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Etiopía a cuatro ruedas: la revolución del patín

Patinadores en Adis Abeba. Foto: Sean Stromsoe

Patinadores en Adis Abeba. Foto: Sean Stromsoe

El 14 de mayo de 1965, la revista 'Life Magazine' lanzaba un reportaje llamado "Skateboard Mania" en el que se observa el boom del patín en aquellos tiempos.

El 14 de mayo de 1965, la revista ‘Life Magazine’ lanzaba un reportaje llamado “Skateboard Mania” en el que se observa el boom del patín en aquellos tiempos.

¿Qué es el skate (patín)? ¿Un deporte? ¿Una expresión artística? ¿Un entretenimiento? ¿Un medio de transporte? Quizás sea todo lo anterior aderezado con la predisposición del patinador pero, sin duda, esta práctica que surgió entre la década de los 40 y 50 en California (Estados Unidos) como pasatiempo para los surfistas cuando el mar estaba en calma, ha llegado a Etiopía sobre cuatro ruedas para reivindicar un espacio, un lugar.

La campaña Ethiopia Skate, fundada por el joven etíope Abenezer Temesgen (17 años) y el californiano Sean Stromsoe (22 años), ha elegido toda una declaración de intenciones como lema: “Nosotros sólo queremos patinar”. Pero la historia de cómo creció la campaña esboza un conmovedor retrato acerca de la utilización de herramientas como Facebook y Twitter para conseguir un gran impacto. Con el apoyo de algunos medios nacionales y extranjeros (Transworld Skate, Skate Africa, Style.com, Frank 151, Voice of Africa y The New Africa) los fundadores decidieron iniciar una campaña de crowfunding en la plataforma Indiegogo. A falta de 37 días para que termine el plazo, llevan recaudados más de 13.500 dólares. Por delante, el objetivo arriesgado de conseguir los 60.000 dólares necesarios para la construcción del primer parque de patinadores de Etiopía.

A pesar de que “sólo quieren patinar”, Sean y Abenezer están haciendo mucho más que eso. En apenas unos meses han introducido un deporte que era virtualmente inexistente en Etiopía. Gracias a ellos, decenas de niños han empezado a patinar, y el número crece cada día. “Ahora estamos empezando de modo que no podemos decir exáctamente cuántos niños hay en nuestra organización pero de momento, hay más de 30. Todo el mundo es bienvenido: ya sea el limpiabotas o el chico al que le están lustrando sus zapatos. A través del skate, los jóvenes con problemas o excluidos socialmente tienen la oportunidad de conectar con los demás y con otros patinadores. No importa cuál sea la situación económica”, explica Sean.

Abenezer lleva un par de años patinando. “Me enamoré del patín hace dos años, cuando vi a un chico tratando de patinar en un aparcamiento… Parecía muy divertido. Allí estaba su madre que lo miraba y de repente presenció una caída bastante mala. Como me vio mirando hizo que su hijo me tranquilizara dándome el consejo de que si patinaba no me haría daño. Ese día cambió mi vida. Ahora, he encontrado algo que hacer. Algo que empuja mis límites. Algo nuevo”, afirma ilusionado el joven etíope natural de Adis Abeba.

A Sean, sin embargo, le viene de familia. Su padre practica surf y skate, y desde pequeño se dedicó a filmar imágenes y pequeños clips de los amigos. Él se encarga de la parte creativa y audiovisual de Ethiopia Skate, mientras que Abenezer se encarga de romper clichés a cuatro ruedas sobre la cultura del skate en su país. El californiano, que llegó a Etiopía en 2011 para un proyecto de vídeo encargado por una ONG, escuchó por primera vez hablar de Abenezer volando. Y no es una metáfora.

“Conocí a un chico sueco en un pequeño avión a Adis hace unos seis meses, su nombre es Tomas pero lo llamamos choma (que significa “carne blanca” en amárico). Entablamos una conversación y empezó a mostrarme imágenes de niños patinando en un aparcamiento; Abenezer estaba en una de ellas. Estaba muy emocionado porque cada vez que paseaba por Adis pensaba en lo divertido que sería para patinar. Al día siguiente, Choma me llevó al lugar donde patinaban y la campaña creció naturalmente”, explica el norteamericano.

De izquierda a derecha: Sean (EEUU), Abenezer (Etiopía) y Tomas (Suecia). Foto: Joey Maloney.

De izquierda a derecha: Sean (EEUU), Abenezer (Etiopía) y Tomas (Suecia). Foto: Joey Maloney.

Estos jóvenes emprendedores decidieron capturar la historia de lo que puede suponer el patinaje en Adis “y realizamos un vídeo durante dos fines de semana que reflejara esta realidad”, apunta Abenezer. Aunque todavía están lejos del objetivo, la confianza y seguridad con la que hablan es un bálsamo de esperanza. “Lo que conseguiremos tendrá un gran impacto. Vamos a construir rampas portátiles para que los niños puedan patinar sin importar lo mucho o poco que consigamos. Si no alcanzamos nuestra meta de 60.000 dólares (unos 44.000 euros) para construir el parque, seguiremos luchando hasta encontrar otros caminos”.

Hay alrededor de 50 millones de patinadores en el mundo y los vinculos, inquietudes y sueños se han unido a través de las redes sociales. Así lo explica Sean: “Es una locura. Abenezer tiene amigos y conexiones por todo el mundo y eso que ¡nunca ha salido de Etiopía! Él es amigo de algunos grandes patinadores en Barcelona y tenemos colaboradores que nos apoyan allí, pero estamos trabajando principalmente con una organización llamada Make Life Skate Life con sede en Alemania. Ellos construyeron previamente skateparks en la India y Bolivia. Ahora estamos en la primera y más difícil etapa de la construcción: asegurar la tierra”.

Con un movimiento que poco a poco se hace visible en países como Kenia, Uganda, Madagascar o Sudáfrica, desde Ethiopia Skate planean para este 2014 demostraciones y talleres para enseñar a voluntarios que lleven esta modalidad alrededor del país. Mientras, la esperanza e ilusión a dos ruedas de Abenezer nos impulsa a creer en otra forma de hacer con pocos recursos. “Si algunos de nosotros trabajamos juntos en este sueño, los niños volverán a la vida”, sentencia el joven patinador.

Para más información sobre el proyecto y la campaña Ethiopia Skate pincha aquí.

Arranca la ventana de cine africano más grande de España

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El Festival de Cine Africano de Córdoba (FCAT) cumple diez años de amor al cine africano en España y esta tarde arranca, hasta el 19 de octubre, una de las ediciones más emotivas debido a los recortes presupuestarios que ha sufrido la organización. Una década de FCAT trascendiendo África y aproximando su heterogeneidad a través del séptimo arte. En este décimo aniversario, el segundo en la ciudad tras ocho años en Tarifa (Cádiz), Córdoba se consolida como la ventana de cine africano más grande que existe en el ámbito hispanohablante con 120 proyecciones de 70 películas, 27 de ellas a competición, junto a otras actividades paralelas.

La principal circunstancia que motivó la creación de este encuentro con el cine africano en el año 2003 fue, por un lado, la llegada continuada de pateras a las costas andaluzas, en concreto, a las gaditanas. La imagen mediática reiterativa era la de una África que se moría y que seguía anclada en la tragedia, el hambre y las guerras. Llegaban con un espejo enorme y biselado de esperanzas. Lo hacían en las embarcaciones típicas que utilizan los pescadores de África occidental pero el reflejo daba tanto pavor que las categorizaciones comenzaron a sacar punta a nuevos términos y a adjetivaciones trasnochadas: sin papeles, ilegales, subsaharianos, pateras o cayucos que se acurrucaban en una población apostada en la arena y que desconocía las heridas del continente madre de todos ellos.

Fotogrma de la "La Pirogue" (2012), un film del senegalés Moussa Touré.

Fotogrma de la “La Pirogue” (2012), un film del senegalés Moussa Touré.

Por otro lado, se hacía fuerte la necesidad de educar la mirada hacia estos nuevos vecinos. El suspiro deslabazado que sufrían los habitantes de Cádiz o Málaga a comienzos de la década del 2000 hizo de la impotencia social un brebaje con efectos educativos y divulgativos en el sur de la Vieja Europa. Y la vacuna visual contra los estereotipos que se tienen sobre África se patentó en Tarifa gracias a la mano firme de Mane Cisneros, directora del Festival de Cine Africano de Córdoba.

La suma de estas características, hicieron imprescindible un nuevo marco en el que poder acercar las circunstancias sociales, políticas y económicas de estos inmigrantes. Un nuevo espacio de reflexión y divulgación de esa otra África a través de la cultura y que el FCAT ha pregonado desde su comienzo gracias a la ecuación equipo-voluntarios-público. Una cita obligada con las cinematografías africanas tanto en la Península como en Europa. Una década que merece ser subrayada y tenida en cuenta por la labor de acercar en 35mm. al continente vecino sin frontera alguna.

 

Un tapiz con lo mejor del continente
Para esta edición que arranca hoy se proyectarán 70 filmes de temática africana y árabe procedentes de 32 países, entre los que destacan la presencia de producciones de Burkina Faso, Camerún, Nigeria o de Sudáfrica, una de las industrias cinematográficas más potentes y prometedoras del continente. Como ya ocurriera en ediciones anteriores, los cinéfilos podrán disfrutar de un nutrido número de películas senegalesas. Ejemplos de ello son filmes como Mille soleils, Tall as the baobab tree (realizada en coproducción con Estados Unidos), la ganadora en la pasada edición del Griot al Mejor Largometraje Documental Tey; o President Dia, del director William M’Baye al que pudimos entrevistar hace un año en Dakar.

Los títulos que se podrán visionar procedentes del Norte de África son los trabajos de jóvenes cineastas de Argelia, Egipto, Marruecos y Túnez muchos de ellos influenciados por las Primaveras Árabes  que han servido como telón de fondo. Además, estarán representados también 23 países más: Alemania, Angola, Arabia Saudita, Brasil, Canadá, Colombia, Ecuador, España, Estados Unidos, Etiopía, Francia, Gabón, Guinea Conakry, Guinea Ecuatorial, Kenia, Madagascar, Mauritania, Mozambique, Perú, Portugal, Qatar, RD Congo y Trinidad y Tobago.

Trailer de la película Something necessary dirigida por la keniana Judy Kibinge. Una parábola edificante sobre la expiación en contraste con la violencia mortal que siguió a las elecciones de 2007 en Kenia.

 

Estrenos
La programación fílmica del festival estará distribuida en ocho secciones oficiales, tres de ellas competitivas. En esta ocasión, serán 27 los títulos en las secciones a concurso: “El Sueño Africano” (largometrajes de ficción), “Al Otro Lado del Estrecho” (largometrajes documentales) y “África en Corto” (cortometrajes documentales y de ficción). Todas las películas que participan en las secciones a concurso afrontan su estreno en España en el FCAT Córdoba, excepto Yema (Argelia/Francia, 2012), que como ha ha subrayado la directora Mane Cisneros “por suerte o por desgracia, seguimos sin poder convencer a las distribuidoras españolas de que estas cinematografías pueden tener una salida comercial en nuestro país”.

Además, en las secciones no competitivas podremos ver en “La Caja de Pandora” una selección de películas de temática africana realizadas por cineastas occidentales; “África en Ritmo” reunirá una vez más los mejores títulos sobre danza y música africanas; “Carta Blanca al EDOC” nos acercará una muestra representativa de lo que fue el Festival de Cine Documental de Quito, con películas de temáticas afro-descendientes y “10 Fragmentos de un Discurso Amoroso Africano”, una sección planteada no sólo como un análisis antropológico sobre las prácticas amorosas o las manifestaciones del deseo en África, sino como toda una declaración de intenciones de la organización del FCAT Córdoba.

A estas secciones se suma una serie de sesiones especiales en la programación, entre las que se encuentra la proyección de la afamada La bicicleta verde, primera película realizada por una mujer en Arabia Saudí, Haifaa Al Mansour, que se estrenará en las salas cordobesas durante el festival.

Os dejamos el trailer de una película que rome con los tópicos y se atreve a desmontar el concepto de música africana. Un film sobre el desarrollo del estilo Metal en Angola como respuesta a los años de guerra prolongado que vivió este país. Death metal Angola, dirigido por Jeremy Xido en una coproducción de Estados Unidos y Angola.

 

El cine como industria
Por quinto año consecutivo, el FCAT Espacio Profesional estará dedicado a promover la cooperación entre los profesionales de los cines de África, España y el resto del mundo. Un año más, la Casa Árabe será el escenario, del 15 al 18 de octubre, del V Foro de Coproducción “África Produce” y una serie de conferencias y mesas redondas; así como los Aperitivos de Cine, encuentros entre cineastas, periodistas y estudiantes, donde se hablará en profundidad de las películas programadas en competición.

Actividades paralelas
FCAT Córdoba no se limita a las salas de proyección, como demuestra su amplio programa de actividades paralelas, entre las que se incluyen cuentacuentos, proyecciones en los distritos, la exposición de fotografía Malagorée: de puerto a puerto,de Javier Hirschfeld, y encuentros con distintas ONGs de la ciudad.

Cabe destacar una de las actividades  más novedosas previstas para esta edición y enfocada a jóvenes profesionales: se trata del “Curso‐taller de Crítica de Cine: Desafíos tradicionales, fatales omisiones y retos renovados de la crítica en el actual panorama interconectado y plurivocal”, que se celebrará en colaboración con el Instituto Andaluz de la Juventud (IAJ) y el Programa ACERCA de Capacitación para el Desarrollo en el Sector Cultural de la AECID (Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo) y que contará con la dirección del crítico Alfonso Crespo y con las clases magistrales de nuestra editora Beatriz Leal Riesco y el crítico de cine reconocidísimo por sus aportaciones a la literatura sobre las cinematografías africanas, el francés Olivier Barlet, entre otros.

La 10ª edición del FCAT se estrenará esta noche a las 21.00h. en el Teatro Góngora de la localidad cordobesa con la película del director mauritano Abderrahmane Sissako, La vie sur terre (1998).

 

El reverso africano (II): Recolonizar las imágenes desde el Sur

El 1 de marzo de 1896, las fuerzas etíopes comandadas por el emperador Menelik II derrotaron al ejército italiano en la batalla de Adwa. Era la primera vez que un país africano vencía a una potencia europea.

El 1 de marzo de 1896, las fuerzas etíopes comandadas por el emperador Menelik II derrotaron al ejército italiano en la batalla de Adwa. Era la primera vez que un país africano vencía a una potencia europea. Fuente: A.Davey.

Continuamos con la serie que empezamos hace una semana sobre conflictos en el continente llevados a la gran pantalla, pero hoy toca mirar al Sur. Algunos de los trabajos cinematográficos africanos en esta línea procuran, precisamente, otorgar una respuesta prolongada que reaccione ante los colosales obstáculos interpuestos por la historia dominante escrita desde una parte del mundo –léase guiones–. Y son cada vez más los foros en el que la mirada made in África, la de los directores que pelean por sacar adelante sus producciones alternando la alquimia con la burocracia de las subvenciones, acerca a un primer plano el séptimo arte africano. No obstante, no dejan de ser fundamentalmente arenas especializadas como la del Festival de Cine Africano de Córdoba, que el próximo 11 de octubre y hasta el 19 cumplirá su décima edición, y cuya repercusión, en el mejor de los casos, se limitará a un breve espacio en los medios de comunicación nacionales e internacionales.

Cartel de la 10ª edición del Festival realizado por la hispano-sudanesa Dar Al Naim Mubarak.

Cartel de la 10ª edición del Festival realizado por la hispano-sudanesa Dar Al Naim Mubarak.

Franz Fanon reconocía la importancia crucial para los pueblos subordinados de afirmar sus tradiciones culturales y recuperar sus historias reprimidas. De aquí que el papel de las cinematografías en África sea crucial para desnudar la historia y reescribirla con voz propia, desde otra óptica, con otras lenguas y como herramienta contestataria a la cultura empaquetada desde las industrias del pensamiento dominante.

A pesar de ser el cine más joven de todo el mundo (a penas 50 años) mantuvo una coherencia narrativa determinante en los años posteriores a las independencias en el continente. Así lo manifestaron Yemane Demissie en Tumult (1996) al reflejar las luchas en Etiopía contra Haile Selassie; o Raoul Peck al filmar Lumumba (2000) y Jon Akomfrah al retratar la vida del también carismático líder Nkrumah en Testa­ment (1988). En los últimos tiempos varias obras han retratado los conflictos armados durante las décadas de los 90 y 2000 en el continente como Zulu Love Letter (2004), de Ramadan Suleman, que retrata la realidad sobre el apartheid; Sometimes in April (2005), de Raoul Peck, sobre el genocidio de Ruanda, una visión completamente diferente a la obra mencionada de Hotel Ruanda; o Ezra (2007), de Newton Aduaka, una obra que se adentra en los comités de reconciliación de los niños soldado en Sierra Leo­na y que ganaría en 2007 el Caballo de Oro en el Festival Panafricano de Cine y Televisión de Uagadugú (FESPACO).

En la búsqueda de nuevos espacios para el diálogo sobre conflictos, invasiones e intervenciones en África serían también interesantes títulos como los siguientes: Des fusils por Banta (1971) sobre la guerrilla en Guinea Bissau y Sambizanga (1972) sobre la libe­ración de Angola, ambas de la directora Sarah Maldoror; Struggle for a free Zimba­bwe, (1972) de Kwate Nee-Owoo; Sarrounia (1986), de Med Hondo, que narra la historia de la reina y jefa mi­litar de las Aznas de Níger en su lucha frente a la penetración francesa; Mortu nega (1988), de Flora Gomes, que muestra un retrato nostálgico de los combatientes en la independencia de Guinea Bissau; o Adwa: an african victory (1999), de Haile Gerima, sobre la victoria etíope frente a los italianos en 1896.

El secuestro ahogado de las imágenes y la negación irracional de su propia historia a la que el continente ha estado sometido a lo largo de varios siglos ha motivado que los conflictos armados que tienen lugar en él tiendan a reducirse con visiones estereotipadas sin cabida al análisis y la contextualización. Las grandes producciones de cine occidentales –aquellas realizadas bajo un decorado africano– continúan acomodadas en guiones dramáticos en el que el papel de los africanos se reduce a un segundo plano y en el que la rentabilidad es la prioridad. Se sigue obviando, por lo tanto, que las guerras africanas contemporáneas deben enmarcarse en una red de actores con intereses determinados en la lógica del conflicto; por lo que la necesidad de observarlos desde la gran pantalla africana pasa por el visionado y la escucha activa de las voces procedentes del propio continente. Premisas como éstas pueden contribuir a una aproximación más acertada de la siempre coral, heterogénea y dinámica realidad subsahariana.