Entradas

Mozambique, la sal de la vida en tiempos de guerra

Mozambique, años ochenta. Cada vez son más los habitantes que se juegan la vida llevados al borde de la desesperación por la guerra civil posterior a la independencia que devastó el país desde 1977 hasta 1992. Un viaje en tren de 700 kilómetros desde Nampula, en la costa, hasta la frontera interior con Malaui. Un trayecto fletado de militares de la FRELIMO que llevaban ametralladoras antiaéreas contra las hostiles fuerzas de la RENAMO que intentaban descarrilarlos. Los civiles arriesgaban sus vidas para llevar la sal, que era abundante, y comerciarla por el azúcar, que se había vuelto escaso y rentable. Objetivo: mantener a sus familias en tiempos de escasez. La magia de torear al hambre a cualquier precio. Un camino especialmente duro para las mujeres, porque el miedo a bordo del tren era tan temido como el que podían tener durante el viaje.

Esta historia de arriesgar la vida y la integridad física como un medio de supervivencia se narra en la impresionante película The Train of Salt and Sugar (2016) (El tren de la sal y el azúcar) dirigida por Licinio Azevedo. Basado en una novela escrita por el propio director hace una década, es un trabajo profundo y conmovedor que pone de relieve el valor de recuperar los elementos microscópicos de la historia contemporánea africana: sin grandes efemérides, sin grandes nombres, a fin de cuentas, historias de gente común. Una película que se compromete con una imagen más amplia y humana de Mozambique. Sin duda, un trabajo que en 2018 se convertirá en una de las cintas más destacadas del continente.

Mozambique tiene una historia cinematográfica que ha producido algunas de las películas más desafiantes y progresivas del continente en los años ochenta (Mueda, Memoria e Massacre, 1980 de Ruy Guerra; O vento sopra da norte, 1987, de Jose Cardoso), pero la caída del telón de acero afectó significativamente a las fuentes de ingresos de la industria y a la producción cinematográfica del país. Quizás por este motivo los largometrajes de ficción en el país se han convertido en algo raro en un entorno tan carente de recursos.

En los últimos años el brasileño Azevedo –aunque desde hace más de tres décadas afincado en Mozambique– se ha convertido en una de las figuras esenciales del sector cinematográfico con una miríada de documentales sociales y políticos junto al largometraje Virgem Margarida (2012). En su segunda ficción la fotografía (y el plano inicial en la estación de tren es una clara muestra de ello) es visualmente rica y reflexiva, deteniéndose en el paisaje mozambiqueño, y amplificando la hermosa, pero aterradora frontera en la que el tren se aventura. Es más, la complejidad del lenguaje metafórico colisiona con el profundo pragmatismo de la guerra. Y todo aderezado con las creencias animistas que de forma sutil se van intercalando.

La estrella de la cinta es sin duda la radiante Melanie de Vales Rafael, de 21 años, cuya actuación en esta producción histórica la llevará por el camino de una carrera excepcional. Interpreta el personaje de Rosa, una joven enfermera, que se erige como un emblema de la vulnerabilidad, la ternura y la fuerza del papel que desempeñan las mujeres en tiempos de guerra. La joven actriz consiguió su primer papel cuando tenía solo 14 años junto a Danny Glover en el drama The Republic of Children (2012) del director guineano Flora Gomes.

Creciendo en Brasil, parece que Azevedo siente una afinidad natural por los hilos del realismo mágico que se infunden de la narrativa de su último trabajo, recordando las obras de los grandes novelistas latinoamericanos como Gabriel García Márquez. The Train of Salt and Sugar está lleno de elementos de magia y comedia, lo que subraya la poderosa persistencia de la esperanza y la imaginación, incluso en tiempos de guerra.

Si quieres adentrarte en el cine de Mozambique, te recomendamos que leas este artículo.

 

Malaui celebra los Premios de la Música

El cantante Sally Nyundo se llevó el premió al mejor reggae de 2013

El cantante Sally Nyundo se llevó el premió al mejor reggae de 2013 / Foto: Maria Thundu

El Centro Internacional de Conferencias Bingu de Lilongüe acogió el pasado 24 de enero la gala de los primeros Premios de la Música de Malaui. Con este evento organizado por la Asociación de Músicos de Malaui (MAM en sus siglas en inglés), se ponía así fin a 10 años sin merecimientos musicales en el país

“Estábamos quedándonos atrás. Veíamos cómo nuestros músicos eran premiados en el extranjero mientras que no tenían reconocimiento en su propio país”, explicó para Wiriko el presidente MAM, el reverendo Chimwemwe Mhango.

Con algo más de cuarenta minutos de retraso la gala comenzó al ralentí. Los discursos de rigor tomaron el protagonismo mientras se tuvo que esperar más de una hora para oír las primeras melodías. Con las elecciones a la vuelta de la esquina, el evento se pobló de autoridades y tanto la presencia del vicepresidente del país Khumbo Hastings Kachale como del ministro de Turismo, Flora y Fauna y Cultura, Moses Kunkuyu, propiciaron los discursos de los mismos.

Sin embargo, los músicos hicieron todo lo posible para defender un espacio que era suyo. Lo consiguieron demostrando el abanico musical del país que ha evolucionado desde las tradicionales danzas para conformar un espectro musical único y variado.

El primero en subirse al escenario fue Skeffa Chimoto con su pop eléctrico que dio paso a la energía de Kamuzu Barracks. No es de extrañar que el grupo se llevase el premio a la mejor actuación de 2013. Su show muestra el entusiasmo de este grupo formado por militares. Su canción Dzandiolotsemi (Sálvame) fue toda una demostración de una puesta en escena que combina góspel con movimientos típicos de un desfile militar.

El ambiente se relajó con la tradicional guitarra de Wambali Mkandawire y el hit Desperate de Faith Mussa hizo levantar al público por primera vez. Posteriormente Mussa recogería precisamente el premio a la mejor canción de 2013 por ese tema. El público pareció animarse y respaldó a las Masintha Women que dejaron atrás los discursos para recibir su premio al mejor coro cantando.

En los Premios de la Música no faltaron las voces femeninas de Favoured Martha y Ethel Kamwendo tomaron el mando mientras se preparaba uno de los momentos de la noche. Llegaba de la mano de los aclamados raperos Piksy y Young K. Ambos compartieron escenario dando la cara por hip hop malauí aunque el galardón al mejor hip-hop se lo llevó Gwamba.

Allelyua Band, con más de 35 años de carrera, recogió su premio a la mejor banda de todos los tiempos y demostró cómo la iglesia es una fuente de oportunidades dentro del panorama musical de Malaui. Agorosso trajo su íntimo acústico antes de que la gala volviera a la rueda de discursos esta vez protagonizados por el ministro Kunkuyu y el vicepresidente Kachale. Con ambos en el estrado, se dio paso a premiar a aquellos históricos de la música de Malaui. Diez premios para toda una vida entre los que destacaron los músicos Lucius Banda, Wambali Mkandawire o el propio presidente de la MAM, Chimwemwe Mhango.

Tras el protocolo llegó la actuación conjunta de muchos de los nominados y premiados con el tema Mwezi Wawala que forma parte de la campaña publicitaria de uno de los sponsor del evento.

Y así, pasada la medianoche y tras más de cuatro horas de ceremonia, se llegaba a los premios más esperados. Sally Nyundo junto con los legendarios Black Missionaries se repartían el trofeo al mejor reggae, música muy arraigada en Malaui. El premio a la mejor artista recayó en Favoured Martha quien recogió su galardón junto con algunas de sus compañeras nominadas. El último premio, el de mejor artista masculino, fue a parar a Anthony Makondesa, quien se ausentó por motivos de salud.

Con el himno nacional para despedir a las autoridades y se dio paso a la fiesta. Se cerraba una ceremonia, ya sin protocolo político, en la que se bailó y se pudo disfrutar de las actuaciones de Piksy, Black Missionaries y Lucius Banda.

Los Premios de la Música de Malaui sirvieron para dar aunar esfuerzos en el desarrollo de la industria musical del país para que vaya acorde con su potencial. La ceremonia fue un evento que sirvió para alabar el trabajo de los músicos que no ha sido aplaudido en mucho tiempo. “No existen apenas estudios ni sellos discográficos. Los artistas son los encargados de todo el trabajo”, apuntó Mhango quien además explicó para Wiriko la dificultosa situación que vive la industria musical local debido a la piratería.

“El año que viene lo haremos de nuevo”, auguró Mhango cuyo objetivo es hacer de esta gala un examen anual de la música de Malaui.

Listado de los Premiados: 

7081cca2f9cd0c06f2cce9e93d01dda9_XL

 

Menes, el retorno del rey

Menes en el campo de refugiados de Dzaleka, Malaui. Foto: Javier Domínguez

Menes en el campo de refugiados de Dzaleka, Malaui. Foto: Javier Domínguez

El artista congoleño reivindica en la escena cultural de Malaui el sitio que perdió cuando tuvo que abandonar la República Democrática del Congo, RDC.

Tras Menes, nombre artístico, se esconde Tresor Mpauni Nzengu. Nacido en Lubumbashi vive en la actualidad en Dzaleka, el único campo de refugiados de Malaui, y ha vuelto al panorama musical tras unos años de un silencio forzado. Hace unas semanas, Menes tuvo la oportunidad de organizar su propio espectáculo en Lilongüe, El retorno del rey, trayendo los recuerdos de cuando era un artista reconocido en su tierra natal.

Grupo congoleño de hip hop ADCS

Grupo congoleño de hip hop ADCS

Tresor tuvo una infancia corriente. Jugaba al futbol como los demás pero tras las patadas al balón por las calles de su barrio volvía a casa para pasar la noche cantando con su madre. “Mi familia está llena de cantantes”, asegura Tresor en la entrevista que concedió a Wiriko en Dzaleka con motivo de su vuelta a los escenarios.

Su entorno fue clave para formarse en la música y desde el instituto comenzaría a formar grupos y bandas. Cogió confianza y se lanzó a escribir temas que se integrarían en el repertorio del grupo ADCS, siglas para Apocalypse Death Clan Survivor. Corría el año 1998 y comenzaba su carrera profesional.

“Nos fue bien con el grupo. Rapeábamos en diferentes lugares de Lubumbashi y fuimos de gira por la región”, recuerda Tresor quien compaginaba su actividad musical con sus estudios de comunicación. Lo importante era estar del lado de las letras, de las palabras. El éxito vino con varios videoclips, apariciones en la televisión y en la radio.

Tras nueve años, en 2007, Tresor decidió lanzar su carrera en solitario y para ello escogió el mote que desde pequeño se había ganado, Menes. “Cuando estaba en el colegio, me interesaba mucho la lectura y un día el profesor preguntó el nombre del primer faraón. Yo lo sabía”, dice Tresor quien desde ese día se convirtió en Menes para sus compañeros de clase.

Su proyecto en solitario se dio a conocer en Lubumbashi. Grabó un par de videos y se convirtió en uno de los jóvenes compositores congoleños con más proyección. Su objetivo era publicar su primer álbum pero nunca pudo terminarlo.

Coincidiendo con el día de la independencia congoleña, Menes presentó su evento El sonido de la independencia. Es lo último que pudo hacer en la escena artística de Lubumbashi.  “Analicé la situación política, lo que se había hecho y después de eso tuve varios problemas”, explica Tresor cuando habla de su tema Independencia precoz y que lo puso en la mira de la agencia de seguridad de su país. Tuvo que salir de RDC.

Las presiones políticas le obligaron a pasar una temporada en Zambia donde su visa expiró y no tuvo más remedio que dirigirse a Dzaleka, en la región central de Malaui. “Creía que no sobreviviría más de tres días”, dice mientras concede la entrevista sentado en un banco de madera en mitad del campo de refugiados que continúa siendo su casa a día de hoy.

Tresor sobrevivió a esos tres días y pasó horas en la biblioteca comunitaria. Decidió mantenerse ocupado y aprender a tocar la guitarra y el piano. Sólo le quedaba un reto por delante, aprender inglés. El rapero congoleño, que lleva en Dzaleka desde 2008, se ha convertido en el director de comunicaciones del campo de refugiados. Además es el fundador de la asociación cultural de Dzaleka que sirve de plataforma para varios artistas residentes.

“Preparo un disco que saldrá en febrero”, nos adelanta Tresor quien contará con la colaboración de artistas de Malaui. “Quiero agradecer el apoyo que me han dado”, explica el artista congoleño que recupera así ese sueño de grabar un álbum y que abandonó sin remedio al dejar RDC.

Tresor lo perdió todo, incluso a Mesnes pero Lilongüe le ha devuelto lo que el exilio le quitó. “Estoy haciendo lo mismo. Estoy escribiendo artículos, escribiendo poesía, hago shows…” “No es lo mismo [que antes] pero lo será pronto, Incluso puede ser mejor. No en una escena local pero más internacional”, concluye Tresor.

Sirius, una carrera ascendente de la música malauí

Un rapero congoleño colabora con el cantante Sirus en el Lake of Stars Festival 2013. Fuente: Nyasa Times.

Menes, rapero congoleño, colabora con el cantante Sirius en Sunset Sessions 2013. Fuente: Nyasa Times.

Con un puñado de canciones y unos bolos semanales, Sirius es uno de los músicos de Malaui con más proyección. A sus 24 años intenta que su carrera musical en solitario despegue y cautivar al público con sus conmovedora voz.

Danny Kalima, más conocido como Sirius, nació en Zambia donde su padre llevaba un pequeño negocio. Tras pasar sus primeros años en el hippie municipio de Nkhata Bay, al norte de Malaui, llegó a Lilongüe tras la muerte de su madre.

Pronto se daría cuenta de que la música continúa siendo un estigma para muchos africanos. Creció en la capital, Lilongüe, donde su tío lo acogió. “Deja de hacer tanto ruido”, recuerda Sirius en palabras de su tío que veía que la música era una alocada idea y que lo que tenía era que buscar trabajo.

Tras finalizar sus estudios primarios, ya en secundaria pasaba las tardes practicando con su guitarra. Cualquier ocasión era excusa para lanzarse a ensañar. Un día, las presiones de su tío hicieron que trabajase como chef debido a que no llevaba ningún ingreso a casa. “Mi tío estaba contento pero yo estaba perdiendo el tiempo. Quería practicar mi música”, comenta Danny.

artworks-000052744601-w4d3qa-cropNo tuvo más remedio que decidir y continuó con la música. No se desalentó y recordó aquella vez que su madre lo invitó a cantar en la iglesia enfrente de todos.“Ella me inspiró a hacer música. Siempre quiso que fuera diferente al resto” recuerda Danny.

Sin casa, supo buscarse la vida e intentar satisfacer sus necesidades creativas.

“Music Crossroads ha sido muy importante para mí”, dice agradecido Danny mientras se lleva la mano derecha al pecho. Music Crossroads Malaui, ONG repartida por varios países africanos y que difunde una educación musical para que los jóvenes se vean beneficiados por el poder que esta les ofrece, fue su hada madrina. Mathews Mfune, director de la organización en Malaui acogió con dudas la idea que Danny le proponía. Limpieza de las instalaciones y otros trabajos a cambio de un techo y un lugar donde empaparse de música. El recelo del director pronto se esfumó y Danny pudo quedarse. Iba muy en serio.

Del góspel de la iglesia pasó al R&B y al blues americano. Sus influencias incrementaban y de casualidad, como suceden muchas de las buenas cosas, se vio como vocalista de KONKALAZi. El grupo, formado por cinco miembros, se formó en las aulas de Music Crossroads en 2004 y se define como “una banda de afrofunk-en-fusión” con pinceladas de muchos sonidos que animan al baile. Verlos en directo llena el corazón de entusiasmo.

KONKALAZi sería un punto de no retorno en la carrera de Danny donde su mayor éxito llego hace apenas dos años. Music Crossroads organiza anualmente un concurso internacional de bandas cuya edición de 2011 se celebró en Maputo.  “Tras fracasar muchas veces, era nuestro turno” dice Danny que explica que ser los ganadores de la competición fue un sueño hecho realidad.

Tras el triunfo en Maputo tuvieron la oportunidad de viajar por Europa. Barcelona, Amsterdan, Oslo… “Fue un cambio en mi vida” dice Danny cuya visión de la música cambió debido a que pudo explorar nuevos terrenos musicales. Así, con el aprendizaje comenzó a ensamblar lo que sería su nuevo proyecto: Sirius.

Danny sigue siendo el vocalista de KONKALAZi aunque este rol lo compagina con su actividad en solitario como Sirius. “Con KONKALAZi bailo, es pura energía y cuando actúo como Sirius me centro más en lo acústico, en lo íntimo” diferencia Danny en alusión a su doble papel.

Su honestidad y simpatía se demuestra también en el escenario donde intenta llegar al público con canciones esta vez escritas en inglés. “Puedo cantar en chichewa pero lo importante son los sentimientos que se transmiten en el escenario” comenta Danny cuyo objetivo es hacer que su publico se conmueva.

Ahora canta aquí y allá. Hace pequeños conciertos semanales en Lilongüe y tiene el apoyo de muchos. “El dinero ya vendrá. Ahora puedo pagar el alquiler, las facturas y sobrevivo”, alude Danny a la dificultad de comenzar una carrera musical. También agradece el apoyo de muchas personas y explica que “no puedo dormir, tengo que trabajar más para no defraudarlos”.

Danny, se dio cuenta de que quería ser músico desde que estaba en la escuela. Ha olvidado las rencillas con su tío y continua con el espíritu de superación que su madre le inculcó. Tras el éxito de KONKALAZi comienza a despegar como Sirius entre el panorama musical de Malaui. “Puedo sonar como Lucius Banda, como Peter Mawanga o como Lulu, pero no quiero ser como ninguno de ellos”, explica mientras traza poco a poco lo que se presume como una de las carreras más ascendentes de la música malauí.