“Pequeño país”, los paraísos perdidos de Gaël Faye

Más que una novela, Pequeño país es una tela cuyos hilos se van tejiendo para construir un relato que se sumerge en uno de los abismos más oscuros de la humanidad, uno de esos espacios en los que parece que se ha perdido precisamente, lo más básico del ser humano. El escritor franco-ruandés Gaël Faye consigue que el lector se sumerja en el despertar a la vida de la adolescencia, en la historia fresca y desenfadada de un grupo de niños que consideran que las calles de su barrio de Buyumbura es su territorio. Sin embargo, cuando menos se lo espera, ese mismo lector se encuentra atrapado en los meses en los que el infierno asaltó la tierra en la región de los Grandes Lagos, primero en Ruanda y después en Burundi.

Pequeño país ha sido traducido al castellano por José Fajardo González y publicado recientemente por Salamandra y en catalán por la Editorial Empúries. El autor, Gaël Faye, un conocido rapero francoruandés, estará estos días en Madrid y en Barcelona para reforzar el lanzamiento de la novela en castellano y para compartir su experiencia vital y creativa en actividades con tonos particulares. Por ejemplo, mañana se encontrará con estudiantes de secundaria en el CCCB de Barcelona, un encuentro con adolescentes muy especial.

Los Kinanira Boyz es el nombre que se dan a sí mismos la pretendida banda de los gemelos, Armand, Gina y Gabriel, el protagonista y el narrador de Pequeño País. Los cinco chicos se ven a sí mismos como pandilleros, los amos de Kinanira, el barrio acomodado de Buyumbura. En realidad, son apenas cinco niños de papá que están despertando a la vida a través de unas inocentes fechorías que no van más allá de robar mangos, de fumar a escondidas plantearse retos infantiles.

Gaël Faye, va progresivamente incorporando personajes y complejidad a una trama que en la mayor parte del libro es apenas una historia ligera de adolescentes. Ese despertar de Gabriel y los suyos se hace en el contexto más difícil, la región de los Grandes Lagos de la década de los noventa que progresivamente se iba estremeciendo con cada nuevo episodio, elecciones que despiertan ilusiones, asesinatos de políticos que acaban con los sueños, tensiones que disparan la crispación social. Las idas y venidas de los cinco muchachos dibujan el Burundi de las primeras elecciones democráticas de 1993 y el complejo contexto de la época, la sombra de la tensión en Ruanda o en Zaire. Y, sin embargo, la vida pasa a otro ritmo para los Kinanira Boyz que se sienten a salvo de todos esos riesgos.

El rapero y escritor, Gaël Faye. Foto: Salamandra

La de Gabriel empieza siendo una historia de despertar a la vida, pero poco a poco se va convertir en una narración de pérdida de la inocencia, para pasar a ser un relato del paraíso perdido o, más bien, de los paraísos perdidos, los de Gabriel, el de la infancia, por un lado, y el del hogar, por otro. Faye, el autor que comparte el perfil vital con el protagonista de la novela, padre francés, madre ruandesa y criado en Burundi, y relata una sociedad compleja y contradictoria, en la que los expatriados mantienen intacto el espíritu colonial, tres décadas después de la independencia. “El asesinato del presidente le daba igual, ella no hablaba más que de su jamelgo, la vieja racista. ¡No puedo con los colonos! La vida de sus animales es más importante para ellos que la de las personas”, lo dice Gino, el hijo de un belga y una ruandesa.

Sin embargo, mientras la novela perfila la sociedad en la que Gabriel y los otros chicos comienzan a convertirse en hombres, en un segundo plano, se va esbozando el clima en el que se acabó desencadenándose el estallido de violencia del genocidio ruandés, de las guerras civiles y de las matanzas. “Las gentes de esa región eran como esa tierra. Bajo la calma aparente, detrás de una fachada de sonrisas y de grandes discursos de optimismo, fuerzas subterráneas, oscuras, trabajan de continuo, fomentando proyectos de violencia y destrucción que se manifestaban en periodos sucesivos, como las ráfagas de viento: 1965, 1972, 1988. Un espectro lúgubre se colaba con regularidad para recordarles a todos que la paz no es más que un corto intervalo entre dos guerras. Esa lava venenosa, esa marea espesa de sangre estaba de nuevo lista para salir a la superficie”, señala el protagonista justo antes del golpe de estado de octubre de 1993 en Burundi.

Poco a poco, el lector va sintiendo como la tensión entre las comunidades crece y cómo, cada vez, el protagonista y los suyos están menos a salvo, a la vez que empieza a entender la dimensión de lo que está ocurriendo a su alrededor. “Aquella tarde, por primera vez en mi vida, entre en la realidad profunda del país. Descubrí el antagonismo entre hutus y tutsis, la infranqueable línea de demarcación que obligaba a cada cual a estar en un bando u otro. Uno cargaba con ese bando desde que nacía, igual que se recibe un nombre, y eso lo perseguía para siempre. Hutu o tutsi. (…) Sin que se le pida, la guerra se encargaba siempre de procurarnos un enemigo. Yo, que quería permanecer neutral, no pude serlo. Había nacido con aquella historia. Me corría por dentro. Le pertenecía”, explica Gabriel. Esos bandos acaban imponiéndose en la vida cotidiana de los protagonistas: “Un mes antes no me habría enterado de nada. Soldados hutus de un lado, una familia tutsi del otro. Asistía en primera fila al espectáculo del odio.

Faye consigue que esa primera parte de la historia fresca, desenfadada, sin complicaciones, va evolucionando sin sobresaltos, ni artificios. De repente, el lector se encuentra acompañando a Gabriel en su descenso a los infiernos de una manera natural, como no puede ser de otra manera, después de haber sido seducido por su carisma. Casualmente en medio del desastre, el chico encuentra una tabla de salvación: “Gracias a las lecturas, derribé los límites del callejón, respiré de nuevo, el mundo se extendía a lo lejos, más allá de las vallas que nos encerraban en nosotros mismos con nuestros miedos”.

El escritor de francoruandés, que antes que novelista ha sido rapero, ha escrito una historia, en parte, sobre el genocidio de Ruanda. Pero sólo en parte porque es mucho más que eso, es sobre la situación en toda la región. Y hay más todavía, Pequeño país aporta un enfoque nuevo, el de las víctimas anónimas que han hecho frente a toda esa violencia y que la ha vivido de las maneras más diversas y, sobre todo, Gaël Faye presenta esa historia como son las historias humanas, complejas, a menudo contradictorias y, muchas veces, difíciles de comprender, pero a la que es muy fácil acercarse.

Kossi Efoui construye el relato poético de un mundo en resistencia

Uno de los autores togoleses más laureados y, al mismo tiempo, más controvertidos ha publicado su última novela, precisamente, en medio de la tormenta de la revuelta popular que sacude el país. A todas luces, la presentación del nuevo trabajo de Kossi Efoui se mueve entre la casualidad y la premonición, o quizá se inscriba en el territorio de la probabilidad. Cantique de l’acacia, la quinta novela de este autor togolés, vio la luz en octubre del pasado año, casi tres meses después de que se desencadenase una ola de protestas que llega hasta la actualidad y que ha hecho, además de la épica de la resistencia ciudadana, un número de víctimas que nadie parece ocuparse en concretar.

Esa revuelta episódica está motivada por la persistencia en el poder de la familia Gnassingbé durante cincuenta años. Efoui abandonó el país africano para refugiarse en Francia hace más de 25 años, precisamente como consecuencia del poder del padre de la dinastía repúblicada, Gnassingbé Eyadéma. Ahora, justo en medio de la más grave crisis política y social de las últimas décadas, el escritor recrea un país que se mueve entre las evocaciones del pasado y las proyecciones del futuro gracias a un estilo poético que rompe las barreras de la lengua y del discurso. Así se construyen los territorios del pensamiento.

El escritor togolés, Kossi Efoui. Fuente: Facebook

Durante su trayectoria literaria, Kossi Efoui, ha ido configurando una voz propia que se nutre de su prosa poética y de una visión renovadora del teatro en la que rebasa cualquier tipo de frontera. En el caso de Cantique de l’acacia, el autor se zambulle en un espacio que además coincide con sus propios principios ideológicos. En primer lugar, el espacio en el que se ambienta la historia, que va desde Togo hasta Costa de Marfil, pasando por Ghana.

Efoui atribuye a su trayectoria vital su convicción panafricanista y su rechazo de unas fronteras dibujadas “a golpe de látigo” y que configuran “pequeños rectángulos, triángulos o trapecios”. Esos límites son artificiales para el escritor, que considera que lo único real son “las montañas o los ríos” por eso se reivindica como un escritor nacido en el Golfo de Guinea. Por esos motivos, cuando Efoui tiene la oportunidad de escribir la historia, evidentemente reconstruye su espacio soñado, uno en el que esas fronteras no son, en realidad, límites.

El escritor togolés, por otro lado, rehabilita la historia de las mujeres, ya que Cantique de l’acacia es el relato de esas mujeres fuertes que han ido escribiendo la historia, la microhistoria fundamentalmente, la de la vida cotidiana. Parece un lugar común, ya es habitual hablar de ese papel fundamental de las mujeres africanas y, sin embargo, da la impresión de que los escritores mantienen bien viva la necesidad de reivindicarlo. En este caso, el relato recorre las experiencias de tres mujeres que huyen de los destinos que les habían sido reservados. Se trata de tres mujeres que, en distintos momentos y en circunstancias diferentes, han reclamado su derecho a tomar el control de sus vidas.

Esa voz poética de Kossi Efoui hace que en muchas ocasiones, la historia discurra en un ambiente con una considerable carga aparentemente onírica. Precisamente por un tercer rasgo de la novela. Se trata de la inspiración en los mundos narrativos de la tradición que se entrelazan con algunas de las cosmovisiones que al autor le resultan más familiares. El mundo invisible es, de repente, uno de los elementos fundamentales de la narración y con absoluta naturalidad se inmiscuye no sólo en el relato, sino también en la historia. Ese mundo invisible se hace absolutamente presente en la vida de las tres mujeres desde Grace (la abuela) hasta Joyce (la nieta).

De pronto, el nuevo trabajo de Kossi Efoui se convierte en el ejemplo de esas historias africanas en las que los ciudadanos, las ciudadanas en este caso, desbordan los obstáculos que se les imponen y toman las riendas de su vida para asumir el protagonismo. Es la historia de ese África que camina y avanza y que no se detiene delante de las imposiciones. Es un ejemplo que llega, además, en el momento más delicado para el país en el que nació su autor, o quizá en el momento más indicado para sus ciudadanos y sus ciudadanas. A pesar del relativismo que rezuma la actitud de Efoui, nunca ha dejado de ser crítico, eso sí, con una voz muy especial.

Ficción y deber de memoria

Cuando leemos ficción hacemos un pacto con el escritor: convertimos temporalmente en verdad una historia y unos personajes simulados. Es un pacto necesario para sentir la lectura, emocionarnos, indignarnos, sufrir, disfrutar, reír o llorar. Un compromiso íntimo con el autor, al que nos entregamos para, por ejemplo, salir cada noche de viaje antes de dormir y vivir según las reglas que ha inventado para ese mundo.

Rwanda 1994-2014, de David Pluth. Fuente: RTBF

¿Significa esto que la ficción no es real? Hasta cierto punto. Como indica el propio origen latino de la palabra —fictio—, estamos en un mundo fingido, pero que toma a menudo como referencia los sucesos que nos rodean hoy o que han conformado nuestra historia. No en vano, los textos literarios cumplen a menudo una función cognoscitiva, crítica o pedagógica, y permiten acercarnos a una realidad que en ocasiones no conocíamos (aprendemos), reflexionar sobre ella (criticamos) y reorientar nuestro futuro para no repetir horrores pasados (enseñamos).

Una investigación histórica publicada en una revista académica puede establecer una cronología aséptica de acontecimientos o analizar las causas de un conflicto. Es probable que las conclusiones sustenten estudios doctorales o sean la base de una nueva línea de investigación, pero no siempre trascenderán el ámbito universitario. Por el contrario, una novela puede recuperar unos sucesos históricos, recrearlos en un marco policíaco y utilizar recursos estilísticos que acerquen la historia al gran público. La ficción como herramienta para aprender-reflexionar-enseñar puede ser especialmente interesante para abordar el “deber de memoria”: el deber de hacer justicia mediante el recuerdo. Una lucha contra el olvido que algunos escritores asumen como compromiso social e intelectual para tratar las guerras o los genocidios a través de la escritura.

La ficción africana para la memoria africana

Uno de los ejemplos más reveladores de la utilidad de la ficción en la recuperación de la memoria es el proyecto «Ruanda: escribir por deber de memoria». El escritor senegalés Boubacar Boris Diop explica en “Genocidio y deber de imaginar”, de su ensayo África más allá del espejo (Oozebap, 2009), las razones que llevaron a un grupo de intelectuales africanos a lanzar esta iniciativa como reacción al silencio ensordecedor de la prensa internacional durante y tras el genocidio ruandés de 1994.

Novelas y relatos del proyecto “Ruanda escribir por deber de memoria”

“Ruanda no interesaba a nadie, simple y llanamente”, afirma el autor senegalés. Además, la prensa privada africana, en estado embrionario en los años 90, no tenía capacidad de contradecir el discurso de la prensa occidental: la información en África sobre los problemas políticos de los países africanos venía del Norte. En 1995 se celebró en Lille (Francia) la quinta edición del Fest’Africa en la que los autores reprobaron la reciente ejecución de Ken Saro-Wiwa (10 de noviembre de 1995) y sintieron su incapacidad como intelectuales de frenar los abusos de los mandatarios africanos. La frustración generada y los encuentros con la comunidad ruandesa de París los empujó a proponer a escritores de varios países africanos una residencia de escritura en Ruanda. En julio y agosto de 1998, se trasladaron al país africano Monique Ilboudo (Burkina Faso), Véronique Tadjo (Costa de Marfil), Koulsy Lamko (Chad), Nocky Djedanoum (Chad), Meja Mwangi (Kenia), Abdourahman Waberi (Yibuti), Tierno Monenembo (Guinea), Jean-Marie Vianney Rurangwa (Ruanda), Venuste Kayimahe (Ruanda) y Boubacar Boris Diop (Senegal).

En un digno ejercicio de autocrítica, Boubacar Boris Diop cuenta en el ensayo mencionado su incomodidad frente a este encargo literario. Para empezar, el propio hecho de cómo un encargo va en contra de la libertad de creación. Además, se encontraba por primera vez ante el deber de referirse a unos actos preexistentes que no podría modelar a su antojo, en una cómoda distancia, para crear su ficción. Sentía cómo el respeto hacia los supervivientes iba a limitar la libertad a la hora de plasmar sus testimonios, sobre todo cuando les pedían que no se novelaran sus historias, sino que se reportaran fielmente. Un choque entre lo real y lo imaginario que puso a los autores frente a sus responsabilidades sociales como intelectuales.

Algunos de los protagonistas del proyecto “Rwanda: écrire par devoir de memoire”, en el recuerdo de los 20 años del genocidio. Fuente: Littafcar.

En el año 2000 se publicaron nueve de las diez obras previstas. Cuenta el escritor senegalés que, cuando se presentaron a los medios, a menudo les preguntaban por el valor añadido que tenían sus libros respecto a artículos de prensa, documentales, obras históricas y testimonios de las víctimas: una cuestión capital que abría la reflexión sobre la eficacia de la ficción en la lucha contra el olvido.

Las novelas pueden ser —así lo considera Boris Diop— esenciales para la preservación de la memoria de un genocidio. Una obra académica puede ser precisa, pero no es atractiva ni accesible para el gran público. El rigor de un historiador obliga a tratar los muertos como tal. Sin embargo, el novelista tiene la capacidad de devolver la vida a las víctimas, de restituir sus almas y su humanidad, frente a la barbarie del genocidio. Un historiador razonará sobre la base de cifras, grupos, zonas geográficas. Un novelista contará la historia de una persona, con su nombre, su casa, su familia.

Más allá, el éxito del proyecto “Ruanda: escribir por deber de memoria” en la preservación de la memoria del genocidio radica en el hecho de que muchos periodistas han sido capaces de retomar sus investigaciones e incluso de poner en cuestión teorías simplistas pero ya asentadas en el imaginario colectivo sobre las causas del genocidio. El genocidio ruandés como un “simple” enfrentamiento étnico fue el relato habitual durante la primavera de 1994. Desde hace tiempo, esta lectura deliberadamente simplificada y paternalista no se sostiene. Por una parte, la violencia tiene un componente ligado a la historia colonial: la “etnificación” de la sociedad ruandesa por parte de Alemania y Bélgica. Las administraciones de estos países crearon de forma arbitraria una división racial entre tutsis, hutus y twas que favorecía a los primeros —se consideró que eran “más caucásicos” y, por tanto, racialmente superiores— y provocó desigualdades y enfrentamientos durante décadas. Más allá, cada vez hay más indicios claros de la implicación del Estado francés en la financiación y armamento del gobierno hutu durante las masacres. La desclasificación de los archivos franceses sobre Ruanda de la época 1990-1995 ha permitido una nueva investigación periodística, publicada en junio de 2017 en la revista XXI, que explica la orden del Elíseo de rearmar a los hutus utilizando como tapadera un mandato de Naciones Unidas para terminar con las masacres.

Los personajes reales en la ficción africana

La ficción está plagada de personajes imaginarios que se inspiran en los actos de personas reales. Aquí, el escritor no busca denunciar con nombre y apellido, sino que invita al lector a hacer una reflexión sobre, por ejemplo, la estupidez o la maldad humana. Es así como la historia local puede tratar temas universales y, por tanto, convertirse en literatura universal. En ese momento, las etiquetas literarias se desvanecen y la literatura africana se convierte en literatura, sin adjetivos.

En otras ocasiones, los personajes reales e imaginarios se mezclan en la ficción y la novela sirve para recordar y denunciar con claridad. Algunas figuras son tan macabras que parecen irreales, pero esta vez sí tienen nombre y apellido. Es el caso de Gerard Soete, comisario de policía belga responsable de descuartizar y disolver en ácido los restos de Patrice Lumumba, primer ministro congolés tras la independencia en 1960 que fue asesinado en 1961. Boubacar Boris Diop recupera en su novela El libro de los secretos al siniestro comisario que, desde su cómoda jubilación en Bélgica, confesó en 1999 su implicación en la atrocidad. Soete justificaba la actuación: la desaparición de los cuerpos de Lumumba y de sus dos compañeros Mpolo y Okito era necesaria para evitar que la sepultura se convirtiera en lugar de peregrinación. Concluía sin rodeos: “Creo que hicimos bien, para salvar a miles de personas y mantener la calma en una situación explosiva”. Como si esto no fuera suficiente, Soete declaraba haber conservado durante mucho tiempo dos dientes y una falange de Lumumba, y una de las balas que extrajo de su cabeza.

En un grotesco giro previo, el mismo Soete había novelado el asesinato de Lumumba en De Arena (1978), un libro que pasó bastante desapercibido y cuyo protagonista (Denys, alter ego del autor) explicaba cómo se había hecho con la única prueba material de la muerte del líder congolés: dos dientes de su mandíbula superior.

Los peligros de convertir la memoria en ficción… y los peligros de no hacerlo

Quizá el mayor peligro de convertir la memoria en ficción es que una novela pueda servir de base a un revisionismo histórico no académico. Los lectores debemos ser conscientes del pacto que hemos establecido con el autor y recordar que lo que leemos es un mundo recreado. Si la ficción nos ha fascinado, iremos a buscar la realidad que existe detrás de la historia.

Otro riesgo al que se enfrenta la ficción literaria africana es su contribución a la imagen afropesimista del continente cuando, persiguiendo ese deber de memoria, aborda la violencia de forma recurrente. La filósofa marfileña Tanella Boni constataba en 2001 cómo las guerras y la violencia habían invadido la ficción africana francófona y creado un imaginario de muerte, sufrimiento y caos (“Vivre, apprendre et comprendre”, Notre Librairie, n. 144, 2001). Y es que el tratamiento de la guerra en la ficción literaria contribuye casi inevitablemente a la estética del horror.

Cuando Ahmadou Kourouma, en Alá no está obligado, y Emmanuel Dongala, en Johnny perro malo, dan testimonio de su época y utilizan la ficción para denunciar, ¿están construyendo un imaginario pesimista? ¿O somos nosotros, llevados por los estereotipos, los que lo construimos? ¿Buscan los editores y lectores occidentales, de forma más o menos consciente, la guerra y las violencias en la literatura africana? Binyavanga Wainaina denunció la tendencia al estereotipo del mundo editorial occidental en su genial artículo “Cómo escribir sobre África” publicado en Granta. Sin embargo, ¿no es esta también una forma de orientar la creación literaria? Si los escritores africanos dejan de escribir sobre la guerra o los genocidios para evitar que su relato contribuya a la consolidación de una imagen afropesimista del continente, pueden correr el peligro olvidar el compromiso intelectual y social de denunciar a través de sus obras.

Literatura y conflicto: la mirada sobre Europa frente a la mirada sobre África

Llevemos nuestra mirada lectora a las guerras europeas. La Segunda Guerra Mundial sigue siendo el telón de fondo de una gran cantidad de ficción escrita por autores europeos y, en 2014, el escritor francés Patrick Modiano ganó el Premio Nobel de Literatura “por el arte de la memoria con la que ha evocado los más inasibles destinos humanos y descubierto el mundo de la ocupación”. Pese a las dos grandes guerras del siglo XX, las atrocidades vividas en los Balcanes en los años 90 o la actuación vergonzosa de la Unión Europea en la actual crisis de los refugiados, (casi) nadie asocia sistemáticamente Europa con el horror. Quizá lo hagamos después de una lectura, pero la imagen de Europa como continente de progreso prevalece sobre la imagen del horror.

¿Por qué no sucede lo mismo cuando leemos ficción africana? Por un lado, porque estamos influenciados por el relato de los medios de comunicación. En palabras de José Carlos Sendín, estamos “desinformados sobre lo africano”. En el capítulo titulado “La desinformación sobre lo africano como ‘infogenocidio'” de Imaginar África (Los Libros de la Catarata, 2009), Sendín estudia el tratamiento del genocidio ruandés por Televisión Española y concluye que la imagen que representan los medios de comunicación sobre África está dominada por los estereotipos negativos. Finaliza así su reflexión: «Más y mejor información sobre el continente africano no hará que desaparezcan […] la pobreza, la guerra y sus […] efectos […]. Pero nos permitirá comprender sus orígenes, sus causas y, quizá, […] empecemos a comprender nuestra parte de responsabilidad en esa situación».

Otra parte de la responsabilidad puede atribuirse a los editores occidentales que han publicado y traducido más ficción africana “de sangre” que novelas de vida cotidiana. No le faltaba razón a Wainaina cuando denunciaba las imposiciones temáticas —¿folclóricas?— de los editores. En este sentido, una apuesta del sector editorial por obras de autores africanos de temática y géneros más diversos podría ayudar a cambiar nuestra percepción de las realidades africanas.

Es posible, también, que el tratamiento de la guerra en la ficción africana pueda asociarse a una generación de autores que vivieron el paso a las independencias. Hoy las nuevas voces reclaman su libertad creadora y no se consideran guardianas de la cultura e historia de sus países. Cambian el fondo y la forma: las revistas y ediciones digitales ponen a nuestra disposición cientos de relatos en inglés, francés y lenguas africanas, algo que ya está contribuyendo a derribar estereotipos y a devolver el centro de las literaturas africanas a África.

En definitiva, la ficción puede ayudarnos a completar visiones del mundo y a crear una memoria colectiva. Son tantas las ocasiones en las que hemos llegado a una realidad desconocida a través de una novela, que es importante reivindicar el valor de la ficción en nuestro proceso de aprender-reflexionar-enseñar y en la justicia asociada al deber de memoria.

Las moralejas del aquí y allá de Bilal Traoré

Como todas las historias de migrantes, ésta tampoco fue fácil. Tras tres años de infructuosa peregrinación editorial, Los cuentos de Cuenta sin Contar, los cuentos de la flauta y el tambor, compendio de cuentos para jóvenes y adultos escritos por el senegalés Abdoulaye Bilal Traoré en lengua castellana, verá por fin la luz antes de final de año.

Los cuentos de Cuenta Sin Contar, cuentos de la flauta y el tambor from tazalunarbooks on Vimeo.

Como les pasa a los migrantes, esta historia fue a veces incomprendida y otras veces apreciada pero rechazada por no responder a ninguna casilla precisa en este sistema capitalista tan inflexible. Pero como toda buena persona, al final, encontró su sitio y el reconocimiento le llegó, como no podía ser de otra manera, de la gente de la calle.

Y es que como ya les sucediera a otras iniciativas de literatura nómada, como 3052 o El viaje de Ilombé, ha sido la participación colectiva, a través del micromecenazgo, la que ha conseguido su publicación bajo el sello La Taza Lunar, como una llamada de atención a parte de la industria editorial que va por detrás de la sensibilidad de la ciudadanía, curiosa de escuchar otras voces y reconocerse en historias diversas.

Portada de Los Cuentos de Cuenta Sin Contar de Bilal Traoré

Este libro tan “raro” responde a nada más extraño que la esencia del ser humano. Los cuentos de Cuenta sin Contar… están compuesto por diez historias universales en las que Bilal Traoré reflexiona y nos hace reflexionar sobre temas atemporales, como la emigración, el feminismo, el miedo a la diferencia, las guerras, la apertura de espíritu, lo cotidiano,… a través de relatos cargados de simbolismos y personajes curiosos, a veces naif a veces violentos, que no dejan indiferente.

En palabras de Carla Figueiras, profesora de literatura de la Universidad de Santiago de Compostela (USC): “Son mundos mágicos, pero reales a la vez, los que Cuenta Sin Contar nos ofrece, historias de tiempos pasados o presentes, poco importa, son relatos que nos encomiendan la tarea de crear un futuro mejor.”

Todas las historias son inventadas, pensadas, menos una: la que trata sobre la migración, que se basa en un hecho real “como no podía ser de otra manera, por respeto”, según explica Traoré. Algunos son relatos crudos como las guerras, en las que todos los personajes tienen nombre de operaciones militares desastrosas para la humanidad. Otros, esperanzadores, como el de Luca y Lula, dos palomas de la pontevedresa plaza de A Ferrería que ven cambiar su mundo cuando hasta este mágico lugar de la capital de la provincia llega un pájaro tropical cargado de colores y aventuras dignas de ser escuchadas. Todos, con un trasfondo común con moralejas de aquí y de allá a través de refranes y dichos, como caracteriza a este escritor, poeta y bloguero, autor del poemario Oculto al Sol, obra incluida en el Portal de la Biblioteca Africana de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

La experiencia vital de Traoré, originario de Senegal pero afincado en Galicia desde hace veinte años, se evidencia en su escritura plagada de interferencias culturales, lingüísticas y simbólicas procedentes del wolof, francés, gallego o castellano, con los que quiere dejar patente el carrefour de influencias que enriquecen a la persona en movimiento y a las que se cruzan en su camino.

Escritor senegalés afincado en Galicia, Aboulaye Bilal Traoré

“Todos somos mezclas, seamos conscientes o no, solo que muchas veces no nos han enseñado a apreciar las diferentes fuentes de las que bebes. Es una decisión beneficiarse o no de las culturas que encuentras y adaptas a tu manera de entender la vida. Yo he decidido hacerlo”, afirma.

La música es otro de los protagonistas del libro, parte indisociable de la identidad de este griot, quien dice partir siempre de sus propios latidos: “La música que nace del corazón y que luego exteriorizamos a través de la palabra o de cualquier instrumento”. En este caso, la flauta y el tambor, presentes tanto en las historias (como la que se desenvuelve en la plaza Jemaa el-Fna en Marraquech) como en el andar y los movimientos de los protagonistas.

Unas ilustraciones “extraterrestres”

Con el libro dividido en dos paquetes de cinco historias cada uno, Traoré se presentó un día de 2014 en casa de sus amigos Marthazul, pintora con diabetes y besadora de árboles, y Augusto Metztli, ilustrador mexicano, en las Rías Baixas. Nadie mejor que ellos para entender las mágicas atmósferas de las historias de Cuenta Sin Contar y convertirlas en metáforas visuales.

La pintora gallega Marthazul terminando la contraportada

Sólo había una condición: la portada debía ser de colores “extraterrestres” que Augusto y Marthazul concebirían en conjunto y plasmarían en acrílico y tinta: el rojo “en el que se fija la mirada y llevamos siempre dentro, en la sangre”, el negro “que nos deja inquietos y suscita reflexión” y el blanco “que no es color, sino una distorsión de nuestras percepciones”.

“Fue un proceso delicado que nos llevó casi un año. Bonito, ya que pese a los diferentes orígenes de cada uno de nosotros, nos mezclamos de la manera más natural, fluida y creativa”, explica la pintora gallega.

“Creo que el ser emigrante te hace sensible y empático con ciertos temas, como los que trata Bilal” explica Augusto. “Yo mismo soy migrante en Galicia y eso ha hecho que me encante la gente que se mueve, también la que espera, la que se va, la que no está, la que aspira, la que ama sus cuatro baldosas, la que llega. Me gusta la sensación de no ser de ningún sitio o de todos”, dice el mexicano. Ésta es, al final, la reflexión del libro, que quiere ser el primero de una serie de obras filosóficas que nos “muestren las estrechas relaciones que hay entre las personas de diferentes partes del mundo”.

Sin duda, el comienzo de un capítulo en el que las diferentes voces de nuestra sociedad se alzan para dejarnos una mágica lección de convivencia.

“Aux États-Unis d’Afrique”, más de lo que parece

Aparentemente el título lo dice todo. Aux États-Unis d’Afrique (En los Estados Unidos de África) es el título de una novela de Abdourahman A. Waberi. Su noveno libro. Su quinta novela. Pero también es una auténtica declaración de intenciones del escritor yibutí más popular en la actualidad. Waberi es además uno de los autores más comprometidos del África subsahariana. Si bien toda su obra ha estado marcada por los exilios, por los atropellos de las autoridades, por las injusticias, por los malos gobiernos… en los últimos años se ha significado especialmente. Ha pasado a formar parte de un selecto grupo de intelectuales y escritores empeñados en ser el azote de los dictadores de sus países y del continente, en general, y llamados a convertirse en el germen de una nueva africanidad.

El escritor Abdourahman A. Waberi. Foto: Michael Setzfandt, para Zulma Editorial

Pero volvamos a Aux États-Unis d’Afrique. Recuperemos Aux États-Unis d’Afrique. Waberi la publicó en 2006, pero recientemente la editorial francesa Zulma ha reeditado la novela en un formato de bolsillo y eso nos llama la atención sobre la descabellada idea del escritor yibutí. ¿Descabellada? Al menos, inusual. Es evidente que es un ejercicio, una provocación, un juego de espejos al que Waberi somete al lector que realmente esté dispuesto a prestarse honestamente. El narrador fabula con el viejo sueño de la unidad africana y dibuja un escenario en el que los acontecimientos se han desarrollada de manera muy distinta a la real. El destino, la política o la que quiera que sea la fuerza que construye los equilibrios internacionales se ha alineado del lado de una unión política africana que aparece como la superpotencia, frente a una Europa que se desangra y se diluye en un clima continuo de guerra. Los europeos no son capaces de superar sus diferencias y sólo pueden dirimirlas hundiéndose en una espiral de violencia.

Los europeos huyen de un continente sin posibilidad de redención. Los parias del mundo son normandos o toscanos, teutones o flamentos. Mientras las ciudades africanas albergan un panorama artístico en efervescencia y un desarrollo científico mayúsculo. La vanguardia de la política, la cultura y la academia están en el continente. Un continente que en gran medida intenta mantenerse a salvo de la amenaza que suponen los migrantes dispuestos a morir en el Mediterráneo en su tránsito hacia el opulento sur. El desprecio y los discursos racistas se han hecho fuertes también en las sociedades africanas. “El hombre de África se sintió, muy rápido, seguro de sí mismo. Se vio a sí mismo sobre esta tierra como un ser superior, inigualable porque se vio separado de los demás pueblos y razas por una inmensidad sin límites. Ha construido una escala de valores en la que su trono está en la cumbre. Los otros, los indígenas, los bárbaros, los primitivos, los paganos, casi todos blancos son relegados a la categoría de parias. El universo parece no haber sido creado más que para conseguir su gloria y para celebrarlo”, dice Waberi para explicar la inevitable superioridad de los Estados Unidos de África.

Un discurso que se abre paso en esa sociedad en completa expansión y la novela lo expresa de la siguiente manera: “Los nuevos migrantes propagan su natalidad galopante, su tizne milenaria, su falta de ambición, sus religiones retrógradas como el protestantismo, el judaísmo o el catolicismo, su machismo ancestral, sus enfermedades endémicas. Para decirlo educadamente, introducen el Tercer Mundo, directamente, en el ano de los Estados Unidos de África”. Mientras los que consiguen atravesar el mar, penan en las calles de los ricos Estados Unidos de África e, incluso, acaban pereciendo.

El riesgo evidente de dibujar un escenario como este está en atravesar la línea. Waberi podía haber caído fácilmente en el relato panfletario. Podía haberse quedado en la superficie de ejercicio creativo efectista. Podía haber pintado un retablo pintoresco. Pero el escritor yibutí fue más allá, de hecho bastante más allá. En ese ejercicio de provocación que es poco más que un escenario con el que pretende romper esquemas, Waberi sitúa una historia compleja. La de una chica de los suburbios europeos rescatada por un filántropo africano. La joven saborea las mieles de ese primer mundo del sur, parece estar completamente, digamos, integrada. Sin embargo, las cosas no son tan sencillas. Las diferencias entre los elegidos y los sometidos siempre acaban aflorando cuando lo que se ha construido es un sistema racista y discriminatorio. Ya sea en el norte o en el sur.

Por una literatura infantil un poco más diversa

La editorial PotoPoto ha hecho una aportación necesaria a la literatura infantil en español. Evidentemente no es la única, pero esta recién nacida editorial ha aumentado la diversidad de los libros para los más pequeños. El viaje de Ilombe, la gran apuesta de PotoPoto, se ha sumado a un selecto grupo de álbumes ilustrados para niños basados en historias de origen africano. El mérito añadido de este recién llegado al panorama literario es que se ha financiado gracias a una campaña de micromecenazgo, es decir, que ha sido posible gracias al interés que despertó en los lectores, incluso antes de publicarse. La interpretación más sencilla de este recorrido es que El viaje de Ilombe era necesario y que ha abierto una puerta, porque esa necesidad de bibliodiversidad no se agota con la llega de esta historia.

Detrás de este proyecto están Alejandra S. Ntutumu, responsable del relato, y Lydia Mba, autora de las ilustraciones. Ambas, afrodescendientes orgullosas y comprometidas, se han embarcado en la aventura como parte de su deseo irrefrenable por cambiar el panorama literario español. El principal lema de la campaña de micromecenazgo era #YoMeEnsucio y PotoPoto es el nombre que en Guinea Ecuatorial recibe el fango más habitual. Estos indicios dan un idea de la voluntad de las impulsoras del proyecto. Ntutumu asegura en el propio libro: “Desde pequeña, mi sueño siempre ha sido poder crear un mundo de fantasía inspirado en los cuentos africanos que mi madre me contaba cuando era niña, para que los peques tengan referentes más diversos”. Lydia Mba, por su parte, es aún más gráfica cuando asegura: “Quiero que llegue el día en el que pueda encontrar en las librerías y las bibliotecas la misma diversidad que veo en la salida de un colegio”.

El viaje de Ilombre, en realidad, no es un cuento, sino una recopilación de diversas historias originarias de la Guinea Ecuatorial que había marcado el bagaje cultural de la madre de Alejandra S Ntutumu. El hilo conductor es la sencilla historia de Ilombe que se desplaza por el bosque intentando seguir la pista de su madre. En su recorrido la niña se encontrará con diversas situaciones en las que se le desvelarán, al menos, tres cuentos de la tradición del país de África central. El último, el del país de los ogros, es el que más ha mantenido la apariencia de los relatos tradicionales, si bien todos ellos, guardan el carácter ejemplarizante de los relatos que se cuentan a la caída del sol.

Más allá de la historia el relato de El viaje de Ilombe se completa con las ilustraciones de Lydia Mba. Un trabajo delicioso y realmente evocador. Los dibujos de Mba reconstruyen el ambiente mágico del recorrido de Ilombe en busca de su madre, en ese entorno al que le da entrada una misteriosa anciana que es su primera guía.

Desvelando Angola y las migraciones

Kianda apenas era una niña cuando se produjo uno de los episodios más oscuros desde la independencia de Angola: una purga entre las autoridades que el 27 de mayo de 1977 acabó con la vida de un numero indeterminado de personas, entre ellos revolucionarios de pedigrí, algunos de los que realmente lucharon y construyeron la emancipación del país. El padre de Kianda fue uno de aquellos purgados.

Kianda apenas era una niña cuando llegó a Londres y tuvo que pelear contra su historia y contra sí misma. La niña probó el sabor del desarraigo y después la necesidad de construir su propia identidad en un entrono adverso. Ella eligió deshacerse de su africanidad para reducir las ocasiones en la que le hacían sentirse la otra, la distinta.

Kianda ya es mayor cuando empiezan a caerse los velos que su madre había puesto a su vida para protegerla. La mujer, una auténtica luchadora, en el lecho de muerte se decide a revelar a Kianda algunos de los secretos de sus orígenes que nunca había conocido.

Kianda ya es mayor cuando supera el vértigo de la incertidumbre para dar una última alegría a su madre enferma: regresar temporalmente a Angola. En el país en el que empezó todo, la muchacha, ya convertida en una adulta con una personalidad muy compleja, se enfrenta a la realidad, en parte al pasado, pero también al presente e, incluso, al futuro.

Kianda, como no podía ser de otra manera es la protagonista de El sueño eterno de Kianda, una novela publicada por Borja Monreal Gainza y que ha merecido el Premio de Novela Benito Pérez Armas. Más allá de ese reconocimiento, el trabajo de Monreal se ha ganado también la excepción de Wiriko que, habitualmente, no reseña los trabajos de autores españoles sobre el continente. Sin embargo, la novela de Borja Monreal, responde a las condiciones que impone el compromiso de Wiriko. El sueño eterno de Kianda no reproduce estereotipos reduccionistas sobre la realidad africana. Al contrario, se sumerge en un complejo acontecimiento histórico que la historia oficial ha obviado. La novela, tampoco utiliza el continente para relatar historias a más gloria del blanco salvador ni dibuja de manera zafia a los personas africanos. El sueño eterno de Kianda es pura historia y pura historia angoleña y sus personajes no son complejos, sino tremendamente complejos, pasa cuando un autor decide no hacer concesiones y se arriesga a dibujar la complejidad de la realidad, las contradicciones, las dudas, la parte fea de la vida, junto a los sueños, los anhelos y las esperanzas. De todo un poco y, sobre todo, mucha vida.

Borja Monreal durante la presentación de la novela galardonada con el premio Benito Pérez Armas. Foto: CajaCanarias

Monreal se plantea cuál es tema fundamental de la novela y lo más curioso es que no tiene respuesta, al menos, juega a no desvelarla. La historia fundamental es la de la construcción de Angola. O bien, la historia que sustenta este relato es la de Kianda, la de su búsqueda de la identidad, una historia de migraciones, diáspora y viajes de ida y vuelta, de desarraigo y de regreso al origen. Seguramente, la novela se apoya sobre los dos pilares y por eso es mucho más sólida que si lo hiciese sobre uno sólo.

De la misma manera, el autor ha construido su narración sobre horas de entrevistas y ha conseguido que algunos angoleños se asombre por el hecho de que el autor no sea uno de sus compatriotas. Este periodista, curtido en los caminos del continente negro, de la mano de la cooperación y el desarrollo reconoce que no escribe con vocación estética sino para remover conciencias. En El sueño eterno de Kianda el resultado es un relato que se sostiene por sí mismo y en el que el autor incluso se permite el lujo de establecer su propio hilo temporal, viaja de una manera aparentemente desorganizada entre 1961 y 2012, pasando por 1965, 1974 o 1977. Va y viene, una y otra vez, sin miramientos por el lector que sólo necesita un poco de fe para darse cuenta de que los saltos guardan una lógica precisa para perfilar cuidadosamente media docena de personajes fundamentales. Y en cuanto a su voluntad, en este caso se trata de ponerse en la piel del otro, de entender al migrante, al habitante de la diáspora, al que trata, por supervivencia, de reconstruirse.

Borja Monreal intenta que el lector se acerque a Angola y los angoleños y pretende a partir de ese episodio poner de manifiesto una constante de las historias de muchos países africanos, pero también del norte global, el carácter efímero de la utopía: lo poco que duran las ilusiones.

El peluquero de Harare: el fin de la inocencia

Tendai Huchu escribió una novela y, sin embargo, El peluquero de Harare tiene toda la apariencia de uno de esos cuentos populares tradicionales con moraleja al final y una marcada voluntad pedagógica. Así es esta historia, al mismo tiempo angustiosa y profundamente desgarradora y, sin embargo, sobrada de ternura y de inocencia.

El autor zimbabuense, Tendai Huchu. Fuente: página web del escritor

Uno de los principales problemas de El peluquero de Harare es que, prácticamente, cualquier lector sabe que se trata de una novela sobre la temática LGTBI, por la difusión que ha tenido la publicación original y porque Baphala, la casa que la edita en castellano, se presenta como “una editorial para descubrir las mejores obras de la literatura poscolonial LGTBIA”. La verdad es que seguramente es un detalle difícil de mantener en secreto, pero el hilo narrativo de Tendai Huchu seguramente agradecería que fuese una sorpresa para el lector. El relato del joven escritor zimbabuense mantiene un cierto suspense sobre ese descubrimiento que acaba siendo una especie de fin de la inocencia, en un país que ha condenado duramente la diversidad sexual, pero que al mismo tiempo convive con ella a diario en su sociedad.

Lo mejor de El peluquero de Harare es, precisamente, el efecto que puede tener una historia como la que Huchu relata con mimo en los lectores de sociedades que no terminan de aceptar la realidad de la homosexualidad; de sociedades que viven de espaldas a esa diversidad; de sociedades que condenan a algunos de sus miembros según a quién amen; de sociedades que convierten la sexualidad en delito; en resumen, prácticamente, de todas las sociedades.

El peluquero de Harare, de Tendai Huchu

Vimbai es una peluquera de éxito, la estrella de uno de los salones más populares de Harare, la capital de Zimbabwe. A pesar de la podría ser una buena posición, todo a su alrededor está en proceso de descomposición. El país está sumido en una profunda recesión y sobre todo aquejado por el mal de la desesperanza. La vida familiar de Vimbai es un auténtico desastre, muy a su pesar, lo mismo que su vida sentimental. Justo, cuando lo único que funciona comienza a tambalearse también, la vida de Vimbai dará un giro de 180º, o más bien comenzará a avanzar en zigzag. Dumisani, Dumi aparece en escena para poner en cuestión el reinado de Vimbai en el mundo del estilismo de Harare. El joven tiene magia en los dedos y un carácter que seduce a las clientas que antes habían sido incondicionales de Vimbai. Incluso, la jefa que la veneraba acaba prefiriendo al recién llegado.

Su adversario, su principal amenaza acabará mostrando a Vimbai el camino de una vida con la que sólo habría podido soñar, o quizá ni eso. Dumi llena de esperanza la vida de Vimbai. Pero evidentemente, la historia que relata Tendai Hucho no puede ser simplemente un camino de rosas. Se impone un camino de desengaños, de errores vitales, de aprendizajes, de decepciones y de arrepentimientos. De pronto la historia, que había avanzado a un ritmo excesivamente lento en algunos momentos, se desencadena, se precipita y comienza a desplegarse como una alfombra que se va desenrollando delante de nuestros ojos. No se puede decir que los giros y los nuevos episodios sean completamente imprevisibles, pero no por eso dejan de resultar emotivos.

Una receta cocinada con inocencia, crítica, impotencia, realidad y, sobre todo, ternura, mucha ternura, materializa el tópico de mantener al lector pegado a la lectura en las últimas páginas de la historia. La contradicción que asalta a Vimbai cuando despierta a la homosexualidad resulta sobrecogedora. El paso de un desprecio inicial basado en la ignorancia y los estereotipos cuando dice: “Hablaba como un hombre normal, vestía como un hombre normal e incluso caminaba como un hombre normal. Todo él era masculino. ¿No se paseaban los homosexuales por ahí con bolsos y hablaban con voces chillonas?”. Deja paso a la candidez de una mirada sencilla e inocente: “Si lo era, entonces tenía un tipo de amor por mi y otro por este hombre, los dos éramos amados, pero cada uno a su manera. Mentiría si dijese que no lo quería para mí, pero esto no significaba que si no podía tenerlo lo quisiese muerto”.

La apuesta de Baphala es valiente, pero la historia de Tendai Huchu, en realidad, puede tener tanta aceptación como potencial de cambio. Lo tiene evidentemente en Zimbabue, pero también en España.

Pelo afro, identidad y metáforas literarias

Laetitia Ky aporta las imágenes de la nueva temporada de Wiriko. Esta marfileña ha hecho de su pelo su método de expresión y la herramienta para construir sus obras artísticas. No es una casualidad, el pelo afro está hace unos años y cada vez más en el centro de la reivindicación de la identidad africanas. Como es habitual, para algunos un peinado es sólo una expresión artística, en otros casos, la industria de la moda también se ha apropiado de esta corriente. Pero, para muchas otras mujeres y hombres, el nappy (el neologismo que funde natural y happy) hace que dejarse crecer el pelo crespo de manera natural sea un acto militante. Este movimiento, que ve en los cabellos rizados un rasgo identitario de las comunidades africanas y afrodescendientes, tiene también un reflejo en la literatura. El pelo afro se ha convertido, últimamente, en una metáfora casi inagotable.

Una de las imágenes de Laetitia Ky del lanzamiento de la sexta temporada de Wiriko.

Imbolo Mbue, está llamada a convertirse en uno de los referentes literarios de las letras africanas, al menos, para la industria editorial global. Mbue es una novelista camerunesa que de la noche a la mañana saltó a los medios por convertirse en una de las primeras (si no la primera) autora africana en firmar un adelanto de siete cifras con una editorial por una primera novela inédita. Behold the dreamers es la primera novela de la escritora de oro camerunesa que ha llegado a las librerías (de momento, sólo en inglés). Mbue firmaba en febrero un relato en The Guardian en el que trenazaba su experiencia cambiante con su cabello afro, con la historia de su país. Las diferentes fases de su relación con el pelo ensortijado se interpretaban como un paralelismo con la construcción de un país forjado con la unión de comunidades muy diferentes. “¿Por qué estaba huyendo de la textura de mi cabello?, me pregunté”, escribe la novelista camerunesa en un momento de su relato. “¿Cómo llegó a estar tan dividido nuestro país? Colonialismo, ¿de qué otra manera?”, señalaba en otro momento de la narración en el que repasaba las sucesiones relaciones con las potencias europeas.

Imagen promocional de Imbolo Mbue procedente de su página web.

“Tal vez me corte el pelo de nuevo uno de estos días”, concluye la escritora en su artículo, “(para probar un nuevo estilo o, simplemente, porque me apetece). Pero, por ahora, al igual que mi amada patria, me recuerda que, dentro de una situación enmarañada, retorcida y nudosa, reside la belleza.”

El ejemplo más popular de ese uso literario de la metáfora capilar es, sin duda, la novela Americanah, de la incontestable Chimamanda Ngozi Adichie. En Americanah, el cabello tiene una importancia fundamental (aunque, evidentemente, es una metáfora), de la africanidad de Ifemelu, la protagonista nigeriana migrada a Estados Unidos. El pelo se convierte en una seña de identidad, para esta joven y llega incluso a adquirir el estatus de forma de resistencia en el desarrollo de la historia.

Esta misma preocupación por el cabello, por la reivindicación del encrespado pelo afro, aparece en la reciente literatura “afropea”. Laura Nsafou, una escritora francesa de origen mitad antillada mitad congoleña, ha firmado este año À mains nues. La novela proyecta las preocupaciones afrofeministas de Nsafou como bloguera y activista. En este caso, una joven sueca negra con algunos problemas relacionales. Una buena parte de la novela relata el viaje de la protagonista hasta su autorreconocimiento y en ese proceso, de nuevo, el cabello afro tiene una importancia crucial.

En todas las disciplinas artísticas vemos desplegarse este paralelismo entre cabello e identidad. La fuerza de esta metáfora tiene una peso especial entre las experiencias de las comunidades afrodescendientes, por eso, la aparición de los cabellos afro y el conflicto (en todos los sentidos de la palabra) acerca de su aceptación continuarán ganado espacio en las historias contadas, sobre todo, por los miembros de estas comunidades.

Jalada Mobile y la importancia del libro para el desarrollo

El pasado mes de marzo una caravana partió desde Nairobi con la misión de celebrar la diversidad cultural del este de África. Jalada Mobile Literary and Arts Festival fue un festival itinerante que recorrió cinco países (Kenia, Uganda, Ruanda, Tanzania y la República Democrática del Congo) y puso en marcha la futura conquista del espacio creativo africano. El equipo de Jalada, un colectivo panafricano de escritores, estaba detrás de esta idea cuya misión fue la de fomentar “una polinización cultural entre organizaciones, grupos y creadores en la región para llegar a nuevas audiencias”, como explicó Richard Odour Oduku durante la pasada edición del festival literario londinense Africa Writes.

Tras el lanzamiento de Translation Issue: Volume 1, Jalada quiso ahondar en la multiplicidad de las culturas africanas y promocionar la creatividad en un movimiento basado en la colaboración. “Jalada Mobile no podía ser algo realizado exclusivamente por nosotros ya que traicionaría el motivo por el que lo hicimos. Si celebramos la diversidad cultural de una región hay que incluir a las comunidades y olvidarse de las individualidades. Cuanto más gente se reúna, mejor”, dice el coordinador del festival, Richard Odour Oduku, a Wiriko.

En cada una de las doce paradas, el equipo buscó contactos con instituciones culturales locales para estudiar cómo sacar adelante un sector que apenas cuenta con ayudas públicas. Uno de los eventos más exitosos y que también se explicó durante el Africa Writes fue la colaboración con Huza Press en Kigali. En la capital de Ruanda se organizó un taller poético para refugiados burundeses y cuyo resultado verá la luz en forma de antología el próximo octubre en Jalada con el nombre de Mi Canción por Burundi.

La consolidación de estos vínculos creativos en el este de África no sólo incluye las grandes ciudades. La productora del festival, Wanjeri Gakuru, también se une a la conversación para resaltar que la caravana se centró en las zonas rurales y visitas a escuelas para otorgar a los más jóvenes “un espacio en el que puedan expresarse”. “No hemos ido a imponer una idea, simplemente a sugerirla e intentar prender su imaginación. No es que tengan que convertirse en escritores pero debe saber que hay una posibilidad para que puedan ser artistas, para que creen y que entiendan la producción creativa en sus propias lenguas”, dice Gakuru.

Conferencia sobre Jalada Mobile durante la pasada edición de Africa Writes / Foto: Iván González

Para Jalada Mobile, la concienciación de la diversidad cultural del continente africano tiene al libro como pieza clave en su aspiración al desarrollo. Quizás suene romántico e incluso utópico pero tanto Oduku como Gakuru desgranan cómo un libro es “una visión del mundo que nos modela”.

La literatura es una manera de crear conocimiento y una herramienta para hacer que los jóvenes tomen conciencia de su creatividad. La lógica parece clara: dar acceso al conocimiento, los libros, lleva a los lectores a querer compartir sus experiencias. Esto genera directamente un incentivo para fomentar la creatividad que va ligado a un incremento de la tolerancia. Pero muy pocas instituciones gubernamentales del continente están apostando por la creación de conocimiento como reconoce Richard Odour Oduku. Por ello, son los colectivos como Jalada los que emprenden proyectos colaborativos para reclamar el espacio creativo de manera persistente.

Jalada Mobile es fruto de esa manera de trabajar conjuntamente y reclamar la escena cultural del este de África. “Quizás la mayor responsabilidad de un escritor sea la de aportar libros para que el deseo de leer se expanda. Que la gente lo pueda pagar o no es otra discusión pero el acceso a los libros es la única forma de nutrir este ecosistema. Un libro es el inicio de una conversación y si como Jalada hacemos que la gente se enganche a la lectura, hemos conseguido nuestro objetivo”, explica Oduku.

El festival itinerante sembró la semilla en muchos jóvenes que vieron cómo la caravana llegó a sus colegios para animar a la gente a leer. Pero “no nos planteamos que todo el mundo sea escritor sino hacer que los adolescentes piensen”, reflexiona Gakuru. “Hay que hacer que se conviertan en lectores”, apunta Oduku. Y continua: “Los libros hacen que la vida valga la pena. Es en la literatura donde se encuentra lo que otros experimentan y aquellos que tienen acceso a ella pueden manejar mejor su existencia. Al fin y al cabo lo que llamamos vida son retazos de otras que hemos tomado prestadas a partir de los libros”

*Este artículo es parte de la cobertura que Wiriko ha realizado en español como medio oficial del festival literario Africa Writes.

Poesía liberada y liberadora desde Zimbabue

Como el viento intocable es la definición misma del artivismo, de la reivindicación creativa, como dicen algunas de sus impulsoras. Es un ejercicio de libertad y de autoafirmación en su propia concepción; su publicación original es el mismo ejemplo de la valentía, la voluntad de cambiar el mundo y de hacerlo más justo; y su traducción y edición en castellano es simplemente un ejercicio de rebeldía y una necesaria muestra de la diversidad que podemos encontrar en le continente, es un absoluto riesgo por parte de la editorial Baphala que ya ha demostrado que no le tiene miedo a nada y que está dispuesta a aportarnos la dosis de reivindicación que necesitamos. Atención: Como el viento intocable es una antología de poesía de autoras lesbianas que pretenden usar la creatividad para visibilizar a un colectivo desplazado y acosado. Este libro es poesía liberada como expresión de sus autoras que conquistan una voz propia y liberadora en cuanto al colectivo LGTBIQ.

La poetisa Makhosazana Xaba, responsable de la antología. Fuente: Baphala Ediciones

Esta antología que nos trae la editorial Baphala es el resultado del taller de escritura creativa para mujeres lesbianas celebrado en la ciudad zimbabuense de Bulawayo durante la última semana de octubre de 2015. Impulsado por el colectivo sudafricano GALA, se apoyo sobre la organización zimbabuense Sexual Rights Centre (SRC) que trabaja a menudo con el artivismo en el colectivo LGTBIQ. En este caso, el taller fue animado por Nombulelo Madonko del SRC y el peso recayó sobre la poetisa sudafricana Makhosazana Xaba, conocida como Khosi, que condujo ese taller de escritura creativa. Khosi Xaba ya fue una de las encargadas de recopilar los trabajos contenidos en la antología Queer Africa, editado en castellano como Los deseos afines. El resultado de aquellos trabajos en Bulawayo es el que ahora nos trae la editorial Baphala: un volumen con veintidós poesías de siete autoras, que previamente no eran necesariamente poetisas, aunque el resultado resulta de una diversidad tremendamente atractiva.

Es interesante descubrir en el volumen todas las explicaciones sobre el espíritu del taller que lo alumbró y de esa antología resultante. El nivel de contexto con el que cuenta el lector y la reflexión de las impulsoras es, sin duda, un valor añadido. El taller se desarrolló en un país en el que el colectivo LGTBI ha sido absolutamente proscrito en las últimas dos décadas y no fue pura casualidad. “El silencio y la invisibilidad perpetúan la idea de que las personas LGTBI no son parte del tejido social, idea que incluye ese omnipresente mito de que ‘la homosexualidad no es parte de la cultura africana’”, señala Greame Reid, fundador de GALA, en su texto introductorio. Reid añade más concretamente en relación con la recopilación de poesías: “La poesía en esta antología versa sobre el descubrimiento de una voz, la expresión de la experiencia y un impulso al activismo”.

Nombulelo Madonko una de las responsables del SRC habla sobre una vía de contestación que su organización fomenta “la reivindicación creativa” y reconoce el potencial de la poesía en este sentido. “El libro habla directamente a las experiencias de las mujeres queer y les ha dado voz en espacios donde no pueden estar presentes”, señala Madonko. Khosi Xaba es, en realidad, el verdadero motor de esta iniciativa en la que siete mujeres con inquietudes y dotes artísticas diversas se convirtieron en poetisas para revindicar su homosexualidad y cambiar el mundo. “El taller de escritura fue un espacio para que mujeres que nos identificamos como lesbianas pudiéramos pasar tiempo juntas, en un entorno seguro en el que utilizar la escritura como instrumento de expresión personal”, dice Xaba en su introducción a la antología.

La poetisa explica la dinámica de los talleres que se desarrollaron durante cinco días y cuenta: “Tratamos la amplia cuestión del uso de la propia voz, a través de la poesía, para expresarse por una misma”. Expresión y compromiso se van fundiendo constantemente en el relato que la dinamizadora hace del taller en el que se gestó la antología. La poesía llega a aparecer, según los casos, como una herramienta de catarsis mediante la que las autoras se enfrentaban a recuerdos y vivencias, a menudo, traumáticas relacionadas con su orientación sexual y la persecución social y política. Pero, para Xaba, no se trataba sólo de repensarse, sino también de reconstruirse, es decir, de comenzar a forjar un futuro sobre una base de aceptación y de reclamación de sus identidades. Pero no sólo se trata de que este ejercicio pueda cambiar la vida de las autoras que participaron, sino que pretende modificar también el clima social. “Espero que después de leer su poema, los lectores se pregunten: ‘¿Qué voy a hacer yo al respecto?’. Sabemos que nunca cambia nada hasta que una masa crítica de personas se alza, se pronuncia y actúa”, señala Xaba. “Es nuestro deseo que este volumen de 22 poemas insufle esperanza a todas las activistas que aspiran a ser escritoras y a aquellos que, tal vez, se estén preguntando por el valor de la poesía”, concluye su texto la poetisa.

El resultado de este proceso de reflexión y de creación comprometida se traduce en el resultado de los poemas. No se trata de haber hecho un taller de escritura creativa, se trata de que durante ese taller cada una de las autoras se ha mirado hacia adentro y se ha mostrado a las demás, de ahí, en gran medida la diversidad de los enfoques de las escritoras que han plasmado sus inquietudes personales. Así, la antología contiene desde textos eróticos reflexiones psicólógicas.

Blu dice:

Porque eres mi Fijación,

Mi anhelo, mi vicio,

Mi compulsión, mi adicción

El picor que no quiero, no pretendo

No puedo rascar

¡Mi Fijación!

Mientras que Duduzile Salitaire Maseko afirma:

Estoy atravesando el desconcierto

Perdiendo el contacto con todo

Mi mundo se ha hecho añicos

Como el viento tan intocable

Como el río, ha corrido

Mientras Norma Stanley usa la poesía para hablar, entre otras cosas, de la añoranza

Recupero la fuerza

Me siento herida

Me siento abandonada

Cegada por las lágrimas

Soñe contigo

Sikhulile Precious Sibanda emplea los versos para proyectar su identidad

Cuando la conocí

Cada momento con ella lo disfruté

Puede decir lo que quieras

Esta es quien soy

Pero sin duda si hay un poema desconcertante en la antología es el de Amanda Thandeka Pugeni “Angry Black Woman (Negra Cabreada)”. Es una auténtica oda a la reacción airada ante la injusticia. Es la advertencia de lo que ocurre cuando se acaba la paciencia y los oprimidos estallan. Y dice:

Soy esa negra cabreada

Que intentas ignorar

Bella por fuera

Oscura por dentro

Las emociones que braman como un toro negro

Soy proscrita

La espina de la rosa

El agua limpia fluyendo a la cloaca

No me conoces

Esto no es poesía, sino rabia.

Esta es sólo una muestra de unas obras que merece la pena descubrir para profundizar en la diversidad de las artes africanas en su máxima expresión.

Tienes una cita con Como el viento intocable hoy, 22 de junio en Santander, en la Librería del Puerto; y mañana 23 de junio en Bilbao en Louise Michel Liburuak.

Como el viento intocable: Voces feministas contra la homofobia

Por Mariana Jorge Lozano (editora de Baphala Ediciones)

Frente a la creencia generalizada de que la poesía es algo hermoso, que exalta sentimientos de amor y de belleza física y moral, hay otra que piensa que la poesía es instrumento del activismo. El arma que lucha contra todo aquello feo, corrosivo e hiriente que hay en la vida. La palabra tiene ese poder, poner al descubierto situaciones y hechos horribles con la finalidad de que la obra literaria sea en sí misma agente del cambio, que expone al mundo sus vergüenzas.

Cuando, hace casi un año, empecé esta iniciativa llamada Baphala Ediciones precisamente lo que buscaba era dar voz a los que no la tienen. Quería que todo aquello que publicase mostrase situaciones reales y, de un modo u otro, fuese crítica de situaciones de injusticia y violencia. En un continente como África, donde la homosexualidad se considera delito en varios países y en algunos de ellos incluso supone pena de muerte, me parecía vital apoyar a estas autoras y autores y darles la oportunidad de divulgar su mensaje más allá de sus propias fronteras. La literatura LGTBI sigue siendo, por desgracia y a pesar de las múltiples iniciativas editoriales existentes, un género minoritario en nuestro país, donde la situación del colectivo LGTBI es mucho más alentadora que en Nigeria, Marruecos o Zimbabue. En África, la labor de escritoras, escritores, editoras y editores es todavía mucho más difícil y llena de obstáculos. Es por esto que decidí rebuscar entre las literaturas africanas con el propósito de ponérselo un poquito más difícil a aquellos que odian. Nuestra voz no será silenciada, ni dejaremos de existir. No importan las persecuciones, las injusticias o la violencia. Así que es mejor que se vayan acostumbrando.

La literatura como activismo LGTBI: ese era el reto. Por eso, cuando a finales del año pasado, recibí un email de Arrate Hidalgo (editora de ficción especulativa feminista, traductora literaria y escritora) y Lawrence Schimel (escritor bilingüe y traductor literario) proponiéndome traducir a cuatro manos Como el viento intocable (Like the untouchable wind) para Baphala, bastaron unas horas para saber que ese poemario debería de ver la luz del día en mi editorial. Como el viento intocable es una antología poética que recopila la obra de siete mujeres queer de Zimbabue y que es resultado de unas jornadas de escritura creativa llevadas a cabo en octubre de 2015 bajo la supervisión de Makhosazana Xaba. Xaba, poeta y escritora de relatos, es conocida por el público español debido a ser la recopiladora de Queer Africa, antología de relatos publicada por Dos Bigotes bajo el título Los deseos afines. En estas jornadas de trabajo, Xaba, tal y como nos explica en el prólogo de Como el viento intocable, insta a estas mujeres a crear poesía, no desde el punto de vista del perfeccionamiento de la técnica, sino otorgándole mayor relevancia a los sentimientos evocados en ella. He aquí el resultado, una recopilación variopinta de voces queer que nos hablan de sus intimidades y nos ofrecen una ventana a sus mundos interiores. Una lucha feminista contra la homofobia.

A pesar de la calidad literaria que los trabajos de estas siete mujeres muestran, la verdad es que tan solo dos de ellas son poetas en su vida diaria. Las demás se dedican a diferentes actividades, más o menos artísticas. Es por esto que su labor poética todavía tiene mayor relevancia. Es la voz de la calle, de mujeres reales que ofrecen sus vivencias sin filtrar a través de ningún tamiz. Poesía donde la técnica y las convenciones literarias no actúan de freno a la creatividad. Blu nos habla a través de su poesía optimista y llena de humor de su experiencia como mujer queer, mirando al futuro y desafiando lo establecido a través del amor lésbico. Sikhulile nombra instrumento de su activismo a su amor por otra mujer, convirtiendo su deseo en la mejor arma contra la intolerancia. Norma nos habla de la vida y la muerte y de problemas universales, mientras Portia trata temas existenciales, también desde el humor. Pugeni aporta quizás la pieza que mejor resume el objetivo de este poemario, el activismo. Con “Angry Black Woman” (“Negra cabreada”), nos enseña que la poesía no es solo belleza: es también rabia. Finalmente, Duduzile y Caroline describen el lado más oscuro y violento de la homofobia en la que viven envueltas.

Si la poesía y la literatura en general, es voz de los sin voz y activismo social, sin duda esta antología consigue empoderar a mujeres que no lo tienen fácil pero, a pesar de ello, no se resignan al silencio. Estas son voces femeninas y feministas que luchan sin temor contra todo aquello que las oprime. Y en Como el viento intocable hablan bien alto a quien las quiera escuchar.