Para no aburrirse… muchas letras africanas

Afortunadamente en los últimos meses se han producido un buen número de lanzamientos editoriales de autoras y autores africanos. Eso significa que el verano se abre ante nosotras con trabajo pendiente, no hemos podido seguir el ritmo de reseñas de esas nuevas presentaciones, pero aprovecharemos este mes de agosto, para poneros al día en el nuevo curso.

Sin embargo, aunque no os hayamos podido ofrecer esas reseñas no nos podemos resistir a proponeros algunas de esas novedades. Así compartimos la experiencia.

La revolución vertical, de Ngũgĩ wa Thiong’o

Forma parte de un interesante proyecto del que ya hablamos en Wiriko y que ha hecho que el relato del escritor keniano se haya editado simultáneamente en seis ediciones bilingües en las que el kikuyu en el que fue escrita originalmente la historia comparte páginas con el castellano, el catalán, el euskera, el galego, el aranés y el bable.

En este caso, os traemos la versión castellano-kikuyu que ha lanzado la editorial Rayo Verde, pero en el proyecto también estaban Raig Verd, Txalaparta, Editorial Galaxia y Pagès editors.

Quien teme a la muerte, de Nnedi Okorafor

Nos llega una nueva novela de la referente actual de la literatura de ciencia ficción africana. Nnedi Okorafor es una escritora nacida en Estados Unidos, pero de origen nigeriano que se reclama como heredera de la tradición africana en la construcción de sus mundos literarios de ciencia ficción. Después de las dos primeras piezas de la trilogia Binti, la editorial Crononauta nos acerca esta novela de la escritora, una de sus obras más aclamadas, antes de que su potencial fuese aplaudido por la industria editorial global.

Siguiendo con la iniciativas interesantes. Nos encontramos con que las editoras que se lanzan a la publicación de obras de autoras africanas, además apuestan por nuevas formas de edición. En este caso, al mismo tiempo la novela de Nnedi Okorafor se ha publicado simultáneamente en castellano, de la mano de Crononauta, y en catalán, a través de Raig Verd, bajo el título Qui tem la mort. El entendimiento entre las responsables de estas dos valientes casas editoriales ha permitido este lanzamientos múltiple.

Terra somnàmbula, de Mia Couto

Volvemos a hablar de la primera novela del mozambiqueño Mia Couto, la que publicó hace veintisiete años, justo cuando se firmaba la paz en la guerra civil que había asolado su país. El relato, máxima expresión del estilo onírico de Couto, vuelve a estar de actualidad gracias a la edición que Periscopi ha hecho en catalán.

África en transformación, de Carlos Lopes

La colección de ensayos que Casa África impulsa a través de la editorial Los libros de la Catarata tiene un nuevo volumen. Se trata de una reflexión de Carlos Lopes sobre la situación actual, pero también la trayectoria y la proyección del desarrollo económico del continente africano. Lopes, uno de los economistas africanos más prestigiosos, ha querido poner los puntos sobre las ies, contestar los mitos en negativo y también puntualizar una euforia infundada. Se trata de que una voz extremadamente autorizada ofrezca un análisis riguroso de la situación.

Lluitar amb el diable, de Ngũgĩ wa Thiong’o

De la producción de no ficción del escritor keniano, esta es la obra más impactante. Así al menos lo considera Laura Huerga, la editora de Rayo Verde y de Raig Verd que se ha empleado a fondo en la tarea de acercarnos las reflexiones y las opiniones de uno de los autores africanos con más reconocimiento. En este trabajo, Ngũgĩ wa Thiong’o repasa el año que pasó en prisión, como represalia del régimen keniano por haberse acercado a las clases más populares a través de un teatro social y pedagógico.

No hables, de Uzodinma Iweala

Iweala está contribuyendo a un arduo trabajo en el que se han empleado muchos artistas africanos: dinamitar el tabú en torno a la homosexualidad. En este caso, el autor estadounidense de origen nigeriano nos traslada a las dificultades que entraña en las relaciones familiares la diversidad sexual. Alianza de Novelas (AdN) se ha fijado en otra de las voces de esa floreciente literatura de diáspora que cada vez consigue más visibilidad. Iweala se hizo conocido en el entorno editorial con su primera novela Bestias sin patria que abordaba el fenómeno de los niños soldados.

Doce relatos urbanos, doce voces africanas, de varios autores

La periodista canaria Ángeles Jurado se ha encargado de coordinar este volumen de relatos impulsado por Casa África en su colección de narrativa de la editorial Baile del Sol. Doce relatos urbanos, doce voces africanas recoge historias de una nómina de autores de primera línea que ofrecen una visión sobre las realidades urbanas del continente. Esta narrativa sobre las ciudades se está convirtiendo en unas de las principales herramientas para romper con algunos de los estereotipos que se ciernen sobre África. Las ciudades africanas son espacios extremadamente dinámicos y los narradores y las narradoras africanas las están relatando de una manera inmejorable.

Antología poética, de Gabriel Mwéné Okoundji

Un poco de poesía también se puede hacer un hueco en las lecturas veraniegas. Si los y las autoras africanas están infrarrepresentados en la actividad editorial en España, la publicación de poesía es una auténtica excepción. La Editorial Pre-Textos ha escogido a este autor congoleño ampliamente reconocido en el panorama internacional para acercarnos una obra poética cargada de originalidad. En realidad Okoundji ya había sido traducido al español, pero a través de la editorial argentina Babel. Ahora el poeta congoleño llega también al panorama editorial español.

Bajo las ramas de los udalas, de Chinelo Okparanta

Okparanta ha sido adoptada como una revelación y un referente por algunos apasionados de las literaturas africanas que tratan temas de diversidad sexual. En este caso una historia de amor poderosa y desgarradora se produce en pleno conflicto de Biafra en Nigeria. El contexto de guerra no es único inconveniente que tendrán que superar las protagonistas de la novela para que sus sentimientos ganen la partida. La editorial Baile del Sol ha recuperado empuje con la edición de esta historia que si recibe la atención necesaria debería atraer una atención equivalente a la que ha atraído en otros países.

La societat dels somiadors involuntaris, de José Eduardo Agualusa

El escritor angoleño José Eduardo Agualusa regresa a las estanterías, en este caso, por la publicación en catalán de su penúltima obra. La editorial Periscopi seguramente se ha visto animada por el fantástico recibimiento que tuvo la recuperación el año pasado de Teoria general del olvido (en catalán) y ha hecho en este caso apenas se lo haya pensado para traducir la última novela y penúltimo libro de Agualusa. El narrador mozambiqueño tiene un espacio indudable en la producción editorial española, sin embargo, en los últimos años ese espacio se ha ido consolidando y ensanchando a fuerza de que los y las lectores se encuentren con los relatos fabulosos de este contador de historias incontestable.

Murambi, el libro de los huesos, de Boubacar Boris Diop

El escritor senegalés Boubacar Boris Diop publicó Murambi por primera vez en el año 2000, como como resultado de su participación en una iniciativa que pretendía afrontar el genocidio de ruanda desde la literatura. Diop recreo el escenario de la crisis ruandesa a través de una historia aparentemente ficcionada pero cimentada en una investigación rigurosa de los hechos. La de Diop fue una de las serie de diez novelas que otros tantos autores publicaron dentro de ese mismo programa.

Murambi fue recuperada por la editorial Wanáfrica en 2016 y ahora ha sido publicada por la editorial 2709 books que, como de costumbre hace una propuesta particular. Esta curiosa editorial pone a disposición de los y las lectoras los libros, únicamente en formato digital y lo hace con precios extremadamente atractivos. Recuperamos de esta manera un relato imperdible por el contenido, pero también por la filosofía que lo motivó y lo permitió.

Cuentos para niños perdidos, de Diriye Osman

Acaba de aparecer en castellano una de las colecciones de relatos que causó sensación cuando se publicó originalmente en inglés. Diriye Osman es un escritor y un artista visual de origen somalí que se crió en Nairobí y ha acabado instalándose en Londres. A través de esta serie de relatos que en su momento recibió el aplauso de la crítica, Osman aborda el universo de la comunidad LGBTIQ somalí y de África Oriental y sus interesecciones con la diáspora, el hecho migratorio, la búsqueda de identidad, los conflictos domésticos y familiares y la inestabilidad de la salud mental que para algunos de ellos provocan estas crisis. A pesar de ser relatos, a menudo descarnados y dramáticos, Osman asegura que, en general, ha querido transmitir la alegría de encontrarse a uno mismo y de conseguir que los deseos propios se puedan materializar. Otro de los referentes de los últimos años en la literatura LBGTIQ africana que llega en español hasta nuestras librerías de la mano de Team Angelica.

La literatura árabe contemporánea destapa el tabú del racismo

Un arma de doble filo de los conflictos entre África del Norte y África subsahariana

La historia del continente africano se caracteriza por ser una de constantes flujos migratorios. Antes de la desertificación del Sáhara, las fronteras no habían sido un problema para las distintas sociedades que se trasladaban; sin embargo, hoy en día el desierto funciona a modo de barrera entre el norte y las regiones subsaharianas. Decir que existen numerosas diferencias entre los dos polos es una explicación simplista que reduce la complejidad del asunto. Lo cierto es que esta separación geográfica es, a veces, una justificación de los países del Norte que tienden a desligarse del resto del continente, prefiriendo estrechar lazos con Europa y con Oriente Medio.

Autor/a: Eleni Kalorkoti. Fuente: New York Times.

Esta desconexión atiende a cuestiones raciales históricas que se remontan al periodo de esclavitud, momento a partir del cual ser negro se convirtió en una categoría inferior. Asimismo, la colonización europea se encargó de ahondar aún más las diferencias entre blancos y negros. Pero las nociones racistas que impregnan actualmente el Norte de África no sólo son una continuación de lógicas pasadas, ya que estas se han reforzado con las dinámicas de los últimos tiempos. Las medidas políticas adoptadas por Europa en materia de migración han seguido profundizando la brecha entre el Norte y el Sur del continente al llegar a acuerdos con países como Marruecos para que pongan freno a las personas migrantes africanas que se dirigen hacia Occidente (léase “La historia del acuerdo de devolución de migrantes a Marruecos que Pedro Sánchez ha sacado del cajón” o “Marruecos, la Unión Europea y el dilema migratorio”).

Otro ejemplo de cómo los compromisos entre Europa y África del Norte deshumanizan a los africanos es el actual comercio esclavista en Libia, país en el que se han externalizado las fronteras Norte-Sur. Sobre el papel, Libia se responsabiliza de parar los flujos migratorios hacia Europa, pero cómo se tratan o qué ocurre con esas personas que son retenidas no ocupa ni la agenda ni la consciencia de los gobiernos. El vacío legal existente crea un contexto de desprotección que ha servido como caldo de cultivo para el resurgimiento de un sistema de explotación que no contempla los derechos humanos. De esta manera, se contemplan a los países árabes de África septentrional como distintos a los del África negra, estableciendo una jerarquía en la que las sociedades negras siguen ocupando el escalón más bajo.

Por lo tanto, no es de extrañar que estas fronteras tanto físicas como morales hayan puesto sobre la mesa la identidad como uno de los principales temas de debate en las reflexiones africanas. El racismo antinegro, presente en el funcionamiento político y económico de África del Norte, es un tabú del que muy pocas personas hablan, pero cada vez son más los actores que rompen el silencio.

¿Cómo refleja esta situación la literatura del Norte de África?

En este caso, la literatura ha servido como instrumento para la proyección de esas voces. El mes de marzo se celebró en Túnez el Foro de la Novela Árabe, el cual se centró en el racismo. De acuerdo con The Arab Weekly, autores árabes contemporáneos acudieron al evento, mostrándose simpatizantes con la causa y expresando su preocupación y compromiso por el tema.

El periodista y escritor eritreo Haji Jaber (1976) fue uno de los asistentes. Su obra más reciente, Black Foam (2018), ha sido nominada para el Premio Árabe de Ficción (IPAF) 2019. La novela cuenta la historia de Dawit, un etíope que parte hacia Israel en busca de una vida mejor, pero una vez que llega a su destino tiene que enfrentarse al racismo al que están sometidos los migrantes negros. El autor utiliza la literatura para reflejar la realidad de las sociedades subsaharianas en el norte del continente, lugar en el que parece no haber sitio para ellos. En una entrevista reciente para el ArabLit, Jaber expresa que sus historias locales pretenden alcanzar un público internacional, por lo que la idea es que su proyecto como escritor, enfocado a dar luz a las realidades que se viven en y desde el cuerno de África, no se quede en un contexto regional.

Mona Kareem. Fuente: Universidad Libre de Berlín.

La kuwaití Mona Kareem (1987), autora de tres colecciones de poemas e investigadora, también acudió al foro pero tiene otra postura al respecto. En su artículo reciente ‘Arabic literature and the African other’, publicado en el prestigioso medio anglófono Africa is a Country, Kareem critica los estereotipos de los que se valen las últimas publicaciones de la literatura árabe. Según la mirada de la autora, el desconocimiento de las sociedades subsaharianas ha hecho que estas se perciban como el Otro. Por lo tanto, la literatura pone de manifiesto que la desconexión del Norte tiene como consecuencia que la ignorancia acerca del Otro se traduce en la prevalencia de cánones erróneos que hacen muy poco por acabar con el racismo.

Y es que los argumentos narrativos parten de la base de que los países africanos (que no los árabes del Norte) son lugares inhóspitos, caracterizados por la suciedad, la pobreza y la delincuencia entre otros. Esta visión afropesimista — término que fue acuñado a finales del siglo XX por autores africanos para referirse a la percepción negativa del continente que atribuye la responsabilidad de la incapacidad de progreso a factores endógenos— sesga la literatura árabe y hace del producto final una obra racista que no contribuye a despojar a África subsahariana de las etiquetas impuestas hasta la fecha.

Por si fuera poco, Kareem denuncia que la literatura árabe responde a las demandas extranjeras, ya que cada vez son más las obras que se centran en las minorías negras dentro de los países norteafricanos por el mero hecho de que es lo que le interesa a las academias y ONGs occidentales. Por ende, esta es una nueva forma de colonización que se ha valido de un lenguaje aparentemente antirracista para conservar su legitimidad en el continente. Por lo que el esfuerzo y la voluntad de cambiar el panorama está siendo tergiversado. Sin embargo, esto iría en contra del espíritu y planes de cooperación regional que se llevan planteando desde hace años, pues lo que se está haciendo es fomentar la fragmentación de África así como el surgimiento de conflictos internos a través de discursos raciales que construyen a los africanos subsaharianos como el Otro.

La diferencia entre ambas partes del continente sitúa a sus respectivas poblaciones en una balanza desigual en la que el Norte es entendido como el espacio de habitantes blancos y no africanos, mientras que el Sur ha sido relegado a una segunda categoría: el África negra. En este contexto, la literatura árabe, dependiendo de las verdaderas intenciones que impulsen su creación, puede ser una de las maneras de poner fin al tabú del racismo y servir como una herramienta más de concienciación. Como diría el autor keniano Ngũgĩ  Wa Thiong’o, es imprescindible descolonizar la mente para que haya una reconciliación entre África septentrional y el África del Sur del Sáhara.

Viaje al África urbana

Tráfico frenético. Nula planificación urbanística. Música de fondo. Y en medio de todo esto, la razón de ser de las ciudades: sus habitantes.

África es el lugar del planeta donde la urbanización está produciéndose a mayor velocidad. Por ejemplo, según la ONU, Lagos, la mayor ciudad africana, seguirá creciendo a un ritmo de 77 habitantes por hora hasta 2030. Esta rápida conversión de un continente que, hasta ahora, había sido eminentemente rural, conlleva cambios que trascienden la utilización del territorio y que se manifiestan, especialmente, en la experiencia humana.

A la izquierda el ghanés Nii Ayikwei Parkes, uno de los autores de la colección y, a la derecha, Ángeles Jurado, editora del volumen. Foto: Ana Henríquez Pérez

A través de la mirada y el talento de doce autoras del continente –siete firmas son femeninas, junto a cinco masculinas–, con Doce relatos urbanos. Doces voces africanas, editado por Ángeles Jurado, del departamento de Comunicación de Casa África, el lector se zambulle en el trepidante ritmo de una docena de urbes. La mayoría, subsaharianas, pero también del norte de África, europeas e, incluso, una asiática.

A lo largo de las casi 200 páginas, las historias te rompen el corazón, repetidas veces, con pérdidas y decepciones familiares, te convierten en cómplice de venganzas, y te descubren los secretos mejor guardados de lugares como “la ciudad de los mil sabios” (la Yola de Boubacar Boris Diop), o “Tánger, la inmortal”, que se cuenta en primera persona mediante la pluma de Antonio Lozano, a quien se dedica la obra ‘in memoriam’.

La ciudad no es un El Dorado”, como escribe Ken Bugul en su relato sobre Dakar. No lo es ni en África, ni en ninguna parte, pero sus habitantes se enfrentan, cada día, a los desafíos que ella plantea y demuestran una gran creatividad no solo para sobrevivir, sino para, incluso, intentar mejorar. Le ocurre al protagonista de su historia, un cabeza de familia que se ve abocado al éxodo rural y que se adapta como puede a las escasas oportunidades de ganarse la vida que brinda el monstruo urbano.

Soberbio ejercicio de estilo el de Trifonia Melibea Obono en “El nativo”, emulando el peculiar castellano de un militar de Malabo que transmite una impresión muy clara de la profunda marca de violencia, corrupción y estrictos compromisos familiares que ha quedado en la sociedad ecuatoguineana…, aunque no exclusivamente en la ecuatoguineana.

Otra de las escritoras africanas presente en la selección es la célebre Chimamanda Ngozi Adichie, “el ancla al que todos conocen”, como la definió Ángeles Jurado en la pasada Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria. Con su aportación, Adichie nos presenta a una nigeriana en plena crisis vital en Lagos, “la ciudad llena de ángeles apagados”.

Además de las relaciones, sean entre parientes, de pareja o amistosas, otro tema recurrente es el del racismo, fuertemente vinculado al clasismo. Aparece en “el París de los viajeros” de Armand Gauz, en el doble escenario inglés y abiyanés de Edwige-Renée Dro, y en la historia gastronómica de Nii Ayikwei Parkes. El propio Parkes, en la presentación de la obra en Gran Canaria, declaró: “Me gusta explorar lo que no se ve a simple vista”. Y así se refería alas tensiones que puede generar la convivencia intercultural tan propia de las ciudades.

Y si hay un elemento indisociable de la vida urbana y omnipresente en estas historias ese es el coche. Un medio que transporta de un lugar a otro pero en el que, durante el desplazamiento, se desencadena la acción, sea esta meramente reflexiva o de abrupta reacción. El coche participa como un personaje más que, sin concederle mucha importancia, nos permite contemplar la ciudad a través de los ojos de su pasajero. Como si la urbe agradeciera la intermediación de un vehículo, automovilístico o literario en el caso de Doce relatos urbanos. Doces voces africanas, para poder apreciarla mejor.

Nubes de lluvia, entre la esperanza y el tormento

Makhaya representa una visión muy particular del heroísmo, quizá nadie diría que es un héroe, pero es indudable que es un personaje magnético. Se trata de un periodista que huye de una condena en Sudáfrica y se refugia en una emergente Botsuana y que aparece alternativamente como un idealista comprometido o como un hombre en fuga con un delicado y precario equilibrio emocional. Es el protagonista de Nubes de lluvia, la primera novela de Bessie Head, una escritora respecto a la que ni siquiera hay consenso en su adscripción, a menudo, aparece como una de las mejores novelistas, y otras como una de las más transgresoras narradoras sudafricanas.

La editorial Palabrero Press ha editado en español esa novela publicada en Londres y Nueva York en 1968. Traducida por Elia Maqueda y con un prólogo de Ángeles Jurado que nos acerca a la realidad en la que Head produjo esta historia y a algunas de las circunstancias que nos permiten entender mejor el relato. Jurado se asoma a la biografía de la escritora, pero no solo, también nos acerca a una lectura profunda de Nubes de lluvia.

La historia de Makhaya es la historia de una búsqueda, igual que lo fue la vida de Bessie Head. En el segundo caso, una búsqueda tan turbulenta como infructuosa; en el primero, una búsqueda desesperada, denodada y accidentada. El periodista llega a Botsuana saltándose las convenciones y las leyes e intentando encontrar un lugar en el que volver a empezar. Ese lugar idílico para recomenzar su vida es, aparentemente, Golema Mmidi, pero tampoco allí las cosas son tan sencillas como el protagonista esperaba.

Mientras nos explica el periplo de Makhaya, Bessie Head nos va sumergiendo en un mundo en construcción, en parte, pero también con una profunda resistencia al cambio; un espacio en el que las contradicciones se van desplegando tanto en los personajes como en sus relaciones. Más que en el espacio, Makhaya deberá encontrar su lugar en el sistema que conforman esos personajes que buscan el equilibrio entre las transformaciones que mejoran la vida y los espacios de poder personales, individuales y egoístas; entre quienes desde la tradición piensan en una convivencia beneficiosa para todos y los que han sido capaces de retorcer el progreso a su antojo; un contexto en el que las resistencias no son necesariamente las previsibles o, al revés, no son las personas más resistentes al cambio las que pondrán más difícil el avance.

Las experiencias de Makhaya nos acercan a las consecuencias de las tradiciones instrumentalizadas y de las estructuras sociales parcialmente manipuladas. Mientras nos ofrece la cara más evidente de la hospitalidad y la convivencia, también nos aproxima a sociedades con derivas racistas.

La escritora Bessie Head. Fuente: Editorial Palabrero Press

Todos esos episodios, todas esas experiencias y esas relaciones, tienen la fuerza de la realidad. Las contradicciones que hacen que los comportamientos sean completamente humanos son más creíbles porque parten de la experiencia de Bessie Head. Su biografía es, en sí misma, material de primera para una novela, si no fuese porque la realidad no acostumbra a ser demasiado sexy. La escritora sudafricana convivió desde su nacimiento con las contradicciones, los prejuicios y la hipocresía de una sociedad extremada e inhumanamente cerrada. Fue el fruto de las relaciones entre una mujer blanca acomodada y un trabajador negro, algo más que un acto ilegal en la Sudáfrica del apartheid, un pecado que marcaría toda su vida.

Sus primeros años estuvieron marcados por las instituciones mentales en las que fue a parar su madre y el repudio de la familia. A partir de ahí, el alcoholismo, las continuas huidas, la indigencia a menudo, el exilio y la escritura a veces como una forma de sanación y otras como un nuevo descenso a los infiernos. Son todas esas experiencias las que alimentan o las que enmarcan la creatividad y la narrativa de Head. Nubes de lluvia es prácticamente una autobiografía de su época de exilio en Botsuana, donde también ella llegó buscando una alternativa a la asfixiante atmósfera de la Sudáfrica más discriminatoria.

Un Día del Libro o un Sant Jordi africanos

En los últimos meses algunas editoriales valientes nos han acercado algunas obras de autores africanos, algunas auténticos clásicos; otras, una muestra de las producción más innovadora. Aprovechamos la cita del Día del Libro y de la fiesta de Sant Jordi, el próximo 23 de abril, para recopilar algunas de las novedades más notables publicadas en nuestro entorno.

La revolución vertical

Un proyecto en el que varias editoriales del Estado español se han puesto de acuerdo para lanzar este cuento del keniano Ngugi wa Thiong’o en unas cuidadas ediciones ilustradas bilingües en el original kikuyu y español, asturianu, euskera, galego y aranés. El último relato del genio keniano de la literatura universal con todo el sabor y la riqueza narrativa de la tradición africana y con una proyección hacia el futuro y hacia el mundo que nos interpela a todos.

Binti

Nnedi Okorafor es la máxima expresión de la ciencia ficción africana y Crononautas ha publicado los dos primeros volúmenes de su primera trilogía Binti. Una muestra de esa fortaleza de la literatura fantástica que surge del continente y que tiene la capacidad de abrir nuevos escenarios, por ejemplo, el de una joven himba en un viaje interestelar en el que se ocupa de tejer redes entre las diferentes especies. Además, nos mantiene pendientes de la próxima publicación de la tercera y última novela de la trilogía.

Terra somnàmbula

Mia Couto vuelve a construir en Terra somnàmbula unos universos que se entrecruzan para confeccionar una narración magnética. El pasado, la violencia, los escenarios aparentemente irreales, casi oníricos, le permiten al mozambiqueño contar historias de una manera muy particular. Como en otras ocasiones, la traumática experiencia de la guerra en el país africano aparece de manera sistemática como telón de fondo de esta historia que tiene mucho que ver con la búsqueda del camino propio.

La societat dels somiadors involuntaris

El angoleño José Eduardo Agualusa sigue edificando escenarios que le permitan contar la Angola contemporánea. En este caso, el hilo conductor es el sueño, los sueños, más bien, y las diferentes relaciones de los protagonistas con los sueños, en gran medida como una alternativa a una realidad traumática.

No hables

Uzodinma Iweala es, en realidad, un escritor nacido en los Estados Unidos, pero de padres nigerianos. En su obra, esas raíces nigerianas tiene una enorme importancia. En su presentación en el mundo editorial, Iweala se sumergió en la realidad de los niños soldados. En esta última novela, No hables, el escritor se ha preocupado por un tema que ha ido ganando visibilidad en los últimos años. El protagonista tiene que hacer frente al reconocimiento de su homosexualidad y sobre todo a la reacción de su familia.

Las mentiras que nos unen

Esta última propuesta es un libro de ensayo. Concretamente, se trata de un trabajo del filósofo ghanés Kwame Anthony Appiah, que propone una visión sobre la identidad poco convencional. Apphiah pone en cuestión la mayor parte de los pilares atribuidos a esa construcción de la identidad y también a sus consecuencias.

Ngũgĩ y la transmisión de la sabiduría

Si la edición de La revolución vertical, de Ngũgĩ wa Thiong’o, que acaba de lanzar la editorial Rayo Verde no atrae lectoras y lectores hacia las literaturas africanas es posible que suponga un definitivo punto final. La propuesta es completamente deliciosa y tiene absolutamente todos los ingredientes. La narración del escritor keniano es sublime; la traducción de Víctor Sabaté ha captado y transmite toda la esencia de la historia; los textos explicativos que acompañan el relato aplifican su efecto y facilitan su comprensión; las ilustraciones de Agustín Comotto refuerzan el sentido del mensaje que Ngũgĩ transmite; y la canción que acompaña esta edición es el lazo definitivo a un libro que es un regalo en todos los sentidos.

Ngũgĩ wa Thiong’o, firme defensor de la producción literaria en lenguas africanas. Foto: Carlos Bajo

El escritor keniano Ngũgĩ wa Thiong’o regaló La revolución vertical al colectivo de Jalada, como parte de un proyecto de difusión de las lenguas africanas. La revista literaria panafricana hizo de esta historia un cuento traducido a 80 idiomas. En un primer momento, se trataba de lenguas africanas, paralelamente las lenguas de las antiguas potencias coloniales y, finalmente, lenguas de todo el mundo.

La historia de La revolución vertical es el relato de un desencuentro entre los miembros del cuerpo humano que pone de manifiesto un aprendizaje básico, que transmite valores como la igualdad, el respeto, la convivencia o la justicia. Ngũgĩ wa Thiong’o muestra una indudable capacidad para manera toda la energía narrativa del género del cuento tradicional. Este relato sabe a historia macerada durante siglos en la transmisión de boca a oreja al calor de una hoguera nocturna. Tiene todos los elementos de esas historias que se han ido construyendo relato a relato con el paso de las generaciones para transmitir de madres a hijos, de tíos a sobrinas o de abuelas a nietas los valores que cimentan la convivencia de la comunidad. El genial autor keniano hace con esta historia un homenaje a esa, a veces denostada, literatura popular y, sobre todo, a esta transmisión oral de las historias y las enseñanzas. Su homenaje es, precisamente, reconstruir un cuento que perfectamente serviría para ser contado en una de esas veladas de narración oral comunitaria.

Wa Thiong’o escribió el cuento originalmente en gĩkũyũ como parte de su proceso de militancia cultural en favor de la defensa y el resto de las culturas minorizadas y él mismo se encargo de hacer la primera traducción, al inglés. El autor keniano ha transmitido sistemáticamente la necesidad de relacionarse con naturalidad con las lenguas y evitar la instrumentalización.

Laura Huerga, editora de Rayo Verde e incondicional de Ngũgĩ wa Thiong’o ha cogido esta joya y ha intentado engarzarla de la manera que se merecía. Esta edición forma parte de un impresionante proyecto que nos trae, de la mano de Rayo Verde y Raig Verd, tres ediciones bilingües en castellano, catalán y asturiano y gĩkũyũ. Pero es que dentro de ese mismo proyecto, la editorial Txalaparta ha lanzado una edición en euskera y la lengua original del cuento; Galaxia ha hecho lo propio en gallego y gĩkũyũ; y Pagès se ha sumado con una edición en aranés y gĩkũyũ.

La propia Huerga pone el contexto con un epílogo que ayuda a acercarse tanto al relato como a la figura del autor y, sobre todo, a la importancia de su militancia cultural, un activismo a favor de las culturas minorizadas que le ha puesto contra las cuerdas durante su vida y le ha llevado a la cárcel y el exilio; pero que al mismo tiempo le ha convertido en un referente de la reflexión decolonial y de la literatura universal hasta el punto de tener un reconocimiento internacional, a pesar de esta muy lejos de los gustos complacientes de la industrial editorial global. Rayo Verde y Raig Verd han publicado en los últimos años, en castellano y en catalán, una buena parte de la producción literaria del autor keniano, tanto de sus ensayos, como de sus obras autobiográficas.

Una de las ilustraciones de Agustín Comotto en el libro de Ngũgĩ

La excepcionalidad de este lanzamiento se completa con las cuestiones formales. Ya que han convertido el relato en un cuento ilustrado con los dibujos del argentino Agustín Comotto que construye una historia gráfica que discurre en paralelo a la narración escrita y que refuerza el mensaje, a través del particular estilo de las ilustraciones.

Efectivamente el lazo tiene forma de canción, compuesta por Clara Peya y adapatada por Alícia Serrat. Rayo Verde ha compartido esta canción con un sencillo vídeo compuesto por algunas de las ilustraciones de Comotto que configuran un perfecto aperitivo, uno de esos que te empujan necesariamente a seguir degustando.

Retablo de mendigos y de hipocresías

Hace 40 años que la escritora senegalesa Aminata Sow Fall publicó por primera vez La Grève des Bàttu. Ahora la editorial Wanafrica nos ha traído la traducción en castellano de este relato bajo el título La huelga de los mendigos y esta nueva versión simplemente pone de manifiesto que la historia es completamente actual, no sólo por el ritmo de la narración sino por los valores que transmite. La escritora senegalesa que pasa por ser una de las autoras clásicas de la literatura poscolonial del país, dibuja una dimensión de la sociedad poco visibilizada pero que tiene una presencia constante, la de la mendicidad. Al mismo tiempo, el relato pone al descubierto una evidente hipocresía en las relaciones de clase, entre la élite dirigente y en relación con los supuestos valores religiosos. Una severa crítica vestida de una atractiva piel de cordero.

La escritora senegales Aminata Sow Fall. Fuente: De may! en Wikimedia

La historia se sitúa en una más que reconocible ciudad de Dakar, en la que se desencadena una campaña gubernamental para poner coto a la mendicidad callejera. “Su presencia perjudica el prestigio de nuestro país; es una plaga que debemos ocultar en la ciudad como sea. Este año, el número de turistas ha bajado considerablemente con relación al año pasado y es casi seguro que esa gente tiene algo que ver”, explica Mour Ndiaye a su ayudante Kéba Dabo, para justificar la acción. Ambos serán los responsables, desde el Servicio de Higiene Pública, de sacar a los

Cubierta de La huelga de los mendigos

mendigos de la calle para que no perjudiquen la nueva industria turísticas del país.

La autora deja clara la importancia en la trama de la voluntad de medrar del jefe, Mour Ndiaye que tiene la vista puesta en la vicepresidencia de la República y, también, de un empleado como Kéba Dabo, obsesionado por agradar a sus superiores, “adicto al trabajo” y con un trauma infantil en relación a la pobreza que se va desgranando a lo largo de la novela.

Esta especie de sainete que presenta muchas similitudes con la novela picaresca, tiene diversos escenarios paralelos y, al mismo tiempo que las idas y venidas de los responsables del Servicio de Higiene Pública, se dibuja un curioso retablo del mundo de los mendigos. Poco a poco la autora presenta algunos personajes para que el lector vaya construyendo el mosaico de los pedigüeños que se van constituyendo en “hermandad” en el patio de la casa de Salla Niang, una mendiga poco convencional. Ese patio se convertirá en el centro de operaciones de los pordioseros cuando cambien su estrategia y pasen a la acción como respuesta al acoso de las autoridades.

Los pordioseros que ven caer a algunos de sus compañeros, terminan por reclamar su dignidad y su papel en una sociedad que presenta un complejo equilibrio. La realidad de la mendicidad, aunque invisibilizada, ocupa un lugar evidente en la cotidianidad de los senegaleses y Aminata Sow Fall lo refleja con claridad. “¿En qué barrio de la ciudad el primer gesto de la mañana no es dar una limosna? Incluso en los barrios de tubabs (europeos blancos), los tubabs negros y los tubabs blancos cumplen con ese rito. Si habláis de barrios pobres, eso sí que no viene al caso: todo el mundo sabe que los pobres dan más fácilmente que los ricos”, les espeta Salla Niang a sus compañeros para exigirles que contribuyan al sistema de apoyo mutuo.

El pulso entre los mendigos y las autoridades va subiendo de tono e incluso se cobra algunas víctimas. Unos y otros van cambiando sus estrategias, pero el movimientos fundamental se produce cuando se levantan nuevos liderazgos entre los indigentes que empuja a una insospechada organización del colectivo y su toma de protagonismo. Los mendigos saldrán de las calles, las plazas y los mercados, voluntariamente, como parte de la reclamación de su dignidad y este movimiento tendrá consecuencias más profundas de lo esperado, incluso, para el principal responsable de la campaña anti-pobres, Mour Ndiaye.

Otros temas van atravesando el relato y van definiendo algunos de los rasgos fundamentales de la sociedad senegalesa, rasgos que a menudo pasan desapercibidos, precisamente porque son mundanamente cotidianos. Una trama refleja el complicado equilibrio de la tradición y el aumento de protagonismo de nuevos valores en relación con el papel de la mujer. La poligamia, una especie de matriarcado puntual, la aceptación de algunas mujeres y la fuerza de la mayoría, el lugar central de la figura femenina y, también, sus reclamaciones, construyen una imagen de ese complicado papel femenino que, a veces, resulta difícil de entender desde otros contextos culturales, sobre todo, cuando se olvidan sus múltiples caras y se intenta simplificar. Aminata Sow Fall hace un interesante ejercicio y pone de manifiesto que el papel de la mujer en la sociedad senegalesa no puede expresarse en términos de blanco y negro.

La huelga de los mendigos se asoma también a otra realidad importante y poco conocida: la figura de los marabouts, los guías espirituales. La complicada caracterización de los personajes abre la puerta del interés del lector y la escritora se enfrenta a esa complejidad sin miedo. Podía haber optado por dibujarlos de una manera simplista para que no dejasen flecos, sin embargo, la novelista apunta algunas de sus múltiples caras como estudiosos, devotos, consejeros o, incluso, hechiceros. La particular religiosidad se abre paso en medio del conflicto entre mendigos y autoridades.

En todo caso, la lectura de la novela perfila diversas críticas, como esa ambigüedad del papel de la mujer y la complejidad de la realidad de la poligamia; pero también la hipocresía ante la pobreza, las dobleces de la caridad, orientada a la satisfacción personal y no a la ayuda a los otros; o los canales de ascensión de las élites políticas, entre otras cuestiones.

Warsan Shire

Warsan Shire, poesía en resistencia

Warsan Shire se ha convertido en un referente de la poesía del siglo XXI. La mezcla de sus versos, con su carácter fresco y joven y un buen uso de las redes sociales la ha catapultado al éxito. Se ha escrito mucho sobre ella, especialmente después de que en 2016 participase en “Lemonade” el último trabajo de la archiconocida Beyoncé. La mayor parte de las veces se hace referencia a Shire como un icono de la pop-culture, reconvertida en una moda, intentando alejar la conexión evidente que tiene con sus raíces, con la búsqueda de sí misma y con personas que siempre quedan en los márgenes de la historia. Sin embargo, hay mucho trabajo y muchos versos previos al boom de “Lemonade”.

Warsan Shire
Fotografía de Amaal Said

Shire comenzó escribiendo hace una década y su primera publicación tuvo lugar en 2011 con Teaching My Mother How To Give Birth. A través de este volumen transmite la experiencia de su familia como refugiados y sumerge al lector en los paisajes de la guerra y el horror. Su segunda obra, Her Blue Body (2015) supuso un giro radical, ya que creó un espacio íntimo, donde se mezclaban las raíces, los traumas, la sexualidad, la interculturalidad, la identidad y el ser mujer. De todo el volumen, los detalles  en “The House” marcan la diferencia.

Gracias a su obra, podemos afirmar que Warsan Shire es algo más que una tendencia. Cada palabra, cada verso y cada poema es una promesa de que la poesía no ha muerto. Que la agonía del pasado puede volver y redescubrir que sigue estando presente. Que la diáspora no es sólo un espacio donde dudar sobre la identidad, sino donde encontrarse y resistir al mundo que hemos construido.

Lo más curioso sobre esta escritora es que a pesar de haber nacido en Kenia y haber crecido en Londres es la más firme heredera de la tradición poética de Somalia, sin duda gracias a sus lazos familiares. En este país del Cuerno de África, sólo conocido por su interminable guerra y sus propios desastres, floreció la poesía hasta el punto de que las conversaciones fluían en verso. Y ella ha logrado fundir aquella tradición con la realidad del tiempo que la ha tocado vivir.

En realidad resulta imposible decir qué es o qué representa la poesía de Warsan Shire aunque las modas y la globalización puedan simplificarlo. Mujeres, refugiados, raíces y diáspora. ¿Eso es todo? No. La confusión convertida en poesía, como en  “Nail Technician as Palm Reader”, el dolor de “What we have” o la explosión de cada verso en “Home” representa una pequeña parte de lo que supone el universo de Shire. Este último, que se hizo viral hace un par de años al coincidir con la llegada de refugiados a Europa, transmite el horror de no poder estar en casa, el último símbolo de la protección y la seguridad. Cualquier sitio sería más seguro. Además, Shire habla de sus traumas, pero también de los traumas de los demás. De hecho, el mérito de lo que escribe reside en la capacidad de captar las experiencias de otras personas (normalmente familiares y amigas) y plasmarlas en primera persona.

Shire se alejó de los focos y las redes sociales tras lo ocurrido con Lemonade. Huyó de un mundo de modas que pretende convertir y mercantilizar cada uno de sus versos. Transformarla en una estrella sin trasfondo. Sin embargo, nos ha dado esperanzas para decir que la poesía no está muerta, porque cada verso es un pequeño bombeo de sangre. Algo que nos sigue haciendo sentir.

Binti vuelve con una alegoría de la identidad y la convivencia

Binti, la heroína himba, de Nnedi Okorafor, enfrentada a un viaje interplanetario, ha vuelto y la editorial Crononauta nos la acerca publicándo en castellano la traducción de Carla Bataller Estruch. Después de que la primera aparición de esta particular pionera espacial recibiese premios tan apreciados en la literatura fantástica como el Nebula o el Hugo, la escritora estadounidense de origen nigeriano quiso dar continuidad a este personaje que desde el desierto del Namib rompe con las convenciones para viajar a Oomza Uni, una especie de planeta consagrado al estudio, la innovación científica y la sabiduría, una especie de Academia de Atenas futurista.

Nnedi Okorafor, escritora de literatura fantástica de origen nigeriano. Foto: byronv2

Esta vez Binti llega con un acusado olor de diversidad cultural y la historia de la joven himba termina por parecerse mucho a una alegoría de las identidades con orígenes múltiples y de la convivencia. En la primera entrega de esta trilogía, Binti había desbordado los límites de los corsés de las convenciones sociales y de la tradición y había superado un enfrentamiento secular entre especies de una manera muy particular. Era un canto a la libertad de elección y a la convivencia. En esta segunda aventura, quizá la cuestión de la identidad se acentúa especialemente.

Binti vuelve a la Tierra después de un año en Oomza Uni donde ha ido perfeccionando sus dotes de ramificación matemática, algo así como una meditación mística. Y lo hace acompañada de su insospechada amiga medusa, Okwu. De esta manera, Binti y Okwu pretenden abrir una nueva época de las relaciones entre los humanos y las medusas, que hasta ese momento han sido irreconciliables. Sin embargo, Binti que regresa a su pueblo con un halo de heroína, no está segura de que las estrictas convenciones y tradiciones himba acepten su nueva identidad, híbrida desde que tuvo que aceptar que las medusas colonizasen su ADN para salvar la vida. Esa reflexión sobre la identidad es constante.

“Era mundos enteros. ¿Qué era el hogar? ¿Dónde estaba mi hogar? ¿Estaba ardiendo?”, se pregunta la protagonista.

“Estoy aquí. ¡No sé lo que hago ni dónde estoy! – La miré con los ojos abiertos de par en par, respirando con dificultad. No podía respirar. Ni pensar. Ni ramificar”.

“Eres demasiado complicada, Binti – dijo-. Por eso me he mantenido alejado. Eres mi mejor amiga. En serio. Y te echo de menos. Pero eres demasiado complicada. Y mírate, ahora te has vuelto más rara”, le espeta a la protagonista el que había sido su mejor amigo en la Tierra cuando se desata el conflicto.

Nnedi Okorafor continúa jugando, en el relato, con las costumbre y las tradiciones de los pueblos africanos, en este caso, concretadas en las prácticas de los himba. Binti regresa a su casa en busca del calor de la familia, pero con la voluntad oculta de participar en la tradicional iniciación femenina. Durante su estancia en la Tierra, la protagonista de la historia, se enfrentará a un previsible conflicto relacionado con la decisión de abandonar a su familia, con su regreso, con los recelos de la familia y de la sociedad local, pero también con sus deseos y con sus experiencias.

“No quería admitirlo, pero creía que estaba rota por las decisiones que había tomado, por mis actos, por marcharme de casa para asistir a Oomza Uni. Por la culpa. El alivio que sentí fue tan abrumador que quise tumbarme en la alfombra y dormir”, dice la propia Binti.

Sin embargo, Binti acabará descubriendo que la identidad construida a partir de múltiples orígenes no es una novedad para ella y que la sabiduría y la comprensión del mundo que le rodea que está buscando le llegará de los círculos menos esperados. A Binti se le hará evidente como algunos grupos étnicos son menospreciados en base a estereotipos y que, sin embargo, esconden verdades ocultas que le permitirán avanzar en esa búsqueda.

“La curiosidad es la única forma de aprender”, le advierte a Binti uno de esos nuevos descubrimientos.

La autora, Nnedi Okorafor, añade en esta segunda entrega un nuevo elemento a su narrativa fantástica. En el primer volumen de Binti, nos ofrecía una nueva visión de los viajes espaciales y de la diversidad de especies de seres vivos. En esta nueva aventura, se añaden algunas pinceladas de la propia cosmovisión de los pueblos africanos, con la extraña visita de la Mascarada Noctura, un personaje premonitorio que teóricamente sólo se aparece a los hombres, a los héroes himba, pero que en un momento se manifiesta a Binti en extrañas condiciones.

“Según las historias de las Siete, la vida se originó a partir de la rica arcilla roja mojada por las lluvias. Los microorganismos se activaron cuando una de las Siete Deidades lo deseó y luego las demás se interesaron por lo que podría pasar. Esa arcilla era Madre, ‘otjize’. En ese momento yo era arcilla.”

Okorafor incorpora a la receta tecnología extraterrestre.

“Son nanoides biológicos tan minúsculos que pueden incrustarse cómodamente en nuestros cerebros. Es como tener un astrolabio en el sistema nervioso”, confiesa uno de los nuevos conocimientos que hace Binti, precisamente en su entorno más próximo.

La escritora, que se ha convertido en la representante más popular del afrofuturismo literario, presentó le año pasado la tercera entrega de su trilogía Binti. The night masquerade. Y, afortunadamente, desde Crononauta ya han anunciado su voluntad de completar esta serie.

Agualusa y Luanda vista desde una ventana

Ludovica podría escribir una teoría general del olvido en las paredes del apartamento de lujo desde el que ha visto los primeros años de la independencia de Angola. Encerrada pero libre o, más bien, confinada voluntariamente. La historia aparentemente delirante de una mujer que se empareda en su propio piso resulta ser la fórmula perfecta para observar y vivir de una manera muy particular los tiempos convulsos del final de la colonización, las guerras civiles o las purgas.

El escritor angoleño José Eduardo Agualusa. Fuente: Web del autor

José Eduardo Agualusa imaginó ese relato improbable y bailó con las palabras para hacerlo realidad y conseguir que el lector lo aceptase y lo digiriese, para que se entregase a él sin poner ninguna pega. El escritor angoleño publicó originalmente la novela en 2012, el año pasado Edhasa lo publicó en castellano y Editorial Periscopi ha editado la traducción al catalán de Pere Comellas Casanova, en un volumen que incluye un prólogo en el que Xavier Aldekoa acerca al lector a la actualidad angoleña. Esta última edición de Teoria general de l’oblit le ha valido a Agualusa el último Premi Llibreter que concede el Gremi de Llibreters de Catalunya, en la categoría de otras literaturas.

Ludovica Fernandes Mano es una portuguesa que llega Luanda acompañando a su hermana. Ludo no soporta los espacios exteriores, acaba viviendo junto a su hermana Odete y cuando esta se casa con un exitoso empresario angoleño, ambas acaban trasladándose a Luanda. La particular familia se ve zarandeada por la llegada de la independencia. Odete y su marido Orlando, desaparecen en la época en la que los colonos abandonaban con lo puesto la capital angoleña. La joven acaba emparedada en su propio apartamento, en un edificio de lujo que se queda vacío como un esqueleto, pero acaba recuperando el latir de una vida intensa.

Desde sus ventanas, Ludo contempla la ciudad en ese momento crucial. Agualusa convierte a Luanda en un personaje de su novela. La ciudad late con fuerza más allá del ventanal, mientras Ludo “cierra las ventanas para evitar que el piso se llene de las risas del pueblo en las calles, que estallaban en la calle como fuegos artificiales”. Después del pánico, la protagonista se acostumbra a mirar a la ciudad desde las alturas. “La vista se le fue hacia una inscripción, en pintura roja, en la pared manchada de sangre, picada de balas. En vez de ‘La lucha continúa’, algún despistado había escrito ‘El luto continúa’”.

Agualusa ha compuesto en Teoria general de l’oblit un mosaico que por un momento parece una sucesión de pequeñas escenas inconexas. De pronto, con un discurso sutil, el hilo que une discretamente todas esas vidas se va desvelando con suavidad. Hasta los episodios más descabellados encajan en un puzle construido con mimo. Y en medio de la narración Agualusa desliza constantemente la crítica, pero no es una crítica política dogmática sino una reprobación de un pasado y una trayectoria que marca un presente. “No conseguimos la independencia para esto. No para que los angoleños se maten unos a otros como perros rabiosos”, le dice Papy Bolingô al Reyezuelo después de haberle salvado de una detención o un linchamiento. El mismo Papy Bolingô se erige en Pepito Grillo de ese levantamiento y convence a Reyezuelo cuando afirma: “Sólo me interesan las revoluciones que empiezan sentando al pueblo a la mesa”.

Monte, un controvertido detective de la policía política, un personaje poco propicio para las lecciones moralistas, también tiene su propia lectura de la evolución de la revolución cuando critica “el sistema capitalista, que allá, en Angola, ha crecido como el musgo entre las ruinas, lo iba pudriendo todo, lo corrompía todo, y, de esta manera, engendraba su propio fin”.

Durante su encierro, Ludo no tiene más remedio que ir consumiendo el apartamento es como si se fuese devorando poco a poco a sí misma. Cuando acaba con las provisiones se las ingenia para plantar vegetales y proveerse de carne de las manera más imaginativas. Quema los muebles y la mayor parte de una biblioteca que admira. Pero a cambio, va contando su historia y dejando constancia de las derivas de su mente en las paredes de su vivienda-prisión-sarcófago. “Ahorro comida, agua, fuego y adjetivos”, le hace decir Agualusa en una de las frases más deliciosas de la novela. “Me doy cuenta de que he transformado todo el piso en un inmenso libro. Una vez que haya quemado la biblioteca, una vez que haya muerto, sólo quedará aquí mi voz”, señala Ludo en referencia a cómo va emborronando las paredes con carbón con sus historias. Ella misma duda de la fuerza que le mantiene en el apartamento. “Prefería morirse allí, prisionera pero libre”, explica.

Entre tanto, Ludo se convierte para continuar poniendo el dedo en la llaga de algunas de las fallas sociales angoleñas, más allá, incluso de esa deriva del régimen. Ludo no puede ocultar sus prejuicios, ni siquiera después de haber decidido vivir en Angola. “Hablaban entre ellos en una de aquellas lenguas melódicas y enigmáticas”, piensa refiriéndose a unos de sus vecinos. Pero es que en un momento dado pone al descubiertos todas esas ideas preconcebidas: “Veía el resumen de todo lo que le horrorizaba de Angola: salvajes que celebraban alguna cosa – una alegría, un augurio feliz – que le era extraña”. “Le había hablado del calor, de la humedad, de la amenaza de las mujeres, pero no le había preparado para aquel exceso de vida, el remolino de emociones, el borboteo embriagador de sonidos y olores”, comenta en referencia a un escritor recién llegado a Luanda.

Los episodios que se entrelazan van haciendo que la historia se despliegue y tome caminos insospechados. Agualusa no sólo juega con la narración y con las palabras, sino que además parece divertirse trasteando con la realidad y la ficción, con lo visible y lo invisible, con lo científico y las creencias. La obsesión por clasificar ha llevado a algunos analistas a crear la etiqueta “realismo mágico africano” para las historias en las que se refleja la relación natural que muchas sociedades africanas establecen entre el mundo espiritual y el de los vivos. También han sido muchos los autores africanos que han eludido ese sello. Agualusa le da una vuelta más a la historia de esa Luanda vista desde los ventanales, de ese mosaico de pequeñas historias, de ese repertorio de personajes pintorescos que acaban encajando como el engranaje de un reloj.

Sobre racismo, crisis identitaria y violencia de género: el retrato de Sudáfrica de Kopano Matlwa

Kopano Matlwa forma parte de la llamada “born free generation” sudafricana, aquel segmento de población que nació tras la fin del Apartheid pero que sigue sufriendo las discriminaciones y las consecuencias sociales de la segregación racial.

La escritora sudafricana Kopano Matlwa. Fuente: Editorial Alpha Decay

En su primera novela de 2007, Coconut, la escritora relata las vidas de Ofilwe y Fikile, dos jóvenes negras que nacen en la misma ciudad, Johannesburgo, en la misma sociedad envenenada por el racismo y la violencia generados por la imposición cultural y lingüística de Occidente. En el relato emerge una Sudáfrica muy actual, contada a través de la cruda mirada de las niñas de una forma que, a veces, puede parecer infantil pero que resulta, aún así, creíble y lúcida.

Ofilwe viene de una rica familia de la nueva burguesía y ha tenido toda clase de comodidad durante su infancia, pero tiene una relación muy complicada con sus padres, con las tradiciones de sus antepasados y con sus compañeros de clase blancos que la rechazan.
Por otro lado Fikile, tras el suicidio de la madre, vive en un estado de extrema pobreza compartiendo su espacio vital con un tío, inepto y molesto. Por eso está dispuesta a cualquier sacrificio para dejar el pasado atrás y volver a “renacer con la piel blanca”. La diferencia entre las dos en términos de valores, estilo de vida y condiciones socioeconómicas, no hace otra cosa que evidenciar, al fin y al cabo, el mismo sentimiento de sufrimiento y pérdida de identidad, dejando claros los efectos del colonialismo y de la supremacía blanca que impregnan todos los aspectos de las vidas de las jóvenes sudafricanas. Las dos se consideran nueces de coco: negras por fuera, pero por dentro con un desesperado deseo de sentirse blancas.

– And you, Fikile, what do you want to be when you grow up?
– White, Teacher Zola. I want to be white.
– But Filike, dear, you can’t change the colour of your skin […]
– I will be white if I want to be white. I don’t care what anybody thinks.
– But why would you want to do that, dear?
– Because it’s better.
– What makes you think that, Fikile?
– Everything.”

Diez años después de Coconut, Matlwa pública Florescencia, editada en español por Alpha Decay, que se publicó originalmente bajo el título Period Pain. El estilo literario y la atmósfera que desprenden sus páginas son muchos menos ligeros y humorísticos, pero aún así no dejan de reflejar la misma visión muy lúcida y desilusionada de una sociedad y de un país llenos de contrastes.

En su última y amarga novela, Matlwa nos acompaña en una agotador y contemporáneo recorrido por su nación, que aún vive bajo la sombra de la discriminación racial. Lo hace poniendo al público en la piel de una mujer médico, frustrada por sus precarias condiciones de trabajo, pero aún así empeñada en una lucha constante contra la xenofobia y el odio. Así, el sentimiento que hace de hilo conductor a la novela es la incomodidad que siente Masechaba hacia sí misma, hacia la sociedad donde vive, hacia su rol como mujer, hacia su trabajo, su familia y sus amigos. Una dicotomía entre el mundo exterior y el mundo interior en la que la menstruación, constante y desgarradora, ocupa un lugar importante en la vida de la protagonista.

Si, en un primer momento, Masechaba percibe solo la incomodidad y el sufrimiento, la exclusión y la vergüenza que le provoca su ciclo, poco a poco se abandona a una resignada aceptación y, en última instancia, la reivindica como algo solo suyo, como un dolor familiar e identitario que la protege del violento dolor del exterior.
La historia se desentraña bajo la mirada cautivada del lector, pausada por las profundas reflexiones de la protagonista, animada en su lucha diaria por una fuerte fe religiosa que irá poco a poco desvaneciéndose, vencida por una violación que le parte la vida en dos.

Esta obra es un grito de denuncia desesperado. Es un recorrido por la violencia, la depresión y la luz al final del túnel y nos deja con los ojos clavados hasta la última página, exhaustos pero no indiferentes.

En Coconut, la autora se centra en la crisis identitaria de Owilfe y Fikile, pero la profundidad que logra relatando el sufrimiento de Masechaba en Florescencia nos lleva a una reflexión más amplia. Masechaba sugiere, afirma y luego grita que hay algo peor que ser extranjero en Sudáfrica: ser mujer. Y ser rebelde. En su última novela, se hace evidente el cambio, la evolución de Matlwa desde el tono divertido de Coconut hacia el pesimismo crónico de otros autores sudafricanos post Apartheid, como Coetzee o Dangor.

Con Florescencia se vuelve a abrir una ventana sobre un país que, tras la muerte de Nelson Mandela, parece haber perdido un poco del protagonismo que le proporcionaba el interés por el presidente que tanto hizo y tanto dejó por hacer. Y es una ventana abierta por una mujer, quizás para subrayar que, al fin y al cabo, son las mujeres las que llevan la carga de esta situación social tan perjudicial, en la que el machismo las mantiene en un estado de explotación y represión.

Las novelas de Matlwa nos reconducen a una reflexión sobre la muerte de Mandela y sobre cómo significó un momento de inflexión para quienes esperaban un cambio que finalmente no se ha producido, o al menos no de la forma que habían esperado y planeado sus impulsores.
En definitiva, independientemente de los recursos literarios que adopta, a través de sus historias la autora nos recuerda cómo el racismo, las violencias y las injusticias en Sudáfrica siguen dramáticamente presentes en el día a día, abriéndonos los ojos cerca del largo camino que queda para la igualdad.

NoViolet Bulawayo: “En el tiempo en el que vivimos, no ser activista no es una opción”

NoViolet Bulawayo (nacida Elizabeth Zandile Tshele, en Tsholotsho, Zimbabue, 1981) aparece en el selecto grupo de los autores de origen africano cortejados por la industria editorial global. La joven escritora zimbabuense ha accedido a esta distinción con sólo una novela publicada. El éxito de Necesitamos nombres nuevos, que ha publicado este año Salamandra, respondió a las expectativas. NoViolet, había conseguido en 2011 el Caine Prize, un premio para autores africanos que acostumbra a catapultar a sus ganadores, pero es criticado por ser controlado desde el mundo editorial occidental. Con Necesitamos nombres nuevos, apareció entre los finalistas del Man Booker Prize, en 2013, y recibió los agasajos unánimes de la crítica. Ahora, de regreso a Zimbabue, la autora se debate entre esa industria global y la producción artística local.

La escritora zimbabuense NoViolet Bulawayo. Foto: CBE

Necesitamos nombres nuevos, cuenta la vida de Darling y sus amigos, un grupo de niños y niñas en medio de un país en caída libre. ¿Por qué niños, para una historia tan dura?

Porque a menudo no se les da voz, no se les escucha y se les ningunea. Los escogí para entender el mundo desde otra perspectiva. Los niños también son piezas de este puzzle que compone la vida, pero la viven a través del mundo que construyen los adultos. Además creo que tienen muchas historias que contar.

NoViolet Bulawayo durante su visita a Barcelona. Foto: CBE

¿Permiten abordar la violencia, los abusos o el suicidio con cierta inocencia?

Al contrario. Creo que la historia es más dura de digerir para los adultos. Porque pensamos en los niños como seres inocentes a los que hay que proteger. No vemos que los niños hacen frente a situaciones durísimas, a veces peores que las de los adultos. Mi intención es hacer que el lector adulto se sienta incómodo, y se pregunte qué puede hacer para que eso no pase.

¿Ese grupo de niños son el reflejo de tu generación?

Estos niños crecen en un país distinto al mío. Yo crecí en el Zimbabue de después de la independencia y tuve una infancia maravillosa. No es el reflejo de mi generación, sino de la actual, que vive en un país con una disfuncionalidad extrema. Aunque los detalles son diferentes, es la historia de mis sobrinos y sobrinas. Su país también es mi país, su gente es mi gente, así que, de alguna manera, también es la historia de mi experiencia. Pero no hay que olvidar que hay muchas historias en el mismo país y también hay niños privilegiados que jamás han experimentado historias como las de Darling.

* Artículo publicado originalmente en Planeta Futuro gracias a un acuerdo de colaboración entre Wiriko y esta sección de EL PAÍS. Para seguir leyendo, pincha aquí