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Doomi Golo, Boubacar Boris Diop por partida doble

De nuevo, El libro de los secretos – Doomi Golo es un ejercicio de valentía. Lo fue cuando el senegalés Boubacar Boris Diop lo escribió. Su primera novela escrita originalmente en wolof, en un acto de reivindicación política y cultural que marcaría su trayectoria literaria. Y lo ha sido también cuando la editorial 2709 books lo ha reeditado en septiembre del año pasado. La novela ya se había publicado en castellano, pero 2709 books ha hecho, como acostumbra, un nuevo giro en la edición. La propuesta de esta modesta editorial que ha optado por la edición digital es un libro bilingüe. La oferta de 2709 books es un mismo libro en el que se incluye el texto reescrito en wolof por Boubacar Boris Diop, después de una primera versión, y la traducción en castellano de Wenceslao-Carlos Lozano, a partir de una versión francesa autotraducida por el propio Boris Diop.

El escritor senegalés Boubacar Boris Diop, en el Salon du Livre de Ginebra en 2011. Fuente: Wikimedia.

El ejercicio del escritor senegalés en Doomi Golo resulta cuando menos sorprendente. Boubacar Boris Diop ha confesado en varias ocasiones que se había pasado al wolof en su producción literaria porque sólo así podía expresar algunas de las sensaciones y algunos de los mundos que quería contar, tenía sensación de que muchas palabras perdían una parte importante su significado al ser expresadas en el francés en el que comenzó a escribir. Doomi Golo pone al descubierto estas particularidades. El universo que relata la novela se corresponde con una tradición literaria en la que los relatos se despliegan como muñecas rusas, los tiempos se confunden y se entremezclan y el mundo de lo invisible se hace patente con naturalidad, no como parte de un relato fantástico.

Aparentemente el lector se coloca delante de la historia que Nguirane Faye pretende legar a su nieto Badou Tall, que se ha perdido una parte importante de los últimos años de la vida en Niarela, el barrio de Dakar en el que vive la familia. El joven Badou dejó el barrio y marchó al extranjero de manera sorpresiva y sin advertírselo, ni siquiera a su abuelo con el que le unía una relación muy especial. El viejo Nguirane, que ve que se acerca su hora, carga con la pena de no saber del nieto al que adoraba y, al mismo tiempo, con la sospecha de que no volverá a ver al muchacho, por eso pretende dejarle escritos siete cuadernos en los que relata los acontecimientos más importantes de su ausencia, incluido el Libro de los secretos en el que el viejo transmite a su nieto las maledicencias de los vecinos que han sido incapaces de entender la ausencia del muchacho.

Sin embargo, la voluntad original del anciano se ve desviada por la propia narración. En el relato se confunden los tiempos. Los, al menos, dos reconocibles se van trenzando y entremezclando hasta el punto de confundirse en algunos puntos, para después deshacer el entuerto con naturalidad. El tiempo en el que habla (o más bien escribe) el anciano, un tiempo reconocible, y que a estos efectos es el mismo que el de los hechos del barrio que narra; se entrecruza con el de las historias míticas que salpican el relato. El entierro del padre de Badou se erige como la referencia recurrente del tiempo más identificable. Assane Tall dejó a su familia, cuando el pequeño Badou contaba unos meses. Se trasladó a Marsella y desapareció tanto para su padre, Nguirane, como para su hijo. Assane sólo reaparece muerto, en forma del cadáver repatriado de Francia, donde había sido futbolista, que llega acompañado de una nueva mujer y dos hijos. Irrumpe en las vidas de la familia de Niarela para desestabilizar definitivamente el dudoso equilibrio.

Los relatos con los que Nguirane va espolvoreando el legado que pretende dejar a su nieto, permiten a Boris Diop desplegar toda una batería de recursos narrativos que dan a la historia un tono muy particular. Las historias de los antiguos reinos que poblaron el actual territorio de Senegal son uno de los ingredientes. De pronto, Cayor o el Sine vuelve a recuperar un protagonismo que comparten con personajes míticos y elementos de las cosmovisiones que conviven en el territorio. Las historias de antepasados y ancestros tienen que encontrar el encaje con las estructuras políticas contemporáneas, de hecho, como ocurre en la vida real. El relato refleja también esas tensiones: “Un fanático de la República moderna, de sus fastos y sus urnas, recuerda con triunfalismo que, a Dios gracias, las monarquías de nuestra enloquecida historia son cosa del pasado. (…) Los siglos se embisten como carneros enfurecidos. Niarela no sabe a qué propia historia y las mentes están bastante alteradas”, advierte en una ocasión.

Esos relatos que van apareciendo y desapareciendo son además la forma para explorar otras formas de contar poco habituales en la literatura escrita pero completamente integrados en la transmisión de los relatos populares. “Puedo asegurarte que nuestro ancestro batallaba a lomos de un leopardo. Cuando atacaba al enemigo, el aliento de la fiera precipitaba las estrellas contra la tierra y los peces, aterrados, se ocultaban entre las rocas de las profundidades oceánicas”, le dicen al anciano narrador durante una incursión en busca de su pasado, reflejando ese tono propio de las historias tradicionales. Y un imaginario Badou pide a su abuelo en una ocasión que le cuente: “Todo lo que ni viste ni oíste allá. Si las palabras te pesan en la lengua, dales alas, Nguirane, haz que vuelen como esas aves que cruzan el cielo”. Una frase que transmite de manera magistral lo que supone el gusto por el relato. En el resto de las historias se pueden encontrar esparcidas frases que igualmente hacen referencia a ese espacio onírico en el que se mezclan de manera inapreciable la realidad y la ensoñación: “Quiero soñar. Llévame allí donde el tiempo no puede avanzar ni retroceder”. Las frases propias de la función pedagógica de los relatos populares también aparece aquí y allí en el texto de Boris Diop: “Por larga que sea la noche, siempre acaba amaneciendo”.

“Algunos días hay que tener el valor de recordar algo tan sencillo como que no moriremos dos veces, que la muerte es en definitiva un acontecimiento tan único e irrisorio como el sonido de ese tambor. Sin duda, se la puede temer, pero no hasta el punto de dejarse humillar por cualquiera”, deja escrito Nguirane a su nieto en forma de enseñanza.

Sin embargo, las historias sobre reinos tradicionales o los relatos fundacionales no ocultan, aunque quizá sí que disimulan el contenido de crítica social y política de la narración. No pasan desapercibidas ni las advertencias a no abandonar una identidad cultural y una tradición histórica propias, ni las reprimendas a los gobernantes modernos que se olvidan de sus obligaciones con los ciudadanos. El desgarro de la migración, la dificultad de la vida en la diáspora, el choque entre las culturas africanas y los usos del norte, son algunas de las cuestiones que el escritor senegalés va apuntando sin que la lectora o el lector apenas se percaten.

Esa intersección (no confusión) entre los mundos visible e invisible entre la historia y la fábula, se va intensificando poco a poco, los relatos míticos dejan de ser apuntes del viejo Nguirane para transmitir enseñanzas. Las historias de personas no humanos van ganando terreno y la transición se completa cuando Ali Kaboye toma el relevo de la historia que Badou Tall debe escuchar cuando regrese a Niarela. El personaje mítico de Kaboye se responsabiliza de transmitir el legado cuando el viejo Nguirane muere. La certeza de que “ninguna historia acaba del todo”, es la transición entre uno y otro, una certeza que acompaña a Nguirane Faye, en su último viaje y con la que Ali Kaboye recoge su testigo narrativo.

Literatura africana en lenguas africanas

¿Qué es la literatura africana? Pregunta fácil de respuesta imposible. O, al menos, no unánime. Cualquier intento de definir una realidad compleja, como lo es la literatura africana, nos lleva a etiquetar y establecer unos límites que nos permiten adentrarnos en un espacio nuevo, situarnos y empezar a descubrir, pero que acotan y restringen. En ocasiones los límites son geográficos e iniciativas como Africa39 agrupan a escritores únicamente de África Subsahariana y de la diáspora de estos países. Otras veces, los escritores africanos que viven en el continente muestran su cansancio frente a lo que consideran «literatura africana inmigrante», la escrita por autores africanos que no frecuentan sus países de origen y que escriben desde y sobre Estados Unidos, Francia o Inglaterra, pero no sobre la realidad africana. Siyanda Mohutsiwa firmó en Okayafrica «I’m done with African immigrant literature» y, en su intento de recuperar la literatura africana para los africanos, caía en la paradoja de excluir, acotar y decirle a los autores sobre qué temas deberían o no escribir. La respuesta a la polémica servida en bandeja no se hizo esperar y Shadreck Chikoti dio la réplica en Africa in Words con «I am not done with African immigrant literature»: el deber de un escritor es escribir, no ser el guardián de su cultura.

La lengua también ha sido, y sigue siendo, un elemento con el que se intenta definir qué es y qué no es literatura africana. ¿Cuál es la literatura africana «de verdad»? ¿La escrita por africanos en lenguas europeas? ¿La escrita en lenguas africanas? Un dilema con dos posiciones encontradas desde los años 60 y representantes como Chinua Achebe y Léopold Sédar Senghor, por un lado, y Ngũgĩ wa Thiong’o, por otro. Achebe reclamaba la apropiación del lenguaje del colonizador para la creación literaria, la «africanización» de las lenguas europeas. Senghor soñaba con la conciliación de la francofonía y la negritud. En 1997, el keniano Thiong’o publicó Petals of blood en inglés y luego se despidió, casi para siempre, de esta lengua. Su análisis sobre las consecuencias de suprimir sistemáticamente las lenguas y literaturas kenianas para imponer el inglés durante la época colonial se recoge en una obra fundamental: Descolonizar la mente. Incluso la elección del término para hablar de literatura africana resulta compleja. De hecho, Thiong’o considera que la producción literaria africana en época imperialista fue un híbrido que no puede considerarse literatura africana, sino literatura afroeuropea, escrita por africanos en lenguas europeas, que ha usurpado incluso el nombre a la literatura africana.

El debate sobre la lengua de producción sigue vivo y se consolidan proyectos que permiten la difusión de la literatura africana escrita en lenguas africanas. El colectivo Jalada publicó en 2016 el relato más africano: Revolución vertical: o por qué los humanos caminan de pie, escrito por Thiong’o en kikuyu, traducido al inglés por el autor y, después, a treinta y dos lenguas africanas. El enorme éxito de la propuesta de Jalada, cuya adaptación al teatro ganó el Sanaa Theatre Awards for Best Play in Local Language, es una buena muestra de la vitalidad y necesidad de publicar en lenguas africanas como reivindicación cultural y social.

Desde África Occidental, el escritor senegalés Boubacar Boris Diop es un actor clave en la difusión de la literatura africana en lengua wolof. Dirige Céytu, un sello creado por Éditions Zulma y Mémoire d’Encrier para publicar en wolof las obras imprescindibles de autores africanos escritas en lengua francesa. Hasta la fecha han publicado Nawetu deret (Une saison au Congo), de Aimé Césaire, Baay sama, doomu Afrig (L’Africain), de Le Clézio y Bataaxal bu gudde nii (Une si longue lettre), de Mariama Bâ.

Edición en wolof de “El secreto del unicornio” promovida por ATS-Belgique.

El wolof también está llegando a la literatura infantil y juvenil. En 2012, la asociación humanitaria ATS-Belgique celebró su décimo aniversario con la traducción de El secreto del unicornio, el famoso cómic de Tintín. La edición cuenta con prefacio de Abou Diouf, presidente de Senegal de 1981 a 2000 y actual secretario general de la Organización Internacional de la Francofonía (OIF), institución que apoya la promoción de la diversidad lingüística en los países en los que el francés cohabita con lenguas africanas.

Publicar, sí. ¿Leer?

El mundo de la edición se está moviendo para publicar en lenguas africanas, pero ¿sucede lo mismo con la alfabetización y el fomento de la lectura en estas lenguas? Tomemos como ejemplo el caso de la lengua wolof en Senegal y la asunción —¿imposición? ¿autoimposición?— de la lengua europea colonial.

La lengua oficial de Senegal es el francés. Así lo establece la Constitución de 2001, que también hace referencia a las lenguas nacionales del país: el diola, el malinké, el pular, el serere, el soninké, el wolof y «cualquier otra lengua nacional que se codifique». El estatus de lengua oficial convierte el francés en la lengua utilizada por el Estado en su relación con los ciudadanos como administrados en ámbitos esenciales como la enseñanza y la justicia. Sin embargo, según el censo del año 2013 de la Agencia Nacional de Estadística y Demografía del Ministerio de Economía senegalés, solo el 37 % de la población lo habla. Este porcentaje es optimista, otras fuentes hablan de 15-20 % de hombres y 1-2 % de mujeres. En el término medio encontramos los datos de la OIF con una estimación, en 2007, cercana al 21 % de senegaleses «francófonos parciales». Sea cual sea la cifra, el resultado es que la mayoría de la población no puede comunicarse en la lengua oficial de su país; es decir, no puede ejercer plenamente sus derechos ciudadanos.

De entre las lenguas nacionales, el wolof es la que más se habla en Senegal. Aquí también, las cifras varían según la fuente: algunas la consideran lingua franca en todo el país (80-95 % de la población la hablaría), otras sitúan la cifra en torno al 45 % de la población. En cualquier caso, el wolof es la lengua más comprendida, sobre todo en medio urbano, e incluso lengua de comunicación entre las distintas etnias debido a la creciente movilidad de la población.

Sin embargo, la alfabetización en lenguas nacionales está lejos de ser la realidad prometida por Senghor en 1974, cuando presentaba la reforma de la enseñanza y preveía que los alumnos de primaria podrían aprender su lengua materna y francés en la escuela. Desde entonces, los avances han sido escasos. En 2009, la Asociación para la Investigación y la Educación para el Desarrollo puso en marcha un programa para introducir la enseñanza en wolof y en pular en las escuelas, en horas libres. En el curso 2012-2013 se introdujeron las lenguas nacionales en horarios y programas oficiales de nueve circunscripciones escolares, pero la incidencia es todavía escasa. En la región de Saint Louis, Alianza por la Solidaridad también ha comenzado un plan de alfabetización en wolof para adultos en un intento de reducir el 59 % de analfabetismo en la región (72 % en el caso de las mujeres).

Con una lengua oficial incomprensible para la mayoría de la población y sin alfabetización formal en lenguas nacionales, ¿cómo pueden tener acceso los ciudadanos a la lectura?, ¿cómo pueden leer a sus autores y reapropiarse sus culturas?

Gorée island cinema, el taller del director Joseph Gaï Ramaka. Foto: Marina M. Mangado

El escritor Boubacar Boris Diop y el director de cine Joseph Gaï Ramaka persiguen juntos el sueño de la difusión cultural wolof. En 2003, Diop publicó su primera novela en esta lengua, Doomi Golo, que se ha transformado en un audio-ebook gracias al proyecto de sonorización y digitalización de Ramaka. El escritor realizó una lectura interpretada de su obra en los estudios de sonido del director de cine, que después sincronizó con el texto. Esta técnica de acoplamiento del audio y del texto en formato digital puede contribuir a la alfabetización de los lectores: mientras se escucha el relato, desfila el texto, que va cambiando de color conforme avanza el audio, y permite asociar escucha y lectura. Una solución que el director calificaba hace unos meses, en su casa en la isla de Gorée, como «desarrollo en diagonal»: aprovechar las nuevas tecnologías para conseguir la alfabetización en wolof, saltándose el libro en papel —y los problemas de distribución, talón de Aquiles en muchos países africanos— y tomando el «atajo» hacia el mundo digital.

Esta forma de alfabetización podría ser adecuada para las personas que ya tienen competencias lectoras en otras lenguas: enseñar a leer y escribir en wolof a universitarios e intelectuales que hablan y entienden la lengua, pero que no la han estudiado formalmente. Sin embargo, no parece la herramienta apropiada para que las historias de los autores senegaleses lleguen a una mayoría de población con escasos recursos económicos y que jamás ha ido a la escuela. En estos casos, la radio es cómplice perfecto. El proyecto de Diop y Ramaka también ha llegado a las radios locales: durante varias semanas se retransmitió una hora del audio de Doomi Golo, seguida por una hora de debate, y el director de cine afirma que la participación fue alta y la acogida entusiasta. Queda pendiente un trabajo de sistematización y análisis de la penetración en los barrios, siempre difícil cuando los presupuestos son ajustados.

Maison d’éducation MariamaBâ. Foto: Marina M. Mangado

En Gorée se ha llevado a cabo otra experiencia de alfabetización en wolof a través de la lectura de Bataaxal bu gudde nii (Une si longue lettre), de Mariama Bâ. La isla acoge una escuela de excelencia, precisamente la Maison d’Éducation Mariama Bâ, en la que estudian las mejores alumnas del país. Se llegó al acuerdo de utilizar las tres horas libres semanales para iniciar la alfabetización en wolof de las alumnas de 4ème (4º de la ESO en España), que en el curso siguiente leyeron la novela en wolof y, en el siguiente, en francés. Las profesoras de literatura observaron una mejor comprensión del texto en las alumnas que habían podido formarse y leer la obra en wolof. Nos encontraríamos frente a una interpretación profunda asociada a la lectura en lengua materna que permite la apropiación de las sutilezas e ilustraría la teoría de Thiong’o de la necesaria harmonía entre cultura (lo que vivimos) y lengua (cómo expresamos lo que vivimos) en edades tempranas.

¿Quiénes son los lectores de literatura en lengua africana?

Si las publicaciones en lenguas africanas se multiplican, pero las competencias lectoras en estas lenguas son todavía escasas, ¿para quién publicamos?

Boubacar Boris Diop. Fuente: Wikimedia

En el caso senegalés, Boubacar Boris Diop lo tiene claro: ha llegado el momento de la alfabetización de los intelectuales senegaleses francófonos. Los clásicos de la literatura publicados en Céytu y los audio-ebooks permiten avanzar en esta línea. Los audios, además, permiten acercar las letras senegalesas a personas sin formación reglada y construir, poco a poco, una conciencia sobre el valor de la cultura propia.

Joseph Gaï Ramaka ve también una oportunidad en la diáspora senegalesa, formada y con recursos. El acceso a literaturas en lenguas africanas ayudaría a los afrodescencientes redescubrir sus raíces y revalorizar las culturas propias. Además, permitiría al profesorado y alumnado de los departamentos de wolof de las universidades contar con material ajustado a las enseñanzas que se imparten, por ejemplo, en más de veinte centros norteamericanos (Boston y Columbia, entre ellos) y en los departamentos de universidades suizas, francesas, alemanas y holandesas.

Más allá, la dimensión política de mantener la lengua de la antigua colonia como lengua oficial en muchos países africanos no es banal. Ya lo observó Diop a finales de los 90 en el marco del proyecto de recuperación de la memoria mediante la escritura en Ruanda (Écrire par devoir de mémoir): «Tomé conciencia de la dimensión lingüística del apoyo de Francia a los organizadores del genocidio. Se trataba de defender el bastión francófono del ataque de los rebeldes que venían de una Uganda anglófona». La francofonía no es un mero espacio lingüístico, sino otro instrumento de la «Françafrique», y el impulso de las lenguas nacionales puede contribuir a la reapropiación de la vida política en muchos países africanos. Así, la literatura africana escrita en lenguas africanas, publicada en lenguas africanas, leída en lenguas africanas y traducida desde lenguas africanas podría ser una herramienta para el cambio social.

 

Dakar al desnudo

Después de un periodo fuera de los kioskos, la revista Altaïr se reinventó, se reconstruyó y volvió al papel. Empecinados y en contra de todos los análisis y todos los consejos, los responsables de la publicación no han podido superar la adicción a la tinta que a ellos les hace caminar por el filo de la navaja y que a los lectores nos abre ventanas que dan a realidades fascinantes. Cerdeña fue su destino de apertura, pero Pere Ortín, el director de la revista, no se resistió demasiado. El segundo número de Altaïr Magazine ha sido “Dakar. Capital de una África diferente”. El segundo número de Altaïr Magazine es una auténtica disección de Dakar, un recorrido por la ciudad, por la capital de Senegal, que se adentra en todos los rincones de la urbe.

Ilustración de la portada del número de Altaïr Magazine sobre “Dakar. Capital de un África diferente”. Collage de Mario Trigo, a partir de fotos de Mamadou Gomis.

Crónica 360º, le llaman. Es, más bien, un periodismo que abre en canal la realidad. Y en eso tiene que ver, sin duda, la filosofía de la revista, pero también las firmas de este número de 200 páginas. Los responsables de la publicación han conseguido que algunos de los más profundos conocedores de la ciudad se conviertan en cicerones de los lectores. La nómina combina plumas destacadas como Boubacar Boris Diop, Massamba Guèye o Ken Bugul; con expertos como Daouda Cissé o Oumar Ndao; periodistas como Abdou Khadre Gaye o Moustapha Diop; y con blogueros como Cheikh Fall y Ken Aicha Sy. Todo el número está, en realidad, atravesado por dos líneas muy claras (tres, si contamos el toque inconfundible del director, Pere Ortín), en lo literario, Boubacar Boris Diop marca profundamente el enfoque; en lo visual, el fotógrafo Mamadou Gomis, autor de la mayor parte de las imágenes, determina inequívocamente el aspecto del dosier.

Portada del segundo número de Altaïr Magazine.

Esta radiografía de Dakar, que mira a la ciudad del derecho y del revés, se cuela en los recovecos de una urbe de la que el propio Pere Ortín asegura que es “un caos con apariencia armónica, atractivo y cruel” en el que “no es necesario soñar, solo hay que abrir bien los ojos”. Que nadie espere nada que se parezca a una guía de viaje, porque este homenaje de 360º a la capital del África Occidental es más bien un inventario de los lugares imperdibles de la ciudad, de las historias ocultas y de las dinámicas sociales que puede permitir exprimir al máximo el clima de las calles de la península de Cap Vert.

Este número de Altaïr Magazine es como uno de esos libros pop up, en los que se abren ventanas y puertas que muestras paisajes y escenas; o en los que al pasar una página se despliega un escenario en tres dimensiones. Cada uno de esos artículos es uno de esos elementos. El mosaico de la ciudad se compone con piezas que ofrecen visiones parciales, pueden ser las visiones nostálgicas de unos, las compilaciones de espacios de otros; pueden ser las descripciones históricas o los análisis sociológicos; puede ser la descripción del Dakar más creativo o el de la efervescencia social; puede ser el enfoque literario o el gastronómico. Cada uno de ellos da una clave y, sobre todo, en cada uno de ellos se abren un sinfín de pequeñas puertas que hay que ir descubriendo.

DAKAR 360º – ALTAÏR MAGAZINE from ALTAÏR on Vimeo.

Boubacar Boris Diop nos descubre la figura de Yaadikone Ndiaye “un forajido mítico que desafiaba el orden colonial, desplumando a los ricos para dar de comer a los pobres”. Diop explica como ese bandolero abría de noche las puertas de los cines de su querida Medina, para que los niños del barrio pudiesen acceder. Oumar Ndao en su repaso por los barrios de la ciudad, nos descubre el nacimiento de la mítica orquesta Super Diamono, en Mermoz; nos monta en un car rapide (el medio de transporte colectivo más popular de Dakar), según él, un “resumen humorístico de lo que no son”, porque no son coches y no son rápidos; describe la aparición del primer bar clandestino en Ouakam; o las moradas de los genios protectores de la ciudad a los que los lebus siguen rindiendo culto para pedir sus favores; e incluso, nos descubre a algunos de los “locos” de la ciudad, esos personajes carismáticos y fundamentalmente rodeados de misterio que marcan el paso de la vida cotidiana y nunca aparecen en crónicas, ni historias oficiales. Daouda Cissé nos abre las puertas desconocidas de los comerciantes chinos del barrio de Centenaire, analizando las relaciones de la capital senegalesa con el gigante asiático.

Fotografía de Mamadou Gomis, contenida en el número de Altaïr Magazine sobre Dakar.

“Hoy ha sido un día muy parecido a muchos otros. De nuevo los artistas de la capital senegalesa me han impresionado, sorprendido, conmovido y hecho sonreír”, escribe la bloguera cultural Ken Aicha Sy en su particular repaso por la efervescencia artística de la ciudad. Su aportación se suma a la de Keba Danso, sobre su iniciativa Ciné Banlieu que trata de acercar el cine a todo el mundo. En la misma línea cultural se inscribe una de las contribuciones con más calado del volumen. El análisis literario, ideológico y filosófico en el que Boubacar Boris Diop coloca a Cheikh Anta Diop frente a Léopold Sédar Senghor con perspectiva y sin maniqueísmos. “Mi generación combatió a Senghor e incluso pretendimos odiarlo. Posiblemente sentíamos un insólito afecto por él”, llega a escribir Diop.

Pero también hay espacio para una crónica social más ligera, como el recorrido de Cheikh Fall por la vida del taxi de la capital. El joven bloguero conocido por su activismo se viste de costumbrismo en este caso para explicar algunas de las anécdotas que un viajero puede escuchar en los coches amarillos y negros que recorren la ciudad. Salimata Wade ofrece un recorrido gastronómico y se mete en las ollas de Dakar. “Dakar es a día de hoy un concentrado de fragmentos y reflejos de humanidad, continentes, idiomas, culturas, arquitecturas, gustos, sabores”, adelanta Wade antes de meterse en harina.

La afamada escritora Ken Bugul visita uno de los espacios más emblemáticos, simbólicos y desconocidos de Dakar, la Gare de Dakar. El ferrocarril fue clave durante la colonización, la línea ferroviaria de Dakar a Bamako era el nexo de unión entre los diferentes intereses de la metrópoli francesa. Sin embargo, el medio de transporte que dejó algunas infraestructuras emblemáticas fue, poco a poco, cayendo en el olvido y la línea más importante dejó de funcionar en 2010. La escritora senegalesa evoca sus recuerdos de este espacio y de la nostalgia del ferrocarril.

Éstas son sólo algunas de las piezas del mosaico en 360º que ofrece Altaïr Magazine. La radiografía, la disección de la ciudad, acerca a los lectores a un enorme nivel de familiaridad. Este dosier especial descubre la realidad de una ciudad a la que seguramente muchos lectores disfrutarán asomándose.