Entradas

Descolonizar la palabra: más necesario que nunca

Partimos de un título al que no se puede poner ninguna pega. Descolonizar la palabra es una necesidad evidente. Descolonizar la palabra, el discurso, la literatura y la construcción del imaginario, en este caso, relacionado con África. El trabajo de buceo en las fuentes y de sistematización que ha hecho la investigadora Teresa Álvarez Martínez tiene diversas lecturas y, todas ellas, imprescindibles. Esta especialista en literatura africana de expresión francófona ha construido una herramienta que sirve, en primer lugar, de manera inequívoca para mostrar cómo los prejuicios en torno a lo africano se apoyan directamente sobre un discurso racista. Y, en segundo lugar, para mostrar como los autores africanos se han abierto paso, a pesar de todo, y han generado una forma de resistencia basada en la creatividad y en la literatura. Álvarez Martínez juega sobre seguro cuando utiliza como ejemplo la trayectoria de Amadou Hampâté Bâ y como cualquier homenaje al sabio maliense es poco, ese es también uno de los puntos fuertes del trabajo de esta doctora en Artes y Humanidades.

Dicen diversas teorías sociológicas y psicológicas que las creencias son uno de los elementos más firmes de la construcción del pensamiento y que, por eso, son también uno de los más complicados de modificar. A menudo, la sociedad acepta un abordaje de la realidad del continente africano que interpreta los hechos a través de un tamiz de creencias. Sin embargo, pocas veces se insiste lo suficiente en que muchas de esas creencias están sustentadas sobre un discurso manifiestamente racista. No es una percepción, sino que se trata del discurso que se construyó, en gran medida para justificar la trata de esclavos. El trabajo de Teresa Álvarez va mostrando cómo, a lo largo de los siglos, la literatura del norte global ha ido caricaturizando a los africanos y a su realidad, habitualmente con intereses sombríos.

La investigadora Teresa Álvarez Martínez, durante una de las presentaciones del libro. Fuente: Facebook de la autora

El desarrollo de Descolonizar la palabra muestra en primer lugar, esa línea continua de construcción de un imaginario nada inocente. Álvarez toma algunos estudios previos y sistematiza ese recorrido. Los orientalistas ya alertaban de que “el discurso colonialista no es simplemente el efecto de una realidad económica y sociopolítica, sino que, en realidad, es una de sus fuerzas motrices”. Es decir, cuando se pretende transmitir que el imaginario es la consecuencia de unas experiencias y unas relaciones, se intenta ocultar que el discurso, en realidad, es una de las causas de esas relaciones, en este caso, desiguales y de dominación. En la misma línea Álvarez apela al filósofo congoleño V.Y. Mudimbe para recuperar la idea de la “biblioteca colonial” entendida como “los discursos europeos sobre África que conformaron un conjunto de conocimientos, y que, al mismo tiempo, fueron parte de un proyecto político en el que supuestamente el objeto estudiado revelaba su ser y su potencial a un sujeto que pretendía domesticarlo y utilizarlo”.

La línea de discurso hunde sus raíces en esos personajes descritos por el historiador griego Herodoto: “los cinocéfalos y los acéfalos que tienen los ojos en el pecho”. A partir de ahí, las modificaciones han sido formales, pero no sustanciales. Las imágenes fabulosas, negativas y terroríficas se siguen reproduciendo, en cada momento, adaptándose al gusto de la época. Álvarez explica, además de ese recorrido por la producción más literaria, cómo en el siglo XVIII esa línea discursiva acaba mezclándose con la firma y a partir de esas creencias a algunos pretendidos investigadores no les resulta difícil construir teorías que establecen una relación entre la biología, la fisonomía y la inferioridad de ciertas razas. “Los nuevos saberes corroboraron los viejos mitos acerca de los africanos y estos adquirieron el estatus de verdades científicas que llegaron a dominar el sistema de conocimiento de la época”, advierte la autora.

El recorrido es largo y detallado y nos lleva de una manera natural a la justificación del sistema discriminatorio colonial, la justificación ideológica que establecía la superioridad de los colonizadores sobre los colonizados. Es decir, la necesidad de civilizar y, a pesar de todo, de mantener una organización que limitase el acceso a los espacios de poder.

Sin embargo, Descolonizar la palabra, no se queda en este primer estadio que ya sería suficientemente necesario, sino que además traza un recorrido de cómo los autores africanos fueron configurando una voz propia en la literatura, más allá de los textos escritos por europeos que reproducían los mitos racistas. Después de reconocer la literatura oral su justo papel en esta progresión, la experta va desvelando algunos de los hitos de la literatura africana de expresión francesa, como ejemplo de ese camino hacia la autonomía y recogiendo el testigo de otras investigadoras españolas como Inmaculada Díaz Narbona.

Force-Bonté aparece como la primera novela autobiográfica africana en francés y una herramienta más del discurso colonial. Batouala, sin embargo, obra de un martiniqués funcionario colonial en el actual Chad, sí que abrió un camino de crítica contra la administración colonial. A partir de ahí y después de un largo periodo de control de la edición literaria, los pensamientos emancipadores fueron ganando espacio. Álvarez hace un recorrido por la configuración del movimiento de la Negritud, que enlaza con la aparición de otros autores en los últimos tiempos de la dominación colonial que también reclamaban un espacio de libertad como Mongo Beti o Ferdinand Oyono, por ejemplo. Fue el pistoletazo de salida de una corriente crítica en la que se inscriben Sembene, Kane o Dadié.

El recorrido, que no pretende presentarse como una historia exahustiva de la literatura africana de expresión francesa, concluye en el momento en el que los novelistas comienzan a mostrar su desilusión con los primeros gobiernos independientes. Voces como las de Kourouma, Ouologuem o incluso Lopes representan un nuevo enfoque, que se sale de la literatura de construcción nacional y que bascula entre una crítica a las esperanzas traicionadas o, simplemente, una mayor apertura creativa.

Después de este imprescindible repaso, Descolonizar la palabra centra la atención en una sola figura, la de Amadou Hampâté Bâ y Teresa Álvarez Martínez hace una disección del personaje y del autor. A través, fundamentalmente, de sus obras, la filóloga radiografía la trayectoria del sabio maliense, sus intereses, pero también su influencia y su herencia. Resulta una buena forma de acercarse a uno de los grandes escritores del siglo XX, uno de los que ha sido capaz de acercar la tradición africana a un público global en el que se incluyen los lectores europeos, pero también muchos africanos.

La escritora de origen ghanés Yaa Gyasi. Foto: Michael Lionstar

Volver a casa, la dignidad de los hijos de la trata

Con un enorme incendio que en una noche de 1760 arrasa la tierras de los fante (en la actual Ghana) comienza Volver a casa, primera novela de la estadounidense de origen ghanés Yaa Gyasi. Es una joya literaria. Una obra tallada con talento y rigor en la que la autora recrea la historia de sus antepasados a través de una saga familiar que progresa a lo largo de 250 años, desde aquel fatídico incendio de 1760. Esa misma noche llega al mundo la pequeña Effia, que unos años después será vendida como esposa a un militar británico que dirige el tráfico de esclavos en el castillo del Cabo, una de las fortificaciones de la ruta esclavista más emblemáticas del golfo de Guinea. Su medio hermana, Esi, nacerá en el seno de una importante familia del país asante y allí será capturada y almacenada como una bestia junto a otras mujeres en los sótanos del mismo castillo del Cabo para ser deportada como esclava al sur de los Estados Unidos. El relato está construido a partir del recorrido alterno de las dos ramas familiares y en cada capítulo, que podría constituir una novela en sí mismo, se nos presenta la historia de un nuevo miembro de cada uno de los linajes.

Se trata de una novela deliberadamente fragmentaria, cuya forma en sí misma constituye una metáfora de tantas vidas rotas y truncadas de las que solamente podemos ver pequeños fogonazos que quedan iluminados por unos instantes en la oscuridad de la historia y del olvido. El lector tiene que esforzarse en reconstruir y rellenar toda la trama que une esos fragmentos de vida que comparten los descendientes de Effia y de Esi, silenciados entre los recovecos de la historia.

Precisamente es Jo, nieto de Esi, quien siendo un bebé es entregado por sus padres a una esclava cimarrón para que pueda crecer como un hombre libre, el que expresa su angustia al pensar que toda su historia podría ser borrada:

A menudo a Jo le preocupaba que la línea que trazaba su familia se hubiese interrumpido, perdido para siempre. Que no pudiera llegar a saber quiénes eran los suyos, y los antepasados de los suyos, y que, si había historias que contar sobre su procedencia, se quedase sin oírlas.

Gyasi se ocupa de que esto no suceda y, además de ofrecernos la potente historia de una saga familiar, nos brinda un panorama general en el que pueden enmarcarse las historias de otras tantas familias que compartieron una terrible comunidad de violencia, injusticia y sufrimiento a lo largo de los siglos.

Y es justamente la continuidad de esta violencia física, mental e institucional, su huella imborrable en los cuerpos, en el pensamiento y en la historia lo que sobrecoge al lector, que sin duda, no está acostumbrado a leer la realidad desde este punto de vista. Una vez abolida la esclavitud el rumbo de la historia de los africanos y de sus descendientes no parece cambiar sustancialmente, tras haber sufrido la degradación física y moral de la esclavitud, se enfrentan a una sociedad profundamente racista que no parece dispuesta a convivir con sus antiguos esclavos en pie de igualdad.

La escritora de origen ghanés Yaa Gyasi. Foto: Michael Lionstar

La escritora de origen ghanés Yaa Gyasi. Foto: Michael Lionstar

Sin embargo, Yaa Gyasi no se recrea en el drama, sino que nos muestra una increíble historia de dignidad humana, de resiliencia y de fuerza. Los diversos protagonistas de la novelista de origen ghanés, tanto hombres como mujeres, son personajes a menudo vencidos pero nunca humillados. Son hombres y mujeres que se rebelan y que a lo largo de siete generaciones van, progresivamente, liberándose de un destino impuesto por otros.

Así, en la época colonial de Costa de Oro, en la actual Ghana, un descendiente de Effia, el profesor Yaw, les explica a sus alumnos cuáles son las relaciones entre saber y poder:

Creemos al que tiene el poder. Él es quien consigue escribir su historia. Por eso cuando estudiáis historia, siempre debéis preguntaros: “¿De quién es la versión que no me han contado? ¿Qué voz fue silenciada para que ésta se oyese?” Cuando hayáis respondido a eso, debéis encontrar también esa otra historia.

Mientras tanto, al otro lado del océano, Sonny vive confinado en el Harlem de los 50 y relee Las almas del pueblo negro, el clásico de W.E.B. Du Bois, mientras está encerrado en un calabozo por haber participado en una marcha contra la segregación. La novela se cierra en la época contemporánea y nos propone el inicio de un nuevo camino, una nueva ruta que se abre hacia el cambio, la esperanza y el futuro.

Sin embargo, a pesar del claro compromiso histórico que hila toda la novela, Volver a casa es ante todo una historia de personas que aman, sufren, luchan y viven. El lenguaje de Yaa Gyasi es directo y poético al mismo tiempo. Excita los sentidos del lector recurriendo al tacto, al sabor y al olfato y transmite una fuerte sensualidad en la que el color y la textura de la piel oscura son protagonistas. Los paisajes que los rodean, naturales o urbanos se llenan también de matices sensoriales que nos permiten transportarnos a los inmundos calabozos del Castillo del Cabo, la tierra roja y cálida de los asante, la oscuridad de las minas de Pratt City o la hermosa bahía de Chasepeaky.

No nos atrevemos a poner una etiqueta a la escritura de Yaa Gyasi, pero sentimos que de alguna manera la escritora ghanesa forma parte de este grupo de poderosas voces femeninas, que como Chimamanda Ngozi Adichie o Arundhati Roy, provienen de países que fueron colonizados por las potencias europeas. Esta escritura de mujeres nacidas en los territorios de las antiguas colonias ha llegado para quedarse y para que podamos leer la historia desde un punto de vista doblemente diferente.

Profesionales de la escritura ya denuncian en los medios africanos los mercados de esclavos en Libia

El ACNUR, acredita en su último informe de 2017 que, en lo que llevamos de año, 111,397 personas llegaron a Italia por mar desde Libia. Así, el dossier evidencia una disminución del 30% de personas indocumentadas en comparación con las entradas durante el mismo período de 2016. No obstante, hay que tener en cuenta que antes de entrar a la costa europea, muchos y muchas de estas migrantes, especialmente quienes proceden del sur del Sahara, pasan una temporada en Libia: país dónde en los últimos meses se han destapado la persistencia de mercados de tráfico de esclavos. Esta información ha desencadenado la reacción y denuncia de un número considerable de periodistas, novelistas y blogueros/as.

Nima Elbagir en el trailer “Why We Go” de la CNN. Fuente: CNN Worldwide

La periodista que recordó al público la realidad de los y las migrantes sursaharianos en Libia fue Nima Elbagir. La periodista sudanesa de la CNN, con una larga experiencia en seguir de cerca y denunciar vejaciones a seres humanos, consiguió filmar y hacer llegar a las pantallas del mundo la trata negrera en la frontera sur de Europa, después de que la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) denunciara, en su informe de abril de 2017, la existencia de mercados de esclavos en Libia.

La trata negrera, la misma que se producía en el comercio transatlántico como ha declarado Felwine Sarr, escritor senegalés, en Le Monde. El también economista y músico, describe en su artículo-denuncia el trato desde la cosificación que se les da a los y las jóvenes sursaharianas, comparándolo con el sometimiento típico del comercio de africanos/as: “Los cuerpos de estos jóvenes negros africanos son volátiles, alienables, materiales; se los puede someter a los peores trabajos e inhumanidades“. Así, parece no pasar el tiempo para las relaciones entre traficantes y esclavos.

Quien también ha denunciado durante el último mes esta esta continuidad del pasado ha sido Alain Mabanckou, escritor congoleño. En Le Point d’Afrique declaraba que la situación de Libia no es un hecho aislado en la historia, pero que tampoco era casualidad que se encontrase en este territorio, ya que “la trata negrera también se desarrolló por árabe-musulmanes en el África Sursahariana”, y contribuyó consecuentemente al racismo actual del Magreb. Una discriminación que, como denuncia Mabanckou, lleva a tener en condiciones pésimas a las personas esclavizadas; siendo a menudo, víctimas de enfermedades como el cólera o la peste.

Alain Mabanckou denunciando las vejaciones del mercado de esclavos, vistiendo una camisa en la que puede leerse “En venta” repetidamente. Fuente: Le Point Afrique

En cuanto a las condiciones de los y las migrantes en Libia también ha hablado Margaret Agwu. La columnista nigeriana escribía a principios de mes en Lionspot poniendo especial énfasis en el género. Explica que al margen de las imágenes editadas y difundidas, mujeres, niñas y niños sursaharianas son sujetos de venta en el mercado sexual, lo cual es doblemente preocupante: Por la invisibilización, pero también por los trabajos a los que están obligadas. Agwu ha responsabilizado de los hechos a la élite política de la Unión Europea y la Unión Africana. En Lionspot, declaraba: “Este tipo de situación requiere de un esfuerzo activo y rápido por parte de los gobiernos para repatriar a sus ciudadanos antes de que se pierdan vidas“.

Edith Yah Brou, destacada bloguera marfileña, mediante su cuenta de twitter ha compartido el relato de las personas enviadas a sus países . Además, a través del mismo espacio virtual ha denunciado la pasividad de las autoridades y ha pedido públicamente explicaciones a los representantes políticos “africanos y libios”.

Otra de las personalidades conocidas que ha manifestado su indignación ante la trata negrera en Libia ha sido Reuben Abati, columnista nigeriano, en African Glitz dónde ha aprovechado para destapar los casos de personas aliadas de los/as traficantes. Él detalla el rol de algunos de sus paisanos suyos que “están también involucrados en el tráfico y la deshumanización de sus propios compatriotas”, basándose en las declaraciones de testimonios devueltos a Nigeria. Igualmente, recuerda en su escrito el contexto político en Libia, declarando que el derrocamiento y asesinato de Gadafi en 2011 ha propiciado la actual falta de solidaridad entre africanos y africanas, ya que el difunto político, considerado pan-africanista, alentó las relaciones entre las naciones africanas.

Reuben Abati, columnista nigeriano, dando un discurso. Fuente: The spectrum

En su denuncia del mercado de esclavos/as, Emmanuel De-Graft Quarshie en Modern Ghana también responsabiliza a los líderes políticos. El columnista ghanés empieza su declaración con la cita de Steve Biko: “La herramienta más poderosa del opresor es la actitud del oprimido”, a la cual le sigue una crítica al rol de los políticos de los países de origen por su desatención en la prevención de las migraciones. De-Graft lo evidencia criticando la gestión de los países africanos a los desafíos macroeconómicos que empujan a grandes cantidades de jóvenes a migrar.

Pero no es el único, la novelista camerunesa Hemley Boum, también ha usado los medios para denunciar el papel de los representantes políticos africanos. Concretamente ha escrito en Le Monde Afrique sobre las oligarquías que impiden a los líderes políticos centrarse en las prioridades locales y sobre todo en garantizar la seguridad de los y las ciudadanas, evocando así a las migraciones en pésimas condiciones. Sin embargo, no sólo responsabiliza las autoridades africanas, sino que menciona la corresponsabilidad de los dirigentes europeos, que limpian suimagen enviando aviones para repatriar a sursaharianos/as y “les ofrecen 100 para permitirles iniciar una nueva vida”, como critica en el medio francófono.

Empero, a esta crítica se le une la escritora maliense Aminata Traoré, quien publicaba un vídeo difundido por Maliweb, dónde pedía explicaciones a los políticos europeos por las trabas al derecho de movilidad de los africanos y africanas. Traoré considera que la supresión de estos obstáculos hubiese podido prevenir las vejaciones a sursaharianos/as en Libia. Del mismo modo, critica el modelo capitalista que, declara, fomenta la esclavitud actual y a modo de conclusión propone la consolidación un modelo alternativo de desarrollo.

Así mismo, con la reflexión de Traoré y la invitación a cambiar esta situación que aporta Margaret Agwu: “Esto es real. Esto está pasando. Necesitamos dejar de estar callados y calladas. Protesta, reclama, presiona, haz ruido. Pensamientos y plegarias solas no pueden llegar lejos”.

La dignidad de los mestizos olvidados

Quizá un día no llame la atención que un escritor africano ambiente sus novelas lejos de África o de las comunidades africanas. Sin embargo, ese día todavía no ha llegado. Por lo poco común y porque rompe una de las características que se supone a la obra de un escritor africano, se impone destacar el hecho de que un escritor del continente ha ambientado una historia en otro lugar, el que sea. En esta sección se ha señalado en ocasiones previas, cómo en la mayor parte de los casos, se espera cosas de las obras de los autores africanos (ubicación, estilo, temas…) que constriñen su creatividad. Así que cada vez que se rompen esos límites, Wiriko lo celebra.

El escritor congoleño Emmanuel Dongala. Fuente: Rama, Wikimedia Commons. 

Emmanuel Dongala, el laureado escritor congoleño, lo ha hecho. Se ha abstraído de esos límites no escritos y ha construido una historia que deja boquiabierto. La Sonate à Bridgetower rompe seis años de silencio con una narración fuera de lo común. El personaje de George Bridgetower es la excusa de Dongala para ponerse delante de un momento histórico excepcional, de una serie de situaciones desconocidas y de un momento lleno de unas contradicciones que han desafiado todos los estereotipos.

Bridgetower fue un músico que existió realmente a finales del S. XVIII. Se trataba de un mulato, hijo de un negro de Barbados y de una blanca de Polonia, virtuoso del violín que hizo las delicias de los ambientes musicales de las principales ciudades europeas, desde París hasta Viena en aquella época. Deslumbró con su arte y llegó incluso a fascinar de tal manera a Beethoven que escribió una sonata en su honor, una sonata que finalmente recogió en su título a otro músico.

A través de la trayectoria de Bridgetower, Dongala dibuja en realidad una época y un espacio. El escritor congoleño relata la vida de una Europa en plena efervescencia. El escritor recuerda la existencia de una élite negra o mestiza en aquellas ciudades, entre las que se contaban escritores, políticos o músicos, que a pesar de estar en primera fila, siempre tuvieron una posición muy especial sólo por el color de su piel. En aquella Europa en la que la libertad se abría paso para algunos, en la que la esclavitud vivía su últimos estertores y la cultura se desparramaba, Bridgetower se convierte en el ejemplo de una sociedad casi esquizofrénica. Dongala evoca, por ejemplo, la figura de Angelo Soliman, un negro que se desenvolvía en las más altas esferas políticas y cultuales de Europa central y, sin embargo, cuando murió fue disecado y convertido en una pieza de museo. “En esta filosofía de las luces, hay un espacio de sombra. Muchos pensaban todavía en ese momento en la inferioridad de los negros, incluidas algunas personas que hoy consideramos muy tolerantes”, declaraba Dongala en FranceInfo. Pero la dualidad no se producía sólo en ese sentido, sino que, por ejemplo, muchos mulatos tenían a su vez esclavos.

Y es que las diferentes formas de trata y de esclavitud atraviesan la novela de Dongala, igual que lo hacen las profundas raíces del racismo. “Esta élite, a menudo mestiza, estaba tan ansiosa por integrarse que acabó por aceptar la jerarquía del color de la piel que se imponía: cuanto más blanco eras, mayor era la consideración que te tenían”, comentaba el escritor congoleño en una entrevista promocional en Le Monde.

Emmanuel Dongala es un escritor con una impresionante trayectoria que le ha llevado a recibir algunos de los reconocimientos más importantes de la literatura africana como el Grand Prix Littéraire de l’Afrique Noire que recibió en 1988 por Le Feu des origines; o el más reciente Prix Ahmadou-Kourouma otorgado en 2011 por su anterior novela Photo de groupe au bord du fleuve. Entre tanto, el escritor le ha dado un giro de 180 grados a su vida. Tuvo que dejar Brazzaville debido a las luchas de poder que se habían desencadenado en el país. Y se vio en Estados Unidos arropado por una campaña de solidaridad lanzada por algunos amigos del escritor. Dongala ejerce de profesor de química y de literatura africana en su país de acogida y, como se pude ver, encuentra el tiempo para seguir renovando su torrente creativo.

Elegía de la identidad fronteriza

“Así es como habitualmente defino mi propia identidad. La considero fronteriza, es decir, anclada, no en un lugar de ruptura, sino, por el contrario, en un espacio de constante adhesión. La frontera, según la defino y la vivo, es el lugar en el que, sin descanso, los mundos se tocan”. Es uno de los primeros pasajes del texto “Vivir en la frontera”, una de las conferencias que componen el volumen del mismo título de la escritora camerunesa Léonora Miano.

La autora camerunesa Léonora Miana. Foto: T. Orban Abacapress.

Los libros de la Catarata han editado un volumen en el que Miano reúne seis conferencias que ha ido impartiendo en diferentes escenarios entre 2009 y 2011. “Hasta ahora, casi todas estas intervenciones, aunque no siempre, tuvieron lugar en Estados Unidos”, confiesa la escritora en la Introducción con un evidente resentimiento hacia el desdén galo. Las transcripciones de estas intervenciones son, en realidad, una auténtica radiografía de la escritora y de sus circunstancias, de las ideas que mueven su creación, de su aproximación a temas como la identidad, pero también sobre la propia producción literaria, entre otros temas.

La conferencia que lleva el nombre del libro (más bien al revés) es la principal reflexión sobre lo que Miano ha dado en llamar la multipertenencia, entendida como la idea de una identidad formada por aspectos diferentes. Un concepto que se desprende de esa “vida en la frontera” en la que todo entra en contacto, se mezcla, se contagia y acaba recreándose a través de la hibridación.

En “Escribir el blues”, la disertación de Miano se desarrolla en diferentes líneas. Por un lado, hay un apunte vital, sobre su aproximación a la escritura. Por otro lado, hay un abordaje identitario, sobre la importancia y la conciencia del color de la raza. Y, finalmente, una reflexión estilística, como es la compleja relación de la estructura de las novelas de Miano, con la música y fundamentalmente con los géneros que se consideran propios de la música negra, como el blues o el jazz, fundamentalmente. Cada uno de esos estilos responde a objetivos, voluntades y experiencias diferentes. “Yo trabajo sobre temas difíciles”, dice la autora, “sobre algo de lo que la gente preferiría no hablar, pero que sin embargo está ahí. Y no trato de adornarlo. Como mi trabajo tiene que ver con la creación artística, necesariamente desarrolla una estética. En la capacidad de crear belleza de lo que genera el sufrimiento humano reside la promesa de conocer días mejores”, sentencia con esperanza la novelista camerunesa.

En “Leer por fin a los escritores subsaharianos”, la reflexión gira en torno a la idea de “literatura africana” y Miano no hace prisioneros. Precisamente, esta conferencia, dictada en una universidad estadounidense, no tiene ningún reparo en reseñar los males de la academia en su aproximación a las obras de autores nacidos en el continente. Miano, reitera una y otra vez a su auditorio, la superficialidad con la que los académicos leen las novelas de escritores subsaharianos. Como ese abordaje está completamente condicionado por los estereotipos y por una visión occidental que impide, siquiera, que esos autores sean considerados en su justa media, como creadores íntegros, más allá de su condición de africanos. Miano exige que los académicos se acerquen a cualquiera de esas novelas, como lo harían con la de cualquier otro autor del mundo.

“Las negras realidades de Francia” es la excusa para reflexionar sobre las migraciones y sobre la construcción de la comunidad afrodescendiente en el hexágono. “Ser negro hoy en Francia, es ante todo estar en una situación de impoder. Es no dominar su propia imagen, ya que está fabricada por los demás, que son los que forjan el objeto de su temor, de su odio, de su desprecio o de una empatía infantilizante”, destaca Miano. La autora camerunesa formula el concepto “afropeo”, para referirse a un escritor con una experiencia particular en la que encuentran su espacio de manera natural y sin estridencias los mundos africano y europeo.

Un sentido similar en algunos aspectos tiene “Silenciados: los hijos ocultos de Marianne”. En este caso, sin embargo, el énfasis aparece más ubicado en las condiciones de vida de las comunidades negras y, fundamentalmente, en que los contextos de discriminación y desigualdad han llegado a instalarse con firmeza. Después de un repaso por las diferentes caras de la relación histórica entre Francia y África subsahariana, sobre todo en la barbarie de la trata y el desequilibrio de la época colonial, Miano afirma: “En la Francia hexagonal vive una población afropea, procedente de inmigrados subsaharianos y caribeños (…). Es esta la enorme diversidad de lo que África y Francia generaron. Nunca han dejado de estar en contacto, cualquiera que fuera el modo, y mutuamente se han transformado”. La autora se lamenta de que la imagen que Francia se da de sí misma, obvia la realidad de los subsaharianos del país.

Por último, “Afrodescendientes en Francia: representaciones y proyecciones”, es la excusa para la constatación de una comunidad negra en el país galo. Los “franceses negros”, dice con frecuencia la escritora camerunesa. Habla también de relaciones asimétricas construidas con el tiempo, de las deudas, prácticamente que Francia mantiene con el continente africano. “Digámoslo claramente: el África de la que hablamos hoy, a la que se le acusa de las peores calamidades, aquella que se contempla con mirada condescendiente y no fraterna, es extranjera para los propios subsaharianos. Deben volver a ser dueños de su propio espacio y dotarlo de sus propias aportaciones”, dice la escritora después de revisar la imagen que se tiene de la responsabilidad de los africanos en su propia historia más dramática.

Pero, más allá, del repaso de las seis conferencias se impone una mención especial a esa “Vivir en la frontera” que muy acertadamente da nombre a la publicación. La idea de las identidades liminares es una aportación especialmente interesante de Léonora Miano en un mundo en el que cada vez parece ser más necesario justificar el derecho de los migrantes. Miano hace de esa existencia híbrida un motivo de orgullo y explica a la perfección la riqueza de esa identidad de multipertenencia. “Las identidades fronterizas nacieron del dolor. Nacieron del desgarro, de la violación, del odio de sí mismo. Debieron atravesar las sombras para inventar un anclaje en arenas movedizas e imponerse no contra, sino entre los demás. En el fondo, viven en un espacio cicatricial. La cicatriz no es la herida. Es la nueva línea de vida creada encima. Es el terreno de los más insospechados posibles”, asegura la escritora. Además, para ella, “ser africano es ser un híbrido cultural. Es vivir en la frontera”, sentencia la autora con cierta satisfacción.