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Ruanda 2.0: Los pájaros cantan en Kigali

Muchas han sido las películas que han relatado el horror vivido en el genocidio de Ruanda que se desarrolló en 1994. Algunas, como Hotel Rwanda (2004), son muy conocidas gracias a la difusión a la que nos tiene acostumbrados la maquinaria de hollywood; pero hay otras, más sutiles, que nos relatan los mismos sucesos y sus consecuencias desde otra perspectiva.

Este es el caso de Los pájaros cantan en Kigali (“Ptaki spiewaka w Kigali”, en polaco), película que participa en la 62ª edición de la Semana Internacional de Cine de Valladolid (Seminci) en la sección oficial, es un drama dominado por dos mujeres que viven el horror ruandés de primera mano. Anna Keller, interpretada por una agónica Jowita Budnik, es una ornitóloga que junto a Jean Paul (Ciza Remy Muhirwa) investiga el comportamiento de los buitres en el país africano cuando la situación se vuelve insoportable. Claudine Mugambira, papel que interpreta la actriz Eliane Umuhire (que debutó en su papel en Things of the Aimless Wanderer), es una joven ruandesa que trata de huir de los ataques. Con ayuda de Anna, que trabajaba con su padre, consigue huir en las jaulas de los buitres muertos que la ornitóloga se lleva para continuar con su investigación.

Pero esto es solo el principio del largometraje. La propia directora, Joanna Kos-Krauze, que estuvo presente en la proyección, fue muy clara cuando le preguntamos sobre la temática de la película: “No quisimos reconstruir el homicidio y el sufrimiento por el que pasó Ruanda. No nos parecía ético representar el horror en la pantalla”. Por ello la película se centra en lo que ocurre después. Si hay algo que llama la atención en Los pájaros cantan en Kigali es la nueva perspectiva que nos muestra a las personas que vivieron el conflicto, sobre todo a nivel psicológico.

La trama nos cuenta que Claudine consigue llegar a Polonia, pero será alojada en un centro de refugiados y vivirá rodeada de un mundo que desconoce. Sin dejar atrás los traumáticos recuerdos y sin olvidar a sus familiares que no pudieron huir, Claudine tratará de continuar con su vida. Paralelamente Anna vuelve a su Polonia natal, pero su cabeza sigue en Ruanda. Aunque el público no lo ve directamente en la pantalla, sí que se intuye en la mirada de la co-protagonista cómo las escenas vividas vuelven una y otra vez a su cabeza.

Poco después Claudine consigue el estatus de refugiada y Anna opta por acogerla. Con la proximidad los recuerdos están más vivos que nunca y a pesar de que son las únicas que pueden comprenderse mutuamente la convivencia se vuelve insoportable. Cuando parece que la situación no se puede resolver, Claudine recibe noticias de la única familiar que ha sobrevivido al conflicto: su prima Marie-Christine. A partir de ese momento la protagonista se plantea volver a Ruanda y enfrentarse definitivamente a sus fantasmas. Pero no irá sola. Allí las protagonistas buscarán respuestas cuando el resto de los ruandeses tratan de pasar página y cerrar las heridas de los terribles acontecimientos que tuvieron lugar en 1994.

La virtud de esta película es que permite al espectador acompañar a Claudine y a Anna a través de su particular viaje por la ansiedad y el trastorno. Los cortes repentinos, los desenfoques y las eternas imágenes de insectos, vísceras y buitres nos recuerdan el horror de forma sutil. La película, con largos planos y ritmo lento puede dar la sensación de alargarse más de lo debido. Pero esto se debe, en palabras de la directora, “a que los planos largos y desenfocados tienen el objetivo de reproducir la visión de una persona que está en estado post-traumático. Una persona en esa situación no tiene una imagen clara del mundo que la rodea, por eso la narrativa de la película da la sensación de estar rota”.

En cierto modo se agradece que la película no se centre solo en la pesadilla que estalló en 1994 y que podamos conocer cuáles son las consecuencias personales de un conflicto que conmocionó al mundo. Gracias a este largometraje podemos acercarnos y tratar de comprender cómo se vive con el dolor cuando el mundo se ha roto.

Somos Nilóticos

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Nykor Paul, supermodelo de orígen sursudanés y directora de la campaña We Are Nilotic, para la pacificación de Sudán del Sur.

Una campaña de la supermodelo sursudanesa Nykhor Paul para pacificar Sudán del Sur, quiere terminar con las divisiones étnicas y fomentar la solidaridad en la nación.

Hoy es una súper modelo internacional que gana millones de dólares, pero la sursudanesa Nykhor Paul, de 25 años, no olvida sus orígenes. Huyó de su país a causa de la guerra cuando aún era una niña. Después de vivir en un campo de refugiados de Etiopía, a los nueve años fue adoptada por una pareja estadounidense. Dejar atrás a su familia no le fue fácil. Ahora, aprovechando el poder mediático que le ha granjeado su éxito, utiliza su imagen para denunciar la vulneración de los derechos humanos en su país natal, donde aún se encuentra toda su familia biológica. Reuniendo a modelos, músicos y famosos de Sudán del Sur, Nykhor lanzó el año pasado una campaña para sensibilizar tanto a la población del país como al resto del mundo: Somos nilóticos o We Are Nilotic. “Somos gente del Nilo. Los primeros pasos de la humanidad se dieron aquí”, aclara la modelo.

La independencia se convirtió en un sueño marchito en Sudán del Sur. Tras décadas de lucha, después de conseguir un Estado propio y un pequeño periodo de sosiego en 2011, casi dos años de guerra civil han llevado a su población a una de las peores crisis humanitarias del planeta. Desde que estallara el conflicto, en diciembre de 2013, han muerto miles de personas. La inseguridad alimentaria vapulea a 4,6 millones de sursudaneses —el 40% del país—. Y tanto la carencia de alimentos como la violencia han desplazado a 2,2 millones de personas, según la Organización Internacional para las Migraciones.

El pasado 26 de agosto, el presidente Salva Kiir firmaba un acuerdo de paz con el que se compromete a pacificar el país para los próximos 20 meses. Pero hace escasas semanas el periódico New Nation perdió a uno de sus periodistas, Peter Moi, asesinado a sangre fría después de que el presidente amenazara a todo aquel que se posicionara en contra del Gobierno de Juba. Sólo en 2015, siete periodistas han sido asesinados en el país por las mismas razones. “La falta de libertades afectará el proceso de paz porque los ciudadanos no se sienten seguros ni protegidos. En Sudán del Sur nadie puede expresarse sin temer que una bala atraviese su cráneo. [El presidente] Kiir intimida a su población y no tiene ninguna vergüenza de que la gente sepa que va a matarlos si expresan su disidencia. No se puede tener un ambiente de hostilidad y miedo y esperar que la paz nazca de las cenizas de las personas asesinadas”, reivindica con voz firme Paul.

nykhorSegún Paul, todos tenemos una responsabilidad en lo que está pasando en Sudán del Sur. “Nuestra campaña hace un llamamiento a reconocer que toda la humanidad surge de aquí y que por lo tanto, todos tenemos un ancestro común, una lengua común, costumbres e identidades anteriores a la formación de diferentes grupos nacionales. La humanidad surge del Nilo y no podemos permitir lo que está sucediendo en la región”, reivindica Nykhor, afincada en Estados Unidos.

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Este artículo ha sido posible gracias a un acuerdo de colaboración entre Wiriko y Planeta Futuro (El País). Para seguir leyendo, pincha aquí

 

 

La inmigración desde el otro lado

inmigrantes en el Mediterráneo

Llovía y los sueños se convirtieron en pesadillas. Nadie sobrevivió a ellas. Salvo sus recuerdos. Oscuridad profunda. El naufragio de la última semana ha dejado la cifra de más de 700 fallecidos en las aguas del Mediterráneo. Pero no, esto no ha sido una “tragedia”. La palabra tragedia implica una calamidad accidental. Una desafortunada confluencia de espacio y tiempo. Y esta vez, como en tantas otras, no ha habido nada de accidental en estas muertes. Han fallecido como consecuencia directa de políticas gubernamentales nacionales y a nivel europeo. La inmigración se hunde en políticas mojadas.

Provienen de más de 20 países llegando a Libia como una especie de embudo hacia Europa: eritreos que pretenden escapar de la represión o el servicio militar, somalíes que huyen de Al-Shabaab; sirios que han perdido la esperanza de volver a casa. En pueblos de Senegal y otros países de África occidental, los que deciden emprender “el camino” venden todo lo que tienen o piden préstamos con la esperanza de una vida mejor en Europa o, tal vez, con la esperanza de unirse a algún familiar o conocido que alcanzó tierra firme.

Las motivaciones entre las decenas de miles que hacen el viaje a la costa del Mediterráneo son tan numerosas y variadas como las nacionalidades involucradas, de acuerdo con investigadores y grupos de derechos humanos. Pero en el año 2014 más del 80% de ellos se dirigió a la costa de Libia como el punto de embarque más fácil. Desde el Cuerno de África hasta el Atlántico, desde Siria y Gaza, estos aspirantes a migrantes viajan por rutas bien establecidas.

“No todo el mundo viene a España por la misma razón. Estudiar o perseguir sus sueños atraídos por el éxito de los suyos”. Quien habla es la senegalesa Mariama Badji que, tras 6 años en la Península, explica su visión de la historia en el documental Témoignages de l’autre côté, en el que se ofrece testimonios de distintos inmigrantes senegaleses que viven en España, desde el otro lado, la otra costa a la que en Senegal se refieren como “El dorado”.

A pesar de que el documental fue producido en 2011 y dirigido por la colaboradora habitual de Wiriko Estrella Sendra, en la última semana el debate ha provocado que la directora decidiera poner este documental a disponibilidad de todos. “Me gustaría que se presentara de alguna forma como un tributo a los desaparecidos… Recordando que esto es algo que empezó hace mucho y que el año pasado, cuando filmamos la segunda parte de este documental, ahora terminándose de editar, se cuestionó si el tema de la inmigración seguía siendo de actualidad… Lamentablemente, vemos que desgraciadamente sí”.

naufragio-de-lampedusa-italia-imigrantesUbicados en distintos espacios, sus protagonistas comparten su experiencia de la inmigración en un tono de debate y reflexión a lo largo de 33 minutos sin espacio para la pausa visual. Mogo Tagheu Leon, natural de Camerún, lanza una imprescindible frase para la opinión pública: “La realidad que he encontrado en España ha sido diferente de la que había imaginado cuando estaba todavía en África”. Opinión que recoge el senegalés Assane Niang afirmando que “hay trabajo y muchas posibilidades”. El debate queda servido.

Aunque sin duda, uno de los puntos dramáticos de este corto documental con una clara implicación de su autora, es cuando Assane Diouf, responsable de una casa de acogida desde 2005 perteneciente a CEPAIM, afirma, tras un silencio, que los recortes presupuestarios del gobierno español han provocado que su centro se vea obligado a negar asilo a varios inmigrantes. Otro de los dramas ocultos.

Con una fotografía que recuerda al cine directo, planos cerrados y ubicaciones inexactas, llevan al espectador por un guión que, aunque con algunos puntos flacos, es parte de la realidad que viven muchas de las ciudades españolas. La convivencia con un número cada vez mayor de vecinos del continente africano. La música de Malick con temas como “Chowli” o “Ça ira bounce” presentes en toda la obra, cierran un documental que como bien afirma Sendra, se vuelve necesario en estos días de luto e incertidumbre política.

Desde Sudáfrica también han llegado las tristes noticias de la represión que están sufriendo los inmigrantes en este país del sur del continente donde al menos 8 personas han fallecido y unas 8.500 personas se han visto obligadas a huir a los centros de refugiados o estaciones de policía la pasada semana a causa de la violencia. La tasa de desempleo en la nación del arcoíris es del 24%, y muchos en el país acusan a los extranjeros de tomar puestos de trabajo. La violencia contra los inmigrantes en 2008 mató a más de 60 personas.

Actualmente, Estrella Sendra y Mariama Badji, anterior protagonista, están coproduciendo y codirigiendo la segunda parte del documental, Témoignages du Suñu Gal, con Manuel Broullón como director de fotografía y postproducción y Pablo Lara como sonidista, así como con nuevas incorporaciones al equipo tanto senegalesas como españolas.

Passport immigration stamp

Menes, el retorno del rey

Menes en el campo de refugiados de Dzaleka, Malaui. Foto: Javier Domínguez

Menes en el campo de refugiados de Dzaleka, Malaui. Foto: Javier Domínguez

El artista congoleño reivindica en la escena cultural de Malaui el sitio que perdió cuando tuvo que abandonar la República Democrática del Congo, RDC.

Tras Menes, nombre artístico, se esconde Tresor Mpauni Nzengu. Nacido en Lubumbashi vive en la actualidad en Dzaleka, el único campo de refugiados de Malaui, y ha vuelto al panorama musical tras unos años de un silencio forzado. Hace unas semanas, Menes tuvo la oportunidad de organizar su propio espectáculo en Lilongüe, El retorno del rey, trayendo los recuerdos de cuando era un artista reconocido en su tierra natal.

Grupo congoleño de hip hop ADCS

Grupo congoleño de hip hop ADCS

Tresor tuvo una infancia corriente. Jugaba al futbol como los demás pero tras las patadas al balón por las calles de su barrio volvía a casa para pasar la noche cantando con su madre. “Mi familia está llena de cantantes”, asegura Tresor en la entrevista que concedió a Wiriko en Dzaleka con motivo de su vuelta a los escenarios.

Su entorno fue clave para formarse en la música y desde el instituto comenzaría a formar grupos y bandas. Cogió confianza y se lanzó a escribir temas que se integrarían en el repertorio del grupo ADCS, siglas para Apocalypse Death Clan Survivor. Corría el año 1998 y comenzaba su carrera profesional.

“Nos fue bien con el grupo. Rapeábamos en diferentes lugares de Lubumbashi y fuimos de gira por la región”, recuerda Tresor quien compaginaba su actividad musical con sus estudios de comunicación. Lo importante era estar del lado de las letras, de las palabras. El éxito vino con varios videoclips, apariciones en la televisión y en la radio.

Tras nueve años, en 2007, Tresor decidió lanzar su carrera en solitario y para ello escogió el mote que desde pequeño se había ganado, Menes. “Cuando estaba en el colegio, me interesaba mucho la lectura y un día el profesor preguntó el nombre del primer faraón. Yo lo sabía”, dice Tresor quien desde ese día se convirtió en Menes para sus compañeros de clase.

Su proyecto en solitario se dio a conocer en Lubumbashi. Grabó un par de videos y se convirtió en uno de los jóvenes compositores congoleños con más proyección. Su objetivo era publicar su primer álbum pero nunca pudo terminarlo.

Coincidiendo con el día de la independencia congoleña, Menes presentó su evento El sonido de la independencia. Es lo último que pudo hacer en la escena artística de Lubumbashi.  “Analicé la situación política, lo que se había hecho y después de eso tuve varios problemas”, explica Tresor cuando habla de su tema Independencia precoz y que lo puso en la mira de la agencia de seguridad de su país. Tuvo que salir de RDC.

Las presiones políticas le obligaron a pasar una temporada en Zambia donde su visa expiró y no tuvo más remedio que dirigirse a Dzaleka, en la región central de Malaui. “Creía que no sobreviviría más de tres días”, dice mientras concede la entrevista sentado en un banco de madera en mitad del campo de refugiados que continúa siendo su casa a día de hoy.

Tresor sobrevivió a esos tres días y pasó horas en la biblioteca comunitaria. Decidió mantenerse ocupado y aprender a tocar la guitarra y el piano. Sólo le quedaba un reto por delante, aprender inglés. El rapero congoleño, que lleva en Dzaleka desde 2008, se ha convertido en el director de comunicaciones del campo de refugiados. Además es el fundador de la asociación cultural de Dzaleka que sirve de plataforma para varios artistas residentes.

“Preparo un disco que saldrá en febrero”, nos adelanta Tresor quien contará con la colaboración de artistas de Malaui. “Quiero agradecer el apoyo que me han dado”, explica el artista congoleño que recupera así ese sueño de grabar un álbum y que abandonó sin remedio al dejar RDC.

Tresor lo perdió todo, incluso a Mesnes pero Lilongüe le ha devuelto lo que el exilio le quitó. “Estoy haciendo lo mismo. Estoy escribiendo artículos, escribiendo poesía, hago shows…” “No es lo mismo [que antes] pero lo será pronto, Incluso puede ser mejor. No en una escena local pero más internacional”, concluye Tresor.