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La Bienal de Venecia: Nigeria se une a la fiesta del arte

La Bienal de Venecia dio el pistoletazo de salida el fin de semana pasada, y hasta finales de noviembre, con el título “Viva Arte Viva” y, lo que este año pretendía ser una oda al arte para devolver la voz a los artistas y dejar a un lado las reivindicaciones políticas, se ha quedado un poco corto por lo que atañe a la representación africana. De los 54 países del continente africano, solo siete tienen su propio pabellón en esta fiesta artística, a la que se ha unido, por primera vez, Nigeria.

Performance de Qudus Onikeku

Con el título “How about now?(¿Qué tal ahora?), los artistas nigerianos Victor EhikhamenorPeju Alatise y Qudus Onikeku, junto a sus comisarios Adenrele Sonariwo y Emmanuel Iduma, a través de la multidisciplinariedad, pretenden establecer un diálogo con las nociones del tiempo y la conciencia de Nigeria como país. El pabellón toma en cuenta el pasado y el presente, para afrontar el futuro y abarcar todas las posibilidades ideológicas y toda la complejidad de su identidad nacional. Porque no se puede explicar el presente ni mirar hacia el futuro sin recurrir al pasado y a la historia.

“¿Cómo nos incluimos en la narrativa global del arte, ahora? Nuestro tema es un mensaje en capas. Más allá de esto, a través del ‘ahora’, no sólo reflejamos nuestros mitos e historias como país y sociedad, sino también cómo elegimos retransmitir narraciones contemporáneas en un presente fragmentado pero interconectado”, explica el artista Victor Ehikhamenor para Wiriko. “Ni nostálgico ni escapista, insistimos en pensar en el pasado y en el futuro de Nigeria para comprender la naturaleza interrelacionada del tiempo”, añade.

Mientras Victor Ehikhamenor combina grandes instalaciones con la escultura tradicional para reflexionar sobre el efecto del colonialismo en el patrimonio cultural nigeriano, Qudus Onikeku presenta una trilogía de películas que investigan, a través de la danza, el funcionamiento de la memoria corporal y su conexión con la conciencia nacional. En la misma línea, Peju Alatise presenta una instalación de ocho niñas aladas a tamaño real, para contar la historia de una joven que trabaja como criada en Lagos y que sueña con la libertad, con no pertenecer a nadie más que a sí misma y con poder volar. Una instalación que se dirige directamente a la injusta realidad reciente del país y que sueña con un mundo más seguro, especialmente para las mujeres y las niñas.

“Flying Girls”, de Peju Alatise

Los otros seis países africanos participantes a La Bienal de Venecia son Angola, representado por el artista António Ole, que nos presenta un pabellón con el tema “Memoria magnética / Resonancia historia”; Egipto, con el tema “Esto también pasará”, representado por el artista Moataz Nasr; Costa de Marfil, representado por los artistas Joachim Silue, Ouattara Watts, Jems Robert Koko Bi, Joana Choumali; Kenia, con el tema “Otro país” y representado por los artistas Arlene Wandera, Mwangi Hutter, Peterson Kamwathi, Paul Onditi, Richard Kimathi y Zimbawe representado por los artistas Admire Kamudzengere, Charles Bhebhe, Dana Whabira and Sylvester Mbayi y que nos hablan de “Deconstruyendo fronteras: Explorando ideas de pertenencia”.

Escultura de Peju Alatise

Sudáfrica y Túnez también participan del evento, pero solo durante la semana inaugural o por invitación. Y esto nos deja con 47 países, casi el continente entero aún sin posibilidades de ser conocidos en ciertos círculos. “Creo que más países africanos necesitan unirse a la mesa mundial del arte. He sido testigo de historias increíbles, obras que se están produciendo en diferentes países de África; sin embargo, cuando se trata de la Bienal, soy consciente de que hay mucho más en juego para asegurar el aterrizaje con éxito a un pabellón de país. Espero que el ecosistema cultural y político de los 47 países que actualmente no participan en la Bienal, tal vez al ver el trabajo y el impacto de los siete países que participan, se inspiren a esforzarse más para superar los factores que les van a la contra”, cuenta Victor Ehikhamenor.

Instalación de Victor Ehikhamenor

Además de los siete países representados, y otros eventos y pabellones marcados en el calendario y el mapa de la Bienal, como el pabellón de la diáspora; los días 9 y 10 de mayo, durante la semana inaugural, se celebró en la ciudad italiana el primer foro de Arte Africano en Venecia, en el que representantes de los museos más importantes del mundo, así como también los artistas africanos que están participando de la Bienal, se han reunido para discutir acerca de dos grandes preguntas: ¿Cómo pueden los países no representados desarrollar y mejorar su infraestructura para la promoción de las artes? y ¿cuáles son los factores que impiden que sus comunidades de creativos prosperen tanto a nivel nacional como global?

Performance de Qudus Onikeku

Acerca del tema, Ehikhamenor nos da su opinión y comenta que “la voluntad política debe estar ahí. Nos guste o no, los responsables políticos, los titulares de cargos públicos o los gobiernos juegan un papel importante en si la industria de las artes de cualquier país se hunde o consigue nadar. Es deber de los creadores, de los artistas y de los productores culturales mantenerse en el rumbo, seguir creando y destacando la importancia de las artes para el desarrollo de los países en su conjunto”.

Victor Ehikhamenor

Y sentencia, “para algunos es una falta de voluntad política. Para otros, es una falta de financiamiento. Pero solo puedo hablar de Nigeria, que es un poco de ambos, pero esto está cambiando lentamente. Con el éxito de este pabellón nigeriano, espero que sea una antorcha y un ejemplo para los nigerianos y para otros países, también. Lo que queda claro es que la calidad de la producción artística no está en duda. Ya sea la escultura, la performance, la pintura, el arte digital, los artistas africanos están produciendo un trabajo de primera calidad que coincide con cualquier estándar de clase mundial establecido en cualquier lugar”.

“Woman in trance”, de Victor Ehikhamenor

Tracey Rose, vídeo y performance para desafiar el ‘statu quo’

  • Autora invitada: Ana Martín Onandía

No es tarea fácil hablar sobre Tracey Rose, no sólo por la complejidad de sus trabajos, sino también por su intensa obra y su largo recorrido. Su proceso es intrincado y muchas de sus obras están compuestas por alusiones, por intertextos que crean una lectura compuesta de capas. A medida que se van descubriendo, se pasa de un primer contacto cómico, por el elemento absurdo e impactante de muchas de sus obras a una reflexión algo dolorosa surgida de la crítica punzante e inteligente de la que se sirve la sudafricana.

San Pedro V, The hope I hope, 2005

San Pedro V, The hope I hope, 2005

A través de su trabajo, de diversas intervenciones y entrevistas,  Tracey Rose se muestra como una artista audaz, franca hasta congelar sonrisas, contestataria, provocativa, salvaje, además de tremendamente consciente y comprometida con su obra. Nacida en Durban en 1974, estudió arte en la Universidad de Witwatersrand en Johannesburgo y también cursa un Máster en Bellas Artes en la londinense Goldsmiths Collage. Ha tenido numerosas exposiciones en solitario en Sudáfrica y en países del continente europeo y americano. También ha colaborado en la mayor parte de las grandes citas de arte contemporáneo internacionales, entre los que destacan por su tempranísima edad, la segunda Bienal de Johannesburgo en 1997 o la Bienal de Venecia en 2001. Estos encuentros apenas fueron el comienzo de su carrera ya que desde entonces es una artista en continuo movimiento, con un amplio y complejo trabajo multidisciplinar donde se unen prácticas cómo el vídeo, la fotografía, el texto, la escultura, la instalación o la performance.

Rose, a menudo utiliza su cuerpo y su pelo, a través de las distintas técnicas visuales mencionadas anteriormente, para reflexionar y criticar los elementos opresores tan arraigados en nuestras sociedades contemporáneas por razón de género o etnia. Censura los dogmas que obligan a identificarse con diferentes grupos herméticos, por su hipocresía y su disfunción, ya que crean grandes conflictos de identidad en el mundo global en el que habitamos. En uno de sus primeros trabajos Ongetiteld (Untitled), vídeo realizado en 1998, la artista se graba con cámaras de seguridad mientras se depila todo el cuerpo con el fin de mostrar como ese cuerpo sin vello se encuentra en una línea difusa, difícil de encasillar por alejarse de las normas estéticas del género y como afirma la propia artista, el pelo en las comunidades afro posee gran información sobre la descendencia de los individuos. Según el escritor Percy Zvomuya, ella experimenta estos mismos conflictos en primera persona por su condición de artista internacional con diversos orígenes étnicos y que, además, vive en la sociedad del post apartheid.

Uno de sus trabajos más reconocidos es Ciao Bella, que presentó en la Bienal de Venecia de 2001. Esta obra consiste en trece personajes o arquetipos femeninos, todos ellos representados por Rose mediante disfraces hechos por ella misma. La disposición de la obra se formula alrededor de fotografías de gran tamaño y tres canales de proyección dirigidos a tres pantallas. Las fotos son retratos de los distintos personajes femeninos, constituyendo en conjunto un abanico de los diferentes roles o visiones impuestas a la mujer a lo largo de la historia. Entre ellas encontramos desde la figura de la madre más tradicional y estable,  pasando por una Lolita, María Antonieta, una Saartjie Baartman, una conejita, una sirena, una monja, hasta una boxeadora golpeándose a sí misma, entre otras. Junto a estas fotos se proyecta una video-instalación enmarcada de estilo barroco con cortinas rojas propias de los teatros, donde muchos de los personajes capturados en las fotos se agrupan alrededor de una mesa que representa la escena de la Última Cena de Leonardo Da Vinci (Sean O’Toole). Los personajes se mueven de forma absurda y divertida, desapareciendo y reapareciendo en la escena, algunos mueren a manos de la conejita, otros vuelan. Con mucho humor, este trabajo subvierte y explora los elementos judeo-cristianos que condicionan a la mujer a lo largo de la historia.

 

Otra de sus piezas punzantes y altamente subversivas hacia las instituciones promotoras del arte, es Plantation Lullabies (2008).  Esta performance deriva de una exposición en el museo de Brooklyn de Nueva York, llamada Global Feminisms (2007), a la que la artista es invitada. La ausencia de voces afroamericanas, afroasiáticas o nativo americanas, en definitiva de una verdadera representación de los feminismos globales, irrita y exaspera a la artista. Es así como se decide a hacer una presentación de ventriloquia con el título The Cunt Show (2007), sirviéndose de dos guantes-marionetas que representan a dos artistas invitadas, a través de las cuales la sudafricana desmonta la falacia del evento en una conversación entre estos dos personajes, pues según ella muchas de estas organizaciones artísticas son hipócritas al tratar temas y situaciones que no pretenden cambiar, a veces incluso llegando a perpetuar el mismo patrón de desigualdad.

En un acto rebelde, atrevido y muy potente, Rose decide ir a Jerusalén a grabar en la muralla que divide Palestina e Israel. Completamente pintada de rosa, tan sólo provista de botas, bragas de leopardo, peluca, corona y guitarra eléctrica, ésta toca malamente el himno nacional israelí. San Pedro V: The Hope I Hope (2005) termina con la imagen de la artista orinando en el angustioso y tiránico muro.

Entre sus últimas obras se encuentra White Girl Fart Factory, 2015 (La fábrica de pedos de las chicas blancas), que recorre el proceso de producción y comercialización de la mantequilla de maní, con el fin de exhibir y reflexionar sobre la opresión hacía la comunidad afro a nivel internacional, a través de la historia de este producto. Para ello, utiliza botes de “Black Cat”, una marca sudafricana de dicha mantequilla, cuya publicidad en los años del apartheid iba dirigida al hombre blanco como fuente milagrosa de poder y fuerza. Rose comienza guiándonos por su historia colocando un cúmulo de este alimento delante de un dibujo del rostro de George Washington Carver, un investigador e inventor afroamericano nacido en el periodo de esclavitud estadounidense, y que entre otros descubrimientos, se le atribuye el desarrollo de números usos del maní, como el de la mantequilla. El último bote de la instalación, contiene “el pedo de la chica blanca” (Sonia Barrett) custodiado por un gato 3D al estilo de la marca sudafricana.

 

Die wit man, 2015

Die wit man, 2015

También del 2015 es su Die Wit Man (El hombre blanco), una performance dura, necesaria y desgarradora que en palabras de O’Toole “cuestiona el supuesto panorama idílico post-racial por la desegregación de la sociedad estadounidense, la descolonización africana y la caída del apartheid en Sudáfrica”. A pesar de que esa falsa superación es sobradamente conocida y dolorosamente obvia, todavía existen muchos grupos en estas sociedades que se niegan a ver el abuso histórico en términos raciales o que se empeñan en borrarlo de la historia. Por eso, con un aspecto burlesco, descuidado y bizarro, Rose recorre las calles de Bruselas para no permitirnos olvidar. Desde un centro de arte contemporáneo de la capital belga, hasta Our Lady of Laeken, una iglesia gótica donde la familia real belga está enterrada (como relata O’Toole), la artista sudafricana grita a través de un cono de tráfico, que imita a un megáfono, el nombre de Patrice Lumumba, el primer líder congolés elegido tras la independencia del país, asesinado hace 55 años por los agentes de seguridad belgas y estadounidenses.

En la feria de arte Art Basel, Tracey Rose hace un paralelismo entre la alquimia y el arte, asegura que el artista hace magia. Por eso, en su proceso de creación desea dejarse llevar, escapar de cualquier tipo de control y agenda para encontrar su manera más pura y personal de expresión. Puede que la complicidad y el estilo caricaturesco le sirvan para sanarse y liberarse de todas esas limitaciones impuestas, y puede que también le sirvan para guiar al público hacia la herida, hacia el fondo de la cuestión sin tapujos pero con humor y sarcasmo.

Mas información y fuentes:

Mamela Nyamza: la danza de una artista negra, lesbiana y madre

“Es una historia real: soy mujer, soy madre también, ¿sabes? De alguna manera, es una mujer, y madre, que es artista, que es lesbiana, que tiene hijos, que en realidad… ¡quiere ser libre!”. La sudafricana Mamela Nyamza, bailarina de danza contemporánea, describe así el significado de su obra Hatched 2015 que se presentaba por primera vez en España a principios de verano en la galería madrileña Slowtrack y en el Loop de Barcelona.

Hatched 2015, es multidisciplinar. Performance, videoarte, pintura y danza en una misma obra que pone el cuerpo de la mujer en el centro de su representación: “El resultado de la obra ha sido muy interesante. Porque yo juego con eso, con el género”, afirma Nyamza en la entrevista realizada por Wiriko en Slowtrack tras la performance que inauguraba la exposición. Nyamza se casó, se separó, es lesbiana y vive la discriminación en su piel, como muchas mujeres más. Ella cuenta que desde pequeña le preguntaban si era niño y niña. Y juega ahora con eso, con su cuerpo, con su imagen, con su género.

 

Artículo publicado originalmente en Planeta Futuro (El País) gracias a un acuerdo de colaboración. Para seguir leyendo, pincha aquí.