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Agualusa y Luanda vista desde una ventana

Ludovica podría escribir una teoría general del olvido en las paredes del apartamento de lujo desde el que ha visto los primeros años de la independencia de Angola. Encerrada pero libre o, más bien, confinada voluntariamente. La historia aparentemente delirante de una mujer que se empareda en su propio piso resulta ser la fórmula perfecta para observar y vivir de una manera muy particular los tiempos convulsos del final de la colonización, las guerras civiles o las purgas.

El escritor angoleño José Eduardo Agualusa. Fuente: Web del autor

José Eduardo Agualusa imaginó ese relato improbable y bailó con las palabras para hacerlo realidad y conseguir que el lector lo aceptase y lo digiriese, para que se entregase a él sin poner ninguna pega. El escritor angoleño publicó originalmente la novela en 2012, el año pasado Edhasa lo publicó en castellano y Editorial Periscopi ha editado la traducción al catalán de Pere Comellas Casanova, en un volumen que incluye un prólogo en el que Xavier Aldekoa acerca al lector a la actualidad angoleña. Esta última edición de Teoria general de l’oblit le ha valido a Agualusa el último Premi Llibreter que concede el Gremi de Llibreters de Catalunya, en la categoría de otras literaturas.

Ludovica Fernandes Mano es una portuguesa que llega Luanda acompañando a su hermana. Ludo no soporta los espacios exteriores, acaba viviendo junto a su hermana Odete y cuando esta se casa con un exitoso empresario angoleño, ambas acaban trasladándose a Luanda. La particular familia se ve zarandeada por la llegada de la independencia. Odete y su marido Orlando, desaparecen en la época en la que los colonos abandonaban con lo puesto la capital angoleña. La joven acaba emparedada en su propio apartamento, en un edificio de lujo que se queda vacío como un esqueleto, pero acaba recuperando el latir de una vida intensa.

Desde sus ventanas, Ludo contempla la ciudad en ese momento crucial. Agualusa convierte a Luanda en un personaje de su novela. La ciudad late con fuerza más allá del ventanal, mientras Ludo “cierra las ventanas para evitar que el piso se llene de las risas del pueblo en las calles, que estallaban en la calle como fuegos artificiales”. Después del pánico, la protagonista se acostumbra a mirar a la ciudad desde las alturas. “La vista se le fue hacia una inscripción, en pintura roja, en la pared manchada de sangre, picada de balas. En vez de ‘La lucha continúa’, algún despistado había escrito ‘El luto continúa’”.

Agualusa ha compuesto en Teoria general de l’oblit un mosaico que por un momento parece una sucesión de pequeñas escenas inconexas. De pronto, con un discurso sutil, el hilo que une discretamente todas esas vidas se va desvelando con suavidad. Hasta los episodios más descabellados encajan en un puzle construido con mimo. Y en medio de la narración Agualusa desliza constantemente la crítica, pero no es una crítica política dogmática sino una reprobación de un pasado y una trayectoria que marca un presente. “No conseguimos la independencia para esto. No para que los angoleños se maten unos a otros como perros rabiosos”, le dice Papy Bolingô al Reyezuelo después de haberle salvado de una detención o un linchamiento. El mismo Papy Bolingô se erige en Pepito Grillo de ese levantamiento y convence a Reyezuelo cuando afirma: “Sólo me interesan las revoluciones que empiezan sentando al pueblo a la mesa”.

Monte, un controvertido detective de la policía política, un personaje poco propicio para las lecciones moralistas, también tiene su propia lectura de la evolución de la revolución cuando critica “el sistema capitalista, que allá, en Angola, ha crecido como el musgo entre las ruinas, lo iba pudriendo todo, lo corrompía todo, y, de esta manera, engendraba su propio fin”.

Durante su encierro, Ludo no tiene más remedio que ir consumiendo el apartamento es como si se fuese devorando poco a poco a sí misma. Cuando acaba con las provisiones se las ingenia para plantar vegetales y proveerse de carne de las manera más imaginativas. Quema los muebles y la mayor parte de una biblioteca que admira. Pero a cambio, va contando su historia y dejando constancia de las derivas de su mente en las paredes de su vivienda-prisión-sarcófago. “Ahorro comida, agua, fuego y adjetivos”, le hace decir Agualusa en una de las frases más deliciosas de la novela. “Me doy cuenta de que he transformado todo el piso en un inmenso libro. Una vez que haya quemado la biblioteca, una vez que haya muerto, sólo quedará aquí mi voz”, señala Ludo en referencia a cómo va emborronando las paredes con carbón con sus historias. Ella misma duda de la fuerza que le mantiene en el apartamento. “Prefería morirse allí, prisionera pero libre”, explica.

Entre tanto, Ludo se convierte para continuar poniendo el dedo en la llaga de algunas de las fallas sociales angoleñas, más allá, incluso de esa deriva del régimen. Ludo no puede ocultar sus prejuicios, ni siquiera después de haber decidido vivir en Angola. “Hablaban entre ellos en una de aquellas lenguas melódicas y enigmáticas”, piensa refiriéndose a unos de sus vecinos. Pero es que en un momento dado pone al descubiertos todas esas ideas preconcebidas: “Veía el resumen de todo lo que le horrorizaba de Angola: salvajes que celebraban alguna cosa – una alegría, un augurio feliz – que le era extraña”. “Le había hablado del calor, de la humedad, de la amenaza de las mujeres, pero no le había preparado para aquel exceso de vida, el remolino de emociones, el borboteo embriagador de sonidos y olores”, comenta en referencia a un escritor recién llegado a Luanda.

Los episodios que se entrelazan van haciendo que la historia se despliegue y tome caminos insospechados. Agualusa no sólo juega con la narración y con las palabras, sino que además parece divertirse trasteando con la realidad y la ficción, con lo visible y lo invisible, con lo científico y las creencias. La obsesión por clasificar ha llevado a algunos analistas a crear la etiqueta “realismo mágico africano” para las historias en las que se refleja la relación natural que muchas sociedades africanas establecen entre el mundo espiritual y el de los vivos. También han sido muchos los autores africanos que han eludido ese sello. Agualusa le da una vuelta más a la historia de esa Luanda vista desde los ventanales, de ese mosaico de pequeñas historias, de ese repertorio de personajes pintorescos que acaban encajando como el engranaje de un reloj.

José Eduardo Agualusa: “Espero que mis libros puedan servir como plataforma para debates”

Aula Wiriko

 

 

 

Curso Introducción a las expresiones artísticas y culturales del África al sur del Sahara

Por: Sofía Fonseca

José Eduardo Agualusa. Fuente: Web del autor

José Eduardo Agualusa. Fuente: Web del autor

José Eduardo Agualusa es un hombre del mundo, un africano del mundo (muy) enamorado de la vida. Nacido en Angola (Huambo, 1960) vive a caballo entre Lisboa, Rio de Janeiro y Luanda. Como periodista, colabora con medios portugueses y angoleños escribiendo crónicas y artículos de opinión, y realiza el programa de radio A Hora das Cigarras, en RDP África, sobre música y poesía africana. Como editor, es co-fundador de la editorial brasileña Língua Geral, dedicada a autores de lengua portuguesa. Como escritor, tiene más de 30 obras entre novelas, cuentos, poesía, teatro y libros infantiles. Su obra ha sido traducida a 25 idiomas y en 2007, se convirtió en el primer autor africano en recibir el Prémio Independiente de  Ficción Extrangera, del diario británico The Independent. Su libro O Vendedor de Passados será llevado al cine, dirigido por el director brasileño Lula Buarque de Holanda. En junio publicó su última novela: A Rainha Ginga. E de como os africanos inventaram o mundo.

Pregunta: Agualusa, tu obra es como tú, una obra del mundo, muy viajada. Tienes libros que se desarrollan en Angola, como Estação das Chuvas (1996) o la Teoria Geral do Esquecimento (2012), en Brasil, O Ano em que Zumbi tomou o Rio (2002), en Goa, Um estranho em Goa (2000), y un libro en viaje que podría considerarse un road book, As mulheres do meu pai (2007) que cruza varios países africanos. ¿Cómo te influye ese nomadismo en el momento de crear un libro?

José Eduardo Agualusa: Para mi viajar es conocer personas. Es descubrir lugares e historias. Por consiguiente, ese movimiento me ayuda en el proceso de escritura. Diría que es fundamental. Yo escribo porque me muevo.

En una entrevista de 2009, decías que O Barroco Tropical (2009) es un libro sobre el miedo, sobre dictaduras. ¿Consideras importante tratar temáticas político-sociales en tu obra? ¿El escritor tiene la “responsabilidad” de dar voz a quien no la tiene?

Sí, es cierto. Escribir implica una reflexión y compartir esas reflexiones. En países como Angola, no democratizados, y en los que la mayoría de la población no tiene forma de hacer oír su voz, compartir las inquietudes es aun más urgente. Espero que mis libros puedan servir como plataforma para debates. Para mí la democracia pasa por el debate, por el libre intercambio de ideas, por la noción de que de la confrontación entre varias ideas diferentes suelen surgir ideas mejores.

Has creado personajes fascinantes, tanto que hay quien asegura que los ha visto y estado con ellos, como el caso de la poeta Lídia do Carmo Ferreira da Estacão das Chuvas. También tienes seres extraordinarios como el geco de O Vendedor de Passados (2004), otras aterrorizadas como Lundo, en la Teoria Geral do Esquecimento (2012) y míticas como la Reina Ginga. ¿Nos puedes contar cómo creas tus personajes? ¿Es cierto que a veces te surgen en sueños?

Sí, algunos me surgen en sueños. Soñé por ejemplo, con el protagonista de O Vendedor de Passados, un hombre que vende pasados, historias de vida, a la nueva burguesía angoleña. Otros pueden surgir de páginas de la Historia, como es el caso de la Reina Ginga, una figura extraordinaria, sobre la cual existe muchísima información. Otras veces surgen de alguna noticia que leí, o de un comentario que escuché, o de los rincones de la memoria. Muchas no sé como surgen. Apenas lo hacen, como pasó con Ludo, esa mujer que se empareda por puro terror a convivir con personas de otra raza.

En tu obra es habitual el constante juego entre la realidad y la ficción, la yuxtaposición de los dos planos. Un momento de lo más fascinante es cuando en tu libro As mulheres do meu pai (2007), la realidad y la ficción se cruzan mirándose por la ventana del tren. ¿Cómo se te ocurrió esa idea?

Sí, esa es mi escena preferida. Decidí incluir la realidad, fluyendo paralelamente a la ficción, después de que Karen [Boswall] me contara su historia. Una historia mayor que la ficción. Por otro lado, me interesaba mostrar cómo la ficción se construye partiendo de la realidad, y al mismo tiempo, cómo alimenta la propia realidad. Creo que ese juego está presente en todos mis libros.

El libro O Vendedor de Passados, será llevado al cine el 2014 . ¿Cómo fue esa experiencia? ¿Qué se siente al ver “materializado” uno de tus libros y que tus personajes cobren vida?

La película está lista, la vi hace unos días en Río de Janeiro. La vi con cierta distancia, como vería cualquier otra película, porque no es mi película, es sencillamente una película que parte de una idea mía. Me gustó mucho. Lázaro Ramos, que hace de vendedor de pasados, está extraordinario. Algunos amigos me dicen que podría ser la base de una buena serie, y creo que es cierto, pues cada cliente podría ser un capitulo. Aquello es inagotable. Hay mil razones diferentes para que alguien quiera reconstruir su pasado.

Rainha Ginga, tu último libro, trata sobre una mujer fascinante, personaje mítico del imaginario africano. ¿Cómo surge este libro? ¿Al ser un romance histórico, te llevó más tiempo el proceso creativo?

Siempre he querido escribir este libro. Por eso, en cierto modo, puedo decir que he dedicado la vida entera a escribirlo. No hubiera podido hacerlo sin la confianza y la técnica que fui ganando con los libros anteriores. Era un desafío difícil: adaptar a nuestros días la vida increíble de una mujer guerrera, que subvirtió todas las convenciones de su época y de su cultura y que todavía hoy inquieta y perturba. A tal punto que una película angoleña reciente, que la tiene como personaje central, ignora deliberadamente algunos de los aspectos más interesantes de su biografía como el hecho de haber mantenido durante años un harén de más de cincuenta hombres, a los que vestía y trataba como si fueran mujeres. Eso en la Angola de nuestros días es algo imposible de aceptar por el machismo dominante.

La literatura africana en lengua portuguesa es, en términos generales, menos conocida que la   literatura africana francófona y anglófona. ¿A qué crees que se debe? ¿A la falta de políticas culturales y apoyo a los escritores? ¿Crees que se deberían realizar más festivales o encuentros de escritores africanos?

No lo sé, pero pienso que hay algunos escritores africanos de lengua portuguesa con una carrera internacional muy solida. El caso más evidente es Mia Couto. Es cierto que alguien que escriba en inglés tiene alguna ventaja inicial, pero a partir de cierta altura es irrelevante. Para eso existen los traductores.

En el panorama actual de las letras africanas lusófonas ¿a quién consideras que no podemos dejar de leer?

Mia Couto, Rui Duarte de Carvalho y Ana Paula Tavares. En Cabo Verde hay un poeta interesante, José Luís Tavares. Tengo esperanza que en los próximos años surjan nuevas voces. Son territorios llenos de historias, esperando que alguien las cuente.

Finalmente, ¿hay un nuevo proyecto a camino? ¿Una novela?

Sí he empezado a escribir una nueva novela, pero aún es muy pronto para hablar de ello. Todavía no sé qué forma tomará.