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Atlantique: capitalismo, feminismo y amor

Crónica de un visionado público de la película Atlantique en Dakar y comentado por su propia directora Mati Diop y la escritora Ken Bugul.

La expectación era mucha. Aunque el 2 de agosto ya se había estrenado en Senegal ante la élite dakaroise en un Teatro Sorano de gala, esta noche era la primera proyección de Atlantique (2019) gratis y a cielo abierto, en Medina, un barrio popular de la capital. El lugar elegido para proyectar el más reciente Gran Premio del Festival de Cannes, el antiguo cine Empire, uno de los clásicos de la ciudad, reabierto hace unos años, permite al vecindario apropiarse el sitio. Sillas, sillones, escaleras, suelo, varias alturas, comida y bebida… todo a disposición para que la proyección sea abierta y participativa, en esta sala a cielo descubierto. Esperando que anocheciera, la terraza del edificio desde la que se apreciaban entremezclados tejados de mezquitas, inmuebles antiguos y nuevos, acabados e inacabados, grúas y banderas, acogía también a los invitados de la entidad organizadora del evento, la Raw Material Company, uno de los centros de arte más punteros de la subregión, que cerraba su séptimo programa de formación, el cual versaba sobre el tema “Imágenes de nuestro tiempo”, dirigido por el cineasta Eric Baudelaire.

Cartel de la película Atlantique (2019), de Mati Diop.

El calor del pasado 13 de diciembre empezaba a despedirse y el viento fresco y salado del omnipresente océano entraba desde de la corniche de Dakar a este edificio abierto de la calle Malick Sy, creando el ambiente necesario para meterse en el film de la franco senegalesa Mati Diop (Francia, 1982). El sol desaparece anaranjado dejando rápido el paso a la luna, y con ella, la presentación de la película. Una Mati Diop concentrada y reflexiva introducía el film aludiendo a la transición lógica de su obra cinematográfica compuesta por el cortometraje Atlantiques (2009) y el documental Mille Soleils (2013) y sobre la inevitabilidad del asunto: -“¿de qué otro tema se puede hablar?”: la migración es el trasfondo de su compromiso con el cine, de su experiencia vital y de la obra que la precede: la de su tío, el reconocido cineasta Djibril Diop Mambéty.

Sin más spoiler, la audiencia se quedaba en absoluto silencio durante las casi dos horas de la película (1h. 47min.) El incesante sonido del mar que acompañaba la película era solo interrumpido por la última llamada a la oración que resonaba desde la Gran Mezquita de Dakar, a escasos metros. Concentración, emoción o tensión, según el pasaje, se leían en las caras de un auditorio que sin duda elevaba el nivel de comprensión de esta película filmada en versión original en wolof y subtitulada en francés, que ha recorrido desde hace seis meses pantallas de todo el mundo . El encuentro con su público era “primordial”, según explicaba la propia realizadora.

Atlantique es la historia de Ada y Suleimán. Una historia de amor frustrada, atrapada en un contexto en el que la falta de expectativas ahoga en el imponente océano los sueños de una generación, de la fuerza viva de un país. La película habla de los desaparecidos en el mar, de los que se van: pero sobre todo de los que se quedan. Las que se quedan. Una mirada femenina, atrevida, crítica, comprometida y sensible que atraviesa al espectador desde la primera escena hasta la última. El contundente final culminaba con un caluroso aplauso que hacía levantarse a la directora y a un jovencísimo electo actoral (seleccionado por la propia Diop hace menos de dos años) que se presentaban ante el público en Medina con una mezcla de timidez y soltura; aquella que da las tablas de quien se ha enfrentado ya a medios de todo el mundo: Ibrahima Traoré (Souleiman), Mame Bineta Sané (Ada) y Nicole Sougou (Dior)

Lo que esconde el océano de Atlantique

No se conocían pero sí. Dos grandes nombres de la literatura y el cine del país como Ken Bugul y Mati Diop habían inevitablemente oído hablar la una de la otra y de sus trabajos, pero nunca habían coincidido físicamente. Abiertamente impresionada por la creatividad de la nueva generación de cineastas, y de esta película en particular, que definió como “obra maestra por su mirada compleja sobre la migración”, Ken Bugul (Senegal, 1947) afirmaba sentirse identificada con Ada, la protagonista y su grupo de amigas, “con esas mujeres con su destino en la mano, que asumen sus vidas y sus cuerpos”. Comenzaba así una conversación sobre los subtemas que atraviesan la película.

Juventud fantasma

Mati Diop explicaba su inspiración para realizar la película. Nacida y crecida en Francia, en 2008 aterrizaba en Dakar movida por un deseo de explorar sus raíces africanas ya que su padre, el cantante Wasis Diop, es senegalés. Es en la capital donde se encuentra de frente “con una juventud solitaria y habitada por un inmenso deseo de partir”. Es cuando decide poner su incipiente mirada cinematográfica al servicio de lo que estaba observando, y que calificaba de “problema existencial”.

Ellas

Tras su primer trabajo, el cortometraje Atlantiques con protagonistas masculinos, decide en este, su primer largometraje, focalizarse en las que se quedan: “La única manera de contar que encontré legítima desde mi lugar”, comentaba. “Además me parecía injusto restringir el retrato de la juventud de Senegal de la década de los 2000 solo a los que se van. Las historias de migración atraviesan a todas las esferas: madres, hermanos, novias… hay muchos que se quedan”, reflexionaba al tiempo que le tomaba la palabra Ken Bugul, para quien el rol de la mujer no ha sido lo suficientemente explorado hasta ahora en lo que respecta a las migraciones internacionales: “Ellas se quedan silenciosas, son más invisibles aún. Por eso veo la importancia de darles la voz, de hacerles actuar su propio rol a estas jóvenes que tienen mucho que decir”.

Feminismo

El debate prosiguió sobre la emancipación de las mujeres y sobre las conquistas de autonomía que se han dado en las décadas de los 60 y 70 y que la escritora tachaba de “adquisiciones frágiles”. “Fueron en el discurso, sobre el papel, pero no en lo cotidiano”, subrayaba Ken Bugul, el seudónimo que utiliza la novelista senegalesa Mariètou Mbaye Biléoma, y que significa «la que nadie quiere». “¡Manteneos alerta!”- exhortaba al auditorio- “¡Seguid vigilantes, no bajéis la guardia!”. El mensaje a la juventud, en particular a las mujeres, no podía ser más claro. “En los últimos años se ha colado un retroceso en nuestros derechos por las fisuras de lo conseguido. En Senegal, y en todo el mundo, las mujeres son de nuevo las víctimas”, remataba responsabilizando por ello “a las estrategias del capitalismo introducido desde los 90 que han anclado nuevos valores como el dinero, la apariencia, el consumo, y cosificado el cuerpo de las mujeres”.

Justicia social

La directora suele presentar la película como una “fábula política”. El trasfondo es claro. Lo señalaba desde el público un profesor de escuela que le recordaba el paralelismo de la escena inicial, en la que Souleimán y los otros chicos reclaman sus 3 meses de salario impagado al constructor de una gran torre, con la mítica secuencia de Camp de Thiaroye (1988), del senegalés Ousmane Sembène. En ella se mostraba la demanda de los soldados senegaleses al ejercito francés en 1944 tras participar en la II Guerra Mundial, y que fue abatida con bombardeos. “Cada vez que mires el alto de tu torre, pensarás en nuestros cuerpos sin tumba”, dicen los desaparecidos al patrón en un fragmento de la película. “Atlantique es una historia de amor frustrado, por el océano y por la violencia capitalista”, sentenciaba la realizadora. “Y no es azar que sean ellas las que encarnen la reparación y la reclamación de justicia social”, matizaba Ken Bugul. “Siempre lo hemos hecho”.

Amor, sexo y moral en Senegal

Preguntada por la moderadora sobre si habían tenido dificultades en el rodaje de la escena final, en referencia a un momento erótico entre los protagonistas, Diop quedaba desconcertada: “¿Por qué no lo pronuncias?”, le inquiría directamente a Sambou. La realizadora explicaba que los actores comprendieron perfectamente la escena que sobrepasaba lo físico: “No hay lugar a polémica”, decía rotundamente al tiempo que añadía que “los jóvenes actores han asumido con naturalidad su papel en una escena sensual sin cuestionarse si chocaba o no con la moral senegalesa”. Para Diop “es importante crear nuevos referentes de relación en el cine que quizá alivien la presión social de una juventud solitaria. Nunca he visto a un hombre y una mujer negros besarse con pasión en una película africana”, confesaba. “Me deja atónita y desconcertada como espectadora. Creo que la gente, y sobre todo los jóvenes, tienen la necesidad de conocerse, de liberarse y de amarse”. “Hay que amar sin moderación”, arengaba Ken Bugul, como colofón tras la respuesta de Diop. Para Bugul, la “casi octogenaria” como ella se define, por parte de la juventud es una cuestión de valentía enfrentarse al grupo, construirse como persona y afirmarse como individuo son sus particularidades. “Me interesa la identidad en relación a su construcción individual y no en relación a un sentimiento de pertenencia, sea comunitaria,  geográfica, racial o religiosa”, explicaba.

Fantasía y realidad

Mati Diop tenía claro que en la película tenía que haber fantasía. “[En la película] muestro un barrio obsesionado por la desaparición de su fuerza viva. El retorno de los muertos es una leyenda universal atlántica, de la que me he inspirado sobre todo de historias bretonas, y que me pareció indispensable para hablar de esos jóvenes desaparecidos. La solución a través de la posesión, del djinn fue una manera de aterrizarlo en el contexto: es la manera en la que el barrio interpreta lo que pasa. Aquí la fantasía es inherente a la realidad”, dijo cuestionada desde el público sobre su inspiración para meter en la película a estos seres, al pertenecer a la etnia lebou, caracterizada por su misticismo.“Otro pasaje que me ha inspirado fue un suceso acontecido hace unos años en Senegal sobre unas chicas que se desmayaban a la vez en una escuela”, comentaba Diop. Lo que más le impresionó de esta creencia muy extendida en el país sobre que las jóvenes quedan poseídas por un ser maléfico sobrenatural y que se conoce como djiné Maimouna, es que finalmente es el marabú, la figura religiosa masculina de referencia en la localidad, la que da el veredicto de lo que pasa. “Y era la forma de vestir de las mujeres la que causaba el conflicto”, afirmaba alarmada. Para Ken Bugul, esto demostraba “lo manipulables que somos como sociedad,” afirmando que “no cuestionar las jerarquías es un freno al sentido común”.

En este sentido, la escritora señalaba que este verano ha escuchado en la radio que las lluvias en el país se habían retrasado “porque las mujeres se vestían descocadas” y señalaba la importancia del cuerpo de la mujer como un medio de resistencia ante la opresión. En la película también se alude a otro lugar común en la tradición mística senegalesa, el faru rab, otro demonio que habita en las mujeres y que hace que los matrimonios fracasen. Algo de lo que Ken Bugul valoraba retomando la idea del escritor Cheikh Hamidou Kane, de la necesidad de trabajar los mitos para entender la sociedad contemporánea.

Utopía de la emancipación

La conversación cerraba con una oda a Ada, “un personaje utópico, fuertemente arraigado a los valores fundamentales deseados no solo para las mujeres senegalesas sino para toda la juventud”, según explicaba Mati Diop. Ken Bugul la alababa: “Una historia de amor que permite ser como deberían ser todas las historias de amor”. La noche ya cerrada no permitía más reflexión que la que se dejaba abierta en la cabeza de un público que retomaba los aplausos para despedir al equipo, visiblemente emocionado por este tiempo compartido.

El surrealismo mágico de las hechiceras africanas

Agosto de 1612. Valle de Pendle (Pendle Hille), en el condado de Lancashire, Inglaterra. Hacía calor y la gente se agolpaba en el que se ha considerado como uno de los juicios de brujas más famosos de la época. Alizon Device, una niña de 11 años, fue ahorcada, junto con otras nueve personas, después de admitir que era una hechicera que a menudo se encontraba con el demonio en compañía de su abuela de 80 años. A ella también la ahorcaron sin importar cuántas canas lucía. Y la literatura ha hecho correr tinta desde entonces.

Sí, es una película, pero estos espacios abocados al exotismo por la desprotección de los gobiernos existen en la realidad. La directora pasó más de un mes en uno de ellos en Ghana para documentar un guion que combina la denuncia social y la sátira y que continúa cosechando éxitos después del debut en el festival de Cannes de 2017, por cierto, la primera película zambiana que se ha presentado en el festival francés. El último de los galardones llegaba hace unas semanas con el BAFTA, los premios de cine que concede la Academia británica al debut como mejor dirección.

Este artículo ha sido publicado originariamente en el blog África no es un país, de El País. Para seguir leyéndolo puedes visitar este sitio.

Los otros cinco (africanos) para los Oscar 2015

Las quinielas ya tienen ganadores, segundos premios, mejores decorados, mejores actores/actrices de reparto, incluso la empresa que tapizará de rojo el Teatro Kodak en Hollywood. Algunos, ante tanto alboroto y especulación pomposa, comienzan a sacarle punta a los discursos de agradecimiento porque… Nunca se sabe. Aunque quizás nadie logre llegar a la síntesis de Alfred Hitckcock que tras recoger el Oscar honorífico en 1968 por toda su carrera cinematográfica (nunca ganó una estatuilla a pesar de ser considerado como uno de los mejores directores de todos los tiempos) pronunció ante el respetable un escueto “gracias” e hizo mutis por el foro. Quizás fue la crítica más grande que se ha hecho desde el atril que representa el clímax en Hollywood.

Los Oscar de 2015 se acercan (22 de febrero). Y diciembre es un mes de cenas de gala, de Navidades repletas de promociones, de llamadas de teléfonos que subirán la tarifa e intentarán edulcorar la opinión de los críticos de la Academia. Noches de intriga. De amigos de corto recorrido. Se trata de los premios más importantes (y más comerciales) de la industria del cine. Un mes antes vendrá la antesala, la ceremonia de Los Globos de Oro (11 de enero) y unos días después (el 15 de enero) se anunciarán las películas que competirán por el Oscar al mejor filme extranjero en un año de récord: 83 películas presentadas que se quedarán en una terna de cinco.

Y son cinco. Desde el continente africano se han seleccionado cinco películas que representan un número geográfico e inspirador: The red Moon (de Hassan Benjelloun, Marruecos); The Factory girl (de Mohamed Khan, Egipto); Timbuktu (de Abderrahmane Sissako, Mauritania); Difret (de Zeresenay Berhane Mehari, Etiopía) y Elelwani (de Ntshavheni wa Luruli, Sudáfrica). Norte, sur, este y oeste. Una metáfora de la vitalidad entre dientes del séptimo arte en el continente africano. Sus cines resisten el envite del no credit, no cash perpetuo. Éste es el titular. Y como va de quinielas, aquí va la nuestra. A la africana, claro:

 

Timbuktu (del director Abderrahmane Sissako, Mauritania).

Es la gran favorita. Y él, Sissako, es el poeta de los silencios. Esta vez presenta su cuarto largometraje ambientado en su tierra de acogida Mali. Es 2012 y el fundamentalismo muestra su cara más radical maquillada con ametralladoras. Extremistas arrogantes y violentos administran castigos horrendos y absurdos. Destruyen la gracia y la belleza con la impunidad en una historia basada en personas y hechos reales: Kidane, un pastor con siete vacas que vive una vida sencilla y feliz con su esposa e hija Satima Toya, su “pajarito”. Fue seleccionada para competir por la Palma de Oro en el último Cannes y también en el festival de Toronto. En el Festival Internacional de Durban (Sudáfrica) se hizo con el premio a la mejor película.

 

Difret (de Zeresenay Berhane Mehari, Etiopía).

La ópera prima de Zeresenay Berhane, que se alzaba con el premio del púbico a la mejor película en el festival de Sundance, también está basada en acontecimientos reales. La película indaga sobre la posible aparición de la nación en el mundo moderno y sobre qué sucede cuando tradiciones centenarias se rompen y los sistemas de creencias son abandonados. Difret además tiene dos significados: valiente o ser raptada.

La sinopsis lo deja claro: En Addis Abeba, la abogada Meaza Ashenafi ha establecido una red que proporciona una representación legal gratuita a mujeres y niños pobres. Valientemente, ella se enfrenta a todo tipo de hostigamientos por parte de la policía y de los miembros masculinos de gobierno. Sin embargo, Meaza decide ir a por todas cuando se hace cargo del caso de Hirut, una niña de 14 años que ha sido secuestrada y violada de camino de la escuela a casa. La niña escapa disparando a sus verdugos y es acusada de asesinato. Ahora, Hirut se enfrenta a la pena de muerte a pesar de que ella estaba actuando en defensa propia. En algunas zonas rurales de Etiopía, la tradición de ‘Telefa’ o el matrimonio por rapto todavía existe.

Así que apunten en las agendas el 15 de enero para ver qué cinco películas serán las elegidas para optar por el Oscar al mejor filme extranjero.

África con honores en Cannes y Seattle

Cannes2014

Cartel diseñado por Hervé Chigioni y su grafista Gilles Frappier para la 67ª edidicón del festival de Cannes. Un fotograma de la película ‘Ocho y medio’ de Fellini en la que aparece el actor italiano Macello Mastroianni.

El Seattle International Film Festival (SIFF) junto a la prestigiosa cuna de los premios franceses, el Festival de Cannes, ya tienen las nominaciones oficiales, los programas de mano y las carteleras abiertas a la crítica encarnada o complaciente. Por el lado estadounidense una sección dedicada a los trabajos más actuales en la escena africana brindará una más que magnífica oportunidad para ver una muestra de las cinematografías del continente; en concreto 10 películas. Del lado francés, la huella africana es limitada aunque con un peso evidente. En la Selección Oficial, la única película seleccionada para optar a la Palma de Oro es Timbuktu del mauritano Abderrahmane Sissako; en la sección Una cierta mirada el trabajo nominado es Run, la ópera prima del marfileño Philippe Lacôte; por último, uno de los miembros del jurado de la Cinéfondation y de la Sección de cortometrajes, que este año preside el iraní Abbas Kiarostami (Irán), es el director del Chad Mahamat-Saleh Haroun.

Sin dejar las nieves berlinesas en el recuerdo allá por febrero, la organización de la, siempre obligada, 67ª edición de Cannes que se celebrará del 14 al 25 de mayo, apuntaba al romance eterno con el cartel de este año: una colaboración de Hervé Chigioni y su grafista Gilles Frappier en el que dan vida al sex símbol italiano Macello Mastroianni a partir de un fotograma extraído de la película Ocho y medio de Federico Fellini, presentada en la Selección Oficial en 1963. “Su mirada por encima de sus gafas negras nos hace cómplices de una promesa de alegría cinematográfica mundial”, explica el autor del cartel. “La alegría de vivir juntos el Festival de Cannes”.

Sissako-Couleur

Imagen captada por Arnaud Contreras durante el rodaje de ‘Timbuktu’, película del director mauritano Abderrahmane Sissako seleccionada para optar a la Palma de Oro en el festival de Cannes.

Con la alfombra roja preparada a 26 días del estreno de Cannes la presentación del nuevo trabajo del director mauritano Sissako se espera con impaciencia. El lenguaje retórico cargado de silencios, característicos de su cinematografía, se han podido ver en diferentes ediciones como en la de 2006 con Bamako, en 2002 con Heremakono, en 1998 con La vie sur a terre, o en 1993 con Octobre.  Este film camina en una línea política y necesaria para la reconciliación histórica: la ocupación de Mali por los yihadistas causando una catarsis social y cultural; una película que pretende recomponer las almas y deshacerse de las imágenes de horror y amputación en esta parte del Sahara. 

Juicio marfileño a Francia, en su propia casa

Es la primera vez que Costa de Marfil aterriza en Cannes pero lo hace con la bayoneta de 35mm. preparada. El debut del franco-marfileño Philippe Lacôte con Run para la sección Un cierta mirada, es el resultado del éxito del Atelier du Festival, una iniciativa que se ejecuta durante el festival con el fin de encontrar financiación para proyectos de directores que se encuentran en un estado avanzado de desarrollo. Y el radar de 2012 que seleccionó a Lacôte no se equivocó. Este año, otro africano, el nigeriano Newton Aduaka participará en este “taller” con su proyecto de adaptación de la obra de Helon Habila, Oil on Water.

El primer largometraje de Lacôte, de 42 años, es la primera ficción sobre la crisis político militar que sacudió a Costa de Marfil entre los años 2002 y 2011. La película narra la vida de un adolescente llamado a convertirse en brujo en su pueblo -una especie de curandero tradicional- pero finalmente debe unirse a los “jóvenes patriotas” partidarios de las prácticas violentas del ex presidente Laurent Gbagbo. Run o “Ejecutar” se propone además desempeñar un papel adicional para reactivar el cine de Costa de Marfil, en la actualidad prácticamente sin actividad.  Directores vintage reconocidos como Henri Duparc, Gnoan M’Bala, Yeo Kozoloa o Fadika Kramo o han fallecido o llevan inactivos desde hace más de diez años.

De las 80 salas de cine que llegaron a estar activas, actualmente solo 2 están en funcionamiento. Quizás por este motivo el propio Estado marfileño haya subvencionado con un 7% la película, el resto de la financiación proviene de Francia e Israel. En total 1,8 millones de euros invertidos en dar respuesta a cómo se llega a la violencia.

LACOTE Run

Fotograma de ‘Run’, película del franco-marfileño Philippe Lacôte.

Seattle y África cada vez más cerca

El festival estadounidense que se celebrará del 15 de mayo al 8 de junio sorprende, un año más, con una sección entera dedicada al cine africano con un total de 10 películas. El programa fue ya un éxito el año pasado ofreciendo algunos de los mejores trabajos de y sobre África que se están realizando en la actualidad.

Y el cartel de este año no es menos excepcional. Os dejamos algunos de los títulos que se proyectarán. Difret (Etiopía, 2014), ganadora del premio del público de Sundance, que cuenta la historia basada en hechos reales de la lucha de una joven contra la tradición de largo recorrido en Etiopía del “matrimonio por secuestro”. Rags and Tatters (Egipto, 2013), llamada “la piedra de toque del post revolucionario cine egipcio” por la revista Variety. Half of a Yellow Sun (Nigeria, 2013) es la adaptación a la gran pantalla por el director Biyi Bandele de la premiada novela de Chimamanda Ngozi Adichie con un reparto estelar encabezado por el nominado al Oscar Chiwetel Ejiofor, 12 años de esclavitud y Thandie Newton. The Rooftops (Argelia 2013), de Merzak Allouache, teje la historia de cinco barrios de Argel en torno a las cinco llamadas diarias a la oración. Finding Fela (EE.UU. 2014), el nuevo documental de Alex Gibney sobre el músico y activista nigeriano Fela Kuti. Y African Metropolis (Kenia, 2013) donde cineastas de todo el continente africano pintan un cuadro vivo de una nueva África urbanizada a través de historias cortas innovadoras que ofrecen las seis principales capitales que se encuentran en rápido crecimiento: Abidján, El Cairo, Dakar, Johanesburgo, Lagos y Nairobi.

Puentes de celuloide entre Sudáfrica y Kenia

Kenya Film Comission - National Film and Video Foundation

Acuerdo firmado el pasado 19 de mayo en el Mercado del Cine en Cannes entre la KFC, de Kenia, y la NFVF, de Sudáfrica, en el que ambas instituciones se han comprometido a apoyar las actividades de cine de sus países de forma complementaria.

La creación de redes complementarias, autónomas, independientes y que garanticen la producción y la organización de las fuentes de financiamiento en la industria del cine en el continente africano es una empresa difícil. Son unos criterios irreductibles, infranqueables, una tabula rasa entre los que integran de una u otra forma el entramado del séptimo arte. Es por lo que la noticia que saltaba a la gran pantalla mediática el pasado 19 de mayo en la 66ª edición del Festival de Cannes merece un destacado. Sin pormenores. Y a todo color: la Fundación Nacional de Cine y Video de Sudáfrica (NFVF, por sus siglas en inglés) junto a la Comisión de Cine de Kenia (KFC) han firmado un acuerdo en el que en el que ambas instituciones se han comprometido a apoyar las actividades de cine de sus países de forma complementaria para costear los trabajos de los cineastas, facilitar las oportunidades a ambos lados de las fronteras y asentar los pilares de una mesa de diálogo para emprender posibles negocios juntos.

El compromiso firmado el pasado domingo por el director general del NFVF, Zama Mkosi, y por el director general de la KFC, Peter Muthie, tiene entre otros objetivos, crear una plataforma para el crecimiento de los cineastas africanos, así como fomentar la transferencia de conocimientos entre los dos países. Mkosi, en representación de Sudáfrica, explicó en la posterior rueda de prensa que esta unión proporcionará una gran oportunidad para el trabajo conjunto: “Kenia y Sudáfrica comparten similitudes en lugares y festivales, que si se aprovechan darán mejores beneficios para la industria del cine en los dos países”. Aunque en términos comparativos la industria cinematográfica en el continente dista de la europea y la norteamericana, el keniano Muthie subrayó que con este acuerdo “África va a ganar terreno si el continente implementa programas de cine conjuntos, como una forma de mejorar la huella del continente en la industria cinematográfica mundial”.

Actividad paralela durante el Festival de Cannes para profesionales del sector. La entrada oscila entre los 375€ y los 309€.

Actividad paralela durante el Festival de Cannes para profesionales del sector. La entrada oscila entre los 375€ y los 309€.

Corría marzo de 1982 y los cineastas reunidos durante los cuatro primeros días del mes rubricaban el Manifiesto de Niamey para defender la viabilidad de la producción cinematográfica unida a otros cuatro sectores: la explotación de la salas, la importación-distribución de películas, la infraestructura técnica y la formación profesional. Todo apuntaba a que el esfuerzo de los gobiernos tras el Manifiesto de Niamey allanaría, de una vez, a la industria sustituyendo los aires antiimperialistas de la Carta de Argel, en enero de 1975; pero no modificó en esencia el panorama deficitario en inversiones públicas que llega hasta hoy. 31 años después los gobiernos de Sudáfrica y Kenia han dado el do de pecho para hacer realidad la utopía de 1982: este acuerdo (no es el único) es una demostración de cómo dos países africanos puedan trabajar juntos en la construcción común de la producción cinematográfica.

Las cifras no engañan. Según el último informe de la Fundación Nacional de Cine y Video de Sudáfrica publicado en abril de 2013, la industria sudafricana continúa en crecimiento y para garantizarlo de forma sostenible es necesario reforzar el enfoque de la viabilidad comercial a largo plazo. Por lo que este acuerdo firmado en el Mercado del Cine durante el Festival de Cannes (cuya entrada para los profesionales del sector oscila entre los 275€ y los 309€) parece un buen comienzo para un país en el que 5,5 millones de personas acuden al cine una media de 4,5 veces al año.

Aunque Sudáfrica es un peso pesado en los festivales internacionales Tsotsi (Oscar 2005), Drum (Fespaco 2005), Otelo Burning (Africa Movie Academy Awards 2012), Skoonheid (premio en la sección Una cierta mirada de Cannes 2011) o el largometraje 3D del año pasado Zambezia, para la delegación keniana ha sido la primera participación oficial en Cannes con lo que las oportunidades para los cineastas del país ya han comenzado a abrirse.

El Chad vuelve a pisar la alfombra roja de Cannes

Grigris

Cartel de la película dirigida por Mahamat-Saleh HAROUN, nominada a la Palma de Oro en en el festival de Cannes 2013. Fuente: www.pilifims.fr

La línea geopolítica en la gran pantalla de Cannes parece mantenerse sólida en el duelo entre la factoría norteamericana y la francesa, aderezada con un poco de Europa y una pizca de cines periféricos. Así de rotundo, con excepciones afortunadas para los cines africanos, se ha mostrado el responsable del festival desde 1978, Gilles Jacob, que el pasado miércoles accionaba el susto generalizado al anunciar que la edición de 2015 será su bajada de telón; entonces, cumplirá 37 años al frente del bastión del cine galo. Mientras, para esta 66ª edición (15-26 de mayo) vuelve África al mapa estratégico de los candidatos a alzarse con la preciada Palma de Oro de la sección oficial. Sí. Vuelve el Chad. Sí. Vuelve Mahamat-Saleh-Haroun

“Si dejara de hacer cine, probablemente dejarías de ver al Chad”. Sin protección. A bocajarro y firme lo subrayaba Haroun en The Guardian el febrero pasado, uno de los pocos directores chadianos que realizan largometrajes junto a Issa Serge Coelo quién estrenara su ópera prima Daresalam, en el 2000. Tras el merecido éxito internacional de Un hombre que grita (2010) por el que recibiera el premio del jurado en el festival de Cannes, este año Haroun presenta la película Grigris (2013). Y reza así: Grigris, un joven de 25 años con una pierna inutilizada tiene como sueño ser bailarín. Un desafío. Pero sus anhelos se ven frenados cuando su suegro cae gravemente enfermo y decide cuidarlo teniendo que trabajar en la gasolinera de unos traficantes…

Tres componentes. Grigris muestra elementos que pisan un territorio prohibido en muchos países del África subsahariana: el tabú de la prostitución. Desde Mozambique llegaba ya el año pasado la última película reconocida internacionalmente que caminaba con sutileza por este yelmo, el trabajo de Licínio Azevedo Virgen Margarida (2012) o La ausencia del senegalés Mama Kéïta, premiada en el Fespaco 2009. Así, el chadiano Haroun asume su rol didáctico y comprometido, en palabras de Sembène, y confiesa que una de sus funciones principales con Grigris es la de “romper tabúes sociales con el fin de permitir a la gente discutirlos abiertamente, aceptar los hechos crudos de la vida y desafiarlos”.

El segundo componente es la adopción de algunos códigos del género del thriller sumergiendo al espectador en un mundo codificado con la intención certera de evitar estereotipos sobre el Chad: pobreza, guerras, analfabetismo y conflictos. Por último, el tercer punto o, en este caso, contrapunto, es la introducción de la poesía corporal, de la danza, del movimiento constante que desempolva la oscuridad del futuro del protagonista, Souleymane Démé (Grigris), sobre un escenario.

Según el director, el descubrimiento de Démé se produjo durante el Fespaco de 2011 donde presenció en un espectáculo a un bailarín cuya pierna izquierda estaba paralizada. Era él. A Haroun le impactó. Y ya tenía la historia. La pareja principal en la película se completa con Anaïs Monory, en el papel de Mimi. Dos actores que debutan en la gran pantalla con la compañía de un conocido en las películas de Haroun, el consagrado Youssouf Djaoro, protagonista de Un hombre que grita, en el papel de Adam, y en Daratt (2006), en el papel de Nassara.

Tanto Grigris como Mimi son dos náufragos que llevan la carga de la diferencia en su carne, dos parias que se encuentran en un mismo lugar, dos personajes que expresan su pasión por la vida. Mimi es hija de una relación mixta y Grigris se ve mermado físicamente, por lo que esta relación de amor odio con sus cuerpos (en esencia, tullidos sociales) los conduce a un anhelo de liberación de sus cuerpos y lo encuentran en el reino sombrío de la vida nocturna. Es aquí, en la opacidad de la ciudad, donde se pueden cruzar ciertas cargas sociales y romper las fronteras impuestas.

Imagen del director Mahamat-Saleh HAROUN durante la grabación de Grigris. Fuente: www.pilifilms.fr

Imagen del director Mahamat-Saleh HAROUN durante la grabación de Grigris. Fuente: www.pilifilms.fr

Horoun ha seguido apostando por el éxito de forma y estética musical que le brindara para Un hombre que grita o Daratt la banda sonora del senegalés Wasis Diop, y para Grigris disecciona, de nuevo, conceptos llevados al pentagrama y cuestionados como los prejuicios, la corrupción y el amor. Wasis, que diera el salto a la gran pantalla de la mano de su hermano Djibril Diop Mambéty, con la película Hienas (1992), tiene una trayectoria tanto vital como profesional propia de las grandes figuras del país de la teranga, Senegal, palabra que en wolof significa hospitalidad: estancias en Estados Unidos, Europa (reside en París), Asia o su paso por Jamaica donde fue acogido por Cedella Booker (madre de Bob Marley) y Jimmy Cliff, han marcado el compás de Wasis Diop.

Cannes, por cierto. Mañana se inaugura el festival de Cannes y el 26 de mayo permaneceremos atentos al palmarés con un posible sabor africano. Sea como sea, el Chad tiene nombre propio. Desde que viera la película Alice in the cities (1974), del director Wim Wender, quién inspiraría el primer trabajo del realizador chadiano y, al mismo tiempo el primer largometraje del país, Bye bye Africa (1999), la cosmovisión de Mahamat-Saleh-Haroun comporta toda la importancia necesaria al ser una de las escasas ventanas culturales que llegan a Europa sobre este país de fronteras indefinidas entre el desierto, el Sahel y la sabana. Precisamente tras los premios alcanzados con Un hombre que grita, el presidente del Chad, Idriss Deby Itno, decidió invertir en educación a través del séptimo arte financiando 1,5 millones euros para la reapertura de la única sala en Yamena, la capital: el cine Normandía.