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Njideka Akunyili te invita a conocer ‘La habitación de enfrente’, su nueva colección

Algo tienen las obras de Njideka Akunyili Crosby (Nigeria, 1983) que invitan al voyerismo. Sus retratos de escenas cotidianas revelan acciones sociales y domésticas que se muestran siempre cobijadas por cuatro paredes, lo que hace que el espectador sienta que está observando algo íntimo y extraño a la vez. Su última colección, ‘La habitación de enfrente’ no es una excepción. En este trabajo, expuesto en el Museo de Arte de Baltimore hasta marzo del próximo año, Akunyili Crosby continúa siendo fiel a su estilo al reproducir seis piezas a gran escala con técnica mixta de pintura, telas y transferencias fotográficas. La mayor novedad en esta ocasión recae en una composición de espejos que se observa en tres de las obras, que a primera vista son calcadas entre sí y sólo con una mirada detenida al díptico se aprecia lo realmente divergentes que son.

En realidad es como si por primera vez hubiera llevado al cuadro lo que siempre le hace al público, que fácilmente puede verse reflejado a priori en las escenas que muestra, tan interiores, tan aparentemente comunes, tan acogedoras pese a ser a gran escala que invitan a acercarse y dar rienda suelta al hilo que parece que no encaja. Es entonces cuando caes en su red. O lo que ella prefiere denominar el ‘Tercer espacio’, un término acuñado por teóricos postcoloniales para describir un escenario social en el que dos culturas se unen para crear algo nuevo.

Tejido a través de retales de su propia historia, esta artista nigeriana sintetiza (y sincretiza) en su propio relato narrativas visuales en las que muchos pueden reconocerse. Son aquellos que son los otros allí y aquí, las identidades híbridas formadas a partir de la comunión entre la cultura en la que se nace y aquella en la que se crece. “De donde quiera que mires el trabajo puedes reconocer algo. Pero no reconocerás todo porque hay una mezcla de tiempos, lugares, culturas, continentes y clases”, explica Akunyili Crosby a la revista Bomb para luego especificar que “hay muebles de IKEA de mi sala de estar de Baltimore junto a un sofá de nuestra casa en un pueblo de Nigeria. Al leer la pintura, quiero que te preguntes ¿qué está pasado?, ¿por qué la mujer con ese peinado provincial está en una situación cosmopolita? Son contradicciones que también existen en mi propia vida. He vivido en todos esos lugares diferentes. Soy una mezcla de ellos”.

Aunque es su forma de vida, esta artista comenzó su idilio con el arte como un simple coqueteo. Creció como la cuarta de seis hermanos de una familia Igbo de la ciudad de Enugu y con diez años tuvo lo que ella califica a The Guardian como su primera experiencia cosmopolita al trasladarse a Lagos para estudiar en el Queens College, una de las más prestigiosas escuelas para niñas de Nigeria. Con dieciséis años, su hermana y ella obtuvieron el visado para poder estudiar en Estados Unidos, donde comenzó su formación artística, que en sus inicios, tal y como reconoce, era sólo una vía de escape para aligerar la carga académica. Una relación que se fue fraguando para consolidarse al terminar la universidad, cuando sintió el arte como una urgencia.

“Si la gente no lo sabe, si la gente no lo ve y no le importa, ¿cómo existe? Sentí la necesidad de reclamar mi propia existencia social haciendo que la representación ocurriera. Empecé a recopilar imágenes como una forma de mantenerme conectada con la Nigeria que yo conocía, que no era la misma que se percibía en Estados Unidos”, relata Akunyili Crosby a The White Review. Y añade: “Tenía el deseo de compartir la Nigeria que conocía de una manera real o sincera. Ésta fue mi vida, ésta sigue siendo mi vida. En Nigeria también hay gente que viven sus vidas pese a todos los problemas. Quería dar a la gente una visión de este otro espacio con el que no estaban familiarizados”.

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Para ello la nigeriana se toma su tiempo. Suele pasar tres meses entre obra y obra, embalsamando meticulosamente con capas de retales fotografías que previamente ella misma ha sacado. En el caso de su último trabajo ‘La habitación de enfrente’, incorpora telas de ceremonias tradicionales de su país con imágenes de la campaña política al Senado de su madre, Dora Akunyili, quien ya fuera Ministra de Información y Comunicación en Nigeria de 2008 a 2010. En cualquier caso, si algo trasciende en esta nueva exposición de Njideka Akunyili Crosby es el elemento espejo sobre el que gira su obra. Además de la composición de tres piezas que hace basándose en este objeto, las obras restantes tratan sobre lo que ella llama ‘racismo casual’, refiriéndose a la forma en que se consumen imágenes asignadas a los negros y los blancos diferencialmente a través de objetos cargados de estereotipos raciales. Como declara a la revista W: “A veces las mejores críticas se hacen poniendo un espejo para que la gente vea su reflejo”.

Historias del ‘oro negro’ en Nigeria

El debut literario del nigeriano Tony Nwaka, Lords of the Creek (AuthorHouse, 2015) confirma el buen momento que atraviesa la literatura nigeriana. La prolífica cantera del gigante africano suma así una joya más y sigue adquiriendo mayor dimensión y presencia en el panorama literario internacional. El autor, graduado en Historia y Relaciones Internacionales por la Universidad de Lagos, y alto funcionario de profesión, combina en su novela el acierto y tacto necesario para abordar desde una visión inclusiva la problemática real de las masas populares nigerianas y su vocación por un sector público eficiente y libre de corruptelas que se esmere en dar respuesta a las necesidades reales de la ciudadanía. Fruto de este intenso deseo por parte del autor, nace Lords of the Creek, una novela ilustrativa sobre los tejemanejes en la gestión de recursos naturales que tiene entre sus nobles objetivos contribuir a la sólida construcción de los cimientos de una convivencia pacífica y duradera entre la multiplicidad de grupos étnicos, a menudo enfrentados entre sí ya desde la época colonial, en la actual Nigeria.

El escritor nigeriano, Tony Nwaka, autor de Lords of the Creek

Lords of the Creek es una novela a caballo entre la ficción criminal postcolonial, por sus tintes de misterio, suspense e intriga tras el secuestro de una princesa perteneciente a la casa real de uno de los grupos étnicos más numerosos en la zona, los Itsekiris, y un thriller sociopolítico ambientado en la convulsa región del delta del río Níger. Es esta, además, una zona considerada como una de las mayores fuentes del denominado ‘oro negro’, no solo en el continente africano, sino también a escala global, lo cual permite encuadrar la temática central de la novela en el marco de la literatura global y transnacional. Un hecho, este último, que, sin duda, adentra al público lector a la sórdida y compleja realidad que rodea a los procedimientos de actuación de la más que cuestionada industria petrolera y sus diversas ramificaciones. El neocolonialismo imperante en la zona, en forma de saqueo constante e indiscriminado, ha desencadenado una lucha encarnizada entre las multinacionales asentadas en territorio nigeriano casi desde el inicio de las actividades de estas allá por el año 1960, las autoridades gubernamentales, las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado y los grupos étnicos y milicias presentes en la zona. Los últimos sostienen que los poderes públicos protegen y facilitan el expolio masivo y diario de recursos del país africano, mediante el uso de la fuerza contra quienes ponen el grito en el cielo en señal de protesta.

Por esa razón, combaten por el control de los recursos energéticos y la distribución equitativa de la inmensa riqueza que estos generan en una región que, paradójicamente, vive sumida en la más absoluta e incomprensible pobreza, a pesar de su enorme potencial. El delta del Níger podría revertir la situación en un abrir y cerrar de ojos si se diera un clima más propicio a reducir la brecha entre países desarrollados y países en vías de desarrollo. Ese es al menos uno de los principios de la ideología neocolonialista y también uno de los bulos y tótems más repetidos de la inversiones con trasfondo neocolonial en toda África, además de la excusa perfecta para intervenir en las economías africanas en beneficio de los intereses que persigue y defiende el neo-imperialismo.

Este hecho, incontestable a todas luces, es el corazón de una novela con músculo, fuerza, profundidad en sus diálogos y una buena dosis de realismo a la hora de poner de manifiesto la connivencia entre los poderes económico-financieros globales y los políticos en detrimento del interés público general. Todo ello plasmado en el hartazgo acumulado durante décadas en el seno de las comunidades que habitan uno de los rincones más ricos –y contaminados- del planeta, cansados de reclamar sin éxito infraestructuras básicas que colaboren de forma efectiva en el desarrollo sostenible de la región, tal y como sus antepasados ya defendieron.

Lords of the Creek plantea un difícil escenario en el que su protagonista, el exitoso hombre de negocios Robert Akinyemi Edward, a punto de disfrutar de su retiro dorado junto a su esposa, se ve inmerso en una de las peores crisis que golpean al Estado del Delta. El estallido de un conflicto interétnico que se desarrolla, por añadidura, y en contra de los intereses de las élites, en medio de un proceso electoral envenenado es el marco de la novela. Un conflicto que pone en tela de juicio las cloacas del Estado en su intento por perpetuarse en el poder y debilitar así el tejido asociativo articulado alrededor de un frente común: la lucha por mejorar las condiciones de vida de las capas más desfavorecidas. La magnitud del conflicto es de tal envergadura que amenaza con hacer tambalear seriamente los pilares de un tablero corrupto y que a su vez constituye un sistema de apoyos mutuos y prolongado a lo largo y ancho de la maltrecha existencia del Estado postcolonial fallido.

Recientemente, Tony Nwaka ha publicado su segunda novela, Mountain of Yesterday (Kraftgriots, 2017), en la que cuestiona la rigidez e inflexibilidad de los grupos étnicos, en clave de género, a través del prisma de Amina. Otra obra ilustrativa para conocer de primera mano los entresijos de la tradición en contraposición a los aires de modernidad que luchan por hacerse un hueco en la sociedad nigeriana contemporánea.

Vuelta al cole llena de esperanzas

Llega la vuelta al cole y con ella una mirada a través de la ventana que nos llena de esperanzas en relación a las literaturas producidas por autores africanos. Una mirada por la ventana que, en realidad, es un vistazo a lo que se está cociendo en otros países para tratar de tener una idea de lo que en un deseado futuro inmediato puede llegar hasta los lectores del mercado literario hispanohablantes que se interesan por las letras africanas.

La escritora Tomi Adeyemi en una imagen de su página web.

Lo que nos encontramos es realmente esperanzador y dentro de todos los lanzamientos nos fijamos en los que es más probable que acaben en nuestras librerías (quizá con un exceso de confianza). Hablando sólo de mercado, nos encontramos con la primera novela de la última chica de oro de las letras africanas. La aparición de The children of blood and bone, se ha anunciado para el nuevo curso, a priori durante el primer trimestre de 2018. Su autora, la nigeriana Tomi Adeyemi se ha hecho popular por haber sido la última escritora africana en unirse al club de los contratos de siete cifras.

Ya hablamos del selecto club, con las publicaciones de la camerunesa Imbolo Mbue y de la ghanesa Yaa Gyasi. Ahora hemos conocido la figura de Tomi Adeyemi que ha firmado un contrato de seis ceros con el grupo editorial Macmillan Publishers Ltd por la trilogía “The children of blood and bone” y los derechos de la adaptación al cine. De la historia que hay detrás de semejante operación literaria se sabe poco más allá de una vaga descripción de contraportada que remite a un relato de aventuras propio de la literatura fantástica (y seguramente encuadrado en las recientes apuestas destinadas al público juvenil). Por cierto, la propia web de la autora desvela que RBA Libros tiene los derechos de la traducción en castellano.

Mantenemos las esperanza, también de poder acceder en español al último trabajo de la escritora marfileña Veronique Tadjo, la recién publicada en Francia En compagnie des hommes. Tadjo se ha caracterizado por combinar magistralmente su compromiso social con una literatura firmemente enraizada en la tradición del continente, tanto en los temas como en el estilo. La escritora marfileña ha sido una de las divulgadoras más eficientes de esa tradición narrativa. En este caso, las reseñas hablan de un relato que se desarrolla durante la crisis del ébola y que despliega las historias de todos los protagonistas de semejante reto para la humanidad. Todo bajo las sombra de la sabiduría del baobab.

De la misma manera no perdemos la esperanza de que alguna editorial apueste por traducir al novelista, ensayista y poeta chadiano Nimrod. En octubre, Actes Sud publicará Gens de brume. A través de un estilo y un lenguaje en el que fluyen versos y prosa, Nimrod evoca los tiempos de su infancia, pero, sobre todo, constituye una voz tan especial que los lectores hispanohablantes no pueden seguir prescindiendo de ella.

Mabanckou leyendo uno de los pasajes de su novela, Petit Piment, recién traducida al inglés / Foto: Iván González

Sin embargo, no todos son castillos de arena. Afortunadamente, la vuelta al cole de las letras africanas también se lee en español. Alain Mabanckou es uno de los escritores más reconocidos de la esfera francófona. Durante años se ha fraguado un nombre a fuerza de proponer una narración innovadora y personalisima. Pero una vez conquistado ese espacio de la industria literaria, Mabanckou no ha bajado los brazos. De hecho, procedente de Congo-Brazzaville, el novelista se ha destacado especialmente en los últimos años por su militancia, por su combate para devolver la dignidad a la literatura de autores africanos, por su esfuerzo para construir un futuro esperanzador e inspirador para el continente y por su lucha denodada contra las dictaduras.

Los libros de la Catarata nos ofrece El llanto del hombre negro. Alain Mabanckou construye un ensayo muy lejos de ser complaciente, antes al contrario propone un discurso provocador sobre la identidad africana y es provocadora porque cuestiona de la misma manera los estereotipos como discurso victimista. Sin duda, este trabajo se une al de otros autores africanos que poco a poco van edificando un discurso que desarma completamente los pilares de la narrativa que marca la visión que el norte global tiene del continente africano.

Helon Habila: “Hay una Nigeria antes y después de Boko Haram”

Chibok es un soñoliento, polvoriento pueblo donde parece que nada pasa, y habría continuado con su pacífica y desconocida existencia si no fuera por lo que ocurrió el 14 de abril de 2014. Ese día, 276 niñas desaparecieron de un colegio de secundaria del noreste de Nigeria. Fueron raptadas por Boko Haram.

La fecha quedó grabada para el gobierno de Goodluck Jonathan que dejó de ignorar lo que ocurría en el estado de Borno. El planeta se puso a tuitear y el escritor nigeriano Helon Habila preparaba un nuevo libro tras Oil on Water. Sin embargo, el autor no podía concentrarse en una novela a sabiendas de lo que ocurría en su país. La cobertura del conflicto, muy superficial según el propio Habila, le llevó a indagar en lo que realmente estaba pasando. “Había que contar por qué unos nigerianos alzan las armas contra otros. Es una situación compleja pero al fin y al cabo son seres humanos”, explica el escritor. Tras meses de trabajo, su último libro, The Chibok Girls, ha sido presentado en el festival de literatura africana de Londres, Africa Writes.

Seguimos viendo a las niñas como víctimas pero son supervivientes. Lo que les ocurrió les ha hecho tener más valor. Al principio no querían salir de casa y prometieron no ir más a la escuela. Hay algunas que siguen traumatizadas pero otras han vuelto al instituto porque lo que Boko Haram quiere es que se casen y se conviertan en una propiedad. El secuestro las hizo madurar de la noche a la mañana y se dieron cuenta de que había un motivo por el que luchar”, dice Helon Habila a Wiriko.

Ese objetivo común es el grupo islamista Boko Haram y su idea de religión. “No es Islam. Incluso asesinan a otros musulmanes y lanzan bombas a las mezquitas mientras la gente reza. Esto es sólo una secta con su propia doctrina”, recoge Habila en uno de los múltiples testimonios del libro. El escritor viajó a la región y desafió la narrativa impuesta desde el gobierno. “Hay puestos de control cada tres kilómetros que sirven, además de vigilar el movimiento de personas, para seguir a los periodistas y saber qué se dice y qué se escribe. Esto es también una guerra propagandística”, dice el autor.

En Chibok, todavía bloqueada por el ejército nigeriano, Habila charló con tres de las niñas que pudieron escapar de los terroristas. Hauwa, Ladi y Juliana detallan distintos pasajes de una noche que cambió el destino de Nigeria. Los familiares también tienen su espacio en el relato. Habila escribe: “Me impresionó cómo todo el mundo aquí tiene cuidado al hablar del cuándo y no del si vuelven las niñas. La guerra contra Boko Haram no se ganará hasta que todas las víctimas estén de vuelta. El escritor recogió diversos relatos para intentar dar luz a un hecho sin precedentes y que muchos intentaron solucionar con respuestas fáciles debido a la frustración. “Tuve acceso inmediato a las familias gracias a que hablo hausa, una de las lenguas locales. Ellos quieren poner la historia en el mundo y están abiertos a dar su versión”, explica el autor.

The Chibok Girls recopila estas historias y dedica varios capítulos a desgranar los acontecimientos del fatídico día. Es periodismo sobre África contado por un africano. “En África escribimos principalmente novelas pero tenemos que comenzar con la no ficción para abrir una conversación directa. La ficción hace de los hechos una metáfora y termina evitándolos. Se convierte en una forma de interpretación mientras que con el periodismo se pregunta directamente a una gente que tiene que responder”, cuenta Habila.

Helon Habila durante el lanzamiento de “The Chibok Girls” en el festival londinense Africa Writes / Foto: Iván González

Además Habila proporciona contexto e indaga en las causas de una historia de violencia que ha atormentado a las poblaciones del estado de Borno desde principios de siglo. En 2009 el ejército nigeriano apabulló al extremismo, según el gobierno. Pero la cúpula de Boko Haram escapó a varios campos de entrenamiento yihadistas en Somalia, Sudán, Malí e incluso Afganistán. El grupo, bajo las órdenes de Abubakar Shekau, volvió poco después a instalarse en el noreste de Nigeria, una localización estratégica gracias al relieve montañoso y a la proximidad de la frontera camerunesa. Y en junio de 2011 se produjo el primer atentado suicida en el país.

El gobierno de Goodluck Jonathan, en aquel entonces en el poder, encubría un conflicto que ganaba adeptos. “Hay gente que comparte sus valores: quieren la sharia, odian la democracia y ven a Occidente como el enemigo. Para ellos la sharia es como tener el reinado de Dios en la tierra pero no saben qué significa. No están felices con lo que tienen y no se dan cuenta que están siendo utilizados”, advierte el escritor nigeriano. La religión como una forma de escape y que se refleja en estas líneas del libro: “Mantén a la gente con miedo y hambrienta, anímales ocasionalmente a purgar su rabia contra el otro a través de una violencia autorizada por la religión”.

Llegó el 14 de abril de 2014. Y llegó #BringBackOurGirls. “El movimiento tenía que ser escuchado y era necesario cuando el gobierno no estaba haciendo nada. La actual administración ha tomado en serio a los terroristas por lo que se puede decir que la campaña tuvo éxito. Además sigue presente con reuniones casi a diario en Abuja y son muy activos en las redes sociales. El movimiento no ha muerto, tenía un objetivo que se ha conseguido”, comenta el escritor.

La tarea es mastodóntica para Muhammadu Buhari y Habila se muestra pesimista: “La zona está muerta. Hay un millón y medio de desplazados internos en la región y el gobierno los tiene como un objetivo de un plan a desarrollar a largo plazo. Pero hay niños muriéndose y da miedo. No estamos hablando ni siquiera de darles una educación, sino de darles de comer. Es un problema que va a durar, una generación completa y en la actualidad es complicado porque el precio del petróleo sigue bajando. No hay dinero y están jodidos”.

Helon Habila pasó su niñez en un complejo residencial donde musulmanes y cristianos vivían puerta con puerta. Ahora, sólo le queda la esperanza aunque duda. “Nigeria ha cambiado radicalmente. Hay una Nigeria antes y después de Boko Haram. Se ha alcanzado un nivel de transformación irreversible, pero se ha hecho ver a la que gente que esto no es bueno para nadie, ni para los cristianos y musulmanes. El sentimiento de sospecha siempre estará ahí y es algo con lo que tendremos que aprender a vivir ”.

*Este artículo es parte de la cobertura que Wiriko ha realizado en español como medio oficial del festival literario Africa Writes.

Artistas para la Paz

Existe un proverbio ugandés que dice: “Cuando dos elefantes luchan, es la hierba la que sufre”. Afortunadamente, no hay conflicto armado actualmente en la perla de África, pero si ampliamos las fronteras, nos topamos con distintos focos de conflictos que azotan al continente. Así y todo, mientras algunos deciden hacer la guerra, otros hacen denuncia de estos crímenes y reivindican la paz con su arte.

Aprovechando la celebración del Día Internacional del Personal de Paz de las Naciones Unidas, centrado en la temática «Invirtiendo en la paz del mundo»,  queremos reconocer la contribución del arte más comprometido. Porque el arte puede ser una herramienta educativa para la construcción de la Paz y la prevención de los Conflictos.

Sudán del Sur

Mientras el pueblo celebraba la paz en Sudán con la independencia de Sudán del Sur en 2011, el país más joven de África se veía, al poco tiempo, inmerso en una nueva guerra civil. El gobierno del nuevo país se creó alrededor de la atnia mayoritaria e ignorando al resto de grupos étnicos. En 2013, el presidente dinka Salva Kiir no se tomó muy bien las críticas de su segundo Riek Machar y le despidió. Este intentó un golpe de estado que fue sofocado, pero tras tres años de negociaciones con la comunidad internacional, la violencia se instaló en Juba, la capital sursudanesa, en verano de 2016.

Pintura del colectivo Ana Taban

Y mientras la violencia y la muerte aterrorizaban al pueblo de nuevo, los artistas se echaron a la calle para llenar las paredes de la capital con mensajes de paz. Se trata del colectivo de artistas AnaTaban (Estoy Cansado), una comunidad de creativos jóvenes cansados de ver sufrir a su pueblo. Lo que pretenden es crear una plataforma de gente joven, unir sus voces y hablar libremente para lograr la paz.

Pintura del colectivo Ana Taban

República Democrática del Congo

La guerra por el control de los recursos minerales y el coltán no es el único conflicto abierto de la República Democrática del Congo. Mientras su presidente, Joseph Kabila, se aferra al poder cuando su segundo mandato, y último según la Constitución del país, terminaba el pasado diciembre, la crisis se agrava, la violencia no cesa y las muertes se acumulan en todo el territorio. La semana pasada, el presidente nombró un nuevo Gobierno de transición en contra del acuerdo con la oposición, de finales de 2016, en el que se le permitía seguir en el poder hasta que se celebraran elecciones a finales de 2017. Muchos sospechan que Kabila intenta convocar un referéndum que le permita un tercer mandato, como hicieron sus homólogos en Ruanda y Congo.

Daddy’s falling trone, 2015, Steve Bandoma

Son muchos los que han terminado en la cárcel por reivindicar un cambio político en el país, pero Steve Bondoma lo hace de una forma más sutil. A través de la pintura, la fotografía y el reciclaje de revistas para darles una nueva vida, el artista muestra en sus obras el ajetreo de la capital congoleña y una sociedad en cambio constante. Una forma de ver el mundo que denuncia la retirada de la moral con consecuencias tales como la corrupción, el robo o la falta de honradez.

No dirty money!, 2015, Steve Bandoma

Somalia

Para entender el conflicto somalí, tenemos que remontarnos hasta el siglo pasado cuando, en 1991 movimientos militares revocaron el régimen de Siad Barre y distintos grupos étnicos empezaron a luchar para hacerse con el poder, dejando, así, el país dividido. Todo se agravó con la sequía que atormentó al país con una terrible hambruna en 1992. Con la entrada del nuevo siglo, se han ido sucediendo distintos gobiernos de transición, pero en la actualidad, la guerra civil continúa librándose y el país, aunque si cuenta con un gobierno oficial, aún se encuentra activo el grupo islamista radical Al-Shabab. El conflicto se ha cobrado innumerables víctimas mortales y desplazados.

Fotografía de Mustafa Saeed, publicada en African Digital Art

Originario de Arabia Saudí, pero residente en la ciudad somalí de Hargeisa, el fotógrafo y artista visual Mustafa Saeed, lanzó el proyecto Coroned Energies, que, mediante imágenes, grabaciones y sonido, retrata la vida cotidiana y las experiencias de los jóvenes somalíes y pretende ser una plataforma para que puedan expresarse.

Fotografía de Mustafa Saeed, publicada en African Digital Art

El terrorismo islámico en Malí, Nigeria y Chad

El terrorismo también está presente en Malí, cuando los acuerdos de paz se estancaron en 2015. En marzo, distintos grupos terroristas activos en la región anunciaron su fusión en Jamaât Nasr Al islam wa Al mouminin (Grupo para el Apoyo del Islam y de los fieles). Al igual que en Nigeria, o Chad, el terrorismo Islámico de Boko Haram, que secuestra a menores y en ocasiones los usa como armas de guerra, atormenta la región, a la vez que se van debilitando las instituciones gubernamentales que no ven cómo solucionar el problema.

L’initiation, 2004. 7 Elements. Mixed Media On Fabric, Abdoulaye Konaté

Una de las figuras más destacadas del arte contemporáneo maliense es Abdoulaye Konaté, que mediante telas – materia barata y fácil de conseguir en el país – que tiñe, corta y cose, transmite sus ideas acerca de las esferas políticas y sociales del país. Su trabajo se centra en las tensiones políticas de la región del Sahel.

Otro de los artistas más influyentes, de origen ghanés, pero residente en Nigeria y profesor de la universidad del país, el escultor El Anatsui, se vale de materiales recicladas de las calles, como el aluminio, el cobre o la madera, para crear objetos que expresan sus diversas preocupaciones políticas, sociales e históricas.

Gravity and Grace Monumental Works by El Anatsui, Eva Blue

La Bienal de Venecia: Nigeria se une a la fiesta del arte

La Bienal de Venecia dio el pistoletazo de salida el fin de semana pasada, y hasta finales de noviembre, con el título “Viva Arte Viva” y, lo que este año pretendía ser una oda al arte para devolver la voz a los artistas y dejar a un lado las reivindicaciones políticas, se ha quedado un poco corto por lo que atañe a la representación africana. De los 54 países del continente africano, solo siete tienen su propio pabellón en esta fiesta artística, a la que se ha unido, por primera vez, Nigeria.

Performance de Qudus Onikeku

Con el título “How about now?(¿Qué tal ahora?), los artistas nigerianos Victor EhikhamenorPeju Alatise y Qudus Onikeku, junto a sus comisarios Adenrele Sonariwo y Emmanuel Iduma, a través de la multidisciplinariedad, pretenden establecer un diálogo con las nociones del tiempo y la conciencia de Nigeria como país. El pabellón toma en cuenta el pasado y el presente, para afrontar el futuro y abarcar todas las posibilidades ideológicas y toda la complejidad de su identidad nacional. Porque no se puede explicar el presente ni mirar hacia el futuro sin recurrir al pasado y a la historia.

“¿Cómo nos incluimos en la narrativa global del arte, ahora? Nuestro tema es un mensaje en capas. Más allá de esto, a través del ‘ahora’, no sólo reflejamos nuestros mitos e historias como país y sociedad, sino también cómo elegimos retransmitir narraciones contemporáneas en un presente fragmentado pero interconectado”, explica el artista Victor Ehikhamenor para Wiriko. “Ni nostálgico ni escapista, insistimos en pensar en el pasado y en el futuro de Nigeria para comprender la naturaleza interrelacionada del tiempo”, añade.

Mientras Victor Ehikhamenor combina grandes instalaciones con la escultura tradicional para reflexionar sobre el efecto del colonialismo en el patrimonio cultural nigeriano, Qudus Onikeku presenta una trilogía de películas que investigan, a través de la danza, el funcionamiento de la memoria corporal y su conexión con la conciencia nacional. En la misma línea, Peju Alatise presenta una instalación de ocho niñas aladas a tamaño real, para contar la historia de una joven que trabaja como criada en Lagos y que sueña con la libertad, con no pertenecer a nadie más que a sí misma y con poder volar. Una instalación que se dirige directamente a la injusta realidad reciente del país y que sueña con un mundo más seguro, especialmente para las mujeres y las niñas.

“Flying Girls”, de Peju Alatise

Los otros seis países africanos participantes a La Bienal de Venecia son Angola, representado por el artista António Ole, que nos presenta un pabellón con el tema “Memoria magnética / Resonancia historia”; Egipto, con el tema “Esto también pasará”, representado por el artista Moataz Nasr; Costa de Marfil, representado por los artistas Joachim Silue, Ouattara Watts, Jems Robert Koko Bi, Joana Choumali; Kenia, con el tema “Otro país” y representado por los artistas Arlene Wandera, Mwangi Hutter, Peterson Kamwathi, Paul Onditi, Richard Kimathi y Zimbawe representado por los artistas Admire Kamudzengere, Charles Bhebhe, Dana Whabira and Sylvester Mbayi y que nos hablan de “Deconstruyendo fronteras: Explorando ideas de pertenencia”.

Escultura de Peju Alatise

Sudáfrica y Túnez también participan del evento, pero solo durante la semana inaugural o por invitación. Y esto nos deja con 47 países, casi el continente entero aún sin posibilidades de ser conocidos en ciertos círculos. “Creo que más países africanos necesitan unirse a la mesa mundial del arte. He sido testigo de historias increíbles, obras que se están produciendo en diferentes países de África; sin embargo, cuando se trata de la Bienal, soy consciente de que hay mucho más en juego para asegurar el aterrizaje con éxito a un pabellón de país. Espero que el ecosistema cultural y político de los 47 países que actualmente no participan en la Bienal, tal vez al ver el trabajo y el impacto de los siete países que participan, se inspiren a esforzarse más para superar los factores que les van a la contra”, cuenta Victor Ehikhamenor.

Instalación de Victor Ehikhamenor

Además de los siete países representados, y otros eventos y pabellones marcados en el calendario y el mapa de la Bienal, como el pabellón de la diáspora; los días 9 y 10 de mayo, durante la semana inaugural, se celebró en la ciudad italiana el primer foro de Arte Africano en Venecia, en el que representantes de los museos más importantes del mundo, así como también los artistas africanos que están participando de la Bienal, se han reunido para discutir acerca de dos grandes preguntas: ¿Cómo pueden los países no representados desarrollar y mejorar su infraestructura para la promoción de las artes? y ¿cuáles son los factores que impiden que sus comunidades de creativos prosperen tanto a nivel nacional como global?

Performance de Qudus Onikeku

Acerca del tema, Ehikhamenor nos da su opinión y comenta que “la voluntad política debe estar ahí. Nos guste o no, los responsables políticos, los titulares de cargos públicos o los gobiernos juegan un papel importante en si la industria de las artes de cualquier país se hunde o consigue nadar. Es deber de los creadores, de los artistas y de los productores culturales mantenerse en el rumbo, seguir creando y destacando la importancia de las artes para el desarrollo de los países en su conjunto”.

Victor Ehikhamenor

Y sentencia, “para algunos es una falta de voluntad política. Para otros, es una falta de financiamiento. Pero solo puedo hablar de Nigeria, que es un poco de ambos, pero esto está cambiando lentamente. Con el éxito de este pabellón nigeriano, espero que sea una antorcha y un ejemplo para los nigerianos y para otros países, también. Lo que queda claro es que la calidad de la producción artística no está en duda. Ya sea la escultura, la performance, la pintura, el arte digital, los artistas africanos están produciendo un trabajo de primera calidad que coincide con cualquier estándar de clase mundial establecido en cualquier lugar”.

“Woman in trance”, de Victor Ehikhamenor

Teju Cole: “Tenemos que dar un paso atrás y preguntarnos qué significa vivir en comunidad”

“Dos segundos”, me pide interrumpiendo la entrevista. Estamos en el comedor de su hotel y solo hay dos mesas ocupadas, la nuestra y otra con una mujer trabajando en su ordenador. Acaba de entrar una camarera que trajina con platos cerca de la otra mesa. Teju Cole hace rato que se las mira. De repente, algo en la escena capta su atención y merece ser contado. Coge su cámara con prisa (siempre le acompaña cerca, por si acaso) y hace un par de fotos. Luego, podemos seguir con la conversación. Cole es tranquilo y, aunque mide sus palabras al milímetro para hacerse entender, no tiene reparos en hablar claro acerca del mundo y sus problemas, ni al dar su opinión acerca de la política de Estados Unidos y Nigeria, sus dos hogares.

EL novelista de origen nigeriano, Teju Cole, en Barcelona. Fotografía: Maria Colom. 

Maria Colom: Las tradiciones literarias americana y africana son muy distintas. Lo importante en Estados Unidos son los libros que lees, mientras que en muchos lugares de África son esenciales las historias que pasan de padres a hijos. ¿Cuáles han sido sus influencias?

Teju Cole: Para mí, siempre es importante tener presente que mi trabajo se basa en la escritura y que no viene de una tradición oral. No cuento historias, las escribo. Mi trabajo y mi forma de pensar vienen de los libros. A veces me han preguntado por el yoruba, mi lengua materna de Nigeria, que considero muy importante, pero siempre respondo que son James Joyce y Virginia Wolf, por el idioma y su estructura, mis verdaderas influencias. Respeto mucho la tradición oral, pero no es el lenguaje con el que trabajo.

M.C: En una ocasión comentó que “su estilo de escritura es descriptivo, que le gusta describir cómo se entiende el mundo físico y que le gusta crear escenas”. ¿Es esencial para usted, esta colaboración entre letras e imágenes tan característica en sus obras?

T.C: Sí, es sinónimo de libertad y un regalo tener la posibilidad de trabajar con las dos disciplinas. Pensar en el mundo, no solo por lo que significa, sino por cómo lo vemos. Todo está conectado. Cuando estás describiendo lo que ves, también puedes entender lo que significa. Por eso describo con la escritura y la fotografía y me gusta que mis fotografías sean “fotos narrativas”, que cuenten una historia. Quiero que mis fotos sean como si alguien estuviera escribiendo una frase, como si alguien estuviera organizando el mundo de una manera en particular. Quiero que hagan pensar.

M.C: Usted fue uno de los primeros en cultivar la twitteratura, pero ya hace un tiempo que no tiene actividad en la red. ¿Se ha cansado de las redes sociales?

T.C: (Ríe). No, me gusta avanzar, así que ahora prefiero usar Instagram, cada día. Estuvo bien, también, salir de Twitter el año pasado, nunca me hubiera imaginado lo bueno que sería. Porque el año pasado empezó a usar Twitter un hombre loco que se volvió muy activo. Estoy hablando del presidente de Estados Unidos. Me alegra haber salido de esta red social al mismo tiempo que él entró y se convirtió en una persona muy popular.

M.C: También ha comentado que, más que novelista, es un escritor de ciudades. En sus novelas ha adoptado un papel de “Writerly Walker” (en referencia al concepto que introdujo Baudelaire). ¿Es éste el formato en el que se siente más cómodo?

T.C: En mis primeros trabajos sí, pero siempre estoy evolucionando y ahora prefiero pensar en los espacios entre ciudades, en montañas y en espacios abiertos. Las ciudades son importantes, andar es importante, pero siempre trato de pensar en lo que me hace crecer. De todas formas, sigo muy conectado con las ciudades porque son nuestra mejor oportunidad para vivir juntos y para averiguar cómo desarrollar nuestros recursos de una manera inteligente.

Teju Cole desarrolla su pasión por la fotografía, con la que también cuenta sus historias. Fotografía: Maria Colom. 

M.C: En su novela, además de encontrar una lectura crítica, podemos percibir la nostalgia del que se fue y vuelve para reconocerse. ¿Por qué es tan importante la identidad para usted?

T.C: Creo que, a una persona como yo, que vive en Estados Unidos, país que se ha construido gracias a personas muy diferentes, le tiene que surgir la pregunta “¿a dónde perteneces?”, y te viene a la memoria tu hogar. Crecí en Nigeria, una sociedad lejana y homogénea, no a nivel cultural, pero sí a nivel racial; todo el mundo a mi alrededor era negro. No tenía que explicar quién era y mi color no era importante. Cuando llegué a Estados Unidos, de golpe me había convertido en un hombre negro en América y fue cuando estas preguntas se volvieron importantes para mí.

Creo que, en este mundo moderno, todos tenemos que preguntarnos cosas que nunca nos habríamos preguntado acerca de la propia identidad. Ahora tienes que plantearte cuál es tu actitud con lo exterior, con lo extranjero. ¿Eres tú el extranjero? Estamos aquí sentados en España y hablamos de nosotros; ¿qué significa nosotros? ¿Quién está dentro y quién fuera? ¿Quién tiene el derecho de vivir en un lugar en particular? ¿Puede un chileno que vive aquí sentirse como en casa? ¿Qué pasa con un negro español que tiene la nacionalidad, o es que los españoles solo pueden tener un color determinado de piel? Son preguntas que no desaparecen nunca y con las que estamos obligados a lidiar cada día.

 

Preguntas acerca de mi nacionalidad y mi lengua materna no son tan importantes para mí; ser nigeriano o americano no es tan importante. Prefiero verme como un ciudadano del mundo y vivir de la mejor manera posible.

 

M.C: En un ensayo de su libro Known and strange things, “Home strange home”, habla de su infancia (nació en Estados Unidos, pero a los cinco meses de vida volvió a Nigeria hasta los 17, que volvió a Michigan para estudiar en la universidad) y de los recuerdos, reales e imaginarios, que tenía o se creó de sus dos hogares. ¿Qué puede decirnos de su propia identidad?

T.C: Soy una persona que está muy interesada en ser libre, en un sentido un poco pasado de moda y existencialista. ¿Qué significa estar y pertenecer a un mundo en el que ni siguiera he pedido nacer? ¿Cómo puedo poner mi libertar y mi individualidad en este mundo y ser, a la vez, responsable de lo que sucede en comunidad? Aquí es donde se encuentra mi identidad, en lo más profundo. Preguntas acerca de mi nacionalidad y mi lengua materna no son tan importantes para mí; ser nigeriano o americano no es tan importante. Prefiero verme como un ciudadano del mundo y vivir de la mejor manera posible. La política mundial de los últimos años nos ha convertido a todos en filósofos, tenemos que dar un paso atrás y preguntarnos qué significa vivir en comunidad y cómo organizamos nuestras sociedades. Creo que mi trabajo siempre trata de responder estas preguntas y todos tenemos que hacérnoslas.

“Ciudad abierta”, Teju Cole

M.C: En su primer libro traducido al castellano, Ciudad abierta, usted escribió: “A veces, mientras hago cola para ir al lavabo, hay gente que me mira de manera que me hace sentir como Ota Benga, el pigmeo Mbuti que se exhibió en el zoo del Bronx en 1906”. ¿Por qué cree que perdura esta visión en un mundo tan globalizado en el que todos tenemos más semejanzas que diferencias?

T.C: Escapamos de la Europa medieval y entramos en el mundo moderno, el siglo de los grandes descubrimientos, se empezó a viajar por todo el mundo y los europeos fueron a América y África: la conquista, la colonización y la esclavitud. Todos estos son hechos que han condicionado la interacción entre negros y blancos. Con el colonialismo, vinieron, se llevaron los recursos y nos convirtieron en buenos cristianos. Luego, el cultivo de la caña de azúcar y el del algodón eran muy duros, así que nos llevaron como esclavos para hacer el trabajo durante toda la vida, trabajo que también harían nuestros hijos y nietos. Vida en prisión con trabajo duro. Estas estructuras siguen afectando a la interacción entre negros y blancos, porque la memoria histórica no ha desaparecido. Y el colonialismo sigue hoy en día a nivel empresarial con acuerdos secretos. Francia aún tiene colonias en África con acuerdos económicos. Quizá no esté para siempre, pero por ahora sigue siendo real porque tanto la esclavitud como el colonialismo se basan en las ideas de superioridad e inferioridad y la gente no va a dejarlo ir a la ligera.

M.C: ¿Qué deberíamos hacer para cambiar esto?

T.C: ¿Por qué hay que cambiarlo? Desde el punto de vista blanco, quiero decir. Está bien ser superior, es divertido. Nadie va a dejar ir el poder de buena gana. Así que no creo que pueda decir nada a los blancos acerca de la superioridad racial. Lo que sí que tienen que hacer los negros es luchar porque nadie lo va a poner fácil. Y va a ser duro y desagradable llegar a la igualdad, no la vamos a conseguir de forma amable. Es lo mismo que la igualdad entre hombres y mujeres. Podemos hablar de igualdad como buenos feministas, pero la única manera de conseguirla es que las mujeres sigan luchando, quejándose y pidiéndola.

“Cada día es del ladrón”, Teju Cole

M.C: En Ciudad abierta, entre otras cosas, habla de la inmigración, la convivencia y la diversidad. ¿Son realmente Estados Unidos y Europa “ciudades y mundos” abiertos? 

T.C: ¿Has oído hablar del muro en la frontera de México? Estados Unidos es un lugar interesante, abierto y no abierto al mismo tiempo. Por un lado, hay un sentimiento muy fuerte de libertad y diversidad. Yo vivo en Brooklyn, y hay gente de todas partes del mundo con distintas culturas. Esto es normal, está abierto en este sentido, está abierto comparado con Vietnam o Rusia o Marruecos, que no lo están. Pero no debemos olvidar que la estructura económica está basada en crímenes bastante serios relacionados con los nativos americanos, con los negros o con los inmigrantes. Existe diversidad, pero, al mismo tiempo, la estructura está equivocada. Es una paradoja; no es un lugar inocente, pero aún tiene muchas posibilidades. En este momento creo que todas las naciones de Europa deben volverse más abiertas y multiculturales. 

M.C: Usted tiene doble nacionalidad (estadounidense y nigeriana). ¿Qué opina del camino político que está tomando Estados Unidos con Donald Trump, sobre todo en sus políticas de inmigración? 

T.C: Creo que es un maldito maníaco. Esto es lo que creo. ¿Qué opinas tú?

M.C: No estoy segura de querer pensar mucho acerca del tema porque no quiero asustarme demasiado. 

T.C: Exacto. Nunca me había enfrentado, mentalmente, a una crisis política como esta, en mi vida. Y no se trata solo de las políticas de inmigración, que son un emblema de su brutalidad natural. Espero que esta pesadilla se acabe pronto.

 

Nigeria es como una casa que se construye despacio, que la lluvia destruye un poco de lo construido, pero que se vuelve a construir después. Pero Estados Unidos es como si alguien tuviera una casa preciosa y la prendiera en llamas, y esto es aún más deprimente.

 

M.C: Durante la campaña #BringBackOurGirls, usted dijo que había un verdadero reto para la democracia nigeriana. ¿Cómo ve la actualidad política de Nigeria?

T.C: No es muy esperanzadora. Creo que nuestra democracia es joven y que se está desarrollando muy rápido. Democracia no es solo tener derecho a elegir a tus líderes, sino tener claro cómo debemos quejarnos de las cosas que no están bien; cómo participar en la estructura de la sociedad. Nos estamos desarrollando, pero es un país con mucha población, la corrupción sigue siendo un problema, y desde la crisis del petróleo, nuestra economía tiene serios problemas. Son tiempos duros, pero justo después de las elecciones estadounidenses, fui a Nigeria y me sentí mucho mejor allí, el país está avanzando. Nigeria es como una casa que se construye despacio, que la lluvia destruye un poco de lo construido, pero que se vuelve a construir después. Pero Estados Unidos es como si alguien tuviera una casa preciosa y le prendiera llamas, y esto es aún más deprimente.

M.C: ¿Cómo ve la sociedad civil en África? ¿Cree que se está construyendo una nueva realidad en las ciudades?

T.C: Sí, y esta es nuestra mayor esperanza. Las ciudades son un lugar con oportunidades. Y esto se da en cualquier país. Lugares en los que podemos poner en práctica la inclusión y la diversidad. Se está desarrollando algo en las ciudades inteligentes que usan la tecnología. Con tantas personas viviendo juntas (21 millones de personas son los que viven en el ámbito metropolitano de Lagos), hay que resolver muchos problemas de servicios, transporte, educación; pero las ciudades son una oportunidad. Soy un fan de las ciudades en este sentido, porque son lugares en el que se te permite ser quien quieras ser. Puedes ser gay, excéntrico, moderno; puedes ser católico, judío, musulmán, protestante, budista o ateo. En una ciudad nadie va a llamar a tu puerta para decirte que no puedes hacer o ser algo. Por supuesto que una ciudad puede ser fría y distante, pero para lugares como África, las ciudades son la mejor apuesta.

FESPACO: La fiesta de los cines africanos

Foto: u p p e r l a b

“Dios no es un terrorista”. A ritmo de reggae unas declaraciones como esta provocan menos irritación. El marfileño Alpha Blondy electrificó a los 5.000 asistentes que presenciaban el acto de inauguración del FESPACO, el Festival Panafricano de Cine y Televisión de Uagadugú (Burkina Faso) mientras coreaban al unísono “rocking time in Uagadugú”. Blondy en varias ocasiones se había mostrado muy crítico contra el gobierno del antiguo presidente Blaise Campaoré por lo que su concierto desprendió tintes políticos y activistas. “He venido a cantarle a Sankara”, afirmó.

Costa de Marfil, es el invitado de honor de este evento que cada dos años se da cita en Uagadugú, la bautizada como capital de los cines africanos. La ciudad asfaltada de tierra rojiza y palmeras se fundirá hasta el próximo 4 de marzo entre los carteles de las películas que se proyectarán, los vendedores ambulantes, los pequeños mercados, los cines improvisados, y una gran presencia policial y militar para contrarrestar un posible ataque yihadista que hace un año dejó 33 muertos en Burkina Faso. De ahí el grito de Blondy: “Dios no es un terrorista”. En estos días, la fiesta africana del séptimo arte refresca la memoria de que en el continente se están produciendo auténticas joyas del cine y los profesionales del sector, aficionados y curiosos saben que el FESPACO es cita obligada para tomar el pulso a la ya de por sí complicada industria. Esta 25ª edición es toda una declaración de intenciones, así lo demuestra el lema: “Formación y oficio del cine y el audiovisual”.

En total, 164 películas compiten en varias secciones, incluyendo los 20 largometrajes de 15 países que optarán por el Étalon de Yennenga (Semental de oro), en su mayoría películas en francés, 4 de habla inglesa y ninguna en portugués. Cabe destacar el retorno de Níger, Camerún y Tanzania al prestigioso concurso al mismo tiempo que mencionar la gran ausente de esta edición: Nigeria. En la rueda de prensa que tuvo lugar en enero en París se comentó que los cineastas nigerianos se habían centrado en la rentabilidad de la producción a expensas de lo artístico. No obstante, la muestra que desde hace algunos años ofrece el festival Nollywoodweek en París –del que Wiriko es medio oficial– continúa defendiendo que no todo lo que se hace en Nollywood es de poca calidad.

De la selección al mejor largometraje, el país anfitrión será el mejor representado con la apuesta de tres películas de jóvenes realizadores: La Forêt du Niolo, de Adama Roamba; Thom, de Tahirou Tasséré Ouedraogo y Frontières, de Appolline Woye Traoré; trabajos que caminan entre las explotaciones mineras ilegales, el sufrimiento de vivir en las grandes ciudades o el comercio fronterizo, respectivamente. Costa de Marfil presenta la intriga política con Innocent malgré tout, de Kouamé Jean de Dieu y Kouamé Mathurin, y L’Interprète, de Olivier Melche Koné. Dos países del Magreb participan también: Marruecos, con A Mile in My Shoes, de Saïd Khallaf y A la recherche du pouvoir perdu, de Mohammed Ahe Bensougat; Túnez con Lilia une fille tunisienne, del veterano Mohamed Zran.

Y dos apuestas que pueden ganar alguno de los premios principales: uno, el trabajo del franco-senegalés Alain Gomis, quien presenta Félicité, película que hace unos días conseguía el premio del jurado en la Berlinale, un drama en ubicado en Kinshasa, la capital de la RDC; y dos, la intencionalidad del franco-maliense Daouda Coulibaly al arriesgarse con Wulu, un trabajo sobre drogas y gángsters en Malí, una historia delicada y arriesgada que sitúa en el debate la financiación de los terroristas que operan en la franja saheliana a partir de la cocaína.


Más información en la página del FESPACO

O en los canales de Wiriko donde os estaremos informando de los premios durante este fin de semana.

El amor de los amantes, los celos de San Valentín

Fotograma de la película Restless City, 2011.

El día de los enamorados es, además de mucho más complejo que las cenas románticas de esta noche incentivadas por la publicidad y El Corte Inglés, algo que se apelmaza entre la carta de vinos y la de los postres: lo llaman amor. Sobrevuela a ratos alto y dislocado. A veces tan bajo que lo llegamos a pisotear. Muchos piensan que en África no existe. No el día de los enamorados, sino el A-M-O-R. Creemos que esta palabra no puede ser, que está ausente. Un concepto eclipsado siempre por la crisis del SIDA, la sequía, la guerra. Así que cuando se piensa en el continente africano uno no proyecta imágenes de emociones o tensiones sexuales que acompañan al concepto. Quizá está provocado por la necesidad de alimentar nuestro ego y querer exportar, también, nuestra forma de besar, de ser celosos, de venganza, de anhelo, de intriga, de intimidad, de cortejo, de ser galanes, de movernos en la cama. Seleccionar películas es jugar a ser prestidigitador y hacer mutar las percepciones de las narrativas del espectador. Y hemos pensado que, quizás, cansados de tanto corazoncito y ofertas de todo tipo para un día como otro cualquiera, vendría bien dejarnos querer por realizadores y realizadoras que desde el continente explican que el amor es mucho más complejo. No obstante, disfruten de este 14 de febrero. Con cine, claro.


Sexo, okra y mantequilla salada, (2008) de Mahamat-Saleh Haroun 

Sexo, okra y mantequilla salada es una comedia de costumbres rodada en Francia. Con un reparto coral, el director chadiano cuenta la historia de una familia africana recientemente emigrada. Una serie de cambios agitan la familia, incluida la marcha de la madre con su amante blanco. Malik, su marido y muy tradicional, ve que todo su mundo se gira del revés, que tiene que cuidar de dos niños pequeños solos y, además de eso, descubre que su tercer hijo es homosexual. La llegada de la hermosa Amina provocará una serie de giros sorprendentes de guión. Una película que explora muchos de los temas de la firma de Haroun como los padres ausentes o la venganza frente a la reconciliación.


Boda blanca, (2009) de Jann Turner

El leal, comprometido y muy decente Elvis deja Johannesburgo para recoger a su mejor amigo y padrino Tumi en Durban. Los dos viajan a Ciudad del Cabo para comenzar los preparativos de la boda de Elvis con Ayanda. Pero las cosas no siempre salen según lo planeado. Esta comedia es una película atractiva que te hace sentir bien, así en general, con ese A-M-O-R del que hablábamos: compromiso, intimidad, amistad…


Hienas, (1992) de Djibril Diop Mambety
Una adaptación de la famosa obra del suizo Friedrich Dürrenmatt, La Visita, la película de Mambety Hienas cuenta la historia de Linguere Ramatou, una anciana y rica que vuelve a su pueblo natal de Colobane –el mismo que el de Mambéty–. Allí el guion narra una historia íntima de amor y venganza paralela a una crítica del neocolonialismo y el consumismo de África. Os dejamos la película completa.


Faat Kiné, (2001) de Ousmane Sembène
Esta comedia incisiva del cineasta senegalés Ousmane Sembène, uno de los padres de los cines africanos, es una observación crítica a la actual Dakar. El realizador muestra las contradicciones modernas de la ciudad postcolonial en un paisaje donde se mezclan las relaciones de género, la pobreza y la riqueza, y la tradición y modernidad. Faat Kine es un tributo al heroísmo cotidiano de las mujeres africanas, mostrándolas en el papel central que desempeñan en la creación de una nueva África lejos de la de antes de la independencia. Os dejamos la película completa porque también se habla de amor.


El amor se cocina en una olla africana, (1980) de Kwaw Ansah
La reinterpretación de Romeo y Julieta en la Ghana colonial por el realizador ghanés Kwaw Ansah representa las tensiones entre tradición y modernidad. Aba Appiah se enamora de Joe Quansah, hijo de un pescador, pero Kofi, su padre, un funcionario jubilado, tiene otros planes para ella, y tratará de bloquear su matrimonio. El conflicto resultante tendrá consecuencias complejas e inesperadas. Una joyita para disfrutar de la Ghana de los años ochenta.


Un amor durante la Guerra, (2005) de Osvalde Lewat-Hallade
Este documental de la realizadora camerunesa Osvalde Lewat-Hallade explora las consecuencias del uso de la violación como arma de guerra desde la perspectiva de las mujeres en África, donde se da testimonio de esta tragedia en repetidas ocasiones. Aziza una periodista y su marido tratan de reconstruir sus vidas. Sin embargo, los horrores sufridos por otras mujeres durante la guerra todavía se ciernen sobre Aziza.


Restless City, (2011) de Andrew Dosunmu
La ópera prima del director nigeriano Andrew Dosunmu, con una magnífica fotografía, cuenta la historia de Djibril, un inmigrante africano que sobrevive en la periferia de la ciudad de Nueva York, donde la música es su pasión, la vida es una estafa y enamorarse es su mayor riesgo. Djibril tiene un objetivo: ser una estrella del pop y volver algún día a África, donde su madre y su padre trabajan en un entorno de miseria. Pero el amor, lo cambiará todo.

El feminismo se queda huérfano de Buchi Emecheta

Curiosamente ella misma se desmarcó del feminismo y contrapuso su postura diciendo que sólo era una mujer, alineándose así en el womanism. Sin embargo, sus historias hablaban mucho más alto que las etiquetas y, seguramente de lo que ella huía era de una clasificación concreta del feminismo, de lo que a veces se considera feminismo clásico y no deja de ser una interpretación constrictora en la que se imponen los cánones occidentales. A pesar de renegar, o más bien de apartarse con cierta modestia, Buchi Emecheta enriqueció el feminismo, lo hizo más abierto y le incorporó visiones poco extendidas. Por eso, aunque seguramente muchas personas no los saben, el feminismo se quedó un poco huérfano el pasado 25 de enero.

La escritora nigeriana Buchi Emecheta. Fuente: The Guardian (Nigeria)

Buchi Emecheta, una de las autoras nigerianas de referencia, falleció en Londres a los 72 años de edad y dejando una amplia bibliografía, pero sobre todo un ejemplo. A menudo es considerada como pionera en una literatura que por fin reflejaba los padecimientos femeninos para enfrentarlos y derribar las discriminaciones. Esa postura, ella la adoptó con naturalidad, sin aspavientos, como quien de pronto abre una puerta que todos antes hubiesen negado que existiera. Esa naturalidad de Emecheta, probablemente bebe de su propia experiencia.

Hablaba en sus novelas de los matrimonios precoces y sabía de lo que hablaba porque fue comprometida a los once años y casada a los dieciséis. Hablaba del choque de culturas con autoridad porque emigró a Londres junto a su marido. Hablaba de las desavenencias conyugales, sabiendo de lo que hablaba porque su matrimonio, mientras duró, no fue un lecho de rosas. Hablaba de las situaciones de discriminación y sometimiento a las que se ve la sometida la mujer, porque su esposo se resistió a que publicase su primera novela e, incluso, quemó su manuscrito. Hablaba de la necesaria independencia femenina, precisamente porque puso fin a su convivencia conyugal, cuando al consorte le dieron esos accesos de piromanía literaria. O hablaba de la maternidad y de la fuerza de la crianza, porque ella sola se ocupó de sus cinco hijos, cuando prefirió la literatura y la libertad al yugo de un ignorante.

Curiosamente, pronto fue considerada una “joven escritora británica” por los que no tienen reparo en atribuirse los méritos de los demás y a pesar de que es un absoluto referente, su vitrina de premios no ha estado especialmente llena. Muchas y muchos son los que descubrieron la literatura africana con Buchi Emecheta. Otras tantas y tantos, descubrieron con esta novelista nigeriana la literatura de mujeres. Y otros y otras simplemente disfrutaron de una contadora de historias capaz de conseguir que las vidas de personajes, más o menos, cotidianas reflejasen la épica de las mujeres anónimas, la lucha de la gente de la calle, la historia de las pequeñas historias.

Lo cierto es que esos escasos reconocimientos en vida, no fueron excesivamente contestados, seguramente porque la altura de la escritora estaba por encima de toda valoración y porque el apoyo de sus incondicionales ni siquiera se fijaba en tan banales homenajes. Eso sí, una vez fallecida, sus obituarios han llenado las páginas de la prensa internacional. Entiéndase este comentario simplemente como una constatación de la realidad y no como una crítica, básicamente, porque la muerte de Emecheta ha sorprendido a esta sección sin haberle dedicado ninguna reseña.

En los tiempos en los que otra autora nigeriana, Chimamanda Ngozi Adichie, se abre paso con un discurso refrescante sobre un feminismo alegre, no se puede olvidar a esa otra madrina que se atrevió a romper algunos límites, precisamente, sin estridencias y sin buscar ni esperar reconocimiento.

Como despedida me quedo con un tuit de una experta en estas disciplinas a través de la cuenta de @literafricas:

 

5 películas africanas sobre migraciones

Un catálogo subjetivo para comprender las migraciones africanas desde el otro lado y a través de la mirada de 5 cineastas. Porque detrás de la barbarie que se vive en la frontera europea, hay historias humanas que vale la pena conocer:

A Stray
Director: Musa Syeed
País: EE.UU. 
Año: 2016

Poco después de conocerse quién sería el nuevo presidente de los Estados Unidos, saltaba la noticia de que Ilhan Omar, de 34 años, ha hecho historia al convertirse en la primer legisladora somalí del país. Esta ex refugiada y activista nacida en Somalia servirá como miembro del Parlamento, en el estado de Minnesota. Una elección que se producía pocos días después de que Donald Trump acusara a los inmigrantes somalíes de este estado de “difundir sus puntos de vista extremistas”. Minnesota tiene la comunidad más grande somalí de la nación, alrededor de 50.000 según el censo de los Estados Unidos.

A stray (un perro callejero) cuenta la historia de un adolescente somalí llamado Adan, interpretado por Barkhad Abdirahman, quien crece en Minneapolis, y que perdió a su padre en la guerra en Somalia. Su madre le ha expulsado de su apartamento por el robo de sus joyas. “Eres un somalí y musulmán, nadie te va a contratar”, le dice uno de sus amigos al inicio de la película.

Así que cuando el director de cine Musa Syeed comenzó a viajar desde su casa en la ciudad de Nueva York hacia el corazón de la comunidad somalí en Minneapolis, la ciudad más grande de Minessota, se enfrentó a una queja recurrente: la de los propios somalíes que pensaban que sería un periodista más que terminaría haciendo un producto sobre terrorismo. De hecho, la película de Syeed no ignora esta cuestión y refleja la psicosis de que parezca que haya un agente del FBI al acecho en cada esquina. Pero muestra la vida de los refugiados en Minneapolis matizada, con problemas, sí, pero también hermosa.


Triangle Going to America 
Dirigida por Theodros Teshome
País: Etiopía
Año: 2014

“Conocí a un hombre nacido en Etiopía que decidió compartir conmigo su historia de cómo llegó a Estados Unidos”, explica el escritor y director etíope Teshome Theodros. “Yo estaba intrigado, no sólo por las dificultades de su viaje, sino también por investigar los motivos que le llevaban a dejar su patria y arriesgar su vida. Indagando me encontré con cientos de historias similares. Historias de muertes. Historias sobre la dificultad que tienen los africanos orientales antes de llegar a Estados Unidos. Triangle Going to America se basa en estos hechos”, sentencia el realizador.

Ya hay alguna referencia en el cine etíope a la inmigración y a la esclavitud gracias al trabajo del director Haile Gerima y su Sankofa (1993) en la que una mujer afro-americana viaja en el tiempo y experimenta la esclavitud. Una película poética, precisa y desafiante intelectualmente en la que el espectador no puede evitar las preguntas incómodas que plantea Gerima de manera elocuente.

En la película Triangle Going to America aparecen Kaleab y Jemal, que están dispuestos a soportar cualquier peligro para llegar a América por la promesa de una vida mejor. Pero, ¿realmente es así? En el camino, Kaleab conoce a Winta, de la vecina Eritrea, que se encuentra en un viaje similar. El trayecto y sus dificultades les harán acercarse y enamorarse profundamente. En este momento, y junto a un grupo de etíopes y eritreos, viajarán por un camino arduo e ilegal desde África oriental a los Estados Unidos, a través de Libia, Italia, México. Sin duda, un mensaje urgente sobre la inmigración y sus causas desde una latitud poco retratada en los medios occidentales: desde África del Este a América.


Hope
Director: Helmer Boris Lojkine
País: Nigeria / Camerún / Francia
Año: 2014

Existe un rico mosaico antropológico de historias de supervivencia de los migrantes del África al sur del Sahara que han atravesado el desierto y el mar en busca de una vida mejor en Europa, pero son los guiones menos llevados al cine. Y esto sería razón suficiente para dar la bienvenida a Hope (Esperanza), una crónica pragmática y sensible del encuentro entre una joven nigeriana y un hombre camerunés que luchan en unas condiciones brutales por alcanzar las costas de España. El debut narrativo del francés Helmer Boris Lojkine fue quizás silenciado de forma solemne en las carteleras europeas.

La esperanza es la fuente principal de combustible en el largo camino representado en la película. Y el detalle simbólico del guión de Lojkine ya que también es el nombre de la joven protagonista que viaja sola y se une a un grupo de varones cameruneses en dirección al norte. Humillada y violada por sus compañeros de viaje, es rescatada y posteriormente protegida por Leonard, quien la acompaña a los guetos migrantes sombríos surgidos en la periferia urbana de Tamanrasset (Argelia). Una road movie sobre la vida. Y sobrevivir.


Mille Soleil
Directora: Matis Diop
País: Senegal
Año: 2013

Han pasado cuarenta años desde que los corazones de Mory y Anta quedaran desgajados en el puerto de Dakar tras el rodaje de Touki Bouki (Mambety, 1972). Mil vidas. Mil relojes ya sin cuerda. Mil soles. Con este ancla en el presente, retoma el guión del documental Mille soleils (2013) la hija del músico Wasi Diop y, por lo tanto, la sobrina de uno de los cineastas africanos más legendarios: Djibril Diop Mambety. En este documental de 45 minutos, donde la ficción penetra en la retina camuflada por la actuación impasible y cualificada de Magaye Niang (Mory), la directora Mati Diop, nacida en París, revisita con delicadeza una ecuación cargada de patrimonio: la huida (marcharse) frente a la espera (quedarse). “¿Viajar? ¿Era necesario?”.

El film, que abre con una imagen de la Dakar contemporánea que devora vidas en el frenesí rutinario frente a la tradición del pastoreo de bueyes representada por Mory, continúa contraponiendo a dos generaciones: la que tuvo en sus manos la utopía de una verdadera independencia de la metrópolis francesa pero no supo encauzar sus esfuerzos mediante la vía política, y la de los jóvenes indignados que tienen nuevas herramientas para el cambio social como son las nuevas tecnologías o la música encabezada por el Hip Hop y el RAP.

Quizás una de las escenas donde se materializa de forma clara la posición de Mati Diop sea en la conversación que mantiene el protagonista con un taxista -que no es otro que el rapero Djily Bagdad, líder del grupo 5kiem Underground. “Cada generación tiene su misión”, le reprocha el conductor mientras se suceden dos discursos: por un lado, las imágenes reales grabadas durante las movilizaciones del 2011 promovidas por la plataforma Y’en a marre (¡Ya estamos hartos!) en protesta por el aumento del coste de vida, el elevado paro juvenil o los fracasos en las políticas educativas y sanitarias del, en aquel entonces presidente de Senegal, Abdoulaye Wade; y, por otro lado, la emisora de radio que tiene sintonizada el taxista en la que se percibe el malestar social: “Cuarenta años de socialismo en el que se nos decía que todo iba a cambiar pero no ha sido así. Nosotros somos el poder, nosotros somos el pueblo”.


África Paraíso
Director: Sylvestre Amoussou
País: Senegal
Año: 2006

Y después de esta selección… acabamos con una famosa cita panafricanista: “África para los africanos”. Estas son las palabras que se repiten en el guión de Sylvestre Amoussou que sitúa sobre el tapete una cuestión necesaria en los discursos hegemónicos. ¿Qué pasaría si Europa se fragmentara en el 2030, los índices de paro se dispararan y se provocara una fuerte migración a la inversa? Es decir, si los europeos buscaran trabajo a la desesperada en el edén africano, ¿qué ocurriría? Amoussou describe a un África donde las políticas migratorias son feroces contra los inmigrantes, donde los jóvenes africanos están súper cualificados y donde se generan, también, suburbios de blancos que buscan un futuro mejor. No hay más. Una auténtica crítica a contrapelo de la historia, como diría Walter Benjamin. Aunque la fotografía deja, eso sí, mucho que desear.

 

Elnathan John, mucho más allá de Boko Haram

Ha sido uno de los lanzamientos más esperados de los últimos tiempos. Elnathan John, un prometedor y joven escritor nigeriano ha sabido hacerse esperar los suficiente. Conocido como cronista satírico, finalista en dos ocasiones del prestigioso Caine Prize y habilidoso usuario de las redes sociales ha sabido ir alimentando el suspense de la aparición de su primera novela, Born on a Tuesday, publicada por el sello nigeriano Cassava Republic Press, en su país natal y en el Reino Unido en 2015 y por Grove Atlantic, en EE.UU. en 2016. Cuando la novela ha visto la luz, la expectación además se ha visto recompensada por un gancho de actualidad que huye completamente del oportunismo.

El escritor nigeriano Elnathan John. Foto: Elnathan John (CC)

El escritor nigeriano Elnathan John. Foto: Elnathan John (CC)

Born on a Tuesday se desarrolla en el norte de Nigeria y trata sobre el deslizamiento de un joven hacia el extremismo religioso y la violencia, pero ni mucho menos se puede reducir la historia a una novela sobre Boko Haram, como los más miopes podrían pensar. Y es que seguramente la experiencia del autor en el ámbito del humor político le ha permitido adentrarse en una realidad dramática para extraer de ella el soplo de vida que siempre subyace. El propio John ha asegurado que pretende huir de la simplificación y que intenta demostrar que las cosas siempre son complejas. Cuando la religión, la política o el dinero tiran de una misma existencia, difícilmente el resultado puede resumirse de manera sencilla.

El joven protagonista de Born on a Tuesday ni siquiera tiene nombre. En realidad, sí que lo tiene, se llama Datala y es un almajiri, un niño enviado por su familia a una escuela coránica. Pero Datala significa “nacido un martes” y es esa sustracción a la unidad más simple de la identidad, el nombre, un fenómeno que anima al autor.

born-on-a-tuesdayEl periplo de Datala está marcado por la mala suerte y por una caída libre hacia la violencia y la delincuencia, niño de la calle, granuja, truhan que pasa a ladrón (famélico) y de ahí a camorrista. El niño se ve envuelto en un episodio que mezcla violencia y política y que le acaba obligando a huir para salvar la vida. Precisamente asomarse al borde del abismo es la única manera en la que el pequeño protagonista es capaz de redimirse. En su nuevo destino va a parar a una mezquita marcada por la oración, la vida comunitaria y la cultura. Sin embargo, la mala estrella que persigue al protagonista pincha esa burbuja, primero al intentar retomar el contacto con su familia y después cuando el extremismo va ganado terreno en la mezquita en la que había encontrado abrigo.

Resulta que una realidad tan sobreexpuesta en los medios como es la violencia que genera y desencadena Boko Haram aparece como una realidad absolutamente desconocida cuando el foco se pone en las personas. Como no se cansa de repetir John, todo es mucho más complejo de lo que parece y por eso ni sus personajes, ni sus historias son maniqueas. Por eso, la narración no es autocomplaciente.

Quizá se pueda encontrar un paralelismo con Chimamanda Ngozi Adichie (huyendo del vicio de comparar a cualquier escritor de éxito y con proyección con la estrella nigeriana de las letras), con la que, por cierto, Elnathan John tuvo una animada polémica. Es sólo un detalle, pero Medio sol amarillo, de Adichie, se ha convertido en una fuente de historia para el caso de la Guerra de Biafra. De la misma manera, Born on a Tuesday, se puede convertir en fuente de historia para otro episodio también desastrosamente contado por los medios, como es la profunda huella de Boko Haram. Al fin y al cabo en uno y otro caso, la ficción nos sirve mucho más para conocer la realidad desde la perspectiva de las pequeñas historias anónimas y cotidianas, las que encierran toda la complejidad, todas las contradicciones y toda la humanidad.

Esta primera novela ha recibido el aplauso casi generalizado o al menos muy numeroso de una buena parte de los novelistas más conocidos de la actual escena de las letras africanas, lo que sin duda ha sido un espaldarazo extra para la carrera de Elnathan John. La duda es si la popularidad del escritor, considerablemente alta antes incluso de publicar su primera novela, necesitaba de estos elogios. En todo caso, la figura de John se ha acrecentado también con su firme propósito de continuar viviendo en Nigeria y con sus afirmaciones en torno a la necesidad de que el escritor esté cerca de las realidad que verdaderamente alimentan su narración, las historias que vale la pena escribir y que quiere escribir.