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La reencarnación de Shakespeare en África

“Cuidado con la hoguera que enciendes contra tu enemigo; no sea que te chamusques a ti mismo”, William Shakespeare (1564-1616).

¿Os imagináis que nuestros arquetipos literarios viniesen de la tradición oral Dogón de Mali? ¿Que nuestros héroes y heroínas fueran personajes de las obras de Chinua Achebe o Wole Soyinka? ¿Podríais sospechar cómo seríamos hoy si cientos de africanos hubieran llegado a Europa en el siglo XIX para conquistarnos y “civilizarnos” a su modo de entender y estar-en-el-mundo? Ahora mismo quizás estaríamos escribiendo en lingala, shona o igbo en vez de en castellano. Quizás entre los clásicos de la literatura universal no estuvieran ni El Conde de Montecristo, ni El retrato de Dorian Gray, ni Alicia en el País de las Maravillas sino el mito mandinga de Sundiata Keïta, la historia de Tambuka de la tradición literaria suajili o la fábula de Anansi, la araña Ashanti. ¿Quizás amaríamos distinto, odiaríamos de otra forma, comeríamos de otra manera, nos relacionaríamos diferente…?

Adrian Dennis / AFP / Getty.

Adrian Dennis / AFP / Getty.

La historia, el pensamiento y las culturas de casi 900 millones de africanas y africanos que viven hoy en el Sur del Sáhara quedaron afectadas y profundamente influenciadas por la llegada de sus colonizadores. Y este, por supuesto, fue el caso, entre otros, de la Inglaterra Victoriana en su periplo imperialista de mediados de 1800. Hoy, 21 de los 54 estados africanos -Botsuana, Camerún, Gambia, Ghana, Kénia, Lesotho, Liberia, Malaui, Namíbia, Nigeria, Ruanda, Seychelles, Sierra Leona, Sudáfrica, Sudán del Sur, Sudan, Suazilandia, Tanzania, Uganda, Zambia y Zimbabue- tienen como lengua oficial o cooficial el inglés. Pero como sabemos, aprender una lengua no es sólo aprender su gramática, sino también aprender su cultura, aprender a pensar como sus hablantes y vivir en esa lengua. Por ello es, también, empaparse de Dickens, Doyle, Oscar Wilde… y por supuesto, de Shakespeare.

Pero lejos de lo que hubieran querido imaginar los británicos, muchos líderes de las independencias y movimientos revolucionarios se apoderaron de Shakespeare para luchar contra los colonos, elevar la importancia de las lenguas autóctonas y criticar las políticas británicas. Shakespeare está, entonces, en los cimientos de las emancipaciones nacionales del Sur del Sáhara. Y lo está desde que la hoguera empezó a arder a pies de aquellos que la habían prendido.

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Una actriz de Botswana interpreta una escena de Macbeth dentro del programa ‘Shakespeare Vive’, organizada por el British Council de Gaborone este mismo año, durante la conmemoración del 400 aniversario de la muerte del poeta. Fotografía de Monirul Bhuiyan.

Shakespeare como “bomba cultural” para borrar la memoria africana:

Todo se remonta al “diabólico colonialismo y la anterior diabólica esclavitud. Un relato sobre dinero, capitalismo y explotación”, explica la africanista Jane Plastow, profesora de Teatro Africano en la Facultad de Artes de la Universidad de Leeds en una reciente entrevista para la Folger Shakespeare Library. Pero por supuesto, se trata de una historia de aculturación, cuenta. “Cuando el hombre blanco llegó nos dijo que nos arrodilláramos y cerráramos los ojos para rezar. Cuando los abrimos, nosotros teníamos la Biblia y ellos las tierras”, explica, parafraseando un lúcido fragmento de ‘Un Grano de Trigo’, del novelista keniano Ngugi Wa Thiong’o.

África siempre ha producido conocimiento, aunque se haya querido silenciar o borrar intencionadamente de la historia que se cuenta sobre el continente en la literatura tradicional eurocéntrica. Las escuelas tradicionales africanas fueron prohibidas durante los años de la colonización, imponiendo sistemas educativos primarios, secundarios y universitarios militares y/o misioneros. Y aquí es cuando Shakespeare, entre otros, se introdujeron en la vida de los africanos de la burbuja anglófona. “Shakespeare se citaba cuando uno quería parecer más refinado, más poderoso”, explica Plastow.

A pesar de que África ya gozaba de sofisticados conocimientos y culturas, Shakespeare representaba un refinamiento más elevado al modo de ver eurocéntrico, y por encima de todo, británico. Así, las élites africanas que se educaron en la cultura colonial, adoptaron al dramaturgo como una de esas “bombas culturales” que dinamitaban, según Wa Thiong’o, la memoria histórica africana.

Sin embargo, las luchas anticoloniales encontraron en este ovni cultural, ingredientes comunes para la liberación. Tal como explica el sierraleonés Tcho Caulker, profesor de lingüística en la Universidad de Connecticut, en la misma entrevista para la Librería Folger Shakespeare, el inglés y toda su carga cultural como lengua del Imperio se convirtió en bandera de las emancipaciones como máscara para demostrar la valía de kenianos, sudafricanos, tanzanos o sierraleoneses.

Shakespeare en Kisuajili y el socialismo tanzano:

La tragedia de Julio César fue, durante el periodo colonial, la obra shakesperiana más conocida en África. Nyerere, el primer presidente de Tanzania, que introdujo el kisuajili como lengua oficial tanzana para evitar favorecer ninguna lengua local (Bemba, Maa, Chaga…) por encima de otra, entendió que el kisuajili podía representar de la misma forma un freno y una herramienta de lucha contra la lengua colonial -el inglés-. Así, Nyerere tradujo la primera obra de Shakespeare al kisuajili y Julio César se convirtió en Juliasi Kaizari. 

Las adaptaciones del dramaturgo británico se fueron sucediendo y las narrativas se fueron africanizando sucesivamente. Nombres africanos, danzas africanas, lenguas africanas… fueron recorriendo las venas literarias de sus obras, dándoles resurrección y apropiándose de los personajes de Shakespeare para educar a las clases populares.

“El teatro, en nuestra tierra, está relacionado a prácticas religiosas y festivales tradicionales. El sistema colonial británico se llevó a cabo a través de los misioneros y como nos cristianizaron, prohibieron nuestro teatro”, explica  el dramaturgo nigeriano Femi Osofisan, en la misma entrevista. La africanización de Shakespeare no solo se produjo en referencia a la interpretación de sus obras, a la representación de sus personajes por parte de los actores y actrices, sino también se notó en seguida por la reacción y participación del público en sus actuaciones. “Utilizamos proverbios, nuestra audiencia aquí participa y es muy activa”, explica Osofisan marcando distancias entre el público europeo, que suele ser espectador pasivo de las obras, y el nigeriano.

Cómo Shakespeare sobrevive al poscolonialismo: 

Una de las reivindicaciones de los intelectuales kenianos y que marcan el espíritu poscolonial del país fue suprimir los departamentos de inglés en las universidades. Tal y como explica Wa Thiong’o: “no se trataba de suprimir a Shakespeare, sino de poner la literatura africana en el centro. Pero fuimos acusados por el gobierno keniano poscolonial de intentar prohibir Shakespeare”.

Las reivindicaciones identitarias contemporáneas en África siguen ligadas, en su gran mayoría, a la centralidad de los referentes locales, así como a las lenguas autóctonas. Sin embargo, a excepción de Tanzania, el inglés ha triunfado como vehículo. Hoy, en capitales como Nairobi, la clase media y alta raramente se comunica en Lúo o en Kikuyu. El Kisuajili es moralmente la lengua de la gente, así como el Sheng (o “patois” urbano de la capital). Sin embargo, en reuniones, conferencias y escuelas, el inglés es considerado la lengua keniana. Se podría considerar así que, en ciertas esferas, la colonización mental británica triunfó. Pero nada es lo que parece si uno mira con detenimiento la realidad de cerca.

En Uganda, Malawi o Etiopía, Shakespeare sigue presente en los currículums educativos y en las aulas. Pero no ese Shakespeare inglés, sino el Kisuajili, el Amharic o el Luganda. Un Shakespeare reencarnado. Reapropiado. Reinterpretado. Africanizado, si se quiere. Cualquier forma de interpretación elitista de Shakespeare en África que no haya tenido en cuenta las propias dinámicas de interpretación teatral locales ha fracasado y fracasará, como cualquier importación cultural. Lo dicen todos los expertos, africanistas africanos y no africanos. Y cualquier persona con sentido común asentirá con la cabeza a estas afirmaciones de Jane Plastow: “El futuro de Shakespeare es dejarlo jugar con las glorias de las ricas tradiciones teatrales y lenguas de África“. “Inglaterra debe aprender algo más sobre África y no a la inversa“.

¿La guerra contra el terror se vuelve a legitimar con Hollywood?

Eye in the Sky es una nueva película de Hollywood muy oportuna e importante acerca de un ataque de drones ficticio contra Al Shabab en Kenia. El trabajo del director sudafricano Gavin Hood ofrece una ventana hipotética para la toma de decisiones. El paisaje que describe es muy preocupante y plantea cuestiones fundamentales acerca de cuándo, si acaso, este tipo de ataques son justificados.

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En 1928 Calvin Coolidge, el trigésimo presidente estadounidense, pisó el Malecón tras tres días en barco desde Estados Unidos. Pero no se dejó seducir lo suficiente por la sal a ritmo de son en el Malecón. 88 años después, Obama ha recogido el testigo que dejara Coolidge al comenzar una visita a Cuba que tildan de histórica aunque los guiones diplomáticos no parecen salirse de los márgenes: el bloqueo continuará a no ser que, entre otras disposiciones, el gobierno de Raúl Castro abandone la revolución a cambio de un nuevo paradigma político.

obama.bush.pakistan.drone.strikes.infograhicComo entremés a este viaje, precisamente el martes 23 de febrero, Obama entregaba al Congreso su admirable deseo de terminar -antes de que abandone el cargo- uno de los legados más problemáticos de la respuesta de Estados Unidos al 11 de septiembre: la base de Guantánamo. Probablemente la cerrarán como una jugada obligada de los demócratas de cara a la carrera presidencial en las próximas elecciones programadas para el 8 de noviembre de este año. Pero Obama todavía tiene que abordar de manera adecuada su propio legado en la “guerra contra el terror”: la matanza secreta de presuntos terroristas con aviones no tripulados armados.

El gobierno de Obama ha hecho de los drones su arma predilecta para responder a las amenazas terroristas percibidas. De acuerdo con la New American Foundation (NAF), George W. Bush supervisó 48 aviones no tripulados en Pakistán y 1 ataque aéreo en Yemen; hasta la fecha, Obama ya ha supervisado 354 y 127 respectivamente, un aumento del 700%. Las cifras exactas están en disputa, pero la NAF informa que durante el mandato de Obama, los aviones no tripulados han matado entre 1.900 y 3.000 personas en Pakistán, entre ellos más de un centenar de víctimas civiles. La práctica alcanzó su punto máximo en este país en 2010, y en Yemen en 2012, pero continúa hasta nuestros días.

El ataque más reciente tiene fecha de este mes: el 5 de marzo donde 150 personas presuntamente vinculadas a Al Shabab fueron asesinadas. El gobierno de Estados Unidos afirmó que no hay civiles muertos, aunque ni esa afirmación ni la alegación de que los terroristas preparaban un inminente ataque pudieron ser verificadas. ¿Qué es lo que realmente sabemos acerca de este tipo de prácticas?

Eye in the Sky (Espías en el cielo) es una nueva película muy oportuna e importante acerca de un ataque de drones ficticio contra Al Shabab, del director sudafricano Gavin Hood quien en 2005 ganara el Oscar a la mejor película extranjera por Totsi, ofrece una ventana hipotética en tal toma de decisiones: apretar o no el botón teledirigido desde algún despacho occidental aunque pueda haber víctimas inocentes.

En la película, Helen Mirren interpreta a Katherine Powell, una coronel británica cargada de ira sobre los yihadistas que operan en el norte de África. El único viaje que Powell tiene que hacer, sin embargo, es entre su casa y su oficina en Londres, donde coordina un programa de drones de alto secreto en conjunto con un equipo estadounidenses en Nevada (son los que dirigen estos aviones no tripulados) y varios agentes africanos en Kenia, entre ellos el actor somalí Barkhad Abdi, quien interpretara a un “pirata” en la película Capitán Philips y de la que ya hablamos en Wiriko.

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Los británicos, con Powell a la cabeza, han identificado a varios miembros conocidos de Al Shabab, entre ellos una pareja británica-estadounidense, que se encuentra preparando un ataque suicida en un barrio mayoritariamente somalí de Nairobi. ¿Lo moral?: en principio el lanzamiento de un misil sobre la casa debería ser bastante simple, pero se pone en riesgo la vida de los civiles, entre ellos una niña que vive en la casa de al lado. ¿Lo político?: en una habitación en Londres, un funcionario le pregunta a Powell: “¿Ha habido alguna vez un ataque de avión no tripulado encabezado por Gran Bretaña en una ciudad de un país amigo que no está en guerra?”.

Una película que abrirá el debate sobre los drones, la justificación de ataques donde los eufemísticamente llamados “daños colaterales” fallezcan a cambio de la implementación a fuego de una democracia liberal a a la norteamericana. Pero una película que redunda, también, en el cliché sobre el islam como religión del odio con imágenes que para un espectador sin mucha información de contexto le confirmará los temores que pregona estos días Donald Trump. Un trabajo que no cuestiona, una vez más, el origen de estos jóvenes terroristas, del porqué se ven obligados a apretarse un buen cinturón de explosivos, de las implicaciones del gobierno keniano con Al Shabab, de los acuerdos comerciales entre Estados Unidos e Inglaterra con África que empobrecen a la población más desfavorecida, del no profundizar en absoluto a cerca de la sociedad somalí. Pero como dosis de propaganda y entretenimiento condensadas en 102 minutos es perfecta. A los cines de España llegará el 13 de mayo.