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Nii Ayikwei Parkes, la historia por encima de todo

Nii Ayikwei Parkes sólo ha publicado una novela, pero no es un recién llegado a la literatura, ni mucho menos. Su trayectoria poética es larga, igual que su experiencia como autor de slam, la poesía declamada fundamental en los circulos de la cultura urbana de la mayor parte de las grandes ciudades africanas. El suyo es uno de los nombres que aparece en la antología Africa 39, aquella recopilación de los 39 autores africanos de menos de 39 años más importantes. Su única novela, acaba de ser publicada en castellano y catalán por Club Editor (El enigma del pájaro azul y L’enigma de l’ocell blau) y eso permitió que el escritor ghanés se pasease por Barcelona explicando sus inquietudes literarias. La fundamental de estas inquietudes, sin duda, la historia. La historia por encima de todo. La historia en el centro de todo.

Nii Ayikwei Parkes durante uno de sus actos en Barcelona. Foto: Carlos Bajo / Wiriko.

“La historia es la historia. La intelectualidad está matando la literatura”, explica categórico Nii Ayikwei Parkes, después de una larga jornada de actos públicos y contactos con medios de comunicación. Sin embargo, el escritor ghanés combate el cansancio con más energía y lejos de bajar los brazos, las reiteraciones seguramente le llevan a desnudar sus respuestas de artificios y adornos. “Yo soy un explicador de historias, eso es lo importante”, afirma ante los comentarios sobre el género escogido, el tono de su novela e incluso el lenguaje y la lengua que emplea.

El enigma del pájaro azul es una novela negra escrita originalmente en inglés, pero en la que Parkes utiliza los distintos registros del lenguaje, precisamente, para caracterizar a los personajes y para terminar de dibujar las escenas y los escenarios. La historia, que se centra en una investigación por la aparición de unos extraños restos en una aldea en la que además ha desaparecido un agricultor, se desarrolla entre ese entorno rural y Accra. La lengua en cada uno de los escenarios es diferente.

De entre todos los personajes de la historia, destacan Yaw Poku y Kayo, que son los que reflejan de manera más simbólica lo que hay detrás de este encuentro casi de sociedades distintas, la de la Ghana rural con todas sus normas y sus creencias y la de la Ghana urbana con el poder, la capacidad de imposición y una cierta pretendida superioridad. Yaw Poku, es el último cazador de su aldea, el depositario de toda una serie de conocimientos que tocan a su fin, que amenazan con extinguirse. Un hombre sencillo que asiste con sorpresa y cierta distancia a la invasión de su pueblo por parte de gentes que llegan de la ciudad y, a menudo, pisotean las formas de vida locales. Frente a Yao Poku, o más bien, junto a él, aparece Kayo, un médico forense al que puntualmente recurre la policía para solucionar un enigma irresoluble. Un joven formado en Gran Bretaña que confiesa haber recurrido a la ciencia para alumbrar las sombras del pensamiento más tradicional y popular del país. A pesar de esa posición Kayo destaca frente al resto de gentes procedentes de la ciudad, por su respeto hacia todas las personas, incluidos los habitantes de la aldea.

El escritor ghanés Parkes en una muestra de su poesía. Foto: Carlos Bajo / Wiriko.

Para el autor, Nii Ayikwei Parkes, todos estos detalles son los que exigía la historia. Parkes huye de las etiquetas, las acepta porque conoce los mecanismos de la industria editorial pero no las alimenta. Preguntado sobre si se siente cómodo con la consideración de “realismo mágico africano”. “No le doy importancia a las etiquetas”, asevera Parkes en un primer momento. “Cuando intentas intelectualizar una historia como esta”, explica después, “en realidad se te escapa. Llegas a unas conclusiones que responden a cómo lo ves tu, no a cómo lo siente el autor. Yo veo esta narración como realidad, no como realismo mágico”.

Para Parkes todos los recursos de la novela, el género, el tono, el lenguaje utilizado que mezcla magistralmente el inglés formal, con un inglés absolutamente teñido de lenguas nacionales ghanesas, están atados a la historia concreta. Y avanza que la siguiente novela que ya está escribiendo no tiene nada que ver con esta.

Además, Parkes está convencido de que eliminar esa pátina intelectual que trata de explicarlo todo es la mejor manera de difundir la literatura. El escritor considera que quedarse con las historias, sin intentar diseccionarlas y sin hacerles la autopsia (paradógicamente) es la forma de disfrutarlas y hacerlas atractivas. “Yo me quedo con la simplicidad, antes que con complicar la historia”.

El resultado de esta visión y esta experiencia de Nii Ayikwei Parkes es una novela cuya historia engancha a través del misterio, que se lee sin demasiados esfuerzos gracias al hilo narrativo y una caracterización completa y compleja de los personajes, que permite entender perfectamente sus acciones. Y, en paralelo, se trata de una historia que transmite una realidad compleja como la convivencia entre tradición y modernidad en una sociedad diversa como la ghanesa y que lo hace sin simplificar y sin caer en maniqueismo y, al mismo tiempo, con un profundo respeto que consigue que el lector se sienta cómodo en todo momento y acompañado por el relato.

Inxeba: ¿cómo explorar la homosexualidad en el seno de la cultura Xhosa?

El cine estaba repleto en el Festival Internacional de Cine de Durban. Las preguntas eran muchas y las incertidumbres de cómo una película escrita por un director blanco sudafricano podía abordar un tema tabú como la homosexualidad sobrevolaban el auditorio. ¿Se permite a alguien mostrar los secretos de una cultura que no es la propia? Inxeba, del realizador John Trengovel, consiguió meterse al público en el bolsillo con una historia franca y hermosa sobre el amor estirando las pulsaciones y sincopando la respiración de más de uno. El cine es controversia.

Inxeba explora de forma rígida e inquebrantable la masculinidad negra situándolo en un entorno aún más silencioso, la iniciación Xhosa. Además, el director construye su mundo con ángulos de cámara íntimos y fotos de naturaleza encantadoras. Es probable que se hagan comparaciones con la película Brokeback Mountain (2005), pero el poder, la gracia y la singularidad de la historia, unidas a la hábil ejecución, exigen que Inxeba sea abordada por sus propios méritos.

Los amigos de la infancia Xolani (interpretado por el genial Nakhane Touré) y Vija (Bongile Mantsai) aman. Hacen el amor. Sin mediar palabra. Pero no hay futuro aquí ni en ningún otro lugar para ellos. Vija, un macho alfa, está casado y acaba de tener su segundo hijo. Xolani es un trabajador gay que trabaja en una fábrica y que no puede vivir su vida debido a su orientación sexual. Esta temporada tendrán que cuidar de cuatro jóvenes iniciados y su propio mundo interior será golpeado una y otra vez. La intersección entre la masculinidad (a menudo tóxica) y la tradición de esta película es una pieza muy importante que sigue a Skoonheid (Belleza) de Oliver Hermano una línea de trabajo que visibiliza afortunadamente una realidad a menudo difícil y áspera no solo en el entorno sudafricano.

INXEBA ganó los premios de mejor director para John Trengrove y al mejor actor para Nakhane Touré en el Festival Internacional de Durban el pasado sábado 22 de julio. Se estrenó en competición en el DIFF, y compitió contra Serpent (Sudáfrica), Le Clair Obscur (Turquía), La Belle et la Meute (Túnez), El Hombre que Cuida (República Dominicana), Asinamali! (Sudáfrica), Liyana (Sudáfrica), Atanyn Kereezi (Kirguistán) y Basta (Marruecos).

Esperamos desde Wiriko poder proyectarla a partir del próximo curso y continuar el debate.

Nakom: el poder de la tradición

poster-nakom“Nakom”, diriga por Kelly Daniela Norris y una novata TW Pittman, es una de esas coproducciones a las que el cine africano nos está acostumbrando en los últimos años. Es un largometraje que nos traslada directamente al mundo rural de Ghana, en contraposición al paradigma urbano. ¿Quedarse o irse? Una pregunta que puede parecer sencilla pero que determina dos posibles futuros y que fuerza a nuestro protagonista, Iddrisu (Jacob Ayanaba), a tomar una decisión que marcará el resto de su vida. Una película que ha llegado a España de la mano de la Semana Internacional de Cine de Valladolid, pero en su haber tiene haber conseguido un año lleno de buenas críticas en la Berlinale (Alemania), Durban International Film Festival (Sudáfrica) donde ganó el premio del jurado, Hong Kong, Seattle (EE.UU.), Cambridge (Inglaterra) y en unos días en el Film Africa de Londres, festival que sube la cortina hoy y donde Wiriko es medio oficial.

Iddrisu es un joven universitario de medicina que estudia en la ciudad de Kumasi y es, además, uno de los alumnos más aventajados. La ciudad se ha convertido en su vida y sus estudios la clave del éxito. Con un camino encarrilado, Iddrisu parece tener muy claro cuál es su destino: terminar sus estudios y mudarse a Accra, la capital del país. Sin embargo, todo se trunca cuando recibe una llamada de su hermana, Damata (Grace Ayariga), quien le anuncia la muerte de su padre y la necesidad de que vuelva a la pequeña aldea de Nakom.

Sin pensarlo dos veces Iddrisu vuelve a su pueblo donde le espera una familia deshecha por el dolor con el que cargan sobre todo las mujeres. Algo que no impide al protagonista desde el primer momento anunciar su intención de volver a la ciudad. Pero no tardará en encontrarse con el lamento de su madre: “Nuestras tradiciones han muerto”, proclama una contenida pero brillante Justina Kulidu. A ella se suma las críticas de vecinos, familiares y del líder del pueblo que le advierten del peligro que corre su familia si queda descabezada.

Iddrisu –que acapara casi cada escena, colocado en el centro, como queriendo invisibilizar todo aquello que le rodea– duda entre el valor de las tradiciones y la creencia en la necesidad de cambiar todo lo que para él no tiene sentido. Se ha convertido en la cabeza de familia y tiene que tomar todas las decisiones, no importa si son correctas o incorrectas: sacar adelante el huerto de la familia, pagar deudas y mantenerla unida son sus nuevos objetivos.

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Sin embargo, en este largometraje el típico enfrentamiento entre lo nuevo y lo viejo, la tradición y la modernidad, queda desvirtuado cuando Iddrisu comienza a introducir cambios, pero manteniendo lo esencial: el momento de sembrar y la manera de cultivar, la decisión de convertir a su familia en una “democracia” donde todos deciden por cada uno de sus miembros, la insistencia en los estudios o el cambio de roles, son solo algunas de las novedades. Y es justo en este proceso cuando la cámara empieza a abarcar todo lo que rodeaba a Iddrisu. Aunque antes también veíamos a las esposas de su padre y a sus hermanos, comienzan a ser más visibles. Las directoras nos muestran, con un perfil bajo, cómo ha cambiado todo.

La nueva combinación parece dar resultados, por fin llega la lluvia y un año pasa muy rápido. Pero también llega el inevitable momento de resolver qué hacer con su vida. La ciudad, como una promesa de futuro, o el campo, que ha vuelto a ser su hogar. Las escenas de la inmensidad del cielo y del campo juegan con la ilusión de que el tiempo se ha detenido en Nakom. Lamentablemente las decisiones se pueden apartar durante un tiempo, pero no eternamente.

Volver a la ciudad y abandonar a los suyos o permanecer y olvidar sus sueños. Dos futuros, dos mundos y dos vidas, pero la misma pregunta que atormenta al protagonista: ¿Quedarse o irse? Y esta vez, quizás sí, sea una decisión que le afecte para siempre.

Efraín, el niño universal de Yared Zeleke

Este artículo ha sido publicado en Mundo Negro

*Autor invitado: Gonzalo Gómez

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Un niño ha perdido a su madre por culpa de la sequía. (Esta es es una historia de supervivencia). Su padre le dice que deben abandonar su hogar para no correr esa misma suerte. (Es esta una historia sobre el desarraigo). Niño y padre abandonan su aldea y la cámara se descuelga del trípode para ponerse, con un vaivén inestable a la altura de los ojos de Efraín, el niño local y universal por el que toma partido el relato. Tiembla el plano, que lo hace mucho más por contraste con el contraplano subjetivo de Efraín, –a cámara lenta, como si tratara de retener la que ha sido su vida, observada por última vez– y tiemblan, sobretodo, los cimientos vitales de nuestro protagonista, que más que sacudirse amenazan demolición.

Yared Zeleke, el director y coguionista de esta cinta, también se vio de pequeño forzado a emigrar y, al igual que su protagonista, tampoco lo entendió. Aunque la historia no es en sentido estricto autobiográfica, su toma de partido por Efraín hace que se intuya, por radical, un ajuste de cuentas con el pasado propio. Efraín se aferra a su oveja Chuni, –tierna como las caricias de la madre que perdió, inocente, como la infancia y ese mundo que no volverá– enfrentado a las tradiciones y limitaciones de un mundo de adultos que ponen en peligro lo que le gusta –“no cocines: eso es cosa de chicas”– y lo que ama –“hay que ser práctico, la oveja existe para ser comida”–.

El cineasta etíope introduce y mezcla con habilidad ingredientes de temas aparentemente distantes. Así, se esboza la relación del cambio climático con los destinos particulares de los protagonistas; se abordan los eternos conflictos entre modernidad y tradición; se tocan variados temas sociales como los niños de la calle, la prostitución, cuestiones de género, etc…

La película se acerca a estos asuntos partiendo de un enfoque que solo en apariencia es realista, porque para serlo tendríamos que alejarnos de la visión subjetiva del personaje: la mirada de un niño que se conduce con naturalidad a lomos de la lírica. En un momento, Efraín, toma a un pajarito y escucha el acelerado latido de su corazón para, a continuación, llevar al animal a su propio pecho y pedirle que sienta el suyo, en una explicitación poética del trasfondo de una película: la búsqueda de una identidad perdida. Así lo subraya también, la entrada de una música quizá demasiado enfática. O un final que se salta los códigos propuestos en el relato –en lo que no profundizaré para evitar disgustos a potenciales espectadores–. Sin olvidar el uso de otros recursos más sutiles que impregnan el filme, como el hecho de que el niño, que vive bajo una pertinaz sequía de la que se quejan constantemente los adultos, se conduzca de un lado a otro con unas botas de agua que recuerdan el desarraigo con el que posa los pies en la tierra.

Por último, Yared Zeleke, es un cineasta etíope. Y la película “Efraín” es, y parece, una película etíope. Tanto que podría asemejarse a la visión del que, desde fuera, descubre con deleite las particularidades de lo diferente. Quizá es la mirada nostálgica de la diáspora lo que vemos. Sobre esto último, solo una pincelada disfrazada de consejo: no vea la película con hambre o podrá desear, con todas sus fuerzas, ir corriendo a un restaurante etíope que probablemente no le quede tan cerca según donde viva.

Bye Bye Africa y el exilio del director africano

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3ª Edición del Curso Introducción a las expresiones artísticas y culturales del África al sur del Sahara

Por Maricela Muñoz Soto

Bye Bye Africa es una película del director chadiano exiliado en Francia Mahamat-Saleh Haroun (1999). Este largometraje narra la historia del propio director, quien a su vez es el actor principal, y donde se ve reflejada la necesidad de proyectar y documentar de alguna forma, como él lo explica, “la vida”, ese sentimiento de alienación en tu propia tierra.

Director chadiano Mahamat-Saleh Haroun.

Director chadiano Mahamat Hale-Haroun.

Haroun dice que: “para olvidar mi queja, voy a hacer un homenaje a la que me dio la vida”, su propósito original fue rendir homenaje a su madre fallecida, a la que desde hace diez años dejó de ver, y a sus orígenes, África. Durante la cinta, el cineasta invita a realizar con él este camino introspectivo en el cual va descubriendo aspectos que le hacen reflexionar aún más sobre su identidad, su familia y lo que ha sido y será su trabajo como cineasta.

Desde la primera escena de la película hasta que actor principal se traslada a Chad, podemos ver las grandes diferencias del mundo en el que él vive y en el que vivió, el cual se ha quedado atrapado en tiempo y en la destrucción debido a las guerras que ha sufrido. Una realidad totalmente diferente que lo coloca en la disyuntiva de lo que fue y lo que es. Se sorprende con el nivel de degradación en el que encuentra la ciudad y la casi nula existencia de cine.

Haroun explica durante la cinta que antes de irse a Francia, el cine tenía un gran auge en el país y que en Yamena, la capital del Chad, había muchas salas de proyección que tenían éxito entre la población. Con el paso del tiempo eso quedó atrás, quedó olvidado. Los cines están cerrados, destruidos, abandonados. Los pocos que siguen abiertos están en mal estado, con aparatos muy viejos que dificultan una buena proyección, lo que a su vez, provoca que la gente no disfrute de asistir aunado a una mala distribución de películas. Con esto, se observa el cambio de hábitos y preferencias. Las salas de video y la venta de películas piratas en cualquier lugar toman un auge importante que terminan por golpear a la ya en decadencia industria cinematográfica y surge una gran interrogante: ¿para qué hacer cine si no hay espectadores?

Durante el regreso a su país, Haroun no sólo se enfrenta a momentos y situaciones complicadas al observar la difícil situación para producir la película, sino que se enfrenta al recelo de la familia y amigos que no entienden a lo que él se dedica, no lo ven provechoso e incluso lo ven como algo que va en contra de ellos.

El propio padre del cineasta le recrimina que podría haber sido doctor y quizá salvar la vida de su madre en lugar de hacer cine, porque eso, a ellos, no les sirve de nada. Sin embargo, el hijo le intenta explicarle en una conversación salpicada de planos muy visuales que en el país donde vive, Francia, su oficio sí es importante y que, precisamente, lo que él quiere dar a conocer a través de las imágenes son sus orígenes, a lo que el padre le responde: “En la tierra de los blancos está bien, pero nunca será la tuya. Cuando crees que eres parte de aquella tierra, perderás el alma”. Es justo en ese punto donde se empieza a dar cuenta y a ver reflejado ese choque de ideas, donde los orígenes pertenecen a un lugar pero la mentalidad ha cambiado y la percepción se ha vuelto muy diferente hasta el punto de sentirse y ser visto como un extraño en su propia casa.

Durante la toma realizada en la calle en uno de sus paseos por visitar los cines donde pasaba sus años de infancia, tiene un altercado con un hombre que se siente ofendido al verse grabado y le arrebata la cámara gritándole: “ladrón de imágenes”. Esto refleja un enfrentamiento con la tradición y las creencias de las personas, e incide en un problema de la percepción de la imagen que tienen de ellos mismos.

Éste es un tema delicado y se debe trabajar con mucha cautela, como le recomienda Isabel, la actriz que interpreta a una chica infectada con el VIH en una grabación años atrás del propio Haroun: “Su cine me mató al sufrir y verme afectada por los comentarios de la gente. Era señalada, olvidada, además de obligada a realizarme un análisis para comprobar que no estuviera contagiada”. Un error de cálculo del director que a la actriz le costó no sólo su carrera, sino el resto de su vida. “El cine es más fuerte que la realidad”. La gente, el público para el cual estaba dirigida la cinta, no logró diferenciar entre la ficción y la realidad, un descuido con muy poca sensibilidad y que no es más que resultado de la lejanía con la que se ve objetivo.

Mahamat-Saleh Haroun, en un deseo de realizar producciones africanas, de transmitir un mensaje, de dar a conocer lo que es su país y su continente de origen y de ser el portavoz de un pueblo, se ve obstaculizado en el momento en el que ya no logra comprender esta realidad; él ya no forma parte de ese mundo. Bye bye África fue un instrumento de investigación a nivel laboral y emocional que despertó el interés por apoyar la industria del cine en Chad y, al mismo tiempo un guión que refleja al africano exiliado, una situación muy común para las miles de personas que son parte de la diáspora y que tienen una identidad compartida entre dos mundos muy diferentes. De ahí el título de la película: adiós África.

El valor de la palabra se renueva en África a grito de Slam

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3ª Edición del Curso Introducción a las expresiones artísticas y culturales del África al sur del Sahara

Por Ruth Fernández Sanabria

El slam no surge en África, no es propiamente característico de las culturas africanas, ni siquiera tiene por qué hablar del continente de una manera exclusiva y, sin embargo, no puede ser más africano. En realidad el slam es un género literario de poesía recitada que procede de Estados Unidos y esto, ya de por sí, le confiere un aire moderno que atrapa (también) a la juventud africana. El último grito de la moda literaria mundial es algo tan tradicional como la literatura oral africana.

En el club de jazz ‘Get me high Lounge’ de Chicago, la música comenzó a hacerle hueco a la poesía. Corría el año 1985 cuando Marc Smith, un albañil amante de este género literario, se propuso sacar los versos de los libros y llevarlos a los bares, expandiendo la lírica fuera del circuito académico para acercarla a todos los públicos a través de torneos a micrófono abierto. Treinta años después, el slam se ha expandido fuera de las fronteras de Estados Unidos como una bocanada de aire fresco para la poesía que, aunque traslada el género al terreno novedoso de una competición reglada en directo,  lo cierto es que ha supuesto un retorno a hábitos retóricos ya existentes.

edición sudáfrica 2015Para empezar, si se quiere ser un buen slammer no basta con ser buen escritor, hay que saber defender lo que se ha escrito, es decir, hay que cultivar la oratoria tal y como en su día lo hicieron los griegos. También se ha de cumplir con la función de entretenimiento; si lo que se cuenta no es ameno, poco o nada importa que el relato sea bueno. De ahí que las veladas de slam recuerden también en gran medida a las actuaciones de los juglares y trovadores de la Edad Media. Pero además, esta poesía oral tiene que incorporar teatralidad, una capacidad interpretativa que fortalezca el sentido de lo que se dice. Y en ocasiones, el slammer también puede servirse de la música como acompañamiento. Pero si algo es imprescindible en el slam, más allá del autor y su prosa, es la asistencia de un público activo.

Si repasamos los elementos que componen este nuevo género poético tenemos: la oralidad, un narrador convincente, la reciprocidad de los asistentes, la interpretación y la  música. Todos ellos son rasgos propios de la literatura oral procedente de las sociedades tradicionales africanas. A pesar de tratarse de múltiples y distintas comunidades, hay un rasgo en común destacable entre todas ellas: su espíritu colectivo. Es lo que en la filosofía Ubuntu, procedente del extremo sur de África, se traduce como “yo soy porque nosotros somos”, o dicho de otro modo, las partes hacen el todo. Así, en las culturas tradicionales el ritmo de las actividades sociales está marcado por una composición creativa y al mismo tiempo funcional, en la que la literatura oral hace de vehículo de transmisión para entender y retener generación tras generación el Universo africano: sus creencias, sus costumbres y sus raíces identitarias.

Edición Nairobi 2015En Occidente la cultura entra por los ojos y en África por los oídos. En las sociedades occidentales el valor del conocimiento adquiere notoriedad cuando es difundido de manera escrita, como si de este modo tuviera una mayor credibilidad. Y esto es así porque la plasmación de la palabra en un texto le confiere un carácter perdurable, lo que le da un halo de seguridad que no lleva implícita la oralidad en el imaginario occidental. Tal y como establece Ferrán Iniesta en ‘El planeta negro: aproximación histórica a las culturas africanas’, desde los tiempos de la Ilustración “la oralidad sintetizaba en el plano del pensamiento todo ese cúmulo de imperfecciones incivilizadas. Raras veces los investigadores hablaron de historia, pero sí de tradición, es decir aquello que se transmite de forma oral, aquello que se hereda por los descendientes. La tradición no era un aspecto de la historia, sino la no-historia”.

En esta concepción del saber, tiene mucho peso también que la visión occidental del mundo esté profundamente ligada al individuo y de que el conocimiento se adquiera a través de una lectura individualizada entre el sujeto y el texto. No es así en las sociedades africanas, donde la palabra pone en relación a la comunidad y fortalece los vínculos de ésta con quienes la forman. Ése es su poder. La palabra oral conecta, transmite valores, tiene una función mística, ética y didáctica que da continuidad a la identidad del colectivo.

La colonización europea hizo mella en este sentido. Supuso que estos mecanismos orales de divulgación del conocimiento se vieran modificados con la implantación de nuevos códigos de expresión  escrita que, aunque cientos de años después nos han permitido conocer la visión del mundo africano contada por africanos; en el momento de su implementación “el pasaje de la oralidad a la escritura fue en efecto uno los procesos más complejos por los que el africano tuvo que transitar. Las lenguas de estas sociedades, sistemas fónicos por excelencia, funcionaban, y en muchos casos lo siguen haciendo, con estratos sonoros que le dan a las palabras un significado diferente según la gravedad de las vocales. (…) La adopción del código escrito, regido en su mayoría por reglas y normas estrictas, resultó sumamente insuficiente e inadecuado para traducir los diferentes tipos de tonalidades, intenciones y contextos que la oralidad africana sí permitía y que con la escritura se hacían prácticamente invisibles”, tal y como señala Rocío Munguía en ‘De la oralidad a la escritura: Un acercamiento al conflicto lingüístico en los pueblos francófonos del África negra’.

Thabiso, ganador de InZync Poetry Slam, Sudáfrica - SLIPNET.CO

Thabiso, ganador de InZync Poetry Slam, Sudáfrica – SLIPNET.CO

El slam recupera las señas lingüísticas que no era capaz de sostener el papel y vuelve a incorporar a las lenguas nacionales en la literatura. Incluso integra nuevos lenguajes, argots urbanos que combinan idiomas europeos con idiomas africanos. Y esto es así porque las ciudades son la cuna en la que se mece este moderno arrorró. Como el hip hop o los grafitis, el slam es una manifestación de la cultura urbana importada al continente que demuestra que las sociedades africanas no viven ajenas a la modernidad de la globalización. Tanto es así que hoy en día es raro encontrarse una ciudad al sur del Sáhara en la que no se celebren veladas de slam, lo que hace que esta modalidad de poesía sea tremendamente popular a lo largo del continente.

Recientemente se ha celebrado en Washington el Individual World Poetry Slam Championship (IWSP). Casualidad o no, la joven sudanesa Emtithal Mahmoud resultó ganadora del Campeonato Mundial de poesía oral. Tiene sentido, el slam es un fenómeno  global pero el último grito de la moda  literaria ya palpitaba en el interior de la nueva generación africana; arraigado como está el valor de la palabra a sus entrañas culturales. Y esto hasta podría considerarse justicia poética, al fin y al cabo justamente la modernidad es lo que ha devuelto a los africanos la capacidad de darle voz a su desprestigiado Universo.

Difret: el coraje de las mujeres en la sociedad etíope

 

Basada en la historia real de Hirut, una niña de 14 años secuestrada antes de casarse según la práctica de la “Telefa”, la película Difret, primer largometraje del director etíope Zeresany Berhane Mehari, ilumina esta tradición predominante de las zonas rurales de Etiopía y muestra la indefensión de los derechos de mujeres y niñas. Un trabajo con un mensaje edificante aunque en términos narrativos algo agridulce.

Difret

La abogada Meaza Ashenafi (interpretada por Meron Getnet) es cofundadora de la organización no lucrativa Ethiopian Women Lawyers Association en la capital de Addis Abeba, Etiopía, y ofrece asesoría gratuita a las mujeres y a los defensores de sus derechos. La necesidad de este tipo de activismo es aún mayor en comunidades remotas como la de Hirut, interpretada por Tizita Hagere, que vive en una granja familiar.

Difret, que en lengua amárica significa coraje, comienza aquí. Un día de escuela soleado donde le comunican a la joven que pasará de curso por sus excelentes calificaciones. Pero la música y los planos ralentizados presagian la tragedia camino de su casa: es secuestrada por siete hombres armados a caballo, encerrada en una cabaña y violada esa misma noche por su “pretendiente”. Al día siguiente logrará escapar algunos metros con el fusil de su violador pero será alcanzada y acorralada en el bosque. La escena se resuelve en un guión premeditado: la pequeña Hirut termina matando a su violador de un disparo certero a bocajarro.

Desde aquí la película muestra dos realidades que comulgan en un mismo espacio. Por un lado, se encuentra la tradición local que es representada bajo una acacia en el pueblo de Hirut. El líder del consejo de sabios reúne a las dos partes afectadas –el padre del fallecido y el padre de Hirut– así como a todos los hombres, incluido el maestro de la escuela que ofrece un punto de vista transgresor. Fuerzas progresistas contra los defensores de la tradición. Un grupo ve el disparo como autodefensa, el otro como un asesinato que merece la ejecución de la ley del Talión.

En el polo opuesto el director Zeresany Berhane muestra el Estado moderno donde la burocracia se encarga de deshumanizar el proceso al que se está viendo sometida una adolescente de 14 años malherida y a la que se le niega la asistencia sanitaria por ser acusada de “asesina”. El sesgo crítico de Berhane es evidente al retratar a una sociedad profundamente machista en la que la figura de la mujer es reducida a una mera esencia formal. Una silueta desdibujada bajo los formalismos de la ley.

El matiz interesante es observar cómo a pesar de que la tradición se ha pervertido y permitido a los hombres no sólo raptar a las mujeres como práctica habitual antes del casamiento sino también justificar la violación, la justicia es dirimida en dos esferas irreconocibles: en un plano local y micro, y en un plano estatal donde los vínculos políticos y económicos tienen un poder decisivo.

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A pesar de que las imágenes de la cosmopolita y poblada ciudad de Addis son escasas más allá de alguna calle transitada en colores pasteles, es el contexto donde Maeza lucha. Una heroína que mantiene un combate contra la sociedad machista donde se ha criado. Sin embargo, su personaje en algunos momentos padece de falta de rigurosidad realista como se observa en una acción en la que intermedia por una mujer que es agredida verbalmente y físicamente por su marido. Maeza le espeta que perderá su trabajo si vuelve a golpear a su mujer subrayando la indignidad diaria a la que se ven sometidas las mujeres. Lo más convincente es la gama de los detalles sociales: la vestimenta occidental de Meaza, su diálogo desafiante contra la tradición y su vulnerabilidad ante las decisiones de un antiguo juez y amigo ya que “el peligro” de ser mujer es un trasfondo dramático que nunca desaparece en la película.

Además de ser una pieza sociológicamente importante por la que ha apostado su productora ejecutiva Angelina Jolie (que sin duda, ha ayudado a difundir el mensaje) Difret es también una historia sobre el fin de la inocencia y sobre cómo actos de fracciones de segundo crean cambios irreversibles. Entre 1995 y 2002 la organización de Maeza ayudó a más de 30.000 mujeres y niñas y el matrimonio por rapto fue ilegalizado y castigado con 5 años de prisión después del caso de Hirut. Maeza Ashenafi fue galardonada con el Premio África en 2003 y actualmente vive en Etiopía luchando contra la tradición de los secuestros. Precisamente hace un año saltaba la noticia que Tejnesh Leweg’neh, de 15 años de edad, de la región norte de Shoa, fue secuestrada por tres hombres en su camino al mercado. Ellos trataron de obligarla a aceptar casarse con uno de ellos, ella se negó y, un día después, la empujaron a un precipicio. Ahora Tejnesh está paralizada de cintura para abajo.

 


En el contexto de este artículo, sorteamos 10 entradas para ver desde el sofá de casa esta película. Para ello sólo tienes que responder a la siguiente pregunta cuya respuesta encontrarás en los últimos artículos de la sección de Cine y Audiovisuales. ¡Sé uno de los 10 primeros!

¿Cuántas películas africanas han sido seleccionadas este año para el Festival Internacional de Toronto y cuántas etíopes?

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Difret

 

Beats of the Antonov, cine y música de resistencia

Beats of Antonov

*Artículo escrito por Alma Toranzo (@alma_toranzo), miembro del portal de información Hemisferio Zero.

**El nombre del director aparecerá en este artículo en minúscula para respetar la grafía que utiliza él

La música de Sudán ha llegado a España con el documental Beats of the Antonov, del director sudanés hajooj kuka**, en el Festival de Cine Africano de Córdoba – FCAT 2015, que ha tenido lugar entre el 21 y el 28 de marzo. Beats of the Antonov, galardonado con el Premio al Mejor Documental en el Festival, no ha dejado a nadie indiferente. En las dos proyecciones que se realizaron en diferentes salas de la ciudad andaluza los espectadores hicieron llegar sus felicitaciones y sus impresiones al director, quien ha estado presente durante el FCAT.

El documental –Los ritmos del Antonov, en español- nos trae imágenes de los campamentos de refugiados sudaneses del Nilo Azul y de las Montañas de Nuba, unos campamentos que surgieron debido al conflicto que nació tras la separación del país en Sudán y Sudán del Sur en 2011. Pero no es el típico documental de guerra que estamos habituados a ver. Sus imágenes nos cuentan a través de la música cómo sobreviven las diferentes comunidades que se encuentran refugiadas en los campamentos. “Música de resistencia, como elemento de unión y supervivencia”, explica hajooj.

La primera vez que hajooj visitó los campamentos fue porque quería documentar qué es lo que estaba pasando allí. Pero después de pasar un día en unos de los campamentos del Nilo Azul se dio cuenta del importante papel que jugaba la música. “Cuando llegué al campamento dos jóvenes se encargaron de enseñarme todo: me acompañaban a las entrevistas, me presentaban a la gente, etc. Y cuando llegó la noche me preguntaron si quería ir a dar un paseo”, cuenta hajooj sorprendido, pues no entendía dónde querían llevarle, era de noche, estaba todo oscuro y no había nada qué ver, pensaba él. Así que se fueron y empezaron a escuchar música que venía de una boda. Después le llevaron a lo que de día funciona como colegio y había dos grupos tocando. La gente se ponía alrededor del que tocaba mejor. Había jóvenes, niños y un montón de gente bailando. Después le llevaron a otro sitio y había otro grupo tocando los tambores. “Según íbamos caminando nos encontrábamos música aquí y allá, música por todas partes. Ahí fue cuando me di cuenta que quería hacer un documental sobre la música y la identidad”.

El resultado es una visión diferente de la guerra, de la gente que vive en los campamentos de refugiados que muestran a través de su música la esperanza y el anhelo por el fin de la situación en la que se encuentran, alejados de sus casas y de sus medios de vida. La música se convierte además en un elemento de unión, pues Sudán es un país donde conviven múltiples etnias y culturas que se encuentran conviviendo en los campamentos.

Beats of the Antonov no ha pasado sólo por diferentes festivales de todo el mundo como el FESPACO, celebrado el pasado febrero en Burkina Faso, el Festival Internacional de Cine de Durban o en el Festival de Cine Africano de Luxor y ganado numerosos premios; también ha sido proyectado en los campamentos donde realizó el rodaje. “A los refugiados les ha encantado ver la película, la consideran como suya”, señala hajooj, que ha llegado a establecer muchos vínculos con sus protagonistas tras los dos años que ha tardado en grabar el documental. “Todos los días después de grabar les enseñaba las imágenes y me pedían que volviera a grabar determinadas escenas porque no les gustaba cómo habían salido o cómo habían dicho algo”, cuenta kuka entre risas.

Hajooj Kuka, director del documental Beats of the Antonov.

Hajooj Kuka, director del documental Beats of the Antonov.

Pero el trabajo de este carismático director no se queda ahí. También es el director creativo de 3ayin, que en árabe significa “mirar”, una agencia de noticias que informa sobre lo qué esta ocurriendo en Sudán contado por los propios sudaneses. “Empezamos a enseñar a chicos y chicas en la zona de las Montañas de Nuba a grabar y a editar para que fueran ellos los que documentaran lo que estaba pasando. Entre ellos, hay cuatro jóvenes que mostraron mucho interés y que han realizado muchos cortos. Incluso grabaron algunas de las imágenes de Beats of the Antonov”, explica hajooj.

Además, tiene en marcha un proyecto de teatro y cine en los campamentos. “La última vez que fui hablé con una mujer impresionante que hacía teatro antes de la guerra con su marido y pusimos en marcha un grupo de teatro. Cuando vuelva en julio o agosto espero poder grabar las escenas que representen para que pueda llegar a más gente”, cuenta kuka.

Por otra parte, hajooj kuka forma parte de un movimiento de resistencia no violenta en su país llamado Girifina, cuyo objetivo es cambiar el gobierno que se encuentra actualmente en el poder. Dentro de este movimiento en el que participa gente de todas las edades, hajooj ha realizado también numerosos cortos denunciando la situación en la que se encuentra Sudán. “No he tenido problemas de censura con la película porque es un poco artística y el gobierno no se fija en el arte, no la han seguido realmente. Tengo más problemas por el movimiento de resistencia no violenta que por el documental”, afirma hajooj.

Hajooj Kuka está convencido del importante papel que juega el cine para sensibilizar y denunciar las violaciones de derechos humanos que afirma está realizando el gobierno de su país. Además, cree firmemente en la resistencia no violenta. “Una revolución real tiene que estar basada en la resistencia no violenta. Cualquier revolución tiene que llevarla a cabo la sociedad”, afirma.

Un instante durante los "Aperitivos de Cine" durante el FCAT. -Hajooj Kuka (Beats of the Antonov), Lova Nantenaina (Ady Gasy) y Michel Zongo (La sirène du Faso Fani). Foto: Luis RIvera.

Un instante durante los “Aperitivos de Cine” durante la 12ª edición del FCAT. Hajooj Kuka (Beats of the Antonov), Lova Nantenaina (Ady Gasy) y Michel Zongo (La sirène du Faso Fani). Foto: Luis RIvera.

La industria editorial africana intenta velar por las culturas nacionales

zibf logoQue la feria del libro más antigua de África se preocupe de la producción literaria en lenguas nacionales no es una casualidad. Desde el 28 de julio y hasta el 2 de agosto se celebró en Harare, Zimbabue, la que se presenta como la feria del libro con más trayectoria del continente, la Zimbabwe International Book Fair (ZIBF) que precisamente en esta edición tuvo como hilo conductor las “Lenguas autóctonas, literatura, arte y sistemas de conocimiento africanos”. El responsable de la ZIBF, Musa Zimunya justifica esta orientación porque “en los últimos tiempos, hay un gran debate en torno a la explotación de las herencias africanas por parte de los turistas y empresarios extranjeros sin beneficiar a las comunidades africanas que las ‘poseen’”.

Zimunya es uno de los escritores zimbabuenses más reconocidos internacionalmente y es el responsable de la ZIBFA, la asociación que se encarga de esta feria. Una de las particularidades de esta cita es, precisamente, la composición de esta entidad gestora del encuentro. Está formada por la asociación de editores del país (ZBPA), la de libreros (BAZ), la de bibliotecarios (LAZ), varias asociaciones de escritores (ZANA, ZWW, ZWA y ZIWU) y la organización que gestiona los derechos reprográficos (ZimCopy), es decir, prácticamente todas las partes implicadas en la industria editorial. Esto hace que durante la feria haya espacio para hablar de literatura, pero también sobre las últimas tendencias del sector, que se traten igualmente temas de escritura creativa como de edición digital.

Una imagen de una de las actividades previas de ZIBFA. Fuente: web de la organización

Una imagen de una de las actividades previas de ZIBFA. Fuente: web de la organización

El escritor zimbabuense y responsable de ZIBFA justifica la preocupación de la organización de la feria explicando que “al igual que las culturas humanas en todo el mundo, las culturas africanas tienen una dimensión tangible y otra intangible” y que “las sociedades humanas se han visto obligados a ‘preservar’ los aspectos de sus culturas que reflejan valores relacionados con la cohesión social y el orden moral”. Pero la preocupación va más allá de la literatura, según Zimunya, ya que “la cultura encierra también aspectos que afectan a los medios de vida de las sociedades, como aquellos que se relacionan con la agricultura o los negocios”.

Después de treinta años (desde 1983) la valorización de las culturas propias y de los sistemas de conocimiento africanos son un pilar fundamental de la ZIBF. En palabras de Musa Zimunya: “Las culturas ofrecen una base fundamental sobre la que descansa el desarrollo de toda la humanidad. Por otro, hay gran cantidad de recursos en esas culturas (la música, la literatura, el arte, la danza, la escultura, los monumentos, el patrimonio natural, etc.) que tienen un enorme potencial para generar ingresos tanto para los individuos como para las comunidades y las naciones. Las industrias creativas se basan precisamente en este enfoque”.

Como se puede ver la visión de protección de la cultura propia y las tradiciones no es sólo una mirada hacia el pasado, sino que la ZIBF mira también al futuro. De hecho, en su programa, incluía actividades, sobre todo, orientadas a los más jóvenes y relacionadas con la producción digital, un aspecto que se discutió también en los foros de profesionales de la edición. Zimunya explica: “Las tradiciones africanas han servido a las sociedades durante siglos. Sin embargo, también es cierto que la modernidad ha traído nuevas tecnologías y culturas que han entrado en contacto con las citadas tradiciones africanas, tanto para bien como para mal. Pero esto no es un dilema exclusivamente africano. Lo que sí es cierto, es que les corresponde a los pueblos africanos conservar los valores positivos de su pasado que construyen su identidad y dignidad mientras abrazan nuevos valores que no disminuyan su autoestima”.

Anuncio de la feria durante las actividades previas de ZIBFA en Bulawayo. Fuente: web de la organización

Anuncio de la feria durante las actividades previas de ZIBFA en Bulawayo. Fuente: web de la organización

Además del ZIBF, la asociación que impulsa esta cita organiza durante el año otras ferias locales en regiones como Matebeleland, Masvingo o Manicaland. En todos esos casos, la voluntad es acercar a los habitantes de estos lugares alejados de la capital la realidad de la industria editorial. Para ello, y siguiendo con el espíritu de la ZIBFA se apoyan en los actores locales, tanto en lo que se refiere a editores, como a escritores o a expertos. El responsable de la asociación tiene muy claro que eso permite un acercamiento más sencillo, pero además parte del principio de que una persona que “no está orgullosa de su cultura es un peligro para sí mismo y para la comunidad”.

Por otro lado, Zimunya se queja de los falsos expertos extranjeros y de los renegados locales. “Hay ‘extranjeros’ se hacen pasar por ‘expertos’ en las culturas africanas, aunque en la práctica muy pocos son capaces de describirlas y explicarlas fielmente, sin la interferencia de sus propias culturas. A pesar de eso se imponen a los ‘expertos’ africanos. Sin embargo, el mayor peligro para los africanos son los propios africanos que se presentan como aficionados de la cultura occidental y que consideran que el desarraigo de África es la panacea para todos los males de África”, se lamenta el escritor zimbabuense.

Así, durante treinta años, la ZIBF ha mantenido un complejo equilibrio, entre lo local y lo global, entre los actores del mundo editorial, entre la tradición y la modernidad, entre la protección y la apertura. Se trata de un equilibrio que, a pesar de la dificultad no se interpreta como un drama, sino como una fuente de riqueza. Todo ello, porque los objetivos es encomiable: seguir alimentando el gusto por la literatura y edificar el futuro sobre la base de la cultura propia.

Lesotho estrena su primera película

Cartel de la película 'El reino olvidado' de Andrew Mudge.

Cartel de la película ‘El reino olvidado’ de Andrew Mudge.

La ceguera inocente o intencionada con Lesotho provoca que las escasa noticias que nos llegan desde uno de los países más pequeños del continente africano se escriban en versalitas, en rojo y en mayúsculas. El 7 de abril el diario The Guardian alertaba sobre el peligro de que uno de los hospitales más importantes de la capital, Maseru, con financiación pública y privada podía quebrar. La cabecera inglesa subrayaba que el 51% del presupuesto en salud del país se gasta en pagos al consorcio privado dirigido por Netcare con sede en Sudáfrica y el mayor proveedor de atención médica privada en el Reino Unido.

Los lazos coloniales siguen sin romperse. Por este motivo, y desde este atril sobre cine y audiovisuales que ofrece Wiriko, estamos en deuda. El séptimo arte es un espacio cultural específico que sirve de escenario de representación de las dinámicas políticas, donde se configuran imaginarios y donde se interpretan los conflictos. La imagen puede penetrar conciencias volando muy lejos y como decía Benjamin: “La naturaleza que habla a la cámara no es la misma que le habla al ojo”. La tarea de forzarnos a cambiar la percepción es ardua pero aquí os dejamos una noticia que camina en esta dirección y nos muestra ese otro país desde un prisma rico y heterogéneo. Porque Lesotho lo tiene a pesar de Netcare. A pesar de los pesares.

El pasado 4 de abril se estrenaba en Maseru El Reino Olvidado (2014) del director Andrew Mudge, la primera película del país y con el idioma sesotho como principal herramienta de diálogo. Sí, has leído bien: el primer largometraje de Lesotho, país enclavado en Sudáfrica, y que en su primer fin de semana desbancaba de las carteleras a dos trabajos comerciales bajo la impronta hollywoodiense de guión poco elaborado y numerosos efectos especiales como Capitán América y Noé, ambas estrenadas en lo que va de año.

El lugar del estreno tiene también miga, en los Ster-Kinekor, el operador de cine más grande de Sudáfrica con más de 50 salas en este país, según informaba el año pasado la revista Business Report. Quizás, una pista de que será una película que circulará además en Zimbabue, Zambia y Namibia. De momento. Eso sí, el equipo apuesta a caballo vencedor con Chris Roland como productor ejecutivo, y veterano en películas como Hotel Ruanda (2004) o Darfur (2009) o en series como Charlie Jade o The shores.

El Reino Olvidado (The forgotten kingdom) es un poderoso drama acerca de un joven llamado Atang Mokoenya (interpretado por Zenzo Ngqobe) que regresa a su tierra natal en Lesotho para sepultar a su padre. Después de haber vivido casi toda su vida en Johanesburgo, Atang ha perdido el contacto con su cultura y la noción de quién es en realidad; un viaje en el que se verá arrastrado por la belleza mística de Lesotho y donde conectará con su amiga de la infancia, Dineo, de quien se enamora. Pero ganar la aprobación de su padre, ha demostrado ser una tarea muy difícil…

Zenzo y Lebohang en un fotograma de la película. Fuente: http://forgottenkingdomthemovie.com

Zenzo y Lebohang en un fotograma de la película. Fuente: http://forgottenkingdomthemovie.com

El retrato de Atang no está basado en hechos reales, más bien en una serie de historias que el director Andrew Mudge escuchó durante sus dos años en el país: jóvenes que abandonan el hogar en busca de trabajo en la ciudad. Una dinámica que se repite sobre todo desde la última década debido al fuerte crecimiento económico de las capitales del continente y que va de la mano de las grandes oportunidades de empleo que surgen en las urbes así como al nacimiento de una clase media con poder adquisitivo. Sin embargo, y al mismo tiempo, los asentamientos informales con situaciones de miseria en las ciudades se han multiplicado por el perfil de numerosas familias que buscan y esperan una mejor vida.

Como explica su director: “Estaba intrigado por esta idea: un hombre joven enojado que crece en la ciudad y que no encuentra su lugar tiene que afrontar el deber de traer a su padre de vuelta a casa”, comenta Mudge. El guión no deja de ahondar en la búsqueda personal del protagonista, en el yo más alejado de las raíces de la tierra. Por este motivo, la película recuerda a trabajos como:  Walkabout (1971) de Nicolas Roeg, en el que dos niños vagan por el desierto australiano, abandonados a su suerte, tras haberse suicidado su padre; a Hombres armados (1997) de John Sayles, en el que el Dr. Fuentes, interpretado por un excelente Federico Luppi, se encuentra en busca de su legado: siete estudiantes de medicina que entrenó para trabajar en villas nativas paupérrimas; o a la película de culto del director estadounidense David Lynch, Una historia verdadera (1999) en la que un anciano que vive en Iowa con una hija discapacitada decide visitar a su hermano, que ha sufrido un infarto y se encuentra a 500 kilómetros, en el único medio de transporte del que dispone: una máquina cortacésped.

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El Reino Olvidado es una road movie emocional, el viaje de un hombre, Atang, que sin querer experimenta una transformación en su vida cuando regresa a un lugar que hacía tiempo optó por olvidar. Un trabajo que se rodó en 55 días a lo largo de dos temporadas con un plan de producción “lleno de dificultades, debido a la falta de infraestructuras que hay en Lesotho. Pero a pesar de la escasez de recursos, el equipo pequeño, compuesto en su mayoría por gente local, nos ayudaron mucho”, explica el director.

La película ha sido nominada a nueve premios en la Acdemia de Cine Africana incluyendo Mejor Película, Mejor Director, Mejor Ópera Prima, Mejor Actor (Zenzo Ngqobe) y mejor fotografía. El pequeño Lebohang Ntsane también ha recibido una nominación como Mejor Actor Infantil por su excelente interpretación como joven huérfano. Lebohang fue elegido entre más de 700 jóvenes actores aspirantes en Lesotho. Mañana viernes 11 de abril, El Reino Olvidado se estrenará a nivel nacional en Sudáfrica. Que disfruten el tráiler…

 

La crítica del cine como palabra subterránea

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¿Es el crítico esa persona huérfana que no participa del acto de la creación? ¿Es el camino ser crítico para tener una relación de proximidad con el arte? La disyuntiva entre la naturalidad del arte y la artificialidad de la crítica es uno de los debates en profundidad que se están llevando a cabo en el “Curso-taller crítica de cine” enmarcado en las actividades paralelas del Festival de Cine Africano de Córdoba (FCAT). Hasta el próximo viernes, 25 estudiantes españoles, senegaleses y marroquíes se encuentran diseccionando las líneas maestras de los teóricos del séptimo arte y reflexionando sobre la figura del crítico como mediador cultural e intelectual. Esta iniciativa tiene como objetivo fortalecer la tradición crítica en el continente, además de incluir a las nuevas generaciones de críticos de cine de África, como Marruecos y Senegal, en los circuitos internacionales sobre las cinematografías africanas.

De la mano del crítico de cine español Alfonso Crespo en la dirección académica, expertos cinéfilos como Olivier Barlet (director del portal Africultures), Beatriz Leal (African Film Festival Inc. NYC ), Francisco Algarín y Francisco Benavente (Universidad Pompeu Fabra de Barcelona) tendrán como empresa el desarticular el celuoide para pasar cada fotograma a cámara lenta, y transmitir su pasión por el cine -aunque sea su visión-. Hoy, el turno para Barlet que subarayará el papel del crítico para comprender que la gran reivindicación del cineasta africano es la incertidumbre; ayer, para Leal que insistió en crear sinergias y espacios profesionalizados donde abordar las diferentes temáticas que abordan las películas, específicamente desde Internet.

Ya sea como vocación o como espacio de encuentro, la crítica está pasando por diversas mutaciones entre ellas el espacio que se le reserva en los medios de comunicación, donde la web 2.0 apunta incluso a nuevos entornos donde se puede jugar con imágenes y vídeo para explicar una película sin usar el verbo. La crítica de cine trabaja con la palabra subterránea de los directores de cine y el camino parece estar en pensar de una manera no evolutiva sino, como decía Walter Benjamin, en cuestionar el tiempo; es decir, pasado y presente en una misma constelación a la hora de cuestionar el arte.

La historia del cine es una sucesión de sueños, por lo que trabajar el texto desde diferentes maneras puede ser una de las claves de este curso: realizar análisis no explicativos sino expositivos de los ciertos problemas que surgen en una película. Es decir, buscar la potencia en una disfunción y establecer un conflicto entre lo que se ve y lo que se escucha. Aquí una reflexión más: ¿Qué mundo nos ofrecen los cineastas y cómo nos hacen llegar a ese mundo?

Alumnos del aula de crítica. Foto: Jose Wela.

Alumnos del aula de crítica. Foto: Jose Wela.

Black to the future (V): Frente a narrativas pesimistas, dosis de ficción

Fotograma del cortometraje  "Kichwateli" (en swahili cabeza de TV)  de la artista visual keniana Muchiri Njenga.

Fotograma del cortometraje “Kichwateli” (en swahili cabeza de TV) de la artista visual keniana Muchiri Njenga.

 

Mientras que una gran mayoría de los guiones de cine norteamericanos y europeos se encuentran atrapados en el pasado de África, muchos cineastas africanos parecen estar centrados en el futuro. Así lo vimos la semana pasada cuando mencionábamos que el género de la ciencia ficción en el continente tiene desde hace unos años algunos títulos destacados en la filmografía reciente. Las referencias a cuestiones socioeconómicas actuales y pasadas así como las cuestiones de la explotación de los recursos y la pobreza se vinculan al uso de aspectos religiosos que conectan con la tecnología de una manera transparente: robots, ritos tradicionales de iniciación, percepción extra-sensorial, narraciones quiméricas o las referencias a las visitas del espacio exterior. Sin duda, contribuciones ya existentes de escritores africanos como Ben Okri y Wole Soyinka, que con su realismo mágico se acercaban al futuro con elementos futuristas que emanaban de la propia cultura. Os presentamos hoy tres propuestas que continúan nuestra serie Black to the future.

Estos aspectos que trasgreden fronteras y violan los conceptos creativos impuestos son ricos en una mitología que migra, que se articula con la ciencia ficción contemporánea y que se basa en gran medida en los motivos de la transformación, la hibridez y la percepción de mezcla de géneros para ofrecer alternativas viables a la destrucción del tecno-capitalismo. Esta fórmula nos aleja de los mitos occidentales comunes que apuntalan la impotencia africana y reafirma a la ciencia ficción, este afrofuturismo, como una poderosa herramienta para el cambio sincrético, para una re-evaluación y una nueva exploración.

 

Kichwateli (2012), del keniano Muchiri Njenga

Pero, un momento. ¿No son las películas que salen de este continente deprimentes? Efectivamente, hasta el momento de las independencias africanas (léase emancipaciones) los directores africanos no tuvieron la oportunidad de encontrar un equilibrio para mostrar su propia realidad, una representación que hasta el momento había estado en manos de las metrópolis. Sin embargo, las grandes producciones hollywoodienses modernas que muestran África como Hotel Ruanda (2004), El jardinero fiel (2005), Diamantes de sangre (2006) o el Último rey de Escocia (2006) inciden en un discurso pesimista: un continente oscuro, pobre y corrupto. El común denominador de estos guiones es que un personaje viene desde fuera (Europa o EEUU) ya sea un periodista o médico para ayudar y observar. Estas simpatías modernas se basan en las buenas intenciones pero que someten a examen esa carga/culpabilidad del hombre blanco. Estas ‘visiones de la historia’ con su componente de realidad siguen siendo mostradas por forasteros; versiones alejadas a la de los propios africanos.

Kichwateli es un cortometraje poético ambientado en un barrio pobre de África en un ambiente post-apocalíptico que lleva al espectador a un viaje espiritual y metafórico a través del sueño de un niño. La película mezcla imágenes de ficción con la realidad de un niño que camina con una TV en vivo en su cabeza; una metáfora de las consecuencias perversas de los medios de masas en una generación de jóvenes o de la sociedad en general. Kichwateli es un sinónimo visual de la ansiedad mundial y al mismo tiempo un reflejo de nosotros mismos expuestos al escrutinio de ese Gran Hermano. Como Carl Sagan apuntara “nuestro planeta es una mota solitaria en la gran envolvente oscuridad cósmica. En nuestra oscuridad, en toda esta vastedad, no hay ningún indicio de que la ayuda llegará desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos”

De la misma manera afrofuturista os presentamos la obra de John Akomfrah. El ladrón de datos es un hacker cuyo desplazamiento, la alienación cultural y la alteridad forzosa están basadas en las relaciones entre la cultura panafricana, la ciencia ficción, un viaje intergaláctico y la rápida progresión de la informática. A través de entrevistas El último ángel de la historia (1996) mantiene el hilo argumentativo intercalándolo con imágenes de la vida panafricana en diferentes épocas de la historia, saltando entre el tiempo y el espacio; una forma no muy diferente a la navegación por Internet.

El último ángel de la historia (1996), John Akomfrah

Como broche os dejamos con la certeza de una obra para la reflexión. Y que además se encuentra íntegra. Se trata de Les Saignantes, del camerunés Jean-Pierre Bekolo, enmarcada en un cine vanguardista y cuasi experimental abrazando el terror y la ciencia ficción. La película, premio FESPACO 2007, expone las profundas crisis sufridas por Camerún y África en general y marca territorio en los títulos del comienzo: “¿Cómo puede anticiparse una película al futuro de un país que no tiene futuro?”

Es interesante como Bekolo utiliza el sexo para empoderar a las mujeres en esta ciencia ficción de bajo presupuesto donde la cultura trance da un vistazo a la historia sociopolítica moderna de Camerún. La dinámica del grupo como pasado y presente, hombres contra mujeres, la cultura occidental frente a la cultura autóctona, política tradicional contra la política colonial… El camerunés, de esta manera, insinúa, informa, despierta y cuestiona a la sociedad de su país y a la de otros lugares. Les Saignantes es una pieza llena de ideas y de contradicciones que incorpora un modernismo urbano y se pliega como un diamante futurista… Que la disfrutéis…

Les Saignantes (2005), Jean-Pierre Bekolo.