Canarias y Cabo Verde unidos por ‘Un cuadro muy guapo y un plátano’

*Por Alicia Justo

A veces la imposibilidad de acercarse al contexto social de un artista impide conocer y entender de lleno su obra. Y en ocasiones el contacto con artistas de un determinado lugar anima a intentar descubrir sobre el terreno todo ese marco circunstancial que influye en sus creaciones. Es el caso del caboverdiano Yuran Henrique y la canaria Saskia Rodríguez, quienes han pasado el mes de febrero dentro del programa ‘Artistas en residencia’ del Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM) de Las Palmas de Gran Canaria, donde ahora exponen el resultado de su encuentro artístico hasta el 27 de mayo.

Presentación de las exposiciones de los artistas Yuran Henrique y Saskia Rodríguez, que se pueden visitar en el CAAM del 01.03 al 27.05.2018. Fotos CAAM / Sabrina Ceballos.

Tras esta experiencia, Rodríguez tiene el firme propósito de viajar a Cabo Verde para conocer y entender la obra del artista, ya que según sus palabras, “si no ves el contexto donde se desarrolla, solo podrás entender la mitad de lo que se te habla”. La residencia permitió a ambos creadores “aunar ambos lenguajes y generar un diálogo real entre los dos”, como narra Rodríguez, quien además, reconoce que aunque el trabajo de cada uno les parecía diferente, terminaron encontrando más puntos en común de lo que habían imaginado. Esta complicidad artística fue fruto de compartir un mismo espacio de trabajo durante un mes, lo que, además, les permitió conocer mejor sus diferentes formas de entender la práctica artística.

La realidad es que cada artista tiene un background de influencias estéticas según su lugar de origen y relaciones personales, además de diferentes factores económicos, que terminan plasmando de una manera u otra sobre sus proyectos. Aunque en este caso, ambos artistas comparten el condicionante de haber nacido y residido en una isla y entender la doble dimensión que ello conlleva: una parte abierta a diferentes culturas y otra, recelosa de su intimidad y costumbres.

Este vínculo isleño lo dejaron plasmado en el título con el que bautizaron su obra conjunta, un díptico llamado ‘Un cuadro muy guapo y un plátano, con el que los dos artistas han querido “ridiculizar el elitismo y dar prioridad a la esencia de las cosas”, especifica Rodríguez. Esta oposición a la superficialidad y sus aristas es, además, el hilo conductor de la obra de la artista canaria que recibe el nombre de ‘Inestabilidad textual. Un proceso de ocultación’, donde Rodríguez ha centrado su creación en las ideas de edición y fake, conceptos que usa para “plantear cuestiones sobre cómo se construye la credibilidad o cómo se generan los valores de verdad en la sociedad”, detalla.

Una pila de periódicos casi en medio de la sala dedicada a su exposición, con paredes blancas que obligan a centrar la mirada y atención en esta pieza, busca denunciar la ausencia de mensaje a  través de la autocensura o la desaparición de una imagen o un texto. Para completar su crítica presenta una serie de falsos carteles y manuscritos con letra ininteligible y borrones, textos incompresibles que confunden al espectador y que le impiden llegar a la supuesta verdad, tal y como ocurre en nuestra cotidianidad debido a la sobreinformación a la que estamos expuestos.

Fotos CAAM / Sabrina Ceballos.

En el lado inverso al espacio reservado a la creadora canaria, las obras de Yuran Henrique (Cabo Verde, 1993) dan la nota de color a la segunda planta del CAAM, que está dedicada a las obras de los dos artistas residentes. Encontramos restos de materiales reciclados y brochazos que reflejan el colorido de las escenas que quiere representar. Su exposición titulada ‘Calendarios’ se centra en el concepto del tiempo, el cual empuja al ser humano a viajar a un mundo que se transforma y que lo anima a seguir viviendo a través de la adaptación al medio cambiante. Intenta expresar los deseos inconscientes de nuestra naturaleza, las intuiciones primitivas o las experiencias de lo cotidiano. Sus composiciones encuentran la armonía dentro del caos, un aspecto que Henrique ha querido ligar a los estados del espíritu que evolucionan en la búsqueda de lo más profundo.

El artista caboverdiano centra parte de su obra creada en Cabo Verde en la descripción de escenas de su vida y experiencias de la realidad en ciudades y barrios de su país con lo que pretende romper los estereotipos ligados a África y al archipiélago caboverdiano y cuestionar la identidad y la estética de este universo.

La fotografía como espejo: El caso de Burgos y Camerún

La fundación African Photography Initiatives estrena en España una novedosa muestra fotográfica que trata de acercar dos puntos tan distantes que, a priori, nada pueden tener en común. En ‘Lugares Comunes – Burgos / Buea. Sobre la normalización de las convenciones fotográficas, la fotografía tiene la capacidad de unir a Burgos, en España, y a la ciudad de Buea, en el oeste de Camerún. Una exhibición en la que las imágenes de aquí y allí inundan la sala mezclándose y alterando la percepción del espectador, ante quien poco a poco se van descubriendo similitudes. Una exposición, presente en la Sala de Exposiciones del Teatro Principal de Burgos hasta el 18 de marzo, que nos lleva por un doble viaje que dura desde la década de 1950 hasta la década de 1980 y en el que nos podemos acercar a lo más cotidiano de estas dos ciudades.

Sus protagonistas: todas las personas que fueron retratadas. Jürg Schneider, cofundador de African Photography Initiatives, lo tiene muy claro: “La fotografía se presenta como un lugar común donde se encuentran los individuos. Las personas se representan a través de las imágenes, crean recuerdos y los comparten, manteniendo una unión con las futuras generaciones. Y esto ocurre en cualquier lugar del mundo, tanto en Burgos como en Buea”. Una de las principales tareas de la fundación es la de acercar la fotografía al público y a diferentes colectivos para hacerla lo más accesible posible. “Estos dos lugares están unidos en el tiempo y por el hilo de la fotografía, que aunque ya se conocía, cada vez sea hace más accesible”, comenta Rosario Mazuela, comisaria de la exposición y cofundadora de la fundación.

Precisamente, para facilitar su acceso, llevan desde 2008 digitalizando y protegiendo diferentes archivos fotográficos. En este caso, todo el material ha salido de dos archivos: el Archivo Municipal de Burgos, de una colección específica en la que las familias burgalesas donan fotos suyas y el archivo las protege; y el otro es el Archivo Fotográfico de Prensa de Camerún, en el que la fundación ha trabajado durante tres años, digitalizando un total de 40.000 imágenes, 28.000 negativos y 14.000 planchas de contactos.

El objetivo de la exposición no es otro que replantear cómo percibimos y vemos África. En general los mass media la han representado como el continente de las catástrofes, de las injusticias, de las dictaduras… una realidad que existe, pero esta exposición busca rescatar el Camerún de la vida cotidiana. Estas imágenes muestran a gente normal en una vida normal, exactamente igual que en España. También se busca poner en valor el material histórico, preservar los materiales como un regalo para las generaciones futuras.

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No obstante esta no es la primera muestra organizada por African Photography Initiatives, sino que ha tenido ya sus antecesoras en otras ciudades como Basilea, Zurich, Yaundé, Duala, Buea o Limbé. Sin embargo “cada exposición es diferente, dependiendo del espacio, el contexto y la oportunidad que se presentaba creímos conveniente actualizar el formato”, aclara Rosario. “En Yaundé hicimos una exposición específica de la década de 1960 y en Buea, por ejemplo, realizamos un proyecto en el que los artistas exponían en la ciudad intervenciones artísticas a través de la fotografía”. Al preguntarles por la reacción de los espectadores, Rosario y Jürg no tienen dudas: “Las reacciones son iguales aquí y allí, a todos nos gusta reconocernos en la fotografía”, afirman.

El resultado ha sido una exposición que demuestra, una vez más, que las diferencias están en nuestras miradas. “Te hace pensar sobre esas barreras mentales que nos separan pero que en realidad no existen”, dice María Franco, una joven abogada de Burgos y añade: “Estas imágenes pueden acercar a todas las generaciones para comprobar los enormes paralelismos entre estas dos sociedades”. La exposición no sería así un fin, sino un medio por el cual las imágenes impactan en el imaginario del espectador, rompiendo esquemas y haciendo reflexionar.

ARTE AFRICANO CULTURA AFRICA

Vista previa y femenina de la primera edición de la 1:54 Marrakech

Han hecho falta cinco años, pero la Feria de Arte Africano Contemporáneo 1:54 pisa por primera vez el continente este fin de semana. Tras cinco ediciones en Londres y tres en Nueva York, esta plataforma de las artes visuales de África y su diáspora se celebra en Marrakech y cumple así el propósito manifestado desde sus inicios por la fundadora de esta feria Touria El Glaoui, de contar con una edición en suelo africano de esta gran muestra de su riqueza artística. Ante la materialización de este anhelo, Wiriko se adentra en lo que será el primer 1:54 Marrakech de la mano de tres de sus participantes: Joana Choumali, Yesmine Ben Khelil y Ghizlane Sahli.

ARTE AFRICANO CULTURA AFRICA

La primera es una reconocida fotógrafa, la segunda centra su trabajo en la escultura y las instalaciones, y la expresión artística de la tercera se desarrolla entre la pintura y el collage. Costa de Marfil, Marruecos y Túnez. África occidental y Norte de África. País de mayoría cristiana, el primero; y de mayoría islámica los siguientes. Las tres artistas son mujeres y todas ellas viven y trabajan en sus países de origen. Tres nombres que configuran una pequeña muestra de los cincuenta y dos artistas que se dan cita del 23 al 25 de febrero en la Feria 1:54 de la denominada Ciudad Roja, pero que bien representan la enorme diversidad de perspectivas que alberga la etiqueta africana que acompaña a las creaciones artísticas procedentes del continente.

¿Qué crees que supone que la 1:54 vaya a celebrarse en Marrakech?

Joana Choumali: La Feria 1:54 celebra y promueve el arte contemporáneo africano en el mundo entero. El hecho que esto ocurra en Marrakech, en el continente africano, es algo fuertemente simbólico. Significa traer el mundo contemporáneo del arte “a la fuente”. Esto me regocija. Por otro lado, las artes visuales juegan un papel principal en la sociedad, pueden hacer preguntas y revelar cuestiones sociales, también pueden crear diálogos entre comunidades. Las artes visuales tienen el poder de cambiar mentalidades.

Ghizlane Sahli: Ser parte de la Feria de Arte Africano Contemporáneo es una verdadera confrontación para mí. No me gusta sentirme limitada a un grupo de gente que considera solamente una parte de lo que ellos son. Yo me veo como un ser humano y una ciudadana del mundo. Aun así, nací en Marruecos pero soy mitad española y tengo una gran conexión espiritual con Asia. Sin embargo, nunca me he sentido africana. La feria 1:54 me ha hecho pensar profundamente en mi parte africana, lo que es realmente interesante porque he comprendido que pertenezco a este continente y estoy muy emocionada, esto es algo nuevo para mí.

Yesmine Ben Khelil: Pienso que la descentralización que esta edición va a suponer es algo importante y repercutirá en la idea de una creación contemporánea africana más anclada en la realidad del continente.

¿Qué relación hay entre tu país y tus obras?

J.C.: Mi obra está estrechamente unida a mi país porque es donde he estado casi toda mi vida. Yo estoy muy conectada a Abiyán, mi ciudad. Mi país está presente en casi todas mis piezas.

G.S.: Tengo la gran suerte de haber nacido en un país con una tradición artística magnífica. Por lo general los artesanos son grandes especialistas, aunque es difícil lograr que trabajen en algo un poco diferente a lo que están acostumbrados. He desarrollado una relación muy buena con algunos de ellos y me gusta que trabajemos juntos porque somos muy complementarios. Trato de usar su experiencia milenaria para dar forma a mis ideas, que son muy contemporáneas.

Y.B.K.: De manera general, el contexto en el cual trabajo es muy importante. En cierto modo, mezclo mi entorno inmediato con la ficción, con acontecimientos o imágenes que pueden parecer lejanos pero en los que yo encuentro una resonancia con mi día a día. Sacar de la historia contemporánea o antigua de mi país también me permite evocar sujetos más universales. Así la omnipresencia de Túnez va y viene constantemente en mi trabajo, que se mueve entre el próximo y lo lejano.

¿Qué te lleva a crear una pieza artística?

J.C.: Encuentro la inspiración en todas partes. En las noticias, en las redes sociales, en los viajes, en mi propia vida… En realidad, la inspiración se encuentra en todas partes, sin advertencia. Soy una observadora fascinada por la morfología de las sociedades, especialmente de la mía. Observo las interacciones entre comunidades, culturas, continentes… Mi primera motivación es estudiarlas y conocerlas. En el caso de ‘Haabre, la última generación’ fotografío a personas con escarificaciones, una práctica que simplemente no puede ser juzgada sin conocer su contexto cultural. Cualquier cultura tiene su propia riqueza y los africanos no deberían pedir perdón por no entrar en lo que el mundo espera que ellos sean. Para cambiar la narrativa sobre el continente, los africanos están contando sus propias historias.

G.S.: Ahora mismo estoy fascinada con la universalidad de la basura. Trabajar con este material me hace tener en mente la idea de una mano grande que toma el cuerpo humano y lo sacude para limpiarlo de toda “la contaminación” recibida por la religión, la educación, la cultura, el género… hasta que sólo queda la parte interior y salvaje que contiene el cuerpo. Así es como yo concibo mi trabajo. Transformar un material como es la basura que, se supone, es la peor parte de humanidad, y darle una segunda vida como pieza artística, llena de emociones, es un verdadero desafío para mí. Mientras trabajo con la basura siempre pienso en su vida anterior y su energía. Mi trabajo es muy orgánico, crece con las células. Ocurre así tanto cuando trabajo con basura como cuando utilizo seda.

Y.B.K: Principalmente me inspiro en Internet y, si no, en el cine de género, o también en objetos o materiales encontrados por casualidad que me invitan a crear. Lo que me interesa es jugar con cierta ambigüedad en la imagen. A menudo hay un doble discurso en mis trabajos y parto del principio que el espectador no va a fijarse en ello en su primera impresión sino en el sentido más evidente, pero siempre espero que al final vaya más lejos para comprender todas las dimensiones de la obra. Trato de materializar la superposición de los tiempos y de las imágenes a través de las cuales percibimos un objeto. De hecho el “montaje temporal” que realizo es un modo de interrogar la representación. ¿Es posible mostrar la realidad? ¿Cómo dar forma a esta impresión de que nada es fijo y de que los tiempos anteriores continúan frecuentemente en nuestro presente?

¿Encuentras alguna dificultad para que tu trabajo sea reconocido por ser mujer?

J.C.: Sí, eso pienso. Sin duda hay una escasa representación de mujeres artistas en el mundo de arte. Seguiremos haciendo declaraciones mediante la producción de nuestro arte y abogando por la igualdad sexual.

Y.B.K.: Jamás he sentido ninguna dificultad por ello, en cambio sé que muy a menudo, en menor o mayor medida, se espera de una artista mujer nacida en un país musulmán que siempre trate las mismas problemáticas en torno a la identidad femenina en el seno de las sociedades musulmanas. Aspectos tales como el velo, la virginidad o la vida doméstica, por ejemplo. No nos debemos plegar a esta imagen preconcebida sino proponer una visión más compleja de la realidad.

¿Qué arte no desarrolla William Kentridge?

El dibujo, el cine, la ópera, el teatro, la escenografía, la instalación, el videoarte, el collage, el dibujo, el grabado o la escultura. William Kentridge, es uno de esos artistas multidisciplinares con todas las letras y en mayúsculas. Llega a Madrid de la mano del Museo Nacional Centro Reina Sofía, que aloja hasta el 19 de marzo ‘Basta y sobra’, la primera exposición mundial que ofrece una retrospectiva centrada en su vertiente escénica. Sin embargo, ello no impide que podamos disfrutar de sus dibujos o esculturas, puesto que a través del teatro y la ópera también conocemos su producción plástica.

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Esta podría ser entendida como su otra faceta creativa, mas el artista no concibe su creación a través de disciplinas independientes, sino en un sentido más global, entendiendo todo ello como gestos del cuerpo. Se trata de una completísima muestra comisariada por Manuel Borja-Villel y Soledad Liaño, que se articula a través de las seis piezas seleccionadas. A lo largo de la misma se compagina la exhibición de fascinantes escenografías creadas por Kentridge con proyecciones de obras de teatro y óperas, además de fragmentos fílmicos de importancia en su producción escénica.

William Kentridge (Johannesburgo, 1955) se licenció por la Universidad de Witwatersrand de Johannesburgo en Políticas y Estudios Africanos. A continuación se trasladó sucesivamente a París y Sudáfrica, dedicándose al teatro, mimo, cine y arte gráfico. A raíz de su trabajo plástico alcanza en la década de 1990 renombre internacional, si bien trabaja simultáneamente distintos soportes creativos. En su obra utiliza medios y referentes anacrónicos, alejándose drásticamente del factor de innovación en dispositivos tecnológicos que caracteriza gran parte del arte contemporáneo.

Una parte importante de sus montajes escénicos remiten a clásicos de la literatura europea como las importantísimas obras teatrales Woyzeck en el Alto Veld (1992) o ¡Fausto en África! (1995), donde utiliza la descontextualización trasladando la acción al continente africano. Para Kentridge figuras como Alfred Jarry, Karl Georg Buchner o Max Beckmann son referentes fundamentales. A modo de catalizadores le ayudan a abordar cuestiones como el apartheid, que en una obra resultaría complejo de tratar de forma inmediata. Como observó Rosalind Krauss (2000): “No puedes enfrentarte directamente a la roca; la roca siempre gana”.

Las obras de William Kentridge tienen un carácter procesual que pone el acento en el transcurso creativo en lugar de en el resultado. No en vano, él mismo protagoniza conferencias-performances como ‘Yo no soy yo, el caballo no es mío’ (2008), donde se establece un diálogo entre el cuento de ‘La nariz’ (1836), de Nikolái Gógol; ‘Tristram Shandy’ (1761), de Stern; y ‘El Quijote’ (1615), de Cervantes. En la obra distinguimos elementos característicos de su producción escénica, tales como la presencia de lo absurdo o el protagonismo de un único personaje, que como ocurre en otras ocasiones, es encarnado por él mismo y con el cual interactúan uno o varios dobles de su persona que se suman durante la obra.

Sus piezas están construidas mediante la acumulación, yuxtaponiendo significados, generando pequeñas historias que se relacionan entre sí de forma incierta o contradictoria o ambigua. He ahí donde recae el aspecto político de su obra, desarticulando un discurso lineal dominante. En este caso establece una crítica a las jerarquías sociales y la tiranía mediante el protagonista del cuento, el asesor colegiado Kovaliov, cuya nariz se atreve a desprenderse de su rostro sin previo aviso para convertirse en nada menos que consejero de Estado. La famosa conferencia-performance no puede entenderse de forma aislada sino en relación con obras como la escultura ‘La nariz’ (2009), puesto que forma parte de una amplia producción cuyo punto de partida es el cuento satírico de Gógol, discurriendo en paralelo las disciplinas artísticas que trabaja el recientemente nombrado Premio Princesa de Asturias de las Artes.

En cuanto a sus piezas operísticas cabría citar ‘El retorno de Ulises’ (1996-1998), correspondiente a sus proyectos posteriores. Cabe destacar la valiente selección de este género, considerado una “obra total” de la razón altamente rechazada por las vanguardias históricas. En este caso, partiendo de la famosa ópera de Claudio Monteverdi, recrea un bellísimo teatro anatómico barroco como escenario para las siete increíbles marionetas a las que una vez más la Handspring Puppet Company da vida, acompañados de músicos, cantantes y proyecciones. Nuevamente el protagonista se traslada a África, donde ha emprendido un largo viaje individual hacia la recuperación de su salud. La llegada a la particular Ítaca de este superviviente será mucho más compleja e introspectiva, alejándose de los fastos del poema de Homero. Del mismo modo, la acción perderá presencia en favor de la emoción creada a través de la voz. En definitiva, una enorme exposición donde merece la pena acudir con tiempo y la mente abierta para conocer un artista absolutamente genuino, con una increíble producción que no puede dejar indiferente.

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Afrotopía: ahora son las cámaras las que disparan en Malí

“África no tiene que alcanzar a nadie. Ya no debe correr por los senderos que se le indican, sino caminar con paso firme por el camino que ha elegido”. Con estas palabras extraídas de la contraportada de su ensayo ‘Afrotopía (Philippe Rey, 2016) el economista senegalés Felwine Sarr da la vuelta a los rancios conceptos que hasta ahora definían el desarrollo, planteando un nuevo encuadre y el necesario abandono de la competencia, que califica de “infantil” en aquellas naciones que “buscan ver quién ha acumulado la mayor riqueza, esta carrera frenética e irresponsable que pone en peligro las condiciones sociales y naturales de la vida.

Fotografía de F.K.Massassy presentada en la 11ª edición de Rencontres de Bamako

Este mensaje resulta especialmente inspirador en Malí, donde parece difícil curar la herida infectada que se abrió en 2012 con la rebelión tuareg y la ocupación yihadista del norte del país que ni la posterior intervención francesa, ni la Minusma, ni los acuerdos de Argel han conseguido cerrar. Esta situación de violencia incrustada unida a la corrupción, el paro y la falta de servicios sociales básicos, como la educación y la sanidad, hace que a una nueva generación de jóvenes malienses les brillen los ojos con este nuevo concepto.

Uno de ellos es el polifacético Fototala King Massassy, fotógrafo, actor de teatro y televisión y uno de los hermanos mayores del hip-hop de Malí, quien opina que  la “Afrotopía es el motor de África. Aunque los medios de comunicación internacionales no inviertan ni el esfuerzo ni el tiempo necesarios para mostrárselo al mundo entero. Aquí en África este motor “informal” se dirige hacia el progreso a la velocidad de la luz, mientras que las administraciones públicas esperan que sus guías intelectuales les den órdenes o un dinero que no va a caer del cielo”.

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Este hiperactivo artivista se interesó por la fotografía en 2007 y, tal es su pasión por este arte, que en pocos años se ha convertido en su actividad profesional principal. Es además uno de los pocos fotógrafos malienses seleccionados para participar en la bienal de fotografía africana Rencontres de Bamako, que ha elegido este nuevo término, Afrotopía, para titular su 11ª edición que se celebra en esta misma ciudad hasta el 31 de Enero de 2018.

 

Artículo originalmente publicado en la sección Planeta Futuro de EL PAÍS, gracias a una colaboración entre ambos medios. Para seguir leyendo, pincha aquí.

12 meses, 12 exposiciones africanas alrededor del mundo

Puede que aún nos sorprenda encontrar exposiciones africanas en lugares como Israel (un claro síntoma de hasta dónde llega el interés por las obras artísticas procedentes de África), pero lo cierto es que no debería llamarnos la atención en absoluto. Tanto es así que el museo de arte de Tel Aviv expuso obras de la suazi Nandipha Mntambo, el congolés Chèri Samba o el sudafricano Ariel Reichman durante más de cinco meses a través de ‘Mirando a África: Arte contemporáneo y afrofuturismo’. Y no es un caso aislado, las artes visuales africanas están saliendo del exilio y 2017 ha sido un año de avances en su desarrollo.

Así, si bien los museos occidentales soportan aún una deuda tanto con el arte africano expropiado durante la colonización como con las máscaras y esculturas africanas a las que el arte contemporáneo occidental de las vanguardias debe su inspiración, las creaciones artísticas africanas están experimentando actualmente un proceso de empoderamiento que les permite mostrar otras representaciones de África fuera y dentro del continente. Son muchos los países africanos que cada vez dedican más espacios a mostrar la producción artística a través de galerías, festivales, desfiles e incluso espacios más solemnes, como los museos. Es el caso del Zeitz Mocaa, situado en Ciudad del Cabo, desde donde ostenta el título de museo de arte africano contemporáneo más grande del mundo. Para muestra de este fructífero año de manifestaciones artísticas africanas alrededor del mundo las siguientes líneas, en las que hacemos un repaso de doce exposiciones presentes en cada uno de los meses de 2017.

ENERO

Abrimos el año de exposiciones africanas en nuestro país con ‘El iris de Lucy’, una muestra de artes visuales que toma como referencia a Lucy (el homínido femenino durante mucho tiempo considerado como el más antiguo de la Humanidad) para retomar la mirada de las mujeres en la evolución de múltiples temas como la identidad, el cuerpo, las fronteras, las migraciones o cuestiones coloniales y postcoloniales mediante la obra de veinticinco artistas africanas entre las que se incluyen la etíope Aida Muluneh, con la que tuvimos ocasión de hablar en Wiriko, así como la congoleña Michèle Magema, la gabonesa Myriam Mihindou, la marroquí Safaa Erruas o la sudafricana Tracey Rose. Producida por el Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM) y Casa África, esta exhibición se pudo disfrutar en Las Palmas de Gran Canaria de enero a junio de 2017.

Fotografía exhibida en ‘Iris de Lucy’, de Tracey Rose.

FEBRERO

El papel del urbanismo para la creación de una nueva identidad nacional durante la era de las independencias africanas se refleja en la exhibición ‘Arquitectura de la Independencia – Modernismo Africano’, del Centro de Arquitectura de Nueva York. Más de 700 fotografías de Costa de Marfil, Kenia, Senegal o Zambia documentadas por el alemán Iwan Baan y la sudafricana Alexia Webster. Fruto del trabajo de Manuel Herz en su libro ‘Modernismo africano: Arquitectura de la Independencia’, esta muestra mantuvo sus puertas abiertas de febrero a mayo de 2017.

Escuela de Ingeniería de la Universidad de Ciencia y Tecnología Kwame Nkrumah (KNUST) de Ghana, diseñada por James Cubitt, en 1956. Fotografía de Alexia Webster.

MARZO

Dos meses dedicó París a ‘Capitales africanas’, una serie de manifestaciones visuales de artistas del continente que buscaba representar una visión cosmopolita de las sociedades de África. Casas colgantes del camerunés Pascale Marthine Tayou, provocativos grabados en telas del sudanés Hassan Musa o las nubes de ‘Un sueño’ del egipcio Nabil Boutros fueron presentadas en el parque cultural parisino de La Villette.

Pascale Marthine-Tayou, Casas colgantes © Benjamin Lefebvre

‘No hay tigres en África’, de H.Musa (2010)

ABRIL

Enséñame tu archivo y te contaré quién está en el poder’ es una recopilación de los archivos públicos que constatan la historia de la lucha de la mujer en Bélgica desde una perspectiva afrodescendiente. Esta muestra, presentada de abril a junio de este año en la galería belga Kiosk, incluye también el trabajo realizado a partir de esta documentación por la keniana Ato Malinda y las artistas africanas en la diáspora Kapwani Kiwanga y Amandine Gay.

Instalación con espejo de Ato Malinda. Fotografía de Tom Callemin.

MAYO

Llegamos a África. El cuarto mes del año de este calendario de exposiciones africanas está dedicado a la obra expuesta en el Instituto Goethe de la República Democrática del Congo, que acogió las visiones de siete artistas emergentes del país en ‘Kinshasa 2050’, una representación mediante instalaciones vídeo, performance y pintura de lo que será esta ciudad y sus habitantes dentro de treinta y tres años.

Instalación perteneciente a ‘Kinshasa 2050’.

JUNIO

La Galería Cécile Fakhoury de Abiyán es un templo de maravillas pictóricas que acogió la obra del senegalés Kassou Seydou, quien se estrenó en Costa de Marfil con ‘Reyes de las nuevas ciudades’, su primera exposición individual en el país. Un total de trece pinturas que invitan a adentrarse en un mundo híbrido de alteraciones y críticas sociales que se mezcla con elementos tradicionales y una fuerte creencia en la humanidad, protagonista absoluta de esta colección. Una oda al color y a la expresión que estuvo presente en la capital marfileña hasta finales de septiembre de 2017.

Pieza de Kassou Seydou, en la Galería Cécile Fakhoury.

JULIO

Sólo duró dos días, pero a ‘Urbanismo africano, cultura africana, futuro africano’ tampoco le hizo falta más tiempo para desplegar todo el potencial de la cultura urbana congoleña y senegalesa a través de dos ejemplos del mundo de la moda: Los sapeurs y el estilismo del hip hop. Comisariada por Alex Moussa Sawadogo, director artístico del festival de cine contemporáneo africano Afrikamera, la séptima de las exposiciones africanas seleccionadas de este 2017 se exhibió en la Galería Ifa de Berlín.

‘Los sapeurs de Bacongo’, Baudouin Mouanda (2008).

‘La pose’ de Siaka Soppo Traoré (2014).

AGOSTO

En el mes estival por excelencia nos vamos a Japón para ver a los cameruneses Romuald Dikoume, Blaise Djilo, Max Mbakop, Steve Mvondo y Yvon Ngassam quienes, comisariados por Yaounde Photo Network, han mostrado sus trabajos fotográficos en la sala OGU MAG de Tokio. Esta exposición titulada [email protected] Africa’ retrata a Camerún desde ópticas tan dispares como el precolonialismo, las tradiciones, el patinaje, la representación de la mujer o lo rural y, aunque sólo abrió sus puertas durante tres días, sirvió como preludio al festival organizado por dicha galería que acoge desde el 2010 en el barrio de Arakawa un festival anual dedicado al arte africano.

‘Corona de belleza’, Steve Mvondo (2016).

Fotografía de Romuald Dikoume.

SEPTIEMBRE

En paralelo a la Feria de Arte de Johannesburgo, cuyo décimo aniversario cubrimos este año en Wiriko, se celebra la Semana Anual de Arte de la ciudad que acogen los barrios de Alexandra, Soweto y el centro de Joburg. Una muestra itinerante de escultura, pintura, fotografía, instalaciones multimedia y arte urbano de la mano de artistas como Robin Rhode. Organizada conjuntamente por galerías, colectivos locales y la FNB Joburg Art Fair., la Semana Anual de Arte de Joburg saca a la calle las artes visuales y permite una conexión más cercana entre artista y espectador.

Instalación de Robin-Rhode (2016) exhibida en la Semana Anual de Arte de Joburg.

OCTUBRE

1:54, la Feria de Arte Africano Contemporáneo de Londres se supera cada año y esta quinta edición no fue una excepción. Dieciocho salas de exposiciones africanas para promocionar la diversidad del continente a través una selección de artistas de treinta y dos países, como Ayan Farah, Buhlebezwe Siwani, Samuel Fosso, Hassan Hajjaj o Fabrice Monteiro, a quien pudimos entrevistar en Wiriko en el marco de esta macro cita londinense con el arte africano contemporáneo.

Hassan Hajjaj. © Joe Casely-Hayford 2017.

NOVIEMBRE

Hace menos de una semana que la capital nigeriana se despidió (con un hasta pronto) del LagosPhoto Festival, que ya ha cumplido su octavo año como primer y único evento internacional de fotografía en Nigeria. Bajo el título ‘Regímenes de la verdad’, esta edición ha explorado la búsqueda y la presentación de la verdad en la sociedad contemporánea mediante la técnica fotográfica de artistas como la marfileña Joana Choumali, los kenianos Sara Waiswa y Osborne Macharia o el senegalés Alun Be que complementan un cartel de fotografías, que si bien abordan el tratamiento de la veracidad, resultan absolutamente hechizantes.

Fotografía de Osborne Macharia expuesta en LagosPhoto 2017.

DICIEMBRE

Cerramos el año de exposiciones africanas con la vuelta de la Bienal Africana de Fotografía ‘Rencontres de Bamako’ es un claro síntoma de la buena salud del desarrollo de la producción artística africana este 2017. Tras dos años de ausencia, la esperada edición número once arranca con el título ‘Afrotopía’, tomado del ensayo del economista senegalés Felwine Sarr en el que defiende la idea de que no se puede imponer a las sociedades africanas el concepto de desarrollo y contemporaneidad occidental porque de hecho la modernidad, la suya propia, ya está presente en el continente. La materialización de esta idea bajo las miradas de fotógrafos como Rahima Gambo, Fototala King Massassy o Athi-Pathra Ruga estará abierta al público hasta el 31 de enero de 2018, aunque no habrá que esperar tanto para tener noticias desde Afrotopía a través de Wiriko.

‘Miss Azania. El exilio está esperando’ (2015) Athi-Patra Ruga.

Njideka Akunyili te invita a conocer ‘La habitación de enfrente’, su nueva colección

Algo tienen las obras de Njideka Akunyili Crosby (Nigeria, 1983) que invitan al voyerismo. Sus retratos de escenas cotidianas revelan acciones sociales y domésticas que se muestran siempre cobijadas por cuatro paredes, lo que hace que el espectador sienta que está observando algo íntimo y extraño a la vez. Su última colección, ‘La habitación de enfrente’ no es una excepción. En este trabajo, expuesto en el Museo de Arte de Baltimore hasta marzo del próximo año, Akunyili Crosby continúa siendo fiel a su estilo al reproducir seis piezas a gran escala con técnica mixta de pintura, telas y transferencias fotográficas. La mayor novedad en esta ocasión recae en una composición de espejos que se observa en tres de las obras, que a primera vista son calcadas entre sí y sólo con una mirada detenida al díptico se aprecia lo realmente divergentes que son.

En realidad es como si por primera vez hubiera llevado al cuadro lo que siempre le hace al público, que fácilmente puede verse reflejado a priori en las escenas que muestra, tan interiores, tan aparentemente comunes, tan acogedoras pese a ser a gran escala que invitan a acercarse y dar rienda suelta al hilo que parece que no encaja. Es entonces cuando caes en su red. O lo que ella prefiere denominar el ‘Tercer espacio’, un término acuñado por teóricos postcoloniales para describir un escenario social en el que dos culturas se unen para crear algo nuevo.

Tejido a través de retales de su propia historia, esta artista nigeriana sintetiza (y sincretiza) en su propio relato narrativas visuales en las que muchos pueden reconocerse. Son aquellos que son los otros allí y aquí, las identidades híbridas formadas a partir de la comunión entre la cultura en la que se nace y aquella en la que se crece. “De donde quiera que mires el trabajo puedes reconocer algo. Pero no reconocerás todo porque hay una mezcla de tiempos, lugares, culturas, continentes y clases”, explica Akunyili Crosby a la revista Bomb para luego especificar que “hay muebles de IKEA de mi sala de estar de Baltimore junto a un sofá de nuestra casa en un pueblo de Nigeria. Al leer la pintura, quiero que te preguntes ¿qué está pasado?, ¿por qué la mujer con ese peinado provincial está en una situación cosmopolita? Son contradicciones que también existen en mi propia vida. He vivido en todos esos lugares diferentes. Soy una mezcla de ellos”.

Aunque es su forma de vida, esta artista comenzó su idilio con el arte como un simple coqueteo. Creció como la cuarta de seis hermanos de una familia Igbo de la ciudad de Enugu y con diez años tuvo lo que ella califica a The Guardian como su primera experiencia cosmopolita al trasladarse a Lagos para estudiar en el Queens College, una de las más prestigiosas escuelas para niñas de Nigeria. Con dieciséis años, su hermana y ella obtuvieron el visado para poder estudiar en Estados Unidos, donde comenzó su formación artística, que en sus inicios, tal y como reconoce, era sólo una vía de escape para aligerar la carga académica. Una relación que se fue fraguando para consolidarse al terminar la universidad, cuando sintió el arte como una urgencia.

“Si la gente no lo sabe, si la gente no lo ve y no le importa, ¿cómo existe? Sentí la necesidad de reclamar mi propia existencia social haciendo que la representación ocurriera. Empecé a recopilar imágenes como una forma de mantenerme conectada con la Nigeria que yo conocía, que no era la misma que se percibía en Estados Unidos”, relata Akunyili Crosby a The White Review. Y añade: “Tenía el deseo de compartir la Nigeria que conocía de una manera real o sincera. Ésta fue mi vida, ésta sigue siendo mi vida. En Nigeria también hay gente que viven sus vidas pese a todos los problemas. Quería dar a la gente una visión de este otro espacio con el que no estaban familiarizados”.

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Para ello la nigeriana se toma su tiempo. Suele pasar tres meses entre obra y obra, embalsamando meticulosamente con capas de retales fotografías que previamente ella misma ha sacado. En el caso de su último trabajo ‘La habitación de enfrente’, incorpora telas de ceremonias tradicionales de su país con imágenes de la campaña política al Senado de su madre, Dora Akunyili, quien ya fuera Ministra de Información y Comunicación en Nigeria de 2008 a 2010. En cualquier caso, si algo trasciende en esta nueva exposición de Njideka Akunyili Crosby es el elemento espejo sobre el que gira su obra. Además de la composición de tres piezas que hace basándose en este objeto, las obras restantes tratan sobre lo que ella llama ‘racismo casual’, refiriéndose a la forma en que se consumen imágenes asignadas a los negros y los blancos diferencialmente a través de objetos cargados de estereotipos raciales. Como declara a la revista W: “A veces las mejores críticas se hacen poniendo un espejo para que la gente vea su reflejo”.

Zanele Muholi: la celebración de la melanina

Zanele Muholi lleva todo el verano mirando a la gente. Con unos ojos directos, fríos e impenetrables. Con un rostro firme y distante en el que no se atisba ni una sonrisa. Seria, Muholi está cansada de que otros hablen por ella y ha ideado un proyecto fotográfico para liderar la conversación sobre la representación del cuerpo negro femenino.

 

“Reclamo mi negritud que está continuamente siendo interpretada por la gente privilegiada”

“Somnyama Ngonyama” es la primera exposición fotográfica de Zanele Muholi en Londres. La muestra, acogida en la galería Autograph ABP hasta finales de octubre, es una serie de más de 60 autorretratos tomados entre 2014 y 2016 a través de los cuales la artista visual y activista sudafricana ajusta las cuentas con la rutina racista y homófoba a la que se enfrenta. “Reclamo mi negritud que está continuamente siendo interpretada por la gente privilegiada”, explica Muholi en el programa de la exhibición.

Con esta exposición curada por Renée Mussai, la sudafricana se acepta tal y como es; lesbiana, negra y africana. Es un trabajo para la reafirmación de su identidad y un alegato a la tolerancia sin reparar en la raza, género o sexualidad. Muholi presenta unas imágenes poderosas a la vez que bellas y propone una conversación que deja al visitante intimidado. Es una colección íntima, aunque esta memoria personal no se desprende del panorama político y socioeconómico sudafricano.

En las fotografías Muholi posa sola, triste, seductora, desafiante y majestuosa. La artista habla pero está callada. Muestra la servidumbre doméstica gracias a unos guantes de látex que le oprimen y se pregunta cuál es su castigo atada con cinturones. Indaga en el cambio climático cubierta de plásticos, hace un pacto por dinero y denuncia la caza furtiva de rinocerontes. Y todo con la mirada y a través de su objetivo.

Muholi se ayuda de distintos objetos y escenarios en su mayoría blancos para otorgar contraste en un discurso visual donde cada accesorio ayuda a la representación de distintos temas y sucesos actuales. En muchas de las imágenes la piel de la artista nacida en Umlazi, Durban, parece acrílica, y su cabello es toda una muestra de intenciones. La luz se posa duramente en la punta de su nariz, en el labio inferior y en sus pómulos. Es una expresión de su cuerpo equilibrada con un mensaje por los derechos humanos y la justicia social. Así se ejemplifica en Thulani II, una de las fotografías que rememoran la masacre de Marikana en 2002, donde la policía sudafricana mató a 34 mineros en huelga.

Zanele Muholi. Cortesía de Stevenson, Cape Town/Johannesburg y Yancey Richardson, New York.

Para esta cita londinense, la colección “Somnyama Ngonyama” además cuenta con cuatro nuevos autorretratos comisionados por la galería Autograph ABP. Muholi muestra la brutalidad y el encarcelamiento de las mujeres sudafricanas que marcharon en contra del apartheid en la manifestación organizada por la Federación de Mujeres de Sudáfrica en Pretoria en 1956. Las fotografías fueron tomadas en la prisión de Old Fort en Johannesburgo donde muchas de las mujeres fueron encerradas. En la la cuarta toma, expresamente realizada para esta exhibición, se ahonda en la imaginería étnica gracias a un autorretrato donde Muholi viste un kimono. ¿Qué representación daría una africana con esta prenda?

Las fotografías de Muholi son la reivindicación de un espacio artístico y cultural para la mujer negra y una lucha para el cambio de las representaciones mediáticas. La artista hace que sus imágenes sean un referente para el artivismo sudafricano y su trabajo continúa defendiendo los derechos humanos y del colectivo LGTBIQ.

La fiesta del décimo cumpleaños de la Feria de Arte de Johannesburgo

Con instituciones de peso como Johannesburg Art Gallery o Wits Art Museum, Market Photo Workshop o Bailey’s African History Archive, hasta visiones más colectivas como Keleketla! Library o el reciente Centre for the Less Good Idea, Johannesburgo es una ciudad con una vibrante escena de artes visuales. Paralelamente a este panorama artístico nada comercial, la ciudad aglutina –  junto con Ciudad del Cabo –   algunas de las mejores galerías de la mitad sur del continente. La décima edición de la FNB Joburg Art Fair 2017, las reunió durante el pasado fin de semana junto a artistas, coleccionistas y amantes del arte locales y foráneos venidos de, al menos, tres continentes.

Performance “Sigue al vestido blanco” de The Ozone Fellas- MB Studio Community

El Artista Destacado de la feria en 2017, e icono de la misma, es Robin Rhode (que ya lo fue en la edición inaugural de hace una década), quien presentó una serie de impresiones basadas en la geometría, el equilibrio y la teoría de colores. El séptimo FNB Art Prize recayó en la nigeriana Peju Alatise, quien representó a su país en la 57 edición de la Bienal de Venecia.  Conocida por abordar su obra desde su experiencia como mujer de las tradiciones nigerianas en la sociedad contemporánea, la impactante obra mostrada en la feria  “O is the new + (crucifix)” está inspirada en cuatro estudiantes universitarios que fueron quemados con neumáticos en la Universidad de Port-Harcourt (Nigeria) en 2012.

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Enlazando temáticamente con Alatise, la palma de la presente edición se la otorgamos a la Galería Momo de Ciudad del Cabo por el Solo de Sethembile Msezane. Famosa por su performance “Chapungu, el día que Rhodes cayó de la serie Kwasuka Sukela” – cuyas icónicas imágenes se volvieron virales durante el movimiento Rhodes Must Fall, que mutaría posteriormente en Fees Must Fall –, Msezane incide a través de performance, fotografía y escultura en la marginalización de la mujer negra en la historia y en la mitología, y específicamente su ausencia en la monumentalización de espacios públicos. Con la poética del recuerdo como resistencia, Msezane se inspira en los álbumes fotográficos antiguos para transformar espejos y mobiliario colonial victoriano, objetos custodios de memoria ancestral representantes de un legado del ámbito privado que conectan con su propio linaje familiar.

También desde el Cabo, SMAC Gallery hizo Solo de la veterana fotógrafa namibia Margaret Courtney-Clarke, y la galería Christopher Moller mostró en gran formato a uno de los fotógrafos preferidos por los medios durante esta feria, Tsoku Maela.

Aunque no demasiado numerosas, entre las galerías llegadas de otros países africanos destacaron Addis Fine Art, Afriart Gallery de Kampala (con una enorme Sanaa Gateja) y desde Luanda ELA (con un solo de António Ole) y Move´Art (destacando la obra de Keyezua y de Mario Macilau).

Entre las galerías de la ciudad anfitriona de la feria, destacaron los espacios alternativos de Room Projects (con Mbali Nduli y Sikhumbuzo Makandula) y Kalashnikov Gallery, así como sospechosos más habituales como Goodman (destacando las esculturas “Butterfly Kid Girl IV”, de Yinka Shonibare MBE, y “Auric Suite”, de Walter Oltman), David Krut (con nuevas ediciones de Deborah Bell), y la galería con más espacio de la feria, Everard Read (con obra de Mapula Helen Sebidi a Bronwyn Lace).

Tras la partida de Ross Douglas a Paris para dirigir la feria de movilidad urbana Autonomy, la Joburg Art Fair – que presume de ser pionera y líder en el continente africano – está dirigida por Mandla Maseko, conocido por sus negocios en sector agrotecnológico. Y la presente edición se articuló en torno a cinco categorías: Arte Moderno y Contemporáneo, Solo Projects, Ediciones Limitadas y Plataformas Artísticas. Las galerías y organizaciones seleccionadas representaban a doce países de África, Europa y Estados Unidos, exhibiendo  obras de unos cuatrocientos artistas en múltiples formatos: mucha pintura, fotografía y grabado,  bastante escultura, poco videoarte y alguna performance. Las obras articulan discursos fundamentalmente en torno a temas identitarios, políticos, económicos y de género.

Poder y patronazgo se manifestaron también durante la feria en otros formatos. Desde la recepción de prensa en el stand de Cartier a golpe de champagne rodeado de joyas (a la venta, por supuesto) junto a una selección de obras de su proyecto de apoyo a artistas emergentes locales de las escuelas Artists Proof Studio y The Market Photo Workshop. Tan ilustrativo el título de su exposición – The Ordinary Becomes Precious [Lo ordinario se vuelve precioso] – como la localización en pleno centro de la feria de dicho stand de Cartier, justo entre FNB (la entidad bancaria patrocinador principal de la feria), y el de BMW, que presentaba su nuevo Serie 7 con colorido interior decorado por la artista ndebele Esther Mahlangu. Más allá, los stands institucionales del Ministerio de Pequeña Empresa (haciendo aún más patente si cabe la ya tradicional ausencia del Ministerio de Cultura), el Gobierno Provincial de Gauteng (con una muestra tan increíble como prohibitiva) o la Universidad de North-West en colaboración con uno de los principales operadores de móvil del continente africano. Sí, efectivamente, estamos de feria, y el tan reverenciado programa VIP – que ha acogido a comisarios y directores de Tate Modern, Bienal de Venecia, Centre Pompidou y CCA Lagos – y otros programas paralelos hay que financiarlos de algún modo.

Una año más, volví a casa con las manos y la cartera igual de vacías que cuando llegué, aunque este año me llevé en la memoria (y apuntado en la lista de deseos) las fotos de gran formato de Zanele Muholi, las ricas composiciones del zimbabuense Kudzanai Chiurai, o las imágenes surrealistas de las abuelas del keniano Osborne Macharia.

“La comunidad artística en Ruanda no está aún en un punto que impugne la principal corriente política”

Principio es, junto a la palabra artistas, lo que más repite Phoebe Mutetsi al hablar del papel que juega la industria artística en Ruanda. Esta joven escritora, nacida en Uganda pero de nacionalidad ruandesa, es la fundadora de The Art House, un espacio para el encuentro y la colaboración de artistas, curadores y productores instaurado en Kigali, desde donde fomentan la conexión artística a través de jornadas de música, poesía, fotografía o pintura.

Fotografía perteneciente a una pieza colaborativa comisariada por The Art House.-

Hasta hace diez años no existían siquiera instituciones destinadas al arte, ni en la capital ruandesa, ni en ningún otro confín del país. No fue hasta 2006 que un antiguo palacio real de corte neoclásico situado en Nyanza, a noventa minutos de Kigali, abrió sus puertas para recibir al que sería el primer museo de arte contemporáneo de Ruanda. Hoy es la Galería Nacional de Arte y alberga más de un centenar de obras surgidas de una serie de concursos ideados por el Gobierno ante la ausencia total de arte contemporáneo en la colección nacional. Entre los temas escogidos para que los artistas trabajaran sus obras algunos fueron ‘Paz y tolerancia’ o ‘No olvidar, recordar’. Se abría así la veda de una libertad de expresión artística que en sus inicios tuvo que ser guiada, muy en la línea de los planes de desarrollo de Ruanda, por otra parte.

La capital ruandesa es la ciudad entre colinas y en ella conviven las dos caras de una misma moneda que es el país. Una, la de los caminos de tierra, adobe y chapa para las casas, falta de acceso al agua en muchos casos e inseguridad por norma general. Y otra, la que hace alarde de ‘El modelo Ruanda’, el mantra repetido en conferencias políticas para respaldar que otra África es posible. En este lado de la capital ruandesa, el verde de los parques casi inunda sus edificaciones, las viviendas son de ladrillo y en las calles, iluminadas y asfaltadas, está prohibido fumar y las bolsas de plástico tienen la entrada renegada. Un lavado de cara que no ha estado ausente de críticas, como la realizada por Human Rights Watch en su informe El secreto detrás las limpias calles de Kigali, en el que denuncia el encarcelamiento de mendigos y prostitutas como medida de limpieza.

Nada es blanco ni negro, tampoco en Ruanda, donde este controvertido plan de desarrollo recoge también destacables mejoras en asistencia sanitaria, la piedra angular del modelo instaurado por el presidente Paul Kagame en el país, al que las encuestas posicionan como ganador en las próximas elecciones del cuatro de agosto, tras diecisiete años al frente del gobierno (veintitrés en el caso de su partido, el Frente Patriótico Ruandés, que tomó el poder en junio de 1994, zanjando cien días de genocidio). Dos décadas no exentas de acusaciones de represión y ataques contra la oposición política y los medios de comunicación. En este contexto, Phoebe Mutetsi explica a Wiriko cómo ha evolucionado la concepción del arte en el país y la labor que desempeña en la realidad ruandesa.

¿Cómo crees que el arte proporciona esperanza a los ruandeses?

Es importante tener en cuenta que ahora mismo el espíritu general en Ruanda es de esperanza; buscando un futuro del que todos seamos parte e integrantes en su construcción. Las artes por lo tanto ponen de manifiesto ese espíritu o ambiente a través de los diferentes medios de expresión y representación elegidos por los artistas o creadores. El hecho de que el artista puede articular sus verdades, sueños e ideas con su música, poesía o pintura, esto involuntariamente resalta la esperanza de la gente o del país.

¿Cómo crees que los artistas juegan un papel clave en la impugnación de la política establecida en Ruanda y cómo fomentan a través del arte el pensamiento crítico en el país?

La comunidad artística en Ruanda no está aún en un punto en el que el trabajo producido impugne la principal corriente política. Ahora bien, las conversaciones comienzan a tenerse en cuenta y las preguntas y pensamientos están siendo expresados concerniendo sobre todo a la política social, no tanto al gobierno. Es todo un principio de algo.

¿Crees que los artistas pueden representar un bálsamo contra la falta de libertad de expresión en Ruanda?

El arte en sí mismo trata sobre la representación y la expresión. Los artistas a través de su propia expresión representan aquello con lo que el ciudadano ordinario, en cualquier parte del mundo no solamente en Ruanda, no se sentiría cómodo de comunicar. Sin embargo yo no diría que ahora mismo en Ruanda estamos en un lugar donde la mayoría de la gente se sienta representada en este sentido por los artistas. Estamos sólo en el principio del viaje.

¿Crees que el gobierno ruandés teme a los artistas nacionales?

El gobierno ruandés ahora mismo está centrado en la agricultura, la tecnología, está poniendo al día el sistema de enseñanza, y otros asuntos. Lamentablemente las artes y los artistas no están sobre el radar del gobierno especialmente. Al menos no lo parece. Por lo tanto, no, yo no diría que el gobierno ruandés tiene miedo a los artistas nacionales o que tenga una razón para tenerlo.

Fotografía perteneciente a The Art House.

The Salooni: “El cabello es una muestra de identidad pero se ha politizado”

Kampire Bahana, Darlyne Komukama, Aida Mbowa y Gloria Wavamunno son cuatro amigas con distintas pasiones culturales. Estas ugandesas se propusieron hacer un trabajo conjunto que les permitiera ir al Chale Wote Street Art Festival en Accra (Ghana) y el resultado fue The Salooni. El proyecto multicultural, nacido en Kampala, unifica teatro, fotografía y moda para profundizar en la historia y el contexto sociopolítico del cabello de las mujeres negras.

Las miembros del proyecto The Salooni / Foto: Darlyne Komukama

Las peluquerías tanto en el continente como en la diáspora son un refugio para la masculinidad negra. Desde el punto de vista femenino “los salones son lugares para la comunidad, de terapia y donde cabe la confidencialidad y la confesión. Sin embargo, no importa lo que hagas con tu pelo que siempre habrá alguien que te diga que está mal”, explica Kampire Bahana a Wiriko.

The Salooni se presentó la semana pasada en la sexta edición del festival Africa Utopia de Londres. El vestíbulo del Southbank Centre acogía el mercado habitual de años anteriores y entre ellas unas bellas imágenes, de colores vivos resaltaban entre las telas, prendas y distintos accesorios del continente. Tres de las cuatro integrantes del proyecto exponían su forma de hacer de las peluquerías un lugar libre de prejuicios. “Queremos expresar nuestra identidad sin temer ser juzgadas”, apunta Bahana.

El objetivo detrás de The Salooni es reivindicar un espacio para el cabello de las mujeres negras. El pelo como una forma de expresión. El proyecto exhibe unas poderosas fotografías de Darlyne Komukama donde el estilismo corre a cargo de Gloria Wavamunno. Las imágenes muestran el significado antropológico del cabello femenino en África gracias a unas escenas bucólicas donde la negritud femenina se revela contra el canon de belleza impuesto. “El problema se resuelve creando imágenes que muestren la diversidad de peinados y estilos que no case con la visión eurocéntrica”, dice Bahana.

“Llevar el pelo de una u otra forma debería ser sólo una forma de expresión aunque la realidad es bien distinta”, continúa la DJ y escritora. “Hay gente que ha tenido y tiene experiencias traumáticas por su pelo. El cabello es una muestra de identidad pero se ha politizado”.

Por eso las jóvenes apuestan por crear su propio salón de belleza en el que la conversación gire a favor de la libertad de hacer con el pelo lo que se quiera. The Salooni busca en el contexto histórico y revisa los tiempos del colonialismo donde “las mujeres mantuvieron la tradición de pasar de generación en generación los distintos trucos como una estrategia para sobrevivir a la sociedad que no acepta tu belleza”. Las consecuencias perduran hoy en día en todo el continente donde el cabello conserva ese rasgo político. En Uganda las niñas tienen que raparse la cabeza para asistir al colegio mientras que a las jóvenes occidentales o asiáticas se les permite llevar el pelo suelo. Un ejemplo que se repite en sucursales bancarias o en las instituciones públicas en el continente. “Todavía estamos en una resaca colonial”, dice Bahana.

Las imágenes que presenta el proyecto, junto con los consejos, peinados y estilos que se ofrecen de manera gratuita en sus exhibiciones, son un punto de encuentro para avivar el debate. The Salooni quiere desprenderse de los estereotipos y celebrar la vasta colección de estilos en África sin ningún reproche. En occidente, muchas jóvenes apuestan por peinados africanos en la actualidad. Una moda que Kampire Bahana no ve como una apropiación cultural, pero apunta: “En un mundo ideal cada uno puede hacer lo que quiera con su pelo, pero tienen que darse cuenta que todavía hay mujeres en el continente que sufren por llevar ese mismo peinado. El mismo estilo tiene consecuencias diferentes”.

Chain Fairies / Foto: Darlyne Komukama

El arte africano podría salir del exilio

*Este artículo ha sido dirigido, supervisado y editado por los coordinadores de Wiriko, como parte de un periodo de prácticas de la autora en este magacín.  

Pieza número dos de la subasta. Se trata de un cuadro de 130 por 195 centímetros. Una tela pintada en acrílico. En ella, aparece una familia en su casa con vistas al exterior. Los cinco hijos esperan a que la madre termine de preparar la comida y el padre, elegantemente vestido, se sostiene en un Mercedes-Benz. Chéri Samba, artista congoleño, lo pintó en 1995 y lo tituló Una vida exitosa. Pertenecía a la colección privada Contemporary African Art de Jean Pigozzi de Suiza y lo acaban de vender por 60.000 euros en Londres. La obra número 99, creada por William Kentridge, artista sudafricano, y titulada El mundo en sus patas traseras, es una escultura que consta de un taburete de madera y un globo terráqueo de forja encima. Tras estar expuesto en París, acaba de ser adquirida por algo más de 141.000 euros. Pero quién se lleva la palma es El Anatsui, artista ghanés. Su escultura abstracta de 320 por 338 centímetros, hecha de tapones de botella de aluminio y alambre de cobre, fue titulada, en 2011, La Tierra desarrollando más raíces. Proveniente de la India, su actual propietario la acaba de comprar por 825.000 euros.

“Una vida exitosa”, Chéri Samba, 1995

Y es que según escribe Chika Okeke-Agulu en un artículo en The New York Times: “Me siento tentado a pensar en el arte africano contemporáneo como si fuera un barrio urbano sometido a gentrificación. Ahora que es visto como alta cultura, el arte y los artistas están ganando valor, los inversores están empujando para obtener una pieza de la acción, y las colecciones privadas están creciendo en África y en todo el mundo”. Cada vez más, el arte contemporáneo africano está ganando peso en el mercado internacional, por lo que las subastas dedicadas única y exclusivamente al continente se están multiplicando. La última, el mes pasado en la casa de subastas internacional Sotheby’s, en la que se vendieron 79 obras por un total de más de tres millones de euros.

Lo que en un primer momento debemos considerar como muy buenas noticias para los artistas africanos por la dimensión internacional que están logrando, no nos puede cegar a la hora ver el arte africano como arte en el exilio. Pues las consecuencias de este hecho no serán muy positivas para los propios africanos si se les priva del patrimonio artístico que cuenta su historia. Si miramos al pasado, este hecho no es, en absoluto, novedoso. Pues, salvando las distancias y la perspectiva histórica, ya en la época colonial, no solo se impuso la cultura de las metrópolis en las colonias africanas, sino que Occidente se dedicó a expoliar el patrimonio artístico y cultural del continente. Este sigue en galerías europeas y estadounidenses, con pocas posibilidades de volver a África.

Actualmente, y no sin razón alguna, el arte contemporáneo africano sigue teniendo más presencia en el mercado internacional y las exposiciones fuera del continente que dentro de sus propias fronteras. Y es que, tal y como escribía Sebastián Ruiz en la revista Mundo Negro, durante las independencias de los países africanos y las posteriores crisis en los años 70 y 80, muchos artistas de todas las disciplinas, a falta de escuelas de arte en sus países, escaparon a Europas y a Estados Unidos para estudiar. Escuelas como la Slade School of Fine Art en Londres, la Ecoles des Beaux-Arts en Paris, o la VCIK de Moscú, entre muchas otras academias, se convirtieron en el hogar de numerosos artistas de renombre internacional que tras terminar los estudios decidieron quedarse en sus países de acogida.

“El mundo en sus patas traseras”, William Kentridge.

¿Puede el exilio de este arte aumentar las desigualdades entre continentes? Es más, ¿puede esta “elitización” del arte ser sinónimo de desigualdad dentro del mismo continente? Desde luego, es importante intentar mantener el arte de los africanos en África y facilitar el acceso a toda la población. Pues la comunidad artística, a lo largo de la historia, siempre ha jugado un papel muy importante en el desarrollo de democracias fuertes.

Afortunadamente, el interés por el arte contemporáneo africano también se ha empezado a desarrollar en el continente. En 2013, en Benín, el primer ministro Lionel Zinsou inauguró el primer museo de arte contemporáneo africano en el oeste del continente junto con su Fundación Zinsou. En Angola, el coleccionista Sindika Dokolo creó su fundación Sindika Dokolo Foundation en 2005 y participó en la Trienal de Luanda en 2006, además de ejercer como comisario en el pabellón de su país en la quincuagésima segunda Bienal de Venecia.

A ellos, los siguen otros coleccionistas privados además de ferias y bienales por todo el continente, como la Dak’Art, la bienal de arte contemporáneo africano más antigua del continente que se celebra en Senegal desde 1989; así como una larga lista de galerías repartidas por Sudáfrica, como la Goodman Gallery (1966) o Stevenson (2003), Addis Fine Art en Etiopía y dedicada a dar soporte a artistas del país, y Circle Art Gallery, en Kenia, por situar algunas en el mapa.

Además, este próximo septiembre, se va a inaugurar en Ciudad del Cabo, la capital sudafricana del arte contemporáneo, el Zeitz Mocaa (Museo Zeitz de Arte Contemporáneo de África), fundado por el coleccionista alemán Jochen Zeits, en el que se va a dar visibilidad a artistas contemporáneos africanos y de la diáspora.

“La Tierra desarrollando más raíces”, El Anatsui, 2011.

Otro dato positivo para el impulso del arte contemporáneo africano dentro del continente es el crecimiento económico de muchos países, así como también el aumento de los millonarios africanos. Según el informe de Perspectivas Económicas de África 2016, que elaboran el Banco Africano de Desarrollo, el centro de Desarrollo de la OCDE y el programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, se prevé que durante el 2017 el continente crezca económicamente un 4,5%. Además, según el informe “Nueva Riqueza en el Mundo” los millonarios en el continente han crecido tres veces más que en el resto del mundo y según confirma, en la revista Mundo Negro, Giles Peppiatt, el comisario de la exposición Africa Now en la casa de subastas Bonhams: “Entre el 60 y el 70 por ciento de los compradores de arte contemporáneo de África son africanos”.

África puede que aún no maneje el martillo que golpea el atril cada vez que se vende una obra en una subasta, pero sin duda tiene mucho que decir en este mercado internacional que cada vez se aleja menos del continente y se permite explotar todas sus posibilidades sin límite alguno. África no quiere seguir escapando.

 

Referencias:

El boom del arte africano o la especulación de la materia. Sebastián Ruiz (Mundo Negro nº 616 abril-mayo 2016 pp. 56-60).

Modern African Art is being gentrified. Chika Okeke-Agulu (The New York Times).

What’s driving the growing interest in African art? Jane Morris (The Art Newspaper).

The rising development of the contemporary art market in Africa. Nina Rodrigues-Ely y Vincent Kozsilovics (Observatoire de l’art contemporain).