Entradas

Sona Jobarteh, la mujer griot

Sona Jobarteh abrazó al verano con ímpetu. A mediados de junio se lanzó en su primera gira por el Reino Unido que colmó con una actuación en el mítico festival de Glastonbury. La joven gambiana desafía los cánones griot tradicionales y el próximo miércoles 16 de noviembre se estrena en el cartel del festival de Jazz de Londres. De bandera lleva su kora, el arpa de 21 cuerdas originaria del África occidental. “La kora transciende muchas cosas a pesar de que es culturalmente un instrumento muy específico de un lugar. No hay muchas músicas a las que no se pueda incorporar. Me hace sentir plena, cálida y me da mucha emoción“, explica Sona a Wiriko.

12243419_10153806989618336_4481683965523332239_n

En la cultura griot la poesía, el canto o la música llevan siglos transfiriéndose de padre a hijo pero en la familia Jobarteh, que tiene el derecho hereditario para la práctica de la kora, Sona tenía decidido su medio de expresión. “Mi cultura no hace distinción de género pero es cierto que no es algo común que las mujeres toquen”, explica la músico que siempre tuvo el apoyo de sus más cercanos. Sona Jobarteh aprendió a tocar la kora gracias a su hermano, Tunde Jegede, que actualmente dirige el African Classical Music Ensemble. A pesar de cursar estudios de cello y piano regresó a sus orígenes. Estaba expuesta a una tradición musical familiar que incluye a su abuelo, Amadu Bausang Jobarteh, su padre, Dawda Jobarteh, y a su primo, Toumani Diabaté.

La música era algo natural para mí. Nunca pensé en componer pero tampoco tuve que luchar por ello. Estaba en mis manos dedicarme a ello. Cuando crecí llegó un momento en el que tuve que abordar el hecho de que estaba tomando la kora como algo a lo que quería dedicarme profesionalmente. No como un pasatiempo”, dice.

Sus inicios estuvieron marcados por el ángulo feminista de su música. Al principio no lo tomó bien. “Yo no quería que se me viese sólo por una cuestión de género. Yo quería ser simplemente una persona que tocaba la kora”. Sin embargo, abanderó temáticas relativas a las mujeres cuando se dio cuenta de “cómo la música afecta e inspira a otras. Cada vez me siento más cómoda con esa etiqueta”.

Sona Jobarteh, imagen de Modern Ghana.

Sona Jobarteh, imagen de Modern Ghana.

Jobarteh cree que el hecho de que toque la kora siendo mujer siempre impactará al público, sobre todo en África, acostumbrado al virtuoso masculino. “No fallará la presunción de que no sonará igual que si la tocara un hombre. Pero lo impactante es que la audiencia sea testigo de que no hay diferencia y olviden las ideas preconcebidas”, puntualiza.

Al subirse al escenario en un mundo predominantemente masculino, la músico lanza un mensaje para cambiar el discurso de que la mujer sólo puede llegar a conseguir un éxito específico. Sus composiciones, envueltas de sonidos occidentalizados hace que su música cuenten con un ritmo más arrimado al jazz, al funk. Una fórmula que estira los límites de la cultura griot.

Su primer álbum, Fasiya (African Guild Records, 2011) es una muestra de la polaridad certificada de una Sona que equilibra costumbre e innovación. Un ejemplo es el tema de apertura, Jarabi. “Es una tarea difícil porque a veces no sabes cuánto has innovado pero hay que confiar en los instintos y aproximarse a la música con un oído exterior”, cuenta la músico. Fasiya se convertió en uno de los discos de kora preferidos de la revista Songlines junto a discos como Musique de Nuit de Ballaké Sissoko y Vincent Segal o 22 Strings de Seckou Keita. Sona Jobarteh ya trabaja en un nuevo álbum que saldrá a finales de año y del que ya se ha adelantado el single: Gambia. Un tema para celebrar los 50 años de la independencia del país del oeste africano.

Con este nuevo proyecto busco un nuevo sonido dentro de la música mandé. Es una nueva forma de tocar la kora que hará que la gente mandinga reconozca su cultura pero también acerque a los que no están familiarizados con ella”, explica. Pero su nuevo trabajo no es el único proyecto que la gambiana tiene en su mente. En enero, y junto con la ayuda de su padre, decidió abrir una escuela de música en Gambia. The Amadou Bansang Jobarteh School of Music “se ha convertido en una obsesión para crear una institución que sea el reflejo de las universidades occidentales pero estudiando allí donde la música procede. Es impresionante ver que el nivel de especialización en mandinga o en mbira en estas universidades es más alto que en Gambia, por ejemplo“, apunta Sona quien invita a todos aquellos a visitar su país. “Estudiantes de música de todas partes pueden acudir a Gambia a prepararse manteniendo los estándares académicos a los que están acostumbrados“, apunta Sona sobre unos programas ideados para occidentales y africanos.

Las historias migrantes

Vemos las imágenes de los salvamentos y los naufragios en el Mediterráneo, los barcos atestados de migrantes africanos y nos conmovemos. Escuchamos las cifras sin rostro de las víctimas o de los solicitantes de asilo tratados como apestados y nos indignamos. Pero habitualmente nos faltan las historias. En algunas ocasiones, muy de vez en cuando, los medios ponen nombre y vida a esas imágenes y esos números, pero la mayor parte de las veces nadie nos explica lo que hay detrás de ese viaje. Afortunadamente hay algunos casos, de protagonistas que han tenido la idea y la oportunidad de ponerse delante del ordenador y escribir lo que pasa dentro de esa foto. El senegalés Mamadou Dia y el gambiano Kalilu Jammeh, son dos de los principales representantes de una nueva, discreta y reducida generación de jóvenes escritores que nos han explicado su experiencia de la migración desde el continente africano, en una sobrecogedora primera persona.

No ahondaremos más en el hecho de que el viaje es un elemento fundamental en la configuración de las sociedades africanas, ni en que es una constante en la historia del continente, porque la voluntad es ajustar mucho el foco, cerrar el cuadro al máximo. Tampoco hablaremos de otros africanos instalados en España que se han hecho un hueco en el ámbito literario como Donato Ndongo, Indongo-Vi-Makomé, Justo Bolekia o Agnes Agboton, que también en algunos momentos han compartido con nosotros sus experiencias migratorias en primera persona. Ni tampoco de algunas experiencias híbridas, como la del antropólogo catalán, Jordi Tomàs, y el pescador senegalés recientemente fallecido, Patrick Lambal, que en El pescador que quería viajar al país de los blancos nos explicaron la experiencia de los tres viajes que Lambal ha hecho desde las costas senegalesas hasta las canarias en piragua.

El autor Mamadou Dia. Fuente; Facebook de la organización del autor

El autor Mamadou Dia. Fuente; Facebook de la organización del autor

3052Las historias de Dia y Jammeh son otra cosa, pero con muchos elementos en común, tantos que el paralelismo no es descabellado. Mamadou Dia es un joven senegalés que después de llegar a Murcia firmó 3052. Persiguiendo un sueño. En su relato, Dia explica con un estilo particular su periplo desde Dakar a Murcia (esos 3.052 kilómetros del título), el viaje en cayuco, el centro de internamiento, la llegada la península y el descubrimiento de un mundo muy diferente al que había pensado en sus años como inmigrante en situación irregular. A través de textos fragmentarios que transmiten sensaciones y experiencias puntuales, el joven senegalés hace especial hincapié en la dureza del trayecto, pero también el descubrimiento de una Europa que no es como la de la televisión, la de la pobreza y el paro, la de la Ley de Extranjería y la discriminación. Mamadou Dia pensaba que cuando llegó a las costas de la Gomera todo había terminado, había llegado a su destino. Pero descubrió que el viaje no había hecho más que comenzar y eso es lo transmite en 3052. Persiguiendo un sueño.

Kalilu Jammeh. Fuente: Blog de la organización del autor

Kalilu Jammeh. Fuente: Blog de la organización del autor

El viaje de kaliluPartiendo de la base de que cada historia migratoria es particular e incomparable. El relato de Kalilu Jammeh tiene algunos elementos en común. El gambiano, sin embargo, ofrece en El viaje de Kalilu un relato brutalmente realista en el que destacan datos como los muertos que el joven vio caer por el camino. Concretamente, asegura que asistió a seis funerales en un viaje en el cruzó varias veces el desierto del Sahara y fue deportado por las policías de dos países diferentes, es decir, volvió a empezar en tres ocasiones, hasta llegar por mar a las Islas Canarias.

Uno de los subtítulos del libro, “cuando llegar al paraíso es un infierno”, hace honor a lo que el joven migrante vierte en las páginas. Su descripción sin adornos nos coloca a las puertas del horror. Pero más allá de colocarnos delante de una realidad prácticamente imposible de digerir y ante la que preferimos mirar hacia otro lado, la historia de Jammeh no acerca a la psicología del migrante. ¿Qué le mueve? ¿Qué le motiva? ¿Qué le da fuerzas en los peores momentos? Son algunas de las preguntas sobre las que la historia nos da pistas, evidentemente, sin poder llegar a agotar las respuestas.

Estos dos ejemplos, son la muestra de un fenómeno que en otros países se ha producido hace años, pero evidentemente para nosotros es aún relativamente novedoso. Por otro lado, estos dos ejemplos son dos herramientas que nos permiten acercarnos un poco más a la humanidad que hay dentro de las imágenes escalofriantes del Mediterráneo, pero también a la del joven que recoge chatarra en los contendores de nuestras ciudades o del que asiste a las clases de idiomas para fraguarse un futuro.

NOTA: Este artículo se ha publicado originalmente en el blog de la organización Voces