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Festival XEEX: luchar contra la contaminación a través del color

Cartel del festival, diseñado por el artista

Cartel del festival, diseñado por el artista Iker Muro.

El fin de año se aproxima, y con él, uno de los meses de mayor festividad y actividad cultural en Senegal. Entre noviembre y enero, decenas de festivales inundan las calles del país de la teranga (la hospitalidad característica senegalesa) como el Festival de cine documental de Saint-Louis, el Festival nacional de artes y culturas en Kaolack, el Festival XEEX en Dakar, el Festival Nioro du Rip en Kaolack, el Festival de folklore y percusión de Louga, el itinerante Africa Fête y otros tantos en la región de Casamance.

Entre el 11 y el 13 de diciembre, coincidiendo con la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que se celebró en París entre el 30 de noviembre y el 11 de diciembre, la asociación XEEX presentaba la quinta edición de su Festival XEEX, que en wolof (la lengua nacional de Senegal, hablada por más de un 80% de la población) significa combatir, “un combate pacífico – explica su fundador, Nicolás de la Carrera, actor cultural español con más de 20 años de experiencia en Senegal – cuyo arma fundamental es el arte, en todas sus manifestaciones posibles”. Se trata de seguir ampliando el proyecto AFRICA ♥ COLOR , iniciado en 2011 por el festival, un evento vivo, dinámico y en constante expansión. Durante tres días, artistas muralistas y grafiteros decoran de manera altruista, las fachadas de algunos edificios de la Medina, cedidos alegremente por sus vecinos. Entre los colores de las obras de artes regaladas por sus artistas figuran mensajes de concienciación contra la contaminación, invitando también al cuidado de nuestras calles.

Tres Cabezas.

Artwork: Tres Cabezas. Foto: Estrella Sendra

El espacio en que se desarrolla este festival es el emblemático barrio de la Medina, del cual proceden alguno de los miembros fundadores del proyecto. Desde la costa de pescadores Soumbedioune, la medina, según nos cuenta de la Carrera, “es un barrio histórico muy singular, donde se han forjado muchos movimientos culturales e intelectuales, cuna de artistas de la talla de Youssou Ndour, rey del mbalax, ritmo senegalés por excelencia conocido a nivel mundial, con una base de percusión continuada; pero, la mismo tiempo, es también uno de los más desfavorecidos de la capital”. Añade que “la degradación ambiental es muy latente: erosión costera, suciedad, polución y falta de infraestructuras para combatirlo”. Tal vez sean estas las condiciones que hayan hecho que la medina se conozca más en los libros que en la calle. Más allá de la turística Village des arts, con su mercado artesanal, en pocas ocasiones se ven turistas transitando las calles. Así, con la pintura de distintos murales en el barrio Damels, la medina se convierte en una especie de museo de arte urbano al aire libre, invitando al turismo cultural de viajeros y artistas, con el fin de “crear un Sindicato de Iniciativas turísticas que generen empleo y organicen la visita al lugar”, explica de la Carrera.

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Fue justo este objetivo el que se experimentó hace una semana. A diferencia de otros festivales, aunque fuera éste el último día, no era una clausura. El arte perdura, y prueba de ello fue la visita guiada (un animado paseo) a los distintos murales que se han ido haciendo desde los inicios del proyecto en 2008. Sus coordinadores, Aïcha Touré y Mame Cheikh, acompañado por el director del Agregado Cultural de la Embajada española en Dakar, Ignacio Garrido, así como distintos miembros de Cultura Dakar, principal colaborador del festival junto con la compañía aérea Binter y otros curiosos y amantes del arte, se dieron cita en Soumbedioune, para visitar cada una de las obras. Entre las pirogues, barcas de pescadores, se congregaban los amigos del festival, mientras los pescadores agradecían a los artistas el trabajo: “De verdad, no sabéis la alegría que nos va a dar salir a pescar, mirar hacia acá y ver todos estos colores. Es muy bonito, muchísimas gracias”.

Otros se quejaban porque habían escogido ese lado de Soumbedioune y no el de ellos y no podrían gozar de las vistas. Los artistas invitados este año han sido los españoles H101 y Sabotaje al Montaje, el francés 3 TT MAN , y los senegaleses Black Xu, Aisatou Touré ‘Missygraphiksto’, Haby Diallo (Créas I Am), Adjara Kane y Deep. Son 3 TT MAN y Black Xu los que crean el mural emblemático de Soumbedioune, con el mensaje Geej du mbalit. Ñen ko samb ñun ñep xeex, que en wolof quiere decir El mar no es una basura. Tenenos que cuidarlo. Combatir. En efecto, si bien la ciudad de Dakar está rodeada de rocosas costas de acantilados y atardeceres de cine, entre buganvillas y restaurantes de pescado fresco, y animadas playas de adolescentes, hay un enorme problema de suciedad, con basura tanto en el mar como en la tierra. “El concepto de reciclaje es muy lejano”, nos dice Aisatou Touré, diseñadora gráfica, directora de su estudio ‘Missygraphiksto’, coordinadora del Festival XEEX en Dakar. “Además, es el propio sistema socioeconómico que hace que la gente tire la basura indiscriminadamente, así que hay muchos artistas que trabajan con materiales desechados reciclando, reutilizando y reinventando objetos por la creación de arte”. Cual marea, el mensaje de Soumbediune se extiende hacia todo el barrio de la medina, con el mimo de sus calles a través del color.

Artwork: Adjara Kane Leye, Mous Leye

Artwork: Adjara Kane Leye, Mous Leye

“Es un combate en el sentido positivo, una lucha contra el catastrofismo actual y el cuidado del medio ambiente”, afirma Touré. Como lo indica su lema, se trata de proteger la calle, pero también “hacer revivir a los muros”. Los murales se caracterizan por su diversidad. Da la sensación en efecto de estar en un museo. El paseo tiene un toque simpático. Resulta que en la visita guiada al museo, dedicada a los colaboradores y amigos del proyecto, nos colamos, sin quererlo ni saberlo, en los campos de fútbol de los niños de la medina, un barrio animadísimo, lleno también de cabras. Uno de los murales es un león con torso humano. Uno de los niños se levanta la camiseta cual futbolista tras marcar un gol y nos dice que “ése es el”; a lo que otro aún más pequeño dice que “no, que es él”. Muchos niños se apuntan a posar para las fotos, pero cuando pasan más de diez segundos ya nos hacen ver que estamos estorbando en su partida de fútbol. Otros murales están dedicados al líder del mouridismo, Cheikh Amadou Bamba. Y, este año, destaca precisamente el mural con indumentario mouride de tres gatos. Su artista, Mousleye, nos cuenta que es porque hay muchos gatos callejeros en Dakar, y muchas veces no se les trata bien. La respuesta de la gente, porque resulta difícil hablar de público en este tipo de festival tan apelativo, ha sido, según nos cuenta Aisatou Touré, “muy optimista”. Y añade: “cuando ven a los artistas pintar en los muros de las casas se ponen muy contentos y van a darles las gracias. Porque es un festival que puede favorecer el turismo local, con la Village des arts, pero también porque es un barrio con la particularidad añadida de que tiene muchísimos árboles y además a los vecinos les encanta sentirse implicados en las actividades que hace este festival”.

Artwork: Mous Leye

Artwork: Mous Leye

La visita terminó en la galería de Haby Diallo, Creas I Am, en la calle 19 de la medina. Haby Diallo es una joven artista que trabaja con botellas de plástico. Las reutiliza dando lugar a distintas obras de artes decorativas y de inmobiliario; y organiza talleres con niños para concienciarlos por el cuidado del medio ambiente. “Nada se pierde, todo se transforma”, una iniciativa que podrían  seguir todos para cuidar el medio ambiente, como nos contaba Aisatou Touré.

Un proyecto fruto de la pasión: “es el corazón el que nos hace avanzar”, contaba Aisatou Touré, al explicar cómo a pesar de la falta de medios, este proyecto ha seguido adelante gracias a la implicación de sus artistas y colaboradores.

África: banda sonora 2015 (IV)

Orquestra Le Sahel de Dakar, famosa banda que en los años 60 rompió las pistas de baile de la capital senegalesa.

Orquestra Le Sahel de Dakar, famosa banda que en los años 60 rompió las pistas de baile de la capital senegalesa.

En la Dakar de los años 60 era muy frecuente escuchar música en castellano. Después del triunfo de la revolución cubana de 1959, la idea de un interés común entre las naciones explotadas por el colonialismo y el imperialismo europeo y estadounidense, la música cubana se instaló en África como un símbolo de resistencia.

Ya desde los años 20, la interferencia de estudiantes africanos hacia la isla de Cuba fue una constante que cristalizó durante la década de la lucha por las independencias africanas. Y rápidamente, los sonidos cubanos empezaron a integrarse en las pistas de baile de las principales capitales del África Occidental. Los ngonis, balafons y koras empezaron a flirtear con congas, saxofones y maracas. El resultado: un cóctel imparable de ritmo y son mezclado con sonidos populares tradicionales.

Como alternativa a la modernidad europea, la música cubana se convirtió en la nueva modernidad de ciudades como Dakar, Cotonou, Conakry, Kinshasa o Abidjan. Las élites africanas vibraban con bandas como Grand Diop, Saint Louis Jazz, Guinea Jazz, Bembeya Jazz, The Star Band o La Lyre Africaine, y el castellano se convirtió en la lengua alternativa al francés de la metrópolis.

11010972_442865635869932_3154842296071464415_nEn 1972 nació la banda residente del club con más solera de Dakar, le Sáhel. La orquesta, dirigida por Idrissa Diop, contaba con los mejores músicos de la capital. El chá-chá-chá, la salsa, el mambo, la rumba o el son pasaron a ser parte de sus repertorios, mientras versionaban a grandes músicos de la región como Tabu Ley Rochereau, pero también a latinos como Célia Cruz. En 1975, la banda grabó un álbum de 7 temas llamado ‘Bamba’, en el que el mbalax le puso la nota dominante.

Sin embargo, el álbum no trascendió, y sus músicos empezaron a mirar hacia París, donde africanos como Manu Dibango se estaban forjando una carrera ascendente. Ahora, cuarenta años más tarde de este ‘Bamba’, y ante el auge de los sonidos de las independencias, Diop, junto a Cheikh Tidiane Tall y Thierno Koite, vuelven a encender la llama de esa época dorada de las orquestras africanas y presentan su segundo álbum Le Sahel: la légende de Dakar.

Nakany Kanté: de Siguiri a Barcelona… y al mundo

Nakany Kanté en directo en la Sala Jamboree. Foto: C.B.E.

Nakany Kanté en directo en la Sala Jamboree. Foto: C.B.E.

N’Nha es la canción predilecta de Nakany Kanté de su primer disco Saramaya. Habla de las mujeres, canta a su fuerza y su importancia y les invita a que bailen con ella para celebrarlo. Esta joven nacida en Siguiri, una pequeña localidad de Guinea Conakry, le dedica esta pieza a su madre porque, para ella, es el ejemplo de esa energía femenina. No es extraño, porque ella misma ha heredado esa potencia, la esconde bajo una voz suave y una mirada tímida y serena, pero no puede ocultarla cuanto habla y, mucho menos, cuando canta. Lo demostró el pasado sábado en la sala Jamboree de Barcelona en la que estrenó en directo su propio disco y el ciclo AfroJamboree que se celebrará una vez al mes.

saramaya-nakany-kanteNakany Kanté se ha metido por primera vez en el estudio para parir un disco completo, antes lo había hecho en condiciones mucho más precarias para grabar una maqueta de cinco temas. Porque la joven guineana lleva apenas cuatro años en Barcelona, donde aterrizó en 2009, pero tiene una trayectoria que presagia un futuro fructífero. Ha estado en el proyecto Afroesfera que pretendía visibilizar la producción musical africana de la Ciudad Condal y ha sido seleccionada para el programa Diversons que intenta dar valor a la diversidad cultural a través de la música. La edición de Saramaya ha sido, sin embargo, un salto cualitativo. “Saramaya” significa en malinké algo parecido a “éxito” y ha repetido hasta la saciedad, tanto en las entrevistas de la promoción del disco como en el concierto de presentación, que eso es lo que ella busca. Sin embargo, en una distancia más corta, Kanté explica que es un concepto amplio de éxito, algo así como respeto o reconocimiento y comenta con un tono de anhelo: “En mi tierra cuando se dice que alguien tiene ‘sara’, todo el mundo le muestra respeto a su paso”.

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Saramaya se cocinó en casa, a partir de la colaboración de Nakany Kanté, que escribe todas las canciones, con su marido (el percusionista Daniel Aguilar), Kalildaf Sangaré y Drissa Diarra. Daniel y Nakany aseguran que estaban dispuestos a grabar y publicar el disco con sus propios medios cuando llegaron, “como caídos del cielo”, Slow Walk Music a proponerse como discográfica de la artista guineana. “Ahora nos damos cuenta de que habríamos renunciado a profesionalidad y a calidad, si lo hubiésemos hechos nosotros mismos”, confiesa Daniel Aguilar. Eso sí Nakany y sus compañeros, que se encargan de los arreglos, se han visto obligados a crear algunas de las canciones en un tiempo record y el resultado “ha sido estupendo”, según la cantante.

El álbum de Nakany Kanté se mueve en un complejo ámbito estilístico. Los más perezosos la sitúan en el world music (que es como no decir nada), pero su personal visión de la tradición musical de África occidental y de los ritmos más actuales (tanto africanos como occidentales) hacen que la clasificación sea complicada. El característico sonido de la kora o el balafón, además de percusiones que van del djembé al tama, pasando por el sabar, nos traslada a África, sin duda; pero ni de lejos se puede considerar que Nakany hace música tradicional. En Saramaya se percibe, en algunas ocasiones más claramente y en otras menos, afroreggae, soukous o mbalax. Por eso, la calificación con la que más cómoda se siente es la de afropop mandinga, una categoría en la que entronca, por ejemplo, con Fatoumata Diawara y dentro de la que, sin embargo, busca configurar su propio estilo.

En cuanto a sus letras, escritas en mandinga, susu o wolof también se mueven en distintos registros, desde historias de amor con el romanticismo exacerbado (en Kalikantigne), hasta cantos de ánimo a las mujeres (en Segué) o a los trabajadores (en Bara), pasando por las experiencias personales, evidentemente (en Saramaya). Las canciones están concebidas en lenguas africanas porque “vienen así”, según confiesa Kanté, que se siente asaltada por ideas en cualquier momento y siente la necesidad de tomar notas o de ponerse a la guitarra, “incluso en mitad de la noche”. “Cuando echo de menos a mi familia, cuando necesito estar en mi burbuja, canto o compongo. Para mí la música construye mi mundo”, asegura. A pesar de todo su siguiente reto es escribir algún tema en español y a tenor de cómo afronta esta joven los retos es indudable que esas canciones llegarán pronto.

Tanto en la grabación de Saramaya como en sus directos, Nakany Kanté se ha rodeado de algunos de los mejores músicos africanos de la escena barcelonesa y por eso puede hacer una lectura del panorama: “En Barcelona hay muy buenos músicos africanos y, sin embargo, la música africana no está demasiado presente. Faltan recursos, en general, promotores, salas, que nos den una oportunidad, porque cuando se organizan cosas el público responde”. En el momento en el que la cantante mostraba esa  confianza todavía no sabía que para su concierto de presentación de Saramaya, la sala Jamboree se iba a llenar hasta la bandera y que más de 250 personas iban a asistir a su espectáculo. Así que apenas unas horas después, los argumentos de Kanté se confirmaban.

La oportunidad que pide la guineana tiene, evidentemente, una dimensión artística y es que los músicos africanos quieren hacer lo que saben, les gusta y hacen bien, tocar. Sin embargo, tiene también una dimensión cultural más amplia que encaja con la voluntad de romper la ignorancia sobre el continente: “A mí siempre me han tratado bien, mentiría si dijese que he vivido actitudes racistas, pero creo que no tenemos oportunidad de aportar todo lo que podríamos. Hay una nueva generación de músicos que quiere mantener la tradición y la respetan, pero que quieren mostrar cosas nuevas. Donde estamos, ese es nuestro país y por eso queremos mostrar lo que podemos hacer”. Y su formulación en forma de deseo es absolutamente transparente: “Me gustaría que la gente nos escuchase, que viese que no todo es música de djembé. Que hay muchas cosas, que hay mucha riqueza. Antes de opinar si les gusta la música africana o no, que nos escuchen y no se fíen sólo de la imagen que tienen. Si nos abren las puertas les vamos a mostrar cosas muy diferentes”.

N’Nha es su canción preferida porque recuerda la fortaleza de su madre. Nakany Kanté refleja esa misma fortaleza, no está dispuesta a rendirse. “El trabajo de músico es duro”, y las oportunidades son pocas, pero está dispuesta a aprovecharlas. Está joven cantante está contenta con lo que está viviendo, pero quiere más oportunidades, quiere que le dejen demostrar, que le dejen avanzar, que le dejen construir. Quiere, en resumen, compartir y demostrar su fortaleza.