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La representación de África en la Bienal de Venecia 2019

Este mes ha arrancado una nueva cita de la Bienal de Venecia, siendo esta la 58ª edición del evento. De los ochenta y nueve pabellones nacionales que participan sólo ocho son africanos. Pese a ello, este año celebramos que la nigeriana Otobong Nkanga (1974) haya sido reconocida con el galardón “Mondo Cane” por su trabajo, que podemos encontrar en la muestra central.

Bajo el título May You Live in Interesting Times (Ojalá vivas en tiempos interesantes en su traducción al castellano), el neoyorkino Ralph Rugoff (1957), director de la Galería Hayward de Londres, es el encargado de comisariar esta edición que, según ha afirmado, no tiene una temática definida, sino que engloba obras que subrayan aspectos del contexto histórico actual. En su introducción al evento, Rugoff afirma que el arte no puede solucionar los problemas del mundo, pero sí que es capaz de ofrecer a la sociedad una mirada más crítica, cumpliendo así una función social tanto de ocio como de aprendizaje. Por ello, el objetivo de la exposición es crear un diálogo entre las expresiones artísticas y el público, entendiendo a las primeras como herramientas que la audiencia puede utilizar para reflexionar y confrontar la realidad desde otras perspectivas.

A pesar de tratarse de una exposición de arte, la Bienal de Venecia se ve como una oportunidad de influir en la política, ya que la representación de los países atiende a los intereses y necesidades personales de cada uno de ellos. En este sentido, no es de extrañar que, tratándose de un acto europeo, gran parte de los espacios estén ocupados por artistas occidentales. Sin embargo, desde la pasada edición de 2017 se ha puesto en marcha el Africa Art in Venice Forum (AAVF), una plataforma que se dedica a dar voz al continente africano y sus correspondientes diásporas durante la semana de apertura. Además, en caso de no haber podido asistir a las actividades programadas por el foro, esta iniciativa cuenta con varios medios de difusión (como Instagram, Youtube o Twitter) con el propósito de universalizar las expresiones artísticas y alcanzar el mayor público posible.

Obra de Neville Starling en la Bienal de Venecia 2019. Fuente: Anthea Missy.

Como vemos, África está subvirtiendo la marginalidad a su favor a la vez que reclama un espacio en las clásicas instituciones europeas a través de vías alternativas de representación, poniendo en tela de juicio el predominio de Occidente. Por ello, desde Wiriko hacemos un repaso de los países africanos que sí han tenido espacio en la Bienal de Venecia.

Costa de Marfil:

“Heritage no.1” (2019) Válerie Oka. Fuente: Art Africa.

En “The Open Shadows of Memory” (“Las sombras abiertas de la memoria”), los trabajos de pintura, escultura y montaje de Ernest Dükü (1958) incorporan la mirada del otro en una especie de confrontación a la vez que reflejan, mediante metáforas, las preguntas del mundo que intenta transmitir. El fotógrafo Ananias Léki Dago (1970) cuenta las aspiraciones controvertidas y el olvido de las nuevas generaciones africanas a través de imágenes en blanco y negro de carreteras. Válerie Oka (1967) utiliza la fotografía y el dibujo para hablar de los héroes olvidados de su tierra así como de las bellezas borradas de África. Por otra parte, los retratos pictóricos de Tong Yanrunan (1977) tratan de transmitir el recuerdo de la humanidad sin emociones o diferencias sociales.

Egipto:

Pabellón de Egipto (2019). Fuente: C&.

De la mano de Islam Abdullah, Ahmed Chiha (1945) y Ahmed Abdel Karim (1954), “khnum across times witness” (que viene a decir “Khnum, testigo a través de los tiempos”) busca la esencia de los tiempos pasados mientras vive el presente. Se trata de un diálogo entre distintos contextos históricos: recuperar las civilizaciones del Antiguo Egipto, las cuales coexistían en paz y estaban conectadas con la tierra y el cielo. Los artistas conciben a estas sociedades como maestras de la paciencia, la sabiduría y la contemplación. Según el Daily News Egypt, el artista y comisario Ahmed Chiha se preocupa por que la juventud sea consciente de esta memoria histórica, de que entienda que los cambios no ocurren de la noche a la mañana y que para lograr mejoras sustanciales es necesaria la contribución de muchas personas.

Ghana:

Contrariamente a Egipto, que tiene un espacio permanente en la exposición, esta es la primera vez que Ghana participa en la Bienal de Venecia. El país africano utiliza el título de “Ghana Freedom” (“Libertad de Ghana”)  —haciendo alusión a la pieza musical homónima del mítico músico E.T. Mensah (1919-1996), lanzada en vísperas de la emancipación del régimen colonial británico— para explorar la trayectoria de su independencia, a la vez que denunciar el colonialismo aún vigente en la bienal italiana.

“Ghana Freedom” se nutre de las experiencias de seis artistas intergeneracionales con raíces en el país o en la diáspora. De acuerdo con la revista  ARTnews, la exposición combina los trabajos de El Anatsui (1944) e Ibrahim Mahama (1987), que consisten en montajes a gran escala; las representaciones y retratos de la conocida como primera fotógrafa ghanesa Felicia Abban (1943); Lynette Yiadom Boakye (1977), quien presenta pinturas de personajes ficticios; las instalaciones audiovisuales de John Akomfrah (1957); y finalmente, las esculturas e instalaciones también audiovisuales de Selasi Awusi Sosu.

Instalaciones de Ibrahim Mahama. Fuente: Dezeen.

Madagascar:

El país insular completa la corta lista de estrenos africanos en esta edición. En una entrevista al autor realizada por ArtReview , Joël Andrianomearisoa (1977) explica que “I have forgotten the night” (“He olvidado la noche”), el proyecto que ha desplegado en el pabellón malgache consiste en “una instalación masiva e inmersiva (…) compuesta por papel y sonidos”.

“I have forgotten the night” (2019) Joël Andrianomearisoa. Fuente: Afro-way.

Esta combinación da lugar a la materialización de un viaje nocturno visto a través del prisma de papeles de amor y muerte desgarrados, construyendo de este modo un mundo onírico abierto a la exploración del público. Además, el artista sostiene que, aunque su trabajo represente el dinamismo y la modernidad de su país (en contraste con la predominancia de imágenes exóticas asociadas a él), este no está dirigido al público nacional exclusivamente, sino al mundo entero. Su obra lidia con emociones, y las emociones no conocen fronteras.

Como curiosidad, cabe destacar que sólo los dos países que se inician en la exposición internacional cuentan con una cuenta en la plataforma de twitter para seguir su pabellón (@GhanaInVenice y @mdgpavilion).

Mozambique:

Gonçalo Mabunda en el pabellón de Mozambique (2019). Fuente: C&.

Los artistas Gonçalo Mabunda (1975), Mauro Pinto (1974) y Filipe Branquinho (1977) nos trasladan al pasado turbio del país (sometido al régimen portugués hasta 1975) para señalar sus consecuencias en la actualidad. Mientras los países de África subsahariana reclamaban sus independencias en el periodo de la posguerra, Mozambique y las demás colonias lusófonas permanecieron sujetas a la dictadura salazarista, por lo que a la violencia inherente de un gobierno colonizador hay que sumarle también la violencia dictatorial. Asimismo, una vez independiente fue testigo de una guerra civil que duró quince años. Grosso modo, “The Past, The Present and The In Betwen” (“El pasado, el presente y el espacio intermedio”) los autores establecen un diálogo con los aspectos negativos del pasado, mostrando así su preocupación y compromiso con las políticas socioeconómicas.

República de Seychelles:

Mediante dos instalaciones complementarias, George Camille (1963) y Daniel Dodin (1966) nos presentan la exposición “Drift” (“La deriva”). Como indica la Agencia de Noticias de Seychelles, Camille ha optado por presentar una instalación con forma de tsunami, escondiendo sutilmente mensajes subliminales. Por su parte, Dodin refleja el día a día de una persona seychellense. La composición visual y auditiva de los trabajos nos llevan a cuestionar múltiples asuntos, entre los que podemos destacar el origen de la verdad o si la vida de hoy en día es mejor que la de antes. En general, los artistas nos hacen prestar atención a aquello que tendemos a ignorar.

Obra de Daniel Dodin en el pabellón de Seychelles (2019). Fuente: C&.

República de Sudáfrica:

Pabellón de Sudáfrica (2019). Fuente: C&.

Para Sudáfrica, sometida al régimen del Apartheid hasta hace veinticinco años, la memoria de la segregación racial es muy reciente por lo que está presente en la conciencia nacional. En “The Stronger We Become” (“Cuanto más fuertes nos hacemos”)  Dineo Seshee Bopape (1981), Tracey Rose (1974) y Mawande Ka Zenzile (1986) muestran la resiliencia y resistencia social, tratándose de obras que ponen énfasis en la naturaleza dialógica del país, así es que generar conversaciones que nos hacen reflexionar de dónde venimos como nación, dónde estamos y hacia dónde nos dirigimos.

República de Zimbabue:

“By the Fruits You Will Know Them” (2019) Kudzanai Hwami. Fuente: C&.

“Soko Risina Musoro (The Tale without a Head)” (que viene a decir “El fin sin comienzo”), basado en el poema homónimo de Herbert Chitepo (1923-1975), apela las experiencias humanas y las historias actuales del mundo. Georgina Maxim (1980), Neville Starling (1988), Cosmas Shiridzinomwa (1974) y Kudzanai Violet Hwami (1993) prestan atención a las diferentes formas en las que los conflictos afectan el desarrollo humano, entendiendo el arte como una manera de dialogar más próxima a cada nación en esta época impregnada de caos.

Como ya apuntábamos al principio del artículo, la inclusión y participación del continente en eventos internacionales de esta índole han sido escasas. No creemos que para la Bienal de Venecia el arte africano no tenga valor en sí mismo; nuestra intención es denunciar que el mundo del arte sigue estando dirigido y protagonizado por Occidente. ¿Podemos entonces defender la naturaleza internacional del evento?  El artista suizo Christoph Büchel (1966) parece responder a esta pregunta gracias a su proyecto “Barca nostra”, que muestra los restos de un barco que transportaba a setecientas personas en situación de migración cuando se hundió en el Mediterráneo en 2015. Aunque es verdad que Büchel aporta otra lectura de la bienal, haciendo una crítica a las políticas migratorias europeas y su falta de humanidad, recurre a un imaginario negativo para referirse a África.

Así es que, por muy bien intencionadas que sean algunas propuestas, hay que empezar a escuchar de primera mano las historias africanas, pues nadie mejor que sus sociedades puede contar sus experiencias.

La Bienal de Venecia: Nigeria se une a la fiesta del arte

La Bienal de Venecia dio el pistoletazo de salida el fin de semana pasada, y hasta finales de noviembre, con el título “Viva Arte Viva” y, lo que este año pretendía ser una oda al arte para devolver la voz a los artistas y dejar a un lado las reivindicaciones políticas, se ha quedado un poco corto por lo que atañe a la representación africana. De los 54 países del continente africano, solo siete tienen su propio pabellón en esta fiesta artística, a la que se ha unido, por primera vez, Nigeria.

Performance de Qudus Onikeku

Con el título “How about now?(¿Qué tal ahora?), los artistas nigerianos Victor EhikhamenorPeju Alatise y Qudus Onikeku, junto a sus comisarios Adenrele Sonariwo y Emmanuel Iduma, a través de la multidisciplinariedad, pretenden establecer un diálogo con las nociones del tiempo y la conciencia de Nigeria como país. El pabellón toma en cuenta el pasado y el presente, para afrontar el futuro y abarcar todas las posibilidades ideológicas y toda la complejidad de su identidad nacional. Porque no se puede explicar el presente ni mirar hacia el futuro sin recurrir al pasado y a la historia.

“¿Cómo nos incluimos en la narrativa global del arte, ahora? Nuestro tema es un mensaje en capas. Más allá de esto, a través del ‘ahora’, no sólo reflejamos nuestros mitos e historias como país y sociedad, sino también cómo elegimos retransmitir narraciones contemporáneas en un presente fragmentado pero interconectado”, explica el artista Victor Ehikhamenor para Wiriko. “Ni nostálgico ni escapista, insistimos en pensar en el pasado y en el futuro de Nigeria para comprender la naturaleza interrelacionada del tiempo”, añade.

Mientras Victor Ehikhamenor combina grandes instalaciones con la escultura tradicional para reflexionar sobre el efecto del colonialismo en el patrimonio cultural nigeriano, Qudus Onikeku presenta una trilogía de películas que investigan, a través de la danza, el funcionamiento de la memoria corporal y su conexión con la conciencia nacional. En la misma línea, Peju Alatise presenta una instalación de ocho niñas aladas a tamaño real, para contar la historia de una joven que trabaja como criada en Lagos y que sueña con la libertad, con no pertenecer a nadie más que a sí misma y con poder volar. Una instalación que se dirige directamente a la injusta realidad reciente del país y que sueña con un mundo más seguro, especialmente para las mujeres y las niñas.

“Flying Girls”, de Peju Alatise

Los otros seis países africanos participantes a La Bienal de Venecia son Angola, representado por el artista António Ole, que nos presenta un pabellón con el tema “Memoria magnética / Resonancia historia”; Egipto, con el tema “Esto también pasará”, representado por el artista Moataz Nasr; Costa de Marfil, representado por los artistas Joachim Silue, Ouattara Watts, Jems Robert Koko Bi, Joana Choumali; Kenia, con el tema “Otro país” y representado por los artistas Arlene Wandera, Mwangi Hutter, Peterson Kamwathi, Paul Onditi, Richard Kimathi y Zimbawe representado por los artistas Admire Kamudzengere, Charles Bhebhe, Dana Whabira and Sylvester Mbayi y que nos hablan de “Deconstruyendo fronteras: Explorando ideas de pertenencia”.

Escultura de Peju Alatise

Sudáfrica y Túnez también participan del evento, pero solo durante la semana inaugural o por invitación. Y esto nos deja con 47 países, casi el continente entero aún sin posibilidades de ser conocidos en ciertos círculos. “Creo que más países africanos necesitan unirse a la mesa mundial del arte. He sido testigo de historias increíbles, obras que se están produciendo en diferentes países de África; sin embargo, cuando se trata de la Bienal, soy consciente de que hay mucho más en juego para asegurar el aterrizaje con éxito a un pabellón de país. Espero que el ecosistema cultural y político de los 47 países que actualmente no participan en la Bienal, tal vez al ver el trabajo y el impacto de los siete países que participan, se inspiren a esforzarse más para superar los factores que les van a la contra”, cuenta Victor Ehikhamenor.

Instalación de Victor Ehikhamenor

Además de los siete países representados, y otros eventos y pabellones marcados en el calendario y el mapa de la Bienal, como el pabellón de la diáspora; los días 9 y 10 de mayo, durante la semana inaugural, se celebró en la ciudad italiana el primer foro de Arte Africano en Venecia, en el que representantes de los museos más importantes del mundo, así como también los artistas africanos que están participando de la Bienal, se han reunido para discutir acerca de dos grandes preguntas: ¿Cómo pueden los países no representados desarrollar y mejorar su infraestructura para la promoción de las artes? y ¿cuáles son los factores que impiden que sus comunidades de creativos prosperen tanto a nivel nacional como global?

Performance de Qudus Onikeku

Acerca del tema, Ehikhamenor nos da su opinión y comenta que “la voluntad política debe estar ahí. Nos guste o no, los responsables políticos, los titulares de cargos públicos o los gobiernos juegan un papel importante en si la industria de las artes de cualquier país se hunde o consigue nadar. Es deber de los creadores, de los artistas y de los productores culturales mantenerse en el rumbo, seguir creando y destacando la importancia de las artes para el desarrollo de los países en su conjunto”.

Victor Ehikhamenor

Y sentencia, “para algunos es una falta de voluntad política. Para otros, es una falta de financiamiento. Pero solo puedo hablar de Nigeria, que es un poco de ambos, pero esto está cambiando lentamente. Con el éxito de este pabellón nigeriano, espero que sea una antorcha y un ejemplo para los nigerianos y para otros países, también. Lo que queda claro es que la calidad de la producción artística no está en duda. Ya sea la escultura, la performance, la pintura, el arte digital, los artistas africanos están produciendo un trabajo de primera calidad que coincide con cualquier estándar de clase mundial establecido en cualquier lugar”.

“Woman in trance”, de Victor Ehikhamenor

La bienalización del arte africano

Aula Wiriko

4ª Edición del Curso Introducción a las expresiones artísticas y culturales del África al sur del Sahara

Por Javier Guirado Alonso

Venecia, 1893. Han pasado poco más de 20 años desde el establecimiento de Roma como capital de Italia, el colofón, de la unificación. Con el pretexto de celebrar las bodas de plata del rey Humberto I y Margarita de Saboya, el ayuntamiento de Venecia decide celebrar una exposición internacional de arte. Dos años después, el 30 de abril de 1985, se inauguraba la Biennale de Venecia: la primera bienal de la historia.

Pero, ¿qué es una bienal?

Es una feria de arte que se celebra cada dos años en una ciudad del mundo. La primera tuvo lugar en Venecia, en 1895 y, seguramente, siga siendo la de mayor calado. Le siguieron las de Sao Paulo (1951) o París (1959), en la que tuvo un papel fundamental André Malraux, entonces ministro de cultura. Durante los 60 y 70 el fenómeno se fue expandiendo por muchas otras ciudades, la mayoría en Europa.

Ya desde muy temprano se vio el potencial político que podían llegar a tener estas ferias. En 1895 la Biennale de Venecia supuso un impulso extraordinario a la idea de nación que había que transmitir dentro y fuera del país. La configuración de la muestra, que concedía un espacio a cada país participante, acentuó esta narrativa de legitimación nacional. Los efectos que supuso para la ciudad, además, en términos de comercio y reconfiguración urbana fueron fundamentales.

Tomando la Biennale de Venecia como modelo, y debido a la utilidad, actualmente el número total ronda entre las 100 y 200, con gran presencia mediática y organismos como la Biennial Foundation. Sin embargo, es a partir de los años 90 cuando el fenómeno comienza a generalizarse, coincidiendo con la desregulación de los mercados que se dio en esa época. A este aumento exponencial en la celebración de este tipo de ferias es a lo que se ha llamado bienalización del arte. Los efectos de este modelo han suscitado gran discusión. Van Proyden (2006), por ejemplo, señala los 90 como una época centrada no tanto en movimiento artístico alguno sino en la promoción a través de instituciones culturales y sedes pomposas.

Con la bienalización del arte, la presión para que el mayor número de ciudades posible tenga una muestra de este tipo lleva a Sassatelli (2016) a señalar que “una bienal te pone en el mapa porque, hoy, las bienales son el mapa”. Tomando la estimación de la Biennial Foundation, lo cierto es que solo el 9 por ciento de las bienales se celebran en África. Un porcentaje francamente pequeño que representa la dificultad y el relativo éxito del continente por subirse al carro de esta bienalización. No obstante, sí que hay varias ferias de gran éxito. Una de ellas es el Dak’Art, con su última edición en 2016 y cuyo eco ha llegado también a España. Centrada en arte contemporáneo, el Dak’Art tiene la importancia estratégica de celebrarse en Senegal, país natal del gran arquitecto de la Negritud, Leopold Sedar Senghor.

Dado que uno de los elementos fundamentales para el éxito de estas ferias es la puesta en claro del capital cultural de la región, no es extraño que las referencias a Leopold Sedar Senghor sean habituales, como también lo son al Festival Mundial del Arte Negro, de cuya edición celebrada en Dakar se cumplían 50 años en 2016. En el marco de la reafirmación nacional se celebraron también las bienales de Johannesburgo de 1995, llamada Africus, y 1997. Tras la caída del apartheid, el Nobel de la Paz de Mandela y su ascenso a la presidencia de Sudáfrica, Johannesburgo era una ciudad deseosa de mostrarse al mundo como un lugar abierto, plural y en el que había cabida para la élite mundial del arte contemporáneo tras años de aislamiento internacional.

La Bienal de Fotografía de Bamako celebraba su décima edición en 2015 bajo el nombre de Telling Time. En un marco de inestabilidad como el que ha sufrido Mali en los últimos años, una estrategia de la organización consistió en llevar a los artistas a las escuelas para fomentar el interés de los estudiantes en el arte africano, la fotografía y la muestra en sí. En una época en la que el uso del smartphone está ya generalizado entre los jóvenes africanos, la temática cobra especial relevancia.

Aunque no es una bienal sino una exposición itinerante, Making Africa ha cumplido también un papel fundamental en la difusión del arte africano. Con Okwui Enwezor como comisario, muy relacionado con el mundo de las bienales y criticado muchas veces por ofrecer a Occidente una visión comercial y estereotipada del arte africano, Making Africa ha sido una exposición de gran éxito que ha pasado ya por el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona, el Guggenheim de Bilbao o el museo Vitra Design.

La bienalización de África no es una noticia ni buena ni mala. Indica, exclusivamente, que el desarrollo de las instituciones culturales y artísticas en dicho continente siguen la estela de un modelo que se está dando en el resto del mundo. No parece, por tanto, que el éxito de ferias como las bienales de Johannesburgo, Dak’Art o la Bienal de Fotografía de Bamako sean reflejo de un despertar africano genuino, sino del sometimiento a un modelo ya establecido, con una crítica que tiene más que ver con el mercado del arte que con la emancipación simbólica de un continente. Lo global ha terminado por ser una forma elegante de referirse al canon occidental, dejando de lado la posibilidad de que los sures o los orientes adquieran una voz propia.

Más aún, el primitivismo (Laganà, 2008) del que ha bebido el arte africano contemporáneo tiene también que ver, muchas veces, con una mirada occidental que tiende a acentuar elementos exóticos que pueden ser o no locales, o formar parte de una idea nacional, desde el pretexto de la emancipación. Se toma una perspectiva esencialista para tener al africano como un sujeto que solo es capaz de expresarse desde la artesanía localista, fomentando el llamado “arte de aeropuerto”.

El debate por la descolonización de las mentes tiene en las bienales africanas su particular presencia, en tanto que cada muestra refleja las identidades fronterizas a las que ha dado lugar la estructura social y política poscolonial (Neila, 2009). Con una tradición entrelazada con los estados europeos coloniales, parece ya una labor artificial separar la impronta que dejaron, el arte tradicional de cada región africana y los desarrollos actuales, que cada artista escribe al ritmo de unos patrones muy relacionados con el canon occidental. Las identidades fronterizas, a caballo entre el arte global mercantilizado y la reivindicación de la tradición, por tanto, parece que van a seguir siendo el pan de cada día de cualquier muestra de arte africano.


Referencias

Biennial Foundation

Laganà, L. (2008). “The Primitivism debate and Modern Art”, en Art & Time, IV Mediterranean Congress of Aesthetics, Irbid: Universidad de Yarmouk.

Neila Hernández, J. L. (2009). “La «descolonización de las mentes» en el África Subsahariana: identidad y conocimiento social”, en Estudios internacionales: Revista del Instituto de Estudios Internacionales, 162, Santiago: Universidad de Chile.

Sassatelli, M. (2016). “The biennalization of art worlds: the culture of cultural events”, en Hanquinet y Savage (eds.) Handbook of The Sociology of Art and Culture, Londres: Routledge.

Van Proyen, M. (2006). “Administrativism and Its Discontents”, Art Criticism, 21 (2).