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Las literaturas africanas en clave continental

El debate continua vivo. El movimiento #RodhesMustFall (Rhodes debe caer) comenzó en marzo del año pasado en Sudáfrica donde un colectivo de estudiantes y personal no docente se movilizaron por una acción directa contra la realidad del racismo institucional en la Universidad de Ciudad del Cabo que mantenía una estatua de Cecil Rhodes en el campus del edificio. Pero la protesta no era exclusivamente simbólica. Rhodes fue un empresario imperialista y político británico que desempeñó un papel dominante en el sur de África a finales del siglo XIX con la anexión de grandes extensiones de terreno y un proyecto de unir a Egipto y Sudáfrica a través del ferrocarril.
Achille Mbembe. Fuente: Wikimedia By Heike Huslage-Koch

Achille Mbembe. Fuente: Wikimedia By Heike Huslage-Koch

Fundó la empresa de diamantes De Beers, que hasta hace poco controlaban el comercio mundial. Y las famosas becas Rhodes que permiten a 83 estudiantes de los Estados Unidos, Alemania, Hong Kong, Bermudas, Zimbabue y varios países de la Commonwealth estudiar cada año en la Universidad de Oxford; uno de ellos fue el expresidente estadounidense Bill Clinton.

¿Y las literaturas negras dónde permanecen tras este relato? Pues la literatura es universal ¿verdad? Aunque los recatados tecnicismos hagan clasificar la valía de autores africanos en un ranking diferente a todos los demás. Rhodes, si cae o no, es una cuestión de emancipación. Lo más llamativo de la gran literatura es la fuerza de la libertad que fluye a través de sus páginas.

Sin embargo, una anomalía de la percepción es a menudo presentada con los escritores negros y africanos. Ellos tienden a ser considerados importantes en función de sus temáticas. Se lee a Flaubert para la belleza, a Joyce para la innovación, a Virginia Woolf por su poesía y activismo feminista, a Jane Austen por su psicología. Pero los autores del continente son leídos por sus novelas sobre la esclavitud, el colonialismo, la pobreza, las guerras civiles, el encarcelamiento, la circuncisión femenina… en resumen, para los sujetos que reflejan los problemas de África.

Se espera que los escritores africanos escriban sobre ciertas cosas, y si no lo hacen se les ve como irrelevantes. Esto le da peso a su trabajo pero con una condena a la monotonía. ¿Quién quiere leer constantemente una literatura sobre el sufrimiento? Las personas que viven en él, sin duda, no lo hacen. Tal vez sea que los que vivimos en Occidente, en la burbuja del individualismo y alejados de las miserias que nuestro sistema reproduce a alta escala en el hemisferio sur, necesitamos un toque especiado de realidad aumentada y de flirteo con una literatura que nos hable de ello. Pero esta tiranía del sujeto puede también conducir a la distorsión y limitación.

En esa misma universidad sudafricana de Ciudad del Cabo, el filósofo camerunés Achille Mbembe insistía meses después de la protesta en que la descolonización de las mentes también requiere la desprivatización de lo que deberían ser los espacios públicos. Esto significa que las universidades no deben estar dominadas por un orden epistemológico patriarcal y, además, ser espacios de transformación donde las ideas sean impugnadas por el alumnado y la academia por igual. Sin embargo, y en el caso africano, los espacios de creación de conocimiento más importantes permanecen privatizados por los mismos pocos privilegiados que se beneficiaron del pasado colonial. Efectivamente, Ciudad del Cabo es una urbe que todavía permanece dividida a lo largo de las líneas raciales dibujadas por el colonialismo y el apartheid como una roca oculta en las profundidades del pasado que continúa moviéndose hacia la superficie del presente.

¿Y es necesario para hablar de literaturas negras toda esta historia de Rhodes? Pues sí. Sin ir más lejos, este debate llegó a uno de los festivales más importantes sobre el género celebrado anualmente en la Biblioteca Británica de Londres, el Africa Writes, del que hablábamos hace una semana. La caída de Rhodes significa también modificar las listas de lecturas obligatorias por el estudiantado y transformar las estructuras institucionales. Sobre todo teniendo en cuenta que la Biblioteca Británica tiene su historia en el bastión del colonialismo: el Museo Británico. La misma institución que mantiene a buen recaudo buena parte de las historias del continente en su sótano.

La influencia del sistema literario occidental

Wole Soyinka, uno de los pocos africanos ganadores del Premio Nobel. Fuente: http://uncut.indexoncensorship.org

Wole Soyinka, uno de los pocos africanos ganadores del Premio Nobel. Fuente: http://uncut.indexoncensorship.org

Las literaturas africanas a pesar de su corta vida, si entendemos su nacimiento después de las independencias en la década de los sesenta, han conseguido conquistar el panorama mundial con cinco premios Nobel como el nigeriano Wole Soyinka (1986), el egipcio Naguib Mahfoud (1988), los sudafricanos Nadine Gordimer y J.M. Coetzee (1991 y 2003, respectivamente) y Jean Marie Gustave Le Clézio (2008). No llega a un 3 por ciento de galardonados para un continente que alberga al 15 por ciento de la población mundial. Evidentemente no es una cuestión de proporcionalidad la decisión de otorgar un Nobel pero sí sintomática del panorama.

En 1921 René Maran, nacido en la isla de Martinica aunque criado en Gabón, publicaba quizás la primera obra escrita por un negro y fuertemente atacada; se trataba de Batuala. En ella, Maran explicaba la realidad colonial francesa y la metrópolis no pudo tolerar que un negro pudiera cuestionar el papel de Europa en la invasión del continente africano y, menos aún, de poner en duda su “misión civilizadora”. Pero quizás, la unión del movimiento de la negritud encabezado por Aimé Césaire y otros intelectuales como el primer presidente del Senegal independiente, Léopold Sédar Senghor, unidos a la efervescencia de los cafetines de París iniciaron el recorrido de las letras africanas.

El contexto era el de la emancipación, el de los sueños por romper las cadenas opresoras con las antiguas metrópolis, y el de buscar una identidad robada durante décadas por los europeos. Aquí hubo dos grandes vertientes: la de la negritud, como hemos mencionado, y que alentaba a las autoras y autores, sobre todo de los países colonizados por Francia, a buscar su estilo desde la proclamación del ser negro como oposición al hombre blanco, colono e imperialista; y la corriente del African personality desde los países anglófonos africanos. En esta segunda vía había una especie de recelo con los anteriores resumido en la célebre frase del Nobel nigeriano Wole Soyinka: “El tigre no proclama su tigritud, salta sobre la presa y se la come”, en una clara alusión a la “no necesidad” desde la negritud de subrayar su procedencia y color de piel.

Durante las primeras décadas después de las independencias, en la literatura estaban muy marcadas las temáticas (novela y teatro social, epopeyas como recuperación de las tradiciones, y la poesía como elemento sanador y filosófico de la propia existencia) así como su identificación ideológica. El desengaño político y económico que vendría después de la ruptura con las colonias, la guerra de bloques vivida en el continente, los golpes de Estados y sucesivas crisis económicas, los Planes de Ajustes Estructurales promovidos por las instituciones internacionales como únicas recetas para “salvar” al continente, o la crisis de la ayuda al desarrollo potenciaron un universo literario definido muy al gusto de los cánones occidentales.

¿Por qué las letras africanas se leen en clave de miseria y destrucción?

Hoy por hoy sobrevuelan otra clase de cuestiones como ¿cuál es el origen de las escritoras y escritores africanos? ¿Qué leen? ¿Dónde se dan cita? ¿Quién los publica? ¿Quién los apoya? Desde los circuitos internacionales las respuestas a estas preguntas no importan. Si se trata de una novela sobre la trata de esclavos automáticamente pensamos que es más importante que una sobre un tipo que bebe demasiado vino de palma. Pero en esta misma línea discursiva es un misterio entonces que en un país como Italia con sus Borgia llenos de muertes y violencia, haya perdurado el legado de la Mona Lisa, la Divina Comedia, el Decamerón o la Capilla Sixtina, obras que, en su conjunto, destacan por su belleza, su atractivo universal constante y su influencia. Nos dejan sobre todo con su belleza. El horror de sus historias no son visibles.

Hay una lección interesante aquí. Cervantes conocía la esclavitud, la expulsión de los judíos y musulmanes, perdió su brazo en la batalla de Lepanto, no ignoraba la historia brutal de España y, sin embargo, no podría haber dejado un legado más duradero que El Quijote, una novela sobre un hombre que decide vivir las aventuras que ha leído en sus libros. Homero hablaba de la caída de Troya a través del mal humor de un hombre. Sófocles narraba la culpabilidad de un rey, no de los horrores de la historia griega. Tolstoi tenía un gran tema en Guerra y Paz, pero su visión y escritura le daban nobleza a su libro hablando del amor. Pushkin estaba empapado de la historia sombría y extraordinaria de Rusia, con la violencia de Iván el Terrible, incluso llegó a conocer el exilio. No obstante, su Eugenio Onegin, una fuente de inspiración para la literatura rusa, trata de un aristócrata aburrido.

Esta dinámica del sistema literario occidental y casi imperceptible se observa de sobremanera en Sudáfrica: solamente un millón de sudafricanos y sudafricanas, de una población de 53 millones, compra libros; cuando lo hacen suelen ser obras de ficción, la poesía no se vende; de los 88 mejores libros en el país, sólo uno, en el número 87, está escrito por un escritor negro, Khaya Dlanga. Además, teniendo en cuenta que Sudáfrica tiene 11 idiomas oficiales, el sistema literario está dominado por los textos en inglés y afrikaans, y por autores occidentales y blancos. El punto y final lo ponen muchas bibliotecas financiadas por ONG en las que es prácticamente imposible encontrar libros en idiomas locales. Esto tiene un impacto obvio y excluyente. Y por eso, Rhodes debe caer.

La hora de la perspectiva africana

Sin embargo, la fotografía no está completa. Sin mencionar a los grandes grupos editoriales con base en el continente, tienen cabida varias editoriales y proyectos que se dedican a producir literatura para las masas africanas. África cuenta con una población considerable, con un aumento de las tasas de alfabetización y con una mayor inversión en la producción creativa por lo que existe la esperanza de que los escritores africanos no tengan que mirar hacia Occidente para obtener un mayor número de lectores y una tasa respetable de credibilidad.

Esto no quiere decir que no haya retos a los que se enfrenta el negocio de la publicación en el continente. Pero hay muchas razones para pensar que el estado de la literatura en África está empezando a cambiar más le pese a algunos empeñados en vender la narrativa de la desesperanza, las guerras y la corrupción. En la actualidad hay varias opciones para un escritor que quiere que su manuscrito sea publicado. Y las posibilidades para la edición de ficción en el continente se han abierto más allá de Sudáfrica, por ejemplo en Kenia, Nigeria, Zimbabue o Uganda cuentan con plataformas que promueven las publicaciones e historias made in Africa.

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  1. Femrite (Uganda)
    Coordinada actualmente por Hilda Twongyeirwe, se trata de una editorial feminista fundada en la década de 1990 como una plataforma para guiar y publicar a las escritoras en Uganda.
  2. Jalada (continental)
    El colectivo JALADA, coordinado por Moses Kilolo reúne a 22 jóvenes de cinco países diferentes de África. Se formó en 2013 en un taller realizado en Kenia y desde entonces han publicado varias antologías de poesía y cuentos sobre temas muy provocadores como la demencia y el sexo.
  3. Modjaji (Sudáfrica)
    Detrás de Modjaji Books se encuentra Colleen Higgs, quien describe a la empresa como una editorial independiente con sede en Ciudad del Cabo. Publican trabajos de mujeres africanas fieles al espíritu de Modjaji que significa lluvia, una fuerza poderosa para el bien femenino, el crecimiento, la nueva vida y la regeneración.
  4. Storymoja (Kenia y otros)
    El festival Storymoja es uno de los actos literarios más destacados del año en el continente. Además del encuentro, una de sus fundadoras Muthoni Garland se dedica desde el paraguas de la organización a publicar y producir libros para las masas. Seis años después, la compañía ha publicado más de 120 títulos.
  5. Parrésia (continental)
    Su fundador, Richard Ali, trata de publicar voces potentes africanas como Abubakar Adam Ibrahim, cuyo trabajo The Whispering Trees fue todo un éxito, o la escritora Chika Unigwe que con su obra NightDancer, desde la diáspora europea, rompe estereotipos sobre su país de origen, Nigeria.
  6. SHORT STORY DAY AFRICA (Pequeña historia del día africano – continental)
    Fundada por Rachel Sadoc Short Story Day Africa es una plataforma global para las historias de África.
  7. Storytime
    Se trata del abanderado de los editores independientes de ciencia ficción. Nacido en Zimbabue, Ivor Hartmann ha elevado el género a lo más alto en el continente. Desde hace varios años se está diversificando su trabajo hacia las novelas breves.
  8. Kwani (Kenia)
    Fundada en 2003 por Binyawanga Wainaina, Kwani es una red literaria establecida en Kenia y dedicada al desarrollo de la escritura creativa así como comprometida con el crecimiento de la industria.
  9. Chimurenga
    Chimurenga es una publicación panafricana sobre la escritura, el arte y la política que desde marzo de 2002 mantiene una visión satírica sobre las realidades africanas. Fundada por Ntone Edjabe mantiene diferentes proyectos en los que prioriza a diferentes escritores y escritoras del continente para analizar la actualidad desde diferentes ópticas.

El África literaria hoy por hoy, en su conjunto, hace caso omiso de las barreras lingüísticas heredadas de la colonización que han separado artificialmente a los pueblos anglófonos, sus homólogos de habla francesa, los árabes o portugueses. Así, el egipcio Alaa al-Aswani cohabita con la camerunesa Leonora Miano; Abdurahman Waberi, de Yibuti, con el keniano Binyavanga Wainaina; o el mozambiqueño Mia Couto con el nigeriano Teju Cole. Otra característica general actual es que han nacido sobre todo después de las independencias por lo que no han experimentado la colonización. Sus obras reflejan este deslizamiento histórico a través de la afirmación de nuevas sensibilidades y nuevos temas.

El nuevo espacio de ficción africano ya no está exclusivamente allí, en el pueblo, en la repetición del discurso anticolonial, en el mito del encuentro de la “verdadera” África, sino en la tradición reconfigurada en el exilio, en las grandes ciudades, monstruosas, híbridas, en expansión, en la mezcla, en el multiculturalismo. Autores y autoras como Chimamanda Adichie, Helon Habila, NoViolet Bulawayo, Brian Chikwava, Noo Saro-Wiwa, Kopano Matlwa o Niq Mhlongo son la semilla que plantaron los Nobel Gordimer, Soyinka, Coetze y Soyinka y, a través de sus historias, perpetúan el espíritu, rico en talento y sarcástico en las preguntas, del continente. Las literaturas africanas están firmemente arraigadas en los desafíos del mundo globalizado. Y también la del África que viene, sorprendente, inquietante, fascinante con nuevos y nuevas protagonistas tratando de dar luz sobre tanta oscuridad premeditada.

Este artículo fue publicado originalmente en el nº69 de Pueblos – Revista de Información y Debate, segundo trimestre de 2016.

 

Kwani Trust cumple 10 años con Chimamanda Ngozi Adichie

Chimamanda junto a Muthoni Likimani, una de las primeras escritoras africanas y periodista para la BBC cuya obra más famosa es Passbook Number F.47927: Women and Mau Mau in Kenya.  Paul Munene/ Kwani Trust.

Chimamanda junto a Muthoni Likimani, una de las primeras escritoras africanas y periodista que trabajó para la BBC en Swahili en la fiesta de aniversario de Kwani Trust. Foto: Paul Munene/ Kwani Trust.

Kwani Trust acaba de celebrar su décimo aniversario, y lo ha hecho por todo lo alto. Después de una década alzando la voz contra el establishment literario y el monopolio de las narrativas eurocéntricas, la red literaria anglófona más relevante del África del Este cuenta con el apoyo de los escritores más rompedores del continente y se dirige hacia la esfera de las nuevas comunicaciones y las ediciones digitales para seguir rompiendo estereotipos, tal y como nos lo cuenta Angela Wachuka, su directora ejecutiva, en una entrevista en exclusiva para Wiriko.

El ambicioso proyecto de Kwani? (‘Y qué?’ en kiswahili), nació en 2003 bajo el impulso de su principal fundador, Binyavanga Wainaina, en clara oposición a la “vieja escuela literaria” del continente. Su principio, “apoyar la creatividad literaria fuera de los ámbitos religioso, estatal, mediático y universitario”, se inspira en uno de los textos de Wainaina, donde describía como “guardianes indeseados” a las órbitas oficiales, y los acusaba de operar en un escenario elitista demasiado alejado de la cultura popular. Y fue su arduo trabajo por desmarcarse de las narrativas e instituciones oficiales, lo que les llevó a ser galardonados con el Prince Claus Prize de 2010 por sus logros en el campo de la Cultura y el Desarrollo.

Sin embargo, como nos cuenta Angela Wachuka: “queda mucho por hacer aún”. “Actualmente un 70% de nuestros ingresos proviene de subvenciones. Instituciones como Ford Foundation o Lambent Foundation son algunos de nuestros principales socios de financiación. El otro 30% proviene de la venta de libros y la organización de eventos. Pero desde luego, nuestro principal objetivo es como mínimo, llegar a un 50/50 con nuestros socios, y esto es a lo que intentaremos llegar con nuestros próximos proyectos”.

Su historia, es un relato de éxito rotundo. Quedó patente los pasados 27, 28 y 29 de noviembre, cuando, en el marco de la celebración de sus 10 años de andadura, presentaron su próximo proyecto de narración transmedia* y ofrecieron una conferencia sobre el estado de la literatura contemporánea keniana en el contexto de los 50 años de independencia. Pero el verdadero pelotazo de Kwani en esta celebración fue la invitación de una de las africanas más influyentes del año: la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie (Purple Hibiscus, Half Of a Yellow Sun, The Thing Around Your Neck o Americanah).

dust ameriCon un lleno absoluto tanto en la convocatoria de la Universidad de Nairobi, como en la fiesta de presentación de las ediciones de Kwani para el libro Americanah de Adichie y Dust, de Yvonne Adhiambo Owuor (Caine Prize 2003 por su relato corto Weight of Whispers), Kwani supo jugar bien sus cartas.

Que Adichie fuera invitada especial en la celebración no era ninguna sorpresa. Al fin y al cabo, la nigeriana forma parte de esta nueva generación de voces literarias dispuestas a derrocar esa historia unilateral y homogeneizadora de África. Quizás por ello, cuando una de las asistentes le preguntaba en la 10th Year Anniversary Book Party cómo podía una escritora de clase media como ella escribir sobre las realidades de los slums, respondiera con una sonrisa sarcástica “soy una africana de clase media y me enorgullezco de ello. Pero no hay ninguna pared que blinde mi realidad de las múltiples realidades que existen en África o que me impida escribir sobre ello”.

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Por la tarde, ante un auditorio de la Universidad de Nairobi lleno a rebosar, Adichie elogiaba Kwani mientras contaba anécdotas sobre su larga amistad con Binyavanga Wainaina. “Kwani ha pasado de ser un sueño a ser una institución con mucho talento” afirmaba la que pronunció el discurso El peligro de una sola historia, visto más de un millón de veces en YouTube. “Habíamos dejado que los demás nos definiesen (…) pero Kwani representa a una nueva generación de autores africanos”.

Adaptación de 'Half of a Yellow Sun', de Chimamanda Ngozi Adichie, para la gran pantalla. Fuente: YouTube.

Adaptación de ‘Half of a Yellow Sun’, de Chimamanda Ngozi Adichie, para la gran pantalla. Fuente: YouTube.

Habló sobre Half of a Yellow Sun y sobre su debut en Hollywood: “desearía que la gente leyera tanto como ve películas”, dijo ante aplausos del público, mientras explicaba que no se ha querido involucrar en la grabación del film sobre la guerra de Biafra protagonizado por Chiwetel Ejiofor (A Season in the Congo) porqué lo que realmente le interesa está fuera de las pantallas de cine.

No dudó en dejar con la palabra en la boca a más de uno o no contestar preguntas que no le parecían oportunas. “Es cierto que África está creciendo, pero lo que realmente está sucediendo en el continente, acontece en el ámbito cultural” dijo. Y sobre la pregunta de qué pensaba sobre utilizar lenguas africanas para escribir literatura en África respondió sin titubeos “¿Si escribes en inglés ya no eres africano? Eso no es una cuestión literaria, es una cuestión política”.

Si Adichie estimula el pensamiento crítico; el paraguas literario de Kwani, cuyo editor es Billy Kahura, tiene el ojo de mira puesto en el nuevo talento, sensibilidad y uso creativo del lenguaje de la nueva generación de escritores de ficción y no ficción críticos con las estructuras políticas, económicas y sociales. Y por la media de edad que asistió a las celebraciones de su décimo aniversario, parece que no solo es un trampolín para los escritores sinó que además, consigue que muchos jóvenes se sientan identificados en los relatos.

La urgencia de una nueva generación de la post-independencia ha abierto las puertas a autores kenianos como la escritora y cineasta Judy Kibinge (directora de Something Necessary), Parselelo Kantai (editor de The Africa Report en el África del Este) o Muthoni Garland (quien fundó Storymoja en 2007), que forman el elenco de nuevas voces que inspiran a millones de personas con sus historias, dentro y fuera del continente.

Con la esperanza puesta en los escritores jóvenes de África del Este y el interés en la cultura popular, el día a día de las ciudades africanas y la pasión por explorar las capacidades de mutación lingüística en África como sucede con el Sheng**, la principal hazaña de la fundación Kwani es la prestigiosa revista literaria independiente Kwani? En ella se fusiona el interés por la escritura creativa, los ensayos académicos, entrevistas, biografías y crónicas de viajes, con la iconografía, el amor por las artes visuales, la fotografía o la caricatura política. Pero otras actividades como el Poetry Open Mic (actuaciones mensuales de poesía en Nairobi), o el proyecto 24 Nairobi (colaboración de ocho fotógrafos y ocho escritores para mostrar una imagen de la capital keniana desde la perspectiva de sus propios ciudadanos, alejada diametralmente de la visión de misioneros, cooperantes o fotógrafos occidentales); o su Festival Anual Kwani?, con figuras continentales y globales, son algunas de sus actividades periódicas.

Y a pesar de su largo recorrido, no es más que una muestra de que el trabajo de emprendedores del campo de la literatura creativa en África no ha hecho más que empezar. Porqué como dice Angela Wachuka en nuestra entrevista, “sería un gran signo de salud para el sector creativo que nuevos espacios pudieran retar a Kwani?, Chimurenga, Cassava Republic y a Farafina, y quizás se concentraran en otros aspectos en los que es posible que nosotros no seamos tan buenos…”

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* La narración transmedia es un fenómeno que emerge a finales de los 90; una forma de expresión que utiliza múltiples plataformas mediáticas que participan en el proceso de creación, y donde el público puede anticipar las respuestas de los espectadores.

** El Sheng es un argot y un código lingüístico que emerge entre los jóvenes de clase humilde de Nairobi ya en los años 30, como lengua franca en la zona urbana durante la colonización, pero que se hace popular y se extiende por toda la ciudad a partir de los 70. Según Mazrui el ‘Sh-eng’ es una mezcla de Swahili e Inglés.

The Chimurenga Chronic: un acto de rebeldía cultural

Un fragmento de la portada del Chronic

Un fragmento de la portada del Chronic

En estos tiempos cualquier aventura editorial únicamente se puede calificar de auténtica locura, pero algunas de ellas habría que añadirles un “hermosas” locuras o un “bienvenidas” locuras o, quizá, “afortunadas” locuras o, incluso, un “necesarias” locuras. Es el caso de The Chimurenga Chronic, una publicación periódica panafricana, que pone toda su experiencia en una dimensión mucho más cultural que la prensa convencional y que se basa, fundamentalmente, en una visión del mundo en la que prima la creatividad. Vaya, una auténtica locura.

The Chimurenga Chronic se enfrenta al mundo a pecho descubierto, sin matices, sin ocultarse. No en vano “chimurenga” significa en lengua shona algo así como “lucha revolucionaria”. Pero su revolución es distinta. Su revolución es de las que entienden que la cultura y el arte sólo pueden  ser comprometidos. Por eso, se podría decir que las dos características más importantes de The Chimurenga Chronic son la creatividad y el compromiso.

Este proyecto no es ni mucho menos un periódico, aunque haya adoptado esa apariencia. Se trata más bien de un proyecto editorial en el que escritores y periodistas tratan temas de relativa actualidad pero empleando un tono y unos géneros con una libertad creativa que elude el encorsetamiento del entorno puramente periodístico. De este modo, las páginas del Chronic albergan reportajes, pero también textos de no ficción creativos, otros autobiográficos, es decir experiencias en primera persona; acompañados por espacios satíricos y análisis. La explicación del sentido de esta iniciativa es tan sencilla como atractiva. Lo explica el propio editor jefe de este proyecto editorial, Ntone Edjabe cuando se queja de que parece que “el conocimiento producido por los africanos sólo puede estar restringido a la simplicidad por estar atrapados en una lógica de emergencia” constante; por ese motivo el Chronic no pretende demostrar, sino que es la muestra de lo que dice su editor Edjabe: “Efectivamente, existe el hambre y la guerra, pero también hay vida. Existe también la innovación, el pensamiento, los sueños, en definitiva, todas las cosas que hacen la vida”.

Portada del suplemento de libros que incluye la publicación

Portada del suplemento de libros que incluye la publicación

The Chimurenga Chronic es la prueba perfecta que apoya todas estas tesis de su editor y para ello las páginas de esta apasionante locura albergan una lista de nombres que sólo puede despertar admiración. En el primer número del proyecto, aparecido en abril de 2013, se podían leer firmas como las de Wainaina, Nganang o Kahora, entre muchos otros. En realidad, esta corta trayectoria de unos siete meses y dos números es engañosa. The Chimurenga Chronic bebe de un proyectus interruptus, un ensayo bautizado como Chimurenga 16, realizado en 2011 y que hasta este The Chimurenga Chronic no ha encontrado continuidad. En realidad, nada en un océano mucho más amplio, el de la “plataforma” Chimurenga que incluye desde un magacín que ha actuado ambiguamente como padre, precursor y paraguas del Chronic, una editorial esporádica, una librería-biblioteca, espacios de investigación conjuntos o una emisora de radio, entre otros elementos.

Si el proyecto del Chronic, a efectos de contenidos, de enfoque y de géneros, parece una atractiva locura, la filosofía y la mecánica de trabajo hacen saltar por los aires todos los esquemas y, sobre todo, demuestra la arbitrariedad de las fronteras. La voluntad de romper las fronteras (figuradamente) de los géneros ya había quedado clara, pero es que los responsables de esta publicación desbordan las fronteras físicas (literalmente). El Chronic es, sobre todo, una publicación panafricana. Eso no quiere decir que en sus páginas escriban autores de diferentes países… no. El Chronic se produce, como si se tratase de un solo espacio, en Ciudad del Cabo, Johannesburgo, Nairobi, Paris, Lagos, Yaundé, Accra, Kinshasa, Dakar, Kampala y Delhi; y la edición impresa se distribuye en las principales ciudades de Sudáfrica y en tiendas concretas en Mozambique, Zimbabue, Nigeria, Kenia, Uganda, India, Francia, Alemania, Países Bajos, Reino Unido y Estados Unidos. Esta distribución parece, más bien, un gesto simbólico teniendo en cuenta que los números se pueden adquirir formalmente en todo el mundo a través de la tienda on-line.

El camerunés afincado en Sudáfrica, Ntone Edjabe, editor de The Chimurenga Chronic y fundador de la plataforma Chimurenga. Fuente: Wikimedia - Lettera27

El camerunés afincado en Sudáfrica, Ntone Edjabe, editor de The Chimurenga Chronic y fundador de la plataforma Chimurenga. Fuente: Wikimedia – Lettera27

Partiendo de la base de que detrás de toda esta locura y de la plataforma Chimurenga, en general, está Ntone Edjabe resulta un poco menos extraño lo descabellado, arriesgado y atractivo de la apuesta. Ntone Edjabe es un camerunés afincado en Sudáfrica desde hace veinte años. Se trata de un auténtico guerrillero cultural. Aparece como escritor y periodista, pero también como DJ y, evidentemente, como ideólogo y promotor de locuras realizables, siempre relacionadas con una cultura comprometida y nada conformista. Esa es la trayectoria de su vida, proyectos editoriales y musicales que habitualmente han tenido un carácter aglutinador y que no se han frenado frente a impedimentos como las nacionalidades.

Edjabe ha conseguido, además de reunir a personajes comprometidos de la vida cultural, ir construyéndose un considerable prestigio en otros ámbitos (desde el académico, hasta el institucional) a fuerza de sacar adelante estas iniciativas fuera de lo común. Así, en la andadura del Chronic cuenta con la colaboración y el apoyo de otros editores independientes africanos como Kwani? (Kenia) y Cassava Republic Press (Nigeria) e instituciones como el Chinua Achebe Centre for African Writers and Artists del Bard College de Nueva York (Estados Unidos), el Mail & Guardian (un diario sudafricano), la Glänta (una revista literaria sueca), la lettera27 Foundation, el Goethe Institute, la Heinrich Boell Foundation SA y Medecins Sans Frontieres.

Zimbabue, ¿factoría musical del África Austral? (vol.I)

Portada del disco 'Rising Tide' de la banda Mokoomba.

Portada del disco ‘Rising Tide’ de la banda Mokoomba.

La música tradicional zimbabuense de la mbira llegó a la fama mundial gracias a la electrificación y las letras combatientes que los hervideros independentistas de los 70 y 80 sellaron como ‘música de lucha’ o chimurenga, popularizada e internacionalizada por el encasillado en la fórmula comercial de las “músicas del mundo”, Thomas Mapfumo. Su estilo, que alcanzó fama mundial de la mano de las multinacionales discográficas, ha sido relevado por otros artistas que siguen en plena forma y muy bien situados en el mercado internacional como Oliver Mtukudzi, popularmente conocido como Tuku, o más recientemente por la banda Mokoomba, que se enorgullece de formar parte del sonido emergente de las Cataratas Victoria. La fórmula que mezcla sonidos locales, influencias como el funk, el pop, el reggae o el hip-hop, con lenguas vernáculas e inglés es la más efectiva para alcanzar cuotas de venta dentro del circuito global. A pesar de que el término “músicas del mundo” parece haber caído en la estigmatización, sí se está popularizando la etiqueta de “afro-fusión”, que no variaría mucho la generalización de lo producido en África, pero que tendría una mirada un poco más afro-centrista.

Lo cierto es que, a pesar de que siempre se habla de la dependencia de las antiguas metrópolis en cuanto a la producción musical, la digitalización en términos de grabación o las políticas de apoyo para la creación de industrias culturales locales como las de Zimbabue, nos obligan a invertir la mirada. Mapfumo, Mtukudzi o Mokoomba no son los únicos en exportar sonidos de Zimbabue. De hecho, los sonidos locales, que prácticamente monopolizan las ondas radiofónicas del país, están muy presentes en festivales, galas televisivas o emisoras de radio sudafricanas y la exportación de sus productos de más calidad, han provocado que Zimbabue se convierta en una auténtica factoría de discos no solo para sus propios músicos, sino también para los artistas de Mozambique, Botsuana o Zambia, que se trasladan a los estudios de grabación de Harare o que editan bajo sellos zimbabuenses. La formación de agentes musicales[1] ha sido crucial para convertirse en un punto caliente del mercado sonoro. Así, el Ministerio de Educación, Deporte, Arte y Cultura de Zimbabue dirige sus esfuerzos a invertir en ayudas, avanzar en políticas de protección de los derechos de autor o marcando estrategias contra la piratería (que representa, así como el sector informal, un 80% del mercado global).

El Sungura se ha convertido de esta forma en uno de los estilos más populares del África Austral, y con él, artistas como Alick Macheso o Somandla Ndebele se alzan como auténticos fenómenos de masas. En Zimbabue, lo ‘Indie’ –rótulo bajo el que se conocen el pop, el rock, el punk, el disco o el reggae proveniente de Sudáfrica o los países occidentales-  suena con mucha menos asiduidad que los estilos locales, que se popularizan en clubes y emisoras de radio. Lo mismo sucede con otros estilos como el mbira, en el que se enmarcan artistas como Chiwoniso Maraire; el góspel, con cantantes como Shingisai Suluma; o el Groove urbano de músicos como Roki, que hibridan el Kwaito y el Soukous o rumba congoleña, con el ‘Indie’ y el Sungura.

La creación de los Zimbabwe Urban Music Awards es solo un ejemplo más de la diversidad y riqueza sonora que produce un país que no suele destacar por datos positivos como éste en la prensa internacional. En este rico panorama musical, y sin entrar en debates sobre la represión política y social ejercida por Robert Mugabe -presidente del país des de hace más de tres décadas-, los especialistas ven muchos hándicaps aún por resolver, pero lo cierto es que las cada vez más tenidas en cuenta economías creativas se posicionan en el caso zimbabuense como un hito esperanzador y que merece ser tenido en cuenta.

zimbabwe urban music awards


[1] Las políticas educativas del gobierno han elevado las tasas de alfabetización de Zimbabue a las más altas de África, en un 90% de la población.