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Salym Fayad: “En Colombia se están creando espacios para la reconciliación a través del arte”

Cine Tonala, Bogota.

Wiriko este año ha contribuido a promocionar la II Muestra Itinerante de Cine Africano de Colombia (MUICA) como medio oficial. Un encuentro bianual que se hace cada vez más importante en el país y que cuenta con un elenco de profesionales concienciados en que a través del arte y la cultura se pueden abrir brechas a partir de las cuales mostrar otras realidades y formas de compartir experiencias de éxito en esta tarea de crear un mundo más justo. Uno de los cofundadores de la MUICA es Salym Fayad, fotógrafo, realizador y periodista independiente colombiano que desde 2008 vive en Johannesburgo trabajando temas tan diversos como la promoción musical, el intercambio cultural o reportajes que cubren desde la cultura pop hasta lo más tradicional, e incluso los derechos humanos. La idea del MUICA surgió de hecho en Sudáfrica en 2014 gracias al trabajo con Marcela Asensio y Ángela Ramírez realizadoras cinematográficas, también colombianas con las que crearon la fundación Otro Sur. En 2015 se celebraría en Colombia la I MUICA. Y hace algunas semanas finalizaba esta segunda entrega de un evento fundamental.

Salym, este puente entre Sudáfrica y Colombia ¿a qué se debe? ¿Hay similitudes entre estos dos países?

Hay muchas. Primero desde el lado humano: calidez, sociedades abiertas, orientan a los extraños, ayudan al recién llegado. Es algo que he percibido en mis viajes tanto en América Latina como en África. Por otro lado, hay similitudes de tipo histórico y social. Algunas naciones en África vienen de pasados o presentes traumáticos como el que vivimos en Colombia en el que hemos pasado 52 años en guerra y, hasta ahora, estamos intentando salir o, mejor dicho, iniciar un nuevo ciclo histórico, social y político. Hay naciones africanas que están pasando por el mismo proceso como por ejemplo Sudáfrica que también salió de un proceso traumático después de pasar 50 años de apartheid. Y aunque han pasado más de 20 años hay enormes similitudes y enormes cicatrices en este país que también se relacionan con Colombia y que se reflejan en temas como la desigualdad, la criminalidad e incluso la corrupción. Desde luego el tema racial también es otra similitud.

Salym Fayad presentando una proyeccioón de la MUICA en el Cine Tonala, en Bogota.Foto: Carlos Santos.

Cuando explicas en el contexto de Johannesburgo que eres colombiano ¿qué imagen tienen de tu país?

Por lo general ninguna. Al igual que si en Colombia hablo de Guinea Bissau o Togo. Mucha gente cree que Colombia queda en América del Norte, muchos la confunden con Cuba, incluso. Y cuando se tienen referencias los clichés apuntan hacia Shakira o Pablo Escobar. De hecho, la serie de Netflix ha contribuido a popularizar un imaginario sobre mi país un poco glamurizado o romantizado de uno de los períodos más nefastos de nuestra historia reciente. Una etapa de la que todavía no nos hemos recuperado o digerido como sociedad. Brasil, por ejemplo, tiene una conexión más fuerte con los países africanos a nivel comercial y diplomático.

Y de forma inversa, ¿cuál es la imagen que llega a Colombia de África y de Sudáfrica en particular?

Pues llegan los mismo estereotipos de siempre que se acentúan por la falta de información. Salvo la ocasional nota sobre Boko Haram, el espacio que los medios colombianos dedican a África es mínimo y la información que llega desde el terreno es prácticamente nula y la voz de los autores, reporteros o artistas africanos es inexistente. En Colombia ha surgido en los últimos años una tendencia a reivindicar nuestras raíces africanas. Es una reivindicación necesaria, pero que llega tarde, aunque afortunadamente ya está sobre la mesa. Y lo hace en el marco del decenio de la afrodescendencia declarado por Naciones Unidas y en el contexto de los acuerdos de paz y de post conflicto por los que atraviesa el país. En estos, se hace énfasis en el reconocimiento a las víctimas del conflicto armado, miles de las cuales son afrodescendientes. Y esta reivindicación se refleja en la producción musical o cinematográfica del país. Sin embargo, desde mi modo de ver, muchas veces estos acercamientos tienden a romantizar ciertos imaginarios sobre África como origen que, aunque sean positivos, también son estereotipos con frecuencia simplistas con los que se hace poco esfuerzo por reconocer realmente sus complejidades y sus múltiples dimensiones.

Sobre Sudáfrica llega información, pero también está estereotipada: Mandela, el post conflicto, la comisión de la verdad y la reconciliación, en resumen: sobre la sanación social en general. Estas visiones tienden a obviar las complejidades de las realidades sudafricanas, donde la idea de “la nación del arcoíris” es un mito, donde la desigualdad es enorme, y donde las tensiones raciales son evidentes. Ahora, el caso sudafricano es un referente muy valioso que aporta mucho a la discusión en Colombia sobre cómo asumir el postconflicto como nación. Pero creo que no se problematiza lo suficiente.

Por otra parte, personalidades sudafricanas implicadas en el proceso de reconciliación han visitado Colombia para hablar de la experiencia de su país, pero han sido en su mayoría blancos y no negros que fueron las víctimas reales durante el apartheid y quienes están en una posición más clara para hablar/nos de perdón. Entre estas personalidades se encuentran el último presidente de la era del apartheid, Frederik de Klerk que compartió el Nobel de la paz junto a Nelson Mandela. Una figura que en su país está muy lejos de ser percibido como un pacificador.

Cinemateca La Tertulia-proyeccion de la 1a version de la MUICA en Cali.

Colombia atraviesa un momento político y social crucial tras el referéndum para la paz. ¿Cuál es el contexto en el que se celebró la MUICA?

Como he mencionado, Colombia estuvo inmersa en un conflicto armado durante 52 años y después de 4 años de negociaciones en la Habana (Cuba) –y después de varios intentos fallidos de varios gobiernos para llegar a algún acuerdo con las FARC, la principal guerrilla del país– a finales del año pasado se firmó un acuerdo. Este es un contexto que a nivel social tiene muchas implicaciones que se ponen sobre la mesa: el problema del narcotráfico que durante décadas ha financiado el conflicto armado y la violencia; el tema de los desplazados ya que desde hace muchos años mi país está entre los 3 primeros del mundo en términos de desplazados internos, actualmente unos 6 millones de desplazados por la violencia; el papel de las tierras; el papel de las víctimas; los asesinatos a líderes indígenas que en este año van más de 40… Habiendo dicho esto, hay una oposición, un sector que se opone a los acuerdos y que ha dividido mucho a la sociedad.

La MUICA se celebró en un contexto de mucha esperanza y donde hay también mucho movimiento desde la sociedad civil. La población está haciendo muchos esfuerzos por crear espacios de diálogos para que las víctimas se expresen y para esto se está utilizando mucho el arte:3 las canciones, la tradicional oral, pero por supuesto también el cine. El momento ha generado una corriente cultural que busca formar parte en todo este proceso de reconciliación y sanación en Colombia.

¿Entonces la MUICA intenta contribuir a este nuevo espacio de diálogo en el país con la muestra de cines africanos?

Creemos que hay un vacío cultural muy grande en cuanto a las relaciones culturales y a los conocimientos con África y sus expresiones culturales. Creemos que a través del cine podemos tener acceso a esa multiplicidad de realidades africanas que en muchos casos desconocemos en Colombia, pero que a la vez son narradas por los artistas africanos y no desde una mirada occidental. No se trata solo de conocer las dimensiones sociales y culturales sobre África, sino de conocer cuáles son los métodos o las formas narrativas que utilizan esas voces para contar su propia realidad. Pero la razón de ser de la MUICA no es solamente concentrarnos a nivel racial como decía antes, sino porque los países del llamado Sur Global compartimos muchísimas cosas a nivel social. Además, nuestro interés también es artístico porque consideramos que a través de estas narrativas podemos ampliar nuestros horizontes sobre África.

La comunidad afro en Colombia ronda los 4 millones de personas según el último censo de 2005. 12 años después ¿esa población se mantiene? ¿Ha aumentado?

A pesar de que esas son las cifras oficiales más recientes, de hace más de 10 años, hoy en día se calcula que aproximadamente la cuarta parte de la población colombiana es afrodescendiente. Su presencia se ha visibilizado en muchos casos por las razones equivocadas, como por ejemplo las altísimas cifras de desplazados por el conflicto que provienen de estas zonas. Este 25 por ciento, sin embargo, que equivaldría a unos 10 millones de personas, no se traduce en términos de representación política ni de distribución económica. Gran parte de la población afro se concentra en el departamento del Chocó, en la costa Pacífica, que es además una de las regiones más pobres y menos desarrolladas del país, y además una de las más perjudicadas por la violencia.

Proyección en el distrito de Siloe, Cali. Foto Salym Fayad.

Y eso de itinerante… ¿tiene algo que ver con la dispersión de la comunidad afro en el país?

En parte sí, pero no solo eso; sino también con desplazar el centro de poder y de la oferta cultural en el país. Es decir, de Bogotá, la capital. La MUICA se realiza también en Cali y Cartagena, dos de las ciudades que cuentan con una alta concentración de población afrodescendiente. También hemos llegado a la isla de Providencia en el Caribe. Las ciudades tienen también una rica oferta cultural, pero que en muchos casos en el país está regionalizada. Es normal que ciertos productos culturales se consuman más que otros en diferentes regiones, pero creemos que la programación de la MUICA le habla, o le puede hablar, a toda Colombia. Tanto por la propuesta estética de algunas de las cintas como por su contenido. Hemos programado películas que abordan temas que son de gran relevancia en el contexto del postconflicto en Colombia. Algo Necesario, de Judy Kibinge y Materia Gris, de Kivu Ruhorahoza, que reflexionan sobre cómo gestionar el trauma tanto a nivel individual como a nivel social en un ambiente que ha sido marcado por la violencia. También Mandela, el mito y yo, de Khalo Matabane, hace un retrato tan personal como crítico sobre el legado del icono de la reconciliación en Sudáfrica.

Pero las itinerancias de la MUICA no solo llegan a las principales salas en centros urbanos. También hemos hecho proyecciones en colegios, en barrios periféricos –algunos de ellos con mayoría de población afrodescendiente–, en parques, plazas, bibliotecas y espacios públicos. La intención ha sido un año más, la de diseminar este contenido cultural hasta donde sea posible, y que todo tipo de público se pueda relacionar con éste porque lo encuentra entretenido, porque se puede relacionar con su contexto inmediato, por su origen histórico, o por el contexto general de la realidad nacional.

Cinemateca La Tertulia-proyeccion-apertura de la 1a version de la MUICA en Cali. Foto: Salym Fayad.

¿Nos puedes contar cuál ha sido el recibimiento en las ciudades que han acogido la muestra?

El recibimiento ha sido muy positivo. La primera MUICA en 2015 nos permitió ver el interés –o curiosidad– del público por este tipo de contenido, que en Colombia nunca había sido exhibido en esta escala. Eso nos animó a ampliar el catálogo (este año hemos proyectado 20 títulos) y nuestro alcance. Hemos recibido una gran cantidad de invitaciones para replicar la muestra en otras ciudades, como Medellín, la segunda ciudad más grande del país, pero también a otras como Valledupar, Manizales o Ibagué. También en ciudades como Buenaventura o Quibdó en la región del Pacífico, urbes de mayoría afrodescendiente, en las que además hay muy poca exposición al cine que no sea de consumo masivo, y que tienen sus propios desafíos en términos logísticos, de infraestructura, de difusión y de creación de públicos.

Habéis contado con el camerunés Jean Pierre Bekolo en Bogotá. Cuéntanos cómo fue, ¿cuáles han sido las impresiones del director?

Jean Pierre Bekolo es quizás el realizador camerunés más destacado actualmente, no solo por los premios que ha recibido en el pasado en festivales como FESPACO y Cannes y por los cargos que ha ocupado en organizaciones como la World Cinema Alliance y Guild of African Filmmakers, sino porque su lenguaje cinematográfico es atrevido, experimenta con elementos narrativos poco convencionales y sus películas con frecuencia reflexionan sobre el quehacer cinematográfico a la vez que hacen un comentario social o político. En la MUICA programamos dos de sus títulos: Las Sangrientas (Les Saignantes) El Presidente (Le président); la primera es considerada la primera película de ciencia ficción del continente y la segunda es un falso documental que hace referencia al presidente de Camerún y que fue censurada en el país.

Tenerlo como invitado abrió una ventana para el intercambio cultural que estamos buscando. Para muchos de los asistentes a sus películas, como lo expresaron durante sus charlas y sesiones de preguntas después de las proyecciones, el único referente que tenían de Camerún es que su equipo de fútbol eliminó a Colombia del mundial de Italia en 1990. Y ahora tenían en frente a un artista de vanguardia hablando de afro-futurismo, poscolonialismo cultural, de las dinámicas de la representación en el cine de y fuera de África. Bekolo sostiene que se pueden plantear soluciones o transformaciones a nivel social desde el cine, que puede ser una herramienta para sanar nuestros traumas pasados, la violencia del colonialismo o de la desigualdad, que es un espacio de reflexión que incluso desde la ficción puede contribuir a la reconstrucción social. Esto es muy relevante en el contexto colombiano y así lo percibió el público y los cineastas colombianos que asistieron a sus charlas. Para él, este intercambio también fue muy enriquecedor; estar expuesto al público y a los realizadores afrocolombianos, escuchar sus inquietudes sobre cómo narrar historias sobre sí mismos y cómo se perciben en el panorama general del país. De hecho, expresó su interés en trabajar en un proyecto cinematográfico propio en la región del Pacífico colombiano.

JP Bekolo durante el MUICA, Bogotá, Colombia. Foto: Salym Fayad.

Tu experiencia de trabajo en África te ha permitido entrar en contacto con cineastas y trabajadores de la industria cinematográfica. ¿Cómo ves el sector después de que seamos conscientes de la cada vez más acuciante dinámica de nuevos festivales de cine en el continente?

Muchos de los cineastas y programadores con los que he conversado coinciden en que el sector se está fortaleciendo en el continente, tanto a nivel de producción como de exposición. Cada vez más se están desafiando las categorías de los géneros cinematográficos, y la tecnología misma está abriendo la oportunidad para que realizadores emergentes o independientes puedan producir piezas de gran calidad técnica sin depender de enormes presupuestos o equipos de producción. También hay festivales establecidos que son una plataforma fundamental para que los realizadores exhiban su trabajo en el continente: FESPACO (Burkina Faso), el festival de Durban (Sudáfrica), el de Zanzíbar (Tanzania), el de Cartago (Túnez), el del Luxor (Egipto), por nombrar algunos. Sin embargo, hay problemas de base que son conversación habitual entre los miembros del sector: existe una enorme escasez de salas de proyección en muchos países, y aún existe una gran dependencia de la financiación europea para la gestión de festivales de cine y para la realización cinematográfica en África. También para la difusión y distribución de las películas. Esta dependencia en muchos casos compromete la creatividad de los realizadores que, en ocasiones, deben moldear sus propuestas iniciales para satisfacer las exigencias de las organizaciones que financian sus proyectos. Esta dependencia a veces se traduce también en la cesión de los derechos de difusión y proyección a las organizaciones europeas, de manera que algunos realizadores pierden también el control sobre la difusión de sus propias obras.

¿Es verdad eso de que Sudáfrica es punto y aparte a nivel de cine?

Aunque la industria cinematográfica en Sudáfrica también se enfrenta a enormes desafíos, es cierto que el país tiene instituciones más fuertes para el apoyo a los proyectos culturales. Por esto mismo los realizadores tienen un poco más de independencia en la ejecución de sus proyectos. Sudáfrica tiene además su propia red de festivales internacionales que van desde los de Durban y Johannesburgo hasta el festival de documental Encounters, Tri-Continental y el Out in Africa Gay and Lesbian Film Festival, entre otros. Hay que tener en cuenta también que Sudáfrica está mejor equipada que otros países en términos técnicos, y que además la libertad de expresión en el país es más amplia que en otras naciones, lo que permite también a los realizadores abordar temas sociales y políticos con mayor libertad creativa.

¿Qué otras industrias/países recomiendas seguir de cerca?

La industria en Kenia se está fortaleciendo y hay realizadoras como las que hemos programado este año Judy Kibinge o Wanuri Kahiu (directora del corto de ciencia ficción Pumzi, 2009), así como el colectivo The Nest (Stories of Our Lives, 2014) que están haciendo desde la ficción un trabajo muy interesante sobre temas sociales, ambientales y de género, éste último desafiando las represivas leyes contra la comunidad LGBTI en el país. La producción cinematográfica en Burkina Faso tiene quizá menos alcance a nivel internacional, pero brilla por su calidad en cada edición del festival FESPACO, en la capital Uagadugú, la plataforma idónea para que los realizadores locales exhiban sus producciones ante el público y los programadores internacionales. También vale la pena prestar atención a las iniciativas que promueven las producciones en realidad virtual, que se están fortaleciendo con particular énfasis en Kenia.

El cineasta JP Bekolo en conversación con Salym Fayad durante el transcurso del Muica 2017.

¿Y algún director/a que esté posicionado para deslumbrarnos en las salas y festivales europeos?

El maliense Daouda Coulibaly. Wúlusu primer largometraje, es un thriller que aborda el tema del tráfico de cocaína en el Sahara como no lo habíamos visto antes, exponiendo las diferentes dimensiones y actores que participan en este comercio ilegal y que afecta a la seguridad, la política y las relaciones internacionales en toda la región; y que además tiene implicaciones a nivel global, incluyendo entre sus actores, desde luego, tanto a Colombia como a España.

 

África: banda sonora 2015 (IX)

En la tierra de las Mil Colinas se habla un lenguaje extraño. Un lenguaje que sirve para comunicar un pozo común  en el que se ha enterrado el terror y la locura. Es el lenguaje del silencio. Del dolor. De lo indecible. De las heridas aún abiertas de un genocidio que se llevó a 800.000 almas en tan solo 100 días. 21 años después, en Ruanda, sobrevuela un silencio ensordecedor acerca de las atrocidades cometidas mayormente por Hutus contra Tutsis. Pero también sobre el posgenocidio, mucho menos tratado, de Tutsis contra Hutus y venganzas que se llevaron a otros miles de personas por el camino. De un proceso de reconciliación nacional traumático y de un gobierno, – el de Paul Kagame-, que pretende perpetuarse en el tiempo como única alternativa a la estabilidad. El pasado de este pequeño país de apenas 12 millones de habitantes está envuelto en una afonía que cubre 10.000 km2 en la región de los Grandes Lagos. Sin embargo, algunos han encontrado refugio y consuelo en el universo de los sonidos. “La música puede ser una forma de expresar sentimientos que de otra forma no podrían comunicarse. Sentimientos que ni siquiera sabías que tenías y que se descubren en el proceso de creación y reproducción de la música“, cuenta Adrien Kazigira, superviviente del genocidio de Ruanda.

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Junto a Adrien, Stany Hitimana y Jeanvier Havugimana han encontrado en la música el poder de la sanación mental y nacional. Bajo el paraguas del grupo The Goos Ones (Los Buenos), el cuarteto ruandés utiliza la música como herramienta para expresar una identidad nacional que les ayuda a mantenerse unidos. “La música es siempre una manera de curar a la gente y mantenerla unida. El cuerpo no miente cuando se trata de bailar. Si una canción mueve a alguien emocionalmente, entonces eso habla por sí mismo. Somos hermanos, somos ruandeses, independientemente de lo que nuestros antepasados ​​puedn habernos llamado“.

La estabilidad de Ruanda tras dos décadas del genocidio, ha garantizado lo que se llama “el milagro económico africano” -por su increíble emergencia en medio de una región convulsa como ha sido históricamente la de los Grande Lagos-, se sustenta en un silencio sepulcral de aquellos que no quieren recordar, no quieren decir, solo quieren proyectar hacia el futuro. Adrien, Stany y Jeanvier quisieron romper el silencio. “Después de acarrear todos aquellos recuerdos dolorosos, queríamos crear un grupo de los “buenos“. Queríamos cantar y avanzar positivamente con nuestras vidas“, dice Adrien. Pensando también en una forma de generar ingresos además de sanar heridas y hacer terapia de grupo, The Good Ones empezaron a invertir en instrumentos para poder sacarse un sobresueldo fuera de sus actividades económicas cotidianas. “Dos de nosotros sobreviven principalmente de la agricultura“, reconoce Adrien sobre una actividad que emplea al 70% de la población ruandesa. “Mahoro es conductor y Janvier trabaja en la construcción“, explica el líder de la banda, criticando la falta de oportunidades para vivir de la música en el país. “Ni siquiera en la capital, Kigali, hay muchos clubes nocturnos, con lo que no es fácil vivir de este negocio“.

Cuando se les pregunta sobre las similitudes entre hacer música o cultivar la tierra, Adrien lo tiene claro: “La música alimenta a la gente, por eso creo que no es tan distinta de la comida que generan los campos. Pero al contrario de lo que ocurre con la comida, las grabaciones no son perecederas, así que pueden proporcionar alimento incluso después de la muerte del músico”, pronuncia.

Sin embargo, sus quehaceres en el campo tuvieron que posponerse cuando un joven cazatalentos aterrizó en Ruanda. Eso fue cuando conocieron al productor norteamericano Ian Brennan. En un viaje del músico a Ruanda, donde acompañaba a la madre de su esposa, ruandesa, de visita en el país tras el genocidio, Ian andaba en busca de sonidos genuinos que pudiera grabar y exportar. “En las semanas que estuvimos allí, busqué en todo el país bandas que tocaran música local, pero pareció que la mayoría de ellas tocaban sonidos muy diluidos por influencias occidentales. La mayoría eran copias baratas de artistas como Beyonce o Snoop Dogg, pero con letras en kinyarwanda. Pero cuando nos encontramos con The Good Ones, sentí a 50 metros de distancia, en la oscuridad, que había algo muy raro y de verdad en ellos. Era casi palplable“, nos cuenta el artista. “Eran músicos difíciles, pero con una sensibilidad subyacente enorme. Me fijé en Adrien, que emana la autoridad de un poeta o un sabio, tanto como lo es“, explica el norteamericano, que acabó grabandolos y ayudándolos a distribuir sus sonidos en Europa o Estados Unidos.

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En Rwanda Is My Home (Ruanda es mi hogar), un álbum con once cortes muy frescos que reúne tradición tutsi, hutu y twa, The Good Ones presentan a su primer álbum de estudio, después de la publicación de su anterior disco – Kigali Y’Izahabu-. “Nuestro primer álbum fue grabado en una sola noche, al aire libre. Con el segundo álbum, hemos sido capaces de pasar más tiempo en el estudio y con mejores micrófonos. Pero aún así hemos grabado todas las canciones en vivo, sin overdubs. Ian Brennan es un productor muy raro porque saber escuchar y nos ayuda a creer en nosotros mismos y sacar partido a nuestros puntos fuertes, que antes, ni siquiera sabíamos que existían“, explica Adrien.

Con Rwanda Is My Home, el cuarteto ruandés quiere hablar sobre el orgullo hacia su Ruanda, sobre las cosas positivas de este pequeño país africano. “Estamos orgullosos de nuestra patria. Una de nuestras nuevas canciones, Nyamwanga Kumva! (“Terco Hasta el Final”), fue compuesta por el hermano mayor de Janvier, Manassaé, el hombre que nos inspiró y nos enseñó a tocar los primeros acordes. Murió tristemente durante el genocidio más reciente (de tutsis contra hutus)”, explica emocionado Adrien mientras nos desgrana los ingredientes de su último álbum. “La última canción del disco – Dans L’oublie (“The World Is in Chaos)- es sobre el caos que crea la guerra y la sensación de que el mundo se acaba cuando uno ve ciertos horrores que la humanidad es capaz de llevar a cabo“. Y aunque sus canciones son crudas y cantan lo indecible, lo impronunciable, también dejan espacio para verdades universales como el amor. “Escribimos mucho acerca de las mujeres y el amor“, reconoce el ruandés.

Ahora, en plena presentación de Rwanda Is My Home, la banda ruandesa se dispone a pisar terreno europeo. “Se supone que debemos recorrer Alemania este invierno. Más allá de eso, no sabemos lo que nos depara el futuro, pero esperamos poder viajar mucho más algún día y tocar nuestra música en el extranjero, donde la gente está interesada en escuchar nuestro sonido“, pronuncia el líder de la banda lanzando un llamamiento a promotores y salas de conciertos internacionales.

Somos Nilóticos

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Nykor Paul, supermodelo de orígen sursudanés y directora de la campaña We Are Nilotic, para la pacificación de Sudán del Sur.

Una campaña de la supermodelo sursudanesa Nykhor Paul para pacificar Sudán del Sur, quiere terminar con las divisiones étnicas y fomentar la solidaridad en la nación.

Hoy es una súper modelo internacional que gana millones de dólares, pero la sursudanesa Nykhor Paul, de 25 años, no olvida sus orígenes. Huyó de su país a causa de la guerra cuando aún era una niña. Después de vivir en un campo de refugiados de Etiopía, a los nueve años fue adoptada por una pareja estadounidense. Dejar atrás a su familia no le fue fácil. Ahora, aprovechando el poder mediático que le ha granjeado su éxito, utiliza su imagen para denunciar la vulneración de los derechos humanos en su país natal, donde aún se encuentra toda su familia biológica. Reuniendo a modelos, músicos y famosos de Sudán del Sur, Nykhor lanzó el año pasado una campaña para sensibilizar tanto a la población del país como al resto del mundo: Somos nilóticos o We Are Nilotic. “Somos gente del Nilo. Los primeros pasos de la humanidad se dieron aquí”, aclara la modelo.

La independencia se convirtió en un sueño marchito en Sudán del Sur. Tras décadas de lucha, después de conseguir un Estado propio y un pequeño periodo de sosiego en 2011, casi dos años de guerra civil han llevado a su población a una de las peores crisis humanitarias del planeta. Desde que estallara el conflicto, en diciembre de 2013, han muerto miles de personas. La inseguridad alimentaria vapulea a 4,6 millones de sursudaneses —el 40% del país—. Y tanto la carencia de alimentos como la violencia han desplazado a 2,2 millones de personas, según la Organización Internacional para las Migraciones.

El pasado 26 de agosto, el presidente Salva Kiir firmaba un acuerdo de paz con el que se compromete a pacificar el país para los próximos 20 meses. Pero hace escasas semanas el periódico New Nation perdió a uno de sus periodistas, Peter Moi, asesinado a sangre fría después de que el presidente amenazara a todo aquel que se posicionara en contra del Gobierno de Juba. Sólo en 2015, siete periodistas han sido asesinados en el país por las mismas razones. “La falta de libertades afectará el proceso de paz porque los ciudadanos no se sienten seguros ni protegidos. En Sudán del Sur nadie puede expresarse sin temer que una bala atraviese su cráneo. [El presidente] Kiir intimida a su población y no tiene ninguna vergüenza de que la gente sepa que va a matarlos si expresan su disidencia. No se puede tener un ambiente de hostilidad y miedo y esperar que la paz nazca de las cenizas de las personas asesinadas”, reivindica con voz firme Paul.

nykhorSegún Paul, todos tenemos una responsabilidad en lo que está pasando en Sudán del Sur. “Nuestra campaña hace un llamamiento a reconocer que toda la humanidad surge de aquí y que por lo tanto, todos tenemos un ancestro común, una lengua común, costumbres e identidades anteriores a la formación de diferentes grupos nacionales. La humanidad surge del Nilo y no podemos permitir lo que está sucediendo en la región”, reivindica Nykhor, afincada en Estados Unidos.

(…)

Este artículo ha sido posible gracias a un acuerdo de colaboración entre Wiriko y Planeta Futuro (El País). Para seguir leyendo, pincha aquí

 

 

5 películas africanas para el verano

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* Artículo publicado en la edición digital de la Revista Pueblos.

Lo que comenzó en 2005 con una gala que pretendía reunir a la industria cinematográfica africana cada año, se ha convertido una década más tarde en una cita para los amantes del cine realizado en el continente y su diáspora. Se trata de los premios de la Academia de Cine de África (AMAA), institución orientada a la investigación, formación y difusión del séptimo arte. Tomando como referencia la selección del AMAA para 2015, éstas son las cinco películas que hemos seleccionado y que creemos que no puedes dejar de ver este verano.

Run – Costa de Marfil

En su primer largometraje de ficción, el director Philippe Lacôte retrata la historia sangrienta de Costa de Marfil a través del viaje de un joven de 20 años que va a la ciudad y se convierte en militante político. La secuencia clave que da rienda suelta a más de una hora de acción y drama se encuentra al inicio. Un chico de piel cansada y vestido con harapos camina con determinación por el pasillo de una iglesia. En la mano, una pistola y los ojos puestos en el orador del púlpito. Se detiene, dispara y corre. El objetivo que cae fulminado es el primer ministro del país.

Run se basa en las notables Crónicas documentales de la guerra en Costa de Marfil (2008) de Lacôte y refleja las dos últimas décadas de la historia sangrienta de su país a través de las experiencias de un joven desequilibrado emocionalmente por la espiral de la violencia política. Nacido en un Estado sumido en guerras y corrupción, el protagonista del filme, Abdoul Karim Konaté, ha estado corriendo prácticamente toda su vida, de ahí el nombre de la película.

A través de flashbacks intercalados tras el asesinato inicial, este trabajo explora cómo la lógica retorcida de la violencia se puede apoderar de una sociedad y cómo un individuo puede deslizarse hasta el otro lado de la sinrazón. La película de Lacôte es un drama político lúcido y extrañamente de moda que cumple eficazmente una doble función: por un lado, explicar al espectador, en gran medida desinformado sobre este tema, los recientes disturbios de Costa de Marfil y, por otro, perfilar una nueva generación de cine africano irreverente y sin temor a la crítica.

Timbuctú – Mauritania

Timbuctú es la flamante película del año tras ser nominada a los Oscar 2105 como mejor largometraje de habla no inglesa. Una película mauritana, que guarda pinceladas de neorrealismo italiano y nouvelle vague, se colaba entre las cinco candidatas a llevarse la preciada estatuilla. Su director, Abderrahmane Sissako, recogía el testigo de convertirse en el realizador estrella africano de los últimos tiempos.

La delicadeza de las imágenes desgarra, emociona, hace llorar y también deja espacio para la reflexión meditada de Sissako. No es un documental sobre el conflicto de Malí y, aunque no llega a destripar el caleidoscopio geopolítico, económico y social que tiene lugar en el país, la ficción sí parece querer reflejar la propia realidad.

La película, tremendamente estética, narra cómo los alrededores de Timbuctú han caído en manos de extremistas religiosos. Kidane vive tranquilamente en las dunas con su esposa Satima, su hija Toya e Issam, un niño pastor de 12 años. En la ciudad, los habitantes padecen el régimen de terror impuesto por los yihadistas: prohibido escuchar música, reír, fumar e incluso jugar al fútbol. Las mujeres se han convertido en sombras que intentan resistir con dignidad. Cada día, unos tribunales improvisados lanzan sentencias tan absurdas como trágicas. El caos que reina no parece afectar a Kidane hasta el día en que accidentalmente mata a Amadou, un pescador que ha acabado con la vida de GPS, su vaca favorita. Ahora debe enfrentarse a las leyes impuestas por los ocupantes extranjeros.

Pero, ¿es esta fábula un cuento para los occidentales? Ésta es la gran pregunta planteada por el antropólogo André Bourgeot, especialista en Malí en el Centro Nacional para la Investigación Científica (CNRS). El experto hace hincapié en un enfoque maniqueo. Según Bourgeot, hay tres mitos que aparecen en el trabajo de Sissako: el del desierto, el del nómada identificado con la libertad y el de los tuaregs. Son clichés que hemos interiorizado por completo y la película confirma su validez.

De ser una estrategia de diplomacia pública para “explicar” a la ciudadanía el porqué de la intervención militar en Malí, parece que ha funcionado y que se ha conseguido el objetivo. En el país galo se vendieron 180.000 entradas durante la primera semana en cartelera, llegando a convertirse en la sexta película más taquillera de la historia de Francia. Los que la quieran ver desde casa lo pueden hacer a través de la plataforma Filmin por 2,95€.

INumber Number – Sudáfrica

Sudor, polígonos industriales en descomposición, acción, mucha acción, una banda sonora intrépida y la corrupción en toda sus formas se encuentran en el eje de iNumber Number, del director Donovan Marsh. No hay duda de que, en apenas quince años, Sudáfrica se ha erigido en líder de la cinematografía regional y compite en producciones a nivel continental con Nigeria, Egipto y Marruecos. Después de casi un siglo de supremacía blanca en la gran pantalla sudafricana, el desafío que se planteaba tras la era del apartheid se podía comparar al reto al que se enfrentaron los pioneros como Vieyra, Sembène o Hondo, es decir, crear una cinematografía auténticamente nacional.

Ya en el 2006, la nación del arcoíris se situaba en el foco internacional al convertirse en el primer país africano en ganar un Oscar por Tsotsi, del director Gavin Hood. Los guiones en los que se reflejan vidas relegadas al inframundo urbano de los guetos con una salvación anticipada han sido una constante. No sólo porque la violencia es inherentemente cautivante, sino también porque las historias sobre lo de abajo y lo de fuera comportan casi siempre una pátina de importación sociológica.

En INumber Number el casting es excepcional, con dos actores relativamente nuevos y experimentados entregando actuaciones estelares. Israel Makoe aporta a la película la cantidad justa de oportunismo que un personaje mafioso debe tener, mientras que S’dumo Mtshali ofrece la bravuconería y la arrogancia de un súper policía perfecto. Hay secuencias de acción impresionantes aliviadas con algún toque cómico. Sin duda, la película es actual en el contenido que explora cubriendo temas sociales urgentes que azotan a la policía sudafricana.

Triangle Going to America – Etiopía

“Conocí a un hombre nacido en Etiopía que decidió compartir conmigo su historia de cómo llegó a Estados Unidos”, explica el escritor y director etíope Teshome Theodros. “Yo estaba intrigado, no sólo por las dificultades de su viaje, sino también por investigar los motivos que le llevaban a dejar su patria y arriesgar su vida. Indagando me encontré con cientos de historias similares. Historias de muertes. Historias sobre la dificultad que tienen los africanos orientales antes de llegar a Estados Unidos. Triangle Going to America se basa en estos hechos”, sentencia el realizador.

Ya hay alguna referencia en el cine etíope a la inmigración y a la esclavitud gracias al trabajo del director Haile Gerima y su Sankofa (1993) en la que una mujer afro-americana viaja en el tiempo y experimenta la esclavitud. Una película poética, precisa y desafiante intelectualmente en la que el espectador no puede evitar las preguntas incómodas que plantea Gerima de manera elocuente.

En la película Triangle Going to America aparecen Kaleab y Jemal, que están dispuestos a soportar cualquier peligro para llegar a América por la promesa de una vida mejor. Pero, ¿realmente es así? En el camino, Kaleab conoce a Winta, de la vecina Eritrea, que se encuentra en un viaje similar. El trayecto y sus dificultades les harán acercarse y enamorarse profundamente. En este momento, y junto a un grupo de etíopes y eritreos, viajarán por un camino arduo e ilegal desde África oriental a los Estados Unidos, a través de Libia, Italia, México. Sin duda, un mensaje urgente sobre la inmigración y sus causas desde una latitud poco retratada en los medios occidentales: desde África del Este a América.

1 de octubre – Nigeria

Se cumplen exactamente 55 años de la independencia nigeriana de Gran Bretaña. Nigeria es la primera potencia del continente, el país más poblado y con la industria de cine más activa: Nollywood. En este contexto, el director Kunle Afoyalan, quien ya dirigiera la divertida comedia Phone Swap o la película de suspense The figurine, estrenaba este año 1 de octubre, fecha efectiva de la declaración de independencia de los británicos.

La película, ambientada en la preindependencia, narra a un detective que es contratado por el gobierno colonial con urgencia con el fin de resolver una serie de asesinatos de mujeres. Un suspense hitchconiano frente a la complicada tarea de anotar tintes históricos en un país en transición.

1 de octubre promete dar otro paso revolucionario en la producción del cine de Nollywood con imágenes de alta calidad. Kunle Afolayan se está moviendo hacia una industria internacional en busca de financiación, precisamente una de las características que definían a Nollywood: la independencia económica de financiadores externos, incluido el propio gobierno. Los resultados son tremendamente esperanzadores.

Sin embargo, esta película no es exclusivamente sobre los momentos previos históricos a la independencia en los años sesenta, o quizás sí, en cierto modo. Los temas transversales que se pueden apreciar son la venganza, el dolor, el abuso sexual, la enfermedad mental, la ironía de la moral anclada en la espiritualidad, el conflicto de las religiones y el racismo. Todas estas debilidades y fracasos sistémicos se encontraban ya en la época colonial impuesta. Así que en 1 de octubre el espectador observará un contexto muy esclarecedor y con una estética muy atractiva para lo que Nollywood nos tiene acostumbrados.

El ginecólogo que salva a las mujeres

congo

* Artículo publicado originalmente el 14 de mayo de 2015 en El País – Planeta Futuro

El doctor Denis Mukwege, ginecólogo, activista y Premio Sájarov 2014, aceptó la propuesta de que la senegalesa Angèle Diabang hiciese un documental sobre el trabajo que se lleva a cabo en el hospital Panzi fundado por él mismo en 1999 en Bukavu, capital de Kivu Sur, en República Democrática del Congo (RDC). Aceptó complacido, “contento de que fuese una africana quien hiciese una película sobre ese tema”, explica Angèle Diabang, directora del documental Congo, un médecin pour sauver les femmes (Congo, un médico para salvar a las mujeres), presentado en la duodécima edición del Festival de Cine Africano de Córdoba, que acaba de celebrarse en la ciudad andaluza.

La idea de tratar la cuestión de la violencia sexual que sufren las mujeres en a República Democrática del Congo a través de un documental vino cuando Diabang leyó un artículo del diario francés Le Monde en 2012 que le permitió comprender mejor qué estaba ocurriendo en ese país y qué trabajo estaba llevando a cabo el doctor Mukwege.

La larguísima guerra del Congo que “transforma el cuerpo de las mujeres en un campo de batalla”, según las propias palabras de Mukwege y en el que la violencia sexual es un arma de guerra, es el escenario donde transita esta dura realidad. Una realidad en la que unas 400.000 mujeres son violadas de forma brutal cada año, segúnAmerican Journal of Public Health. Ante esta realidad, Diabang decidió que era importante rodar un documental que no profundizase tanto en las causas políticas de esta guerra eterna, sino que estuviese centrado en las mujeres que la están viviendo y en las terribles consecuencias que tiene para ellas. “Hay tanto de lo que hablar que podría haber hecho un largometraje, pero hemos decidido enfocarnos en el tema, no he querido entrar en temas políticos”, explica.

Congo, un médecin pour sauver les femmes da la palabra a Mukwege, fundador del hospital de Panzi en 1999, creado con el fin de que las mujeres de la comunidad pudieran tener partos seguros. Tras observar que la mayoría de las pacientes acudían por violación y, en consecuencia, con graves problemas físicos y ginecológicos, decidió abrir un servicio especializado y advertir a las organizaciones internacionales de lo que estaba pasando. El documental cede también la palabra a las mujeres, que hablan de sus durísimas experiencias, de cómo sacan fuerza para superar su realidad, del dolor físico, pero también el emocional por ser rechazadas por sus propias familias, amigos, vecinos, etc. “Las mujeres al ser violadas están deshonradas y por eso las repudian. Es una forma de rechazar el dolor en general, pero a la vez es el momento en el que las mujeres necesitan mas soporte. Por eso es importante sensibilizar a la población congoleña (a los vecinos, amigos, familia, etc) sobre la importancia de apoyarlas. El deshonor es abandonar a la mujer”, afirma Diabang.

Esta realidad hizo también más complicado el rodaje de un documental que gira alrededor de estos desgarradores relatos: “El entorno era difícil, se ha destruido el tejido social y las mujeres han vivido un verdadero drama”, afirma la directora. Y por ello, la relación de confianza con las mujeres se fue construyendo poco a poco: “No encendíamos la cámara nada más llegar, así podíamos hablar tranquilamente con ellas e iban tomando cada vez más confianza con nosotras”, relata.

Hacer un documental sobre esta cuestión sin caer en el sensacionalismo no es fácil. La directora menciona este aspecto como otra de las dificultades artísticas a la hora de enfrentar el proceso de creación del documental: “Hemos querido quedarnos en la distancia de ese sufrimiento. Por ejemplo, cuando alguien lloraba, en lugar de poner el zoom como habitualmente se hace, nosotras nos alejábamos. Yo respeto ese dolor… es ya suficientemente difícil. Más que el drama me interesa retratar su fuerza y cómo ellas participan en la mejora del Congo”.

El documental, ha sido aplaudido por el doctor, por el equipo del hospital y por las propias mujeres: “[A Mukwege] le ha gustado mucho, sobre todo porque tenemos una misma visión de un África fuerte, digna y sin complejos. Además, la encargada de comunicación del hospital también me comentaba que era la primera vez que alguien mostraba las imágenes, incluso a las propias mujeres, que estaban muy emocionadas de ver el documental”, cuenta Diabang.

Quizá esa África fuerte queda visibilizada en el trasfondo del documental, en los logros del hospital y en el espíritu de superación de las mujeres. Desde que se creó, el equipo del hospital ha atendido quirúrgicamente a unas 40.000 pacientes, se ha creado un centro de formación para integrar a aquellas que están en riesgo de exclusión, en el que aprenden a defender sus derechos y a recuperar las ganas de vivir, entre otras muchas cosas. “Lo que me emociona del doctor Mukwege, es que, además de repararlas físicamente, él sabe irradiar a las mujeres, darles un lugar, una cierta autoestima… Es un médico que tiene un verdadero amor por sus pacientes, que no trata con lástima, sino que las escucha y respeta. Si han conseguido sobrevivir a tal trauma y vislumbran un futuro, es que pueden hacerlo todo. Denis Mukwege es un feminista que no duda en poner por delante a las mujeres, especialmente en el organigrama del hospital, donde son más del 65%. Para mí también, la mujer es la esperanza de África”, relata la directora.

La mujer africana, protagonista de la obra de Angèle Diabang

Angèle Diabang en el FCAT / Vanessa Anaya

Angèle Diabang en el FCAT / Vanessa Anaya

Nacida en Dakar y formada en Senegal, Francia y Alemania, Angèle Diabang es la directora de películas como Mon beau sourire, Sénégalaises et Islam Yandé Codou, la griotte de Senghor, entre otras. A pesar de que “no es por militancia”, como afirma ella misma, la realidad de la mujer africana está presente en la gran mayoría de sus películas. Su próximo proyecto Une si longue lettre, una adaptación de la novela de Mariama Bâ al cine, trata la cuestión de la poligamia desde la mirada femenina.

También es la precursora de Karoninka, la productora creada en 2006, que ha producido 12 películas de países como Mali, Togo, Cabo Verde, Congo y Senegal y goza de un creciente reconocimiento a través de varios festivales y premios. Es una muestra de que “África se mueve” y un reflejo de la situación esperanzadora que está viviendo Senegal en relación al cine y que Diabang defiende: “Diría que la situación en Senegal es prometedora, sobre todo a través del la creación del FOPICA, un fondo de promoción de la industria cinematográfica y audiovisual. Es todo un ejemplo en África y muy alentador”.

Beats of the Antonov, cine y música de resistencia

Beats of Antonov

*Artículo escrito por Alma Toranzo (@alma_toranzo), miembro del portal de información Hemisferio Zero.

**El nombre del director aparecerá en este artículo en minúscula para respetar la grafía que utiliza él

La música de Sudán ha llegado a España con el documental Beats of the Antonov, del director sudanés hajooj kuka**, en el Festival de Cine Africano de Córdoba – FCAT 2015, que ha tenido lugar entre el 21 y el 28 de marzo. Beats of the Antonov, galardonado con el Premio al Mejor Documental en el Festival, no ha dejado a nadie indiferente. En las dos proyecciones que se realizaron en diferentes salas de la ciudad andaluza los espectadores hicieron llegar sus felicitaciones y sus impresiones al director, quien ha estado presente durante el FCAT.

El documental –Los ritmos del Antonov, en español- nos trae imágenes de los campamentos de refugiados sudaneses del Nilo Azul y de las Montañas de Nuba, unos campamentos que surgieron debido al conflicto que nació tras la separación del país en Sudán y Sudán del Sur en 2011. Pero no es el típico documental de guerra que estamos habituados a ver. Sus imágenes nos cuentan a través de la música cómo sobreviven las diferentes comunidades que se encuentran refugiadas en los campamentos. “Música de resistencia, como elemento de unión y supervivencia”, explica hajooj.

La primera vez que hajooj visitó los campamentos fue porque quería documentar qué es lo que estaba pasando allí. Pero después de pasar un día en unos de los campamentos del Nilo Azul se dio cuenta del importante papel que jugaba la música. “Cuando llegué al campamento dos jóvenes se encargaron de enseñarme todo: me acompañaban a las entrevistas, me presentaban a la gente, etc. Y cuando llegó la noche me preguntaron si quería ir a dar un paseo”, cuenta hajooj sorprendido, pues no entendía dónde querían llevarle, era de noche, estaba todo oscuro y no había nada qué ver, pensaba él. Así que se fueron y empezaron a escuchar música que venía de una boda. Después le llevaron a lo que de día funciona como colegio y había dos grupos tocando. La gente se ponía alrededor del que tocaba mejor. Había jóvenes, niños y un montón de gente bailando. Después le llevaron a otro sitio y había otro grupo tocando los tambores. “Según íbamos caminando nos encontrábamos música aquí y allá, música por todas partes. Ahí fue cuando me di cuenta que quería hacer un documental sobre la música y la identidad”.

El resultado es una visión diferente de la guerra, de la gente que vive en los campamentos de refugiados que muestran a través de su música la esperanza y el anhelo por el fin de la situación en la que se encuentran, alejados de sus casas y de sus medios de vida. La música se convierte además en un elemento de unión, pues Sudán es un país donde conviven múltiples etnias y culturas que se encuentran conviviendo en los campamentos.

Beats of the Antonov no ha pasado sólo por diferentes festivales de todo el mundo como el FESPACO, celebrado el pasado febrero en Burkina Faso, el Festival Internacional de Cine de Durban o en el Festival de Cine Africano de Luxor y ganado numerosos premios; también ha sido proyectado en los campamentos donde realizó el rodaje. “A los refugiados les ha encantado ver la película, la consideran como suya”, señala hajooj, que ha llegado a establecer muchos vínculos con sus protagonistas tras los dos años que ha tardado en grabar el documental. “Todos los días después de grabar les enseñaba las imágenes y me pedían que volviera a grabar determinadas escenas porque no les gustaba cómo habían salido o cómo habían dicho algo”, cuenta kuka entre risas.

Hajooj Kuka, director del documental Beats of the Antonov.

Hajooj Kuka, director del documental Beats of the Antonov.

Pero el trabajo de este carismático director no se queda ahí. También es el director creativo de 3ayin, que en árabe significa “mirar”, una agencia de noticias que informa sobre lo qué esta ocurriendo en Sudán contado por los propios sudaneses. “Empezamos a enseñar a chicos y chicas en la zona de las Montañas de Nuba a grabar y a editar para que fueran ellos los que documentaran lo que estaba pasando. Entre ellos, hay cuatro jóvenes que mostraron mucho interés y que han realizado muchos cortos. Incluso grabaron algunas de las imágenes de Beats of the Antonov”, explica hajooj.

Además, tiene en marcha un proyecto de teatro y cine en los campamentos. “La última vez que fui hablé con una mujer impresionante que hacía teatro antes de la guerra con su marido y pusimos en marcha un grupo de teatro. Cuando vuelva en julio o agosto espero poder grabar las escenas que representen para que pueda llegar a más gente”, cuenta kuka.

Por otra parte, hajooj kuka forma parte de un movimiento de resistencia no violenta en su país llamado Girifina, cuyo objetivo es cambiar el gobierno que se encuentra actualmente en el poder. Dentro de este movimiento en el que participa gente de todas las edades, hajooj ha realizado también numerosos cortos denunciando la situación en la que se encuentra Sudán. “No he tenido problemas de censura con la película porque es un poco artística y el gobierno no se fija en el arte, no la han seguido realmente. Tengo más problemas por el movimiento de resistencia no violenta que por el documental”, afirma hajooj.

Hajooj Kuka está convencido del importante papel que juega el cine para sensibilizar y denunciar las violaciones de derechos humanos que afirma está realizando el gobierno de su país. Además, cree firmemente en la resistencia no violenta. “Una revolución real tiene que estar basada en la resistencia no violenta. Cualquier revolución tiene que llevarla a cabo la sociedad”, afirma.

Un instante durante los "Aperitivos de Cine" durante el FCAT. -Hajooj Kuka (Beats of the Antonov), Lova Nantenaina (Ady Gasy) y Michel Zongo (La sirène du Faso Fani). Foto: Luis RIvera.

Un instante durante los “Aperitivos de Cine” durante la 12ª edición del FCAT. Hajooj Kuka (Beats of the Antonov), Lova Nantenaina (Ady Gasy) y Michel Zongo (La sirène du Faso Fani). Foto: Luis RIvera.

La inteligencia y extraña belleza de la narrativa de Aminatta Forna

En la década de los 80 se impuso la idea de que un autor blanco no podía escribir sobre negros, sobre la negritud o sobre la experiencia cultural negra o africana.  En una entrevista, Doris Lessing se expresaba así en relación al  dogma que proscribía esas narrativas: “Siento que yo puedo escribir de la experiencia africana tanto como un autor negro africano; así como un indio, como lo es Rushdie, puede escribir sobre la experiencia inglesa o Achebe, que es nigeriano, sobre la experiencia norteamericana.”  Parecería que este tipo de encorsetamientos fueran más propio del pasado, sin embargo en fechas recientes hemos leído artículos de opinión que volvían a encajonar la creatividad y libertad, así como la identidad, del escritor.

La escritora Aminatta Forna. Fuente: The Guardian

La escritora Aminatta Forna. Fuente: The Guardian

El más reciente ha sido el firmado por Ben Okri en el que hablaba sobre la “tiranía mental de los escritores africanos”. Alega que los escritores africanos (otro término sin definir) escriben siempre a partir de los temas que se espera de ellos (que esperan los lectores occidentales) por ser precisamente africanos; pobreza, dictaduras, guerra, corrupción, hambre… Eso les lleva, en cambio, a no ser considerados ya que el lector occidental huye de esas temáticas, y afirma que a los autores africanos les falta libertad para romper la tiranía mental que les impide escribir obras sobre grandes temas.

Aminatta Forna escribe sobre conflictos y también se las ha visto con el tema de la identidad. A menudo se engloba a esta autora bajo la etiqueta de “escritora africana” (en 2007 fue nombrada como una de las jóvenes escritoras africanas más prometedoras por la revista Vanity Fair). En más de una ocasión ella misma ha eludido este “título” alegando que no se ve dentro de esta clasificación. Su padre, Mohamed, salió de Sierra Leona para estudiar medicina en Escocia, lugar en el que conoció a la madre de la escritora y en donde nacieron sus hijos. Con seis meses de vida Aminatta, junto con su familia, regresó al país africano, donde pasó su infancia. Después, el matrimonio se desintegró y Forna vivió a caballo, sobre todo, entre Reino Unido y Sierra Leona, donde su padre ejerció la medicina hasta que se involucró en la política. Una noche se lo llevaron de casa. Aminatta no lo volvió a ver más. Tenía entonces 10 años.

The Devil that Danced on the Water (2002) fue su primera novela y excavaba en su propia memoria: en la necesidad de saber qué le había ocurrido a su padre. La vuelta al país africano, cuando el conflicto estaba terminando, para poder escribir el libro y el camino que emprendió hacia la verdad se cobró su peaje: descubrió que la mentira y la manipulación, la codicia y la corrupción, el miedo y la violencia estarían dentro de ella para siempre. En aquel viaje en el que descubrió que “la guerra había destrozado el país como un tornado”, también supo que el régimen torturó a su padre y sobornó a cuatro hombres para que dieran falso testimonio contra él, acabando por ahorcarle “por traición”. Era el fin de la inocencia.

Fornalandia

donde crecen flores silvestresCUB.inddDonde crecen las flores silvestres (2013), traducida al castellano por Alfaguara, es su última novela escrita una década después de la primera pero no se aparta tanto de su trayectoria literaria como, a priori, pudiéramos llegar a pensar. En esta novela la escritora se aleja de tierras africanas para centrar la historia en el conflicto de la antigua Yugoslavia. Sin embargo, a pesar de haber cambiado el escenario, no ha hecho lo mismo con sus intereses y preocupaciones: la cruenta guerra civil de Sierra Leona, que ella descubrió en toda su extensión al investigar la muerte de su padre, y sus secuelas. Éstas se esconden pero no desaparecen tras la historia de Duro, el protagonista de la novela, ya que el dolor por la pérdida, el impacto de la traición y el terrible escenario de muerte y desamparo permanecen en su escritura.

Antes había publicado otras dos novelas que tenían como telón de fondo el conflicto sierraleonés, sin que en ninguna de ellas tratara de explicar las causas, Forna prefiere hablar de lo que se vive y de las consecuencias del mismo.

Tomando como protagonistas a cuatro mujeres El jardín de las mujeres (2006), cuyas historias se enmarcan en un tramo histórico que va desde 1926 hasta 1999 y sin ubicar lo narrado en un territorio concreto, aunque es inevitable pensar en Sierra Leona, nos cuenta la evolución de la saga familiar Kholifa. Abie vuelve a África para reclamar una herencia que su abuelo le legó al morir: los cafetales en los que solía jugar de niña en la aldea ancestral. Los recuerdos de sus cuatro tías lograrán confeccionar un tapiz que tiene el mundo espiritual muy presente. También la guerra civil, con sus traiciones y desapariciones aparecen en la trama. A pesar de que las voces femeninas parecen sólo una, es un texto repleto de escogidas palabras que van haciendo crecer un inmenso jardín ante nuestros ojos en el que las mujeres se reúnen y hablan con palabras elegidas, que logran pasajes luminosos.

portada-jardin-mujeres_grandeUno de los personajes de El jardín de las mujeres aparecerá en su siguiente novela La memoria del amor. Adrian Lockheart, es el psicólogo londinense que decide marcharse a África, en plena crisis personal, en busca de algo que le sacuda de la monotonía de una vida que fluye sin sentido y que tratará de ayudar a la gente a superar los traumas de la guerra. Si para Adrian ese lugar resguardado, protegido y a salvo que todos necesitamos tener, se llama “casa”; para el resto de africanos que, en este caso, han pasado por una guerra civil, terrible, desgarradora y paralizante, a ese lugar seguro, al que se acude en modo de fuga, se llama “refugio”. Parece el mismo concepto, pero difiere el camino por el que se llega.

En esta novela, al contrario que en El jardín de las mujeres, tres hombres nos narran sus historias. Casi todos los personajes guardan algún tipo de recuerdo doloroso, porque el libro habla sobre todo de la pérdida. Son los días posteriores a la guerra civil que arrancó en Sierra Leona en la década de los 90, los días en los que afloran las consecuencias de la misma, cuando llega el momento en el que víctimas y verdugos caminan por las mismas calles, héroes y traidores confunden sus historias.

Podría Forna haber puesto más el dedo en la llaga de la sangría que supuso una guerra civil donde niños-soldado eran obligados a cometer las mayores barbaridades imaginables, donde las mujeres eran violadas hasta la muerte y donde miles de ojos aterrados contemplaban y soportaban lo inenarrable. Pero prefiere internarnos en las secuelas, en lo que continúa a pesar de que, en apariencia, la vida siga adelante, en la incapacidad de nombrar las cosas por su nombre, en la parálisis de las palabras que se atoran en la garganta. Un grito eterno en la oscuridad. El silencio odioso que se cierne como un velo denso sobre toda la ciudad, en un intento de olvidar lo ocurrido para que desaparezca por sí solo, mientras ganan las narrativas que dan la vuelta a los hechos, mientras las víctimas mantienen su silencio ante los verdugos que, sin haber rendido cuentas por sus actos, ahora pasean tranquilos por las mismas calles por donde sembraron el terror, hasta que la boca se abre: “Cada persona le contó una parte de la misma historia. Y contando la historia de otra persona, contaron la suya propia”. Mientras el occidental necesita encontrar algo que de sentido a lo que vive y llama “trastorno” a los traumas que va conociendo, los africanos saben que lo que transcurre delante de sus narices es la vida, “la guerra tenía el efecto de animar a la gente a tratar de seguir viva. También la pobreza. Era tan difícil sobrevivir que no podía tomarse a la ligera. Tal vez el doctor sueco se imagina intentando acabar con todo si viviera aquí”.

portada-memoria-amor_grandeDuro, el protagonista de Donde crecen flores silvestres, es un ser solitario que está obligado a vivir con el pasado. Cuando llega una familia inglesa a la casa azul, situada en el idílico pueblecito croata de Ghost, que tantos recuerdos guarda dentro de sí, y se ofrece para ayudarles a restaurarla, la sucesión de historias se va encadenando, sacando a la luz lo que parece ocultar la vida áspera y fría del pequeño pueblo. Junto a ellos, iremos descubriendo a unos turistas que no quieren enterarse de la verdad, a un país que ha sufrido una masacre humana y que tras el horror camina en silencio, esperando que ese ser querido desaparecido se aparezca un día delante de ellos, conviviendo con los que saben han sido traidores y culpables de los mayores crímenes imaginables. Una vez más víctimas y verdugos aparecen y todos saben, pero en esta ocasión todos callan y siguen viviendo, sin olvidar, pero sin añadir más dolor.

Leyendo Donde crecen flores silvestres una se da cuenta de que no es el tema lo importante sino la capacidad del escritor para lograr que sea cual sea el tema elegido surja auténtica literatura. Forna eligió un país que no es el suyo para contarnos una historia que transciende los límites estrechos de todos a los que les gusta etiquetar las narraciones, para regalarnos un inteligente texto que formula muchas cuestiones y es de interés tanto para europeos como para africanos o asiáticos. Cuando es verdadera literatura. Algo que Ben Okri debió de olvidar.

“La música me ayuda a acabar con los demonios de la guerra”

Emmanuel Jal. Foto: Joseph Perna.

Emmanuel Jal. Foto: Joseph Perna.

“Nací en 1980 en Tonj, actual Sudán del Sur y mi niñez estuvo marcada por la guerra. Mi madre y mis tías fueron asesinadas y solo dos tíos míos sobrevivieron. Cuando cumplí los siete años mi padre decidió enviarme a un campo de refugiados a Etiopía para que pudiera ir a la escuela, pero al cabo de poco fui raptado y me convertí en niño solado”.

Así se presenta Emmanuel Jal, cantante de hip-hop y activista afincado en Canadá. Desde Toronto, en la sede de su propio sello discográfico Gatwitch Records, Jal rememora episodios dantescos de su vida. A pesar de todo, y 20 años más tarde, la suya es una carrera en la que no hace más que cosechar éxitos y ganarse el respeto de artistas y público a lo largo del mundo.

Perfilando los últimos preparativos para dar a luz lo que será su quinto álbum internacional, The Key (o La Clave, Gatwitch Records, 2014), Emmanuel avanza que se trata de un disco dedicado a los derechos de la infancia. “Todos los fondos recaudados de la venta de The Key se emplearán en diferentes iniciativas que invierten en la mejora de la vida de los niños”, explica. El single promocional se llamará My Power y, tal como asegura, se lanzará en pocas semanas.

Para este trabajo, Emmanuel ha contado con la colaboración del músico estadounidense Nile Rodgers. “Hace varios años que nos conocemos, y un día me dijo: Emmanuel, vamos a encerrarnos en el estudio y vamos a hacer un superéxito. Evidentemente, pensaba que se estaba cachondeando de mí, pero, ¡creo que lo hemos conseguido!”, sonríe Emmanuel mientras, emocionado, acciona el play de su reproductor para que suene un fragmento de la canción My Power.

Otra de las colaboraciones en The Key es la de Nelly Furtado, con la que ha grabado Party. Además, una de estas canciones figurará en la banda sonora de The Good Lie, película sobre refugiados sudaneses en Estados Unidos protagonizada por Reese Witherspoon, que se estrenará el próximo otoño.

  • La historia de un niño soldado

“Mi padre, que luchaba junto a la guerrilla de liberación, me obligó a andar durante días junto a un grupo de personas para huir de Sudán, en lo que fue un viaje infernal. Fuimos atacados por hipopótamos. A algunos se los comieron los cocodrilos. Otros se ahogaron. Y cuando conseguimos llegar a Etiopía, no sirvió de nada porque me reclutaron como niño soldado. Fue una hecatombe. Pasamos mucha hambre y como no había suficiente comida para todos, muchos menores morían y teníamos que enterrarlos y velarlos nosotros mismos. Imagínate vivir eso con siete años”, comenta sin inmutarse y con voz serena.

La muerte y la escasez de alimentos lo acecharon desde entonces. Y a pesar de que intentó suicidarse varias veces cuando tenía 12 años, el joven se agarra con fuerza a la vida y confiesa que en ella, tanto el miedo como la valentía son indispensables. “Todo el mundo tiene miedo, pero si solo vives con miedo, no vives. El coraje es la fuerza que nos hace afrontar el día a día. De hecho cuando afrontas el miedo con agallas es cuando haces que la creatividad se sitúe en su punto álgido. Y solo entonces la mente es capaz de encontrar soluciones. Lo peor que nos puede pasar en esta vida es que nos muramos, pero igualmente todos moriremos. Así que, ¿para qué preocuparnos? Lo único que importa es morir con dignidad”, afirma el artista.

Emmanuel tiene ahora 34 años, y su historia de vida ya se ha plasmado en forma de autobiografía escrita en War Child: A Child Soldrier’s Story (2009) y en el documental dirigido por C. Karim Chrobog, War Child (2008). Su testimonio ha sido recogido en entrevistas que han dado la vuelta al mundo, en cadenas como la BBC, y su participación en la serie TED en 2009 ha sido una de las charlas más conmovedoras hasta el momento. Actualmente es uno de los principales artífices en campañas e iniciativas contra el tráfico de personas humanas, la erradicación de las armas o la pobreza como Make Poverty History o Control Arms. También es el fundador de Gua Africa, una ONG que trabaja en Kenia y Sudán del Sur para defender las vidas y la dignidad de niños y familias que han sufrido las causas de la guerra.

  • El campo de batalla musical

A pesar de tener una carrera profesional brillante, hay detalles de su vida que siguen pareciendo salidos de una película de ciencia ficción. “Una vez, cuando era niño soldado, hacía días que no comíamos y en medio de la noche, cuando nos estábamos literalmente muriendo de hambre, vino a mí una mujer de la que nunca supe el nombre y a la que nunca más volví a ver. Me escondió, me dio de comer sopa y pescado y me dijo: cómete esto, es solo para ti, porque te espera un futuro brillante”, cuenta impresionado de su propia anécdota.

Por historias como ésta, Emmanuel bromea con escribir algún día un libro sobre las mujeres que lo han ayudado a sobrevivir y a triunfar. Asegura que incluso ahora, siente que de vez en cuando aparece algún nuevo “ángel de la guarda” en su vida. “En Kenia tengo a la señora Mum, mi guía espiritual. En México tengo a mi mentora, Erica Fuentes, quien me ayudó a fundar Gatwitch Records. En Canadá está Dona Thompson, la razón por la que resido aquí ahora… Y así como doce mujeres en diferentes partes del mundo que velan por mí. Y estoy seguro de que todos podríamos escribir un libro sobre nuestros ángeles de la guarda”, asegura.

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Emmanuel Jal. Foto: Joseph Perna.

Pero de todas estas personas, hay una en particular que representa el punto de inflexión de su biografía. “Después de haber escapado de mi vida como niño soldado, conocí a una cooperante británica en el campamento de Waat, al este de Sudán, Emma Mccune. Con ella me fui a Kenia, donde empecé a contar mi historia a todo el mundo. También empecé a hacer música, aunque nunca planeé ser músico. Había soñado con ser ingeniero informático, médico, intelectual… Pero la música vino a mí como accidente. Me di cuenta de que en realidad, con la música, podía hablar mucho más alto de lo que hacía en cualquier despacho en los que me sentaba a contar los detalles de mi historia”, afirma el artista.

“Empecé a hacer música primero de todo para mí mismo, porqué la música es un calmante para el dolor. Porqué a través de la música le puedes hablar a tu corazón, a tu mente, a tu alma… Si te fijas, para mucha gente que ha sufrido, la música es lo único en lo que encuentra consuelo. Por eso con mi música busco crear esa vibración positiva capaz de sanar a las personas y me intento rodear de otros músicos que busquen crear lo mismo”, confiesa desgranando lo que define como su principal receta de éxito.

Pero sería frívolo decir que Emmanuel ha cambiado un fusil por un micrófono. Si bien reconoce que las habilidades aprendidas en la guerra le sirven para afrontar su día a día, también admite que “la vida no es un campo de batalla” y que “no hay que confundir ser valiente con estar loco, porque siempre hay que saber cuándo y dónde retirarse”. Lo dice refiriéndose a lo que para él, a veces, tiene cierto punto de semejanza con el terreno bélico.

“La industria musical se puede parecer a un campo de batalla. Hay muchas voces que quieren ser escuchadas, pero tienes que ser muy valiente si quieres sobrevivir. Aunque ser valiente y tener talento no es suficiente. Tienes que ser listo, saberte adaptar y saber moverte correctamente. No se trata solo de estar cotizado porque si no eres lo bastante astuto, cuando llegas a ciertas esferas de éxito, puedes acabar teniendo una vida completamente vacía. Una vida de fiestas, sexo, drogas y diversión… Pero vacía de contenido. Y así comunicar un mensaje también vacío y estéril. Ese no es mi camino. Yo estoy en la industria musical para comunicar un mensaje auténtico. Para escribir una parte de la historia. Para que el arma de la música ayude a la gente a aprender. Para luchar con el mensaje de la paz”.

“La música me ayuda a alumbrar los sitios más oscuros, y cuando pones un rayo de luz donde había oscuridad, los demonios desaparecen”, afirma el sur-sudanés. “Yo mismo me pongo como ejemplo, porque somos los humanos los que podemos ser ángeles o demonios. Y me pregunto a mí mismo: ¿quizás sea yo también un ángel de la guarda para alguien y al mismo tiempo un diablo para otro?”.

  • Un mensaje: “Queremos paz”

Un año después de que Sudán del Sur celebrara el referéndum que lo convirtió en el país más joven de África, en 2011, el cantante lanzó una campaña para promover, a través de la música, un mensaje de paz. Así, la canción We Want Peace (Queremos paz) movilizó a personas en diferentes puntos del mundo para despertar conciencias. El tema forma parte de su álbum See Me Mama, un trabajo dedicado a su madre. “Me siento muy afortunado porque mucha gente me ayudó a que el mensaje se escuchara. No solamente en los países africanos. En México, Inglaterra, Canadá, España… Incluso en escuelas de China la canción ha sido un éxito”. Y apostilla: “We Want Peace se ha convertido en un leitmotif. Es más que una canción: una plataforma para contar mi historia internacionalmente”.

A pesar de su mensaje reconciliador y positivo, Emmanuel se pronuncia sin titubeos ante la actual situación política de Sudán del Sur, cuya fragilidad social parece borrar la ilusión de los que creyeron en la emancipación nacional de Juba respeto al centro administrativo de Jartúm. “Es muy frustrante porque el gobierno miente y ha creado una situación de censura ante cualquier voz que se le oponga. Han abocado la situación a etnicidades absurdas y a confrontaciones tribales que solo causan odio…”, opina.

Emmanuel tiene constantes giras que lo llevan a un lado y a otro del planeta, y a pesar de contar coon una residencia más o menos fija en Toronto, como la mayoría de personas que se ven forzadas a la migración, sigue soñando con volver a vivir al lugar donde nació. “La última vez que estuve en la región sur del Kordofán, en Sudán, fue en 2012. Planeaba volver el año pasado. De hecho estaba invitado a unas charlas en la capital, en Juba, donde tenía mi casa. Pero se dio la casualidad que también me invitaron a cantar a una fiesta junto a Nelly Furtado. En Juba me pagaban para ir a contar mi experiencia y en la fiesta no. Al final decidí quedarme en Toronto y participar del concierto junto a otros amigos. Y bueno, ahora sé que si hubiera escogido ir a Juba, seguramente me hubiera quedado atrapado en la ciudad o incluso podía haber muerto, como les pasó a centenares de personas. De hecho, destruyeron mi casa. Así que podríamos decir que mi elección determinó mi vida. Y es que a veces, una gran oportunidad puede acabar contigo, y otras, te puede salvar”, reflexiona el músico y activista africano. “Una vez más, se trata de escoger lo que te dice el corazón. Quizás, esa sea la única clave”.

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Artículo publicado originalmente en Planeta Futuro (El País) el 14 de julio de 2014.