Agualusa y Luanda vista desde una ventana

Ludovica podría escribir una teoría general del olvido en las paredes del apartamento de lujo desde el que ha visto los primeros años de la independencia de Angola. Encerrada pero libre o, más bien, confinada voluntariamente. La historia aparentemente delirante de una mujer que se empareda en su propio piso resulta ser la fórmula perfecta para observar y vivir de una manera muy particular los tiempos convulsos del final de la colonización, las guerras civiles o las purgas.

El escritor angoleño José Eduardo Agualusa. Fuente: Web del autor

José Eduardo Agualusa imaginó ese relato improbable y bailó con las palabras para hacerlo realidad y conseguir que el lector lo aceptase y lo digiriese, para que se entregase a él sin poner ninguna pega. El escritor angoleño publicó originalmente la novela en 2012, el año pasado Edhasa lo publicó en castellano y Editorial Periscopi ha editado la traducción al catalán de Pere Comellas Casanova, en un volumen que incluye un prólogo en el que Xavier Aldekoa acerca al lector a la actualidad angoleña. Esta última edición de Teoria general de l’oblit le ha valido a Agualusa el último Premi Llibreter que concede el Gremi de Llibreters de Catalunya, en la categoría de otras literaturas.

Ludovica Fernandes Mano es una portuguesa que llega Luanda acompañando a su hermana. Ludo no soporta los espacios exteriores, acaba viviendo junto a su hermana Odete y cuando esta se casa con un exitoso empresario angoleño, ambas acaban trasladándose a Luanda. La particular familia se ve zarandeada por la llegada de la independencia. Odete y su marido Orlando, desaparecen en la época en la que los colonos abandonaban con lo puesto la capital angoleña. La joven acaba emparedada en su propio apartamento, en un edificio de lujo que se queda vacío como un esqueleto, pero acaba recuperando el latir de una vida intensa.

Desde sus ventanas, Ludo contempla la ciudad en ese momento crucial. Agualusa convierte a Luanda en un personaje de su novela. La ciudad late con fuerza más allá del ventanal, mientras Ludo “cierra las ventanas para evitar que el piso se llene de las risas del pueblo en las calles, que estallaban en la calle como fuegos artificiales”. Después del pánico, la protagonista se acostumbra a mirar a la ciudad desde las alturas. “La vista se le fue hacia una inscripción, en pintura roja, en la pared manchada de sangre, picada de balas. En vez de ‘La lucha continúa’, algún despistado había escrito ‘El luto continúa’”.

Agualusa ha compuesto en Teoria general de l’oblit un mosaico que por un momento parece una sucesión de pequeñas escenas inconexas. De pronto, con un discurso sutil, el hilo que une discretamente todas esas vidas se va desvelando con suavidad. Hasta los episodios más descabellados encajan en un puzle construido con mimo. Y en medio de la narración Agualusa desliza constantemente la crítica, pero no es una crítica política dogmática sino una reprobación de un pasado y una trayectoria que marca un presente. “No conseguimos la independencia para esto. No para que los angoleños se maten unos a otros como perros rabiosos”, le dice Papy Bolingô al Reyezuelo después de haberle salvado de una detención o un linchamiento. El mismo Papy Bolingô se erige en Pepito Grillo de ese levantamiento y convence a Reyezuelo cuando afirma: “Sólo me interesan las revoluciones que empiezan sentando al pueblo a la mesa”.

Monte, un controvertido detective de la policía política, un personaje poco propicio para las lecciones moralistas, también tiene su propia lectura de la evolución de la revolución cuando critica “el sistema capitalista, que allá, en Angola, ha crecido como el musgo entre las ruinas, lo iba pudriendo todo, lo corrompía todo, y, de esta manera, engendraba su propio fin”.

Durante su encierro, Ludo no tiene más remedio que ir consumiendo el apartamento es como si se fuese devorando poco a poco a sí misma. Cuando acaba con las provisiones se las ingenia para plantar vegetales y proveerse de carne de las manera más imaginativas. Quema los muebles y la mayor parte de una biblioteca que admira. Pero a cambio, va contando su historia y dejando constancia de las derivas de su mente en las paredes de su vivienda-prisión-sarcófago. “Ahorro comida, agua, fuego y adjetivos”, le hace decir Agualusa en una de las frases más deliciosas de la novela. “Me doy cuenta de que he transformado todo el piso en un inmenso libro. Una vez que haya quemado la biblioteca, una vez que haya muerto, sólo quedará aquí mi voz”, señala Ludo en referencia a cómo va emborronando las paredes con carbón con sus historias. Ella misma duda de la fuerza que le mantiene en el apartamento. “Prefería morirse allí, prisionera pero libre”, explica.

Entre tanto, Ludo se convierte para continuar poniendo el dedo en la llaga de algunas de las fallas sociales angoleñas, más allá, incluso de esa deriva del régimen. Ludo no puede ocultar sus prejuicios, ni siquiera después de haber decidido vivir en Angola. “Hablaban entre ellos en una de aquellas lenguas melódicas y enigmáticas”, piensa refiriéndose a unos de sus vecinos. Pero es que en un momento dado pone al descubiertos todas esas ideas preconcebidas: “Veía el resumen de todo lo que le horrorizaba de Angola: salvajes que celebraban alguna cosa – una alegría, un augurio feliz – que le era extraña”. “Le había hablado del calor, de la humedad, de la amenaza de las mujeres, pero no le había preparado para aquel exceso de vida, el remolino de emociones, el borboteo embriagador de sonidos y olores”, comenta en referencia a un escritor recién llegado a Luanda.

Los episodios que se entrelazan van haciendo que la historia se despliegue y tome caminos insospechados. Agualusa no sólo juega con la narración y con las palabras, sino que además parece divertirse trasteando con la realidad y la ficción, con lo visible y lo invisible, con lo científico y las creencias. La obsesión por clasificar ha llevado a algunos analistas a crear la etiqueta “realismo mágico africano” para las historias en las que se refleja la relación natural que muchas sociedades africanas establecen entre el mundo espiritual y el de los vivos. También han sido muchos los autores africanos que han eludido ese sello. Agualusa le da una vuelta más a la historia de esa Luanda vista desde los ventanales, de ese mosaico de pequeñas historias, de ese repertorio de personajes pintorescos que acaban encajando como el engranaje de un reloj.

Sobre racismo, crisis identitaria y violencia de género: el retrato de Sudáfrica de Kopano Matlwa

Kopano Matlwa forma parte de la llamada “born free generation” sudafricana, aquel segmento de población que nació tras la fin del Apartheid pero que sigue sufriendo las discriminaciones y las consecuencias sociales de la segregación racial.

La escritora sudafricana Kopano Matlwa. Fuente: Editorial Alpha Decay

En su primera novela de 2007, Coconut, la escritora relata las vidas de Ofilwe y Fikile, dos jóvenes negras que nacen en la misma ciudad, Johannesburgo, en la misma sociedad envenenada por el racismo y la violencia generados por la imposición cultural y lingüística de Occidente. En el relato emerge una Sudáfrica muy actual, contada a través de la cruda mirada de las niñas de una forma que, a veces, puede parecer infantil pero que resulta, aún así, creíble y lúcida.

Ofilwe viene de una rica familia de la nueva burguesía y ha tenido toda clase de comodidad durante su infancia, pero tiene una relación muy complicada con sus padres, con las tradiciones de sus antepasados y con sus compañeros de clase blancos que la rechazan.
Por otro lado Fikile, tras el suicidio de la madre, vive en un estado de extrema pobreza compartiendo su espacio vital con un tío, inepto y molesto. Por eso está dispuesta a cualquier sacrificio para dejar el pasado atrás y volver a “renacer con la piel blanca”. La diferencia entre las dos en términos de valores, estilo de vida y condiciones socioeconómicas, no hace otra cosa que evidenciar, al fin y al cabo, el mismo sentimiento de sufrimiento y pérdida de identidad, dejando claros los efectos del colonialismo y de la supremacía blanca que impregnan todos los aspectos de las vidas de las jóvenes sudafricanas. Las dos se consideran nueces de coco: negras por fuera, pero por dentro con un desesperado deseo de sentirse blancas.

– And you, Fikile, what do you want to be when you grow up?
– White, Teacher Zola. I want to be white.
– But Filike, dear, you can’t change the colour of your skin […]
– I will be white if I want to be white. I don’t care what anybody thinks.
– But why would you want to do that, dear?
– Because it’s better.
– What makes you think that, Fikile?
– Everything.”

Diez años después de Coconut, Matlwa pública Florescencia, editada en español por Alpha Decay, que se publicó originalmente bajo el título Period Pain. El estilo literario y la atmósfera que desprenden sus páginas son muchos menos ligeros y humorísticos, pero aún así no dejan de reflejar la misma visión muy lúcida y desilusionada de una sociedad y de un país llenos de contrastes.

En su última y amarga novela, Matlwa nos acompaña en una agotador y contemporáneo recorrido por su nación, que aún vive bajo la sombra de la discriminación racial. Lo hace poniendo al público en la piel de una mujer médico, frustrada por sus precarias condiciones de trabajo, pero aún así empeñada en una lucha constante contra la xenofobia y el odio. Así, el sentimiento que hace de hilo conductor a la novela es la incomodidad que siente Masechaba hacia sí misma, hacia la sociedad donde vive, hacia su rol como mujer, hacia su trabajo, su familia y sus amigos. Una dicotomía entre el mundo exterior y el mundo interior en la que la menstruación, constante y desgarradora, ocupa un lugar importante en la vida de la protagonista.

Si, en un primer momento, Masechaba percibe solo la incomodidad y el sufrimiento, la exclusión y la vergüenza que le provoca su ciclo, poco a poco se abandona a una resignada aceptación y, en última instancia, la reivindica como algo solo suyo, como un dolor familiar e identitario que la protege del violento dolor del exterior.
La historia se desentraña bajo la mirada cautivada del lector, pausada por las profundas reflexiones de la protagonista, animada en su lucha diaria por una fuerte fe religiosa que irá poco a poco desvaneciéndose, vencida por una violación que le parte la vida en dos.

Esta obra es un grito de denuncia desesperado. Es un recorrido por la violencia, la depresión y la luz al final del túnel y nos deja con los ojos clavados hasta la última página, exhaustos pero no indiferentes.

En Coconut, la autora se centra en la crisis identitaria de Owilfe y Fikile, pero la profundidad que logra relatando el sufrimiento de Masechaba en Florescencia nos lleva a una reflexión más amplia. Masechaba sugiere, afirma y luego grita que hay algo peor que ser extranjero en Sudáfrica: ser mujer. Y ser rebelde. En su última novela, se hace evidente el cambio, la evolución de Matlwa desde el tono divertido de Coconut hacia el pesimismo crónico de otros autores sudafricanos post Apartheid, como Coetzee o Dangor.

Con Florescencia se vuelve a abrir una ventana sobre un país que, tras la muerte de Nelson Mandela, parece haber perdido un poco del protagonismo que le proporcionaba el interés por el presidente que tanto hizo y tanto dejó por hacer. Y es una ventana abierta por una mujer, quizás para subrayar que, al fin y al cabo, son las mujeres las que llevan la carga de esta situación social tan perjudicial, en la que el machismo las mantiene en un estado de explotación y represión.

Las novelas de Matlwa nos reconducen a una reflexión sobre la muerte de Mandela y sobre cómo significó un momento de inflexión para quienes esperaban un cambio que finalmente no se ha producido, o al menos no de la forma que habían esperado y planeado sus impulsores.
En definitiva, independientemente de los recursos literarios que adopta, a través de sus historias la autora nos recuerda cómo el racismo, las violencias y las injusticias en Sudáfrica siguen dramáticamente presentes en el día a día, abriéndonos los ojos cerca del largo camino que queda para la igualdad.

NoViolet Bulawayo: “En el tiempo en el que vivimos, no ser activista no es una opción”

NoViolet Bulawayo (nacida Elizabeth Zandile Tshele, en Tsholotsho, Zimbabue, 1981) aparece en el selecto grupo de los autores de origen africano cortejados por la industria editorial global. La joven escritora zimbabuense ha accedido a esta distinción con sólo una novela publicada. El éxito de Necesitamos nombres nuevos, que ha publicado este año Salamandra, respondió a las expectativas. NoViolet, había conseguido en 2011 el Caine Prize, un premio para autores africanos que acostumbra a catapultar a sus ganadores, pero es criticado por ser controlado desde el mundo editorial occidental. Con Necesitamos nombres nuevos, apareció entre los finalistas del Man Booker Prize, en 2013, y recibió los agasajos unánimes de la crítica. Ahora, de regreso a Zimbabue, la autora se debate entre esa industria global y la producción artística local.

La escritora zimbabuense NoViolet Bulawayo. Foto: CBE

Necesitamos nombres nuevos, cuenta la vida de Darling y sus amigos, un grupo de niños y niñas en medio de un país en caída libre. ¿Por qué niños, para una historia tan dura?

Porque a menudo no se les da voz, no se les escucha y se les ningunea. Los escogí para entender el mundo desde otra perspectiva. Los niños también son piezas de este puzzle que compone la vida, pero la viven a través del mundo que construyen los adultos. Además creo que tienen muchas historias que contar.

NoViolet Bulawayo durante su visita a Barcelona. Foto: CBE

¿Permiten abordar la violencia, los abusos o el suicidio con cierta inocencia?

Al contrario. Creo que la historia es más dura de digerir para los adultos. Porque pensamos en los niños como seres inocentes a los que hay que proteger. No vemos que los niños hacen frente a situaciones durísimas, a veces peores que las de los adultos. Mi intención es hacer que el lector adulto se sienta incómodo, y se pregunte qué puede hacer para que eso no pase.

¿Ese grupo de niños son el reflejo de tu generación?

Estos niños crecen en un país distinto al mío. Yo crecí en el Zimbabue de después de la independencia y tuve una infancia maravillosa. No es el reflejo de mi generación, sino de la actual, que vive en un país con una disfuncionalidad extrema. Aunque los detalles son diferentes, es la historia de mis sobrinos y sobrinas. Su país también es mi país, su gente es mi gente, así que, de alguna manera, también es la historia de mi experiencia. Pero no hay que olvidar que hay muchas historias en el mismo país y también hay niños privilegiados que jamás han experimentado historias como las de Darling.

* Artículo publicado originalmente en Planeta Futuro gracias a un acuerdo de colaboración entre Wiriko y esta sección de EL PAÍS. Para seguir leyendo, pincha aquí

La madrina de la literatura feminista no es una aguafiestas

Ama Ata Aidoo ha sido considerada una de las madrinas de la literatura feminista africana. En Wiriko no nos gustas las etiquetas. Hacen más profundas los compartimentos que encorsetan y limitan y acostumbran a ser el reflejo de una visión superficial. En este caso, la etiqueta parece aceptable en la medida en la que reconoce la labor de pionera de esta enorme escritora ghanesa y, sobre todo, su capacidad para construir clásicos.

Ama Ata Aidoo y la Dr Wangui Wa Goro en Africa Writes / Estrella Sendra

Y un buen ejemplo es Nuestra hermana aguafiestas, la única de las obras de la reconocidisima escritora editada en castellano. Ya fue publicada en 2014 por la colección de literatura africana impulsada por Casa África y ahora, el colectivo Camabalache recupera la traducción de Marta Sofía López. Se trata de la primera novela (novela, por encajar esta obra en alguno de los géneros literarios básicos, porque el texto es mucho más que una novela) de la escritora ghanesa. No quiso esconder sus pretensiones, sobre todo, cuando le añadió el subtítulo “O reflexiones desde una neurosis antioccidental”. Pero lo más impactante es que se pueda leer una novela escrita originalmente en 1977, hace más de cuatro décadas, teniendo la sensación de que se están pasando las páginas del diario de una migrante africana actual.

Ama Ata Aidoo relata en Nuestra hermana aguafiestas la experiencia de una joven ghanesa que viaja a Europa, concretamente a Alemania e Inglaterra, con una beca para estudiar. Sissie, la joven estudiante termina siendo una aguafiestas, porque es incapaz de aceptar la autocomplacencia en la que han caído algunos de sus compañeros. Sissie se revela ante la actitud de los que han conseguido una cierta posición y han decidido quedarse definitivamente en los países en los que fueron recibidos con el encargo de formarse y volver a sus países a trabajar en el desarrollo de esas sociedades.

En todo caso, la experiencia de Sissie es más extensa. A través de su recorrido, Ama Ata Aidoo lanza una reflexión sobre el racismo de Occidente y sobre las relaciones desiguales que se perpetúan entre el Norte global y el Sur y, sobre todo, entre los hombres y mujeres de las correspondientes regiones del mundo. Aidoo, apunta también el papel de la mujer o la colonización cultural. Habla de lenguas o resistencia, pero su objetivo no es sólo la trata esclavista o la colonización, la escritora ghanesa también dispara contra la mezquindad de los gobernantes africanos y contra la falta de responsabilidad de sus élites.

El prólogo de la traductora de la obra de Aidoo ya es una joya para entender el contexto de la escritora, sus inquietudes y el marco que encuadra la obra. “En ningún momento la autora se deja deslumbrar por ‘los soles de las independencias’, esa ola de optimismo sobre el futuro del continente africano que recorrió el mundo entero en la era de las descolonizaciones. Y mucho menos por el oropel del mundo occidental, especialmente de una Europa paternalista y falsamente benevolente que aparentaba (y sigue aparentando) apostar por el desarrollo, las políticas democráticas y el lavado de conciencia colectivo sobre la historia del esclavismo, el imperialismo, la colonización y la neocolonización”, señala la traductora.

Aidoo no escatima la crítica hacia lo que llama “negro moderado” del que dice que “puesto que los intereses que con tanto afán defiende ni siquiera son los suyos, sólo puede regurgitar lo que ha aprendido de sus amos”. Lanza, igualmente, certeros dardos contra sus gobernantes al recordar que

“También hemos oído hablar,

¿a que sí? De países

en África donde

llueven desde Europa

esposas de presidentes.

Y traen a sus hermanos o… sabe Dios

para gestionar la

economía.

Una idea excelente…

¿cómo podría un negro

de mierda

gestionar nada

sin que expertas manos blancas

le tengan bien apretados los cojones

y el bolsillo?”

Y es que para ser la primera novela de Ama Ata Aidoo, la escritora ghanesa no tuvo complejos. Después de dos obras de teatro, un género que ha dado la máxima popularidad a la escritora, Aidoo no se pudo contentar con un formato de novela ortodoxo. En Nuestra hermana aguafiestas hibrida géneros y entremezcla la prosa y la poesía, combina en el relato un estilo narrativo convencional y otros más próximos a la escritura automática de una reflexión íntima y apasionada.

El feminismo va atravesando la historia apoyada en la experiencia de una mujer joven africana, primero en un entorno que le resulta extraño, y después entre los hombre que forman parte de la misma diáspora a la que pertenece ella.

“Porque

aquí bajo el sol

ser mujer

no ha sido

no puede ser

nunca será un

juego de niños”

El racismo también está muy presente en todo el relato. Durante la experiencia de Sissie, se cruzan noticias que ponen de manifiesto el discriminatorio sistema sudafricano, pero además se ponen constantemente de manifiesto, la mirada a veces paternalista, a veces huidiza a la que tiene que enfrentarse la estudiante en Alemania, donde a ratos es una extravagancia y a ratos una amenaza. Y entre esas historias dramáticas, Aidoo encuentra el espacio para girar el enfoque habitual con abordajes que no están exentos de ironía. “Pero, ay, su piel… Parecía como si en sintonía con sus emociones, la piel de Marija se encendiera y se apagara como un neón bicolor. Así que, contemplándola a la luz del sol poniente, Sissie no podía evitar pensar que esto de ser blanco era un asunto delicado”.

En definitiva y a pesar de pasar el esclavismo, la colonización y las diferentes formas de opresión y de no olvidarse de la colonización cultural, o precisamente por eso el apogeo del relato llega con la confrontación de Sussie a sus propios compatriotas, cuando intenta empujarles a abandonar la comodidad adquirida y a implicarse con el desarrollo de sus países. Las respuestas que recibe y los personajes con los que se encuentra en esa confrontación dan una idea de reto que supone la fuga de cerebros. En fin toda, absolutamente toda esa historia es pura actualidad, a pesar de tener más de cuarenta años.

La ironía de Konan que dispara contra la corrupción

Vuelve 2709 Books y, de su mano, regresa también Venance Konan, el autor que se ha convertido prácticamente en un estandarte de la editorial. Se podría decir que 2709 Books, prácticamente, nos descubrió al escritor marfileño y su particular estilo en el que el humor sirve para envolver con suavidad la crítica más afilada al nepotismo, el clientelismo y la corrupción política, así como otros vicios de una sociedad a la que retrata y caricaturiza.

Venance Konan: Olor a realidad

Konan es una especie de talismán para la responsable de 2709 Books. Después de un año sin novedades, desde que en su cuarto aniversario publicasen la deliciosa edición bilingüe de El libro de los secretos – Doomi Golo, de Boubacar Boris Diop, el proyecto ha celebrado su quinto cumpleaños con la historia de Los Catapila, esos ingratos, de Venance Konan, traducido por Alejandra Guarinos Viñals. El escritor marfileño fue el primer autor publicado por este sello, especializado en literatura de autores africanos y que edita sus libros en formato digital, y les ha acompañado en otras celebraciones. Ahora, 2709 Books hace un esfuerzo por mantener su actividad y qué mejor que recurrir a uno de los irónicos y mordaces relatos de Konan.

En este caso, los protagonistas vuelven a ser Robert y los Catapila, la capacidad del primero para meterse en líos y hacer fracasar los planes aparentemente más infalibles y la particular relación entre los propios Catapila y los habitantes del pueblo en el que fueron acogidos. En este caso, los huéspedes son los que son parasitados por los anfitriones que, por otro lado, consideran que los Catapila les deben una especie de gratitud eterna y sin límites. Todos los excesos en sus afán por exprimir a esa comunidad acogida parecen justificados por el hecho de que un día les cedieron un trozo de bosque. La disposición de los Catapila para labrarse un futuro provechoso a base de esfuerzo y trabajo parece que no tiene importancia para Robert y los suyos. Los Catapila serán siempre unos ingratos a sus ojos, al menos, siempre que no cumplan con sus caprichos.

Robert es, en realidad, un vividor fracasado. Aparentemente, es el más popular de su pueblo, un líder natural, como llegan a calificarlo en un momento, y parece llamado a hacer algo importante en la vida. Es un superviviente, en realidad, un holgazán que busca la manera de vivir de la mejor manera posible con el menor esfuerzo. Atribuye a un hechizo temprano su incapacidad para concluir sus proyectos e, incluso, para conseguir retener en sus manos el dinero que, en algunos momentos, fluye en abundantes cantidades. El hechizo es muy sencillo, para Robert todo se limita a conquistas a nuevas mujeres e invitar a beber a sus amigos en el bar, quizá eso tenga algo que ver con el destino frustrante de sus empresas.

Cada vez que Robert se acerca al poder y consigue tenerlo alcance de la mano, parece encontrar el camino del éxito, una circunstancia externa e incontrolable da al traste con sus planes. Golpes de Estado, revueltas, guerras e incluso invasiones se cruzan en la vida de Robert para hacer naufragar sus esperanzas de acomodarse entre los que mandan.

Manteniendo su habitual estilo narrativo, Venance Konan mezcla en esta historia, de nuevo, el entretenimiento con una evidente crítica política y social. Konan no tiene piedad con la autocomplacencia ni con la manía de eludir responsabilidad de una sociedad que prefiere echar la culpa de muchos de sus males a los demás. Si no es la brujería, son los migrantes, pero cualquier excusa parece buena para una sociedad que deja perderse las cosechas o que prefiere quedarse disfrutando “del calor corporal de las mujeres” por las mañanas antes que ir a trabajar. “A ninguno le apetecía abandonar a su mujer de madrugada para empaparse en medio de las malas hierbas. Además, durante la estación de lluvias siempre aparecían arcoíris en el bosque. Y en nuestra cultura, los arcoíris se enrollan en los hombres para chuparles la sangre”, justifica en un momento el narrador uniendo todas las excusas en una misma sentencia. “¡Mierda, nos están jodiendo de lo lindo estos Catapila! Siempre se las apañan para que no podamos prescindir de ellos. Vaya unos impresentables”, se queja el propio Robert en una de las ocasiones en las que el pueblo se deshace de esa comunidad.

Como ya había hecho en otras ocasiones, Konan aprovecha este relato para construir una especie de fábula acerca de la convivencia. Con los Catapila como centro de la otredad en el pueblo de Robert, pero con otros elementos como el Mauritano o un nigeriano que arregla ruedas de bicis. Konan demuestra como la figura del otro acostumbra a ser una excusa para tener alguien a quien echarle las culpas y cómo la resistencia a reconocer la ausencia de diferencias sustanciales tiene que ver, precisamente, con guardar una cabeza de turco útil. Sistemáticamente el pueblo de Robert dirige sus iras contra los Catapila y una vez tras otra los expulsan, pero los vuelven a acoger porque son incapaces de cubrir su vacío. Ese equilibrio entre comunidades es siempre delicado y la ironía y el sarcasmo que destila el relato de Konan, ridiculiza a aquellos que se resisten a aceptar al que es diferente.

Algunos pasajes resultan especialmente representativos de ese ciclo, como la escena que se produce cuando expropian a Mauritano su tienda: “Robert le había dado dinero a Pequeño Robert para que abasteciera la tienda de Mauritano que había pasado a ser de su propiedad. De modo que se fue a la ciudad y volvió con nosotros a las barricadas una semana más tarde, cuando se hubo gastado todo el dinero que Robert le había dado. Nos explicó que había decidido que lo más urgente para él, de momento, era la defensa de la República. Por lo que había dejado la tienda en manos de su mujer. Ella se encargaría de ir a la ciudad a por provisiones. Cuando ella fue a la ciudad se encontró con Mauritano y le pidió que volviera a ocuparse de tienda. Mauritano aceptó y regresó al pueblo; nos sentimos muy aliviados. Se haría cargo de la tienda, aunque el nuevo propietario fuera Pequeño Robert”.

En todo caso, la gran crítica que destila el relato de Konan, como en otras ocasiones, es la de la corrupción política y el clientelismo. La historia de Los Catapilas, esos ingratos, muestra el pegajoso y pringoso lodo en el que se desarrolla la política, especialmente, en los entornos rurales. El dinero, pero más a menudo obsequios más mundanos como camisetas o calendarios engrasan las fidelidades y compran las voluntades que, por otro lado, son evidentemente volátiles. Sin embargo, el ácido relato del escritor marfileño pretende poner de manifiesto que difícilmente se producen cambios importante, más allá de un partido o la cara de un político. Sucesivos aspirantes a contar con la simpatía y el apoyo de los lugareños, repiten una y otra vez las mismas promesas. Y ninguno de ellos las cumple. Ente tanto, los sobres van cambiando de manos y para los impostores profesionales la militancia se convierte en una forma de vida.

Mbuyu, entre la solidaridad, la educación y el entretenimiento

Es evidente que faltan referentes diversos en la literatura, lo han dicho muchos expertos, sobre todo, del mundo de la educación, y lo han corroborado repetidamente, por ejemplo, las y los miembros de las comunidades afrodescendientes. Este vacío se hace más evidente (y más impactante, también) en la literatura infantil. Con este punto de partida ha aparecido Mbuyu y el Baobab Africano, un cuento infantil ilustrado, escrito y dibujado por Silvia Álvarez Merino, que además de sumarse a esa corta lista de la bibliodiversidad para los más pequeños, pretende establecer un nexo con la solidaridad. Tal y como lo plantean sus impulsores, Mbuyu y el Baobab Africano, es un libro, pero es también un proyecto de educación para el desarrollo y una aportación a la cooperación internacional.

La historia de Mbuyu es simple, pero se convierte en una excusa para superar múltiples barreras. Las primeras, las de género y las de raza; después algunos de los estereotipos relacionados con África, porque en su periplo por diferentes lugares de Tanzania, la pequeña protagonista transmite una idea de diversidad, que no es la más habitual y abre una puerta al interés de los más pequeños por descubrir más, por conocer más, por acercarse a otras realidades que no son las que tienen en el entorno más inmediato.

La protagonista del relato es una pequeña de raza negra que se queda prendida por la apariencia característica del baobab. Teniendo en cuenta que se trata de un árbol con una enorme carga simbólica y al que se asocian leyendas diversas, no es extraño que a la pequeña Mbuyu le permita descubrir lugares fascinantes. A través de las raíces del baobab, la niña descubre diferentes paisajes tanzanos como el espectacular Kilimanjaro, la idílicas islas de Unguja y de Mafia, el lago Natron o el Parque Nacional del Serengeti. Cocodrilos, monos, jirafas, tiburones ballena o mariposas, acompañan a la pequeña en una apuesta segura para los más pequeños, el mundo de los animales.

El escenario, en realidad todos esos escenarios tanzanos es poco importante, podría haberse situado en cualquier otro país o en muchos de ellos al mismo tiempo, o podría haber utilizado otro hilo conductor. El merito de Mbuyu y el Baobab Africano es, en realidad, su carácter relativamente excepcional, o al menos, poco habitual, y sumar un título más a esa corta lista de cuentos infantiles de la diversidad cultural.

La responsable de la narración, Silvia Álvarez Merino, es la autora también de las ilustraciones que dan vida a la historia. El estilo de acuarela de estas ilustraciones, seguramente, es lo que más refuerza un aspecto delicado de toda la dimensión visual de Mbuyu y el Baobab Africano. Animales y paisajes espectaculares, una niña curiosa y con un punto travieso y un mundo por descubrir a través de imágenes coloridas pero, al mismo tiempo, suaves, sin duda, son ingredientes clave para las niñas y niños a los que va dirigido el proyecto. La sensación de serenidad que transmite el libro y la diversidad que refleja son, a la vez, atractivos para los padres, madres o educadores.

Mbuyu y el Baobab Africano es un álbum ilustrado trilingüe, español, inglés y kiswahili, cuya publicación ha impulsado la asociación Mbuyu, con objetivos múltiples. Desde la edición del libro, la organización ha impulsado diversas actividades relacionadas con los cuentos y esa diversidad, con la voluntad de mostrar imágenes relacionadas con África, diferentes a las más habituales. Al mismo tiempo, un grupo de ONG y asociaciones han apoyado la publicación de este cuento ilustrado y colaboran con la asociación Mbuyu. La compra de los cuentos permite hacer aportaciones a estas ONG y la propia asociación Mbuyu prentende continuar con su actividad a través de proyectos de difusión cultural.

Una descarnada y violenta novela romántica

Da la impresión de que en la literatura ecuatoguineana contemporánea están emergiendo las novelas sobre la diversidad sexual y afectiva, prácticamente como un género en sí mismo. O al menos, varias de las últimas obras editadas en España de autores o autoras procedentes del país africano tienen este nexo en común. El último de estos ejemplos es Juntos antes que anochezca, de Chris Ada, publicada por la editorial Baphala que, con el objetivo de “descubrir las mejores obras de la literatura poscolonial LGTBIA”, ya he puesto en manos de los lectores algunas obras de autores africanos con esta perspectiva.

El joven escritor ecuatoguineano, Chris Ada. Fuente: Editorial Baphala

Lo que destaca de Juntos antes que anochezca es que se trata de un relato descarnado, con una narración explícita y sin artificios, tanto cuando se refiere a los encuentros sexuales como cuando describe la violencia. El jovencísimo Chris Ada, que no ha cumplido los 23 años, relata con el mismo brutal realismo un escarceo amoroso que una tortura y así, las setenta páginas de esta novela corta transmiten básicamente un ambiente tórrido, angustioso y asfixiante.

Los editores han querido que este relato, que da a conocer a un autor emergente también en su país y más conocido allí por su faceta cinematográfica, vaya bien acompañado. Aparece precedido de una introducción de Trifonia Melibea Obono, una de las escritoras ecuatoguianas contemporáneas más conocidas en España y un referente de la literatura LGTBIQ; y también está acompañado de un breve prólogo de Luis Melgar, un diplomático conocedor de la situación en el país porque mientras dirigía el Centro Cultural de España en Malabo, propició talleres de escritura y también la constitución de la primera organización de defensa del colectivo LGTBIQ de Guinea Ecuatoria.

Juntos antes que anochezca tiene mucho de la idea más extendida de la novela romántica, incluída la elevada carga de erotismo y algunas situaciones fuertemente estereotipadas, sobre todo en esa relación amorosa entre los dos protagonistas. Sin embargo, también tiene algunas diferencias, como la dimensión más oscura y tenebrosa, el paseo por la periferia de la sociedad y el recorrido por la marginalidad, la violencia, los abusos de las autoridades o el choque frontal con las estructuras más tradicionales de la sociedad, incluida la familia.

El relato transmite la historia de un joven de familia acomodada, de hecho, una familia próxima al poder, una circunstancia que en Guinea Ecuatorial tiene unas connotaciones muy concretas, que no es capaz de aceptar la homosexualidad del hijo. El rechazo conduce a joven a un abismo y a un recorrido por la cara oscura de la sociedad. Sin embargo, ese recurrido pone al descubierto cómo esa cara oscura forma parte inseparablemente de la sociedad, no es tanto la parte rechazada, como la parte escondida fruto de los prejuicios y la hipocresía. A pesar del dramatismo, o más bien dentro de ese esquema de novela romántica al uso, la historia da una nueva oportunidad al joven Dashis. A través de una relación idílica el muchacho llega a tocar el paraíso con la punta de los dedos (por contagiarnos del tono del relato) y, mejor, no desvelamos cómo termina esa historia, aunque no es difícil de imaginar.

En la misma introducción, la escritora también ecuatoguineana, Trifonia Melibea, asegura que el recorrido del protagonista de la narración es, en realidad, un periplo habitual entre los miembros de la comunidad LGTBIQ del país. Y una buena parte del discurso, y también de las actitudes sociales que se reflejan, descansa sobre ese tópico tan repetido que dice que la homosexualidad o cualquier otra muestra de diversidad sexual y afectiva no es propia de África, que todo son vicios de los blancos de que intentan contaminar a la juventud africana. A partir de esa incomprensión se construye la doble moral que permite que el joven Dashis no sólo sea víctima de violaciones, agresiones, insultos y abusos, o que se vea empujado a la prostitución como única forma de vida, sino que se vea sometido al escarnio.

Los diferentes episodios dan una idea de ese periplo de Dashis. Desde que su padre le llevase a una iglesia para hacerle un exorcismo, hasta que le obligase a acompañarle a un prostíbulo para ver si se había “curado”; desde ser violado por hombres a modo de venganza y escarmiento, hasta ser pagado por sexo por otros hombres de la élite. Todo un sistema de hipocresía que tiene la guinda, no tanto en el maltrato de la policía, sino en que esté comúnmente aceptado el escarnio público de la homosexualidad, tener que pasearse desnudo por la ciudad ante el desprecio y los insultos de muchos de sus vecino y haciendo que la ayuda sea un riesgo para quien no puede aceptar semejante injusticia.

En una entrevista con Lucia Mbomío publicada en Píkara, el propio autor, Chris Ada, reconocía haber vivido algunos de los episodios que se narran en su novela y lo hacía de una manera muy personal: “Todavía me acuerdo de las lágrimas que derramaba al escribir algunas de esas escenas, era como revivir esa experiencia, pero dentro de mi mente”.

Cuando Sami Tchak hizo caer las máscaras

La fiesta de las máscaras es, sobre todo, un ejercicio de transgresión que va más allá de la ruptura estética. Aunque pueda generar algunas dudas por el tono derrotista y cínico que destila toda la novela, el relato toca algunos temas críticos que, precisamente, parece someter a la corrosión que provoca el ácido propio del estilo de Sami Tchak. Este autor, posiblemente, el más popular de los escritores togoleses contemporáneos se ha caracterizado por mirar muy de refilón los límites, lo justo para saber dónde están y poder desbordarlos sin complejos ni contemplaciones.

Sami Tchak durante el salón del libro de Ginegra de 2011. Fuente: Wikimedia. Autor: Rama

En este caso, la acción se desarrolla en un país desconocido que, sin embargo, remite a ambientes caribeños en un clima en el que se destila calor tropical y decadencia. Es en este momento de búsqueda de referencias para la ubicación del relato cuando uno se topa con una estancia en Cuba del autor, durante la que el escritor togolés realizó un estudio sociológico sobre la prostitución. La fiesta de las máscaras, publicada por la editorial Baile del Sol como inauguracion de una colección impulsada por Casa África, es una historia de relaciones humanas desmedidamente turbulentas, empezando por la de Carlos y Alberta que acaba de manera dramática, precisamente, por una de las cuestiones sobre las que la narración lleva al lector a reflexionar: los malentendidos en las relaciones personales.

Es un tonto desencuentro entre Carlos y Alberta el que desencadena la tragedia en un espacio que podría haberse convertido en la tabla de salvación de dos corazones maltrechos. Las vidas de ambos están en caída libre y ambos parecen ser la solución para el otro. La desdicha, sin embargo, asume el control de la situación. El resultado es una narración con voces múltiples que desprecia el orden lineal. Tanto es así que incluso los muertos se permiten contar su parte de la historia.

Sami Tchak aprovecha la espiral dramática, que puede llegar a recordar a la tragedia clásica, y un asfixiante ambiente que se alimenta de ese clima tropical y las habitaciones cerradas en las que se mezclan sudores, olores y frustraciones, en el que se mueve con soltura. Con esos elementos construye un contexto en el que los personajes confunden pretensiones, esperanzas y experiencias, y en el que se relacionan partiendo de la más absoluta incomprensión. En este caso, los pretendidos sobreentendidos se retuercen para acabar asfixiando a sus autores.

La trama trágica y ese ambiente de confusión permite al escritor togolés darse un paseo por otros temas que van más allá de las relaciones humanas, en las que las máscaras acaban cayendo. Sami Tchak no desaprovecha la oportunidad de dibujar un régimen de un personalismo enfermizo en el que además se gesta la tragedia posterior. Carlos viene de un país que se identifica como “Lo Que Nos Sirve Este País”, en el que el gobierno autocrático de Su Excelencia ha construido a su alrededor toda una telaraña de privilegios y desigualdades. La familia de Carlos, que procede del lodo, se encuentra alternando con los elegidos del régimen, debido a los devaneos sexuales de Carla, su hermana, que a cuenta de sus amantes se convierte en el sustento de la posición de la familia. En todo caso, Carlos acaba pagando un alto precio por esa vida de lujos.

La crítica a esos sistemas dictatoriales se hace evidente a través de los detalles de sus cloacas sociales. La misma suerte de paso por el tamiz crítico corre la hipocresía de los desfavorecidos, un terreno que Tchak dibuja como con abundancia de buenas y chacales dispuestos a alimentarse de los despojos de sus iguales.

En La fiesta de las máscaras, el escritor togolés renueva muchas de las transgresiones que le han hecho conocido. La que la industria editorial impone a los autores africanos en cuanto a temas y enfoques e, incluso, ambientación. De nuevo, Sami Tchak sitúa la trama lejos de Togo, e incluso del continente. Pero también las que tienen que ver con el decoro de las relaciones sexuales, no sólo sobrepasa las barreras relacionadas con la instrumentalización de las relaciones haciendo que se confundan prostitución y búsqueda de afecto, sino las que tienen que ver con la violencia y con las prácticas sexuales que forman parte de los tabús más inquebrantables.Sin embargo, lo hace siempre desde una cierta corrección con una ausencia absoluta de escenas explícitas, lo que hace que estas transgresiones sean todavía más inquietantes.

 

La 7ª edición de Africa Writes buscó historia, memoria y espiritualidad

Ayesha Harruna Attah en la presentación de su libro The Hundred Wells of Salaga en Africa Writes 2018 / Foto: Iván González

Africa Writes regresó a las instalaciones de la British Library de Londres el pasado fin de semana. El certamen, organizado por The Royal African Society, dio visibilidad a la escena literaria africana y de la diáspora con una cita que acogió a más de 60 participantes de diversos países como Camerún, Nigeria, Uganda, Kenia o Zimbabue.

A pesar de la baja de Warsan Shire por problemas de salud, la 7ª edición de Africa Writes estuvo cargada de una potente y diversa programación donde la historia, la memoria y la espiritualidad fueron los principales ejes temáticos. La presencia femenina, con hasta 5 lanzamientos, fue clave en esta edición. “La decisión de programar a todas estas jóvenes mujeres fue una reflexión de la actual escena literaria más que una respuesta al contexto político social”, explica a Wiriko una de las programadoras del festival, Caitlin Pearson.

The Hundred Wells of Salaga de Ayesha Harruna Attah y These Bones Will Rise Again de Panashe Chigumadzi se unieron a los debuts literarios de Novuyo Rosa Tshuma, House of Stone, y de Akwaeke Emezi, Freshwater. Cuatro escritoras cuyas obras se complementan y que miran al pasado desde un nuevo punto de vista. Las jóvenes fueron las sensaciones de una edición que navegó las distintas expresiones literarias sobre apropiaciones, construcción de realidades y mundos. “Nuestro trabajo se ha centrado en la realidad igbo y en la ontología tras la separación que supuso el colonialismo”, dice Pearson.

En el festival, que programó hasta 25 eventos, hubo espacio para adentrarse en la literatura camerunesa y conocer las nuevas generaciones de escritores en Uganda. Además se debatió la importancia de la literatura africana en los currículums escolares y la irrupción de pequeñas revistas literarias tanto en el continente como en la diáspora. Se incluyó también un taller sobre las ideologías afrofuturistas de Black Panther en la literautra, el arte y la moda y se organizó una noche de temática Wakanda que contó con la participación del colectivo Octavia Poetry.

La identidad y la pertenencia también fueron materias esenciales como herramienta de diálogo. La literatura responde al contexto sociopolítico producido por el Brexit y se realizaron sesiones en las que se ahondó en las figuras literarias en la Londres georgiana y eduardiana y se exploraron las diversas representaciones de la identidad con producciones como COAT del cantante y escritor Yomi Sode.

Sode, encargado de inaugurar esta edición, llenó el auditorio con una obra teatral que enfrenta al joven Junior con el regreso a su Nigeria natal tras la muerte de su abuela. Su país de origen, extraño y desconocido tras dejarlo a los 9 años, es sin embargo un vínculo emocional y cultural con la que lidiar a diario. “Es embarazoso que no sepa el nombre de mis abuelos pero puedo nombrar todos los discos de Kanye”, reconoce Junior.

El podcast cultural Mostly Lit volvió al festival en compañía de la periodista y escritora Afua Hirsch. La conversación desgranó los detalles del último libro de Hirsch, BRIT(ish), en el que se buscan respuestas al significado de ser negro y británico en la actualidad.

“Estamos en una fase histórica en el Reino Unido en el que la idea de ser británico está siendo explorada de diferentes maneras y existe un interés en la presencia de africanos y descendientes de africanos aquí”, explicó Pearson.

Una de las sesiones más esperadas del festival fue Loving Womxn: Deliberate and Afraid of Nothing donde se compartieron las experiencias de mujeres que toman conciencia de su identidad a través de la escritura. La editorial nigeriana Cassava Republic presentó She Called Me Woman, una recopilación de 25 historias que dan voz a mujeres queer en Nigeria. También hubo espacio para reivindicar Sista!, una antología de mujeres lesbianas y negras en el Reino Unido con descendencia africana y caribeña.

Liv Little, editora de la revista gal-dem defendió su publicación como “plataforma para mujeres negras que viven su identidad sin remordimientos”. La escritora ecuatoguineana Trifonia Melibea Obono también participó del coloquio gracias a un video grabado con antelación en el que introdujo su última novela, La Bastarda, que acaba de traducirse al inglés.

Asistentes al festival literario Africa Writes / Foto: Iván González

Cuando en muchos países de África se clama que la homosexualidad es una importación occidental, la literatura desmorona el argumento de políticos y líderes religiosos. Otro ejemplo es Lives of Great Men, la memoria gay del periodista y escritor nigeriano Chiké Frankie Edozien.

La 7ª edición de Africa Writes superó el número de asistentes según los organizadores consolidándose como un espacio para un público diverso que consume literatura africana y en la diáspora. “El festival definitivamente continuará exhibiendo historias de jóvenes, queer y mujeres. La involucración de los jóvenes es importantísima porque ellos son la próxima generación de lectores y escritores”, concluye Pearson.

“Necesitamos nombres nuevos”… y necesitamos más libros como este

En 2013, la escritora zimbabuense NoViolet Bulawayo publicó We need new names. Y este año, esta novela que es un universo en sí misma, se publica en castellano, de la mano de la editorial Salamandra y a través de una traducción de Sonia Tapia Sánchez. Necesitamos nombres nuevos, su título fiel en la edición española, podría perfectamente incorporarse a las lecturas recomendadas para los adolescentes: habla su idioma, la historia es conmovedora y atractiva y proyecta una imagen compleja de África, de los africanos y del hecho migratorio, una visión de las múltiples caras de un prisma, muchas de las cuales no se corresponden con los discursos más habituales. Bueno y, sobre todo, porque es una delicia y cumple con todos los criterios para ser uno de esos libros que te enganchan a la literatura.

La escritora zimbabuense, NoViolet Bulawayo. Fuente: Editorial Salamandra.

Darling es la narradora de la primera novela de NoViolet Bulawayo: Bastardo, Chipo, Sabediós, Sbho y Stina forman el grupo de amigos en Darling, todos ellos habitantes de un poblado de chabolas con un evocador nombre: Paraiso. El relato de las correrías de este grupo de niños está lleno de simbolismo y fácilmente encaja en los esquemas de novelas juveniles, de historias pensadas como lectura de verano e ideadas para hacer volar la imaginación. Sin embargo, en el caso de Necesitamos nombres nuevos, la joven autora zimbabuense va dejando caer algunas perlas en forma de referencias externas, más allá del relato de gamberradas, de las idas y venidas que a falta de vigilancia de adultos van descubriendo poco a poco la vida. Esas perlas que pueden pasar desapercibidas son, en realidad, una especie de migas de pan que marcan el camino de una historia mucho más interesante camuflada bajo la superficie.

El desarrollo vital de este grupo de muchachas y muchachos resulta en realidad descarnado, pero sólo cuando el lector levanta la cabeza y empieza a recomponer las piezas del puzzle. Desalojados de sus casas y empujados a ese suburbio que es Paraíso. Apartados de la escuela porque incluso los profesores han huido de un país que se deshilacha. Enfrentados a un futuro incierto al que acechan, desde los embarazos precoces hasta la epidemia del SIDA, pasando por la promesa de la esperanza rota que es la migración y flanqueado por una tradición debilitada y unas iglesias cargadas de supersticiones, vicios y afán de lucro. El grupo de amigos de Darling crece en medio de un cierta inconsciencia que ve perfectamente los dientes de la violencia económica y política, pero que, sin embargo, apenas perturba sus juegos. A través de estos niños, NoViolet Bulawayo dibuja un país marcado por las desigualdades. “Cuando llegamos al centro de Budapest, nos paramos. Esto no es como Paraíso, esto es como estar en un país totalmente distinto. Un país bonito donde vive la gente que no es como nosotros. Claro que tampoco se ve nada que sugiera que aquí vive gente de verdad. Incluso el aire está vacío: no huele a comida rica, no hay olores, no hay ruidos. No hay nada”, dice cuando visita un barrio rico de la ciudad. Dibuja un país que igual desaloja a los blancos que reprime a los disidentes, liderado por élites corruptas e incapaces que se preocupan más por amañar elecciones que por solventar la pobreza. Sin embargo, Zimbabue, no aparece explícitamente en ningún momento durante toda la narración, ni tampoco sus políticos.

Cubierta de “Necesitamos nombres nuevos”

Sin embargo, la experiencia de Darling es todavía más rica y nos transmite algunas sensaciones que estaría bien que el lector del norte global nunca perdiese de vista. “A estos de la ONG les gusta mucho hacer fotos, como si fuéramos sus amigos y sus parientes de verdad o algo así, como si luego, al volver a sus casas, fueran a ponerse a ver esas fotos y a decirles nuestros nombres a otros amigos y parientes. No les importa que a nosotros nos dé vergüenza estar sucios y llevar la ropa rota, ni que prefiramos que no nos hagan fotos”, suelta Darling como una bofetada. Pero tampoco se queda atrás su experiencia migratoria, cuando por ejemplo, una mujer le acorrala en un baño, ya en su etapa en Estados Unidos y le suelta todos los tópicos relacionados con los males de África, con la conmiseración y la caridad. Sí, porque finalmente, después de la frustración del cambio, Darling viaja a Estados Unidos, o mejor a una América de la que presumía delante de sus amigos, pero que no resulta ser como en sus sueños.

La escritora zimbabuense hace pasar al grupo por delante de la devastación del sida, por la arbitrariedad política y por la violencia con delicadeza y una extremada ternura. El desengaño que marca este abrupto fin de la infancia es por encima de todo pura inocencia: “Se me ocurre que podría rezar por ella para que se le pase el cansancio, pero entonces de acuerdo de que he decidido que rezarle a Dios es una pérdida de tiempo. Ya puedes rezar y rezar y rezar, que nada cambia. Por ejemplo, estuve rezando para tener una casa de verdad y ropa buena y una bicicleta y varias cosas más durante mucho, mucho tiempo, y no tengo nada, ni una sola de esas cosas, por eso ahora sé que todos esos rezos por mi padre no son más que un engaño”.

A medida que pasa el tiempo, el tono de la narración va contagiándose de la madurez de Darling y, por ejemplo, su evolución se acelera una vez que es acogida por su tía en Detroit y abandona Paraíso. El dolor de la marcha y de lo que se deja atrás no deja nunca de estar presente. Incluso pasado el tiempo, Darling es incapaz de no rememorar su origen ante el olor de una guayaba que le traslada a su infancia y a las calles de su país.

Si Bulawayo no ahorra críticas al país de origen, ni escatima bofetadas a los occidentales en África, tampoco deja títere con cabeza cuando se refiere a la experiencia migratoria, desde la violencia de la sociedad estadounidense con los tiroteos en colegios y la violencia policial hacia los negros, hasta el desamparo en el que quedan los hijos de padres absorbidos por completo por el trabajo, o el abandono de los mayores, pasando por el conflictivo despertar a la sexualidad o los desórdenes alimenticios.

Sólo tres fragmentos, en todo el libro, no reproducen la voz de Darling. “Cómo aparecieron”, “Cómo se marcharon” y “Cómo vivían”. El primero sobre la creación de un barrio de chabolas como Paraíso, a partir de desplazados internos; el segundo, sobre una de las olas migratorias, aquella en la que Darling sale del país; y la tercera, especialmente conmovedora, sobre el asentamiento de los refugiados en los Estados Unidos. Aparentemente es la voz de un viejo migrante que ha perdido la razón, la que relata como fue la llegada de los primeros desplazados en otros tiempos y como ve que las raíces se van diluyendo generación tras generación. “Venían en manadas, dejando atrás los restos, los jirones de nuestro país. Y nosotros no pensábamos en remendar esos jirones, en remendar lo que era nuestro”, dice en un tono apocalíptico.

Necesitamos nombres nuevos contiene la experiencia completa de una africana, llena de matices y de caras diferentes, una experiencia multidimensional que además se digiere con facilidad gracias a una narración fresca, a un lenguaje sencillo y a un tono cercano. Necesitamos nombres nuevos enseña y divierte. Enseña que las cosas son mucho más de lo que parece y que, por ejemplo, esta experiencia es sólo una de las experiencias posibles. Es decir, enseña diversidad. Y divierte porque pasa sin esfuerzo y porque deja un regusto que llama a repetir, quizá el regusto de las guayabas que los amigos de Darling robaban en Budapest.

Reivindicación feminista e historia de Nigeria, dos en uno

Quédate conmigo tiene el regusto de las grandes novelas escritas por mujeres en las postindependencias. Tiene ese regusto, pero aporta un sabor renovado. Remite a títulos como Mi carta más larga, de Mariama Bâ o El baobab que enloqueció, de Ken Bugul, en cuanto a esas historias de mujeres que reúnen en una sola persona todos los sufrimientos femeninos. En realidad se trata de mujeres fuertes, también Yejide, la protagonista de Quédate conmigo, lo es, pero parece que sus vidas están destinadas a atraer la desgracia, toda la desgracia.

La escritora nigeriana Ayobami Adebayo. Foto: Eniola Alakija / Cedida

En relación a esos referentes, la joven autora nigeriana Ayòbámi Adébáyò, ha renovado considerablemente la forma de narrar, en parte el lenguaje que seguramente al lector le resultará mucho más próximo, pero sobre todo la estructura de la historia. En Quédate conmigo, dos narradores van contando la misma historia, en ocasiones, incluso, los mismos pasajes y así la aproximación a los personajes resulta más rica, desde su propia intimidad, pero también a partir de cómo otro, alguien muy próximo, interpreta sus acciones. De la misma manera, la escritora ha decidido enmarañar el hilo temporal para mantener hasta el último momento el misterio sobre algunos de los pasajes del relato. La operación es un riesgo, evidentemente porque se aleja de la forma más habitual de leer las historias, pero se puede decir que Adébáyò lo resuelve con éxito, ha demostrado la capacidad de mantener al lector junto a los protagonistas y, al mismo tiempo, jugar con él para dosificar los detalles más determinantes.

En realidad, Quédate conmigo se va desplegando como la historia del calvario de Yejide, una joven nigeriana para la que más allá de su noviazgo con Akin la vida es sufrimiento. El relato se desarrolla durante más de veinte años, pero el entorno político juega un papel especial en los hecho que coinciden con los sobresaltos de los primeros años ochenta y, sobre todo, alrededor del golpe de estado militar de Ibrahim Babanguida. En un momento, incluso la protagonista reconoce el paralelismo entre el país que se está deshaciendo y su vida que, simultáneamente, se desmorona por momento.

Yejide soporta el peso de todos los males que afrontan las mujeres de esa época y de ese lugar, la Nigeria de la década de los ochenta, a pesar de que ella pertenece a la capa social de los acomodados. Seguramente, la elección del personaje tiene mucho que ver con la voluntad de la autora que no sitúa todos estos obstáculos colocados en el camino del desarrollo femenino en un entorno rural, sino en un contexto de familias bienestantes. A través de la protagonista, vemos el impacto que supone la aparición de una segunda esposa, para una mujer que ha asumido un modelo de amor romántico y considera que junto a su marido forma una familia completa.

La hipocresía y el machismo que lo contamina todo son una nota constate en la desventurada historia de Yejide y también de su marido. La incapacidad para concebir es atribuida inevitablemente a Yejide, pero la presión de la familia para aumentar la familia les apremia a ambos. La joven había encontrado en el noviazgo con el apuesto y atento Akin, su primer espacio de plenitud, después de haber sobrevivido en el parto a su madre, de haber tenido que vivir con la sombra del resentimiento del padre y con la marginación y el desprecio por parte de sus madrastras. “Antes de llegar a la adolescencia, aprendí a desconectar de sus espeluznantes descripciones de cuánto sangró, pero nunca superé la forma en que me miraba cunado hablaba de su muerte, como si estuviese evaluando, intentando decidir si yo equivalía a lo que él había perdido”, explica la protagonista. Pero a medida que la presión de la familia aumenta empieza a consolidarse una acción subterránea, las mentiras, los manejos, los planes ideados como geniales que sólo pueden llevar al más absoluto desastre.

Llegan los niños y se incrementan las desgracias, aparecen pesadas losas como las de algunas tradiciones o, más bien, las de las interpretaciones de las tradiciones que no han sabido repensarse. O las de los curanderos decididos a hacer negocio del sufrimiento. Y de pronto esos secretos lo van contaminando todo. “En realidad en mi hogar polígamo, escuchar a escondidas conversaciones ajenas no sólo era de mala educación; era un crimen. Todo el mundo tenía secretos, secretos que estaban dispuestos a proteger con su vida”, recuerda Yejide de su infancia.

Con esa llegada de los niños, la atormentada existencia de la protagonista se va dirigiendo poco a poco hacia un precipicio. “A una madre no le está permitido que se le nuble la vista. Debe percatarse de si el llanto de su bebé es demasiado fuerte o demasiado bajo. Debe saber si la temperatura del niño ha subido o ha bajado. A una madre no se le puede pasar por alto ninguna señal”, tal es la concepción de la maternidad y la carga de responsabilidades que se impone un mujer que ha sido empujada prácticamente hasta la locura (o incluso, más allá de la locura) por no concebir. Las cuitas por la paternidad de Akin también se hacen presentes en medio de un escenario en el que las desgracias se van sucediendo una tras otra. Y otra más, cuando parece que las cosas ya no pueden empeorar.

“La esperanza era un lujo que yo ya no podía permitirme”, llega a confesar Yejide a medida que se acerca el desenlace. “Desde Olamide y Sesan, y ahora con Rotimi, llevaba mucho tiempo gravitando al borde de un precipicio, y ahora estaba tan agotada que sólo quería que me dejasen caer”, sentencia en el momento en el que definitivamente toca fondo. En todo caso, el relato desvela el poder destructivo de los secretos, pero también, a pesar de que no sea de manera evidente, debería ser un antídoto contra los deseos no formulados, las quejas silenciosas enquistadas y, por extensión, todas las palabras no dichas.

Quédate conmigo es una historia descarnada, dura, durísima. No recomendable para mujeres embarazadas, futuros padres, madres en ciernes o familias en fase de construcción. Sí, es dramática, a veces, incluso desagradablemente dramática, porque te revuelve y te lleva al borde de la indignación y, sin embargo, aunque nunca lo habría dicho antes de las últimas doce páginas que constituyen la última parte de la novela, es una historia llena de esperanza y que acaba compensando los pesares previos.

Binti: bajo la ciencia ficción, la conciencia

Ahora mismo, Nnedi Okorafor es probablemente la autora más popular de la ciencia ficción, e incluso, de la literatura fantástica africana, en un sentido más amplio. Más allá de la simplificación que suponen las etiquetas, Okorafor aparece ahora mismo como la principal representante del afrofuturismo literario. No se debe confundir esta clasificación con una moda. La autora de origen nigeriano ha firmado más de una quincena de títulos entre novelas y novelas breves, sin contar ensayos artículos o relatos, durante los últimos trece años. El reconocimiento a esta amplia carrera se ha disparado en los últimos años, aunque durante este tiempo ha ganado una decena de premios estadounidenses e internacionales. Sin embargo, la popularidad responde, en ocasiones, a elementos más mediáticos. En los últimos tiempos, por ejemplo, se ha sabido que HBO convertirá en una serie televisiva la novela Who Fears Death, y que será la encargada de escribir futuras entregas del último gran lanzamiento de Marvel, Black Panther, e incluso una de las secuelas de esta serie de superhéroes que ha sacudido representación que tradicionalmente Holywood hacía del continente africano.

La escritora Nnedi Okorafor, figura del afrofuturismo. Foto: Jim Hines

Su novela corta Binti, precisamente, es uno de sus trabajos más premiados y ha sido reconocido con algunos de los premios más importantes de la literatura de fantástica y de ciencia ficción como el Premio Nebula o el Premio Hugo. La editorial Crononauta se ha embarcado en la publicación de Binti en castellano, traducida por Carla Bataller Estruch. Y así llega hasta nuestras manos una de las obras contemporáneas más representativas del afrofuturismo.

Okorafor, es una novelista y ensayista nacida en Estados Unidos, de origen nigeriano. La vinculación de la escritora con el entorno afro, primero, y explícitamente africano, después, es evidente en sus influencias o en su inspiración. Así que al margen de sus datos biográficos está claro que ella se siente cómoda como autora africana. De hecho, en su faceta ensayística es una de las responsables de algunas de las reflexiones más interesante en torno a la ciencia ficción africana. Okorafor puede decir sin empacho que ya en 2009 le auguraba a este género una buena salud. Los últimos acontecimiento y las tendencias tanto del público como de la industria han demostrado que la escritora tenía razón en aquel ensayo en el que se preguntaba si África estaba preparada para la ciencia ficción.

Binti pone de manifiesto una característica de la literatura de ciencia ficción que se reclama constantemente: su trasfondo. El género es un envoltorio, a menudo, una primera capa que alberga mensajes con mucho contenido. En el caso de la historia de Binti, el nombre de la protagonista, la experiencia básica de la exploración de nuevos mundos, apenas oculta la preocupación medioambiental y una lección en torno a la convivencia intercultural.

Una joven himba decide ser la primera en abandonar la tierra a la que su cultura está estrechamente ligada. No sólo nunca antes nadie se había embarcado en una aventura como la que afronta Binti, sino que además lo hace en contra de la voluntad de los suyos. En un escenario futurista, Binti es una matemática genial y que además combina su capacidad con los números con un don oculto: es una maestra armonizadora, la habilidad más adecuada para controlar las corrientes que se utilizan en la construcción de los astrolabios, en la que se ha especializado su familia. Los astrolabios son artefactos que acaban conteniendo toda la vida de sus poseedores, el pasado con su hitoria, el presente con todos sus contactos y las herramientas para la vida y el futuro, con algo parecido al destino. Quizá alguien reconozca en el astrolabio una especie de teléfono móvil aumentado.

Nnedi Okorafor, escritora de literatura fantástica de origen nigeriano. Foto: byronv2

En parte, la joven pasea con orgullo su exclusividad, su piel “marrón oscuro” y el otjize, la arcilla rojiza con la que cubre su piel y su pelo como muestra de arraigo a la tierra. En parte, sin embargo, no puede evitar la inseguridad que genera la presión social a la que se ve sometida. Binti no ha querido desaprovechar la oportunidad de ingresar en Oomza Uni, la universidad más prestigiosa del universo. La joven ha contravenido todas las normas de su comunidad para asistir a esa Meca de conocimiento. Se ha montado en una nave espacial, que en realidad es un gran organismo vivo modificado, con personas de diferentes procedencias, no solo humanas.

Sin embargo, el viaje será un reto mucho mayor del que Binti se había imaginado. En realidad, todo ese futuro vivido en un entrono aséptico no impide una sociedad que no ha llegado a ser igualitaria y en la que prevalecen algunas discriminaciones. Precisamente, la traición del pacto entre los hombres y las medusas genera una situación extrema en el viaje de la joven exploradora himba y, posiblemente, en el futuro del universo. Sin embargo, el desenlace de ese conflicto es la parte más interesante de la trama que no vale la pena desvelar. Quizá sirva como un indicio el hecho de que Binti es la primera entrega de una trilogía cuyo tercer episodio se ha publicado originalmente este año. Por cierto, la editorial Crononauta ya ha avanzado que próximamente publicará la segunda entrega: Binti: Hogar; y prevee también editar la primera novela para adultos de Nnedi Okorafor, Who Fears Death. Así que continúan los motivos para la esperanza.