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¿Y si las mujeres tuareg no quieren renunciar a sus costumbres?

La banda Les Filles de Illighadad desmonta la visión de la mujer en Níger y se muestra rotunda en cuanto a la mala imagen del país.

Níger es el último país en la cola de los 187 estados que conforman el Índice de Educación de las Naciones Unidas. Solo uno de cada cinco adultos nigerinos puede leer, siendo las niñas las peor paradas de estas elevadas tasas de analfabetismo. De hecho, solo el 8% de las nigerinas asisten hoy a la escuela y muchos padres y madres prefieren que se casen a que reciban una educación escolarizada. Al mismo tiempo, el país es conocido por sus altas tasas de pobreza (44,1%) y bajos índices de desarrollo, pero también por ser una de las regiones más inseguras del Sahel, debido a la presencia cada vez más fuerte de Boko Haram o de las mafias de la migración ilegal a través del Sahara. Sin embargo, al parecer, al otro lado de las lentes a través de las que leemos y analizamos este tipo de información, hay otra realidad bien distinta.

“Níger no tiene nada que ver con todas las noticias que llegan fuera. No hay inseguridad todos los días, y nosotras nunca hemos sufrido ataques terroristas. Al contrario, la mayoría de nigerinos son libres de circular por el país sin ningún problema. Estos puntos de vista son una manipulación de los medios de comunicación de Europa para disuadir a la gente de venir a Níger”, asegura la cantante y guitarrista tuareg Fatou Seidi Ghali, líder de la banda de mujeres nigerinas Les Filles de Illighadad.

Ghali añade que cree que “todo esto sirve para proteger a los intereses financieros de Francia, como por ejemplo la explotación de minas de uranio de Areva. Mientras que Níger es un país ‘pobre’ económicamente, las multinacionales, con la complicidad de nuestros políticos, están explotando desde fuera las riquezas de nuestra tierra. El foco de las migraciones desde Níger se da en primer lugar, porque somos un país sin salida al mar que es geográficamente enlace entre el África subsahariana y los países del Magreb y Europa. Pero el aumento del tráfico de migrantes en Níger está relacionado en gran medida con la destrucción planificada del estado libio y la caída de Gadafi”.

Puede que Fatou, como tantas otras mujeres de Níger, no haya cursado el mínimo obligatorio de estudios que se considerarían básicos en la mayoría de países occidentales; sin embargo, su capacidad de análisis no parece, para nada, de una persona inculta o analfabeta. “La cuestión de la educación de las niñas en escuelas ‘normales’ no me parece esencial”, afirma.

Artículo publicado originalmente en El Salto, para seguir leyendo pulsar aquí.

Tinariwen: guitarras contra elefantes

Sesenta y tres, recordad su historia

la memoria de esos días pasados.

Mataron a nuestros padres,

a los recién nacidos

y a los rebaños.

Letra original en tamazigh

“Soixante trois”, Tinariwen

 

Ibrahim Ag Alhabib, fundador de Tinariwen / © Thomas Dorn

El año 1963 marcó de por vida a Ibrahim Ag Alhabib, fundador y carismático líder de Tinariwen, uno de los grupos africanos más influyentes y reconocidos. La primera rebelión tuareg contra el Estado de Mali (1961-1964) estaba siendo sofocada de forma violenta y su padre fue ejecutado en Kidal por el ejército, acusado de estar vinculado a los rebeldes. Al conflicto le siguió una terrible sequía que condenó a miles de nómadas tuaregs a vivir como refugiados en Níger, Argelia y Libia, entre ellos a Ibrahim, que por aquel entonces era todavía un niño.

La vida de Ibrahim es también la historia de Tinariwen, y Tinariwen (plural de Ténéré, que significa ‘desierto’ en lengua tamazigh) es, a la vez, reflejo de la historia y la vida del pueblo tuareg: sus melodías y ritmos provienen de la música tradicional tuareg y otros estilos del oeste africano, sus letras hablan de la vida nómada, de la nostalgia del desierto y de las rebeliones, y dan un mensaje de esperanza a la vez que llaman a la resistencia.

En 1990 estalló la segunda rebelión tuareg contra el Estado de Mali (1990-1994) e Ibrahim y otros miembros del grupo, que había sido formado años antes en el exilio, tomaron las armas para participar activamente en la revuelta. Cuando los acuerdos de paz fueron firmados, empezaron a utilizar la música para promover su causa y, desde entonces, ocho discos y varias giras internaciones les han llevado obtener un reconocimiento mundial por su trabajo y a ganar numerosos premios (entre ellos un Grammy en 2012).

Pero, por encima de todo, Tinariwen ha creado un estilo de música que ya se reconoce como propio del pueblo tuareg y que sirve para transmitir su mensaje. Siguiendo la mala costumbre occidental de etiquetarlo todo respecto a sus propios referentes, a su estilo se le ha llamado “rock del desierto” o “blues del desierto”, a pesar de que los miembros del grupo han declarado en numerosas ocasiones que nunca habían escuchado blues antes de empezar a hacer giras internacionales en 2001. Lo que sí es cierto es que Tinariwen ha plantado la semilla de un género que está en pleno auge y que cada vez más sirve al pueblo tuareg como altavoz: Tamikrest, Bombino o Imarhan son solo algunos ejemplos de ello.

El pasado mes de febrero, Tinariwen lanzó su nuevo álbum, Elwan, que ofreció en directo al mes siguiente al público de Barcelona en el marco del festival Blues i Ritmes, en su único concierto en España. Con las entradas agotadas y la platea entregada, la banda tuareg demostró que, después de más de tres décadas en activo, ha conseguido mantener su esencia a pesar de que sus integrantes vayan cambiando. Y es que no se trata de una banda de miembros fijos tal y como se entiende en Occidente, sino de un colectivo de cantantes, compositores y músicos que trabajan juntos, en distintas combinaciones, para grabar discos o hacer conciertos, a pesar de que algunos de ellos llevan en activo desde los inicios.

Tinariwen

Elwan significa “los elefantes” en tamazigh y no es más que otro reflejo de la situación actual que sufre el pueblo tuareg: la metáfora de grandes bestias que lo arrasan todo allá por donde pasan, en referencia a la lucha de intereses que hay en la región de Azawad. Desde que estalló la última rebelión tuareg en 2012, a la histórica disputa entre el Estado de Mali y el pueblo tuareg se han invitado el gobierno francés y algunos grupos vinculados a Al Qaeda del Magreb Islámico. En palabras de Eyadou Ag Leche, uno de los miembros del grupo, “Elwan habla de elefantes que lo destruyen todo a su paso. Es una metáfora sobre las grandes compañías, la corrupción de los políticos y los extremistas. El Sáhara está siendo ocupado por poderes cada vez más oscuros y nuestra gente y entorno llevan años sufriendo las consecuencias de este caos”.

La situación actual de la región queda perfectamente reflejada en el último clip del grupo, Ténéré Tàqqàl (“En qué se ha convertido el desierto”), un vídeo de animación en el que un camello que transporta instrumentos y amplificadores es perturbado por una gran bestia. En 2012, cuando la sharia fue instalada en el norte de Mali por el grupo Ansar Dine, vinculado a AQMI, la música fue prohibida y los miembros de la banda, que son todo un símbolo para los habitantes del Sáhara, fueron perseguidos. Uno de ellos, Abdallah Ag Lamida, llegó incluso a ser secuestrado mientras intentaba salvar sus guitarras. Semanas más tarde fue puesto en libertad.

A pesar de todas las dificultades que ha atravesado y atraviesa el pueblo tuareg, las inconfundibles guitarras de Tinariwen consiguen sonar por encima del caos para seguir transmitiendo el mensaje. En una entrevista para Noisey Vice, a uno de sus miembros, Eyadou Ag Leche, le proponían elegir entre tocar para su pueblo o tocar alrededor del mundo, teniendo siempre la nostalgia de su tierra: “Es una decisión muy difícil, pero elegiría tocar para el mundo porque es la forma de que el mundo conozca nuestra comunidad. Si nos quedamos en el desierto, nuestra música será olvidada y no servirá para nada”.

“Nuestras guitarras y nuestra voz son consideradas armas revolucionarias”

Por Gemma Solés y Javier Domínguez (Wiriko)

El desierto no entiende de fronteras. Allí donde Argelia, Libia, Mali y Níger se tropiezan existe un hábitat de arena que abriga a los tuareg. Conocidos por los árabes y occidentales como “el pueblo del velo”, llevan décadas arrastrando el estigma de los prejuicios. La historia los ha retratado como el enemigo secesionista del norte para los Gobiernos de Bamako y Niamey. Desde 2012, la mirada occidental los ha postrado en el islamismo puritano cuando el Sahel se llenó de yihadistas. Con el coqueteo de algunos tuaregs con el Al Qaeda del Magreb Islámico (AQMI), el desierto se convirtió en sinónimo de conflicto. Pero entre el desorden, la música se levanta como un arma de resistencia, con ciertos nombres catapultados en la arena internacional como embajadores de la paz. Este es el caso del guitarrista Omara Moctar (Níger, 1980), también conocido como Bombino.

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“Los tuareg estamos repartidos por siete países conectados por el desierto del Sahara. Donde hay tuareg, hay cierta cultura viajera derivada de nuestra tradición nómada. Los magrebíes nos llaman los chômeurs porque creen que no nos gusta trabajar”, dice Bombino a Wiriko durante una entrevista en Madrid, ciudad que visitó el pasado verano para dar un concierto. De este mote francés que significa desempleado, deriva la palabra Tichumaren, el nombre que recibe el Blues del Desierto. Hoy, el arma tuareg para la democracia, la paz y la justicia histórica de un pueblo dividido geográficamente y unido bajo el pulso de las guitarras. En ella, política y música van de la mano.

“Hace falta posicionarse como artista si se quieren mejorar las cosas. Eso no significa que animemos a que la gente participe en enfrentamientos directos, pero sí que intentamos que se sepa qué es y qué no es justo en democracia”, advierte Bombino.

* Artículo publicado originalmente en Planeta Futuro gracias a un acuerdo de colaboración entre Wiriko y esta sección de EL PAÍS. Para seguir leyendo, pincha aquí.

Filmin y Wiriko te traen Timbuktu a casa

TIMBUKTU-FIMIN

Artículo escrito por Joan Sala y publicado el 4 de junio en Filmin.

“Timbuktú” memorable África

Sorprendió a propios y extraños cuando se proyectó en el pasado Festival de Cannes, aunque ya no tanto cuando resultó nominada al Oscar a la Mejor Película Extranjera o cuando arrasó en los recientes Premios César. Timbuktu es un film imprescindible para los tiempos que corren, que demuestra el potencial del cine africano a manos de Abderrahmane Sissako. 

¿De qué va?

Silencio en Timbuktu. Las puertas están cerradas y las calles desiertas. No se escucha música, no se juega fútbol, nadie fuma. No se ven colores, nadie ríe, las mujeres son sólo sombras. Los extremistas religiosos han sembrado el terror. Lejos del caos, en las dunas Kidane lleva una vida tranquila con su esposa, su hija e Issan, su perro pastor. Pero su tranquilidad durará poco. Tras matar accidentalmente a Amadou, un pescador que atacó a su vaca preferida, Kidane debe enfrentar la justicia de los nuevos dirigentes que se oponen a un islam abierto y tolerante. Ante la humillación y los actos de esos personajes multifacéticos, Timbuktu cuenta el combate silencioso y digno de hombres y mujeres, y el futuro incierto de los niños…

¿Quién está detrás?

El mauritano Abderrahmane Sissako es uno de los principales referentes del cine africano contemporáneo. Con la excelente y sólida Bamako (2006), su película más internacional y mundialmente reconocida, resultó ser nominado al Premio César a Mejor Actriz. Sin embargo, cuatro años antes ya fue puesto en el mapa por el Festival de Cannes con Heremakono (2002), galardonada con el Premio FIPRESCI tras concursar en Un Certain Regard. Con Timbuktu, Sessako subió de categoría y concursó en toda una Sección Oficial. Bien lo mereció, así como su nominación al Oscar, hecho que le dará la visibilidad que merece.

¿Quién sale?

En su reparto destacan los nombres de Abel Jafri e Hichem Yacoubi, habituales del cine francés cuyos rostros hemos visto aparecer en títulos de primer nivel como “Un profeta”.

¿Qué es?

Cine de contenido y temática intrínsicamente africana (e islámica), pero rodado a la Europea. Timbuktu guarda referencias directas al cine francés, al neorrealismo italiano o incluso a Four Lions.

¿Qué ofrece?

Sustentada en sus mútliples picos de grandeza, Sissako tiene la valentía de articular la denuncia partiendo de un laudable conocimiento del medio y gran fortaleza estética, atisbando una capacidad única de plasmar el realismo sustentándose en una sobrecogedora poesía, pero también un humor sorprendentemente esquinado que coquetea con lo delirante y absurdo. No en vano su ironía, arriesgada e inteligente, evoca la comedia deadpan escandinava o incluso la corrosiva Four Lions. Estimulante contraste el suyo, plasmado de forma puntual en un partido de fútbol que unos niños disputan sin balón (fue uno de los momentazos de Cannes 2014), un islamista que fuma a escondidas y que es incapaz de hablar correctamente el árabe, o una apabullante panorámica de un estanque (no dorado) que incluso recuerda a El Desconocido del Lago. Son tan solo tres significativos retazos, tres inolvidables momentazos que vislumbran su poderío. Y es que, el neorrealismo italiano o la nouvelle vague (principalmente Truffaut y sus 400 golpes) son otras de las ilustres referencias que Sissako tiene presentes.

Lo que Timbuktu retrata (o más bien poetiza) es una bella flor que marchita. Un pueblo pobre de dinero, pero rico en ‘color’ y alegría que es sumido en la ruina. Es su alma y corazón, aquello que el fundamentalismo ideológico le arrebata y que Timbuktu plasma sin atisbo de condescendencia ni efectismo alguno. Su principal arma es la opulencia artística, y en el mejor de los sentidos. Aquella que conciencia tanto como epata. Difícil misión la suya, que para mi sorpresa y alegría resulta cumplida. Dijimos que daría que hablar, y su nominación al Oscar a Mejor Película Extranjera así lo constanta. Imprescindible.

Si quieres conseguir una de las 10 entradas que Wiriko sortea, gracias a la colaboración de Filmin, sólo tienes que enviarnos un correo electrónico a info@wiriko.org con el asunto “Sorteo Timbuktu” + tu nombre y DNI. Hazlo a la mayor rapidez posible respondiendo a esta pregunta cuya respuesta encontrarás entre los artículos que se han escrito en nuestra web:

¿Cuántas películas se produjeron y co-produjeron en Mali entre 1970 y 2001?

Dilemas de norte y sur (IV): Letras tuaregs como granos de arena del desierto

Siguiendo con la voluntad de mostrar otras caras del Malí que ahora sí que atrae la atención de los informativos pero sólo por el conflicto hemos reparado en el universo tuareg. La verdad es que lo que al principio parecía una buena idea se ha convertido en una tarea complicada. No es fácil encontrar casos de autores tuaregs de los que se puedan poner ejemplos. Y tampoco es necesario hacer una larga explicación, basta con aceptar que se trata de un pueblo que tradicionalmente vive bastante aislado (en su gran mayoría) y que en su cultura ha mantenido la importancia del relato oral, que como ya hemos comentado en otras ocasiones tiene dificultades para ser convenientemente reconocido en la literatura occidental.

En todo caso, y a modo de aperitivo, podemos citar dos nombres. Dos casos muy diferentes que pueden servir, como hacemos siempre, al menos para despertar un cierto interés. Se trata, por un lado de Moussa Ag Assarid y, por otro, de Mohamed Ag Erless. El primero de ellos se ha adaptado a las exigencias del mercado literario mayoritario y se ha convertido en autor de libros en los que relata su propia experiencia. El segundo, sin embargo, ha tratado de adecuar la tradición tuareg a los gustos occidentales y se ha recogido cuentos, proverbios y adivinanzas tuaregs, un escaparate para la literatura oral de su pueblo.

Moussa Ag Assarid. Fuente: Wikimedia

Moussa Ag Assarid. Fuente: Wikimedia

Moussa Ag Assarid se hizo conocido con un libro traducido al español como En el desierto no hay atascos. Un tuareg en la ciudad. Este joven escritor tuareg despierta simpatías constituyendo un ejemplo viviente de los clichés del pueblo tuareg y en sus intervenciones no pierde la ocasión de cantar a la arcadia perdida de un desierto que lejos de aparecer como un lugar inhóspito se presenta como el paraíso de la tranquilidad, la calma y la autenticidad del ser humano. En En el desierto no hay atascos… Ag Assarid refleja el contraste, por otro lado evidente, de la sociedad nómada de pastores y la occidental. Más allá de las reflexiones sobre manidos choques culturales (el agua que fluye de los grifos, la inmensidad de las camas o la prisa de las calles de la ciudad) y de que Ag Assarid aparezca como un moderno Tarzán en la urbe, es indudable que permite acercarse a una manera de vivir muy diferente a la que estamos acostumbrados y que la comparación pone, al menos, en tela de juicio las prioridades y los valores de occidente.

La figura este autor es de película: el niño nacido en un incierto lugar del desierto entre Tumbuctú y Gao que un día tiene un encuentro casual con unos periodistas participantes en el Rally Paris-Dakar que le regalan un ejemplar de El principito. A partir de ahí, el entonces niño analfabeto se propone ser capaz de leer ese libro que le ha fascinado, consigue ir a la escuela y después a la universidad en Francia. Sus intervenciones en los medios aparecen perladas de frases lapidarias que ayudan a reforzar la imagen del desierto que pretende transmitir, al estilo “vosotros tenéis los relojes y nosotros tenemos el tiempo” o la explicación del título de su libro “en el desierto no hay atascos, porque nadie intenta adelantar a nadie”. Más allá de esta imagen Ag Assarid se presenta con una encomiable voluntad de transmitir la cultura del desierto y se ha convertido en un activo militante para llevar la educación, a través de la financiación de una escuela a los recónditos rincones del desierto y se presenta como un “musulman, no fanático”. Su presencia ya es algo y su dibujo de la cultura tuareg es más que nada.

Portada de En el desierto no hay atascos

Portada de En el desierto no hay atascos

 

Mohamed Ag Erless. Fuente: La Sahelienne

Mohamed Ag Erless. Fuente: La Sahelienne

Por otro lado, Mohamed Ag Erless tiene una aproximación más académica, este tuareg de la región de Kidal se ha empeñado en recoger parte de la cultura del desierto a través de la recopilación de algunas piezas típicas de la literatura oral, fundamentalmente cuentos, proverbios y adivinanzas como en Il n’y qu’un soleil sur terre.

Una de los principales valores de Ag Erless es que ha realizado la mayor parte de su labor de recopilación de las expresiones orales de la cultura tuareg, precisamente desde centros de estudios de Bamako. Un artículo de Cécile Leguy en la revista Cahiers d’études aficaines pone de manifiesto algunas de las dificultades fundamentales de la labor de Ag Erless (que coinciden con las de todos los intelectuales que se han desvivido por recuperar la tradición oral): “Mohamed Ag Erless menciona en su introducción las dificultades con las que se ha encontrado en la transcripción de los textos, en la medida en la que la lengua de los tuaregs no ha sido objeto de un análisis lingüístico de conjunto y que todavía no existe un sistema unificado de los distintos dialectos tuaregs”.

Portada de Il n'y qu'un soleil sur terre

Portada de Il n’y qu’un soleil sur terre

A pesar de estos desvelos el autor ha realizado el esfuerzo de realizar esta labor de sistematización y de recuperación, por un lado para garantizar la supervivencia de esta tradición oral y, por otro, para difundirla, para darla a conocer, para ponerla en el “envoltorio” que el intolerante mundo de la cultura occidental exige a la literatura.

Ambos autores ponen de manifiesto una característica fundamental de la cultura tuareg y es la consideración de “gens de parole”, lo que supone la importancia que da este pueblo a las palabras, ya sea en su forma de conducirse o en los relatos orales y lo que no se debe olvidar, igual que pasa con los griots en muchos lugares de África, dar importancia a la palabra supone dar importancia también a los silencios, es decir, tiene tanto valor lo que se dice como lo que se calla.

Fuentes:

– Ag Assarid, Moussa. En el desierto no hay atascos. Un tuareg en la ciudad. Editorial Sirpus, Barcelona, 2006.

– Ag Erless, Mohamed. Il n’y a qu’un soleil sur terre. Contes, proverbes et devinettes des touaregs Kel-Adagh. Harmattan, Paris, 2010.

– Cécile Leguy, « Ag Erless, Mohammed. – « Il n’y a qu’un soleil sur terre ». Contes, proverbes et devinettes des Touaregs Kel-Adagh. Aix-en-Provence, Institut de recherches et d’études sur le monde arabe et musulman, 1999, 84 p. (« Travaux et documents de l’IREMAM » no 20). », Cahiers d’études africaines [En ligne], 163-164 | 2001, mis en ligne le 25 mai 2005, consulté le 21 janvier 2013. URL : http://etudesafricaines.revues.org/129

Dilemas de Norte y Sur (I): artes escénicas malienses

Tuareg en la pasada edición del Festival au Desert. Fuente: Ruyé Yaakov.

Tuareg en la pasada edición del Festival au Desert. Fuente: Ruyé Yaakov.

 

Es de candente actualidad que Mali se encuentra inmersa en una crisis política que ha pasado a ser de interés internacional, pero el complejo entramado sociopolítico e histórico que ha llevado a esta franja sahariana al conflicto actual, trasciende el humilde objetivo de nuestro artículo de hoy: dibujar un mapa cultural del país a través de las artes escénicas que contribuya a aportar algunos rasgos identitarios de este icono del arte sub-sahariano.

Como en la mayoría de culturas africanas, la música y la danza van de la mano. Lo ilustra bien el hecho de que para los bambara y mandinga de Mali, ubicados mayormente en la parte sur del país, la palabra donkili (canción) signifique ‘llamada al baile’. Pero lo cierto es que sería imposible definir un baile, una música o un teatro maliense en singular. Lo que sí se puede afirmar es que la danza y el teatro contemporáneos de Mali están profundamente enraizados a las tradiciones del teatro y la danza regionales y locales, tanto los producidos en zonas urbanas como los de las zonas rurales. Durante el proceso de emancipación nacional, las patrias del África Occidental Francesa, inspiradas por el impulso cultural del gobierno guineano de Sékou Touré, crearon varios grupos de teatro, música y danza que establecerían las bases del teatro y las músicas nacionales. En el caso maliense, el primer presidente Modibo Keita impulsó la creación del Malian Instrumental Ensemble, que estaba compuesto por instrumentistas y vocalistas jeli[1] o el Malian Ballet, muy ligado a la estética tradicional. Éstos fueron los predecesores de lo que sería el National Dramatic Group, fundado en 1969, o ya en 1986, la compañía de títeres Troupe National des Marionnettes.

Mapa de la localización de los Bambara en Mali. Fuente: Bethany World Prayer Center © 1999

Mapa de la localización de los Bambara en Mali. Fuente: Bethany World Prayer Center © 1999

La mayoría de actores, cantantes, oradores y bailarines se formaban en la que entonces era la capital cultural del África Occidental Francesa: Dakar. La academia cristiana École William Ponty, que se había convertido en “el gran laboratorio del drama africano”[2], acogería multitud de creaciones teatrales malienses. Pero la mayoría de ellas representaban solamente a la tradición bambara y mandinga del sur del país -un 80% del total según Dorothea Schulz (2012:178-179)-, ensalzando figuras legendarias como el fundador del Imperio de Mali, Sundjata Keita o al líder político del reino de Segu, Da Monzon. De esta manera se pretendía tanto enaltecer el pasado glorioso del territorio como encontrar iconos nacionales para fomentar el patriotismo maliense, pero con excepción de las minorías del norte.

Mapa de la localización de los Mandinga en Mali. Fuente: Bethany World Prayer Center © 1999

Mapa de la localización de los Mandinga en Mali. Fuente: Bethany World Prayer Center © 1999

Al volver a Mali, los artistas empezaron a crear grupos de teatro amateurs y emprendieron cierta militancia política a partir de la identidad nacional que se fue cimentando con sus obras. Pero esta identidad, raramente incluyó rasgos Songhai o Tuareg, que representaban las minorías étnicas del norte. El tagest, danza tuareg que se caracteriza por el solo movimiento de la cabeza, las manos y los hombros mientras el bailarín permanece sentado; o el agabas songhai, música que se caracteriza por mezclar sonidos tradicionales con guitarras modernas y que es bailado entre hombres y mujeres, no fueron incluidos como bailes nacionales y por lo tanto, se excluyeron de las representaciones que conformaban la identidad artística del país. Algunos tuaregs, que habían sido beligerantes con los colonos franceses así como con los bambara[3], ya habían sido marginados del poder durante la época colonial, y sus danzas y bailes también lo serían de esa construcción de “tradiciones locales auténticas”.

Las múltiples revueltas terminaron desplazando a los tuaregs más subversivos a Níger, Libia, Argelia o Chad durante la década de los 70, mientras el golpe de estado de Moussa Traoré (1968-1991) postergaba la escena artística y cultural del país a la debacle. Los 70 y 80, como en gran parte de África, estuvieron caracterizados por la falta de inversión en cultura y el adelgazamiento del estado. Así que el teatro y la danza tuvieron que encontrar cobijo en las privatizaciones y las ONGs extranjeras. De esta forma, las temáticas se amoldaron a nuevos tópicos (VIH/SIDA, agendas del buen gobierno, planificación familiar o campañas contra la ablación femenina).

A partir de 1990 los hijos de los tuaregs exilados volvieron al país para unirse a las manifestaciones contra el gobierno de Traoré, pero Gao se convirtió en escenario de crímenes masivos. Uno de sus combatientes fue el líder de la internacional banda de música Tinariwen. En el 92, Alpha Oumar Konaré se convirtió en presidente y firmó un pacto para dar más autonomía a Tombuctú, Gao y Kidal, en el Norte del país. A pesar de todo, esta zona ha estado en continuas disputas con el gobierno central de Bamako.

La creación del Festival del Desierto, en 2001, no ha sido suficiente para fomentar la unión nacional a través de música, danza y oralidad. A pesar de su década de existencia pacífica, la 13ª edición de este certamen cultural ha tenido que ser desplazada a Burkina Faso. Artistas marroquíes, mauritanos, malienses, argelinos y nigerinos protagonizaran una caravana de artistas para la paz y la unidad nacional con destino a la ciudad de Oursi (también poblada por tuaregs, songhais i fulas) después de que la danza y la música hayan pasado a la clandestinidad en el Norte de Mali.

Proyectos aún en fase de realización como Sahel Calling, recogen las voces de artistas malienses en contra de la violencia y el extremismo en el norte del país, y suponen un pilar y un muro de contención para aquellos que pretenden borrar del mapa los rasgos culturales que han conformado la región, hayan sido o no marginados de las políticas del estado maliense moderno. Os invitamos a ver el trailer de este documental y a seguir apoyando las creaciones malienses.

 

Recursos bibliográficos:

SCHULZ, D. Culture and Customs of Mali. Greenwood Press, 2012.

PEEK, P.M. KWESI YANKAH. African Folklore an Encyclopedia. Routledge, 2004


[1] Estos personajes, fueron músicos y oradores tradicionales, griots de las sociedades  mandinga y bambara hasta el siglo XIX, cuando empezó la colonización francesa. Su función era la de transmitir y guardar la historia de generación en generación.

[2] BAHNAM, M. HILL, E. WOODYARD, G. The Cambridge Guide to African & Caribbean Theatre. Cambridge, 2000.

[3] Quienes habían sido sus esclavos años atrás.