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Fatou: “Si nuestras mujeres siguen llorando, se reflejará en la siguiente generación”

Fatoumata Diawara (Fatou) es un vendaval en el escenario pero, tras la última nota, deja calma y muchos pensamientos. La artista maliense llega esta semana a España (viernes 27 en Cartagena y sábado 28 en Valencia) para seguir con la presentación mundial de su último trabajo, Fenfo, que salió a la venta el pasado mes de mayo.

Fenfo, que podría traducirse como “algo por decir”, es una declaración de intenciones. Diawara llevaba mucho tiempo guardando cosas que ya no le cabían en su pecho. Por eso, a boca llena viene a defender los derechos humanos. “No me conformo con decir que todo está bien porque no lo está. Ahora tengo un hijo. Hay que crear un mejor futuro”, contó la cantante a Wiriko.

Este nuevo álbum, que llega siete años después de su aclamado Fatou, es un doctorado por la paz. Un alegato a favor de los migrantes, de las generaciones frustradas del continente africano y del empoderamiento de la mujer. “Es hora de ver la cara amable de África. Somos nosotros los que tenemos que darla a conocer al mundo”, dijo Diawara durante su poderoso concierto en el londinense Jazz Café.

Fenfo “es la voz de un bebé por nacer que le habla a este mundo caótico. Hay niños viviendo en guerras, sin comida y ya nadie sabe qué va a ser de ellos. ¿Cuál es su futuro?”, se pregunta la maliense. Y mientras, su hijo se escucha revoltoso al otro lado de la conversación telefónica que la cantante mantiene con este periodista. “Soy madre. Soy más sensible y ahora tengo otra razón para luchar por alguien”.

La vocalista desmorona los estereotipos con su voz dulce. Mide las palabras o quizás las busque. Se excusa en su dominio del inglés, pero Diawara no necesita otro idioma más que el suyo, el bambara, para generar debate. A pesar de que se le ha animado a cantar en francés o en inglés, la artista prefiere dedicar esfuerzos a los suyos con temas directos que al principio incomodaban. “Ya no les sorprenden mis letras. Son mis señas de identidad para hacer que las cosas cambien”, afirma.

* Artículo publicado originalmente en Planeta Futuro gracias a un acuerdo de colaboración entre Wiriko y esta sección de EL PAÍS. Para seguir leyendo, pincha aquí

Fatoumata Diawara, insospechada energía para La Mercè 2013

El escenario evocador con Diawara sobre las tablas, la fachada de la catedral como decorado y la luna como espectadora curiosa. Foto: C.B.

El escenario evocador con Diawara sobre las tablas, la fachada de la catedral como decorado y la luna como espectadora curiosa. Foto: C.B.

El programa de las fiestas de La Mercè de Barcelona anunciaba para el pasado viernes una actuación de la artista malí Fatoumata Diawara en la Plaça de la Catedral. El escenario estaba preparado para la previsible tranquilidad de un concierto marcado por la suavidad de la voz de la cantante y sus ritmos basados en la música Wassoulou de su región de origen aliñados con reminiscencias soul o jazz. Sin embargo, los asistentes se encontraron con un directo que desprendía una energía inesperada. En realidad, Diawara desbordó los preparativos de la propia actuación, es decir, las sillas preparadas para disfrutar cómodamente de un concierto en formato recital se convirtieron en un estorbo cuando la malí contagió inevitablemente el ritmo a la afluencia. A pesar de que el repertorio estaba, casi, íntegramente basado en su disco Fatou.

Fatoumata Diawara va dejando entrever algunas de sus características durante su actuación. La cantante malí parece predestinada para el arte. Seguramente, sería controvertido intentar defenderlo racionalmente, pero parece que Diawara lleva la sangre la capacidad para expresarse, para transmitir creando cosas que además son bellas por sí mismas, que mueven, que llegan, que contagian y convencen en una parte oculta del cerebro del público. Baila, canta, declama y tiene una presencia en el escenario que sobrecoge y atrapa al mismo tiempo.

El espectáculo de Diawara no es sólo música, sino una combinación de lo que se considera artes escénicas. Cada elemento, cada pieza cumple su discreto papel para acabar enganchando a quien lo observa y lo vive. El espectáculo de Diawara ni siquiera es sólo arte, porque también tiene mucho de compromiso, de principios y de preocupaciones, sobre todo, sociales. La artista malí, no se ha olvidado de su propia experiencia, de lo duro que resulta abrirse paso lejos de casa.

Seguramente por eso, uno de los momentos más emotivos del concierto fue una versión, mucho más enérgica de la que se puede escuchar en su disco, de la canción “Clandestin”.  La cantante dedicó la canción a sus “hermanos clandestinos”, con un discurso tan simple como escalofriante en el que había perlar para todos. A los asistentes les recordó que se trata de una generación “que busca, que trata de aprender”; a los propios destinatarios del tema les mostró su cariño y les advirtió que África les necesita; y a los responsables políticos tanto africanos como occidentales les avisó “si no pueden viajar, que les dejen construir su futuro”. A partir de ahí, Diawara condujo a la plaza entera, de una manera casi inconsciente, a seguir el ritmo de “Clandestin” con las palmas en un acto de absoluta aceptación.

Últimamente Fatoumata Diawara ha mostrado una implicación sin matices y ha participado en numerosas iniciativas relacionadas con la situación que se estaba viviendo en su país natal, Mali, primero con la revuelta en el norte, el golpe de estado después y la guerra abierta que incluyó la intervención de las fuerzas armadas francesas. Algunos artistas malís, entre ellos Diawara, han exigido a través de la música la restitución de la paz en su país. Y el pasado viernes, en la plaza de la Catedral de Barcelona, en un escenario impactante con la fachada del edificio iluminada y una luna casi llena como involuntaria convidada, Fatoumata encontró el momento para volver a cantar a la paz. Lo hizo a través de “Kele”  y con la exigencia de que “África necesitan paz para sus niños”. Un tema que además propició el momento para el lucimiento de los músicos de la formación de Diawara, con bajo, guitarra, batería y percusión.

Cubierta del disco Fatou, de Fatoumata Diawara

Cubierta del disco Fatou, de Fatoumata Diawara

En todo caso, “Alama” llevó a la plaza el momento culminante de la comunión. Diawara consiguió que entre los asistentes sólo se viesen cabezas, ya no quedaba nadie sentado en las sillas que se habían preparado. Fue la danza la que operó el milagro. Mientras la cantante malí, que a esas alturas de concierto se había despojado de cualquier distancia respecto al público, hacía un alarde de baile y giraba recordando a los derviches turcos el público no pudo menos que verse capturado por la magia del África Occidental. En este caso, el trance no tenía una dimensión mística, sino que tuvo mucho más que ver con el encuentro de culturas que se basa en la curiosidad y la admiración.

En ese momento, Diawara había ganado definitivamente. No es una artista de masas así que es de suponer que muchos de los asistentes jamás hubiesen escuchado a la malí, quizá ni siquiera habían oído nada parecido y por ello la cantante dio la puntilla con el componente pedagógico de la noche. Comenzó presentando el tema en medio de la euforia “como un ritmo africano, un ritmo muy antiguo, un ritmo de mi pueblo, el ritmo Wassoulou”. “Este es un ritmo que os traigo a todos vosotros. Nosotros sonreímos, no lloramos. Os traigo este ritmo porque la música es para todo el mundo”, continuó en la presentación convirtiendo las fronteras y los prejuicios en lo que realmente son: rayas en un trozo de papel, unas; muestras de la ignorancia, los otros. Y así fue como el ritmo Wassoulou colonizó la plaza de la Catedral. Diawara aún tuvo que hacer un bis por exigencia popular antes de que la afluencia comenzase a dispersarse en una mezcla de sorpresa, satisfacción y euforia.