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“El niño que domó el viento”: ingenio contra la crisis alimentaria

“El niño que domó el viento” se estrenó en Netflix el pasado 1 de marzo

“Lo intenté y lo hice”. Este enunciado resume la cabezonería del malauí William Kamkwamba cuya historia se ha convertido en una de las últimas producciones de Netflix.

La frase se recoge en una charla organizada por TED en Arusha en junio de 2007. Por entonces las noticias sobre este joven ya habían saltado de los medios locales a los internacionales. 

Posteriormente se publicó un libro y se realizó un documental. Ahora El niño que domó el viento llega a la plataforma de películas y series de la mano del director y actor Chiwetel Ejiofor, conocido por su papel en 12 años de esclavitud.

El niño que domó el viento está basada en una historia real. Es una de esas películas inspiradoras, pero que no deja de lado la situación política y social del Malawi rural de principios de siglo. La crisis alimentaria es el marco para una cinta que aborda temas como la corrupción gubernamental y el cambio climático, claves para entender el contexto en el que se encontraba el país.

El joven, interpretado por el actor keniano Maxwell Simba, nunca se dio por vencido e impuso su imaginación frente a los problemas diarios de su familia y vecinos. Y en el Malawi de 2001, el problema era el hambre.

“La historia de William es una historia universal y creo que es parte del compromiso y la creatividad de los jóvenes y su espíritu profundo”, dice Ejiofor, que además interpreta al padre de William, Trywell, en la cinta.

Con tan sólo catorce años, Kamkwamba ideó un molino de viento de cinco metros de altura. Una idea que fraguó en el colegio local Kachokolo; ese mismo del que fue expulsado cuando su familia no pudo pagar los 80 dólares anuales de la matrícula. Con su determinación, y gracias a la complicidad de su profesor de ciencias y a la librera, el joven continúo yendo a la biblioteca del centro educativo. Allí encontró un libro titulado Using energy (Utilizar la energía), el germen que cambió el devenir de su familia y sus vecinos.

La cinta, ópera prima de Ejiofor, se centra en la perseverancia de Kamkwamba para convencer a su padre sobre su descubrimiento. Pero ¿cómo se persuade a alguien sobre energía eólica cuando sólo se entiende de aperos de labranza? ¿Cómo se acepta una idea cuando alrededor sólo hay hambre y muerte?

“No tengas miedo de fallar. Nunca vas a saber lo que vas a perder si no lo intentas”, dice el propio Kamkwamba en un video promocional de la película.

La perspicacia del joven hizo que el viento trajera agua a Wimbe, su población natal, en la región central de Malawi. Con materiales reciclados, el cuadro de la bicicleta de su padre y unos tubos de plásticos, el molino generó la suficiente energía para bombear agua del pozo local.

En una tierra azotada por las inundaciones y por las sequías, tener la oportunidad de realizar dos cosechas anuales era algo impensable. Pero cuando no hay nada que perder, hasta lo más alocado cobra sentido.

La película, que cuenta con una gran presencia de la lengua local (chichewa), es además de una historia de superación, un toque de atención a los responsables políticos. “La democracia es como una yuca importada, se pudre antes”, dice el padre de William.

El gobierno intentó ocultar la crisis alimentaria que azotó el país y que condujo la rutina hacia un laberinto sin salida. Con las grandes compañías madereras asolando los bosques, la tierra se quedaba sin barreras naturales para evitar las inundaciones en la temporada de lluvias. Con los campos empantanados y la cosecha perdida, los ciudadanos dejaron de tener un sustento vital y económico, el mercado local se vació y el comercio desapareció. Llegó el pillaje. Las matrículas escolares se dejaron de pagar, los estudiantes abandonaron las aulas para ayudar a sus padres a labrar una tierra yerma y los profesores dejaron de serlo. Ante el círculo vicioso se impuso el ingenio. No había nada que perder. “No estoy soñando, papá”, dice William para ganarse finalmente la confianza de su padre.

William Kamkwamba es un héroe en Malawi. El día en el que el molino de viento giró, su vida y la de su pueblo voló libre. Desde entonces intenta inspirar a otros jóvenes a no conformarse y a través de su organización, Moving Windmills Projects, favorece el desarrollo de las zonas rurales del país.

 

Billie Zangewa: “La feminidad es simplemente ser una mujer, no hay estereotipo”

La vida se compone de retales, especialmente en el caso de Billie Zangewa. Armada con hilo y aguja, y haciendo de la seda su particular ‘criptonita’, la artista malauí empodera la tradicionalmente encorsetada representación del cuerpo de las mujeres negras a través del lienzo. Su objetivo: potenciar la universalidad de la diversidad femenina. Para ello construye collages con tejidos que muestran escenas del día a día que puedan ser comunes a todas las personas, aunque lo cierto es que las narrativas que relata son las suyas propias. Zangewa no da puntada sin hilo, y su ahínco por conectar mediante el arte  haciendo de lo ordinario algo universal ha sido reconocido al ser seleccionada como la artista destacada de la FNB Joburg Art Fair 2018, celebrada del siete al nueve de septiembre en Johannesburgo. Tras diez ediciones a sus espaldas, la primera feria internacional de arte del continente pone el ojo en un artista que vive y trabaja en la ciudad sudafricana. Y en Wiriko hablamos con ella.

‘Momentos robados’, B. Zangewa (2017)

Ruth Fernández Sanabria: Lo primero que me llama la atención de tu trabajo es que todo está hecho con tejidos, especialmente con seda. ¿Qué tiene de especial este material para ti?

Billie Zangewa: Estoy enamorada de la seda y continúo aprendiendo a trabajar con ella, sigue revelándome sus secretos. Cuanto más trabajo con ella más curiosidad tengo. La luminiscencia de la seda realza mis creaciones. Es mi otra mitad, estábamos buscándonos la una a la otra y cuando nos encontramos fue amor a primera vista, y la historia de amor continúa. La seda es fuerte y delicada al mismo tiempo. Es maleable. Es luminiscente y lujosa, da una cierta magnificencia.

R.F.S: Podría decirse que tus obras son tu alter ego, ¿por qué decides usar tu experiencia para componer narrativas visuales?

B.Z: Cuando quise lanzar mi carrera artística un conocido me preguntó sobre qué iba a ir mi trabajo, ya que yo no era una persona abiertamente política o polémica. Estuve pensando mucho tiempo en ello y mi respuesta fue que mi trabajo iba a tratar sobre mí, que es aquello que más conozco. Por eso decidí hacer de mis creaciones mi alter ego.

R.F.S: ¿Y qué obras de tu trabajo artístico han marcado más especialmente tu vida o viceversa?

B.Z: No es una pregunta fácil. ‘El Renacimiento de la Venus negra’ marca un punto de aceptación propia. ‘Mi Vida en Rosa’ celebra la maternidad y la vida diaria. ‘Cita nocturna’ habla de las oportunidades de ser monoparental. Lo que quiero transmitir con todos mis trabajos es la universalidad de mis experiencias.

‘El renacimiento de la Venus negra’, B. Zangewa (2010)

R.F.S: En tus obras hablas de la identidad y del empoderamiento de la mujer desde lo cotidiano, ¿por qué?

B.Z: Para mí ha sido una preocupación sobre la que he intentado entenderme a mí misma y lo que significa ser mujer. Poner el foco en la vida cotidiana es un modo de conectar con los demás. Además creo que hay algo mágico en lo mundano.

R.F.S: ¿Consideras que la representación del cuerpo femenino negro ha evolucionado?

B.Z: No soy una experta en la materia de la representación del cuerpo negro femenino. Todo lo que sé es que ha existido una explotación del cuerpo negro femenino que hace que quiera reclamar el mío para mí misma. Coger mi poder, por así decirlo. Es algo político.

R.F.S: ¿Qué es para ti la feminidad? ¿Cómo la representas en un cuadro?

B.Z: La feminidad es simplemente ser una mujer, no hay estereotipo. Ser una mujer fuerte que está ahí para mi hijo pase lo que pase es lo que representa para mí la fortaleza de la mujer.

R.F.S: ¿Y el feminismo?

B.Z: Estoy de acuerdo con la escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie cuando dice que feminista es una persona que cree en la igualdad social, política y económica entre uno y otro sexo. Así es como yo lo veo también. Yo represento esos sentimientos mostrando a una mujer independiente y capaz, que abraza su fortaleza y se permite ser una mujer también.

R.F.S: ¿Cómo se vive el feminismo en Sudáfrica?

B.Z: Hay mujeres trabajando en todos los ámbitos y algunas de ellas incluso en puestos de poder. Sin embargo, la violencia continua contra las mujeres aquí sorprendentemente. La libertad vendrá cuando las mujeres estén a salvo tanto en sus casas como en las calles, y ese no es el caso ahora mismo.

‘Cita nocturna’, B. Zangewa (2017)

Beating Heart, cuando los jóvenes africanos redescubren la música de sus ancestros

El etnomusicólo Hugh Tracey haciendo su trabajo de campo. Imagen del ILAM.

El etnomusicólogo británico Hugh Tracey (1903-1977) estudió las músicas africanas desde 1921, cuando siguió a su hermano mayor, Leonard, de Devonshire a Zimbabwe, para aquél entonces Rhodesia del Sur, para ayudarlo a cultivar tabaco en unas tierras que el gobierno británico le habían asignado después de participar en la Primera Guerra Mundial. En 1929, Tracey trasladó, en pleno Apartheid, a catorce hombres africanos locales a Johannesburgo para grabarlos, entusiasmado por la música popular que había escuchado en las zonas rurales. Era la primera vez en la historia que la música indígena de África era registrada y publicada.

Hugh Tracey dedicaría los siguientes años de su vida a viajar por todo el continente con una grabadora portátil, para registrar discos de música folk africana. A lo largo de su vida, grabaría 210 LPs con música tradicional de diferentes países del África Austral, África del Este y la región central. En total, de 1920 a 1970 recopiló 35.000 registros, con los que fundaría el primer, y mayor archivo de música africana del mundo hasta la fecha: el ILAM (Biblioteca Internacional de Música Africana), en la Universidad de Rhodes, en Grahamstown, Sudáfrica.

Aunque se le había concedido una beca para hacer trabajo de campo en 1931, sus informes, que incluían acusaciones a las iglesias misioneras y las formas en que algunas veces suprimían la existencia de culturas tradicionales, eran demasiado polémicos para ser publicados en un momento en que la colonización estaba siendo tan rentable para las potencias europeas. Así que Tracey iría por libre. “En ese momento el público mostró poco interés por la música africana y no entendía por qué insistía constantemente en el valor social y artístico de la música para las futuras generaciones de africanos”, escribió en el catálogo de notas de su LP “The Music of Africa” (1972).

Cuando los jóvenes descubren la música de sus ancestros:

Ahora, el proyecto Beating Heart, emergido en 2016 de la mano de Olly Wood y Chris Pedley, está trabajando con 1000 de las grabaciones compiladas por Tracey entre los años 1920 y 1970 en 18 países del África Subsahariana, para actualizarlas y hacerlas accesibles a las generaciones más jóvenes gracias a su trabajo con productores africanos contemporáneos. Además, siguiendo la visión de Tracey, los ingresos generados por la venta de estos discos están siendo utilizados para ayudar a la población de las áreas donde la música fue grabada originalmente.

Su primer LP, centrado en las grabaciones de Tracey en Malawi, inflamó las pistas de baile con remixes de Ibibio Sound Machine, Drew Moyo o Luke Vibert. Ahora, con la presentación de un nuevo EP con la colaboración de Coen, Tru Fonix, SNØW y The Busy Twist vuelven a encender la mecha de la recuperación del folklore tradicional a través de remixes filtrados por la música urbana contemporánea. Beating Heart anima, así, a músicos, productores y DJs de todos los géneros a participar y colaborar a partir de las grabaciones de Hugh Tracey para actualizar los sonidos africanos más tradicionales y hacer que vuelvan a sus comunidades originales a partir de nuevos formatos.

Gemma Solés: Las grabaciones etnomusicológicas suelen ser solamente accesibles a académicos, y estar disponibles solo para una pequeña élite de intelectuales dedicados al estudio de las músicas africanas… ¿Creéis que con vuestro proyecto estáis contribuyendo a un acceso más democrático a la música?

Olly Wood: ILAM está situado en la Universidad de Rhodes en Grahamstown, y es de su propiedad. Beating Heart simplemente es un concepto progresivo para cualquier archivo – es extremadamente raro que las instituciones académicas permitan manipular y utilizar de esta manera cualquiera de sus activos-. ILAM aprobó nuestro proyecto colaborativo para ayudar a introducir el archivo a las nuevas generaciones. Encontrar un acuerdo para el concepto está en curso. Pero volver a trabajar la música de una época pasada plantea todo tipo de preguntas de apropiación, que solo se responderán en el tiempo. Es un proceso continuo y en constante evolución y ha llevado cuatro años de desarrollo para construir una relación de confianza en la que se apoya nuestro proyecto.

G.S: Sabemos que la música nutre el alma, pero en este caso, también pretende ser un paliativo contra la desnutrición en África. Explícanos cómo.

O.W: A través de las ventas del álbum Beating Heart Malawi (2016) y Beating Heart Sudáfrica (2017), estamos recaudando fondos para construir huertos de alimentos sostenibles en escuelas y comunidades de ambos países. Recientemente visitamos el proyecto Garden To Mouth en Malawi para dar seguimiento al sistema de riego que Beating Heart ha financiado. Era importante para nosotros ver el desarrollo con nuestros propios ojos. El seguimiento es fundamental para el ethos de este proyecto.

G.S: ¿Cuál ha sido el impacto o reacción de este primer álbum entre los malauís?

O.W: La gente que está fuera de la etnomusicología en todo el mundo es en gran parte inconsciente de la existencia de ILAM, por lo que remezclar estas melodías (nuevas y viejas) en la radio y en los eventos en Malawi fue muy poderoso. Las grabaciones se recibieron muy positivamente, muchos se sorprendieron al enterarse de su existencia.
Ha sido enriquecedor dirigir a la gente a ILAM como una fuente de patrimonio africano. Los oyentes decían “suena bien” y a veces escuchaban más profundamente el fondo de las canciones. Ha sido bien recibido por la generación más joven y ha promovido debates sobre historia, cultura y patrimonio. También hemos iniciado colaboraciones entre artistas de Reino Unido y músicos tradicionales de Malawi…

Imagen de Beating Heart en Malawi. Fotografía de Thomas Lewton.

G.S: Vuestro proyecto es una forma de contribuir a que la música que se escuche en el continente tenga un componente afrocéntrico. Pero, ¿no es una contradicción que este cambio provenga de fuera del continente?

O. W: Las culturas están evolucionando constantemente en todo el mundo. Con la ayuda de la tecnología el potencial de conectar y crear a través de las fronteras es verdaderamente ilimitado. Beating Heart es simplemente otra polinización cruzada de culturas. Como el viaje continúa, es nuestro deseo participar con tantos artistas africanos como sea posible. Cada artista contribuyente lo ha hecho por un verdadero amor por los sonidos frescos, la fusión cultural y la recaudación de dinero para los necesitados. Lo que estamos ofreciendo esencialmente es una plataforma, y a través de este proyecto hemos descubierto una increíble oportunidad de conectar a músicos de todo el continente.

G.S: ¿Y por qué música electrónica? ¿Es la mejor manera de llevar la música tradicional a las nuevas generaciones?

O.W: No teníamos ninguna razón premeditada. La belleza de la música es que se puede reinterpretar sin fin. ¡Las generaciones futuras podrían hacer nuevos remix de estas nuevas canciones!

G.S: Habéis comenzado con Malawi, y seguís por Sudáfrica. ¿Qué otros países vendrán en el futuro?

O.W: Esperamos reflejar el concepto de Beating Heart en cada uno de los 18 países contenidos en el archivo ILAM. Acabamos de lanzar el “Beating Heart – South Africa” ​​en primavera de 2017.

G.S: ¿Crees que otros archivos de música africana en el mundo podrían comenzar a abrir a sus grabaciones a otros proyectos similares? ¿Podríamos estar ante un momento de apertura, redescubrimiento y reinterpretación de la música tradicional africana?

O.W: Nuestros egos pueden decirnos que hemos empezado algo nuevo, pero el remixing está en todas partes en la música de hoy y ha sido así durante mucho tiempo. Cuando Hugh Tracey grabó las 35.000 pistas entre los años 1920 y 1970, su esperanza era que las generaciones futuras pudieran apreciar y aprender de la música. A través de BH estamos tratando de dar al archivo y la música que hay en él una nueva vida. Creemos que todos los archivos deberían ser responsables y dar acceso a todo el mundo. ¿Cuál es el objetivo de archivarlo, si sólo queda enterrado y encerrado.

La responsabilidad social es el eje clave para Beating Heart. Si estas grabaciones han de ser comercializadas debe ser en beneficio de las comunidades donde la música se originó. Nuestro deseo es traer estos activos culturales a la vida cotidiana. Hay un conocimiento ancestral contenido en la música y la gente sólo necesita una oportunidad para oírla y reconectarse a ella. Esto es el principal objetivo de nuestro proyecto.

De una cárcel malauí a los Grammy

La rutina se desquicia con la sorpresa. Los perdedores ganan adeptos a favor del desconcierto y se celebra que una banda desconocida de un país incógnito se cuele en las nominaciones de la 58ª edición de los Grammy. Sobre todo si ese país, Malaui, es la primera vez que consigue colarse en los premios de la música estadounidense.

Imagen cedida por Marilena Delli.

La prisión de Zomba, en Malawi. Imagen cedida por Marilena Delli.

Junto a grandes nombres como Gilberto Gil, Angelique Kidjo, Ladysmith Black Mambazo o Anoushka Shankar, Zomba Prison Project se coló en la categoría de World Music con su disco I Have No Everything Here (Six Degrees Records) el pasado noviembre.

La música es una recompensa y lo que ha ocurrido con este proyecto en particular está más allá de cualquier expectativa”, dice Ian Brennan, productor musical del álbum en una conversación telefónica con Wiriko desde Italia.

En 2013 mientras Brennan y su esposa Marilena Delli viajaban por África del este tomaron un camino de fe. Brennan llevaba la idea de grabar en una cárcel y en Zomba, antigua capital de Malaui, había una y una pequeña banda formada por los convictos. El acceso a la prisión no estaba garantizada a pesar de los contactos con una ONG local y de toda la documentación entregada. Tras la espera burocrática la incertidumbre se disuadió y la pareja consiguió seis horas de material que sin embargo no procedía en su totalidad de la banda de reos de la que Brennan había oído hablar.

I Have No Everything Here recoge composiciones que vienen de las mujeres, minoría en la cárcel, a las que animaron a contar sus historias. También trabajaron con otros reos a la hora de escribir sus canciones para intentar que a través de la música dejasen al margen las condiciones en las que se encuentran. A pesar de sus diferentes sentencias, los protagonistas de este proyecto se aglomeran en unas instalaciones penitenciarias saturadas que acogen a más de 2000 presos cuando la cárcel está diseñada para poco más de 300. Un panorama donde los servicios sanitarios, médicos y alimenticios se ven lastrados a la hora de cumplir con los derechos humanos.

ZombaPrisoncover copyLa visita de Brennan y Marilena fue una distracción. Un escape a la realidad que se convirtió es una recopilación de pequeñas letrillas. Monólogos de arrepentimiento y perdón. De pérdida, miedo y esperanza que vienen desnuditos. Muchas canciones están a cappella o con el simple acompañamiento de una guitarra acústica como Please Don´t Kill My Child I Am Alone.

En la música africana hay un énfasis en el aspecto rítmico que es fascinante. Pero hay mucho más y en este caso lo más brillante son las melodías. La grabación se basó en lo íntimo. La gente utiliza la tecnología para lograr sonidos pero en este disco paradójicamente hizo que fuera más fácil grabar algo fiel, de forma más pura. Es un álbum de cantantes y canciones y no hay mucho más”, dice Brennan que improvisó un estudio de grabación en la prisión.

Imagen cedida por Marilena Delli.

Zomba Prison Project. Imagen cedida por Marilena Delli.

Con algunos versos en inglés, el disco de 20 temas y con algo más de media hora de duración, está cantado en chichewa, la lengua predominante en Malaui. “Cuando escuchas a alguien en una lengua extranjera predomina lo que se comunica más que lo que se dice. Normalmente se siente algo muy honesto”, cuenta el productor.

Zomba Prison Project. Imagen cedida por Marilena Delli.

Zomba Prison Project. Imagen cedida por Marilena Delli.

Brennan, productor de otras bandas africanas como The Good Ones (el grupo de supervivientes ruandeses a los que Wiriko ya tuvo la oportunidad de entrevistar recientemente), Tinariwen, Trance Percussion Masters o Malawi Mouse Boys, otra banda predilecta de esta revista, apuesta por la diversidad musical de lugares que quedan ignorados por la industria. “La gente piensa que escuchar música en otro idioma es un obstáculo pero es más bien un freno psicológico. El predominio del inglés y el español hace que en otros lugares no haya discos en su propio idioma”, explica Brennan quien ha recibido cuatro nominaciones en los premios Grammy.

Malawi no es un lugar de paso para el productor. Los lazos con el país llegan a su familia ya que el padre de Marilena, su esposa, vivió allí en los años 60 y 70 y siempre consideró como su casa. “A pesar de que el Banco Mundial lo coloque como el país más pobre del mundo, el país tiene una riqueza que no se calcula en Wall Street”.

Con el lanzamiento del disco hace ya un año se creó también una iniciativa para destinar fondos a la mejora de las condiciones de los prisioneros en la cárcel de Zomba. A pesar de la repercusión obtenida y el aceleramiento de varios casos el proceso se ha estancado en el modo habitual en el que funciona el ineficiente Servicio de Prisiones de Malawi.

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Zomba Prison Project. Foto cedida por Marilena Delli.

A unos días para que cierre de las votaciones para los Grammy, Brennan está contento por una alegría inesperada. Confiesa que configuró una lista de nominados y acertó en cuatro de los cinco. El otro es su Zomba Prison Project que se codea con algunos artistas que ya han conseguido el galardón y se desconoce si los propios músicos saben de su logro ya que toda comunicación se realiza mediante el servicio de prisiones del país y la ONG local.

No son proyectos para hacer dinero sino para dar a conocer música”, dice desde Italia Brennan antes de embarcarse en los próximos días en otra aventura por el continente africano. Además adelanta a Wiriko que en abril llega el tercer álbum de los Malawi Mouse Boys, su trabajo más progresista en cuanto a sonido y valora positivamente el recibimiento del reciente segundo trabajo de The Good Ones.

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Peter Mawanga: “En Malaui tengo una tribuna que muchos no tienen”

El cantautor malauí es considerado el embajador de los problemas sociales de su país

Originario de la región central de Malaui, Peter Mawanga creció en Harare, Zimbabue, donde la profesión de su padre llevó a toda la familia. Zimbabue peleaba por su independencia y entre tanto revuelo, la familia Mawanga intentaba salir del país sin visados. Atrapados en el aeropuerto internacional de Harare y entre la conmoción, el pequeño Peter de sólo dos años comenzó a cantar Amazing Grace dando un respiro a los caldeados ánimos de los presentes. Ese fue el inicio de una relación con la música que dura hasta hoy en el que incluso la inglesa BBC le sigue los pasos.

Peter Mawanga durante uno de sus conciertos. Foto: Magdalena Krohn/WIRIKO.

Peter Mawanga durante uno de sus conciertos. Foto: Magdalena Krohn/WIRIKO.

Asentado de nuevo en Malaui, con 16 años, Peter creció en el rap. “De ahí es de donde vengo”, comenta cuando se reúne con compañeros de un estilo lejos del que actualmente hace. Jugaba con las palabras e incluso ganó varias competiciones pero tras “una enorme transición” buscó una nueva identidad musical.

Por el camino dejó sus estudios de ingeniero mecánico. Apartado de todo contacto cultural, en la aldea fronteriza de Mchinji, le dijo a su madre que se iba a estudiar a Lilongüe. La carrera fue el mejor pretexto para que en la capital buscase cómo impulsar sus proyectos. Digital Studios, único estudio digital por aquel entonces en Lilongüe, le dio la oportunidad de grabar su primera demo. Un éxito que le llevó a Amakhala ku Blantyre.

Este hit fue en 2002 el principal sencillo de su primer disco. “Todavía se escucha por las aldeas”, dice Mawanga impresionado por un himno que causó controversia en la capital económica de Malaui, Blantyre. “Quería resaltar las dificultades que la gente rural tiene cuando emigra a la ciudad. No tienen dinero y comienzan a robar en las casas”.

Por muy perjudicial que los distintos mandatarios de la ciudad vieran la letra de la canción, Blantyre es sólo un ejemplo de cómo en las ciudades de Malaui la vida es dura para el que recién llega.

La identidad social que Peter buscaba en la música comenzaba a pulirse ya desde su primer éxito. Además cambió su nombre de Peter Pine a Peter Mawanga para completar esta transformación.

Siempre ha mantenido su imagen pública al lado de los más desfavorecidos, especialmente los niños. En 2004 creó la fundación Talentos de los niños de Malaui para intentar sacarlos de la calle e intentar que volvieran a la escuela. La música fue la aliada para que muchos de estos niños usaran sus habilidades, su magia y moldearan su vida. “Muchos son profesores de música y otros tienen sus propios grupos. Y eran niños de la calle”, resalta orgulloso Mawanga.

En 2005 llegaría su segundo disco, Zanga Zo Zama, consolidando esa transformación de cantautor de lo social con canciones como Tsoka, Londa o Mwana Wamasiye.

Pegado a la realidad de su país, en 2011 afrontó un nuevo proyecto de la mano de Andre Finn Magill. Historias del SIDA es un recopilatorio de canciones que descubren la vida de nueve personas afectadas por el virus. Un trabajo que reunió a muchos músicos de Europa y Malaui para dar a conocer las condiciones de vida de una de las plagas más mortíferas en el país sudafricano.

El reto más difícil de su carrera, fue sin embargo, el de crear su propia banda. The Amaravi Movement lleva ya tocando siete años con Mawanga. “Quiero que sean mi familia, adonde vaya, vamos juntos”, dice Peter apuntando la unidad de la banda donde él no se siente la estrella.

El disco fruto de estos años, el primero del sello Rythm of Life, se llama Paphiri Ndi Padambo. “El título significa “colinas y valles” y decidimos llamarlo así por los malos y buenos momentos que pasamos hasta terminarlo”.

El primer tema es Ku Malawi, un canto que resalta la felicidad, amor, paz y unidad de su pueblo. El Mawanga más social se encuentra en Chilango, una canción donde la voz suave del cantautor invita a no juzgar a los niños callejeros de las ciudades de Malaui sino a ayudarlos.

En todo el álbum Mawanga escribe para Malaui, para resaltar las virtudes, costumbres y tradiciones olvidadas como se escucha en la canción Sungani Mwambo. Una búsqueda de las raíces de Malaui y su idiosincrasia donde la religión toma un papel primordial.

El track número tres del disco, Paphiri Ndi Padambo, apela a Alinafe!, la palabra en chichewa para expresar que “Dios está con nosotros”. Aparte de lo social Peter Mawanga habla de dios y de cómo a pesar de que en el camino haya altos y bajos este siempre está ahí, con nosotros, con Malaui.

Es por ello por lo que “Malaui es un país temeroso de Dios”.  La importancia de la religión les ha llevado a ver la vida bajo estas doctrinas y tienen miedo de no respetarlas. Una vez aceptadas estas ideas, el pueblo las ha trasladado a su rutina y es lo que más impresiona a los visitantes. “Nadie va a cambiar nuestra forma de vivir”, reitera Peter Mawanga quien describe a su país como un pueblo tolerante y acogedor. “Esta es la razón por la que somos el corazón caliente de África”.