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La Revolución no será televisada: obra maestra de la cultura urbana

La sexta edición del consolidado Film Africa sigue incrementando el tránsito de los cinéfilos que acuden a esta cita anual. Las redes sociales participan del ruido cultural del festival, con intentos de reventas o restituciones de las disputadas entradas para cada una de las películas, pues la gran mayoría se agotan un par de días antes de la proyección. Uno de los títulos más esperados es The Revolution won’t be televised (La Revolución no será televisada), de la directora mauritano-senegalesa Rama Thiaw. El documental ha marcado historia en el mundo del cine tras ser la primera película con un 80 por ciento de producción senegalesa seleccionada y galardonada en el prestigioso festival de cine internacional de Berlín, la Berlinale.

914c5ee6c5ec62067db9091470238cecDesde entonces, la película circula por numerosos festivales, tanto en Senegal como en otros países africanos, europeos y americanos. Si este hecho no fuera bastante para generar expectación entre el público londinense, Film Africa añadía no solo la invitación a la directora, para presentar y debatir sobre la película tras la proyección, sino también, un concierto gratuito del grupo de rap senegalés que protagoniza la película, Keur Gi, en el ático del cine, The Ritzy, en pleno corazón del barrio de Brixton.

Si ya en Wiriko contábamos la paradójica situación actual de este Reino (des)Unido desde la votación del Brexit, en la crítica de A United Kingdom (Amma Asante, 2016, Reino Unido), en este caso, los perjudicados han sido los artistas del grupo de rap Keur Gi, a quienes las fronteras de Reino Unido han cerrado sus puertas, denegándoles el visado, por cambios de los requisitos provocados por la salida del país británico de la Unión Europea. “Es la primera vez en la historia de Film Africa que se deniegan visados, y el caso de los raperos de Keur Gi no ha sido aislado”, informan los organizadores del festival, de la Royal African Society.

(Foto: Iván González. Web: www.ivangonzalez.co.uk)

El documental se sitúa a principios de 2012, cuando la sociedad senegalesa, protagonizada por los raperos del grupo Keur Gi, Thiat y Kilifeu, se movilizó de manera masiva, saliendo pacíficamente a las calles para reclamar la invalidación de la candidatura de Abdoulaye Wade, quien llevaba en el gobierno 12 años (2000-2012), y que sería derrotado por la oposición Macky Sall (2012-presente). Justo este año, el actual presidente de la república senegalesa lanzaba un referéndum de proyecto de reforma constitucional para acortar el mandato de siete a cinco años, que podrá aplicarse desde la próxima presidencia, según lo indica la constitución senegalesa – y lo cual dio lugar también a mucha polémica entre el colectivo de Y’en A Marre, como muestra la canción “Non au référendum”, y otros raperos de referencia, como Xuman y Keyti, del Journal Télévisé Rappé.

El título del documental de Rama Thiaw está inspirado en la canción de los setenta de Gil Scott-Heron, miembro del movimiento americano marxista The Black Panthers: “Cuando escuché la canción The Revolution won’t be televised encontré un eco entre nuestra revolución y la que sucedió en los setenta en Estados Unidos”, apuntaba la directora. “Los medios no cubrían correctamente nuestra revolución. Hablaban simplemente de algunos raperos que estaban haciendo ruido. Eso es porque todavía estamos colonizados. Al gobierno francés no le convenía tener una ‘primavera negra’ porque ya tenían una ‘primavera árabe’”. Eso fue lo que motivó a la directora a filmar la revolución no televisada, acompañando el día a día de la revolución, las manifestaciones en las calles, en plena plaza del Obelisco de Dakar o de la Independencia, en las distintas regiones senegalesas donde se hizo una campaña de sensibilización para salir a votar la oposición de Wade, en espacios de discursos y representación con una música cargada de compromiso político, o en la casa donde se reunían los miembros del colectivo “Y’en A Marre” protagonista de la revolución, y liderado por los raperos de Keur Gi, Thiat, Kilifeu y el DJ Gadiaga, quienes, según declara Thiat en la película, encuentran que el mayor reto como artistas es aportar lo mismo que les ha dado a conocer como activistas.

Estos planos de documental observacional, interactivo, con una posición interna clave para contar la historia, en el día a día de la revolución, desde el acompañamiento de los raperos de Keur Gi, muestran una posición clave de la realizadora –quien ha logrado completar el film tras seis años de producción, con su propia compañía Boul Fale Images– para adentrarse en la revolución de un país tan pacífico “donde ver un arma sería tan raro como ver un dólar cayendo del cielo”, decía Thiaw. Según la directora, esa es la revolución, el día a día, lo que sucede entre bambalinas: “Una revolución no es lo que te muestra la televisión. Dura mucho tiempo. Es un largo viaje”. Otro de los retos era el lograr contar este momento histórico a través de una coherencia entre el fondo y la forma, ya que la directora considera que las diferencias entre cine de ficción y cine documental no están tan marcadas como se cree: “Para mí el colocar la cámara en un determinado ángulo es un acto político, yo no creo en la objetividad, y era muy importante cuidar la calidad técnica. Pasamos mucho tiempo calibrando las cámaras para conseguir por ejemplo una luz apropiada para filmar a negros, porque las cámaras están diseñadas para filmar a blancos”.

El resultado es una pieza donde sucesos reales se entremezclan con momentos de back-stage con los artistas, actuaciones de los raperos, paradas por distintas regiones senegalesas donde estos hablaban con los vecinos y les animaban a salir a votar por el cambio, entrevistas a los raperos por televisión con una edición multipantalla, editados rítmicamente, imágenes de videoclips de los raperos, primeros planos en plena oscuridad con una luz lateral en la que no solo hablan los raperos de manera individual, sino la poetisa y realizadora Khady Sylla –quien falleció en 2013 y a quien Rama Thiaw dedica su film–. El resultado es una obra maestra de la cultura urbana, en el que la narrativa audiovisual está compuesta por una armoniosa sintonía entre la estética del lenguaje de la cultura urbana y el fondo del contenido político de la revolución, con una cuidada edición sonora donde los testimonios, la lectura de la carta de Khady Sylla y los sonidos directos, se entremezclan con canciones de rap de la carga política de la movilización social.

Como realizadora, Rama Thiaw confiesa tener que enfrentarse a preguntas sobre género que la clasifican como mujer antes que como cineasta: “Cuando cojo una cámara, no pienso en si soy hombre o mujer. En un festival sobre mujeres me preguntaron que por qué en mi película sobre la lucha no salían mujeres, algo en lo que yo ni había caído. Es como si por ser mujer estuviéramos obligadas a filmar a mujeres. Y en realidad sí había mujeres en la multitud, como en esta película, donde están en primera línea de la revolución, pero es como si parecieran invisibles. Yo creo que antes que nada somos seres humanos y que para ser iguales tenemos que ser diferentes. Eso sí, como mujeres, tenemos que conquistar el espacio público. Algunas mujeres no querían ser filmadas o hablar ante la cámara, pero ellas también hicieron la revolución, como yo, detrás de las cámaras”.

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A pesar del mal sabor de boca que había dejado el anuncio de la denegación de visados a los raperos, el festival logró complacer a su público con el concierto de uno de los koristas senegaleses con base en Reino Unido más destacados, Kadialy Kouyate. El músico, del sur de Senegal, está a punto de lanzar su último álbum, “Na Kitabo” (en mandinka, “mi libro”), y ha tocado en numerosos festivales y salas de prestigio por todo el mundo, tanto como solista como en colaboración con números artistas de distintos países. En un ático del histórico cine de Brixton, The Ritzy, tanto él como su banda, Kadialy Kouyate and Sound Archive, mostraron un absoluto dominio de la escena ofreciendo al público un espectáculo de gran energía y riqueza sonora.

Este artículo es parte de la cobertura que Wiriko como medio oficial del Film Africa está ofreciendo a la audiencia en español.

Thaïs Diarra: “mi música es del color de mi alma”

Nacida en Suiza hace treinta y seis años, de padre maliense y madre suiza, Thaïs Diarra es uno de esos talentos emergentes que están contribuyendo a transformar, no solo el panorama sonoro de Europa, sino los viejos estereotipos sobre África. La suya es una voz segura de sí misma. Síntesis de años de colaboraciones con artistas africanos consolidados como el congoleño Fredy Massamba o los senegaleses Positve Black SoulAwadi o Xuman, esta joven afropea ha sabido recoger lo mejor de las dos culturas que la acunan para sintetizar un estilo que mezcla lo más tradicional y local con lo más moderno y global.

Con su álbum debut (Métisse, 2014), sabemos que ha venido para quedarse, aunque más allá de su música esta joven cantante y compositora nos invita a reflexionar sobre los conflictos identitarios de las primeras generaciones de afro-europeos, de los estereotipos acerca del continente o de la falta de conocimiento que muchos de los afro-descendientes tienen sobre África. Nos habla sobre la importancia que se le da al color de la piel. Y sobre todo, de la bendición de tener dos herencias culturales tan vastas como la europea y la africana. En la entrevista que Wiriko le ha realizado, Thaïs nos cuenta cuales son sus fuentes de inspiración y nos explica como ha llegado a realizar su reciente trabajo, recién salido del horno; así como su relación con Mali y Senegal.

Su álbum debut es una preciosa joya de 11 cortes impregnados de un Neo-Soul del que emanan pinceladas de los más diversos estilos. Su single debut, Africa Dieye, es una canción con mucha fuerza compuesta entre Diarra y Noumoucounda Cissoko, un conocido músico senegalés experto en el Kora, que hace brillar este instrumento de veinte cuerdas para iniciarnos en el camino de los griots. Esta canción está cantada en inglés y mandinga, y cuenta con la colaboración de Yoann Julliard en la batería, el productor Fred Hirschy en el bajo, y Fredy Massamba en la percusión. Un estupendo maridaje delicado y natural entre dos continentes que definen a la artista Thaïs Diarra. Ella misma nos lo describe así:

“Mi música es una mezcla entre elementos africanos tradicionales como el Kora, el Balafón y algunos instrumentos de percusión del África Occidental con ritmos Hip Hop o líneas de bajo del Reggae…. Mi música es del color de mi alma“.

“Métisse se grabó entre Suiza y Senegal, con la colaboración del congoleño Fredy Massamba, los senegaleses Didier Awadi y Gunman Xuman, el maliense Phéno y el sudafricano Burni. Viajamos mucho, trabajamos muchísimo con Skype, mandándonos las canciones por Internet y grabando cosas de un lado a otro… Métisse es la síntesis de una gran aventura” nos cuenta su principal artífice.

“En el disco canto en inglés, en mandinga y en wolof” dice. Y a pesar de que, a priori, podría parecer que la lengua pudiera representar una frontera para las audiencias occidentales, Thaïs recalca que “la música no tiene fronteras; primero de todo tiene que ver con un sentimiento y después, todo va sobre el compartir”.

Aunque Thaïs nació en Europa, tanto ella como su familia tuvieron que lidiar des del principio con los prejuicios raciales. Como cuenta en exclusiva para Wiriko “a mi padre lo enviaron a estudiar a Rusia en los 70′ y después de viajar por Europa, terminó en Suiza. Fue uno de los primeros negros en vivir en la pequeña ciudad de Bienne. Para él la integración fue muy dura, especialmente teniendo en cuenta que era músico y los músicos, por aquél entonces, no estaban muy bien vistos” nos cuenta.

Thaïs DiarraY es que tal y como explica, la música le viene casi por herencia genética. “Mi padre era bajista y mi madre escuchaba mucha música afroamericana. En casa sonó siempre mucho reggae y desde pequeña supe que quería dedicarme a la música. Empecé en el coro de la escuela pero cuando llegué a la adolescencia me metí de lleno en el mundo del Hip Hop”.

A pesar de tener claro a lo que se quería dedicar, no siempre le fue fácil resolver ese enigma del “¿quién soy?”. “Fui la primera niña de la ciudad en nacer de una pareja mixta, y a pesar de ser suiza, nunca fue fácil convivir con el racismo, y mucho menos tener que romperme la cabeza para entender cuál era mi propia identidad” reconoce Thaïs. “Pero sentí la necesidad de ahondar en mis raíces en Senegal y Mali. Fue allí dónde aprendí sobre la música africana y a partir de ahí fue cuando empecé a hacer mi música de forma más genuina” nos confiesa.

Si ser “la primera” le supuso un hándicap durante su infancia, hoy, como artista, esto le ha abierto muchas puertas. “Soy la primera de una nueva generación en Suiza. Hace unos meses que empecé a tocar por el país y el público me está respondiendo de una forma increíble. Me están saliendo muchos bolos. Pero lo bueno es que también en mi otra casa, en África Occidental, donde voy a hacer una gira a finales de este año” nos dice.

IMG_1003-1“De pequeña no sabía nada sobre África, y no lograba comprender por qué importaba tanto el color de mi piel” se lamenta. “Durante toda mi infancia y adolescencia la gente me solía llamar “la negra”, pero en cambio, nunca vieron la parte de blanca que hay en mí, cosa que siempre me desconcertó mucho” reconoce la suiza, quien cuenta que tuvo que aprender quien era saliendo de la cultura en la que había crecido, y encontrándose con la pieza del rompecabezas que le faltaba. “África me sorprendió muchísimo por su enorme belleza y riqueza, porque era todo lo contrario a lo que siempre me habían contado. Fue entonces cuando me empecé a sentir orgullosa de toda mi herencia africana, me sentí completa y fui capaz de fusionar de verdad mis dos culturas. Para mí, esta fusión es una bendición”.

Por ello, Thaïs se ha pasado los últimos años a caballo entre Suiza, Senegal y Mali, dejándose envolver por sus distintos colores, ahora sí, sin prejuicios ni mediaciones. “Tengo familia en Bamako, donde también tengo muchos amigos y mc’s con los que he colaborado. Voy a volver pronto para seguir trabajando con ellos, pero la situación política de Mali me pone muy triste. Me duele que el país tenga que pasar por todo lo que está pasando. Pero lo curioso del caso es que dos años después de que estallara el conflicto sigo confundida acerca de sus causas. A pesar de todo, creo que es el momento de la reconciliación y la reconstrucción de nuestro país”.

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