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Sarr: “La clave de la migración es reorientar la mirada hacia nosotros mismos”

El próximo 19 de octubre la inauguración del 9ª edición del Festival de Cine Invisible de Bilbao presentará Life Saaraba Illegal, una joya documental imprescindible para entender el fenómeno migratorio de África subsahariana a Europa desde un punto de vista personal y colectivo, realizada por el senegalés Saliou Sarr.

Durante ocho años, el director acompañó a su primo Souley en su sueño de seguir los pasos de su hermano Aladji que había emigrado a España y reencontrarse con él. Sus inquietudes, expectativas e ilusiones así como las de sus parientes más próximos, incluido el propio Sarr –que aparece como narrador y personaje del documental– son las protagonistas de esta obra que descubre al espectador un sentido y un significado diferente sobre las migraciones de África del Oeste hacia Europa.

Más allá de este documental, Sarr, más conocido como Alibeta, desarrolla un proyecto integral en el que trabaja a través del cine, la música y otras disciplinas la “África posible” que describe su hermano Felwine en el ensayo “Afrotopia”. A parte de la creación artística, sus compromisos pasan por coordinar un programa de educación en valores para jóvenes universitarios y la puesta en marcha de la productora Baraka Global Arts que trabaja en la construcción de una industria cultural senegalesa.

¿Qué es lo que te ha motivado ha realizar un documental personal sobre la emigración en el que tu familia y tú mismo sois protagonistas?

Al principio yo quería hacer una película sobre mi gran familia, no solamente sobre aquellos que habían partido ilegalmente, sino también los que lo habían hecho de manera regular. Tenía una cuestión conmigo mismo sobre la migración, sobre partir o no partir, y me di cuenta de que en mi familia era ilustrativa porque había todo tipo de casos. Como en una sola película no cabe todo, me concentré sobre los que se fueron ilegalmente: hablar de sus entornos personales, de sus emociones y dar un ejemplo, que puede ser universal, en el que se puede reconocer todo el mundo.

Existen muchas películas y documentales sobre la migración subsahariana hacia Europa. ¿Qué crees que aporta tu visión a la reflexión sobre el fenómeno?

Efectivamente hay muchas películas que hablan de la migración, pero la mayor parte de ellas se focalizan sobre el lado difícil, incluso miserable. Siempre se habla sobre la pobreza de los emigrantes, la pena de dejar sus casas, la dureza del viaje, etc. Nosotros hemos intentando dar una nueva mirada, más humana, que no niega las dificultades pero que enseña los diferentes significados de la emigración para los serer-niominka (hombres del mar). Por ejemplo, se muestra que en ese viaje hay una búsqueda espiritual que es una búsqueda común en todas las personas. Hemos querido filmar con dignidad y dar una perspectiva familiar, de manera que ves el lado universal de la emigración.

 

¿Qué importancia tiene el hecho de ser serer? ¿Percibes diferencias en el enfoque del viaje para la gente de este grupo étnico?

Efectivamente, para los serer no es lo mismo que para los peul o para los wolof, muchos de los cuales viajan con el único objetivo de traer dinero sin importar cómo. Para nosotros los serer no es eso: el viaje tiene un significado simbólico. Somos insulares: partir más allá de los océanos ha sido, independientemente y mucho antes de la emigración hacia Europa, algo importante para alguien que vive en una isla. Es un rito de paso. Nuestros abuelos y nuestros padres lo han hecho y nosotros también lo hacemos. Ahora, en este contexto, se espera mejorar la vida económicamente pero sobre todo volver y guardar tus valores. Todo ese simbolismo se intenta mostrar en el documental.

A parte de la madre de Aladji y Souley, los dos protagonistas, no hay más personajes femeninos en el documental. ¿Cuál es el rol de las mujeres en la migración?  

Es verdad eso. Ella es el ejemplo de la madre que está detrás, que comprende, que apoya… que puede ser que tenga expectativas pero no lo dice porque entiende que es difícil: a ella le gustaría que sus hijos tuvieran los papeles como todo el mundo.

En este documental no he podido tocar el tema pero hay muchas mujeres que están a la espera de sus maridos. Su vida es muy dura porque no saben cuándo éstos volverán y porque mientras les esperan, la sociedad las observa, las controla y no tienen derecho al error. Esperan a un hombre que puede pasar incluso diez años sin venir por no tener papeles y mientras puede haber tentaciones, puede haber cosas alrededor que les tienten a vivir de otra manera, pero no lo hacen… Es un rol muy difícil y es cierto que no hemos hablado suficientemente.

A pesar del esfuerzo de muchos artistas, ONGDs y otros actores sobre los peligros de la emigración clandestina, aún hay jóvenes que sueñan con irse y lo hacen por rutas arriesgadas. ¿Por qué crees que esto sigue pasando?

Es un deseo que ha estado alimentado por todo un sistema, un sistema de dominación, de colonialismo, de desigualdad, un sistema de comunicación que muestra siempre lo bueno del extranjero y lo malo de nuestra sociedad. Los jóvenes africanos tienen la mirada dirigida hacia Europa y ahora se necesita un tiempo y mucho trabajo para reorientarla hacia nosotros mismos.

Pese a eso, para mi es importante no decir a los jóvenes que no viajen. El derecho de migrar es un derecho reconocido por la Declaración Universal de los Derechos Humanos, y que hay que respetarlo. Nuestros gobiernos tienen que asegurar que nuestros jóvenes puedan viajar, no sólo hacia Europa sino también a otros países africanos. Si hubiera un sistema que permitiese moverse libremente, pienso que la gente no se jugaría la vida cogiendo una patera o cruzando el desierto.

Imagen del documental ‘Life Saaraba Illegal’.

¿Cuál es la responsabilidad de los gobiernos europeos y africanos en este fenómeno?

La responsabilidad es compartida. Empezaré con la de nuestros gobiernos porque no me gusta que siempre apuntemos al otro para quitarnos responsabilidad. Ante todo, los gobiernos africanos tienen la obligación de hacerse respetar. La relación con otros estados debe basarse en el respeto y no en la dominación. Para mantener su dignidad y la de sus pueblos deben de ser capaces de mantener relaciones dignas con otros países.

En cuanto a los gobiernos europeos, me gustaría que fueran más justos: hablan de los inmigrantes despectivamente obviando todo lo que lo que aportan a la envejecida Europa en términos de fuerza de trabajo, de experiencia, de dinamismo… También me gustaría que fueran más honestos: los africanos van a Europa como consecuencia de la explotación abusiva que desde hace siglos se ha hecho del Continente. Es el karma. Europa ha creado situaciones de pobreza, de inestabilidad, e instaurando relaciones de dominación que hace que hoy en día, los africanos vayan a Europa a coger lo que les corresponde, lo que se les debe.

Si después de todo lo que ha hecho Francia en África del Oeste hoy en día expulsa a los que vienen, no es justo ni es honesto.

Dices en el documental que “todo el mundo tiene su saaraba” (tierra prometida). ¿Cuál es la tuya?

Ah… difícil pregunta… Mi saaraba es mi paz interior. Mi tierra prometida no es obligatoriamente una tierra física, pero por supuesto, estaría en África. Pero independientemente de que fuese en Dakar, Nouakchott o Nueva York, mi saaraba es sentirme útil, apoyar a los que están en mi entorno, darle un sentido a mi vida, independiente de la muerte, llegar a hacer algo importante y sentirme una buena persona.

La película ha sido difundida ya en Senegal y en Alemania. ¿Cuál es la reacción de los diferentes públicos?

En Senegal ha sido muy bien recibida. Se ha apreciado sobre todo por no transmitir una visión miserable y haber tenido paciencia en el rodaje, que ha durado ocho años. También se ha señalado el haber dado una visión de Europa real, lejana al paraíso, sin esconder el hecho de que los chicos se van para buscar dinero y construir una casa en Senegal. Ha gustado que el documental sea realista.

En Europa ha gustado que se muestre la emigración desde otro punto de vista, la perspectiva humana, mostrando personas con sentimientos universales, y no solo cifras como acostumbran a oír. La palabra dignidad ha salido mucho en las discusiones después del pase del documental en Europa.

La música del documental está en parte extraída de tu álbum Bani Adama. ¿Cómo describirías el proyecto artístico Alibeta?

Alibeta es un proyecto integral que engloba lo visual (cine), lo sonoro (música), lo gestual y relacional (teatro)… finalmente el objetivo es tocar el corazón. La idea es dar una visión, pasar un mensaje, una filosofía, que puede ser transmitida a través de diferentes medios.

¿Puede el arte derribar fronteras?

Creo que el arte es una vía de concienciación y por supuesto puede derribar fronteras, contando historias que son al mismo tiempo particulares y universales. El arte es un lenguaje que habla al corazón y tiene el poder de acercar a los seres humanos.

Te describes como Alibeta, trovador afropolita, ¿qué significa para ti ese concepto que ha suscitado tanto debate?

Afropolitanismo es un término utilizado por Achille Mbembe: “el Afropolitanismo es la manera en la que los africanos hacen mundo”. Me gusta ese concepto porque parte de que África se sitúa actualmente en un cruce de culturas, de miradas, de sensibilidades, etc.

Como un trovador yo estoy en el movimiento. Hoy en día puedes vivir en el continente o fuera de él, ir y venir, y estar a caballo entre diferentes influencias. Y todas esas personas que estamos en medio de la circulación de ideas y de mundos, desarrollamos una nueva cultura, que es identitaria africana, pero que no es cerrada, sino globalizada.

Para mi el Afropolitanismo es una continuación de conceptos como el de la Negritud o el Panafricanismo, pero más concreto y moderno, más adecuado a nuestro tiempo. Hoy el Panafricanismo en su versión más extendida peca de ser muy identitario y un poco sectario y excluyente. El Afropolitanismo es más abierto: nos identificamos con la tradición africana pero estamos abiertos al mundo, reconociendo lo que el mundo nos aporta y lo que nosotros aportamos al mundo.

Foto: Jean-Baptiste Joire

 

Pensar y repensar el África de mañana

Hace ya años que Abdoulaye Wade, el primer presidente senegalés del S.XXI rescató y se apropió de la idea de la Renaissance Africaine. La reformuló como una corriente que liberaría el continente de las ataduras heredadas de la colonización. Al final, su idea de la Renaissance resultó ser, únicamente, un mastodonte de más de cincuenta metros de alto que se erige sobre una colina de Ouakam, en Dakar. Su construcción costó 23 millones de euros. Era la muestra de lo que suponía para Wade la idea del renacimiento africano. Pura megalomanía. Emergía de las élites políticas, un sector demasiado hipotecado para poder comandar la liberación.

Les Ateliers de la Pensée

Les Ateliers de la Pensée

Curiosamente ahora, resurge una idea muy similar, en el mismo lugar en el que se abortó ese renacimiento, pero lanzada desde un escenario bien diferente, el de los pensadores, los filósofos, los historiadores… y los escritores. Los hombres y mujeres que construyen, pero no monumentos a su propia gloria, sino historias, ideas y argumentos. Los hombres y mujeres que construyen los cimientos de la sociedad, de una nueva sociedad. Esta vez, la materialización ha sido una serie de debates y sesiones de reflexión. Y es sólo el comienzo. Les Ateliers de la Pensée, que se han celebrado desde el 28 al 31 de octubre, entre Dakar y Saint Louis, la capital senegalesa y la antigua capital del África Occidental Francesa, son sólo el comienzo.

afrotopia-felwine-sarr-anne-et-arnaudDetrás de esta idea están Achille Mbembe y Felwine Sarr. El primero, Mbembe, es un clásico, camerunés, considerado uno los baluartes del pensamiento crítico africano, sistemáticamente empeñado en cargar de razones las voluntades emancipadoras, las mentes y los espíritus convencidos de que el continente todavía está por descolonizar. El segundo, Sarr, es una de las últimas sensaciones de ese mismo pensamiento crítico. El economista senegalés se ha convertido en un referente popular este mismo año, desde la publicación de su ensayo Afrotopia. Sarr cuestiona los parámetros del desarrollo y el subdesarrollo y propone nuevos marcos de referencia. Sarr preconiza que el bienestar africano ha de ser lo que quiera ser, en definitiva, la necesidad de romper unos lazos que ponen freno, no al desarrollo del continente, sino a la extensión de su bienestar. Un cambio de paradigma.

Recogiendo un testigo que llega desde más allá de las conferencias de Ngugi wa Thiong’o recogidas en Descolonizar la mente y demostrando la falacia del famoso discurso pronunciado por el expresidente francés Nicolás Sarkozy en Dakar, en el que negaba la entrada en la historia del continente africano, Les Ateliers de la Pensée proponen una nueva reflexión. El encuentro ha reunido a una veintena de expertos, filósofos y universitarios africanos para discutir sobre temas como la pervivencia de la herencia colonial, el papel del continente en el sistema mundo, la identidad, las lenguas e incluso el futuro de un planeta que enfrenta una deriva destructiva.

Una de las mesas de los encuentros, con la presencia de los cuatro literatos. Fuente: Perfil de Twitter de la Embajada de Francia en Senegal

Una de las mesas de los encuentros, con la presencia de los cuatro literatos. Fuente: Perfil de Twitter de la Embajada de Francia en Senegal

Abarcar todo el volumen de contenido de un encuentro de estas características resulta una tarea ilusoria y sólo se puede confiar en que las aportaciones de todas esas mentes que piensan un África y un mundo diferente sean publicadas más antes que después. Sin embargo, desde esta sección se impone visibilizar la presencia, entre esta corriente renovadora, de algunas de las plumas más destacadas de las literaturas africanas, al menos, de la que podría enmarcarse en la esfera de influencia francófono. Entre la abrumadora lista de nombres y sin perder de vista que muchos de ellos pueden considerarse literatos, aparecen algunos nombres de escritores de ficción imbuidos por la necesidad de cambiar las reglas del juego que marcan la relación entre el continente africano y el norte global. Sólo por dar una idea de nómina de narradores se puede citar a Leonora Miano, Alain Mabanckou, Abdourahman Waberi y Sami Tchak.

Léonora Miano, imagen de The Four Women Show.

Léonora Miano, imagen de The Four Women Show.

La escritora camerunesa Leonora Miano ha defendido sistemáticamente que el concepto de África más extendido es, en realidad, una construcción occidental y que los propios africanos han llegado a caer en esa trampa. Por ese motivo, la novelista se ha empeñado en derribar los estereotipos que sirven de armazón para esa construcción, al mismo tiempo, que trata de reconstruirla en base a experiencias más genuinamente africanas. Un ejemplo, de esta ingente labor es Volcaniques, une anthologie de plaisir, con el que da carpetazo a las visiones simplistas de la sensualidad que se vive en el continente. Miano acaba de publicar Crepuscule du tourment, un golpe a todo tipo de tabúes relacionado con la feminidad africana, desde la maternidad hasta la homosexualidad.

Alain Mabanckou, imagen de La Maison de la Poésie. Paris

Alain Mabanckou, imagen de La Maison de la Poésie. Paris

Alain Mabanckou ha pronunciado este mismo año la conferencia “Lettres noires: des ténèbres à la Lumière” en el mismísimo Collège de France, en París. En pleno corazón del Hexágono, el congoleño Mabanckou recordó algunas de las vergüenzas de la explotación de África, desde los tiempos de la trata esclavista y los argumentos que sostienen el discurso racista de la inferioridad del africano. Recorrió las sombras de la literatura del continente, pero sobre todo sus luces, al menos, para poner de manifiesto que las hay y muchas. Mabanckou también promovió poco después un debate en el mismo escenario “Penser et écrire l’Afrique aujourd’hui”, una especie de prólogo de estos Ateliers de la Pensée en el que también estuvieron presente varios de participantes, incluido Achille Mbembe. El escritor congoleño, además se ha convertido en uno de los azotes de las dictaduras africanas, fundamentalmente, focalizando sus esfuerzos en las críticas del presidente de su país de origen, Denis Sassou-Nguesso.

waberiAbdourahman Waberi es una de las pocas voces yibutíes escuchadas internacionalmente y esa circunstancia le ha llevado a convertirse en un activista a favor de la democratización y en contra de personajes como el presidente de su país Ismaïl Omar Guelleh. En los últimos tiempos, Waberi ha formado tándem con el propio Mabanckou en la denuncia pública de los sátrapas africanos y en la reivindicación de una sociedad civil, una ciudadanía comprometida como único motor de las transformaciones necesarias para acabar con las desigualdades y como fundamento de unos nuevos sistemas más justos. En la bibliografía de Abdourahman Waberi aparece un título que, en el escenario del debate de Senegal, aparece como especialmente simbólico, Aux États-Unis d’Afrique. Los países africanos tienen la hegemonía mundial y son los europeos los que entran de manera clandestina en el continente negro. Resulta, cuando menos, un curioso ejercicio de empatía.

Sami Track. Imagen de Alchetron.

Sami Track. Imagen de Alchetron.

El togolés Sami Tchak aparece como un escritor controvertido porque no ha tenido reparo en ubicar algunas de sus historias en las zonas más sombrías de la sociedad, ha hablado sin reparo de sexo, de la prostitución o de los bajos fondos y esa dimensión más efectista ha sido la que ha quedado para muchos. Sin embargo, a través de sus novelas, Tchak ha criticado el tratamiento que reserva Francia a los migrantes africanos, la corrupción o la historia de continente en su vaivén desde la época gloriosa de los grandes imperios hasta la predación de los regímenes actuales más carcomidos por los intereses particulares. El togolés ha reflexionado igualmente, tanto en ficción como en ensayos, sobre el papel de la literatura y de los escritores en los procesos de transformación social y en las grandes crisis.

A modo de torpe e insuficiente resumen, dos frases atribuidas en las redes sociales a los dos impulsores del encuentro, una de cada uno de ellos. Achille Mbembe: “Organizar el fin para que renazca el futuro determinará la reflexión filosófica y artística del siglo XXI”. Y Felwine Sarr: “Debemos reengendrarnos, recrearnos. El continente africano se está preparando, está en proceso de alumbramiento”.

Las literaturas africanas en clave continental

El debate continua vivo. El movimiento #RodhesMustFall (Rhodes debe caer) comenzó en marzo del año pasado en Sudáfrica donde un colectivo de estudiantes y personal no docente se movilizaron por una acción directa contra la realidad del racismo institucional en la Universidad de Ciudad del Cabo que mantenía una estatua de Cecil Rhodes en el campus del edificio. Pero la protesta no era exclusivamente simbólica. Rhodes fue un empresario imperialista y político británico que desempeñó un papel dominante en el sur de África a finales del siglo XIX con la anexión de grandes extensiones de terreno y un proyecto de unir a Egipto y Sudáfrica a través del ferrocarril.
Achille Mbembe. Fuente: Wikimedia By Heike Huslage-Koch

Achille Mbembe. Fuente: Wikimedia By Heike Huslage-Koch

Fundó la empresa de diamantes De Beers, que hasta hace poco controlaban el comercio mundial. Y las famosas becas Rhodes que permiten a 83 estudiantes de los Estados Unidos, Alemania, Hong Kong, Bermudas, Zimbabue y varios países de la Commonwealth estudiar cada año en la Universidad de Oxford; uno de ellos fue el expresidente estadounidense Bill Clinton.

¿Y las literaturas negras dónde permanecen tras este relato? Pues la literatura es universal ¿verdad? Aunque los recatados tecnicismos hagan clasificar la valía de autores africanos en un ranking diferente a todos los demás. Rhodes, si cae o no, es una cuestión de emancipación. Lo más llamativo de la gran literatura es la fuerza de la libertad que fluye a través de sus páginas.

Sin embargo, una anomalía de la percepción es a menudo presentada con los escritores negros y africanos. Ellos tienden a ser considerados importantes en función de sus temáticas. Se lee a Flaubert para la belleza, a Joyce para la innovación, a Virginia Woolf por su poesía y activismo feminista, a Jane Austen por su psicología. Pero los autores del continente son leídos por sus novelas sobre la esclavitud, el colonialismo, la pobreza, las guerras civiles, el encarcelamiento, la circuncisión femenina… en resumen, para los sujetos que reflejan los problemas de África.

Se espera que los escritores africanos escriban sobre ciertas cosas, y si no lo hacen se les ve como irrelevantes. Esto le da peso a su trabajo pero con una condena a la monotonía. ¿Quién quiere leer constantemente una literatura sobre el sufrimiento? Las personas que viven en él, sin duda, no lo hacen. Tal vez sea que los que vivimos en Occidente, en la burbuja del individualismo y alejados de las miserias que nuestro sistema reproduce a alta escala en el hemisferio sur, necesitamos un toque especiado de realidad aumentada y de flirteo con una literatura que nos hable de ello. Pero esta tiranía del sujeto puede también conducir a la distorsión y limitación.

En esa misma universidad sudafricana de Ciudad del Cabo, el filósofo camerunés Achille Mbembe insistía meses después de la protesta en que la descolonización de las mentes también requiere la desprivatización de lo que deberían ser los espacios públicos. Esto significa que las universidades no deben estar dominadas por un orden epistemológico patriarcal y, además, ser espacios de transformación donde las ideas sean impugnadas por el alumnado y la academia por igual. Sin embargo, y en el caso africano, los espacios de creación de conocimiento más importantes permanecen privatizados por los mismos pocos privilegiados que se beneficiaron del pasado colonial. Efectivamente, Ciudad del Cabo es una urbe que todavía permanece dividida a lo largo de las líneas raciales dibujadas por el colonialismo y el apartheid como una roca oculta en las profundidades del pasado que continúa moviéndose hacia la superficie del presente.

¿Y es necesario para hablar de literaturas negras toda esta historia de Rhodes? Pues sí. Sin ir más lejos, este debate llegó a uno de los festivales más importantes sobre el género celebrado anualmente en la Biblioteca Británica de Londres, el Africa Writes, del que hablábamos hace una semana. La caída de Rhodes significa también modificar las listas de lecturas obligatorias por el estudiantado y transformar las estructuras institucionales. Sobre todo teniendo en cuenta que la Biblioteca Británica tiene su historia en el bastión del colonialismo: el Museo Británico. La misma institución que mantiene a buen recaudo buena parte de las historias del continente en su sótano.

La influencia del sistema literario occidental

Wole Soyinka, uno de los pocos africanos ganadores del Premio Nobel. Fuente: http://uncut.indexoncensorship.org

Wole Soyinka, uno de los pocos africanos ganadores del Premio Nobel. Fuente: http://uncut.indexoncensorship.org

Las literaturas africanas a pesar de su corta vida, si entendemos su nacimiento después de las independencias en la década de los sesenta, han conseguido conquistar el panorama mundial con cinco premios Nobel como el nigeriano Wole Soyinka (1986), el egipcio Naguib Mahfoud (1988), los sudafricanos Nadine Gordimer y J.M. Coetzee (1991 y 2003, respectivamente) y Jean Marie Gustave Le Clézio (2008). No llega a un 3 por ciento de galardonados para un continente que alberga al 15 por ciento de la población mundial. Evidentemente no es una cuestión de proporcionalidad la decisión de otorgar un Nobel pero sí sintomática del panorama.

En 1921 René Maran, nacido en la isla de Martinica aunque criado en Gabón, publicaba quizás la primera obra escrita por un negro y fuertemente atacada; se trataba de Batuala. En ella, Maran explicaba la realidad colonial francesa y la metrópolis no pudo tolerar que un negro pudiera cuestionar el papel de Europa en la invasión del continente africano y, menos aún, de poner en duda su “misión civilizadora”. Pero quizás, la unión del movimiento de la negritud encabezado por Aimé Césaire y otros intelectuales como el primer presidente del Senegal independiente, Léopold Sédar Senghor, unidos a la efervescencia de los cafetines de París iniciaron el recorrido de las letras africanas.

El contexto era el de la emancipación, el de los sueños por romper las cadenas opresoras con las antiguas metrópolis, y el de buscar una identidad robada durante décadas por los europeos. Aquí hubo dos grandes vertientes: la de la negritud, como hemos mencionado, y que alentaba a las autoras y autores, sobre todo de los países colonizados por Francia, a buscar su estilo desde la proclamación del ser negro como oposición al hombre blanco, colono e imperialista; y la corriente del African personality desde los países anglófonos africanos. En esta segunda vía había una especie de recelo con los anteriores resumido en la célebre frase del Nobel nigeriano Wole Soyinka: “El tigre no proclama su tigritud, salta sobre la presa y se la come”, en una clara alusión a la “no necesidad” desde la negritud de subrayar su procedencia y color de piel.

Durante las primeras décadas después de las independencias, en la literatura estaban muy marcadas las temáticas (novela y teatro social, epopeyas como recuperación de las tradiciones, y la poesía como elemento sanador y filosófico de la propia existencia) así como su identificación ideológica. El desengaño político y económico que vendría después de la ruptura con las colonias, la guerra de bloques vivida en el continente, los golpes de Estados y sucesivas crisis económicas, los Planes de Ajustes Estructurales promovidos por las instituciones internacionales como únicas recetas para “salvar” al continente, o la crisis de la ayuda al desarrollo potenciaron un universo literario definido muy al gusto de los cánones occidentales.

¿Por qué las letras africanas se leen en clave de miseria y destrucción?

Hoy por hoy sobrevuelan otra clase de cuestiones como ¿cuál es el origen de las escritoras y escritores africanos? ¿Qué leen? ¿Dónde se dan cita? ¿Quién los publica? ¿Quién los apoya? Desde los circuitos internacionales las respuestas a estas preguntas no importan. Si se trata de una novela sobre la trata de esclavos automáticamente pensamos que es más importante que una sobre un tipo que bebe demasiado vino de palma. Pero en esta misma línea discursiva es un misterio entonces que en un país como Italia con sus Borgia llenos de muertes y violencia, haya perdurado el legado de la Mona Lisa, la Divina Comedia, el Decamerón o la Capilla Sixtina, obras que, en su conjunto, destacan por su belleza, su atractivo universal constante y su influencia. Nos dejan sobre todo con su belleza. El horror de sus historias no son visibles.

Hay una lección interesante aquí. Cervantes conocía la esclavitud, la expulsión de los judíos y musulmanes, perdió su brazo en la batalla de Lepanto, no ignoraba la historia brutal de España y, sin embargo, no podría haber dejado un legado más duradero que El Quijote, una novela sobre un hombre que decide vivir las aventuras que ha leído en sus libros. Homero hablaba de la caída de Troya a través del mal humor de un hombre. Sófocles narraba la culpabilidad de un rey, no de los horrores de la historia griega. Tolstoi tenía un gran tema en Guerra y Paz, pero su visión y escritura le daban nobleza a su libro hablando del amor. Pushkin estaba empapado de la historia sombría y extraordinaria de Rusia, con la violencia de Iván el Terrible, incluso llegó a conocer el exilio. No obstante, su Eugenio Onegin, una fuente de inspiración para la literatura rusa, trata de un aristócrata aburrido.

Esta dinámica del sistema literario occidental y casi imperceptible se observa de sobremanera en Sudáfrica: solamente un millón de sudafricanos y sudafricanas, de una población de 53 millones, compra libros; cuando lo hacen suelen ser obras de ficción, la poesía no se vende; de los 88 mejores libros en el país, sólo uno, en el número 87, está escrito por un escritor negro, Khaya Dlanga. Además, teniendo en cuenta que Sudáfrica tiene 11 idiomas oficiales, el sistema literario está dominado por los textos en inglés y afrikaans, y por autores occidentales y blancos. El punto y final lo ponen muchas bibliotecas financiadas por ONG en las que es prácticamente imposible encontrar libros en idiomas locales. Esto tiene un impacto obvio y excluyente. Y por eso, Rhodes debe caer.

La hora de la perspectiva africana

Sin embargo, la fotografía no está completa. Sin mencionar a los grandes grupos editoriales con base en el continente, tienen cabida varias editoriales y proyectos que se dedican a producir literatura para las masas africanas. África cuenta con una población considerable, con un aumento de las tasas de alfabetización y con una mayor inversión en la producción creativa por lo que existe la esperanza de que los escritores africanos no tengan que mirar hacia Occidente para obtener un mayor número de lectores y una tasa respetable de credibilidad.

Esto no quiere decir que no haya retos a los que se enfrenta el negocio de la publicación en el continente. Pero hay muchas razones para pensar que el estado de la literatura en África está empezando a cambiar más le pese a algunos empeñados en vender la narrativa de la desesperanza, las guerras y la corrupción. En la actualidad hay varias opciones para un escritor que quiere que su manuscrito sea publicado. Y las posibilidades para la edición de ficción en el continente se han abierto más allá de Sudáfrica, por ejemplo en Kenia, Nigeria, Zimbabue o Uganda cuentan con plataformas que promueven las publicaciones e historias made in Africa.

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  1. Femrite (Uganda)
    Coordinada actualmente por Hilda Twongyeirwe, se trata de una editorial feminista fundada en la década de 1990 como una plataforma para guiar y publicar a las escritoras en Uganda.
  2. Jalada (continental)
    El colectivo JALADA, coordinado por Moses Kilolo reúne a 22 jóvenes de cinco países diferentes de África. Se formó en 2013 en un taller realizado en Kenia y desde entonces han publicado varias antologías de poesía y cuentos sobre temas muy provocadores como la demencia y el sexo.
  3. Modjaji (Sudáfrica)
    Detrás de Modjaji Books se encuentra Colleen Higgs, quien describe a la empresa como una editorial independiente con sede en Ciudad del Cabo. Publican trabajos de mujeres africanas fieles al espíritu de Modjaji que significa lluvia, una fuerza poderosa para el bien femenino, el crecimiento, la nueva vida y la regeneración.
  4. Storymoja (Kenia y otros)
    El festival Storymoja es uno de los actos literarios más destacados del año en el continente. Además del encuentro, una de sus fundadoras Muthoni Garland se dedica desde el paraguas de la organización a publicar y producir libros para las masas. Seis años después, la compañía ha publicado más de 120 títulos.
  5. Parrésia (continental)
    Su fundador, Richard Ali, trata de publicar voces potentes africanas como Abubakar Adam Ibrahim, cuyo trabajo The Whispering Trees fue todo un éxito, o la escritora Chika Unigwe que con su obra NightDancer, desde la diáspora europea, rompe estereotipos sobre su país de origen, Nigeria.
  6. SHORT STORY DAY AFRICA (Pequeña historia del día africano – continental)
    Fundada por Rachel Sadoc Short Story Day Africa es una plataforma global para las historias de África.
  7. Storytime
    Se trata del abanderado de los editores independientes de ciencia ficción. Nacido en Zimbabue, Ivor Hartmann ha elevado el género a lo más alto en el continente. Desde hace varios años se está diversificando su trabajo hacia las novelas breves.
  8. Kwani (Kenia)
    Fundada en 2003 por Binyawanga Wainaina, Kwani es una red literaria establecida en Kenia y dedicada al desarrollo de la escritura creativa así como comprometida con el crecimiento de la industria.
  9. Chimurenga
    Chimurenga es una publicación panafricana sobre la escritura, el arte y la política que desde marzo de 2002 mantiene una visión satírica sobre las realidades africanas. Fundada por Ntone Edjabe mantiene diferentes proyectos en los que prioriza a diferentes escritores y escritoras del continente para analizar la actualidad desde diferentes ópticas.

El África literaria hoy por hoy, en su conjunto, hace caso omiso de las barreras lingüísticas heredadas de la colonización que han separado artificialmente a los pueblos anglófonos, sus homólogos de habla francesa, los árabes o portugueses. Así, el egipcio Alaa al-Aswani cohabita con la camerunesa Leonora Miano; Abdurahman Waberi, de Yibuti, con el keniano Binyavanga Wainaina; o el mozambiqueño Mia Couto con el nigeriano Teju Cole. Otra característica general actual es que han nacido sobre todo después de las independencias por lo que no han experimentado la colonización. Sus obras reflejan este deslizamiento histórico a través de la afirmación de nuevas sensibilidades y nuevos temas.

El nuevo espacio de ficción africano ya no está exclusivamente allí, en el pueblo, en la repetición del discurso anticolonial, en el mito del encuentro de la “verdadera” África, sino en la tradición reconfigurada en el exilio, en las grandes ciudades, monstruosas, híbridas, en expansión, en la mezcla, en el multiculturalismo. Autores y autoras como Chimamanda Adichie, Helon Habila, NoViolet Bulawayo, Brian Chikwava, Noo Saro-Wiwa, Kopano Matlwa o Niq Mhlongo son la semilla que plantaron los Nobel Gordimer, Soyinka, Coetze y Soyinka y, a través de sus historias, perpetúan el espíritu, rico en talento y sarcástico en las preguntas, del continente. Las literaturas africanas están firmemente arraigadas en los desafíos del mundo globalizado. Y también la del África que viene, sorprendente, inquietante, fascinante con nuevos y nuevas protagonistas tratando de dar luz sobre tanta oscuridad premeditada.

Este artículo fue publicado originalmente en el nº69 de Pueblos – Revista de Información y Debate, segundo trimestre de 2016.