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Alain Mabanckou, una batería de nuevos argumentos para la liberación

“Durante muchos años soñamos con los soles de las independencias y, cuando estos se levantaron, deslumbrados, cerramos los ojos. Cuando los volvimos a abrir, nuestros estados parecían sombras movedizas, gobernadas por ogros cuyo apetito aumentaba al ritmo de nuestras angustias”. Es una de las reflexiones que el escritor congoleño, Alain Mabanckou lanza a modo de dardo en El llanto del hombre negro, una recopilación de ensayos en los que trata temas diversos, desde la inmigración hasta la identidad pasando por el papel de los europeos en África, la trata esclavista o el papel de la lengua francesa en las literaturas africanas.

Alain Mabanckou durante su charla en la pasada edición de Africa Writes / Foto: Iván González

Aunque no sea evidente a primera vista, todos esos temas y muchos más tienen un mismo hilo en común que los hilvana. En los últimos años, Mabanckou se ha convertido en uno de los abanderados de una corriente de escritores y filósofos, intelectuales africanos, en general, que pretenden edificar una nueva conciencia ciudadana en el continente. Para ser honestos ni edificar, ni una nueva conciencia serían del todo correctos. En realidad, lo que buscan estos artistas y pensadores contemporáneos es elaborar el andamiaje argumental para una toma de responsabilidad que la ciudadanía ya está impulsando desde diferentes esferas de la sociedad civil. El tan traído y llevado renacimiento africano en su versión más cívica, podría apoyarse en la reflexiones de estos intelectuales.

El llanto del hombre negro es un ejemplo perfecto de las producciones que se enmarcan en esa corriente de reflexión sobre el presente y el futuro del continente africano, de los escritores y filósofos que han aceptado la responsabilidad de intentar generar el armazón teórico que sustente una nueva emancipación del continente, una independencia real y definitiva y una inserción en el sistema mundo de pleno derecho y no con vetos parciales, como hasta el momento. Toda esta corriente coloca a los africanos en el centro de este proceso de renacimiento que, en gran medida, pasa por la toma de responsabilidad de los ciudadanos que tienen encomendada la labor de convertirse en protagonistas.

El volumen que ha publicado en español la editorial Los libros de la catarata cuenta con una encomiable guía, el prólogo que ha escrito Josefina Bueno y que permite a los lectores asomarse a los textos sin necesidad de ser expertos en la materia. De hecho, el repaso que Mabanckou realiza en sus ensayos, tiene el inevitable rastro de uno de los autores de origen africanos más laureados del panorama actual. El congoleño no sólo se ha hecho un hueco en la industria editorial global, sino que además se ha convertido en un referente de las literaturas africanas en Estados Unidos y en Francia. En uno de sus últimos episodios públicos, este dandi provocador ha rechazado la oferta del presidente francés Emmanuel Macron de encargarse de repensar la Francophonie, esa especie de construcción gala francesa a medio camino entre la diplomacia y la dominación cultural.

Entre la guía de Josefina Bueno y la habilidad narrativa de Mabanckou permite circular por unas reflexiones que no escatiman autocrítica, ni se detienen ante las líneas rojas de los políticamente correcto. Desde un primer momento deja claro su punto de partida. “Soy de los que opinan que la historia africana está por escribir, con paciencia y serenamente”, asegura en referencia a los prejuicios, a todos los prejuicios. Y explica el significado del título del volumen de una manera sencilla y descarnada: “Un sollozo cada vez más ruidoso que definiré como la tendencia que anima a algunos africanos a explicar las desgracias del continente negro -todas sus desgracias- a través del prisma de su encuentro con Europa. (…) El que odia ciegamente a Europa está tan enfermo como el que se fundamenta en un amor ciego por el África de antaño, un África imaginaria que habría atravesado plácidamente los siglos, sin enfrentamientos, hasta la llegada del hombre blanco, que vino a trastocar un equilibrio sin fisuras”.

Eso no significa que no critique duramente, por ejemplo, la actitud de la sociedad francesa hacia el hecho migratorio. “Quiérase o no, existe una ‘presencia negra’ en Francia”, asegura en un texto titulado “El espíritu de las leyes”. En este sentido recuerda que “para algunos franceses, hablar de Francia es hablar de un país poblado de blancos”, aunque también advierte que “a menudo, los propios africanos imaginaron Francia como un país de blancos”. Sin embargo, más allá de estos imaginarios construidos y deformados, Mabanckou se refiere a una realidad innegable, la de los “franceses de pleno derecho” que “vinimos de fuera o que nacimos aquí de padres extranjeros”. “Convendría revisar la definición de la expresión ‘francés medio’”, advierte, “pues estos hombres y mujeres son los que escriben o reescriben las páginas de la historia nacional. La patria debería probablemente tenerlos en cuenta, so pena de permitir que arraigue el sentimiento de una superioridad racial”.

Como en otros pasajes Mabanckou no parece demasiado amigo de la diplomacia a la hora de afrontar una realidad que escuece: “Hemos atravesado la historia, primero como ‘salvajes’ e ‘indígenas’, luego como ‘tiradores’ en las guerras europeas, antes de comprender lo que quería decir el blanco al pronunciar la palabra ‘negro’”. “La negritud se erigió frente a un mundo blanco”, continúa, “que se arrogaba el derecho de imponer una civilización pretendidamente ‘ilustrada’ a unos bárbaros enfangados en las tinieblas del oscurantismo”. “Fue el blanco quien inventó al negro y que, a partir de ahí, el negro se vio obligado a definir al blanco con el vocabulario de este último”, sentencia con unas palabras que inevitablemente siguen resonando mucho tiempo después de haber sido leídas.

Sin embargo, si un tema tiene especial protagonismo en esta recopilación de ensayos, es la identidad y, de su mano, el papel de la lengua, en este caso del francés, en las literaturas africanas. Son, sin duda, reflexiones obligadas para un artista que ha sido muy habitualmente cuestionado respecto a temas que poco tenían que ver con su obra. Y por eso, algunas de las afirmaciones que hace en relación a su identidad sólo se entienden si son la respuesta a dudas suspendidas en el aire. “Identidades asesinas”, titula Mabanckou uno de sus ensayos en los que deja claro su idea básica en torno a la identidad: el hecho de que esa categoría sólo tiene sentido en plural (identidades) y como un proceso dinámico. “Yo sería más bien un congoalgo”, afirma al relatar un encuentro con un francés que tiene dificultades para aceptar al escritor como francés, sólo por su aspecto, “consciente de haber nacido en otra parte. Pero mi concepción de la identidad va mucho más allá de las nociones de territorio o de sangre. Cada encuentro, incluido el del ‘franconormando’, es para mí fuente de inspiración. Sería inútil limitarse al territorio, ignorar la multiplicación de interferencias y, con más razón, la complejidad de esta nueva era que nos une unos a otros, lejos de las consideraciones geográficas”. En otro pasaje de “El carnet de identidad”, Mabanckou afirma: “Nací en África, en Congo-Brazzaville, y pasé parte de mi juventud en Francia, antes de establecerme en Estados Unidos. El Congo es el lugar del cordón umbilical; Francia, la patria de adopción de mis sueños, y América, un rincón desde el que contemplo las huellas de mi errancia”.

En el caso, del uso de la lengua, el escritor congoleño aprovecha su tribuna para argumentar su decisión de escribir en francés, pero también para saldar algunas cuentas en medio del encendido debate que ha “enfrentado” a algunos escritores africanos en los último años. “¿Todavía no hemos comprendido que hace tiempo que la lengua francesa se desprendió de Francia y que su vitalidad está garantizada por creadores venidos de los cinco continentes?”, se pregunta. Y entre disquisiciones que dejan entrever esas críticas “extraartísticas”, Alain Mabanckou lanza afirmaciones provocadoras: “Incluso si en África, cuando muere un anciano, arde una biblioteca entera, habría que saber qué tipo de anciano y qué biblioteca, ¡viejos tontos hay muchos por el mundo!”. De la misma manera, advierte: “No está prohibido traducir libros de un autor africano francófono a una lengua africana. (…) No se trata sólo de escribir en una lengua africana, también hay que preparar al africano a leer su lengua, como se preparan franceses, chinos o rusos a leer la suya”.

Desde su posición de figura literaria consolidada, el congoleño trata además de romper una lanza a favor de los jóvenes autores y, sobre todo, de aquellos que tienen que enfrentarse al juicio sibilino de la “autenticidad” que trata de encorsetarles: “Esos fanáticos constituyen una secta que se niega a admitir que África es múltiple, compleja y está en plena mutación. Se arrogan el monopolio del discurso sobre África simplemente por el hecho de ser negros y haber nacido en África. Pero no se trata solamente de ser negro, se trata de sentirse africano, de comprender dicho sentimiento y de tratar de explicarlo a los demás”. “No se trata”, continua Mabanckou, “de borrar África en nuestras creaciones. Se trata de recusar la que nos han servido durante años. Se trata de rechazar un ‘encargo’ subrepticio, la obligación que se les susurra a los escritores africanos y que consiste en hacerles escribir lo que se espera de ellos, privándoles así de la posibilidad de tomar otros caminos”. El escritor congoleño propone aceptar que no existe África y dejar de lado el lastre geográfico, así la redefinición de las Áfricas incluye los territorios creados por las diásporas en todo el mundo: “África ya no no está sólo en África. Al dispersarse por el mundo, los africanos crean otras Áfricas”.

La última de las balas literarias de Alain Mabanckou es para el compromiso en el que el escritor se ha empleado con más ahínco en los últimos años: la denuncia de las dictaduras y la exigencia de más democracia. Por eso, en medio del ejercicio de autocrítica que es El llanto del hombre negro no es extraño leer la desilusión que siguió a los primeros gobiernos independientes. “Las independencias también engendraron el personaje del dictador en la literatura del África negra francófona. En contrapartida, también inventaron el personaje del rebelde”, explica con un lamento que, sin embargo, no cierra la puerta a la esperanza. El congoleño reconoce las responsabilidades de los antiguos colonizadores en la construcción de los monstruos antidemocráticos que llegan hasta hoy. Pero prefiere abofetear a sus conciudadanos en su propia responsabilidad, con la intención de despertar una conciencia que el único camino para la verdadera liberación.

La escritora de origen ghanés Yaa Gyasi. Foto: Michael Lionstar

Volver a casa, la dignidad de los hijos de la trata

Con un enorme incendio que en una noche de 1760 arrasa la tierras de los fante (en la actual Ghana) comienza Volver a casa, primera novela de la estadounidense de origen ghanés Yaa Gyasi. Es una joya literaria. Una obra tallada con talento y rigor en la que la autora recrea la historia de sus antepasados a través de una saga familiar que progresa a lo largo de 250 años, desde aquel fatídico incendio de 1760. Esa misma noche llega al mundo la pequeña Effia, que unos años después será vendida como esposa a un militar británico que dirige el tráfico de esclavos en el castillo del Cabo, una de las fortificaciones de la ruta esclavista más emblemáticas del golfo de Guinea. Su medio hermana, Esi, nacerá en el seno de una importante familia del país asante y allí será capturada y almacenada como una bestia junto a otras mujeres en los sótanos del mismo castillo del Cabo para ser deportada como esclava al sur de los Estados Unidos. El relato está construido a partir del recorrido alterno de las dos ramas familiares y en cada capítulo, que podría constituir una novela en sí mismo, se nos presenta la historia de un nuevo miembro de cada uno de los linajes.

Se trata de una novela deliberadamente fragmentaria, cuya forma en sí misma constituye una metáfora de tantas vidas rotas y truncadas de las que solamente podemos ver pequeños fogonazos que quedan iluminados por unos instantes en la oscuridad de la historia y del olvido. El lector tiene que esforzarse en reconstruir y rellenar toda la trama que une esos fragmentos de vida que comparten los descendientes de Effia y de Esi, silenciados entre los recovecos de la historia.

Precisamente es Jo, nieto de Esi, quien siendo un bebé es entregado por sus padres a una esclava cimarrón para que pueda crecer como un hombre libre, el que expresa su angustia al pensar que toda su historia podría ser borrada:

A menudo a Jo le preocupaba que la línea que trazaba su familia se hubiese interrumpido, perdido para siempre. Que no pudiera llegar a saber quiénes eran los suyos, y los antepasados de los suyos, y que, si había historias que contar sobre su procedencia, se quedase sin oírlas.

Gyasi se ocupa de que esto no suceda y, además de ofrecernos la potente historia de una saga familiar, nos brinda un panorama general en el que pueden enmarcarse las historias de otras tantas familias que compartieron una terrible comunidad de violencia, injusticia y sufrimiento a lo largo de los siglos.

Y es justamente la continuidad de esta violencia física, mental e institucional, su huella imborrable en los cuerpos, en el pensamiento y en la historia lo que sobrecoge al lector, que sin duda, no está acostumbrado a leer la realidad desde este punto de vista. Una vez abolida la esclavitud el rumbo de la historia de los africanos y de sus descendientes no parece cambiar sustancialmente, tras haber sufrido la degradación física y moral de la esclavitud, se enfrentan a una sociedad profundamente racista que no parece dispuesta a convivir con sus antiguos esclavos en pie de igualdad.

La escritora de origen ghanés Yaa Gyasi. Foto: Michael Lionstar

La escritora de origen ghanés Yaa Gyasi. Foto: Michael Lionstar

Sin embargo, Yaa Gyasi no se recrea en el drama, sino que nos muestra una increíble historia de dignidad humana, de resiliencia y de fuerza. Los diversos protagonistas de la novelista de origen ghanés, tanto hombres como mujeres, son personajes a menudo vencidos pero nunca humillados. Son hombres y mujeres que se rebelan y que a lo largo de siete generaciones van, progresivamente, liberándose de un destino impuesto por otros.

Así, en la época colonial de Costa de Oro, en la actual Ghana, un descendiente de Effia, el profesor Yaw, les explica a sus alumnos cuáles son las relaciones entre saber y poder:

Creemos al que tiene el poder. Él es quien consigue escribir su historia. Por eso cuando estudiáis historia, siempre debéis preguntaros: “¿De quién es la versión que no me han contado? ¿Qué voz fue silenciada para que ésta se oyese?” Cuando hayáis respondido a eso, debéis encontrar también esa otra historia.

Mientras tanto, al otro lado del océano, Sonny vive confinado en el Harlem de los 50 y relee Las almas del pueblo negro, el clásico de W.E.B. Du Bois, mientras está encerrado en un calabozo por haber participado en una marcha contra la segregación. La novela se cierra en la época contemporánea y nos propone el inicio de un nuevo camino, una nueva ruta que se abre hacia el cambio, la esperanza y el futuro.

Sin embargo, a pesar del claro compromiso histórico que hila toda la novela, Volver a casa es ante todo una historia de personas que aman, sufren, luchan y viven. El lenguaje de Yaa Gyasi es directo y poético al mismo tiempo. Excita los sentidos del lector recurriendo al tacto, al sabor y al olfato y transmite una fuerte sensualidad en la que el color y la textura de la piel oscura son protagonistas. Los paisajes que los rodean, naturales o urbanos se llenan también de matices sensoriales que nos permiten transportarnos a los inmundos calabozos del Castillo del Cabo, la tierra roja y cálida de los asante, la oscuridad de las minas de Pratt City o la hermosa bahía de Chasepeaky.

No nos atrevemos a poner una etiqueta a la escritura de Yaa Gyasi, pero sentimos que de alguna manera la escritora ghanesa forma parte de este grupo de poderosas voces femeninas, que como Chimamanda Ngozi Adichie o Arundhati Roy, provienen de países que fueron colonizados por las potencias europeas. Esta escritura de mujeres nacidas en los territorios de las antiguas colonias ha llegado para quedarse y para que podamos leer la historia desde un punto de vista doblemente diferente.

Profesionales de la escritura ya denuncian en los medios africanos los mercados de esclavos en Libia

El ACNUR, acredita en su último informe de 2017 que, en lo que llevamos de año, 111,397 personas llegaron a Italia por mar desde Libia. Así, el dossier evidencia una disminución del 30% de personas indocumentadas en comparación con las entradas durante el mismo período de 2016. No obstante, hay que tener en cuenta que antes de entrar a la costa europea, muchos y muchas de estas migrantes, especialmente quienes proceden del sur del Sahara, pasan una temporada en Libia: país dónde en los últimos meses se han destapado la persistencia de mercados de tráfico de esclavos. Esta información ha desencadenado la reacción y denuncia de un número considerable de periodistas, novelistas y blogueros/as.

Nima Elbagir en el trailer “Why We Go” de la CNN. Fuente: CNN Worldwide

La periodista que recordó al público la realidad de los y las migrantes sursaharianos en Libia fue Nima Elbagir. La periodista sudanesa de la CNN, con una larga experiencia en seguir de cerca y denunciar vejaciones a seres humanos, consiguió filmar y hacer llegar a las pantallas del mundo la trata negrera en la frontera sur de Europa, después de que la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) denunciara, en su informe de abril de 2017, la existencia de mercados de esclavos en Libia.

La trata negrera, la misma que se producía en el comercio transatlántico como ha declarado Felwine Sarr, escritor senegalés, en Le Monde. El también economista y músico, describe en su artículo-denuncia el trato desde la cosificación que se les da a los y las jóvenes sursaharianas, comparándolo con el sometimiento típico del comercio de africanos/as: “Los cuerpos de estos jóvenes negros africanos son volátiles, alienables, materiales; se los puede someter a los peores trabajos e inhumanidades“. Así, parece no pasar el tiempo para las relaciones entre traficantes y esclavos.

Quien también ha denunciado durante el último mes esta esta continuidad del pasado ha sido Alain Mabanckou, escritor congoleño. En Le Point d’Afrique declaraba que la situación de Libia no es un hecho aislado en la historia, pero que tampoco era casualidad que se encontrase en este territorio, ya que “la trata negrera también se desarrolló por árabe-musulmanes en el África Sursahariana”, y contribuyó consecuentemente al racismo actual del Magreb. Una discriminación que, como denuncia Mabanckou, lleva a tener en condiciones pésimas a las personas esclavizadas; siendo a menudo, víctimas de enfermedades como el cólera o la peste.

Alain Mabanckou denunciando las vejaciones del mercado de esclavos, vistiendo una camisa en la que puede leerse “En venta” repetidamente. Fuente: Le Point Afrique

En cuanto a las condiciones de los y las migrantes en Libia también ha hablado Margaret Agwu. La columnista nigeriana escribía a principios de mes en Lionspot poniendo especial énfasis en el género. Explica que al margen de las imágenes editadas y difundidas, mujeres, niñas y niños sursaharianas son sujetos de venta en el mercado sexual, lo cual es doblemente preocupante: Por la invisibilización, pero también por los trabajos a los que están obligadas. Agwu ha responsabilizado de los hechos a la élite política de la Unión Europea y la Unión Africana. En Lionspot, declaraba: “Este tipo de situación requiere de un esfuerzo activo y rápido por parte de los gobiernos para repatriar a sus ciudadanos antes de que se pierdan vidas“.

Edith Yah Brou, destacada bloguera marfileña, mediante su cuenta de twitter ha compartido el relato de las personas enviadas a sus países . Además, a través del mismo espacio virtual ha denunciado la pasividad de las autoridades y ha pedido públicamente explicaciones a los representantes políticos “africanos y libios”.

Otra de las personalidades conocidas que ha manifestado su indignación ante la trata negrera en Libia ha sido Reuben Abati, columnista nigeriano, en African Glitz dónde ha aprovechado para destapar los casos de personas aliadas de los/as traficantes. Él detalla el rol de algunos de sus paisanos suyos que “están también involucrados en el tráfico y la deshumanización de sus propios compatriotas”, basándose en las declaraciones de testimonios devueltos a Nigeria. Igualmente, recuerda en su escrito el contexto político en Libia, declarando que el derrocamiento y asesinato de Gadafi en 2011 ha propiciado la actual falta de solidaridad entre africanos y africanas, ya que el difunto político, considerado pan-africanista, alentó las relaciones entre las naciones africanas.

Reuben Abati, columnista nigeriano, dando un discurso. Fuente: The spectrum

En su denuncia del mercado de esclavos/as, Emmanuel De-Graft Quarshie en Modern Ghana también responsabiliza a los líderes políticos. El columnista ghanés empieza su declaración con la cita de Steve Biko: “La herramienta más poderosa del opresor es la actitud del oprimido”, a la cual le sigue una crítica al rol de los políticos de los países de origen por su desatención en la prevención de las migraciones. De-Graft lo evidencia criticando la gestión de los países africanos a los desafíos macroeconómicos que empujan a grandes cantidades de jóvenes a migrar.

Pero no es el único, la novelista camerunesa Hemley Boum, también ha usado los medios para denunciar el papel de los representantes políticos africanos. Concretamente ha escrito en Le Monde Afrique sobre las oligarquías que impiden a los líderes políticos centrarse en las prioridades locales y sobre todo en garantizar la seguridad de los y las ciudadanas, evocando así a las migraciones en pésimas condiciones. Sin embargo, no sólo responsabiliza las autoridades africanas, sino que menciona la corresponsabilidad de los dirigentes europeos, que limpian suimagen enviando aviones para repatriar a sursaharianos/as y “les ofrecen 100 para permitirles iniciar una nueva vida”, como critica en el medio francófono.

Empero, a esta crítica se le une la escritora maliense Aminata Traoré, quien publicaba un vídeo difundido por Maliweb, dónde pedía explicaciones a los políticos europeos por las trabas al derecho de movilidad de los africanos y africanas. Traoré considera que la supresión de estos obstáculos hubiese podido prevenir las vejaciones a sursaharianos/as en Libia. Del mismo modo, critica el modelo capitalista que, declara, fomenta la esclavitud actual y a modo de conclusión propone la consolidación un modelo alternativo de desarrollo.

Así mismo, con la reflexión de Traoré y la invitación a cambiar esta situación que aporta Margaret Agwu: “Esto es real. Esto está pasando. Necesitamos dejar de estar callados y calladas. Protesta, reclama, presiona, haz ruido. Pensamientos y plegarias solas no pueden llegar lejos”.

La dignidad de los mestizos olvidados

Quizá un día no llame la atención que un escritor africano ambiente sus novelas lejos de África o de las comunidades africanas. Sin embargo, ese día todavía no ha llegado. Por lo poco común y porque rompe una de las características que se supone a la obra de un escritor africano, se impone destacar el hecho de que un escritor del continente ha ambientado una historia en otro lugar, el que sea. En esta sección se ha señalado en ocasiones previas, cómo en la mayor parte de los casos, se espera cosas de las obras de los autores africanos (ubicación, estilo, temas…) que constriñen su creatividad. Así que cada vez que se rompen esos límites, Wiriko lo celebra.

El escritor congoleño Emmanuel Dongala. Fuente: Rama, Wikimedia Commons. 

Emmanuel Dongala, el laureado escritor congoleño, lo ha hecho. Se ha abstraído de esos límites no escritos y ha construido una historia que deja boquiabierto. La Sonate à Bridgetower rompe seis años de silencio con una narración fuera de lo común. El personaje de George Bridgetower es la excusa de Dongala para ponerse delante de un momento histórico excepcional, de una serie de situaciones desconocidas y de un momento lleno de unas contradicciones que han desafiado todos los estereotipos.

Bridgetower fue un músico que existió realmente a finales del S. XVIII. Se trataba de un mulato, hijo de un negro de Barbados y de una blanca de Polonia, virtuoso del violín que hizo las delicias de los ambientes musicales de las principales ciudades europeas, desde París hasta Viena en aquella época. Deslumbró con su arte y llegó incluso a fascinar de tal manera a Beethoven que escribió una sonata en su honor, una sonata que finalmente recogió en su título a otro músico.

A través de la trayectoria de Bridgetower, Dongala dibuja en realidad una época y un espacio. El escritor congoleño relata la vida de una Europa en plena efervescencia. El escritor recuerda la existencia de una élite negra o mestiza en aquellas ciudades, entre las que se contaban escritores, políticos o músicos, que a pesar de estar en primera fila, siempre tuvieron una posición muy especial sólo por el color de su piel. En aquella Europa en la que la libertad se abría paso para algunos, en la que la esclavitud vivía su últimos estertores y la cultura se desparramaba, Bridgetower se convierte en el ejemplo de una sociedad casi esquizofrénica. Dongala evoca, por ejemplo, la figura de Angelo Soliman, un negro que se desenvolvía en las más altas esferas políticas y cultuales de Europa central y, sin embargo, cuando murió fue disecado y convertido en una pieza de museo. “En esta filosofía de las luces, hay un espacio de sombra. Muchos pensaban todavía en ese momento en la inferioridad de los negros, incluidas algunas personas que hoy consideramos muy tolerantes”, declaraba Dongala en FranceInfo. Pero la dualidad no se producía sólo en ese sentido, sino que, por ejemplo, muchos mulatos tenían a su vez esclavos.

Y es que las diferentes formas de trata y de esclavitud atraviesan la novela de Dongala, igual que lo hacen las profundas raíces del racismo. “Esta élite, a menudo mestiza, estaba tan ansiosa por integrarse que acabó por aceptar la jerarquía del color de la piel que se imponía: cuanto más blanco eras, mayor era la consideración que te tenían”, comentaba el escritor congoleño en una entrevista promocional en Le Monde.

Emmanuel Dongala es un escritor con una impresionante trayectoria que le ha llevado a recibir algunos de los reconocimientos más importantes de la literatura africana como el Grand Prix Littéraire de l’Afrique Noire que recibió en 1988 por Le Feu des origines; o el más reciente Prix Ahmadou-Kourouma otorgado en 2011 por su anterior novela Photo de groupe au bord du fleuve. Entre tanto, el escritor le ha dado un giro de 180 grados a su vida. Tuvo que dejar Brazzaville debido a las luchas de poder que se habían desencadenado en el país. Y se vio en Estados Unidos arropado por una campaña de solidaridad lanzada por algunos amigos del escritor. Dongala ejerce de profesor de química y de literatura africana en su país de acogida y, como se pude ver, encuentra el tiempo para seguir renovando su torrente creativo.