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Framed, otras gafas con las que mirar a África

Una imagen de la película

Una imagen de la película que muestra un libro de viajes donde una modelo es fotografiada en una comunidad de masais en Kenia.

Si se trata del espectáculo de ver como los escombros, la pobreza, las guerras y la salvedad de las enfermedades presentan al continente africano, tanto en Wiriko, como desde otros colectivos que trabajan por desestereotipar estos discursos en español (Afribuku, África no es un país, el Centre d’Estudis Africans de Barcelona o el Festival de Cine Africano de Córdoba) estamos vacunados. Pero el estado de alerta está presente. Siempre y sin remedio. Y más cuando desde hace unos meses las noticias que llegan desde los medios de comunicación tienen como máximo denominador palabras como ébola, prevenir, misioneros, aislar, refugiados, inmigración o pateras. Algunas son clásicas. Otras irrumpen con fuerza para desestabilizar cualquier intento de mostrar, también, la otra cara de los países africanos que pocas veces se muestra. Y claro, la pregunta (una de tantas) podría ser: ¿cuánto cuesta mediatizar el dolor? ¿Cuál es el precio de mostrar con un gran angular la miseria de la indefensión?

Quizás la respuesta, y sirva como un “noejemplo”, la tengan en Mediaset que desde ayer emite en Telecinco un reconocido programa de “asuntos varios” por la mañana (llamados magacines matinales) y que presenta Ana Rosa Quintana desde un barrio en Gaza. La brusquedad del espectáculo de ver que mientras las ruinas ceden pequeñas grietas de esperanza renovada a los gazatíes que reconstruyen la nada, se intercala con asuntos de prensa rosa es indescriptible. La banalización de la vida y la muerte de la cordura podría ser el título del programa.

En la imagen, Boniface Mwagui, periodista y activista keniano fundador de PAWA254.

En la imagen, Boniface Mwagui, periodista y activista keniano fundador de PAWA254.

Es algo parecido a lo que desde hace un siglo nos tiene acostumbrados la industria de Hollywood cuando enseña su visión sobre África, a la literatura de aventuras que ha buceado en la abundancia de las imperfecciones y clichés al describir culturas y países africanos o a ciertas campañas publicitarias de instituciones y fundaciones de renombre internacional que siguen mostrando una imagen muy determinada del continente. Sólo por recordar: 54 países, unos 1.000 millones de personas, más de 30 millones de kilómetros cuadrados, más de 2.000 lenguas… Pero nuestro contenedor de conceptos, que acrecientan el miedo cuando hablamos de África, se sigue reconociendo en la información que consumimos.

Siguen siendo necesarias narraciones que nos permitan acercarnos a lo que pasa en tantas escuelas africanas, a sus bodas, a sus programas de televisión, a sus parodias políticas, a sus bromas e ironías, a los cotilleos de alcoba familiares, a sus sueños. Después tendríamos que dejar que fluyeran las (estas) imágenes. Y quizás la venta del sufrimiento para su consumo quedaría aparcada con el letrero: fin de existencias.

Desde el continente, precisamente, llega el documental Framed, dirigido por la directora Cassandra Herman y el antropólogo sudafricano Kathryn Mathers, que explora las imágenes y los mitos que provocan que África sea vendida como víctima. Framed pretende mostrar las representaciones populares de África y los africanos que se tienen en Occidente (especialmente en EE.UU.) a través de tres protagonistas: el periodista y activista keniano Boniface Mwangi, fundador de PAWA254; el escritor y también keniano Binyavanga Wainaina; y el educador sudafricano Zine Magubane. Reconociendo que la gente quiere “hacer el bien en África”, el documental plantea preguntas acerca de los privilegios, el poder y la mala representación que surge de la relación de ayuda.

Framed es una historia visual que intenta deconstruir el concepto de África como un lugar de necesidad y de esperanza. Un trabajo que les ha llevado a sus directores 10 años de investigación. Pero es complicado de pensar. ¿Cómo cambiar estas imágenes? Imágenes que a veces tienen más poder y autoridad que los popios protagonistas. Un encuentro entre África y Occidente que cuestiona y nos hace reflexionar sobre conceptos como “salvar” y “salvados”. Porque ¿quién es realmente el que se beneficia de nuestra “caridad” en África? ¿Es el africano que aparece en la última campaña solidaria pidiendo comida? O, ¿es el occidental valiente que en la parte superior de un camión ayuda a bajar sacos de arroz mientras recibe aplausos de la comunidad internacional? Las respuestas no son nunca dicotómicas por lo que el debate quedará servido. Próximamente en las pantallas… Y dará que hablar.

Estado de sitio: una piara indignada “occupy” el Parlamento de Kenia

"Occupy parlament" en Nairobi, la capital de Kenia.

“Occupy parlament” en Nairobi, la capital de Kenia.

El activismo es un palabra sin trastienda, que no admite matices desde el Poder. Incomprendida. Un ejemplo tuvo lugar frente al Parlamento keniano el pasado martes 14 de mayo donde un grupo de kenianos descontentos con los parlamentarios exigieron un cambio en la decisión del Gobierno de aumentar sus salarios. De forma poco inusual, los manifestantes encabezados por el activista Boniface Mwangi dijeron que los parlamentarios eran codiciosos, lanzaron tres docenas de cerdos y derramaron sangre sobre los animales a la entrada del Congreso. Una metáfora que a más de uno le ha sacado los colores. El movimiento conocido como “Occupy Parliament” denominan a los representantes como Miembros del Parlamento que Implementan Tácticas Codiciosas (MPIGS). El saldo y veredicto a comienzos de esta semana era firme: 17 condenados. Civiles, claro.

Cartel de ‘Occupy Parliament’ el pasado 14 de mayo.

Unos 250 manifestantes marcharon a través de Nairobi y llevaron a cabo una sentada para protestar mediante el arte que los políticos quisieran cobrar mensualmente un salario de 10.000$ (unos 7.700€) aunque la Comisión de Remuneraciones y Salarios de Kenia solicita 6.300$ (unos 4.800 €), teniendo en cuenta que el salario medio en el país es de 1.700$ (unos 1.300€) según informaba la BBC. La polémica estaba servida, además, porque los cargos contra los 17 activistas eran de enaltecimiento de la violencia, resistencia a la autoridad y desorden público, nada nuevo. Pero aquí, la Carta Magna también es meridianamente clara: el artículo 33 de la Constitución de Kenia establece, entre otros, la libertad de expresión “a través de la creación artística”; y el artículo 37 subraya que “toda persona tiene derecho, pacíficamente y sin armas, de demostrar, establecer piquetes para dirigir peticiones a las autoridades públicas”.

¿Es quizás en este marco constitucional en el que se tendría que analizar la protesta “Occupy Parliament” en contra de la avaricia insaciable de los miembros de las asambleas nacional y provincial? ¿La protesta podría considerarse en un contexto más amplio de búsqueda de equidad y  justicia para la mayoría de los kenianos fuertemente agraviados en el financiamiento de gastos públicos dedicados, en principio, a una mejora social?

 

 

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Fue en la década de los cincuenta cuando el pueblo kikuyu se encontraba en plena agitación por defender sus tierras de la invasión de los colonos ingleses. Estos europeos, en un manifiesto dirigido a los políticos londinenses, exigían una clara posición sobre el poder y la permanencia de los blancos de Kenia: “Estamos aquí y nos quedaremos”. Ahora, hay una nueva estructura de poder con nuevos dirigentes, lo que Giuseppe Tomasi di Lampedusa, entre finales de 1954 y 1957 resumió en su obra Il Gattopardo, llevada a la gran pantalla en 1963 por Viscontti, como: “Cambiar todo para que nada cambie”. Es decir, tras las recientes elecciones kenianas del pasado marzo, Jomo Kenyatta iniciaba una transformación política aparente pero que en la práctica solo ha alterado la parte superficial de las estructuras de poder, conservando intencionadamente la base esencial de los pilares parlamentarios, es más, los ha reforzado. Con su triunfo, Kenyatta convierte a su país en el segundo, tras Sudán (con Omar al Bachir), en ser dirigido por un presidente en activo que afronta un juicio de la Corte Penal Internacioanal (CPI).

Para rizar el rizo, el exministro de Industria y Comercio de Kenia, Mukhisa Kituyi, fue nombrado el pasado 16 de mayo oficialmente por el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, para asumir la máxima responsabilidad del Organismo de Naciones Unidas para el Comercio y el Desarrollo (UNCTAD). Aunque falta por consensuar un mero trámite Kituyi asumirá el cargo durante cuatro años el próximo a partir del próximo 1 de septiembre. Las voces kenianas se internacionalizan, así que habrá que esperar si dan respuestas a las protestas de su población.