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Dakpogan y Hazoumé: la reinvención de la máscara en Benín

R. Hazoumé con una de sus máscaras

Romuald Hazoumé con una de sus máscaras

En la actual República de Benín encontramos a dos de los escultores más internacionales de África: Calixte Dakpogan (Pahou, 1958) y Romuald Hazoumé (Porto-Novo, 1962). Estos dos artistas no comparten únicamente nacionalidad: ambos son de la misma generación y conocidos por su trabajo de reinvención de una de las piezas más famosas del arte africano: la máscara. Transformando su fisionomía tradicional a partir de material reciclado, crean una relación entre el pasado y el presente de su país, extendiendo a su vez una mirada crítica hacia el futuro.

Tanta coincidencia en dos artistas no es sorprendente si tenemos en cuenta el pasado de su país y su contexto actual. La actual República de Benín ha sido históricamente un territorio gobernado por reyes. Entre otros, encontramos por un lado el reino de los Yoruba, constituido de múltiples ciudades-estado que se extendían desde el oeste de la actual Nigeria hasta Benín y cuya autoridad estaba legitimada por el gobernante de la ciudad sagrada de Ife, donde según el mito yoruba el mundo fue creado. Por otro, el reino vecino del pueblo fon, Dahomey, que vivió su auge en el siglo XVII y sucumbió en el XIX ante la colonización francesa.

Ambos reinos mantuvieron relaciones más bien conflictivas, pero también fueron centros artísticos de gran importancia cuyas expresiones no difirieron mucho entre sí, estando al servicio de la realeza y de sus creencias religiosas: el culto a los Orishas para los yoruba y el vudú para los fon. Tanto para el reino Yoruba como para Dahomey, las máscaras eran un elemento importante de sus expresiones religiosas y artísticas y los artesanos que trabajaban para la realeza tenían un estatus especial.

El trabajo de Dakpogan y Hazoumé se encuentra directamente influenciado por la historia de su país. Calixte Dakpogan es él mismo descendiente de una familia fon de forjadores de la realeza de Porto-Novo, cuyo oficio había pasado de padres a hijos desde que su ancestro Sagbo Ayato trabajara como forjador para la corte real del Rey Toffa I de Porto-Novo (1874 – 1908). El artista creció en el distrito de Goukoumé, dedicado al dios Ogún, representante del guerrero tradicional y del trabajo del metal, al que su familia honoraba.

Esta tradición queda patente en su obra, ya que continua usando la forja como técnica principal de su trabajo. Dakpogan, que empieza su carrera artística con su hermano Théodore Dakpogan animados por el propio Hazoumé, se inspira en el estatuario tradicional fon de principios del siglo XIX y en la mitología vudú para componer máscaras a partir de material recuperado, principalmente metal, aunque también plástico o pequeños objetos usados dedicados al consumo. Este hecho relaciona directamente el pasado de Benín (las máscaras tradicionales) con su presente, ya que los restos de la sociedad de consumo actual se pueden encontrar fácilmente en Porto-Novo. Para Dakpogan, el hecho de trabajar con materiales reciclados constituye un acto simbólico de esperanza y renovación y afirma: “Todas mis esculturas hablan de mi país, mi cultura, mi entorno y mis creencias, así como de mi forma de ver el mundo.”

Romuald Hazoumé, nacido en una familia modesta yoruba de Porto-Novo e influenciado igualmente por el vudú y el culto a los Orishas, empezó como escultor haciendo máscaras tradicionales para acabar utilizando también material recuperado y creando su obra insignia: los bidons, máscaras hechas con bidones de gasolina reciclados.

Reinventando el arte de la máscara, central en la cultura yoruba, critica la pretensión occidental de querer enseñar el arte a los africanos, a la vez que reivindica su propia historia artística: “Ellos creen que lo han inventado todo, pero en este continente hacemos arte desde hace miles de años. Simplemente nuestras obras están al servicio de la comunidad.”

Con su obra, Hazoumé presenta su visión de África, critica la corrupción y la mediocridad de sus mandatarios, el espíritu pasivo de sus compatriotas, pero también a ese Occidente que mira hacia otro lado: “Nos han convertido en mendigos. Que dejen de ayudarnos. Estaremos entonces obligados a ocuparnos de nosotros mismos en lugar de tender la mano. La ayuda occidental es una forma de arrogancia respecto a África. Como si fuéramos los únicos en tener pobres.”

Gente transportando gasolina en Benín

Gente transportando gasolina en Benín

Sus máscaras-bidones hacen referencia a un gran problema en su país: en Benín, los hombres se ven obligados a ganarse la vida transportando petróleo de contrabando desde Nigeria, hasta tal punto que el 90% de la gasolina consumida en el país es ilegal. Afirma: “Antes, los esclavos embarcaban en Porto-Novo hacia América y sabían de dónde venían, pero no a dónde iban. Hoy en día los ‘esclavos’ no saben aún a dónde van y además han olvidado de dónde vienen. Denuncio un mundo, una África, gestionada por corruptos que roban, se enriquecen y explotan al pueblo. Nos están matando.”

Para el artista, sus bidones hablan de esa nueva esclavitud fruto de la salvaje mundialización y explica así su utilización de materiales reciclados: “Yo devuelvo a Occidente lo que les pertenece, es decir, los residuos de la sociedad consumista que nos invade cada día.”

A través de su obra, Calixte Dakpogan y Romuald Hazoumé son dos artistas que hacen referencia tanto al pasado de su país, reinventando el arte tradicional de las máscaras, como a su presente, utilizando material reciclado como protesta ante la sociedad actual. Reivindicando sus raíces y preocupándose a la vez por el futuro, ambos artistas simbolizan la reencarnación contemporánea de una herencia ancestral.

Más información y fuentes:

CAACART: Calixte Dakpogan

La Croix: L’artiste beninois Romuald Hazoumé au Grand-Palais pour Picasso

Le Monde: Romuald Hazoumé

Magnin-A

Preston Blier, S. “Las artes de los reinos de África”. Ediciones Akal S.A., Madrid, 2011.

África en los sótanos del British Museum

Cerca de 6 millones de personas visitan cada año el Museo Británico de Londres. Acuden atraídas por las reliquias más famosas, como los sarcófagos, momias y bustos del Antiguo Egipto, los mármoles del Partenón o las huellas de Buda. La sala número 25, la única situada por debajo del nivel del suelo, guarda una colección que pasa desapercibida a ojos del visitante común: África subsahariana en los sótanos del British Museum.

British Museum. Foto: Gabriela Pis San Juan

British Museum. Foto: Gabriela Pis San Juan

El “arte africano”

La repetición incansable de la idea de África como un todo homogéneo ha calado también a la hora de hablar del “arte africano”, un todo artístico representado por máscaras y coloridos mercados rurales en los que se baila al son de tambores, donde parece que la cultura, la historia y las tradiciones artísticas quedaron congeladas en el tiempo. Sin embargo, el concepto de arte africano como un todo no existe. El arte y la cultura de los diferentes lugares de un continente que es cinco veces Europa tienen su valor y su riqueza precisamente en eso, en su diversidad y su innovación constante.

Hoy en día, en muchos museos, ya sean de arte clásico o del más vanguardista, se continúan perpetuando estos estereotipos al presentar obras procedentes de África. El British Museum es uno de ellos. Más allá de Egipto, cuyo legado es imposible exponer junto con materiales de otros lugares por su gran extensión, también ha aunado los artes africanos. Pero paseando por una colección de África, o de artes africanos, sin pretender ser entendidos en la materia, percibiremos claras diferencias en las expresiones artísticas y culturales de los diferentes rincones del continente: las épocas, los estilos, los significados, las celebraciones, todo el contexto cambia, no sólo de un extremo a otro del continente, sino de un territorio a otro vecino.

África en el British Museum

Decir que en uno de los mayores museos de Londres no hay arte, cultura e historia africanas sería mentir. De hecho, el British está lleno de arte procedente de África: una de sus más atractivas y famosas colecciones es la del Antiguo Egipto, la más importante después del Museo Egipcio del Cairo. Lo más destacado de la historia egipcia expuesto a unos 5.000 kilómetros de su tierra originaria incluyendo el busto de Ramsés II y el mismísimo sarcófago de Cleopatra.

No ocurre lo mismo con África subsahariana. Se encuentra expuesta en la sala número 25, situada en los sótanos del imponente edificio del siglo XVIII y dedicada a la familia Sainsbury y al escultor Henry Moore, quien despertó en Sir Robert Sainsbury la curiosidad por las colecciones del museo, en especial la de África, cuyas obras escultóricas inspiraron desde joven a Moore.

La colección tiene una variada representación de territorios, países y épocas, y contiene fundamentalmente material de las antiguas colonias inglesas, en especial de Nigeria. A pesar de que la mayoría de colecciones del Museo Británico se organizan en base a temáticas, épocas o territorios ahora circunscritos a países, África está expuesta en una sala bajo la denominación de todo un continente. Es de nuevo tratada como un país, como un territorio homogéneo en el que máscaras, jarrones, tejidos, herramientas y esculturas de diferentes materiales se presentan como originarias de una única gran cultura. Se mezclan artículos de Nigeria y Ghana con otros de Mozambique o Tanzania. Sin hablar de las obras de los autores de la diáspora en Europa, expuestos también entre toda esta riqueza en el subsuelo del museo.

Entre las reliquias más destacadas de esta colección están los bronces de Benín, una de las primeras obras de arte que llamaron la atención de los europeos sobre la cultura africana y el arte tribal. Los bronces expuestos en el Museo Británico, extraídos de su lugar original por los ingleses en 1897, son parte de una colección formada por más de mil piezas que provienen del palacio real del antiguo reino de Benín, en la actual Nigeria, y fueron creados entre los siglos XIII y XVI. Las placas de bronce, que recubrían los pilares de madera del palacio del reino Edo, son las más destacadas dentro de los bronces, y contienen escenas de la vida palaciega y de algunos rituales y divinidades. A pesar de su nombre, lo cierto es que no todas las piezas son de bronce: también las hay de latón, de madera, de cerámica o de marfil.

El Árbol de la Vida es otro de los objetos destacados en la sala dedicada a África. Es una creación reciente, realizada en Mozambique en 2004 por los artistas Maté, Dos Santos, Nhatugueja y Kester. Se trata de una escultura construida con distintas piezas de cientos de armas, y representa el inicio de la destrucción de los siete millones de pistolas que quedaron en el país tras la guerra civil que vivió entre 1977 y 1992, sólo dos años después de obtener la independencia también a raíz de un conflicto armado.

Las máscaras y las tallas de madera son otra de las atracciones de la colección. Son las piezas más numerosas, y ocupan dos estancias enteras de las cinco en las que se divide la sala 25. Reunidas bajo el título de “El arte de la mascarada”, las máscaras representan un arte de transformación, un cambio de identidad que suele tener lugar en los cambios de estación y en algunos ritos de paso, como la iniciación o la muerte. Destacan aquellas piezas conocidas como máscaras Otobo, que significa hipopótamo, procedentes del pueblo Kalabari de Nigeria. Entre ellas hay piezas originales de finales del siglo XIX y recreaciones posteriores.

La colección de la sala Sainsbury se completa con obras contemporáneas de pintura y escultura y vitrinas que ocupan las paredes de todas sus estancias con cerámicas, herramientas, armas, adornos y bustos en bronce, oro y marfil y tejidos de los cuatro puntos cardinales del continente africano, de Tanzania a Túnez. Una enorme colección de objetos que en realidad representa una mínima muestra de la riqueza cultural de todo un continente.

British Museum. Foto: Gabriela Pis San Juan

British Museum. Foto: Gabriela Pis San Juan

¿Expolio o conservación?

El British Museum, uno de los museos más destacados a nivel mundial junto a otros de la talla del Louvre o el Hermitage, posee patrimonio cultural de los cinco continentes. Su origen se remonta a 1753, cuando el médico Sir Hans Sloane murió y dejó al estado británico su colección privada de más de 80.000 piezas, entre las que figuraban manuscritos, cuadros de Durero y antigüedades de Grecia, Roma, Egipto, Oriente y América. El gran muestrario se completó más adelante con otras donaciones y adquisiciones fraguadas al calor de la colonización británica. La polémica está servida. Desde muchos foros se critica el expolio y la apropiación cultural tanto de particulares como de la corona británica, y se reclama la devolución a sus tierras de origen, en muchos casos a miles de kilómetros de Inglaterra.

Países como Grecia, Egipto y Nigeria llevan años solicitando la devolución de sus obras de arte. De hecho, en algunas ocasiones la presión ha ganado, como en 2006 cuando se devolvieron a Australia unas cenizas de aborígenes de Tasmania. Nigeria, uno de los países africanos con mayor presencia artística en el Museo Británico, ha solicitado varias veces la devolución de sus obras desde su independencia en 1960. Lejos de restituir los objetos expoliados, el British ha vendido más de 30 piezas al gobierno nigeriano durante la primera década de su autonomía.

Sin embargo, ante la mayoría de peticiones de retorno el gobierno británico se ha amparado en una ley promulgada el mismo año en que se fundó el British Museum que prohíbe la salida de cualquier pieza del país y también argumenta que las obras no podrían haber sido conservadas adecuadamente si hubiesen permanecido en sus países de origen. Algunas iniciativas como Bring Them Back ironizan sobre este recurrente argumento: