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Africa Writes: espejos grises pero menos opacos

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Artículo escrito por Estrella Sendra: Licenciada en Comunicación Audiovisual y Periodismo por la Universidad de Sevilla, máster en Critical Media and Cultural Studies en el SOAS de Londres y especialista en cine y culturas africanas. Actualmente es profesora de Media Studies en la University Foundation Programme (David Game college) y directora de Marketing para el Norte de África, América Central y del Sur. Su ópera prima es Témoignages de l’Autre côté, un documental sobre la inmigración senegalesa en España.

Ambiente en los pasillos del "Africa Writes". Fotos: Estrella Sendra

Ambiente en los pasillos del “Africa Writes”. Fotos: Estrella Sendra

Hay recetas que llevan al éxito. Pero al éxito, ¿de quiénes? E incluso podríamos preguntarnos, ¿qué significa el éxito, entendido desde qué parámetros, si depende siempre de para quién, y en qué contexto? Entre la gran diversidad de debates y actividades del festival de literatura africana, ‘Africa Writes’, organizado por la Royal African Society de Londres entre los días 5 y 7 de julio, los autores coincidieron en un aspecto: la literatura africana no consiste en alterar las recetas occidentales, añadiéndoles especias africanas. Se trata de una forma de escritura desde los propios códigos culturales, por y para los africanos, pero en una esfera global.

Ambiente del Africa Writes

Ambiente del Africa Writes

‘Africa Writes’ celebraba así su segundo aniversario, tras la primera edición en 2012, organizada por la Royal African Society (RAS) en la School of Oriental and African Studies (SOAS, University of London). Este año, el lugar de acogida de los escritores y artistas de la palabra hablada ha sido la British Library, principal patrocinador del evento junto con la RAS, al lado de la famosa estación de King’s Cross y St Pancras, en el centro de Londres. Coincidiendo con uno de los fines de semana más calurosos de la capital británica, el centro de conferencias de la British Library estuvo en casi todas las sesiones prácticamente al máximo de aforo, es decir, con unas 250 personas por panel. La gran mayoría de las actividades eran totalmente gratuitas y sin necesidad de pre-inscripción, aunque tres de las sesiones tuvieron una tarifa simbólica de entrada. Los paneles se organizaron temáticamente, a modo de recitales, presentaciones de libros, mesas redondas con pequeñas intervenciones, y rondas de preguntas que sólo terminaban cuando era hora de empezar la siguiente sesión. Todos, con el propósito de acercarse a la escritura africana contemporánea de manera crítica, involucrando a escritores, lectores, editores y pensadores en el debate.

Pero tal vez no sea esto lo más destacable del festival, aunque sí una evidencia de su calidad, sino la feria del libro de editoriales africanas que estuvo expuesta durante todo el festival, con una afluencia de público continuada entre sesión y sesión, e incluso pisando alguno de los paneles. Los puestos incluían títulos de las obras presentadas por los autores participantes, que amablemente firmaban los ejemplares a los lectores que así lo solicitaban mientras seguían haciendo las preguntas que no les dio tiempo a hacer. También se podían encontrar clásicos de la literatura africana, constituyendo así una plataforma extraordinaria para el fomento de la lectura de unos libros que no frecuentan la mayoría de las estanterías en las librerías. “No existe un modo mejor de conectar África y su diáspora que a través del trabajo de sus artistas, escritores y pensadores”, decía Richard Dowden, director de la RAS, en su mensaje de bienvenida al festival.

El último panel del viernes, titulado ‘La diáspora responde’, reunió ya, en forma de poesía, los principales temas protagonistas del festival. La oportunidad de identificación para el lector que estos escritos suponen, frente a narrativas en las que muchos africanos no se reconocen, la permeabilidad de la identidad africana, y el lugar protagonista de la mujer, y en concreto de las madres, en estos textos.

Moderados impecablemente por la gran Bernadine Evaristo, novelista anglo-nigeriana y fundadora del Premio Brunel University African Poetry, universidad en la que es profesora de ‘Escritura creativa’, Nii Ayikwei Parkes, Leeto Thale, Nick Makoha y Warsan Shire, representando las diásporas de Ghana, Sudáfrica, Uganda y Somalia, respectivamente, recitaron varios poemas, cada unos a su estilo, y compartieron reflexiones sobre sus procesos creativos. Nii Ayikewei, quien intercalaba la lectura íntima de sus poemas, sentado, con bromas que denotaban un sentido del humor muy agudo, afirmaba: “Al escribir, haces preguntas, exploras el mundo”. Nii planteaba el problema del lenguaje. Son autores que escriben en inglés, principalmente, y muchas veces, las traducciones desde lenguas africanas no funcionan. Nii escribe en varias lenguas porque no siente la necesidad de escribir en ninguna lengua en concreto. “Simplemente siento la necesidad de escribir”. Uno de los poemas más aplaudidos por la audiencia fue “Cruzando fronteras”, que plantaba el trauma al que da lugar la burocracia de los visados, en la que “easyjet determina derechos”, como indicaba uno de sus versos. Dos de sus hermanos nacieron en Ghana, otro de sus hermanos y él, en Inglaterra. “Nunca viajamos como una unidad”.

Leeto Thale (de pie), junto a Nii Ayikwei y Warsan Shire

Leeto Thale (de pie), junto a Nii Ayikwei y Warsan Shire

Leeto Thale, como artista de la palabra hablada, se levantó y poco a poco fue ganando presencia en el escenario, al ritmo de su poema “She dances”, celebrando la belleza de la mujer, emplazada en el mundo desde su cuerpo. También el segundo poema de los que leyó homenajeaba a la mujer, a la madre, en un estilo distinto al del poema de Nii. “No sé qué parte de mi es africana”, afirmaba en respuesta a la pregunta de la moderadora, Bernardine Evaristo, de hasta qué punto su africanidad condicionaba sus escritos. Nick Makoha, el siguiente poeta que recitó algunos de sus poemas de The lost collection of an invisible man, sí localizaba el modo en que su identidad africana afectaba su escritura. “Estoy orgulloso de ser africano”. Sin embargo, dijo que compartir su “experiencia africana” implicaba asumir la vergüenza de haber perdido dos de sus lenguas. Entonces, decidió escribir sobre lo cotidiano. “De repente, me dijeron que escribía como una persona en el exilio”. Fue entonces cuando Nick fue consciente de que sí influía en su forma de escribir. Y no sólo eso, sino del sentimiento de inferioridad que un escritor africano puede sentir en la diáspora: “Estar en el mundo occidental te hace sentir que no eres bastante. Me llevó mucho tiempo respetar mi propio trabajo como escritor”.

Warsam Shire, una joven poetisa de 25 años, nacida en Kenia, pero de familia somalí, aunque residente en Londres desde siempre, decía que cada vez que escribía estaba intentado volver a casa. No lo especificó, pero para ella, casa implicaba Somalia, donde, según contaba, todo el mundo es poeta y utiliza la poesía en casi todas las esferas sociales. “Sería incapaz de decir lo que quiero decir si no le añadiera somalí”. Decía también que desde sus poemas, con una carga muy fuerte feminista, heredada de su madre –aunque sólo se daría cuenta de lo feminista que era su madre bastante tarde-, intenta llenar la inseguridad e inestabilidad de su vida. Hablaba de la poesía como un arma curativa: “A mí me emociona muchísimo el hecho de asustarme porque significa que voy a escribir sobre algo que hasta entonces me daba miedo expresar”. Así, comparte esas experiencias con gente que han pasado por lo mismo en distintas partes del mundo. Su libro Teaching My Mother How to Give Birth, sobre la soledad, provocada por la hostilidad de un padre que no ama ni a su mujer ni a su hija, viene de un proverbio somalí que hace referencia a los jóvenes que se creen tan listos que hasta pueden enseñarle a la madre cómo dar a luz. En principio, es una crítica, pero Warsan hablaba de la posibilidad de aportarle nuevos significados. Para ella, el proverbio tiene un sentido positivo y es que, en realidad, su madre aprendió a ser madre a través de ella. Así, con una alta carga emocional y un tono tan íntimo como irónico, sus versos adquieren un carácter muy crítico. “Escribo desde lo personal, lo cual se convierte en político, pero no es intencional”, contaba durante la ronda de preguntas.

Panel Tribute to Chinua Achebe: James Currey, Chibundu Onuzo, Richard Dowden, Chuma Nwokolo y Becky Nana

Panel Tribute to Chinua Achebe: James Currey, Chibundu Onuzo, Richard Dowden, Chuma Nwokolo y Becky Nana

Fue en el homenaje al escritor nigeriano Chinua, en el panel sobre narrativas afropolitanas del siglo XXI donde se insistió en la oportunidad de identificación y reconocimiento que estos libros, escritos por africanos, suponían para el lector. Achebe, recientemente fallecido, ha sido bautizado como padre de la literatura africana y reconocido como la mayor fuente de inspiración. La editora  Becky Nana, en un discurso que a algunos miembros de la audiencia les recordó a Mandela en versión femenina, afirmaba: “Como africanos, adoramos su trabajo porque escribía para nosotros, sobre nosotros. Achebe se empeñó en hacer escribir a los africanos sus propias historias. Quería que los africanos tomaran las riendas de su propio destino y para ello, que dejasen de subestimar el poder de la literatura”.

Tal vez el panel sobre afropolitanismo, un término que, según explicaba la bloguera y escritora Minna Salami, no implica un nuevo modo de ser africano o mestizo, sino una filosofía que tiene que ver con la identidad, intentaba reflexionar sobre el lugar de la literatura africana hoy. ¿Es una nueva forma de negritud o panafricanismo? Pero, como la propia Minna decía, ¿por qué el cosmopolitanismo se ha de asociar sólo al mundo occidental? Más dudas le causaba el término a la investigadora Emma Dabiri. Según ella, el afropolitanismo, como nueva voz africana que trasciende la raza y habla más bien de herencia africana, contrarresta el extendido afropesimismo predominante en los medios. Sin embargo, es un término problemático, asociado casi al ‘hipster’ africano. “Se siguen sin escuchar –declaraba Dabiri- los africanos no privilegiados, como si sólo existieran los que escriben desde la diáspora. A veces, se trata de un África sin africanos”.

Debido a la escasa historia de este término recién nacido, ‘afropolitanismo’, se trata aún de una zona gris, una zona nueva, que desde este festival se invitaba a investigar. En la literatura africana y el modo de investigarla académicamente, existen tantos matices como escritores e investigadores. Existen tantas diferencias como culturas. Son espejos grises, pero menos opacos, donde los lectores comienzan a sentir que tienen un sitio, invocado desde los versos, la prosa, las historias fantásticas y constituyendo así una nueva realidad que se asemeja más a la que han experimentado.

La jornada cerró con una interpretación del cuento épico de Sundiata, que contaba a los asistentes, entre melodías de kora, del griot Seckou Keita, y las voces de dos chicas (una de ellas, Sheila Ruiz, programadora de la RAS), conducidos por la narración del actor Denver Isaac, cómo Mali nació y se extendió hasta abarcar once países. Una jornada mágica que continúa ahora con las lecturas de los libros dedicados que los presentes se llevaron en sus manos.

Nila Band, ya entre la escena musical africana en Londres

Artículo escrito por Estrella Sendra: Licenciada en Comunicación Audiovisual y Periodismo por la Universidad de Sevilla, máster en Critical Media and Cultural Studies en el SOAS de Londres y especialista en cine y culturas africanas. Actualmente es profesora de Media Studies en la University Foundation Programme (David Game college) y directora de Marketing para el Norte de África, América Central y del Sur. Su ópera prima es Témoignages de l’Autre côté, un documental sobre la inmigración senegalesa en España.

 

Hay muchos lugares en Londres que llevan a África. O más bien a una pequeña parte de África, pero que se va extendiendo, fusionando al mismo tiempo que dispersando, cuando se asiste a más de uno de esos lugares. El primer viaje surge casi de manera accidental. Entras en un sitio que suele tener buena música en directo, como The Vortex, el club de jazz en la transitada plaza de Dalston, Gillet Square, o Passing Clouds, un pub con eventos de lo más variopintos, desde presentaciones de libros, proyecciones de películas con algún tipo de interés político o sociocultural, hasta largas noches de bailes entre un ambientazo musical… O también en el este de Londres, en el ático de los cines Hackney Picture House, o Rich Mix, en Shoreditch, un cine con biblioteca y salas que acogen buenas películas y festivales. Y también un poco más al sur, en The Ritzy, ese cine que exhibe películas de distintas nacionalidades y géneros, y el legendario pub de Brixton, The Hootananny, con todo tipo de bandas de reggae y música latina, y de fusión, bajando la calle desde The Rizty. Todos esos lugares, entre otros, permiten saborear sonidos africanos. Sonidos africanos que han sido “glocalizados”, es decir, adaptados a la capital británica, punto de encuentro de tantas culturas.

El primer viaje a los ritmos africanos no se olvida, en la mayoría de las ocasiones por la calidad musical, cargada también de ciertas dosis de inevitable “orientalismo”. Es decir, esa admiración por Oriente (identificando a Europa y América con Occidente por oposición) en la que se siente atracción por lo exótico, lo desconocido, según analizaba el escritor y profesor palestino Edward Said. Sin embargo, un fenómeno, éste del orientalismo, que ha sido cómplice de simplificaciones y falsas asociaciones de “otros” lugares, mirados desde ojos occidentales. Poco a poco, esa mirada se va contrarrestando por el protagonismo de voces propias, de sonidos que se desplazan, se mezclan y se comparten. Sonidos que abren la puerta a un continente cuya riqueza cultural no ha alcanzado aún el grado de reconocimiento profesional que sus integrantes reclaman, la mayoría de las veces por la falta de solidez de las redes de distribución.

Uno de los espacios para celebrar esta música es Open the Gate, un festival totalmente gratuito, que abrió sus puertas de 12 del medio día a 12 de la noche, en Rich Mix el domingo dos de junio. Aunque este espacio supuso para muchos de los asistentes un primer viaje, para muchos era ya, al menos, el segundo viaje. La larga tradición de inmigración africana en Londres ha formado una sólida diáspora que no solo reúne a grandes músicos y artistas de distintos países del continente, como Diabel Cissokho, Jally Kebba Susso, o Kodjovi Kush, todos allí presentes como artistas o como público, sino que convierte a la cosmopolita capital en un lugar de emergencia de grandes músicos y artistas. Éste es el caso del joven Alioune Samb, fundador de Nila Band, una de las participantes en el festival Open the Gate.

Alioune Samb nació en los años 70 en la capital de Senegal, Dakar, en una época marcada por la consolidación de la primera generación de artistas senegaleses, como Youssou Ndour, Laye Mboup (hasta su muerte, principal cantante de la Orquesta Baobab, Ismael Lô (cuya canción ‘Tajabone’ alcanzó mucha fama en España tras servir de banda sonora de la película de Almodóvar Todo sobre mi madre), o Souleymane Faye, que popularizaron la música senegalesa. Ya esta música, diez años después de la independencia de Senegal, adaptaba estilos de la música tradicional wolof (etnia mayoritaria del país), con influencias afrocubanas, de aquellos que habían emigrado y vuelto a Senegal, y el estilo de los “boy towns” de las zonas urbanas de Dakar. En efecto, desde la colonización del país, la cultura tradicional senegalesa estuvo y sigue estando en un continuo proceso de metamorfosis. Esto se debe a la influencia de las fuerzas internas y externas: el constante flujo de personas que van, y en muchos casos vienen, a Europa, Estados Unidos, y por tanto, donde se crea una especie de espacio de tránsito permanente, dada la situación geográfica de Senegal. Esta mezcla cultural se manifiesta por supuesto en la cultura popular actual, a través de determinadas formas de vestirse, peinarse, comportarse, pero también, de la manera de hacer música. Ya no se trata de reproducir patrones normalmente asociados con la “tradición”. Resulta cada vez más difícil definir este término, porque esa tradición se enriquece con múltiples influencias, como el blues, el jazz, la salsa, el reggae, el hip-hop y el rap…

Por tanto, no es de extrañar que el propio Alioune Samb, miembro principal de Nila Band, describa así su música, como una mezcla de blues, jazz y salsa, pero que parte de lo que el llama la música tradicional senegalesa, el sabar, que son los tambores (entre 6 y 12) que se tocan con una sola mano y un palo no muy grueso, y que dan lugar a un tipo de percusión muy característica, acompañado por el mbalax, el tulli y el talmbat, siendo el mbalx el acompañamiento rítmico (o bàkk) más conocido. Siguiendo con la tradición oral, si bien en otras partes de África occidental los responsables de la transmisión oral, los griots, o géwëls en wolof, lo hacían a través de la palabra, en Senegal, se entendía que era a través de la música, en la que los propios tambores hablan, con determinados patrones que se repiten, pero que no todos consiguen sacar a los tambores, sólo los griots. Fue en los setenta precisamente donde se dio el auge del mbalax, con Youssou Ndour, entre otros. No sólo se escuchaba en bares, sino en ceremonias de gran importancia en la vida social senegalesa, como bautismos y bodas. Esta es una influencia muy notoria en Nila Band, como por ejemplo en Wallou, cuyo mbalax recuerda al fondo rítmico de muchas canciones de Youssou

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Sin embargo, no todo en África son tambores. De hecho, uno de los principales instrumentos de Senegal, propio de los griots, es la kora, en Londres representada principalmente por Jally Kebba Susso y Diabel Cissokho. En el caso de Alioune Samb, el instrumento es el teclado. Según cuenta a Wiriko, su carrera musical empezó tarde, porque sus padres preferían que se centrara en sus estudios – “Sobre todo mi padre estaba en contra de que tocase. Pero la música es algo que uno no puede esconder. Si la siento, tengo que hacer algo”. En principio, empezó con el bajo, que su primo le prestaba, pero como era zurdo, no le iba muy bien. Hasta que un día llegó su hermano de España con un regalo que le cambiaría la vida: un teclado. En cuanto su primo le escuchó, confirmó lo que ya Alioune presentía, que ése era su instrumento – “Desde entonces, empecé a tocar el teclado, a escondidas en casa. Me ponía detrás de la puerta a tocar. Si escuchaba a mi padre, lo escondía corriendo debajo de la cama. Y abría los libros, haciendo como que leía o estaba aprendiendo algo. Así fue cómo aprendí, vaya, no fue fácil”.

Entonces sus padres conservaban la idea de la música de la generación que habían vivido, asociada a una mala vida que se ganó peor reputación. Pero poco a poco Alioune les demostraría que la situación había cambiado y que la música se podía entender como una profesión respetable. Así en 1995 se unió a Super Jam, junto con unos amigos, y más tarde a Masla Bi. Y llegó a tocar con una de las voces femeninas más importantes de Senegal, Fatou Guewel, en salas como el Centro cultural del instituto francés, tiempos que recuerda como una buena experiencia, en las que aprendió mucho. Venir a Londres, en principio de gira, era en realidad un intento de dar un salto a la profesionalización de su música, y sobre todo una oportunidad para desarrollarse a nivel musical. De momento está trabajando muy duro para que este proyecto profesional se convierta en una realidad cada vez más cercana. Alioune ve en Londres una oportunidad de relaciones, muy típico, tal como lo han analizado expertos como Lucy Durán, de la música que se crea en la diáspora africana. Se da un fenómeno de colaboración, en la que griots tocan con no-griots, con gente también local, como puede verse en este festival Open the Gate. Hay guitarras y bajistas españoles, británicos, y no están de fondo, sino que son caras que se reconocen también en los distintos conciertos. Son músicos que se han integrado en esta diáspora, y que, tal vez de manera no intencionada, han revolucionado, en conjunto con los propios músicos senegaleses, el estilo musical del griot, ahora mucho más contemporáneo, pero sin olvidar nunca las raíces. Alioune lleva ya siete años en Inglaterra, pero para él éste no es más que la fase final del inicio de su viaje.

 

Recursos

Falola, T. &. (Ed.). (2010). Music, performance and African identities. London: Routledge.

Kwabena Nketia, J. (2005). Ethnomusicology and African Music. Accra, Ghana : Afram Publications.

Racanelli, D. (2011). Diasporic Jeliya as a Collaborative Trade in New York City. African Music: Journal of the International Library of African Music , 9 (1), 136-154.

Tang, P. (2007). Masters of the sabar : Wolof griot percussionists of Senegal . Philadelphia, PA: Temple University Press.

 

El Reino Unido rezuma cine africano en noviembre

Noviembre en el Reino Unido desde hace unos años es sinónimo de cine africano. En concreto, tres son los festivales que presentan un abanico amplio donde poder presenciar las últimas novedades del continente y sus diásporas en materia audiovisual y que caminan en la línea de limar los estereotipos negativos que se presentan a menudo sobre el continente. El telón lo sube el Festival escocés Africa In Motion (África en movimiento) que desde hace unos días está teniendo lugar entre Glasgow y Edimburgo (25  octubre – 2 noviembre); el testigo lo recoge el Festival de Cine Africano de Londres (1–11 de noviembre) y que, al mismo tiempo, coincidirá con la tercera propuesta que nos llega desde las islas británicas, el Africa Eye (Ojo africano) que se celebra en la ciudad de Bristol (9-11 de noviembre). Es interesante apuntar para el análisis como coinciden el interés de realizar festivales sobre cine africano en Londres o Bristol con los resultados del último censo de población de 2011. Los datos de la Oficina Nacional de Estadística reflejan como la gran mayoría de residentes en el Reino Unido nacidos en África, tienen su domicilio en Londres: 105.000 nigerianos; 83.000 sudafricanos; 53.000 zimbabuenses; 44.000 somalíes; 39.000 ghaneses; o la comunidad de 15.000 kenianos entre otros. Se pone de manifiesto que los africanos se encuentran entre una de las comunidades de más rápido crecimiento en las islas británicas y que, además, la población infantil nacida de padres blancos y negros también ha aumentado exponencialmente pasando de 80.700 (2001) a 131.800 (2009).

 

 

El Africa in Motion  (25 octubre-2 noviembre) celebra este año su séptima edición abriendo nueva plaza en Glasgow donde se podrán visionar por primera vez películas africanas. Como va siendo tradicional, el programa presenta una estructura clara que ayuda al espectador a elegir la temática según sus intereses: Identidades modernas africanas presenta una serie de documentales con temáticas como la migración, la diáspora, la sexualidad, o la diversidad de lenguas; Artes africanas populares, mostrará cómo los aspectos de la cultura tradicional y las nociones de modernidad son reinterpretados por artistas africanos en todo el continente con ejemplos concretos de músicos, poetas y artistas visuales de Marruecos, Egipto, Senegal, Sudáfrica y Kenia. Primavera árabe es un espacio donde tendrán cabida los documentos audiovisuales sobre los levantamientos que se produjeron en el norte de África hace ya un año y que, precisamente, al cumplirse el primer aniversario está teniendo un fuerte eco en diversos festivales europeos de cine africano; una cuarta categoría está centrada en la Ciencia ficción que cada vez más encuentra su pequeño espacio de producción ya sea como género, metáfora o como catalizador explorado por artistas, escritores y cineastas africanos. Sin duda, adoptar y reinterpretar el género de la ciencia ficción ha permitido a estos artistas crear contra-narrativas y hacer frente a los estereotipos persistentes de África. Uno de los padres de esta temática en África, el director camerunés Jean-Pierre Bekolo, estuvo presente en Edimburgo para el debate de su aclamada película Les Saignantes. Por último, el Africa In Motion ha preparado una selección de películas para el público infantil, un buen ejercicio de adentrar a los más pequeños en el cine africano. Algunos de los títulos ya los trajimos a Wiriko hace unos meses como es el caso de Bino y Fino, del director nigeriano Adamu Waziri. Bino y Fino Bino y Fino es una serie de dibujos animados de Nigeria con una finalidad educativa sobre un hermano y una hermana que viven con sus abuelos en una ciudad actual de África.

 

 

Por segundo año consecutivo, el Festival de Cine Africano de Londres (1–11 de noviembre) presenta una propuesta ambiciosa con 70 películas que durante 10 días podrán disfrutarse en diversos barrios de la capital del Thamesis. El festival, organizado por la Real Sociedad Africana, el SOAS y la Universidad de Londres, y co-dirigido por Lindiwe Dovey y Rennie Namvula, trae este año películas que van desde la comedia del director del Chad Mahamat-Saleh Haroun, Sexo, Okra y mantequilla salada, la lucha por la igualdad de los derechos  de LGTBI en Uganda con la película documental Llámame Kuchu de las directoras Katherine Fairfax Wright y Malika Zouhali-Worrall, hasta la oportuna La educación de Auma Obama, una mirada de la hermana de Obama que se adentra en las raíces de su familia en Kenia y que se proyectará el mismo día de las elecciones en Estados Unidos (6 de noviembre).

Algunas de las principales temáticas programadas para este año son: Cruces continentales, sobre las relaciones de larga duración del continente africano con países como Birmania, Cuba, China, India y Ucrania; Elecciones y democracia, de una actualidad palpable tras los recientes incidentes este verano en las minas Marikana de Sudáfrica y con las próximas elecciones presidenciales de Ghana y Kenia a la vista; la Sexualidad y como sus diversos matices  y vivencias continuan suponiendo un problema en diversos países africanos; el Deporte sección entre el documental y la ficción que celebra el talento atlético así como los diversos logros deportivos de los africanos ya sea con los luchadores senegaleses, los corredores de fondo de Etiopía, el Tour de bicicleta por Ruanda o el propio poder del fútbol en África; por último, queríamos subrayar la sección Espacio público y el periodismo ciudadano, un acierto de las directoras del festival, Lindiwe Dovey y Rennie Namvulaorg, y que de alguna manera, reconoce que los africanos están cada vez más unidos a la hora de buscar nuevos espacios de participación, de democracia. Una muestra de esta nueva dinámica de largo recorrido se ve reflejada en el ensayo premiado por Casa África Las redes sociales en África: instrumentos para la transformación y el cambio firmado por Antoni Castel Tremosa y Carlos Bajo Erro (miembro de Wiriko), que precisamente analiza la utilización creativa y militante de las TIC por parte de la sociedad civil en el continente africano y su consecuente aportación a la democratización de sus países, donde abren cauces a la participación de la ciudadanía en el control de los procesos políticos -con especial incidencia en los electorales- y colaboran en las transformaciones sociales que de ello se derivan.

 

 

El Afrika Eye Film Festival 2012 (Ojo africano) es la última propuesta que llega desde el Reino Unido para el mes de noviembre y que durante el fin de semana del 9 al 11 proyectará títulos africanos y de la diáspora en la ciudad británica de Bristol. Con un meridaje otoñal, el festival ha sabido combinar  cine africano, música y danza aprovechando los 50 años de la independencia de Jamaica y rindiendo homenaje al poder de la sanación del dolor en África. El festival abre con la película del director senegalés Moussa Touré, La piragua, largometraje que recibiera una excelente crítica en el Festival de Cannes de este año, no sin el contrapunto de un guión que refuerza los estereotipos del inmigrante negro que llega a Europa en busca de una vida mejor. El festival presenta además películas como Vida y Deuda, del director Stephanie Black, que habla sobre el impacto de la globalización en Jamaica o Tras los pasos del Emperador, de Shawn Sobers, que retrata el período desde 1936-1941 en el que el Emperador de Etiopía, Haile Selassie, vivió en la ciudad de Bath.