‘Hshouma’, los tabúes marroquíes al desnudo

En la obra de Zainab Fasiki los desnudos tienen un papel protagonista y sirven a un claro propósito: evidenciar los tabúes presentes en su país con el fin de liberar las mentes de prejucios. Para ello creó ‘Hshouma’, un proyecto en el que la representación del cuerpo libre de ropa persigue también desprenderse de todos aquellos pensamientos y actitudes que atentan contra las libertades individuales, en especial las que tienen que ver con la sexualidad, y concretamente las que atañen a las mujeres.

Zainab Fasiki.

En darija (la lengua árabe que se usa en Marruecos) ni siquiera existen las palabras adecuadas para hablar de sexo, salvo si trata de insultos, tal y como puntualiza Zainab. Según explica a Wiriko, esta censura desde el propio lenguaje está fundamentada en la ausencia de “una educación que esté basada en el respeto a las diferentes orientaciones sexuales, a las libertades individuales y que incluya una mejor educación sexual que refuerce la idea de que tener sexo no es un delito”.

Y ante la inexistencia de este escenario educativo, ella misma decidió crearlo a través de Hsouma, una plataforma digital que utiliza sus ilustraciones para “romper los tabúes sociales que hay en Marruecos y en la región de Mena (Medio Oriente y norte de África)”, comenta. En este proyecto, creado a partir de la residencia artística de Zainab en el centro Matadero Madrid este año, la ilustradora de Fez se aleja del colorido que caracteriza las viñetas que la han dado a conocer y pone negro sobre blanco para señalar los prejuicios, explicarlos, naturalizarlos y dar la oportunidad de participar proponiendo temas o planteando dudas a través de este espacio de la red.

“Cuando publiqué Hshouma se hicieron un montón de comentarios en Internet acusándome de no respetar mi cultura y tradiciones, pero creo que esto es normal. En algunas revistas han dicho que mi trabajo es pornografía porque dibujo mujeres desnudas y no han querido publicar mi obra. Esto ocurre por la educación que existe en Marruecos y también por la política. Para mí la religión es una elección, pero el sistema educativo y las leyes obligan a la gente a vivir según la norma religiosa. Esto debería cambiarse y la solución es una mejora de la educación desde la familia, el colegio y los medios”, defiende Zainab.

Hija de padres artesanos, asegura que en su cultura “ser artista no es considerado un trabajo, así que soy también una emprendedora: vendo mis dibujos, mis libros y hago workshops. Es muy difícil, se deben tener contactos y muchísimo talento o dinero para empezar. En mi caso las redes sociales me han ayudado un montón a lanzar mi carrera y a llegar a todas aquellas personas que quieren conocer mi trabajo”.

A sus 24 años, esta artista, más conocida por sus cómics que por sus ilustraciones, está llevando a cabo la titánica tarea de ir a contracorriente en la espiral de silencio en torno a las libertades de las mujeres y la sexualidad en un país que castiga con cárcel las relaciones sexuales fuera del matrimonio y la homosexualidad. Y lo está haciendo no sólo con Hshouma, también mediante el colectivo ‘Women Power’, con el que organiza talleres dirigidos a jóvenes que quieren desarrollar sus ideas a través del arte.

Eso sí, sólo se aceptan mujeres y personas homosexuales. “Fundé el colectivo Women Power, que es un grupo de mujeres con talento que quieren cambiar Marruecos. Es un evento mensual que incita a veinte mujeres a conectar entre ellas a través de la formación artística. Es sólo para mujeres y también para colectivos minoritarios porque Marruecos está dominado por el género masculino en todos los campos y las mujeres son las principales víctimas del patriarcado. El colectivo es también un espacio queer, queremos la igualdad de todos los géneros en Marruecos”, explica.

Zainab Fasiki.

Su experiencia personal ha motivado a que así sea porque, si bien Zainab ha recibido numerosas muestras de apoyo en las redes sociales, su trabajo artístico ha sido concebido con reparos en su entorno personal, al que a menudo le ha resultado embarazoso por su estilo y temática. “Yo estuve en su lugar y quiero ayudarlas de este modo”,dice.

Zainab Fasiki.

Ahora recorre su país y el mundo para presentar su trabajo artístico y sus ideas sin reparos. Por citar algunos ejemplos, ha sido parte del elenco de artistas que han presentado sus obras en el 30 aniversario del Instituto del Mundo Árabe (IMA) en París, y recientemente ha estado en España hablando de su trabajo en el Coloquio internacional en perspectivas de género y sexualidad en la creación artístico-literaria francófona contemporánea ‘GeSex’, organizado por el Grupo HYBRIDA de la Universitat de València. Además, este mes de diciembre ha expuesto las piezas de Hshouma en la galería Le Cube, en Rabat.

Para Zainab es importante poder mostrar el desnudo no sólo del cuerpo sino también de las realidades que asfixian las libertades de las personas en su país. Y no se le ocurre mejor manera de gritarlo a los cuatro vientos que a través del dibujo, el medio más universal en entornos con altas tasas de analfabetismo y elevada censura mediática y social. “El arte es una herramienta para la paz. Una imagen es un instrumento con mucha fuerza para enviar mensajes que calan en unos pocos minutos. La sociedad actual no está lista para leer largos libros sobre el cambio social, así que una imagen es siempre un recurso poderoso”.

Breve historia de la devolución del patrimonio artístico africano

Ponte en situación: estás en el interior de un museo de una capital europea y en la sala ves una red de pesca, y junto a ella una serie de máscaras, y en frente telas y pinturas y esculturas y herramientas. En unos pocos metros has consumido en masa un relato cultural como si fuera un todo y resulta que la red corresponde a un antiguo sistema matemático senegalés; las máscaras que están en la vitrina de al lado son de Nigeria (a más de 2.500 kilómetros de Senegal), y las telas, pinturas, esculturas y herramientas son de Mali, Etiopía, Níger y Mozambique. Esta falta de coherencia en la exposición que se hace del patrimonio artístico de los países africanos en los museos de Europa es real y es lógica: están desprovistos de contexto porque fueron despojados de él hace más de cien años y este está a kilómetros de distancia. Aunque podría empezar a dejar de estarlo.

Commons – Reginald Kerr Granville

La presentación, hace apenas una semana, de un informe oficial para estudiar la restitución de las piezas artísticas del patrimonio cultural africano que albergan los museos franceses ha hecho templar los cimientos de los considerados templos del saber del resto de Europa, que también siguen conservando tesoros traídos de las antiguas colonias de África. El Museo Británico, por ejemplo, contiene unas 700 piezas de arte del Reino de Benín; el Museo Humboldt Forum, en Berlín, que se inaugurará en 2019 también espera albergar estas obras; y se calcula que en total, los museos de Francia cuentan con cerca de 90.000 objetos procedentes del África subsahariana, de los cuales alrededor de 70.000 están en posesión del Museo Quai Branly, en París, tal y como recoge el informe encargado por el presidente Emmanuel Macron tras su visita a Burkina Faso hace un año, donde afirmó que la devolución del arte africano sería “una de las prioridades” de su mandato.

Este informe, elaborado por la historiadora francesa Bénédicte Savoy y el economista senegalés Felwine Sarr, recomienda que los objetos africanos que fueron retirados y enviados a Francia sin el consentimiento de sus países de origen sean devueltos de manera permanente a todos aquellos países de origen que lo soliciten, y hasta establece un calendario. Y si bien esta deuda de los museos occidentales con los países africanos no es nueva y este documento es de carácter meramente consultivo, resulta absolutamente excepcional que la restitución del patrimonio artístico del continente se plantee desde un informe encargado por una antigua metrópolis colonial y que esta devolución se disponga en términos perpetuos. Hasta ahora lo máximo que se ha cedido en este asunto es estudiar el préstamo a largo plazo, como es el caso de las instituciones que componen el Grupo de Diálogo de Benín, entre las cuales se encuentran el Museo Británico o el Humboldt Forum.

La historia de la devolución del arte africano incautado durante el periodo colonial es breve porque, si bien se remonta largo y tendido en el tiempo, se puede resumir en que la respuesta a esta petición generalmente ha sido un no. El motivo recurrente al que se ha aludido para esta negación son las condiciones de conservación y seguridad que mantendrían en sus países de origen las obras africanas, sin embargo, tal y como relata el camerunés Bonaventure Soh Bejeng Ndikung, fundador del espacio de arte Savvy Contemporary de Berlín, al portal Art News, ya en 1973 una estatua sagrada denominada Afo-A-Kom fue devuelta desde una galería neoyorkina al pueblo de Kom, en Camerún, donde se ha mantenido a salvo y accesible al público. Esta entrega, que fue el resultado de una cuantiosa cifra de venta, fue para la localidad todo un acontecimiento. “La gente estaba feliz y hubo una celebración nacional”, afirma el camerunés. Al fin y al cabo, tal y como señala al Financial Times el artista nigeriano Victor Ehikhamenor, “durante el colonialismo la gente valoró el artefacto, pero no a la gente que lo hizo”.

Un final feliz que, por el momento, ha sido la excepción que confirma la regla. Hace ya más de diez años desde que Etiopía solicitara la vuelta a casa de cientos de manuscritos y artefactos que se llevaron los británicos tras la invasión a Magdala, la antigua capital de Abisinia, nombre que recibía el imperio etíope. Entonces el Museo V&A, en Londres, le ofreció el préstamo a largo plazo de algunas de estas piezas, una propuesta rechazada por el país africano. Un poco después, en 2012, al Museo de Bellas Artes de Boston llegó una carta de la Comisión Nacional de Museos y Monumentos de Nigeria solicitando el regreso de los 32 objetos de bronce procedentes del Reino de Benín (cuyo territorio es ahora parte del país nigeriano) que habían ido a parar a manos del banquero estadounidense Robert Lehman, de la conocida firma Lehman Brothers, quien los había cedido al museo.

Placas de bronce expuestas en el Museo Británico. Wikimedia Commons

Procedente del actual Benín y en el año 2016, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia recibía una solicitud oficial del presidente Patrice Talon para la devolución de los artículos saqueados durante la ocupación del país a finales del siglo XX. Ante la falta de respuesta, una carta abierta firmada por reconocidas figuras del país africano y de Francia fue dirigida al entonces presidente francés François Hollande para exigir este retorno. Francia aludió entonces a la legislación, que determina que las obras pertenecientes a las colecciones públicas del país no pueden ser transferidas. Una ley que se mantiene vigente y que habría que modificar si se acepta la recomendación del informe encargado por Macron.

Mientras esto ocurre (si llega a ocurrir), el eco de este informe ya ha servido para dar alcance a reflexiones como la que hace Ndikung a Art News: “La insistencia de un modelo de museo universal es una señal de la arrogancia colonial de las instituciones y los partidarios que las sostienen. ¿Quién dice que es un museo el lugar donde se supone que deben guardarse estos objetos?”.

Sarah Waiswa: “Los africanos están en un proceso de rescribir su propia narrativa”

En su ansia por reconectar con África, Sarah Waiswa nos conecta a todos con su perspectiva de lo africano. Sus fotografías evocan la ternura y la calidez de volver a casa, proveyendo de humanidad realidades que a menudo, de tan ajenas, son deportadas a la marginación, ya sea en un barrio o en una página del periódico. Su mirada es una exaltación a la belleza que ha sabido enganchar a más de 40.000 personas a través de su perfil de Instagram y que le ha llevado a ser una de las fotógrafas seleccionadas recientemente por World Press Photo en su programa de talento global.

‘Todavía un extraño’, Sarah Waiswa.

“Durante los últimos años, el interés en el arte, la música y la cultura africana ha aumentado en Occidente. A mí me interesa el significado de ser africano en un tiempo en el que el foco está aparentemente sobre África. Al mismo tiempo, la juventud africana ha empezado a abrazar su cultura, reaprender su historia y, como resultado, se expresan ellos mismos de varias formas, combinando pasado, presente e imaginando sus futuros y el del continente. Los africanos están además en un proceso de rescribir su propia narrativa”, afirma convencida en una entrevista a Wiriko.

Tras once años en Estados Unidos, Sarah Waiswa volvió a Kenia. Allí se había trasladado con su familia desde Uganda al poco de nacer, huyendo de la dictadura de Idi Amin. Ya adulta y de nuevo en su tierra, la ugandesa de nacimiento y keniana de adopción tenía hambre de sentirse en casa. Y la mejor manera que encontró para hacerlo fue cámara en mano. “Empecé con la fotografía como una forma de evocar la memoria y reconectar con el hogar”, comenta.

Pero once años son muchos años y su apetito africano era voraz. Para saciarlo, Waiswa dejó su trabajo en el departamento de Recursos Humanos de una empresa, al que había accedido tras obtener sus títulos en Sociología y Psicología y por los que marchó a Kentucky, y decidió ser fotógrafa a tiempo completo y en territorio africano. Una de las decisiones más difíciles de su vida, pero sobre la que se mantiene convencida. Tal y como explica, “la fotografía se convirtió para mí en una manera de expresarme y aportar mi comentario sobre lo que estaba viendo. Mis estudios sin duda influyen en cómo me acerco a mi trabajo y los temas en los que elijo centrarme”.

La marginación, la pobreza, las migraciones o la espiritualidad son temas que se suelen vincular a África, y son también elementos que componen las narrativas visuales de Sarah Waiswa, sólo que desde un prisma diferente al habitual. “Mi objetivo al final de cuentas es contar una historia, usar mi fotografía para destacar temas sociales. Pero también para mostrar África, para compartir una historia más representativa de África”, señala y se queja de que la imagen del continente “frecuentemente ha sido presentada de manera negativa. Las imágenes creadas por fotógrafos occidentales a menudo refuerzan narrativas dominantes que suelen ser sensacionalistas y estereotipadas”.

Por ello, aunque pueda coincidir en temáticas con esta visión que critica, su estilo marca la diferencia al apoyarse en su propia interpretación de la poesía visual, que ella usa no tanto como género que combina la palabra con la imagen, sino como el fin al que orienta su trabajo: “Siempre me ha gustado la poesía, la sensación que suelo tener después de leer un poema. Quiero que la gente sienta eso después de mirar mis fotografías”.

‘Extraño en una tierra conocida’, Sarah Waiswa.

Podría decirse que lo consigue. Al fin y al cabo, todos los reconocimientos que Sarah Waiswa ha obtenido, entre los que se incluyen no sólo ser una de las fotógrafas elegidas este año por World Press Photo en su programa 6×6 de talento global sino también ser premiada en importantes festivales de fotografía como el Uganda Photo Press en 2015 y el Recontres d’Arles en 2016, destacan la sensibilidad que desprende su trabajo.

Es el caso de ‘Extraño en una tierra conocida’, probablemente su obra más popular, en la que retrata a la activista Florence Kisombe en el barrio marginal de Kibera, en la capital keniana. Tanto Kisombe como el protagonista de su serie posterior ‘Todavía un extraño’ son personas con albinismo. Ambos trabajos, relata Waiswa, “fueron creados como una respuesta al tratamiento que reciben las personas con albinismo en algunas partes de África Subsahariana. Quería crear conciencia acerca de ello, pero también transmitir la sensación de soledad y aislamiento de la marginación”. Si bien en ‘Todavía un extraño’ la fotógrafa cambia de escenario, en ‘Ballet en Kibera’ vuelve al suburbio de Nairobi para mostrar, junto a su colega Fredrik Lerneryd, los ensayos y actuaciones del ballet de Anno’s Africa y One Fine Day. “Quería proporcionar una imagen alternativa al estereotipo monolítico del niño en un asentamiento informal”, comenta.

Más allá de Kibera e incluso de Kenia, Sarah Waiswa también ha retratado otras realidades que le interesan del continente. Como resultado está la colección fotográfica ‘Kimbanguists’, en la que plasma a una organización llamada Picha, en Congo, para reflejar las religiones sincréticas. “Estaba interesada en la identidad del grupo con respecto a su apropiación del cristianismo y su propia espiritualidad basada en creencias africanas”.

‘Kimbanguists’, Sarah Waiswa.

Ahora está inmersa en ‘Ciudadanos africanos’, un proyecto a largo plazo en el que la acompaña el fotógrafo Joel Lukhovi. Juntos viajan por carretera para tratar de acceder a tantas ciudades como les sea posible. Hasta ahora llevan atravesados ocho países africanos y planean otro viaje que cruce Sudán, Etiopía “y con suerte también Yibuti”, dice Waiswa, y añade: “Para los africanos es extremadamente difícil viajar por África, muchas veces es más fácil viajar fuera de África”.

Convencida del arma de empoderamiento que supone el que sean los africanos quienes cuenten sus propias historias, Sarah Waiswa se propone con este nuevo proyecto indagar en las similitudes que componen las sociedades africanas frente a sus divisiones. “Me interesan los paralelismos y las diferencias que se experimentan en distintas ciudades y como, al final, en cada una de ellas encontramos una parte de nosotros mismos”.

Sethembile Msezane: una estatua de carne y hueso para los invisibles

Si las ciudades hablaran, ¿qué voces se oirían? O, mejor dicho, ¿cuáles no? Sethembile Msezane comenzó por fijarse en los monumentos conmemorativos de Ciudad del Cabo, donde reside, y comprobó que todo era monocromo en esta urbe de la llamada ‘nación del arco iris’. Como resultado la artista sudafricana ha basado su obra en una serie de performances que cuestionan las narraciones visuales que se exhiben en los espacios públicos y dan visibilidad a las identidades que no tienen cabida en la representación materializada de la historia. Su trabajo ha sido expuesto por primera vez en el festival internacional LagosPhoto que se clausura hoy y en Wiriko hablamos con ella.

“Los marcadores en el paisaje son un indicador y una representación visual de la historia de un lugar o de su gente. Estos marcadores aparecen en forma de monumentos, estatuas, placas, arquitectura y demás. En algunos casos, estos monumentos, estatuas, etcétera, no representan la historia y no muestran la existencia de todos los grupos sociales, lo que dificulta la representación de determinadas identidades colectivas borrándolas como realidad. Esto daña a cualquier nación en sus perspectivas de construirse como tal”, explica Sethembile Msezane.

Para muestra, una de sus piezas más populares: ‘Chapungu. El Día que Rhodes cayó’. Era 9 de abril de 2015 y la Universidad del Ciudad del Cabo llevaba un mes en estado de tensión entre partidarios y detractores del derribo de la estatua de Cecil Rhodes que se alzaba en el campus, después de que un estudiante cuestionara este enaltecimiento a la figura del colonizador británico al manchar la escultura con excrementos. Ese caluroso día, según recuerda Msezane, se anunció finalmente la extracción del monumento.

Ella llevaba días soñando con un pájaro y quiso evocarlo. Así dio forma a Chapungu, un ave procedente de Zimbabue representada en una piedra tallada de alto valor espiritual que fue saqueada a finales del siglo XIX y que todavía se encuentra en la casa de Rhodes en Ciudad del Cabo. Ataviada con unas alas compuestas por cabellos, una malla negra y subida a unos tacones de aguja con su rostro cubierto por un velo de cuentas, Sethembile Msezane estuvo durante cuatro horas sobre un pedestal de espaldas a la estatua de Rodhes y expandió las alas de Chapungu en el momento justo en el que la grúa arrancó el monumento.

‘Chapungu. El Día que Rhodes cayó’. Sethembile Msezane (2015).

Esta obra recoge dos elementos característicos de las creaciones de esta artista nacida en la provincia de Kwazulu-Natal y criada en Soweto: su proceso creativo y su composición. “Mi trabajo está fuertemente influenciado por mis sueños e intuiciones. Muchas veces investigo estas visiones para descifrar a qué o hacia dónde el trabajo me está llevando”, apunta la joven sudafricana y añade que el uso recurrente del pelo y del velo en sus narraciones visuales constituyen una reminiscencia cultural. En el caso del cabello vinculado a cómo “ha sido reutilizado por hombres y mujeres como una forma de adorno. También lleva consigo el bagaje de las políticas raciales que tratan sobre cuestiones relacionadas con los estándares de belleza”; y en cuanto al velo, este además plantea una disyuntiva entre lo tangible y lo intangible.

“El velo separa mi identidad de la del espíritu de una persona que incorporo a mi cuerpo en ese momento. Al mismo tiempo el velo es una parte de mi identidad cultural y, en cierto modo, esto me permite no perderme a mí misma en los momentos en que mi cuerpo está siendo usado como vehículo que articula las narrativas del espíritu. Yo soy ambas, yo misma y esa otra parte”.

‘Chapungu. La vuelta al Gran Zimbabue’, Sethembile Msezane (2015).

Y si bien la historia enjaulada del rapto de Chapungu oculta tras la figura de Rhodes, es la más conocida de todas las performances de esta artista visual no es, sin embargo, a la que le ha dado más visibilidad. De todas las identidades ignoradas que no han sido representadas en los espacios públicos, Msezane pone el foco en el colectivo de las mujeres.

“He notado que hay muchas menos representaciones de las mujeres en las ciudades. Si hay alguna, muestran a mujeres en relación con sus compañeros masculinos. Por lo general, como mujeres que absorben su identidad en la idea de apoyo, grupo familiar etcétera, etcétera, pero no como mujeres con su autonomía o historia”, señala y te deja repasando mentalmente las estatuas de tu ciudad.

Francis Kéré, un arquitecto al servicio de la Humanidad

En Gando, una pequeña aldea de Burkina Faso, la escuela era oscura y calurosa y las clases estaban abarrotadas. La gente debía hacer y rehacer sus casas debido a la destrucción que provocaba la intensa época de lluvias. Estas realidades despertaron en un joven Francis Kéré la voluntad de cambiar las cosas en su aldea natal. Así empieza una trayectoria profesional que ahora y hasta el 20 de enero recoge el Museo ICO con la exposición ‘Francis Kéré. Elementos primarios’. Una muestra que presenta por primera vez en España, y al completo, la obra del arquitecto burkinés.

Escuela primaria de Gando.

Tras estudiar en Uagadugú, Francis Keré recibió una beca para ser carpintero en Alemania, donde acabó graduándose en arquitectura e ingeniería. Pero su mente seguía puesta en sus raíces, al fin y al cabo, en Burkina Faso la idea del retorno es muy importante y constituye la espina dorsal de muchas comunidades. Por eso, en paralelo a sus estudios, creó la Kéré Foundation para financiar la construcción de la Escuela Primaria de Gando, que recibió el premio Aga Khan 2004 por combinar excelencia estética y compromiso ético.

En este proyecto Kére utilizó materiales locales, técnicas tradicionales e implicó a la gente de la aldea en la construcción de la escuela, en todas las fases del proyecto. Esta brillante manera de hacer las cosas que conjuga sostenibilidad, adaptación al medio, identidad cultural y sabiduría popular a la perfección, es la base de la arquitectura vernácula y también el principio que rige Kéré Architecture, su estudio en Berlín fundado en 2005.

Numerosos proyectos han visto la luz en este estudio y la mayoría de ellos se han llevado a cabo en África, convirtiéndolo en uno de lo arquitectos más premiados del continente. Pero su arquitectura trata temas universales como la gente, la eficacia o la ecología y por eso triunfa también en el resto del mundo. Kéré fue elegido para construir el pabellón de la Serpentine Gallery de Londres en 2017, obra que ha marcado su consagración cosmopolita. El árbol es el concepto que inspira el pabellón que se concibe como un microcosmos y fusiona las referencias culturales a Burkina Faso con técnicas de construcción experimental.

Una reproducción a escala de este pabellón forma parte de la muestra del trabajo arquitectónico de Francis Kéré que ahora puede verse en Madrid y que recoge  27 proyectos y 6 instalaciones artísticas. Luis Fernández-Galiano, comisario de la exposición, define así su obra: “Francis Keré es burkinés y berlinés. Su obra está profundamente enraizada en su país natal, pero hace uso de elementos y principios universales que permiten injertarla en contextos tan diferentes como su ciudad de adopción. Estos elementos primarios fueron descritos durante el siglo XIX en los textos de Gottfried Semper, y se manifiestan vigorosamente en las construcciones esenciales de Kéré. Autor de una obra ejemplar en el empleo de recursos limitados y técnicas sostenibles, este arquitecto africano y alemán se ha convertido en el líder de una nueva generación empeñada en hacer el mundo mejor trabajando para los que menos tienen”.

Tres principios de la tratadística germánica articulan los ‘Elementos Primarios’ de Francis Kéré: El techo tectónico, el suelo estereotómico y el muro textil. Esta es la arriesgada propuesta de una exposición que interpreta la arquitectura de este burkinés y sus raíces vernáculas recurriendo a la tradición teórica alemana de la mano de Semper. Además de este vínculo inevitable entre sus países de nacimiento y adopción, esta muestra pretende subrayar la naturaleza universal de estos principios y ofrecer una reflexión más general sobre la sustancia misma de la arquitectura, explorando sus fundamentos últimos.

“La arquitectura consiste en crear espacios para conectar a la gente, de manera que el resultado sea atractivo por cómo se han manejado esos espacios, se han usado los materiales, se han gastado eficientemente los recursos y se ha trabajado con el clima. En lo más profundo, la arquitectura consiste en servir a la humanidad. Esta es la definición de la arquitectura que dio Kéré durante los preparativos de esta exposición en Madrid. Una inspiradora declaración de principios en la que las personas son lo más importante, que pretende conseguir más con menos y que se adapta a lo local sin renunciar a la belleza.

Los próximos proyectos a gran escala que se han desarrollado en su estudio berlinés son el parlamento de Burkina Faso y el monumento a Thomas Sankara, ambos en Uagadugú. El objetivo es que la gente se identifique con el edificio y se sienta parte de él, que puedan llegar a exclamar: ¡Este es nuestro edificio!. Este sentimiento es para Kéré la base de cualquier democracia. Y es que es un idealista o quizás un visionario, pero ha llegado a lo más alto sin despegar ni un milímetro las suelas de sus zapatos de la tierra roja de Gando.

 

Ecléctica Moufouli Bello

La obra de la beninesa Moufouli Bello es una combinación de técnicas y elementos diversos. Un poco como ella, que concilia su formación en Derecho con su pasión por la escritura, el periodismo y las artes visuales. Una variopinto de disciplinas que se reflejan en su trabajo artístico de un modo brillantemente armónico.

Moufouli Bello

Mirar un cuadro de Moufouli Bello es caer en un duermevela. Serán los azules intensos que predominan en sus composiciones o las miradas hipnóticas que capta, pero lo cierto es que, pese a la paleta de colores fuertes y los retratos desafiantes, su obra relaja. “La pintura es mi yoga”, dice en esta entrevista a Afrique Design Daily, y se nota. Las narraciones visuales de la artista beninesa fusionan la pintura, la fotografía y el arte digital para sumergir al espectador en una espiral de reinterpretaciones de la identidad y la feminidad.

Su eclecticismo se traduce al lenguaje corporal en rostros, miradas, expresiones faciales y posturas cotidianas, de andar por casa, que revelan la doble lectura de la palabra común, que tanto refleja lo ordinario como lo universal, aquello que se extiende a todos. Procedente de los estudios en Derecho y el entusiasmo por la literatura de esta artista visual, su foco de interés reside en cómo las estructuras ideológicas y culturales condicionan las percepciones de lo que acontece e incluso lo que se siente, construyendo actitudes y comportamientos que partiendo de los individuos llegan a componer la sociedad y ser objeto de generalización.

Inspirada en los trabajos del norteamericano Alex Katz o del español Dino Valls, Moufouli Bello comienza a ver despegar su carrera artística tras ser una de los ganadores del programa de residencia de la Ciudad de las Artes en París, del Instituto Francés, y  ser seleccionada junto al escultor Kifouli Dossou para exponer su obra en la delegación de la Unión Europea en Benín. El prometedor trabajo de esta artista reflexiona en cómo algo tan íntimo y propio como la identidad de cada uno es en realidad un producto social, lo que muestra combinando en sus creaciones a individuos con elementos del entorno medioambiental, símbolos culturales y objetos que componen las distintas sociedades, condicionando y marcando su ritmo temporal.

En Benín, donde las mujeres “llevan sobre sus hombros el 53% de la carga total de trabajo, remunerado y no remunerado”, según apunta Manos Unidas en una información que señala que trabajan de media 56 horas semanales; y en donde el Parlamento ha querido frenar, con la promulgación en 2015 del Código del niño, la espantosa cifra de matrimonios infantiles que afecta al 34% de las menores de 18 años, Mofouli Bello quiere construir una representación distinta de la mujer, no sólo de su país, sino del continente.

La artista considera que la figuración de la mujer africana es extremadamente pasiva y que esto sólo contribuye a normalizar la situación. Por ello, explora esta dualidad presente en la representación generalizada de las mujeres negras como trabajadoras y vulnerables, para revertir la composición y acercar en sus creaciones una feminidad orgullosa y desafiante.

‘Esquizofrenia’, Moufouli Bello (2014)

Los paralelismos de Omar Victor Diop

En la sala 635 del Museo Metropolitano de Nueva York reside el retrato de Juan de Pareja, asistente de Diego Velázquez, que el propio pintor sevillano realizó en 1650. Recoge la información del museo que, según uno de los biógrafos del artista, cuando este hito del retrato occidental se exhibió por primera vez “recibió tal aclamación universal que, en opinión de todos los pintores de diferentes naciones, todo lo demás parecía pintura, pero esto solo como verdad.”

Exhibición Diaspora Omar Victor Diop / Foto: javidmgz

El aplauso quizás venga, como se recoge en la Wikipedia, por la destreza de Velázquez “de dotar de dignidad a los personajes que, por su profesión o condición, carecen de ella en la consideración social”. Es el primer cuadro que se conoce de un de hombre español con descendencia negra: Juan de Pareja, un hombre mestizo, hijo de una madre africana y un español; y esclavo, aunque Velázquez le otorgó la libertad años más tarde e iniciaría su carrera como pintor independiente en Madrid.

En la galería Autograph, al este de Londres, se homenajea a Juan de Pareja en una fotografía en la que no se ve al antequerano, sino al fotógrafo senegalés Victor Omar Diop. Es el propio fotógrafo el que sustituye al pintor, al igual que lo hace en toda la serie ‘Diáspora’con la que Diop recrea pinturas históricas entre el siglo XV y el XIX de africanos que consiguieron notoriedad. Pero el senegalés dota de simbología futbolera a sus imágenes para abordar paralelismos sociales.

Juan de Pareja, Frederick Douglas, Olaudah Equiano, Albert Badin o Jean-Baptise Belley son la excusa para lanzar preguntas sobre la figura de los futbolistas africanos en Europa. Diop viaja al pasado y se pregunta si la reputación ganada por los personajes históricos es comparable a la de los futbolistas. Todos tuvieron que enfrentarse a los abusos raciales y a la discriminación, pero finalmente se ganaron un lugar en la sociedad. ¿Un espejismo?

“El fútbol es un fenómeno global interesante que para mí revela a menudo dónde está la sociedad en términos de raza. Cuando se observa la forma en que se percibe la grandiosidad del fútbol africano en Europa, existe una curiosa mezcla de gloria, adoración heroíca y exclusión. De vez en cuando, hay cantos racistas o se lanzan pieles de plátano al campo y toda la ilusión de integración se destruye de la manera más brutal. Es esta paradoja la que estoy investigando en el trabajo”, dijo el artista sobre el proyecto en una entrevista a The Guardian

Alin Sitoe Diatta (Senegal, 1944) and Trayvon Martin (Florida, 2012) © Omar Victor Diop

La galería Autograph acoge esta primera exhibición en solitario en el Reino Unido del fotógrafo senegalés. Pero la muestra, comisionada por René Mussai y Mark Sealy, regala además otra serie de
fotografías que apelan a la resistencia política negra.

En 1944, desterrada en Tombuctú, murió con tan sólo 24 años Aline Sitoé Diatta. Conocida como la ‘Juana de Arco’ senegalesa, Diatta luchó contra la colonización francesa. La joven se levantó contra el imperio. Y eso le costó la vida.

Otra muerte. Otro joven. Diop juega de nuevo con el paralelismo histórico para llegar hasta los movimientos sociales más actuales. En 2012, una manifestación rendía homenaje en la neoyorquina Union Square a Trayvon Martin. Disparado por un hombre blanco, que evadió la cárcel justificando una actuación en defensa propia, el fallecimiento de Martin fue el detonante para el movimiento Black Lives Matter.

Con ‘Liberty: A Universal Chronology of Black Protest’, Diop se autorretrata para honrar aquellos que se levantaron contra el colonialismo u otra forma de opresión. Es un relato cronológico de los movimientos sociales o protestas negras que van desde las marchas en Selma, en 1965, a los disturbios liderados por las mujeres nigerianas en 1929 contra los administradores británicos. El fotógrafo senegalés también se detiene en la masacre de Thiaroye, donde soldados africanos que lucharon junto al ejército francés en la II Guerra Mundial fueron asesinados por el propio bando galo en 1944, cuando exigían los pagos que se le debían.

“La historia de la protesta negra es rica, ya sean revueltas de esclavos, marchas por la libertad o contra el apartheid, movimientos por la independencia o contra la violencia policial. Hay retratos de metáforas en los que la idea de identidad negra es central. Disfruté siendo el sujeto y el objeto de estas fotografías, sin embargo, no son autorretratos en el sentido tradicional”, apunta el fotógrafo.

Las causas de ayer son las mismas que las de hoy. Y Diop muestra “una narrativa reinventada de la historia de los negros y, por lo tanto, de la historia de la humanidad y del concepto de libertad”.

 

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Djenné, digitalización de una historia centenaria

El archivero de la Biblioteca de manuscritos de Djenné, Malí, Garba Yaro/ Foto: Sophie Sarin

Garba Yaro está sentado en su despacho de la Biblioteca de Manuscritos de Djenné. La fotografía lo recoge rodeado de documentos, mirando al objetivo con una media sonrisa.

Este guardián atesora un patrimonio documental que mantiene vivo el legado de la ciudad maliense de Djenné. Su historia es un ejemplo que se repite en otras zonas del continente como en la biblioteca Habot de Chinguetti, en Mauritania. Pero, los titulares reservaron en 2013 el protagonismo para Tombuctú, cuyos vecinos se las ingeniaron para salvar sus manuscritos ante la ocupación yihadista que provocó el incendio de dos bibliotecas de la ciudad.

Las colecciones de Djenné son menos conocidas que las de la “ciudad gemela” de Tombuctú aunque mantienen su vulnerabilidad. Ahora, una exposición fotográfica en la Librería Británica de Londres recoge el esfuerzo de Yaro junto al Programa de Archivos en Peligro (EAP, en sus siglas en inglés) impulsado por la propia librería.

Beyond Timbuktu: Preserving the Manuscripts of Djenné, Mali es una pequeña fotogalería que celebra la digitalización de una partida de 8.300 manuscritos y que ya puede consultarse de forma online. El visitante observa de un vistazo la importancia de un trabajo que preserva la vida y la historia de la localidad del sureste de Malí.

Alrededor de 144 familias han depositado sus textos en manos del archivero Yaro. La Biblioteca de Manuscritos de Djenné se ha convertido desde su fundación en 2007 en el lugar de custodia para una colección que aglutina una disparidad de documentos: distintas copias del Corán, artículos religiosos, recetas, correspondencia privada y textos científicos, esotéricos y burocráticos.

En la exposición, escondida en la segunda planta de la Biblioteca Británica, se exhiben distintos textos como el diario de viajes del al-Hajj Ibrahim a la Meca desde la ahora Malí o partes de los escritos del poeta local Abubakr Ibn al-Hadi Yaro. También hay espacio para las fábulas como la de un camello que podía hablar y buscó refugio cerca de Medina o la recopilación histórica del África Occidental.

Djenné, Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1988, fue un reconocido centro de aprendizaje del Islam en el siglo XIII. Hoy en día su Gran Mezquita continúa personificando tanto la importancia actual del Islam para la vida de la ciudad como la larga historia académica de la ciudad.

La exposición da pinceladas de la producción local de copias del Corán llenas de ilustraciones y motivos ornamentales como se muestra en uno de los manuscritos que presenta la decoración característica del Surat al-Fatiha, el primer capítulo del libro sagrado. También puede observarse una copia dell poema Dala’il al-Khayrat del imam marroquí al-Jazuli

Gran Mezquita de Djenné / Foto: Naciones Unidas

Beyond Timbuktu: Preserving the Manuscripts of Djenné, Mali es una exposición gratuita que puede verse hasta principios del próximo año. Las fotografías resaltan la conservación de un material que está en peligro de destrucción, negligencia o deterioro físico. La digitalización es una oportunidad para acercarse al legado de una ciudad y sus alrededores a través de esta iniciativa subvencionada en gran medida por la historiadora y diseñadora Sophie Sarin.

Los curiosos pueden ojear los archivos digitalizados en los proyectos EAP488, EAP690 y EAP879.

La nueva era de los videojuegos africanos

Las artes gráficas llevan ya varios años dando mucho de qué hablar en el continente africano. Y es que el arte digital permite la innovación hasta límites insospechados en todos los ámbitos de nuestra vida, así como la combinación de diferentes disciplinas. Su flexibilidad ha permitido aplicarlo a casi a todas las artes visuales, como la realidad virtual o el Net.art, pero también a otras creaciones como los videojuegos.  Sí, los juegos también forman parte del ocio de los jóvenes y no tan jóvenes a lo largo y ancho del continente y, aunque pueda parecer un poco frívolo, también ayudan a reconstruir la imagen de África.

Hasta la pasada década la creación de juegos parecía monopolio de las empresas de los países desarrollados. Esas compañías elegían los argumentos y la imagen de los personajes pero también los escenarios donde se desenvuelven las historias que quieren contar. Algunos juegos incluso tenían como marco algún destino exótico o algún país africano. Desde los clásicos de la década de 1990, entre los que se encuentran el ‘Rey León’ o ‘Faraón’, hasta las series más conocidas como ‘Call of Duty’, ‘Assassin’s Creed’ o ‘James Bond’ han optado por recrear escenarios africanos.

No obstante, la década pasada dio un vuelco a la situación cuando en diferentes países de África comenzaron a surgir estudios y empresas dedicadas a la creación de videojuegos en los que sus protagonistas y sus héroes mantienen rasgos de las culturas africanas, utilizan la tradición y vestimentas típicas, y no sólo relatan sus propias historias si no que, además, en ocasiones incluso permite a la persona que juega enfrentarse a los problemas del día a día a los que puede enfrentarse una persona de alguno de estos países del continente. A la cabeza de este sector se encuentran Egipto, Nigeria, Sudáfrica, Argelia, Marruecos o Kenia, pero en diferentes rincones esta tendencia se está consolidando. El caso más conocido es sin duda el del estudio Kiro’o Games, que vivió su propio boom con el lanzamiento del primer juego de rol creado en Camerún: ‘Aurion: the legacy of Kori-Odan’.

 

Estos videojuegos, a través argumentos y contenidos muy diversos, ayudan a ampliar y a difundir mitos, tradiciones e historias propiamente africanas, ofreciendo a nivel global juegos únicos, con narrativas producidas localmente. Pero no es sólo la diversificación de historias, sino la posibilidad de que gamers de estos países puedan sentirse de alguna forma visibilizados, al utilizar avatares de superhéroes africanos como ocurre en ‘Tales of Hassan’, lanzado en 2014.

Por otro lado, si en origen los juegos nacieron con un formato específico para ordenadores y videoconsolas para después conquistar otros dispositivos como tablets y móviles, en África la mayor parte de ellos se crean directamente para móviles ya que son más accesibles, cómodos y baratos por norma general en el continente. Algunos incluso pueden ser útiles a un nivel educativo, como el ya conocido ‘Mosquito Hood‘ que fue lanzado en Kenia ya en 2015; o el videojuego de simulación política Democracy 3 Africa’, que ofrece la posibilidad de convertir al jugador en primer ministro y empezar a administrar  cualquier país del continente. Además, para los que prefieren los juegos de acción, ‘Nairobi X’ permite defender la capital de Kenia de una invasión alienígena con un género clásico como es el ‘First Person Shooter’ (FPS).

 

Obviamente, cada vez es más complicado para los diseñadores y los estudios gráficos hacerse un hueco en el mundo de los videojuegos, donde las grandes corporaciones monopolizan el sector. Sin embargo, los juegos con sello africano se han hecho ya un hueco en el continente y nada les niega la oportunidad de llegar a más público demostrando que la creatividad y la innovación son un todo inseparable de la expresión digital en África.

“El diseño presenta una oportunidad fabulosa de proponer soluciones para mi continente”

Burkina Faso está en los primeros puestos de la lista de los países más pobres del mundo y, por ende, también en la de los más dependientes en importaciones, que no atienden a criterios de sostenibilidad en su envasado precisamente y dejan un excedente de plástico y envases de metal en el país. Un escenario en el que el artista Hamed Ouattara ve la ocasión de generar desarrollo a través de la creación de muebles diseñados con materiales reciclados. Su trabajo le ha llevado a ser reconocido, entre otros galardones, con el Premio de Diseño Africano en su primera edición y a ser nombrado Personalidad Cultural del Año 2017 de Burkina Faso en la categoría de arte.

Ruth Fernández Sanabria: Empezaste estudiando contabilidad y costura, ¿qué te llevó a dedicarte a la pintura y posteriormente al diseño?

Hamed Ouattara: Me hice artista porque sentí la llamada creativa. Ser artista me permite expresarme totalmente a través de cualquier medio y este trabajo me da la gran libertad de actuar recíprocamente con mi entorno. Tengo una necesidad perpetua de entender y proporcionar las respuestas correctas a los problemas existenciales y compartir los frutos de mis reflexiones.

R.F.S: ¿Por qué decides finalmente centrarte en el diseño de muebles?

H.O: Ser un diseñador es un privilegio en un país como el mío. El diseño presenta una oportunidad fabulosa de proponer soluciones para mi continente porque tiene la magia de hacer romper esquemas, aunque también supone que previamente tengas que hacerte preguntas de crucial importancia en el proceso de desarrollo.

R.F.S: Tu obra se basa en el arte reciclado, ¿qué te atrae de esta disciplina?

H.O: Observé que en mi país hay una proliferación inmensa de envases de plástico que no tienen ningún valor añadido sino simplemente contaminar nuestro entorno, lo que me llevó a una fuerte convicción de la necesidad del reciclaje. Mi trabajo procura mostrar cómo podemos responder a cuestiones ambientales muy serias de un modo creativo, y esto es también una extensión de mi compromiso con el principio de reciclar.

R.F.S: Sin embargo trabajas principalmente con el metal, ¿por qué?

H.O: En Burkina Faso existe un gran conocimiento sobre el oficio con este material. Somos un país al que se importan muchos productos de petróleo y tenemos una enorme reserva de envases de metal.

R.F.S: ¿Existe una cultura del reciclaje en Burkina Faso?

H.O: No hay ninguna cultura de reciclaje en Burkina, en mi opinión, porque en África no existía esta preocupación en la época de nuestros antepasados, pero con la industrialización aparece el problema de la importación y exportación de productos. Desde hace unos años el Gobierno ha tomado medidas para controlar y sensibilizar a la gente en este sentido. Mi trabajo muestra que con las abundantes materias primas que hay en nuestro entorno y a través del reciclaje podemos tener un diseño local e innovador que dé respuesta a los múltiples retos que tenemos en relación a la contaminación y al desperdicio de recursos.

R.F.S: ¿Consideras que tu trabajo tiene una carga más social que estética?

H.O: El tema principal de mi trabajo es el diseño social, que se extiende en paralelo al diseño de lujo, lo que me permite dar el salto a las paredes supuestamente infranqueables del mundo del diseño. La vida en mi país me permite entender la diversidad. Tengo que crear teniendo en cuenta la variedad y riqueza cultural que existe y que influye en las elecciones de la gente. La combinación de modernidad y tradición en mis diseños en realidad reflejan la sociedad de cambio en la cual vivimos y es también un ejercicio interesante desde una perspectiva histórico social.

R.F.S: ¿En qué te inspiras para desarrollar tus piezas?

H.O: Estoy realmente fascinado por las técnicas tradicionales del trabajo metálico, sobre todo aquellas que han sido implementadas en el continente, en las que encuentro una creatividad desbordante y llena de ingenio.

R.F.S: ¿Cómo es ser artista en Burkina Faso?

H.O: En un país en vías de desarrollo como Burkina Faso, los sectores esenciales siempre tienen prioridad y es realmente difícil ser un artista y vivir de ello. Yo he tenido la suerte de ser capaz de vivir de mi pasión. Desde niño siempre he estado convencido de que el arte desempeña un papel en el desarrollo de África. Mi pintura y mi trabajo de diseño reflejan esta convicción.

R.F.S: Tienes tu propia galería taller donde enseñas a jóvenes este oficio, ¿cómo ves el futuro del arte en tu país?

H.O: Compartir mis acciones con una nueva generación de artistas me hace pensar que he llegado a la cúspide y que estoy trabajando en el continente y en Burkina Faso para cambiar muchas cosas. Estoy seguro de que los resultados serán visibles en pocos años.

R.F.S: Entre todos los reconocimientos que has conseguido, ¿cuál ha sido el más significativo?

H.O: Todos los premios son importantes, especialmente cuando vivimos y trabajamos en zonas difíciles y menos reconocidas. El Premio de Diseño Africano es en mi opinión más que importante porque demuestra que las mentalidades están progresando y eso nos permite continuar.

R.F.S: ¿Cuáles son tus próximos proyectos?

H.O: Mi próxima colección de objetos y muebles únicos está basada en las técnicas hereditarias del trabajo con el hierro, sin usar electricidad lo que contribuye a ser más ecológico, pero sobre todo para destacar el proceso de trabajar artesanalmente el material. Al margen de esto, yo trato de crear objetos insólitos, muebles que no son necesariamente para su uso porque siento la necesidad de construir con la humanidad de los artesanos, de quienes me interesa conocer los detalles de su vida, de su relación diaria con los objetos que los rodean. Por eso voy a trabajar con artesanos de la segunda ciudad de Burkina Faso, Bobo Dioulasso. Quiero zambullirme en este entorno y luego hacer una exposición con el fruto de este trabajo de acercamiento.

Billie Zangewa: “La feminidad es simplemente ser una mujer, no hay estereotipo”

La vida se compone de retales, especialmente en el caso de Billie Zangewa. Armada con hilo y aguja, y haciendo de la seda su particular ‘criptonita’, la artista malauí empodera la tradicionalmente encorsetada representación del cuerpo de las mujeres negras a través del lienzo. Su objetivo: potenciar la universalidad de la diversidad femenina. Para ello construye collages con tejidos que muestran escenas del día a día que puedan ser comunes a todas las personas, aunque lo cierto es que las narrativas que relata son las suyas propias. Zangewa no da puntada sin hilo, y su ahínco por conectar mediante el arte  haciendo de lo ordinario algo universal ha sido reconocido al ser seleccionada como la artista destacada de la FNB Joburg Art Fair 2018, celebrada del siete al nueve de septiembre en Johannesburgo. Tras diez ediciones a sus espaldas, la primera feria internacional de arte del continente pone el ojo en un artista que vive y trabaja en la ciudad sudafricana. Y en Wiriko hablamos con ella.

‘Momentos robados’, B. Zangewa (2017)

Ruth Fernández Sanabria: Lo primero que me llama la atención de tu trabajo es que todo está hecho con tejidos, especialmente con seda. ¿Qué tiene de especial este material para ti?

Billie Zangewa: Estoy enamorada de la seda y continúo aprendiendo a trabajar con ella, sigue revelándome sus secretos. Cuanto más trabajo con ella más curiosidad tengo. La luminiscencia de la seda realza mis creaciones. Es mi otra mitad, estábamos buscándonos la una a la otra y cuando nos encontramos fue amor a primera vista, y la historia de amor continúa. La seda es fuerte y delicada al mismo tiempo. Es maleable. Es luminiscente y lujosa, da una cierta magnificencia.

R.F.S: Podría decirse que tus obras son tu alter ego, ¿por qué decides usar tu experiencia para componer narrativas visuales?

B.Z: Cuando quise lanzar mi carrera artística un conocido me preguntó sobre qué iba a ir mi trabajo, ya que yo no era una persona abiertamente política o polémica. Estuve pensando mucho tiempo en ello y mi respuesta fue que mi trabajo iba a tratar sobre mí, que es aquello que más conozco. Por eso decidí hacer de mis creaciones mi alter ego.

R.F.S: ¿Y qué obras de tu trabajo artístico han marcado más especialmente tu vida o viceversa?

B.Z: No es una pregunta fácil. ‘El Renacimiento de la Venus negra’ marca un punto de aceptación propia. ‘Mi Vida en Rosa’ celebra la maternidad y la vida diaria. ‘Cita nocturna’ habla de las oportunidades de ser monoparental. Lo que quiero transmitir con todos mis trabajos es la universalidad de mis experiencias.

‘El renacimiento de la Venus negra’, B. Zangewa (2010)

R.F.S: En tus obras hablas de la identidad y del empoderamiento de la mujer desde lo cotidiano, ¿por qué?

B.Z: Para mí ha sido una preocupación sobre la que he intentado entenderme a mí misma y lo que significa ser mujer. Poner el foco en la vida cotidiana es un modo de conectar con los demás. Además creo que hay algo mágico en lo mundano.

R.F.S: ¿Consideras que la representación del cuerpo femenino negro ha evolucionado?

B.Z: No soy una experta en la materia de la representación del cuerpo negro femenino. Todo lo que sé es que ha existido una explotación del cuerpo negro femenino que hace que quiera reclamar el mío para mí misma. Coger mi poder, por así decirlo. Es algo político.

R.F.S: ¿Qué es para ti la feminidad? ¿Cómo la representas en un cuadro?

B.Z: La feminidad es simplemente ser una mujer, no hay estereotipo. Ser una mujer fuerte que está ahí para mi hijo pase lo que pase es lo que representa para mí la fortaleza de la mujer.

R.F.S: ¿Y el feminismo?

B.Z: Estoy de acuerdo con la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie cuando dice que feminista es una persona que cree en la igualdad social, política y económica entre uno y otro sexo. Así es como yo lo veo también. Yo represento esos sentimientos mostrando a una mujer independiente y capaz, que abraza su fortaleza y se permite ser una mujer también.

R.F.S: ¿Cómo se vive el feminismo en Sudáfrica?

B.Z: Hay mujeres trabajando en todos los ámbitos y algunas de ellas incluso en puestos de poder. Sin embargo, la violencia continua contra las mujeres aquí sorprendentemente. La libertad vendrá cuando las mujeres estén a salvo tanto en sus casas como en las calles, y ese no es el caso ahora mismo.

‘Cita nocturna’, B. Zangewa (2017)

Neema: “Las mujeres negras en particular están insuficientemente representadas en el arte”

Hace dos veranos Neema Iyer cogió una tableta que encontró en el apartamento de su hermano y empezó a dibujar. Para finales de 2016 ya tenía una cuenta en Instagram dedicada exclusivamente a sus ilustraciones inspiradas en, dice la autora de la imagen de la séptima temporada de Wiriko, “cosas que veo a mi alrededor, muchas de las plantas que aparecen en mi obra son de alrededor de mi casa”.

Los trabajos de esta nigeriana nacida en Lagos y residente en Kampala, Uganda, derrochan dinamismo, alegría de vivir y colorido sobre un fondo que, sin embargo, suele mostrarse en blanco, como la mayoría de mujeres negras que dibuja. “Sentí que las mujeres negras en particular están insuficientemente representadas en el arte. Soy parte de África y de niña la gente trató de hacerme sentir vergüenza por mi piel oscura, aunque nunca dejé que esto me afectara. Sin embargo, hay tantos medios de comunicación y pensamientos culturales que son negativos hacia la piel oscura que trato de plasmar a las bellas mujeres negras en las redes sociales y emparejar este imaginario con algún tipo de vegetación, añadir un poco de tela kitenge o ankara y añadirles mi sello, un círculo”, explica Neema a Wiriko.

Uno de esos pensamientos negativos de los que habla lo experimentó en carne propia a través de una de sus piezas, la que recibe el nombre de ‘La virgen’. “Todas mis musas son mujeres negras pero yo sólo coloreé al bebé que sostiene y mucha gente tuvo un problema con el concepto. ¿Por qué hay una mujer blanca con un bebé negro?, se preguntaban. Yo tengo muchos amigos con matrimonios de raza mixta, y yo estoy en uno también, y soy un producto de ello. La gente siempre hace comentarios sobre sus bebés, la gente solía preguntar a mi madre quién era yo cuando estábamos juntas. Hay mucha insensibilidad con este tema”, manifiesta.

‘La virgen’, ilustración de Neema Iyer

Ante la imagen monocroma que se difunde del continente en general y de las mujeres africanas en particular, a menudo representadas golpeando ñames, cargando vasijas o con niños a la espalda, esta ilustradora incipiente vio en la red social Instagram una ventana para abrir al mundo su visión de África. “Quiero mostrar más de lo que las diferentes partes del continente ofrecen. Su vitalidad, su encanto,… Quiero que esto esté disponible para las personas que están lejos de aquí, ya sea en la Alabama rural o en una isla en el Océano Pacífico. Y esto puedo conseguirlo a través de las redes sociales, donde la gente responde dando ‘Me gusta’ a las imágenes. Esto hace que sienta que de alguna forma he contribuido a un intercambio cultural y social”, señala.

Ahora Neema compagina su labor al frente de la compañía cívico-tecnológica Pollicy con su actividad artística impulsada vía Internet, desde donde ha dado el salto a la pintura en lienzo. “Me han invitado a hacer piezas de arte físicas bajo la tutela de algunos artistas aquí en Kampala. En mayo participé en el Festival de las Artes La Ba!  para crear un mural colaborativo en el que los asistentes pudieron pintar”, comenta emocionada para continuar explicando que en junio tuvo su primera exposición individual a la que “asistieron más de cien personas y todas las piezas se vendieron. Trato de mantener los precios bajos para que sea accesible para la mayoría de la gente”.

En este sentido, la ilustradora se lamenta de que “en Uganda muchos piensan que el arte es algo para la gente de la élite o la gente rica. No llega a otras comunidades y hay poco arte urbano”. Sin embargo, tal y como relata, “durante el Festival de las Artes La Ba! tuve la oportunidad de ver a la gente coger pinceles por primera vez y pasar un buen rato”. De ahí que su próximo proyecto, tal y como adelanta a Wiriko, sea “crear murales colectivos con un propósito social en las comunidades alrededor de Kampala”.

De su futuro como ilustradora confiesa que “pensar en dedicarme al arte a tiempo completo es un poco aterrador, pero es sin duda un sueño que al que aspiro”. Por ello, por lo pronto espera ser capaz de combinar su trabajo en la tecnología, el compromiso cívico y la creación artística. Al fin y al cabo, esta última ocupación es su salida de escape ante la hartura que siente sobre la proyección que aún pesa sobre el continente: “Es tan cansado escuchar a gente hablar sobre África como una entidad homogénea cuando hay tantas culturas y tradiciones diferentes. Tantas que ni siquiera yo las conozco todas, me queda mucho por aprender”.