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Artistas para la Paz

Existe un proverbio ugandés que dice: “Cuando dos elefantes luchan, es la hierba la que sufre”. Afortunadamente, no hay conflicto armado actualmente en la perla de África, pero si ampliamos las fronteras, nos topamos con distintos focos de conflictos que azotan al continente. Así y todo, mientras algunos deciden hacer la guerra, otros hacen denuncia de estos crímenes y reivindican la paz con su arte.

Aprovechando la celebración del Día Internacional del Personal de Paz de las Naciones Unidas, centrado en la temática «Invirtiendo en la paz del mundo»,  queremos reconocer la contribución del arte más comprometido. Porque el arte puede ser una herramienta educativa para la construcción de la Paz y la prevención de los Conflictos.

Sudán del Sur

Mientras el pueblo celebraba la paz en Sudán con la independencia de Sudán del Sur en 2011, el país más joven de África se veía, al poco tiempo, inmerso en una nueva guerra civil. El gobierno del nuevo país se creó alrededor de la atnia mayoritaria e ignorando al resto de grupos étnicos. En 2013, el presidente dinka Salva Kiir no se tomó muy bien las críticas de su segundo Riek Machar y le despidió. Este intentó un golpe de estado que fue sofocado, pero tras tres años de negociaciones con la comunidad internacional, la violencia se instaló en Juba, la capital sursudanesa, en verano de 2016.

Pintura del colectivo Ana Taban

Y mientras la violencia y la muerte aterrorizaban al pueblo de nuevo, los artistas se echaron a la calle para llenar las paredes de la capital con mensajes de paz. Se trata del colectivo de artistas AnaTaban (Estoy Cansado), una comunidad de creativos jóvenes cansados de ver sufrir a su pueblo. Lo que pretenden es crear una plataforma de gente joven, unir sus voces y hablar libremente para lograr la paz.

Pintura del colectivo Ana Taban

República Democrática del Congo

La guerra por el control de los recursos minerales y el coltán no es el único conflicto abierto de la República Democrática del Congo. Mientras su presidente, Joseph Kabila, se aferra al poder cuando su segundo mandato, y último según la Constitución del país, terminaba el pasado diciembre, la crisis se agrava, la violencia no cesa y las muertes se acumulan en todo el territorio. La semana pasada, el presidente nombró un nuevo Gobierno de transición en contra del acuerdo con la oposición, de finales de 2016, en el que se le permitía seguir en el poder hasta que se celebraran elecciones a finales de 2017. Muchos sospechan que Kabila intenta convocar un referéndum que le permita un tercer mandato, como hicieron sus homólogos en Ruanda y Congo.

Daddy’s falling trone, 2015, Steve Bandoma

Son muchos los que han terminado en la cárcel por reivindicar un cambio político en el país, pero Steve Bondoma lo hace de una forma más sutil. A través de la pintura, la fotografía y el reciclaje de revistas para darles una nueva vida, el artista muestra en sus obras el ajetreo de la capital congoleña y una sociedad en cambio constante. Una forma de ver el mundo que denuncia la retirada de la moral con consecuencias tales como la corrupción, el robo o la falta de honradez.

No dirty money!, 2015, Steve Bandoma

Somalia

Para entender el conflicto somalí, tenemos que remontarnos hasta el siglo pasado cuando, en 1991 movimientos militares revocaron el régimen de Siad Barre y distintos grupos étnicos empezaron a luchar para hacerse con el poder, dejando, así, el país dividido. Todo se agravó con la sequía que atormentó al país con una terrible hambruna en 1992. Con la entrada del nuevo siglo, se han ido sucediendo distintos gobiernos de transición, pero en la actualidad, la guerra civil continúa librándose y el país, aunque si cuenta con un gobierno oficial, aún se encuentra activo el grupo islamista radical Al-Shabab. El conflicto se ha cobrado innumerables víctimas mortales y desplazados.

Fotografía de Mustafa Saeed, publicada en African Digital Art

Originario de Arabia Saudí, pero residente en la ciudad somalí de Hargeisa, el fotógrafo y artista visual Mustafa Saeed, lanzó el proyecto Coroned Energies, que, mediante imágenes, grabaciones y sonido, retrata la vida cotidiana y las experiencias de los jóvenes somalíes y pretende ser una plataforma para que puedan expresarse.

Fotografía de Mustafa Saeed, publicada en African Digital Art

El terrorismo islámico en Malí, Nigeria y Chad

El terrorismo también está presente en Malí, cuando los acuerdos de paz se estancaron en 2015. En marzo, distintos grupos terroristas activos en la región anunciaron su fusión en Jamaât Nasr Al islam wa Al mouminin (Grupo para el Apoyo del Islam y de los fieles). Al igual que en Nigeria, o Chad, el terrorismo Islámico de Boko Haram, que secuestra a menores y en ocasiones los usa como armas de guerra, atormenta la región, a la vez que se van debilitando las instituciones gubernamentales que no ven cómo solucionar el problema.

L’initiation, 2004. 7 Elements. Mixed Media On Fabric, Abdoulaye Konaté

Una de las figuras más destacadas del arte contemporáneo maliense es Abdoulaye Konaté, que mediante telas – materia barata y fácil de conseguir en el país – que tiñe, corta y cose, transmite sus ideas acerca de las esferas políticas y sociales del país. Su trabajo se centra en las tensiones políticas de la región del Sahel.

Otro de los artistas más influyentes, de origen ghanés, pero residente en Nigeria y profesor de la universidad del país, el escultor El Anatsui, se vale de materiales recicladas de las calles, como el aluminio, el cobre o la madera, para crear objetos que expresan sus diversas preocupaciones políticas, sociales e históricas.

Gravity and Grace Monumental Works by El Anatsui, Eva Blue

Arte frente a la violencia armada contra hombres y bestias

El artista sudafricano Ralph Ziman, conocido por una serie que visibiliza el drama del negocio de las armas en África, vuelve a poner a sus víctimas en el punto de mira

Una de las obras de la muestra 'Bones'. RALPH ZIMAN.

Una de las obras de la muestra ‘Bones’. RALPH ZIMAN.

Nació en Zimbabue, pero hasta los 19 años vivió en la ciudad sudafricana de Johannesburgo. Hoy, desde Hollywood, el escritor, fotógrafo, productor y director de cine Ralph Ziman, canaliza las nefastas consecuencias del negocio armamentístico en el continente a través del arte para provocar un seísmo en la conciencia colectiva. A través de dos series fotográficas, el artista nos invita a actuar tanto desde dentro como desde fuera de África para terminar con el sufrimiento humano y para frenar la guerra contra su fauna.

Gemma Solés: Su nombre saltó a la fama con Ghosts(Fantasmas), un trabajo brillante que mezcla fotografías coloridas con un trabajo de orfebrería que consigue causarnos vértigo emocional cuando nos damos cuenta de lo que hay detrás de él. ¿Cuál fue su propósito para esta serie?

Ralph Ziman: Mi inspiración vino de la fascinación por las armas de fuego en general que hay en Sudáfrica. Visualmente la AK 47 es muy distintiva. Es un icono, como la botella de Coca-Cola o los arcos dorados de Mc Donald. En Sudáfrica esta arma tiene mucho peso porque es vista como el arma de la liberación, un símbolo de la lucha antiapartheid. Pero también se ha convertido en un símbolo de la violencia rampante, de los atracos a los bancos, el robo de vehículos o los hurtos callejeros… Donde vemos la AK 47 en África vemos guerra y muerte. Los piratas somalíes, la guerra en Sudán del Sur, los rebeldes en la República Democrática del Congo, los terroristas de Boko Haram… Se estima que la AK 47 ha matado a más gente que la bomba atómica y el sida juntos. Muchas de las personas asesinadas o desplazadas por las guerras libradas con esta arma son mujeres y niños. Siempre vemos los señores de la guerra, las milicias armadas…, pero casi nunca vemos las víctimas. Ellos son mis fantasmas, invisibles, anónimos.

* Artículo publicado originalmente en Planeta Futuro gracias a un acuerdo de colaboración entre Wiriko y esta sección de EL PAÍS. Para seguir leyendo, pincha aquí.

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RALPH ZIMAN.

RALPH ZIMAN.

Cómic y música para la paz en RCA

Los medios de comunicación han convertido a la República Centroafricana en las últimas semanas en la nueva Ruanda, el lugar donde los vecinos se matan entre sí de la manera más salvaje por diferencias de etnia o de religión; en la nueva República Democrática del Congo, el lugar en el que la violencia se ha apoderado del día a día y se ha convertido en la ley irracional del más fuerte (o el más armado) y el menos escrupuloso; en el nuevo Corazón de las Tinieblas de Conrad, un auténtico agujero sombrío sin ningún atisbo de esperanza. Pero los medios de comunicación vuelven a mostrarse deslumbrados por el espectáculo de la violencia. La guerra, la destrucción y el drama son incuestionables. Sin embargo, en medio de ese panorama oscuro la cultura pone el contrapunto. Dos ejemplos claros, como el de Didier Kassaï, un dibujante que se abre paso a trazo de lápiz, para explicar una situación menos simple, pero más humana, desde el mismo corazón de la crisis. Y una cantante, Idylle Mamba, que encabeza a un grupo de artistas africanos que cantan desde Paris por la paz en la República Centroafricana.

Kassaï, dibujos para contar la historia

Portada del cómic de Didier Kassaï publicado por La Revue Dessinée

Portada del cómic de Didier Kassaï publicado por La Revue Dessinée

Desde el mismo corazón del desastre se erige un periodista poco ortodoxo. Didier Kassaï es, en realidad, un dibujante, un autor de cómic, posiblemente uno de los más exitosos de la maltrecha República Centroafricana, que acaba de publicar una atípica crónica de lo que está ocurriendo en su país. Bangui. Un témognaige de Didier Kassaï es un relato en primera persona de los enfrentamientos entre diferentes milicias en la capital del Estado africano, que va desde el 5 de diciembre de 2013 al 4 de enero de 2014 y que se ha publicado en La Revue Dessinée. Efectivamente es mucho más que un cómic y está planteado como un auténtico reportaje construido a base de viñetas.

El propio autor es el protagonista de la historia y su honestidad es avasalladora. Al principio del relato asegura que se trata del “desgarro” más duro para él y por ello le resulta complicado encontrar “las palabras para describir este caos sin tomar partido” y “sin arriesgarse”, asegura. Kassaï pretende ser imparcial porque en la situación que está viviendo la República Centroafricana hay muchos responsables, pero los análisis siempre tienden a olvidarse a alguno de ellos.

La experiencia de este dibujante le hace especialmente indicado para enfrentarse al reto de contar la República Centroafricana desde el punto de vista del ciudadano de a pie, de los que sufren la situación actual. Él es cristiano y su esposa musulmana, quizá por eso muestra en su comic tanto desprecio por la explicación simplista del enfrentamiento religioso. En las viñetas de Bangui. Un témognaige de Didier Kassaï aparecen los atropellos de la Séléka (la milicia musulmana), pero también la de los “anti-Balaka” (los hombres armados del “bando” cristiano) y los mercenarios chadiano o sursudaneses, las fuerzas internacionales…

El cómic es la historia de un mes dramático en la vida de este dibujante, desde que se decide a arriesgar su vida para saber de su hermano, hasta que Bangui, la capital de la República Centroafricana, se convierte en un caótico campo de batalla entre las milicias. Incluyendo la puesta a salvo de su familia, la huída hacia una zona segura cerca del aeropuerto de la ciudad, el intento de regreso a una casa devastada o la vida en un improvisado campo de desplazados.

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Kassaï no pretende adornar la realidad y la que fue “Bangui la coquette” (“Bangui la coqueta”) en un cómic que el mismo dibujante firmó en 2006, se convierte en esta obra en “Bangui la roquette” (“Bangui el misil”). Los dibujos de Kassaï muestran también las consecuencias de los enfrentamientos, los heridos y las víctimas y los choques despiadados, el pillaje y el odio que destilan todos los contendientes. Pero sobre todo muestra, y su posicionamiento es muy claro, a los que padecen esta situación. Los ciudadanos que tienen que esconderse en los lugares más insospechados, refugiarse en zonas poco adecuadas, abandonar sus casas a la carrera, sobrevivir a duras penas.

Kassaï ha recibido premios a sus trabajos en Francia e Italia y ha publicado en países europeos y africanos. Y ahora sigue trabajando para explicar lo que se está viviendo en un país que desgraciadamente ha asaltado las páginas de los periódicos con las imágenes más atroces. Hace sólo unos días Kassaï se lamentaba a través de Facebook de la falta de materiales que estaban retrasando sus encargos (está previsto que durante este año se publiquen dos álbumes de este dibujante) y recibía la solidaridad y el apoyo de compatriotas en el extranjero y amigos de diferentes nacionalidades.

La publicación de Bangui. Un témognaige de Didier Kassaï está acompañada de un texto de análisis de la situación firmado por David Servenay en el que desgrana algunos de los detalles poco conocidos del país y de la situación política (sin escatimar críticas y desconfianzas hacia la intervención francesa) y de un perfil del autor realizado por el también dibujante Beb-Deum.

Desde Bangui (esa Bangui desgraciadamente “la roquette”), Didier Kassaï continúa difundiendo páginas de las que su puede deducir que serán las próximas entregas de su particular crónica del conflicto en la República Centroafricana. Así es como este dibujante se ha convertido en una fuente incuestionable de información y en una muestra de cómo vive la sociedad centroafricana esta situación, de la voluntad de la población civil de construir la paz y de su rechazo a un discurso que pretende enfrentar a comunidades religiosas que son perfectamente capaces de convivir pacíficamente.

Mamba, la música de la reconciliación

Idylle Mamba junto a Toussou N'Dour. Fuente: Página oficial de Idylle Mamba

Idylle Mamba junto a Toussou N’Dour. Fuente: Página oficial de Idylle Mamba

Por otro lado, Idylle Mamba muestra otra cara de la implicación de la cultura en la construcción de la paz. La artista centroafricana ha colaborado con el senegalés Youssou N’Dour, posiblemente uno de los músicos africanos con más proyección internacional, en una iniciativa orientada a fomentar la paz en la República Centroafricana. Los dos músicos han tratado de escenificar con la grabación de una canción a dúo la ausencia de las diferencias confesionales. Él es musulmán, ella es cristiana y, así han pretendido desacreditar el argumento de que las diferencias religiosas provocan la violencia. “One Africa”, el tema estandarte de esta iniciativa, es un canto a la unión entre las creencias, sobre bases tremendamente sencillas.

Cartel del concierto solidario de músicos africanos celebrado el 10 de marzo en París.

Cartel del concierto solidario de músicos africanos celebrado el 10 de marzo en París.

Sin embargo, “One Africa”, que se lanzó hace poco más de un mes, muestra también la voluntad de potenciar la solidaridad africana. La canción apela a un hermanamiento entre el pueblo senegalés y el centroafricano, por otro lado tan voluntarioso como inocente.

La canción es, en realidad, la primera de una serie de acciones que implican a otros músicos también africanos, reforzando esa idea de solidaridad continental y la de la capacidad de la cultura, en este caso la música, para ayudar en la construcción de la paz. El siguiente evento, fue la celebración de un concierto el pasado 10 de marzo en el Théâtre de la Ville à Paris en el que participaron figuras como los congoleses So Kalmery, Lokua Kanza y Ray Lema, el angoleño Bonga y evidentemente el dúo Youssou N’Dour – Idylle Mamba. El objetivo de la iniciativa era recoger fondos para la reconstrucción, como no, de un centro cultural en Bangui destruido hace un año por los enfrentamientos en la capital centroafricana.

La implicación de los artistas es tal que se ha anunciado que esta iniciativa pretende realizar una gira por el país en conflicto. Están convencidos de que el paso de los músicos puede preparar el terreno en el que después se instalen las urnas para reactivar la reconciliación. Esta es sólo una de las actividades relacionadas con esta iniciativa de músicos africanos en favor de la paz en la República Centroafricana

Ni Sisi, teatro para la paz en Kenya

Un mensaje pintado por el artista Ashif 'Maasai Mbili' en las calles de Kibera. Fotografía: Dai Kurokawa/EPA

Un mensaje pintado por el artista Ashif ‘Maasai Mbili’ en las calles de Kibera. Fotografía: Dai Kurokawa/EPA

 

El pasado lunes, 14 millones de kenianos se tiraban a la calle para elegir presidente y votar nuevo parlamento. La última vez que esto ocurrió (2007-08), las manifestaciones masivas y la violencia se apoderaron de todo el país, en especial de la región del Valle del Rift, saldándose con la vida de alrededor de 1.200 personas y la pérdida de hogar de 600.000. Las acusaciones de fraude electoral hacia el presidente Mwai Kibaki y el que sería su primer ministro Uhuru Kenyatta[1] (ambos de etnia kikuyu) por parte de los seguidores de Raila Odinga (de etnia luo), desataron una vendetta desastrosa.

Kenianos siguiendo el resultado de las elecciones por la televisión, en las calles de Nairobi. Foto:  Jerome Delay/Associated Press

Kenianos siguiendo el resultado de las elecciones por la televisión, en las calles de Nairobi. Foto: Jerome Delay/Associated Press

Hoy por hoy, el panorama no deja de ser complicado. Un fallo informático que obligó a hacer el recuento de las papeletas manualmente encendió la discordia por unos confusos 300.000 votos nulos (un 6% del total). A pesar del aparente galimatías, los medios internacionales avanzaban durante el fin de semana que Uhuru Kenyatta habría ganado las elecciones con un ajustado 50’07% de los votos, seguido de un cercano Odinga -que no reconoce los resultados- y del tercer candidato, Musalia Mudavadi (de etnia luhya). Ahora, la principal preocupación es qué sucederá con los cargos que se le imputan desde la Corte Penal Internacional al nuevo presidente, y en qué medida ésto comprometerá las relaciones internacionales de Kenia en el fichero global.

Sin embargo, hay dos grupos que se preocupan más por otras cuestiones. Por un lado, encontramos a las empresas occidentales, haciendo cola para sacar tajada de la tarta petrolífera. Y por el otro, el conjunto de la sociedad keniana, luchando para construir la unidad y la paz del país de una forma admirable.

En Wiriko ya os hablamos de algunas iniciativas que han favorecido cierto cambio social, denunciado la corrupción y dado un vuelco a la opinión pública sobre la mala praxis por parte de la clase política durante los últimos años de mandato de Kibaki. Este es el caso de los graffittis del fotoperiodista Boniface Mwangi y el movimiento Mavulture, el programa satírico de los guiñoles de XYZ Show o las iniciativas cinéfilas en el slum de Kibera. Pero hoy queremos ampliar nuestras referencias y hacer un homenaje a otra disciplina muy popular, la del teatro.

Audiencia de la obra Ni Sisi. Foto: SAFE

Audiencia de la obra Ni Sisi. Foto: SAFE

Una de las actuaciones en la calle de la obra Ni Sisi. Foto: SAFE.

Una de las actuaciones en la calle de la obra Ni Sisi. Foto: SAFE.

Justo una semana antes de las presentes elecciones se estrenó la película Ni Sisi, que en swahili siginifca “somos nosotros”. El film, en swahili y sheng -con subtítulos en inglés-, ha contado en las filas del reparto con el famoso actor Joseph ‘Babu Wairimu’ (protagonista de Nairobi Half Life). Producida por la ONG keniano-británica S.A.F.E, que trabaja en las áreas mas deprimidas del país, la cinta es una adaptación de la homónima obra de teatro que se ha podido ver desde 2011 por las calles de todo el país. En clave de humor ácido, se revive el terror que azotó el país, para tratar cuestiones como la identidad keniana, el empoderamiento juvenil, el perdón o la responsabilidad.

Los actores y actrices de la obra narran relatos muy parecidos a los que vivieron en primera persona, haciendo un profundo trabajo de catarsis cada vez que entran en escena, donde se hace evidente la necesidad de dar un paso adelante y hacer autocrítica. De ésta forma, la audiencia se ve obligada a hacer balance sobre lo que sucedió, responsabilizándose de sus propios actos, mientras se deja relucir la necesidad de abandonar las riñas históricas entre los distintos grupos étnicos para construir la unidad nacional y la paz.

En la obra, uno de los temas más criticados es el del chisme. Hablar mal del vecino, hacer caso de los rumos o desconfiar de los amigos, -advierten-, acaba destruyendo la comunidad. Por ello la revisión se convierte en la mejor terapia.”Somos nosotros” los que chismeábamos. “Somos nosotros” los que peleamos. “Somos nosotros” los que morimos. Y por lo tanto, también “somos nosotros” los que debemos cambiar las cosas, dice uno de los personajes de la obra. Con ello, la paz se construye como una responsabilidad compartida y como una tarea individual en la que cada uno tiene algo que aportar.

Os dejamos el making-of de la adaptación para cine de la obra de teatro Ni Sisi, dónde podréis acercaros un poco más a la realidad social keniana para comprender desde una óptica popular, la situación política actual del país este-africano. ¡No os lo perdáis!

[1] Hijo del primer presidente de Kenia Jomo Kenyatta (1964-1978), primer ministro del presidente Kibaki, acusado de crímenes contra la humanidad por la Corte Penal Internacional después de la violencia postelectoral del 2007 (con juicio pendiente para julio de 2013) y poseedor de una de las mayores fortunas de Kenia.

Mogadiscio, capital del arte para la paz

Playa de Mogadishu vista desde un hotel abandonado. Fuente: Frank Langfitt/NPR

Playa de Mogadishu vista desde un hotel abandonado. Fuente: Frank Langfitt/NPR

En Somalia se trabaja a ritmo frenético para reconstruir una capital destronada. Mogadiscio ya no es esa metrópoli de mediados del siglo XX en la que los diplomáticos soñaban pasar sus vacaciones, donde la arquitectura árabe del siglo X se mezclaba con la modernidad italiana coloreando una estampa turística única en el Índico y con el vaivén de las aguas cristalinas bañando sus preciosas playas de arena blanca. Sus avenidas, reconquistadas por las milicias de Al Shabaab en agosto del 2011, han mudado discotecas y cafés por escombros y cicatrices de balas, postales de vacaciones con palmeras y heladerías por reportajes de piratas y secuestradores… Los estragos de una guerra civil que ha azotado el país durante más de dos décadas han sido un continuum en la prensa internacional y a día de hoy, solo un puñado de osados se atrevería a invertir sus energías en una ciudad en aparente anarquía.

Un hombre camina delante de una nueva tienda de internet, en Mogadiscio. Fuente: Ismail Taxta/Reuters

Un hombre camina delante de una nueva tienda de internet, en Mogadiscio. Fuente: Ismail Taxta/Reuters

Sin embargo, a pesar de la oscuridad en la que este pedacito del mapa africano se ha visto sumido durante tantos años, en Mogadiscio puntos de luz encendidos por paletas de colores y pinceles han turbado la penumbra, dispuestos a combatir la violencia con el arte, a impulsar la paz a través de la pintura. Supervivientes y luchadores se han encontrado en garajes, sótanos y escondrijos durante años con el eco de las ametralladoras. Otros muchos, optaron por emigrar. Pero hoy, mientras parte de la diáspora somalí regresa para reconstruir el país, la acústica de los talleres acoge sonidos muy distintos: el de los cortalápices, el goteo de las pinturas o el roce de las escobillas en los lienzos. Proyectos para la construcción de la paz, iniciativas privadas, escuelas y tiendas de arte trabajan desde distintas esferas para favorecer la edificación de una nueva Somalia, con una capital fornida de mensajes esperanzadores.

Puerta del establecimiento de Shik Shik Arts en Mogadiscio. Fuente: Ali Adam/Sabahi

Puerta del establecimiento de Shik Shik Arts en Mogadiscio. Fuente: Ali Adam/Sabahi

Shik Shik Arts es el ejemplo perfecto de cómo la guerra transformó las iniciativas artísticas en Somalia. Fundada en 1960, a día de hoy es un estudio de arte, una galería y una escuela del distrito de Hodan. La regentan Mohamed Hussein Sidow y sus cuatro hermanos, siguiendo la tradición de su padre, quien inició el negocio familiar. Durante muchos años, Shik Shik Arts diseñaron ropa, complementos, hicieron fotografías, carteles… Pero, aunque la actividad comercial se interrumpiera intermitentemente, se tuvieron que adaptar a la situación política del país, y se dedicaron al diseño de rótulos de tráfico. Hoy, los carteles comerciales vuelven a ser una de sus especialidades.

Otro tipo de cartelería, la que vio la clandestinidad como la única forma de supervivencia, es la que hoy apadrina el Centro para la Investigación y el Diálogo[1]. Recientemente, el CRD ha conseguido juntar artistas que ya se creían desaparecidos. Aunque el conflicto bélico puso en muchos casos precio a sus cabezas, y miles de sus obras fueron destruidas por ir en contra de las exigencias del Islam más radical, el proyecto ha logrado que los artistas perdieran el miedo a volver a pintar públicamente y que se involucraran en la educación de las jóvenes generaciones que tendrán que ocuparse del arte que invada las calles de Mogadiscio.

Muhyayidin Sharif Ibrahim, posando delante de una de sus creaciones. Fuente: Robyn Dixon, Los Angeles Times

Muhyayidin Sharif Ibrahim, posando delante de una de sus creaciones. Fuente: Robyn Dixon, Los Angeles Times

Muhiyidin Sharif Ibrahim ya ha cumplido los 63 y sonríe tímidamente cuando la cámara dispara el clic. Ya no tiene miedo de mostrar su rostro y orgulloso de su trabajo, exhibe sus tapices por las calles de la ciudad. Durante los primeros años del gobierno socialista de Mohamed Siad Barre, Ibrahim se había dedicado a pintar caricaturas del presidente, pero hoy, después de años de silencio gráfico, sus cuadros son optimistas retratos de una Mogadiscio ideal, pacificada y libre. Los camellos, siempre presentes en la iconografía somalí tradicional, así como la indumentaria aborigen de las mujeres, ya no hacen temblar el pulso de su pintura. Es un modelo a seguir, y la viva representación de una tradición que no ha muerto con la guerra, sino que puja para sobrevivir y permanecer.

Ibrahim es uno de los profesores del CRD, pero igual de importantes que ellos, son las generaciones venideras. Suleyman Yusuf es un joven de 20 años que escucha atentamente las lecciones de maestros como Ibrahim. Fue miliciano, porque durante toda su vida coger las ametralladoras ha sido una de las pocas formas de llevarse algo de comida a la boca. Ahora que Al Shabaab ya no campa libremente por la ciudad, las armas han dejado de ser las únicas herramientas para conseguir dinero. Yusuf ha decidido que el instrumento más acertado para la reconstrucción de Mogadiscio sea el arte, y ha sido reclutado por el CRD para formar parte de una nueva cantera de cartelistas de vallas publicitarias. Suleyman, como sus compañeros, pinta imágenes críticas que hagan reaccionar a la población y así, contribuye a generar debates sobre la justicia, la democracia o la paz. El joven aspira a poder vender sus obras en el terreno comercial, pero sabe que es necesario avanzar en grupo y por eso aprende aquello que el arte somalí fue antes de la guerra y aporta su granito de arena para un futuro mejor.

Mientras los colores invaden las calles de la capital, que empieza a hervir de mensajes políticos, se reabren teatros, cines, museos e instituciones académicas, y la cultura vuelve a la vida de los somalís. La esperanza, poco a poco, crece junto al compromiso de levantar un país de los escombros, con creatividad y con la convicción de que el mosaico multicultural de Mogadiscio, capital por excelencia del Cuerno de África, no puede más que ser la fuente de inspiración de una población diversa, plural y colorida como los cuadros de los artistas de Mog (diminutivo para Mogadiscio). Es cierto que la estampa idílica de los años setenta es ya solo un recuerdo, pero también lo es que la voluntad de un pueblo es más fuerte que una proyectil, un grito o incluso, una guerra tan cruenta como la que ha vivido este país. Esta voluntad, expresada a través del arte, es la que determinará el futuro de uno de los puntos más calientes del planeta.

Para más información:

[1] Su fundador, el activista y mecenas Abdulkadir Yahya Ali, fue asesinado por presuntos miembros de Al Shabaab.