La música Gnawa podría ser reconocida como Patrimonio Cultural Inmaterial

Cuentas cosidas a mano y conchas que van y vienen al son de la música engalanan a los Gnawa, vestidos con largas túnicas de satén y borlas que hacen girar alrededor de sus cabezas mientras cantan, saltan y bailan. Reclamando descender de Bilal, esclavo abisinio liberado y único discípulo negro de Mahoma —según Deborah Kapchan en Traveling Spirit Masters—, su música se remonta a las canciones que los africanos negros esclavizados integraron en el paisaje cultural y social marroquí, fundando todo un modelo cultural para preservar las tradiciones y la música folclórica de sus antepasados. Ahora, todo ese legado podría ser reconocido por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial, no solo reconociendo la riqueza sonora del estilo, sino además, alabando la diversidad cultural implícita en el ADN marroquí.

IMAGEN DE SABIR EL MOUAKIL.

Vinculada a las prácticas de curación a las personas poseídas por espíritus genios, la música Gnawa se ha convertido en uno de los estilos más populares del norte de África. Batería, castañuelas metálicas, laúd de tres cuerdas (guembri), vestidos de mosaico y gorras decoradas con caracoles cowry, forman parte de un estilo musical que mezcla sonidos del Sur del Sahara, tradiciones bereberes y sufíes en un frenesí contagioso, infusionado entre poesía y música tradicional indisociable del baile, que ha sido atracción turística en las últimas décadas en ciudades como Marrakech, Essaouira y Fez.

Aunque según René Basset, la palabra bereber “gnawi” significa “hombre negro”, hay quien dice que el nombre Gnawa se originó de la palabra Guinea, un lugar conocido por su comercio de esclavos especialmente durante el siglo XI. Además, tal y como cuenta la académica e investigadora Fouzia Baddouri, este estilo se remonta a un pasado remoto donde los pobres esclavos negros cantaban su miseria y sus preocupaciones diarias. 

Con una carga de antiguas canciones espirituales y religiosas afro-islámicas, y ritmos que se remontan a esas migraciones forzosas des del África Occidental hasta Marruecos, la música Gnawa podría entrar este 2019 en la lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). Tal como lo cuenta el poeta ugandés Okot p’Bitek en su libro Song of Lawino & Song of Ocol, las canciones y bailes primitivos africanos no son solo entretenimiento, sino que también establecen vínculos entre los miembros de la comunidad, tanto entre los que están vivos como entre los que han muerto. Así que, cuando se discuta la candidatura, en la 14ª sesión del Comité Intergubernamental para la Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial en Bogotá, Colombia, del 9 al 10 de diciembre, muchos siglos de historia y muchas generaciones de Gnawa guardaran silencio por unos instantes.

Será la segunda vez que este estilo se postule para entrar dentro de la categoría de Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. A pesar de que el género está en declive, con solo un puñado de plataformas en su defensa, como el Festival Mundial de Música Gnaoua en Essaouira —que se celebra cada mes de junio—, hay grandes esperanzas en el reconocimiento de esta rica tradición sonora. En 2014, la organizadora del Gnaoua World Music Festival, Neila Tazi, postuló ya este género. Sin embargo, la candidatura parece no haber tenido el suficiente apoyo gubernamental para garantizar su éxito, y se quedó en las puertas.

Si esta vez la presentación fuera exitosa, Marruecos contaría ya con ocho títulos en la lista del Patrimonio Cultural Inmaterial, incluido el Festival de la Cereza en Sefrou, la plaza Jamaa el-Fna de Marrakech, las prácticas de argán, la cetrería como una herencia humana viva y la danza marcial taskiwin del Alto Atlas occidental. Añadir la música Gnawa a la lista del Patrimonio Cultural Inmaterial para salvaguardar esta herencia, significaría un gran paso simbólico para reconocer la diversidad étnica y cultural de Marruecos, pero también para combatir la xenofobia de un país con un extendido racismo contra los subsaharianos.

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Gemma Solés i Coll
Gemma Solés i Coll (La Bisbal d'Empordà, 1981) investiga y escribe sobre urbes y culturas africanas contemporáneas. Es cofundadora y redactora de Wiriko y coordina el blog Seres Urbanos de Planeta Futuro —la sección de DDHH de EL PAÍS, periódico para el que escribe sobre los ODS en África—. Licenciada en Filosofía (UB), posgraduada en Desarrollo en África (UPF) y master en Culturas y Desarrollo en el Sur del Sahara (URV), estuvo becada por el African Centre for Cities de la Cape Town University y ha cursado una estancia internacional en los Archivos de Música Africana de la Universidad Johannes Gutenberg de Mainz, Alemania. Sus principales motivaciones son investigar, comprender y divulgar —desde el periodismo escrito o radiofónico, los documentales y la academia— la creatividad con la que construye futuro la juventud africana, especialmente en contextos urbanos.
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