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El camino que Lucía Mbomío comparte generosamente

Lo que Lucía Mbomío ha hecho en Hija del camino es un acto de generosidad. La periodista alcorconera, esa es una de sus reivindicaciones de pertenencia más firmes, nos regala una herramienta para entender mejor al Otro y a una sociedad que, en realidad, no es como se representa a sí misma. Mbomío, nos acerca a ese Otro que no existe (porque solo depende del punto de vista) pero que siempre está a nuestro lado y, por tanto, nosotros también somos ese Otro, a veces. Y a la vez pone delante del espejo a esa sociedad que se hace trampas al solitario y se empecina en representarse como una sociedad blanca uniforme, cuando nuestros barrios han estado poblados de pieles de tonos diversos (y todas las diferentes experiencias que representan) desde hace décadas.

La periodista y escritora madrileña, Lucía Mbomío, junto a su nuevo libro. Fuente: Instagram de la autora

Lo que hace Lucía Mbomío es un acto de generosidad, básicamente, porque ella misma se ha expuesto para construir esa herramienta. Aunque la historia de Hija del camino es mucho más que la historia de su autora, entre los pliegues del relato se resbalan experiencias que solamente se pueden contar en primera persona, la experiencia de la hija de una pareja mixta de padre guineano y madre española a la que no se le permite identificarse ni con unos ni con otros y que permanentemente busca su lugar. Pero es que la narración de la periodista que explora sus raíces en Guinea Ecuatorial es la historia de una experiencia colectiva. Mbomío lo ha explicado en algunas ocasiones, que Sandra, la protagonista de Hija del camino, no es solo ella, sino una especie de puzle construido con las piezas de muchas experiencias individuales de personas que ella ha conocido y con las que ha compartido conversaciones, es uno de los posibles retratos de esa sociedad ni blanca, ni uniforme. Esa frase que dispara en la dedicatoria da una idea del lugar del que sale el libro:

“Si no nos contamos, nos traicionamos”

Lo que hace Lucía Mbomío en su relato es un acto de generosidad porque no pretende trazar una línea, un ellos y un nosotras, no pretende jugar al sentimiento de culpa, sino que muestra y desvela. La autora de Hija del camino despliega una eficiente combinación de bofetada y caricia. Abofetea contundentemente, con las evidencias que la sociedad ha guardado debajo de la alfombra, ese racismo subyacente, sistémico que pasa aparentemente desapercibido porque se manifiesta en las acciones más cotidianas y más inocentes. Aparentemente desapercibido, evidentemente, porque lo pasa por alto quien lo sufre. Abofetea con toda la carga de discriminación que encierran esos “inocentes” comentarios al estilo “pues saca buenas notas para ser negra” o un mucho más neandertal “es guapa para ser negra”. Frases que se pronuncian sin un deseo manifiesto de hacer daño, pero con una voluntad evidente (aunque pueda ser inconsciente) de marcar una diferencia. Y el golpe, el restallido del cachete es esa sentencia lapidaria que Mbomío coloca en medio de la mejilla de quien se considere completamente inocente:

“Si Sandra seguía sintiéndose de Guinea Ecuatorial era porque no le dejaban sentirse de España”

Pero también acaricia y transmite ternura, abre espacios a la esperanza, expone con serenidad y delicadeza y construye relatos de empatía a los que invita a muchos más Otros que los Otros evidentes con diferentes tonos de piel o distintas texturas de pelo. Algunas de las reflexiones se desprenden como cargas de profundidad:

“Sandra miró a su alrededor y se dio cuenta de que casi no había niños blancos. Entendió que la pobreza tiene la piel oscura y que raza y clase van de la mano”.

Pero a pesar de ello, la generosidad de Lucía Mbomío acerca a la historia de Sandra a muchos más, a cualquiera que se haya criado y haya sentido la periferia, porque Hija del camino palpita y sabe a barrio, a plaza, a pipas y botellones, a intemperie, a hermandades tan accidentales como firmes. Acerca a cualquiera que han estado lejos de casa, porque habla de la nostalgia y de la distancia, habla de buscarse a uno mismo y de perderse, de caer al vacío y de descubrir el mundo y, mientras tanto, de seguir mirando hacia casa. Acerca a cualquiera, que se haya tenido que enfrentar a un gesto torcido, porque la discriminación también tiene el potencial de crear alianzas y aunque no seamos conscientes, es fácil que todos hayamos sido desplazados, por eso Hija del camino es una herramienta para conocernos, entendernos y aproximarnos.

Y mientras tanto, a través de Sandra, va pasando delante de nuestros ojos la vida. El racismo, por supuesto, la denuncia más evidente de la historia:

“El racismo no era un insulto puntual ni una pelea de chiquillos, se trataba de una guerra incesante y ella se comportaba, desde niña, como una soldado dispuesta a defenderse y a lucha”.

Lucía Mbomío es uno de los referentes en España de la comunidad afrodescendiente. Fuente: Instagram de la autora

Pero si nos quedamos solo con lo que salta a la vista, nos perdemos muchas otras cosas que aparecen en el camino que recorre Sandra. Como la construcción de la identidad, que en el caso de una mujer, negra, en España es especialmente turbulenta, pero que puede desestabilizar a cualquiera; las dudas en cuanto al sentimiento de pertenencia, que no afecta solo a la población racializada; incluso la integridad y las convicciones, el compromiso social.

“Durante su convalecencia, entendió que la patria no era una bandera sino el espacio en el que residen los recuerdos de la infancia, y su novio, quería de alguna forma, volver a ellos, construir una Guinea de hermandad y solidaridad, valores que ya solo quedaban en los pueblos”.

Lucía Mbomío ha sido capaz de explicar desvelos, inquietudes, frustraciones y anhelos de una persona (y de un colectivo) que intenta construirse y reconstruirse, reinventarse y ubicarse de una manera que es imposible no sentir empatía:

“Está feliz por la visita, pero cansada de buscar su sitio. Lleva buscándolo desde antes de saber que lo hacía, cuando escribía cartas al niño holandés, cuando decidió aprender francés y se fue de intercambio. Lo buscó con más ilusión que nunca cuando se fue a Guinea Ecuatorial. Y no se encontró. Quizá debía aceptar que su lugar está en el limbo, en ese camino, pero con los suyos cerca, porque en sus risas, sus abrazos parcos y sus charlas siempre se está bien”.

Y evidentemente, en el relato también está Guinea Ecuatorial, observada desde diferentes lentes, con visiones mediatizadas de diferentes maneras. En ocasiones Guinea es Antonio, el padre de Sandra, en otras es Celia, la tía de la protagonista que le presta enseñanzas definitivamente valiosas, a veces un recuerdo, a veces una ilusión… Pero el relato de Mbomío también transmite como a menudo Guinea Ecuatorial es apenas un reflejo en el horizonte que pasa desapercibido y hacia el que esta sociedad se ha convencido que no quería mirar, por motivos, sobre los que antes o después será necesario detenerse. La propia protagonista ni siquiera sabe bien cómo definir su experiencia:

“Había viajado mucho, se había emocionado en diferentes paralelos y meridianos y, sin embargo, Guinea le dolió más que ningún otro sitio y lo amó como a pocos. Fue mucho más que un alto en el camino, allí descendió a los infiernos y conoció la gloria. Guinea era extremo, maniqueo, doloroso y extraordinario. Y viendo desde el cielo aquel brócoli gigante que era la isla de Bioko, supo que nunca podría olvidarlo”

Lo que Lucía Mbomío ha hecho, definitivamente, es un acto de generosidad porque nos ayuda a conocernos, a nosotros mismos, entre nosotros y a los otros, sean quienes sean esos otros y sabiendo que a veces los otros somos nosotros. Antonio confiesa a su hija:

“Yo ya no pertenezco a ningún lugar. No soy de ni de aquí ni de allí. Me sacaba de mis casillas ver según qué cosas cuando estaba en Malabo, pero también me pasa aquí. Los inmigrantes vivimos en un limbo”

Y Sandra le anuncia:

“Las fronteras que atravesasteis vosotros nos atraviesan a nosotros”.

Y, también porque en medio de la confusión y de los inconvenientes recupera la concepción tradicional del viaje como un espacio de encuentro y de conocimiento. Sandra reflexiona sobre su experiencia y abre una puerta que quizá todas deberíamos tener presente:

“Echa de menos una tierra que solo estaba en los recuerdos de su padre, que no era real ni tangible, que puede que nunca existiera. Una quimera que le embaucó igual que te atrapan las sirenas de Guinea, las «Mami Wata», quienes viven en aguas negras africanas y diaspóricas, a los dos lados del Atlántico. Hay quien las considera la deidad de la inmigración porque los que fueron secuestrados por ellas vieron dos mundos. Al regresar son más sabios, pero resultan incómodos y extraños en las dos márgenes”.

Historias de la guerra y la huida de la mano y la palabra de Mia Couto

 

“En aquel lugar, la guerra había matado la carretera. Por los caminos solo se arrastraban las hienas, hurgando entre ceniza y polvo. El paisaje se había injertado de tristezas nunca vistas, en colores que se pegaban en la boca. Eran colores sucios, tan sucios que había perdido toda la ligereza, olvidados del atrevimiento de levantar el vuelo por el azur. Aquí, el cielo se había vuelto imposible. Y los vivos se habían acostumbrado a la tierra, en un resignado aprendizaje de la muerte”.

Así empieza la novela Tierra sonámbula, del mozambiqueño Mia Couto. El título de ese primer episodio es también representativo: “La carretera muerta”.

En 1992, los representantes de Frelimo y Renamo firmaron un acuerdo de paz en Mozambique que acababa formalmente con quince años de guerra civil. Esa guerra fratricida, además había tomado, prácticamente, el relevo inmediato de la guerra anticolonial que las fuerzas independentistas había librado contra Portugal. Es decir, el país ponía fin a un ciclo de casi treinta años de guerras sucesivas, desde 1964.

Ese mismo año, se publicó la primera edición de la primera novela de Mia Couto, que llegaba con la esperanza de paz, pero mirando a los tiempos de conflicto. En una maniobra muy propia del autor mozambiqueño, el escritor descubría y compartía una nueva manera de huir de ese inhumano e insoportable estado de guerra, la literatura se alzaba como una forma de construir, evidentemente, pero también como una vía para la huida cuando no queda otra opción.

La editorial Periscopi se ha sumado, recientemente, con Terra somnàmbula, una edición en catalán, a los volúmenes publicados en castellano por Alfaguara y Debolsillo. La versión traducida magistralmente por Pere Comelles Casanova (de la que se han tomado los fragmentos escogidos y han sido traducidos al español por el autor de la reseña) nos sirve de excusa para recuperar el relato del mozambiqueño que ha sido considerado una de las diez mejores novelas del siglo XX y que fue llevada al cine. El particular estilo de Mia Couto hace el trabajo de traducción de un Comelles premiado más meritorio.

En este caso, la habitual atmósfera onírica creada por la prosa poética e imaginativa de Couto tiene una intencionalidad muy concreta: huir de la realidad o más bien, construir una realidad en la que él y los y las demás mozambiqueñas pueda vivir. El propio autor aseguraba en una entrevista: “Tengo 42 años (en 1998) y he pasado la mitad de mi vida en guerra”. Y al mismo tiempo manifestaba sus temores: “Creía que la guerra no iba a acabar nunca”. Por ese motivo la guerra es una de las protagonistas de Tierra sonámbula, es una constante en la historia y, sin embargo, nunca aparece explícitamente. Es así como Couto transmite el peso de la guerra para la población, es una amenaza, condiciona la vida y es una especie de sombra, un nubarrón, una masa viscosa que lo impregna todo. No hay un solo episodio de guerra al uso en toda la historia y, sin embargo, la guerra siempre aparece en el horizonte.

El escritor mozambiqueño, Mia Couto. Foto: Carlos Bajo

La historia de Tierra sonámbula es un retrato de la guerra pero, sobre todo, es el relato de la huida de esa guerra:

“- Por eso digo: no es el destino, lo importante, sino el camino.

Que hablaba de un viaje que tenía un solo destino, el deseo de marchar nuevamente. Este viaje, sin embargo, debía seguir respetuosamente sus consejos: tendría que irme por mar, caminar hasta la última lengua de la tierra, donde el agua provoca sed y la arena no conserva ninguna huella. Que me llevase el amuleto de los viajeros y lo guardase en una vieja cáscara de una nuez vómica. Y que buscase los confines en los que los hombres no guardan ningún recuerdo. Para deshacerme de mi padre y conseguir que no me siguiese no podía dejar ninguna señal de mi trayecto. Pasaría como los pájaros que atraviesas los ponientes”.

Muidinga, un niño perdido, y Tuahir, el viejo que le acompaña y cuida de él a su manera, están en fuga constante, en medio de la precariedad de una guerra que mezcla sueños, desolación, poesía y muerte. Muidinga encuentra una cierta evasión en los cuadernos de Kindzu, un joven que también esté en medio de una desesperada huida.

A su vez, el relato de Kindzu desvela algunas de las preocupaciones que Couto ha transmitido repetidamente en su trayectoria literaria. Cuestiones como la identidad, como la patria o la convivencia se tejen con el universo onírico y poético del escritor para articular un particular retablo en el que aparecen elementos de la tradición local, por la que Couto se ha preocupado habitualmente, los personajes de las cosmovisiones que persisten en Mozambique, se convierten en actores de la tragedia que tiene un inevitable sabor a historia con moraleja. El clima fantástico del escritor tiene una aliado fundamental, su creatividad lingüística. El mozambiqueño consigue hacer verosímiles situaciones y personajes gracias a su capacidad para inventar palabras y construcciones. Para transmitir un escenario con una particular relación con la realidad no hay mejor fórmula que construir a medida las palabras que mejor se adaptan a las necesidades. Puede que no sea fácil contar un mundo en el que se mezcla lo visible y lo invisible, en el que los genios conviven con la devastación de la guerra o las capacidades que sobrepasan la realidad se cruzan con sensaciones tan mundanas como el hambre o el miedo. Puede que no sea fácil contarlo, si no se tiene las herramientas adecuadas, así que Couto se arma de estos instrumentos.

“En aquellos años todo tenía sentido todavía: la razón de este mundo estaba en otro mundo inexplicable. Los ancianos hacían de puente entre estos dos mundos”.

Tierra sonámbula es la primera de sus novelas y presenta de manera radical todos sus rasgos más característicos. Estan los temas, pero también los ambientes, las construcciones y los trucos del autor, esa creatividad lingüística y la mezcla de tradiciones, el sabor poético de todo lo que escribe que igual le sirve para que el lector se siente delante de una atrocidad, sin apenas haberse dado cuenta, como para mostrar la realidad de la manera más descarnada. Tierra sonámbula contiene todo lo que se ha elogiado de Couto y también todo lo que se le ha reprochado. Y el simbolismo, siempre el simbolismo, un sistema de significados que te permite, volver a rascar la superficie, una y otra vez, y encontrar conexiones que antes de habían pasado desapercibidas.

“El tiempo se paseaba con dóciles lentitudes cuando llegó la guerra. Mi padre decía que era un lío venido de fuera, traído por los que habían perdido los privilegios. Al principio, solo escuchábamos las vagas novedades que pasaba lejos. Después, los tiroteos se fueron acercando y la sangre fue llenándonos los miedos. La guerra es una serpiente que utiliza nuestros propios dientes para mordernos. Su veneno circulaba ahora por todos los ríos de nuestra alma. De día ya no salíamos, de noche no soñábamos. El sueño es el ojo de la vida. Nosotros estábamos ciegos”.

Couto nos reserva incluso algunos giros argumentales que ha ido construyendo y cuidando con mimo a lo largo del relato, para que al final, todos los hilos estén es su sitio y nos muestren el tapiz deseado, que a su vez se permite ocultar, solo a la vista bajo rayo X, la imagen de la historia que nosotros hayamos querido construir o interpretar con las pieza que nos da el autor.

“Eso es lo que quiero: borrarme, perder la voz, desexistir. Suerte que he escrito, paso a paso, este viaje mío. Escritos así, estos recuerdos quedan prisioneros del papel, lejos de mi. Esta es la última libreta. Después, lo ordenaré todo en la maleta que me ha dado Surendra. Al final, Surendra es el único cuya compañía acepto. El indio y su nación soñada: el océano sin fin”.