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Ruanda y el genocidio de 1994 en dos actos

6ª Edición del Curso Introducción a las expresiones artísticas y culturales del África al sur del Sahara

Por Manuel Galán

Análisis comparativo entre las películas Sometimes in April (2005)de Raoul Peck, y Hotel Ruanda (2004), de Terry George.

Si bien en ambos casos podemos considerar que se trata de cine de Hollywood sobre África, hay diferencias significativas en el tratamiento de temas sensibles como el papel de la comunidad internacional durante el genocidio, el análisis del contexto histórico y social, o la participación de la comunidad ruandesa. En las siguientes líneas trataremos de descifrarlo.

En la película Hotel Ruanda (2004), de Terry George, juegan un papel muy protagónico las figuras occidentales. Las más llamativas, aunque sin juzgar el papel relevante que hayan tenido en realidad, están la del general canadiense Romeo Dallaire al mando de la misión de la ONU y la cooperante sanitaria de una ONGD internacional. Se podría ver como un reconocimiento a cooperantes, misioneros y miembros de la ONU que se quedaron durante el genocidio aunque, por otro lado, concede un protagonismo, quizás excesivo, al apoyo occidental real con apariciones estelares clave que potencian la imagen de salvadoras a lo largo de la película. En el caso del film Sometimes in April (2005), de Raoul Peck, el papel protagonista queda reservado para Augustin Muganza, un militar hutu moderado casado con una mujer tutsi y transcurre entre el genocidio de 1994 y el encuentro con su hermano juzgado en el Tribunal Penal Internacional para Ruanda (TPIR), con sede en Arusha (Tanzania), pero no concede casi protagonismo a figuras occidentales durante el relato.

Ambas películas coinciden en retratar y denunciar la pasividad de la comunidad internacional durante el genocidio, aunque lo hacen de formas diferentes. En el trabajo del activista, Ministro de Cultura de Haití en 1997 y documentalista político comprometido, es más explícito y visible a lo largo de la película y se refleja a través de las escenas con las conversaciones y negociaciones de diplomáticos en Europa y Estados Unidos durante el genocidio, caricaturizando el papel de los gobiernos francés y estadounidense. Sin embargo, en la famosa Hotel Ruanda es más difuso, tiene menos presencia y continuidad y no muestra rostros claros de esa pasividad de la comunidad internacional. En este caso, la salida de turistas occidentales del hotel de lujo de Las Mil Colinas durante su evacuación selectiva por miembros de la ONU, es el momento donde mejor se retrata la pasividad internacional y la selección racial selectiva. La coincidencia en el hotel, que no mezcla, del turismo de lujo con la población refugiada, podría haber dado pie a escenas muy cuestionables y provocativas, si bien el director no ahondó mucho en ese recurso.

La radio tiene mucha fuerza y presencia en ambas películas, decisiva en la propagación del genocidio a través de mensajes de odio y propagación de la limpieza étnica. Sirve como reflexión acerca del uso, incidencia y control de los medios de comunicación y su poder e influencia para alentar discursos que atentan contra los derechos humanos.

La historia de Ruanda. El realizador Raoul Peck se preocupa, al menos mínimamente, por realizar una introducción sobre la historia de Ruanda desde la ocupación belga en 1916, su política de segregación racial institucionalizada que continuó bajo la independencia de dominio tutsi primero y hutu después, y de contar la participación de Bélgica y Francia durante las guerras civiles previas al genocidio y durante el mismo. Incluso se pregunta: ¿cuándo comenzó todo? ¿Cuándo se convirtió el paraíso en un infierno? mostrando imágenes de la época colonial combinadas con otras más recientes en las que aparece el ahora expresidente estadounidense Bill Clinton. Si bien no se cuestiona el papel, más que controvertido, del TPIR de Arusha, sí al menos se visibiliza durante la película y puede llevar al espectador a preocuparse por su papel en el proceso de reparación. Sin embargo, Terry George no se preocupa de realizar esa introducción histórica y va directamente a retratar los meses del genocidio sin mayor preocupación por realizar una contextualización histórica, política y social.

El papel identitario y la posición de la mujer. La comunidad ruandesa se muestra con dos caras antagónicas: la del poder, el control, la violencia, gentes sangrientas, corruptas, y, en el otro lado, la de la comunidad moderada, víctima de la violencia, supervivientes del genocidio. En ambas películas es curioso que se opte por retratar la situación de matrimonios mixtos donde la mujer es tutsi mientras el hombre, de etnia hutu, ejerce de protector de la familia, seguro de supervivencia, negociador, liberador, con habilidad en las negociaciones. El papel de las parejas de los protagonistas está, casi exclusivamente, vinculado a los cuidados, tanto de su propia familia como de otros miembros de la comunidad pero no se le otorgan otros roles fuera del de cuidadoras. Sería interesante conocer el genocidio desde la mirada de una cineasta africana y a través de historias contadas por mujeres que lo sufrieron.

Como espectador, y desde el punto de vista de cine social o histórico, Sometimes in April provoca más preguntas, dudas, cuestionamientos sobre el papel de la comunidad internacional durante el genocidio y del papel del Tribunal contra los crímenes de Ruanda en el proceso de reparación.

 

Ruanda 2.0: Los pájaros cantan en Kigali

Muchas han sido las películas que han relatado el horror vivido en el genocidio de Ruanda que se desarrolló en 1994. Algunas, como Hotel Rwanda (2004), son muy conocidas gracias a la difusión a la que nos tiene acostumbrados la maquinaria de hollywood; pero hay otras, más sutiles, que nos relatan los mismos sucesos y sus consecuencias desde otra perspectiva.

Este es el caso de Los pájaros cantan en Kigali (“Ptaki spiewaka w Kigali”, en polaco), película que participa en la 62ª edición de la Semana Internacional de Cine de Valladolid (Seminci) en la sección oficial, es un drama dominado por dos mujeres que viven el horror ruandés de primera mano. Anna Keller, interpretada por una agónica Jowita Budnik, es una ornitóloga que junto a Jean Paul (Ciza Remy Muhirwa) investiga el comportamiento de los buitres en el país africano cuando la situación se vuelve insoportable. Claudine Mugambira, papel que interpreta la actriz Eliane Umuhire (que debutó en su papel en Things of the Aimless Wanderer), es una joven ruandesa que trata de huir de los ataques. Con ayuda de Anna, que trabajaba con su padre, consigue huir en las jaulas de los buitres muertos que la ornitóloga se lleva para continuar con su investigación.

Pero esto es solo el principio del largometraje. La propia directora, Joanna Kos-Krauze, que estuvo presente en la proyección, fue muy clara cuando le preguntamos sobre la temática de la película: “No quisimos reconstruir el homicidio y el sufrimiento por el que pasó Ruanda. No nos parecía ético representar el horror en la pantalla”. Por ello la película se centra en lo que ocurre después. Si hay algo que llama la atención en Los pájaros cantan en Kigali es la nueva perspectiva que nos muestra a las personas que vivieron el conflicto, sobre todo a nivel psicológico.

La trama nos cuenta que Claudine consigue llegar a Polonia, pero será alojada en un centro de refugiados y vivirá rodeada de un mundo que desconoce. Sin dejar atrás los traumáticos recuerdos y sin olvidar a sus familiares que no pudieron huir, Claudine tratará de continuar con su vida. Paralelamente Anna vuelve a su Polonia natal, pero su cabeza sigue en Ruanda. Aunque el público no lo ve directamente en la pantalla, sí que se intuye en la mirada de la co-protagonista cómo las escenas vividas vuelven una y otra vez a su cabeza.

Poco después Claudine consigue el estatus de refugiada y Anna opta por acogerla. Con la proximidad los recuerdos están más vivos que nunca y a pesar de que son las únicas que pueden comprenderse mutuamente la convivencia se vuelve insoportable. Cuando parece que la situación no se puede resolver, Claudine recibe noticias de la única familiar que ha sobrevivido al conflicto: su prima Marie-Christine. A partir de ese momento la protagonista se plantea volver a Ruanda y enfrentarse definitivamente a sus fantasmas. Pero no irá sola. Allí las protagonistas buscarán respuestas cuando el resto de los ruandeses tratan de pasar página y cerrar las heridas de los terribles acontecimientos que tuvieron lugar en 1994.

La virtud de esta película es que permite al espectador acompañar a Claudine y a Anna a través de su particular viaje por la ansiedad y el trastorno. Los cortes repentinos, los desenfoques y las eternas imágenes de insectos, vísceras y buitres nos recuerdan el horror de forma sutil. La película, con largos planos y ritmo lento puede dar la sensación de alargarse más de lo debido. Pero esto se debe, en palabras de la directora, “a que los planos largos y desenfocados tienen el objetivo de reproducir la visión de una persona que está en estado post-traumático. Una persona en esa situación no tiene una imagen clara del mundo que la rodea, por eso la narrativa de la película da la sensación de estar rota”.

En cierto modo se agradece que la película no se centre solo en la pesadilla que estalló en 1994 y que podamos conocer cuáles son las consecuencias personales de un conflicto que conmocionó al mundo. Gracias a este largometraje podemos acercarnos y tratar de comprender cómo se vive con el dolor cuando el mundo se ha roto.

Pintura para acabar con los tabús

Una empresa social de Ruanda fomenta la cohesión a través del arte en espacios públicos

Un artista de Kurema, Kureba, Kwiga. Imagen cedida por la organización.

Un artista de Kurema, Kureba, Kwiga. Imagen cedida por la organización.

Para los residentes de Kigali, ciudad en camino de convertirse en centro de excelencia urbana, el espacio público es lugar para la terapia colectiva. En paradas de autobús, intersecciones, escuelas, centros deportivos y juveniles, bibliotecas, casas particulares, en escaparates e interiores de pequeñas y grandes empresas, portones, cercas, aeropuertos, hoteles o hasta en el espacio de coworking más importante de Ruanda —Impact Hub—, una joven empresa está poniendo el arte al servicio de la sociedad.

Aunque tanto Ruanda como su capital han experimentado un desarrollo ejemplar desde el genocidio de 1994, entre el 45 y el 63% de su población sigue sumida en la pobreza y son muchos los desafíos a los que los ruandeses se enfrentan a diario. Entre su población existen fronteras que otrora se creyeron infranqueables y sin embargo, la sociedad civil ha encontrado en la expresión artística un bálsamo y un aliado.

Kurema, Kureba, Kwiga (Crear, Ver, Aprender) es una empresa social nacida en 2014 con la intención de que el color y la creatividad sean vehículos para reforzar lo comunitario y construir un futuro mejor. Los jóvenes artistas que hay detrás de estas iniciativas saben que el arte en los espacios públicos puede configurar un elemento identitario común, capaz de trascender los muros, aceras y edificios en los que se plasma para convertirse en la bisagra entre esos espacios y las personas que los habitan.

Buscamos un cambio social a través del arte”, explica la norteamericana Judith Kaine, fundadora y directora de Kurema. Kureba. Kwiga.“Queremos fomentar una comunidad más colorida y feliz”, señala la joven sobre un país que ocupa el puesto número 108 de 151 en el Índice de Felicidad del Planeta. Y así se transforma el paisaje urbano de Ruanda, mientras se acorta la brecha entre la clase media y el sector más humilde de la población, a través de un escenario de participación donde sanar heridas comunes, aprender los unos de los otros y crear un futuro para todos.

Este artículo ha sido posible gracias a un acuerdo de colaboración entre Wiriko y Planeta Futuro (El País). Para seguir leyendo, pincha aquí.

África: banda sonora 2015 (IX)

En la tierra de las Mil Colinas se habla un lenguaje extraño. Un lenguaje que sirve para comunicar un pozo común  en el que se ha enterrado el terror y la locura. Es el lenguaje del silencio. Del dolor. De lo indecible. De las heridas aún abiertas de un genocidio que se llevó a 800.000 almas en tan solo 100 días. 21 años después, en Ruanda, sobrevuela un silencio ensordecedor acerca de las atrocidades cometidas mayormente por Hutus contra Tutsis. Pero también sobre el posgenocidio, mucho menos tratado, de Tutsis contra Hutus y venganzas que se llevaron a otros miles de personas por el camino. De un proceso de reconciliación nacional traumático y de un gobierno, – el de Paul Kagame-, que pretende perpetuarse en el tiempo como única alternativa a la estabilidad. El pasado de este pequeño país de apenas 12 millones de habitantes está envuelto en una afonía que cubre 10.000 km2 en la región de los Grandes Lagos. Sin embargo, algunos han encontrado refugio y consuelo en el universo de los sonidos. “La música puede ser una forma de expresar sentimientos que de otra forma no podrían comunicarse. Sentimientos que ni siquiera sabías que tenías y que se descubren en el proceso de creación y reproducción de la música“, cuenta Adrien Kazigira, superviviente del genocidio de Ruanda.

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Junto a Adrien, Stany Hitimana y Jeanvier Havugimana han encontrado en la música el poder de la sanación mental y nacional. Bajo el paraguas del grupo The Goos Ones (Los Buenos), el cuarteto ruandés utiliza la música como herramienta para expresar una identidad nacional que les ayuda a mantenerse unidos. “La música es siempre una manera de curar a la gente y mantenerla unida. El cuerpo no miente cuando se trata de bailar. Si una canción mueve a alguien emocionalmente, entonces eso habla por sí mismo. Somos hermanos, somos ruandeses, independientemente de lo que nuestros antepasados ​​puedn habernos llamado“.

La estabilidad de Ruanda tras dos décadas del genocidio, ha garantizado lo que se llama “el milagro económico africano” -por su increíble emergencia en medio de una región convulsa como ha sido históricamente la de los Grande Lagos-, se sustenta en un silencio sepulcral de aquellos que no quieren recordar, no quieren decir, solo quieren proyectar hacia el futuro. Adrien, Stany y Jeanvier quisieron romper el silencio. “Después de acarrear todos aquellos recuerdos dolorosos, queríamos crear un grupo de los “buenos“. Queríamos cantar y avanzar positivamente con nuestras vidas“, dice Adrien. Pensando también en una forma de generar ingresos además de sanar heridas y hacer terapia de grupo, The Good Ones empezaron a invertir en instrumentos para poder sacarse un sobresueldo fuera de sus actividades económicas cotidianas. “Dos de nosotros sobreviven principalmente de la agricultura“, reconoce Adrien sobre una actividad que emplea al 70% de la población ruandesa. “Mahoro es conductor y Janvier trabaja en la construcción“, explica el líder de la banda, criticando la falta de oportunidades para vivir de la música en el país. “Ni siquiera en la capital, Kigali, hay muchos clubes nocturnos, con lo que no es fácil vivir de este negocio“.

Cuando se les pregunta sobre las similitudes entre hacer música o cultivar la tierra, Adrien lo tiene claro: “La música alimenta a la gente, por eso creo que no es tan distinta de la comida que generan los campos. Pero al contrario de lo que ocurre con la comida, las grabaciones no son perecederas, así que pueden proporcionar alimento incluso después de la muerte del músico”, pronuncia.

Sin embargo, sus quehaceres en el campo tuvieron que posponerse cuando un joven cazatalentos aterrizó en Ruanda. Eso fue cuando conocieron al productor norteamericano Ian Brennan. En un viaje del músico a Ruanda, donde acompañaba a la madre de su esposa, ruandesa, de visita en el país tras el genocidio, Ian andaba en busca de sonidos genuinos que pudiera grabar y exportar. “En las semanas que estuvimos allí, busqué en todo el país bandas que tocaran música local, pero pareció que la mayoría de ellas tocaban sonidos muy diluidos por influencias occidentales. La mayoría eran copias baratas de artistas como Beyonce o Snoop Dogg, pero con letras en kinyarwanda. Pero cuando nos encontramos con The Good Ones, sentí a 50 metros de distancia, en la oscuridad, que había algo muy raro y de verdad en ellos. Era casi palplable“, nos cuenta el artista. “Eran músicos difíciles, pero con una sensibilidad subyacente enorme. Me fijé en Adrien, que emana la autoridad de un poeta o un sabio, tanto como lo es“, explica el norteamericano, que acabó grabandolos y ayudándolos a distribuir sus sonidos en Europa o Estados Unidos.

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En Rwanda Is My Home (Ruanda es mi hogar), un álbum con once cortes muy frescos que reúne tradición tutsi, hutu y twa, The Good Ones presentan a su primer álbum de estudio, después de la publicación de su anterior disco – Kigali Y’Izahabu-. “Nuestro primer álbum fue grabado en una sola noche, al aire libre. Con el segundo álbum, hemos sido capaces de pasar más tiempo en el estudio y con mejores micrófonos. Pero aún así hemos grabado todas las canciones en vivo, sin overdubs. Ian Brennan es un productor muy raro porque saber escuchar y nos ayuda a creer en nosotros mismos y sacar partido a nuestros puntos fuertes, que antes, ni siquiera sabíamos que existían“, explica Adrien.

Con Rwanda Is My Home, el cuarteto ruandés quiere hablar sobre el orgullo hacia su Ruanda, sobre las cosas positivas de este pequeño país africano. “Estamos orgullosos de nuestra patria. Una de nuestras nuevas canciones, Nyamwanga Kumva! (“Terco Hasta el Final”), fue compuesta por el hermano mayor de Janvier, Manassaé, el hombre que nos inspiró y nos enseñó a tocar los primeros acordes. Murió tristemente durante el genocidio más reciente (de tutsis contra hutus)”, explica emocionado Adrien mientras nos desgrana los ingredientes de su último álbum. “La última canción del disco – Dans L’oublie (“The World Is in Chaos)- es sobre el caos que crea la guerra y la sensación de que el mundo se acaba cuando uno ve ciertos horrores que la humanidad es capaz de llevar a cabo“. Y aunque sus canciones son crudas y cantan lo indecible, lo impronunciable, también dejan espacio para verdades universales como el amor. “Escribimos mucho acerca de las mujeres y el amor“, reconoce el ruandés.

Ahora, en plena presentación de Rwanda Is My Home, la banda ruandesa se dispone a pisar terreno europeo. “Se supone que debemos recorrer Alemania este invierno. Más allá de eso, no sabemos lo que nos depara el futuro, pero esperamos poder viajar mucho más algún día y tocar nuestra música en el extranjero, donde la gente está interesada en escuchar nuestro sonido“, pronuncia el líder de la banda lanzando un llamamiento a promotores y salas de conciertos internacionales.