aparecían en pantalla comenzó a cambiar. Ese mismo año aparecería The Blind Side (Un sueño posible), 2009 que le valió un Oscar a Sandra Bullock examinando la culpa blanca cara a cara. Pero las caras negras todavía estaban detrás de las bambalinas. Claro que desde hace años el pódium de los actores y actrices negros han tenido eco y mucho: Morgan Freeman, Denzel Washington, Will Smith, Samuel L. Jackson, Halle Berry, Eddie Murphy o Whoopi Goldberg. Había películas de negros dirigidas a atraer a un público negro. Pero durante los ocho años de gobierno de Obama, si algo hizo por la historia afro de los Estados Unidos fue apoyarla, hacerla visible y naturalizarla a través del cine. Ayudar a reescribir la historia.


La esclavitud como pecado original del nacimiento de los Estados Unidos

Hace unos años tratamos el tema en Wiriko. En ese artículo decíamos que las visiones diferenciadas de la Guerra de Secesión estadounidense que ofrecían Spielberg, con su película Lincoln, 2012 y Tarantino, con Django desencadenado, 2012 conducían a un clima previo a la celebración de los Óscar enmarcado en el sentimiento patriótico a la bondad de la nación. Sea como fuere, 12 años de esclavitud, 2013 dirigida por Steve McQueen abrió un nuevo camino: revisión del pasado, orgía de azotes y tres Oscar, uno de ellos a la mejor película, otro al guion adaptado y a la mejor actriz de reparto, la keniana Lupita Nyong’o.

 

 

 


Marcha para reclamar el voto afroamericano

Selma, 2014 es un drama político entusiasta, en el que la directora Ava DuVernay narra la historia de la batalla trascendental que vivieron el reverendo Martin Luther King y otros líderes para aprobar la ley de 1965 del Derecho al Voto. Una marcha desde Selma a Montgomery, Alabama, en marzo del 1965. Con Selma, DuVernay se convirtió en la primera directora afroamericana en ser nominada en los Oscar a la mejor película.


Diferencias de clase y menosprecio a los criados negros

Criadas y Señoras (The help), 2011 cuenta la historia de una joven escritora valiente, Eugenia “Skeeter” Phelan, quien ha decidido escribir un libro sobre las criadas negras que crían a los niños blancos en su ciudad natal. Estamos en Jackson, Mississippi en 1963. Un guion sobre la segregación, el linchamiento y la humillación.

El mayordomo (The Butler), 2013 es el relato ficticio de un hombre negro del sur del país que trabajaba como mayordomo de la Casa Blanca durante siete presidentes: desde Eisenhower hasta Reagan. La historia de este hombre, que comienza en un campo de algodón de Georgia y termina con una invitación al lugar de donde emigró, describe un viaje personal, racial y nacional de una manera que hace pensar, a pesar de lo ficcionado, que es un claro mensaje a la exploración de los orígenes de Obama.

 


Discriminación policial y de las leyes contra la población afrodescendiente

Estación Fruitvale (Fruitvale Station), 2013 fue la ópera prima de Ryan Coogler, y se estrenó golpeando en el corazón del debate. La película recoge el trágico incidente en la estación de metro de San Francisco Fruitvale en la noche vieja del 2008 cuando Oscar Grant III fue asesinado por un policía tras unos altercados que fueron grabados con el móvil de los propios pasajeros del metro. Aunque le condenaron a dos años de prisión, el policía fue puesto en libertad a los once meses. En los Estados Unidos las manifestaciones  han aumentado en el último año a causa de los asesinatos de población negra a manos de los cuerpos de seguridad estadounidenses que se exceden en sus cometidos.

13, 2016 acaba de recoger tres Premios de la Asociación de Críticos y está en la lista a los Oscar al mejor documental. La película narra cómo el sistema de justicia criminal de Estados Unidos ha sido impulsado por el racismo desde la época de la esclavitud hasta los tiempos actuales donde existe una encarcelación en masa. La película se llama así por la 13 enmienda constitucional que abolió la esclavitud con la excepción de castigo si cometes un delito. Y aquí establecieron la trampa. ¿Porque qué se entiende por delito?


Amor y superación

Como escribía el periodista Jordi Costa en el diario El País, la película Figuras ocultas, 2016 “reivindica el decisivo papel de las matemáticas afroamericanas Katherine Goble Johnson, Dorothy Vaughan y Mary Jackson en el seno de la NASA, sobre el telón de fondo de una carrera espacial obligada a acelerar tanto su ritmo como su eficacia tras el lanzamiento del Sputnik I por parte de la Unión Soviética. La lucha por los derechos civiles, que alcanzaba sus primeras conquistas aisladas contra la segregación, suma dimensión épica a la justa labor de visibilidad que rige la película”.

 

Loving, 2016 trata sobre el matrimonio en 1958 entre Richard, un hombre blanco de clase trabajadora interpretado por Joel Edgerton y Mildred Jeter, una mujer negra interpretada por la etíope irlandesa Ruth Negga. La ceremonia se llevó a cabo en Washington DC, pero la pareja se encuentra acosada, encarcelados y perseguidos en su estado natal de Virginia debido a las leyes basadas en ese insidioso y término cuasi-científica: “mezcla de razas”. Con la bendición del fiscal general Bobby Kennedy, el caso de los Loving es tomado por la Unión Americana de Libertades Civiles y su caso es finalmente aprobado por en el Tribunal Supremo estableciendo el derecho a vivir como marido y mujer y derrocar las leyes de Jim Crow. Estas leyes estatales y locales en los Estados Unidos en vigor entre 1876 y 1965, propugnaban la segregación racial en todas las instalaciones públicas por mandato de iure bajo el lema “separados pero iguales” y se aplicaban a los afrodescendientes y a otros grupos étnicos no blancos en los Estados Unidos.

Somi, la panafricanista del jazz contemporáneo

Una excusa. Llegó 30 minutos tarde a la entrevista. Era su primera vez en España. La presión del Festival de Jazz de Madrid. Su diminuto bolso cruzado a través de un pecho que amasaba acordes de algún lugar extraño y que no soltaba. Su sonrisa. Su largo y trenzado pelo. No estaba preparada para las cámaras –aseguró– y todo se pospuso para el final del concierto. Lo que aconteció después fueron casi dos horas de un ensayo general que debería haber sido una rutinaria prueba de sonido en el Teatro Fernán Gómez Centro Cultural la Villa. Una espera delicatessen para los técnicos y el que escribe. No queríamos que se bajara de las tablas porque nunca antes habíamos visto a una artista girar las estructuras del jazz de esa forma. Bebía agua. La hora se acercaba. Su sonrisa. Su largo y trenzado pelo. Sus calcetines color rosa que hacían de ese momento algo muy acogedor. Íntimo. Los finales de las canciones parecían no estar limados y todo apuntaba a que la improvisación de este trío musical compuesto por voz, piano (Jerry Leonide) y bajo (Michael Olatuja) sería la tónica dominante. Vestuarios. La audiencia llenaba el aforo. Luz tenue. El presentador confirma que el espectáculo marcará una inflexión. Aparece Somi. Su sonrisa. Su largo y trenzado pelo.

somiLaura Kabasomi Kakoma o Somi te ofrece un camino incansable de sobresaltos. Una experiencia completa de hora y media que evoca lugares alejados entre sí como Nueva York o Nairobi, Johannesburgo, Washington o Río de Janeiro. Ritmos africanos, soul de Stevie Wonder, la improvisación entre graves y agudos del jazz vocal, música de contemplación y escucha atenta, o de baile dislocado para un sábado noche. Somi interpreta un estilo musical que salta con tanta facilidad entre los límites que la categorización de su música es irrelevante.

Así que ¿quién es Somi?
Nací en Ilinois, crecí en Zambia, volví a Ilinois para continuar el colegio, después estudié en Kenia, Tanzania para volver nuevamente a Nueva YorK…

Un momento. Pero entonces ¿de dónde eres?
Soy panafricanista, ¿sabes? Tu casa al final es donde la construyas. Soy, a fin de cuentas, una cantante, una compositora, una escritora… Esto es quien soy.

Te encuentras entre dos mundos, ¿no?
–Ríe–. Mi madre era ugandesa y mi padre ruandés así que era una combinación perfecta, un impulso normal, el querer descubrir mis raíces. He viajado mucho por el continente y además he podido estudiar en él para entender mejor a la gente afro de los Estados Unidos. Estuve entre Kenia y Tanzania interesándome por la antropología médica. Cuando vivía en África del Este estaba preocupada por desenterrar mi verdadero ser cultural: una niña negra americana y de padres inmigrantes, aunque ya estaba occidentalizada. Estaba tratando de averiguar mi identidad cultural para reclamar mi conexión con África y me hallé privilegiada de ser una americana y de ser una persona de ascendencia africana. La experiencia me dio todo este espacio para decidir lo que realmente quería hacer. Y la música fue la elección obvia.

jazzmadrid-2016-somiA menudo te definen como una versión moderna de Miriam Makeba, y una mezcla vocal entre Nina Simone y Dianne Reeves. ¿Te sientes identificada con esta descripción?
Es un honor. Muchas gracias por tus palabras. Verás yo empecé a tocar el violonchelo cuando tenía ocho años y escuchaba mucha música clásica en la radio. Mi madre que cantaba, aunque no de forma profesional, me susurraba canciones de Uganda y de, por ejemplo, Elvis Presley.

¡Vaya! Menuda combinación de sonidos y de movimientos de cadera
–Ríe–. Sí… A mi padre le encantaba el reggae. La elección de ser músico no fue fácil. Me encantaba cantar, pero no pensé que fuera una opción viable como carrera profesional. Todo el mundo en mi familia tenía un trabajo más tradicional y, además, las familias de inmigrantes no suelen animar a sus hijos a ser artistas.

Hoy has demostrado que tu repertorio abarca un amplio espectro con canciones de conciencia social sobre el movimiento Occupy Nigeria, con letras que hablan sobre el estado de la mujer en Nigeria, de la pobreza, del amor. ¿Cuál es el rol de un cantante?
Mi último álbum lo escribí y compuse en Nigeria. Quería saber qué estaba ocurriendo allí, en una capital tan cosmopolita como Lagos, en un país que es la primera economía del continente. Así que mi rol es decir la verdad. Hablo de asuntos que le preocupan a la gente como los movimientos de ocupación en ciudades africanas, de la circuncisión, de las trabajadoras sexuales…

Pero Somi, esto no es comercial, no vende…
Ya lo sé, pero ese no es mi problema. En esencia el artista debe ser honesto consigo mismo. No es plan de decir, ¡oh, tengo que escribir una canción sobre Trump por lo que representa! Más bien tratar asuntos que estén relacionados con lo que tú necesitas explicar. Quizás sea sobre el medioambiente o sobre el fenómeno migratorio. Como te decía, hay que ser honesto con uno mismo porque esto es lo que la gente siente.

Imagen de Somi en su camerino en e concierto del Festival de Jazz de Madrid. Foto: Sebastián Ruiz.

Imagen de Somi en su camerino en e concierto del Festival de Jazz de Madrid. Foto: Sebastián Ruiz.

Ahora que mencionas a Trump. ¿Cuál es tu valoración?
–Silencio. Somi calla durante al menos 30 segundos. Los ojos se le ponen llorosos–. Es un tema muy obsesivo. Es una mala época. No se trata sobre lo que le ocurrirá a la gente negra, a los musulmanes, a los homosexuales… Nos afecta a todos. Estos días he dormido temerosa por el mundo que nos espera con este tipo en la Casa Blanca. No sé qué está ocurriendo. Hoy, salir al escenario fue muy importante por un número de razones: era la primera vez que abría mi corazón y era capaz de hablar de mis sentimientos, de mis sueños, después de unos días. He tenido un espacio para volar y para decir la verdad a través de la música. Sobre Trump no sé realmente qué más puedo decir.

somi_foto_glynis_carpenter_3-jpg__1600x768_q85_crop-smart_cropper-media_background-_subsampling-2¿Nuevo álbum a la vista?
Ahora estoy trabajando en un nuevo álbum sobre los inmigrantes africanos en Harlem, –donde ella vive– sobre sus experiencias, sobre la xenofobia que sufren… Aunque realmente esta enfermedad no es exclusivamente americana porque ocurre lo mismo también en Europa. Así que intento reflejar cómo fenómenos como este, o incluso la gentrificación, tienen lugar en barrios tradicionalmente marginados y cómo la población que vive en ellos se enfrenta a estos problemas. Cómo negocian las vicisitudes. Pero hablo también sobre la humanidad, porque Harlem nos recuerda la historia de la experiencia afroamericana y es una historia importante, pero viven también otras comunidades desde hace 40 o 50 años y no son realmente incluidas en la conversación cuando hablamos de cómo la gentrificación está cambiando Harlem. Así que mi nuevo álbum es para recordarlos a todos.

[En enero de 2008 la cantante fundó la organización sin ánimo de lucro New Africa Live con un objetivo claro: “crear un espacio cultural de pertenencia para los artistas africanos contemporáneos mediante la producción de eventos artísticos multidisciplinares. Y entre tanto, que entretenga, que eduque y cree conciencia sobre el valor de la cultura africana en un mundo globalizado”. Según explica Somi, con estos eventos tratan de cuestionar la idea homogeneizada de producción cultural africana (no todo son timbales) y apoyan el trabajo de artistas que interrogan las políticas de identidad africana con un espíritu cosmopolita y de hibridación urbana.]

¿Y algún otro proyecto en el que estés embarcada?
Estoy inmersa en una jazz-opera sobre Miriam Makeba en Nueva York que se estrenará en diciembre y supone un proyecto que engloba la escritura, la música en sí y la interpretación.

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Como te defines como una panafricanista, te pregunto sin tapujos. ¿Cuál debería ser en tu opinión la nueva agenda para África?
Lo más importante y excitante es que estamos volviendo a ser propietarios de nuestra narrativa en un camino que nunca antes habíamos hecho. Específicamente en el mundo artístico porque estamos cambiado muchas cosas, empleando muchas cosas. Es maravilloso decir que esta inversión es en nosotros mismos. Es un tiempo maravilloso en el continente, pero también en la diáspora porque mucha gente que conozco no tenía estas oportunidades para expresarse por ellos mismos. Ahora pueden ser artesanos, diseñadores, emprendedores… ¡cualquier cosa! Y no necesariamente un abogado o un médico porque la sociedad de alguna forma te lo imponga. Así que es maravilloso ver el valor de los nuevos artistas e invertir en este talento y, observaremos cómo la economía del continente crecerá en este sentido.

¿Tu sueño para África?
La autosuficiencia para ser responsables de nosotros mismos y no tener que depender de nadie. Trabajar por la igualdad y el aprovechamiento de los recursos para invertir en nuestras propias infraestructuras en un sentido amplio. Porque es maravilloso que se invierta en los artistas, pero es algo más grande cuando los gobiernos invierten en el pueblo y no tienen que pedir explicaciones en el círculo del desarrollo. Mi sueño es cambiar la narrativa de la ayuda, de la pobreza. Porque está ahí, pero debemos usar todo lo que tenemos ya que África es un continente realmente rico: los recursos están allí, los minerales están allí.

¿Y un sueño para los EE.UU.?
–Silencio–. No lo sé honestamente…

Bueno, mejor matizo: ¿un sueño para tu hogar en Harlem?
¡Oh! Muchas gracias porque estaba pensando en que se acabara la legislatura de Trump mañana mismo… –ríe–. Creo que es importante recordar la cultura. No es algo sobre la raza, sino sobre la cultura. Crear espacios de intercambio en esta ciudad, en estos barrios donde se está destruyendo la esencia… es algo horrible. De cualquier forma no sé si este sería mi sueño, pero se convertiría en algo precioso.

Dreamstates: soñar despiertos en un roadtrip musical

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Los vimos juntos en pantalla en Tey, una de las películas más destacadas de los últimos tiempos, del director franco-senegalés Alain Gomis. En aquel entonces, la complicidad de la pareja se expresaba a través del silencio, en un estado delirante provocado por el anuncio de la llegada de la muerte al día siguiente de uno de ellos dos, Satché (interpretado por Saul Williams, actor y reconocido músico de Afro-punk con base en Estados Unidos), quien volvía a Senegal desde Estados Unidos para “despedirse” de los suyos. Una de las escenas de mayor complicidad entre Satché y su esposa, Rama (interpretada por Anisia Uzeyman, quien es también la esposa del músico en la realidad), se daba al final de la película, en el patio de la casa, sentados en hamacas, en silencio, esperando… La escena mezclaba estos planos exteriores de contacto-sin-tacto con otros interiores donde el contacto entre los dos cuerpos no lograba acercar lo bastante a estas dos almas distanciadas por el tiempo; y que ahora, se reencontraban jugando, en silencio, en la oscuridad del dormitorio, a través de miradas recíprocas frontales que, sin decirse ni una sola palabra, lograban una comunicación mucho más espiritual, mucho más interna, tan íntima que ni si quiera se revelaba a los espectadores de una ficción que rozaba la realidad representada por los personajes.

Director Anisia Uzeyman speaks during a Q&A about her movie, Dreamstates. Dreamstates tells the haunting tale of two wayward souls (Saul Williams and Anisia Uzeyman) discovering their love for one another while touring the U.S. with some of the most pivotal figures of the Afro-Punk movement. Shot entirely on an iPhone, Rwandan filmmaker Anisia Uzeyman’s daring debut feature is a sultry, sensual and quixotic underground journey between dreams and reality. London, Monday 31 October 2016. (Photos/Ivan Gonzalez)

La directora y actriz Anisia Uzeyman durante Film Africa (Foto: Iván González. www.ivangonzalez.co.uk)

En este caso la pareja se conoce en sueños. Al despertarse, se encuentran en la realidad. “Soñé contigo. Y de repente apareciste”. ¿O es que acaso no despertaron? Dreamstates es una película entre la realidad y los sueños, entre la llegada y la salida. Es un relato onírico con planos distorsionados, oscuros, con recursos audiovisuales, tales como filtros poco saturados, con tonos azules, rosados, de primeros planos en el interior de un coche, de imágenes de paisajes no estáticos filmados a través de la ventanilla de un automóvil, escenas de conciertos y “backstage” del propio músico Saul Williams durante su gira americana… Filmada íntegramente con dos iPhones de los actores, y dirigida por la ruandesa Anisia Uzeyman, este roadtrip nos traslada a una esfera onírica con la música como hilo conductor de una historia que, como todo sueño, no tiene cierre.

“Este estado de ensoñación me pareció perfecto para filmar una gira americana. Estados Unidos en un país que tiene esa especie de hechizo. No hacemos más que hablar del gran sueño americano, pero ¿cuál es ese sueño? Y de repente, me encontré a mi misma soñando con hacer un roadtrip por América”, declaraba Uzeyman durante su presentación de la película en la sexta edición de Film Africa. Resulta que estos sueños empezaron en Senegal, durante el rodaje de Tey, contaba la directora: “Los dos films están muy relacionados. Tenía sueños por la noche que me venían también durante el día. Y la ventaja de rodar con Saul Williams es que nos conocemos muy bien. El estaba en plena gira, pero en cuanto llegaba yo a grabar con mi iPhone, sabía perfectamente qué estaba haciendo. Entre nosotros no hay miedo”.

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Anisia Uzeyman y Amelia Umuhire (directora del cortometraje Mugabo) durante Film Africa (Foto: Iván González. www.ivangonzalez.co.uk)

Fue este punto de partida tan intimista el que motivó la elección de Anisia Uzeyman de filmar sin agentes externos para llevar al espectador a una historia, un viaje. “Me entusiasmaba ver qué era lo que se podía hacer con un iPhone”. La directora, que confiesa que al principio mucha gente no le tomaba en serio cuando decía que esas imágenes se convertirían en una película, acabó con 18 horas de material grabado, y un periodo de seis meses de montaje. “Fue todo un desafío desde el día uno, en el que iba encontrando soluciones poco a poco”. Por ejemplo, en la fase final de edición de imágenes, lanzaron una campaña de crowdfunding, y pudieron así financiar una meticulosamente cuidada edición de color y sonido, que como dice el propio editor de sonido, Blake Leyh, presente también en la proyección, “parece totalmente espontáneo, como si simplemente hubiera pasado así, pero es una construcción artística muy calibrada”.

Nos encontramos con dos desconocidos que sin embargo se conocen, y se embarcan juntos en el roadtrip americano, donde el punto de encuentro y desencuentro de sus almas se explora de forma experimental, recíproca, sin cierres, con rupturas, inmerso en un universo sonoro del cantante de Afro-punk.

Film Africa se celebró entre el 28 de octubre y el 6 de noviembre en Londres, organizado por la Royal African Society, proyectando más de 50 películas, de las cuales 22 procedían de distintos países africanos.

Este artículo es parte de la cobertura que Wiriko ha realizado en español como medio oficial del Film Africa.

DREAMSTATES TRAILER ©2016

Black Folk Don’t: Esas “cosas” que los negros no hacen

bfd-get-maried-titleAngela Tucker es la directora y productora de la webserie Black Folk Don’t que con pequeños capítulos disecciona aquellas costumbres arraigadas en el imaginario de la población estadounidense sobre lo que los negros se supone que tienen que hacer. Es aquello de coger una cámara y desatornillar las construcciones mentales con la imagen y la palabra. El keniano Ngugi wa Thiong’o argumentó en su libro Descolonizar la mente que “la lengua fue el vehículo más importante mediante el cual el poder fascinó y atrapó el alma”. Ahora, en una época donde las industrias culturales dominan los sistemas de producción de ideologías y pensamiento, una contra narrativa urge.

Los largometrajes de ficción todavía están dominados por las imágenes de los hombres (sí, hombres) blancos. Sé que esto no es una novedad para las personas que leen artículos como este, pero es un problema más grande de lo que pensamos. “Básicamente, se deriva de los blancos que tienen una falta de entendimiento de la cultura negra. Es decir, los negros de las montañas de Colorado tienen mucha más facilidad de ir a las calles de Nueva York y escribir disertaciones sobre la cultura blanca, pero la mayoría de la gente blanca… no tanto. Este desequilibrio nos ha conducido a un momento en el que la industria cinematográfica carece de diversidad en un grado alarmante”. Las palabras entrecomilladas corresponden a Tucker. Pero espera, no vayas a la sección de comentarios y te desahogues. Sigue leyendo.

 

Black Folk Don’tproducida por Black Public Media con el apoyo de la Corporation for Public Broadcasting, invita a huir del pensamiento perezoso y a permanecer en las zonas grises sin importar el color de la piel. Y lo más importante: hacerlo con naturalidad. El proyecto, en su cuarta y última temporada recién estrenada, consigue enganchar al espectador con una fusión de humor y perspicacia que desmonta ciertos supuestos exponiendo su origen social, siempre anclados en el racismo. 

“Déjeme darle un ejemplo más visual. ¿Conoce esos rompecabezas de 1.000 piezas que las familias extienden sobre una mesa y pasan todo un fin de semana juntos completándolo? En el cine, los blancos son retratados por el estilo. Ellos son muy variados y se les permite poner muchas de sus piezas en exhibición. Mientras que nosotros llegamos a tener dos, tal vez tres piezas, que aparecen en la pantalla y eso es todo. A pesar de ello, seguimos siendo capaces de vernos a nosotros mismos. ¿Por qué? Debido a que todas las personas son complejas. Es el momento de mostrar nuestro dinamismo. Queremos crear imágenes en las que las mujeres negras sean vistos como las 1.000 piezas del rompecabezas”, explica la realizadora.

“Los negros no dejan propinas”, “los negros no van al médico” o “los negros no saben nadar” son algunas de las afirmaciones que esta webserie cuestiona. “Una gran cantidad de personas negras no nada pero las razones no son como nos gustarían: principalmente es porque no hemos tenido acceso y si tu familia no lo tiene no puedes aprender. Algunos de estos estereotipos pueden tener algo de verdad, pero el objetivo de la serie es mostrar la complejidad de la experiencia negra en los Estados Unidos”, matiza Tucker. Construir nuevos caminos a golpe de frames. Estamos hambrientos de medios de comunicación que permitan avanzar en el pensamiento crítico y Black Folk Don’t no solo lo consigue provocando, sino que también proporciona un breve contexto social en cada episodio.

¿La guerra contra el terror se vuelve a legitimar con Hollywood?

Eye in the Sky es una nueva película de Hollywood muy oportuna e importante acerca de un ataque de drones ficticio contra Al Shabab en Kenia. El trabajo del director sudafricano Gavin Hood ofrece una ventana hipotética para la toma de decisiones. El paisaje que describe es muy preocupante y plantea cuestiones fundamentales acerca de cuándo, si acaso, este tipo de ataques son justificados.

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En 1928 Calvin Coolidge, el trigésimo presidente estadounidense, pisó el Malecón tras tres días en barco desde Estados Unidos. Pero no se dejó seducir lo suficiente por la sal a ritmo de son en el Malecón. 88 años después, Obama ha recogido el testigo que dejara Coolidge al comenzar una visita a Cuba que tildan de histórica aunque los guiones diplomáticos no parecen salirse de los márgenes: el bloqueo continuará a no ser que, entre otras disposiciones, el gobierno de Raúl Castro abandone la revolución a cambio de un nuevo paradigma político.

obama.bush.pakistan.drone.strikes.infograhicComo entremés a este viaje, precisamente el martes 23 de febrero, Obama entregaba al Congreso su admirable deseo de terminar -antes de que abandone el cargo- uno de los legados más problemáticos de la respuesta de Estados Unidos al 11 de septiembre: la base de Guantánamo. Probablemente la cerrarán como una jugada obligada de los demócratas de cara a la carrera presidencial en las próximas elecciones programadas para el 8 de noviembre de este año. Pero Obama todavía tiene que abordar de manera adecuada su propio legado en la “guerra contra el terror”: la matanza secreta de presuntos terroristas con aviones no tripulados armados.

El gobierno de Obama ha hecho de los drones su arma predilecta para responder a las amenazas terroristas percibidas. De acuerdo con la New American Foundation (NAF), George W. Bush supervisó 48 aviones no tripulados en Pakistán y 1 ataque aéreo en Yemen; hasta la fecha, Obama ya ha supervisado 354 y 127 respectivamente, un aumento del 700%. Las cifras exactas están en disputa, pero la NAF informa que durante el mandato de Obama, los aviones no tripulados han matado entre 1.900 y 3.000 personas en Pakistán, entre ellos más de un centenar de víctimas civiles. La práctica alcanzó su punto máximo en este país en 2010, y en Yemen en 2012, pero continúa hasta nuestros días.

El ataque más reciente tiene fecha de este mes: el 5 de marzo donde 150 personas presuntamente vinculadas a Al Shabab fueron asesinadas. El gobierno de Estados Unidos afirmó que no hay civiles muertos, aunque ni esa afirmación ni la alegación de que los terroristas preparaban un inminente ataque pudieron ser verificadas. ¿Qué es lo que realmente sabemos acerca de este tipo de prácticas?

Eye in the Sky (Espías en el cielo) es una nueva película muy oportuna e importante acerca de un ataque de drones ficticio contra Al Shabab, del director sudafricano Gavin Hood quien en 2005 ganara el Oscar a la mejor película extranjera por Totsi, ofrece una ventana hipotética en tal toma de decisiones: apretar o no el botón teledirigido desde algún despacho occidental aunque pueda haber víctimas inocentes.

En la película, Helen Mirren interpreta a Katherine Powell, una coronel británica cargada de ira sobre los yihadistas que operan en el norte de África. El único viaje que Powell tiene que hacer, sin embargo, es entre su casa y su oficina en Londres, donde coordina un programa de drones de alto secreto en conjunto con un equipo estadounidenses en Nevada (son los que dirigen estos aviones no tripulados) y varios agentes africanos en Kenia, entre ellos el actor somalí Barkhad Abdi, quien interpretara a un “pirata” en la película Capitán Philips y de la que ya hablamos en Wiriko.

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Los británicos, con Powell a la cabeza, han identificado a varios miembros conocidos de Al Shabab, entre ellos una pareja británica-estadounidense, que se encuentra preparando un ataque suicida en un barrio mayoritariamente somalí de Nairobi. ¿Lo moral?: en principio el lanzamiento de un misil sobre la casa debería ser bastante simple, pero se pone en riesgo la vida de los civiles, entre ellos una niña que vive en la casa de al lado. ¿Lo político?: en una habitación en Londres, un funcionario le pregunta a Powell: “¿Ha habido alguna vez un ataque de avión no tripulado encabezado por Gran Bretaña en una ciudad de un país amigo que no está en guerra?”.

Una película que abrirá el debate sobre los drones, la justificación de ataques donde los eufemísticamente llamados “daños colaterales” fallezcan a cambio de la implementación a fuego de una democracia liberal a a la norteamericana. Pero una película que redunda, también, en el cliché sobre el islam como religión del odio con imágenes que para un espectador sin mucha información de contexto le confirmará los temores que pregona estos días Donald Trump. Un trabajo que no cuestiona, una vez más, el origen de estos jóvenes terroristas, del porqué se ven obligados a apretarse un buen cinturón de explosivos, de las implicaciones del gobierno keniano con Al Shabab, de los acuerdos comerciales entre Estados Unidos e Inglaterra con África que empobrecen a la población más desfavorecida, del no profundizar en absoluto a cerca de la sociedad somalí. Pero como dosis de propaganda y entretenimiento condensadas en 102 minutos es perfecta. A los cines de España llegará el 13 de mayo.

Las cinco razones para odiar Casablanca

Todos conocemos la exitosa película Casablanca, filmada en 1942, como una obra cumbre del cine occidental, aunque solo nos suene la escena final del aeropuerto y esa tremenda niebla. Sin embargo, Casablanca es un ejemplo más del poder que Hollywood tenía en el mundo y del peligro que ello suponía (y supone) al ser capaz de reflejar las imágenes de un universo que no es real. Un universo que ha atravesado el filtro de nuestro cine.

Poster - Casablanca

El largometraje, que ganó tres de las ocho nominaciones a los premios Oscar, entre ellos a mejor película, está ambientada en la Segunda Guerra Mundial y relata la situación de los refugiados europeos que huían del III Reich Alemán y acababan en la ciudad marroquí con la esperanza de lograr los visados que les llevarían a América, a través de Lisboa. Pero Casablanca se convirtió en un gigantesco embudo en el que se entraba, pero no se salía.

Entre tanta confusión descubrimos a Richar Blaine (Humphfrey Bogart) dueño del Rick’s Café, a Ilsa Lund (Ingrid Bergman) y a Victor Laszlo (Paul Henreid) un matrimonio de refugiados que intentan salir de Casablanca a toda costa para seguir luchando contra las fuerzas del fascismo. La trama se va complicando y según nos sumergimos en el triángulo amoroso de los tres protagonistas la trama se va complicando y acabamos olvidando que detrás de una historia de amor hay mucho más. Una historia con una escena irreal, clasista, racista y, por supuesto, machista.

  1. La Casablanca que no existió

Durante 102 minutos que dura la película se nos muestran escenas de interior, casi siempre centradas en el Café de Rick, y cuando aparecen escenas exteriores vemos una Casablanca profundamente tradicional, de corte árabe, con una medina de calles estrechas, llenas de mercancías.

No obstante, Casablanca nunca fue una urbe tradicional. Desde el s.XIX su desarrollo como centro industrial y principal puerto de Marruecos y la influencia francesa, provocaron la “europeización” de la ciudad. La vieja medina tiene poco o nada que ver con los centros de Fez, Marrakech o el propio Rabat: sus calles son más anchas, y están salpicadas de edificios coloniales. Más que una ciudad tradicional, Casablanca bien podría considerarse una ciudad colonial ex novo. La Casablanca que vemos en el filme es una ciudad irreal y artificial que nunca llegó a existir. Por no mencionar que la película fue rodada enteramente en suelo estadounidense.

  1. Refugiados de clase alta

La tendencia del cine estadounidense es ver el mundo -y representarlo- desde un solo punto de vista. En el caso de los refugiados, vemos a una mayoría de ciudadanos europeos de clase alta que, mientras llega su visado, esperan en las terrazas de la ciudad y pasan las noches en el Café de Rick.

Sin embargo, no podemos olvidar que al otro lado del Mediterráneo consiguieron llegar todo tipo de ciudadanos, no sólo refugiados con las carteras llenas. La película hegemoniza una sola clase de refugiados, las de los ricos, mientras que se olvida de todos aquellos que llegaron sin nada más que lo puesto. “Esto está plagado de buitres, bandidos, por todas partes” es una de las frases que abren la película y que hacen referencia a los asilados. Criminalizar la pobreza. Eso es lo que hace Hollywood en 1942. ¿Cuál sería la visión hollywodiense del actual flujo de refugiados hacia Europa?

  1. ¿Dónde están los marroquíes?

Cualquiera diría que en Casablanca no vivían marroquíes. La sobrerrepresentación de personajes blancos en la película crea de nuevo una imagen irreal de la situación de la ciudad en aquellos años. Pero la realidad es otra. Aunque Casablanca fuera un centro colonial la población blanca seguía siendo una minoría incluso en los años centrales de la Segunda Guerra Mundial.

En algunas escenas sí aparecen personajes de apariencia marroquí, pero se les representa como unos seres interesados y embusteros. El propio Rick advierte a Ilsa de un tendero con la expresión “te va a engañar” aludiendo al regateo como un acto poco honroso y chabacano. El largometraje, además de ignorar, está encuadrando negativamente una cultura con una sola frase.

  1. Sam,el negro fiel de Humphrey Bogart

Hollywood parece que se equivocó hasta el fondo con Sam, el pianista negro de la película. La frase “tócala otra vez, Sam” ha quedado en los anales de la historia del séptimo arte. Pero Rick en ningún momento se dirige al pianista amablemente, más bien, le da órdenes: “La tocaste para ella y ahora la tocarás para mí. Tócala”, son las verdaderas palabras que brotan de los labios de Rick Blaine.

Además durante toda la película Sam aparece como un perro fiel, que obedece todas las órdenes y que sigue a Rick a todas partes. Un sirviente que nunca se plantea rebelarse o resistirse a los mandatos del protagonista. Más que un amigo, Rick parece ser el dueño de Sam. En 1942 el cine de Hollywood está mandando un mensaje racista, basado en la superioridad racial, bastante llamativo. Un discurso radicalmente opuesto al de los protagonistas que dicen luchar por la libertad y contra el racismo impuesto por el sistema alemán en Europa.

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  1. Ingrid Bergman y la sumisión femenina

Pero si el cine occidental demostró ser clasista y racista, también resultó ser profundamente misógino. Ingrid Bergman interpreta una brillante Ilsa Lund, una mujer de carácter, decidida a conseguir sus objetivos… pero que por el camino se encuentra desolada. La propia Ilsa le confiesa a Rick que ella era todo lo que él le había enseñado, que le mostró el mundo. Que antes que él apareciera, ella no era nada.

Junto a este papel sumiso, Rick no duda un segundo en pronunciar otra frase cargada de simbolismo patriarcal: “Tienes que subir a ese avión, con Victor, que es a quién perteneces”. Esta alusión a Ilsa como una propiedad de Victor Laszlo por el mero hecho de estar casados es un símbolo más de la apropiación del amor y de la mujer. Un mensaje que la maquinaria de Hollywood ha seguido enviando a través de las pantallas durante décadas.

 

5 películas africanas para el verano

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* Artículo publicado en la edición digital de la Revista Pueblos.

Lo que comenzó en 2005 con una gala que pretendía reunir a la industria cinematográfica africana cada año, se ha convertido una década más tarde en una cita para los amantes del cine realizado en el continente y su diáspora. Se trata de los premios de la Academia de Cine de África (AMAA), institución orientada a la investigación, formación y difusión del séptimo arte. Tomando como referencia la selección del AMAA para 2015, éstas son las cinco películas que hemos seleccionado y que creemos que no puedes dejar de ver este verano.

Run – Costa de Marfil

En su primer largometraje de ficción, el director Philippe Lacôte retrata la historia sangrienta de Costa de Marfil a través del viaje de un joven de 20 años que va a la ciudad y se convierte en militante político. La secuencia clave que da rienda suelta a más de una hora de acción y drama se encuentra al inicio. Un chico de piel cansada y vestido con harapos camina con determinación por el pasillo de una iglesia. En la mano, una pistola y los ojos puestos en el orador del púlpito. Se detiene, dispara y corre. El objetivo que cae fulminado es el primer ministro del país.

Run se basa en las notables Crónicas documentales de la guerra en Costa de Marfil (2008) de Lacôte y refleja las dos últimas décadas de la historia sangrienta de su país a través de las experiencias de un joven desequilibrado emocionalmente por la espiral de la violencia política. Nacido en un Estado sumido en guerras y corrupción, el protagonista del filme, Abdoul Karim Konaté, ha estado corriendo prácticamente toda su vida, de ahí el nombre de la película.

A través de flashbacks intercalados tras el asesinato inicial, este trabajo explora cómo la lógica retorcida de la violencia se puede apoderar de una sociedad y cómo un individuo puede deslizarse hasta el otro lado de la sinrazón. La película de Lacôte es un drama político lúcido y extrañamente de moda que cumple eficazmente una doble función: por un lado, explicar al espectador, en gran medida desinformado sobre este tema, los recientes disturbios de Costa de Marfil y, por otro, perfilar una nueva generación de cine africano irreverente y sin temor a la crítica.

Timbuctú – Mauritania

Timbuctú es la flamante película del año tras ser nominada a los Oscar 2105 como mejor largometraje de habla no inglesa. Una película mauritana, que guarda pinceladas de neorrealismo italiano y nouvelle vague, se colaba entre las cinco candidatas a llevarse la preciada estatuilla. Su director, Abderrahmane Sissako, recogía el testigo de convertirse en el realizador estrella africano de los últimos tiempos.

La delicadeza de las imágenes desgarra, emociona, hace llorar y también deja espacio para la reflexión meditada de Sissako. No es un documental sobre el conflicto de Malí y, aunque no llega a destripar el caleidoscopio geopolítico, económico y social que tiene lugar en el país, la ficción sí parece querer reflejar la propia realidad.

La película, tremendamente estética, narra cómo los alrededores de Timbuctú han caído en manos de extremistas religiosos. Kidane vive tranquilamente en las dunas con su esposa Satima, su hija Toya e Issam, un niño pastor de 12 años. En la ciudad, los habitantes padecen el régimen de terror impuesto por los yihadistas: prohibido escuchar música, reír, fumar e incluso jugar al fútbol. Las mujeres se han convertido en sombras que intentan resistir con dignidad. Cada día, unos tribunales improvisados lanzan sentencias tan absurdas como trágicas. El caos que reina no parece afectar a Kidane hasta el día en que accidentalmente mata a Amadou, un pescador que ha acabado con la vida de GPS, su vaca favorita. Ahora debe enfrentarse a las leyes impuestas por los ocupantes extranjeros.

Pero, ¿es esta fábula un cuento para los occidentales? Ésta es la gran pregunta planteada por el antropólogo André Bourgeot, especialista en Malí en el Centro Nacional para la Investigación Científica (CNRS). El experto hace hincapié en un enfoque maniqueo. Según Bourgeot, hay tres mitos que aparecen en el trabajo de Sissako: el del desierto, el del nómada identificado con la libertad y el de los tuaregs. Son clichés que hemos interiorizado por completo y la película confirma su validez.

De ser una estrategia de diplomacia pública para “explicar” a la ciudadanía el porqué de la intervención militar en Malí, parece que ha funcionado y que se ha conseguido el objetivo. En el país galo se vendieron 180.000 entradas durante la primera semana en cartelera, llegando a convertirse en la sexta película más taquillera de la historia de Francia. Los que la quieran ver desde casa lo pueden hacer a través de la plataforma Filmin por 2,95€.

INumber Number – Sudáfrica

Sudor, polígonos industriales en descomposición, acción, mucha acción, una banda sonora intrépida y la corrupción en toda sus formas se encuentran en el eje de iNumber Number, del director Donovan Marsh. No hay duda de que, en apenas quince años, Sudáfrica se ha erigido en líder de la cinematografía regional y compite en producciones a nivel continental con Nigeria, Egipto y Marruecos. Después de casi un siglo de supremacía blanca en la gran pantalla sudafricana, el desafío que se planteaba tras la era del apartheid se podía comparar al reto al que se enfrentaron los pioneros como Vieyra, Sembène o Hondo, es decir, crear una cinematografía auténticamente nacional.

Ya en el 2006, la nación del arcoíris se situaba en el foco internacional al convertirse en el primer país africano en ganar un Oscar por Tsotsi, del director Gavin Hood. Los guiones en los que se reflejan vidas relegadas al inframundo urbano de los guetos con una salvación anticipada han sido una constante. No sólo porque la violencia es inherentemente cautivante, sino también porque las historias sobre lo de abajo y lo de fuera comportan casi siempre una pátina de importación sociológica.

En INumber Number el casting es excepcional, con dos actores relativamente nuevos y experimentados entregando actuaciones estelares. Israel Makoe aporta a la película la cantidad justa de oportunismo que un personaje mafioso debe tener, mientras que S’dumo Mtshali ofrece la bravuconería y la arrogancia de un súper policía perfecto. Hay secuencias de acción impresionantes aliviadas con algún toque cómico. Sin duda, la película es actual en el contenido que explora cubriendo temas sociales urgentes que azotan a la policía sudafricana.

Triangle Going to America – Etiopía

“Conocí a un hombre nacido en Etiopía que decidió compartir conmigo su historia de cómo llegó a Estados Unidos”, explica el escritor y director etíope Teshome Theodros. “Yo estaba intrigado, no sólo por las dificultades de su viaje, sino también por investigar los motivos que le llevaban a dejar su patria y arriesgar su vida. Indagando me encontré con cientos de historias similares. Historias de muertes. Historias sobre la dificultad que tienen los africanos orientales antes de llegar a Estados Unidos. Triangle Going to America se basa en estos hechos”, sentencia el realizador.

Ya hay alguna referencia en el cine etíope a la inmigración y a la esclavitud gracias al trabajo del director Haile Gerima y su Sankofa (1993) en la que una mujer afro-americana viaja en el tiempo y experimenta la esclavitud. Una película poética, precisa y desafiante intelectualmente en la que el espectador no puede evitar las preguntas incómodas que plantea Gerima de manera elocuente.

En la película Triangle Going to America aparecen Kaleab y Jemal, que están dispuestos a soportar cualquier peligro para llegar a América por la promesa de una vida mejor. Pero, ¿realmente es así? En el camino, Kaleab conoce a Winta, de la vecina Eritrea, que se encuentra en un viaje similar. El trayecto y sus dificultades les harán acercarse y enamorarse profundamente. En este momento, y junto a un grupo de etíopes y eritreos, viajarán por un camino arduo e ilegal desde África oriental a los Estados Unidos, a través de Libia, Italia, México. Sin duda, un mensaje urgente sobre la inmigración y sus causas desde una latitud poco retratada en los medios occidentales: desde África del Este a América.

1 de octubre – Nigeria

Se cumplen exactamente 55 años de la independencia nigeriana de Gran Bretaña. Nigeria es la primera potencia del continente, el país más poblado y con la industria de cine más activa: Nollywood. En este contexto, el director Kunle Afoyalan, quien ya dirigiera la divertida comedia Phone Swap o la película de suspense The figurine, estrenaba este año 1 de octubre, fecha efectiva de la declaración de independencia de los británicos.

La película, ambientada en la preindependencia, narra a un detective que es contratado por el gobierno colonial con urgencia con el fin de resolver una serie de asesinatos de mujeres. Un suspense hitchconiano frente a la complicada tarea de anotar tintes históricos en un país en transición.

1 de octubre promete dar otro paso revolucionario en la producción del cine de Nollywood con imágenes de alta calidad. Kunle Afolayan se está moviendo hacia una industria internacional en busca de financiación, precisamente una de las características que definían a Nollywood: la independencia económica de financiadores externos, incluido el propio gobierno. Los resultados son tremendamente esperanzadores.

Sin embargo, esta película no es exclusivamente sobre los momentos previos históricos a la independencia en los años sesenta, o quizás sí, en cierto modo. Los temas transversales que se pueden apreciar son la venganza, el dolor, el abuso sexual, la enfermedad mental, la ironía de la moral anclada en la espiritualidad, el conflicto de las religiones y el racismo. Todas estas debilidades y fracasos sistémicos se encontraban ya en la época colonial impuesta. Así que en 1 de octubre el espectador observará un contexto muy esclarecedor y con una estética muy atractiva para lo que Nollywood nos tiene acostumbrados.

Mengestu, la historia del contador de historias

Dinaw Mengestu. Foto: Slowking4 - Wikimedia Commons

Dinaw Mengestu. Foto: Slowking4 – Wikimedia Commons

¿Qué tenemos que pensar cuando un mentiroso nos dice que está mintiendo? ¿Es una mentira doble o es mentira que miente? Algo parecido pasa con el propio Dinaw Mengestu y con Jonas Woldemariam, el protagonista de su segunda novela El lugar del aire. Jonas pasa una parte de su vida inventando la vida de solicitantes de asilo. Adornando historias de vida para hacerlas más merecedoras del cobijo del gobierno. Jonas, en realidad, reescribe la vida de los demás en un intento por reescribir la suya.

Mengestu toca los temas inevitables en la novela de un escritor etíope afincado en Estados Unidos desde los dos años. Trata sobre el desarraigo, sobre las diferencias culturales, sobre la experiencia de la migración y, evidentemente, sobre la identidad. Jonas, el protagonista de El lugar del aire, es un joven que se divierte (y al mismo tiempo se enfada) explicando a sus interlocutores que es estadounidense, concretamente del Medio Oeste, y sobre todo cuando sus interlocutores insisten en preguntar de qué parte de África es. En realidad sus padres, que ocupan un lugar fundamental en la historia, llegaron a Estados Unidos procedentes de Etiopía y son los depositarios de una complicada historia tanto personal como familiar, pero él nunca ha vivido en el país del Cuerno de África.

Cubierta de la segunda novela de Dinaw Mengestu, "El lugar del aire", editada por Lumen.

Cubierta de la segunda novela de Dinaw Mengestu, “El lugar del aire”, editada por Lumen.

El relato de El lugar del aire, publicada en español por la editorial Lumen, mezcla tres historias. Por un lado, la de la relación de Jonas Woldemariam, el protagonista, nacido en Estados Unidos, pero de origen etíope, con su mujer Ángela; la de los padres Yosef y Mariam, inmigrantes etíopes; y la del propio Jonas en busca de la pista de sus progenitores. Las historias se entrelazan, se mezclan y se relacionan en una danza narrativa, que permite seguir los hilos sin problemas a pesar de que el novelista etíope rompe por completo la idea de la narración lineal.

Jonas soporta sobre sus espaldas, en realidad, silenciosamente, el peso de las historias pasadas y sufre las secuelas del dolor de las personas que le precedieron. Tiene una parte de su padre, un joven opositor que huyó de Etiopía amenazado por el autoritarismo y que no fue capaz de construir la vida que había soñado en Estados Unidos porque se quedó encerrado en el trauma de una huída encerrado en una caja, un hombre tan autoritario y violento con su madre como vulnerable. Al mismo tiempo, tiene una parte de su madre, la mujer que viajó a los Estados Unidos para encontrarse con el estudiante contestatario que había conocido años atrás y se encontró un hombre hermético y demolido. Una mujer que construía sus propias historias para llenar el vacío que le provocaba la frustración. Quizá la vocación cuentista de Jonas, su querencia por la recreación de historias, su tendencia al silencio, cuando no a la mentira, la haya heredado de su madre.

Y la relación de Jonas con Ángela tiene también mucho de la de sus padres, la de dos almas independientes que necesitan el calor y la valiente honestidad que la otra no les puede dar. Una relación que nace y crece en la ficción del interior de los dos protagonistas. Y en la que resuena el eco de las advertencias: “Antes de la boda su padre le había dicho que a los hombres como él se les daba mejor arar los campos como asnos que sacar adelante a una familia”. Las podía haber dicho Jonas, o las podía haber pronunciado Yosef dirigiéndose a su hijo, pero en realidad, son palabras que el abuelo del protagonista le había dicho a Mariam, en lo que parece un destino que recorre generaciones como una maldición.

El lugar del aire no pretende ser autobiográfico aunque los guiños de Mengestu hace le dan esa apariencia, el aspirante a escritor que se convierte en profesor, o el punto de partida en una ciudad del Medio Oeste, casualmente en Peoria, la misma localidad en la que creció Mengestu. Sin embargo, su experiencia personal seguramente le da una posibilidad para que en el relato aparezcan temas como la ficción del intercambio cultural o la hipocresía del país de las oportunidades; la experiencia de la migración, aunque no sea en carne propia; y la búsqueda de la identidad, un elemento que, por otro lado, ha colonizado las narraciones de los autores de origen africano que más proyección están teniendo en el mercado editorial internacional.

Esa búsqueda vertebra en buena medida, una parte importante de la historia, sobre todo, cuando Jonas trata de reconstruir el viaje que sus padres hicieron cuando se reencontraron en Estados Unidos. Jonas visita los mismo lugares que habían pisado sus progenitores buscando una huella de su identidad, intentando revivir las historias que ellos mismos vivieron o, al menos, imaginando esos episodios.  Esa búsqueda se hace más que evidente con la visita del protagonista a su madre. “Empecé a buscar atisbos de mis padres tal como debían de ser cuando recorrieron este paisaje por primera vez, cuando eran personas mucho mejores que las que yo había conocido. Sólo entonces comprendí la fuerza con que me había aferrado a ellos durante tantos años”, escribe Dinaw Mengestu.

Los otros cinco (africanos) para los Oscar 2015

Las quinielas ya tienen ganadores, segundos premios, mejores decorados, mejores actores/actrices de reparto, incluso la empresa que tapizará de rojo el Teatro Kodak en Hollywood. Algunos, ante tanto alboroto y especulación pomposa, comienzan a sacarle punta a los discursos de agradecimiento porque… Nunca se sabe. Aunque quizás nadie logre llegar a la síntesis de Alfred Hitckcock que tras recoger el Oscar honorífico en 1968 por toda su carrera cinematográfica (nunca ganó una estatuilla a pesar de ser considerado como uno de los mejores directores de todos los tiempos) pronunció ante el respetable un escueto “gracias” e hizo mutis por el foro. Quizás fue la crítica más grande que se ha hecho desde el atril que representa el clímax en Hollywood.

Los Oscar de 2015 se acercan (22 de febrero). Y diciembre es un mes de cenas de gala, de Navidades repletas de promociones, de llamadas de teléfonos que subirán la tarifa e intentarán edulcorar la opinión de los críticos de la Academia. Noches de intriga. De amigos de corto recorrido. Se trata de los premios más importantes (y más comerciales) de la industria del cine. Un mes antes vendrá la antesala, la ceremonia de Los Globos de Oro (11 de enero) y unos días después (el 15 de enero) se anunciarán las películas que competirán por el Oscar al mejor filme extranjero en un año de récord: 83 películas presentadas que se quedarán en una terna de cinco.

Y son cinco. Desde el continente africano se han seleccionado cinco películas que representan un número geográfico e inspirador: The red Moon (de Hassan Benjelloun, Marruecos); The Factory girl (de Mohamed Khan, Egipto); Timbuktu (de Abderrahmane Sissako, Mauritania); Difret (de Zeresenay Berhane Mehari, Etiopía) y Elelwani (de Ntshavheni wa Luruli, Sudáfrica). Norte, sur, este y oeste. Una metáfora de la vitalidad entre dientes del séptimo arte en el continente africano. Sus cines resisten el envite del no credit, no cash perpetuo. Éste es el titular. Y como va de quinielas, aquí va la nuestra. A la africana, claro:

 

Timbuktu (del director Abderrahmane Sissako, Mauritania).

Es la gran favorita. Y él, Sissako, es el poeta de los silencios. Esta vez presenta su cuarto largometraje ambientado en su tierra de acogida Mali. Es 2012 y el fundamentalismo muestra su cara más radical maquillada con ametralladoras. Extremistas arrogantes y violentos administran castigos horrendos y absurdos. Destruyen la gracia y la belleza con la impunidad en una historia basada en personas y hechos reales: Kidane, un pastor con siete vacas que vive una vida sencilla y feliz con su esposa e hija Satima Toya, su “pajarito”. Fue seleccionada para competir por la Palma de Oro en el último Cannes y también en el festival de Toronto. En el Festival Internacional de Durban (Sudáfrica) se hizo con el premio a la mejor película.

 

Difret (de Zeresenay Berhane Mehari, Etiopía).

La ópera prima de Zeresenay Berhane, que se alzaba con el premio del púbico a la mejor película en el festival de Sundance, también está basada en acontecimientos reales. La película indaga sobre la posible aparición de la nación en el mundo moderno y sobre qué sucede cuando tradiciones centenarias se rompen y los sistemas de creencias son abandonados. Difret además tiene dos significados: valiente o ser raptada.

La sinopsis lo deja claro: En Addis Abeba, la abogada Meaza Ashenafi ha establecido una red que proporciona una representación legal gratuita a mujeres y niños pobres. Valientemente, ella se enfrenta a todo tipo de hostigamientos por parte de la policía y de los miembros masculinos de gobierno. Sin embargo, Meaza decide ir a por todas cuando se hace cargo del caso de Hirut, una niña de 14 años que ha sido secuestrada y violada de camino de la escuela a casa. La niña escapa disparando a sus verdugos y es acusada de asesinato. Ahora, Hirut se enfrenta a la pena de muerte a pesar de que ella estaba actuando en defensa propia. En algunas zonas rurales de Etiopía, la tradición de ‘Telefa’ o el matrimonio por rapto todavía existe.

Así que apunten en las agendas el 15 de enero para ver qué cinco películas serán las elegidas para optar por el Oscar al mejor filme extranjero.

“Las mujeres africanas estamos luchando para proteger nuestra identidad”

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El nombre de Naomi Wachira saltó el año pasado al estrellazgo con su álbum debut African Girl (2013). Tardó más de dos décadas en publicar su primer LP, pero la cantante de 37 años y compositora keniana afincada en Estados Unidos ha dado finalmente un salto mediático. Madre soltera, periodista y especializada en teología, decidió dejar su trabajo para dedicarse a la música y con su debut discográfico, Naomi dispara a bocajarro una idea simple y que impregna toda su filosofía con una gran humildad: la fuerza y el orgullo de ser mujer africana.

Sea con banda o bien acompañada de su guitarra acústica, Naomi cumple la función de narradora o cuentacuentos que algunos asimilan cuando se les habla de cantautores africanos. Sin embargo, su eclecticismo y la adopción de patrones musicales Pop no la alejan en absoluto de su cometido de levantar conciencias acerca de situaciones injustas o comportamientos abusivos.

G: ¿De qué trata tu música?

N.W: Tan simple como suena, trata sobre la vida. Es mi punto de vista sobre lo que veo y sé de mí misma, lo que observo en los que me rodean y la sociedad en general. Pero más allá de esto, es mi expresión de esperanza, ya sea en las relaciones personales o simplemente en nuestro mundo.

Me gustan mucho tus letras, son simples y humildes… ¿lecciones de vida?

Autobiográficas, supongo.

¿De qué va tu canción Stand Up

Sobre las relaciones que oprimen y reprimen, y de la necesidad de levantar la voz.

¿Como describirías tu estilo?

Desde el principio lo llamo Afro-Folk porque en realidad se trata de música Folk con ritmos africanos.

¿En qué lenguas cantas?

Básicamente en mis lenguas: inglés y kikuyu.

¿Cómo definirías diáspora y cuál ha sido tu experiencia de migración?

Diaspora es el fenómeno que describe la vida en un sitio distinto del que has nacido, preservando la cultura de la que provienes. Para mí, salir de Kenia ha sido una experiencia increíble. Me trasladé a Estados Unidos cuando tenía diecinueve años para ir a la universidad. He pasado la mayor parte de mi vida adulta aquí, y he aprendido muchísimo  sobre mí misma. Sobre todo, he aprendido a ser dueña de mi propia existencia y a tomar decisiones sobre la vida que realmente quiero llevar.

¿Te has leído la última novela de Chimamanda Ngozi Adichie, ‘Americanah’? ¿Te sientes identificada con la protagonista de la història, Ifemelu, o crees que realmente hay muchas Ifemelus en EUA?

Me he leido la obra, y me ha encantado! Y la verdad, conozco a muchísimas Ifemelus… Las mujeres africanas en esta parte del planeta siempre estamos luchando para proteger nuestra identidad.

¿Cuál es tu relación actual con Kenia?

Kenia es mi hogar. No podría encontrar un sitio mejor donde ir cuando necesito descansar o recuperarme de la vida. A pesar de todo, fue en Estados Unidos donde empezó mi carrera musical.

En España decimos que “nadie es profeta en su tierra”.

Ya… Pero me siento afortunada porque también puedo compartir mi música con “los míos”.

 

 

África con honores en Cannes y Seattle

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Cartel diseñado por Hervé Chigioni y su grafista Gilles Frappier para la 67ª edidicón del festival de Cannes. Un fotograma de la película ‘Ocho y medio’ de Fellini en la que aparece el actor italiano Macello Mastroianni.

El Seattle International Film Festival (SIFF) junto a la prestigiosa cuna de los premios franceses, el Festival de Cannes, ya tienen las nominaciones oficiales, los programas de mano y las carteleras abiertas a la crítica encarnada o complaciente. Por el lado estadounidense una sección dedicada a los trabajos más actuales en la escena africana brindará una más que magnífica oportunidad para ver una muestra de las cinematografías del continente; en concreto 10 películas. Del lado francés, la huella africana es limitada aunque con un peso evidente. En la Selección Oficial, la única película seleccionada para optar a la Palma de Oro es Timbuktu del mauritano Abderrahmane Sissako; en la sección Una cierta mirada el trabajo nominado es Run, la ópera prima del marfileño Philippe Lacôte; por último, uno de los miembros del jurado de la Cinéfondation y de la Sección de cortometrajes, que este año preside el iraní Abbas Kiarostami (Irán), es el director del Chad Mahamat-Saleh Haroun.

Sin dejar las nieves berlinesas en el recuerdo allá por febrero, la organización de la, siempre obligada, 67ª edición de Cannes que se celebrará del 14 al 25 de mayo, apuntaba al romance eterno con el cartel de este año: una colaboración de Hervé Chigioni y su grafista Gilles Frappier en el que dan vida al sex símbol italiano Macello Mastroianni a partir de un fotograma extraído de la película Ocho y medio de Federico Fellini, presentada en la Selección Oficial en 1963. “Su mirada por encima de sus gafas negras nos hace cómplices de una promesa de alegría cinematográfica mundial”, explica el autor del cartel. “La alegría de vivir juntos el Festival de Cannes”.

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Imagen captada por Arnaud Contreras durante el rodaje de ‘Timbuktu’, película del director mauritano Abderrahmane Sissako seleccionada para optar a la Palma de Oro en el festival de Cannes.

Con la alfombra roja preparada a 26 días del estreno de Cannes la presentación del nuevo trabajo del director mauritano Sissako se espera con impaciencia. El lenguaje retórico cargado de silencios, característicos de su cinematografía, se han podido ver en diferentes ediciones como en la de 2006 con Bamako, en 2002 con Heremakono, en 1998 con La vie sur a terre, o en 1993 con Octobre.  Este film camina en una línea política y necesaria para la reconciliación histórica: la ocupación de Mali por los yihadistas causando una catarsis social y cultural; una película que pretende recomponer las almas y deshacerse de las imágenes de horror y amputación en esta parte del Sahara. 

Juicio marfileño a Francia, en su propia casa

Es la primera vez que Costa de Marfil aterriza en Cannes pero lo hace con la bayoneta de 35mm. preparada. El debut del franco-marfileño Philippe Lacôte con Run para la sección Un cierta mirada, es el resultado del éxito del Atelier du Festival, una iniciativa que se ejecuta durante el festival con el fin de encontrar financiación para proyectos de directores que se encuentran en un estado avanzado de desarrollo. Y el radar de 2012 que seleccionó a Lacôte no se equivocó. Este año, otro africano, el nigeriano Newton Aduaka participará en este “taller” con su proyecto de adaptación de la obra de Helon Habila, Oil on Water.

El primer largometraje de Lacôte, de 42 años, es la primera ficción sobre la crisis político militar que sacudió a Costa de Marfil entre los años 2002 y 2011. La película narra la vida de un adolescente llamado a convertirse en brujo en su pueblo -una especie de curandero tradicional- pero finalmente debe unirse a los “jóvenes patriotas” partidarios de las prácticas violentas del ex presidente Laurent Gbagbo. Run o “Ejecutar” se propone además desempeñar un papel adicional para reactivar el cine de Costa de Marfil, en la actualidad prácticamente sin actividad.  Directores vintage reconocidos como Henri Duparc, Gnoan M’Bala, Yeo Kozoloa o Fadika Kramo o han fallecido o llevan inactivos desde hace más de diez años.

De las 80 salas de cine que llegaron a estar activas, actualmente solo 2 están en funcionamiento. Quizás por este motivo el propio Estado marfileño haya subvencionado con un 7% la película, el resto de la financiación proviene de Francia e Israel. En total 1,8 millones de euros invertidos en dar respuesta a cómo se llega a la violencia.

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Fotograma de ‘Run’, película del franco-marfileño Philippe Lacôte.

Seattle y África cada vez más cerca

El festival estadounidense que se celebrará del 15 de mayo al 8 de junio sorprende, un año más, con una sección entera dedicada al cine africano con un total de 10 películas. El programa fue ya un éxito el año pasado ofreciendo algunos de los mejores trabajos de y sobre África que se están realizando en la actualidad.

Y el cartel de este año no es menos excepcional. Os dejamos algunos de los títulos que se proyectarán. Difret (Etiopía, 2014), ganadora del premio del público de Sundance, que cuenta la historia basada en hechos reales de la lucha de una joven contra la tradición de largo recorrido en Etiopía del “matrimonio por secuestro”. Rags and Tatters (Egipto, 2013), llamada “la piedra de toque del post revolucionario cine egipcio” por la revista Variety. Half of a Yellow Sun (Nigeria, 2013) es la adaptación a la gran pantalla por el director Biyi Bandele de la premiada novela de Chimamanda Ngozi Adichie con un reparto estelar encabezado por el nominado al Oscar Chiwetel Ejiofor, 12 años de esclavitud y Thandie Newton. The Rooftops (Argelia 2013), de Merzak Allouache, teje la historia de cinco barrios de Argel en torno a las cinco llamadas diarias a la oración. Finding Fela (EE.UU. 2014), el nuevo documental de Alex Gibney sobre el músico y activista nigeriano Fela Kuti. Y African Metropolis (Kenia, 2013) donde cineastas de todo el continente africano pintan un cuadro vivo de una nueva África urbanizada a través de historias cortas innovadoras que ofrecen las seis principales capitales que se encuentran en rápido crecimiento: Abidján, El Cairo, Dakar, Johanesburgo, Lagos y Nairobi.