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Ngũgĩ wa Thiong’o reclama un nuevo mundo posible

Ngũgĩ wa Thiong’o, una de las figuras más importantes de la literatura africana, visitó España a mediados de mes, con vistas a conversar, de nuevo, sobre su apuesta por las lenguas minorizadas y por la descolonización pendiente que debería reequilibrar las relaciones en los países africanos y los del Norte global. Allá donde va, el pensador keniano es capaz de reunir en el mismo espacio desde especialistas de distintas disciplinas académicas, hasta participantes de clubes de lectura, a la vez que atrae el interés y admiración de las generaciones más jóvenes. Quien esté al corriente tanto de su vida política como de su trayectoria artística (ambas entrelazadas) sabrá que es un veterano en la lucha y la reivindicación por “reubicar” el centro y revisar el papel de las “minorías” de la periferia en ese nuevo orden necesario. Nos referimos a las sociedades africanas, en especial a sus escritores y escritoras, grupos más minorizados que minoritarios, que han sido invisibilizados. La expectación que despiertan las visitas del intelectual keniano es incuestionable y así consiguió llenar tanto el auditorio del Museo Nacional y Centro de Arte Reina Sofía en su paso por Madrid, como el del Centre de Cultura Contemporànoia de Barcelona en su intervención en la capital catalana.

Ngũgĩ wa Thiong’o junto a Chema Caballero durante su presentación en Madrid. Foto: Indhira García Belda

Como apuntó Chema Caballero, encargado de conducir el espacio de reflexión en el Museo Reina Sofía, unas de las tareas más destacadas de Thiong’o ha sido trasladar la teoría decolonial al campo de la literatura, abogando por una descolonización de la mente, mediante la puesta en valor de las lenguas africanas. De acuerdo con el autor, aún queda mucho por hacer en África, ya que la independencia política no se tradujo en independencia económica, y consecuentemente, tampoco se materializó en la independencia cultural. Sigue habiendo un desequilibrio entre el continente y Occidente en el que este último tiene ventajas. Y es que son pocos los aspectos en común entre ambos lugares, por lo que África no está en igualdad de condiciones, y esto ha repercutido en su producción literaria.

Ngũgĩ wa Thiong’o denunció la invisibilidad de la literatura africana, a la cual sólo se ha prestado atención si llevaba una máscara europea. Dentro de esta invisibilidad, destaca a su vez el papel de las escritoras africanas, quienes son actualmente, en palabras del autor, “la fuerza más prominente de sus países”. La representación de África es importante, especialmente a través de las lenguas africanas. Entre bromas, el intelectual afirmó que la literatura africana sólo puede considerarse como tal si es escrita en lenguas africanas, entendiendo a estas como herramientas que, al igual que en el aspecto económico y político, se encuentran en una relación desigual con respecto a las lenguas de los colonizadores.

“La literatura africana solo tiene significado en lenguas africanas”, dijo el escritor. Las lenguas son como instrumentos musicales, cada una de ellas tiene una musicalidad que la hace única, por lo que, según Wa Thiong’o, no podemos establecer una jerarquía; todas son iguales. Así es que el novelista quiere poder compararse con Cervantes y Shakespeare. Pero, tal y como señala Chema Caballero, ellos eran europeos. ¿Por qué entonces compararse con autores con los que no tiene nada que ver?, le provocaba Caballero “Porque son universales”, aprovechaba para sentenciar el escritor.

Ngũgĩ wa Thiong’o puso de manifiesto que el arte, y por lo tanto, la literatura, es el alimento de la imaginación. Gracias a él podemos imaginar nuevos mundos, crear un futuro… Y muchas veces esa posibilidad de soñar el mañana es temida y coartada por los  totalitarismos. Sus experiencias tanto en prisión como en el exilio han hecho de Ngũgĩ wa Thiong’o el escritor que es hoy, ya que según él, “en lo negativo hay una energía creativa”. Por ejemplo, el exilio le dio la oportunidad para desarrollar El brujo del cuervo (2006). Si bien es cierto que no podemos controlar las cosas que nos pasan, sí que podemos decidir qué hacer al respecto, así es que nos recomienda buscar en todo aspectos positivos y negativos, aludiendo una vez más la idea de equilibrio.

El escritor e intelectual keniano Ngũgĩ wa Thiong’o en Madrid. Foto: Indhira García Belda

En su paso por Barcelona, Ngũgĩ wa Thiong’o dialogó con su editora Laura Huerga, la principal responsable de la experiencia de las ediciones bilingües de La revolución vertical. La conexión entre el intelectual keniano y su editora catalana regaló a los asistentes una conversación distendida y un clima familiar. Entre preguntas y respuestas, Thiong’o fue revelando algunas de sus experiencias vitales más determinantes. Un apunte para explicar cómo empezó a plantearse dejar el inglés como lengua de escritura cuando en los foros internacionales detectó que las lenguas africanas se menospreciaban. O una mención a cómo la autoría de una obra de teatro le llevó a inaugurar el año 1978 en una cárcel de máxima seguridad keniana.

Sin pasar por alto cómo evocó la figura de su madre, una figura que para el escritor tiene un protagonismo especial, como muestra en sus memorias. “Ella no sabía leer pero me envió a la escuela”, revelaba Thiong’o, que también señaló cómo le incrustó la idea de superar todas las dificultades desde la modestia y cómo aquella mujer iletrada se las arreglaba para supervisar sus deberes.

Evidentemente, Thiong’o volvió a recordar sus clarividentes reflexiones acerca del papel de África en el mundo, de la manipulación de la idea del continente en el imaginario colectivo, de las intencionadas invisibilizaciones. “El capitalismo se fundó sobre la acumulación primaria del capital que era el cuero de los esclavos africanos”, recordó. “La modernidad de muchas de la ciudades occidentales se construyó gracias a la mano de obra esclava de los africanos”, dijo señalando esa verdad incómoda.

A pesar de todo, como hace siempre, Ngũgĩ wa Thiong’o había venido a traernos un mensaje constructivo y optimista e invitó a las y los asistentes a soñar otro mundo posible. “Los seres humanos han progresado porque siempre han imaginado otro mundo posible que se salía de este. El hombre que quería volar, cayó una y otra vez, pero no dejó de intentarlo”, recordó. Sus palabras sonaban como un desafío en vestíbulo del CCCB: “Nosotros, seres humanos, no podemos aceptar que las cosas estén como están, tenemos que soñar otros mundos posibles, no podemos aceptar la condicionalidad de que tú pases hambre para que yo pueda comer bien, que mi felicidad dependa de tu infelicidad”. Sin embargo, ese desafío no suena abrupto en la voz de Ngũgĩ wa Thiong’o que consigue darle un tono tierno y cálido que llama a la reflexión, a la empatía y a la acción.

De cuando Ngũgĩ wa Thiong’o descubrió el teatro

“Puede que la clase dirigente colonial adorara a Shakespeare, arte en estado puro que debía repartirse generosamente en las escuelas, pero su crudo retrato de las luchas de poder, como los conflictos entre el sistema feudal y el nuevo orden social que aparecen en El rey Lear, apelaban directamente al clima de antagonismo político que se vivía en Kenia. La obra reflejaba con precisión la sangrienta contienda entre la guerrilla del Mau Mau y las fuerzas del Estado colonial”. Es uno de los fragmentos de En la casa del Intérprete, el segundo volumen de las memorias del escritor keniano Ngũgĩ wa Thiong’o. Un fragmento esclarecedor porque contiene la mayor parte de los elementos que marcaron la primera juventud del que se ha convertido en un referente del pensamiento decolonial y de la defensa de la culturas minorizadas.

El escritor keniano Ngũgĩ  wa Thiong’o. Foto: Carlos Bajo

La época más dura de la lucha anticolonial en Kenia y el descubrimiento del teatro como un instrumento de construcción comunitaria son dos de las constantes del tiempo que relata En la casa del Intérprete, aunque no los únicos. En Sueños en tiempos de guerra. Memorias de infancia, el primero de los volúmenes de la autobiografía del novelista, dramaturgo y ensayista keniano, Thiong’o nos dibujaba el paisaje de su niñez en el que se vislumbraba ya el choque entre la sed de libertad de su pueblo y la obstinada resistencia del imperio británico a perder el control de esos territorios. El autor compartía con sus lectores, también como le habían impresionado e influido las narraciones orales, esas sesiones de relatos comunitarios a la luz del fuego, que fueron poniendo los cimientos de sus intereses. En este segundo tomo, el escritor keniano, relata su experiencia durante la enseñanza secundaria, su paso por una prestigiosa y pionera institución educativa, la Alliance High School, entre 1955 y 1958.

Como en Sueños en tiempos de guerra. Memorias de infancia, Rita da Costa es la responsable de la traducción de En la casa del Intérprete que ha publicado por Rayo Verde. Además la editorial catalana ya ha anunciado que durante este nuevo curso publicará el tercer volumen de la estremecedora experiencia de Ngũgĩ wa Thiong’o, Birth of a Dreamweaver.

En todo caso, el relato de En la casa del Intérprete es la historia de su juego del gato y el ratón con lo que el autor llama “la jauría” que no es otra cosa que la implacable maquinaria represora de una administración colonial que ve cómo irremediablemente su tiempo ha pasado. Para el autor, que en 1955 ya había experimentado la crudeza de las consecuencias de la lucha anticolonial, el acceso a una institución como la Alliance era una especie de salvoconducto. Su primera percepción es que esa escuela secundaria es un refugio frente a la violencia de la vida en el exterior.

“Hasta ese instante, me había pasado la vida mirando hacia atrás, sin confiarme jamás. Desde la proclamación del estado de excepción en 1952, vivía con el constante temor a caer en manos de las fuerzas británicas, que estaban por todas partes y se dedicaban a perseguir a los guerrilleros anticoloniales del Mau Mau, fueran reales o imaginados. Ahora había encontrado un santuario, pero al otro lado de la verja la jauría seguía acechándome, agazapada y jadeante, a la espera del momento adecuado”.

Sin embargo, poco a poco, el joven Ngũgĩ se da cuenta de que la exclusividad del centro educativo sólo es una protección relativa, porque una buena parte de su mundo sigue fuera. El autor relata cómo dentro del instituto absorbe los conocimientos como si fuese una esponja, acumula experiencias y va perfilando su orientación ideológica. “Jamás he podido entender el placer de humillar a otra persona, y menos aún si ocupa una posición más débil. Me hice la promesa de que cuando llegara a segundo no acosaría a los recién llegados, y la cumplí”, dice en un momento de la historia como uno de esos detalles que van marcando su personalidad.

Pero al mismo tiempo explica cómo en el exterior se sigue encontrando con la represión y la arbitrariedad de la autoridad colonial: “La aldeización, el inocuo nombre con que el Estado colonial bautizó el desplazamiento forzoso de la población autóctona, se impuso al pueblo keniano en 1955, mientras yo cursaba mi primer trimestre en la Alliance, pero viviendo como vivía entre los muros de la escuela, no me había enterado de que las fuerzas gubernamentales habían arrasado las viviendas con máquinas excavadoras ni que les habían prendido fuego cuando sus propietarios se negaban a participar en las tareas de demolición. Fueran o no sospechosos de pertenecer al Mau Mau, todos los habitantes de las aldeas tuvieron que trasladarse a un nuevo asentamiento común”.

Ngũgĩ wa Thiong’o durante su última estancia en Barcelona. Foto: Carlos Bajo

Ngũgĩ wa Thiong’o relata numerosos episodios con los que se encontró cada vez que salió de la protección de la escuela. Su hermano fugado como guerrillero y después encarcelado, detenciones de familiares incluido un oscuro periodo que su madre pasó bajo arresto y del que nunca llegó a saber nada, identificaciones, acoso, laberintos burocráticos, obstáculo y más obstáculos a la normalidad de la vida cotidiana en la que acaba colándose la violencia diaria, las injusticias y los abusos. No hay duda de que esa experiencia tiene mucho que ver con que el intelectual keniano se haya preocupado por construir un sólido discurso en torno a la descolonización, incluida la descolonización cultural que es la que le caracteriza frente al público general.

Ese periodo de la educación secundaria también fue el que marcó el gusto de Ngũgĩ wa Thiong’o por el teatro, un gusto que después orientó hacia una interpretación de las artes escénicas como una herramienta de liberación, sobre todo, para las clases más populares, empleando lenguas africanas y escenarios con los que esos públicos se sentían más identificados y permitían que pasasen especialmente los mensajes pedagógicos.

“Mi único contacto previo con la representación teatral se reducía a los improvisados sketches cómicos de la escuela primaria de Manguo. Maisha ni Nini, la primera obra teatral digna de ese nombre a la que asistí, se situaba en una escala y un nivel desconocidos para mi. Junto con la leyenda de Kuria, sentó los cimientos de un respeto por las iniciativas estudiantiles que habría de acompañarme toda la vida y de mi propio interés por el teatro”.

Entre ese contacto con la literatura, Ngũgĩ wa Thiong’o relata su primera experiencia, frustrante, por cierto, a cuenta de un trabajo de edición o más bien de manipulación, mucho más libre de lo que pretendía el autor. Ver publicado ese primer relato con un sentido completamente diferente al pretendido desmoralizó al escritor, pero sólo momentáneamente.

Otra de las constantes del relato son las aparentes contradicciones, la aproximación del escritor al teatro de la mano de Shakespeare, su educación dentro del sistema colonial, sus cuitas en torno a las creencias religiosas. En uno de los más sólidos ideólogos de ese pensamiento decolonial africano y de la defensa de la riqueza de la diversidad cultural y especialmente de las culturas minorizadas, esas pretendidas raíces pueden parecer paradójicas. Sin embargo, cuando se escuchan las propuestas de Ngũgĩ wa Thiong’o se entiende perfectamente que su apoyo, por ejemplo, a las lenguas nacionales africanas nunca ha sido excluyente, es decir, que su defensa de la cultura propia nunca ha sido un rechazo de las otras, incluidas las que amenazan con imponerse. Al contrario, esa defensa de la cultura propia se apoya en la convicción de que todo el mundo va ha hacer lo propio, es decir, va a poner en valor (no imponer) su cultura, respetando e intentando entender que todos los demás también lo hagan. Así, En la casa del Intérprete, como ya ocurría con Sueños en tiempos de guerra. Memorias de infancia, da algunas de las claves para entender el pensamiento de Thiong’o y es más que probable que Birth of a Dreamweaver, nos acerque todavía un poco más al genial autor, por eso nos mordemos las uñas esperando su publicación.

Ngũgĩ wa Thiong’o: “El problema es que las lenguas se han usado para asegurar las desigualdades del sistema colonial”

Antes de que Kenia consiguiese la independencia, Ngũgĩ wa Thiong’o ya había puesto su pluma al servicio de la libertad y de la emancipación de su pueblo. Su primera novela trataba sobre el choque entre las culturas europeas y africanas, precisamente en el momento del levantamiento mau-mau, un tiempo en el que el compromiso se pagaba caro. Cuando los gobiernos independientes no cumplieron con las expectativas de derechos para los ciudadanos, Thiong’o no tuvo reparo en colocarse enfrente, su compromiso seguía siendo el mismo: por la libertad y la emancipación, fuese quien fuese el que cometía los atropellos; y eso le llevó primero a la cárcel y después al exilio. Esa coherencia alejada de cualquier dogmatismo y esa alineación siempre con las capas más populares de la sociedad le ha convertido casi en un mito; la calidad de su trabajo literario, que abarca teatro, novela, ensayo o cuento infantil, además, le ha convertido en un referente global. Es uno de los autores africanos más publicado en castellano (probablemente el más publicado) y unas de sus últimas obras traducidas son, precisamente, los dos primeros volúmenes de su trilogía de memorias (Sueños en tiempos de guerra y En la casa del intérprete, de la editorial Rayo Verde, publicados también en catalán).

El novelista keniano Ngũgĩ wa Thiong’o en Barcelona. Foto: Carlos Bajo

A sus ochenta años recién cumplidos, el escritor keniano, continúa viajando por el mundo para hablar sobre sus experiencias y sus reflexiones. Está en Barcelona de paso, para presentar En la casa del intérprete en el festival MOT (un festival literario que se celebra entre Girona y Olot), y charla sereno y animado a pesar del cansancio que le provoca el jet lag de su viaje desde Los Ángeles, donde reside y ejerce como profesor universitario. La fatiga no le impide ni ser firme, en algunas ocasiones; ni bromear, en otras.

Con el tiempo usted se ha convertido en un referente en la defensa de las lenguas africanas.

Todo el mundo tiene un derecho a su propia lengua y no sólo a la lengua, sino a todo lo que una lengua contiene, la historia, la cultura, los sistemas de conocimiento. Y ese es un derecho innegociable. Esa es mi base. Desde esta base tú puedes conectar con el resto de lenguas y culturas del mundo. Cuando añades lenguas a tu propia lengua, eso es empoderamiento. Por el contrario, si conoces otras lenguas pero no conoces la tuya, o bien la sustituyes, eso es sometimiento. Es un debate tan largo como alcanzo a recordar.

Su apuesta, entonces, ¿es a favor de las lenguas africanas?

Evidentemente, yo parto de mi propia lengua, mi lengua materna, que es una lengua africana, el kikuyu, pero puedo usar otras como el inglés, por ejemplo, cuando es necesario. La base, es la lengua madre, pero conocer otras lenguas, como el inglés, es bueno para mí. En realidad, es una cuestión de relaciones. A mi propia lengua le puedo sumar otras, incluidas las que que podemos llamar lenguas coloniales. Mi propuesta es una política de tres lenguas: la lengua materna, en mi caso el kikuyu; la lengua nacional que sea la mayoritaria en un país en un momento, la que aglutine grandes comunidades, en mi caso el kisuajili; y finalmente, el inglés, el francés, el español o el idioma global que sea. Al final, es una cuestión de sentido común, se trata de utilizar la lengua que te permita comunicarte en cada situación.

Entonces, ¿dónde está el problema?

El colonialismo ha establecido relaciones de poder desiguales, que no responden a las relaciones naturales de las lenguas. Los sistemas de desigualdad han distorsionado los procesos de empoderamiento de las personas y la relación de esas personas con sus propias lenguas. El problema es que las lenguas se han utilizado para asegurar esas desigualdades del sistema colonial y esas relaciones entre las lenguas, reflejan esas relaciones de desigualdad.

¿Como cuando Macron intenta reclutar escritores de origen africano para revisar la Francophonie?

Les corresponde a los países africanos resistirse a la primacía de las lenguas, es decir, les corresponde a los países africanos decidir cuáles deben ser sus políticas lingüísticas. Impulsar el francés, por ejemplo, puede ser una de ellas, pero en todo caso, lo deben decidir ellos, igual que pasa con el inglés. En todo caso, el francés puede tener una posición de apoyo, es correcto, pero no de sustituto de las lenguas nacionales. Este es un tema que me apasiona y sobre el que llevo más de treinta años trabajando. Ya, alrededor de 1920, uno de los directores de la Alliance Française, advirtió que algún día los países del África francófona serían independientes y por eso era necesario establecer ataduras psicológicas fuertes basadas en la lengua y la cultura, para conseguir que siguiesen siendo dependientes de París.

Ngũgĩ wa Thiong’o durante su última estancia en Barcelona. Foto: Carlos Bajo

¿La lengua es la coartada?

A medias. La lengua no es sólo un escudo, también es una herramienta para el control económico y político.

En este contexto de defensa de las lenguas, ¿qué papel tiene su colaboración con el colectivo de jóvenes escritores Jalada?

Tenia que colaborar con ellos porque han puesto en práctica lo que nosotros discutíamos en teoría. Yo he teorizado mucho sobre este tema, ¡pero ellos lo han hecho realidad! Me pidieron una historia (La revolución vertical) y yo la escribí en kikuyu, les entregué el original, y también se lo traduje al inglés. Hoy este relato está traducido a 68 lenguas de todo el mundo, creo.

Y, ¿que papel juegan las nuevas formas de editar, las tecnologías digitales?

Oh, no, yo sólo les di la historia (ríe). Lo mío son las viejas tecnologías (bromea). Pero por supuesto que esas tecnologías digitales son muy importantes para las nuevas publicaciones. Lo que pasa es que también es importante controlar el uso, porque pueden tener un efecto negativo. Todas las grandes empresas y los grandes negocios se apoyan en el uso de los medios sociales.

¿Vivimos tiempos de homogeneización?

No, no… Estamos en medio de una lucha entre las fuerzas que buscan el control social y las que quieren un mundo mejor. Esa lucha se refleja en los medios convencionales, en los medios sociales y en todos lados. Pero, por mucho que las grandes compañías estén intentando imponer esa cultura homogénea, siempre hay grupos que están desarrollando las alternativas.

¿Dónde ha quedado el papel emancipador y liberador de la literatura?

Sigue siendo necesario. La literatura empodera a la gente. Eso siempre es necesario y cada uno de tenemos que contribuir a nuestra manera desde diferentes ámbitos.

Con su experiencia vital, ¿cómo vive que siga habiendo escritores perseguidos o encarcelados en diferentes países de África?

Es el reflejo de las tendencias represivas. Cuando los escritores o los líderes de opinión, en general, son encarcelados es el reflejo de una represión mucho mayor. Los escritores son los cabezas de turco, meterlos en la cárcel pretende dar un ejemplo para el resto de la sociedad. He reescrito un libro que habla sobre mi experiencia en prisión y lo he dedicado a todos los escritores que son encarcelados, porque encarcelar a los escritores es un intento de silenciar sus ideas.

¿Por qué se ha decidido ahora a escribir sus memorias?

Porque tengo ochenta años, amigo (ríe). Pero no me siento mayor, ha sido mi mujer la que me ha dicho “te estás haciendo mayor, tendrías que ir escribiendo tus memorias para tus hijos y tus nietos”. Y las he escrito pensando en la teoría “globaléctica” que nos permite ir conectando fenómenos y situaciones. Al final, en cada conversación podemos conectar con todo el mundo y llevamos encima la historia del universo. En mi vida siempre ha estado muy presente la interacción y cómo todas esas fuerzas que hay a nuestro alrededor me han impactado. Esa es la imaginación globaléctica.

Y, ¿cuál es el punto fuerte de la tercera parte de su autobiografía, la que todavía no se ha publicado en español?

Cómo me convertí en escritor. Cómo me dije a mi mismo he nacido para hacer esto, cómo estaba intentado reflejar mi propia lucha y la importancia y la interacción con todas las fuerzas que influían en mi toma de conciencia sobre la escritura.

* Artículo publicado originalmente en Planeta Futuro gracias a un acuerdo de colaboración entre Wiriko y esta sección de EL PAÍS. Para seguir leyendo, pincha aquí.

Doomi Golo, Boubacar Boris Diop por partida doble

De nuevo, El libro de los secretos – Doomi Golo es un ejercicio de valentía. Lo fue cuando el senegalés Boubacar Boris Diop lo escribió. Su primera novela escrita originalmente en wolof, en un acto de reivindicación política y cultural que marcaría su trayectoria literaria. Y lo ha sido también cuando la editorial 2709 books lo ha reeditado en septiembre del año pasado. La novela ya se había publicado en castellano, pero 2709 books ha hecho, como acostumbra, un nuevo giro en la edición. La propuesta de esta modesta editorial que ha optado por la edición digital es un libro bilingüe. La oferta de 2709 books es un mismo libro en el que se incluye el texto reescrito en wolof por Boubacar Boris Diop, después de una primera versión, y la traducción en castellano de Wenceslao-Carlos Lozano, a partir de una versión francesa autotraducida por el propio Boris Diop.

El escritor senegalés Boubacar Boris Diop, en el Salon du Livre de Ginebra en 2011. Fuente: Wikimedia.

El ejercicio del escritor senegalés en Doomi Golo resulta cuando menos sorprendente. Boubacar Boris Diop ha confesado en varias ocasiones que se había pasado al wolof en su producción literaria porque sólo así podía expresar algunas de las sensaciones y algunos de los mundos que quería contar, tenía sensación de que muchas palabras perdían una parte importante su significado al ser expresadas en el francés en el que comenzó a escribir. Doomi Golo pone al descubierto estas particularidades. El universo que relata la novela se corresponde con una tradición literaria en la que los relatos se despliegan como muñecas rusas, los tiempos se confunden y se entremezclan y el mundo de lo invisible se hace patente con naturalidad, no como parte de un relato fantástico.

Aparentemente el lector se coloca delante de la historia que Nguirane Faye pretende legar a su nieto Badou Tall, que se ha perdido una parte importante de los últimos años de la vida en Niarela, el barrio de Dakar en el que vive la familia. El joven Badou dejó el barrio y marchó al extranjero de manera sorpresiva y sin advertírselo, ni siquiera a su abuelo con el que le unía una relación muy especial. El viejo Nguirane, que ve que se acerca su hora, carga con la pena de no saber del nieto al que adoraba y, al mismo tiempo, con la sospecha de que no volverá a ver al muchacho, por eso pretende dejarle escritos siete cuadernos en los que relata los acontecimientos más importantes de su ausencia, incluido el Libro de los secretos en el que el viejo transmite a su nieto las maledicencias de los vecinos que han sido incapaces de entender la ausencia del muchacho.

Sin embargo, la voluntad original del anciano se ve desviada por la propia narración. En el relato se confunden los tiempos. Los, al menos, dos reconocibles se van trenzando y entremezclando hasta el punto de confundirse en algunos puntos, para después deshacer el entuerto con naturalidad. El tiempo en el que habla (o más bien escribe) el anciano, un tiempo reconocible, y que a estos efectos es el mismo que el de los hechos del barrio que narra; se entrecruza con el de las historias míticas que salpican el relato. El entierro del padre de Badou se erige como la referencia recurrente del tiempo más identificable. Assane Tall dejó a su familia, cuando el pequeño Badou contaba unos meses. Se trasladó a Marsella y desapareció tanto para su padre, Nguirane, como para su hijo. Assane sólo reaparece muerto, en forma del cadáver repatriado de Francia, donde había sido futbolista, que llega acompañado de una nueva mujer y dos hijos. Irrumpe en las vidas de la familia de Niarela para desestabilizar definitivamente el dudoso equilibrio.

Los relatos con los que Nguirane va espolvoreando el legado que pretende dejar a su nieto, permiten a Boris Diop desplegar toda una batería de recursos narrativos que dan a la historia un tono muy particular. Las historias de los antiguos reinos que poblaron el actual territorio de Senegal son uno de los ingredientes. De pronto, Cayor o el Sine vuelve a recuperar un protagonismo que comparten con personajes míticos y elementos de las cosmovisiones que conviven en el territorio. Las historias de antepasados y ancestros tienen que encontrar el encaje con las estructuras políticas contemporáneas, de hecho, como ocurre en la vida real. El relato refleja también esas tensiones: “Un fanático de la República moderna, de sus fastos y sus urnas, recuerda con triunfalismo que, a Dios gracias, las monarquías de nuestra enloquecida historia son cosa del pasado. (…) Los siglos se embisten como carneros enfurecidos. Niarela no sabe a qué propia historia y las mentes están bastante alteradas”, advierte en una ocasión.

Esos relatos que van apareciendo y desapareciendo son además la forma para explorar otras formas de contar poco habituales en la literatura escrita pero completamente integrados en la transmisión de los relatos populares. “Puedo asegurarte que nuestro ancestro batallaba a lomos de un leopardo. Cuando atacaba al enemigo, el aliento de la fiera precipitaba las estrellas contra la tierra y los peces, aterrados, se ocultaban entre las rocas de las profundidades oceánicas”, le dicen al anciano narrador durante una incursión en busca de su pasado, reflejando ese tono propio de las historias tradicionales. Y un imaginario Badou pide a su abuelo en una ocasión que le cuente: “Todo lo que ni viste ni oíste allá. Si las palabras te pesan en la lengua, dales alas, Nguirane, haz que vuelen como esas aves que cruzan el cielo”. Una frase que transmite de manera magistral lo que supone el gusto por el relato. En el resto de las historias se pueden encontrar esparcidas frases que igualmente hacen referencia a ese espacio onírico en el que se mezclan de manera inapreciable la realidad y la ensoñación: “Quiero soñar. Llévame allí donde el tiempo no puede avanzar ni retroceder”. Las frases propias de la función pedagógica de los relatos populares también aparece aquí y allí en el texto de Boris Diop: “Por larga que sea la noche, siempre acaba amaneciendo”.

“Algunos días hay que tener el valor de recordar algo tan sencillo como que no moriremos dos veces, que la muerte es en definitiva un acontecimiento tan único e irrisorio como el sonido de ese tambor. Sin duda, se la puede temer, pero no hasta el punto de dejarse humillar por cualquiera”, deja escrito Nguirane a su nieto en forma de enseñanza.

Sin embargo, las historias sobre reinos tradicionales o los relatos fundacionales no ocultan, aunque quizá sí que disimulan el contenido de crítica social y política de la narración. No pasan desapercibidas ni las advertencias a no abandonar una identidad cultural y una tradición histórica propias, ni las reprimendas a los gobernantes modernos que se olvidan de sus obligaciones con los ciudadanos. El desgarro de la migración, la dificultad de la vida en la diáspora, el choque entre las culturas africanas y los usos del norte, son algunas de las cuestiones que el escritor senegalés va apuntando sin que la lectora o el lector apenas se percaten.

Esa intersección (no confusión) entre los mundos visible e invisible entre la historia y la fábula, se va intensificando poco a poco, los relatos míticos dejan de ser apuntes del viejo Nguirane para transmitir enseñanzas. Las historias de personas no humanos van ganando terreno y la transición se completa cuando Ali Kaboye toma el relevo de la historia que Badou Tall debe escuchar cuando regrese a Niarela. El personaje mítico de Kaboye se responsabiliza de transmitir el legado cuando el viejo Nguirane muere. La certeza de que “ninguna historia acaba del todo”, es la transición entre uno y otro, una certeza que acompaña a Nguirane Faye, en su último viaje y con la que Ali Kaboye recoge su testigo narrativo.

Ngũgĩ wa Thiong’o, la política y la cultura de las lenguas

Autores: Celia Murias y Carlos Bajo Erro. Este artículo es fruto de una colaboración especial entre Africaye y Wiriko.

“Todos podemos llegar a las estrellas, pero para conseguirlo no necesitamos hacer escala en Europa”. Fue una de las frases lapidarias que Ngũgĩ  wa Thiong’o, el novelista, ensayista y dramaturgo keniano dejó flotando en el vestíbulo del CCCB. Porque a pesar de que en su discurso no ofreció grandes novedades, el eterno aspirante al Premio Nobel se erigió como lo hacen los viejos sabios, envuelto por un cierto halo de sopor, pero lanzando proclamas que se desplegaban sigilosamente y solo unos segundos después explotaban sobre los asistentes.

El escritor keniano Ngũgĩ  wa Thiong’o. Foto: Carlos Bajo

Y es que wa Thiong’o llegó a Barcelona para materializar el contenido de su tres libros traducidos recientemente al castellano y al catalán, Descolonizar la mente, Desplazar el centro y Sueños en tiempos de guerra. Junto a la defensa de los derechos lingüísticos universales, el escritor keniano proclamaba una especie de refundación de los estados africanos, tras deshacerse del yugo de la lógica imperial de las lenguas coloniales, como por ejemplo, el inglés. Ngũgĩ  wa Thiong’o no se refería únicamente al impacto de las imposiciones coloniales en la dimensión cultural de las lenguas nacionales.

Puede que conozcas su trabajo o hayas oído hablar de él: como el autor de la importante obra Descolonizar la mente; como defensor acérrimo del uso de las lenguas africanas en la producción literaria; como guardián de la legitimidad artística y comunicadora de la oratura -la producción literaria oral-; o como incansable crítico de la colonización cultural y vital que el uso de las lenguas coloniales implica. Si es tu caso, probablemente también te sorprenderías de que una de las palabras más escuchadas en su discurso sea network, red.

Conectar. ¿qué me conecta con otros?¿desde qué posición me conecto?

Y es que su enfoque es tremendamente inclusivo. Al escucharle desarrollar su postura, su defensa no se basa en una estrategia chovinista de aislamiento contra las influencias externas, sino en una acción positiva hacia el reequilibrio de poder, y señala una y otra vez con insistencia que la clave está en el funcionamiento en red, en la nutrición cruzada, destruyendo las jerarquías.

Ngũgĩ  wa Thiong’o durante su intervención en el CCCB de Barcelona. Foto: Carlos Bajo

“La colonización ha supuesto la negación de los idiomas nativos como fuente de conocimiento y de investigación”, explicaba wa Thiong’o en su intervención en Barcelona. El proceso que sigue a esa negación supone una ruptura radical, desde la experiencia del escritor keniano: “Los colonizados dejan de confiar en sus nombres, su geografía, sus cuerpos como punto de partida y por eso siempre necesitan la aprobación externa de los colonizadores. En África, no creemos en las iniciativas nacionales, ni en el conocimiento propio, ni en las investigaciones. Mi propio gobierno me encarcela por escribir en mi propio idioma, ¿qué podemos esperar después de eso?”, advertía el autor.

Ese es el proceso de pérdida de la autoestima que Ngũgĩ  wa Thiong´o atribuye a la sustracción de las lenguas propias. “La élite poscolonial ha intentado eliminar el color de la piel, los nombres, los cuerpos, y hasta los idiomas nativos. En Kenia, esas élites se enorgullecen cuando sus hijos no entienden los idiomas nativos: esa es la colonización de las mentes”, aseguraba. Son aquellas máscaras blancas sobre pieles negras de las que hablaba Frantz Fanon al reflexionar sobre la construcción de la identidad negra.

Ngũgĩ  utilizó como ejemplo la experiencia de los niños que juegan en un aeropuerto alejándose de sus padres, pero sólo lo justo. Miran atrás y si ven a los padres continúan alejándose porque “su capacidad para seguir avanzando depende de la posibilidad de volver al origen”. Cruzando los dos elementos de la metáfora, el escritor keniano decía “si los niños del aeropuerto pierden el origen, lloran”.

Por todo ello, una de las ideas más repetidas por el autor es la puesta en valor de las lenguas nativas, la certeza de que “no hay lenguas, más lenguas que otras”, que las lenguas no pueden relacionarse de manera jerárquica y, sobre todo, la dignidad de las lenguas africanas. “Nuestros idiomas son fuentes válidas de conocimiento”, reivindica una y otra vez el escritor.

Al fin y al cabo, se trata del “derecho de nombrar el mundo”, the politics of naming, acierta a señalar poniendo de manifiesto la especificidad africana que ha regido y sigue rigiendo la representación esencialista del continente en el imaginario occidental. A nosotras nos arranca una sonrisa mientras pensamos en que las resistencias de las mujeres africanas, que también reclaman nombrarse a sí mismas.

El lenguaje es pues la materia con la que nos construimos y su uso específico, una cuestión de poder. Para wa Thinog´o el uso de una lengua u otra no se basa tanto en el número de hablantes como en el prestigio de esta. Y con esto en mente, nos dio un toque de atención —varios— sobre la importancia de la terminología. Hablar de lenguas minoritarias o mayoritarias carece de sentido, y lo importante realmente es que existen lenguas dominantes y lenguas dominadas, pudiendo una lengua cumplir ambas categorías según los contextos.

En este mismo sentido, mostró de nuevo esa calidad inclusiva al rechazar el binomio lengua global/local, reclamando que “todas las lenguas son globales, son una herencia” que deben afectarse mutuamente sin barreras nacionales o regionales, hacia la creación de la globaléctica —una dialéctica global—, para la que la jerarquía y el eurocentrismo lingüístico son las principales barreras.

Esa relación que debe establecerse entre las lenguas es otro de los puntos clave del discurso de Wa Thiong’o que defiende una interacción en red, “incluso cuando uno se convierta en lengua franca de comunicación, ninguna lengua es superior a las otras, ninguna se puede construir sobre la tumba de otra”. “El monolingüismo es el dióxido de carbono de la cultura y el multilingüismo es su oxígeno”, afirma vehemente uno de los más conocidos luchadores en favor de los derechos lingüísticos universales.

“La realización crucial de las lenguas africanas hablándose entre sí”

Para generar y acceder a esa conexión despojada de jerarquía, el autor pone su entusiasmo en el poder de la traducción. En la charla posterior el escritor hizo hincapié en la importancia de las intertraducciones, “la realización crucial de las lenguas africanas hablándo entre sí“. Y para guiarnos en este tema, recordó con cariño el proyecto Jalada Africa. Pan-african Writers´ Collective. Se trata de una iniciativa colaborativa de publicación de autores y autoras africanas que en marzo de 2016 le solicitó un cuento, con el que lanzarían su primera experiencia de traducción múltiple. Ese cuento se llamaba —en inglés— The upright revolution, un cuento escrito para su hija originariamente en kikuyu, que ya ha superado el medio centenar de traducciones, la mayoría, aunque no solo, entre lenguas africanas. Para Ngũgĩ  esto tiene un impacto fundamental en su concepción de sus propias lenguas, y en la relación entre ellas, para lo que la traducción es vital.

Además de la importancia obvia de unos recursos económicos que los respalden, el pensador —de 79 años— hace hincapié en el potencial que las tecnologías, en especial internet, están demostrando a la hora de albergar el diálogo creativo necesario en los contextos africanos, y nutrir el recurrente debate interno sobre qué es la literatura africana.

Vuelta al debate, ¿qué es (literatura) africana?

Sin embargo, a pesar de ese posicionamiento igualitario, Ngũgĩ  wa Thiong’o aún tuvo tiempo para marcar la diferencia con los autores que a diferencia de él, continúan utilizando las lenguas coloniales para sus creaciones literarias. “A mí también me ha pasado. Algunos miembros de la élite cultural se han apropiado de la lengua colonial, creen que pueden hacerlo suyo, pero en realidad están contribuyendo a su ampliación, inconscientemente están reforzando la lógica colonial”. Ngũgĩ  se refería a otros grandes de las literaturas africanas, como por ejemplo, Chinua Achebe. El debate sobre las posiciones posibles ante los usos de la lengua no se agota.

Al preguntarle sobre su opinión actual de la literatura, en especial aquella conocida como diaspórica, en pleno auge en el “mercado” global gracias a la creciente visibilidad de autoras como Chimamanda Ngozi Adichie, su respuesta fue contundente: “No es literatura africana”. Tal como escribió en la década de los ochenta. Poco o nada ha cambiado su postura de aquella que plasmaba en Descolonizar la mente: “…lo que hemos creado es otra tradición híbrida, transicional y minoritaria que solo puede llamarse literatura afroeuropea“. De hecho, nos contó que en los últimos años ha profundizado en este tema, llegando a manejar el concepto de “robo de la identidad literaria”. Ngũgĩ  señala que las luchas por el robo identitario no se han acabado ni se circunscriben al periodo poscolonial, sino que cuando no se escribe en la lengua propia, más que una pérdida de la identidad, se da un robo de la misma, contribuyendo al encumbramiento de la lengua dominante en cuestión.

Pero, el pensamiento de wa Thiong´o, si bien transmitido a través de sus postulados lingüísticos, se enmarca en un pensamiento y propuesta política y de acción más amplia. El interés por visibilizar la cara positiva y moderna del continente —con el objetivo de contrarrestar la narrativa esencialista del África catastrófica— ha impulsado expresiones afropolitas que mucho tienen de producto de consumo. Una no puede evitar preguntarse, aunque anticipe la respuesta, cómo se sentirá al respecto el pensador marxista, que ya describía la indefinición ideológica de la clase burguesa de aquellas jóvenes independencias. ¿es para Thiong´o el afropolitismo un caballo de Troya que banaliza y desactiva la acción más profunda?

Desde luego, el debate es apasionante. El tiempo se nos escapó entre los dedos, dejando en el tintero otros muchos temas. Echamos de menos, por ejemplo, que siendo una figura del marco analítico decolonial, el autor ampliara sus reflexiones más allá del ámbito lingüístico, y entrara con ganas a debatir sobre otros aspectos con carga política vinculadas a sus postulados, como el racismo, la apropiación cultural, etc.

El viejo sabio keniata nos supo a poco.

Literatura africana en lenguas africanas

¿Qué es la literatura africana? Pregunta fácil de respuesta imposible. O, al menos, no unánime. Cualquier intento de definir una realidad compleja, como lo es la literatura africana, nos lleva a etiquetar y establecer unos límites que nos permiten adentrarnos en un espacio nuevo, situarnos y empezar a descubrir, pero que acotan y restringen. En ocasiones los límites son geográficos e iniciativas como Africa39 agrupan a escritores únicamente de África Subsahariana y de la diáspora de estos países. Otras veces, los escritores africanos que viven en el continente muestran su cansancio frente a lo que consideran «literatura africana inmigrante», la escrita por autores africanos que no frecuentan sus países de origen y que escriben desde y sobre Estados Unidos, Francia o Inglaterra, pero no sobre la realidad africana. Siyanda Mohutsiwa firmó en Okayafrica «I’m done with African immigrant literature» y, en su intento de recuperar la literatura africana para los africanos, caía en la paradoja de excluir, acotar y decirle a los autores sobre qué temas deberían o no escribir. La respuesta a la polémica servida en bandeja no se hizo esperar y Shadreck Chikoti dio la réplica en Africa in Words con «I am not done with African immigrant literature»: el deber de un escritor es escribir, no ser el guardián de su cultura.

La lengua también ha sido, y sigue siendo, un elemento con el que se intenta definir qué es y qué no es literatura africana. ¿Cuál es la literatura africana «de verdad»? ¿La escrita por africanos en lenguas europeas? ¿La escrita en lenguas africanas? Un dilema con dos posiciones encontradas desde los años 60 y representantes como Chinua Achebe y Léopold Sédar Senghor, por un lado, y Ngũgĩ wa Thiong’o, por otro. Achebe reclamaba la apropiación del lenguaje del colonizador para la creación literaria, la «africanización» de las lenguas europeas. Senghor soñaba con la conciliación de la francofonía y la negritud. En 1997, el keniano Thiong’o publicó Petals of blood en inglés y luego se despidió, casi para siempre, de esta lengua. Su análisis sobre las consecuencias de suprimir sistemáticamente las lenguas y literaturas kenianas para imponer el inglés durante la época colonial se recoge en una obra fundamental: Descolonizar la mente. Incluso la elección del término para hablar de literatura africana resulta compleja. De hecho, Thiong’o considera que la producción literaria africana en época imperialista fue un híbrido que no puede considerarse literatura africana, sino literatura afroeuropea, escrita por africanos en lenguas europeas, que ha usurpado incluso el nombre a la literatura africana.

El debate sobre la lengua de producción sigue vivo y se consolidan proyectos que permiten la difusión de la literatura africana escrita en lenguas africanas. El colectivo Jalada publicó en 2016 el relato más africano: Revolución vertical: o por qué los humanos caminan de pie, escrito por Thiong’o en kikuyu, traducido al inglés por el autor y, después, a treinta y dos lenguas africanas. El enorme éxito de la propuesta de Jalada, cuya adaptación al teatro ganó el Sanaa Theatre Awards for Best Play in Local Language, es una buena muestra de la vitalidad y necesidad de publicar en lenguas africanas como reivindicación cultural y social.

Desde África Occidental, el escritor senegalés Boubacar Boris Diop es un actor clave en la difusión de la literatura africana en lengua wolof. Dirige Céytu, un sello creado por Éditions Zulma y Mémoire d’Encrier para publicar en wolof las obras imprescindibles de autores africanos escritas en lengua francesa. Hasta la fecha han publicado Nawetu deret (Une saison au Congo), de Aimé Césaire, Baay sama, doomu Afrig (L’Africain), de Le Clézio y Bataaxal bu gudde nii (Une si longue lettre), de Mariama Bâ.

Edición en wolof de “El secreto del unicornio” promovida por ATS-Belgique.

El wolof también está llegando a la literatura infantil y juvenil. En 2012, la asociación humanitaria ATS-Belgique celebró su décimo aniversario con la traducción de El secreto del unicornio, el famoso cómic de Tintín. La edición cuenta con prefacio de Abou Diouf, presidente de Senegal de 1981 a 2000 y actual secretario general de la Organización Internacional de la Francofonía (OIF), institución que apoya la promoción de la diversidad lingüística en los países en los que el francés cohabita con lenguas africanas.

Publicar, sí. ¿Leer?

El mundo de la edición se está moviendo para publicar en lenguas africanas, pero ¿sucede lo mismo con la alfabetización y el fomento de la lectura en estas lenguas? Tomemos como ejemplo el caso de la lengua wolof en Senegal y la asunción —¿imposición? ¿autoimposición?— de la lengua europea colonial.

La lengua oficial de Senegal es el francés. Así lo establece la Constitución de 2001, que también hace referencia a las lenguas nacionales del país: el diola, el malinké, el pular, el serere, el soninké, el wolof y «cualquier otra lengua nacional que se codifique». El estatus de lengua oficial convierte el francés en la lengua utilizada por el Estado en su relación con los ciudadanos como administrados en ámbitos esenciales como la enseñanza y la justicia. Sin embargo, según el censo del año 2013 de la Agencia Nacional de Estadística y Demografía del Ministerio de Economía senegalés, solo el 37 % de la población lo habla. Este porcentaje es optimista, otras fuentes hablan de 15-20 % de hombres y 1-2 % de mujeres. En el término medio encontramos los datos de la OIF con una estimación, en 2007, cercana al 21 % de senegaleses «francófonos parciales». Sea cual sea la cifra, el resultado es que la mayoría de la población no puede comunicarse en la lengua oficial de su país; es decir, no puede ejercer plenamente sus derechos ciudadanos.

De entre las lenguas nacionales, el wolof es la que más se habla en Senegal. Aquí también, las cifras varían según la fuente: algunas la consideran lingua franca en todo el país (80-95 % de la población la hablaría), otras sitúan la cifra en torno al 45 % de la población. En cualquier caso, el wolof es la lengua más comprendida, sobre todo en medio urbano, e incluso lengua de comunicación entre las distintas etnias debido a la creciente movilidad de la población.

Sin embargo, la alfabetización en lenguas nacionales está lejos de ser la realidad prometida por Senghor en 1974, cuando presentaba la reforma de la enseñanza y preveía que los alumnos de primaria podrían aprender su lengua materna y francés en la escuela. Desde entonces, los avances han sido escasos. En 2009, la Asociación para la Investigación y la Educación para el Desarrollo puso en marcha un programa para introducir la enseñanza en wolof y en pular en las escuelas, en horas libres. En el curso 2012-2013 se introdujeron las lenguas nacionales en horarios y programas oficiales de nueve circunscripciones escolares, pero la incidencia es todavía escasa. En la región de Saint Louis, Alianza por la Solidaridad también ha comenzado un plan de alfabetización en wolof para adultos en un intento de reducir el 59 % de analfabetismo en la región (72 % en el caso de las mujeres).

Con una lengua oficial incomprensible para la mayoría de la población y sin alfabetización formal en lenguas nacionales, ¿cómo pueden tener acceso los ciudadanos a la lectura?, ¿cómo pueden leer a sus autores y reapropiarse sus culturas?

Gorée island cinema, el taller del director Joseph Gaï Ramaka. Foto: Marina M. Mangado

El escritor Boubacar Boris Diop y el director de cine Joseph Gaï Ramaka persiguen juntos el sueño de la difusión cultural wolof. En 2003, Diop publicó su primera novela en esta lengua, Doomi Golo, que se ha transformado en un audio-ebook gracias al proyecto de sonorización y digitalización de Ramaka. El escritor realizó una lectura interpretada de su obra en los estudios de sonido del director de cine, que después sincronizó con el texto. Esta técnica de acoplamiento del audio y del texto en formato digital puede contribuir a la alfabetización de los lectores: mientras se escucha el relato, desfila el texto, que va cambiando de color conforme avanza el audio, y permite asociar escucha y lectura. Una solución que el director calificaba hace unos meses, en su casa en la isla de Gorée, como «desarrollo en diagonal»: aprovechar las nuevas tecnologías para conseguir la alfabetización en wolof, saltándose el libro en papel —y los problemas de distribución, talón de Aquiles en muchos países africanos— y tomando el «atajo» hacia el mundo digital.

Esta forma de alfabetización podría ser adecuada para las personas que ya tienen competencias lectoras en otras lenguas: enseñar a leer y escribir en wolof a universitarios e intelectuales que hablan y entienden la lengua, pero que no la han estudiado formalmente. Sin embargo, no parece la herramienta apropiada para que las historias de los autores senegaleses lleguen a una mayoría de población con escasos recursos económicos y que jamás ha ido a la escuela. En estos casos, la radio es cómplice perfecto. El proyecto de Diop y Ramaka también ha llegado a las radios locales: durante varias semanas se retransmitió una hora del audio de Doomi Golo, seguida por una hora de debate, y el director de cine afirma que la participación fue alta y la acogida entusiasta. Queda pendiente un trabajo de sistematización y análisis de la penetración en los barrios, siempre difícil cuando los presupuestos son ajustados.

Maison d’éducation MariamaBâ. Foto: Marina M. Mangado

En Gorée se ha llevado a cabo otra experiencia de alfabetización en wolof a través de la lectura de Bataaxal bu gudde nii (Une si longue lettre), de Mariama Bâ. La isla acoge una escuela de excelencia, precisamente la Maison d’Éducation Mariama Bâ, en la que estudian las mejores alumnas del país. Se llegó al acuerdo de utilizar las tres horas libres semanales para iniciar la alfabetización en wolof de las alumnas de 4ème (4º de la ESO en España), que en el curso siguiente leyeron la novela en wolof y, en el siguiente, en francés. Las profesoras de literatura observaron una mejor comprensión del texto en las alumnas que habían podido formarse y leer la obra en wolof. Nos encontraríamos frente a una interpretación profunda asociada a la lectura en lengua materna que permite la apropiación de las sutilezas e ilustraría la teoría de Thiong’o de la necesaria harmonía entre cultura (lo que vivimos) y lengua (cómo expresamos lo que vivimos) en edades tempranas.

¿Quiénes son los lectores de literatura en lengua africana?

Si las publicaciones en lenguas africanas se multiplican, pero las competencias lectoras en estas lenguas son todavía escasas, ¿para quién publicamos?

Boubacar Boris Diop. Fuente: Wikimedia

En el caso senegalés, Boubacar Boris Diop lo tiene claro: ha llegado el momento de la alfabetización de los intelectuales senegaleses francófonos. Los clásicos de la literatura publicados en Céytu y los audio-ebooks permiten avanzar en esta línea. Los audios, además, permiten acercar las letras senegalesas a personas sin formación reglada y construir, poco a poco, una conciencia sobre el valor de la cultura propia.

Joseph Gaï Ramaka ve también una oportunidad en la diáspora senegalesa, formada y con recursos. El acceso a literaturas en lenguas africanas ayudaría a los afrodescencientes redescubrir sus raíces y revalorizar las culturas propias. Además, permitiría al profesorado y alumnado de los departamentos de wolof de las universidades contar con material ajustado a las enseñanzas que se imparten, por ejemplo, en más de veinte centros norteamericanos (Boston y Columbia, entre ellos) y en los departamentos de universidades suizas, francesas, alemanas y holandesas.

Más allá, la dimensión política de mantener la lengua de la antigua colonia como lengua oficial en muchos países africanos no es banal. Ya lo observó Diop a finales de los 90 en el marco del proyecto de recuperación de la memoria mediante la escritura en Ruanda (Écrire par devoir de mémoir): «Tomé conciencia de la dimensión lingüística del apoyo de Francia a los organizadores del genocidio. Se trataba de defender el bastión francófono del ataque de los rebeldes que venían de una Uganda anglófona». La francofonía no es un mero espacio lingüístico, sino otro instrumento de la «Françafrique», y el impulso de las lenguas nacionales puede contribuir a la reapropiación de la vida política en muchos países africanos. Así, la literatura africana escrita en lenguas africanas, publicada en lenguas africanas, leída en lenguas africanas y traducida desde lenguas africanas podría ser una herramienta para el cambio social.

 

Lenguas africanas y literaturas africanas: EL debate

“Seguramente en un África libre de opresión a ningún escritor se le ocurriría expresar sus sentimientos y los sentimientos de su gente en otra lengua que no sea la suya propia”. Es una frase del senegalés David Diop que Ngũgĩ wa Thiong’o reproduce en su ensayo “La lengua de la literatura africana”. El keniano es, probablemente, una de las voces más autorizadas para lanzar el debate sobre el uso de las lenguas en las literaturas africanas. Un debate tan monumental como abrumador.

Ngũgĩ wa Thiong’o firmando autógrafos en Londres en Londres. Foto: David Mbiyu, a través de Wikipedia.

Ngũgĩ wa Thiong’o firmando autógrafos en Londres en Londres. Foto: David Mbiyu, a través de Wikipedia.

Al margen de compartir o no las reflexiones del escritor keniano y eterno aspirante al Premio Nobel, hay que reconocer que el novelista, ensayista, dramaturgo y autor de literatura infantil abre sin delicadeza el delicado melón de las lenguas que lanza salpicaduras incómodas sobre el neocolonialismo, las dependencias culturales, los intelectuales cautivos o las diferencias de clases. Desde la política hasta la filosofía, y por supuesto la economía o la cultura, Ngũgĩ wa Thiong’o demuestra cómo la decisión sobre la lengua que se emplea para escribir tiene ramificaciones en todos los ámbitos de la vida.

El libro Descolonizar la mente, publicado este año en la colección Debolsillo, de Penguin Random House, alberga el mencionado ensayo y se completa con una reflexión del autor sobre las lenguas en el teatro o la ficción. En ese primer capítulo Ngũgĩ wa Thiong’o establece el marco, los motivos y las condiciones del uso de las antiguas lenguas coloniales en la literatura. La pertinencia de sus reflexiones está fuera de lugar. El escritor abandonó el inglés como su lengua literaria, para los géneros de ficción, en 1977. Adoptó una postura ideológica, a partir de ese momento, escribiría en gikuyu (a excepción de los ensayos) porque esa era la lengua en la que se expresaban las personas a las que quería dirigirse, las clases más populares, lo que él mismo llama “el campesinado y el proletariado urbano”.

Descolonizar la menteEn este planteamiento de las bases, Ngũgĩ wa Thiong’o hace un repaso de cómo la literatura en lenguas europeas acabó por hacerse con el título de “literatura africana”, mientras que su posicionamiento como el de otros autores es que “la literatura africana sólo puede escribirse en lenguas africanas, esto es, las lenguas del campesinado y del proletariado urbano, la mayor alianza de clases en cada una de nuestras nacionalidades, y, sin duda, los agentes de la inevitable e inminente ruptura revolucionaria con el neocolonialismo”. Para el escritor keniano este secuestro del concepto de “literaturas africanas” se produjo en el momento de la lucha por la liberación nacional y las postindependencias cuando los intelectuales de la “burguesía nacionalista y patriótica” consiguieron cierta ascendencia. Estos autores africanos en lenguas europeas coparon el mercado editorial, pero ni siquiera consiguieron hacerse con las audiencias más amplias, las clases populares.

Por otro lado, el escritor keniano cuestiona y critica algunos de los hitos de lo que entendemos como literatura africana, precisamente algunos en los que él mismo participó. El caso más evidente es el del Congreso de Escritores Africanos de Expresión Inglesa celebrado en Makere en 1962. Pretendía ser una especie de fundación de una nueva fuerza de la literatura africana realmente consciente. Sin embargo, como si título indicaba excluía desde su concepción a la mayor parte de los escritores los que escribían en lenguas africanas. Sin embargo, las mismo tiempo, descubre (al menos al que escribe) algunas joyas desconocidas e impagables. Albert Gérard escribió en 1981 African Language Literatures, una antología que demuestra, en contra de los análisis más extendidos, que desde el siglo X hay literatura escrita en lenguas africanas. Todo un descubrimiento.

En la misma línea, Ngũgĩ wa Thiong’o pone de manifiesto las contradicciones que se desencadenan en este ámbito de las lenguas y las literaturas. Mientras los intelectuales entendían que las lenguas nacionales era un rasgo de atraso, la mayor parte de la población las usaban con naturalidad, sin traumas. “El campesinado nunca vio una contradicción entre hablar sus propias lenguas maternas y la pertenencia a una comunidad geográfica nacional o continental”, escribe el autor keniano, que ironiza con el hecho de que cuando no hubo más remedio esas clases populares utilizaron también las lenguas coloniales, pero “las africanizaron sin ningún respeto por su pedigrí como el que demostraron Senghor o Achebe”. Así es como se refiere a la formación de lenguas africanas propias a través de la deformación particular de las lenguas europeas. El krio en Sierra Leona o el pidgin en Nigeria son algunos de los ejemplos que cita.

La aberración ahora comúnmente aceptada ha sido separar la esfera de la formación, de la lengua formal, la de la administración, la de la producción cultural e intelectual, toda la que tiene un prestigio social importante y la lengua en la que los ciudadanos se relacionan entre sí y con sus familias. Esta disfunción que ya denunciaba Ngũgĩ wa Thiong’o ahora está completamente aceptada.

Otra de las contradicciones más evidentes es cómo las diferentes formas de colonización, la religión, las teorías económicas neocoloniales no tienen ningún problema en comunicarse en lenguas africanas, precisamente para conseguir llegar a todas las capas de la sociedad. Mientras tanto, los discursos de la contestación, de la reacción, del combate a esas ideologías se hacían en las lenguas europeas y eso hacía que la masa del “campesinado y el proletariado urbano” que atrae toda la atención de Ngũgĩ wa Thiong’o quedase excluida del debate.

“¿Acaso no estamos perpetuando en el ámbito de la cultura ese espíritu neocolonial de dependencia y servilismo?”, se pregunta Ngũgĩ wa Thiong’o como una de las claves de este complejo debate. Y concluye este armazón teórico sobre el uso de las lenguas afirmando: “Los escritores africanos estamos obligados por nuestra vocación a hacer por nuestras lenguas (…) lo que todos los escritores a lo largo de la historia del mundo han hecho por sus lenguas al asumir el reto de crear en ellas una literatura, un proceso que luego se abre a la filosofía, a la ciencia, a la tecnología y a todas las demás áreas de la creatividad humana”.

Así queda servido el debate sobre el uso de las lenguas, la pregunta inasumible de ¿qué es la literatura africana? La última contradicción es que estas reflexiones de Ngũgĩ wa Thiong’o no son nuevas, de hecho las escribió hace más de treinta años, en 1984, y el debate continúa abierto.

El relato más africano para fomentar la cultura

Jalada publica en 30 lenguas de África un relato de Ngũgĩ wa Thiong’o para alimentar el orgullo de los africanos por sus culturas

Portada de la obra traducida al inglés. Jalada

Portada de la obra traducida al inglés. Jalada

El relato más africano es “Ituĩka Rĩa Mũrũngarũ: Kana Kĩrĩa Gĩtũmaga Andũ Mathiĩ Marũngiĩ”. Se trata de una historia del keniano Ngũgĩ wa Thiong’o. No es el relato más africano en el enfoque erróneo que tanto se ha criticado del continente como una única entidad. Al contrario. Es el relato más africano porque celebra la diversidad cultural de la región situada al sur del Sahara. “Revolución vertical: o por qué los humanos caminan de pie”, que es la traducción del título, ha sido publicado simultáneamente en 32 lenguas africanas, incluyendo francés e inglés, por el colectivo panafricano de escritores Jalada, en un proyecto para fomentar las escritura en lenguas nacionales.

Resulta especialmente simbólico el colectivo de autores haya dado el primer paso en este proyecto con una historia de Ngũgĩ wa Thiong’o. El autor keniano se ha significado por haber abandonado la escritura en inglés y haberse centrado en la producción literaria en kikuyu, una las lenguas habladas en Kenia. El posicionamiento de Thiong’o es ideológico, aunque en algunas ocasiones el propio autor le haya quitado importancia con un enfoque práctico, al defender que escribía en la lengua que podían entender mejor el público al que más le interesaba llegar, las capas más populares de la sociedad. El mérito del novelista, ensayista y dramaturgo keniano es mayor, porque a pesar de haberse alejado del pensamiento más convencional y no haberse plegado a la industria editorial, en los últimos años su nombre no ha dejado de sonar como uno de los favoritos a conseguir el Nobel de Literatura.

Así Thiong’o accedió a colaborar en la iniciativa de Jalada y lo hizo, seguramente, de la manera más valiosa. Les ofreció “Ituĩka Rĩa Mũrũngarũ: Kana Kĩrĩa Gĩtũmaga Andũ Mathiĩ Marũngiĩ”, un relato escrito originalmente, como no podía ser de otra manera en kikuyu, para que se convirtiese en el punto de partida de un proyecto para fomentar la producción literaria en lenguas africanas. El propio autor lo tradujo en inglés para el proyecto y, a partir de ahí, decenas de manos y de ojos comenzaron a dar forma a la recopilación Translation Issue: Volume 1. El resultado, 32 traducciones del mismo relato.

Este artículo ha sido posible gracias a un acuerdo de colaboración entre Wiriko y Planeta Futuro (El País). Para seguir leyendo, pincha aquí.

La importancia de los premios

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3ª Edición del Curso Introducción a las expresiones artísticas y culturales del África al sur del Sahara

Por Mercedes Aparicio Rizzo

¿Para qué sirve un premio literario? La reciente ganadora del Premio Planeta, Alicia Giménez Bartlett, en una entrevista realizada en el programa Página 2 de la 2, contestaba lo siguiente a una pregunta parecida: «En serio, te diré que lo que más me llama la atención en el premio son los nuevos lectores que pueda atraer hacia mis libros». Y es que, más allá de la dotación económica de los premios o del reconocimiento a la labor de los autores y autoras, los premios proporcionan una visibilidad que para muchos autores es la verdadera recompensa y el fin último de la participación en dichos premios. Pensemos, por ejemplo, en algunos ganadores del Caine Prize, como Binyavanga Wainaina (2002) o NoViolet Bulawayo (2011), a los que ganar este premio abrió las puertas del mercado internacional e impulsó sus carreras literaria; o en cómo influyó de manera decisiva en la difusión de la obra de Wole Soyinka el hecho de haber recibido el Premio Nobel de Literatura en 1986.

Para los amantes de la literatura, y también para aquellos que se acercan tímidamente a ella y no saben por dónde empezar, los premios establecen un punto de referencia para conocer autores y novelas de distintos estilos y países y abrir horizontes. Sin embargo, hay premios más reconocidos internacionalmente que otros y en general, los premios literarios que reconocen la labor de las literaturas africanas, no se encuentran entre los más conocidos. Es una pena porque ganar un premio no solo reconoce la labor de la persona que escribe y, posiblemente, constituya un apoyo financiero importante que la ayude a continuar con su labor, sino que además, pone en contacto a los autores con los lectores y nos ayuda a encontrar verdaderas joyas que no habríamos conocido de otra forma. No es fácil encontrar información sobre buenas novelas africanas ─y no solo porque haya muchas de ellas que no han sido traducidas al español, que también (aunque eso sería un tema a tratar en otro momento y que daría mucho que hablar)─ sino porque muchas veces no sabemos dónde buscar. Por esta razón,  puede ser útil hacer un resumen de los principales premios literarios que reconocen la labor de los escritores y escritoras del continente, así como de los últimos ganadores de dichos premios. Esta enumeración no pretende ser una lista exhaustiva (no están todos lo que son person son todos los que están), sino una aproximación que nos permita bucear en el mundo de los premios literarios que reconocen la labor de autores y autoras africanos, por lo que incluye también premios creados desde el exterior (en países no africanos) que premian novelas africanas.

Etisalat prize: se denomina a sí mismo «primer premio pan-africano del continente». Nació en 2013 y se ha convertido en uno de los más prestigiosos del continente. Reconoce y premia la mejor novela africana para debutantes, es decir, la novela tiene que ser la primera del autor/a y haber sido escrita en los 24 meses anteriores al premio. En su primera edición, se llevó el premio We Need No Names de NoViolet Bulawayo (Zimbabue) y, en 2014, se alzó con el triunfo Songeziwe Mahlangu (Sudáfrica) por su obra Penumbra. Este año hay nueve seleccionados: 6 sudafricanos, 2 nigerianos y 1 congoleño y el ganador se conocerá en diciembre. Entre los seleccionados están The Fishermen de Chigozie Obioma y Fiston Mwanza Mujila con Tram 83, entre otros.

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The Mabati Cornell Kiswahili Prize for African Literature: es un premio destinado a las obras en lengua suajili, lo cual resulta interesante ya que se inscribe dentro del debate sobre la lengua de escritura de las literaturas africanas. Intenta ser un contrapeso de otros premios importantes (desde el Caine Prize hasta el Etisalat Prize), destinados a autores africanos, pero para obras escritas en inglés y está avalado por importantes figuras literarias como Ngũgĩ wa Thiong’o y la crítica literaria Lizzy Attree, fundadores del mismo en 2014 con el apoyo de la Cornell University y la empresa metalúrgica keniana Mabati Rolling Mills. Los ganadores del 2015 han sido: Anna Samwel por Penzi la Damu (ficción) y Mohammed K. Ghassani con N’na Kwetu (poesía).

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Caine Prize for African Writing: es quizá uno de los más conocidos y está dedicado a relatos cortos de autores africanos publicados en inglés. Fue fundado en Reino Unido en el año 2000 y recibe el nombre de Sir Michael Harris Caine, antiguo presidente de Booker Group plc. Debido a la relación de este premio con el Booker Prize, a veces se le conoce como el Booker africano. Tanto la primera como la última autora galardonada con este premio han sido mujeres: la sudanesa Leila Aboulela por The Museum en el año 2000 y la zambiana Namwali Serpell por su relato The Sack en 2015. En los últimos años, se ha abierto un debate en torno al premio debido a la procedencia de los escritores seleccionados. Se pone en duda el hecho de premiar a autores que no han nacido en el continente y que han pasado la mayor parte de su vida fuera de él. La escritora Maaza Mengiste (nacida en Etiopia pero residente en EE.UU) comentaba lo siguiente: “Parece que cada nuevo escritor con cualquier conexión remota con el continente africano, ya sea voluntaria o involuntariamente, primero tiene que lidiar con esta cuestión de la identidad antes de hablar acerca de lo que debería importar más: su libro”. Es un debate aún abierto y en el que se tocan temas como la africanidad de los escritores y el afropolitanismo.

Wole Soyinka Prize for Literature in Africa: se autodenomina también un premio panafricano (y como el Nobel africano) y se entrega cada dos años. Fue creado en 2005 por The Lumina Foundation en honor al primer autor africano que ganó el premio Nobel en 1986, Wole Soyinka. El último escritor en haber recibido el premio ha sido Akin Bello por The Egbon of Lagos (en 2014).

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The Jalada Prize: puede que sea aún bastante desconocido, pero es una iniciativa muy interesante porque es un intento de los propios autores africanos de promocionar su literatura, una inicitaiva desde la base que además ha tenido un muy buena acogida internacional. Jalada es un colectivo que surgió en 2013 en Kenia, formado originalmente por 18 escritores procedentes de Kenia, Uganda, Zimbabue, Nigeria y Sudáfrica. Ahora, son ya 24 sus miembros. Su puesta de largo fue la publicación de su primera antología en línea: Sketch of a bald woman in the semi-nude and other stories  (Bosquejo de una mujer calva semidesnuda y otros cuentos). Ahora ha inaugurado su premio en 2015 que han ganado los siguientes autores: Lillian Akampurira Aujo (Uganda) y Okwudili Nebeolisa (poesía).

Premio Noma para la Publicación en África: se desarrolló entre 1980 y 2009 y aunque ya no esté en marcha, es interesante incluirlo porque se pueden descubrir también buenas obras entre sus participantes y ganadores. Fue creado en 1979 por Shoichi Noma, presidente de la editorial Kōdansha y premiaba la calidad de una obra, de cualquier género, siempre y cuando hubiera sido publicada «por un editor africano independiente del continente». Además, estuvieron representadas once lenguas de escritura, incluidas el kikuyu y el kisuajili. La primera galardonada fue Mariama Bâ con Une si longue lettre (1979) y la última Sefi Atta con Lawless and Other Stories (2009).

Y de nuevo, dos mujeres. Haciendo un repaso al palmarés de los premios en los últimos años, parece que las escritoras africanas vienen fuertes, aunque, una vez más, ese sería un tema que nos daría mucho que hablar, así que mejor lo trataremos en otra ocasión.

La industria editorial africana intenta velar por las culturas nacionales

zibf logoQue la feria del libro más antigua de África se preocupe de la producción literaria en lenguas nacionales no es una casualidad. Desde el 28 de julio y hasta el 2 de agosto se celebró en Harare, Zimbabue, la que se presenta como la feria del libro con más trayectoria del continente, la Zimbabwe International Book Fair (ZIBF) que precisamente en esta edición tuvo como hilo conductor las “Lenguas autóctonas, literatura, arte y sistemas de conocimiento africanos”. El responsable de la ZIBF, Musa Zimunya justifica esta orientación porque “en los últimos tiempos, hay un gran debate en torno a la explotación de las herencias africanas por parte de los turistas y empresarios extranjeros sin beneficiar a las comunidades africanas que las ‘poseen’”.

Zimunya es uno de los escritores zimbabuenses más reconocidos internacionalmente y es el responsable de la ZIBFA, la asociación que se encarga de esta feria. Una de las particularidades de esta cita es, precisamente, la composición de esta entidad gestora del encuentro. Está formada por la asociación de editores del país (ZBPA), la de libreros (BAZ), la de bibliotecarios (LAZ), varias asociaciones de escritores (ZANA, ZWW, ZWA y ZIWU) y la organización que gestiona los derechos reprográficos (ZimCopy), es decir, prácticamente todas las partes implicadas en la industria editorial. Esto hace que durante la feria haya espacio para hablar de literatura, pero también sobre las últimas tendencias del sector, que se traten igualmente temas de escritura creativa como de edición digital.

Una imagen de una de las actividades previas de ZIBFA. Fuente: web de la organización

Una imagen de una de las actividades previas de ZIBFA. Fuente: web de la organización

El escritor zimbabuense y responsable de ZIBFA justifica la preocupación de la organización de la feria explicando que “al igual que las culturas humanas en todo el mundo, las culturas africanas tienen una dimensión tangible y otra intangible” y que “las sociedades humanas se han visto obligados a ‘preservar’ los aspectos de sus culturas que reflejan valores relacionados con la cohesión social y el orden moral”. Pero la preocupación va más allá de la literatura, según Zimunya, ya que “la cultura encierra también aspectos que afectan a los medios de vida de las sociedades, como aquellos que se relacionan con la agricultura o los negocios”.

Después de treinta años (desde 1983) la valorización de las culturas propias y de los sistemas de conocimiento africanos son un pilar fundamental de la ZIBF. En palabras de Musa Zimunya: “Las culturas ofrecen una base fundamental sobre la que descansa el desarrollo de toda la humanidad. Por otro, hay gran cantidad de recursos en esas culturas (la música, la literatura, el arte, la danza, la escultura, los monumentos, el patrimonio natural, etc.) que tienen un enorme potencial para generar ingresos tanto para los individuos como para las comunidades y las naciones. Las industrias creativas se basan precisamente en este enfoque”.

Como se puede ver la visión de protección de la cultura propia y las tradiciones no es sólo una mirada hacia el pasado, sino que la ZIBF mira también al futuro. De hecho, en su programa, incluía actividades, sobre todo, orientadas a los más jóvenes y relacionadas con la producción digital, un aspecto que se discutió también en los foros de profesionales de la edición. Zimunya explica: “Las tradiciones africanas han servido a las sociedades durante siglos. Sin embargo, también es cierto que la modernidad ha traído nuevas tecnologías y culturas que han entrado en contacto con las citadas tradiciones africanas, tanto para bien como para mal. Pero esto no es un dilema exclusivamente africano. Lo que sí es cierto, es que les corresponde a los pueblos africanos conservar los valores positivos de su pasado que construyen su identidad y dignidad mientras abrazan nuevos valores que no disminuyan su autoestima”.

Anuncio de la feria durante las actividades previas de ZIBFA en Bulawayo. Fuente: web de la organización

Anuncio de la feria durante las actividades previas de ZIBFA en Bulawayo. Fuente: web de la organización

Además del ZIBF, la asociación que impulsa esta cita organiza durante el año otras ferias locales en regiones como Matebeleland, Masvingo o Manicaland. En todos esos casos, la voluntad es acercar a los habitantes de estos lugares alejados de la capital la realidad de la industria editorial. Para ello, y siguiendo con el espíritu de la ZIBFA se apoyan en los actores locales, tanto en lo que se refiere a editores, como a escritores o a expertos. El responsable de la asociación tiene muy claro que eso permite un acercamiento más sencillo, pero además parte del principio de que una persona que “no está orgullosa de su cultura es un peligro para sí mismo y para la comunidad”.

Por otro lado, Zimunya se queja de los falsos expertos extranjeros y de los renegados locales. “Hay ‘extranjeros’ se hacen pasar por ‘expertos’ en las culturas africanas, aunque en la práctica muy pocos son capaces de describirlas y explicarlas fielmente, sin la interferencia de sus propias culturas. A pesar de eso se imponen a los ‘expertos’ africanos. Sin embargo, el mayor peligro para los africanos son los propios africanos que se presentan como aficionados de la cultura occidental y que consideran que el desarraigo de África es la panacea para todos los males de África”, se lamenta el escritor zimbabuense.

Así, durante treinta años, la ZIBF ha mantenido un complejo equilibrio, entre lo local y lo global, entre los actores del mundo editorial, entre la tradición y la modernidad, entre la protección y la apertura. Se trata de un equilibrio que, a pesar de la dificultad no se interpreta como un drama, sino como una fuente de riqueza. Todo ello, porque los objetivos es encomiable: seguir alimentando el gusto por la literatura y edificar el futuro sobre la base de la cultura propia.