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En el Día Internacional del Jazz hay que mirar a África. El género es otra forma de la africanización de los estilos musicales que hoy conocemos y etiquetamos.

En el Museo Internacional de la Esclavitud de Liverpool hay una pequeña sección dedicada a la música. Tres pantallas invitan a la interacción para conocer cómo el calipso, el blues, el son cubano, el reggae o el vudú haitiano son algunos de los ejemplos de la influencia de África en la música actual. El jazz no falta en un museo donde el visitante se deja llevar por una breve introducción al estilo cargada de citas.

“Improvisar jazz es un acto de libertad, rompe los grilletes de la esclavitud y las restricciones impuestas por la música clásica europea”, dijo el poeta gualapuense Daniel Maximin. Wynton Marsalis apuntó que este género es “algo que los negros inventaron… la nobleza de la raza hecha sonido”.

El musicólogo estadounidense Ted Gioia recoge en su libro “La Historia del Jazz”, cómo el arquitecto Benjamin Latrobe dejó constancia en sus apuntes de las reuniones de la comunidad esclava en la plaza del Congo de Nueva Orleans a principios del siglo XX. Eran los ecos de Tombuctú como explica el músico Bilal Abdurahman. Una música que les anclaba a una tierra de la que fueron forzados a abandonar y que escondía la pesadumbre por perder sus derechos como seres humanos.

El jazz y el blues fueron unas vías de expresión ante la represión sufrida en las Américas y un legado que volvería a casa.

Abdullah Ibrahim y Sathima Bea Benjamin, precursores del jazz sudafricano de los 60

La tradición jazzística del continente se cimenta en Sudáfrica a mediados del siglo XX. La época clásica del jazz sudafricano cuenta con Miriam Makeba como referencia. Vocalista de los Manhattan Brothers y parte del grupo femenino The Skylarks, la conocida como Mama Africa se asentó en los Estados Unidos donde desarrolló su carrera de la que se recuerdan éxitos como el mítico Pata Pata. La década de 1960 encumbra a la cantante y compositora de jazz, Sathima Bea Benjamin, quien junto a figuras como su marido Dollar Brand, Abdullah Ibrahim desde su conversión al islam, el trompetista Hugh Masekela o Jonas Gwangwa constituyeron la nueva ola del jazz progresivo en Sudáfrica. Sin embargo, el apartheid llevó a esta generación de músicos a vivir en el exilio mientras que en el país el jazz sobrevivía a pesar del aislamiento global.

El trompetista sudafricano Hugh Masekela / Foto de Mwangi Kirubi

Desde el este africano y en los años 70, Mulatu Astatke confeccionó el “Ethiojazz”, que bebía de la combinación junto a sonoridades autóctonas y latinas. Su música es ahora algo común, de todos. Es familiar a la vez que se coloca dentro de la etiqueta “músicas del mundo”. El “Ethiojazz”, como ocurre en muchas ocasiones con tantas representaciones artísticas del continente, llegó a los oídos occidentales gracias a la película de “Flores Rotas” de Jim Jarmush, que incluyó varios temas de Astatke en su banda sonora.

En aquella Etiopía del emperador Haile Selassie, Hailu Mergia también destacó en la escena musical jazzística de Addis Abeba. Con la llegada del régimen comunista, el músico se exilió a Washington DC donde lanzó su primer disco “Hailu Mergia and His Classical Instrument” en 1985. Sin embargo, dejó de tocar en directo hasta que en 2014 el etnomusicólogo Brian Shimkowitz, fundador del sello Awesome Tapes from Africa, recuperó su trabajo. Mergia se animó a tomar de nuevo la carretera con más de 70 años y le llevó el año pasado a España.

Sudáfrica y Etiopía son los precursores de un estilo que en la actualidad es una fusión orgánica junto a géneros como el afrobeat o afropunk. El jazz se expande por el continente y así se refleja en los distintos eventos que se celebran cada año como los festivales de Jazz de Ciudad del Cabo, de Saint Louis, de Cartago, Jazzablanca o el Kriol Jazz Festival, entre otros muchos.

El pasado viernes, en nuestro programa radiofónico en M21, dimos varias pistas musicales que evidencian la consolidación del jazz en todo el continente. La tradición sudafricana continua de la mano de artistas como Nduduzo Makhathini, Billy MonamaLindiwe Maxolo o Tutu Puoane que acaba de lanzar su álbum We Have a Dream y que se coló en nuestra serie “Descoloniza tu iPod” del mes de febrero. Esta recopilación muestra la ebullición jazzística actual e incluye los últimos lanzamientos de Hervé Samb, Kora Jazz Trio o lo nuevo de Hailu Mergia.

Sería imposible enmarcar la expansión y representación del jazz africano en estas líneas. La definición del estilo se emborrona junto a otros sonidos y la retahíla de nombres se alarga. Músicos como Eddie Grey y Ricky Na Marafiki, referentes del jazz keniano, Yvonne Mwale o la joven Suzy Eises son artistas emergentes que facilitan la expansión de este género en África. También desde la diáspora y con trayectorias muy consolidadas Richard BonaCarmen Souza o Somi dan muestras de que el jazz “tiene sus raíces en África”, como explicó recientemente a Wiriko el músico senegalés Alune Wade.

Hailu Mergia vuelve a poner el Ethiojazz en boca de todos

El etíope Hailu Mergia, durante su concierto en Sala Clamores, de Madrid, el pasado domingo 28 de mayo de 2017. Fotografía de Sebastián Ruiz-Cabrera / Wiriko.

Hacer lleno un domingo en Madrid con un concierto de ethiojazz no es fácil. Mucho más sorprendente aún, es conseguirlo sin apoyo de los grandes medios españoles, poco (o nada) acostumbrados a la cobertura de lo que tenga que ver con África en sus secciones culturales. Sin embargo, la sociedad, siempre un paso por delante, da muestras de esperanza, y la capital no defraudó al genio, que supo recompensarla con dos horas de psicodelia etíope pura, y dura.

Armado con su sintetizador, melódica y acordeón, Hailu Mergia se disponía a revolucionar a un público bien heterogéneo junto al bajista etíope Alemseged Kebede y el percusionista de Trinidad Ken Joseph. La elegancia del directo, con el aplomo de 3 instrumentistas de bandera, asombró a una Sala Clamores expectante, que pudo asistir a un auténtico aquelarre de folklore amhara, tigrinya y oromo con tintes retro-futuristas que demostraron porqué Etiopía sigue estando en el podio de la innovación musical.

La fusión de las escalas pentatónicas de la música etíope tradicional con los sonidos más negros de la música norteamericana – que a finales de los 60 y principios de los 70 lanzaron a la fama al “padre del ethiojazz”, Mulatu Astatke-, elevaron Madrid en una nube de ritmos hipnóticos con exuberantes y exquisitas melodías empapadas de jazz, funk, música latina y blues. Todo, ribeteado con la sonrisa perenne de una leyenda viva de la música, Hailu Mergia, que con sus 71 años, no dejó de bailar y animar al público durante todo el concierto.

Embriagados con baladas como Hari Meru Meru o Wede Harer Guzo y coreando en temas como Sintayehu, cuesta imaginar al virtuoso Hailu Mergia como taxista en el aeropuerto internacional de Dulles, en Washington, donde ha trabajado desde hace dos décadas. Qué injusto reconocimiento internacional al que grabó el original de Muzikawi Silt, uno de los grandes clásicos de la historia de la música moderna de Etiopía. ¡Qué inaceptable ingratitud la de la industria musical!

El “renacimiento” de esta figura imprescindible se lo debemos, en gran parte, al etnomusicólogo e investigador neoyorkino Brian Shimkowitz, fundador del sello Awesome Tapes from Africa. La reedición de Shemonmuyanaye/ Hailu Mergia & His Classical Instrument, de 1985, o del exitoso larga duración, Tche Belew, que Hailu grabó junto a la banda Walias en 1977, en colaboración con el vibrafonista Mulatu Astatke, revolucionó a los amantes del ethiojazz en 2013. El “rescate” y reedición de Wede Harer Guzo (“Viaje a Harer”, una ciudad del este de Etiopía), un cassette que Hailu Mergia grabó junto a la Dahlak Band en 1978, acabó de encender la mecha y volvió a situar en el mapa a un grande de la renovación de los sonidos africanos.

Y aunque pueden haber pasado cuarenta años de aquellas grabaciones, Clamores fue testimonio de que las jornadas de taxista en Washington no han hecho menguar ni un ápice la genialidad que le corre por las venas a este multi-instrumentista etíope.

Hailu Mergia, durante su concierto en Sala Clamores, de Madrid, el pasado domingo 28 de mayo de 2017. Fotografía de Sebastián Ruiz-Cabrera / Wiriko.

Un poco de historia

Hailu Mergia (1946) aprendió el lenguaje musical en la banda del ejército etíope, a principios de los 60. Tras un periodo como solista por los pubs de Addis Abeba, fichó para los míticos Walias Band, residentes en el famoso club Zula, de los que se convertiría rápidamente en líder.

La vida como músicos no les iba mal, sobre todo cuando la banda fue contratada como residente del Hotel Hilton, en la capital. Tras ocho años de bolos para diplomáticos, expatriados ricos y una elite etíope adinerada que se reunía en el lujoso hotel, Walias se fueron de gira por Estados Unidos (1981) haciendo de banda al mítico cantante Mahmoud Ahmed. Su público estaba principalmente formado por refugiados etíopes, y aunque esperaban recibir el clamor de la audiencia internacional, eso no sucedió.

Algunos de sus miembros decidirían no volver a Etiopía. Entre ellos, Hailu, junto a Girma Bèyènè, Mogès Habté y Mèlakè Gèbrè, que prefirieron el Estados Unidos de Reagan a la Etiopía comunista. Se cuenta que durante sus años de gloria en Addis, el toque de queda hacía que la gente se encerrara en los clubs y que no salieran hasta las 6 de la mañana, cuando se volvía a poder transitar por las calles.

Sea como fuera, parte de esa banda se negaría a volver atrás, y así se deshacía Walias Band (1983), una de las formaciones más míticas de Etiopía. De su escisión en Estados Unidos, nacía Zula Band, un grupo que funcionaría a duras penas hasta 1992. Decidido a no volver al país del cuerno de África, para entonces en medio de una transición turbulenta tras la victoria armada contra Menghistu, Hailu se convierte en programador de un pequeño local llamado Soukous Club. Aunque lo que acaba por pagar las facturas es el taxi, en cuyo maletero esconderá un piano que lo acompaña en todos los trayectos, por si hubiera tiempo para ensayar…

Hailu Mergia se apartó de los escenarios, desencantado con la falta de reconocimiento en Occidente. Pero, según cuenta, no dejó de tocar nunca, y visita cada año Etiopía, donde sigue actuando esporádicamente con algunos de los miembros de Walias Band. Y como nunca es tarde si la dicha es buena, desde 2013, y gracias al nuevo impulso que le proporciona Brian Shimkowitz de Awesome Tapes From Africa, Hailu ha vuelto a poner el ethiojazz en boca de todos.

Hoy, martes 30 de mayo, hace parada al Jamboree de Barcelona.

Madrid ennegrece, pero aún no africaniza

Pyramid Blue en la 6ª edición de Madrid Es Negro. Fotografía Sebastián Ruiz/Wiriko.

Pyramid Blue en la 6ª edición de Madrid Es Negro. Fotografía Sebastián Ruiz/Wiriko.

La coctelera tintineaba con ingredientes retros de tono tropical. Camerún, Guinea Ecuatorial, Senegal, Costa de Marfil y Guinea Conakry se reunían encima de un mismo escenario para especiar una Sala El Sol llena a rebosar, con un condimento tan infalible como inflamable: James Brown. Y la receta no tenía margen de error.

El repetorio de la noche. Sebaastián Ruiz/Wiriko.

El repetorio de la noche. Sebaastián Ruiz/Wiriko.

Cuando el Rey del Funk desembarcara por primera vez en tierras africanas, en el año 68, Costa de Marfil lo recibió calurosamente. Allí era considerado un ídolo. Diez años después de su muerte, lo sigue siendo. Como todo afroamericano que hubiera tenido un mínimo contacto con el movimiento por los derechos civiles, ese viaje significó para Brown un retorno a las raíces que se repetiría en distintas ocasiones. Sin embargo, fue mucho más el impacto que artistas como él, Ike & Tina Turner en Ghana en el 71 o Bill Withers en el antiguo Zaire en el 74, causaron en el continente, que no lo que se llevaran éstos de vuelta a Estados Unidos.

Ya desde la década de los 50′, cuando el boom del R&B invadía las ondas radiofónicas, se empezaban a destilar ingredientes americanos en las radios de África. En muchos estilos populares de la primera década tras las independencias, los sonidos afroamericanos y afrocaribeños se entronizaron como señas identitarias propias. Óscar Martos, líder de Pyramid Blue, lo definía entre bambalinas: “Entre el Funk y el Afrobeat hay una conexión muy directa. De aquí surgió la idea de montar un show que los volviera a conectar. Brown tenía un combo particular, con dos baterías. Decidí sustituir una de las baterías por tres percusionistas y empezar a trabajar el espectáculo”, explica sobre el concierto que prepararon los madrileños exclusivamente para el Festival Madrid Es Negro.

Pyramid Blue, una banda que ya hace tiempo que viene investigando en los sonidos africanos modernos, supo casar bien el ethiojazz o el afrobeat con el legado del Rey del Funk. Con la inestimable ayuda de un trío de ases en la percusión, la banda mezcló instrumentos eléctricos con otros acústicos tradicionales del África Occidental: el dum-dum de Costa de Marfil, el tama talking drums de un imponente wolof senegalés de dos metros – que deleitó con atmósferas más intimistas con Kora y Calabash- y el djembé de un guineano.

Justin Tchatchoua. Por Sebastián Ruiz/Wiriko.

Justin Tchatchoua. Por Sebastián Ruiz/Wiriko.

Pyramid Blue había ya trabajado con uno de los africanos con más solera de Madrid: el camerunés Justin Tchatchoua, y fue recogiendo la experiencia de otros músicos con camino recorrido en la ciudad para intentar transportar hacia África a los amantes del Funk congregados en la céntrica sala Sol. “Justin trajo a Shyla, el chico que toca la Kora. Después llegó Yussuf, el marfileño que toca el dum dum. Yo traje a Juno. Y así fue como fue creciendo la familia”, cuenta Óscar, entusiasmado por el éxito del directo.

Justin, músico y cuentacuentos que confiesa cierto repudio por la creciente y masiva moda electrónica entre los jóvenes del continente, fue seguramente el más venerado de la noche. “Yo salí de Camerún para instalarme en Nigeria, donde me dediqué a la música muchos años. Incluso conocí a Fela Kuti”, confiesa el camerunés, treinta años después de llegar a España. “Conocí a Óscar en el Festival Enclave de Agua, en Soria, y siempre me ha gustado trabajar juntos porque sabe como ir a la raíz y entiende la identidad de los sonidos”, expresa el camerunés, con una dilatada carrera a sus espaldas.

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Juno. Sebastián Ruiz/Wiriko.

“Madrid Es Negro. Siempre ha sido negro”, decía la cantante ecuatoguineana Fani Ela Nsue, más conocida como Juno, a un variopinto público sudoroso. Con un torrente de voz que dejó boquiabierto a más de uno, Juno no dejó de bailar y animar durante toda la noche. Ella y Justin, a veces complementándose, a veces cediéndose el trono del micrófono, formaron un dúo vocal muy apetitoso, que nos hacía intuir los clásicos del Jújù con reminiscencias de Aretha Franklin. El mensaje: volver a las raíces. Reconocer la parte más africana de la multimillonaria industria musical del Funk, el Soul y el R&B.

Pero, ¿es consciente realmente la gente de este invaluable legado? “La gente tiene la imagen de que la música africana es solo lo tradicional, coros, percusión… Pero hay muchísimo más, mucho que aún no se conoce aquí. Lo que hemos enlazado esta noche, la música de Fela Kuti, el Afrobeat, fue música muy innovadora e inspiradora en su momento. Y es africana. Creo que es muy importante que se sepa, que en África hay muchos ritmos que sorprenderían a la gente”, reivindicaba Juno.

“Say it Loud, I’m Black and I’m Proud” (Dilo alto, soy negro y estoy orgulloso de ello), repetía el público incansable. Y a pesar de que el lema lleva resonando en pistas de baile, encuentros y luciendo en camisetas o festivales especializados en música negra, aún no se ha llegado a la verdadera raíz de lo negro. A África. “En España, como en otros países de Europa, debería haber un circuito de música de raíz africana mucho más presente. Personalmente, mi estilo intenta casar la parte tradicional con folk, jazz, pop, funk o soul porque representan mis dos mundos”, expresa la ecuatoguineana reivindicando un renacimiento cultural afropeo.

La negritud de Madrid, ciudad de acogida del 23% de extranjeros que entran en España, se hizo un poco más palpable con lo que es, tal como explicaba uno de sus organizadores, Fernando Roqueta: “la primera vez que se hace viajar Madrid Es Negro directamente hacia África”. La rica diversidad musical que ofrece el continente es casi una desconocida para la mayoría, y en gran parte, este desconocimiento viene dado por estereotipos. “La gente cree que el blues comenzó en Estados Unidos, pero si analizas de cerca, en seguida te das cuenta de que es un estilo africano. Pasa lo mismo con los instrumentos. Son todos variaciones de instrumentos africanos. Así que hay que darse cuenta de la gran riqueza sonora que hay en el continente e ir a la raíz”, atestiguaba Justin Tchatchoua.

“España es el país con menos relación con África de toda Europa. Es una pena y ésta es nuestra labor, reivindicarlo y luchar para cambiarlo”, terminaba la entrevista Óscar aún con las gafas de sol puestas. Y uniéndose a esa reivindicación y ese anhelo de hacer África y todas sus manifestaciones culturales palpable en España, Wiriko sólo espera que la próxima edición no fomente solamente un Madrid más negro, sinó también más africano.

De izquierda a derecha: Justin, Juno y Óscar. Fotografía de Sebastián Ruiz/Wiriko.

De izquierda a derecha: Justin, Juno y Óscar. Fotografía de Sebastián Ruiz/Wiriko.

 

 

 

 

 

Recomendaciones musicales de Guinea, Madagascar y Etiopía

Los descubrimientos de esta semana (gracias a la cartografía sonora de nuestros maestros, los Sonideros) son los siguientes:

(Mi recomendación favorita de hoy) Mamadou Barry -también conocido como Hady Barry o “Maestro” Barry-, és un saxofonista guineano que mezcla el afrobeat con distintos ritmos mandingas creando materiales tan originales e inflamables como esto:

El malgache Charles Kely con el tema Zoma Zoma:

Y el prolífico etíope  Mahmoud Ahmed con el tema Mela Mela: