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Atanga y las letras ecuatoguineanas

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No son muchos los recursos de la cooperación española que se dedican a la difusión de las culturas africanas y mucho más escasos, todavía, lo son los de la diplomacia. Por eso, merece la pena mencionar, al menos, la “isla” que supone Atanga, la revista del Centro Cultural de España en Malabo, que número tras número, y ya lleva diez, dedica una espacio considerable a las producciones literarias del pequeño país centroafricano.

En el décimo número de esta publicación semestral, que toma prestado el nombre de una fruta tropical popular en el país,  un artículo de Baltasar Fra Molinero nos acerca a la figura de la poetisa hispano-ecuatoguineana, Raquel Ilombe del Pozo Epita. Fra nos la presenta como “la primera escritora guineana que publicó un libro en vida y la primera también de una larga lista de guineanos que pensaron Guinea en un exilio u otro”. La excusa es la publicación de Ceiba II, un poemario de obras inéditas de la escritora en la que el autor del artículo nos advierte que encontraremos “dos ensayos preliminares, uno más teórico y otro más biográfico, que sitúan a Raquel Ilombe como figura cultural central de las letras guineanas, por más que su nombre sea desconocido para la nuevas generaciones”.

ceibaIILo cierto es que a través de los ojos de Fra descubrimos una autora con una historia apasionante, hija de un colono español y una ecuatoguineana de Corisco. Una víctima colateral de las leyes discriminatorias coloniales que la alejaron de su madre a una edad temprana para colocarla en Burgos de la mano de su padre. Una de las pocas mulatas de la época en España “con una vida de mujer de la clase media acomodada” y “educada en las Escolapias, hablaba francés, había tenido clases de ballet y una puesta de largo como correspondía”. Y al mismo tiempo, nos encontramos con una mujer que se lanza a la búsqueda de sus raíces en los últimos años de la colonia y que se preocupa considerablemente por el futuro político de su país de origen en los tiempos turbulentos y resbaladizos de los albores de la independencia, desafiando las reticencias del Franquismo. Una mujer que se compromete con la transición política española, pero también con la de ese país en el que hundía unas raíces que tempranamente habían intentado ser arrancadas.

Al mismo tiempo, nos encontramos con una poetisa de la distancia, del regreso, de la lucha contra el desarraigo, quizá una de las primeras cantoras de la diáspora y de una diáspora además que sistemáticamente se ha encontrado con serias dificultades para expresarse a pesar de la proximidad como es la ecuatoguineana. Entre los versos que nos muestra Baltasar Fra Molinero, que es además uno de los editores de la edición crítica del poemario Ceiba II, se nos descubren todas esas sensaciones, todos esos sentimientos, todas esas preguntas sin respuesta del exilio forzado:

¿Qué has hecho, tierra roja,

que te tengo tan pegada?

¿Qué has hecho, mar?

Me convirtieron en playa.

El editor asegura que “la edición crítica de Ceiba II quiere servir de vehículo a los lectores guineanos del siglo XXI, para los que las historias de la colonia y la independencia son temas del pasado”. Y en ese esfuerzo por volver a coser con versos los dos mundos propios de una mujer desgarrada, Baltasar Fra señala que “Raquel Ilombe fue una guineana que dijo muchas cosas de España y una española que eligió ser guineana para ser consecuente con su historia personal”.

Pero las páginas que el décimo número de Atanga dedica a las letras ecuatoguineanas no se agotan con la figura de Raquel Ilombe del Pozo Epita. La revista dedica también un artículo a “Ëëvóvë Batete 2015 / Día de la Lengua Bubi”, una iniciativa organizada para reivindicar la utilización de esta lengua nacional que corre cierto riesgo de caer en el olvido. Y de la misma manera nos descubre “Miba na veya (Agua y fuego)” un cuento tradicional ndowé.

Estos ejemplos son sólo una muestra del esfuerzo de los editores de Atanga por mostrar la actividad literaria de Guinea Ecuatorial. Unos esfuerzos que ya se hicieron evidentes cuando dedicaron el número 9 de manera casi íntegra al panorama literario del país.

Afran: raíces en lata

Aula Wiriko

 

 

 

Curso Introducción a las expresiones artísticas y culturales del África al sur del Sahara

Por: Jordi Torrents

Afran en pleno proceso creativo. Foto: Giovanna Macri

Afran en pleno proceso creativo. Foto: Giovanna Macri

Atanga es el nombre una fruta con un sabor especialmente amargo, pero también el de una joven revista que nació, en Guinea Ecuatorial, hace apenas cuatro años con vocación de ser portavoz del dinamismo cultural del país, prestando una especial atención a expresiones emergentes en la pequeña excolonia española. Cine, danza, arte callejero y otras artes visuales, música hip-hop, fotografía o un incipiente teatro sacan la cabeza en un mundillo cada vez más plagado de artistas plurales y sin complejos. Es cierto que durante el largo invierno del colonialismo en África surgieron (o reemergieron, ya que muchos ya existían siglos atrás) grandes centros urbanos que representaron el encuentro de diferentes grupos étnicos y el nacimiento de una nueva cultura popular con la mezcolanza entre tradición e influencia europea. Pero la minúscula Guinea (con apenas un millón de habitantes y sólo dos “grandes” ciudades como Malabo, en la isla de Bioko, y Bata, en la zona continental) no tuvo la explosión vivida en áreas más bulliciosas como Nigeria o Zimbabue. A pesar de ello ahora la está teniendo, a otro ritmo, con un encaje que bebe de la tradición y que el poeta Justo Bolekia (en su libro Ombligos y raíces) describe como un proceso de doble enculturación y hasta como una “quiebra cultural”. Es complejo establecer los límites (en cualquier parte del mundo) entre aquello que podemos considerar cultura propia y elementos foráneos que se mezclan con ella. La globalización es un término demasiado gandul para ello y ya se supera aquellos cruces de caminos donde viajeros, comerciantes y predicadores (hoy deberíamos añadir la televisión e internet) han ido configurando una cultura híbrida. Bolekia habla de repliegue, de retorno a los ancestros, pero lo cierto que en Guinea (especialmente en Malabo, menos dominada por la la etnia fang, la mayoritaria) emerge una mezcla de culturas que empieza por la coexistencia de las distintas etnias (fang, bubi, ndôwe, fernandinos, anobonenses…) y por el contacto con estilos y estéticas que aterrizan de otros continentes o llegan a través de su enraizamiento en gigantescos vecinos como Nigeria o Camerún.

La profesora y estudiosa de la literatura oral y la interculturalidad africana, Clémentine Madiya Faïk-Nzuji, define la evolución cultural como la elección de unos elementos que hay que dar a conocer para crear memoria histórica y que “se pueden transformar y adaptar a las circunstancias de la vida actual, respetando los principios primordiales de los mismos”. ¿Qué mejor explicación para encontrar ese punto de equilibrio entre respeto a la tradición y la modernidad? La revista Atanga ha ejercido el papel de modesta abanderada de esa evolución cultural, retratando diversas expresiones urbanas en el país, que en los últimos años suma ya seis ediciones de un festival internacional de hip hop (con nombres como Meko, Negro Bey o la visita del “español” J Mayúscula, apodo de Jesús Bibang y antiguo miembro del Club de los Poetas Violentos); un festival de cine africano; exposiciones como la del fabuloso fotógrafo Aturo Bibang, o el cómic revolucionario y abanderado del arte híbrido de Jamón y Queso, alias de Ramón Esono Ebalé.

Afran trabajando en Bata.  Foto: Giovanna Macri

Afran trabajando en Bata. Foto: Giovanna Macri

La firma del artista ecuatoguineano está presente en los muros de la ciudad. Foto: Jordi Torrents

La firma del artista ecuatoguineano está presente en los muros de la ciudad. Foto: Jordi Torrents

Destaca, de forma especial, la relevancia pública de un artista como Afran (nombre artístico de Francisco Abiamba Mangue), que utiliza esa reflexión para poner sobre la mesa el debate sobre las artes plásticas en Guinea Ecuatorial. Su firma se puede observar en algunos preciosos grafitis, retablos casi, que adornan algunas paredes de Bata y Malabo. Sus dibujos son verdaderos retratos vitales, sociología de pared que detalla con respeto y maestría elementos del día a día guineano. Afran, que ha vivido en diferentes partes del mundo como Camerún e Italia, aglutina esa doble visión, ese punto de encuentro entre culturas. En Camerún incluso fundó una asociación artística que se dedicaba a decorar muros urbanos. Se ha movido por el mundo del dibujo, la pintura, la música o la fotografía, un verdadero hombre del Renacimiento con unas raíces guineoecuatorianas que se reflejan en las miradas de los protagonistas que, desde los muros, observan el trajín diario de las ciudades. Un claro ejemplo de encrucijada cultural en Afran se plasmó en un gran mural que preside el Centro Cultural Español de Bata, un retrato de figuras africanas realizado con…¡latas de aluminio recogidas en la calle! Una de las evidencias del “progreso” en el país fue la invasión de latas, especialmente de los grandes conquistadores modernos como Coca-Cola o cervezas como Estrella Damm y San Miguel. El mural AbaaMëlan es, para Afran, “una visión idealista de una cultura perennizada a pesar de tantos asaltos de la globalización”. Eso sí, defiende la necesidad de adaptarse al mundo contemporáneo, preservando la esencia; así, este trabajo cuenta con un punto entre la reflexión y la provocación, ya que usa latas de aluminio de marcas globales para regalar un retrato de imágenes tradicionales.

 

La firma y el arte de Afran van tomando las calles de las dos ciudades, los muros grises que tejen urbes en un país de selva. Su arte conforma fragmentos de cultura que puede ser efímera si una pared es derruida, una cultura de ancestros y de visitantes y, como expresa Bolekia, a partir de una memoria basada en la confusión, con raíces que quizá se rompen y con tímidos abrazos a una opresora cultural. Acerca de Abaa-Mëlan (Casa de la Palabra, en fang, el lugar donde se reúnen los sabios para hablar, y que suele encontrarse entre un grupo de casas o a la entrada de un poblado) Afran detalla que, frente a los cambios del entorno, una de las grandes preocupaciones debería ser la de readaptar la cultura a las nuevas formas para, precisamente, “preservar su esencia”. Es por eso que el material usado, latas, no deja de ser “la principal basura de nuestras ciudades”, pero a la vez, se trata de un material resistente, capaz de perpetuar una obra.