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Llega a los cines Clash, un retrato quebrado del Egipto post Mubarak

La pantalla está en negro. Se escucha cómo se enciende un motor que queda al ralentí. Cláxones de fondo. Arranca el vehículo al tiempo que se ve la primera imagen de la película que acompañará al espectador: el interior de una furgoneta de policía vacía. De momento, vacía. Los rótulos se van sucediendo: “2011. la revolución egipcia acaba con 30 años de presidencia”. “2012 el nuevo presidente elegido es un miembro del partido islamista Hermanos Musulmanes”. “2013. Millones de personas se manifiestan en contra del nuevo presidente en las acciones públicas más grandes de la historia del país”. “3 días después los militares lo sustituyen”. “En los siguientes días, los enfrentamientos entre los militares y los simpatizantes de los HM explotan por todo el país. Esto es uno de esos días”. Y el título que presagia un guion epiléptico que reta a la actual represión en Egipto hacia la prensa y la libertad artística: Clash (choque).

El desafío cinematográfico de Clash, del realizador egipcio Mohamed Diab –tan famoso en el país por su papel de activista y bloguero durante la revolución de 2011 que derrocó al régimen de Mubarak, como en su faceta de director– es el de presentar un trabajo con cámara en mano, y no solo para agitar la tensión, sino para dibujar un espacio confinado cual espejo de una sociedad sin margen de maniobra y obligada a entenderse. Los enfrentamientos se sucederán en magníficas puestas en escenas de manifestaciones multitudinarias por las que la furgoneta se verá abogada a transcurrir. A detenerse. A acelerar. Y a encerrar de forma aleatoria a diferentes personas de sexo y edad.

Subyacente al drama se podrá percibir otro elemento: un lamento punzante por la unidad y la energía de la cultura egipcia a través de una gran cantidad de pequeños detalles: género, ideología, religión, juventud. Y la fuerza del agua (vida, renovación, pureza, pero también destrucción) y el color verde (islam, esperanza, camino por andar) pasearán también de forma ininterrumpida a lo largo de los 97 minutos.

En esta segunda película de Diab que sigue al drama anti sexismo retratado en Cairo 678 (2010), el director no muestra ningún momento de esperanza, sino que centra su atención en el caos y las divisiones de las protestas a favor y en contra del gobierno que siguió a la caída del elegido democráticamente Mohamed Morsi, del partido Hermanos Musulmanes en julio de 2013. Tópica en algunos momentos, este film sigue la estela de otros trabajos que arrojan luz sobre el conflicto en Egipto como el documental de la realizadora egipcia Jehane Noujaim The square (2013), o la película de Ibrahim el-Batout Winter of Discontent (2012).

Fotograma de la película Clash.

La miríada de personajes consigue penetrar debajo de la piel de una nación islámica compleja con múltiples sensibilidades. Uno de ellos es el papel de la actriz Nelly Karim (protagonista de Cairo 678), una de las dos únicas mujeres a bordo; una enfermera que parece aguantar alguna pequeña esperanza moral mientras remienda las lesiones sufridas por ambos lados. Una metáfora maravillosa. Pero también, el espectador podrá distinguir a un líder intelectual de los Hermanos Musulmanes, a dos periodistas que trabajan para Associated Press –en realidad, un guiño velado del realizador a la detención del periodista australiano de Al Jazeera Peter Greste y de sus dos compañeros egipcios en diciembre de 2013–, un potencial recluta terrorista, un anciano son su hija adolescente quien lleva un hiyab, un aspirante a cantante, un policía cristiano copto y hasta un padre preocupado de que su hijo adolescente puede haber desertado a la oposición. No hay unidad aparente y sí, miopía común. Una carga humana que cada vez se hará más desesperada en el interior del camión.

Clash mantiene la tensión liberándola en algunos momentos para jugar con el espectador y sus perspectivas de lo que tendría que ser: no hay posicionamiento en ninguno de los dos bandos por parte del realizador. No obstante, sí se aprecia su intencionalidad en uno de los diálogos cuando uno de los personajes recordando la revolución de 2011, exclama con melancolía: “¡Esos eran los días!”. El silencio que sigue en el interior de la furgoneta es elocuente, ya que lo que podría haber sido ha quedado relegado a la cuneta. El futuro ha dejado paso al caos.

Tras su paso por la sección Una cierta mirada del Festival de cine de Cannes, Clash se presentó a competición en la pasada Seminci donde se alzó con el Premio “Pilar Miró” al Mejor Nuevo Director para, Mohamed Diab, el Premio a la Mejor Dirección de Fotografía, para Ahmed Gabr y el premio Sociograph Award, otorgado por la consultora Sociograph a la película más impactante del certamen.

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Esos negros españoles traídos al cine

La oculta e invisible presencia de Guinea en los estudios y en los medios de comunicación de España ha difuminado en ocasiones trabajos cinematográficos que han retratado la cotidianidad de la pequeña colonia desde un prisma poco convencional. Es el caso de la película Lejos de África de Cecilia Bartolomé que nos presenta una visión liberada de constricciones temáticas, discursivas, narrativas e iconográficas. Una caja de herramientas para reflexionar sobre lo que fue la experiencia colonial española al sur del Sahara quedando desnuda de clichés analíticos y que, a pesar de utilizar elementos que nos sirven para contextualizar las imágenes y nuestro propio marco conceptual, se resiste a los esquemas prefijados cuando se habla de colonización.

Cartel de la película

Cartel de la película dirigida por Cecilia Bartolomé.

Hace a penas un mes y medio la cineasta Cecilia Bartolomé recibía, en el marco de la cincuenta edición del Festival Internacional de Cine de Gijón, el Premio Mujer de Cine 2012 en recompensa a la trayectoria de una de las creadoras más significativas y reivindicativas del séptimo arte español. Uno de sus trabajos más incisivos y que queremos analizar para Wiriko tiene por título Lejos de África (1996), una obra que a pesar de acercarse a la veintena de años ha sido, como apunta María Luisa Ortega, por fortuna casi olvidada. La ironía de Ortega adquiere cuerpo al subrayar entre líneas que si esta película se hubiera convertido en éxito de taquillas, el paradigma de los estudios culturales en España le habría hincado el diente para aplicar análisis históricos-culturales en la batalla contra los esencialismos y hubieran terminado por estrangular la identidad propia de Cecilia Bartolomé.

El contenido argumental de esta película se inserta en el reducido grupo de películas de producción española que toma como eje central el día a día cotidiano en la colonia de Guinea. No obstante, huye de los posibles análisis sobre las prácticas de dominio imperial y de construcción del Otro desplegados en un contexto colonial tan poco estudiado como el de las exóticas y alejadas posesiones subsaharianas que España arañó en el reparto de África en la Conferencia de Berlín celebrada entre el 15 de noviembre de 1884 y el 26 de febrero de 1885. Lejos de África se resiste pues al encorsetamiento de trabajos ligados a la difusión de la colonización o a la lucha contra el sistema perverso que la motivó: el imperialismo. En esta línea más bien se incluirían filmes como Memorias de África (1985) de Sydney Pollack o Indochina (1992) de Régis Wagnier que trabajan conceptos comunes como la nostalgia imperial o la “llamada” de la tierra exótica.

Visión sobre el papel de la iglesia católica española en Guinea.

Visión sobre el papel de la iglesia católica española en Guinea.

 

La tradición discursiva cinematográfica occidental que se ha desarrollado en el Magreb ha contagiado una determinada representación donde el espectador no hace sino reconocer los estereotipos que transitan por nuestros imaginarios colectivos ya sea en forma de textos, grabados, dibujos, etc. En el caso de la Guinea española es diferente principalmente por dos motivos: el primero es que ha sido y es un espacio no colonizado y dominado por la imaginación popular (actualmente el currículo escolar español maquilla, en el mejor de los casos, u obvia el proceso colonizador de Guinea); el segundo motivo hace referencia a que no ha existido una apropiación de estas páginas de la historia por los discursos académicos y culturales con cierta visibilidad.

Film sobre la misión salvadora de la colonización en Guinea

Film sobre la misión salvadora en Guinea.

A pesar de ello, el cine franquista español no escatimó en esfuerzos por intentar imprimir una visión salvadora de la colonización en Guinea como Afán Evú (1945) de José Neches o A dos grados del Ecuador (1953) de Ángel Vilches. Así mismo, la producción documental, con la consabida tarea de sensibilizar a los españoles de la Península, se puso de manifiesto principalmente por el trabajo de Hermic Films. Idénticos pasos siguieron los misioneros católicos que también se valieron de las ventajas del audiovisual con la misión de acabar con los rituales, fetiches y tradiciones de esa población “bárbara”, llena de supersticiones extrañas, y conseguir de este modo legitimar la colonización y obtener para ella el perdón de los africanos. Esta ideología queda retratada en películas como El obstáculo (1945) de Ignacio Iquino o Misión blanca (1946) de Juan de Orduña.

Lejos de África no constituye una mirada exótica, por lo tanto se articula lejos de la vulnerabilidad de los discursos imperiales habituales en los que los hombres y mujeres se convierten en entes radicales que ejercen su control sobre los Otros. El cine occidental, en este caso el español de la mano de Cecilia Bartolomé, una vez más nos acerca al continente africano desenquistando narrativas propias de la literatura, la ciencia o la política. Una Guinea llevada a la pantalla y que merece ser nuevamente rescatada.

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El documental dirigido por Ángela Gil de Biedma Nuestras memorias de África abre también las puertas al debate sobre la colonización española en Guinea. Puedes verla aquí.