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¡Puños arriba!, llega la ópera tributo a Nelson Mandela

La ópera recoge la lucha a favor de la Carta de Libertad impulsada por el Congreso Nacional Africano / Foto: John Snelling

Una de las imágenes que nos dejó la ópera de Mandela Triology en su presentación en el AFRICA UTOPIA/ Foto: John Snelling

Al grito de “somos uno” termina la ópera Mandela Trilogy. En la escena central Nelson Mandela alza el puño derecho al cielo celebrando su liberación tras 27 años de encarcelamiento. No hay investidura ni premio Nobel de la Paz. El espectáculo, de casi dos horas de duración, trae a la audiencia una nueva imagen de Mandela en una retrospectiva hecha para entender la persona detrás del icono.

No quería hacer una hagiografía. El mismo Mandela dijo que era más un pecador que un santo”, expresa el director Michael Williams. Durante dos años Williams tuvo acceso a los archivos personales de Mandela para preparar una ópera que ha sido pieza principal en la programación de la cuarta edición del festival Africa Utopia de Londres.

El libreto se divide en tres actos que recorren diversos pasajes significativos en la vida de Nelson Mandela. La obra comienza con  un rito tribal que despide su adolescencia. El segundo acto se centra en su labor como abogado en la campaña contra la reubicación de los habitantes de Sophiatown, único gueto negro, en la Johannesburgo de la década de 1950. Tras el descanso, el último acto repasa el juicio de Rivonia, los años en Robben Island y su puesta en libertad.

La Ópera de Ciudad del Cabo canta a la lucha por la libertad en un obra en la que Williams trabaja con dos compositores. El espectáculo cuenta con tres estilos musicales que en palabras de su director “son un reflejo de la Sudáfrica que vemos hoy”.

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En el primer acto, Louis van Dijk repasa las sonoridades tribales del Transkei, región natal de Mandela. La pieza musical, compuesta en Xhosa, representa la ceremonia tribal que convierte al joven Nelson (Thato Machona) en un hombre. La audiencia es testigo de esta iniciación a la edad adulta celebrada en la Sudáfrica rural. Con el espíritu de Makhanda presente, Nelson, sin embargo, huye del tradicional modo de vida, matrimonio concertado incluido, en busca de Johannesburgo, la ciudad de las luces.

Es en el segundo acto, y gracias al trabajo de Mike Campbell, cuando la ópera pasa a ser un musical. Un club de jazz clandestino en la Sophiatown de 1955 es el escenario para un Mandela (Peace Nzirawa) dividido entre sus aspiraciones políticas y su convulsa relación matrimonial con Evelyn, su primera esposa.

Es una faceta íntima de Mandela. Aprendemos más sobre el hombre y entendemos sus vulnerabilidades”, explica Candida Mosoma que interpreta a la cantante Dolly Rathebe que tuvo un romance con el por entonces abogado.

El contexto político se recrudece debido a las políticas de reubicación en las Meadowlands de los habitantes de Sophiatown mientras el público baila al son del mítico Pata Pata de Miriam Makeba. El carisma de Mandela lidera la lucha por el anhelo de que cada hombre, blanco o negro, sea libre y favorece la causa del Congreso Nacional Africano (CNA). Tras las desavenencias con Evelyn y los flirteos con Dolly, Winnie alienta a un Mandela dispuesto a “ganar los corazones y las mentes”. Es tiempo de la educación política ante la supremacía blanca. El auge político de Mandela se ve interrumpido por su arresto que conduce a la audiencia al intervalo.

Peace R. Nzirawa as Mandela 2 and cast in Mandela Trilogy at the Royal Festival as part of Southbank Centre's Africa Utopia. Credit Victor Frankowski. (2) (1)

Amandla!’ – Peace Nzirawa (en el centro, como Mandela ), Adrian Galley (a la derecha, como el padre Huddleston) junto al resto del reparto de ‘Mandela Trilogy’. Imagen de Victor Frankowski.

El tercer acto es una ópera en su visión más clásica. Dos discursos delimitan este tramo final que arranca con el juicio de Rivona y termina con la liberación de Mandela. Louis van Dijk compone de nuevo una pieza que alcanza “la profundidad de las emociones en sus años de encarcelamiento” como describe el director Williams. Es un pasaje que ahonda en el sacrificio del líder sudafricano en sus años en Robben Island. “Acuérdate del coste de lo perdido”, canta Mandla Mndebele que representa un Mandela sumido en una depresión tras conocer la muerte de su hijo y la de su madre.

Mandela Trilogy debate sobre el uso de la violencia y la lucha pacífica. Es un canto a la unión de un pueblo dejando atrás los reproches y busca las distintas facetas de un Mandela universal.

Porgy & Bess y la Cape Town Opera

Un momento del montaje. Fotos: Cedidas por el Gran Teatre del Liceu. Autor: A. Bofill

Un momento del montaje. Fotos: Cedidas por el Gran Teatre del Liceu. Autor: A. Bofill

El Gran Teatre del Liceu de Barcelona acogió del 11 al 19 la “opera-jazz” Porgy & Bess, en un montaje realizado por la Cape Town Opera. Lo cierto es que los géneros con apellidos son siempre un terreno resbaladizo (¿qué es exactamente una “opera-jazz”?) y por eso, a menudo, vale más la pena obviar las etiquetas, que pueden tener una cierta utilidad para clasificar, y simplemente ver y disfrutar. Y por eso, lo primero que se puede decir es que a pesar de estar reconocida como una ópera estándar desde hace casi cuarenta años, hasta los no iniciados pueden descubrir que no se trata de una pieza del género del bel canto al uso. Tiene algo, más. Algo evidente de teatro musical, por las piezas corales coreografiadas, algo quizá de jazz y sin duda de blues y de góspel, tanto en el ambiente que transmite como en las frases que componen muchas de sus partituras.

Porgy & Bess es la obra cumbre de George Gershwin, con un guión original de Ira Gershwin y DuBois y Dorothy Heyward, basado en una obra de teatro de estos dos últimos y a su vez en una novela de DuBois. Ya desde un buen principio se concibió con un cierto carácter experimental ya que estaba pensada para Broadway (la cuna de los musicales), pero interpretada por actores con formación en música clásica. Así, a pesar de las modificaciones y los cambios que ha ido experimentando en sus ochenta años de existencia no ha podido (porque seguramente no ha querido) sacudirse ese rastro de teatro musical.

En el centro los protagonistas de la pieza, Bess y Porgy. Fotos: Cedidas por el Gran Teatre del Liceu. Autor: A. Bofill

En el centro los protagonistas de la pieza, Bess y Porgy. Fotos: Cedidas por el Gran Teatre del Liceu. Autor: A. Bofill

La trama nos sitúa en los barrios negros deprimidos de la Carolina del Sur de los años 30. A través de una historia de amor tan turbulenta que resulta imposible retrata la vida en estos suburbios, lo que le confiere algo (mucho) de obra costumbrista. De esta manera, el romance entre Porgy, un pedigüeño discapacitado, y Bess, una mujer que se debate entre la vida alegre y la calidez del hogar, sirve como excusa para explorar los sentimientos humanos, las vicisitudes de la pobreza, las estrategias de resistencia, la solidaridad y la traición, lo mejor y lo peor de los hombres, incluida la discriminación ración y la lucha por la supervivencia. Seguramente este argumento ha sido lo que ha permitido que se unan las inquietudes de las comunidades afroamericanas de la época (que la adoptaron como una descripción aceptable) y las de la Sudáfrica del Apartheid.

De hecho, el montaje de la Cape Town Opera huele inevitablemente a Sudáfrica. Si no fuese por algunas referencias geográficas, como la insistencia de un traficante de cocaína para que Bess, la protagonista, le acompañe a Nueva York, cualquier espectador situaría la acción en la Sudáfrica del Apartheid, incluidos los poco amables policías blancos. Las reminiscencias del blues, del jazz y del góspel, evidentemente, no desentonan para nada en esta ambientación. Es posible que la Cape Town Opera haya captado una esencia que, quizá, incluso el autor de la obra original desconocía y, por ello, su montaje ha sido elogiado internacionalmente, sobre todo, en su inicio de gira en el Reino Unido. Así, no es difícil que el Charleston de los años treinta, se parezca mucho al Soweto de los setenta.

El personaje de Maria, haciendo frente a Sportin' Life. Fotos: Cedidas por el Gran Teatre del Liceu. Autor: A. Bofill

El personaje de Maria, haciendo frente a Sportin’ Life. Fotos: Cedidas por el Gran Teatre del Liceu. Autor: A. Bofill

Del elenco poco se puede decir, más que la elección es completamente ideal. El Porgy que interpreta Lindile Kula Sr es un discapacitado con una presencia pétrea que, sin embargo, transmite a la perfección la piedad que despierta el hombre enamorado perdidamente de una mujer que sólo le puede llevar a la desgracia y la admiración por el individuo resuelto dispuesto a llevar hasta el final sus convicciones. La Bess de Philisa Sibeko realiza de una manera creíble el viaje de ida y vuelta del desenfado de la mujer de vida alegre a la respetabilidad de la mujer de su casa y, sobre todo, esa humana contradicción entre la convicción y la debilidad que le va llevando del cielo al infierno. Del mismo modo, el desprecio del Crown (el insistente proxeneta de Bess) de Mandisinde Mbuyazwe y el desenfado y la vivacidad de un Sportin’ Life (el camello que suministra y pretende a la protagonista) que Lukhanyo Moyake interpreta como un zorro escurridizo, calculador y cicatero.

Sin embargo, llama la atención especialmente Fikile Mthetwa que se mete en el papel de Maria, una de esas “mamis” africanas que fácilmente se dibuja en la imaginación de casi todos, una especie de matriarca del suburbio que tan pronto aconseja con delicadeza a la oveja descarriada, como enseña los dientes y pone en fuga al camello o acuna al huérfano. Mthetwa transmite con su figura, con su presencia y con su interpretación, pero también su forma de cantar, camina por el registro operístico sin problemas y sin previo aviso flirtea con el góspel o se acerca a un fraseo casi rapeado y todo sin perder la naturalidad y la continuidad.

Puede que Porgy & Bess esté dentro del estándar operístico clásico, pero de alguna manera se separa de las figuras más previsibles. Y, en todo caso, lo que la Cape Town Opera ha hecho con el libreto original (haciéndolo viajar de EE.UU. a Sudáfrica) no es una adaptación, sino una apropiación, en el sentido más positivo del concepto.