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Nubes de lluvia, entre la esperanza y el tormento

Makhaya representa una visión muy particular del heroísmo, quizá nadie diría que es un héroe, pero es indudable que es un personaje magnético. Se trata de un periodista que huye de una condena en Sudáfrica y se refugia en una emergente Botsuana y que aparece alternativamente como un idealista comprometido o como un hombre en fuga con un delicado y precario equilibrio emocional. Es el protagonista de Nubes de lluvia, la primera novela de Bessie Head, una escritora respecto a la que ni siquiera hay consenso en su adscripción, a menudo, aparece como una de las mejores novelistas, y otras como una de las más transgresoras narradoras sudafricanas.

La editorial Palabrero Press ha editado en español esa novela publicada en Londres y Nueva York en 1968. Traducida por Elia Maqueda y con un prólogo de Ángeles Jurado que nos acerca a la realidad en la que Head produjo esta historia y a algunas de las circunstancias que nos permiten entender mejor el relato. Jurado se asoma a la biografía de la escritora, pero no solo, también nos acerca a una lectura profunda de Nubes de lluvia.

La historia de Makhaya es la historia de una búsqueda, igual que lo fue la vida de Bessie Head. En el segundo caso, una búsqueda tan turbulenta como infructuosa; en el primero, una búsqueda desesperada, denodada y accidentada. El periodista llega a Botsuana saltándose las convenciones y las leyes e intentando encontrar un lugar en el que volver a empezar. Ese lugar idílico para recomenzar su vida es, aparentemente, Golema Mmidi, pero tampoco allí las cosas son tan sencillas como el protagonista esperaba.

Mientras nos explica el periplo de Makhaya, Bessie Head nos va sumergiendo en un mundo en construcción, en parte, pero también con una profunda resistencia al cambio; un espacio en el que las contradicciones se van desplegando tanto en los personajes como en sus relaciones. Más que en el espacio, Makhaya deberá encontrar su lugar en el sistema que conforman esos personajes que buscan el equilibrio entre las transformaciones que mejoran la vida y los espacios de poder personales, individuales y egoístas; entre quienes desde la tradición piensan en una convivencia beneficiosa para todos y los que han sido capaces de retorcer el progreso a su antojo; un contexto en el que las resistencias no son necesariamente las previsibles o, al revés, no son las personas más resistentes al cambio las que pondrán más difícil el avance.

Las experiencias de Makhaya nos acercan a las consecuencias de las tradiciones instrumentalizadas y de las estructuras sociales parcialmente manipuladas. Mientras nos ofrece la cara más evidente de la hospitalidad y la convivencia, también nos aproxima a sociedades con derivas racistas.

La escritora Bessie Head. Fuente: Editorial Palabrero Press

Todos esos episodios, todas esas experiencias y esas relaciones, tienen la fuerza de la realidad. Las contradicciones que hacen que los comportamientos sean completamente humanos son más creíbles porque parten de la experiencia de Bessie Head. Su biografía es, en sí misma, material de primera para una novela, si no fuese porque la realidad no acostumbra a ser demasiado sexy. La escritora sudafricana convivió desde su nacimiento con las contradicciones, los prejuicios y la hipocresía de una sociedad extremada e inhumanamente cerrada. Fue el fruto de las relaciones entre una mujer blanca acomodada y un trabajador negro, algo más que un acto ilegal en la Sudáfrica del apartheid, un pecado que marcaría toda su vida.

Sus primeros años estuvieron marcados por las instituciones mentales en las que fue a parar su madre y el repudio de la familia. A partir de ahí, el alcoholismo, las continuas huidas, la indigencia a menudo, el exilio y la escritura a veces como una forma de sanación y otras como un nuevo descenso a los infiernos. Son todas esas experiencias las que alimentan o las que enmarcan la creatividad y la narrativa de Head. Nubes de lluvia es prácticamente una autobiografía de su época de exilio en Botsuana, donde también ella llegó buscando una alternativa a la asfixiante atmósfera de la Sudáfrica más discriminatoria.

A United Kingdom: Amor y racismo en tiempos del Brexit

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En una película no hay ningún plano ni diálogo aleatorio. No se trata de hacer un trabajo fílmico con las sobras. Y en un festival, en su programación cosida con pomposidad por los comisarios, tampoco. El pasado miércoles se inauguraba el Festival de Cine Londres (London Film Festival) con una cinta que bombeaba savia oxigenada de crítica interna, A United Kingdom (2016), de la directora Amma Asante. Basada en el libro Barra de colores de Susan Williams y con un guión de Guy Hibbert, Asante explica la historia simplificada de amor entre Seretse Khama (David Oyelowo), quien era príncipe de Bechuanalandia (y más tarde se convertiría en el primer presidente de Botsuana) y su novia blanca Ruth Williams (Rosemund Pike).

El trabajo de la directora continúa la misma estela que comenzó con Belle (2013), abriendo cuestiones sobre los límites de clase e identidad británicos. Una llamada desnuda la de A United Kingdom a una isla con un pasado colonial en África que se lubricó con los beneficios que el apartheid dejaba en el cono sur del continente y que con la confirmación del Brexit ha acabado por visibilizar parte de su huella ecológica y humana hacia una parte de la población esclava e inmigrante que ayudó a construir este Estado-Nación.

Poco después de la victoria del SÍ ajustado a la salida del Reino Unido de Europa, los informes de incidentes de odio continúan apareciendo. Los datos confirman que el Brexit es la consecuencia de un país dividido. El New Yorker explicaba en junio que la pobreza y la falta de educación fueron factores determinantes para propiciar la salida, junto con la edad y la raza: “Uno de los mejores indicadores de cómo votaron los británicos fue su nivel de educación. Las personas con títulos universitarios tendieron a optar por la permanencia mientras que las personas sin ellos tendieron a optar por irse”.

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El Brexit y sus secuelas han buceado en las hemerotecas y las trastiendas de la historia desde la década dura de los ochenta, hasta los discursos privatizadores y sin escrúpulos que Margaret Thatcher pronunciaba en los noventa en el número 10 de Downing Street. En realidad, el Brexit ha camuflado el tufo xenófobo de los más conservadores. Pero a pesar del revés, Inglaterra es un lugar mejor, étnicamente más diverso –prueba de ello es que el laborista Sadiq Khan se ha convertido en el primer alcalde musulmán de Londres– y menos –quizás– arrogante. Y por eso la importancia de esta subida de telón del festival de cine que hasta el 16 de octubre inundará las calles de un sentido crítico y en gran formato.

La relevancia de que A United Kingdom centrara los focos mediáticos viene marcada por varios asuntos: la reciente celebración de los cincuenta años de la independencia de Botsuana del Reino Unido Además; y que el filme de Amma Asante se ha convertido en la primera película dirigida por una mujer negra ¡en 60 años de festival! Un símbolo del compromiso del London Film Festival por fomentar la diversidad en la industria del cine. Es más, este año, los actores, productores y directores de cine asistirán a un simposio que tratará de buscar explicaciones a el por qué los actores negros permanecen en el cine subrepresentados.

A United Kingdom es el testimonio de una historia desafiante y duradera que también revela un complejo capítulo doloroso de la historia británica. Una película de relevancia contemporánea que celebra el triunfo del amor y la inteligencia sobre la intolerancia y la opresión.

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La historia de amor narrada en A United Kingdom

*Fragmento del reportaje publicado en la revista del mes de octubre de Mundo Negro. (nº 620).

El inicio de la crisis diplomática comenzó con sonido de jazz de fondo. Era 1947. Ruth Williams estaba en un baile de la Sociedad Misionera de Londres y el joven Seretse Khama, estudiante de Derecho de Oxford, la invitó a bailar. Por aquel entonces, en Sudáfrica todavía no había sido formalizado por los afrikáner el régimen del apartheid, que entraría en vigor de forma legal en 1948. Pero de ese baile londinense surgiría un romance que se convertiría en el foco de una crisis entre Gran Bretaña y Botsuana, vecina del país sudafricano.

Los planes que el padre de Ruth –un excapitán del Ejército indio que más tarde trabajó en el comercio del té– tenía para ella seguramente nada tenían que ver con lo que después aconteció. Y algo parecido ocurriría con el tío de Seretse, Tshekedi Khama. Ella había nacido en una familia acomodada en Blackheath, al sudeste de Londres, y él era un kgosi o jefe supremo –título real que a la edad de cuatro años había heredado de su padre– de la etnia -bamangwato.

Se casaron en secreto. Y la boda provocó un estallido político tanto en el reino de Bechuania, donde esperaban al príncipe para que a su vuelta de Londres se casara con una mujer de su comunidad, como en Sudáfrica, donde las leyes racistas prohibían el matrimonio interracial. Al año siguiente volvieron al reino de Bechuania pensando que sus problemas habían terminado, pero los británicos eran muy dependientes del oro y del uranio sudafricanos, así que, como no querían problemas, exiliaron a Khama y a su esposa de la tierra de sus ancestros para no incentivar sublevaciones sociales.

El príncipe, después de renunciar al trono, y respaldado por las fuertes protestas tanto internas e internacionales, regresó en 1956 ayudando a organizar un movimiento por la independencia. El 30 de septiembre de 1966 Bechuania pasó a denominarse República de Botsuana con Seretse Khama elegido como su primer presidente. Khama sería, incluso, nombrado caballero británico por la reina Isabel II.

Al año siguiente de la independencia, un enorme yacimiento de diamantes fue descubierto en el este del país. Sorprendentemente, Khama consiguió invertir sensiblemente las ganancias en infraestructuras, educación y atención sanitaria, al tiempo que se iniciaban fuertes medidas contra la corrupción. De 1966 a 1980, Botsuana tuvo el mayor crecimiento económico del mundo, y en el informe de 2015 de la ONG Transparencia Internacional se mantiene en primer lugar como el Gobierno menos corrupto de toda África, quedando por delante de Portugal, Israel, España o Italia.

a-united-kingdom-new-posterDespués de 50 años de independencia, el mantenimiento de una cadena ininterrumpida de elecciones democráticas podría considerarse como un logro en sí mismo, sobre todo si observamos a otros países del cono sur de África. Aunque quizás la fortaleza para esta nación de apenas dos millones de habitantes es haber mantenido un equilibrio entre el desarrollo del país y la riqueza de su subsuelo. Botsuana logró edificar un Estado pese a estar rodeado por regímenes racistas (Sudáfrica, Namibia y Zimbabue). No obstante, en la construcción del país influyeron otros factores como su pequeño tamaño y el hecho de que el grupo étnico tsuana hubiera logrado conservar gran parte de su liderazgo tradicional.

Sin embargo, a pesar de que ha alcanzado el estatus de un país con ingresos medios –aproximadamente unos 14.500 euros anuales per cápita–, Botsuana se encuentra con unas tasas de desempleo en torno al 20 por ciento; y la mayoría de la población vive de la agricultura de subsistencia. Al igual que Lesoto, el porcentaje de población con sida se encuentra entre las más elevadas del mundo: un 22,2 por ciento estaría infectado, unos 8.500 niños vivirían con el virus y alrededor de 60.000 se habrían quedado huérfanos a causa de la enfermedad. Además, la desigualdad severa, la aversión a la crítica al Gobierno, las limitaciones de la sociedad civil, el control de los medios de comunicación, el -predominio de un solo partido político o la marginación de los grupos minoritarios, son algunos de los claroscuros de este país definido ampliamente como el ‘milagro africano’.

Con Seretse Ian Khama –hijo del padre de la patria– en la presidencia hasta 2019, Botsuana probablemente mantendrá su reputación como uno de los lugares más fáciles de África para hacer negocios, con una economía flexible y bien gobernada. Sin embargo, el país tiene un largo camino por recorrer antes de que sea capaz de diversificarse, más allá de su dependencia de los diamantes. La mina Jwaneng, la más rica de todo el mundo en esta piedra preciosa, se encuentra a unos 120 kilómetros de Gaborone, la capital del país. Con una producción de cerca de 10,6 millones de quilates por año, hoy en día los diamantes representan más del 60 por ciento de las exportaciones de Botsuana y casi el 25 por ciento de su producto interior bruto. No obstante, la nación puede ver peligrar sus ingresos por la -desaceleración económica que sufren China o India, los dos principales importadores.

El Partido Democrático de Botsuana (BDP, por sus siglas en inglés) ha ganado todas las elecciones desde la independencia, por lo general, con grandes mayorías. En el fondo, esto es el resultado inevitable de la falta de competencia democrática. Se permiten los partidos de oposición, pero se considera que no tienen ninguna posibilidad real de acceder al poder. Fue el propio padre fundador de la nación quien hace 50 años subrayó la conveniencia de una oposición leal y eficaz ya que mantiene al Gobierno sujeto por los pies. Parece que, aunque los ingresos por los diamantes aseguren una década más de beneficios, se hace necesario un nivel de diversificación económica mayor para compensar las desigualdades sociales.