El camino que Lucía Mbomío comparte generosamente

Lo que Lucía Mbomío ha hecho en Hija del camino es un acto de generosidad. La periodista alcorconera, esa es una de sus reivindicaciones de pertenencia más firmes, nos regala una herramienta para entender mejor al Otro y a una sociedad que, en realidad, no es como se representa a sí misma. Mbomío, nos acerca a ese Otro que no existe (porque solo depende del punto de vista) pero que siempre está a nuestro lado y, por tanto, nosotros también somos ese Otro, a veces. Y a la vez pone delante del espejo a esa sociedad que se hace trampas al solitario y se empecina en representarse como una sociedad blanca uniforme, cuando nuestros barrios han estado poblados de pieles de tonos diversos (y todas las diferentes experiencias que representan) desde hace décadas.

La periodista y escritora madrileña, Lucía Mbomío, junto a su nuevo libro. Fuente: Instagram de la autora

Lo que hace Lucía Mbomío es un acto de generosidad, básicamente, porque ella misma se ha expuesto para construir esa herramienta. Aunque la historia de Hija del camino es mucho más que la historia de su autora, entre los pliegues del relato se resbalan experiencias que solamente se pueden contar en primera persona, la experiencia de la hija de una pareja mixta de padre guineano y madre española a la que no se le permite identificarse ni con unos ni con otros y que permanentemente busca su lugar. Pero es que la narración de la periodista que explora sus raíces en Guinea Ecuatorial es la historia de una experiencia colectiva. Mbomío lo ha explicado en algunas ocasiones, que Sandra, la protagonista de Hija del camino, no es solo ella, sino una especie de puzle construido con las piezas de muchas experiencias individuales de personas que ella ha conocido y con las que ha compartido conversaciones, es uno de los posibles retratos de esa sociedad ni blanca, ni uniforme. Esa frase que dispara en la dedicatoria da una idea del lugar del que sale el libro:

“Si no nos contamos, nos traicionamos”

Lo que hace Lucía Mbomío en su relato es un acto de generosidad porque no pretende trazar una línea, un ellos y un nosotras, no pretende jugar al sentimiento de culpa, sino que muestra y desvela. La autora de Hija del camino despliega una eficiente combinación de bofetada y caricia. Abofetea contundentemente, con las evidencias que la sociedad ha guardado debajo de la alfombra, ese racismo subyacente, sistémico que pasa aparentemente desapercibido porque se manifiesta en las acciones más cotidianas y más inocentes. Aparentemente desapercibido, evidentemente, porque lo pasa por alto quien lo sufre. Abofetea con toda la carga de discriminación que encierran esos “inocentes” comentarios al estilo “pues saca buenas notas para ser negra” o un mucho más neandertal “es guapa para ser negra”. Frases que se pronuncian sin un deseo manifiesto de hacer daño, pero con una voluntad evidente (aunque pueda ser inconsciente) de marcar una diferencia. Y el golpe, el restallido del cachete es esa sentencia lapidaria que Mbomío coloca en medio de la mejilla de quien se considere completamente inocente:

“Si Sandra seguía sintiéndose de Guinea Ecuatorial era porque no le dejaban sentirse de España”

Pero también acaricia y transmite ternura, abre espacios a la esperanza, expone con serenidad y delicadeza y construye relatos de empatía a los que invita a muchos más Otros que los Otros evidentes con diferentes tonos de piel o distintas texturas de pelo. Algunas de las reflexiones se desprenden como cargas de profundidad:

“Sandra miró a su alrededor y se dio cuenta de que casi no había niños blancos. Entendió que la pobreza tiene la piel oscura y que raza y clase van de la mano”.

Pero a pesar de ello, la generosidad de Lucía Mbomío acerca a la historia de Sandra a muchos más, a cualquiera que se haya criado y haya sentido la periferia, porque Hija del camino palpita y sabe a barrio, a plaza, a pipas y botellones, a intemperie, a hermandades tan accidentales como firmes. Acerca a cualquiera que han estado lejos de casa, porque habla de la nostalgia y de la distancia, habla de buscarse a uno mismo y de perderse, de caer al vacío y de descubrir el mundo y, mientras tanto, de seguir mirando hacia casa. Acerca a cualquiera, que se haya tenido que enfrentar a un gesto torcido, porque la discriminación también tiene el potencial de crear alianzas y aunque no seamos conscientes, es fácil que todos hayamos sido desplazados, por eso Hija del camino es una herramienta para conocernos, entendernos y aproximarnos.

Y mientras tanto, a través de Sandra, va pasando delante de nuestros ojos la vida. El racismo, por supuesto, la denuncia más evidente de la historia:

“El racismo no era un insulto puntual ni una pelea de chiquillos, se trataba de una guerra incesante y ella se comportaba, desde niña, como una soldado dispuesta a defenderse y a lucha”.

Lucía Mbomío es uno de los referentes en España de la comunidad afrodescendiente. Fuente: Instagram de la autora

Pero si nos quedamos solo con lo que salta a la vista, nos perdemos muchas otras cosas que aparecen en el camino que recorre Sandra. Como la construcción de la identidad, que en el caso de una mujer, negra, en España es especialmente turbulenta, pero que puede desestabilizar a cualquiera; las dudas en cuanto al sentimiento de pertenencia, que no afecta solo a la población racializada; incluso la integridad y las convicciones, el compromiso social.

“Durante su convalecencia, entendió que la patria no era una bandera sino el espacio en el que residen los recuerdos de la infancia, y su novio, quería de alguna forma, volver a ellos, construir una Guinea de hermandad y solidaridad, valores que ya solo quedaban en los pueblos”.

Lucía Mbomío ha sido capaz de explicar desvelos, inquietudes, frustraciones y anhelos de una persona (y de un colectivo) que intenta construirse y reconstruirse, reinventarse y ubicarse de una manera que es imposible no sentir empatía:

“Está feliz por la visita, pero cansada de buscar su sitio. Lleva buscándolo desde antes de saber que lo hacía, cuando escribía cartas al niño holandés, cuando decidió aprender francés y se fue de intercambio. Lo buscó con más ilusión que nunca cuando se fue a Guinea Ecuatorial. Y no se encontró. Quizá debía aceptar que su lugar está en el limbo, en ese camino, pero con los suyos cerca, porque en sus risas, sus abrazos parcos y sus charlas siempre se está bien”.

Y evidentemente, en el relato también está Guinea Ecuatorial, observada desde diferentes lentes, con visiones mediatizadas de diferentes maneras. En ocasiones Guinea es Antonio, el padre de Sandra, en otras es Celia, la tía de la protagonista que le presta enseñanzas definitivamente valiosas, a veces un recuerdo, a veces una ilusión… Pero el relato de Mbomío también transmite como a menudo Guinea Ecuatorial es apenas un reflejo en el horizonte que pasa desapercibido y hacia el que esta sociedad se ha convencido que no quería mirar, por motivos, sobre los que antes o después será necesario detenerse. La propia protagonista ni siquiera sabe bien cómo definir su experiencia:

“Había viajado mucho, se había emocionado en diferentes paralelos y meridianos y, sin embargo, Guinea le dolió más que ningún otro sitio y lo amó como a pocos. Fue mucho más que un alto en el camino, allí descendió a los infiernos y conoció la gloria. Guinea era extremo, maniqueo, doloroso y extraordinario. Y viendo desde el cielo aquel brócoli gigante que era la isla de Bioko, supo que nunca podría olvidarlo”

Lo que Lucía Mbomío ha hecho, definitivamente, es un acto de generosidad porque nos ayuda a conocernos, a nosotros mismos, entre nosotros y a los otros, sean quienes sean esos otros y sabiendo que a veces los otros somos nosotros. Antonio confiesa a su hija:

“Yo ya no pertenezco a ningún lugar. No soy de ni de aquí ni de allí. Me sacaba de mis casillas ver según qué cosas cuando estaba en Malabo, pero también me pasa aquí. Los inmigrantes vivimos en un limbo”

Y Sandra le anuncia:

“Las fronteras que atravesasteis vosotros nos atraviesan a nosotros”.

Y, también porque en medio de la confusión y de los inconvenientes recupera la concepción tradicional del viaje como un espacio de encuentro y de conocimiento. Sandra reflexiona sobre su experiencia y abre una puerta que quizá todas deberíamos tener presente:

“Echa de menos una tierra que solo estaba en los recuerdos de su padre, que no era real ni tangible, que puede que nunca existiera. Una quimera que le embaucó igual que te atrapan las sirenas de Guinea, las «Mami Wata», quienes viven en aguas negras africanas y diaspóricas, a los dos lados del Atlántico. Hay quien las considera la deidad de la inmigración porque los que fueron secuestrados por ellas vieron dos mundos. Al regresar son más sabios, pero resultan incómodos y extraños en las dos márgenes”.

Okorafor y las metáforas desde la ciencia ficción

En los últimos años la escritora de origen nigeriano, Nnedi Okorafor se ha convertido en el referente de la ciencia ficción africana o como ella misma prefiere llamarlo, el africanfuturism o africanjujuism. Las definiciones vendrán después porque ahora el tema principal es Quien teme a la muerte, la última gran novela de la escritora que llega a España y que nos demuestra que quien quiera atribuir a la ciencia ficción o a la literatura fantástica una vocación puramente estética, se ha perdido una parte importante de la partida. Okorafor hace en Quien teme a la muerte una atractiva metáfora de algunos de los problemas que más preocupan a las sociedades africanas (y a las de la mayor parte del planeta), con un contundente toque de autoafirmación africana.

La escritora de origen nigeriano, Nnedi Okorafor. Fuente: Instagram de la autora

Quien teme a la muerte nos ha llegado simultáneamente en catalán y en castellano en un esperanzador ejercicio de colaboración entre Raig Verd y Crononauta, dos editoriales tan periféricas y modestas como comprometidas con la calidad, auténticas militantes de la diversidad de voces y de la apertura mental. Carla Bataller Estruch firma la traducción al español como ya había hecho con otras publicaciones de Okorafor en la editorial sevillana y Blanca Busquets es la responsable de la versión en catalán que publica el sello barcelonés.

La novela que se sitúa en un futuro postapocalíptico en el que el desierto ha acabado conquistándolo prácticamente todo, a excepción del misterioso reino de los Siete Ríos, y haciendo que la vegetación sea poco más que una ansiada anécdota. Pero la devastación medioambiental es solo una de las dimensiones del escenario de caos. En realidad, la violencia entre dos pueblos es el telón de fondo fundamental de la vida de Onyesonwu, cuyo nombre significa “¿Quién teme a la muerte?”. Fruto de una violación y condenada a la marginalidad por un mestizaje que se considera aberrante, la vida de la protagonista experimenta un giro radical cuando descubre que es depositaria de unos poderes místicos. De ser una apestada a la que la gente considera que puede apedrear en el merca, Onyesonwu pasa a ser la elegida que tiene como misión, no sólo liberar a su pueblo sino acabar con una devastadora espiral de violencia.

Okorafor ha contenido en esta historia algunos toda una serie de preocupaciones y de retos que es necesario que plantear. La escritora habla de machismo:

“Yo debería ser el hechicero, tu deberías ser la sanadora. Así es como han sido las cosas desde siempre entre un hombre y una mujer”

Le dice Mwita a su compañera Onyesonwu, mostrando como en la narración Okorafor rompe algunos prejuicios.

Pero también habla sobre otras cuestiones de género como lo que se espera de las mujeres:

“Ya viste lo feliz que estaba en la taberna. Algunos de esos hombres eran encantadores… Ninguna de nosotras teníamos permitido ser así de libres en Jwahir”

Y de otras convenciones que tradicionalmente han mantenido sometidas a las mujeres:

“Ya sabes cómo acaba la historia. Escapó y se convirtió en el mejor líder de toda la historia de Suntown. Nunca construyó un altar o un templo, ni siquiera una choza, en nombre de Tia. El nombre de la chica no vuelve a mencionarse en el Gran Libro. Él nunca pensó en ella ni preguntó dónde la habían enterrado. Tia era virgen. Era hermosa. Era pobre. Y era una niña. Era su deber sacrificar su vida por la de él”.

Incluso una evidente pero reinventada referencia a la mutilación genital femenina:

“Cuando se marchó, me fui a mi dormitorio y lloré. Fue lo único que pude hacer para dominar mi rabia. Entendí por qué usaban un bisturí en vez de un cuchillo láser. El bisturí, al tener un diseño más sencillo, era más fácil de hechizar. Aro. Siempre Aro. Me pasé gran parte de la noche pensando en formas de hacerle daño”.

No en vano, como la propia autora explica en los agradecimiento lo que desencadenó la historia en su imaginación fue una noticia sobre el uso de la violación como arma de guerra en Sudán y además del relato esa sensación se contagia a toda la historia:

“«Esto es lo que le ocurrió a mi madre», pensé. «Y a Binta. Y a innumerables mujeres okekes. Mujeres. Las muertas andantes». Y empecé a cabrearme”.

Otra de las preocupaciones que transmite es la de la convivencia entre comunidades, ese conflicto entre okekes y nurus que está en el origen de toda la historia y a la que a menudo se le da un aura de esencialidad:

“Los milicianos nurus esperaron hasta el retiro, cuando las mujeres okekes se adentraron en el desierto durante siete días para mostrar respeto a la diosa Ani. «Okeke» significa «los creados». Los okekes tienen la piel del color de la noche porque fueron creados antes que el día. Fueron los primeros. Más tarde, mucho después de eso, llegaron los nurus. Proceden de las estrellas, y por eso su piel es del color del sol.”

Sin embargo, la escritora de origen nigeriano desliza en su relato, la clave que a menudo se olvida cuando se tratan estos temas en contexto africano y es que las identidades también se manipulan y las pertenencias tienden a instrumentalizarse en favor de intereses particulares y a menudo sombríos y mundanos:

“Ha crecido como un cáncer, como un tumor – dijo Sola-. Es como el vino de palma para el borracho del Gran Libro, salvo porque la intoxicación que crea Daib provoca que los hombres ejerzan una violencia antinatural (…). Reúne a miles de hombres, locos aún por lo fácil que fue eliminar a tantos okekes en el oeste. Está convenciéndolos de que la grandeza reside en la expansión. Daib, el gigante militar. Madres y padres ponen su nombre a sus primogénitos. Es, además, un hechicero poderoso. Es un problema muy grave”.

El genocidio que se ha desencadenado, en realidad, sólo responde a la ambición de un poderoso hechicero, de un embaucador sin escrúpulos que busca su coartada en el Gran Libro, por eso la misión de Onyesonwu es reescribirlo:

“Pero ¿cómo lo hago, Oga Sola? ¡Esa idea no tiene ni el más mínimo sentido! ¿Y dices que sólo tenemos dos semanas? No se puede reescribir un libro que ya está escrito y que miles de personas conocen. Y que ni siquiera es culpa del libro que la gente se comporte de esta forma”.

La autora hilvana toda esta trama y muchas más denuncias y enseñanzas sutiles en un bagaje cultural propio de algunas sociedades africanas. En la narración, la dimensión mística no es, en realidad, fantasía sino el resultado de trasponer creencias religiosas, usos culturales, tradiciones y formas de organizar la sociedad de diferentes lugares del continente. Durante el relato se van desplegando rasgos de cosmovisiones de culturas africanas y los protagonistas van mostrando poderes místicos que en distintas sociedades se atribuyen a algunos personajes:

“Miré a mi alrededor, con le corazón a mil por hora. Quería echarme a reír. Me latía el corazón mientras tenía un pie en el mundo espiritual y otro en mundo físico. Absurdo. Una parte de mi era de una energía azul y la otra, un cuerpo físico. Medio viva y medio algo más”.

Este es uno de los rasgos que Nnedi Okorafor atribuye a lo que ella entiende como Africanfuturism o Africanjujuism y del que Quien teme a la muerte es un ejemplo clarisimo. “Africanjujuism es”, según Okorafor, “una subcategoría de la literatura fantástica que reconoce respetuosamente la perfecta combinación de las verdaderas espiritualidades y cosmologías africanas existentes con lo imaginativo”. Mientras que uno de los rasgos del Africanfuturism según lo entiende esta escritora a diferencia del Afrofuturismo es que “está específicamente y más directamente enraizado en la cultura, la historia, la mitología y el punto de vista de África, que después se ramificará en la diáspora negra, y no privilegia ni toma como punto de referencia a Occidente”; o dicho de otra manera: “El Africanfuturism (basado en África) tenderá naturalmente a tener elementos místicos (extraídos o crecidos de creencias culturales y de visiones del mundo africanas entendidas como reales reales, no algo simplemente inventado)”.

Este es uno de los elementos que hace de Quien teme a la muerte una obra de ciencia ficción especial (si es que es ciencia ficción) que su relato bebe de una fuente en la que lo que el lector del norte global puede entender como fantasía es, verdaderamente, parte de una realidad diferente, más amplia, más diversa y con menos límites.

El ejercicio de ternura que suponen las dos ediciones, tanto la traducción en catalán como en español, se pone de manifiesto en las respectivas postdatas que las editoras han querido incorporar después de los agradecimientos y las explicaciones de la autora. En el caso de la edición en catalán, recupera unas palabras de Ngũgĩ wa Thiong’o: “Para luchar contra las injusticias de un mundo que no nos gusta, el primer paso es imaginar el mundo que queremos. El segundo paso es soñar que ese mundo es posible”, y hace un guiño a los protagonistas de la narración en cuanto al búsqueda de ese mundo mejor. En el caso de la edición en castellano, las editoras han querido recordar a las mujeres que en Sudán (el país en el que se produjo la noticia que desencadenó la historia) lideraron las manifestaciones contra el régimen Al Bashir justo cuando se estaba imprimiendo el libro y su exigencia de derechos y, sobre todo, su canción “a la Thawra: la Revolución”.

Historias de la guerra y la huida de la mano y la palabra de Mia Couto

 

“En aquel lugar, la guerra había matado la carretera. Por los caminos solo se arrastraban las hienas, hurgando entre ceniza y polvo. El paisaje se había injertado de tristezas nunca vistas, en colores que se pegaban en la boca. Eran colores sucios, tan sucios que había perdido toda la ligereza, olvidados del atrevimiento de levantar el vuelo por el azur. Aquí, el cielo se había vuelto imposible. Y los vivos se habían acostumbrado a la tierra, en un resignado aprendizaje de la muerte”.

Así empieza la novela Tierra sonámbula, del mozambiqueño Mia Couto. El título de ese primer episodio es también representativo: “La carretera muerta”.

En 1992, los representantes de Frelimo y Renamo firmaron un acuerdo de paz en Mozambique que acababa formalmente con quince años de guerra civil. Esa guerra fratricida, además había tomado, prácticamente, el relevo inmediato de la guerra anticolonial que las fuerzas independentistas había librado contra Portugal. Es decir, el país ponía fin a un ciclo de casi treinta años de guerras sucesivas, desde 1964.

Ese mismo año, se publicó la primera edición de la primera novela de Mia Couto, que llegaba con la esperanza de paz, pero mirando a los tiempos de conflicto. En una maniobra muy propia del autor mozambiqueño, el escritor descubría y compartía una nueva manera de huir de ese inhumano e insoportable estado de guerra, la literatura se alzaba como una forma de construir, evidentemente, pero también como una vía para la huida cuando no queda otra opción.

La editorial Periscopi se ha sumado, recientemente, con Terra somnàmbula, una edición en catalán, a los volúmenes publicados en castellano por Alfaguara y Debolsillo. La versión traducida magistralmente por Pere Comelles Casanova (de la que se han tomado los fragmentos escogidos y han sido traducidos al español por el autor de la reseña) nos sirve de excusa para recuperar el relato del mozambiqueño que ha sido considerado una de las diez mejores novelas del siglo XX y que fue llevada al cine. El particular estilo de Mia Couto hace el trabajo de traducción de un Comelles premiado más meritorio.

En este caso, la habitual atmósfera onírica creada por la prosa poética e imaginativa de Couto tiene una intencionalidad muy concreta: huir de la realidad o más bien, construir una realidad en la que él y los y las demás mozambiqueñas pueda vivir. El propio autor aseguraba en una entrevista: “Tengo 42 años (en 1998) y he pasado la mitad de mi vida en guerra”. Y al mismo tiempo manifestaba sus temores: “Creía que la guerra no iba a acabar nunca”. Por ese motivo la guerra es una de las protagonistas de Tierra sonámbula, es una constante en la historia y, sin embargo, nunca aparece explícitamente. Es así como Couto transmite el peso de la guerra para la población, es una amenaza, condiciona la vida y es una especie de sombra, un nubarrón, una masa viscosa que lo impregna todo. No hay un solo episodio de guerra al uso en toda la historia y, sin embargo, la guerra siempre aparece en el horizonte.

El escritor mozambiqueño, Mia Couto. Foto: Carlos Bajo

La historia de Tierra sonámbula es un retrato de la guerra pero, sobre todo, es el relato de la huida de esa guerra:

“- Por eso digo: no es el destino, lo importante, sino el camino.

Que hablaba de un viaje que tenía un solo destino, el deseo de marchar nuevamente. Este viaje, sin embargo, debía seguir respetuosamente sus consejos: tendría que irme por mar, caminar hasta la última lengua de la tierra, donde el agua provoca sed y la arena no conserva ninguna huella. Que me llevase el amuleto de los viajeros y lo guardase en una vieja cáscara de una nuez vómica. Y que buscase los confines en los que los hombres no guardan ningún recuerdo. Para deshacerme de mi padre y conseguir que no me siguiese no podía dejar ninguna señal de mi trayecto. Pasaría como los pájaros que atraviesas los ponientes”.

Muidinga, un niño perdido, y Tuahir, el viejo que le acompaña y cuida de él a su manera, están en fuga constante, en medio de la precariedad de una guerra que mezcla sueños, desolación, poesía y muerte. Muidinga encuentra una cierta evasión en los cuadernos de Kindzu, un joven que también esté en medio de una desesperada huida.

A su vez, el relato de Kindzu desvela algunas de las preocupaciones que Couto ha transmitido repetidamente en su trayectoria literaria. Cuestiones como la identidad, como la patria o la convivencia se tejen con el universo onírico y poético del escritor para articular un particular retablo en el que aparecen elementos de la tradición local, por la que Couto se ha preocupado habitualmente, los personajes de las cosmovisiones que persisten en Mozambique, se convierten en actores de la tragedia que tiene un inevitable sabor a historia con moraleja. El clima fantástico del escritor tiene una aliado fundamental, su creatividad lingüística. El mozambiqueño consigue hacer verosímiles situaciones y personajes gracias a su capacidad para inventar palabras y construcciones. Para transmitir un escenario con una particular relación con la realidad no hay mejor fórmula que construir a medida las palabras que mejor se adaptan a las necesidades. Puede que no sea fácil contar un mundo en el que se mezcla lo visible y lo invisible, en el que los genios conviven con la devastación de la guerra o las capacidades que sobrepasan la realidad se cruzan con sensaciones tan mundanas como el hambre o el miedo. Puede que no sea fácil contarlo, si no se tiene las herramientas adecuadas, así que Couto se arma de estos instrumentos.

“En aquellos años todo tenía sentido todavía: la razón de este mundo estaba en otro mundo inexplicable. Los ancianos hacían de puente entre estos dos mundos”.

Tierra sonámbula es la primera de sus novelas y presenta de manera radical todos sus rasgos más característicos. Estan los temas, pero también los ambientes, las construcciones y los trucos del autor, esa creatividad lingüística y la mezcla de tradiciones, el sabor poético de todo lo que escribe que igual le sirve para que el lector se siente delante de una atrocidad, sin apenas haberse dado cuenta, como para mostrar la realidad de la manera más descarnada. Tierra sonámbula contiene todo lo que se ha elogiado de Couto y también todo lo que se le ha reprochado. Y el simbolismo, siempre el simbolismo, un sistema de significados que te permite, volver a rascar la superficie, una y otra vez, y encontrar conexiones que antes de habían pasado desapercibidas.

“El tiempo se paseaba con dóciles lentitudes cuando llegó la guerra. Mi padre decía que era un lío venido de fuera, traído por los que habían perdido los privilegios. Al principio, solo escuchábamos las vagas novedades que pasaba lejos. Después, los tiroteos se fueron acercando y la sangre fue llenándonos los miedos. La guerra es una serpiente que utiliza nuestros propios dientes para mordernos. Su veneno circulaba ahora por todos los ríos de nuestra alma. De día ya no salíamos, de noche no soñábamos. El sueño es el ojo de la vida. Nosotros estábamos ciegos”.

Couto nos reserva incluso algunos giros argumentales que ha ido construyendo y cuidando con mimo a lo largo del relato, para que al final, todos los hilos estén es su sitio y nos muestren el tapiz deseado, que a su vez se permite ocultar, solo a la vista bajo rayo X, la imagen de la historia que nosotros hayamos querido construir o interpretar con las pieza que nos da el autor.

“Eso es lo que quiero: borrarme, perder la voz, desexistir. Suerte que he escrito, paso a paso, este viaje mío. Escritos así, estos recuerdos quedan prisioneros del papel, lejos de mi. Esta es la última libreta. Después, lo ordenaré todo en la maleta que me ha dado Surendra. Al final, Surendra es el único cuya compañía acepto. El indio y su nación soñada: el océano sin fin”.

“La sensación de ser un extraño nunca te abandona”

Diriye Osman se ha puesto, sin complejos, delante de los ingredientes más críticos de la vida de la comunidad LGBTIQ africana en Londres. El desarraigo, la identidad, la experiencia de la migración, la religión, las costumbres y las tradiciones, la presión social, las enfermedades mentales, el rechazo de la familia, pero también el sexo, el placer, la alegría, el amor y la vida que se despliega. Cuando Osman publicó Fairytales For Lost Children provocó una considerable sensación en el mundo literario británico. La crítica acogió con unanimidad la emergencia de una nueva voz fresca, desacomplejada y provocadora, que trataba con naturalidad y claridad los aspectos más oscuros de las vidas de personas LGBTIQ africanas en el Reino Unido. Ahora el autor de origen somalí ve su colección de relatos publicada en español bajo el título Cuentos para niños perdidos (Team Angelica Publishing).

Retrato de Diriye Osman Fotografía: Jaroslav Scholtz

Las historias que componen su libro Cuentos para niños perdidos son realmente impactantes. ¿Qué parte hay de reivindicación? ¿Qué parte de visibilización? ¿Y qué parte de catarsis?

Las historias de este libro fueron creadas desde una posición de autodescubrimiento y, en último término, de catarsis. He querido expresar un poco de la pasión, el miedo, el deseo y la sensación de placer que había experimentado cuando era más joven. He pretendido explorar la intersección de mi sexualidad y mi herencia cultural como un hombre africano queer que vive en Londres a principios del siglo XXI. He intentado hacer una aportación a la existencia de narrativas queer somalíes y, a juzgar por la respuesta positiva que despertó el libro en su momento, tanto en el Reino Unido, como en toda la diáspora, diría que he cumplido mi misión.

Algunas de las historias suenan especialmente íntimas, así que seguramente los lectores se pregunten, ¿qué hay del autor en los protagonistas de esos relatos?

Pues la verdad es que solo hay una historia realmente autobiográfica en toda la colección. Todas las demás son pura ficción. Yo creo que el motivo por el que el libro ha llegado tanto a los lectores, especialmente a los más jóvenes, es por ese tono íntimo. Las historias tienen una gran ventaja, y es que generan la sensación de que al lector se le ha concedido la entrada a mis ansiedades más íntimas y a mis momentos de alegría.

* Artículo publicado originalmente en la Revista CTXT. Para seguir leyendo, pincha aquí

Ben Okri: “Nadie sale de su casa, coge un fusil y dispara a su vecino, si antes no han manipulado sus mitos”

Acaba de cumplir 60 años y se conduce con elegancia. Habla despacio y con serenidad y a menudo desafía sutilmente en el cara a cara, estableciendo algunas distancias. Pero cuando el escritor nigeriano Ben Okri se sube al atril, es otra cosa. Despliega un magnetismo que le conecta con el público y que ha hecho que muchos de sus lectores se conviertan en incondicionales. Es uno de los autores africanos con más reconocimiento internacional y, de hecho, fue el ganador más joven en su momento del Booker Prize, uno de los premios más prestigiosos de la literatura en inglés. Su narrativa ha llamado la atención por su capacidad para combinar con naturalidad el mundo de lo invisible y el de lo visible, mezclando sin artificios espíritus o ancestros con críticas sociales. Pasó por Barcelona para proponer en el CCCB una nueva manera de mirar al mundo.

El escritor nigeriano, Ben Okri. Foto: Carlos Bajo Erro

En su última novela The freedom artist dibuja un mundo sin libros y con un poder autoritario, ¿qué relación hay entre estas dos cuestiones?

En el mundo de The freedom artist es fundamental para las autoridades que los libros desaparezcan. Es fundamental que la gente deje de formular preguntas. Y es fundamental que la gente sienta miedo y sea maleable, porque esto hace que la gente sea más fácil de manipular y hace que el trabajo de la autoridad sea más sencillo. En realidad habla de nosotros. Es hacia donde estamos yendo. Quieren que seamos menos humanos.

¿Es su visión del futuro?

No. Es mi visión del presente.

Ben Okri, uno de los escritores de origen africano más populares de la literatura contemporánea. Foto: Carlos Bajo Erro

Pero también hay una serie de personas que lucha por preservar esos libros…

Siempre habrá personas luchando para preservar las historias. Porque es una de las partes más humanas que tenemos. En las historias conservamos nuestro espíritu, el sentido de nuestras vidas, quiénes somos, quienes quisiéramos ser, en quién quisiéramos convertirnos. Y también nos detienen a la hora de suicidarnos en masa.

* Artículo publicado originalmente en Planeta Futuro gracias a un acuerdo de colaboración entre Wiriko y esta sección de EL PAÍS. Para seguir leyendo, pincha aquí

Para no aburrirse… muchas letras africanas

Afortunadamente en los últimos meses se han producido un buen número de lanzamientos editoriales de autoras y autores africanos. Eso significa que el verano se abre ante nosotras con trabajo pendiente, no hemos podido seguir el ritmo de reseñas de esas nuevas presentaciones, pero aprovecharemos este mes de agosto, para poneros al día en el nuevo curso.

Sin embargo, aunque no os hayamos podido ofrecer esas reseñas no nos podemos resistir a proponeros algunas de esas novedades. Así compartimos la experiencia.

La revolución vertical, de Ngũgĩ wa Thiong’o

Forma parte de un interesante proyecto del que ya hablamos en Wiriko y que ha hecho que el relato del escritor keniano se haya editado simultáneamente en seis ediciones bilingües en las que el kikuyu en el que fue escrita originalmente la historia comparte páginas con el castellano, el catalán, el euskera, el galego, el aranés y el bable.

En este caso, os traemos la versión castellano-kikuyu que ha lanzado la editorial Rayo Verde, pero en el proyecto también estaban Raig Verd, Txalaparta, Editorial Galaxia y Pagès editors.

Quien teme a la muerte, de Nnedi Okorafor

Nos llega una nueva novela de la referente actual de la literatura de ciencia ficción africana. Nnedi Okorafor es una escritora nacida en Estados Unidos, pero de origen nigeriano que se reclama como heredera de la tradición africana en la construcción de sus mundos literarios de ciencia ficción. Después de las dos primeras piezas de la trilogia Binti, la editorial Crononauta nos acerca esta novela de la escritora, una de sus obras más aclamadas, antes de que su potencial fuese aplaudido por la industria editorial global.

Siguiendo con la iniciativas interesantes. Nos encontramos con que las editoras que se lanzan a la publicación de obras de autoras africanas, además apuestan por nuevas formas de edición. En este caso, al mismo tiempo la novela de Nnedi Okorafor se ha publicado simultáneamente en castellano, de la mano de Crononauta, y en catalán, a través de Raig Verd, bajo el título Qui tem la mort. El entendimiento entre las responsables de estas dos valientes casas editoriales ha permitido este lanzamientos múltiple.

Terra somnàmbula, de Mia Couto

Volvemos a hablar de la primera novela del mozambiqueño Mia Couto, la que publicó hace veintisiete años, justo cuando se firmaba la paz en la guerra civil que había asolado su país. El relato, máxima expresión del estilo onírico de Couto, vuelve a estar de actualidad gracias a la edición que Periscopi ha hecho en catalán.

África en transformación, de Carlos Lopes

La colección de ensayos que Casa África impulsa a través de la editorial Los libros de la Catarata tiene un nuevo volumen. Se trata de una reflexión de Carlos Lopes sobre la situación actual, pero también la trayectoria y la proyección del desarrollo económico del continente africano. Lopes, uno de los economistas africanos más prestigiosos, ha querido poner los puntos sobre las ies, contestar los mitos en negativo y también puntualizar una euforia infundada. Se trata de que una voz extremadamente autorizada ofrezca un análisis riguroso de la situación.

Lluitar amb el diable, de Ngũgĩ wa Thiong’o

De la producción de no ficción del escritor keniano, esta es la obra más impactante. Así al menos lo considera Laura Huerga, la editora de Rayo Verde y de Raig Verd que se ha empleado a fondo en la tarea de acercarnos las reflexiones y las opiniones de uno de los autores africanos con más reconocimiento. En este trabajo, Ngũgĩ wa Thiong’o repasa el año que pasó en prisión, como represalia del régimen keniano por haberse acercado a las clases más populares a través de un teatro social y pedagógico.

No hables, de Uzodinma Iweala

Iweala está contribuyendo a un arduo trabajo en el que se han empleado muchos artistas africanos: dinamitar el tabú en torno a la homosexualidad. En este caso, el autor estadounidense de origen nigeriano nos traslada a las dificultades que entraña en las relaciones familiares la diversidad sexual. Alianza de Novelas (AdN) se ha fijado en otra de las voces de esa floreciente literatura de diáspora que cada vez consigue más visibilidad. Iweala se hizo conocido en el entorno editorial con su primera novela Bestias sin patria que abordaba el fenómeno de los niños soldados.

Doce relatos urbanos, doce voces africanas, de varios autores

La periodista canaria Ángeles Jurado se ha encargado de coordinar este volumen de relatos impulsado por Casa África en su colección de narrativa de la editorial Baile del Sol. Doce relatos urbanos, doce voces africanas recoge historias de una nómina de autores de primera línea que ofrecen una visión sobre las realidades urbanas del continente. Esta narrativa sobre las ciudades se está convirtiendo en unas de las principales herramientas para romper con algunos de los estereotipos que se ciernen sobre África. Las ciudades africanas son espacios extremadamente dinámicos y los narradores y las narradoras africanas las están relatando de una manera inmejorable.

Antología poética, de Gabriel Mwéné Okoundji

Un poco de poesía también se puede hacer un hueco en las lecturas veraniegas. Si los y las autoras africanas están infrarrepresentados en la actividad editorial en España, la publicación de poesía es una auténtica excepción. La Editorial Pre-Textos ha escogido a este autor congoleño ampliamente reconocido en el panorama internacional para acercarnos una obra poética cargada de originalidad. En realidad Okoundji ya había sido traducido al español, pero a través de la editorial argentina Babel. Ahora el poeta congoleño llega también al panorama editorial español.

Bajo las ramas de los udalas, de Chinelo Okparanta

Okparanta ha sido adoptada como una revelación y un referente por algunos apasionados de las literaturas africanas que tratan temas de diversidad sexual. En este caso una historia de amor poderosa y desgarradora se produce en pleno conflicto de Biafra en Nigeria. El contexto de guerra no es único inconveniente que tendrán que superar las protagonistas de la novela para que sus sentimientos ganen la partida. La editorial Baile del Sol ha recuperado empuje con la edición de esta historia que si recibe la atención necesaria debería atraer una atención equivalente a la que ha atraído en otros países.

La societat dels somiadors involuntaris, de José Eduardo Agualusa

El escritor angoleño José Eduardo Agualusa regresa a las estanterías, en este caso, por la publicación en catalán de su penúltima obra. La editorial Periscopi seguramente se ha visto animada por el fantástico recibimiento que tuvo la recuperación el año pasado de Teoria general del olvido (en catalán) y ha hecho en este caso apenas se lo haya pensado para traducir la última novela y penúltimo libro de Agualusa. El narrador mozambiqueño tiene un espacio indudable en la producción editorial española, sin embargo, en los últimos años ese espacio se ha ido consolidando y ensanchando a fuerza de que los y las lectores se encuentren con los relatos fabulosos de este contador de historias incontestable.

Murambi, el libro de los huesos, de Boubacar Boris Diop

El escritor senegalés Boubacar Boris Diop publicó Murambi por primera vez en el año 2000, como como resultado de su participación en una iniciativa que pretendía afrontar el genocidio de ruanda desde la literatura. Diop recreo el escenario de la crisis ruandesa a través de una historia aparentemente ficcionada pero cimentada en una investigación rigurosa de los hechos. La de Diop fue una de las serie de diez novelas que otros tantos autores publicaron dentro de ese mismo programa.

Murambi fue recuperada por la editorial Wanáfrica en 2016 y ahora ha sido publicada por la editorial 2709 books que, como de costumbre hace una propuesta particular. Esta curiosa editorial pone a disposición de los y las lectoras los libros, únicamente en formato digital y lo hace con precios extremadamente atractivos. Recuperamos de esta manera un relato imperdible por el contenido, pero también por la filosofía que lo motivó y lo permitió.

Cuentos para niños perdidos, de Diriye Osman

Acaba de aparecer en castellano una de las colecciones de relatos que causó sensación cuando se publicó originalmente en inglés. Diriye Osman es un escritor y un artista visual de origen somalí que se crió en Nairobí y ha acabado instalándose en Londres. A través de esta serie de relatos que en su momento recibió el aplauso de la crítica, Osman aborda el universo de la comunidad LGBTIQ somalí y de África Oriental y sus interesecciones con la diáspora, el hecho migratorio, la búsqueda de identidad, los conflictos domésticos y familiares y la inestabilidad de la salud mental que para algunos de ellos provocan estas crisis. A pesar de ser relatos, a menudo descarnados y dramáticos, Osman asegura que, en general, ha querido transmitir la alegría de encontrarse a uno mismo y de conseguir que los deseos propios se puedan materializar. Otro de los referentes de los últimos años en la literatura LBGTIQ africana que llega en español hasta nuestras librerías de la mano de Team Angelica.

La literatura árabe contemporánea destapa el tabú del racismo

Un arma de doble filo de los conflictos entre África del Norte y África subsahariana

La historia del continente africano se caracteriza por ser una de constantes flujos migratorios. Antes de la desertificación del Sáhara, las fronteras no habían sido un problema para las distintas sociedades que se trasladaban; sin embargo, hoy en día el desierto funciona a modo de barrera entre el norte y las regiones subsaharianas. Decir que existen numerosas diferencias entre los dos polos es una explicación simplista que reduce la complejidad del asunto. Lo cierto es que esta separación geográfica es, a veces, una justificación de los países del Norte que tienden a desligarse del resto del continente, prefiriendo estrechar lazos con Europa y con Oriente Medio.

Autor/a: Eleni Kalorkoti. Fuente: New York Times.

Esta desconexión atiende a cuestiones raciales históricas que se remontan al periodo de esclavitud, momento a partir del cual ser negro se convirtió en una categoría inferior. Asimismo, la colonización europea se encargó de ahondar aún más las diferencias entre blancos y negros. Pero las nociones racistas que impregnan actualmente el Norte de África no sólo son una continuación de lógicas pasadas, ya que estas se han reforzado con las dinámicas de los últimos tiempos. Las medidas políticas adoptadas por Europa en materia de migración han seguido profundizando la brecha entre el Norte y el Sur del continente al llegar a acuerdos con países como Marruecos para que pongan freno a las personas migrantes africanas que se dirigen hacia Occidente (léase “La historia del acuerdo de devolución de migrantes a Marruecos que Pedro Sánchez ha sacado del cajón” o “Marruecos, la Unión Europea y el dilema migratorio”).

Otro ejemplo de cómo los compromisos entre Europa y África del Norte deshumanizan a los africanos es el actual comercio esclavista en Libia, país en el que se han externalizado las fronteras Norte-Sur. Sobre el papel, Libia se responsabiliza de parar los flujos migratorios hacia Europa, pero cómo se tratan o qué ocurre con esas personas que son retenidas no ocupa ni la agenda ni la consciencia de los gobiernos. El vacío legal existente crea un contexto de desprotección que ha servido como caldo de cultivo para el resurgimiento de un sistema de explotación que no contempla los derechos humanos. De esta manera, se contemplan a los países árabes de África septentrional como distintos a los del África negra, estableciendo una jerarquía en la que las sociedades negras siguen ocupando el escalón más bajo.

Por lo tanto, no es de extrañar que estas fronteras tanto físicas como morales hayan puesto sobre la mesa la identidad como uno de los principales temas de debate en las reflexiones africanas. El racismo antinegro, presente en el funcionamiento político y económico de África del Norte, es un tabú del que muy pocas personas hablan, pero cada vez son más los actores que rompen el silencio.

¿Cómo refleja esta situación la literatura del Norte de África?

En este caso, la literatura ha servido como instrumento para la proyección de esas voces. El mes de marzo se celebró en Túnez el Foro de la Novela Árabe, el cual se centró en el racismo. De acuerdo con The Arab Weekly, autores árabes contemporáneos acudieron al evento, mostrándose simpatizantes con la causa y expresando su preocupación y compromiso por el tema.

El periodista y escritor eritreo Haji Jaber (1976) fue uno de los asistentes. Su obra más reciente, Black Foam (2018), ha sido nominada para el Premio Árabe de Ficción (IPAF) 2019. La novela cuenta la historia de Dawit, un etíope que parte hacia Israel en busca de una vida mejor, pero una vez que llega a su destino tiene que enfrentarse al racismo al que están sometidos los migrantes negros. El autor utiliza la literatura para reflejar la realidad de las sociedades subsaharianas en el norte del continente, lugar en el que parece no haber sitio para ellos. En una entrevista reciente para el ArabLit, Jaber expresa que sus historias locales pretenden alcanzar un público internacional, por lo que la idea es que su proyecto como escritor, enfocado a dar luz a las realidades que se viven en y desde el cuerno de África, no se quede en un contexto regional.

Mona Kareem. Fuente: Universidad Libre de Berlín.

La kuwaití Mona Kareem (1987), autora de tres colecciones de poemas e investigadora, también acudió al foro pero tiene otra postura al respecto. En su artículo reciente ‘Arabic literature and the African other’, publicado en el prestigioso medio anglófono Africa is a Country, Kareem critica los estereotipos de los que se valen las últimas publicaciones de la literatura árabe. Según la mirada de la autora, el desconocimiento de las sociedades subsaharianas ha hecho que estas se perciban como el Otro. Por lo tanto, la literatura pone de manifiesto que la desconexión del Norte tiene como consecuencia que la ignorancia acerca del Otro se traduce en la prevalencia de cánones erróneos que hacen muy poco por acabar con el racismo.

Y es que los argumentos narrativos parten de la base de que los países africanos (que no los árabes del Norte) son lugares inhóspitos, caracterizados por la suciedad, la pobreza y la delincuencia entre otros. Esta visión afropesimista — término que fue acuñado a finales del siglo XX por autores africanos para referirse a la percepción negativa del continente que atribuye la responsabilidad de la incapacidad de progreso a factores endógenos— sesga la literatura árabe y hace del producto final una obra racista que no contribuye a despojar a África subsahariana de las etiquetas impuestas hasta la fecha.

Por si fuera poco, Kareem denuncia que la literatura árabe responde a las demandas extranjeras, ya que cada vez son más las obras que se centran en las minorías negras dentro de los países norteafricanos por el mero hecho de que es lo que le interesa a las academias y ONGs occidentales. Por ende, esta es una nueva forma de colonización que se ha valido de un lenguaje aparentemente antirracista para conservar su legitimidad en el continente. Por lo que el esfuerzo y la voluntad de cambiar el panorama está siendo tergiversado. Sin embargo, esto iría en contra del espíritu y planes de cooperación regional que se llevan planteando desde hace años, pues lo que se está haciendo es fomentar la fragmentación de África así como el surgimiento de conflictos internos a través de discursos raciales que construyen a los africanos subsaharianos como el Otro.

La diferencia entre ambas partes del continente sitúa a sus respectivas poblaciones en una balanza desigual en la que el Norte es entendido como el espacio de habitantes blancos y no africanos, mientras que el Sur ha sido relegado a una segunda categoría: el África negra. En este contexto, la literatura árabe, dependiendo de las verdaderas intenciones que impulsen su creación, puede ser una de las maneras de poner fin al tabú del racismo y servir como una herramienta más de concienciación. Como diría el autor keniano Ngũgĩ  Wa Thiong’o, es imprescindible descolonizar la mente para que haya una reconciliación entre África septentrional y el África del Sur del Sáhara.

Viaje al África urbana

Tráfico frenético. Nula planificación urbanística. Música de fondo. Y en medio de todo esto, la razón de ser de las ciudades: sus habitantes.

África es el lugar del planeta donde la urbanización está produciéndose a mayor velocidad. Por ejemplo, según la ONU, Lagos, la mayor ciudad africana, seguirá creciendo a un ritmo de 77 habitantes por hora hasta 2030. Esta rápida conversión de un continente que, hasta ahora, había sido eminentemente rural, conlleva cambios que trascienden la utilización del territorio y que se manifiestan, especialmente, en la experiencia humana.

A la izquierda el ghanés Nii Ayikwei Parkes, uno de los autores de la colección y, a la derecha, Ángeles Jurado, editora del volumen. Foto: Ana Henríquez Pérez

A través de la mirada y el talento de doce autoras del continente –siete firmas son femeninas, junto a cinco masculinas–, con Doce relatos urbanos. Doces voces africanas, editado por Ángeles Jurado, del departamento de Comunicación de Casa África, el lector se zambulle en el trepidante ritmo de una docena de urbes. La mayoría, subsaharianas, pero también del norte de África, europeas e, incluso, una asiática.

A lo largo de las casi 200 páginas, las historias te rompen el corazón, repetidas veces, con pérdidas y decepciones familiares, te convierten en cómplice de venganzas, y te descubren los secretos mejor guardados de lugares como “la ciudad de los mil sabios” (la Yola de Boubacar Boris Diop), o “Tánger, la inmortal”, que se cuenta en primera persona mediante la pluma de Antonio Lozano, a quien se dedica la obra ‘in memoriam’.

La ciudad no es un El Dorado”, como escribe Ken Bugul en su relato sobre Dakar. No lo es ni en África, ni en ninguna parte, pero sus habitantes se enfrentan, cada día, a los desafíos que ella plantea y demuestran una gran creatividad no solo para sobrevivir, sino para, incluso, intentar mejorar. Le ocurre al protagonista de su historia, un cabeza de familia que se ve abocado al éxodo rural y que se adapta como puede a las escasas oportunidades de ganarse la vida que brinda el monstruo urbano.

Soberbio ejercicio de estilo el de Trifonia Melibea Obono en “El nativo”, emulando el peculiar castellano de un militar de Malabo que transmite una impresión muy clara de la profunda marca de violencia, corrupción y estrictos compromisos familiares que ha quedado en la sociedad ecuatoguineana…, aunque no exclusivamente en la ecuatoguineana.

Otra de las escritoras africanas presente en la selección es la célebre Chimamanda Ngozi Adichie, “el ancla al que todos conocen”, como la definió Ángeles Jurado en la pasada Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria. Con su aportación, Adichie nos presenta a una nigeriana en plena crisis vital en Lagos, “la ciudad llena de ángeles apagados”.

Además de las relaciones, sean entre parientes, de pareja o amistosas, otro tema recurrente es el del racismo, fuertemente vinculado al clasismo. Aparece en “el París de los viajeros” de Armand Gauz, en el doble escenario inglés y abiyanés de Edwige-Renée Dro, y en la historia gastronómica de Nii Ayikwei Parkes. El propio Parkes, en la presentación de la obra en Gran Canaria, declaró: “Me gusta explorar lo que no se ve a simple vista”. Y así se refería alas tensiones que puede generar la convivencia intercultural tan propia de las ciudades.

Y si hay un elemento indisociable de la vida urbana y omnipresente en estas historias ese es el coche. Un medio que transporta de un lugar a otro pero en el que, durante el desplazamiento, se desencadena la acción, sea esta meramente reflexiva o de abrupta reacción. El coche participa como un personaje más que, sin concederle mucha importancia, nos permite contemplar la ciudad a través de los ojos de su pasajero. Como si la urbe agradeciera la intermediación de un vehículo, automovilístico o literario en el caso de Doce relatos urbanos. Doces voces africanas, para poder apreciarla mejor.

Nubes de lluvia, entre la esperanza y el tormento

Makhaya representa una visión muy particular del heroísmo, quizá nadie diría que es un héroe, pero es indudable que es un personaje magnético. Se trata de un periodista que huye de una condena en Sudáfrica y se refugia en una emergente Botsuana y que aparece alternativamente como un idealista comprometido o como un hombre en fuga con un delicado y precario equilibrio emocional. Es el protagonista de Nubes de lluvia, la primera novela de Bessie Head, una escritora respecto a la que ni siquiera hay consenso en su adscripción, a menudo, aparece como una de las mejores novelistas, y otras como una de las más transgresoras narradoras sudafricanas.

La editorial Palabrero Press ha editado en español esa novela publicada en Londres y Nueva York en 1968. Traducida por Elia Maqueda y con un prólogo de Ángeles Jurado que nos acerca a la realidad en la que Head produjo esta historia y a algunas de las circunstancias que nos permiten entender mejor el relato. Jurado se asoma a la biografía de la escritora, pero no solo, también nos acerca a una lectura profunda de Nubes de lluvia.

La historia de Makhaya es la historia de una búsqueda, igual que lo fue la vida de Bessie Head. En el segundo caso, una búsqueda tan turbulenta como infructuosa; en el primero, una búsqueda desesperada, denodada y accidentada. El periodista llega a Botsuana saltándose las convenciones y las leyes e intentando encontrar un lugar en el que volver a empezar. Ese lugar idílico para recomenzar su vida es, aparentemente, Golema Mmidi, pero tampoco allí las cosas son tan sencillas como el protagonista esperaba.

Mientras nos explica el periplo de Makhaya, Bessie Head nos va sumergiendo en un mundo en construcción, en parte, pero también con una profunda resistencia al cambio; un espacio en el que las contradicciones se van desplegando tanto en los personajes como en sus relaciones. Más que en el espacio, Makhaya deberá encontrar su lugar en el sistema que conforman esos personajes que buscan el equilibrio entre las transformaciones que mejoran la vida y los espacios de poder personales, individuales y egoístas; entre quienes desde la tradición piensan en una convivencia beneficiosa para todos y los que han sido capaces de retorcer el progreso a su antojo; un contexto en el que las resistencias no son necesariamente las previsibles o, al revés, no son las personas más resistentes al cambio las que pondrán más difícil el avance.

Las experiencias de Makhaya nos acercan a las consecuencias de las tradiciones instrumentalizadas y de las estructuras sociales parcialmente manipuladas. Mientras nos ofrece la cara más evidente de la hospitalidad y la convivencia, también nos aproxima a sociedades con derivas racistas.

La escritora Bessie Head. Fuente: Editorial Palabrero Press

Todos esos episodios, todas esas experiencias y esas relaciones, tienen la fuerza de la realidad. Las contradicciones que hacen que los comportamientos sean completamente humanos son más creíbles porque parten de la experiencia de Bessie Head. Su biografía es, en sí misma, material de primera para una novela, si no fuese porque la realidad no acostumbra a ser demasiado sexy. La escritora sudafricana convivió desde su nacimiento con las contradicciones, los prejuicios y la hipocresía de una sociedad extremada e inhumanamente cerrada. Fue el fruto de las relaciones entre una mujer blanca acomodada y un trabajador negro, algo más que un acto ilegal en la Sudáfrica del apartheid, un pecado que marcaría toda su vida.

Sus primeros años estuvieron marcados por las instituciones mentales en las que fue a parar su madre y el repudio de la familia. A partir de ahí, el alcoholismo, las continuas huidas, la indigencia a menudo, el exilio y la escritura a veces como una forma de sanación y otras como un nuevo descenso a los infiernos. Son todas esas experiencias las que alimentan o las que enmarcan la creatividad y la narrativa de Head. Nubes de lluvia es prácticamente una autobiografía de su época de exilio en Botsuana, donde también ella llegó buscando una alternativa a la asfixiante atmósfera de la Sudáfrica más discriminatoria.

Un Día del Libro o un Sant Jordi africanos

En los últimos meses algunas editoriales valientes nos han acercado algunas obras de autores africanos, algunas auténticos clásicos; otras, una muestra de las producción más innovadora. Aprovechamos la cita del Día del Libro y de la fiesta de Sant Jordi, el próximo 23 de abril, para recopilar algunas de las novedades más notables publicadas en nuestro entorno.

La revolución vertical

Un proyecto en el que varias editoriales del Estado español se han puesto de acuerdo para lanzar este cuento del keniano Ngugi wa Thiong’o en unas cuidadas ediciones ilustradas bilingües en el original kikuyu y español, asturianu, euskera, galego y aranés. El último relato del genio keniano de la literatura universal con todo el sabor y la riqueza narrativa de la tradición africana y con una proyección hacia el futuro y hacia el mundo que nos interpela a todos.

Binti

Nnedi Okorafor es la máxima expresión de la ciencia ficción africana y Crononautas ha publicado los dos primeros volúmenes de su primera trilogía Binti. Una muestra de esa fortaleza de la literatura fantástica que surge del continente y que tiene la capacidad de abrir nuevos escenarios, por ejemplo, el de una joven himba en un viaje interestelar en el que se ocupa de tejer redes entre las diferentes especies. Además, nos mantiene pendientes de la próxima publicación de la tercera y última novela de la trilogía.

Terra somnàmbula

Mia Couto vuelve a construir en Terra somnàmbula unos universos que se entrecruzan para confeccionar una narración magnética. El pasado, la violencia, los escenarios aparentemente irreales, casi oníricos, le permiten al mozambiqueño contar historias de una manera muy particular. Como en otras ocasiones, la traumática experiencia de la guerra en el país africano aparece de manera sistemática como telón de fondo de esta historia que tiene mucho que ver con la búsqueda del camino propio.

La societat dels somiadors involuntaris

El angoleño José Eduardo Agualusa sigue edificando escenarios que le permitan contar la Angola contemporánea. En este caso, el hilo conductor es el sueño, los sueños, más bien, y las diferentes relaciones de los protagonistas con los sueños, en gran medida como una alternativa a una realidad traumática.

No hables

Uzodinma Iweala es, en realidad, un escritor nacido en los Estados Unidos, pero de padres nigerianos. En su obra, esas raíces nigerianas tiene una enorme importancia. En su presentación en el mundo editorial, Iweala se sumergió en la realidad de los niños soldados. En esta última novela, No hables, el escritor se ha preocupado por un tema que ha ido ganando visibilidad en los últimos años. El protagonista tiene que hacer frente al reconocimiento de su homosexualidad y sobre todo a la reacción de su familia.

Las mentiras que nos unen

Esta última propuesta es un libro de ensayo. Concretamente, se trata de un trabajo del filósofo ghanés Kwame Anthony Appiah, que propone una visión sobre la identidad poco convencional. Apphiah pone en cuestión la mayor parte de los pilares atribuidos a esa construcción de la identidad y también a sus consecuencias.

Ngũgĩ y la transmisión de la sabiduría

Si la edición de La revolución vertical, de Ngũgĩ wa Thiong’o, que acaba de lanzar la editorial Rayo Verde no atrae lectoras y lectores hacia las literaturas africanas es posible que suponga un definitivo punto final. La propuesta es completamente deliciosa y tiene absolutamente todos los ingredientes. La narración del escritor keniano es sublime; la traducción de Víctor Sabaté ha captado y transmite toda la esencia de la historia; los textos explicativos que acompañan el relato aplifican su efecto y facilitan su comprensión; las ilustraciones de Agustín Comotto refuerzan el sentido del mensaje que Ngũgĩ transmite; y la canción que acompaña esta edición es el lazo definitivo a un libro que es un regalo en todos los sentidos.

Ngũgĩ wa Thiong’o, firme defensor de la producción literaria en lenguas africanas. Foto: Carlos Bajo

El escritor keniano Ngũgĩ wa Thiong’o regaló La revolución vertical al colectivo de Jalada, como parte de un proyecto de difusión de las lenguas africanas. La revista literaria panafricana hizo de esta historia un cuento traducido a 80 idiomas. En un primer momento, se trataba de lenguas africanas, paralelamente las lenguas de las antiguas potencias coloniales y, finalmente, lenguas de todo el mundo.

La historia de La revolución vertical es el relato de un desencuentro entre los miembros del cuerpo humano que pone de manifiesto un aprendizaje básico, que transmite valores como la igualdad, el respeto, la convivencia o la justicia. Ngũgĩ wa Thiong’o muestra una indudable capacidad para manera toda la energía narrativa del género del cuento tradicional. Este relato sabe a historia macerada durante siglos en la transmisión de boca a oreja al calor de una hoguera nocturna. Tiene todos los elementos de esas historias que se han ido construyendo relato a relato con el paso de las generaciones para transmitir de madres a hijos, de tíos a sobrinas o de abuelas a nietas los valores que cimentan la convivencia de la comunidad. El genial autor keniano hace con esta historia un homenaje a esa, a veces denostada, literatura popular y, sobre todo, a esta transmisión oral de las historias y las enseñanzas. Su homenaje es, precisamente, reconstruir un cuento que perfectamente serviría para ser contado en una de esas veladas de narración oral comunitaria.

Wa Thiong’o escribió el cuento originalmente en gĩkũyũ como parte de su proceso de militancia cultural en favor de la defensa y el resto de las culturas minorizadas y él mismo se encargo de hacer la primera traducción, al inglés. El autor keniano ha transmitido sistemáticamente la necesidad de relacionarse con naturalidad con las lenguas y evitar la instrumentalización.

Laura Huerga, editora de Rayo Verde e incondicional de Ngũgĩ wa Thiong’o ha cogido esta joya y ha intentado engarzarla de la manera que se merecía. Esta edición forma parte de un impresionante proyecto que nos trae, de la mano de Rayo Verde y Raig Verd, tres ediciones bilingües en castellano, catalán y asturiano y gĩkũyũ. Pero es que dentro de ese mismo proyecto, la editorial Txalaparta ha lanzado una edición en euskera y la lengua original del cuento; Galaxia ha hecho lo propio en gallego y gĩkũyũ; y Pagès se ha sumado con una edición en aranés y gĩkũyũ.

La propia Huerga pone el contexto con un epílogo que ayuda a acercarse tanto al relato como a la figura del autor y, sobre todo, a la importancia de su militancia cultural, un activismo a favor de las culturas minorizadas que le ha puesto contra las cuerdas durante su vida y le ha llevado a la cárcel y el exilio; pero que al mismo tiempo le ha convertido en un referente de la reflexión decolonial y de la literatura universal hasta el punto de tener un reconocimiento internacional, a pesar de esta muy lejos de los gustos complacientes de la industrial editorial global. Rayo Verde y Raig Verd han publicado en los últimos años, en castellano y en catalán, una buena parte de la producción literaria del autor keniano, tanto de sus ensayos, como de sus obras autobiográficas.

Una de las ilustraciones de Agustín Comotto en el libro de Ngũgĩ

La excepcionalidad de este lanzamiento se completa con las cuestiones formales. Ya que han convertido el relato en un cuento ilustrado con los dibujos del argentino Agustín Comotto que construye una historia gráfica que discurre en paralelo a la narración escrita y que refuerza el mensaje, a través del particular estilo de las ilustraciones.

Efectivamente el lazo tiene forma de canción, compuesta por Clara Peya y adapatada por Alícia Serrat. Rayo Verde ha compartido esta canción con un sencillo vídeo compuesto por algunas de las ilustraciones de Comotto que configuran un perfecto aperitivo, uno de esos que te empujan necesariamente a seguir degustando.

Retablo de mendigos y de hipocresías

Hace 40 años que la escritora senegalesa Aminata Sow Fall publicó por primera vez La Grève des Bàttu. Ahora la editorial Wanafrica nos ha traído la traducción en castellano de este relato bajo el título La huelga de los mendigos y esta nueva versión simplemente pone de manifiesto que la historia es completamente actual, no sólo por el ritmo de la narración sino por los valores que transmite. La escritora senegalesa que pasa por ser una de las autoras clásicas de la literatura poscolonial del país, dibuja una dimensión de la sociedad poco visibilizada pero que tiene una presencia constante, la de la mendicidad. Al mismo tiempo, el relato pone al descubierto una evidente hipocresía en las relaciones de clase, entre la élite dirigente y en relación con los supuestos valores religiosos. Una severa crítica vestida de una atractiva piel de cordero.

La escritora senegales Aminata Sow Fall. Fuente: De may! en Wikimedia

La historia se sitúa en una más que reconocible ciudad de Dakar, en la que se desencadena una campaña gubernamental para poner coto a la mendicidad callejera. “Su presencia perjudica el prestigio de nuestro país; es una plaga que debemos ocultar en la ciudad como sea. Este año, el número de turistas ha bajado considerablemente con relación al año pasado y es casi seguro que esa gente tiene algo que ver”, explica Mour Ndiaye a su ayudante Kéba Dabo, para justificar la acción. Ambos serán los responsables, desde el Servicio de Higiene Pública, de sacar a los

Cubierta de La huelga de los mendigos

mendigos de la calle para que no perjudiquen la nueva industria turísticas del país.

La autora deja clara la importancia en la trama de la voluntad de medrar del jefe, Mour Ndiaye que tiene la vista puesta en la vicepresidencia de la República y, también, de un empleado como Kéba Dabo, obsesionado por agradar a sus superiores, “adicto al trabajo” y con un trauma infantil en relación a la pobreza que se va desgranando a lo largo de la novela.

Esta especie de sainete que presenta muchas similitudes con la novela picaresca, tiene diversos escenarios paralelos y, al mismo tiempo que las idas y venidas de los responsables del Servicio de Higiene Pública, se dibuja un curioso retablo del mundo de los mendigos. Poco a poco la autora presenta algunos personajes para que el lector vaya construyendo el mosaico de los pedigüeños que se van constituyendo en “hermandad” en el patio de la casa de Salla Niang, una mendiga poco convencional. Ese patio se convertirá en el centro de operaciones de los pordioseros cuando cambien su estrategia y pasen a la acción como respuesta al acoso de las autoridades.

Los pordioseros que ven caer a algunos de sus compañeros, terminan por reclamar su dignidad y su papel en una sociedad que presenta un complejo equilibrio. La realidad de la mendicidad, aunque invisibilizada, ocupa un lugar evidente en la cotidianidad de los senegaleses y Aminata Sow Fall lo refleja con claridad. “¿En qué barrio de la ciudad el primer gesto de la mañana no es dar una limosna? Incluso en los barrios de tubabs (europeos blancos), los tubabs negros y los tubabs blancos cumplen con ese rito. Si habláis de barrios pobres, eso sí que no viene al caso: todo el mundo sabe que los pobres dan más fácilmente que los ricos”, les espeta Salla Niang a sus compañeros para exigirles que contribuyan al sistema de apoyo mutuo.

El pulso entre los mendigos y las autoridades va subiendo de tono e incluso se cobra algunas víctimas. Unos y otros van cambiando sus estrategias, pero el movimientos fundamental se produce cuando se levantan nuevos liderazgos entre los indigentes que empuja a una insospechada organización del colectivo y su toma de protagonismo. Los mendigos saldrán de las calles, las plazas y los mercados, voluntariamente, como parte de la reclamación de su dignidad y este movimiento tendrá consecuencias más profundas de lo esperado, incluso, para el principal responsable de la campaña anti-pobres, Mour Ndiaye.

Otros temas van atravesando el relato y van definiendo algunos de los rasgos fundamentales de la sociedad senegalesa, rasgos que a menudo pasan desapercibidos, precisamente porque son mundanamente cotidianos. Una trama refleja el complicado equilibrio de la tradición y el aumento de protagonismo de nuevos valores en relación con el papel de la mujer. La poligamia, una especie de matriarcado puntual, la aceptación de algunas mujeres y la fuerza de la mayoría, el lugar central de la figura femenina y, también, sus reclamaciones, construyen una imagen de ese complicado papel femenino que, a veces, resulta difícil de entender desde otros contextos culturales, sobre todo, cuando se olvidan sus múltiples caras y se intenta simplificar. Aminata Sow Fall hace un interesante ejercicio y pone de manifiesto que el papel de la mujer en la sociedad senegalesa no puede expresarse en términos de blanco y negro.

La huelga de los mendigos se asoma también a otra realidad importante y poco conocida: la figura de los marabouts, los guías espirituales. La complicada caracterización de los personajes abre la puerta del interés del lector y la escritora se enfrenta a esa complejidad sin miedo. Podía haber optado por dibujarlos de una manera simplista para que no dejasen flecos, sin embargo, la novelista apunta algunas de sus múltiples caras como estudiosos, devotos, consejeros o, incluso, hechiceros. La particular religiosidad se abre paso en medio del conflicto entre mendigos y autoridades.

En todo caso, la lectura de la novela perfila diversas críticas, como esa ambigüedad del papel de la mujer y la complejidad de la realidad de la poligamia; pero también la hipocresía ante la pobreza, las dobleces de la caridad, orientada a la satisfacción personal y no a la ayuda a los otros; o los canales de ascensión de las élites políticas, entre otras cuestiones.