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JJ Bola, una sensación más allá del mercado

Nos estamos acostumbrando a que cada vez con más frecuencia despunten en la escena literaria internacional autores y autoras de origen africano. Cada vez más a menudo nos encontramos con lanzamientos de primeras novelas que resultan éxitos mundiales y que anuncian, a priori, el inicio de prometedoras carreras para escritores y escritoras africanas. Cada vez más habitualmente las grandes firmas de la industria de la edición global se fijan en prometedores narradores y narradoras africanas para dedicarles todo su arsenal de promoción y márketing y convertirlos en nuevas sensaciones literarias. Con J.J. Bola ha ocurrido algo parecido, pero sólo en parte. Precisamente, las diferencias son las que hacen que la emergencia de este escritor congoleño, nacido en Kinshasa y afincado en Londres, resulte incluso más atractiva.

El escritor congoleño afincado en Londres, JJ Bola. Fuente: Agencia Pontas.

No place to call home (algo así como “No es un lugar para llamar hogar”) es el título de la primera novela de J.J. Bola, publicada en junio del año pasado en el Reino Unido, pero no es su primera obra. Antes el escritor congoleño ha publicado tres colecciones de poemas: Elevate, en 2012; Daughter of the Sun, en 2014; y WORD, en 2015. La segunda gran diferencia con respecto a otros autores lanzados meteóricamente al estrellato es que No place to call home no ha aparecido en una de las editoriales que manejan el mercado internacional, sino en un modesto sello londinense, OWN IT!, completamente inmerso en la escena independiente y alternativa, hasta el punto de que no es una editorial sino una promotora de libros, música o películas, entre otros formatos.

Sin el apoyo de una gran editorial, han sido los lectores los que han aupado a JJ Bola a la categoría de escritor de moda. El escritor congoleño llamó definitivamente la atención de todo el mundo cuando fue incluido en una (realmente) larga primera selección del Not the Booker Prize que impulsa el periódico británico The Guardian. Un premio que cuenta con el voto popular de los lectores para las selecciones y, en parte, para el veredicto final. Aunque, JJ Bola no pasó a la selección final ya había puesto un pie en la primera división literaria del país y a partir de ahí continuaron los éxitos. Llamó poderosamente la atención durante su participación en la edición de 2017 del Festival Writivism que se celebra en Kampala. Despertó tanto interés que protagonizó lo que se llamó “el efecto JJ Bola”, que consiste en agotar en dos días todas las existencias de libros propios en dos días de festival.

Todos estos indicios sólo dan una idea de la capacidad para enamorar de la novela de JJ Bola, que en gran medida bebe de su trayectoria poética. Se trata de una historia, precisamente, de refugiados congoleños en Londres. No place to call home cuenta la historia de Jean y su familia, de origen congoleño y refugiados en la capital británica. La historia del muchacho permite a JJ Bola armar un relato en torno a la identidad y la integración, una narración teñida por la influencia de la distancia y de las renuncias.

Las diferentes reseñas destacan la capacidad para narrar de JJ Bola, el sabor acogedor de la prosa que se pone al servicio de las historias mundanas de las relaciones familiares y de las reflexiones profundas de un adolescente en un país del que aún no se siente parte. Sin embargo, uno de los elementos fundamentales de la novela son los personajes, el retablo formado por la abigarrada familia de Jean, incluso los familiares lejanos que se van sumando a la escena y los propios miembros de la comunidad en la que los refugiados pretenden integrarse configuran esa nómina. La últimas de las cuestiones que destacan de JJ Bola los críticos es la habilidad para tocar con ternura y delicadeza temas poco amables y cómo a pesar de hablar de violencia o de desarraigo, el escritor es capaz de generar un ambiente de esperanza.

La esperanza que nos queda es que este éxito inapelable de JJ Bola sirva para que llegue a las estanterías de las librerías en castellano. Teniendo en cuenta que la agencia Pontas se encarga de su representación, aumenta la confianza en que alguna editorial de la península se anime a editar al autor congoleño.

“This is Congo”, una llamada a la acción

Entrenamiento de los soldados del Batallón 42 de las Fuerzas Armadas congoleñas.

La República Democrática de Congo (RDC) es un paraíso. Y una miseria. Dos realidades que conviven en una tierra dispuesta a los intereses occidentales y donde los conflictos armados se alargan ya más de dos décadas. A pesar de su riqueza natural, el país sigue estancado en la clasificación de las naciones más pobres del mundo en Índice de Desarrollo Humano según el informe de las Naciones Unidas en 2016. 

La comunidad internacional apunta los nombres de las nuevas guerrillas y se pone la corbata para dar la bienvenida a las multinacionales que se unen a la cola para conseguir diamantes, oro, coltán, uranio, cobalto o uranio. Mientras, sigue siendo testigo de cómo Joseph Kabila, el presidente, continúa en su puesto a pesar de que su mandato expiró a finales de 2016.

El documental This is Congo del director norteamericano Daniel McCabe intenta poner en perspectiva la situación política, económica y social del país a través de cuatro personajes: un alto rango militar encubierto, un coronel de las fuerzas armadas, una comerciante ilegal de minerales y un modisto. Cuatro puntos de vista para entender las realidades de una nación en el momento en el que el grupo rebelde M23 dominaba los titulares. La cinta, incluída en la pasada edición del Festival de Cine de Human Rights Watch de Londresy al que Wiriko tuvo la oportunidad de asistir, muestra el trabajo McCabe que pasó casi un año empotrado con las fuerzas armadas congoleñas en las inmediaciones de la ciudad de Goma. “Quería que se viese lo que se vive allí. Es complicado señalar una cuestión en concreto ya que existen muchos factores que crean una niebla que dificulta ver lo que ocurre”, explica el director.

La guerra trae héroes. El coronel Mamadou Ndala, que lidera el Batallón 42 de las Fuerzas Armadas, es quizás el protagonista de este documental coral. Ndala cautiva a la audiencia con su personalidad. Su sentido del humor no riñe con la estricta preparación que exige a su batallón que recupera el control de Goma e inicia el desmantelamiento del M23. McCabe mantiene una estrecha relación con Ndala y lo acompaña junto a sus soldados al frente. El resultado es un conjunto de imágenes que impresionan por su contundencia. Es la guerra sin edulcorantes. “No tenía ni idea que iba a ser duro”, reconoce McCabe.

La guerra trae desplazamientos. Hakiza Nyantaba huye de su aldea con la llegada de los rebeldes. Asentado en un campo de desplazados, este modista representa otra de las caras de la inestable situación en la región de Kivu Norte. “Ha vivido seis guerras y siempre va conmigo porque provee aceite, harina y jabón para mis hijos”, dice Nyantaba señalando a su máquina de coser. El alzamiento del M23 en la zona dejó miles de desplazados que volvían a engrosar las listas de ACNUR y otras instituciones que operan en la zona. Siempre pagan los mismos.

La guerra trae confusión. Y entre las fisuras los hay que encuentran la manera de sobrevivir. Bibianne, más conocida como Mama Romance, se gana la vida exportando minerales ilegalmente. Mercadea desde Goma, punto estratégico de esta venta, y corre riesgos para hacer que su producto llegue a capitales como Nairobi. La película nos deja escenas entrañables de una señora que se aferra a lo que no tiene para salir adelante. “El hambre te enseña a comer. Tomo riesgos porque yo ya estoy muerta y no quiero enterrar a mis hijos”, reconoce.

La guerra trae beneficiarios y muchos de ellos están en Kinshasa. RDC lleva más de dos décadas sumida en el caos. Difícil es seguir el ritmo a los nuevos grupos armados que se levantan contra la lejana capital del país. Kasongo, nombre ficticio, aporta una perspectiva histórica, la verdad oculta de la crisis. Este alto rango militar de las fuerzas nacionales, que mantiene el anonimato por razones de seguridad, apunta a la incompetencia de un gobierno corrupto para resolver la situación. O quizás no interese atacar los problemas ya que la guerra distrae y los focos apuntan a otros. Kasongo confirma además la desorganización del ejército y cómo el gabinete negocia la reinserción de los insurgentes en las tropas nacionales. Esta fuente amplía las miras y posa las causas de esta continuada crisis en la colonización belga, la Guerra Fría y el apoyo estadounidense al golpe de estado de Mobutu Sese Seko. “Mobutu echó a los inversores y puso a sus amigos a dirigir las empresas. Todo se paró”, dice Kasongo.

Fotograma del documental This Is Congo.

Las palabras de este militar recuerdan a las del director británico Orlando von Einsiedel quien dirigió Virunga, el documental homónimo sobre el parque nacional al este de RDC. “Vimos en el parque un reflejo de lo que lleva ocurriendo en el Congo durante más de cien años: intereses foráneos vienen al país y toman sus materias primas dejando desamparados a la población”, comentó a Wiriko en 2015.  

This Is Congo es un intento honesto de explicar lo que ocurre en este país ubicado en el centro del continente. Una llamada a la acción para que la comunidad internacional promueva soluciones en un lugar olvidado.

literatura africana

Gaël Faye: “¿Por qué no puede haber un Harry Potter en Lagos o un Romeo y Julieta en Kigali?”

Dice que escribe para recuperar los paraísos perdidos para atrapar los momentos del pasado en los que ha sido feliz, porque los lugares se mantienen y a ellos se puede regresar, pero los momentos pasan. Ese es uno de los motivos por los que Gaël Faye (Buymbura, 1982) escribe y por los que en Pequeño país reprodujo, en parte, el clima de la Buyumbura de su infancia. De padre francés y de madre ruandesa, pasó sus primeros años en Burundi, pero en 1995 tuvo que trasladarse a Francia, después del genocidio en la vecina Ruanda y de que estallase la guerra civil en Burundi. Esos años en los que la convivencia en la región entera saltó por los aires enmarcan la historia de su primera novela, que fue en 2016 una auténtica revolución en Francia y que ahora publican la editorial Salamandra en castellano y Empúries en catalán.

El autor de "Pequeño país", el francoruanddés Gaël Faye. Foto: Cedida Xavier Cervera / Ediciones Salamandra.

El autor de “Pequeño país”, el francoruanddés Gaël Faye. Foto: Xavier Cervera / Cedida por Ediciones Salamandra.

Nos encontramos con el escritor y rapero francoruandés en un hotel de Barcelona para hablar sobre Pequeño país y sobre la vida, en general. A pesar de la apretada agenda de su viaje promocial, Gaël Faye se muestra atento. Se mueve sutilmente y muestra una disposición excepcional a hablar y a compartir. Asegura que nunca hubiese pensado que una historia sobre Buyumbura tuviese tanta repercusión y quizá por eso devuelve el agradecimiento de la atención en forma de una exquisita colaboración. Mientras explica sus motivos y sus experiencias, el joven artista transmite serenidad y mesura.

Has repetido en muchas ocasiones que Gabriel, el protagonista de Pequeño País, no eres tú de niño, pero hay muchas similitudes. ¿Cuál es la relación entre Gabriel y Gaël?

Gabriel podría ser yo, porque efectivamente, tenemos mucho en común. Pero para crear a Gabriel, yo me apoye en mis sensaciones, no en mis recuerdos. La verdad es que era muy pequeño y hay muchas cosas que no recuerdo. En intentado acordarme de mis sensaciones, del miedo, del hambre del asombro, de los colores, de los olores… y a partir de esas sensaciones he recreado un personaje. Es cierto que compartimos alguna cosa, pero a partir de eso le he creado toda una serie de acciones, de peripecias que yo no he vivido realmente. Y hay una segunda diferencia importante y es que Gabriel, en el relato, será completamente lúcido sobre la historia política que se está desarrollando, entenderá quienes son los actores, planteará preguntas, tendrá discusiones políticas con sus amigos. Y en mi caso, no fue así. Yo no comprendí lo que estaba ocurriendo. No entendí la guerra, ni la violencia. Todo estaba mezclado y era confuso para mí, así que he dado a Gabriel mi lucidez de adulto. Es un niño literario, no creo que un niño así hubiese podido existir en la realidad.

Y en tu caso, ¿cómo has llegado a esa lucidez, a entender lo que había pasado durante tu infancia?

Lo entendí después, leyendo, acudiendo a las conmemoraciones, escuchando los supervivientes…

La identidad tiene un papel importantisimo en la de Pequeño país. ¿Significa que es algo por lo que te preocupas?

Mira, por ejemplo, a la edad de Gabriel, yo no me planteaba preguntas en ese sentido. Simplemente no entendía y no me lo planteaba. Escuchaba cosas, pero no era capaz de poner las palabras, francés, tutsi, ruandés… ¿quién soy? No. Escuchaba y percibía cosas. Percibí el odio de unos, la desconfianza de los otros… y todo eso me ha marcado, pero no le ponía nombres.

Y, ¿cómo te lo has planteado después?

Bueno, he tenido muchas fases, como cualquiera que busca su identidad. Cuando era adolescente, por ejemplo, rechazaba mi identidad francés porque tenía la impresión de que ser francés suponía ser cómplice del genocidio contra mi familia ruandesa por la responsabilidad de la política francesa en esos hechos. Cuando estaba en Burundi, era blanco, porque un mestizo como yo, en África, siempre es blanco y en Burundi me llamaban mzungu (nombre que se da a los blancos en suajili). Y en Francia, mis amigos franceses hablaban de “Gaël el negro”,o “nuestro amigo negro”… Así que generaba una cierta inestabilidad y tenía la sensación de que tenía que tener un papel concreto, como los blancos me veían negro, tenía que ser negro. Y ha sido gracias a la escritura y, sobre todo, a la literatura que he entendido. Sobre todo, gracias a la literatura criolla de Haití, de Martinica, de Guadalupe, de la Guayana, a la literatura de gente que vive en un mundo “criollizado” que he podido entender que se podían unir todas esas identidades en una sola.

¿Cuál es el resultado de esa reflexión?

Por ejemplo, ahora, si en Ruanda alguien me dice que no soy un verdadero ruandés porque tengo la piel clara, o porque he ido a un colegio francés… no me importa, sé que soy ruandés y no necesito la aprobación de los otros. Antes eso me afectaba, cuando era adolescente me tomaba esos comentarios como un ataque, igual que cuando escuchamos a algunos racistas franceses que dicen marchaos a vuestro país, yo pienso “no, este es mi país, yo soy francés”, aunque evidentemente tenga un origen distinto. Soy francés 100%, igual que soy ruandés 100% o burundés 100%. No estoy fraccionado, soy una fusión. A veces a los mestizos se les dice que son una suma, que tienen diferentes estratos, pero no es así. Los mestizos tienen que entender que son una fusión y en una fusión no se pueden distinguir unas partes de otras, forman un todo y ese todo el que está en equilibrio, porque es un todo en sí mismo. En todo caso, son varios afluentes los que forman un río.

El escritor Gaël Faye ha pasado por Barcelona en la presentación de la traducción al castellano y al catalán de su novela. Foto: Xavier Cervera / Cedida por Ediciones Salamandra.

Durante todo este tiempo, has ido regresando a Burundi regularmente durante todo este tiempo. ¿Qué similitudes y qué diferencias encuentras entre el Burundi que abandonaste en 1995 y el actual?

Creo que Burundi es un desastre, porque es un país con un gran potencial pero sufre una enfermedad que es la impunidad. Desde la independencia, si no antes, ha habido muchas masacre y nunca ha habido justicia. Eso hace que esté quien esté en el poder siempre hay una especie de ánimo de revancha. Es como un ciclo infernal de la violencia y la venganza que se repite. Mientras en Burundi no haya un proceso de reconciliación como el de Sudáfrica o el de Ruanda no habrá un cambio real. Por ejemplo, en Ruanda, a pesar de las dificultades, hay una sociedad que avanza, que está estructurada, hay instituciones, proyectos de futuro, la gente no piensa que mañana va a regresar la guerra, al contrario, la gente cree, invierte, hay jóvenes como yo que hemos vivido en el extranjero y regresamos con nuestras familias porque creemos en el país. Esa es la diferencia con Burundi, de donde la gente huye. Hay tendencia a exiliarse, a buscar un visado, porque no hay trabajo, no hay perspectivas de futuro. Y a partir de 2015 ha habido más violencia, más impunidad y los hijos van a querer vengar a sus padres que fueron asesinados…

Pero hablabas del potencial de Burundi…

Claro, a pesar de todo eso, hay un potencial inmenso. Al margen de que el país, sea bonito y esté bien situado, etc, hay una vitalidad política enorme. En 2015, los jóvenes salieron a las calles a riesgo de sus vidas, para reclamar que se respete la constitución y esa es una actitud que merece admiración y que nos hace decir que hay una gran conciencia política y un gran compromiso de la juventud burundesa. El problema es que la represión fue feroz, que unos fueron asesinados y otros tuvieron que exiliarse y la gente vive entre la miseria, el miedo y la familiaridad con la violencia, con todas las consecuencias como la corrupción, el clientelismo, etc, que van a hacer que haya dos o tres generaciones sacrificadas de nuevo, jóvenes que no va a ir al colegio, que van a vivir en la calle, que van a aprender que el futuro es el día a día y la única forma de sobrevivir es el robo… Para mí, es lamentable, por eso digo que es un desastre. Pero en todo caso, ver que hay jóvenes que están dispuestos a morir por palabras como democracia, elecciones, constitución… eso impone respeto y pueden ser un ejemplo para las juventudes europeas: juventudes mucho menos favorecidas que las nuestras y que, sin embargo, lo intentan, intentan que las cosas se muevan.

Tus experiencias las has contado por otros medios. También has hecho música contando este tipo de historias. ¿Con qué lenguaje te sientes más cómodo?

De momento, con la música, el rap. Al fin y al cabo esta es mi primera novela, tengo mucho que aprender. Estoy contento, evidentemente, porque no esperaba encontrarme aquí, por ejemplo, que la novela se tradujese a tantas lenguas (32, concretamente). De todos modos, me he dado cuenta de que la novela es la libertad absoluta, más que la música. Me siento más cómodo con la música, porque rapeo desde los 15 o 16 años y además, que cuando hablas de novela, hablas de literatura y tienes ejemplos que dan mucho respeto.

Pero en Pequeño país, también hay algo de hip-hop, ¿no?

Sí, las cartas que escribe Gabriel, el protagonista, las he planteado un poco así. Quería que tuviesen ritmo, he trabajado las aliteraciones, los efectos, las metáforas,… era mi pequeño recreo cuando escribía la novela. No estaba completamente a gusto cuando escribía la novela, eso tengo que confesarlo, porque era un nuevo estilo para mí. Y por otro lado, me preocupaba que el resultado fuese algo que la gente lo viese y dijese, ah mira es un rapero que ha escrito una novela. Para mí, habría sido una catástrofe. No quería ser el toque exótico. Quería que alguien que no me conociese me tomase por un novelista, no por un rapero escribiendo novela. Incluso, pedí a la editorial que no utilizasen eso como un reclamo en la promoción de la novela. Cuando escribía Pequeño país me ponía mi ropa de novelista, pero evidentemente uno no puede esconder lo que es. Vengo de la música, del hip-hop, de la poesía y también es importante para mí insuflar eso para tener mi propio estilo.

Hablando de literatura, el descubrimiento de la literatura es una tabla de salvamiento para Gabriel, el protagonista de la novela, ¿a ti te ha pasado algo parecido?

En mi caso, ha sido el descubrimiento de la escritura, no de la literatura. Gabriel en el momento en el que todo a su alrededor se funde y se viene a bajo, busca una escapatoria y la encuentra en los libros y lee con apetito novelas a las que hasta ese momento no había prestado atención porque eso le permite escaparse de su realidad, le ayuda. Y, en mi caso, empecé a escribir, en ese mismo momento, como Gabriel, por una razón que ignoraba, sin saber muy bien porqué. Empecé a escribir poemas, hacia 1995, porque tenía miedo, porque no entendía el mundo que me rodeaba, me daba seguridad y me hacía sentir bien. Dos o tres años después, cuando ya estaba en Francia seguí escribiendo. Y, precisamente, porque escribía, me interesé por saber cómo escribían los demás y es así como he descubierto la lectura. En ese orden.

Estamos en un momento en el que hay una importante corriente de escritores africanos que apuestan por utilizar la literatura para despertar las conciencias. Para ti, ¿cuál es el papel que debe jugar el escritor?

Pues la verdad es que intento no teorizar sobre eso. Creo que debe ser natural. Al final, la condición de artista es la posibilidad de ser libre, así que me da miedo que se intente endosar papeles a los artistas. Si mañana quiero escribir una historia de amor que ocurre en Manhattan, tengo todo el derecho. Me da miedo que salir de un ghetto supongo entrar en otro, porque se debe ser un artista comprometido que tiene que hablar de los problemas de África. Quizá en algunas generaciones previas, este papel ha sido necesario porque hacía falta una afirmación de la identidad frente a un mundo que la había aplastado. Pero ahora nos hemos podido considerar ciudadanos del mundo, sin olvidar nuestra raíz africana, está claro. Si tuviese un manifiesto que escribir diría que como joven escritor que viene del continente africano tengo derecho a escribir sobre las guerras, la violencia o la política, pero también sobre nuestras historias de amor, nuestras nimiedades cotidianas, la ciencia ficción, tenemos derecho a ser de todos los colores… y será así cuando nos encontraremos realmente con los otros, porque nos habremos asumido en todas nuestras dimensiones, nuestra pluralidad. Ha pasado lo mismo con el hip-hop, se decía que el rap tenía que ser la voz de la calle, del compromiso y de la conciencia; y yo creo que es enriquecedor que se diversifique y que haya diferentes corrientes.

Los escritores africanos están constantemente asediados por líneas rojas, sobre temas, sobre estilos, sobre enfoques, ¿qué hay que hacer?

Hay que pulverizar todos los muros y todas las cajas, las categorías en las que intentan meternos constantemente. Piensa que cuando escribí Pequeño país, todo el mundo me decía que un libro que habla de África no interesa a casi nadie. Incluso mi familia me decía que una historia de niños en Buyumbura no interesaría a nadie. Calculaban que venderíamos 5.000 ejemplares entre la gente que ha vivido en Burundi y le podía resultar curioso, mis amigos, mi familia, algunas personas que me conociesen por la música… No nos lo esperábamos, pero en la Navidad de 2016, Pequeño país fue el libro más vendido en Francia… por delante de Harry Potter.

Inesperado.

No, no, para mi era increíble. Pero eso me hizo pensar que todo nos ponemos barreras, porque los demás nos las ponen. Una historia que ocurre en Buyumbura es tan local y exótico que no puede tocar lo universal, no puede toca a todo el mundo, pero al final ha resultado que sí. En realidad, es hablando de uno mismo que podemos llegar a tocar lo universal, hablando de tu pequeño rincón, de tu pequeño jardín que tocamos lo universal. Creo que hay que tener confianza en uno mismo y no plantearse preguntas sobre qué esperan los demás de nosotros, cómo van a recibir lo que hagamos. Un artista es como un investigador que debe buscar en sí mismo sus propias emociones para generar una reflexión que sea coherente.

¿Falta cotidianidad en las historias y confianza en sí mismo en los autores?

África necesita también que los jóvenes digan que les apetece una novela de jóvenes que pasa en Buyumbura. ¿Por qué no? En un encuentro en un instituto con estudiantes ruandeses que habían leído Pequeño país, me decían la segunda parte de la novela no nos ha interesado mucho, porque habla de la guerra y así… pero el principio, cuando hablas de la circuncisión, de las historias con las bicicletas, eso sí que nos ha gustado, ¡porque es nuestra vida y eso no lo encontramos nunca en los libros! Los jóvenes africanos tienen ganas de esas cosas. ¿Por qué Harry Potter no puede vivir en Lagos en una universidad? ¿Por qué no puede haber historias de Romeo y Julieta en Kigali? Necesitamos meternos de lleno en nuestras propias historias, con nuestras propias palabras, nuestro propio lenguaje. Eso es afirmarse a sí mismo en toda su diversidad. Y además hay que cuidarse de que Occidente no quiera más que autores africanos que sean abanderados y portavoces del tono serio.

Hay un momento de Pequeño país en el que un personaje bastante particular, Jacques, dice: “África, ¡que desastre!”. ¿Es esa su voz?

No, no, no, ni mucho menos. Ese es el tipo de voz que escuchamos de un tipo de mentalidad de colono, pero también de gente que trabaja para ONG, la cooperación, que están en grandes casas, en las capitales africanas, con grandes jardines y pasa el jardinero y se dicen a sí mismos: Puff no lo conseguimos, ¡qué desastre África! Representan esas fórmulas lapidarias, que no dejan lugar a ninguna esperanza, que transmiten el afropesimismo que considera que no se puede hacer nada por el continente. Y paradójicamente son gente que vive de eso, si no, no sería gracioso. Pero no, está claro que esa no es mi voz.

La madre coraje del Congo que planta cara a los abusos sexuales

El documental es uno de los géneros que está levantando la piel a la tupida y encriptada República Democrática de Congo (RDC). Un país que se nos pierde en el análisis complejo de las múltiples causas de la inestabilidad en las regiones del Kivu Norte y Kivu Sur; en la crisis de refugiados en Kasai (frontera con Angola); entre los ejércitos rebeldes; en las multinacionales que expanden sus ganancias en sus países de origen mientras que redistribuyen su contaminación y destrucción medioambiental; en una oposición política mermada tras la muerte del líder Etienne Tshisekedi en febrero; en un Estado que aumenta su población bajo un gobierno que ya no tiene legitimidad del pueblo desde diciembre de 2016.

Y aquí es donde se activa la voz del congolés y documentalista Dieudo Hamadi que está quebrando las narrativas unidireccionales y simples con la anciana dosis del cinema verité y del cine de guerilla. Esa búsqueda por historias más humanas, desde la base, con luces y esperanzas, pero también con desafíos y lejos de los despachos burocratizados, es su objetivo principal. Hamadi se propuso encontrar respuestas a algunas de las problemáticas que quedan al margen de la política internacional y local, y desde 2009 no ha parado de aportar matices, de preguntar y también de denunciar. Una perseverancia por encontrar respuestas que lo han convertido en menos de una década, en una de esas figuras de cabeceras de los cines africanos.

Realizador congolés Dieudo Hamadi.

La cámara al hombro de Hamadi desestabiliza la mirada preconcebida del espectador que se acerque a algunas de sus obras. El trabajo del realizador de 33 años es pausado, pero con acelerones que noquean. En Congo en cuatro actos (2009) donde se presentaban cuatro bocetos independientes e interconectados del país, dos de ellos tenían su firma: En Ladies in Waiting (2009), y junto a Divita Wa Luasala, exploraba el mundo de la maternidad en el que muchas mujeres no pueden salir del hospital después de dar a luz porque no pueden hacer frente a los gastos de la factura. También y junto al retrato de la sanidad en Zero Tolerance (2009) se adentraba en la vida de una mujer policía que estaba al frente de un batallón contra la violencia sexual en la región de Bukavu; una historia que retomará años más tarde.

En Atalaku (2013) Hamadi se adentra en el negocio de la campaña electoral que vive la República Democrática de Congo en 2011 y refleja cómo un pastor vende sus servicios como animador de calle al mejor candidato postor. En Examen de Estado (2014) el documentalista decide escuchar el futuro de su generación centrándose en el examen de Estado (equivalente al bachillerato), una prueba a la que se someten miles de jóvenes congoleños a los que se les abre o cierran las puertas del futuro cada año superando innumerables dificultades.

Con Mama Colonel (2017) retoma la vida de sacrificio de Honorine Munyole quien protagonizara Zero Tolerance. Un retrato de una Coronel policía que lucha para detener el abuso sexual contra niñas y mujeres. El documental se abre durante la visita de Munyole a un grupo de mujeres locales en la ciudad de Bukavu, una urbe asentada en la frontera con Ruanda. Todas la reciben como una heroína y con razón. La respetada Munyole madre de siete hijos ha dedicado los últimos 15 años de su carrera a luchar por los derechos de las mujeres y niños maltratados en la República Democrática del Congo. Y aunque la violación sigue siendo un problema en la región, la Coronel Honorine ha trabajado incansablemente para llevar a los culpables frente a la justicia y así devolver la dignidad a las víctimas.

Pero las celebraciones se convierten en gritos de desesperación e incluso de cólera cuando Honorine anuncia que la necesitan en otro lugar. “¿Quién cuidará de nuestros hijos ahora?”, pregunta una madre indignada. Otra empuja a su hija al frente de la multitud. Silencio. La niña no tiene más de tres años. Su madre explica cómo fue arrojada a través de una ventana y violada por una cuadrilla de hombres. “Mamá Honorine, ¿si te vas, quién nos va a ayudar?”.

Su nuevo destino será Kisangani, una ciudad mucho más grande, la tercera del país. Cuando llega se dará cuenta que el desafío que tiene es desalentador ya que además de los abusos sexuales tendrá que hacer frente a las terribles circunstancias sociales en las que el país permanece atascado años después de su última y letal guerra civil y a los sacrificios a los que se ven sometidos algunos niños a los que les practican la brujería.

La historia de trabajo incansable de Honorine Munyole que ha sabido retratar el realizador Dieudo Hamadi visibiliza la inoperancia del Estado congolés que prefiere olvidar el pasado reciente. Sin embargo, y al mismo tiempo, muestra la actividad de la propia sociedad civil que se organiza para salir adelante. La película de Hamadi muestra cuán profunda es la raíz de la violencia, pero termina con un cañón de luz y esperanza. Cuando la Coronel Honorine instruye a su nueva escuadra les dice: “vamos a cambiar las cosas… vamos a elevar esta ciudad”. Una sensación de fidelidad inquebrantable. El camino es rocoso, sí, pero conducirá al cambio.

 


Notas: La película de producción franco-congolesa fue presentada en el Fórum de la Berlinale 2017, ganó el máximo galardón de la competición internacional del 39º festival Cinéma du Réel, y fue presentada en el 14 Festival de Cine Africano de Tarifa-Tánger gracias al cual hemos podido hacer esta reseña y donde la propia protagonista Honorine se llevó el premio a la mejor interpretación –algo insólito ya que no era ficción–, un galardón patrocinado por la Fundación Mujeres por África.

Sammy Baloji: confrontación entre el pasado y el presente en el Congo

Lubumbashi, la segunda mayor ciudad de la República Democrática del Congo, es la capital de la región de Katanga, una zona rica en algunos de los minerales más cotizados del mundo, tales como el cobre, los diamantes o el coltán. Lubumbashi es, también, la ciudad en la que se encuentra la sede de Gécamines, una de las compañías mineras más importantes de África y la más grande de la RDC. Fundada en 1906 por colonizadores belgas y nacionalizada en 1966 por el gobierno congoleño de Mobutu Sese Seko, a finales de los años 80 llegó a suponer el 85% de las exportaciones de todo el país, antes de rozar la bancarrota en los 90 debido a, entre otras razones, la falta de inversión en las infraestructuras.

Mémoire (2006)

Lubumbashi es, además, la ciudad natal del fotógrafo Sammy Baloji (1978), cuya obra está impregnada de la historia de su región. En 2007 recibió dos premios en la Biennal Africaine de la Photographie Rencontres de Bamako (Mali) y en 2009 el Prince Claus Award de los Países Bajos “por llevar la realidad actual congoleña a la plataforma internacional, por su importante contribución a la memoria del Congo proveyendo una nueva lectura del presente, y por el reto de demostrar que el desarrollo solo puede realizarse después de tener en cuenta los traumas del pasado”.

Sammy Baloji cuestiona la versión oficial de la historia colonialista confrontando el pasado con el presente a través de fotomontajes. Una de sus series más conocidas es Mémoire (2006), en la que yuxtapone retratos de archivo en blanco y negro de trabajadores de las minas durante el colonialismo belga con fotografías actuales de lo que queda de aquellos edificios industriales. En Mémoire, Baloji reduce la dimensión espacio-temporal para criticar la herencia colonial industrial, la destrucción de la identidad, la imagen de los negros en el imaginario colectivo occidental y la desilusión poscolonial.

Congo Far West (2011)

En 2011, el fotógrafo presenta otros dos trabajos sobre la historia reciente de su país y sus ecos en la actualidad. El primero, Congo Far West, es una nueva lectura de la Mission Scientifique du Ka-Tanga que realizaron los belgas entre 1898 y 1900. Baloji sobrepone retratos de archivo del fotógrafo François Michel en paisajes del pintor Léon Dardenne, ya que ambos acompañaron a la expedición e ilustraron el informe final. Con sus fotomontajes, utilizando el mismo material que la propaganda colonial pero presentándolo de forma muy distinta, Baloji muestra cómo la fotografía ha sido utilizada para crear una mirada de superioridad frente al “otro”, que nunca fue visto como un igual, sino que se presentaba completamente deshumanizado, clasificado y analizado como un objeto de estudio, hecho que ha marcado profundamente los clichés de la sociedad occidental actual.

El segundo trabajo de 2011 es Kolwezi, una serie de fotomontajes en los que el fotógrafo muestra el contraste entre las minas de Kolwezi (RDC) y los coloridos pósteres que adornan los hábitats de los trabajadores, como fantasía de una vida mejor. Mediante las duras condiciones de vida de los mineros frente a imágenes de sociedades idílicas e idealizadas, Baloji denuncia el resultado de la explotación de los recursos de Katanga, tanto en el pasado como en el presente, ya que la historia de la compañía Gécamines ya no puede separarse de la del país ni de la de su gente, y alude también a los efectos depredadores del capitalismo global.

Kolwezi (2011)

Sammy Baloji ofrece una imagen del presente de la RDC a través de su historia reciente, retratando a una sociedad cuyo país se ha convertido en terreno de juego de exploradores, misioneros, hombres de negocios y mercenarios desde que pasó a ser propiedad privada del Rey Leopoldo II de Bélgica hasta nuestros días, sufriendo una violenta colonización, una dictadura y dos sangrientas guerras, y que ahora abre un nuevo capítulo neocolonial con la llegada de los contratistas chinos. “Mi lectura del pasado congoleño es una manera de analizar la identidad africana actual, a través de todos los sistemas políticos que la sociedad ha experimentado. La esencia de mis temas está en la vida diaria de la gente del Congo, que es el resultado de su reciente pasado”.

 

Congo resiste a través de su danza

La rumba congoleña es uno de los sonidos más exportables y exportados del continente. Sonido “de ida y vuelta”, ha sido bandera identitaria de Kinshasa durante décadas, junto a personalidades como el recientemente desaparecido Papa Wemba, los grandes y míticos Grand Kallé, Tabu Ley Rochereau o Franco Luambo o el explosivo Koffi Olomide. Pero otros muchos músicos han fluido hacia mestizajes fructíferos y los han hecho internacionales. Es el caso del delicioso Lokua Kanza, el prodigioso Ray Lema, los originales Staff Benda Bilili o la joven hornada de músicos formada por Bajoli, Congotronics o Mbongwana Star.

Mobutu ya aprovechó la fuerza motriz de la rica y plural cultura zairense para impulsar su proyecto nacionalista basado en la “autenticidad”; y acabó convirtiendo toda expresión cultural y artística en propaganda para glorificar a su persona, que acompañó con grandes dosis de censura, locura y represión. Veinte años más tarde, y tras dos guerras civiles, la música ha sabido sobrevivir gracias, en mayor medida, a la diáspora congoleña en Europa o Estados Unidos. Sin menos peso sociocultural, la danza se ha convertido en una expresión de la resistencia del Congo desde sus entrañas. Siempre con una fuerte presencia exterior, reivindicando la existencia de algo que late más allá del conflicto en Kivu. Probando que, a pesar de todo, hay vida, se crea.

Imagen de la web de Connection Kin.

Imagen de la web de Connection Kin.

La resistencia es una actitud revolucionaria entre los agentes culturales del Congo. El Festival Gungu sabe de sobras lo que significa la palabra ‘resistir’. Especializado en danzas tradicionales, su origen se remonta al 1925 y en su última edición (del 31 de mayo al 4 de junio de 2016), ha sido movida de Bandundu a Kinshasa para descentralizar sus actos, encontrar nuevos socios y extender sus alas hacia diferentes puntos del basto país. Siempre en movimiento para sobrevivir. El festival de las artes congoleñas Connexion Kin, aunque con solo siete años de andadura, se ha quedado sin edición en 2016 por falta de apoyos financieros. Aunque mejor suerte ha corrido el festival de danza internacional ME.YA.BE, que se celebró el pasado abril con la participación de un centenar de bailarines africanos y europeos de diferentes procedencias. Valientes y arriesgadas iniciativas que no han recibido ni un céntimo público.

Pero si hay una imagen más fidedigna de la conjugación del verbo resisitir, ese es la del INA.

Edificio del INA.

Edificio del Instituto Internacional de las Artes (INA) de Kinshasa.

Hoy, el ruinoso y decadente edificio del Instituto Nacional de las Artes, que hace esquina en la avenida Kabasele Tshambala de Kinshasa, es una metáfora perfecta de la falta de fondos al que el actual gobierno congoleño tiene al sector cultural sumergido. En sus aulas, coreógrafos como Jacques Bana Yanga, Didier Ediho o Faustin Linyekula, han ensayado y enseñado danzas tradicionales a alumnos de diferentes procedencias. Sin apoyo gubernamental, sin infraestructuras y a menudo, sin luz ni sala fija donde ensayar, bailarines como Faustin han tenido un largo recorrido desde que deslizaran su piel por esos lares. Pero su talento y constancia lo han convertido en uno de los coreógrafos más prestigiosos de la escena africana contemporánea.

Kabako.

Faustin Linyekula, fundador de Studios Kabako.

Tras quince años contando la tortuosa historia del Congo a través de su cuerpo, y tras pasar parte de su infancia exilado en Nairobi, se ha transformado en un pilar de la danza africana moderna que actualmente está presente en escenarios, festivales, encuentros y teatros de todo el mundo. Una prueba fehaciente de que el verdadero talento lucha contra todo infortunio para golpearnos de cerca y contárnoslo.

Fundador de Studios Kabako, en su ciudad natal, Kisangani, Faustin ha pasado los últimos meses en Lisboa con el programa Artista Na Cidade 2016. Para él, como para otros tantos africanos y africanas, Europa no le es un continente ajeno. La colonización ha tenido ese impacto tan rotundo que hace que, a veces, sea más fácil conocer en profundidad la historia de Francia, Inglaterra o Portugal que la propia historia nacional. Por eso, cuando Faustin pasó una temporada en París, como luego hizo en Lisboa, se sintió en casa. Para él era otra etapa del proceso colonial: “Un intelectual británico de origen jamaicano, Stuart Hall, dijo algo muy poderoso: cuando llegó a Inglaterra en 1951, le preguntaron “¿por qué estás aquí?” Y él respondió: “Estoy aquí para completar el viaje colonial. Vosotros empezasteis en el siglo XV y en el siglo XX yo completo el último paso. Vosotros cambiasteis mi vida y yo vengo aquí para que me miréis a los ojos”, explica en una entrevista en la revista portuguesa Buala.

Este acercamiento de África a Europa es ya un viaje natural y lógico. Quizás por esto, al público lisboeta tampoco le es ajeno el lenguaje corporal que Faustin utiliza en el escenario. Sin embargo, tal como el propio coreógrafo y bailarín congoleño atestigua, no tiene ninguna intención de trasladarse de forma permanente a Europa, ni siquiera a otro punto de África. “Vivir allí es un acto de resistencia. Resistencia al fatalismo”, dice sobre el hecho de residir en Kisangani.

La danza, el movimiento, son para bailarines como Faustin el bombeo que los mantiene vivos. Un músculo vital que riega muchos otros órganos de ese sistema vivo que es el Congo. Hay esperanza que viene de la gente. De la necesidad imperiosa de salir adelante a una situación insostenible. La resistencia de artistas como los que luchan bajo el paraguas de Studios Kabako, que invierten parte de sus ganancias a proyectos de canalización de agua en el barrio de Lubunga, en la zona de Kisangani en el que se ubican, demuestra que cuando los estados fracasan, la imaginación, el trabajo en equipo y la constancia, son el único antídoto al hundimiento de su pueblo. La suya, es una ardua tarea. Pero sus historias han venido para quedarse, para mostrarnos que si la nuestra es también su historia, debemos escuchar lo que quizás nos cuente un poco más de nosotros de lo que creemos. Y así sus obras trascenderán esa impermeable piel europea que a menudo mantiene nuestros cuerpos y mentes yermos. Y su resistencia será también la nuestra.

“La música africana no es sólo folklore, eso es un reflejo colonialista”

El cantante Baloji nos recibe entre bastidores del escenario en el que horas más tarde presentaría su nuevo trabajo en el BAM, mientras los argelinos Imarhan realizan la prueba de sonido. Sonriente, pide que no le hagamos fotografías porque no está presentable (ya se las hicimos durante su anterior visita a Barcelona), pero sí nos invita a debatir con él toda la artillería de canciones y pensamientos con la que llega cargado a la cita musical barcelonesa. Y es que él es de esos artistas que sitúan la crítica social en el centro de su trabajo y se niegan a ser encasillados.

Cantante, compositor, poeta, actor y realizador de sus propios clips y metrajes, su música también refleja sus múltiples identidades. Nació en la República Democrática del Congo, pero creció en Bélgica. Su carrera musical empezó como integrante del grupo de rap belga Starflam, y ya en solitario, lanzó dos álbumes, “Hotel Impala” (2008) y “Kinsasha succursale” (2010), que con la interpretación del himno del Cha Cha de la Independencia,  le propulsaron a ser uno de los afropeos con mayor proyección en ambos continentes. Su último trabajo, el EP “64 Bits and Malachite” (2015), mezcla ritmos africanos, rap y electrónica. Pero ante todo, Baloji es un espíritu creativo.

Baloji, fotografiado por David Carette.

Baloji, fotografiado por David Carette.

Natalia López: Eres un artista multidisciplinar, ¿cómo influencia esto en tu trabajo musical?

Baloji: Hago de todo sólo por diversión. A veces la gente se toma la música demasiado en serio y creo que la noción de diversión es algo que tiende a desaparecer, cuando precisamente hay que hacerlo divertido para no darse cuenta de la dificultad que conlleva. Dirijo mis propios vídeos porque nadie quiso hacerlo por mí. Yo llegaba con mis ideas, el realizador tenía las suyas y no había manera de ponerse de acuerdo. Así empecé a hacerlos yo mismo, sin darme cuenta de que era complicado, de que implicaba muchísimo trabajo, pero a día de hoy ya estoy realizando mi primer largometraje. Hacer arte en 2016 es tan complicado, en el sentido de que los grandes ya han hecho cosas fantásticas. Es como un peso que llevamos encima en cualquier disciplina artística y por eso pienso que si hacemos las cosas hoy debe ser principalmente por diversión y para disfrutar con ello.

“No soy 50% congoleño y 50% belga, soy 100% la suma de ambos”

N.L: Vives a caballo entre Bélgica y la RDC, ¿cómo definirías tu identidad en tanto que belga-congoleño? ¿Supone una complejidad extra como artista?

B: No es complicado de gestionar, se parece a la identidad mestiza. Un mestizo no es ni blanco ni negro, es al 100% el resultado de los dos. No soy 50% congoleño y 50% belga, soy 100% la suma de ambos. Creo que es algo bonito, es múltiple y es importante asumirlo. Evidentemente, mi identidad es belga y congoleña, pero al mismo tiempo está influenciada de tantos otros lugares como Sudáfrica o Mozambique, por decir algunos, y es toda esta multiplicidad que hace que seamos lo que somos.

Portada del último EP de Baloji.

Portada del último EP de Baloji.

N.L: “64 Bits and Malachite” (64 Bits y Malaquita) es el título de tu último EP. ¿Podrías explicarnos esta conexión entre tecnología y minerales y hasta qué punto supone una crítica en tu nuevo trabajo?

B: 64 Bits hace referencia a los procesadores de los ordenadores. También trata sobre el hecho de que todas nuestras máquinas, nuestros ordenadores y nuestros teléfonos están construidos para ser destruidos, para desaparecer. Cada novedad tecnológica se convierte en una revolución que hace que lo anterior pierda todo su valor. Por otro lado, el mundo entero va al Congo en busca de minerales, y la malaquita es el único de los que allí se extraen que no tiene ningún valor económico porque no se utiliza para la tecnología. Tradicionalmente la gente lo ha utilizado para hacer joyas, así que su valor es puramente sentimental. En relación a mi trabajo, lo que encuentro interesante es esa oposición entre una música hecha utilizando ordenadores, procesadores, y la malaquita, que es el único mineral congoleño cuyo valor es solamente afectivo, el valor que cada uno quiera darle.

N.L: En el vídeo de la canción “Capture”, que tú mismo has dirigido, vemos a dos personajes que buscan la estatua del explorador H. M. Stanley. ¿Por qué era importante para ti retomar este símbolo del colonialismo?

B: Me interesaba la imagen de la estatua de Stanley porque representa un punto de inflexión en la cultura congoleña. La cuestión de la identidad está tan presente hoy en día que encontré que era un buen símbolo, ya que cuando la sacaron de su lugar le cortaron los pies, como diciendo “ya no estamos bajo las órdenes de la colonización”. Representa el resurgimiento de la congoleñidad, la valorización de nuestro patrimonio, de la identidad congoleña. Un día supe que estaban intentando repararla en una antigua fundición del siglo pasado, y me pareció un lugar fantástico, así que tuve la idea de realizar un cortometraje paralelamente al vídeo de “Capture” sobre la búsqueda de la estatua. Fue algo más bien gracioso, porque lo pensé como Finding Nemo, pero con la estatua, y el cortometraje se titula Finding Stanley. Y aquí vuelvo sobre el concepto anterior de la creación como diversión. ¡A veces no hay nada realmente serio detrás!

N.L: En el mismo vídeo destacas distintos términos, entre ellos “Nouveau Négropolitain” (Nuevo Negropolitano). ¿Qué es un Négropolitain?

B: En principio es un insulto que utilizan los caribeños para referirse a un negro que vive en lo que eran antes las metrópolis europeas y que toma los elementos culturales de los europeos, que intenta parecerse a un europeo.

N.L: ¿Y trata de abandonar la identidad de su país de origen?

B: Digamos que intenta hacerla menos aparente, disimularla. Toma distancia con la situación de su país de origen, se desentiende en cierto modo.

N.L: Formas parte de los artistas que rompen algunos de los estereotipos más asentados en Occidente sobre la música africana. ¿Es uno de tus objetivos?

B: Sí, tengo un gran problema con la manera en que la gente percibe la música africana. La música africana no es sólo folklore, eso es un reflejo colonialista, como diciendo “estos amables africanos, que han venido a hacer música, los pobres, no tienen nada para vivir. Vamos a ayudarles, vamos a aplaudirles…” y es algo que odio profundamente. Creo que es lo que más odio en el mundo.

Baloji, fotografiado por David Carette.

Baloji, fotografiado por David Carette.

Patricia Willocq: “Las mujeres son víctimas en todas partes del mundo”

El trabajo de la fotógrafa Patricia Willocq, que nació y creció en República Democrática del Congo (RDC), es conocido principalmente por la serie White Ebony (2013) en la que retrata el albinismo en su país natal desde una perspectiva poco habitual: la cotidianidad, la dignidad y sobre todo, la tolerancia. Este particular enfoque constante en su obra, y en particular en su trabajo sobre el albinismo, ha hecho que el proyecto fuese premiado como Mejor fotografía del año por Unicef y haya sido exhibido y difundido en varios países del mundo. Quizá también ha sido el que la ha puesto en escena. Para Willoqc, la fotografía da sentido a su vida, y afirma: “Con mis imágenes puedo ayudar a cambiar la percepción sobre algunas cuestiones que me importan. Y eso me hace sentir mejor”.

Leer la entrevista en el artículo original publicado el 7 de abril de 2016

Esther y la maternidad

Esther y la maternidad

Fiston Mwanza Mujila: el escritor feliz

Tram 83 fue uno de los lanzamientos más exitosos de un escritor de origen africano en 2014. Su autor, el congoleño, Fiston Mwanza Mujila, pasó a finales de 2015 por Barcelona para presentar la edición de su primera novela en catalán por la Editorial Periscopi y ha hablado con Wiriko para explicar algunos de los detalles de su obra.

El escritor congoleño, Fiston Mwanza Mujila. Foto: Carlos Bajo

El escritor congoleño, Fiston Mwanza Mujila. Foto: Carlos Bajo

Tram 83 está ambientada en Ville-Pays, un espacio imaginario, dominado por una especie de fiebre del oro, en el que una mina ocupa un lugar central, con el permiso siempre de ese club, el Tram 83 en el que se desarrolla la mayor parte de la vida social. ¿Qué tiene Ville-Pays de su país?

Para crear ese ambiente de Ville-Pays me he basado en una mezcla de varias ciudades que conozco y, evidentemente, entre ellas en Lumumbashi. Me interesa, sobre todo, la energía creativa que se genera en los lugares en los que las cosas no funcionan. En estos lugares, todo está por hacer y, de repente, los milagros se hacen posibles. Me interesa también el ambiente en el que la música está presente por todos lados, las ciudades bulliciosas con ritmo.

¿Entonces, su novela es una obra crítica, porque se hace referencia a la corrupción al totalitarismo o las persecuciones políticas?

Quizá tenga elementos críticos y tiene referencias al Congo, pero no es lo fundamental. No es un ensayo, sino una novela, una obra literaria. Lo que he intentado ha sido inspirarme en esas situaciones dislocadas, que permiten hablar de la realidad de una manera diferente. Pero no me considero un escritor especialmente comprometido. En ese sentido, soy pragmático y mi interés fundamental es la literatura. De todos modos, entiendo esa duda porque presentando el libro me he encontrado con que algunos lectores que han hecho lecturas en clave de cosas que yo ni siquiera había pensado, pero esa es la riqueza de la literatura.

Fiston Mwanza Mujila, durante una de las presentaciones de su libro en catalán. Foto: Carlos Bajo

Fiston Mwanza Mujila, durante una de las presentaciones de su libro en catalán. Foto: Carlos Bajo

¿Le agradan o le desagradan esas interpretaciones?

Quizá parezca extravagante, pero veo el libro como un hijo y en el Congo los hijos no sólo son de sus padres, sino de toda la comunidad. Así que el libro es también de toda la comunidad. Creo que las cosas son así.

Uno de los personajes de la novela es Lucien, un escritor que aparece completamente fuera de lugar en esa ciudad de buscavidas. ¿Qué hay de Fiston Mwanza Mujila en Lucien?

No, no. Lucien no soy yo, ni mucho menos. En realidad Lucien es un soñador y yo soy una persona eminentemente pragmática. No se parece a mí. En realidad, el personaje de Lucien me sirve para hacer una reflexión que me interesa mucho: cuál es el papel del escritor, del intelectual en general, en un país en el que las cosas no funcionan.

Y, ¿cuál cree que es ese papel?

Bueno, por mi experiencia el papel del escritor tiene que ser muy didáctico. Yo me he dedicado a hacer talleres de literatura en colegios o en prisiones y creo que el escritor puede ayudar a entender la vida, a dar herramientas para ver cómo afrontarla.

¿Ese es para usted el lugar de la literatura?

La literatura da otra visión de la historia. Por ejemplo, frente a los discursos del poder nos damos cuenta cómo se multiplican las memorias, cómo se cambia y se rectifica. En diferentes momentos se construyen diferentes historias oficiales y éstas se confrontan a las memorias colectivas. En estas confrontaciones es donde entra la literatura. Pero en todo caso, yo no soy un escritor triste. Me considero un escritor feliz, porque la literatura tiene algo de infantil.

El autor de Tram 83, Fiston Mwanza Mujila. Foto: Carlos Bajo

El autor de Tram 83, Fiston Mwanza Mujila. Foto: Carlos Bajo

¿Qué opina del debate sobre el uso de las lenguas en las literaturas africanas? ¿Usted utiliza el francés, pero un francés muy particular?

Para mí, por mi experiencia, por mi educación y por mi cultura, el francés también es una lengua africana. Aunque es evidente que el francés que se habla en Francia, tiene unas características diferentes. En realidad, yo utilizo un francés que intenta hablar de las realidades que trata la historia. Si mi lengua es algo especial, es por los temas de los que trata, necesito que el francés de mis personajes se adapte a su personalidad, que la lengua se reactualice.

Seguramente la academia no estaría demasiado de acuerdo en cuanto a los límites…

No me preocupa. La academia no ha pagado mis estudios, así que no siento la necesidad de pedirle permiso para usar la lengua. Creo que es un bien común, pertenece a unos tanto como a otros. Un saxofonista no pide permiso al inventor del saxofón cuando encuentra una manera nueva y personal de tocarlo. Y además nadie lo pretende.

No pierde la oportunidad de llevar la conversación al territorio de la música. Es importante en su novela, ¿no es verdad?

He concebido esta novela como un concierto de jazz en el que hay momentos de absoluta armonía, pero, de repente, hay otros de bullicio, de algo que parece desorden, pero luego nos encontramos con que no se ha perdido el ritmo tampoco en esos momentos.

Virunga, un parque, un documental

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El director británico Orlando von Einsiedel es el responsable del documental Virunga, su primer largo, y que le sirvió para colarse entre los nominados de los  OSCARS 2015. La película, que pudo verse en España en la pasada edición del Festival Internacional de Cine de Medio Ambiental (FICMA), muestra la complejidad política, económica y social que rodea al Parque Nacional de Virunga en la República Democrática del Congo (RDC).

Virunga, producido con la ayuda de Leonardo DiCaprio, comienza con un entierro. El de Kasekera. Otro ranger más que se deja la vida para combatir a los cazadores furtivos. Otro más de los 130 agentes forestales que han muerto desde 1996 en el parque nacional más antiguo de África y conocido por sus gorilas.

Orlando von Einsiedel, director del documental Virunga/ virungamovie.com

Orlando von Einsiedel, director del documental Virunga/ virungamovie.com

En Virunga se refugia un cuarto de los 880 gorilas de montaña que quedan en el planeta. Ellos, también protagonistas del documental, “no son King Kong y su mirada puede cambiarte la vida”, describe el propio Orlando. Las fotografías de otro entierro, esta vez el de nueve gorilas de montaña abatidos en 2007, puso de manifiesto el peligro de esta especie que cuenta con un orfanato en Rumangabo, en el sector sur del parque. “Se deduce que sin gorilas no habrá razón para proteger el parque”, dice Andre Bauma, uno de los cuidadores del orfanato de gorilas de Rumangabo, al sur del parque.

Orlando von Einsiedel pensó estar en “Parque Jurásico” cuando visitó Virunga por primera vez. “Montañas de más de 5.000 metros, volcanes, una jungla que se extiende por miles de kilómetros, los gorilas”, explica el director cuya primigenia intención fue la de hacer un documental basado en el día a día de los rangers. “Lo que me llevó allí no fue la belleza natural sino que el parque se centra en las personas, en usar sus medios para traer desarrollo económico a sus pobladores”, dice von Einsiedel.

Y en esa rutina se encontraba SOCO International, una multinacional petrolífera del Reino Unido que había iniciado sus operaciones en el parque nacional en 2007.

“Están amenazando una parte de nuestro planeta que es única. El dinero está fomentando toda clase de intereses sospechosos que van desde grupos rebeldes a autoridades corruptas”, describe resignado von Einsiedel. Su idea original cambiaba de dirección y emprendía una investigación sobre las prácticas de SOCO en un espacio reconocido por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad desde 1979.

Con 300 horas de video y tras pasar casi un año viviendo en Virunga, von Einsiedel no dejó pasar la oportunidad de filmar en cubierto las prácticas corruptas de SOCO en el parque. “Los agentes forestales ya estaban investigando y nosotros pusimos la tecnología necesaria. Nadie sabía lo que estábamos grabando porque no queríamos poner en riesgo la vida de nadie. Pensaban que grabábamos documentales sobre los gorilas”, explica el director quien además contó con la ayuda de la periodista francesa Melanie Gouby para destapar las maniobras de la compañía británica.

Entre las evidencias del documental están las relaciones de la multinacional con altos cargos del ejército congolés, las intimidaciones recibidas por aquellos opositores a las prospecciones petrolíferas o las conexiones con el grupo rebelde M23 que por entonces ocupaba el flanco sur de Virunga.

En pleno rodaje del documental el equipo vivió en primera línea el conflicto armado entre el ejercito congoleño y el grupo rebelde M23 /virungamovie.com

En pleno rodaje del documental el equipo vivió en primera línea el conflicto armado entre el ejercito congoleño y el grupo rebelde M23 /virungamovie.com

“Vimos en el parque un reflejo de lo que lleva ocurriendo en el Congo durante más de cien años: intereses foráneos vienen al país y toman sus materias primas dejando desamparados a la población”, comenta von Einsiedel.

Hay un dicho que se ha convertido en credo entre los congoleses. “El país más rico del mundo con la gente más pobre”. La riqueza mineral, aquella que abastece a las empresas tecnológicas, se une a la sed de petróleo como pretextos para que Virunga se encuentre en peligro constante. Esta gema de la biodiversidad además se ha visto machacada por las secuelas del genocidio ruandés de 1994, los conflictos armados y la lucha de intereses. La cotidianidad del espacio natural va ligada a la amenaza de un ecosistema que sigue siendo “una de las esperanzas que la República Democrática del Congo tiene para el desarrollo económico y la estabilidad. Para conservar el parque hay que escuchar los problemas de las personas”, explica von Einsiedel.

Y para ello la figura del director del parque nacional es vital. Emmanuel De Merode, clave en la realización del documental, lleva en Virunga desde 2008 y ha tenido que sufrir las consecuencias de tan complejo cargo. Hace un año sobrevivió a un intento de asesinato en una emboscada tras presentar un informe sobre las operaciones de SOCO en el área. Ya restablecido, lucha por sacar adelante Virunga Alliance, un proyecto cuyo objetivo es crear 60.000 puestos de trabajo para 2025.

“Hay alrededor de 10.000 rebeldes en el área. Si se crea empleabilidad el porcentaje de que un joven tome un arma se reduce. Así es como se crea paz de manera permanente. No sólo son los animales lo que está en riesgo”, advierte von Einsiedel.

Pero el proyecto sigue amenazado por el capital occidental. Una vez finalizados los exámenes sísmicos, SOCO cesó sus operaciones en Virunga el pasado junio. Sin embargo, la petrolera espera a que el gobierno congolés desclasifique la zona en la que se pretende realizar la búsqueda de petróleo. De ser aprobada, la medida haría que el parque nacional perdiera su estatus de Patrimonio de la Humanidad y todos los esfuerzos por hacer de la región un lugar sostenible caerían en saco roto. “No creo en esta compañía. Si de verdad fueran claros en sus intenciones dirían categóricamente que no volverían incluso si los límites del parque cambian”, comenta reacio von Einsiedel.

En lugares como Virunga, muchas empresas hacen de la palabra desarrollo un dogma de fe. La construcción de carreteras, escuelas y centros sanitarios junto con el discurso sobre la empleabilidad seducen a muchos que se convierten a esta nueva religión recolonizadora.

“La opción de las multinacionales es rápida. Es dinero que sólo beneficia a gente que ya está en el poder. Hay que tener paciencia”, dice von Einsiedel. Pero la apuesta por la explotación sostenible de los recursos es un camino de largo recorrido a los que muchos no están dispuestos a emprender y menos cuando el dinero tienta.

“Las materias primas necesitan ser vendidas a occidente. El asunto es cómo hacerlo de la forma correcta, con vías que no sustenten la corrupción o amenacen a los Derechos Humanos. El petróleo no es eterno mientras que si se majea adecuadamente, el parque durará para siempre. Las compañías occidentales tienen que llegar a acuerdos de mercado que no son feroces con los países implicados”, puntualiza von Einsiedel.

Y mientras las personas, los agentes forestales, los gorilas y el resto de la fauna y flora de Virunga esperan con incertidumbre la decisión del gobierno congolés, el parque se hace más viejo y cumple 90 años.

Revisitando a Conrad y revisando la globalización

El novelista congoleño, In Koli Jean Bofane. Fuente: Web de la editorial Actes Sud/Lionel Lecoq

El novelista congoleño, In Koli Jean Bofane. Fuente: Web de la editorial Actes Sud/Lionel Lecoq

El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, es probablemente uno de los libros más conocidos sobre África y, sin duda, el que más se cita como paradigma de la visión eurocéntrica del continente negro desde la literatura y al que más se mira cuando se quiere ejemplificar la imagen parcial y deformada de la desconocida región que se extiende al sur del Sáhara. Precisamente desde el Congo que visitaba, pero no descubría, el Marlow de Conrad llega una revisión de esa realidad enfocada habitualmente desde unos lugares comunes. Es un autor nacido en la República Democrática del Congo y residente en Bélgica el que rompe el encuadre más frecuente para girar la cámara y mirar a la globalización desde el corazón del continente africano.

Congo Inc. es la novela más reciente de In Koli Jean Bofane, publicada en 2014. Con ella, Bofane pretende arrojar un poco más de luz sobre la realidad congoleña y ayudar a comprender que su análisis es complejo. El autor explicaba en una reciente entrevista el sentido de la idea Congo Inc.: “El Congo es el algoritmo primordial. Sirve para todo y ha permitido que el mundo sea lo que es ahora”. Y en esa ensaladera Bofane coloca el caucho en la época industrial, el que permitió que la I Guerra Mundial se hiciese sobre ruedas; y coloca también el uranio que puso fin la II Guerra Mundial; y el cobre de la munición de la guerra de Vietnam; y además pone a los refugiados del genocidio ruandés y a los combatientes que cruzaron las fronteras sin preocuparse de cuestiones de soberanía; las compañías petroleras o los gorilas aparecen también en la ecuación que traza el escritor.

En el centro de Congo Inc. aparece Isookanga, un pigmeo que vive en el bosque, pero que está completamente fuera de lugar. El protagonista no encaja en la idea de comunión con la naturaleza, se decanta más por la de su explotación y encuentra su entrenamiento ideal en un juego de internet Raging Trade, que sublima el capitalismo más salvaje y despiadado. Isookanga o, más bien Congo Bololo, su personalidad en el juego compra y vende, se estrena en el mundo del petróleo, la minería o las tierras. Evidentemente la competencia va más allá de las reglas del mercado y se enmarcan más bien en las de la esclavitud, los asesinatos, la limpieza étnica, o los desplazamientos de población.

Convencido de que más allá de Internet, el mundo está lleno de riquezas que le están esperando, Isookanga se traslada a Kinshasha. Una Kinshasha que es la máxima expresión de la globalización. En sus calles se mezclan los señores de la guerra de Kivu que han cambiado las armas por la corbata, los empleados de Naciones Unidas e, incluso, antropólogos. Y con ellos, todo un ejército de buscavidas de lo más variopinto. Bofane dibuja el abigarrado retablo de personajes desde el humor ácido que le ha permitido sobrevivir en su tumultuosa vida.

congoincNo es extraño escuchar el relato de una turbulenta trayectoria que ha incluido, según el escritor, momentos en los que se ganaba la vida “pistola en mano”, junto a episodios de crítica social, etapas de “sin papeles”, publicista o estudiantes de comunicación, antes de convertirse en escritor de éxito. In Koli Jean Bofane consiguió con su primera novela, Matemáticas congoleñas, el Grand Prix Littéraire d’Afrique Noire. Era el año 2009, el año anterior, el escritor congoleño había saltado, según explica, casi por obligación, de los cuentos a la novela. Bofane asegura que tras el genocidio ruandés se hartó de que sólo hablasen de los hecho analistas no africanos y por ello decidió dar voz a través de la literatura a los congoleños.

Han pasado cinco años desde aquella exitosa historia y Bofane se había convertido en una de las voces de la literatura africana más esperadas. Ahora Congo Inc. ha empezado un recorrido de promoción avalado por una narración corrosiva y realista que dibuja una realidad de la globalización a la que no estamos acostumbrados. Como muestra un botón: el uranio de la bomba nuclear de Hiroshima salió de las minas del Congo y, a pesar de eso, se ha intentado mantener al país alejado de la “historia”.

Menes, el retorno del rey

Menes en el campo de refugiados de Dzaleka, Malaui. Foto: Javier Domínguez

Menes en el campo de refugiados de Dzaleka, Malaui. Foto: Javier Domínguez

El artista congoleño reivindica en la escena cultural de Malaui el sitio que perdió cuando tuvo que abandonar la República Democrática del Congo, RDC.

Tras Menes, nombre artístico, se esconde Tresor Mpauni Nzengu. Nacido en Lubumbashi vive en la actualidad en Dzaleka, el único campo de refugiados de Malaui, y ha vuelto al panorama musical tras unos años de un silencio forzado. Hace unas semanas, Menes tuvo la oportunidad de organizar su propio espectáculo en Lilongüe, El retorno del rey, trayendo los recuerdos de cuando era un artista reconocido en su tierra natal.

Grupo congoleño de hip hop ADCS

Grupo congoleño de hip hop ADCS

Tresor tuvo una infancia corriente. Jugaba al futbol como los demás pero tras las patadas al balón por las calles de su barrio volvía a casa para pasar la noche cantando con su madre. “Mi familia está llena de cantantes”, asegura Tresor en la entrevista que concedió a Wiriko en Dzaleka con motivo de su vuelta a los escenarios.

Su entorno fue clave para formarse en la música y desde el instituto comenzaría a formar grupos y bandas. Cogió confianza y se lanzó a escribir temas que se integrarían en el repertorio del grupo ADCS, siglas para Apocalypse Death Clan Survivor. Corría el año 1998 y comenzaba su carrera profesional.

“Nos fue bien con el grupo. Rapeábamos en diferentes lugares de Lubumbashi y fuimos de gira por la región”, recuerda Tresor quien compaginaba su actividad musical con sus estudios de comunicación. Lo importante era estar del lado de las letras, de las palabras. El éxito vino con varios videoclips, apariciones en la televisión y en la radio.

Tras nueve años, en 2007, Tresor decidió lanzar su carrera en solitario y para ello escogió el mote que desde pequeño se había ganado, Menes. “Cuando estaba en el colegio, me interesaba mucho la lectura y un día el profesor preguntó el nombre del primer faraón. Yo lo sabía”, dice Tresor quien desde ese día se convirtió en Menes para sus compañeros de clase.

Su proyecto en solitario se dio a conocer en Lubumbashi. Grabó un par de videos y se convirtió en uno de los jóvenes compositores congoleños con más proyección. Su objetivo era publicar su primer álbum pero nunca pudo terminarlo.

Coincidiendo con el día de la independencia congoleña, Menes presentó su evento El sonido de la independencia. Es lo último que pudo hacer en la escena artística de Lubumbashi.  “Analicé la situación política, lo que se había hecho y después de eso tuve varios problemas”, explica Tresor cuando habla de su tema Independencia precoz y que lo puso en la mira de la agencia de seguridad de su país. Tuvo que salir de RDC.

Las presiones políticas le obligaron a pasar una temporada en Zambia donde su visa expiró y no tuvo más remedio que dirigirse a Dzaleka, en la región central de Malaui. “Creía que no sobreviviría más de tres días”, dice mientras concede la entrevista sentado en un banco de madera en mitad del campo de refugiados que continúa siendo su casa a día de hoy.

Tresor sobrevivió a esos tres días y pasó horas en la biblioteca comunitaria. Decidió mantenerse ocupado y aprender a tocar la guitarra y el piano. Sólo le quedaba un reto por delante, aprender inglés. El rapero congoleño, que lleva en Dzaleka desde 2008, se ha convertido en el director de comunicaciones del campo de refugiados. Además es el fundador de la asociación cultural de Dzaleka que sirve de plataforma para varios artistas residentes.

“Preparo un disco que saldrá en febrero”, nos adelanta Tresor quien contará con la colaboración de artistas de Malaui. “Quiero agradecer el apoyo que me han dado”, explica el artista congoleño que recupera así ese sueño de grabar un álbum y que abandonó sin remedio al dejar RDC.

Tresor lo perdió todo, incluso a Mesnes pero Lilongüe le ha devuelto lo que el exilio le quitó. “Estoy haciendo lo mismo. Estoy escribiendo artículos, escribiendo poesía, hago shows…” “No es lo mismo [que antes] pero lo será pronto, Incluso puede ser mejor. No en una escena local pero más internacional”, concluye Tresor.