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Salym Fayad: “En Colombia se están creando espacios para la reconciliación a través del arte”

Cine Tonala, Bogota.

Wiriko este año ha contribuido a promocionar la II Muestra Itinerante de Cine Africano de Colombia (MUICA) como medio oficial. Un encuentro bianual que se hace cada vez más importante en el país y que cuenta con un elenco de profesionales concienciados en que a través del arte y la cultura se pueden abrir brechas a partir de las cuales mostrar otras realidades y formas de compartir experiencias de éxito en esta tarea de crear un mundo más justo. Uno de los cofundadores de la MUICA es Salym Fayad, fotógrafo, realizador y periodista independiente colombiano que desde 2008 vive en Johannesburgo trabajando temas tan diversos como la promoción musical, el intercambio cultural o reportajes que cubren desde la cultura pop hasta lo más tradicional, e incluso los derechos humanos. La idea del MUICA surgió de hecho en Sudáfrica en 2014 gracias al trabajo con Marcela Asensio y Ángela Ramírez realizadoras cinematográficas, también colombianas con las que crearon la fundación Otro Sur. En 2015 se celebraría en Colombia la I MUICA. Y hace algunas semanas finalizaba esta segunda entrega de un evento fundamental.

Salym, este puente entre Sudáfrica y Colombia ¿a qué se debe? ¿Hay similitudes entre estos dos países?

Hay muchas. Primero desde el lado humano: calidez, sociedades abiertas, orientan a los extraños, ayudan al recién llegado. Es algo que he percibido en mis viajes tanto en América Latina como en África. Por otro lado, hay similitudes de tipo histórico y social. Algunas naciones en África vienen de pasados o presentes traumáticos como el que vivimos en Colombia en el que hemos pasado 52 años en guerra y, hasta ahora, estamos intentando salir o, mejor dicho, iniciar un nuevo ciclo histórico, social y político. Hay naciones africanas que están pasando por el mismo proceso como por ejemplo Sudáfrica que también salió de un proceso traumático después de pasar 50 años de apartheid. Y aunque han pasado más de 20 años hay enormes similitudes y enormes cicatrices en este país que también se relacionan con Colombia y que se reflejan en temas como la desigualdad, la criminalidad e incluso la corrupción. Desde luego el tema racial también es otra similitud.

Salym Fayad presentando una proyeccioón de la MUICA en el Cine Tonala, en Bogota.Foto: Carlos Santos.

Cuando explicas en el contexto de Johannesburgo que eres colombiano ¿qué imagen tienen de tu país?

Por lo general ninguna. Al igual que si en Colombia hablo de Guinea Bissau o Togo. Mucha gente cree que Colombia queda en América del Norte, muchos la confunden con Cuba, incluso. Y cuando se tienen referencias los clichés apuntan hacia Shakira o Pablo Escobar. De hecho, la serie de Netflix ha contribuido a popularizar un imaginario sobre mi país un poco glamurizado o romantizado de uno de los períodos más nefastos de nuestra historia reciente. Una etapa de la que todavía no nos hemos recuperado o digerido como sociedad. Brasil, por ejemplo, tiene una conexión más fuerte con los países africanos a nivel comercial y diplomático.

Y de forma inversa, ¿cuál es la imagen que llega a Colombia de África y de Sudáfrica en particular?

Pues llegan los mismo estereotipos de siempre que se acentúan por la falta de información. Salvo la ocasional nota sobre Boko Haram, el espacio que los medios colombianos dedican a África es mínimo y la información que llega desde el terreno es prácticamente nula y la voz de los autores, reporteros o artistas africanos es inexistente. En Colombia ha surgido en los últimos años una tendencia a reivindicar nuestras raíces africanas. Es una reivindicación necesaria, pero que llega tarde, aunque afortunadamente ya está sobre la mesa. Y lo hace en el marco del decenio de la afrodescendencia declarado por Naciones Unidas y en el contexto de los acuerdos de paz y de post conflicto por los que atraviesa el país. En estos, se hace énfasis en el reconocimiento a las víctimas del conflicto armado, miles de las cuales son afrodescendientes. Y esta reivindicación se refleja en la producción musical o cinematográfica del país. Sin embargo, desde mi modo de ver, muchas veces estos acercamientos tienden a romantizar ciertos imaginarios sobre África como origen que, aunque sean positivos, también son estereotipos con frecuencia simplistas con los que se hace poco esfuerzo por reconocer realmente sus complejidades y sus múltiples dimensiones.

Sobre Sudáfrica llega información, pero también está estereotipada: Mandela, el post conflicto, la comisión de la verdad y la reconciliación, en resumen: sobre la sanación social en general. Estas visiones tienden a obviar las complejidades de las realidades sudafricanas, donde la idea de “la nación del arcoíris” es un mito, donde la desigualdad es enorme, y donde las tensiones raciales son evidentes. Ahora, el caso sudafricano es un referente muy valioso que aporta mucho a la discusión en Colombia sobre cómo asumir el postconflicto como nación. Pero creo que no se problematiza lo suficiente.

Por otra parte, personalidades sudafricanas implicadas en el proceso de reconciliación han visitado Colombia para hablar de la experiencia de su país, pero han sido en su mayoría blancos y no negros que fueron las víctimas reales durante el apartheid y quienes están en una posición más clara para hablar/nos de perdón. Entre estas personalidades se encuentran el último presidente de la era del apartheid, Frederik de Klerk que compartió el Nobel de la paz junto a Nelson Mandela. Una figura que en su país está muy lejos de ser percibido como un pacificador.

Cinemateca La Tertulia-proyeccion de la 1a version de la MUICA en Cali.

Colombia atraviesa un momento político y social crucial tras el referéndum para la paz. ¿Cuál es el contexto en el que se celebró la MUICA?

Como he mencionado, Colombia estuvo inmersa en un conflicto armado durante 52 años y después de 4 años de negociaciones en la Habana (Cuba) –y después de varios intentos fallidos de varios gobiernos para llegar a algún acuerdo con las FARC, la principal guerrilla del país– a finales del año pasado se firmó un acuerdo. Este es un contexto que a nivel social tiene muchas implicaciones que se ponen sobre la mesa: el problema del narcotráfico que durante décadas ha financiado el conflicto armado y la violencia; el tema de los desplazados ya que desde hace muchos años mi país está entre los 3 primeros del mundo en términos de desplazados internos, actualmente unos 6 millones de desplazados por la violencia; el papel de las tierras; el papel de las víctimas; los asesinatos a líderes indígenas que en este año van más de 40… Habiendo dicho esto, hay una oposición, un sector que se opone a los acuerdos y que ha dividido mucho a la sociedad.

La MUICA se celebró en un contexto de mucha esperanza y donde hay también mucho movimiento desde la sociedad civil. La población está haciendo muchos esfuerzos por crear espacios de diálogos para que las víctimas se expresen y para esto se está utilizando mucho el arte:3 las canciones, la tradicional oral, pero por supuesto también el cine. El momento ha generado una corriente cultural que busca formar parte en todo este proceso de reconciliación y sanación en Colombia.

¿Entonces la MUICA intenta contribuir a este nuevo espacio de diálogo en el país con la muestra de cines africanos?

Creemos que hay un vacío cultural muy grande en cuanto a las relaciones culturales y a los conocimientos con África y sus expresiones culturales. Creemos que a través del cine podemos tener acceso a esa multiplicidad de realidades africanas que en muchos casos desconocemos en Colombia, pero que a la vez son narradas por los artistas africanos y no desde una mirada occidental. No se trata solo de conocer las dimensiones sociales y culturales sobre África, sino de conocer cuáles son los métodos o las formas narrativas que utilizan esas voces para contar su propia realidad. Pero la razón de ser de la MUICA no es solamente concentrarnos a nivel racial como decía antes, sino porque los países del llamado Sur Global compartimos muchísimas cosas a nivel social. Además, nuestro interés también es artístico porque consideramos que a través de estas narrativas podemos ampliar nuestros horizontes sobre África.

La comunidad afro en Colombia ronda los 4 millones de personas según el último censo de 2005. 12 años después ¿esa población se mantiene? ¿Ha aumentado?

A pesar de que esas son las cifras oficiales más recientes, de hace más de 10 años, hoy en día se calcula que aproximadamente la cuarta parte de la población colombiana es afrodescendiente. Su presencia se ha visibilizado en muchos casos por las razones equivocadas, como por ejemplo las altísimas cifras de desplazados por el conflicto que provienen de estas zonas. Este 25 por ciento, sin embargo, que equivaldría a unos 10 millones de personas, no se traduce en términos de representación política ni de distribución económica. Gran parte de la población afro se concentra en el departamento del Chocó, en la costa Pacífica, que es además una de las regiones más pobres y menos desarrolladas del país, y además una de las más perjudicadas por la violencia.

Proyección en el distrito de Siloe, Cali. Foto Salym Fayad.

Y eso de itinerante… ¿tiene algo que ver con la dispersión de la comunidad afro en el país?

En parte sí, pero no solo eso; sino también con desplazar el centro de poder y de la oferta cultural en el país. Es decir, de Bogotá, la capital. La MUICA se realiza también en Cali y Cartagena, dos de las ciudades que cuentan con una alta concentración de población afrodescendiente. También hemos llegado a la isla de Providencia en el Caribe. Las ciudades tienen también una rica oferta cultural, pero que en muchos casos en el país está regionalizada. Es normal que ciertos productos culturales se consuman más que otros en diferentes regiones, pero creemos que la programación de la MUICA le habla, o le puede hablar, a toda Colombia. Tanto por la propuesta estética de algunas de las cintas como por su contenido. Hemos programado películas que abordan temas que son de gran relevancia en el contexto del postconflicto en Colombia. Algo Necesario, de Judy Kibinge y Materia Gris, de Kivu Ruhorahoza, que reflexionan sobre cómo gestionar el trauma tanto a nivel individual como a nivel social en un ambiente que ha sido marcado por la violencia. También Mandela, el mito y yo, de Khalo Matabane, hace un retrato tan personal como crítico sobre el legado del icono de la reconciliación en Sudáfrica.

Pero las itinerancias de la MUICA no solo llegan a las principales salas en centros urbanos. También hemos hecho proyecciones en colegios, en barrios periféricos –algunos de ellos con mayoría de población afrodescendiente–, en parques, plazas, bibliotecas y espacios públicos. La intención ha sido un año más, la de diseminar este contenido cultural hasta donde sea posible, y que todo tipo de público se pueda relacionar con éste porque lo encuentra entretenido, porque se puede relacionar con su contexto inmediato, por su origen histórico, o por el contexto general de la realidad nacional.

Cinemateca La Tertulia-proyeccion-apertura de la 1a version de la MUICA en Cali. Foto: Salym Fayad.

¿Nos puedes contar cuál ha sido el recibimiento en las ciudades que han acogido la muestra?

El recibimiento ha sido muy positivo. La primera MUICA en 2015 nos permitió ver el interés –o curiosidad– del público por este tipo de contenido, que en Colombia nunca había sido exhibido en esta escala. Eso nos animó a ampliar el catálogo (este año hemos proyectado 20 títulos) y nuestro alcance. Hemos recibido una gran cantidad de invitaciones para replicar la muestra en otras ciudades, como Medellín, la segunda ciudad más grande del país, pero también a otras como Valledupar, Manizales o Ibagué. También en ciudades como Buenaventura o Quibdó en la región del Pacífico, urbes de mayoría afrodescendiente, en las que además hay muy poca exposición al cine que no sea de consumo masivo, y que tienen sus propios desafíos en términos logísticos, de infraestructura, de difusión y de creación de públicos.

Habéis contado con el camerunés Jean Pierre Bekolo en Bogotá. Cuéntanos cómo fue, ¿cuáles han sido las impresiones del director?

Jean Pierre Bekolo es quizás el realizador camerunés más destacado actualmente, no solo por los premios que ha recibido en el pasado en festivales como FESPACO y Cannes y por los cargos que ha ocupado en organizaciones como la World Cinema Alliance y Guild of African Filmmakers, sino porque su lenguaje cinematográfico es atrevido, experimenta con elementos narrativos poco convencionales y sus películas con frecuencia reflexionan sobre el quehacer cinematográfico a la vez que hacen un comentario social o político. En la MUICA programamos dos de sus títulos: Las Sangrientas (Les Saignantes) El Presidente (Le président); la primera es considerada la primera película de ciencia ficción del continente y la segunda es un falso documental que hace referencia al presidente de Camerún y que fue censurada en el país.

Tenerlo como invitado abrió una ventana para el intercambio cultural que estamos buscando. Para muchos de los asistentes a sus películas, como lo expresaron durante sus charlas y sesiones de preguntas después de las proyecciones, el único referente que tenían de Camerún es que su equipo de fútbol eliminó a Colombia del mundial de Italia en 1990. Y ahora tenían en frente a un artista de vanguardia hablando de afro-futurismo, poscolonialismo cultural, de las dinámicas de la representación en el cine de y fuera de África. Bekolo sostiene que se pueden plantear soluciones o transformaciones a nivel social desde el cine, que puede ser una herramienta para sanar nuestros traumas pasados, la violencia del colonialismo o de la desigualdad, que es un espacio de reflexión que incluso desde la ficción puede contribuir a la reconstrucción social. Esto es muy relevante en el contexto colombiano y así lo percibió el público y los cineastas colombianos que asistieron a sus charlas. Para él, este intercambio también fue muy enriquecedor; estar expuesto al público y a los realizadores afrocolombianos, escuchar sus inquietudes sobre cómo narrar historias sobre sí mismos y cómo se perciben en el panorama general del país. De hecho, expresó su interés en trabajar en un proyecto cinematográfico propio en la región del Pacífico colombiano.

JP Bekolo durante el MUICA, Bogotá, Colombia. Foto: Salym Fayad.

Tu experiencia de trabajo en África te ha permitido entrar en contacto con cineastas y trabajadores de la industria cinematográfica. ¿Cómo ves el sector después de que seamos conscientes de la cada vez más acuciante dinámica de nuevos festivales de cine en el continente?

Muchos de los cineastas y programadores con los que he conversado coinciden en que el sector se está fortaleciendo en el continente, tanto a nivel de producción como de exposición. Cada vez más se están desafiando las categorías de los géneros cinematográficos, y la tecnología misma está abriendo la oportunidad para que realizadores emergentes o independientes puedan producir piezas de gran calidad técnica sin depender de enormes presupuestos o equipos de producción. También hay festivales establecidos que son una plataforma fundamental para que los realizadores exhiban su trabajo en el continente: FESPACO (Burkina Faso), el festival de Durban (Sudáfrica), el de Zanzíbar (Tanzania), el de Cartago (Túnez), el del Luxor (Egipto), por nombrar algunos. Sin embargo, hay problemas de base que son conversación habitual entre los miembros del sector: existe una enorme escasez de salas de proyección en muchos países, y aún existe una gran dependencia de la financiación europea para la gestión de festivales de cine y para la realización cinematográfica en África. También para la difusión y distribución de las películas. Esta dependencia en muchos casos compromete la creatividad de los realizadores que, en ocasiones, deben moldear sus propuestas iniciales para satisfacer las exigencias de las organizaciones que financian sus proyectos. Esta dependencia a veces se traduce también en la cesión de los derechos de difusión y proyección a las organizaciones europeas, de manera que algunos realizadores pierden también el control sobre la difusión de sus propias obras.

¿Es verdad eso de que Sudáfrica es punto y aparte a nivel de cine?

Aunque la industria cinematográfica en Sudáfrica también se enfrenta a enormes desafíos, es cierto que el país tiene instituciones más fuertes para el apoyo a los proyectos culturales. Por esto mismo los realizadores tienen un poco más de independencia en la ejecución de sus proyectos. Sudáfrica tiene además su propia red de festivales internacionales que van desde los de Durban y Johannesburgo hasta el festival de documental Encounters, Tri-Continental y el Out in Africa Gay and Lesbian Film Festival, entre otros. Hay que tener en cuenta también que Sudáfrica está mejor equipada que otros países en términos técnicos, y que además la libertad de expresión en el país es más amplia que en otras naciones, lo que permite también a los realizadores abordar temas sociales y políticos con mayor libertad creativa.

¿Qué otras industrias/países recomiendas seguir de cerca?

La industria en Kenia se está fortaleciendo y hay realizadoras como las que hemos programado este año Judy Kibinge o Wanuri Kahiu (directora del corto de ciencia ficción Pumzi, 2009), así como el colectivo The Nest (Stories of Our Lives, 2014) que están haciendo desde la ficción un trabajo muy interesante sobre temas sociales, ambientales y de género, éste último desafiando las represivas leyes contra la comunidad LGBTI en el país. La producción cinematográfica en Burkina Faso tiene quizá menos alcance a nivel internacional, pero brilla por su calidad en cada edición del festival FESPACO, en la capital Uagadugú, la plataforma idónea para que los realizadores locales exhiban sus producciones ante el público y los programadores internacionales. También vale la pena prestar atención a las iniciativas que promueven las producciones en realidad virtual, que se están fortaleciendo con particular énfasis en Kenia.

El cineasta JP Bekolo en conversación con Salym Fayad durante el transcurso del Muica 2017.

¿Y algún director/a que esté posicionado para deslumbrarnos en las salas y festivales europeos?

El maliense Daouda Coulibaly. Wúlusu primer largometraje, es un thriller que aborda el tema del tráfico de cocaína en el Sahara como no lo habíamos visto antes, exponiendo las diferentes dimensiones y actores que participan en este comercio ilegal y que afecta a la seguridad, la política y las relaciones internacionales en toda la región; y que además tiene implicaciones a nivel global, incluyendo entre sus actores, desde luego, tanto a Colombia como a España.

 

África se revela en la II Muestra Itinerante de Cine Africano de Colombia (MUICA)

Película ‘Un hombre que grita’, del director chadiano Mahamat-Saleh Haroun (2010)

Negro soy
Negro soy desde hace muchos siglos
poeta de mi raza, heredé su dolor.
Y la emoción que digo ha de ser pura
en el bronco son del grito
y en el monorrítmico tambor.
El hondo, estremecido acento
en que trisca la voz de los ancestros,
es mi voz.
La angustia humana que exalto
no es decorativa joya para turistas.
¡¡Yo no canto un dolor de exportación!!

Jorge Artel
Poeta y escritor Afrocolombiano

No. No es raro. Es esencial y fundamental que haya un festival como la II Muestra Itinerante de Cine Africano (MUICA) en Colombia. Porque trae urgencia y es capaz de quebrar los engaños cobardes. Hace falta cultura para sensibilizar y visibilizar. Pero España. Es esa parte de la historia que en la Península Ibérica no estudiamos y sin llegar a comprender cómo es posible que en Colombia haya negros, se asume que siempre estuvieron allí. Se nos ha privado de la explicación de que fueron los españoles quienes enmarcados en las luchas imperialistas conquistaron –que no descubrieron– un territorio a golpe de credo y espada. Cuando hubieron evangelizado en las hogueras a los que no pensaban que los fines de los Reyes Católicos fueran los más ortodoxos necesitaron más y más mano de obra para seguir expoliando el Virreinato de Nueva Granada (Panamá, Colombia, Venezuela y Ecuador). Y es aquí cuando entra en juego África.

Los negros africanos llegaron a Colombia procedentes de al menos siete regiones de África como herramientas destinadas al trabajo físico y alienados de sus culturas. Estas raíces con regiones como Senegal y Gambia, Costa de la pimienta, Costa de oro, Golfo de Benín, Golfo de Biafra, África Central y África Occidental, y una veintena de etnias africanas diferentes han conformado un auténtico crisol. Dentro de la población negra o afrocolombiana se pueden diferenciar cuatro grupos importantes: los que se ubican en el corredor del pacífico colombiano, los raizales del Archipiélago de San Andrés Providencia y Santa Catalina, la comunidad de San Basilio de Palenque y la población que reside en las cabeceras municipales o en las grandes ciudades, según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE). Y las cifras que aporta el último censo oficial realizado en 2005 –hace 12 años– es que en Colombia hay más de 4 millones de afrocolombianos, en concreto: 4.311.757 personas, el 10,62% de la población total del país (49 millones).

Al igual que el lema nacional jamaicano “Out of Many, One People” (De muchos, un pueblo) o el himno nacional trinitario “Aquí cada credo y raza encuentran un lugar igual”, la visión de Colombia es que es una nación esencialmente mestiza y que la negrura o el indigenismo no son necesariamente ignorados: ambas tienen historias largas y con frecuencia forman parte de las representaciones nacionales. Pero los valores coloniales que privilegiaron la ligereza del color de la piel como un signo de estatus social o como el supuesto destino nacional parece que siguen siendo omnipresentes. 

Bajo este paraguas se presenta la II Muestra Itinerante de Cine Africano (MUICA) que durante 30 días inundará las salas de cine alternativo, universidades, centros culturales, bibliotecas, colegios y barrios en Bogotá (3 al 9 de mayo), Cali (10 al 16), Cartagena (24 al 31) y Providencia (2 al 10 de junio). Un catálogo con 20 películas sobre África y su diáspora durante el mes de la herencia africana en Colombia y del que Wiriko participa como medio de comunicación aliado.

Tres secciones componen la muestra: Hecho en África, selección principal de películas realizadas por cineastas africanos; Otras Miradas, compuesta por títulos que abordan temáticas africanas dirigidos por realizadores no africanos; y Diáspora, que incluye historias que giran en torno a la afrodescendencia en el mundo. Las proyecciones serán presentadas por miembros del equipo de producción y programación, y algunas de ellas contarán con la presencia de expertos locales que estimularán la discusión en torno a temas relacionados con el contenido de las películas.

El cineasta camerunés Jean-Pierre Bekolo acompañará la MUICA 2017 en su paso por Bogotá, presentando Las Sangrientas y El Presidente, dos películas que lo han consolidado como una de las voces de vanguardia en la escena cinematográfica africana. La MUICA 2017 también presenta el taller de cine africano África ReXiste en Cali y Providencia. El taller hace una exploración por los antecedentes e inicios del cine en África, y busca despertar reflexiones sobre la influencia del arte y del cine en el desarrollo de la historia.

Entre los trabajos que presentará la Muestra destacan el documental Mandela, el mito y yo, que cuestiona el legado del icono de la reconciliación en la Sudáfrica actual; La Piragua, que trata sobre la compleja realidad de la migración africana hacia Europa, esta vez desde la perspectiva de los viajeros, y que fue seleccionada para la sección “Una cierta mirada” del Festival de Cannes; Afronautas, que cuenta la historia real de Matha Mwamba, escogida en 1964 por la Academia Espacial de Zambia para ser la primera mujer africana en el espacio; o Capitán Thomas Sankara, una semblanza del revolucionario presidente de Burkina Faso, reconocido por algunos como el “Che” africano y asesinado en 1987.

La música también tendrá su espacio con trabajos como Death Metal Angola, que documenta la determinación de unos jóvenes por hacer el primer festival de este género musical en su país; Apenas abro los ojos, que narra la historia de una joven que canta rock de resistencia política, con las delicadas implicaciones sociales y culturales que esto tiene en la sociedad tunecina todavía sometida a una dictadura; el corto experimental musical Disonancia, que ha participado en 12 festivales internacionales en el 2016; y Mama África, que nos cuenta la vida de la gran cantante y activista sudafricana Miriam Makeba.

Habrá cine para todos los gustos y públicos en esta Muestra Itinerante de Cine Africano, una iniciativa de la fundación Otro Sur, que trabaja para promover el intercambio cultural entre África y América Latina, coproducida por la corporación Artes Vivas y apoyada por el Ministerio de Cultura a través de la Corporación Gaia Lúdica y Cultura. Esta muestra también cuenta con el apoyo de USAID, la Organización Internacional para las Migraciones – OIM, el Centro de Estudios Afrodiaspóricos (CEAF) de la Universidad ICESI de Cali, el Museo La Tertulia, la Consejería Cultural de la Embajada de España en Colombia, la Embajada de Francia, el Instituto Francés, el Instituto Goethe, la Embajada de Suiza, el Instituto Distrital de las Artes – Idartes, el Instituto Distrital de la Participación y Acción Comunal – IDPAC, la Universidad Jorge Tadeo Lozano, EK Hotel, el Centro de Información de Naciones Unidas y más de 30 organizaciones a nivel nacional e internacional.

Para ver el catálogo completo de películas en el MUICA pincha aquí

Yeison García, la identidad de “el otro”

Ninguna identidad es sólo una identidad. Todas las identidades están formadas de una infinidad de piezas. Uno de los retos a los que nos enfrentamos a diario es que esas piezas encajen de manera más o menos correcta, de manera aceptable, podríamos llegar a decir. La literatura muchas veces ha sido el mapa ideal para encontrar la colocación de todas esas piezas. Yeison García busca en sus versos un sentido para la que en algunos momentos ha sido una identidad desgarrada. El joven nacido en Colombia y residente en Madrid intenta encajar sus piezas, la de su parte africana, la indígena, la de colombiano y la de su presente en Madrid y todas ellas, habitualmente contestadas.

Yeison García en una imagen de su Facebook.

“Mi parte indígena, mi parte negra, mi parte española

me interpelan ante el espejo y siento sus pesos

cuando la gente me salpica con su indecencia y lamento de vida”

Dice Yeison en su poema “Los márgenes de la memoria”.

La preocupación por su identidad ha llevado a este joven a proyectar en sus versos sus inseguridades y sus dudas, unas tribulaciones que no sólo tienen que ver con su origen y su piel. La sociedad, la aceptación y la manera en la que los demás entienden su alteridad influyen en cómo él mismo se siente. Lo refleja en una de las estrofas de “El otro”:

“Se rompe algo, una membrana invisible,

un silencio sin una mirada compañera,

canciones de infancia sin recuerdo.

Cuando sé que siempre seré el otro”

Estas son algunas de las piezas que Yeison García ha  reunido en Voces del impulso, su primer libro de poesía publicado por el Centro de Estudios Panafricanos. Y es que una buena parte de sus poemas destilan la amargura de la primera estrofa de “El otro”, una sensación que llega a ser incluso de frustración cuando Yeison refleja su desgarro. Sin embargo, la exploración de su identidad afrodescendiente ha parecido ser una de las claves de la propia trayectoria del joven como apunta en la última estrofa de ese mismo poema.

Tiño mis mundos de negro intenso

para bailar sin complejos en el arco-iris.

Nadando entre los mares ocultos del miedo,

siento, me apropio, contemplo, soy el otro

Esa identidad africana, esa porción de identidad africana, ha marcado la actividad creativa de Yeison, pero también su trayectoria vital, una experiencia que el joven colombiano considera parte de su triple exilio: el primero, el de los hombres y mujeres arrancados como mercancía del continente africano; el segundo, el del abandono de la tierra natal; y el tercero, el de crecer en un Madrid poblado de personas con demasiadas reticencias.

A pesar de todo, algunos de los versos de Yeison García destilan un optimismo consciente, o quizá inconsciente.

“Mis raíces crecen regadas por las palabras que me hablan como mestizo-negro

y el perfume de gentes de miradas amplias, me levanta como a un niño”

Un  optimismo que se apoya en la necesidad de repensar el mundo y repensarse a uno mismo, de deshacerse de todas las cargas para poder tener acceso a una realidad nueva, en la que, por ejemplo, no se repitan los errores del pasado y, sobre todo, no se vuelva a caer en la trampa de la discriminación. Para Yeison, ese se ha convertido en su principal combate, la lucha contra la discriminación y el ejemplo más claro de esa situación de injusticia son los CIE a los que el joven poeta se ha enfrentado como activista y como artista. En un poema dedicado a estos centros colocados al margen de la legalidad Yeison García clama una descripción que aúna la cerril repetición del pasado, con la denuncia y la esperanza:

“Sus pieles oscuras curtidas se desvanecen

tras rejas que recuerdan épocas pasadas.

Miradas derrochadoras de vida y ausencia,

aún sus llamas aguantan la dureza de las paredes

rotas por desespero, alimentadas por las

frágiles líneas de viento que entran por descuido”.

Colombia con los cines africanos

MUICA

Mayo es el mes de la herencia africana en Colombia y este año se han volcado en la idea de mostrar otras realidades, de intercambiar sentimientos y de vibrar en la butaca con la primera Muestra Itinerante de Cine Africano (MUICA) que se celebrará en Cartagena (6-18), Bogotá (21-24) y Cali (28-31). ¡Acción!

La muestra incluye una selección de 13 películas realizadas en 10 países del continente africano y premiadas internacionalmente.  Desde el documental hasta la animación y la ciencia ficción, la MUICA pone en primer plano el rico panorama de la realización cinematográfica en África, y abre una ventana a las narrativas audiovisuales de un continente heterogéneo y diverso, tanto en sus realidades sociales y culturales como en sus expresiones artísticas.

Beats of Antonov (2014), del director sudanés Hajooj Kuka –Los ritmos del Antonov, en español– premio al mejor documental en el Festival de Cine Africano de Córdoba (FCAT), Toronto o Luxor, nos trae imágenes de los campamentos de refugiados sudaneses del Nilo Azul y de las Montañas de Nuba, unos campamentos que surgieron debido al conflicto que nació tras la separación del país en Sudán y Sudán del Sur en 2011. Como escribía Alma Toranzo para Wiriko “no es el típico documental de guerra que estamos habituados a ver. Sus imágenes nos cuentan a través de la música cómo sobreviven las diferentes comunidades que se encuentran refugiadas en los campamentos”.

Aya de Youpugón (2013), la película de animación basada en la serie de historietas de Margarite Abouet e ilustradas por Clément Oubriere, muestra un retrato nostálgico del barrio popular de Youpugón en la capital económica marfileña de Abiyán. Otra de las obras imprescindibles de esta muestra será sin duda Cuba, una odisea africana (2007), de la directora Jihan el-Tahri que muestra el papel que jugó Cuba en los procesos independentistas de varios países africanos y la relación que la isla caribeña tuvo con políticos revolucionarios como Lumumba (República Democrática del Congo), Agostiño Neto (Angola), Amílcar Cabral (Guinea Bissau) o Samora Machel (Mozambique).

En esta línea, el documental Lumumba, la muerte del profeta (1991), del director Raoul Peck, será una oportunidad para recordar la vida y leyenda de este líder que fue el primer Ministro del Congo independiente cuyo asesinato en 1961 fue una conspiración de la CIA y el gobierno belga, la antigua colonia.

Otros títulos inundarán de debate las salas como: Mama Goema, la música de Ciudad del Cabo en cinco movimientos (2011), Miners shot down (2014), las kenianas Nairobi Half Life (2012), Soul Boy (2010) o Pumzi (2009), la mozambicana Virgen Margarida (2013), el documental del director angolano Dom Pedro Tango Negro (2013) de la que hablamos ya, la senegalesa Tey (2011) o la marroquí Los perros son ellos (2013).

Las universidades serán las encargadas de transmitir estas exposiciones culturales a las personas interesadas, con el apoyo del Instituto Francés, Instituto Goethe, embajadas de Francia y España en Colombia y también el Festival de Cine Africano de Córdoba en España.

Además de los centros de educación superior, también se podrá ver en las salas de proyección como Cine Tonalá en Bogotá, La Tertulia en Cali y el Centro de Cooperación Española en la ciudad de Cartagena.

Sin duda, la creación de la MUICA es un nuevo esfuerzo de sus organizadores SUR por fortalecer el diálogo entre las naciones del sur global. Ya en el 2014 presentaron la primera Muestra de Cine Colombiano en Sudáfrica,  Visual Journeys to the Other South, por lo que sus objetivos siguen muy presentes y dando que hablar en su misión de fomentar la creación de públicos, la apertura de nuevos mercados en el sector cultural y contribuir a romper estereotipos que con frecuencia simplifican las problemáticas sociales de nuestros países. El mes afrocolombiano comienza con olor a cine.

África en América

Autora invitada: Sorayda Peguero. Fotos: Sebastián Beláustegui

Una imagen de afrodescendientes en la República Dominicana. Foto: Sebastián Beláustegui

Una imagen de afrodescendientes en la República Dominicana. Foto: Sebastián Beláustegui

A pesar de los miles de kilómetros que separan los dos continentes, África también está en América. Millones de rostros la delatan y antiguas razones así lo acreditan. La progresiva extinción de la comunidad indígena y la imparable demanda de mano de obra acaecidas durante la época de la colonización, beneficiaron el comercio libre de esclavos, una práctica de tráfico humano que perduró durante más de cuatrocientos años. Estos acontecimientos no sólo generaron episodios de opresión, también dejaron una huella vigente que se ha convertido en la diana de “África en América”, el proyecto fotográfico de Sebastián Beláustegui.

Sebastián Beláustegui

Sebastián Beláustegui

Nació en Buenos Aires, Argentina (1969). Actualmente reside en la localidad mexicana de Tepoztlán.Beláustegui es fotógrafo documentalista autodidacta. National Geographic, Los Angeles Times y Newsweek son algunas de las publicaciones con las que ha colaborado. En 1991 fijó su objetivo en los pueblos nativos de Latinoamérica, un proyecto al que dedicó diez años de arduo trabajo. “Guardianes del tiempo” es la cosecha resultante. Un testimonio gráfico que recoge su paso por ocho países y veinticinco comunidades indígenas, en un libro de arte documental prologado por el Premio Nobel de literatura José Saramago.

El propósito de ‘África en América’ es seguir el rastro de las herencias culturales afrodescendientes en el continente americano. La idea surgió mientras el fotógrafo cumplía con el encargo de una revista y documentaba los rituales de santería de la isla de Cuba.

“En esta documentación quiero incluir las diversas culturas, los carnavales, rituales, música y danzas tradicionales, así como la vida cotidiana. En la era de la globalización y la comunicación de masas, las tradiciones de los grupos étnicos minoritarios están siendo diluidas por las culturas dominantes. Han pasado ocho años desde que mi experiencia en Cuba me abrió los ojos a otro aspecto de la rica historia y cultura de las Américas. Mi intención es dar visibilidad a estas realidades marginadas e ignoradas, retroalimentar el alma dando un testimonio de su belleza y proyectar el respeto hacia el valor que tienen estas culturas”.

Beláustegui tiene la impresión de que en algunos países latinoamericanos las culturas indígenas y afro-descendientes están infravaloradas, de ahí que la principal motivación de su trabajo sea crear un registro que aliente la permanencia de las tradiciones de estos pueblos en las  nuevas generaciones. Para conseguirlo se ampara en la fotografía documental y la convierte en una herramienta que le permite compartir la riqueza y la diversidad de estas culturas con el mundo.

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Perú, Colombia, República Dominicana, Trinidad y Tobago, Argentina, Brasil y Honduras, son algunos de los dieciséis países que ya han sido visitados por el fotógrafo. Las próximas paradas señaladas en su carta de ruta apuntan hacia los ritos religiosos de Haití y advierten notas de blues en un recorrido que también incluirá el Sur de Estados Unidos.

“El legado afro-descendiente en países como Argentina y Chile atrajo especialmente mi atención, se trata de una presencia minoritaria de la que mucha gente desconoce. Desgraciadamente la trata de esclavos se extendió por toda América, dejando una herencia viva que se percibe especialmente en lugares como Cuba y Brasil, donde la esclavitud dejó una huella importante en las prácticas religiosas y fiestas populares”.

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Durante mucho tiempo, la voz de África en América fue llanto de dolor y añoranza por la tierra dejada atrás, pero aquel exilio masivo, y forzado, también devino en cánticos de esperanza, en sonidos de tambores, en bailes y celebraciones que arraigaron raíces en suelo americano y que hoy forman parte de su variopinta identidad. A estas tradiciones les distingue la particularidad de que se han fusionado con elementos europeos e indígenas, generando un mestizaje y una cultura única y rica en matices.

En su hazaña, Sebastián Beláustegui lleva más camino recorrido que el que le queda por andar, pero su entusiasmo adivina que esta será una experiencia de efectos duraderos y resonancias profundas, un viaje guiado por la esencia de la tradición que no ha hecho más que empezar.

Arranca la ventana de cine africano más grande de España

Cartel-1-FCAT

El Festival de Cine Africano de Córdoba (FCAT) cumple diez años de amor al cine africano en España y esta tarde arranca, hasta el 19 de octubre, una de las ediciones más emotivas debido a los recortes presupuestarios que ha sufrido la organización. Una década de FCAT trascendiendo África y aproximando su heterogeneidad a través del séptimo arte. En este décimo aniversario, el segundo en la ciudad tras ocho años en Tarifa (Cádiz), Córdoba se consolida como la ventana de cine africano más grande que existe en el ámbito hispanohablante con 120 proyecciones de 70 películas, 27 de ellas a competición, junto a otras actividades paralelas.

La principal circunstancia que motivó la creación de este encuentro con el cine africano en el año 2003 fue, por un lado, la llegada continuada de pateras a las costas andaluzas, en concreto, a las gaditanas. La imagen mediática reiterativa era la de una África que se moría y que seguía anclada en la tragedia, el hambre y las guerras. Llegaban con un espejo enorme y biselado de esperanzas. Lo hacían en las embarcaciones típicas que utilizan los pescadores de África occidental pero el reflejo daba tanto pavor que las categorizaciones comenzaron a sacar punta a nuevos términos y a adjetivaciones trasnochadas: sin papeles, ilegales, subsaharianos, pateras o cayucos que se acurrucaban en una población apostada en la arena y que desconocía las heridas del continente madre de todos ellos.

Fotogrma de la "La Pirogue" (2012), un film del senegalés Moussa Touré.

Fotogrma de la “La Pirogue” (2012), un film del senegalés Moussa Touré.

Por otro lado, se hacía fuerte la necesidad de educar la mirada hacia estos nuevos vecinos. El suspiro deslabazado que sufrían los habitantes de Cádiz o Málaga a comienzos de la década del 2000 hizo de la impotencia social un brebaje con efectos educativos y divulgativos en el sur de la Vieja Europa. Y la vacuna visual contra los estereotipos que se tienen sobre África se patentó en Tarifa gracias a la mano firme de Mane Cisneros, directora del Festival de Cine Africano de Córdoba.

La suma de estas características, hicieron imprescindible un nuevo marco en el que poder acercar las circunstancias sociales, políticas y económicas de estos inmigrantes. Un nuevo espacio de reflexión y divulgación de esa otra África a través de la cultura y que el FCAT ha pregonado desde su comienzo gracias a la ecuación equipo-voluntarios-público. Una cita obligada con las cinematografías africanas tanto en la Península como en Europa. Una década que merece ser subrayada y tenida en cuenta por la labor de acercar en 35mm. al continente vecino sin frontera alguna.

 

Un tapiz con lo mejor del continente
Para esta edición que arranca hoy se proyectarán 70 filmes de temática africana y árabe procedentes de 32 países, entre los que destacan la presencia de producciones de Burkina Faso, Camerún, Nigeria o de Sudáfrica, una de las industrias cinematográficas más potentes y prometedoras del continente. Como ya ocurriera en ediciones anteriores, los cinéfilos podrán disfrutar de un nutrido número de películas senegalesas. Ejemplos de ello son filmes como Mille soleils, Tall as the baobab tree (realizada en coproducción con Estados Unidos), la ganadora en la pasada edición del Griot al Mejor Largometraje Documental Tey; o President Dia, del director William M’Baye al que pudimos entrevistar hace un año en Dakar.

Los títulos que se podrán visionar procedentes del Norte de África son los trabajos de jóvenes cineastas de Argelia, Egipto, Marruecos y Túnez muchos de ellos influenciados por las Primaveras Árabes  que han servido como telón de fondo. Además, estarán representados también 23 países más: Alemania, Angola, Arabia Saudita, Brasil, Canadá, Colombia, Ecuador, España, Estados Unidos, Etiopía, Francia, Gabón, Guinea Conakry, Guinea Ecuatorial, Kenia, Madagascar, Mauritania, Mozambique, Perú, Portugal, Qatar, RD Congo y Trinidad y Tobago.

Trailer de la película Something necessary dirigida por la keniana Judy Kibinge. Una parábola edificante sobre la expiación en contraste con la violencia mortal que siguió a las elecciones de 2007 en Kenia.

 

Estrenos
La programación fílmica del festival estará distribuida en ocho secciones oficiales, tres de ellas competitivas. En esta ocasión, serán 27 los títulos en las secciones a concurso: “El Sueño Africano” (largometrajes de ficción), “Al Otro Lado del Estrecho” (largometrajes documentales) y “África en Corto” (cortometrajes documentales y de ficción). Todas las películas que participan en las secciones a concurso afrontan su estreno en España en el FCAT Córdoba, excepto Yema (Argelia/Francia, 2012), que como ha ha subrayado la directora Mane Cisneros “por suerte o por desgracia, seguimos sin poder convencer a las distribuidoras españolas de que estas cinematografías pueden tener una salida comercial en nuestro país”.

Además, en las secciones no competitivas podremos ver en “La Caja de Pandora” una selección de películas de temática africana realizadas por cineastas occidentales; “África en Ritmo” reunirá una vez más los mejores títulos sobre danza y música africanas; “Carta Blanca al EDOC” nos acercará una muestra representativa de lo que fue el Festival de Cine Documental de Quito, con películas de temáticas afro-descendientes y “10 Fragmentos de un Discurso Amoroso Africano”, una sección planteada no sólo como un análisis antropológico sobre las prácticas amorosas o las manifestaciones del deseo en África, sino como toda una declaración de intenciones de la organización del FCAT Córdoba.

A estas secciones se suma una serie de sesiones especiales en la programación, entre las que se encuentra la proyección de la afamada La bicicleta verde, primera película realizada por una mujer en Arabia Saudí, Haifaa Al Mansour, que se estrenará en las salas cordobesas durante el festival.

Os dejamos el trailer de una película que rome con los tópicos y se atreve a desmontar el concepto de música africana. Un film sobre el desarrollo del estilo Metal en Angola como respuesta a los años de guerra prolongado que vivió este país. Death metal Angola, dirigido por Jeremy Xido en una coproducción de Estados Unidos y Angola.

 

El cine como industria
Por quinto año consecutivo, el FCAT Espacio Profesional estará dedicado a promover la cooperación entre los profesionales de los cines de África, España y el resto del mundo. Un año más, la Casa Árabe será el escenario, del 15 al 18 de octubre, del V Foro de Coproducción “África Produce” y una serie de conferencias y mesas redondas; así como los Aperitivos de Cine, encuentros entre cineastas, periodistas y estudiantes, donde se hablará en profundidad de las películas programadas en competición.

Actividades paralelas
FCAT Córdoba no se limita a las salas de proyección, como demuestra su amplio programa de actividades paralelas, entre las que se incluyen cuentacuentos, proyecciones en los distritos, la exposición de fotografía Malagorée: de puerto a puerto,de Javier Hirschfeld, y encuentros con distintas ONGs de la ciudad.

Cabe destacar una de las actividades  más novedosas previstas para esta edición y enfocada a jóvenes profesionales: se trata del “Curso‐taller de Crítica de Cine: Desafíos tradicionales, fatales omisiones y retos renovados de la crítica en el actual panorama interconectado y plurivocal”, que se celebrará en colaboración con el Instituto Andaluz de la Juventud (IAJ) y el Programa ACERCA de Capacitación para el Desarrollo en el Sector Cultural de la AECID (Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo) y que contará con la dirección del crítico Alfonso Crespo y con las clases magistrales de nuestra editora Beatriz Leal Riesco y el crítico de cine reconocidísimo por sus aportaciones a la literatura sobre las cinematografías africanas, el francés Olivier Barlet, entre otros.

La 10ª edición del FCAT se estrenará esta noche a las 21.00h. en el Teatro Góngora de la localidad cordobesa con la película del director mauritano Abderrahmane Sissako, La vie sur terre (1998).

 

Las Afro-Músicas en Colombia (I)

Maestro Gualajo, durante una investigación de campo realizada en 2010. Fuente: Jorge Porras.

Maestro Gualajo, durante una investigación de campo realizada en 2010. Fuente: Jorge Porras.

 

Autor invitado: Jorge E. Porras A, musicólogo, etnólogo, músico profesional y productor musical. Coordinador de la Escuela de Música en Instituto Popular de Cultura (Cali-Colombia).

Las músicas de origen afro-descendiente en Colombia tienen hoy en día un “nuevo” matiz. Y digo hoy un “nuevo” matiz porque ellas brillan actualmente a la luz de una plataforma cultural, política y comercial más estructurada y con un cambio hacia las músicas afros que en años y épocas anteriores. Fenómenos representativos en la actualidad como la banda chochoana “ChocQuibTown” del género Hip-Hop o los artistas consumados como el “Maestro Gualajo” en el género tradicional de conjunto de marimba y Petrona Martínez en el bullerengue, o las agrupaciones que trabajan en fusión musical como el “Grupo Bahía” con Hugo Candelario y el grupo “Herencia” de Timbiquí son una muestra de este renacimiento afro en Colombia. Y digo renacimiento porque ya las músicas del norte de Colombia emblemáticas a nivel nacional como la Cumbia[1] habían tenido su manifestación más fuerte a nivel de medios masivos y se han extendido mas allá de las fronteras colombianas desde los años 80’s del siglo XX habiendo alcanzado hoy desarrollos independientes en países como México y Argentina; esto debido a los procesos donde la cultura musical caribeña había jugado un rol preponderante en el vaivén entre tensiones socio-político-culturales en Colombia.[2] Si analizamos la Cumbia a fondo nos daremos cuenta que el elemento de origen africano juega a la par con otros de origen indígena, árabe y europeo. Este “mestizaje” musical se traduce en procesos de transculturación inextricables donde lo musical, lo religioso, lo lírico, el aspecto de género, de identidad cultural, y la etnicidad actúan conjuntamente. Igualmente se manifiestan en Colombia otras músicas las cuales reflejan en mayor o menor intensidad estos procesos transculturales.

Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez, 2010. Fotot: Jorge Porras.

Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez, 2010. Fotot: Jorge Porras.

Al respecto quiero referirme especialmente a las músicas de marcado origen afro-descendiente en la región de la costa pacífica colombiana, haciendo una excepción de las músicas isleñas y del caribe colombiano: Las músicas de marimba (de chonta)[3] y cantos tradicionales a lo largo de la costa sur, las músicas tradicionales y populares chocoanas a lo largo de la costa norte pacífica y las músicas de los valles interandinos de la región sur-occidental colombiana. El auge o proceso de visibilización mas profundo de estas músicas se produce entre otras razones conjuntas (político-sociales) por la iniciativa de un festival de música, el Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez,[4] que nació en el año 1997 cuya misión fue crear un espacio social de congregación y reflexión sobre la herencia cultural de la tradición del Pacífico colombiano. A partir de esta propuesta nació un interés creciente por parte del público común y del gremio académico hacia estas músicas. Por otro lado este festival generó y ha generado un movimiento expansivo en cuanto a la difusión de la música de poblaciones afro-descendientes del pacífico colombiano como también en cuanto a la generación  y conformación de nuevas agrupaciones musicales que se ocupan de trabajar y desarrollar estas músicas.

Pero para entender de raíz las dinámicas de la actualidad y cómo funcionan es necesario iniciar el análisis remontándose al pasado. En este sentido es relevante comenzar por la diáspora africana en los tiempos de la colonización de América.

La Antigua Diáspora Africana en Colombia:

El “descubrimiento” de América (“el nuevo mundo”) en el año 1492 significó (y significa aún hoy) para los europeos[5] un nuevo continente y nuevas posibilidades de adquisición de recursos, expansión e imperialismo. Muchos factores contribuyeron a al proceso de la antigua diáspora africana en América en esta época. En esencia estos factores fueron una práctica extendida y aceptada de la esclavitud, las tensiones políticas y relaciones comerciales entre los potencias europeas de ésta época, las tecnologías desarrolladas que permitieron convertir a la navegación en un medio confiable para el transporte interoceánico, entre otros.

Logotipo de la Compañía Negrera. Foto: Jorge Porras.

Logotipo de la Compañía Negrera de Cadiz. Foto: Jorge Porras.

Para ser exactos los portugueses fueron uno de los poderes marítimos mas grandes de aquella época. Ellos fueron los principales proveedores de esclavos africanos para los españoles en la primera fase de la colonización de América. Los portugueses tenían al principio una relación fundamentalmente comercial con los reinados africanos y practicaban con ellos la trata de esclavos sobre una base de cooperación comercial (a través del intercambio de mercancías).[6] Pero esta situación general cambiaría a partir del año 1533 con el aumento en la demanda de fuerza de trabajo por parte de los españoles en las colonias americanas. Esto condujo a que los portugueses no sólo consiguieran los esclavos por intercambio de mercancías, sino que utilizaran estrategias violentas (la caza de esclavos, la sumisión, alianzas con figuras importantes en el plano político de los reinados africanos) para alcanzar a lograr la cantidad de esclavos requerida por los españoles. Los indígenas americanos fueron diezmados cruelmente en este proceso de conquista. Por esta razón la importación de mano de obra aumentó no sin dejar de considerar que esta necesidad obedeció básicamente al siguiente factor: el hallazgo de minas de oro y plata en el continente americano. Para la corona de Castilla el descubrimiento de las minas de oro entre los años 1590-1592 en la parte norte del actual territorio colombiano[7] significó la solución a su crítica situación financiera. Las arcas reales estaban agotadas, después de la inversión para la guerra contra los moros, las deudas con los banqueros italianos y especialmente lo que siguió al apoyar el proyecto de Cristóbal Colón (el descubrimiento de una nueva ruta comercial a la India, pero sin embargo después el hallazgo de un nuevo continente y por consiguiente la conquista de este nuevo mundo).

Los esclavos africanos fueron traídos al sur del continente americano a través de Cartagena de Indias.[8] Desde este territorio al norte de Suramérica fueron transportados los esclavos a lugares en el sur, inclusive hasta Lima, Perú. Los lugares de destino mas codiciados para llevar cargamento esclavo fueron las minas de oro y plata a ser explotadas y los terrenos de recursos naturales. En Colombia la trata de esclavos tuvo su ejecución en cuatro fases principales, principalmente porque los españoles retomaron el monopolio del comercio esclavista de los portugueses, al cual le siguieron los holandeses e ingleses. Esta tensión política y comercial condujo a que esclavos de diferentes regiones de África fueran traídos a Colombia. Gracias a algunas investigaciones (en archivos coloniales, por ejemplo el AGI – Archivo General de Indias) sabemos que los esclavos se llevaron de regiones como Senegal, Guinea-Bissau, Guinea-Conakry y Sierra Leona (1533-1580), del Antiguo Reino del Kongo y del África Central (1580-1640), Benín, Togo y Nigeria (1640-1713) y finalmente de Ghana y Togo (siglos XVIII y XIX).

En aquel entonces los esclavos africanos se repartieron en diferentes territorios del Virreinato de Nueva Granada (lo que hoy incluye el territorio colombiano). La ruta se efectuó desde Cartagena de Indias hasta territorios siempre más al sur y se extendió a lo largo de ríos a través de valles y montañas de las regiones centrales y suroccidentales de la actual Colombia. Los españoles encontraron terrenos ricos en oro especialmente en la frontera occidental hacia el pacífico. Esto condujo una y otra vez a nuevos pedidos y solicitudes de nuevos esclavos. Los conocimientos en construcción que poseían los esclavos africanos fueron apreciados y codiciados de manera especial por los españoles. Muchos de estos esclavos venían de regiones africanas ricas en oro como Bambuko, Buré, Akan y el Golfo de Guinea.[9] Pero los esclavos fueron adjudicados no solo en tareas de construcción; otros se encargaron de tareas como la cría de ganado y agricultura, como también en funciones de servidumbre doméstica. Las minas de oro aportaron a una forma de organización social que evidenciaban un estándar a lo largo de la costa pacífica: aquellos esclavos fueron organizados en cuadrillas al lado de las minas.[10] Una cuadrilla fue una forma de organización de la explotación minera en grupos de esclavos africanos. La cantidad de esclavos que vivían en una cuadrilla podía llegar de cinco hasta cien esclavos o mas. Dentro de la cuadrilla algunos de ellos fueron los responsables del mantenimiento, esto significa que había actividad agrícola como de cría de ganado.

Hierro de la Compañía Negrera con el que se marcaba a los esclavos (usualmente en el pecho). Foto: Jorge Porras.

Hierro de la Compañía Negrera con el que se marcaba a los esclavos (usualmente en el pecho). Foto: Jorge Porras.

 

El establecimiento de la colonia demandó un nuevo orden social. El rol del cristianismo, principalmente de aquél de la iglesia católica, influyó este orden social en la vida colonial fundamentado en la aprobación y la aceptación de leyes para las Américas,[11] que definieron el sometimiento de los nativos americanos y de los esclavos africanos. Esta contribución de la iglesia comenzó muy temprano en el marco del trabajo misional (las misiones), que funcionaron como una estrategia de invasión cultural. De esta manera fueron implantados nuevos valores sociales y culturales, que condujeron a procesos de aculturación y transculturación. Así el racismo y la discriminación se convirtieron en una práctica y un asunto “normal”; esta delimitación fue necesaria para los conquistadores con el objeto de mantener y conservar la escala social a través del control y el poder (bien abajo los esclavos africanos y los indígenas, en la mitad los mestizos y criollos y bien arriba los españoles). Aquí fue notable el aporte que hizo la iglesia católica al racismo y la discriminación a través de la demonización de prácticas ancestrales africanas originales como la danza, la música, las prácticas de curación y las diferentes expresiones de sexualidad.[12] Sin embargo a pesar de los fuertes mecanismos de control, los indígenas americanos como también los descendientes africanos no aceptaron pasivamente esta sumisión. Desde el comienzo de la importación de esclavos hacia América en el siglo XVI éstos se revelaron y lucharon por su libertad. En muchos casos los cautivos lograron con éxito huir de la esclavitud. Muchos escaparon y conformaron “naciones” autocráticas: palenques.[13] Pero muchos otros, la mayoría, no lograron escapar y se quedaron bajo el control de las élites y sirvieron a sus intereses elitistas (como lo mencioné anteriormente como fuerza de trabajo; humanos que no tienen derecho de vivir su vida libre).

La esclavitud en Colombia duró oficialmente hasta el año 1851. Pero la abolición de la esclavitud casi invisible en la Nueva Granada (Colombia) no sirvió lamentablemente para que las diversas minorías étnicas de origen africano fueran integradas al proyecto de construcción de nación en aquél entonces. Han tenido que pasar mas de 100 años desde la constitución de la República de Colombia en 1886 para que los derechos de las minorías étnicas fueran reconocidos legal y oficialmente en la reforma constituyente del año 1991.[14] Este hecho no significa de ninguna manera que las minorías étnicas en Colombia hayan sido indemnizadas, compensadas, restituidas y reparadas, asumiéndolas con un estatus de “víctimas de la violencia”, a pesar de los esfuerzos políticos que se hayan hecho en esta dirección. Al contrario, en Colombia el mito de la “democracia racial”[15] reina desde hace un largo tiempo en el constructo imaginario colombiano, donde el proceso de mestizaje habría logrado condiciones sociales igualitarias en las que el racismo y la discriminación (tensiones etno-políticas) no existirían. El surgimiento de una identidad afro, y mucho después de una identidad afrocolombiana está sujeta a la influencia de los procesos históricos, condiciones y factores anteriormente expuestos.

Marimba de los Espíritus, en la casa de las Torres del municipio de Guapi (noroccidente del departamento del Cauca, Colombia). Foto: Jorge Porras.

Marimba de los Espíritus, en la casa de las Torres del municipio de Guapi (noroeste del departamento del Cauca, Colombia). Foto: Jorge Porras.

Este hecho histórico de la esclavitud en Colombia demarca la línea trazada por la cual los afrodescendientes han tenido que transitar en este país para poder subsistir en medio de tensiones socio-políticas, entre racismo y discriminación, desde la pérdida de representación social hasta su reencuentro con su identidad cultural como arma inalienable que se expande en todos los campos, políticos, sociales, económicos, culturales… hasta los de la música. Pero como al principio de este escrito, hago énfasis en que hoy se sienten nuevos vientos, un nuevo “matiz” de las músicas de origen afro-descendiente en Colombia. Unas músicas liberadas de su discriminación anterior como “poco cultas”, “poco valiosas”, “simples”, “fáciles”, todos adjetivos desde la mirada dominante de un mundo occidentalizado, estandarizado y permeado por procesos eurocéntricos que se generaron hace mas de 500 años. Hoy en día se han producido unos cambios que parten de todo el proceso empujado desde las comunidades afrodescendientes logrando paso a paso validación de sus contextos culturales, respeto por su hábitat y formas de organización social. Pero este tema lo tocaremos en otra entrega para WIRIKO.

 

Cierro por ahora visibilizando los logros en los últimos años en mano de varias agrupaciones, generados como anteriormente describí por los movimientos que nacen en gran parte a partir del Festival de Música del Pacífico Petronio Álvarez. Si miramos retrospectivamente, tenemos en febrero de este año (2013) la participación de la agrupación “Herencia” de Timbiquí en el Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar en Chile, donde se hicieron acreedores a la “Gaviota de Plata”, premio máximo en la categoría Folclor e Internacional; ChocQuibTown con sus múltiples nominaciones a los premios Grammy entre el 2009 y el 2012, habiendo ganado en 2010 el Grammy Latino a la mejor Canción Alternativa. De gran profundidad y trascendencia tenemos el trabajo del Maestro Jesús Antonio Torres, alias “Gualajo”, proveniente de la vereda Sansón en Guapi, Cauca, Colombia, quien a través de su trabajo como constructor de instrumentos autóctonos, en especial de la marimba de chonta (la reina madre de los instrumentos del pacífico colombiano), y como intérprete de ésta y las músicas de marimba y cantos tradicionales del pacífico colombiano y ecuatoriano se ha ganado un reconocimiento y homenaje nacional como el maestro de maestros en la marimba de chonta; su historia, su herencia y su legado para las generaciones actuales y futuras lo ha plasmado en la visión de su fundación actual.[16] Petrona Martínez, otro ícono de la mujer afrodescendiente colombiana, encarnando la tradición del canto tradicional y las cantadoras a lo largo de las costas colombianas en el bullerengue, una música de cortejo, ha sido nominada al Grammy Latino en dos ocasiones. La lista es interminable si consideramos que para valorar las músicas colombianas afrodescendientes no necesitamos de premios Grammy ni Gaviotas de Plata, sino que simplemente se necesita entrar con los ojos abiertos y el corazón despierto a la otra historia de la diáspora africana en América que no se contó nunca jamás en los libros de historia, si no mas bien la que circula hoy en día y se expresa en boca de las cantadoras, marimberos, tamboleros[17], raperos y hip hoperos afrodescendientes.

 

 

 

Referencias:

Aguirre Beltrán, Gonzalo, 1944: “The Slave Trade in Mexico”, en: The Hispanic American Historical Review, Vol. 24, Nr. 3, 412-431.

Both, Arnd Adje Both, 2001 (1999): Die Musikkultur der späten Postklassik Mesoamerikas: Perspektiven der Musikarchäologie. Dissertation, Freie Universität Berlin.

Burgos Cantor, et al, 2010: Rutas de libertad: 500 años de Travesía. Bogotá: Ministerio de Cultura, Pontificia Universidad Javeriana.

Hernández Salgar, Oscar 2007: “Marimba de Chonta y poscolonialidad musical”, en: Nómada. Nº 26, 56-69.

Lloyd Mecham, J., 1927: “The Real de Minas as a Political Institution. A Study of a Frontier Institution in Spanish Colonial America”, en: The Hispanic American Historical Review, Vol. 7, Nr. 1, S. 45-83.

Maya Restrepo, Luz Adriana, 1998: Los afrocolombianos. Santafé de Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura Hispánica (Geografía humana de Colombia, 6).

Wabgou, Maguemati et al, 2012: Movimiento Social Afrocolombiano, Negro, <ºRaizal y Palenquero: El largo camino hacia laconstrucción de espacios comunes y alianzas estratégicas para la incidencia política en Colombia. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.

Wade, Peter, 1993: Blackness and race mixture. The dynamics of racial identity in Colombia. Baltimore, London: The Johns Hopkins Univ. Pr. (The Johns Hopkins Studies in Atlantic history and culture).

 


[1] La “cumbia” es un baile, la “cumbiamba” su formato instrumental. Ambas hacen parte de un sistema musical que permea en general la zona-costa norte colombiana.

[2] Hernández Salgar 2007: 56-69.

[3] En el pacífico se le llama “chonta” a la palma de chontaduro y otras especies similares.

[4] http://www.festivalpetronioalvarez.com

[5] Españoles y portugueses, después holandeses, franceses e ingleses.

[6] Ver Burgos 2010: 122-125.

[7] El territorio de las primeras minas de oro descubiertas en 1590-1592 corresponde hoy en día al departamento Antioquia (Remedios, Cáceres, Segovia y Zaragoza), después siguió Mompox (en la zona del río Magdalena bajo). (Ver Burgos 2010: 125, 126)

[8] Cartagena de Indias funcionó como uno de los tres puertos principales que fueron utilizados en el Caribe como puertos de descarga de esclavos de los españoles: Habana Cuba, Veracruz México, Cartagena de Indias Colombia. (Ver Aguirre 1944: 426). „The city of Cartagena was established in the assiento as port of primary entry because of its value as a primary distribution center; and during the seventeenth century it retained this status, despite the change of assientists, thus becoming the center of the slave trade in America.“ (Aguirre 1944: 415)

[9] Ver Burgos 2010: 140.

[10] En la América colonial se institucionalizaron los Reales de Minas como empresa primordial de los españoles: “In Spanish America the real de minas was a mining district. It consisted of a settlement of indeterminate size and the mines dependent upon it within a radius of five, ten, and even fifteen miles. This district was generally an administrative entity, being a lugar, villa, ciudad, alcaldía mayor, or corregimiento, as the case might be.” (Lloyd 1927: 45). En Colombia, al interior de los Reales de Minas, los españoles organizaron a los esclavos africanos en cuadrillas. (Burgos 2010: 143, 160, 161).

[11] Ver Burgos 2010: 126.

[12] A través del concordato Regio Patronato Indiano de 1493 hasta 1508 entre los Reyes Católicos (Fernando II de Aragón e Isabela I de Castilla) y la Iglesia Católica, representada por el Papa Alejandro VI, fue impuesta como meta la conversión de infieles (los nativos americanos) al cristianismo y para eso fueron establecidos consiguientes reglamentos como procedimiento de la evangelización. Ya en la fase de la conquista los cantos, los bailes ceremoniales, la música de templo (ej. en México) en relación con los rituales de sacrificios humanos como expresión elementar de identidad fueron reconocidos, demonizados y muy pronto contrarrestados después de la conquista. (Both 2001: 25)

[13]Comunidades negras fue el nombre que se le dio a los grupos humanos de afrodescendientes que vinieron ocupando territorios desde tiempos coloniales. Tales territorios sirvieron a estas comunidades para sus ejercicios de libertad y prácticas tradicionales con una profunda y sólida raíz africana. Estas comunidades fueron construidas, en principio, por africanos que escaparon de la represión y el yugo que ejerció la Corona española a través del sistema de explotación esclavista, recibiendo el nombre de Palenques por parte de los españoles o de comunidades de libres. Sin bien el nombre Palenque fue impuesto por los españoles, éste pasaría a ser un elemento reivindicativo dentro del discurso afrocolombiano y devendría en símbolo de libertad. Por ello, durante las discusiones en torno a la ley 70 y de la Constituyente el proceso organizativo afrocolombiano propuso que los territorios colectivos recibiesen el nombre de Palenques; sin embargo, el Gobierno y otros sectores conservadores vieron en esto una complicación e impusieron el nombre de comunidades negras, el cual ha pasado a ser un elemento de reivindicación de este proceso organizativo.” (Wabgou , et al 2012: 157)

[14] En la reforma de la Constitución Política Colombiana de 1991 los derechos humanos fueron asentados legalmente de manera tal que las minorías indígenas y grupos afrodescendientes (llamados afrocolombianos) ganaron por primera una representación política y se dieron los primeros pasos hacia la “visibilidad”. (Wade 1993: 352-357, Restrepo 2004: 271-277 y Arocha en Maya Restrepo 1998: 341-361.)

[15] Las razones de este fenómeno o retraso frente a la igualdad de derechos las podemos entender bajo el concepto de blanqueamiento racial, el cual estuvo articulado en el proyecto de consolidación de nación soportado bajo el techo de la religión católica, de una “raza” (europea-blanca) y de un idioma (español/castellano). Desde aquí se explica la invisibilidad de estas comunidades afrodescendientes en el contexto nacional. (Ver Arocha en Maya Restrepo 1998: 354-361 y Wade 1993: 183, 341).

[16] http://www.facebook.com/pages/FUNDACI%C3%93N-CULTURAL-ART%C3%8DSTICA-Y-MUSICAL-GUALAJO/259561918545

[17] Término usado en la costa atlántica colombiana para “tamborero”.