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La fiesta del décimo cumpleaños de la Feria de Arte de Johannesburgo

Con instituciones de peso como Johannesburg Art Gallery o Wits Art Museum, Market Photo Workshop o Bailey’s African History Archive, hasta visiones más colectivas como Keleketla! Library o el reciente Centre for the Less Good Idea, Johannesburgo es una ciudad con una vibrante escena de artes visuales. Paralelamente a este panorama artístico nada comercial, la ciudad aglutina –  junto con Ciudad del Cabo –   algunas de las mejores galerías de la mitad sur del continente. La décima edición de la FNB Joburg Art Fair 2017, las reunió durante el pasado fin de semana junto a artistas, coleccionistas y amantes del arte locales y foráneos venidos de, al menos, tres continentes.

Performance “Sigue al vestido blanco” de The Ozone Fellas- MB Studio Community

El Artista Destacado de la feria en 2017, e icono de la misma, es Robin Rhode (que ya lo fue en la edición inaugural de hace una década), quien presentó una serie de impresiones basadas en la geometría, el equilibrio y la teoría de colores. El séptimo FNB Art Prize recayó en la nigeriana Peju Alatise, quien representó a su país en la 57 edición de la Bienal de Venecia.  Conocida por abordar su obra desde su experiencia como mujer de las tradiciones nigerianas en la sociedad contemporánea, la impactante obra mostrada en la feria  “O is the new + (crucifix)” está inspirada en cuatro estudiantes universitarios que fueron quemados con neumáticos en la Universidad de Port-Harcourt (Nigeria) en 2012.

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Enlazando temáticamente con Alatise, la palma de la presente edición se la otorgamos a la Galería Momo de Ciudad del Cabo por el Solo de Sethembile Msezane. Famosa por su performance “Chapungu, el día que Rhodes cayó de la serie Kwasuka Sukela” – cuyas icónicas imágenes se volvieron virales durante el movimiento Rhodes Must Fall, que mutaría posteriormente en Fees Must Fall –, Msezane incide a través de performance, fotografía y escultura en la marginalización de la mujer negra en la historia y en la mitología, y específicamente su ausencia en la monumentalización de espacios públicos. Con la poética del recuerdo como resistencia, Msezane se inspira en los álbumes fotográficos antiguos para transformar espejos y mobiliario colonial victoriano, objetos custodios de memoria ancestral representantes de un legado del ámbito privado que conectan con su propio linaje familiar.

También desde el Cabo, SMAC Gallery hizo Solo de la veterana fotógrafa namibia Margaret Courtney-Clarke, y la galería Christopher Moller mostró en gran formato a uno de los fotógrafos preferidos por los medios durante esta feria, Tsoku Maela.

Aunque no demasiado numerosas, entre las galerías llegadas de otros países africanos destacaron Addis Fine Art, Afriart Gallery de Kampala (con una enorme Sanaa Gateja) y desde Luanda ELA (con un solo de António Ole) y Move´Art (destacando la obra de Keyezua y de Mario Macilau).

Entre las galerías de la ciudad anfitriona de la feria, destacaron los espacios alternativos de Room Projects (con Mbali Nduli y Sikhumbuzo Makandula) y Kalashnikov Gallery, así como sospechosos más habituales como Goodman (destacando las esculturas “Butterfly Kid Girl IV”, de Yinka Shonibare MBE, y “Auric Suite”, de Walter Oltman), David Krut (con nuevas ediciones de Deborah Bell), y la galería con más espacio de la feria, Everard Read (con obra de Mapula Helen Sebidi a Bronwyn Lace).

Tras la partida de Ross Douglas a Paris para dirigir la feria de movilidad urbana Autonomy, la Joburg Art Fair – que presume de ser pionera y líder en el continente africano – está dirigida por Mandla Maseko, conocido por sus negocios en sector agrotecnológico. Y la presente edición se articuló en torno a cinco categorías: Arte Moderno y Contemporáneo, Solo Projects, Ediciones Limitadas y Plataformas Artísticas. Las galerías y organizaciones seleccionadas representaban a doce países de África, Europa y Estados Unidos, exhibiendo  obras de unos cuatrocientos artistas en múltiples formatos: mucha pintura, fotografía y grabado,  bastante escultura, poco videoarte y alguna performance. Las obras articulan discursos fundamentalmente en torno a temas identitarios, políticos, económicos y de género.

Poder y patronazgo se manifestaron también durante la feria en otros formatos. Desde la recepción de prensa en el stand de Cartier a golpe de champagne rodeado de joyas (a la venta, por supuesto) junto a una selección de obras de su proyecto de apoyo a artistas emergentes locales de las escuelas Artists Proof Studio y The Market Photo Workshop. Tan ilustrativo el título de su exposición – The Ordinary Becomes Precious [Lo ordinario se vuelve precioso] – como la localización en pleno centro de la feria de dicho stand de Cartier, justo entre FNB (la entidad bancaria patrocinador principal de la feria), y el de BMW, que presentaba su nuevo Serie 7 con colorido interior decorado por la artista ndebele Esther Mahlangu. Más allá, los stands institucionales del Ministerio de Pequeña Empresa (haciendo aún más patente si cabe la ya tradicional ausencia del Ministerio de Cultura), el Gobierno Provincial de Gauteng (con una muestra tan increíble como prohibitiva) o la Universidad de North-West en colaboración con uno de los principales operadores de móvil del continente africano. Sí, efectivamente, estamos de feria, y el tan reverenciado programa VIP – que ha acogido a comisarios y directores de Tate Modern, Bienal de Venecia, Centre Pompidou y CCA Lagos – y otros programas paralelos hay que financiarlos de algún modo.

Una año más, volví a casa con las manos y la cartera igual de vacías que cuando llegué, aunque este año me llevé en la memoria (y apuntado en la lista de deseos) las fotos de gran formato de Zanele Muholi, las ricas composiciones del zimbabuense Kudzanai Chiurai, o las imágenes surrealistas de las abuelas del keniano Osborne Macharia.

“Fashion Cities Africa”: cuatro ciudades africanas a la última

La mayoría de mi ropa está hecha en África Occidental. Desde hace 21 años he tenido ropa de Abidjan, N’djamena, Dakar y Accra. Ya tengo una rutina. Si estoy en esos países tres o más días por trabajo, me guardo la primera mañana, ignorando jetlags y resacas, y me voy a los mercados para comprar tanta tela como me permita mi per diem. Por 200 dólares, puedes llenar una maleta de ropa. (…) He tenido una fantasía concreta durante años. Que Accra, Lagos, Dakar y Abidjan construía unos talleres gigantes cerca de sus aeropuertos, donde cientos de sastres increíblemente bien entrenados trabajan, y puedes llegar, comprar tela y encargar ropa (…). Fashion Cities Africa.

Biyavanga Wainaina, abre así el libro “Fashion Cities Africa”, editado por Hannah Azieb Pool y que recorre cuatro ciudades del continente para explicar la escena de la moda en cada una de ellas: Nairobi, Casablanca, Lagos y Johannesburgo. Una celebración que destaca el trabajo de diseñadores de moda, de joyas, blogguers y estilistas. El libro está inspirado y apoyado en la recién clausurada exposición “Fashion Cities Africa”, del Brighton Museum.

Los criterios para seleccionar estas ciudades, por la falta de espacio para mostrar todas las propuestas de un continente inagotable, fueron una cuestión de diversidad (regional, geográfica y económica) y por sus grandes credenciales en cuanto al mundo de la moda. La editora, Azieb, afirma de además este libro “pretende retar los estereotipos sobre lo que significa ‘la moda africana’ y cambiar la narrativa visual de la estética ‘africana'” (comillas inclúídas en el texto orginal)

Cada una de las ciudades tiene su propio capítulo con un pequeño ensayo que repasa el panorama general con entrevistas a personas influyentes del mundillo, con retratos y fotografías realizadas por fotógrafos oriundos: Sarah Marie Waiswa (Nairobi), Deborah Benzaquen (Casablanca), Lakin Ogunbanwo (Lagos) y Victor Dlamini (Johannesburgo). Abalorios masai, kangas kenianos, telares de Ase-Oke, caftanes hechos a medida o el ya tan extendido wax, son estilos afro-céntricos que están influyendo los armarios de aquellos que están a la vanguardia de la moda allí y saliendo a la palestra internacional.

De punta a punta del continente: radiografía de las últimas tendencias a través de cuatro ciudades

Nairobi: la ropa de segunda mano es lo de hoy

2manysiblings: Velma Rossa y Papa Petit. Foto: Sarah Waiswa

El Gikomba Market es el mercado de segunda mano más grande de la región oriental de África y en él podemos encontrar secciones de mujer, niñas y niños, accesorios, etc. Un caos urbano que recuerda a la zona comercial del centro de muchas ciudades europeas en época de rebajas. Mitumba, o Toi (a las afueras de Kibera) son otros de los mercados de segunda mano y parece que importantes gurús de la moda como los blogueros “2ManySibilings” o “KenyanStilista.com” van vestidos de mercadillo, de forma austera, pero con estilo. El estilista Sunny Dolat, que lleva la marca Chico Leco habla de un renacimiento en Nairobi en la industria creativa.

Velma Rossa & Papa Petit (2ManySibilings), Ami Doshi Shah (I am I), Adèle Dejak, Ann Mccreath (Kiko Romero) y Anthony Mulli (Katchy Kollections), son los destacados en esta zona del continente.

Casablanca: la reinterpretación del caftán

Amine Bendriouich. Foto: Deborah Benzaquen

Con diferentes influencias por su situación geográfica y política, Marruecos vivió una primera ola de diseñadores que emergieron en los años sesenta y que fue el precedente de la segunda, en los ochenta y noventa. El caftán es un arte inimitable que pasa por muchas manos especialiadas en cada uno de los detalles: hilado, botones, puntilla, etc. A pesar de ello, diseñadores como Bendriouich afirman que “su posición es en contra de la hegemonía de los caftanes, por haberse convertido en auto-exotizados”. Y diseñadoras como Ghitta Laskrouif coge detalles tradicionales, como el mdemma (cinturón) y los usa de una manera diferente.

En este capítulo dedicado a Marruecos, Amine Bendriouich (Amine Bendriouich Couture & Bullshit, ABCB), Amina Agueznay, Yassine Morabite (Zazlouz), Said Mahrouf y Zhor, Chadia y Aida Rais, son las diseñadoras y artistas destacadas.

Lagos: el boom con gran presencia de mujeres

Nike Davies Okundaye

La independencia de Nigeria de los británicos en los años sesenta, hizo que la moda fuese una forma de expresar una renovada identidad cultural. Así que las élites urbanas mezclaban modas europeas con las creaciones de los sastres locales, con estilo nigeriano. Durante la guerra civil de los setenta siguieron emergiendo pioneros de la moda, pero no fue hasta los 2000 caundo se fue formalizando la industria de la moda en el país. El surgimiento de revistas como Arise, o las redes sociales son una oportunidad para poner en la escena la moda nigeriana y sus creadores. Hoy en día, los nuevos diseñadores de Lagos, reutilizan tejidos y sistemas tradicionales, como el adire, o la doble envoltura del Delta de Níger. Nigeria tiene un fuerte potencial de exportación e influencia en el mundo de la moda, como aseguran algunos artistas entrevistados, que además, una gran parte de las creadoras son mujeres, reivindicando así su independencia a través de la moda.

Nike Davies Okundaye (Nike Art Centres), Yegwa Ukpo (Stranger), Amaka Osakwe (Maki Oh), Zara Okpara (PR Consultant), Reni Folawiyo (Alàra), son los diseñadores destacados de esta ciudad.

Johannesburgo: lo étnico, lo político, la identidad y la moda

Bongani Madondo

El apartheid y la política dibujan claramente el paisaje de la moda en la capital sudafricana, reflejando una diversidad que caracteriza desde un punto de vista étnico y lingüístico al propio país. La mezcla de estilos entre puntos de la ciudad como Soweto, Hyde Park, East Rand o Alexandra, ponen de manifiesto el gusto por la experimentación estética en torno a la identidad, la clase social o la influencia étnica. La autodefinición de la escritora y comisaria Bongani Madondo, quizá es una muestra del crisol de estilos que esta gran “ciudad del oro” alberga: “Mi estilo es una combinación de vintage, los salones de jazz de Harlem y Sophiatown en los 50/60’s, y la locura liberadora de la estética punk-rock. Afro-dandy se encuentra en el centro de la ciudad con el Afro-punk”. También hay hispers almorzando en los mercados de Neighbourhoods Market o comprando ropa en Main in Maboneng.

Thula Sindi, The Sartists, Maria Mccloy, Marianne Fassler (Leopard Frock), Anisa Mpungwe (Loin Cloth & Ashes) son los diseñadores y artistas destacados de la escena de la moda en Joburg.

Un Caballo de Guerra cabalga hacia Sudáfrica

War Horse. Foto: Brinkhoff/Mögenburg.

War Horse. Foto: Brinkhoff/Mögenburg.

Recién llegados de agosto, mes en que en todo el mundo se han sucedido actividades por el centenario del comienzo de la Primera Guerra Mundial, los escenarios sudafricanos están a punto de acoger una de las obras de teatro más representativas para la conmemoración del aniversario de la contienda que transformó el mapa del mundo.

War Horse (o Caballo de Guerra) es una obra de teatro que emerge de las trincheras europeas para dirigirse hacia el sur del continente africano, de la mano de un jinete y su caballo, cargados con toda su artillería de simbologías y críticas con tintes locales. La creación, que hará parada en el Teatro Montecasino de Johannesburgo para cabalgar hacia el Artscape Opera House de Ciudad del Cabo, es un trabajo realizado por la compañía capense (de Ciudad del Cabo) Handspring Puppet Companyy el famoso productor sudafricano Pieter Toerien.

Encargados de escenificar una de las obras más galardonadas de 2011 por los prestigiosos Premios Tony, los sudafricanos devuelven a Sudáfrica unas marionetas que emergieron del país para pasearse por los principales escenarios del mundo, incluido Broadway. Cuando los directores ingleses de War Horse vieron uno de los espectáculos producidos por la compañía de marionetas de Ciudad del Cabo lo tuvieron claro: si se llevaba la novela infantil de War Horse al teatro, tenía que ser con las marionetas de estos sudafricanos maestros del títere. Y no en balde se puede afirmar que una de las claves del éxito internacional de esta obra es la participación de este séquito de orfebres africanos. 

Retornando ahora a la capital del diseño mundial con marionetas y títeres antropomórfos absolutamente fascinantes y un reparto internacional, Adrian Kohler y Basil Jones, co-fundadores de la Compañía Handspring Puppet, vuelven a re-crear un arduo trabajo de producción para el cual se necesitan alrededor de ocho meses para dar a luz a tan solo uno de estos títeres.

Se trata de piezas flexibles, a escala real, capaces de trotar y de soportar el peso de un actor. Un caballo que relincha, una marioneta que tiene vida. De 50 kilos la pieza, el caballo protagonista es tan grande que necesita de tres manipuladores – uno para la cabeza, uno para el tronco y una para la parte trasera-. Todas estas marionetas subirán majestuosas a los escenarios de Joburg y Ciudad del Cabo a partir de finales del próximo octubre, después de haber sido expuestas durante en mes de agosto en la última Feria de Arte de Johannesburgo

Pero las dudas acechan a los más realistas. ¿Quién podrá pagar la entrada a una obra de teatro tan costosa de producir? Y las sospechas se hacen reales a pesar del apoyo del Banco Rand Merchant a este espectáculo. Las entradas para cada función se están vendiendo desde 7 euros y hasta 30 euros en un país donde, a pesar del aumento de la clase media y de ser la primera potencia económica de todo el continente, el salario medio del 40% de la población es de 700 euros mensuales y el encarecimiento de la vida es desproporcionado a estos ingresos.

Conscientes de las desigualdades sociales del país, los productores han lanzado una serie de talleres de confección de marionetas para los niños de los barrios más necesitados de Johannesburgo y Cape Town. Junto a la ONG sudafricana Assitej, dedicada al trabajo social con infancia a través del teatro, la obra War Horse pretende apoyar en la capacitación tanto de jóvenes artesanos como de artistas y actores de un país muy arraigado a las producciones teatrales y las artes escénicas.

The Spoken Word Project: Slam panafricano work in progress

spokenwordprojectYa os hemos hablado en esta sección del slam, casi como un nuevo género emergente, una combinación en realidad de diferentes disciplinas y de influencias (locales y globales, modernas y tradicionales). También se destacó su carácter de movimiento, un movimiento prácticamente panafricano, porque se reproducían los mismos esquemas en países de todo el continente, pero también porque muchos de los grupos tenían contactos entre sí, aunque eran informales, casi personales. Ahora, sin embargo, nos encontramos con un ambicioso proyecto que plantea estas condiciones continentales de manera más evidente. Auspiciado por el Goethe Institut de Sudáfrica llega The Spoken Word Project, un concurso-demostración continental que se desarrolla sucesivamente en Sudáfrica, Madagascar, Camerún, Angola, Mali, Uganda, Kenia y Costa de Marfil. De hecho, el proyecto está ahora mismo en pleno desarrollo.

En realidad no son tanto los países los que participan en esta iniciativa, sino más bien las ciudades, nadie duda que el slam es un movimiento eminentemente urbano. Por este motivo, el planteamiento del proyecto es conectar a través del verso y la poesía declamanda Johannesburgo, Antananarivo, Yaundé, Luanda, Bamako, Kampala, Nairobi y Abidjan.

El proyecto comenzó a circular el pasado mes de mayo, iniciado el viaje en Johannesburgo, ya que uno de los elementos fundamentales de la iniciativa es la itinerancia, pero no una itinerancia cualquiera, sino una que liga, que va cosiendo los lugares por los que pasa. Este es el sentido de que las demostraciones y los concursos no se desarrollen simultáneamente sino de manera sucesiva. Las reglas del concurso adoptan de esta manera una de las propias características de la historia que tiene la capacidad de viajar rebasando cualquier tipo de frontera y que además en cada etapa de su viaje se modifica, se repiensa, se personaliza, se adapta y se recrea. Al mismo tiempo, el viaje es también una realidad muy africana. Las migraciones dentro del continente son una realidad tan antigua como el propio suelo sobre el que se producen y el proceso ha ido configurando lazos y relaciones insospechados, entre comunidades, a veces, entre etnias, o entre países.


Es así cómo The Spoken Word Project va creciendo a medida que viaja, cómo en cada una de sus etapas suma algo. El viaje comenzó en Sudáfrica en mayo y de todos los participantes fueron seleccionados Noel Kabelo “KB” Ringane, Sbu Simelane, Sabelo Ayanda Lushaba “Juba”. Sus actuaciones se proyectaron en Antananarivo, la segunda etapa, antes de la competición en la capital malgache. Los slamers debían añadir a sus actuaciones algún elemento que hiciese referencia a las demostraciones que ya se habían realizado en la sede anterior, ya fuese continuar con un tema, compartir un objeto o repetir un personaje. El objetivo es que la historia viaje como siempre ha hecho y que a su paso vaya creciendo, vaya tejiendo relaciones insospechadas entre narraciones y artistas, que vaya configurando una red continental hecha en realidad de poesía y oralidad. De Johannesburgo, el ovillo pasó a Antananarivo, de allí a Yaundé, para viajar luego a Luanda, la siguiente etapa fue Kampala y aún están pendientes los pasos por Nairobi, Abidjan y Bamako.

The Spoken Word Project es, en realidad, una muy acertada elección. Por un lado, el slam es una realidad que cada vez más aparece y crece en los entornos urbanos. Por otro lado, tiene un alcance prácticamente continental, desde Dakar hasta Addis Abeba se pueden encontrar colectivos que con más o menos medios, con más o menos organización hacen veladas de slam. Además, el slam encaja perfectamente con la tradición africana de narración oral, de poesía declamada y de importancia del acompañamiento musical, pero al mismo tiempo se proyecta hacia el futuro, a través de influencias y de interacción con manifestaciones en otros lugares del mundo y de la incorporación de las nuevas formas de comunicarse y de tejer redes.

No en vano, uno de los puntos fuertes de The Spoken Word Project es la publicación de los vídeos de las interpretaciones en un espacio web gestionado por el Goethe Institut y una de las principales maneras de difundir la actividad es una página de Facebook que no hace sino reforzar esas redes que se van tejiendo. Si las historias que se recitan en las interpretaciones se van cruzando entre sí, las redes sociales, y Facebook concretamente, son el punto de encuentro, el ágora en la que se ponen en común y se dan a conocer al resto del mundo.

Newtown: Fábrica de arte y experimentación

El paso del tiempo deja huellas y la transformación es constante.

Museo de África
Autor invitado: Daniel Bobadilla, sociólogo, diseñador y maestro en ciencias y artes para el diseño (México).

¿Qué es una ciudad sin su historia y sin sus transformaciones? Johannesburgo, al sur de continente africano, se muestra al mundo como una capital viva y en constante movimiento. Una ciudad que quiere mostrar al mundo no sólo que está cambiando, sino que tiene mucho que ofrecer. Y lo hace mezclando el presente con el pasado, lo tradicional con lo moderno o simplemente construyendo un futuro de integración que responde a la dura historia de la ciudad y sus habitantes.

Joburg tiene su origen en en la fiebre del oro a mediados del sigo XIX, lo que la llevó a convertirse en una pronta ciudad industrial y minera a principios del siglo XIX. El desarrollo industrial la continuó transformando en una ciudad de fabricas, barrios obreros, almacenes y grandes industrias. Por otro lado, la migración de miles de personas de diferentes lugares de África y de Europa trajo consigo una mezcla de culturas que ha dejado como legado, entre otras muchas cosas, un gran desarrollo cultural y creativo que acoge a importantes movimientos culturales sudafricanos.

Es aquí, en el corazón de esta ciudad, donde a finales de la dédada de 1870 se fundó un distrito de clase obrera.  En ella, se fabricaban ladrillos, lo que dio el nombre de Brickfield. Allí se congregaron miles de trabajadores de todas las etnias y procedencias que, al no ser cualificados para trabajar en las minas, se dedicaban a la fabricación de ladrillos principalmente. En 1896 ya se había convertido en un suburbio de más de 7000 habitantes. Y una década más tarde, en este mismo lugar, el gobierno permitió a la compañía Ferrocarriles del Sur de Africa Holanda (NZASM) instalar una central para la carga y descarga de mercancías provenientes de las minas. Ello supuso el desalojo de los de los residentes del Brickfield.

Los cientos de trabajadores desalojados junto a nuevos miles que llegaban a trabajar, motivó al gobierno a diseñar un nuevo suburbio justo al lado de Brickfield, llamado Burgesdorp. Al igual que Brickfield, este distrito se convirtió en un lugar donde las clases más populares de las diferentes etnias, culturas y religiones convivieron. La gran variedad de iglesias en el distrito, incluyendo la Iglesia Reformada Holandesa, la Fundación Diocesana de Pretoria, la Iglesia Congregacional de Zulu, la Iglesia Independiente de Ebenezer, una congregación hebrea y una mezquita, ilustra el grado de diversidad en Burgersdorp. Pero, la ubicación estratégica de Burgersdorp no pasó desapercibida y empresas comerciales, bancos, compañías de ladrillo, una fábrica de cerveza, la pesca y la Compañía Imperial Cold Storage se trasladaron a la zona. Tiendas y comedores también se establecieron en las calles de camino a la estación central de ferrocarriles de Braamfontein.

La gran cantidad de pobreza y condiciones miserables que había en la zona hizo que, a principios de 1900, se le llamara “El lado oscuro de Johanessburgo” o la “Cuidad de la pobreza”. Sin embargo, su ubicación en el centro de la ciudad era de gran importancia y muy valiosa para las autoridades, por lo que la administración británica declaro esta zona como “Áreas insalubres”. Esto le permitió al Consejo de la ciudad expropiar las tierras, demoler los edificios y rehabilitar las zonas. Una vez más, las protestas de los residentes no tuvieron éxito y en 1902 se aprobó un plan para reconstruir la ciudad.

En abril de 1904, con la excusa de un creciente brote de peste bubónica, el gobierno decidió quemar completamente el área de Burgesdorp y en octubre de ese mismo año todo el terreno fue replanificado y rebautizado como Newtown, planificada como zona industrial y comercial orientada a las grandes fortunas. Durante la época del apartheid, los residentes indios y africanos de Newtown fueron trasladados a un campamento al sur de Johannesburgo, cerca de las obras de alcantarillado. Este campamento, llamado Klipspruit, fue la primera sección del municipio que hoy conocemos como Soweto.

Newtown albergaría así un gran mercado, el edificio más grande en el país en ese momento, así como una gran central eléctrica frente al mercado que incluía talleres eléctricos, una sala de la turbina, casas para los trabajadores negros y artesanos blancos y, a partir de la década de 1920, dos grandes torres de refrigeración. Newtown vivía así, su segunda gran transformación arquitectónica y social convirtiéndose en un la sala de máquinas de Johannesburgo.

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Una sala de máquinas convertida en una fabrica de arte

En 1970 la ciudad vuelve a experimentar cambios y transformaciones que le llevan a trasladar el mercado y la central eléctrica a las afueras de la ciudad, lo que daría de nuevo un giro radical a la zona. ¿Qué hacer con esas grandes estructuras industriales? Ya para aquel entonces, la ciudad y el país entero ya contaba con grandes artistas de la talla de Miriam Makeba o Alfred Kumalo, entre otros, pero no había un espacio dedicado a la producción cultural. Así pues, la parte oriental del mercado se convirtió en el Teatro del Mercado, el primer teatro no racial de la ciudad. En la parte central del mercado se autorizó el uso de espacio para exposiciones del “African Museum”. Y en la plaza contigua al mercado que lleva el nombre de “Mary Fitzgerald” [1], se instaló un mercadillo “de pulgas”.

Su cercanía a la estación de autobuses — que transportaban a los trabajadores negros de los townships a la ciudad — la ha convertido en una zona de  grandes acontecimientos y protestas. Punto de encuentro claro, Newtown comenzaba a posicionarse como una zona crítica y de creación continua.

Africa Museum

Africa Museum

El Teatro del Mercado, el primer teatro verdaderamente no racial en Johannesburgo, ha sido durante mucho tiempo el centro tanto de obras de teatro locales como internacionales. Las vigas y pilares de estilo eduardiano y los azulejos del antiguo mercado animaron el desarrollo de importantes trabajos y fue un escenario que sirvió de plataforma para algunos de los mejores actores y dramaturgos del país. El tema recurrente del mercado durante estos años fueron las injusticias y el dolor que se vivía con el apartheid.

En 1994 con fin del apartheid, Newtown vuelve a ser objeto de transformación social y con ello su espacio. Muchos actores, músicos y artistas se mudaron allí, por lo que espacio no solo cobró nueva vida, sino un nuevo aire que se respira hasta el presente. En esa década y en apoyo a este flujo natural de creadores, el Consejo de la Ciudad decidió convertir Newtown en un centro cultural y apoyó su rehabilitación como tal. De esa manera, se establecen ahí definitivamente el Museo de África, el Museo de los trabajadores —que da cuenta de la vida y la historia de segregación racial que existía en épocas pasadas—, el famoso club de jazz ‘Kippies’, el Centro del Centenario de Sudáfrica, así como una serie de cafés y bares de moda que entre cimientos de la industrialización, dan vida a nuevas creaciones y expresiones artísticas.

Newtown es ahora una zona de uso mixto con un carácter vibrante y único, sobre todo si se toman en cuenta sus instalaciones culturales.

Newtown Cultural Precinct, Johannesburgo

Hoy en día el complejo alberga, además de los complejos arriba mencionados, el consejo Nacional de Artistas, la fabrica de Danza, El Mercado Taller de fotografía, La Bus Factory, así como tres salas y dos galerías de arte. Los sábados por la mañana el “mercadillo de pulgas” sigue siendo un punto de encuentro.

La transformación de una zona industrial en un espacio para la creación y el arte, no sólo dan cuenta de la transformación social que ha vivido este suburbio sino todo el país y así Newtown se ha convertido en el corazón cultural de Joburg, en una fabrica de arte y uno de los rostros más cambiantes de la ciudad.

Aquí les dejo el video promocional del nuevo Newtown y abajo unas fotos

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[1] María Fitzgerald una activista de principios del siglo paso quien defendió los derechos de los trabajadores y en especial los derechos de las mujeres y que llegaría en 1920 a ser regidora de la ciudad.

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Fuentes: Newtown, Joburg,