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Félicité o el canto a la vida

Félicité se gana la vida cantando en un bar de Kinshasa

Félicité es la nueva cinta del director franco-senegalés Alain Gomis y una de las candidatas a llevarse el Premio del Público a la Mejor Película en la presente edición de Film Africa, el festival de cine africano contemporáneo de Londres del que Wiriko es medio oficial y advisor de la programación.

El nuevo trabajo de Gomis es un canto a la vida. Un tratado de resiliencia visual y musical de más de dos horas y que relata los pormenores de una madre soltera de Kinshasa, Félicité, cuya rutina cambia el día en que su hijo sufre un accidente de tráfico.

Félicité se gana la vida cantando en un bar de la capital de la República Democrática del Congo (RDC). Es una mujer valiente, dura y que lucha por no tener que darle explicaciones a nadie. La protagonista trata de escapar de un sistema socioeconómico y cultural que pone obstáculos para la independencia de la mujer en el África subsahariana. Ella pelea su sitio, esquiva a los acosadores y lleva las riendas de su vida como le da la gana. Dejó al padre de su hijo para ser una mujer fuerte aunque perderá el pulso ante el sistema de salud congoleño. Su aguante se desmorona cuando Samo, su hijo, necesita una operación para salvar su pierna tras un percance en motocicleta. Desesperada por conseguir el dinero que permita la actuación médica, Félicité se enfrenta a sí misma y a su orgullo.

En todo bar hay un borracho. Un hombre solitario. Tabu, interpretado por Papi Mpaka, es el que cada noche escucha las canciones de Félicité desde la barra. Empinando el codo, hablando más de la cuenta y engatusando a las mujeres para que lo acompañen a la cama. Una mañana de resaca, este manitas aparece para arreglar el frigorífico de Félicité. Ambos personajes chocan fuera del bar, en un marco ajeno pero con las etiquetas de la noche; él es el borracho, ella la cantante.

En este contexto, Tabu sabe de la situación de Félicité y de su hijo y accede a ayudarla. Pero, ¿cuál es la moneda de cambio? En la encrucijada, la película de Gomis toma, sin embargo, al espectador más allá de una historia de autocompasión. La resistencia de Félicité se desmorona mientras Tabu endulza unos momentos agónicos. La historia nos lleva hacia un camino de aceptación, perdón y esperanza. Un sensual y cuidado contrato al amor sin letra pequeña. Una relación honesta y cruda como la mirada de su protagonista, la sudafricana Véro Tshanda Beya Mputu. Sus ojos penetran desde el primer plano así como lo hace su voz.

La música es también otro personaje más en esta cinta. La banda sonora está compuesta por el colectivo local Kasai Allstars y a través de los temas se muestra la mutación de carácter de Félicité. Del jolgorio a la rendición. Y a los sueños. Gomis juega con unas escenas líricas, amenizadas por la Orquesta Sinfónica de Kinshasa, para adentrarnos en unas ensoñaciones donde se olvida el caos de la ciudad y en la oscuridad del bosque, Félicité encuentra a Tabu.

Tabu, Felicité y Sano en un fotograma de la película

La relación entre ambos crece en silencio. La noche es para los tormentos y a plena luz del día no hay máscaras. No hay micrófono, no hay trago. Hay otras Félicités. Otros Tabus. “Ámame pero no me lo pidas”, le dice ella.

Alain Gomis filma la rutina con esta película. Se ha centrado en los momentos diarios en los que la vida toma forma y se desarrolla. “Me gusta fijarme en lo invisible de cada día porque ahí experimentamos cosas intangibles como por ejemplo el amor”, dijo el director en la pasada edición de la Berlinale donde Félicité se llevó el Gran Premio del Jurado (Oso de Plata).

En esas minucias de la vida cabe un frigorífico. Uno antiguo, estropeado y que mantiene su lugar de privilegio en el salón de una casa de los suburbios de una capital del África subsahariana. ¿Es mejor comprarse uno nuevo? Quita, quita. Esto se soluciona pronto. No es el motor, es el ventilador. Tampoco. Va a ser el transformador. Y cuando todo está perdido, el frigorífico vuelve a funcionar. Sin embargo, desprende ruido. Se ríe por no llorar. Se acepta y el molesto sonido da compañía en la humilde casa de Félicité. La vida es como un frigorífico. Y quizás el amor.

*Este artículo es parte de la cobertura que Wiriko ha realizado en español como medio oficial del festival de cine contemporáneo Film Africa.

Congo resiste a través de su danza

La rumba congoleña es uno de los sonidos más exportables y exportados del continente. Sonido “de ida y vuelta”, ha sido bandera identitaria de Kinshasa durante décadas, junto a personalidades como el recientemente desaparecido Papa Wemba, los grandes y míticos Grand Kallé, Tabu Ley Rochereau o Franco Luambo o el explosivo Koffi Olomide. Pero otros muchos músicos han fluido hacia mestizajes fructíferos y los han hecho internacionales. Es el caso del delicioso Lokua Kanza, el prodigioso Ray Lema, los originales Staff Benda Bilili o la joven hornada de músicos formada por Bajoli, Congotronics o Mbongwana Star.

Mobutu ya aprovechó la fuerza motriz de la rica y plural cultura zairense para impulsar su proyecto nacionalista basado en la “autenticidad”; y acabó convirtiendo toda expresión cultural y artística en propaganda para glorificar a su persona, que acompañó con grandes dosis de censura, locura y represión. Veinte años más tarde, y tras dos guerras civiles, la música ha sabido sobrevivir gracias, en mayor medida, a la diáspora congoleña en Europa o Estados Unidos. Sin menos peso sociocultural, la danza se ha convertido en una expresión de la resistencia del Congo desde sus entrañas. Siempre con una fuerte presencia exterior, reivindicando la existencia de algo que late más allá del conflicto en Kivu. Probando que, a pesar de todo, hay vida, se crea.

Imagen de la web de Connection Kin.

Imagen de la web de Connection Kin.

La resistencia es una actitud revolucionaria entre los agentes culturales del Congo. El Festival Gungu sabe de sobras lo que significa la palabra ‘resistir’. Especializado en danzas tradicionales, su origen se remonta al 1925 y en su última edición (del 31 de mayo al 4 de junio de 2016), ha sido movida de Bandundu a Kinshasa para descentralizar sus actos, encontrar nuevos socios y extender sus alas hacia diferentes puntos del basto país. Siempre en movimiento para sobrevivir. El festival de las artes congoleñas Connexion Kin, aunque con solo siete años de andadura, se ha quedado sin edición en 2016 por falta de apoyos financieros. Aunque mejor suerte ha corrido el festival de danza internacional ME.YA.BE, que se celebró el pasado abril con la participación de un centenar de bailarines africanos y europeos de diferentes procedencias. Valientes y arriesgadas iniciativas que no han recibido ni un céntimo público.

Pero si hay una imagen más fidedigna de la conjugación del verbo resisitir, ese es la del INA.

Edificio del INA.

Edificio del Instituto Internacional de las Artes (INA) de Kinshasa.

Hoy, el ruinoso y decadente edificio del Instituto Nacional de las Artes, que hace esquina en la avenida Kabasele Tshambala de Kinshasa, es una metáfora perfecta de la falta de fondos al que el actual gobierno congoleño tiene al sector cultural sumergido. En sus aulas, coreógrafos como Jacques Bana Yanga, Didier Ediho o Faustin Linyekula, han ensayado y enseñado danzas tradicionales a alumnos de diferentes procedencias. Sin apoyo gubernamental, sin infraestructuras y a menudo, sin luz ni sala fija donde ensayar, bailarines como Faustin han tenido un largo recorrido desde que deslizaran su piel por esos lares. Pero su talento y constancia lo han convertido en uno de los coreógrafos más prestigiosos de la escena africana contemporánea.

Kabako.

Faustin Linyekula, fundador de Studios Kabako.

Tras quince años contando la tortuosa historia del Congo a través de su cuerpo, y tras pasar parte de su infancia exilado en Nairobi, se ha transformado en un pilar de la danza africana moderna que actualmente está presente en escenarios, festivales, encuentros y teatros de todo el mundo. Una prueba fehaciente de que el verdadero talento lucha contra todo infortunio para golpearnos de cerca y contárnoslo.

Fundador de Studios Kabako, en su ciudad natal, Kisangani, Faustin ha pasado los últimos meses en Lisboa con el programa Artista Na Cidade 2016. Para él, como para otros tantos africanos y africanas, Europa no le es un continente ajeno. La colonización ha tenido ese impacto tan rotundo que hace que, a veces, sea más fácil conocer en profundidad la historia de Francia, Inglaterra o Portugal que la propia historia nacional. Por eso, cuando Faustin pasó una temporada en París, como luego hizo en Lisboa, se sintió en casa. Para él era otra etapa del proceso colonial: “Un intelectual británico de origen jamaicano, Stuart Hall, dijo algo muy poderoso: cuando llegó a Inglaterra en 1951, le preguntaron “¿por qué estás aquí?” Y él respondió: “Estoy aquí para completar el viaje colonial. Vosotros empezasteis en el siglo XV y en el siglo XX yo completo el último paso. Vosotros cambiasteis mi vida y yo vengo aquí para que me miréis a los ojos”, explica en una entrevista en la revista portuguesa Buala.

Este acercamiento de África a Europa es ya un viaje natural y lógico. Quizás por esto, al público lisboeta tampoco le es ajeno el lenguaje corporal que Faustin utiliza en el escenario. Sin embargo, tal como el propio coreógrafo y bailarín congoleño atestigua, no tiene ninguna intención de trasladarse de forma permanente a Europa, ni siquiera a otro punto de África. “Vivir allí es un acto de resistencia. Resistencia al fatalismo”, dice sobre el hecho de residir en Kisangani.

La danza, el movimiento, son para bailarines como Faustin el bombeo que los mantiene vivos. Un músculo vital que riega muchos otros órganos de ese sistema vivo que es el Congo. Hay esperanza que viene de la gente. De la necesidad imperiosa de salir adelante a una situación insostenible. La resistencia de artistas como los que luchan bajo el paraguas de Studios Kabako, que invierten parte de sus ganancias a proyectos de canalización de agua en el barrio de Lubunga, en la zona de Kisangani en el que se ubican, demuestra que cuando los estados fracasan, la imaginación, el trabajo en equipo y la constancia, son el único antídoto al hundimiento de su pueblo. La suya, es una ardua tarea. Pero sus historias han venido para quedarse, para mostrarnos que si la nuestra es también su historia, debemos escuchar lo que quizás nos cuente un poco más de nosotros de lo que creemos. Y así sus obras trascenderán esa impermeable piel europea que a menudo mantiene nuestros cuerpos y mentes yermos. Y su resistencia será también la nuestra.