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Pintura para acabar con los tabús

Una empresa social de Ruanda fomenta la cohesión a través del arte en espacios públicos

Un artista de Kurema, Kureba, Kwiga. Imagen cedida por la organización.

Un artista de Kurema, Kureba, Kwiga. Imagen cedida por la organización.

Para los residentes de Kigali, ciudad en camino de convertirse en centro de excelencia urbana, el espacio público es lugar para la terapia colectiva. En paradas de autobús, intersecciones, escuelas, centros deportivos y juveniles, bibliotecas, casas particulares, en escaparates e interiores de pequeñas y grandes empresas, portones, cercas, aeropuertos, hoteles o hasta en el espacio de coworking más importante de Ruanda —Impact Hub—, una joven empresa está poniendo el arte al servicio de la sociedad.

Aunque tanto Ruanda como su capital han experimentado un desarrollo ejemplar desde el genocidio de 1994, entre el 45 y el 63% de su población sigue sumida en la pobreza y son muchos los desafíos a los que los ruandeses se enfrentan a diario. Entre su población existen fronteras que otrora se creyeron infranqueables y sin embargo, la sociedad civil ha encontrado en la expresión artística un bálsamo y un aliado.

Kurema, Kureba, Kwiga (Crear, Ver, Aprender) es una empresa social nacida en 2014 con la intención de que el color y la creatividad sean vehículos para reforzar lo comunitario y construir un futuro mejor. Los jóvenes artistas que hay detrás de estas iniciativas saben que el arte en los espacios públicos puede configurar un elemento identitario común, capaz de trascender los muros, aceras y edificios en los que se plasma para convertirse en la bisagra entre esos espacios y las personas que los habitan.

Buscamos un cambio social a través del arte”, explica la norteamericana Judith Kaine, fundadora y directora de Kurema. Kureba. Kwiga.“Queremos fomentar una comunidad más colorida y feliz”, señala la joven sobre un país que ocupa el puesto número 108 de 151 en el Índice de Felicidad del Planeta. Y así se transforma el paisaje urbano de Ruanda, mientras se acorta la brecha entre la clase media y el sector más humilde de la población, a través de un escenario de participación donde sanar heridas comunes, aprender los unos de los otros y crear un futuro para todos.

Este artículo ha sido posible gracias a un acuerdo de colaboración entre Wiriko y Planeta Futuro (El País). Para seguir leyendo, pincha aquí.

Matatu: la cultura del transporte en Nairobi

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3ª Edición del Curso Introducción a las expresiones artísticas y culturales del África al sur del Sahara

Por Marisol Rocha

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Tomar el transporte público en Nairobi es asistir a un espectáculo escénico y visual de alto nivel. En medio del tránsito de las calles de la capital keniana se abren paso los matatu, coloridos minibuses con capacidad para entre 14 y 33 pasajeros, cuyos interiores rebosan de decoraciones entre las que desatacan calcomanías llenas de methali (proverbio en suajili), equipados con bocinas de donde escapan los graves del hip hop, el reggae y el R&B que se sienten rebotar en el pecho. Elementos que hacen de este espacio móvil el eje de varios temas sociales, culturales y artísticos en Kenia.

Al centro de la cultura del matatu aparecen las figuras del conductor y el manamba a quien se le identifica por las acrobacias y el grito: “Beba, beba” (lleva, lleva lugares) cada vez que se llega a una parada, silbando y anunciando los destinos de viaje.

La industria del matatu comenzó en la década de los 50 como competencia directa al servicio de transporte representado por el KBS (Kenyan Bus Service) que tenía el monopolio de transporte de pasajeros desde principios de la década de 1930. Para ese tiempo los matatu eran propiedad de personas con un ingreso medio y los pasajeros literalmente pagaban tres centavos por viaje dentro de la ciudad. De hecho la palabra ma-tatu significa tres en suajili, la lengua oficial de Kenia.

Desde los 70 los matatu han sido indispensables para la economía de Nairobi. En un día normal un matatu hace nueve viajes de las áreas residenciales al centro de la ciudad, pues al menos el 70 por ciento de los residentes de la capital dependen de ellos para su traslado cotidiano. Se estima que al menos tres millones de personas se desplazan con este medio en todo Kenia cada día (Mutongi 2006).

En la novela de Ngugi wa Thiong´o “Devil on the cross”, el escritor retrata las condiciones y las dinámicas en torno a los matatu de ese época. Es en el matatu modelo Ford T “de los tiempos de Noé” propiedad de Mwaura que los personajes parten de Nairobi hacia la misteriosa Ilmorog, y es allí en donde los personajes se enamorarán y contarán sus vidas en el panorama de la Kenia posterior a la independencia.

“En la mañana, antes de arrancar, el matatu ofrecía a sus espectadores un espectáculo maravilloso. El motor comenzaba a rugir, luego tosía como si una pieza de metal se hubiera quedado atorada en su garganta, para después chirriar como si tuviese un ataque de asma. En ese momento Mwaura abría teatralmente la cubierta del motor picando aquí y allá, tocando este cable y ese otro, cerrando el capó de la misma forma espectacular antes de ponerse de nuevo al volante. Él presionaba muy suavemente el acelerador con su pie derecho y el motor comenzaba gruñir como si su barriga estuviera siendo masajeada”.[1]

Los matatu representan una ventana a muchas de las facetas políticas y socio-económicas del África contemporánea en temas relativos al comercio regional, economía informal, transición a la democracia y a las economías de libre mercado, junto con temas de clase y respetabilidad, cultura popular, globalización y la migración rural-urbana. Son espacios que han servido como sitios públicos donde se intercambian noticias de todo tipo y donde se despliegan las tendencias estéticas y artísticas urbanas del momento.

Existe además una relación directa entre la cultura urbana de los jóvenes y la cultura del matatu. La situación económica de los 90 empujó a jóvenes que tenían licenciatura a conducir los matatu para sostener vida y estudios convirtiéndose en novios deseables para muchas mujeres en Nairobi.

Los matatu como espacios de convivencia fueron adoptando notas de la cultura urbana en lo que se refiere a la música en himnos contemporáneos como “Kenyan Girl, Kenyan Boy” de Necessary Noize, en donde se celebra a los matatu como lugar de encuentro entre jóvenes.

Según Ephantus Karikui, coordinador de programas de SLUM-TV, actualmente los matatu tocan playlists específicos dependiendo de su ruta. Por ejemplo, en la ruta de Eastlands-Ghetto la música predilecta es el reggae y la música local, mientras otras rutas prefieren los temas de hip hop, y también dependiendo del horario (mañana o tarde) se sintonizan programas de radio que gozan de fama siendo las estaciones predilectas kiss fm , classic 105 y ghetto radio (se puede escuchar gratuitamente en una de las 3 radios del reproductor que alberga Wiriko en su página principal). Algunos matatu cuentan con wifi y pantallas para videos musicales, otros cuentan con canales de pago para programación internacional, en su mayoría para canales deportivos. En lo que respecta a las artes visuales, se ha desarrollado un grupo importante de artistas que se dedican a su decoración por medio del grafiti.

El documental producido por CCTV AFRICA: “Matatu my life, my art” pone a dialogar a nivel narrativo a un conductor de matatu y al artista visual Dennis Muraguri, quienes presentan su perspectiva sobre estos íconos de Nairobi.

Justamente el trabajo más reciente de Dennis Muraguri [2], titulado Matatu Games, de 2014, forma parte de un proyecto centrado en la cultura urbana del matatu en Nairobi. La primera parte de la exhibición consistió en un proyecto de arte público realizado en las calles de la capital con el objetivo de presentar el “arte callejero” como una forma de arte significativo. Muraguri se centró en los conductores y sus ayudantes conocidos como manamba para mostrar las audaces maniobras por las que son famosas estas figuras.

Acerca de esto Dennis explica lo siguiente: “Actualmente estoy trabajando en un conjunto de obras inspiradas en los matatu. Pues aparte de ser el medio más común de transporte, son vistos como iconos visuales y tanto su presencia constante como su modo de operar resulta intrigante. Como artista, este es un terreno fértil de material y entretenimiento a la vez que es un reflejo de la sociedad (keniana) en muchas formas”.

Con todo ello se perciben preocupaciones reales relacionadas con el mundo del matatu, entre ellas el número de muertes por accidentes de tránsito que involucran a estos. En 2007 Kenia tenía el lugar número 5 en accidentes de tránsito en África subsahariana; fenómeno no atribuible exclusivamente a los conductores sino a una multiplicidad de factores entre los que se encuentran los factores humanos (autos privados, motocicletas o boda boda junto con los pasajeros de los matatu), los del equipamiento del vehículo así como factores ambientales (Raynor y Mirzoev 2014).

Ante ello diversas campañas han sido tomadas por los medios de comunicación y las plataformas en línea en las que se promueve el uso del cinturón de seguridad entre los pasajeros y en general desarrollando la responsabilidad colectiva hacia la seguridad vial. Zusha¡ es un ejemplo en donde se usa la animación como medio de prevención de este tipo de accidentes.

[1] Ngugi wa Thiong´o. Devil on the cross. 1982. Heinemman Educational Publishers (African Writers Series).Oxford. Pp. 31 y 32.

[2] Los medios con los que trabaja el artista Dennis Muraguri (1980- ) son la escultura, la pintura, la instalación y la mezcla de ellos en combinaciones que atraviesan las fronteras tradicionales. Asistió al Buru Buru Institute of Fine Arts de Nairobi entre 2000 y 2003 obteniendo en la grado en Pintura e Historia del Arte.

Festival XEEX: luchar contra la contaminación a través del color

Cartel del festival, diseñado por el artista

Cartel del festival, diseñado por el artista Iker Muro.

El fin de año se aproxima, y con él, uno de los meses de mayor festividad y actividad cultural en Senegal. Entre noviembre y enero, decenas de festivales inundan las calles del país de la teranga (la hospitalidad característica senegalesa) como el Festival de cine documental de Saint-Louis, el Festival nacional de artes y culturas en Kaolack, el Festival XEEX en Dakar, el Festival Nioro du Rip en Kaolack, el Festival de folklore y percusión de Louga, el itinerante Africa Fête y otros tantos en la región de Casamance.

Entre el 11 y el 13 de diciembre, coincidiendo con la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, que se celebró en París entre el 30 de noviembre y el 11 de diciembre, la asociación XEEX presentaba la quinta edición de su Festival XEEX, que en wolof (la lengua nacional de Senegal, hablada por más de un 80% de la población) significa combatir, “un combate pacífico – explica su fundador, Nicolás de la Carrera, actor cultural español con más de 20 años de experiencia en Senegal – cuyo arma fundamental es el arte, en todas sus manifestaciones posibles”. Se trata de seguir ampliando el proyecto AFRICA ♥ COLOR , iniciado en 2011 por el festival, un evento vivo, dinámico y en constante expansión. Durante tres días, artistas muralistas y grafiteros decoran de manera altruista, las fachadas de algunos edificios de la Medina, cedidos alegremente por sus vecinos. Entre los colores de las obras de artes regaladas por sus artistas figuran mensajes de concienciación contra la contaminación, invitando también al cuidado de nuestras calles.

Tres Cabezas.

Artwork: Tres Cabezas. Foto: Estrella Sendra

El espacio en que se desarrolla este festival es el emblemático barrio de la Medina, del cual proceden alguno de los miembros fundadores del proyecto. Desde la costa de pescadores Soumbedioune, la medina, según nos cuenta de la Carrera, “es un barrio histórico muy singular, donde se han forjado muchos movimientos culturales e intelectuales, cuna de artistas de la talla de Youssou Ndour, rey del mbalax, ritmo senegalés por excelencia conocido a nivel mundial, con una base de percusión continuada; pero, la mismo tiempo, es también uno de los más desfavorecidos de la capital”. Añade que “la degradación ambiental es muy latente: erosión costera, suciedad, polución y falta de infraestructuras para combatirlo”. Tal vez sean estas las condiciones que hayan hecho que la medina se conozca más en los libros que en la calle. Más allá de la turística Village des arts, con su mercado artesanal, en pocas ocasiones se ven turistas transitando las calles. Así, con la pintura de distintos murales en el barrio Damels, la medina se convierte en una especie de museo de arte urbano al aire libre, invitando al turismo cultural de viajeros y artistas, con el fin de “crear un Sindicato de Iniciativas turísticas que generen empleo y organicen la visita al lugar”, explica de la Carrera.

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Fue justo este objetivo el que se experimentó hace una semana. A diferencia de otros festivales, aunque fuera éste el último día, no era una clausura. El arte perdura, y prueba de ello fue la visita guiada (un animado paseo) a los distintos murales que se han ido haciendo desde los inicios del proyecto en 2008. Sus coordinadores, Aïcha Touré y Mame Cheikh, acompañado por el director del Agregado Cultural de la Embajada española en Dakar, Ignacio Garrido, así como distintos miembros de Cultura Dakar, principal colaborador del festival junto con la compañía aérea Binter y otros curiosos y amantes del arte, se dieron cita en Soumbedioune, para visitar cada una de las obras. Entre las pirogues, barcas de pescadores, se congregaban los amigos del festival, mientras los pescadores agradecían a los artistas el trabajo: “De verdad, no sabéis la alegría que nos va a dar salir a pescar, mirar hacia acá y ver todos estos colores. Es muy bonito, muchísimas gracias”.

Otros se quejaban porque habían escogido ese lado de Soumbedioune y no el de ellos y no podrían gozar de las vistas. Los artistas invitados este año han sido los españoles H101 y Sabotaje al Montaje, el francés 3 TT MAN , y los senegaleses Black Xu, Aisatou Touré ‘Missygraphiksto’, Haby Diallo (Créas I Am), Adjara Kane y Deep. Son 3 TT MAN y Black Xu los que crean el mural emblemático de Soumbedioune, con el mensaje Geej du mbalit. Ñen ko samb ñun ñep xeex, que en wolof quiere decir El mar no es una basura. Tenenos que cuidarlo. Combatir. En efecto, si bien la ciudad de Dakar está rodeada de rocosas costas de acantilados y atardeceres de cine, entre buganvillas y restaurantes de pescado fresco, y animadas playas de adolescentes, hay un enorme problema de suciedad, con basura tanto en el mar como en la tierra. “El concepto de reciclaje es muy lejano”, nos dice Aisatou Touré, diseñadora gráfica, directora de su estudio ‘Missygraphiksto’, coordinadora del Festival XEEX en Dakar. “Además, es el propio sistema socioeconómico que hace que la gente tire la basura indiscriminadamente, así que hay muchos artistas que trabajan con materiales desechados reciclando, reutilizando y reinventando objetos por la creación de arte”. Cual marea, el mensaje de Soumbediune se extiende hacia todo el barrio de la medina, con el mimo de sus calles a través del color.

Artwork: Adjara Kane Leye, Mous Leye

Artwork: Adjara Kane Leye, Mous Leye

“Es un combate en el sentido positivo, una lucha contra el catastrofismo actual y el cuidado del medio ambiente”, afirma Touré. Como lo indica su lema, se trata de proteger la calle, pero también “hacer revivir a los muros”. Los murales se caracterizan por su diversidad. Da la sensación en efecto de estar en un museo. El paseo tiene un toque simpático. Resulta que en la visita guiada al museo, dedicada a los colaboradores y amigos del proyecto, nos colamos, sin quererlo ni saberlo, en los campos de fútbol de los niños de la medina, un barrio animadísimo, lleno también de cabras. Uno de los murales es un león con torso humano. Uno de los niños se levanta la camiseta cual futbolista tras marcar un gol y nos dice que “ése es el”; a lo que otro aún más pequeño dice que “no, que es él”. Muchos niños se apuntan a posar para las fotos, pero cuando pasan más de diez segundos ya nos hacen ver que estamos estorbando en su partida de fútbol. Otros murales están dedicados al líder del mouridismo, Cheikh Amadou Bamba. Y, este año, destaca precisamente el mural con indumentario mouride de tres gatos. Su artista, Mousleye, nos cuenta que es porque hay muchos gatos callejeros en Dakar, y muchas veces no se les trata bien. La respuesta de la gente, porque resulta difícil hablar de público en este tipo de festival tan apelativo, ha sido, según nos cuenta Aisatou Touré, “muy optimista”. Y añade: “cuando ven a los artistas pintar en los muros de las casas se ponen muy contentos y van a darles las gracias. Porque es un festival que puede favorecer el turismo local, con la Village des arts, pero también porque es un barrio con la particularidad añadida de que tiene muchísimos árboles y además a los vecinos les encanta sentirse implicados en las actividades que hace este festival”.

Artwork: Mous Leye

Artwork: Mous Leye

La visita terminó en la galería de Haby Diallo, Creas I Am, en la calle 19 de la medina. Haby Diallo es una joven artista que trabaja con botellas de plástico. Las reutiliza dando lugar a distintas obras de artes decorativas y de inmobiliario; y organiza talleres con niños para concienciarlos por el cuidado del medio ambiente. “Nada se pierde, todo se transforma”, una iniciativa que podrían  seguir todos para cuidar el medio ambiente, como nos contaba Aisatou Touré.

Un proyecto fruto de la pasión: “es el corazón el que nos hace avanzar”, contaba Aisatou Touré, al explicar cómo a pesar de la falta de medios, este proyecto ha seguido adelante gracias a la implicación de sus artistas y colaboradores.

Arte que rompe fronteras (mentales) entre ricos y pobres

Koch Festival, una semana de arte urbano se apodera del espacio público
y democratiza uno de los barrios más pobres de Nairobi

Korogocho es un asentamiento informal keniano, un barrio chabolista de más de cuarenta años que está en el punto de mira de urbanistas e instituciones dedicadas a la protección de los derechos de los ciudadanos más pobres. Situado a unos diez kilómetros del centro de Nairobi, habitan en él unas 60.000 personas. Su historia es, como tantas otras, un relato sobre residentes pobres que han sido desalojados forzosamente de otros slums de la ciudad y se han acabado hacinando en un barrio que nació de personas que reciclaban basura del vertedero de Dandora, uno de los más grandes de todo el mundo.

A pesar de que sus residentes son dependientes en su mayoría de la economía sumergida, con rentas muy bajas e inseguridad en sus calles, sus habitantes celebran cada año una semana que fomenta su capacidad para cambiar el barrio y transformarlo de forma positiva: el Koch Festival. La idea principal es conectar la calle con la vida de sus vecinos y acercar los vecinos ricos de la ciudad a la vida de los vecinos más pobres, para sensibilizarlos y generar dinámicas de participación mútua. Durante una semana, las calles experimentan una mayor democracia y el espacio público se convierte en plataforma para el desarrollo social y económico de sus vecinos. Con todo, el Koch Festival es un actividad que promueve el método Placemaking.

Organizado por Hoperaisers (traducible como ‘movilizadores de esperanza‘), un colectivo de skaters muy conocidos en Nairobi, la actual edición movilizó a centenares de jóvenes de Korogocho y de otros barrios de la capital para que del 10 al 16 de Agosto se involucraran en distintas actividades en la calle. ¿Los objetivos?

  • Construir la identidad del barrio.
  • Revitalizar la comunidad.
  • Empoderar a la juventud a través del arte.
  • Generar un sentido de pertenencia común para Korogocho a partir de la participación de cada individuo en actividades artísticas.
  • Y romper fronteras, sobre todo, mentales, entre barrios ricos y pobres.
'Los niños son el FUTURO', uno de los grafitis del Koch Festival 2015. Imagen de OLET, @visualxolet en Instagram.

‘Los niños son el FUTURO’, uno de los grafitis del Koch Festival 2015. Imagen de OLET, @visualxolet en Instagram.

Una de las actividades más visibles se organizó alrededor de murales en paredes parlantes o ‘Talking Wall Mural’, que reunió a unos veinte grafiteros de la ciudad para decorar las paredes de dos calles de Korogocho. “Seis grafiteros profesionales, junto a varios artistas que se han formado en Pawa254 y otros muchachos de Korogocho con los que hacemos talleres de arte urbano cada tres meses, estuvimos pintando de arriba a abajo las dos calles principales del barrio”, nos cuenta Kerosh, grafitero cuyo estudio se encuentra en Pawa254 y que forma parte del colectivo Hoperaisers desde 2012.

Con el apoyo de Baco Paints, y en colaboración con Spray for Change (o Spray para la Tranformación), el Koch Festival ha podido pintar por sexto año consecutivo las calles del barrio. “Este año el festival ha tenido la participación de la oenegé Arquitectos Sin Fronteras y de Pawa254 para algunos de los talleres. Pero el tiempo que los artistas han dedicado de forma voluntaria a pintar Korogocho ha sido muy agradecido por la comunidad. Es un trabajo que no se puede remunerar pero que tiene muchísimo sentido para los residentes”, afirma Kerosh.

“No se trata del arte en sí sino de lo que se consigue a través del arte. Conseguir que artistas de los barrios altos de Nairobi pinten junto a jóvenes artistas de los barrios más pobres durante una semana, es conseguir algo que está muy por encima del arte. Es crear dinámicas de acercamiento social que trascienden las fronteras geográficas, psicológicas o artísticas. Se desmontan un montón de estereotipos y prejuicios hacia ambos lados. Se plantan semillas para mejorar la vida en la ciudad en su global”.

Pero no solo el grafiti se apoderó de Korogocho para transformar sus calles y su espacio público en pro de mejorar las vidas de sus residentes.  Debates sobre cómo generar dinero a partir del arte o como recaudar derechos de autor, sesiones de hip hop y recitales de palabra hablada o diferentes actividades deportivas en las calles, amenizaron una semana de sus habitantes.

Otra de las actividades destacadas fue una simbólica caminata junto a los residentes del barrio de clase media-alta de Kilimani hasta el barrio humilde de Korogocho bajo el rótulo de ‘Different Communities, One People’ (o Distintas Comunidades, Un Pueblo). “Que trescientas personas de barrios ricos como Kilimani anden catorce kilómetros para encontrarse con los residentes de un barrio pobre como Korogocho, es un éxito de por sí. Las conversaciones que se crearon entre los diferentes viandantes y el intercambio de opiniones entre mujeres, por ejemplo, de mediana edad y clase alta, con chicas jóvenes de bajos ingresos, fueron muy interesantes. En realidad, tanto unos como otros se dieron cuenta de que tienen más en común de lo que creen”, nos cuenta Kerosh evaluando el impacto positivo de las actividades del festival para la vida en Nairobi.

En el teatro Mageuzi, dentro de Pawa254, la oenegé sueca Arquitectos Sin Fronteras contribuyó en un debate sobre el espacio público y la democracia, centrándose en cómo los urbanistas y arquitectos pueden colaborar con los trabajadores culturales con el fin de crear espacios públicos seguros, vibrantes y democráticos. Bajo el rótulo de “arte, espacio público y democracia”, un grupo de urbanistas, trabajadores culturales, artistas, arquitectos y empresarios sociales compartieron sus experiencias para debatir sobre el espacio público. En un foro que pretendía unir el máximo de voces posibles para discutir alrededor de la idea del arte y las expresiones culturales como transformadoras del espacio público, la planificación urbana y la cultura se convirtieron en el eje de debate. La conclusión fue unánime: las artes y actividades culturales pueden contribuir a crear mejores espacios para la convivencia en las ciudades.

Afran: raíces en lata

Aula Wiriko

 

 

 

Curso Introducción a las expresiones artísticas y culturales del África al sur del Sahara

Por: Jordi Torrents

Afran en pleno proceso creativo. Foto: Giovanna Macri

Afran en pleno proceso creativo. Foto: Giovanna Macri

Atanga es el nombre una fruta con un sabor especialmente amargo, pero también el de una joven revista que nació, en Guinea Ecuatorial, hace apenas cuatro años con vocación de ser portavoz del dinamismo cultural del país, prestando una especial atención a expresiones emergentes en la pequeña excolonia española. Cine, danza, arte callejero y otras artes visuales, música hip-hop, fotografía o un incipiente teatro sacan la cabeza en un mundillo cada vez más plagado de artistas plurales y sin complejos. Es cierto que durante el largo invierno del colonialismo en África surgieron (o reemergieron, ya que muchos ya existían siglos atrás) grandes centros urbanos que representaron el encuentro de diferentes grupos étnicos y el nacimiento de una nueva cultura popular con la mezcolanza entre tradición e influencia europea. Pero la minúscula Guinea (con apenas un millón de habitantes y sólo dos “grandes” ciudades como Malabo, en la isla de Bioko, y Bata, en la zona continental) no tuvo la explosión vivida en áreas más bulliciosas como Nigeria o Zimbabue. A pesar de ello ahora la está teniendo, a otro ritmo, con un encaje que bebe de la tradición y que el poeta Justo Bolekia (en su libro Ombligos y raíces) describe como un proceso de doble enculturación y hasta como una “quiebra cultural”. Es complejo establecer los límites (en cualquier parte del mundo) entre aquello que podemos considerar cultura propia y elementos foráneos que se mezclan con ella. La globalización es un término demasiado gandul para ello y ya se supera aquellos cruces de caminos donde viajeros, comerciantes y predicadores (hoy deberíamos añadir la televisión e internet) han ido configurando una cultura híbrida. Bolekia habla de repliegue, de retorno a los ancestros, pero lo cierto que en Guinea (especialmente en Malabo, menos dominada por la la etnia fang, la mayoritaria) emerge una mezcla de culturas que empieza por la coexistencia de las distintas etnias (fang, bubi, ndôwe, fernandinos, anobonenses…) y por el contacto con estilos y estéticas que aterrizan de otros continentes o llegan a través de su enraizamiento en gigantescos vecinos como Nigeria o Camerún.

La profesora y estudiosa de la literatura oral y la interculturalidad africana, Clémentine Madiya Faïk-Nzuji, define la evolución cultural como la elección de unos elementos que hay que dar a conocer para crear memoria histórica y que “se pueden transformar y adaptar a las circunstancias de la vida actual, respetando los principios primordiales de los mismos”. ¿Qué mejor explicación para encontrar ese punto de equilibrio entre respeto a la tradición y la modernidad? La revista Atanga ha ejercido el papel de modesta abanderada de esa evolución cultural, retratando diversas expresiones urbanas en el país, que en los últimos años suma ya seis ediciones de un festival internacional de hip hop (con nombres como Meko, Negro Bey o la visita del “español” J Mayúscula, apodo de Jesús Bibang y antiguo miembro del Club de los Poetas Violentos); un festival de cine africano; exposiciones como la del fabuloso fotógrafo Aturo Bibang, o el cómic revolucionario y abanderado del arte híbrido de Jamón y Queso, alias de Ramón Esono Ebalé.

Afran trabajando en Bata.  Foto: Giovanna Macri

Afran trabajando en Bata. Foto: Giovanna Macri

La firma del artista ecuatoguineano está presente en los muros de la ciudad. Foto: Jordi Torrents

La firma del artista ecuatoguineano está presente en los muros de la ciudad. Foto: Jordi Torrents

Destaca, de forma especial, la relevancia pública de un artista como Afran (nombre artístico de Francisco Abiamba Mangue), que utiliza esa reflexión para poner sobre la mesa el debate sobre las artes plásticas en Guinea Ecuatorial. Su firma se puede observar en algunos preciosos grafitis, retablos casi, que adornan algunas paredes de Bata y Malabo. Sus dibujos son verdaderos retratos vitales, sociología de pared que detalla con respeto y maestría elementos del día a día guineano. Afran, que ha vivido en diferentes partes del mundo como Camerún e Italia, aglutina esa doble visión, ese punto de encuentro entre culturas. En Camerún incluso fundó una asociación artística que se dedicaba a decorar muros urbanos. Se ha movido por el mundo del dibujo, la pintura, la música o la fotografía, un verdadero hombre del Renacimiento con unas raíces guineoecuatorianas que se reflejan en las miradas de los protagonistas que, desde los muros, observan el trajín diario de las ciudades. Un claro ejemplo de encrucijada cultural en Afran se plasmó en un gran mural que preside el Centro Cultural Español de Bata, un retrato de figuras africanas realizado con…¡latas de aluminio recogidas en la calle! Una de las evidencias del “progreso” en el país fue la invasión de latas, especialmente de los grandes conquistadores modernos como Coca-Cola o cervezas como Estrella Damm y San Miguel. El mural AbaaMëlan es, para Afran, “una visión idealista de una cultura perennizada a pesar de tantos asaltos de la globalización”. Eso sí, defiende la necesidad de adaptarse al mundo contemporáneo, preservando la esencia; así, este trabajo cuenta con un punto entre la reflexión y la provocación, ya que usa latas de aluminio de marcas globales para regalar un retrato de imágenes tradicionales.

 

La firma y el arte de Afran van tomando las calles de las dos ciudades, los muros grises que tejen urbes en un país de selva. Su arte conforma fragmentos de cultura que puede ser efímera si una pared es derruida, una cultura de ancestros y de visitantes y, como expresa Bolekia, a partir de una memoria basada en la confusión, con raíces que quizá se rompen y con tímidos abrazos a una opresora cultural. Acerca de Abaa-Mëlan (Casa de la Palabra, en fang, el lugar donde se reúnen los sabios para hablar, y que suele encontrarse entre un grupo de casas o a la entrada de un poblado) Afran detalla que, frente a los cambios del entorno, una de las grandes preocupaciones debería ser la de readaptar la cultura a las nuevas formas para, precisamente, “preservar su esencia”. Es por eso que el material usado, latas, no deja de ser “la principal basura de nuestras ciudades”, pero a la vez, se trata de un material resistente, capaz de perpetuar una obra.