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Tinariwen: guitarras contra elefantes

Sesenta y tres, recordad su historia

la memoria de esos días pasados.

Mataron a nuestros padres,

a los recién nacidos

y a los rebaños.

Letra original en tamazigh

“Soixante trois”, Tinariwen

 

Ibrahim Ag Alhabib, fundador de Tinariwen / © Thomas Dorn

El año 1963 marcó de por vida a Ibrahim Ag Alhabib, fundador y carismático líder de Tinariwen, uno de los grupos africanos más influyentes y reconocidos. La primera rebelión tuareg contra el Estado de Mali (1961-1964) estaba siendo sofocada de forma violenta y su padre fue ejecutado en Kidal por el ejército, acusado de estar vinculado a los rebeldes. Al conflicto le siguió una terrible sequía que condenó a miles de nómadas tuaregs a vivir como refugiados en Níger, Argelia y Libia, entre ellos a Ibrahim, que por aquel entonces era todavía un niño.

La vida de Ibrahim es también la historia de Tinariwen, y Tinariwen (plural de Ténéré, que significa ‘desierto’ en lengua tamazigh) es, a la vez, reflejo de la historia y la vida del pueblo tuareg: sus melodías y ritmos provienen de la música tradicional tuareg y otros estilos del oeste africano, sus letras hablan de la vida nómada, de la nostalgia del desierto y de las rebeliones, y dan un mensaje de esperanza a la vez que llaman a la resistencia.

En 1990 estalló la segunda rebelión tuareg contra el Estado de Mali (1990-1994) e Ibrahim y otros miembros del grupo, que había sido formado años antes en el exilio, tomaron las armas para participar activamente en la revuelta. Cuando los acuerdos de paz fueron firmados, empezaron a utilizar la música para promover su causa y, desde entonces, ocho discos y varias giras internaciones les han llevado obtener un reconocimiento mundial por su trabajo y a ganar numerosos premios (entre ellos un Grammy en 2012).

Pero, por encima de todo, Tinariwen ha creado un estilo de música que ya se reconoce como propio del pueblo tuareg y que sirve para transmitir su mensaje. Siguiendo la mala costumbre occidental de etiquetarlo todo respecto a sus propios referentes, a su estilo se le ha llamado “rock del desierto” o “blues del desierto”, a pesar de que los miembros del grupo han declarado en numerosas ocasiones que nunca habían escuchado blues antes de empezar a hacer giras internacionales en 2001. Lo que sí es cierto es que Tinariwen ha plantado la semilla de un género que está en pleno auge y que cada vez más sirve al pueblo tuareg como altavoz: Tamikrest, Bombino o Imarhan son solo algunos ejemplos de ello.

El pasado mes de febrero, Tinariwen lanzó su nuevo álbum, Elwan, que ofreció en directo al mes siguiente al público de Barcelona en el marco del festival Blues i Ritmes, en su único concierto en España. Con las entradas agotadas y la platea entregada, la banda tuareg demostró que, después de más de tres décadas en activo, ha conseguido mantener su esencia a pesar de que sus integrantes vayan cambiando. Y es que no se trata de una banda de miembros fijos tal y como se entiende en Occidente, sino de un colectivo de cantantes, compositores y músicos que trabajan juntos, en distintas combinaciones, para grabar discos o hacer conciertos, a pesar de que algunos de ellos llevan en activo desde los inicios.

Tinariwen

Elwan significa “los elefantes” en tamazigh y no es más que otro reflejo de la situación actual que sufre el pueblo tuareg: la metáfora de grandes bestias que lo arrasan todo allá por donde pasan, en referencia a la lucha de intereses que hay en la región de Azawad. Desde que estalló la última rebelión tuareg en 2012, a la histórica disputa entre el Estado de Mali y el pueblo tuareg se han invitado el gobierno francés y algunos grupos vinculados a Al Qaeda del Magreb Islámico. En palabras de Eyadou Ag Leche, uno de los miembros del grupo, “Elwan habla de elefantes que lo destruyen todo a su paso. Es una metáfora sobre las grandes compañías, la corrupción de los políticos y los extremistas. El Sáhara está siendo ocupado por poderes cada vez más oscuros y nuestra gente y entorno llevan años sufriendo las consecuencias de este caos”.

La situación actual de la región queda perfectamente reflejada en el último clip del grupo, Ténéré Tàqqàl (“En qué se ha convertido el desierto”), un vídeo de animación en el que un camello que transporta instrumentos y amplificadores es perturbado por una gran bestia. En 2012, cuando la sharia fue instalada en el norte de Mali por el grupo Ansar Dine, vinculado a AQMI, la música fue prohibida y los miembros de la banda, que son todo un símbolo para los habitantes del Sáhara, fueron perseguidos. Uno de ellos, Abdallah Ag Lamida, llegó incluso a ser secuestrado mientras intentaba salvar sus guitarras. Semanas más tarde fue puesto en libertad.

A pesar de todas las dificultades que ha atravesado y atraviesa el pueblo tuareg, las inconfundibles guitarras de Tinariwen consiguen sonar por encima del caos para seguir transmitiendo el mensaje. En una entrevista para Noisey Vice, a uno de sus miembros, Eyadou Ag Leche, le proponían elegir entre tocar para su pueblo o tocar alrededor del mundo, teniendo siempre la nostalgia de su tierra: “Es una decisión muy difícil, pero elegiría tocar para el mundo porque es la forma de que el mundo conozca nuestra comunidad. Si nos quedamos en el desierto, nuestra música será olvidada y no servirá para nada”.

“La autodeterminación de los pueblos es un paso crucial en un mundo fundamentado en los derechos humanos y la democracia”

Tamikrest, por Sebastien Rieussec.

“Durante su periodo de auge, Malí desarrolló y llevó a cabo un modelo de integración política en la que pueblos tan diferentes entre sí como los tuareg, los wolof, los malinké y los bámbara, los songhai, los fula y los tukulor, los diallonke, etc., reconocían a un soberano único”, cuenta el historiador Joseph Ki-Zerbo, en Historia del África Negra. Sin embargo, en el último siglo, los tuaregs han desatado cuatro rebeliones en el norte del Malí actual. La última, surgida en 2012, aún no ha podido implementar los acuerdos de paz de 2015, recientemente frustrados por considerarse insuficientemente inclusivos.

La ciudad norteña de Kidal, uno de los focos de estas revueltas, sigue siendo un feudo para los separatistas del norte. “Se trata de la primera cuna de la rebelión contra el Mali no-inclusivo, pero también donde nosotros dimos nuestros primeros pasos y de donde sacamos nuestra inspiración. Kidal lo es todo para nosotros”, asegura Ousmane Ag Mossa, líder del grupo musical Tamikrest.

La banda maliense, que acaba de editar su cuarto y último disco, titulado Kidal (Glitterhouse Records, 2017), asegura que con este álbum buscan “arrojar luz” sobre lo que ha sucedido en Kidal y pretenden forzar que la comunidad internacional “reaccione”, para garantizar el acuerdo que se firmó con el Estado de Malí hace dos años.

Las regiones de Kidal, Gao y Tombuctú suman el 66% del territorio maliense, pero albergan a solo un 9% de la población, y registran las tasas de desarrollo más bajas del país. En un contexto de duras condiciones de vida, las consecuencias del conflicto han sido devastadoras para su población. “En nuestras canciones tratamos de cantar el dolor y el sufrimiento que viven nuestros pueblos en este vasto desierto donde antes habitaban un silencio y una paz que ya no existen”, advierte con ásperas palabras el cantante y guitarrista tuareg.

A punto de pisar la península ibérica para una gira que los llevará por Huesca, Valencia y Barcelona, los miembros Tamikrest aspiran a llevar su causa fuera de las fronteras africanas, y se muestran críticos con un proceso de descolonización que, según ellos, dejó heridas abiertas que seguirán supurando mientras no se atiendan con urgencia.

“Creo que la autodeterminación de los pueblos es un paso crucial en un mundo fundamentado en los derechos humanos y la democracia”…

Artículo originalmente publicado en la sección Planeta Futuro de EL PAÍS. Para seguir leyendo, pincha aquí

Escucha nuestro especial sobre KIDAL, de TAMIKREST, en el espacio radiofónico del magacín Wiriko en M21.

Aziza Brahim: “Nuestra cultura es nuestra lucha”

La hamada es ese lugar pedregoso en mitad de la nada. Un territorio olvidado que desde hace más de cuarenta años se ha convertido en el hogar del pueblo saharaui. Pero también es el camino de vuelta anhelado al Sáhara Occidental. Un regreso que se alarga en la historia y que los gobiernos españoles adeudan desde 1975.

Aziza Brahim in Barcelona on March 27, 2015. Photo: Stefano Buonamici

Aziza Brahim in Barcelona on March 27, 2015. Photo: Stefano Buonamici

El desierto, que no entiende de fronteras, acoge a los campamentos de refugiados de Tinduf en el borde fronterizo donde tropiezan Marruecos, Sáhara Occidental, Mauritania y Argelia. Tras la invasión al Sáhara Occidental del ejército marroquí, la Marcha Verde, miles de saharauis encontraron refugio en este inhóspito lugar donde nació Aziza Brahim.

Nunca he estado en mi país” dice Brahim. Su voz denota enojo pero rápidamente el disgusto se oculta tras su sonrisa. Disidente, la músico y percusionista ha tomado el testigo de la voz del Sáhara, Mariem Hassan, para trasladar el compromiso del pueblo saharaui a través de su canto sosegado.

La música siempre ha sido muy importante para mi pueblo. Es el arma más poderosa que tenemos para seguir haciendo que se escuchen nuestras voces. No hay otra forma de llegar a los corazones porque a través de la política muchos países nos han dado la espalda”, sentencia Brahim.

El Sáhara Occidental vive en un constante estado de incertidumbre. No pierde la esperanza de ser libre y desde 1991 está a la espera de un referéndum para su autodeterminación aprobado por las Naciones Unidas. Sin embargo, la comunidad internacional ha abandonado al Sáhara Occidental y Marruecos sigue beneficiándose de los territorios de la antigua colonia española.

Esto se resolverá cuando España retome la deuda que tiene con el pueblo saharaui y asuma su responsabilidad. La actitud de los diversos gobiernos españoles no se corresponde con lo que solicita la inmensa mayoría de la sociedad que nos muestra su apoyo”, protesta Brahim sobre la inacción de la administración española.

La cantante y percusionista saharaui, Aziza Brahim/ Foto: Guillem Moreno

La cantante y percusionista saharaui, Aziza Brahim/ Foto: Guillem Moreno

Aziza Brahim acaba de publicar su cuarto trabajo, Abbar el Hadama, un canto a “la incesante búsqueda del hogar que sufre mucha gente en el mundo y mi pueblo en particular”. El disco, cantado tanto en hasaní como en castellano, reivindica la lucha de los saharauis, “los refugiados más antiguos del mundo”, ignorada en Madrid mientras las nuevas generaciones sueñan con la libertad. “La juventud, que vive en los campos de refugiados o bajo ocupación marroquí, tiene un sentimiento de lucha en su sangre. Hemos creado nuestro estado en el exilio pero pensando en el futuro. Hay muchísima gente preparada para sustentar a su país en todas las ocupaciones de la sociedad. Estamos deseando un porvenir y por eso soportamos más de 40 años de exilio”, dice la cantante.

La música es un factor indivisible de la identidad saharaui. La canción nacionalista, el nidal, se preserva gracias a unas nuevas generaciones que se sienten guardianas de su cultura y no están dispuestas a servir a las pretensiones de Marruecos.

El mítico tema Sahara Ma Timba (El Sáhara no se vende) de Um Murghiya Abdullah, es el reflejo de una sociedad a la que no le queda más que la cultura como altavoz. Desde su primer trabajo “Mi Canto”, el nidal de Aziza Brahim avala la lucha por la libertad (Hijo de las Nubes), la resistencia de su pueblo (Julud) y activismo (Gdaim Izik). Su último disco sigue conmemorando la batalla para conseguir la autodeterminación, “Ojalá ocurra el reencuentro/ en la tierra de la patria perdida”, pero también desprende esperanza y la resalta el papel de la mujer en sociedad saharaui (Baraka).

Su música no olvida las raíces sonoras del Sáhara Occidental mientras se empapa a la vez de blues, rock y jazz en un encuentro con otras armonías de África y del Mediterráneo. “Evoluciono musicalmente para que la cultura de mi país no se quede estancada como nuestra historia”, asegura Brahim

A caballo entre Barcelona, donde ahora reside, y los campos de refugiados, Aziza Brahim fue uno de esos jóvenes que tuvo que buscar una vida fuera para ayudar a su familia y asegura que el exilio se hace insoportable debido a la pérdida del sentido de pertenencia. Otra consecuencia más del conflicto del Sáhara Occidental.

No renuncio al amor de mi tierra” es el primer verso de Mani, un tema que solidifica el aguante de una gente que no quiere otra patria. Con cada golpe a su tabal, instrumento de percusión tocado por las mujeres saharauis, Aziza hace escuchar la voz de su pueblo que resiste y anhela superar los muros que ahora sólo cruzan las estrellas fugaces.

Aziza Brahim durante una actuación en la pasada edición del Festival Druga Godba / Foto: Petra Cvelbar

Aziza Brahim en la pasada edición del Festival Druga Godba / Foto: Petra Cvelbar

El aullido saharaui en directo: 

Aziza Brahim y su banda han presentado su último trabajo, Abbar el Hamada, en Europa. Tras el estreno en España, la gira se extendió por Alemania y paró en Inglaterra donde la saharaui volverá en julio para participar en el Festival Womad.

En el directo, la sonrisa permanente de Brahim ilumina el escenario y hace que el público imagine un viaje por la hamada; una marcha de esperanza y reencuentro con los hermanos bajo ocupación marroquí. Brahim endulza las noches con unas melodías cargadas sin embargo de reivindicaciones. Su canto pausado, como saboreando cada palabra, sacude la sala como un siroco que sólo calla al final de Ya Watani (Mi Tierra) para sellar la manifestación de identidad saharaui por allá por donde va.

Desde África, en español

La literatura ecuatoguineana, la saharaui y la del norte de Marruecos y las obras de autores africanos de zonas que no han tenido la influencia colonial española pero que han optado por el español como lengua de expresión. Esas son las tres patas de lo que Inmaculada Díaz Narbona considera las literaturas hispanoafricanas, una realidad que para esta investigadora forman “un corpus heterogéneo, en su consolidación, producción y calidad, que requiere atención y difusión”. Y aunque esta atención, a menudo no llegue a los niveles merecidos, la verdad es que entre los autores que entran en la clasificación de Díaz Narbona hay algunos sobradamente conocidos (en entornos de interés por el continente africano, aunque todavía no para el gran público). Se refiere a personalidades como Donato Ndongo-Bidyogo, Agnès Agboton, Guillermina Mekuy, César Mba Abogo, Justo Bolekia Boleká, Inongo-vi-Makomè, entre otros.

literaturas-hispanoafricanasDiaz Narbona coordina un trabajo coral en el que se aborda esta literatura hispanoafricana desde diversos puntos de vista. Se trata de Literaturas Hispanoafricanas: Realidades y contextos, editado por la Editorial Verbum. Y uno de los elementos que resulta más atractivo de este trabajo es su punto de partida, según la explicación de la propia autora. “La hipótesis de partida fue la de concebir la literatura como una herramienta utilizada para el conocimiento de sociedades ignoradas o sociedades marginales, como se las encasilla en otros ámbitos. La creación literaria se convierte así en una herramienta clara de conocimiento mutuo, de diálogo imprescindible en un momento histórico en el que la construcción de la nueva sociedad española se imponía”, explica la investigadora en la presentación del libro.

Entre sus páginas nos encontramos un abordaje diverso. Por un lado, algunas de las aportaciones optan por un criterio geográfico, como la poesía ecuatoguineana, los escritores amazighs en Cataluña, o la literatura saharaui; mientras que otras se atienen a criterios temáticos, la sexualidad y el erotismo en las escritoras africanas en español, la literatura ligada a las experiencias migratorias o la literatura de mujeres. Resulta imposible desgranar todos esos contenidos que hacen un repaso por manifestaciones completamente distintas que sólo tienen en común ese punto de partida que destacaba Díaz Narbona, utilizar el español, para presentar unas realidades sociales con las que existen nexos (a menudo históricos o culturales), pero que han sido intencionadamente invisibilizados.

Por eso, este trabajo, aunque no se plantee explícitamente en esos términos tiene algo de reivindicación, de llamada de atención y de exigencia de una atención merecida a un fenómeno habitualmente menospreciado. En este sentido, el propio Donato Ndongo reflexiona acerca de cómo se ha pasado de una práctica negación de la existencia de esta literatura hispanoafricana a un esfuerzo por su reconocimiento. El veterano intelectual es categórico en la construcción de esa esfera hispanoafricana (en lo que se refiere al idioma y los nexos históricos y culturales) cuando señala: “De esa herencia histórica, el norte de Marruecos, Sáhara Occi­dental y Guinea Ecuatorial adquirieron su peculiaridad: como anti­guos ‘territorios españoles’, son parte integrante de la vasta geografía lingüística del idioma español, y deben ser, por derecho propio, partí­cipes del mundo cultural hispánico, amplio y plural, al que aportan su propia esencia”.

También resulta incuestionable la defensa de Ndongo en torno a la voluntad de mantener esta herencia a pesar de las voluntades de los gobiernos (tanto los españoles como los africanos): “Está sobradamente demostrado: no son los gobiernos, sino los pueblos, los dueños de una lengua. Son sus hablantes quienes la erra­dican o conservan, enriquecen, vivifican y transforman según sus gustos y necesidades, permitiendo su evolución y continuidad. Ni se puede suprimir por decreto, ni la crea el capricho de una élite. Desde esta experiencia, y desde estas convicciones, afirmamos con absoluta seguridad que será vano todo intento de borrar el español en África”.

Por experiencia propia, Ndongo anuncia la emergencia de toda esa esfera de obras escritas en español por autores que no necesariamente han nacido en territorio español y recuerda cómo los anglófonos, los francófonos o los lusófonos no tienen inconveniente en destacar las obras de autores de todas las razas y culturas, de todos los continentes para defender la grandeza de sus lenguas. “Habrá que asumirlo”, advierte, “la literatura en lengua española dejó de ser un territorio acotado, exclusivo y excluyente, de españoles y criollos latinoamericanos”. Y en esa ampliación del abanico incluye evidentemente a ecuatoguineanos, saharauis y marroquíes de tradición hispanohablante, pero también a autores africanos de otros entornos lingüísticos y, extendiendo esta voluntad inclusiva a filipinos, afro-latinoamericanos o “latinos” de Estados Unidos. “Solo así queda completo el atlas general de la amplia, variada y riquísima geografía literaria producida en esta lengua, que aporta a nuestro ámbito cultural formas narrativas y temáticas diver­sas, fruto de visiones y emociones variadas”, sentencia Ndongo.

El libro coordinado por Inmaculada Diaz Narbona ofrece, así una visión amplia de un fenómeno que existe, a pesar de todo, y que va en aumento. Además se trata de una realidad a la que no se puede perder de vista, porque si atendemos a lo ocurrido en otros entornos lingüísticos, de esta literatura hispanoafricana puede llegar una aportación renovadora al idioma y al imaginario en los próximos años, como ya hace tiempo que está ocurriendo con los autores del sud y centroamericanos. He aquí una puerta abierta a otras sociedades, pero también una nueva visión, con otros ojos, de la nuestra, que puede enseñarnos mucho.