Reivindicación feminista e historia de Nigeria, dos en uno

Quédate conmigo tiene el regusto de las grandes novelas escritas por mujeres en las postindependencias. Tiene ese regusto, pero aporta un sabor renovado. Remite a títulos como Mi carta más larga, de Mariama Bâ o El baobab que enloqueció, de Ken Bugul, en cuanto a esas historias de mujeres que reúnen en una sola persona todos los sufrimientos femeninos. En realidad se trata de mujeres fuertes, también Yejide, la protagonista de Quédate conmigo, lo es, pero parece que sus vidas están destinadas a atraer la desgracia, toda la desgracia.

La escritora nigeriana Ayobami Adebayo. Foto: Eniola Alakija / Cedida

En relación a esos referentes, la joven autora nigeriana Ayòbámi Adébáyò, ha renovado considerablemente la forma de narrar, en parte el lenguaje que seguramente al lector le resultará mucho más próximo, pero sobre todo la estructura de la historia. En Quédate conmigo, dos narradores van contando la misma historia, en ocasiones, incluso, los mismos pasajes y así la aproximación a los personajes resulta más rica, desde su propia intimidad, pero también a partir de cómo otro, alguien muy próximo, interpreta sus acciones. De la misma manera, la escritora ha decidido enmarañar el hilo temporal para mantener hasta el último momento el misterio sobre algunos de los pasajes del relato. La operación es un riesgo, evidentemente porque se aleja de la forma más habitual de leer las historias, pero se puede decir que Adébáyò lo resuelve con éxito, ha demostrado la capacidad de mantener al lector junto a los protagonistas y, al mismo tiempo, jugar con él para dosificar los detalles más determinantes.

En realidad, Quédate conmigo se va desplegando como la historia del calvario de Yejide, una joven nigeriana para la que más allá de su noviazgo con Akin la vida es sufrimiento. El relato se desarrolla durante más de veinte años, pero el entorno político juega un papel especial en los hecho que coinciden con los sobresaltos de los primeros años ochenta y, sobre todo, alrededor del golpe de estado militar de Ibrahim Babanguida. En un momento, incluso la protagonista reconoce el paralelismo entre el país que se está deshaciendo y su vida que, simultáneamente, se desmorona por momento.

Yejide soporta el peso de todos los males que afrontan las mujeres de esa época y de ese lugar, la Nigeria de la década de los ochenta, a pesar de que ella pertenece a la capa social de los acomodados. Seguramente, la elección del personaje tiene mucho que ver con la voluntad de la autora que no sitúa todos estos obstáculos colocados en el camino del desarrollo femenino en un entorno rural, sino en un contexto de familias bienestantes. A través de la protagonista, vemos el impacto que supone la aparición de una segunda esposa, para una mujer que ha asumido un modelo de amor romántico y considera que junto a su marido forma una familia completa.

La hipocresía y el machismo que lo contamina todo son una nota constate en la desventurada historia de Yejide y también de su marido. La incapacidad para concebir es atribuida inevitablemente a Yejide, pero la presión de la familia para aumentar la familia les apremia a ambos. La joven había encontrado en el noviazgo con el apuesto y atento Akin, su primer espacio de plenitud, después de haber sobrevivido en el parto a su madre, de haber tenido que vivir con la sombra del resentimiento del padre y con la marginación y el desprecio por parte de sus madrastras. “Antes de llegar a la adolescencia, aprendí a desconectar de sus espeluznantes descripciones de cuánto sangró, pero nunca superé la forma en que me miraba cunado hablaba de su muerte, como si estuviese evaluando, intentando decidir si yo equivalía a lo que él había perdido”, explica la protagonista. Pero a medida que la presión de la familia aumenta empieza a consolidarse una acción subterránea, las mentiras, los manejos, los planes ideados como geniales que sólo pueden llevar al más absoluto desastre.

Llegan los niños y se incrementan las desgracias, aparecen pesadas losas como las de algunas tradiciones o, más bien, las de las interpretaciones de las tradiciones que no han sabido repensarse. O las de los curanderos decididos a hacer negocio del sufrimiento. Y de pronto esos secretos lo van contaminando todo. “En realidad en mi hogar polígamo, escuchar a escondidas conversaciones ajenas no sólo era de mala educación; era un crimen. Todo el mundo tenía secretos, secretos que estaban dispuestos a proteger con su vida”, recuerda Yejide de su infancia.

Con esa llegada de los niños, la atormentada existencia de la protagonista se va dirigiendo poco a poco hacia un precipicio. “A una madre no le está permitido que se le nuble la vista. Debe percatarse de si el llanto de su bebé es demasiado fuerte o demasiado bajo. Debe saber si la temperatura del niño ha subido o ha bajado. A una madre no se le puede pasar por alto ninguna señal”, tal es la concepción de la maternidad y la carga de responsabilidades que se impone un mujer que ha sido empujada prácticamente hasta la locura (o incluso, más allá de la locura) por no concebir. Las cuitas por la paternidad de Akin también se hacen presentes en medio de un escenario en el que las desgracias se van sucediendo una tras otra. Y otra más, cuando parece que las cosas ya no pueden empeorar.

“La esperanza era un lujo que yo ya no podía permitirme”, llega a confesar Yejide a medida que se acerca el desenlace. “Desde Olamide y Sesan, y ahora con Rotimi, llevaba mucho tiempo gravitando al borde de un precipicio, y ahora estaba tan agotada que sólo quería que me dejasen caer”, sentencia en el momento en el que definitivamente toca fondo. En todo caso, el relato desvela el poder destructivo de los secretos, pero también, a pesar de que no sea de manera evidente, debería ser un antídoto contra los deseos no formulados, las quejas silenciosas enquistadas y, por extensión, todas las palabras no dichas.

Quédate conmigo es una historia descarnada, dura, durísima. No recomendable para mujeres embarazadas, futuros padres, madres en ciernes o familias en fase de construcción. Sí, es dramática, a veces, incluso desagradablemente dramática, porque te revuelve y te lleva al borde de la indignación y, sin embargo, aunque nunca lo habría dicho antes de las últimas doce páginas que constituyen la última parte de la novela, es una historia llena de esperanza y que acaba compensando los pesares previos.

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Carlos Bajo Erro
Licenciado en Periodismo (UN), postgraduado en Comunicación de los conflictos y de la paz (UAB) y Máster Euroafricano de Ciencias Sociales del Desarrollo: Culturas y Desarrollo en África (URV). Es coautor del ensayo Redes sociales para el cambio en África (IV Premio de Ensayo Casa África). Sus ámbitos de interés y de estudio son la comunicación, las TIC y la literatura. Responsable de las áreas de Comunicación y de Publicaciones y coordinador de la sección de Letras del Magacín. (Barcelona) Contacto: carlos@wiriko.org
Carlos Bajo Erro

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2 comentarios
    • Carlos Bajo Erro
      Carlos Bajo Erro Dice:

      Tienes razón, ya está modificado, ha sido un error que se ha producido al cambiar de orden los elementos de la frase, pero en todo caso, muchas gracias por la corrección que se nos había pasado por alto

      Responder

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