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Reminiscencia pop para avivar la memoria congoleña

Eddy Kamuanga Ilunga tiene un propósito: acercar a pinceladas la historia a las sociedades contemporáneas de la República Democrática del Congo. Como si se tratara de capítulos, cada obra del pintor nacido en Kinshasa recupera un episodio de la memoria colectiva congoleña mediante una narrativa visual compuesta de elementos étnicos, occidentales y tecnológicos con una estética pop que generan pinturas híbridas, como las identidades que retrata. Su nueva entrega,’Responsabilidad frágil’, ha sido recientemente expuesta en la Galería October de Londres.

Vasijas de porcelana de la época de los primeros comerciantes portugueses, cuencos de cerámica tradicionales, jarras Toby popularizadas por los ingleses, alguna mesa o silla de estilo clásico y cajas improvisadas como asientos. Es todo el atrezo de ‘Responsabilidad frágil’, la última serie de lienzos en acrílico y óleo de Eddy Kamuanga Ilunga, que, pese a ser escaso, ya contiene más elementos que su creación anterior, dedicada a la etnia Mangbetu.

En la línea pop que lleva caracterizando su trabajo desde sus inicios, las dos últimas colecciones del pintor de Kinshasa focalizan su fuerza en las personas que retrata, individuos de piel formada por placas de circuitos tecnológicos que evocan el papel de la República Democrática del Congo como la meca del coltán, un mineral imprescindible en los cada vez más utilizados dispositivos electrónicos. Los protagonistas de Kamuanga Ilunga cubren su electrónica dermis ataviados en su mayor parte por vistosas telas africanas frente a fondos de colores fríos, en unas pinturas que son un ejercicio de convivencia entre la modernidad y el pasado relegado que el artista percibe en la sociedad contemporánea de su país.

La ausencia de objetos no es casual, el joven congoleño quiere reflejar personajes perdidos en el tiempo y el espacio, renegados a la memoria. Cuenta desde la Galería October, donde ha presentado sus dos exposiciones en solitario hasta la fecha, que su madre se mostró reticente a que fuera a conocer a conocer a los Mangbetu para documentarse para su primera colección al considerarlos “paganos, retrógrados e incluso peligrosos”.

No se trata de una opinión aislada, para Kamuanga Ilunga la sociedad congoleña es cada vez más moderna, profundamente cristiana y “rechaza por completo su herencia indígena multiétnica”, tal y como manifiesta en su última exhibición. Una concepción que constituye la línea argumental sobre la que se basan las narraciones visuales de este artista que reflexiona sobre los cambios sociales que ha experimentado su país desde la llegada del colonialismo hasta la actual globalización, acontecimientos que han construido la historia de la República Democrática del Congo y condicionado la construcción de su identidad.

Y si en la obra dedicada a los Mangbetu, Kamuanga Ilunga acerca la contemporaneidad y los orígenes al combinar la tecnología digital, las uñas pintadas y las chanclas que salpican el paisaje urbano congoleño con los tocados, la artesanía y la elegancia por la que era admirado este pueblo de guerreros originarios de Sudán y establecidos centenariamente en el Congo, en su nuevo trabajo emplea la misma técnica con fines distintos.

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En ‘Responsabilidad frágil’, el artista rinde homenaje a los esclavos y antepasados que resistieron el tráfico humano, y sitúa la acción de la serie en el Reino del Congo poniendo en escena objetos de este periodo que aún hoy conforman la realidad social del país sin evocar de manera consciente la esclavitud que trajo consigo ese capítulo de su historia. Rodeados de estos elementos, los personajes que representa se muestran abatidos y parecen estar perdidos, amnésicos, desprovistos de vitalidad. Pero no es ésta la fragilidad que califica Eddy Kamuanga Ilunga al dar nombre a esta obra, en la que lo que realmente quiere señalar es el impacto de las estructuras de poder del pasado y del presente en la construcción de la identidad congoleña. Es ahí donde reside la ‘Responsabilidad frágil’.

The Rumba Kings, la música es la verdadera riqueza del Congo

“Tenemos diamantes, oro, coltán y todo eso … pero la música también es nuestra riqueza”, Simaro Lutumba.

“Un país que no baila, es un país atrofiado”, Jean Pierre Nimy (historiador congoleño).

Para los congoleños, el verdadero tesoro del Congo no se encuentra bajo tierra. Desde antes de la independencia de Bélgica, Kinshasa era conocida como el corazón musical de África. De allí salieron grandes estrellas como Franco Luambo, Grand Kalle, Dr. Nico o Tabu Ley Rochereau, que llevaron el pop congoleño de la época a las pistas de baile occidentales, siendo adorados como dioses por millones de fans. Ahora, a finales de 2018, el periodista y cineasta peruano Alan Brain Delgado, que pasó casi 8 años en República Democrática del Congo filmando documentales sobre la vulneración de derechos humanos en el este de RDC para la Misión de Mantenimiento de la Paz de Naciones Unidas, nos regalará un documental que honra toda esa riqueza cultural, a menudo menospreciada desde fuera, pero que es un motivo de orgullo para la mayoría de congoleños y congoleñas.

La música congoleña está en las raíces del jazz y el blues de Nueva Orleans. Se encuentra en Cuba. Y conquistó todo el continente africano en el siglo XX. Mientras el peruano Alan Brain se encontraba en Kinshasa se percató del rol crucial de la cultura y la música para los congoleños. Y no quiso perder la oportunidad de capturar con su cámara los aspectos positivos de la cultura congoleña, su sociedad y la identidad de las personas que la forman. Como su amor y fascinación por la música ocupaban casi todo su tiempo libre, puso el objetivo de su cámara a su servicio y se centró en la Rumba congoleña, una de las herencias más notables de la historia de la música moderna, como su objeto de estudio.

En plena etapa final de posproducción, a finales de 2018 se presentará el largometraje documental sobre la era dorada de la rumba congoleña, titulado “The Rumba Kings“, que ya ha despertado la atención de los más devotos amantes de los sonidos del antiguo Zaire – uno de los estilos panafricanos por excelencia–.

Tal como cuenta el director en su página de Facebook: “The Rumba Kings celebra a los grandes músicos y canciones que, durante los años sesenta y setenta, hicieron que la Rumba congoleña fuera conocida en todo el mundo. También nos muestra que, en la República Democrática del Congo, había bandas de rumba congoleñas que tenían el talento de The Beatles y eran tan famosas en África como The Rolling Stones en Occidente”.

La cinta incluye entrevistas con leyendas de la rumba congoleña como Guvano de la banda de Tabu Ley Rochereau, Verckys Kiamanguana de la Orchestre Veve, Manu Dibango, Nedule Montswet –más conocido como Papá Noel–, Bikunda de la banda de Wendo Kolosoi, Lutumba Simaro de OK Jazz, Nkuka Mathiu de African Jazz, Pepe Fely Manuaku de Zaiko Langa Langa, Faugus Izeidi de la African Fiesta, Armando Brazzos, Petit Pierre, Nkuka Mathieu, Roitelet Moniania, Maproco, Papa Wemba , Lokua Kanza o Jean Goubald, entre muchos otros, como testigos de los ritmos magnéticos de la rumba congoleña y su época dorada.

The Rumba Kings from Alan Brain on Vimeo.

Félicité o el canto a la vida

Félicité se gana la vida cantando en un bar de Kinshasa

Félicité es la nueva cinta del director franco-senegalés Alain Gomis y una de las candidatas a llevarse el Premio del Público a la Mejor Película en la presente edición de Film Africa, el festival de cine africano contemporáneo de Londres del que Wiriko es medio oficial y advisor de la programación.

El nuevo trabajo de Gomis es un canto a la vida. Un tratado de resiliencia visual y musical de más de dos horas y que relata los pormenores de una madre soltera de Kinshasa, Félicité, cuya rutina cambia el día en que su hijo sufre un accidente de tráfico.

Félicité se gana la vida cantando en un bar de la capital de la República Democrática del Congo (RDC). Es una mujer valiente, dura y que lucha por no tener que darle explicaciones a nadie. La protagonista trata de escapar de un sistema socioeconómico y cultural que pone obstáculos para la independencia de la mujer en el África subsahariana. Ella pelea su sitio, esquiva a los acosadores y lleva las riendas de su vida como le da la gana. Dejó al padre de su hijo para ser una mujer fuerte aunque perderá el pulso ante el sistema de salud congoleño. Su aguante se desmorona cuando Samo, su hijo, necesita una operación para salvar su pierna tras un percance en motocicleta. Desesperada por conseguir el dinero que permita la actuación médica, Félicité se enfrenta a sí misma y a su orgullo.

En todo bar hay un borracho. Un hombre solitario. Tabu, interpretado por Papi Mpaka, es el que cada noche escucha las canciones de Félicité desde la barra. Empinando el codo, hablando más de la cuenta y engatusando a las mujeres para que lo acompañen a la cama. Una mañana de resaca, este manitas aparece para arreglar el frigorífico de Félicité. Ambos personajes chocan fuera del bar, en un marco ajeno pero con las etiquetas de la noche; él es el borracho, ella la cantante.

En este contexto, Tabu sabe de la situación de Félicité y de su hijo y accede a ayudarla. Pero, ¿cuál es la moneda de cambio? En la encrucijada, la película de Gomis toma, sin embargo, al espectador más allá de una historia de autocompasión. La resistencia de Félicité se desmorona mientras Tabu endulza unos momentos agónicos. La historia nos lleva hacia un camino de aceptación, perdón y esperanza. Un sensual y cuidado contrato al amor sin letra pequeña. Una relación honesta y cruda como la mirada de su protagonista, la sudafricana Véro Tshanda Beya Mputu. Sus ojos penetran desde el primer plano así como lo hace su voz.

La música es también otro personaje más en esta cinta. La banda sonora está compuesta por el colectivo local Kasai Allstars y a través de los temas se muestra la mutación de carácter de Félicité. Del jolgorio a la rendición. Y a los sueños. Gomis juega con unas escenas líricas, amenizadas por la Orquesta Sinfónica de Kinshasa, para adentrarnos en unas ensoñaciones donde se olvida el caos de la ciudad y en la oscuridad del bosque, Félicité encuentra a Tabu.

Tabu, Felicité y Sano en un fotograma de la película

La relación entre ambos crece en silencio. La noche es para los tormentos y a plena luz del día no hay máscaras. No hay micrófono, no hay trago. Hay otras Félicités. Otros Tabus. “Ámame pero no me lo pidas”, le dice ella.

Alain Gomis filma la rutina con esta película. Se ha centrado en los momentos diarios en los que la vida toma forma y se desarrolla. “Me gusta fijarme en lo invisible de cada día porque ahí experimentamos cosas intangibles como por ejemplo el amor”, dijo el director en la pasada edición de la Berlinale donde Félicité se llevó el Gran Premio del Jurado (Oso de Plata).

En esas minucias de la vida cabe un frigorífico. Uno antiguo, estropeado y que mantiene su lugar de privilegio en el salón de una casa de los suburbios de una capital del África subsahariana. ¿Es mejor comprarse uno nuevo? Quita, quita. Esto se soluciona pronto. No es el motor, es el ventilador. Tampoco. Va a ser el transformador. Y cuando todo está perdido, el frigorífico vuelve a funcionar. Sin embargo, desprende ruido. Se ríe por no llorar. Se acepta y el molesto sonido da compañía en la humilde casa de Félicité. La vida es como un frigorífico. Y quizás el amor.

*Este artículo es parte de la cobertura que Wiriko ha realizado en español como medio oficial del festival de cine contemporáneo Film Africa.

“La música africana no es sólo folklore, eso es un reflejo colonialista”

El cantante Baloji nos recibe entre bastidores del escenario en el que horas más tarde presentaría su nuevo trabajo en el BAM, mientras los argelinos Imarhan realizan la prueba de sonido. Sonriente, pide que no le hagamos fotografías porque no está presentable (ya se las hicimos durante su anterior visita a Barcelona), pero sí nos invita a debatir con él toda la artillería de canciones y pensamientos con la que llega cargado a la cita musical barcelonesa. Y es que él es de esos artistas que sitúan la crítica social en el centro de su trabajo y se niegan a ser encasillados.

Cantante, compositor, poeta, actor y realizador de sus propios clips y metrajes, su música también refleja sus múltiples identidades. Nació en la República Democrática del Congo, pero creció en Bélgica. Su carrera musical empezó como integrante del grupo de rap belga Starflam, y ya en solitario, lanzó dos álbumes, “Hotel Impala” (2008) y “Kinsasha succursale” (2010), que con la interpretación del himno del Cha Cha de la Independencia,  le propulsaron a ser uno de los afropeos con mayor proyección en ambos continentes. Su último trabajo, el EP “64 Bits and Malachite” (2015), mezcla ritmos africanos, rap y electrónica. Pero ante todo, Baloji es un espíritu creativo.

Baloji, fotografiado por David Carette.

Baloji, fotografiado por David Carette.

Natalia López: Eres un artista multidisciplinar, ¿cómo influencia esto en tu trabajo musical?

Baloji: Hago de todo sólo por diversión. A veces la gente se toma la música demasiado en serio y creo que la noción de diversión es algo que tiende a desaparecer, cuando precisamente hay que hacerlo divertido para no darse cuenta de la dificultad que conlleva. Dirijo mis propios vídeos porque nadie quiso hacerlo por mí. Yo llegaba con mis ideas, el realizador tenía las suyas y no había manera de ponerse de acuerdo. Así empecé a hacerlos yo mismo, sin darme cuenta de que era complicado, de que implicaba muchísimo trabajo, pero a día de hoy ya estoy realizando mi primer largometraje. Hacer arte en 2016 es tan complicado, en el sentido de que los grandes ya han hecho cosas fantásticas. Es como un peso que llevamos encima en cualquier disciplina artística y por eso pienso que si hacemos las cosas hoy debe ser principalmente por diversión y para disfrutar con ello.

“No soy 50% congoleño y 50% belga, soy 100% la suma de ambos”

N.L: Vives a caballo entre Bélgica y la RDC, ¿cómo definirías tu identidad en tanto que belga-congoleño? ¿Supone una complejidad extra como artista?

B: No es complicado de gestionar, se parece a la identidad mestiza. Un mestizo no es ni blanco ni negro, es al 100% el resultado de los dos. No soy 50% congoleño y 50% belga, soy 100% la suma de ambos. Creo que es algo bonito, es múltiple y es importante asumirlo. Evidentemente, mi identidad es belga y congoleña, pero al mismo tiempo está influenciada de tantos otros lugares como Sudáfrica o Mozambique, por decir algunos, y es toda esta multiplicidad que hace que seamos lo que somos.

Portada del último EP de Baloji.

Portada del último EP de Baloji.

N.L: “64 Bits and Malachite” (64 Bits y Malaquita) es el título de tu último EP. ¿Podrías explicarnos esta conexión entre tecnología y minerales y hasta qué punto supone una crítica en tu nuevo trabajo?

B: 64 Bits hace referencia a los procesadores de los ordenadores. También trata sobre el hecho de que todas nuestras máquinas, nuestros ordenadores y nuestros teléfonos están construidos para ser destruidos, para desaparecer. Cada novedad tecnológica se convierte en una revolución que hace que lo anterior pierda todo su valor. Por otro lado, el mundo entero va al Congo en busca de minerales, y la malaquita es el único de los que allí se extraen que no tiene ningún valor económico porque no se utiliza para la tecnología. Tradicionalmente la gente lo ha utilizado para hacer joyas, así que su valor es puramente sentimental. En relación a mi trabajo, lo que encuentro interesante es esa oposición entre una música hecha utilizando ordenadores, procesadores, y la malaquita, que es el único mineral congoleño cuyo valor es solamente afectivo, el valor que cada uno quiera darle.

N.L: En el vídeo de la canción “Capture”, que tú mismo has dirigido, vemos a dos personajes que buscan la estatua del explorador H. M. Stanley. ¿Por qué era importante para ti retomar este símbolo del colonialismo?

B: Me interesaba la imagen de la estatua de Stanley porque representa un punto de inflexión en la cultura congoleña. La cuestión de la identidad está tan presente hoy en día que encontré que era un buen símbolo, ya que cuando la sacaron de su lugar le cortaron los pies, como diciendo “ya no estamos bajo las órdenes de la colonización”. Representa el resurgimiento de la congoleñidad, la valorización de nuestro patrimonio, de la identidad congoleña. Un día supe que estaban intentando repararla en una antigua fundición del siglo pasado, y me pareció un lugar fantástico, así que tuve la idea de realizar un cortometraje paralelamente al vídeo de “Capture” sobre la búsqueda de la estatua. Fue algo más bien gracioso, porque lo pensé como Finding Nemo, pero con la estatua, y el cortometraje se titula Finding Stanley. Y aquí vuelvo sobre el concepto anterior de la creación como diversión. ¡A veces no hay nada realmente serio detrás!

N.L: En el mismo vídeo destacas distintos términos, entre ellos “Nouveau Négropolitain” (Nuevo Negropolitano). ¿Qué es un Négropolitain?

B: En principio es un insulto que utilizan los caribeños para referirse a un negro que vive en lo que eran antes las metrópolis europeas y que toma los elementos culturales de los europeos, que intenta parecerse a un europeo.

N.L: ¿Y trata de abandonar la identidad de su país de origen?

B: Digamos que intenta hacerla menos aparente, disimularla. Toma distancia con la situación de su país de origen, se desentiende en cierto modo.

N.L: Formas parte de los artistas que rompen algunos de los estereotipos más asentados en Occidente sobre la música africana. ¿Es uno de tus objetivos?

B: Sí, tengo un gran problema con la manera en que la gente percibe la música africana. La música africana no es sólo folklore, eso es un reflejo colonialista, como diciendo “estos amables africanos, que han venido a hacer música, los pobres, no tienen nada para vivir. Vamos a ayudarles, vamos a aplaudirles…” y es algo que odio profundamente. Creo que es lo que más odio en el mundo.

Baloji, fotografiado por David Carette.

Baloji, fotografiado por David Carette.

Maurice Mbikayi: fascinación y estragos de la tecnología en África

Maurice Mbikayi, afincado en Ciudad del Cabo desde hace nueve años, tiene la capacidad de transportarnos de forma contundente a su Kinshasa natal. Si observamos en detalle, la reutilización del material tecnológico para componer sus obras, puede parecer una oda a las nuevas tecnologías, pero si hacemos un zoom out para ver la obra completa, vemos que esa aproximación tiene importantes matices. Enseguida vemos plasmados los efectos devastadores que el capitalismo ha causado en la República Democrática del Congo en particular y en el continente en general.

Sin título. De la serie "Notre peau", 2010

Sin título. De la serie “Notre peau”, 2010

Su formación en Diseño Gráfico y Comunicación Visual queda manifiesta en la estética de su obra, que logra expresar las graves consecuencias que tiene para la población de su país el feroz auge de las nuevas tecnologías y el adoctrinamiento capitalista “comprar-tirar-comprar” que impera en Occidente. Esto es aún más irónico, teniendo en cuenta que África, principal abastecedora de coltán —material necesario para la fabricación de tecnología—, es habitual receptora de la tecnología obsoleta de los llamados países desarrollados, que llega en forma de “generosas” donaciones para la causa. Estas contradicciones son respondidas en su obra “Notre peau” (Nuestra piel) que The Creative Exchange define de forma excelente:

Esa piel ofrece una metáfora de la respuesta africana al impacto que el capitalismo, tecnología y consumismo ha tenido en el continente. La piel es frágil y vulnerable a las agresiones, pero también increíblemente resistente, mostrando una enorme capacidad de regeneración y cicatrización. De forma similar, África y su gente han aprendido a resistir, adaptarse o amortiguar el daño que les han causado

Pero Maurice también nos plantea la cuestión de la identidad, planteada desde su vivencia y conocimiento del entorno en el que vive, en plena sociedad post-apartheid. Como activista cultural, crea, expone y enciende la mecha de los interrogantes. Después, el público tomamos el relevo, cuestionamos, interpretamos y juzgamos, intentando responder a esos interrogantes. Maurice no nos da respuestas, sino que nos presenta su realidad animándonos a buscarlas.

Hemos tenido la oportunidad de entrevistarle para que nos cuente más acerca de su obra y sobre el estado del arte y de la producción cultural en su país:

Dentro de las artes visuales ¿cuál es tu especialidad? Háblanos también sobre los materiales con los que trabajas… ¿son reciclados?

Mis especialidades son la escultura y el collage/pintura. Sí, son de material reciclado. Más concretamente piezas electrónicas inservibles de ordenadores que colecciono y transformo en arte. Yo prefiero trabajar con eso, ya que es un mensaje que transmito a propósito del impacto de la tecnología en general y de la tecnología digital especialmente, en nuestra sociedad moderna. Son a veces mensajes ambiguos que emergen en múltiples elementos subjetivos: tecnológicos, políticos, económicos, ambientales o ecológicos.

¿Cómo consideras que es la vida artística y cultural en Kinshasa?¿Hay oportunidades para desarrollar una carrera como artista?

antosocialnetworkI

Anti-Social Network I (2010)

Yo diría que Kinshasa, en comparación con Ciudad del Cabo avanza a paso lento todavía. Es extraño porque hace dos décadas y media, la vida artística y cultural en Kinshasa tenía un aspecto interesante y alentadora. Pero con la guerra en el Congo la gente tiene otras prioridades y el gobierno, con escasos recursos a menudo provenientes de los bancos internacionales, no cubre adecuadamente todas las necesidades artísticas y culturales, que a veces considera un lujo y por lo tanto no son una prioridad para él (el gobierno). Prefiere subvencionar otros sectores que considera prioritarios para la supervivencia de la población. Y es cierto, pero por desgracia , el arte y la cultura son aún poco comprendidos y mal gestionados.

Por lo tanto como resultado los artistas más combativos están recurriendo a los patrocinadores privados y extranjeros que con frecuencia capitalizan el acuerdo a sus intereses. Mientras el artista sea rentable…Los desafortunados artistas locales son abandonados sin protección de su país ni derechos de autor. Y ello en todas las disciplinas artísticas y culturales, incluyendo cine, música, teatro, artes visuales, etc .

Pero por otro lado sí hay un montón de oportunidades para desarrollar una carrera artística en el Congo. En artes visuales, por ejemplo, existen varios movimientos juveniles (la “nueva escuela”), y también artistas de la diáspora que  regresan a casa o locales que tienen la oportunidad de ir y volver, y traer “sangre fresca” al espacio congoleño en cuanto al arte contemporáneo. Una nueva visión con métodos más creativos y ambiciosos, incluso en lo planos económico y social: con los colectivos y las sinergias entre artistas, capacitación, programas de viajes para residencias y expos  que van por cuenta propia. Y los colectivos son tan patrocinados como los artistas. A diferencia de la “vieja escuela”, que se basan en métodos convencionales y conservadores y a veces no pagados por el Estado o las instituciones de arte.

En resumen , es posible siempre y cuando el estado cambie su mentalidad sobre ver el arte como mero entretenimiento y más bien remunere en condiciones a todos los artistas por sus esfuerzos. Concretamente, precio, derechos de autor reconocidos y pagados, concursos, becas, etc . Y ello figurando en el plan del gobierno sobre el arte y cultura. Y no sólo como un favor. Porque la cultura es el alma de una sociedad.

En Sudáfrica la identidad es una cuestión latente (etnia, lengua, origen, migración, etc.). ¿En qué dirección y cómo trabajas la cuestión de la identidad a través de tu obra?

La cuestión de la identidad es a veces un tipo de negociación diaria, disimulada para algunos extranjeros. Sobre todo para un país post-apartheid como este. Pero una gran parte es positiva. Yo lo explico de forma visual o performativa. Diría que reflejo mi sociedad inmediata, Sudáfrica, con sus cuestiones sociales e identitarias como dices. Sin olvidar la xenofobia. Podríamos deducir de ahí las tensiones socio-económicas del post-apartheid. Como artista yo abordo la cuestión con ironía, subversión y sobre todo humor, que es el mejor medio de información y educación.

Dicho esto, la identidad o la diversidad cultural es una riqueza, pero a veces puede convertirse en un objeto de rechazo y de distancia. Y mi arte se convierte en “un arma de defensa” para plantear esta cuestión identitaria.

Vemos en tu trabajo el uso constante de elementos relacionados con las nuevas tecnologías. De hecho, es un elemento muy presente y característico de tu obra. Ya conocemos las consecuencias del crecimiento de la tecnología, especialmente en algunas sociedades africanas. Una de las más graves viene dada por la extracción de recursos naturales y minerales, especialmente para la población de la República Democrática del Congo. Al mismo tiempo, las nuevas tecnologías tienen una parte positiva que permite la interconexión entre los países, sociedades e individuos y nuevas formas de compartir y difundir ideas y recursos en este mundo globalizado… Como activista cultural, ¿cómo trabajas estas contradicciones y tensiones y cómo las expresas mediante tu trabajo?

Sin título I, 2010

Sin título I, 2010

Tienes razón, las nuevas tecnologías tienen sus beneficios, así como sus consecuencias. Yo vengo de un país que provee el 80% del coltán a nivel internacional, por no hablar de otros recursos. En efecto, podríamos entender fácilmente una de las principales razones de las guerras incesantes en la parte oriental del Congo, para controlar la producción de coltán que hace maravillas en las nuevas tecnologías. Obviamente la política es un pulpo con tentáculos repugnantes. Pero yo no soy político, ¡por suerte! Por otro lado, como congoleño, estoy preocupado por el subdesarrollo tecnológico de un país tan rico y que ofrece tanto coltán a precio de sangre y de esclavitud infantil, a cambio de guerras y residuos tecnológicos.

El capitalismo es una máquina ineludible, no siempre negativa, pero el propio país no se aprovecha. Tengo una poderosa arma artística de información y de educación. Por consiguiente, mi trabajo se limita lanzar preguntas que le toca al público juzgar… Pero, por desgracia no tengo la capacidad de aportar soluciones. Y además de las imágenes hablan más que mil palabras.

Pero para resumir , diría que estoy más interesado en presentar una obra ambigua y sugestiva que permite al espectador a plantear sus propias preguntas, una especie de lenguaje indeterminado o continuo que expone la belleza, la fascinación y beneficios junto con los prejuicios y los estragos de la tecnología contemporánea.

Cuéntame más sobre tu proyecto performativo “Voices” . ¿Cuál era tu mensaje y cuál fue la reacción de la gente a tu paso?

“Voices ” se presentó a la bienal “Spier Contemporary 2010”  y fue aceptado. Trabajé con la colaboración de amigos artistas (Dominique Jossie y Paul Inga) para la filmación y sonido. Aprovecho esta oportunidad para darles las gracias.

De hecho, “Voices” es la voz de los diferentes grupos sociales, locales y extranjeros, sobre la cuestión de la identidad. Volvemos a la identidad una vez más… Por mi parte, me imaginaba voces que querían hablar en voz alta para ser escuchadas. Luego con la cuestión de la xenofobia, que era un fastidio para estas voces, pude combinar estas dos cuestiones para hacer una obra de arte. Yo pensaba en todos los extranjeros, africanos/negros, que están viviendo en Sudáfrica en un momento de xenofobia, entonces “vulnerable” era la palabra clave.

La obra es una metáfora, pensando en la vulnerabilidad/fragilidad como un instrumento de partida, que simbolicé mediante el vendaje, utilizado por los heridos, pero que también sirve para curar: la capacidad de una sociedad para destruir, pero también el espíritu para sanar. En otras palabras: se trata de la imagen de un hombre que emerge del pasado, inquietante, de crisis y guerras. Pero se hace un amigo, que es el caballo (símbolo de la fuerza) y entonces él entra en otro espacio tan perturbador como el anterior, que está representado por la mujer enmascarada. La gente a menudo se sorprendía al ver a un hombre herido a caballo, intentaban entenderlo, pero se convertía en cada vez más ambiguo. Y cuando cambié de lugar (de Ciudad del Cabo a Grahamstown) reacción emocional también era diferente. Por no hablar de los diferentes grupos raciales también reaccionan de manera diferente.

¡Muchas gracias Maurice!

“Voices”

Algunas imágenes de la obra de Maurice Mbikayi

 

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