16 libros (también infantiles) para regalar y leer en fiestas

El camino no está siendo fácil pero tenemos la sensación de que cada vez nos llega literatura africana en mejores condiciones. No sin el esfuerzo de algunas editoriales guerrilleras que han editado y traducido obras contemporáneas que nos acercan a unas literaturas extremadamente ricas, diversas y dinámicas. Ahora vamos a hacer una selección de algunos de los lanzamientos más llamativos de este año que nos pueden servir para regalar y leer durante las próximas fiestas. Son 16 libros, que intentan abarcar el abanico más amplio posible. Seis libros infantiles. Nueve obras para adultos. Y una que es un auténtico comodín. Diversidad de géneros, de estilos y de procedencias. Esperamos que encontréis lo que buscáis.

1. African Meninas, de Karo Moret

La historiadora Karo Moret se ha encargado de seleccionar treinta mujeres excepcionales africanas cuyas biografías ilustradas suponen una batería de referentes para las niñas y los niños racializados, una aportación extraordinaria a transmisión de las partes más silenciadas de la historia universal y una forma atractiva y pedagógica de recuperar relatos tan inspiradores como olvidados. Las ilustradoras Sara Fratini y Ana Cebrián se han encargado de la parte gráfica, de un proyecto que impulsado por la editorial Wanafrica se ha construído a través de una campaña de micromecenazgo que ha puesto de manifiesto hasta que punto es necesaria esta revisión de la historia.

2. Todos deberíamos ser feministas, de Chimamanda Ngozi Adichie

La penúltima de las aportaciones de la autora nigeriana más popular de los últimos años Chimamanda Ngozi Adichie ha llegado al público infantil. La editorial Beascoa ha editado un álbum ilustrado con la conferencia de la novelista que primero se viralizó en las redes y que después se convirtió en un breve volumen. Ahora Leire Salaberria ha puesto imágenes a las palabras de Adichie para que esa lección de la novelista llegue a la raíz a los y las más pequeñas y en definitiva a toda la familia.

3. La historia de Awa, de Camila Monasterio y Lydia Mba

219 mecenas han hecho posible que se materialice este proyecto multimedia, un cuento musical, como lo definen sus impulsoras. Detrás de esta iniciativa están la escritora, bióloga y música, Camila Monasterio; la ilustradora, Lydia Mba; la cantante, Astrid Jones y otros músicos originarios de diferentes países africanos. De nuevo, una voluntad férrea por construir referentes diversos para las niñas y niños, no solo para los racializados. Y de nuevo, la apelación a una convicción colectiva para hacer realidad esta idea. Una campaña de mecenazgo ha permitido que este cuento musical esté a disposición de todas y de todos.

4. Esto es África, de Atinuke y Mouni Fedagg

Esto es África es una especie de atlas, un minucioso recorrido por el continente país por país que pone el acento en la diversidad de cada una de esas etapas. El prólogo de la edición en castellano de este trabajo de la escritora de origen nigeriano Atinuke y de la ilustradora Mouni Fedagg ha sido encargado a Xavier Aldekoa. La intervención del periodista catalán ya supone un aval de la mirada honesta que el libro lanza sobre el continente y de la voluntad de cambiar la imagen más convencional que se proyecta de África.

5. La magia de Sisi, de Sofia Black y Lydia Mba

Se trata de un proyecto especialmente particular. Sofia Black es el nombre comercial de una tienda de cosmética online especializada en el cuidado del cabello y de las pieles afro. La iniciativa de La magia de Sisi supone contar una historia que ayuda a poner en valor la importancia del pelo afro. Es un ejercicio de autoafirmación que se orienta a las más pequeñas de la casa, por lo que se convierte en un trabajo educativo, también. Sofia Black ha contado con la ilustradora Lydia Mba para dar forma a su historia que está disponible en la propia tienda de cosmética.

6. Bob y sus amigos, de Laurence Jammes y Marc Clamens con Jules Bikôkô

Bob y sus amigos es un recorrido musical ideado e ilustrado por Laurence Jammes y Marc Clamens, la historia de un oso que va descubriendo el enorme ritmo que tienen sus nuevos vecinos. En este caso, la aportación de un artista africano se produce precisamente en la parte musical de la mano del Jules Bikôkô, un músico de origen camerunés que es habitualmente conocido por su relación con Macaco, que se ha encargado de realizar esa banda sonora que acompaña al relato.

7. La revolución vertical, de Ngũgĩ wa Thiong’o

Poco más que decir de la deliciosa edición de La revolución vertical, el relato del escritor keniano Ngũgĩ wa Thiong’o, con un indudable sabor a narración popular, que se ha publicado ilustrado por Agustín Comotto y en ediciones bilingües en castellano, català, euskera, galego, aranés y astrurianu y el original en gĩkũyũ. El cuento transmite enseñanzas y valores positivos de construcción de comunidad, al mismo tiempo que engancha a través del ritmo y el estilo y que además es estéticamente precioso. Las impulsoras de este proyecto no han perdido de vista ningún detalle, para una obra que puede ser un relato infantil, pero también una parábola para adultos.

8. Quien teme a la muerte, de Nnedi Okorafor

El lanzamiento durante este año de las ediciones en catalán y en castellano de Quién teme a la muerte ha sido una de las más gratas sorpresas. Nnedi Okorafor, la autora de esta novela, estadounidense de padres nigerianos, es una de las escritoras más populares de ciencia ficción y se reclama como heredera de la tradición africana de la literatura especulativa. Okorafor ha llenado además sus trabajos de contenido social, en este caso, el feminismo, la lucha por los derechos de colectivos minorizados, la convivencia están presentes sistemáticamente en el relato de una manera discreta y natural.

9. Què vol dir quan un home cau del cel, de Lesley Nneka Arimah

De momento sólo ha sido editado en catalán, pero nada indica que la versión en castellano de Què vol dir quan un home cau del cel, de la nigeriana Lesley Nneka Arimah no acabe llegando pronto. La novela es intensa, condensada, llena de personajes femeninos poderosos e inspiradores en medio de un contexto hostil y de un relato que va hilvanando distintas historias apropiándose de una muy particular visión de la realidad. La autora ha recibido numerosos premios y publica en unos medios internacionales que ya no dudan de su reconocimiento como literata consolidada.

10. Hija del Camino, de Lucía-Asué Mbomío Rubio

Lucía Mbomío se ha convertido en una voz imprescindible del periodismo español que reconoce la diversidad de un país que hace demasiado que dejó de ser homogéneo y que se ha resistido hasta hace poco a aceptarlo. En este caso, Mbomío nos pone delante la realidad de las comunidades minorizadas, los obstáculos y las zancadillas de crecer como una niña racializada. La autora pone pone de manifiesto el evidente clima de racismo que a menudo se menosprecia, pero sobre todo, transmite, hasta conseguir que el lector no pueda huir de la empatía, la lucha cotidiana por la construcción de la identidad, por la supervivencia y por encontrar el equilibrio en el que uno mismo (o una misma) se define y se siente cómoda. Hija del camino es una narración que ayuda a completar el relato de la España de a pie de las últimas décadas.

11. África en transformación, de Carlos Lopes 

Para completar el abanico, la colaboración entre Los Libros de la Catarata y Casa África nos trae uno de los libros de ensayo más importantes de los últimos años. Las posiciones de Carlos Lopes son discutidas por amplios sectores de críticos tanto en las posiciones de autonomía del continente como en las de los liberales más radicales. Más allá de la coincidencia con sus reflexiones, el discurso del que fuera secretario general de la Comisión Económica de Naciones Unidas para África (UNECA) refleja las posiciones de una buena parte de las instituciones internacionales que acaban tomando las decisiones económicas más importantes de las que afectan la continente, por lo que es necesaria conocer esos análisis y las correspondientes argumentaciones.

12. Bajo las ramas de los udalas, Chinelo Okparanta 

Chinelo Okparanta es una autora de origen nigeriano que en gran medida ha sacudido la industria editorial del país. Bajo las ramas de los udalas no elude los temas espinosos desde la revisitada y a menudo manipulada guerra de Biafra hasta lo relacionado con el despertar a la sexualidad y la exploración desenfadada de estas dimensiones. Sin embargo, la historia que comparte Okparanta tiene mucho de tropiezos, de pérdidas y perdedores y, sin embargo, esta llena de esperanza, transmite el optimismo de la vida que sigue y se abre paso a través de cualquier obstáculo.

13. Binti. La mascada nocturna, de Nnedi Okorafor

A la editorial Crononauta le debemos el agradecimiento de habernos acercado la trilogía de Binti, de Nnedi Okorafor, sin duda una de las piezas fundamentales del afrofuturismo o, como su propia autora matiza, el africanfuturism. Con la publicación del volumen La mascarada nocturna, se completa la trilogía de la joven himba que conquistó el espacio. El escenario de Binti dibuja una sociedad del futuro hipertecnológica, pero también nos da una lección de convivencia y trata temas tan fundamentales como la aceptación, la familia, el amor o la muerte, todo en un escenario que tiene la extraña capacidad de conectar con naturalidad el espacio exterior y galaxias desconocidas con lo más profundo del desierto de Namibia, sin que la tradición sea en ningún momento un obstáculo.

14. La societat dels somiadors involuntaris, de Jose Eduardo Agualusa

El lanzamiento de una novela de Agualusa, sea en el idioma que sea, siempre es una buena excusa para acercarse al autor angoleño, para recordarlo y reclamar su universo. En el caso de La societat del somiadors involuntaris, el clima onírico habitual del escritor es perfectamente reconocible y como acostumbra a hacer Agualusa consigue construir una historia apasionante con elementos aparentemente descabellados. Y en medio de la supuesta ensoñación y de la pretendida fantasía emerge la visión más  crítica de la realidad que ha rodeado al escritor, los vicios de la Angola independiente y sus enormes abismos no asustan al novelista que los dibuja de forma nítida.

15. Lo que no es tuyo no es tuyo, de Helen Oyeyemi

Oyeyemi aparece como una de las voces llamadas a renovar las letras británicas, tanto por el lenguaje como por el estilo de la narración. A pesar de su juventud, el público y los medios especializados han reconocido su trayectoria. En este caso, en Lo que no es tuyo no es tuyo, Helen Oyeyemi comparte con el lector una colección de historias breves a las que ella misma considera llaves, llaves que abren puertas, concretamente, puertas que dan acceso a mundos insospechados. Una de las características más aplaudidas de Oyeyemi es su capacidad para hilar giros argumentales que impiden que el lector se pueda acomodar y sentir que sabe hacia dónde se desarrollará el relato.

16. Mi hermana, asesina en serie, de Oyinkan Braithwaite

Una realista y actual ciudad de Lagos es el escenario de la Mi hermana, asesina en serie, un título que no tiene nada de metafórico. Braithwaite dibuja los personajes de dos hermanas, una que deja llevarse y pone pocos límites a sus impulsos, hasta el punto de acabar matando a sus ex novios, y la otra abnegada que se ve empujada a ayudar a su hermana a ocultar sus asesinatos. La historia se desarrolla con un animado ritmo de novela policíaca y con una considerable carga de ironía, con la que pone en duda algunos elementos de la vida cotidiana en una gran ciudad palpitante como la actual Lagos.

Gilbert Shang Ndi: Vivencias de un camerunés en América Latina

Mientras los recuerdos corren sin parar en los resquicios de su memoria, Gilbert Shang Ndi se reencuentra con él mismo en sus días de adolescencia. Se observa silenciosamente en la biblioteca de su padre. El mozuelo, curioso a más no poder, privilegiado para la química y las matemáticas pero perdidamente enamorado de las letras, se deleita con las novelas históricas de Chinua Achebe, Wole Soyinka y Ngugi Wa Thiong’o.

El profesor Gilbert Shang Ndi, camerunés experto en literaturas africanas

Entonces vuelve a sentir el cosquilleo en las yemas de los dedos a medida que cambia de página, el hormigueo en el cuerpo mientras convierte en su mente las palabras en imágenes, la adrenalina de los latidos del corazón por experimentar las emociones de los personajes.

En el sistema anglófono de Camerún, debes escoger tu especialidad en el tercer año de secundaria. Como era el primero de la clase se pensaba que elegiría las ciencias. De hecho, me inscribieron en la lista de los estudiantes que se inclinaban por la química”, recuerda entre risas. ” Pero me rebelé. Hablé con el director del colegio y le dije sin titubear que mi pasión era la literatura”.

El reencuentro con su pasado no nace por obra y gracia del azar. Las experiencias vividas en Buenaventura, Tumaco y Quibdó, pertenecientes al Pacífico colombiano –región donde reside un alto porcentaje de población afrodescendiente- como tutor del Laboratorio de Literatura Africana MANENO YA KUWEZECHA “Palabras que Empoderan”, sirven de pretexto para que Shang Ndi, doctor en Literatura Comparada de la Universidad de Bayreuth (Alemania), miembro de las Academia de Ciencias de Baviera y becario Feodor Lynen de la Fundación Humboldt en la Universidad de los Andes (Colombia), le agradezca a ese adolescente por su valentía y determinación.

Ha sido una de las experiencias más apasionantes de mi vida. Fue un intercambio cultural y social muy enriquecedor. Por un lado tuve la oportunidad de compartir el legado de los grandes autores africanos y por el otro pude conocer un poco de sus tradiciones y formas de vida”, expresa.

Con un español tímido pero fluido, manifiesta sin titubeos que conocer las poblaciones afrodescendientes del Pacífico colombiano representa un episodio crucial en las memorias de su periplo latinoamericano.

Antes de permitirse cualquier adulación del ego, le dedica todos los elogios y buenas críticas a la exministra de Cultura colombiana Paula Moreno, presidente de la Corporación Manos Visibles, su cómplice incondicional para que el laboratorio dejara de ser un simple anhelo.

Desde su creación en 2010, el objetivo de Manos Visibles es fortalecer los liderazgos individuales, comunitarios e institucionales que trabajan en pro del crecimiento y avance de la región.

¿Cómo surge la idea de realizar un laboratorio de literatura africana en el Pacífico colombiano?

Conocer a la exministra de cultura colombiana Paula Moreno, un orgullo para las mujeres afrodescendientes de Colombia, fue un regalo del destino para que este sueño se hiciera realidad.

Si bien en Perú había emprendido la idea de un laboratorio de literatura africana, conocer a Paula me permitió darle forma a esta idea en una región que ha preservado a lo largo del tiempo muchas tradiciones ancestrales de mi continente.

Mi objetivo era proponer un espacio de reencuentro donde los asistentes conocieron la memoria histórica de África a través de grandes autores y yo pudiese conocer la memoria histórica, política, social y cultural de sus territorios en sus textos.

Mi experiencia en Buenaventura, Tumaco y Quibdó, lugares llenos de solidaridad y calor humano, me permitió reafirmar que lo africano y lo afrodescendiente son hijos de una misma raíz y deben crearse espacios académicos y culturales que contribuyan a fortalecer nuestros lazos.

¿Qué autores africanos hicieron parte de este laboratorio?

Chinua Achebe, Chimamanda Ngozie, Ngugi Wa Thiong’o, Taiye Selasi, Trevor Noah, Wole Soyinka. Fue una valiosa oportunidad para leer a los grandes autores de la literatura africana y descubrir a la nueva generación de escritores que están construyendo una nueva manera de comprender y leer nuestras realidades socio-culturales dentro y fuera del continente.

¿Qué similitudes encontró entre los contextos socio-culturales africanos y del Pacífico colombiano?

Sin lugar a dudas el abandono político, la corrupción, la migración forzada, la expropiación de tierras y la resiliencia para salir adelante en los momentos difíciles. Esto influenció muchísimo la selección de los autores a leer en el laboratorio. El Pacífico colombiano es una región que ha sufrido durante décadas el olvido del Estado y al mismo tiempo ha vivido en carne propia los efectos devastadores de la irresponsabilidad de sus gobernantes.

Era muy interesante descubrir que las temáticas abordadas por Chinua Achebe y Ngugi Wa Thiong’o en sus novelas, guardaban cierta similitud con momentos históricos que han vivido estas poblaciones.

Aparte de Colombia, conoció Perú y Bolivia. En materia de las poblaciones afrodescendientes en América Latina ¿Qué hallazgos encontró en estos países?

En la provincia peruana de Chincha, la representación visual de lo africano es bastante peculiar. El concepto visual de los restaurantes de comida afroperuana, propiedad de peruanos mestizos, era agresivo y grotesco en comparación a los restaurantes cuyos propietarios eran afroperuanos. Pese al reconocimiento de la población afrodescendiente en distintos ámbitos, no se les reconoce como parte de la sociedad.

En la región de Los Yungas (Bolivia), uno de los lugares donde los esclavos se asentaron, lo que más me impresionó de la población negra es que conservan intacta su lengua, mezcla de español y dialectos africanos.

El libro State/ Society: Narrating Transformations in Selected African Novels nace como resultado de su tesis doctoral. ¿Cuál es el eje central de la investigación?

Estudié las obras de cuatro autores africanos con perspectivas literarias diferentes: Sony Labou Tansi (Congo), Ahmadou Kourouma (Costa de Marfil), Ayi Kwei Armah (Ghana) y Ngugi Wa Thiong’o (Kenia), frente al papel de la literatura como narradora de la relación entre el Estado y la sociedad en diferentes momentos históricos del continente (esclavitud, colonialismo y post-colonialismo) y como esa relación incidió en el individuo.

A veces nos centramos únicamente en la visión macro de los conflictos socio-políticos y socio-económicos que nos afectan, pero olvidamos que somos seres humanos y que estos conflictos transforman nuestra manera de pensar, actuar y sentir.

¿Se encuentra trabajando actualmente en una nueva investigación?

Sí. Me encuentro investigando sobre los puertos que tuvieron gran importancia durante la esclavitud tanto en África como en América Latina.

El objetivo es analizar el impacto de la vida portuaria en las prácticas de la cultura popular de la época.

Pronunciada la última palabra, Shang Ndi se despide. Las letras lo esperan afanosamente para darle los toques finales a un libro de crónicas de viajes que está próximo a publicar.

Quizás antes de que termine el día, mientras los recuerdos corren desbocados por los resquicios de la memoria, encuentre el pretexto perfecto para reencontrarse otra vez con él mismo en sus días de adolescencia.

Congo, una historia épica o cómo enfocar la historia

Escasean este tipo de libros. Obras simple y llanamente redondas. La editorial Taurus acaba de publicar para deleite de los lectores españoles Congo, una historia épica del belga David Van Reybrouck, historiador, arqueólogo y escritor. Se trata de una propuesta diferente para conocer en profundidad la historia de un país con un planteamiento muy alejado del clásico libro académico, género poco atractivo para el gran público. Van Reybrouck recorre la turbulenta historia del Congo presentándola en forma de novela, una narración que engancha de principio a fin. La crónica de la que hoy es la República Democrática del Congo (RDC) es en sí fascinante, pero tiene un mérito enorme que tras la lectura de seiscientas páginas te quedes con ganas de más.

Seguro que más de uno comparte un pensamiento recurrente entre quienes leemos literaturas africanas: “Ya tenemos a otro occidental escribiendo sobre África”. Y es que esta obra podría sumarse a las ya conocidas de El fantasma del Rey Leopoldo del norteamericano Adam Hochschild y El río Congo del británico Peter Forbath. Pero conviene dejar de lado los prejuicios relacionados con el origen de su autor porque estamos ante una obra excepcional por su rigor y originalidad. Quede claro que no se trata de un libro de historia al uso, porque además de divulgar Van Reybrouck busca entretener. Sin embargo, no por eso estamos ante un documento histórico menos serio: no hay más que echar un vistazo a las más de treinta páginas de referencias sobre las fuentes consultadas. El autor pasó seis años revisando miles de informes diplomáticos, políticos, económicos, documentos de organismos oficiales internacionales, ONG, artículos de prensa, leyó decenas de libros, visionó documentales y viajó una docena de veces a la RDC para entrevistar a casi quinientos congoleños. Como buen investigador que es, sacó toda la artillería pesada para analizar esa ingente cantidad de documentación y desplegó sus dotes de escritor para hilvanarla con maestría. El libro es el resultado de combinar ciencia, periodismo y literatura. Un enfoque de lo más acertado para acercar la historia a cualquier tipo de lector.

Se inicia viaje al continente africano desde el mar, a bordo de un barco que se aproxima a la desembocadura del río Congo, una visión muy parecida a la que debieron tener los primeros occidentales que alcanzaron esas tierras. Pero el lector enseguida cambia de perspectiva para meterse en la piel del nativo Disasi Makulo: «Nací en una época en la que el hombre blanco todavía no había llegado a nuestra región, en aquellos tiempos ni siquiera sabíamos que en este mundo había seres humanos con un color de piel distinto al nuestro». Con esta simple frase nos vemos catapultados a una época tan lejana como desconocida para sumergirnos en la apasionante y rocambolesca vida de este hombre que jamás hubiera imaginado que, algo más de siglo y medio más tarde, algunos de sus compatriotas terminarían instalados en China hablando mandarín con fluidez. Porque es en China donde acaba el viaje: hasta allí se desplaza el autor para visitar una comunidad de congoleños dedicados al intercambio comercial. Entre medias, a lo largo de quince capítulos, el lector asiste fascinado a las idas y venidas de una nación extrema en muchos aspectos: su superficie, su diversidad étnica, su arrolladora y descomunal naturaleza y su azarosa trayectoria política. Buen ejemplo de esto último son los cinco nombres por los que ha pasado el país: Estado Independiente del Congo, Congo Belga, República del Congo, Zaire y República Democrática del Congo. Por desgracia, su exuberante entorno natural y sus suelos ricos en materias primas han marcado a fuego su historia: los árabes arramblaron con el marfil, Leopoldo II con el caucho, los estadounidenses con el uranio, los europeos con los diamantes, el oro, el cobre, la madera o el coltán entre otros, y ahora China ha entrado cual vendaval a comprar sus tierras y rapiñar lo que queda. Sin hablar del comercio de esclavos. Con semejante telón de fondo podría pensarse que el libro es un compendio de tragedias impregnado de muerte y dolor, pero no lo es. Ironía y humor van intercalándose a lo largo del texto por medio de anécdotas, comentarios personales y situaciones de lo más variopintas y surrealistas. La alternancia entre lo dramático y lo cómico es una constante y mantiene al lector siempre a flote emocionalmente. Aunque el drama subyace, también se percibe la infinita y admirable resistencia de los congoleños ante la adversidad. Sus testimonios son uno de los grandes aciertos de esta obra porque, por fin, tienen visibilidad y voz. Los congoleños son los grandes protagonistas y aportan la verdadera dimensión humana a los distintos sucesos históricos. En su mayoría son personas anónimas que cuentan sus vidas, pero sus palabras tienen un valor incalculable, tanto desde el punto de vista documental como humano.

El escritor David Van Reybrouck, Fuente: Nationaal Historisch Museum – CC BY 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=12125164

Uno de los aspectos más relevantes de esta obra es la profusión de datos económicos, históricos, geográficos o sociológicos que aporta. Pero el autor los dosifica tan bien que no avasallan ni entorpecen, la lectura fluye como si de una novela se tratara. Con tal cantidad de información, quienes poco sepan del Congo quedarán más que satisfechos y quienes crean conocerlo no se sentirán defraudados. A lo largo del texto son muchas las curiosidades que aparecen y algunos temas tienen un enfoque local inédito. Por ejemplo, sorprende escuchar de boca de los congoleños que Patrice Lumumba no goza en su país de la gran admiración que se le profesa en Occidente. ¿Cuánta gente sabe que Mobutu se hizo construir una pista de aterrizaje especial para el Concorde dentro de su complejo residencial para llevar a su familia a Disneyland París? A nadie se le escapa que la música juega un papel crucial en el Congo, pero el capítulo dedicado a explicar el estrecho vínculo que mantienen sus estrellas musicales con la política y las grandes cerveceras es interesantísimo. ¿Y qué decir de la narración del periplo desde Lagos hasta el Cairo, cruzando a pie el desierto del Sáhara, de un soldado congoleño de la tropa colonial belga para detener la progresión de Rommel en la Segunda Guerra Mundial? Anécdotas, fechas, cifras y testimonios se suceden sin cesar para apuntalar unos hechos históricos que para muchos serán desconocidos.

En definitiva, Congo, una historia épica es una obra imprescindible para quienes deseen conocer la historia de este país, pero no solo para ellos. Cualquier lector disfrutará de una novela apasionante gracias a una narración amena y ágil. Van Reybrouck ha escrito un libro magnífico, su éxito en ventas en otros países da fe de ello. Es innegable el trabajo académico que encierra, pero también conviene destacar la sensibilidad que ha demostrado al dar a los congoleños el protagonismo que se merecen. Al rescatar sus voces ofrece una perspectiva local tan valiosa y única que resulta impensable prescindir de los africanos si se quiere tener una historia de África fidedigna y completa.

El camino que Lucía Mbomío comparte generosamente

Lo que Lucía Mbomío ha hecho en Hija del camino es un acto de generosidad. La periodista alcorconera, esa es una de sus reivindicaciones de pertenencia más firmes, nos regala una herramienta para entender mejor al Otro y a una sociedad que, en realidad, no es como se representa a sí misma. Mbomío, nos acerca a ese Otro que no existe (porque solo depende del punto de vista) pero que siempre está a nuestro lado y, por tanto, nosotros también somos ese Otro, a veces. Y a la vez pone delante del espejo a esa sociedad que se hace trampas al solitario y se empecina en representarse como una sociedad blanca uniforme, cuando nuestros barrios han estado poblados de pieles de tonos diversos (y todas las diferentes experiencias que representan) desde hace décadas.

La periodista y escritora madrileña, Lucía Mbomío, junto a su nuevo libro. Fuente: Instagram de la autora

Lo que hace Lucía Mbomío es un acto de generosidad, básicamente, porque ella misma se ha expuesto para construir esa herramienta. Aunque la historia de Hija del camino es mucho más que la historia de su autora, entre los pliegues del relato se resbalan experiencias que solamente se pueden contar en primera persona, la experiencia de la hija de una pareja mixta de padre guineano y madre española a la que no se le permite identificarse ni con unos ni con otros y que permanentemente busca su lugar. Pero es que la narración de la periodista que explora sus raíces en Guinea Ecuatorial es la historia de una experiencia colectiva. Mbomío lo ha explicado en algunas ocasiones, que Sandra, la protagonista de Hija del camino, no es solo ella, sino una especie de puzle construido con las piezas de muchas experiencias individuales de personas que ella ha conocido y con las que ha compartido conversaciones, es uno de los posibles retratos de esa sociedad ni blanca, ni uniforme. Esa frase que dispara en la dedicatoria da una idea del lugar del que sale el libro:

“Si no nos contamos, nos traicionamos”

Lo que hace Lucía Mbomío en su relato es un acto de generosidad porque no pretende trazar una línea, un ellos y un nosotras, no pretende jugar al sentimiento de culpa, sino que muestra y desvela. La autora de Hija del camino despliega una eficiente combinación de bofetada y caricia. Abofetea contundentemente, con las evidencias que la sociedad ha guardado debajo de la alfombra, ese racismo subyacente, sistémico que pasa aparentemente desapercibido porque se manifiesta en las acciones más cotidianas y más inocentes. Aparentemente desapercibido, evidentemente, porque lo pasa por alto quien lo sufre. Abofetea con toda la carga de discriminación que encierran esos “inocentes” comentarios al estilo “pues saca buenas notas para ser negra” o un mucho más neandertal “es guapa para ser negra”. Frases que se pronuncian sin un deseo manifiesto de hacer daño, pero con una voluntad evidente (aunque pueda ser inconsciente) de marcar una diferencia. Y el golpe, el restallido del cachete es esa sentencia lapidaria que Mbomío coloca en medio de la mejilla de quien se considere completamente inocente:

“Si Sandra seguía sintiéndose de Guinea Ecuatorial era porque no le dejaban sentirse de España”

Pero también acaricia y transmite ternura, abre espacios a la esperanza, expone con serenidad y delicadeza y construye relatos de empatía a los que invita a muchos más Otros que los Otros evidentes con diferentes tonos de piel o distintas texturas de pelo. Algunas de las reflexiones se desprenden como cargas de profundidad:

“Sandra miró a su alrededor y se dio cuenta de que casi no había niños blancos. Entendió que la pobreza tiene la piel oscura y que raza y clase van de la mano”.

Pero a pesar de ello, la generosidad de Lucía Mbomío acerca a la historia de Sandra a muchos más, a cualquiera que se haya criado y haya sentido la periferia, porque Hija del camino palpita y sabe a barrio, a plaza, a pipas y botellones, a intemperie, a hermandades tan accidentales como firmes. Acerca a cualquiera que han estado lejos de casa, porque habla de la nostalgia y de la distancia, habla de buscarse a uno mismo y de perderse, de caer al vacío y de descubrir el mundo y, mientras tanto, de seguir mirando hacia casa. Acerca a cualquiera, que se haya tenido que enfrentar a un gesto torcido, porque la discriminación también tiene el potencial de crear alianzas y aunque no seamos conscientes, es fácil que todos hayamos sido desplazados, por eso Hija del camino es una herramienta para conocernos, entendernos y aproximarnos.

Y mientras tanto, a través de Sandra, va pasando delante de nuestros ojos la vida. El racismo, por supuesto, la denuncia más evidente de la historia:

“El racismo no era un insulto puntual ni una pelea de chiquillos, se trataba de una guerra incesante y ella se comportaba, desde niña, como una soldado dispuesta a defenderse y a lucha”.

Lucía Mbomío es uno de los referentes en España de la comunidad afrodescendiente. Fuente: Instagram de la autora

Pero si nos quedamos solo con lo que salta a la vista, nos perdemos muchas otras cosas que aparecen en el camino que recorre Sandra. Como la construcción de la identidad, que en el caso de una mujer, negra, en España es especialmente turbulenta, pero que puede desestabilizar a cualquiera; las dudas en cuanto al sentimiento de pertenencia, que no afecta solo a la población racializada; incluso la integridad y las convicciones, el compromiso social.

“Durante su convalecencia, entendió que la patria no era una bandera sino el espacio en el que residen los recuerdos de la infancia, y su novio, quería de alguna forma, volver a ellos, construir una Guinea de hermandad y solidaridad, valores que ya solo quedaban en los pueblos”.

Lucía Mbomío ha sido capaz de explicar desvelos, inquietudes, frustraciones y anhelos de una persona (y de un colectivo) que intenta construirse y reconstruirse, reinventarse y ubicarse de una manera que es imposible no sentir empatía:

“Está feliz por la visita, pero cansada de buscar su sitio. Lleva buscándolo desde antes de saber que lo hacía, cuando escribía cartas al niño holandés, cuando decidió aprender francés y se fue de intercambio. Lo buscó con más ilusión que nunca cuando se fue a Guinea Ecuatorial. Y no se encontró. Quizá debía aceptar que su lugar está en el limbo, en ese camino, pero con los suyos cerca, porque en sus risas, sus abrazos parcos y sus charlas siempre se está bien”.

Y evidentemente, en el relato también está Guinea Ecuatorial, observada desde diferentes lentes, con visiones mediatizadas de diferentes maneras. En ocasiones Guinea es Antonio, el padre de Sandra, en otras es Celia, la tía de la protagonista que le presta enseñanzas definitivamente valiosas, a veces un recuerdo, a veces una ilusión… Pero el relato de Mbomío también transmite como a menudo Guinea Ecuatorial es apenas un reflejo en el horizonte que pasa desapercibido y hacia el que esta sociedad se ha convencido que no quería mirar, por motivos, sobre los que antes o después será necesario detenerse. La propia protagonista ni siquiera sabe bien cómo definir su experiencia:

“Había viajado mucho, se había emocionado en diferentes paralelos y meridianos y, sin embargo, Guinea le dolió más que ningún otro sitio y lo amó como a pocos. Fue mucho más que un alto en el camino, allí descendió a los infiernos y conoció la gloria. Guinea era extremo, maniqueo, doloroso y extraordinario. Y viendo desde el cielo aquel brócoli gigante que era la isla de Bioko, supo que nunca podría olvidarlo”

Lo que Lucía Mbomío ha hecho, definitivamente, es un acto de generosidad porque nos ayuda a conocernos, a nosotros mismos, entre nosotros y a los otros, sean quienes sean esos otros y sabiendo que a veces los otros somos nosotros. Antonio confiesa a su hija:

“Yo ya no pertenezco a ningún lugar. No soy de ni de aquí ni de allí. Me sacaba de mis casillas ver según qué cosas cuando estaba en Malabo, pero también me pasa aquí. Los inmigrantes vivimos en un limbo”

Y Sandra le anuncia:

“Las fronteras que atravesasteis vosotros nos atraviesan a nosotros”.

Y, también porque en medio de la confusión y de los inconvenientes recupera la concepción tradicional del viaje como un espacio de encuentro y de conocimiento. Sandra reflexiona sobre su experiencia y abre una puerta que quizá todas deberíamos tener presente:

“Echa de menos una tierra que solo estaba en los recuerdos de su padre, que no era real ni tangible, que puede que nunca existiera. Una quimera que le embaucó igual que te atrapan las sirenas de Guinea, las «Mami Wata», quienes viven en aguas negras africanas y diaspóricas, a los dos lados del Atlántico. Hay quien las considera la deidad de la inmigración porque los que fueron secuestrados por ellas vieron dos mundos. Al regresar son más sabios, pero resultan incómodos y extraños en las dos márgenes”.

Helen Oyeyemi: “La literatura me hace que valga la pena estar en este mundo”

Helen Oyeyemi habla prácticamente en un susurro y se mueve con delicadeza y con suavidad transmitiendo fragilidad. Da la impresión de sentirse más cómoda escribiendo sus propias historias que hablando sobre ellas con extraños. Sorprendió a la industria editorial y al público con una exitosa primera novela cuando todavía no había terminado el instituto. Ahora, con 34 años, ha publicado ocho libros y ha recogido el reconocimiento de la crítica y de los lectores. En 2013, la prestigiosa revista literaria Granta incluyó a Oyeyemi en una lista los 25 mejores novelistas británicos de menos de 25 años. La escritora se ha atrincherado en una particular narrativa en la que acostumbran a convivir mundos imaginarios y reales y en la que son habituales los giros de argumento insospechados. Nació en Nigeria y, cuando tenía 4 años, su familia se trasladó al Reino Unido, ahora tuerce el gesto cuando escucha la más mínima referencia a la etiqueta “africana” para su narrativa. Ha visitado Barcelona en la promoción de Lo que no es tuyo no es tuyo, una colección de cuentos que supone la tercera de sus obras que la editorial Acantilado publica en español, después de El señor Fox y Boy, Snow, Bird.

La escritora Helen Oyeyemi. Fuente: web de la autora.

Tiene la etiqueta de escritora precoz, ¿ha sido un lastre o una ventaja?

En realidad, cada vez que he escrito un libro me he centrado en la historia que quiero contar. Ese es el motivo por el que escribo. Cada libro es una oportunidad para probar una voz distinta, jugar un juego algo distinto. Mi forma de escribir se centra en cada proyecto y muchas veces sé que a mucha gente no le va a gustar lo que haga, pero eso no es impedimento para que lo haga.

Cada libro es un juego, una de sus características es que su forma de narrar es habitualmente rompedora. ¿Hay una voluntad de provocación en la ruptura de algunos límites?

No, expresamente. Pero creo que la forma de escribir de cualquier escritor refleja su percepción de la realidad. Yo no soy muy sospechosa de una narrativa lineal con mensajes inequívocos que solo se puedan interpretar de una forma. Creo que esas narrativas no son verdaderas y por eso acabo escribiendo algo que se opone completamente a esa linealidad.

¿Quiere decir que su forma de ver la vida tiene que ver con esos mundos imaginarios y flexibles?

Sí. Entiendo lo imaginario y lo real como dimensiones que verdaderamente son iguales y que se dan forma y se alimentan entre ellas.

Los cuentos de hadas están muy presentes en sus historias, ¿disfruta deformándolos?

Creo que es mejor ver mis libros uno por uno, hay dos de los ocho libros en los que he reescrito un cuento de hadas, pero no se trataba de que el elemento cuento de hadas fuese el más importante, sino que aprovechaba una forma narrativa. Cogía algunos elementos establecidos que todo el mundo conoce y luego los utilizaba para contar una historia en la voz de una heroína de los años cincuenta o de un escritor norteamericano de la década de los años treinta. Todo está en la forma de narrar.

Hay otra constante en sus historias, sus personajes principales son mujeres.

(Helen Oyeyemi ríe divertida) Justo el libro que estoy escribiendo ahora mismo tiene como protagonistas a dos hombres. No lo he hecho expresamente (vuelve a reír). Me interesan las mujeres, desde la perspectiva que apunta Virginia Wolf en Una habitación propia. Me interesa la visión de las cosas que se ve tangencialmente, la que se ve por el rabillo del ojo. Me interesa más lo que se percibe ligeramente que lo que llena todo el campo de visión.

Pero, ¿le resulta más fácil imaginar un personaje complejo femenino que masculino?

No creo que haya diferencia, cuando pienso en un personaje, me interesa lo que quiere esconder y parto de esa premisa y después veo por donde va evolucionando.

Ha mencionado el libro en el que está trabajando ahora. ¿Qué nos puede avanzar?

(Aparenta hacer una confidencia) La acción pasa en un tren, una pareja va de luna de miel y acaban con mucha más luna de miel de lo que se esperaba. Hay un poco de misterio (sonríe).

En Lo que no es tuyo no es tuyo hay una historia ambientada en Catalunya, ¿de dónde viene?

Es sencillo, fui a La Pedrera y me encantó el edificio, así que poner la casa en un cuento era una forma de apropiármela. La hice mía colocándola en un cuento.

¿Acostumbra a hacer eso, apropiarse de cosas que le gustan a través de las narraciones?

Sí, es una forma de integrar y conectar elementos que de no ser así no tendrían relación entre ellos. Es como una forma de crear mi propio territorio.

¿Escribe para crear otro mundo más amable?

No creo que sea posible escaparse de este mundo, por desgracia. De hecho, una de las cosas más maravillosas de la literatura es que me reconcilia con el estar aquí, me hace que valga la pena estar en este mundo.

A menudo se ha visto el tema de la identidad en sus primeras novelas.

Me lo han dicho varias veces. Me han dicho que mis libros hablan sobre la identidad. Pero yo pensaba que había escrito un cuento de terror sobre un hombre con un amigo imaginario. Creo que lo mejor es que los libros sean lo que son y no intentar hacer que parezcan algo más importante utilizando términos muy concretos.

¿Reclama la literatura como entretenimiento?

Es parte de lo que quiero que sea. Quiero que la literatura sea todo lo que es sin que se le asigne una función concreta. Creo que la literatura es seria por naturaleza, como la vida, pero no es necesario decirlo una y otra vez.

Su última novela Gingerbread aún no se ha publicado en español, ¿qué tiene de especial?

Siento que tiene un corazón más cálido, destila más esperanza. Se preocupa más por el valor de las cosas, lo que vale cada cosas para el individuo y el grupo. Hay una mujer que mide su vida en base al pan de gengibre, pensando lo que puede conseguir de la vida y lo que ella quiere del mundo.

Y sobre Lo que no es tuyo no es tuyo, su último libro editado en castellano ¿Qué es lo que los lectores van a encontrarse?

No puedo prometer nada a nadie (ríe). Son nueve llaves que permiten abrir puertas. Entra y a ver qué te parece.

Pero, ¿qué ha puesto en esas historias?

He puesto de todo. Hay libros que no me gustan tanto porque los escribí sólo con el cerebro, y otros que he escrito con mi mente y mi corazón. Las cosas que me hacen reír, las que me hacen llorar, las que me ponen triste y todo eso está en Lo que no es tuyo no es tuyo.

Hay un grupo de escritoras que han conseguido que la industria editorial les preste atención. Son mujeres de origen africano que escriben desde la diáspora. ¿Qué opina de esa etiqueta?

Para mi, es como si alguien me llamase Joe y mi nombre es Helen. Me suena tan raro… porque está tan lejos de la manera como yo me pienso. Creo que no va conmigo. Creo que antes, pueden haberme colocado en esa etiqueta, pero la gente ha empezado a leer mis libros y se fija en lo que hay en ellos. En todo caso, cuando las personas buscan algo concreto, lo van a encontrar. Lo único que tu puedes hacer es seguir haciendo las cosas con las que te sientes cómoda.

Okorafor y las metáforas desde la ciencia ficción

En los últimos años la escritora de origen nigeriano, Nnedi Okorafor se ha convertido en el referente de la ciencia ficción africana o como ella misma prefiere llamarlo, el africanfuturism o africanjujuism. Las definiciones vendrán después porque ahora el tema principal es Quien teme a la muerte, la última gran novela de la escritora que llega a España y que nos demuestra que quien quiera atribuir a la ciencia ficción o a la literatura fantástica una vocación puramente estética, se ha perdido una parte importante de la partida. Okorafor hace en Quien teme a la muerte una atractiva metáfora de algunos de los problemas que más preocupan a las sociedades africanas (y a las de la mayor parte del planeta), con un contundente toque de autoafirmación africana.

La escritora de origen nigeriano, Nnedi Okorafor. Fuente: Instagram de la autora

Quien teme a la muerte nos ha llegado simultáneamente en catalán y en castellano en un esperanzador ejercicio de colaboración entre Raig Verd y Crononauta, dos editoriales tan periféricas y modestas como comprometidas con la calidad, auténticas militantes de la diversidad de voces y de la apertura mental. Carla Bataller Estruch firma la traducción al español como ya había hecho con otras publicaciones de Okorafor en la editorial sevillana y Blanca Busquets es la responsable de la versión en catalán que publica el sello barcelonés.

La novela que se sitúa en un futuro postapocalíptico en el que el desierto ha acabado conquistándolo prácticamente todo, a excepción del misterioso reino de los Siete Ríos, y haciendo que la vegetación sea poco más que una ansiada anécdota. Pero la devastación medioambiental es solo una de las dimensiones del escenario de caos. En realidad, la violencia entre dos pueblos es el telón de fondo fundamental de la vida de Onyesonwu, cuyo nombre significa “¿Quién teme a la muerte?”. Fruto de una violación y condenada a la marginalidad por un mestizaje que se considera aberrante, la vida de la protagonista experimenta un giro radical cuando descubre que es depositaria de unos poderes místicos. De ser una apestada a la que la gente considera que puede apedrear en el merca, Onyesonwu pasa a ser la elegida que tiene como misión, no sólo liberar a su pueblo sino acabar con una devastadora espiral de violencia.

Okorafor ha contenido en esta historia algunos toda una serie de preocupaciones y de retos que es necesario que plantear. La escritora habla de machismo:

“Yo debería ser el hechicero, tu deberías ser la sanadora. Así es como han sido las cosas desde siempre entre un hombre y una mujer”

Le dice Mwita a su compañera Onyesonwu, mostrando como en la narración Okorafor rompe algunos prejuicios.

Pero también habla sobre otras cuestiones de género como lo que se espera de las mujeres:

“Ya viste lo feliz que estaba en la taberna. Algunos de esos hombres eran encantadores… Ninguna de nosotras teníamos permitido ser así de libres en Jwahir”

Y de otras convenciones que tradicionalmente han mantenido sometidas a las mujeres:

“Ya sabes cómo acaba la historia. Escapó y se convirtió en el mejor líder de toda la historia de Suntown. Nunca construyó un altar o un templo, ni siquiera una choza, en nombre de Tia. El nombre de la chica no vuelve a mencionarse en el Gran Libro. Él nunca pensó en ella ni preguntó dónde la habían enterrado. Tia era virgen. Era hermosa. Era pobre. Y era una niña. Era su deber sacrificar su vida por la de él”.

Incluso una evidente pero reinventada referencia a la mutilación genital femenina:

“Cuando se marchó, me fui a mi dormitorio y lloré. Fue lo único que pude hacer para dominar mi rabia. Entendí por qué usaban un bisturí en vez de un cuchillo láser. El bisturí, al tener un diseño más sencillo, era más fácil de hechizar. Aro. Siempre Aro. Me pasé gran parte de la noche pensando en formas de hacerle daño”.

No en vano, como la propia autora explica en los agradecimiento lo que desencadenó la historia en su imaginación fue una noticia sobre el uso de la violación como arma de guerra en Sudán y además del relato esa sensación se contagia a toda la historia:

“«Esto es lo que le ocurrió a mi madre», pensé. «Y a Binta. Y a innumerables mujeres okekes. Mujeres. Las muertas andantes». Y empecé a cabrearme”.

Otra de las preocupaciones que transmite es la de la convivencia entre comunidades, ese conflicto entre okekes y nurus que está en el origen de toda la historia y a la que a menudo se le da un aura de esencialidad:

“Los milicianos nurus esperaron hasta el retiro, cuando las mujeres okekes se adentraron en el desierto durante siete días para mostrar respeto a la diosa Ani. «Okeke» significa «los creados». Los okekes tienen la piel del color de la noche porque fueron creados antes que el día. Fueron los primeros. Más tarde, mucho después de eso, llegaron los nurus. Proceden de las estrellas, y por eso su piel es del color del sol.”

Sin embargo, la escritora de origen nigeriano desliza en su relato, la clave que a menudo se olvida cuando se tratan estos temas en contexto africano y es que las identidades también se manipulan y las pertenencias tienden a instrumentalizarse en favor de intereses particulares y a menudo sombríos y mundanos:

“Ha crecido como un cáncer, como un tumor – dijo Sola-. Es como el vino de palma para el borracho del Gran Libro, salvo porque la intoxicación que crea Daib provoca que los hombres ejerzan una violencia antinatural (…). Reúne a miles de hombres, locos aún por lo fácil que fue eliminar a tantos okekes en el oeste. Está convenciéndolos de que la grandeza reside en la expansión. Daib, el gigante militar. Madres y padres ponen su nombre a sus primogénitos. Es, además, un hechicero poderoso. Es un problema muy grave”.

El genocidio que se ha desencadenado, en realidad, sólo responde a la ambición de un poderoso hechicero, de un embaucador sin escrúpulos que busca su coartada en el Gran Libro, por eso la misión de Onyesonwu es reescribirlo:

“Pero ¿cómo lo hago, Oga Sola? ¡Esa idea no tiene ni el más mínimo sentido! ¿Y dices que sólo tenemos dos semanas? No se puede reescribir un libro que ya está escrito y que miles de personas conocen. Y que ni siquiera es culpa del libro que la gente se comporte de esta forma”.

La autora hilvana toda esta trama y muchas más denuncias y enseñanzas sutiles en un bagaje cultural propio de algunas sociedades africanas. En la narración, la dimensión mística no es, en realidad, fantasía sino el resultado de trasponer creencias religiosas, usos culturales, tradiciones y formas de organizar la sociedad de diferentes lugares del continente. Durante el relato se van desplegando rasgos de cosmovisiones de culturas africanas y los protagonistas van mostrando poderes místicos que en distintas sociedades se atribuyen a algunos personajes:

“Miré a mi alrededor, con le corazón a mil por hora. Quería echarme a reír. Me latía el corazón mientras tenía un pie en el mundo espiritual y otro en mundo físico. Absurdo. Una parte de mi era de una energía azul y la otra, un cuerpo físico. Medio viva y medio algo más”.

Este es uno de los rasgos que Nnedi Okorafor atribuye a lo que ella entiende como Africanfuturism o Africanjujuism y del que Quien teme a la muerte es un ejemplo clarisimo. “Africanjujuism es”, según Okorafor, “una subcategoría de la literatura fantástica que reconoce respetuosamente la perfecta combinación de las verdaderas espiritualidades y cosmologías africanas existentes con lo imaginativo”. Mientras que uno de los rasgos del Africanfuturism según lo entiende esta escritora a diferencia del Afrofuturismo es que “está específicamente y más directamente enraizado en la cultura, la historia, la mitología y el punto de vista de África, que después se ramificará en la diáspora negra, y no privilegia ni toma como punto de referencia a Occidente”; o dicho de otra manera: “El Africanfuturism (basado en África) tenderá naturalmente a tener elementos místicos (extraídos o crecidos de creencias culturales y de visiones del mundo africanas entendidas como reales reales, no algo simplemente inventado)”.

Este es uno de los elementos que hace de Quien teme a la muerte una obra de ciencia ficción especial (si es que es ciencia ficción) que su relato bebe de una fuente en la que lo que el lector del norte global puede entender como fantasía es, verdaderamente, parte de una realidad diferente, más amplia, más diversa y con menos límites.

El ejercicio de ternura que suponen las dos ediciones, tanto la traducción en catalán como en español, se pone de manifiesto en las respectivas postdatas que las editoras han querido incorporar después de los agradecimientos y las explicaciones de la autora. En el caso de la edición en catalán, recupera unas palabras de Ngũgĩ wa Thiong’o: “Para luchar contra las injusticias de un mundo que no nos gusta, el primer paso es imaginar el mundo que queremos. El segundo paso es soñar que ese mundo es posible”, y hace un guiño a los protagonistas de la narración en cuanto al búsqueda de ese mundo mejor. En el caso de la edición en castellano, las editoras han querido recordar a las mujeres que en Sudán (el país en el que se produjo la noticia que desencadenó la historia) lideraron las manifestaciones contra el régimen Al Bashir justo cuando se estaba imprimiendo el libro y su exigencia de derechos y, sobre todo, su canción “a la Thawra: la Revolución”.

Hablan los padres de las independencias africanas

“La lucha de liberación, que es la expresión más compleja de la vigencia cultural del pueblo, de su identidad y su dignidad, enriquece la cultura y le abre nuevas perspectivas de desarrollo. Las manifestaciones culturales adquieren un contenido nuevo y nuevas formas de expresión. Se convierten así en un instrumento poderoso de información y de formación política, no solamente en la lucha por la independencia, sino también en la gran batalla por el progreso”.

Esa es una de las conclusiones a las que llega Amilcar Cabral, líder de la lucha de liberación de Guinea-Bissau y referente del movimiento nacionalista de la esfera lusófona africana, en relación con “El papel de la cultura en la lucha por la independencia”. El erudito e historiador burkinés Joseph Ki-Zerbó, recogió ese testigo de Cabral e intentó entender y explicar cómo se articulaba la cultura, más allá de la independencia política, en ese objetivo más amplio al que el bisauguineano había llamado “la gran batalla por el progreso”:

“Este es el dilema para la mayoría de los países No-alineados: para consolidar su identidad cultural, se necesita una base económica. Pero, para crear una base económica que no desestructure la sociedad, se necesita una cierta estrategia cultural que corresponde trazar a los No-alineados”.

Un expositor de la editorial Wanáfrica, con la colección de Pensamiento Africano en un lugar protagonista. Cedida: Wanáfrica

Los escritos de Ki-Zerbo y los de Cabral son dos de los que se recogen en la colección Pensamiento Africano de la editorial Wanafrica, un esfuerzo por acercar las reflexiones de algunos de los personajes más importantes de las últimas décadas en el continente. Saiba Bayo, uno de los responsables de esta colección, explicaba en una entrevista a Wiriko: “La mirada de Occidente sobre África se realiza todavía desde el prisma del colonialismo. Esto era algo frustrante para nosotros pero no podemos seguir gritando y quejándonos. Había que hacer algo y teníamos que pensar en una estrategia radical y potente para no caer en el ridículo”. Una parte de esa estrategia es la divulgación de esos pensamientos de figuras destacables africanas del discurso político y social.

La colección se presenta en una caja que alberga selecciones de textos de diferentes pensadores, la mayor parte de ellos relacionados con las luchas de liberación y, de manera, más genérica con los discursos de emancipación africanos. En esos volúmenes se encuentran las palabras del marroquí Mehdi Ben Barka, del martiniqués Frantz Fanon, del tanzano Julyus Nyerere, del bisauguineano Amílcar Cabral, del congoleño Patrice Lumumba, del ghanés Kwame Nkrumah o de los burkineses Joseph Ki-Zerbo y Thomas Sankara. Según los casos, los editores han escogido textos salidos de los discursos más famosos de estos líderes, fragmentos de sus obras de reflexión, artículos destacados o entrevistas en las que reflejaron sus pensamientos.

“No podemos dejar que nos dividan y nos desorganicen. El hecho de que hable inglés no me hace inglés. Del mismo modo, que el hecho de que algunos de entre nosotros hablen francés o portugués no los hace franceses o portugueses. Nosotros somos africanos y nada más que africanos y solo podemos perseguir nuestro interés uniéndonos en el marco de una comunidad africana que no la Commonwealth ni la Comunidad Francoafricana pueden reemplazar”.

Es uno de los fragmentos que Kwame Nkrumah pronunció en la conferencia internacional de los estados independientes de África, celebrada en Addis Abeba en mayo de 1963. Y es que el futuro de los Estados africanos, las relaciones entre ellos y la situación en la que debían quedar los vínculos con los antiguos colonizadores son algunas de las constantes de estas propuestas filosóficas e ideológicas.

En todo caso, los opúsculos de estos padres del pensamientos contemporáneo africano van desgranando temas diversos además del todo lo que tiene que ver con panafricanismo y movimiento de los No-alineados o los pilares de las independencias. Esos discursos comparten una inequívoca voluntad inspiradora y de autoafirmación, como se hace evidente en el conocido como “Mensaje a la juventud africana” atribuido a Joseph Ki-Zerbó, en el que arenga a los jóvenes de la siguiente manera:

“Invocar el pasado solo, el pasado simple, no demuestra nada para el presente ni el futuro, mientras que convocar un presente mediocre o calamitoso como testigo de cargo contra nosotros, puede cuestionar nuestro pasado y poner en duda nuestro futuro.

Por eso, cada africana, cada africano, debe ser aquí y ahora un valor añadido.

Cada generación tiene pirámides que construir”.

La voluntad de proyectar hacia el futuro estas ideas también es una constante de la colección y buena muestra es el fragmento del discurso que Nyerere pronunció en 1997 en Accra, pero que hablaba sobre “La Unidad africana del siglo XXI” y en el que aseguraba como colofón:

“La unidad no nos va a hacer ricos, pero hará más difícil el desprecio y la humillación de África y de su gente. Y, en consecuencia, va a incrementar la efectividad de las decisiones que tomemos e intentemos poner en marcha para nuestro desarrollo. Mi generación ha llevado a África a la libertad política. La actual generación de líderes y pueblos de África debe tomar la antorcha vacilante de la libertad, reavivar su llama y llevarla hacia adelante con su entusiasmo y su determinación”.

Historias de la guerra y la huida de la mano y la palabra de Mia Couto

 

“En aquel lugar, la guerra había matado la carretera. Por los caminos solo se arrastraban las hienas, hurgando entre ceniza y polvo. El paisaje se había injertado de tristezas nunca vistas, en colores que se pegaban en la boca. Eran colores sucios, tan sucios que había perdido toda la ligereza, olvidados del atrevimiento de levantar el vuelo por el azur. Aquí, el cielo se había vuelto imposible. Y los vivos se habían acostumbrado a la tierra, en un resignado aprendizaje de la muerte”.

Así empieza la novela Tierra sonámbula, del mozambiqueño Mia Couto. El título de ese primer episodio es también representativo: “La carretera muerta”.

En 1992, los representantes de Frelimo y Renamo firmaron un acuerdo de paz en Mozambique que acababa formalmente con quince años de guerra civil. Esa guerra fratricida, además había tomado, prácticamente, el relevo inmediato de la guerra anticolonial que las fuerzas independentistas había librado contra Portugal. Es decir, el país ponía fin a un ciclo de casi treinta años de guerras sucesivas, desde 1964.

Ese mismo año, se publicó la primera edición de la primera novela de Mia Couto, que llegaba con la esperanza de paz, pero mirando a los tiempos de conflicto. En una maniobra muy propia del autor mozambiqueño, el escritor descubría y compartía una nueva manera de huir de ese inhumano e insoportable estado de guerra, la literatura se alzaba como una forma de construir, evidentemente, pero también como una vía para la huida cuando no queda otra opción.

La editorial Periscopi se ha sumado, recientemente, con Terra somnàmbula, una edición en catalán, a los volúmenes publicados en castellano por Alfaguara y Debolsillo. La versión traducida magistralmente por Pere Comelles Casanova (de la que se han tomado los fragmentos escogidos y han sido traducidos al español por el autor de la reseña) nos sirve de excusa para recuperar el relato del mozambiqueño que ha sido considerado una de las diez mejores novelas del siglo XX y que fue llevada al cine. El particular estilo de Mia Couto hace el trabajo de traducción de un Comelles premiado más meritorio.

En este caso, la habitual atmósfera onírica creada por la prosa poética e imaginativa de Couto tiene una intencionalidad muy concreta: huir de la realidad o más bien, construir una realidad en la que él y los y las demás mozambiqueñas pueda vivir. El propio autor aseguraba en una entrevista: “Tengo 42 años (en 1998) y he pasado la mitad de mi vida en guerra”. Y al mismo tiempo manifestaba sus temores: “Creía que la guerra no iba a acabar nunca”. Por ese motivo la guerra es una de las protagonistas de Tierra sonámbula, es una constante en la historia y, sin embargo, nunca aparece explícitamente. Es así como Couto transmite el peso de la guerra para la población, es una amenaza, condiciona la vida y es una especie de sombra, un nubarrón, una masa viscosa que lo impregna todo. No hay un solo episodio de guerra al uso en toda la historia y, sin embargo, la guerra siempre aparece en el horizonte.

El escritor mozambiqueño, Mia Couto. Foto: Carlos Bajo

La historia de Tierra sonámbula es un retrato de la guerra pero, sobre todo, es el relato de la huida de esa guerra:

“- Por eso digo: no es el destino, lo importante, sino el camino.

Que hablaba de un viaje que tenía un solo destino, el deseo de marchar nuevamente. Este viaje, sin embargo, debía seguir respetuosamente sus consejos: tendría que irme por mar, caminar hasta la última lengua de la tierra, donde el agua provoca sed y la arena no conserva ninguna huella. Que me llevase el amuleto de los viajeros y lo guardase en una vieja cáscara de una nuez vómica. Y que buscase los confines en los que los hombres no guardan ningún recuerdo. Para deshacerme de mi padre y conseguir que no me siguiese no podía dejar ninguna señal de mi trayecto. Pasaría como los pájaros que atraviesas los ponientes”.

Muidinga, un niño perdido, y Tuahir, el viejo que le acompaña y cuida de él a su manera, están en fuga constante, en medio de la precariedad de una guerra que mezcla sueños, desolación, poesía y muerte. Muidinga encuentra una cierta evasión en los cuadernos de Kindzu, un joven que también esté en medio de una desesperada huida.

A su vez, el relato de Kindzu desvela algunas de las preocupaciones que Couto ha transmitido repetidamente en su trayectoria literaria. Cuestiones como la identidad, como la patria o la convivencia se tejen con el universo onírico y poético del escritor para articular un particular retablo en el que aparecen elementos de la tradición local, por la que Couto se ha preocupado habitualmente, los personajes de las cosmovisiones que persisten en Mozambique, se convierten en actores de la tragedia que tiene un inevitable sabor a historia con moraleja. El clima fantástico del escritor tiene una aliado fundamental, su creatividad lingüística. El mozambiqueño consigue hacer verosímiles situaciones y personajes gracias a su capacidad para inventar palabras y construcciones. Para transmitir un escenario con una particular relación con la realidad no hay mejor fórmula que construir a medida las palabras que mejor se adaptan a las necesidades. Puede que no sea fácil contar un mundo en el que se mezcla lo visible y lo invisible, en el que los genios conviven con la devastación de la guerra o las capacidades que sobrepasan la realidad se cruzan con sensaciones tan mundanas como el hambre o el miedo. Puede que no sea fácil contarlo, si no se tiene las herramientas adecuadas, así que Couto se arma de estos instrumentos.

“En aquellos años todo tenía sentido todavía: la razón de este mundo estaba en otro mundo inexplicable. Los ancianos hacían de puente entre estos dos mundos”.

Tierra sonámbula es la primera de sus novelas y presenta de manera radical todos sus rasgos más característicos. Estan los temas, pero también los ambientes, las construcciones y los trucos del autor, esa creatividad lingüística y la mezcla de tradiciones, el sabor poético de todo lo que escribe que igual le sirve para que el lector se siente delante de una atrocidad, sin apenas haberse dado cuenta, como para mostrar la realidad de la manera más descarnada. Tierra sonámbula contiene todo lo que se ha elogiado de Couto y también todo lo que se le ha reprochado. Y el simbolismo, siempre el simbolismo, un sistema de significados que te permite, volver a rascar la superficie, una y otra vez, y encontrar conexiones que antes de habían pasado desapercibidas.

“El tiempo se paseaba con dóciles lentitudes cuando llegó la guerra. Mi padre decía que era un lío venido de fuera, traído por los que habían perdido los privilegios. Al principio, solo escuchábamos las vagas novedades que pasaba lejos. Después, los tiroteos se fueron acercando y la sangre fue llenándonos los miedos. La guerra es una serpiente que utiliza nuestros propios dientes para mordernos. Su veneno circulaba ahora por todos los ríos de nuestra alma. De día ya no salíamos, de noche no soñábamos. El sueño es el ojo de la vida. Nosotros estábamos ciegos”.

Couto nos reserva incluso algunos giros argumentales que ha ido construyendo y cuidando con mimo a lo largo del relato, para que al final, todos los hilos estén es su sitio y nos muestren el tapiz deseado, que a su vez se permite ocultar, solo a la vista bajo rayo X, la imagen de la historia que nosotros hayamos querido construir o interpretar con las pieza que nos da el autor.

“Eso es lo que quiero: borrarme, perder la voz, desexistir. Suerte que he escrito, paso a paso, este viaje mío. Escritos así, estos recuerdos quedan prisioneros del papel, lejos de mi. Esta es la última libreta. Después, lo ordenaré todo en la maleta que me ha dado Surendra. Al final, Surendra es el único cuya compañía acepto. El indio y su nación soñada: el océano sin fin”.

Writivism, un festival literario que sube la apuesta cada año

En siete ediciones, el Writivism se ha convertido en uno de los festivales literarios más consolidados del continente africano, una cita ineludible en África oriental. Como cada año, Kampala, la capital de Uganda ha sido el escenario de un encuentro que tiene inscrito en su ADN la alergia por la comodidad. Las citas del Writivism funcionan, pero cada año el festival cambia de arriba a abajo y apuesta por propuestas cada vez más arriesgada. Los impulsores de esta cita cultural han entendido como un deber aprovechar su prestigio para abrir nuevos caminos.

Cartel de la edición de 2019 del festival ugandés de literaturas Writivism

La edición de este año tenía un enigmático y épico lema que podría traducirse por algo así como “Vínculos inquebrantables”. Al asomarse al programa, el encuentro volvía olvidarse de la condescendencia y a meterse en terrenos pantanosos sin aparente miedo a ensuciarse. Los organizadores no han tenido reparo en abordar algunas cuestiones espinosas en Uganda, en primer lugar, pero también en el resto del continente. Respecto a la divisa que servía de hilo conductor, esos “vínculos inquebrantables” hacían referencia a las diferentes esferas en las que se desarrolla la vida y la necesidad de mantener vínculos fuertes entre esas dimensiones aparentemente diferentes: “A través de la programación de nuestro festivales estamos reforzando las conexiones entre el continente y su diáspora, lo rural y lo urbano, el texto y la imagen, el sonido y el texto, lo viejo y lo joven, entre otros vínculos que no pueden romperse”, decía la explicación de la actividad que abría el encuentro.

Esther Mirembe es la programadora del festival y hacía una valoración en ese sentido, una vez concluía la cita: “La última edición del festival ha sido, en muchos sentidos, una reflexión, una introspección, si se quiere interpretar así, tanto para los oradores como para el público. Hemos tenido conferencias principales en las que se ha hablado sobre la raza o el nacionalismo, por ejemplo. Y con estas reflexiones queríamos, y creemos que Writivism lo ha hecho, crear un espacio para comenzar, o para continuar, para definir y dar forma a las preguntas que nos hacemos en este sentido. Creo que esta es la virtud del festival. De cada una de las ediciones del festival, que sirve para ir dando forma a la cultura. Para mi, por ejemplo, organizar una exposición con fotos de África y su diáspora británica en el espacio del festival ha sido una de las cosas más emocionante, que además también demostró nuestro compromiso por explorar el tema de los vínculos inquebrantables”.

Uno de esos vínculos y además un tema recurrente en las literaturas africanas es la relación entre el continente, las sociedades africanas, y las diásporas, las reflexiones en torno a la identidad, la voluntad de conjurar el desarraigo, las consecuencias sociales del hecho migratorio, pero también la riqueza del encuentro… todos esos enfoques están contenidos en la aproximación literaria a la diaspora. Pero la falta de complacencia se hace evidente cuando la última actividad prevista (antes de la entrega de premios es la presentación de una antología de historias escritas en la prisión por los internos de la cárcel de Luzira, la más popular del país, promovida por el Centro Pen Uganda.

Además de esas conferencias sobre la diáspora, el festival construyó un espacio protagonista para la visión feminista de las literaturas, con una reflexión de la escritora y pensadora Panashe Chigumadzi sobre el papel de las mujeres en la historia, el sacrificio, el compromiso y el papel protagonista al que están llamadas.

En su vocación de desbordar límites, el Writivism lanzó una mirada a la producción literaria de África occidental, sobre todo a ese enorme agujero negro de la creatividad que es la ciudad nigeriana de Lagos que tiene la característica de poder absorberlo todo. Hubo poesía, moda, música, cine y fotografía en la voluntad de romper las barreras de las disciplinas artísticas e, incluso una mirada al entorno digital en su interés por explorar las nuevas manifestaciones. Así, su acercamiento al mundo de internet era además una llamada de alerta sobre los riesgos del mal uso de la red y sobre una dinámica de control y censura digital de la que en Uganda saben demasiado. Pero también hubo construcción práctica de la literatura del futuro, algo que a los organizadores del festival obsesiona: la promoción de las y los nuevos autores. Con ese objetivo, además de los espacios de pasillo y cóctel previsto para establecer contactos, propiciaron un escenario, al menos, curioso: una ronda rápida de presentaciones de proyectos. Al estilo de las exposiciones en las que las empresas innovadoras intentan atraer inversores haciendo una explicación sencilla y deslumbrante, los y las escritoras tenían la oportunidad de presentar su proyecto a editores a los que debían, más que convencer, enamorar de una manera inmediata.

Las ganadoras de la edición 2019 de Writivism, la sudafricana Resoketswe Manenzhe y la nigeriana Frances Ogamba, junto a la periodista Rosebell Kagumire. Foto: Writivism

Y, sobre todo, en esa convicción de que los vínculos son y deben seguir siendo inquebrantables para mantener una cierta cordura, la última edición de Writivism estuvo cargada de recuerdos con dos propuestas. Por un lado, el memorial que ya se ha consolidado que trata de mantener presente la figura de Kofi Awoonor, el poeta ghanés asesinado en el ataque al Westgate de Nairobi en septiembre de 2013, precisamente cuando estaba en la ciudad para participar en un festival literario. Y por otro lado un recuerdo y un homenaje al recientemente desaparecido Binyavanga Wainaina.

Uno de los fundadores del Writivism es el también escritor Bwesigye bwa Mwesigire, que valora los aspectos más destacados de esta última edición: “Este año ha sido la primera vez que una mujer negra sudafricana de nacimiento, Resoketswe Manenzhe ha sido galardonada como ganadora de nuestro premio de relato corto, con una historia titulada “Maserumo”ambientada en la provincia rural de Limpopo de ese país. De hecho, tuvimos dos ganadoras, lo cual no es nuevo, ya que la nigeriana Frances Ogamba fue la ganadora del Premio Koffi Addo por la no ficción creativa”. E insiste en una idea que de manera natural sobrevuela el festival: “Que las mujeres, cuando tienen las mismas oportunidades que los hombres, se destaquen es un punto importante para nosotros en el entorno de la escritura creativa, sobre todo, dada la masculinidad del canon literario, en África y en otros lugares”.

“La sensación de ser un extraño nunca te abandona”

Diriye Osman se ha puesto, sin complejos, delante de los ingredientes más críticos de la vida de la comunidad LGBTIQ africana en Londres. El desarraigo, la identidad, la experiencia de la migración, la religión, las costumbres y las tradiciones, la presión social, las enfermedades mentales, el rechazo de la familia, pero también el sexo, el placer, la alegría, el amor y la vida que se despliega. Cuando Osman publicó Fairytales For Lost Children provocó una considerable sensación en el mundo literario británico. La crítica acogió con unanimidad la emergencia de una nueva voz fresca, desacomplejada y provocadora, que trataba con naturalidad y claridad los aspectos más oscuros de las vidas de personas LGBTIQ africanas en el Reino Unido. Ahora el autor de origen somalí ve su colección de relatos publicada en español bajo el título Cuentos para niños perdidos (Team Angelica Publishing).

Retrato de Diriye Osman Fotografía: Jaroslav Scholtz

Las historias que componen su libro Cuentos para niños perdidos son realmente impactantes. ¿Qué parte hay de reivindicación? ¿Qué parte de visibilización? ¿Y qué parte de catarsis?

Las historias de este libro fueron creadas desde una posición de autodescubrimiento y, en último término, de catarsis. He querido expresar un poco de la pasión, el miedo, el deseo y la sensación de placer que había experimentado cuando era más joven. He pretendido explorar la intersección de mi sexualidad y mi herencia cultural como un hombre africano queer que vive en Londres a principios del siglo XXI. He intentado hacer una aportación a la existencia de narrativas queer somalíes y, a juzgar por la respuesta positiva que despertó el libro en su momento, tanto en el Reino Unido, como en toda la diáspora, diría que he cumplido mi misión.

Algunas de las historias suenan especialmente íntimas, así que seguramente los lectores se pregunten, ¿qué hay del autor en los protagonistas de esos relatos?

Pues la verdad es que solo hay una historia realmente autobiográfica en toda la colección. Todas las demás son pura ficción. Yo creo que el motivo por el que el libro ha llegado tanto a los lectores, especialmente a los más jóvenes, es por ese tono íntimo. Las historias tienen una gran ventaja, y es que generan la sensación de que al lector se le ha concedido la entrada a mis ansiedades más íntimas y a mis momentos de alegría.

* Artículo publicado originalmente en la Revista CTXT. Para seguir leyendo, pincha aquí

Ben Okri: “Nadie sale de su casa, coge un fusil y dispara a su vecino, si antes no han manipulado sus mitos”

Acaba de cumplir 60 años y se conduce con elegancia. Habla despacio y con serenidad y a menudo desafía sutilmente en el cara a cara, estableciendo algunas distancias. Pero cuando el escritor nigeriano Ben Okri se sube al atril, es otra cosa. Despliega un magnetismo que le conecta con el público y que ha hecho que muchos de sus lectores se conviertan en incondicionales. Es uno de los autores africanos con más reconocimiento internacional y, de hecho, fue el ganador más joven en su momento del Booker Prize, uno de los premios más prestigiosos de la literatura en inglés. Su narrativa ha llamado la atención por su capacidad para combinar con naturalidad el mundo de lo invisible y el de lo visible, mezclando sin artificios espíritus o ancestros con críticas sociales. Pasó por Barcelona para proponer en el CCCB una nueva manera de mirar al mundo.

El escritor nigeriano, Ben Okri. Foto: Carlos Bajo Erro

En su última novela The freedom artist dibuja un mundo sin libros y con un poder autoritario, ¿qué relación hay entre estas dos cuestiones?

En el mundo de The freedom artist es fundamental para las autoridades que los libros desaparezcan. Es fundamental que la gente deje de formular preguntas. Y es fundamental que la gente sienta miedo y sea maleable, porque esto hace que la gente sea más fácil de manipular y hace que el trabajo de la autoridad sea más sencillo. En realidad habla de nosotros. Es hacia donde estamos yendo. Quieren que seamos menos humanos.

¿Es su visión del futuro?

No. Es mi visión del presente.

Ben Okri, uno de los escritores de origen africano más populares de la literatura contemporánea. Foto: Carlos Bajo Erro

Pero también hay una serie de personas que lucha por preservar esos libros…

Siempre habrá personas luchando para preservar las historias. Porque es una de las partes más humanas que tenemos. En las historias conservamos nuestro espíritu, el sentido de nuestras vidas, quiénes somos, quienes quisiéramos ser, en quién quisiéramos convertirnos. Y también nos detienen a la hora de suicidarnos en masa.

* Artículo publicado originalmente en Planeta Futuro gracias a un acuerdo de colaboración entre Wiriko y esta sección de EL PAÍS. Para seguir leyendo, pincha aquí

Tarjeta de divulgación del proyecto African-Meninas

Llegan las historias de mujeres africanas para apuntalar referentes

¿Sabes quién es Nzinga? ¿Has oído hablar de Wangari Maathai? ¿Te suena Ama Ata Aido? ¿Conoces a Ellen Johnson Sirleaf? Si no has podido contestar “sí”, al menos, a dos de las preguntas, no necesitas más explicaciones sobre la necesidad del proyecto African Meninas. Si has podido contestar “sí” a más de dos de las preguntas seguro que eres consciente de que una iniciativa como African Meninas es imprescincible. Los cuatro nombres de las interrogaciones se corresponden con cuatro mujeres africanas sobresalientes. Cuatro ejemplos de las muchísimas figuras ejemplares que podrían mencionarse. Cuatro de las treinta personalidades que el proyecto African Meninas pretende acercanos de manera sencilla, a través de biografías ilustradas de mujeres africanas que todos y todas deberíamos conocer.

La imagen del Nzinga que ilustra la biografía de la reina angoleña

La imagen del Nzinga que ilustra la biografía de la reina angoleña.

El cine y la televisión; la moda y la publicidad; incluso, la literatura, reflejan tradicionalmente un mundo blanco irreal. No es baladí, sino uno de los pilares de una sociedad que no ha intentado construir el equilibrio. Los referentes, los ejemplos, los modelos, los espejos en los que mirarse son mayoritariamente (salvo excepciones puntuales) blancos. Y así es como se construyen las identidades y las propias conciencias, a través de todas esas figuras uno (o una) va dando forma a algunos elementos de su personales, a cómo ve el mundo, a cómo ve a los demás, pero también a cómo se ve así mismo. Y el diagnóstico de expertos y activistas es coincidente, a las niñas y los niños no blancos les faltan referentes con los que identificarse.

African Meninas es una iniciativa de Club Wanafrica que se define como “una asociación sin ánimo de lucro que nace en 2010 con la finalidad de crear espacios de diálogo y proyectos en torno a África, su diáspora, la convivencia y la participación ciudadana”. Continúan desgranando algunos de sus objetivos: “Promover iniciativas de sensibilización, visibilización e intercambio social, cultural entre las distintas comunidades residentes en el Estado español, con especial énfasis en los residentes de origen africano y afrodescendientes, a través de conferencias, talleres, intercambios y acontecimientos interculturales”. En este caso, el Club Wanafrica lanza un libro ilustrado con las biografías de treinta mujeres sobresalientes de origen africano que los padres y madres pueden leer a sus hijos, que las más pequeñas pueden descubrir por sí mismas, pero también que pueden permitir a muchos adultos abrir su mente y diversificar sus referentes.

El lanzamiento del libro está previsto para el mes de noviembre, pero para hacer posible este proyecto la organización ha lanzado una recogida de fondos colaborativa, que en una semana ha recaudado más de un tercio del presupuesto de edición del libro. Sin embargo, este formato de preventa, permite a las personas interesadas apoyar la iniciativa desde su inicio y, al mismo tiempo acceder al trabajo final en las mejores condiciones. Además del libro, a través de las recompensas que se ofrece a las y los mecenas, se pueden conseguir postales con los retratos de esas mujeres ejemplares, bolsas con las ilustraciones y otros materiales de papelería.

Cubierta del libro African-Meninas

Cubierta del libro African-Meninas

El proyecto cuenta con el aval de una reconocida investigadora de la historia y la herencia cultural africana como Karo Moret y ha sido ilustrado por Sara Fratini y por Ana Cebrián, doctora en Bellas Artes e investigadora especializada en arte afro contemporáneo, que ha trabajado en proyectos relacionados con colectivos de afrodescendientes. Otros actores implicados en la iniciativa como el colectivo de creadores audiovisuales New Voices New Futures, orientado hacia las diásporas africanas, o la diseñadora Tanit Castan completan las diferentes dimensiones de este libro que pretende ser no solo una producción editorial, sino también un material educativo.

Una prueba de la biografía de Nehanda Charwe Nyakasikana, lideresa de la resistencia a la colonización británica en el actual Zimbabue.

Una prueba de la biografía de Nehanda Charwe Nyakasikana, lideresa de la resistencia a la colonización británica en el actual Zimbabue.

En todo caso, esta lista de autoras, ideólogas, creadoras y corresponsables del proyecto garantizan un equilibrio delicioso entre el máximo rigor científico de la investigación previa, la selección y la elaboración de las biografías y la belleza y el mimo en las ilustraciones y en la dimensión gráfica de un proyecto que enseña, pero también atrae y atrapa.