Binti: bajo la ciencia ficción, la conciencia

Ahora mismo, Nnedi Okorafor es probablemente la autora más popular de la ciencia ficción, e incluso, de la literatura fantástica africana, en un sentido más amplio. Más allá de la simplificación que suponen las etiquetas, Okorafor aparece ahora mismo como la principal representante del afrofuturismo literario. No se debe confundir esta clasificación con una moda. La autora de origen nigeriano ha firmado más de una quincena de títulos entre novelas y novelas breves, sin contar ensayos artículos o relatos, durante los últimos trece años. El reconocimiento a esta amplia carrera se ha disparado en los últimos años, aunque durante este tiempo ha ganado una decena de premios estadounidenses e internacionales. Sin embargo, la popularidad responde, en ocasiones, a elementos más mediáticos. En los últimos tiempos, por ejemplo, se ha sabido que HBO convertirá en una serie televisiva la novela Who Fears Death, y que será la encargada de escribir futuras entregas del último gran lanzamiento de Marvel, Black Panther, e incluso una de las secuelas de esta serie de superhéroes que ha sacudido representación que tradicionalmente Holywood hacía del continente africano.

La escritora Nnedi Okorafor, figura del afrofuturismo. Foto: Jim Hines

Su novela corta Binti, precisamente, es uno de sus trabajos más premiados y ha sido reconocido con algunos de los premios más importantes de la literatura de fantástica y de ciencia ficción como el Premio Nebula o el Premio Hugo. La editorial Crononauta se ha embarcado en la publicación de Binti en castellano, traducida por Carla Bataller Estruch. Y así llega hasta nuestras manos una de las obras contemporáneas más representativas del afrofuturismo.

Okorafor, es una novelista y ensayista nacida en Estados Unidos, de origen nigeriano. La vinculación de la escritora con el entorno afro, primero, y explícitamente africano, después, es evidente en sus influencias o en su inspiración. Así que al margen de sus datos biográficos está claro que ella se siente cómoda como autora africana. De hecho, en su faceta ensayística es una de las responsables de algunas de las reflexiones más interesante en torno a la ciencia ficción africana. Okorafor puede decir sin empacho que ya en 2009 le auguraba a este género una buena salud. Los últimos acontecimiento y las tendencias tanto del público como de la industria han demostrado que la escritora tenía razón en aquel ensayo en el que se preguntaba si África estaba preparada para la ciencia ficción.

Binti pone de manifiesto una característica de la literatura de ciencia ficción que se reclama constantemente: su trasfondo. El género es un envoltorio, a menudo, una primera capa que alberga mensajes con mucho contenido. En el caso de la historia de Binti, el nombre de la protagonista, la experiencia básica de la exploración de nuevos mundos, apenas oculta la preocupación medioambiental y una lección en torno a la convivencia intercultural.

Una joven himba decide ser la primera en abandonar la tierra a la que su cultura está estrechamente ligada. No sólo nunca antes nadie se había embarcado en una aventura como la que afronta Binti, sino que además lo hace en contra de la voluntad de los suyos. En un escenario futurista, Binti es una matemática genial y que además combina su capacidad con los números con un don oculto: es una maestra armonizadora, la habilidad más adecuada para controlar las corrientes que se utilizan en la construcción de los astrolabios, en la que se ha especializado su familia. Los astrolabios son artefactos que acaban conteniendo toda la vida de sus poseedores, el pasado con su hitoria, el presente con todos sus contactos y las herramientas para la vida y el futuro, con algo parecido al destino. Quizá alguien reconozca en el astrolabio una especie de teléfono móvil aumentado.

Nnedi Okorafor, escritora de literatura fantástica de origen nigeriano. Foto: byronv2

En parte, la joven pasea con orgullo su exclusividad, su piel “marrón oscuro” y el otjize, la arcilla rojiza con la que cubre su piel y su pelo como muestra de arraigo a la tierra. En parte, sin embargo, no puede evitar la inseguridad que genera la presión social a la que se ve sometida. Binti no ha querido desaprovechar la oportunidad de ingresar en Oomza Uni, la universidad más prestigiosa del universo. La joven ha contravenido todas las normas de su comunidad para asistir a esa Meca de conocimiento. Se ha montado en una nave espacial, que en realidad es un gran organismo vivo modificado, con personas de diferentes procedencias, no solo humanas.

Sin embargo, el viaje será un reto mucho mayor del que Binti se había imaginado. En realidad, todo ese futuro vivido en un entrono aséptico no impide una sociedad que no ha llegado a ser igualitaria y en la que prevalecen algunas discriminaciones. Precisamente, la traición del pacto entre los hombres y las medusas genera una situación extrema en el viaje de la joven exploradora himba y, posiblemente, en el futuro del universo. Sin embargo, el desenlace de ese conflicto es la parte más interesante de la trama que no vale la pena desvelar. Quizá sirva como un indicio el hecho de que Binti es la primera entrega de una trilogía cuyo tercer episodio se ha publicado originalmente este año. Por cierto, la editorial Crononauta ya ha avanzado que próximamente publicará la segunda entrega: Binti: Hogar; y prevee también editar la primera novela para adultos de Nnedi Okorafor, Who Fears Death. Así que continúan los motivos para la esperanza.

Ngũgĩ wa Thiong’o: “El problema es que las lenguas se han usado para asegurar las desigualdades del sistema colonial”

Antes de que Kenia consiguiese la independencia, Ngũgĩ wa Thiong’o ya había puesto su pluma al servicio de la libertad y de la emancipación de su pueblo. Su primera novela trataba sobre el choque entre las culturas europeas y africanas, precisamente en el momento del levantamiento mau-mau, un tiempo en el que el compromiso se pagaba caro. Cuando los gobiernos independientes no cumplieron con las expectativas de derechos para los ciudadanos, Thiong’o no tuvo reparo en colocarse enfrente, su compromiso seguía siendo el mismo: por la libertad y la emancipación, fuese quien fuese el que cometía los atropellos; y eso le llevó primero a la cárcel y después al exilio. Esa coherencia alejada de cualquier dogmatismo y esa alineación siempre con las capas más populares de la sociedad le ha convertido casi en un mito; la calidad de su trabajo literario, que abarca teatro, novela, ensayo o cuento infantil, además, le ha convertido en un referente global. Es uno de los autores africanos más publicado en castellano (probablemente el más publicado) y unas de sus últimas obras traducidas son, precisamente, los dos primeros volúmenes de su trilogía de memorias (Sueños en tiempos de guerra y En la casa del intérprete, de la editorial Rayo Verde, publicados también en catalán).

El novelista keniano Ngũgĩ wa Thiong’o en Barcelona. Foto: Carlos Bajo

A sus ochenta años recién cumplidos, el escritor keniano, continúa viajando por el mundo para hablar sobre sus experiencias y sus reflexiones. Está en Barcelona de paso, para presentar En la casa del intérprete en el festival MOT (un festival literario que se celebra entre Girona y Olot), y charla sereno y animado a pesar del cansancio que le provoca el jet lag de su viaje desde Los Ángeles, donde reside y ejerce como profesor universitario. La fatiga no le impide ni ser firme, en algunas ocasiones; ni bromear, en otras.

Con el tiempo usted se ha convertido en un referente en la defensa de las lenguas africanas.

Todo el mundo tiene un derecho a su propia lengua y no sólo a la lengua, sino a todo lo que una lengua contiene, la historia, la cultura, los sistemas de conocimiento. Y ese es un derecho innegociable. Esa es mi base. Desde esta base tú puedes conectar con el resto de lenguas y culturas del mundo. Cuando añades lenguas a tu propia lengua, eso es empoderamiento. Por el contrario, si conoces otras lenguas pero no conoces la tuya, o bien la sustituyes, eso es sometimiento. Es un debate tan largo como alcanzo a recordar.

Su apuesta, entonces, ¿es a favor de las lenguas africanas?

Evidentemente, yo parto de mi propia lengua, mi lengua materna, que es una lengua africana, el kikuyu, pero puedo usar otras como el inglés, por ejemplo, cuando es necesario. La base, es la lengua madre, pero conocer otras lenguas, como el inglés, es bueno para mí. En realidad, es una cuestión de relaciones. A mi propia lengua le puedo sumar otras, incluidas las que que podemos llamar lenguas coloniales. Mi propuesta es una política de tres lenguas: la lengua materna, en mi caso el kikuyu; la lengua nacional que sea la mayoritaria en un país en un momento, la que aglutine grandes comunidades, en mi caso el kisuajili; y finalmente, el inglés, el francés, el español o el idioma global que sea. Al final, es una cuestión de sentido común, se trata de utilizar la lengua que te permita comunicarte en cada situación.

Entonces, ¿dónde está el problema?

El colonialismo ha establecido relaciones de poder desiguales, que no responden a las relaciones naturales de las lenguas. Los sistemas de desigualdad han distorsionado los procesos de empoderamiento de las personas y la relación de esas personas con sus propias lenguas. El problema es que las lenguas se han utilizado para asegurar esas desigualdades del sistema colonial y esas relaciones entre las lenguas, reflejan esas relaciones de desigualdad.

¿Como cuando Macron intenta reclutar escritores de origen africano para revisar la Francophonie?

Les corresponde a los países africanos resistirse a la primacía de las lenguas, es decir, les corresponde a los países africanos decidir cuáles deben ser sus políticas lingüísticas. Impulsar el francés, por ejemplo, puede ser una de ellas, pero en todo caso, lo deben decidir ellos, igual que pasa con el inglés. En todo caso, el francés puede tener una posición de apoyo, es correcto, pero no de sustituto de las lenguas nacionales. Este es un tema que me apasiona y sobre el que llevo más de treinta años trabajando. Ya, alrededor de 1920, uno de los directores de la Alliance Française, advirtió que algún día los países del África francófona serían independientes y por eso era necesario establecer ataduras psicológicas fuertes basadas en la lengua y la cultura, para conseguir que siguiesen siendo dependientes de París.

Ngũgĩ wa Thiong’o durante su última estancia en Barcelona. Foto: Carlos Bajo

¿La lengua es la coartada?

A medias. La lengua no es sólo un escudo, también es una herramienta para el control económico y político.

En este contexto de defensa de las lenguas, ¿qué papel tiene su colaboración con el colectivo de jóvenes escritores Jalada?

Tenia que colaborar con ellos porque han puesto en práctica lo que nosotros discutíamos en teoría. Yo he teorizado mucho sobre este tema, ¡pero ellos lo han hecho realidad! Me pidieron una historia (La revolución vertical) y yo la escribí en kikuyu, les entregué el original, y también se lo traduje al inglés. Hoy este relato está traducido a 68 lenguas de todo el mundo, creo.

Y, ¿que papel juegan las nuevas formas de editar, las tecnologías digitales?

Oh, no, yo sólo les di la historia (ríe). Lo mío son las viejas tecnologías (bromea). Pero por supuesto que esas tecnologías digitales son muy importantes para las nuevas publicaciones. Lo que pasa es que también es importante controlar el uso, porque pueden tener un efecto negativo. Todas las grandes empresas y los grandes negocios se apoyan en el uso de los medios sociales.

¿Vivimos tiempos de homogeneización?

No, no… Estamos en medio de una lucha entre las fuerzas que buscan el control social y las que quieren un mundo mejor. Esa lucha se refleja en los medios convencionales, en los medios sociales y en todos lados. Pero, por mucho que las grandes compañías estén intentando imponer esa cultura homogénea, siempre hay grupos que están desarrollando las alternativas.

¿Dónde ha quedado el papel emancipador y liberador de la literatura?

Sigue siendo necesario. La literatura empodera a la gente. Eso siempre es necesario y cada uno de tenemos que contribuir a nuestra manera desde diferentes ámbitos.

Con su experiencia vital, ¿cómo vive que siga habiendo escritores perseguidos o encarcelados en diferentes países de África?

Es el reflejo de las tendencias represivas. Cuando los escritores o los líderes de opinión, en general, son encarcelados es el reflejo de una represión mucho mayor. Los escritores son los cabezas de turco, meterlos en la cárcel pretende dar un ejemplo para el resto de la sociedad. He reescrito un libro que habla sobre mi experiencia en prisión y lo he dedicado a todos los escritores que son encarcelados, porque encarcelar a los escritores es un intento de silenciar sus ideas.

¿Por qué se ha decidido ahora a escribir sus memorias?

Porque tengo ochenta años, amigo (ríe). Pero no me siento mayor, ha sido mi mujer la que me ha dicho “te estás haciendo mayor, tendrías que ir escribiendo tus memorias para tus hijos y tus nietos”. Y las he escrito pensando en la teoría “globaléctica” que nos permite ir conectando fenómenos y situaciones. Al final, en cada conversación podemos conectar con todo el mundo y llevamos encima la historia del universo. En mi vida siempre ha estado muy presente la interacción y cómo todas esas fuerzas que hay a nuestro alrededor me han impactado. Esa es la imaginación globaléctica.

Y, ¿cuál es el punto fuerte de la tercera parte de su autobiografía, la que todavía no se ha publicado en español?

Cómo me convertí en escritor. Cómo me dije a mi mismo he nacido para hacer esto, cómo estaba intentado reflejar mi propia lucha y la importancia y la interacción con todas las fuerzas que influían en mi toma de conciencia sobre la escritura.

* Artículo publicado originalmente en Planeta Futuro gracias a un acuerdo de colaboración entre Wiriko y esta sección de EL PAÍS. Para seguir leyendo, pincha aquí.

JJ Bola, una sensación más allá del mercado

Nos estamos acostumbrando a que cada vez con más frecuencia despunten en la escena literaria internacional autores y autoras de origen africano. Cada vez más a menudo nos encontramos con lanzamientos de primeras novelas que resultan éxitos mundiales y que anuncian, a priori, el inicio de prometedoras carreras para escritores y escritoras africanas. Cada vez más habitualmente las grandes firmas de la industria de la edición global se fijan en prometedores narradores y narradoras africanas para dedicarles todo su arsenal de promoción y márketing y convertirlos en nuevas sensaciones literarias. Con J.J. Bola ha ocurrido algo parecido, pero sólo en parte. Precisamente, las diferencias son las que hacen que la emergencia de este escritor congoleño, nacido en Kinshasa y afincado en Londres, resulte incluso más atractiva.

El escritor congoleño afincado en Londres, JJ Bola. Fuente: Agencia Pontas.

No place to call home (algo así como “No es un lugar para llamar hogar”) es el título de la primera novela de J.J. Bola, publicada en junio del año pasado en el Reino Unido, pero no es su primera obra. Antes el escritor congoleño ha publicado tres colecciones de poemas: Elevate, en 2012; Daughter of the Sun, en 2014; y WORD, en 2015. La segunda gran diferencia con respecto a otros autores lanzados meteóricamente al estrellato es que No place to call home no ha aparecido en una de las editoriales que manejan el mercado internacional, sino en un modesto sello londinense, OWN IT!, completamente inmerso en la escena independiente y alternativa, hasta el punto de que no es una editorial sino una promotora de libros, música o películas, entre otros formatos.

Sin el apoyo de una gran editorial, han sido los lectores los que han aupado a JJ Bola a la categoría de escritor de moda. El escritor congoleño llamó definitivamente la atención de todo el mundo cuando fue incluido en una (realmente) larga primera selección del Not the Booker Prize que impulsa el periódico británico The Guardian. Un premio que cuenta con el voto popular de los lectores para las selecciones y, en parte, para el veredicto final. Aunque, JJ Bola no pasó a la selección final ya había puesto un pie en la primera división literaria del país y a partir de ahí continuaron los éxitos. Llamó poderosamente la atención durante su participación en la edición de 2017 del Festival Writivism que se celebra en Kampala. Despertó tanto interés que protagonizó lo que se llamó “el efecto JJ Bola”, que consiste en agotar en dos días todas las existencias de libros propios en dos días de festival.

Todos estos indicios sólo dan una idea de la capacidad para enamorar de la novela de JJ Bola, que en gran medida bebe de su trayectoria poética. Se trata de una historia, precisamente, de refugiados congoleños en Londres. No place to call home cuenta la historia de Jean y su familia, de origen congoleño y refugiados en la capital británica. La historia del muchacho permite a JJ Bola armar un relato en torno a la identidad y la integración, una narración teñida por la influencia de la distancia y de las renuncias.

Las diferentes reseñas destacan la capacidad para narrar de JJ Bola, el sabor acogedor de la prosa que se pone al servicio de las historias mundanas de las relaciones familiares y de las reflexiones profundas de un adolescente en un país del que aún no se siente parte. Sin embargo, uno de los elementos fundamentales de la novela son los personajes, el retablo formado por la abigarrada familia de Jean, incluso los familiares lejanos que se van sumando a la escena y los propios miembros de la comunidad en la que los refugiados pretenden integrarse configuran esa nómina. La últimas de las cuestiones que destacan de JJ Bola los críticos es la habilidad para tocar con ternura y delicadeza temas poco amables y cómo a pesar de hablar de violencia o de desarraigo, el escritor es capaz de generar un ambiente de esperanza.

La esperanza que nos queda es que este éxito inapelable de JJ Bola sirva para que llegue a las estanterías de las librerías en castellano. Teniendo en cuenta que la agencia Pontas se encarga de su representación, aumenta la confianza en que alguna editorial de la península se anime a editar al autor congoleño.

Doomi Golo, Boubacar Boris Diop por partida doble

De nuevo, El libro de los secretos – Doomi Golo es un ejercicio de valentía. Lo fue cuando el senegalés Boubacar Boris Diop lo escribió. Su primera novela escrita originalmente en wolof, en un acto de reivindicación política y cultural que marcaría su trayectoria literaria. Y lo ha sido también cuando la editorial 2709 books lo ha reeditado en septiembre del año pasado. La novela ya se había publicado en castellano, pero 2709 books ha hecho, como acostumbra, un nuevo giro en la edición. La propuesta de esta modesta editorial que ha optado por la edición digital es un libro bilingüe. La oferta de 2709 books es un mismo libro en el que se incluye el texto reescrito en wolof por Boubacar Boris Diop, después de una primera versión, y la traducción en castellano de Wenceslao-Carlos Lozano, a partir de una versión francesa autotraducida por el propio Boris Diop.

El escritor senegalés Boubacar Boris Diop, en el Salon du Livre de Ginebra en 2011. Fuente: Wikimedia.

El ejercicio del escritor senegalés en Doomi Golo resulta cuando menos sorprendente. Boubacar Boris Diop ha confesado en varias ocasiones que se había pasado al wolof en su producción literaria porque sólo así podía expresar algunas de las sensaciones y algunos de los mundos que quería contar, tenía sensación de que muchas palabras perdían una parte importante su significado al ser expresadas en el francés en el que comenzó a escribir. Doomi Golo pone al descubierto estas particularidades. El universo que relata la novela se corresponde con una tradición literaria en la que los relatos se despliegan como muñecas rusas, los tiempos se confunden y se entremezclan y el mundo de lo invisible se hace patente con naturalidad, no como parte de un relato fantástico.

Aparentemente el lector se coloca delante de la historia que Nguirane Faye pretende legar a su nieto Badou Tall, que se ha perdido una parte importante de los últimos años de la vida en Niarela, el barrio de Dakar en el que vive la familia. El joven Badou dejó el barrio y marchó al extranjero de manera sorpresiva y sin advertírselo, ni siquiera a su abuelo con el que le unía una relación muy especial. El viejo Nguirane, que ve que se acerca su hora, carga con la pena de no saber del nieto al que adoraba y, al mismo tiempo, con la sospecha de que no volverá a ver al muchacho, por eso pretende dejarle escritos siete cuadernos en los que relata los acontecimientos más importantes de su ausencia, incluido el Libro de los secretos en el que el viejo transmite a su nieto las maledicencias de los vecinos que han sido incapaces de entender la ausencia del muchacho.

Sin embargo, la voluntad original del anciano se ve desviada por la propia narración. En el relato se confunden los tiempos. Los, al menos, dos reconocibles se van trenzando y entremezclando hasta el punto de confundirse en algunos puntos, para después deshacer el entuerto con naturalidad. El tiempo en el que habla (o más bien escribe) el anciano, un tiempo reconocible, y que a estos efectos es el mismo que el de los hechos del barrio que narra; se entrecruza con el de las historias míticas que salpican el relato. El entierro del padre de Badou se erige como la referencia recurrente del tiempo más identificable. Assane Tall dejó a su familia, cuando el pequeño Badou contaba unos meses. Se trasladó a Marsella y desapareció tanto para su padre, Nguirane, como para su hijo. Assane sólo reaparece muerto, en forma del cadáver repatriado de Francia, donde había sido futbolista, que llega acompañado de una nueva mujer y dos hijos. Irrumpe en las vidas de la familia de Niarela para desestabilizar definitivamente el dudoso equilibrio.

Los relatos con los que Nguirane va espolvoreando el legado que pretende dejar a su nieto, permiten a Boris Diop desplegar toda una batería de recursos narrativos que dan a la historia un tono muy particular. Las historias de los antiguos reinos que poblaron el actual territorio de Senegal son uno de los ingredientes. De pronto, Cayor o el Sine vuelve a recuperar un protagonismo que comparten con personajes míticos y elementos de las cosmovisiones que conviven en el territorio. Las historias de antepasados y ancestros tienen que encontrar el encaje con las estructuras políticas contemporáneas, de hecho, como ocurre en la vida real. El relato refleja también esas tensiones: “Un fanático de la República moderna, de sus fastos y sus urnas, recuerda con triunfalismo que, a Dios gracias, las monarquías de nuestra enloquecida historia son cosa del pasado. (…) Los siglos se embisten como carneros enfurecidos. Niarela no sabe a qué propia historia y las mentes están bastante alteradas”, advierte en una ocasión.

Esos relatos que van apareciendo y desapareciendo son además la forma para explorar otras formas de contar poco habituales en la literatura escrita pero completamente integrados en la transmisión de los relatos populares. “Puedo asegurarte que nuestro ancestro batallaba a lomos de un leopardo. Cuando atacaba al enemigo, el aliento de la fiera precipitaba las estrellas contra la tierra y los peces, aterrados, se ocultaban entre las rocas de las profundidades oceánicas”, le dicen al anciano narrador durante una incursión en busca de su pasado, reflejando ese tono propio de las historias tradicionales. Y un imaginario Badou pide a su abuelo en una ocasión que le cuente: “Todo lo que ni viste ni oíste allá. Si las palabras te pesan en la lengua, dales alas, Nguirane, haz que vuelen como esas aves que cruzan el cielo”. Una frase que transmite de manera magistral lo que supone el gusto por el relato. En el resto de las historias se pueden encontrar esparcidas frases que igualmente hacen referencia a ese espacio onírico en el que se mezclan de manera inapreciable la realidad y la ensoñación: “Quiero soñar. Llévame allí donde el tiempo no puede avanzar ni retroceder”. Las frases propias de la función pedagógica de los relatos populares también aparece aquí y allí en el texto de Boris Diop: “Por larga que sea la noche, siempre acaba amaneciendo”.

“Algunos días hay que tener el valor de recordar algo tan sencillo como que no moriremos dos veces, que la muerte es en definitiva un acontecimiento tan único e irrisorio como el sonido de ese tambor. Sin duda, se la puede temer, pero no hasta el punto de dejarse humillar por cualquiera”, deja escrito Nguirane a su nieto en forma de enseñanza.

Sin embargo, las historias sobre reinos tradicionales o los relatos fundacionales no ocultan, aunque quizá sí que disimulan el contenido de crítica social y política de la narración. No pasan desapercibidas ni las advertencias a no abandonar una identidad cultural y una tradición histórica propias, ni las reprimendas a los gobernantes modernos que se olvidan de sus obligaciones con los ciudadanos. El desgarro de la migración, la dificultad de la vida en la diáspora, el choque entre las culturas africanas y los usos del norte, son algunas de las cuestiones que el escritor senegalés va apuntando sin que la lectora o el lector apenas se percaten.

Esa intersección (no confusión) entre los mundos visible e invisible entre la historia y la fábula, se va intensificando poco a poco, los relatos míticos dejan de ser apuntes del viejo Nguirane para transmitir enseñanzas. Las historias de personas no humanos van ganando terreno y la transición se completa cuando Ali Kaboye toma el relevo de la historia que Badou Tall debe escuchar cuando regrese a Niarela. El personaje mítico de Kaboye se responsabiliza de transmitir el legado cuando el viejo Nguirane muere. La certeza de que “ninguna historia acaba del todo”, es la transición entre uno y otro, una certeza que acompaña a Nguirane Faye, en su último viaje y con la que Ali Kaboye recoge su testigo narrativo.

Alain Mabanckou, una batería de nuevos argumentos para la liberación

“Durante muchos años soñamos con los soles de las independencias y, cuando estos se levantaron, deslumbrados, cerramos los ojos. Cuando los volvimos a abrir, nuestros estados parecían sombras movedizas, gobernadas por ogros cuyo apetito aumentaba al ritmo de nuestras angustias”. Es una de las reflexiones que el escritor congoleño, Alain Mabanckou lanza a modo de dardo en El llanto del hombre negro, una recopilación de ensayos en los que trata temas diversos, desde la inmigración hasta la identidad pasando por el papel de los europeos en África, la trata esclavista o el papel de la lengua francesa en las literaturas africanas.

Alain Mabanckou durante su charla en la pasada edición de Africa Writes / Foto: Iván González

Aunque no sea evidente a primera vista, todos esos temas y muchos más tienen un mismo hilo en común que los hilvana. En los últimos años, Mabanckou se ha convertido en uno de los abanderados de una corriente de escritores y filósofos, intelectuales africanos, en general, que pretenden edificar una nueva conciencia ciudadana en el continente. Para ser honestos ni edificar, ni una nueva conciencia serían del todo correctos. En realidad, lo que buscan estos artistas y pensadores contemporáneos es elaborar el andamiaje argumental para una toma de responsabilidad que la ciudadanía ya está impulsando desde diferentes esferas de la sociedad civil. El tan traído y llevado renacimiento africano en su versión más cívica, podría apoyarse en la reflexiones de estos intelectuales.

El llanto del hombre negro es un ejemplo perfecto de las producciones que se enmarcan en esa corriente de reflexión sobre el presente y el futuro del continente africano, de los escritores y filósofos que han aceptado la responsabilidad de intentar generar el armazón teórico que sustente una nueva emancipación del continente, una independencia real y definitiva y una inserción en el sistema mundo de pleno derecho y no con vetos parciales, como hasta el momento. Toda esta corriente coloca a los africanos en el centro de este proceso de renacimiento que, en gran medida, pasa por la toma de responsabilidad de los ciudadanos que tienen encomendada la labor de convertirse en protagonistas.

El volumen que ha publicado en español la editorial Los libros de la catarata cuenta con una encomiable guía, el prólogo que ha escrito Josefina Bueno y que permite a los lectores asomarse a los textos sin necesidad de ser expertos en la materia. De hecho, el repaso que Mabanckou realiza en sus ensayos, tiene el inevitable rastro de uno de los autores de origen africanos más laureados del panorama actual. El congoleño no sólo se ha hecho un hueco en la industria editorial global, sino que además se ha convertido en un referente de las literaturas africanas en Estados Unidos y en Francia. En uno de sus últimos episodios públicos, este dandi provocador ha rechazado la oferta del presidente francés Emmanuel Macron de encargarse de repensar la Francophonie, esa especie de construcción gala francesa a medio camino entre la diplomacia y la dominación cultural.

Entre la guía de Josefina Bueno y la habilidad narrativa de Mabanckou permite circular por unas reflexiones que no escatiman autocrítica, ni se detienen ante las líneas rojas de los políticamente correcto. Desde un primer momento deja claro su punto de partida. “Soy de los que opinan que la historia africana está por escribir, con paciencia y serenamente”, asegura en referencia a los prejuicios, a todos los prejuicios. Y explica el significado del título del volumen de una manera sencilla y descarnada: “Un sollozo cada vez más ruidoso que definiré como la tendencia que anima a algunos africanos a explicar las desgracias del continente negro -todas sus desgracias- a través del prisma de su encuentro con Europa. (…) El que odia ciegamente a Europa está tan enfermo como el que se fundamenta en un amor ciego por el África de antaño, un África imaginaria que habría atravesado plácidamente los siglos, sin enfrentamientos, hasta la llegada del hombre blanco, que vino a trastocar un equilibrio sin fisuras”.

Eso no significa que no critique duramente, por ejemplo, la actitud de la sociedad francesa hacia el hecho migratorio. “Quiérase o no, existe una ‘presencia negra’ en Francia”, asegura en un texto titulado “El espíritu de las leyes”. En este sentido recuerda que “para algunos franceses, hablar de Francia es hablar de un país poblado de blancos”, aunque también advierte que “a menudo, los propios africanos imaginaron Francia como un país de blancos”. Sin embargo, más allá de estos imaginarios construidos y deformados, Mabanckou se refiere a una realidad innegable, la de los “franceses de pleno derecho” que “vinimos de fuera o que nacimos aquí de padres extranjeros”. “Convendría revisar la definición de la expresión ‘francés medio’”, advierte, “pues estos hombres y mujeres son los que escriben o reescriben las páginas de la historia nacional. La patria debería probablemente tenerlos en cuenta, so pena de permitir que arraigue el sentimiento de una superioridad racial”.

Como en otros pasajes Mabanckou no parece demasiado amigo de la diplomacia a la hora de afrontar una realidad que escuece: “Hemos atravesado la historia, primero como ‘salvajes’ e ‘indígenas’, luego como ‘tiradores’ en las guerras europeas, antes de comprender lo que quería decir el blanco al pronunciar la palabra ‘negro’”. “La negritud se erigió frente a un mundo blanco”, continúa, “que se arrogaba el derecho de imponer una civilización pretendidamente ‘ilustrada’ a unos bárbaros enfangados en las tinieblas del oscurantismo”. “Fue el blanco quien inventó al negro y que, a partir de ahí, el negro se vio obligado a definir al blanco con el vocabulario de este último”, sentencia con unas palabras que inevitablemente siguen resonando mucho tiempo después de haber sido leídas.

Sin embargo, si un tema tiene especial protagonismo en esta recopilación de ensayos, es la identidad y, de su mano, el papel de la lengua, en este caso del francés, en las literaturas africanas. Son, sin duda, reflexiones obligadas para un artista que ha sido muy habitualmente cuestionado respecto a temas que poco tenían que ver con su obra. Y por eso, algunas de las afirmaciones que hace en relación a su identidad sólo se entienden si son la respuesta a dudas suspendidas en el aire. “Identidades asesinas”, titula Mabanckou uno de sus ensayos en los que deja claro su idea básica en torno a la identidad: el hecho de que esa categoría sólo tiene sentido en plural (identidades) y como un proceso dinámico. “Yo sería más bien un congoalgo”, afirma al relatar un encuentro con un francés que tiene dificultades para aceptar al escritor como francés, sólo por su aspecto, “consciente de haber nacido en otra parte. Pero mi concepción de la identidad va mucho más allá de las nociones de territorio o de sangre. Cada encuentro, incluido el del ‘franconormando’, es para mí fuente de inspiración. Sería inútil limitarse al territorio, ignorar la multiplicación de interferencias y, con más razón, la complejidad de esta nueva era que nos une unos a otros, lejos de las consideraciones geográficas”. En otro pasaje de “El carnet de identidad”, Mabanckou afirma: “Nací en África, en Congo-Brazzaville, y pasé parte de mi juventud en Francia, antes de establecerme en Estados Unidos. El Congo es el lugar del cordón umbilical; Francia, la patria de adopción de mis sueños, y América, un rincón desde el que contemplo las huellas de mi errancia”.

En el caso, del uso de la lengua, el escritor congoleño aprovecha su tribuna para argumentar su decisión de escribir en francés, pero también para saldar algunas cuentas en medio del encendido debate que ha “enfrentado” a algunos escritores africanos en los último años. “¿Todavía no hemos comprendido que hace tiempo que la lengua francesa se desprendió de Francia y que su vitalidad está garantizada por creadores venidos de los cinco continentes?”, se pregunta. Y entre disquisiciones que dejan entrever esas críticas “extraartísticas”, Alain Mabanckou lanza afirmaciones provocadoras: “Incluso si en África, cuando muere un anciano, arde una biblioteca entera, habría que saber qué tipo de anciano y qué biblioteca, ¡viejos tontos hay muchos por el mundo!”. De la misma manera, advierte: “No está prohibido traducir libros de un autor africano francófono a una lengua africana. (…) No se trata sólo de escribir en una lengua africana, también hay que preparar al africano a leer su lengua, como se preparan franceses, chinos o rusos a leer la suya”.

Desde su posición de figura literaria consolidada, el congoleño trata además de romper una lanza a favor de los jóvenes autores y, sobre todo, de aquellos que tienen que enfrentarse al juicio sibilino de la “autenticidad” que trata de encorsetarles: “Esos fanáticos constituyen una secta que se niega a admitir que África es múltiple, compleja y está en plena mutación. Se arrogan el monopolio del discurso sobre África simplemente por el hecho de ser negros y haber nacido en África. Pero no se trata solamente de ser negro, se trata de sentirse africano, de comprender dicho sentimiento y de tratar de explicarlo a los demás”. “No se trata”, continua Mabanckou, “de borrar África en nuestras creaciones. Se trata de recusar la que nos han servido durante años. Se trata de rechazar un ‘encargo’ subrepticio, la obligación que se les susurra a los escritores africanos y que consiste en hacerles escribir lo que se espera de ellos, privándoles así de la posibilidad de tomar otros caminos”. El escritor congoleño propone aceptar que no existe África y dejar de lado el lastre geográfico, así la redefinición de las Áfricas incluye los territorios creados por las diásporas en todo el mundo: “África ya no no está sólo en África. Al dispersarse por el mundo, los africanos crean otras Áfricas”.

La última de las balas literarias de Alain Mabanckou es para el compromiso en el que el escritor se ha empleado con más ahínco en los últimos años: la denuncia de las dictaduras y la exigencia de más democracia. Por eso, en medio del ejercicio de autocrítica que es El llanto del hombre negro no es extraño leer la desilusión que siguió a los primeros gobiernos independientes. “Las independencias también engendraron el personaje del dictador en la literatura del África negra francófona. En contrapartida, también inventaron el personaje del rebelde”, explica con un lamento que, sin embargo, no cierra la puerta a la esperanza. El congoleño reconoce las responsabilidades de los antiguos colonizadores en la construcción de los monstruos antidemocráticos que llegan hasta hoy. Pero prefiere abofetear a sus conciudadanos en su propia responsabilidad, con la intención de despertar una conciencia que el único camino para la verdadera liberación.

Patrice Nganang: “En las tiranías, la literatura tiene la función de concienciar”

No pudo mantenerse al margen. Patrice Nganang es uno de los escritores cameruneses más populares, más traducido y con más reconocimiento internacional. Nganang no quiso mirar a otro lado mientras su país se encontraba sumido en una de las crisis sociales y políticas más profundas de los últimos años. El que se conoce como “el problema anglófono”, en referencia al encaje de las dos regiones de mayoría anglófona, en un país con ocho provincias de mayoría francófona, viene de lejos pero desde noviembre de 2016 se ha ido enconando progresivamente. El escritor visitó la zona en conflicto y el 5 de diciembre pasado publicó una tribuna desde Buea, la capital de la zona anglófona, explicando su visión sobre la situación que se vivía en la región. Al día siguiente, Nganang debía coger un avión hacia Zimbabue y cuando estaba a punto de hacerlo fue detenido por las autoridades camerunesas. Más de tres semanas estuvo detenido y durante ese tiempo se le atribuyó un delito de ultraje y de amenazas al Jefe del Estado, hasta que el 27 de diciembre fue liberado y expulsado hacia los EE.UU., donde tiene oficialmente su residencia.

Durante ese tiempo de detención, el escritor camerunés se convirtió en símbolo del desprecio a la libertad de expresión, de los riesgos a los que se enfrentan los escritores comprometidos y también de la solidaridad de los defensores de los derechos humanos. Durante su arresto, tal como nos contó por correo electrónico luego, fue protagonista de una campaña por su liberación en la que se implicaron escritores de todo el mundo, especialmente, africanos.

El escritor camerunés Patrice Nganang. Imagen de su página de Facebook

¿Qué motiva a un escritor de éxito como usted a comprometerse en una lucha, que podría considerarse política?

Siempre he estado comprometido, desde estudiante. Pertenezco a una generación completamente politizada, aquella que en los años 90 puso en marcha la democratización de Camerún, con la caída del muro de Berlín. Y empecé a escribir en serio en el momento en el que Ken Saro-Wiwa [un escritor nigeriano, activista medioambiental comprometido con la defensa de la naturaleza en el petrolero delta del Níger, fue condenado a muerte y ejecutado en 1995] estaba siendo colgado y Wole Soyinka [escritor también nigeriano, ganador del Premio Nobel y condenado a muerte en ausencia por sus críticas a las dictaduras militares en la década de los años 90] condenado por alta traición.

Y esos episodios le marcaron…

He participado en muchas campañas, desde 2005, a favor de los estudiantes encarcelados, pero sobre todo de los escritores que están en prisión. Camerún es el país africano que más los encarcela. He impulsado campañas sociales con el movimiento Generation Change, que puse en marcha en 2015, para fomentar los valores fundamentales de la ciudadanía entre los cameruneses.

Y, ¿cuál es su vinculación con la causa anglófona?

Me tiene verdaderamente seducido desde mi época de escolar, porque los estudiantes anglófonos fueron los primeros en expresar su rechazo en los años más duros y eso fue lo que condujo hacia la batalla democrática. Este descontento no fue escuchado por el poder y eso ha sido lo que nos ha traído a la situación actual, que es una situación de guerra y, sinceramente, de genocidio.

¿Cómo explicaría la situación actual de las provincias anglófonas de Camerún?

Los anglófonos son la locomotora de la historia política de Camerún desde 1983, eso hay que dejarlo muy claro, y no hay que olvidar que el partido político de oposición más firme de Camerún, procede de esta zona; y el líder histórico de la oposición es un anglófono. De este modo, la disidencia tiene un lado formal, bien instalado, partidario y un lado popular, insurreccional, como lo hemos visto desde 2016.

¿Disidencia?

Digo disidencia porque es de lo que se trata realmente, frente a la tiranía que se ha apropiado de Camerún desde 1983, cuando Paul Biya estableció los cimientos reales de su régimen.

¿Cuáles son?

Han sido tres. Primero le cambió el nombre y estableció la República de Camerún [abandonando el República Unida de Camerún, que había sustituido al República Federal de Camerún]. Después, cambió la forma del Estado, liquidando los restos del federalismo, para hacer del país un Estado centralizado. Y, finalmente, hizo añicos la entente cordiale que establecía el reparto de poder cuando las dos partes de Camerún, el francófono y el anglófono, se unificaron.

Y, ¿cuál fue el resultado de esos cambios?

Los anglófonos se sintieron engañados. Expresaron su decepción de muchas maneras y en 1983 lo hicieron de una forma intelectual. Paul Biya respondió, entonces, creando su propio partido en la zona anglófona, en Bamenda, lo cual no suponía más que un manejo. La disidencia anglófona no ha cesado, de hecho, se ha intensificado, como estamos comprobando.

¿Qué es lo que estaba haciendo en Camerún justo antes de su detención?

Había decidido hacer una gira por la zona anglófona, quería vivir allí la realidad como ciudadano y también como escritor. No es algo excepcional, porque pertenezco a una Casa del Escritor y he hecho giras similares en otras ocasiones en Camerún y también en otros países de África, en Ruanda, en Burkina Faso, en Mali y en Sudáfrica. Me encontré con líderes sociales de la contestación y en general, pero también con ciudadanos comunes.

¿Cuál fue el resultado de ese viaje?

Después del recorrido escribí un artículo para la revista Jeune Afrique y también publiqué en Facebook para compartir mis emociones, mi indignación. La crónica se publicó dos días antes de mi detención. Y durante mi interrogatorio, durante los tres días que estuve incomunicado, mi suerte dependía de ese texto, porque los policías me hablaban en inglés y me tomaban por un simpatizante de la Ambazonia [el estado autoproclamado independiente en la zona anglófona], por un anglófono.

¿Cómo ha sido su arresto?

¡Rocambolesco! Fui detenido en la zona internacional del aeropuerto de Duala, cuando estaba en camino hacia Zimbabue para reunirme con mi familia. De pronto, llegaron unos agentes de policía y me pidieron que les acompañara. Después me esposaron y me llevaron en una fugoneta con cinco agentes más custodiándome y sin decirme los motivos ni de la detención, ni de la interrupción de mi viaje. Así fuimos camino de Yaundé y cuando llegamos a la sede de la policía política, me di cuenta de que todos los directores me estaban esperando, a pesar de que ya se había hecho de noche. Entonces me registraron, inventariaron todo lo que llevaba y me lo quitaron y me llevaron a un despacho del servicio de investigaciones criminales, que fue mi celda durante los primeros cinco días.

Dicen que usted amenazó al presidente Biya, ¿es cierto?

Tendrían que haberme dejado leer el texto de mi denuncia que es muy explícito, pero en fin, lo que es cierto es que una hipótesis no es un hecho, una ficción no es una realidad y las probabilidades no son acciones. Mi texto esta basado en posibilidades e hipótesis. Es una ficción. Deberían aprender un poco mejor a leer un texto de un escritor, y finalmente se han dado cuento, creo, cuando sus propios cargos ya no han podido sostenerse más.

Pero, ¿y la referencia a su publicación en Facebook?

Sí, en realidad, ese ha sido el hecho que se ha mantenido. Se ha convertido en un problema para la acusación sólo tres días después de mi detención. No era más que una burda excusa para sostener el interés que el poder tenía de saber porqué estaba en la zona anglófona, qué estaba haciendo allí y quién me había enviado. Eso era lo que verdaderamente les interesaba, mientras que la publicación de Facebook la han utilizado como un elemento de propaganda para distraer a la opinión pública y darme una imagen negativa.

¿Cómo ha vivido usted la campaña de denuncia de su detención y el apoyo que ha recibido, sobre todo, de otros escritores?

Yo estaba aislado de los medios, en general, y de cualquier contacto con cualquier persona durante bastantes días. En un momento dado, la directora de la campaña para mi liberación sobre el terreno empezó a poder pasarme algunos periódicos  y eso me permitía saber qué estaba pasando. Incluso los guardias, al cabo de unos días, empezaron a informarme, porque no podían permanecer indiferentes. Y en prisión, los presos también me informaban. Pero he tenido que esperar a salir a la calle, para darme cuenta de la dimensión histórica de la campaña que se lanzó para mi liberación. Verdaderamente, ha sido lo nunca visto en Camerún, y aún menos para un escritor.

¿Qué efecto cree que ha tenido esa campaña?

Bueno, es evidente. He podido medir el impacto de la presión en relación al trato que iba recibiendo, cada vez más preferente. Y mi proceso se agilizó, algo también nunca visto, en un país acostumbrado a aplazamientos infinitos. ¡Además abandoné Camerún en un comitiva presidencial, con guardaespaldas, escolta, moto delante y sirena!

Desde su experiencia, ¿cómo cree que la cultura (y en su caso la literatura) puede ayudar a resolver el problema anglófono y los otros problemas de mal gobierno en Camerún y en otros países de África?

En las tiranías, la literatura tiene el papel de concienciar a la gente. No quiere decir que tenga que hacerlo de manera monótona, sino que debe adaptarse a las herramientas de cada época. Ahora mismo, el instrumento más revolucionario para los escritores son las redes sociales. En relación al mal gobierno, es evidente que la literatura es la solución. Se trata de la utilización racional, nosotros trabajamos con las palabras y así es como se crean significados, por eso está en el corazón de las soluciones. Esas mismas palabras son las que se necesitan para escribir los textos, las leyes, las constituciones. El escritor es el conserje de la república, así que él es el garante de facilitar una solución al problema anglófono y a cualquier otro problema de mal gobierno.

* Artículo publicado originalmente en Planeta Futuro gracias a un acuerdo de colaboración entre Wiriko y esta sección de EL PAÍS. Para seguir leyendo, pincha aquí.

La escritora de origen ghanés Yaa Gyasi. Foto: Michael Lionstar

Volver a casa, la dignidad de los hijos de la trata

Con un enorme incendio que en una noche de 1760 arrasa la tierras de los fante (en la actual Ghana) comienza Volver a casa, primera novela de la estadounidense de origen ghanés Yaa Gyasi. Es una joya literaria. Una obra tallada con talento y rigor en la que la autora recrea la historia de sus antepasados a través de una saga familiar que progresa a lo largo de 250 años, desde aquel fatídico incendio de 1760. Esa misma noche llega al mundo la pequeña Effia, que unos años después será vendida como esposa a un militar británico que dirige el tráfico de esclavos en el castillo del Cabo, una de las fortificaciones de la ruta esclavista más emblemáticas del golfo de Guinea. Su medio hermana, Esi, nacerá en el seno de una importante familia del país asante y allí será capturada y almacenada como una bestia junto a otras mujeres en los sótanos del mismo castillo del Cabo para ser deportada como esclava al sur de los Estados Unidos. El relato está construido a partir del recorrido alterno de las dos ramas familiares y en cada capítulo, que podría constituir una novela en sí mismo, se nos presenta la historia de un nuevo miembro de cada uno de los linajes.

Se trata de una novela deliberadamente fragmentaria, cuya forma en sí misma constituye una metáfora de tantas vidas rotas y truncadas de las que solamente podemos ver pequeños fogonazos que quedan iluminados por unos instantes en la oscuridad de la historia y del olvido. El lector tiene que esforzarse en reconstruir y rellenar toda la trama que une esos fragmentos de vida que comparten los descendientes de Effia y de Esi, silenciados entre los recovecos de la historia.

Precisamente es Jo, nieto de Esi, quien siendo un bebé es entregado por sus padres a una esclava cimarrón para que pueda crecer como un hombre libre, el que expresa su angustia al pensar que toda su historia podría ser borrada:

A menudo a Jo le preocupaba que la línea que trazaba su familia se hubiese interrumpido, perdido para siempre. Que no pudiera llegar a saber quiénes eran los suyos, y los antepasados de los suyos, y que, si había historias que contar sobre su procedencia, se quedase sin oírlas.

Gyasi se ocupa de que esto no suceda y, además de ofrecernos la potente historia de una saga familiar, nos brinda un panorama general en el que pueden enmarcarse las historias de otras tantas familias que compartieron una terrible comunidad de violencia, injusticia y sufrimiento a lo largo de los siglos.

Y es justamente la continuidad de esta violencia física, mental e institucional, su huella imborrable en los cuerpos, en el pensamiento y en la historia lo que sobrecoge al lector, que sin duda, no está acostumbrado a leer la realidad desde este punto de vista. Una vez abolida la esclavitud el rumbo de la historia de los africanos y de sus descendientes no parece cambiar sustancialmente, tras haber sufrido la degradación física y moral de la esclavitud, se enfrentan a una sociedad profundamente racista que no parece dispuesta a convivir con sus antiguos esclavos en pie de igualdad.

La escritora de origen ghanés Yaa Gyasi. Foto: Michael Lionstar

La escritora de origen ghanés Yaa Gyasi. Foto: Michael Lionstar

Sin embargo, Yaa Gyasi no se recrea en el drama, sino que nos muestra una increíble historia de dignidad humana, de resiliencia y de fuerza. Los diversos protagonistas de la novelista de origen ghanés, tanto hombres como mujeres, son personajes a menudo vencidos pero nunca humillados. Son hombres y mujeres que se rebelan y que a lo largo de siete generaciones van, progresivamente, liberándose de un destino impuesto por otros.

Así, en la época colonial de Costa de Oro, en la actual Ghana, un descendiente de Effia, el profesor Yaw, les explica a sus alumnos cuáles son las relaciones entre saber y poder:

Creemos al que tiene el poder. Él es quien consigue escribir su historia. Por eso cuando estudiáis historia, siempre debéis preguntaros: “¿De quién es la versión que no me han contado? ¿Qué voz fue silenciada para que ésta se oyese?” Cuando hayáis respondido a eso, debéis encontrar también esa otra historia.

Mientras tanto, al otro lado del océano, Sonny vive confinado en el Harlem de los 50 y relee Las almas del pueblo negro, el clásico de W.E.B. Du Bois, mientras está encerrado en un calabozo por haber participado en una marcha contra la segregación. La novela se cierra en la época contemporánea y nos propone el inicio de un nuevo camino, una nueva ruta que se abre hacia el cambio, la esperanza y el futuro.

Sin embargo, a pesar del claro compromiso histórico que hila toda la novela, Volver a casa es ante todo una historia de personas que aman, sufren, luchan y viven. El lenguaje de Yaa Gyasi es directo y poético al mismo tiempo. Excita los sentidos del lector recurriendo al tacto, al sabor y al olfato y transmite una fuerte sensualidad en la que el color y la textura de la piel oscura son protagonistas. Los paisajes que los rodean, naturales o urbanos se llenan también de matices sensoriales que nos permiten transportarnos a los inmundos calabozos del Castillo del Cabo, la tierra roja y cálida de los asante, la oscuridad de las minas de Pratt City o la hermosa bahía de Chasepeaky.

No nos atrevemos a poner una etiqueta a la escritura de Yaa Gyasi, pero sentimos que de alguna manera la escritora ghanesa forma parte de este grupo de poderosas voces femeninas, que como Chimamanda Ngozi Adichie o Arundhati Roy, provienen de países que fueron colonizados por las potencias europeas. Esta escritura de mujeres nacidas en los territorios de las antiguas colonias ha llegado para quedarse y para que podamos leer la historia desde un punto de vista doblemente diferente.

literatura africana

Gaël Faye: “¿Por qué no puede haber un Harry Potter en Lagos o un Romeo y Julieta en Kigali?”

Dice que escribe para recuperar los paraísos perdidos para atrapar los momentos del pasado en los que ha sido feliz, porque los lugares se mantienen y a ellos se puede regresar, pero los momentos pasan. Ese es uno de los motivos por los que Gaël Faye (Buymbura, 1982) escribe y por los que en Pequeño país reprodujo, en parte, el clima de la Buyumbura de su infancia. De padre francés y de madre ruandesa, pasó sus primeros años en Burundi, pero en 1995 tuvo que trasladarse a Francia, después del genocidio en la vecina Ruanda y de que estallase la guerra civil en Burundi. Esos años en los que la convivencia en la región entera saltó por los aires enmarcan la historia de su primera novela, que fue en 2016 una auténtica revolución en Francia y que ahora publican la editorial Salamandra en castellano y Empúries en catalán.

El autor de "Pequeño país", el francoruanddés Gaël Faye. Foto: Cedida Xavier Cervera / Ediciones Salamandra.

El autor de “Pequeño país”, el francoruanddés Gaël Faye. Foto: Xavier Cervera / Cedida por Ediciones Salamandra.

Nos encontramos con el escritor y rapero francoruandés en un hotel de Barcelona para hablar sobre Pequeño país y sobre la vida, en general. A pesar de la apretada agenda de su viaje promocial, Gaël Faye se muestra atento. Se mueve sutilmente y muestra una disposición excepcional a hablar y a compartir. Asegura que nunca hubiese pensado que una historia sobre Buyumbura tuviese tanta repercusión y quizá por eso devuelve el agradecimiento de la atención en forma de una exquisita colaboración. Mientras explica sus motivos y sus experiencias, el joven artista transmite serenidad y mesura.

Has repetido en muchas ocasiones que Gabriel, el protagonista de Pequeño País, no eres tú de niño, pero hay muchas similitudes. ¿Cuál es la relación entre Gabriel y Gaël?

Gabriel podría ser yo, porque efectivamente, tenemos mucho en común. Pero para crear a Gabriel, yo me apoye en mis sensaciones, no en mis recuerdos. La verdad es que era muy pequeño y hay muchas cosas que no recuerdo. En intentado acordarme de mis sensaciones, del miedo, del hambre del asombro, de los colores, de los olores… y a partir de esas sensaciones he recreado un personaje. Es cierto que compartimos alguna cosa, pero a partir de eso le he creado toda una serie de acciones, de peripecias que yo no he vivido realmente. Y hay una segunda diferencia importante y es que Gabriel, en el relato, será completamente lúcido sobre la historia política que se está desarrollando, entenderá quienes son los actores, planteará preguntas, tendrá discusiones políticas con sus amigos. Y en mi caso, no fue así. Yo no comprendí lo que estaba ocurriendo. No entendí la guerra, ni la violencia. Todo estaba mezclado y era confuso para mí, así que he dado a Gabriel mi lucidez de adulto. Es un niño literario, no creo que un niño así hubiese podido existir en la realidad.

Y en tu caso, ¿cómo has llegado a esa lucidez, a entender lo que había pasado durante tu infancia?

Lo entendí después, leyendo, acudiendo a las conmemoraciones, escuchando los supervivientes…

La identidad tiene un papel importantisimo en la de Pequeño país. ¿Significa que es algo por lo que te preocupas?

Mira, por ejemplo, a la edad de Gabriel, yo no me planteaba preguntas en ese sentido. Simplemente no entendía y no me lo planteaba. Escuchaba cosas, pero no era capaz de poner las palabras, francés, tutsi, ruandés… ¿quién soy? No. Escuchaba y percibía cosas. Percibí el odio de unos, la desconfianza de los otros… y todo eso me ha marcado, pero no le ponía nombres.

Y, ¿cómo te lo has planteado después?

Bueno, he tenido muchas fases, como cualquiera que busca su identidad. Cuando era adolescente, por ejemplo, rechazaba mi identidad francés porque tenía la impresión de que ser francés suponía ser cómplice del genocidio contra mi familia ruandesa por la responsabilidad de la política francesa en esos hechos. Cuando estaba en Burundi, era blanco, porque un mestizo como yo, en África, siempre es blanco y en Burundi me llamaban mzungu (nombre que se da a los blancos en suajili). Y en Francia, mis amigos franceses hablaban de “Gaël el negro”,o “nuestro amigo negro”… Así que generaba una cierta inestabilidad y tenía la sensación de que tenía que tener un papel concreto, como los blancos me veían negro, tenía que ser negro. Y ha sido gracias a la escritura y, sobre todo, a la literatura que he entendido. Sobre todo, gracias a la literatura criolla de Haití, de Martinica, de Guadalupe, de la Guayana, a la literatura de gente que vive en un mundo “criollizado” que he podido entender que se podían unir todas esas identidades en una sola.

¿Cuál es el resultado de esa reflexión?

Por ejemplo, ahora, si en Ruanda alguien me dice que no soy un verdadero ruandés porque tengo la piel clara, o porque he ido a un colegio francés… no me importa, sé que soy ruandés y no necesito la aprobación de los otros. Antes eso me afectaba, cuando era adolescente me tomaba esos comentarios como un ataque, igual que cuando escuchamos a algunos racistas franceses que dicen marchaos a vuestro país, yo pienso “no, este es mi país, yo soy francés”, aunque evidentemente tenga un origen distinto. Soy francés 100%, igual que soy ruandés 100% o burundés 100%. No estoy fraccionado, soy una fusión. A veces a los mestizos se les dice que son una suma, que tienen diferentes estratos, pero no es así. Los mestizos tienen que entender que son una fusión y en una fusión no se pueden distinguir unas partes de otras, forman un todo y ese todo el que está en equilibrio, porque es un todo en sí mismo. En todo caso, son varios afluentes los que forman un río.

El escritor Gaël Faye ha pasado por Barcelona en la presentación de la traducción al castellano y al catalán de su novela. Foto: Xavier Cervera / Cedida por Ediciones Salamandra.

Durante todo este tiempo, has ido regresando a Burundi regularmente durante todo este tiempo. ¿Qué similitudes y qué diferencias encuentras entre el Burundi que abandonaste en 1995 y el actual?

Creo que Burundi es un desastre, porque es un país con un gran potencial pero sufre una enfermedad que es la impunidad. Desde la independencia, si no antes, ha habido muchas masacre y nunca ha habido justicia. Eso hace que esté quien esté en el poder siempre hay una especie de ánimo de revancha. Es como un ciclo infernal de la violencia y la venganza que se repite. Mientras en Burundi no haya un proceso de reconciliación como el de Sudáfrica o el de Ruanda no habrá un cambio real. Por ejemplo, en Ruanda, a pesar de las dificultades, hay una sociedad que avanza, que está estructurada, hay instituciones, proyectos de futuro, la gente no piensa que mañana va a regresar la guerra, al contrario, la gente cree, invierte, hay jóvenes como yo que hemos vivido en el extranjero y regresamos con nuestras familias porque creemos en el país. Esa es la diferencia con Burundi, de donde la gente huye. Hay tendencia a exiliarse, a buscar un visado, porque no hay trabajo, no hay perspectivas de futuro. Y a partir de 2015 ha habido más violencia, más impunidad y los hijos van a querer vengar a sus padres que fueron asesinados…

Pero hablabas del potencial de Burundi…

Claro, a pesar de todo eso, hay un potencial inmenso. Al margen de que el país, sea bonito y esté bien situado, etc, hay una vitalidad política enorme. En 2015, los jóvenes salieron a las calles a riesgo de sus vidas, para reclamar que se respete la constitución y esa es una actitud que merece admiración y que nos hace decir que hay una gran conciencia política y un gran compromiso de la juventud burundesa. El problema es que la represión fue feroz, que unos fueron asesinados y otros tuvieron que exiliarse y la gente vive entre la miseria, el miedo y la familiaridad con la violencia, con todas las consecuencias como la corrupción, el clientelismo, etc, que van a hacer que haya dos o tres generaciones sacrificadas de nuevo, jóvenes que no va a ir al colegio, que van a vivir en la calle, que van a aprender que el futuro es el día a día y la única forma de sobrevivir es el robo… Para mí, es lamentable, por eso digo que es un desastre. Pero en todo caso, ver que hay jóvenes que están dispuestos a morir por palabras como democracia, elecciones, constitución… eso impone respeto y pueden ser un ejemplo para las juventudes europeas: juventudes mucho menos favorecidas que las nuestras y que, sin embargo, lo intentan, intentan que las cosas se muevan.

Tus experiencias las has contado por otros medios. También has hecho música contando este tipo de historias. ¿Con qué lenguaje te sientes más cómodo?

De momento, con la música, el rap. Al fin y al cabo esta es mi primera novela, tengo mucho que aprender. Estoy contento, evidentemente, porque no esperaba encontrarme aquí, por ejemplo, que la novela se tradujese a tantas lenguas (32, concretamente). De todos modos, me he dado cuenta de que la novela es la libertad absoluta, más que la música. Me siento más cómodo con la música, porque rapeo desde los 15 o 16 años y además, que cuando hablas de novela, hablas de literatura y tienes ejemplos que dan mucho respeto.

Pero en Pequeño país, también hay algo de hip-hop, ¿no?

Sí, las cartas que escribe Gabriel, el protagonista, las he planteado un poco así. Quería que tuviesen ritmo, he trabajado las aliteraciones, los efectos, las metáforas,… era mi pequeño recreo cuando escribía la novela. No estaba completamente a gusto cuando escribía la novela, eso tengo que confesarlo, porque era un nuevo estilo para mí. Y por otro lado, me preocupaba que el resultado fuese algo que la gente lo viese y dijese, ah mira es un rapero que ha escrito una novela. Para mí, habría sido una catástrofe. No quería ser el toque exótico. Quería que alguien que no me conociese me tomase por un novelista, no por un rapero escribiendo novela. Incluso, pedí a la editorial que no utilizasen eso como un reclamo en la promoción de la novela. Cuando escribía Pequeño país me ponía mi ropa de novelista, pero evidentemente uno no puede esconder lo que es. Vengo de la música, del hip-hop, de la poesía y también es importante para mí insuflar eso para tener mi propio estilo.

Hablando de literatura, el descubrimiento de la literatura es una tabla de salvamiento para Gabriel, el protagonista de la novela, ¿a ti te ha pasado algo parecido?

En mi caso, ha sido el descubrimiento de la escritura, no de la literatura. Gabriel en el momento en el que todo a su alrededor se funde y se viene a bajo, busca una escapatoria y la encuentra en los libros y lee con apetito novelas a las que hasta ese momento no había prestado atención porque eso le permite escaparse de su realidad, le ayuda. Y, en mi caso, empecé a escribir, en ese mismo momento, como Gabriel, por una razón que ignoraba, sin saber muy bien porqué. Empecé a escribir poemas, hacia 1995, porque tenía miedo, porque no entendía el mundo que me rodeaba, me daba seguridad y me hacía sentir bien. Dos o tres años después, cuando ya estaba en Francia seguí escribiendo. Y, precisamente, porque escribía, me interesé por saber cómo escribían los demás y es así como he descubierto la lectura. En ese orden.

Estamos en un momento en el que hay una importante corriente de escritores africanos que apuestan por utilizar la literatura para despertar las conciencias. Para ti, ¿cuál es el papel que debe jugar el escritor?

Pues la verdad es que intento no teorizar sobre eso. Creo que debe ser natural. Al final, la condición de artista es la posibilidad de ser libre, así que me da miedo que se intente endosar papeles a los artistas. Si mañana quiero escribir una historia de amor que ocurre en Manhattan, tengo todo el derecho. Me da miedo que salir de un ghetto supongo entrar en otro, porque se debe ser un artista comprometido que tiene que hablar de los problemas de África. Quizá en algunas generaciones previas, este papel ha sido necesario porque hacía falta una afirmación de la identidad frente a un mundo que la había aplastado. Pero ahora nos hemos podido considerar ciudadanos del mundo, sin olvidar nuestra raíz africana, está claro. Si tuviese un manifiesto que escribir diría que como joven escritor que viene del continente africano tengo derecho a escribir sobre las guerras, la violencia o la política, pero también sobre nuestras historias de amor, nuestras nimiedades cotidianas, la ciencia ficción, tenemos derecho a ser de todos los colores… y será así cuando nos encontraremos realmente con los otros, porque nos habremos asumido en todas nuestras dimensiones, nuestra pluralidad. Ha pasado lo mismo con el hip-hop, se decía que el rap tenía que ser la voz de la calle, del compromiso y de la conciencia; y yo creo que es enriquecedor que se diversifique y que haya diferentes corrientes.

Los escritores africanos están constantemente asediados por líneas rojas, sobre temas, sobre estilos, sobre enfoques, ¿qué hay que hacer?

Hay que pulverizar todos los muros y todas las cajas, las categorías en las que intentan meternos constantemente. Piensa que cuando escribí Pequeño país, todo el mundo me decía que un libro que habla de África no interesa a casi nadie. Incluso mi familia me decía que una historia de niños en Buyumbura no interesaría a nadie. Calculaban que venderíamos 5.000 ejemplares entre la gente que ha vivido en Burundi y le podía resultar curioso, mis amigos, mi familia, algunas personas que me conociesen por la música… No nos lo esperábamos, pero en la Navidad de 2016, Pequeño país fue el libro más vendido en Francia… por delante de Harry Potter.

Inesperado.

No, no, para mi era increíble. Pero eso me hizo pensar que todo nos ponemos barreras, porque los demás nos las ponen. Una historia que ocurre en Buyumbura es tan local y exótico que no puede tocar lo universal, no puede toca a todo el mundo, pero al final ha resultado que sí. En realidad, es hablando de uno mismo que podemos llegar a tocar lo universal, hablando de tu pequeño rincón, de tu pequeño jardín que tocamos lo universal. Creo que hay que tener confianza en uno mismo y no plantearse preguntas sobre qué esperan los demás de nosotros, cómo van a recibir lo que hagamos. Un artista es como un investigador que debe buscar en sí mismo sus propias emociones para generar una reflexión que sea coherente.

¿Falta cotidianidad en las historias y confianza en sí mismo en los autores?

África necesita también que los jóvenes digan que les apetece una novela de jóvenes que pasa en Buyumbura. ¿Por qué no? En un encuentro en un instituto con estudiantes ruandeses que habían leído Pequeño país, me decían la segunda parte de la novela no nos ha interesado mucho, porque habla de la guerra y así… pero el principio, cuando hablas de la circuncisión, de las historias con las bicicletas, eso sí que nos ha gustado, ¡porque es nuestra vida y eso no lo encontramos nunca en los libros! Los jóvenes africanos tienen ganas de esas cosas. ¿Por qué Harry Potter no puede vivir en Lagos en una universidad? ¿Por qué no puede haber historias de Romeo y Julieta en Kigali? Necesitamos meternos de lleno en nuestras propias historias, con nuestras propias palabras, nuestro propio lenguaje. Eso es afirmarse a sí mismo en toda su diversidad. Y además hay que cuidarse de que Occidente no quiera más que autores africanos que sean abanderados y portavoces del tono serio.

Hay un momento de Pequeño país en el que un personaje bastante particular, Jacques, dice: “África, ¡que desastre!”. ¿Es esa su voz?

No, no, no, ni mucho menos. Ese es el tipo de voz que escuchamos de un tipo de mentalidad de colono, pero también de gente que trabaja para ONG, la cooperación, que están en grandes casas, en las capitales africanas, con grandes jardines y pasa el jardinero y se dicen a sí mismos: Puff no lo conseguimos, ¡qué desastre África! Representan esas fórmulas lapidarias, que no dejan lugar a ninguna esperanza, que transmiten el afropesimismo que considera que no se puede hacer nada por el continente. Y paradójicamente son gente que vive de eso, si no, no sería gracioso. Pero no, está claro que esa no es mi voz.

“Pequeño país”, los paraísos perdidos de Gaël Faye

Más que una novela, Pequeño país es una tela cuyos hilos se van tejiendo para construir un relato que se sumerge en uno de los abismos más oscuros de la humanidad, uno de esos espacios en los que parece que se ha perdido precisamente, lo más básico del ser humano. El escritor franco-ruandés Gaël Faye consigue que el lector se sumerja en el despertar a la vida de la adolescencia, en la historia fresca y desenfadada de un grupo de niños que consideran que las calles de su barrio de Buyumbura es su territorio. Sin embargo, cuando menos se lo espera, ese mismo lector se encuentra atrapado en los meses en los que el infierno asaltó la tierra en la región de los Grandes Lagos, primero en Ruanda y después en Burundi.

Pequeño país ha sido traducido al castellano por José Fajardo González y publicado recientemente por Salamandra y en catalán por la Editorial Empúries. El autor, Gaël Faye, un conocido rapero francoruandés, estará estos días en Madrid y en Barcelona para reforzar el lanzamiento de la novela en castellano y para compartir su experiencia vital y creativa en actividades con tonos particulares. Por ejemplo, mañana se encontrará con estudiantes de secundaria en el CCCB de Barcelona, un encuentro con adolescentes muy especial.

Los Kinanira Boyz es el nombre que se dan a sí mismos la pretendida banda de los gemelos, Armand, Gina y Gabriel, el protagonista y el narrador de Pequeño País. Los cinco chicos se ven a sí mismos como pandilleros, los amos de Kinanira, el barrio acomodado de Buyumbura. En realidad, son apenas cinco niños de papá que están despertando a la vida a través de unas inocentes fechorías que no van más allá de robar mangos, de fumar a escondidas plantearse retos infantiles.

Gaël Faye, va progresivamente incorporando personajes y complejidad a una trama que en la mayor parte del libro es apenas una historia ligera de adolescentes. Ese despertar de Gabriel y los suyos se hace en el contexto más difícil, la región de los Grandes Lagos de la década de los noventa que progresivamente se iba estremeciendo con cada nuevo episodio, elecciones que despiertan ilusiones, asesinatos de políticos que acaban con los sueños, tensiones que disparan la crispación social. Las idas y venidas de los cinco muchachos dibujan el Burundi de las primeras elecciones democráticas de 1993 y el complejo contexto de la época, la sombra de la tensión en Ruanda o en Zaire. Y, sin embargo, la vida pasa a otro ritmo para los Kinanira Boyz que se sienten a salvo de todos esos riesgos.

El rapero y escritor, Gaël Faye. Foto: Salamandra

La de Gabriel empieza siendo una historia de despertar a la vida, pero poco a poco se va convertir en una narración de pérdida de la inocencia, para pasar a ser un relato del paraíso perdido o, más bien, de los paraísos perdidos, los de Gabriel, el de la infancia, por un lado, y el del hogar, por otro. Faye, el autor que comparte el perfil vital con el protagonista de la novela, padre francés, madre ruandesa y criado en Burundi, y relata una sociedad compleja y contradictoria, en la que los expatriados mantienen intacto el espíritu colonial, tres décadas después de la independencia. “El asesinato del presidente le daba igual, ella no hablaba más que de su jamelgo, la vieja racista. ¡No puedo con los colonos! La vida de sus animales es más importante para ellos que la de las personas”, lo dice Gino, el hijo de un belga y una ruandesa.

Sin embargo, mientras la novela perfila la sociedad en la que Gabriel y los otros chicos comienzan a convertirse en hombres, en un segundo plano, se va esbozando el clima en el que se acabó desencadenándose el estallido de violencia del genocidio ruandés, de las guerras civiles y de las matanzas. “Las gentes de esa región eran como esa tierra. Bajo la calma aparente, detrás de una fachada de sonrisas y de grandes discursos de optimismo, fuerzas subterráneas, oscuras, trabajan de continuo, fomentando proyectos de violencia y destrucción que se manifestaban en periodos sucesivos, como las ráfagas de viento: 1965, 1972, 1988. Un espectro lúgubre se colaba con regularidad para recordarles a todos que la paz no es más que un corto intervalo entre dos guerras. Esa lava venenosa, esa marea espesa de sangre estaba de nuevo lista para salir a la superficie”, señala el protagonista justo antes del golpe de estado de octubre de 1993 en Burundi.

Poco a poco, el lector va sintiendo como la tensión entre las comunidades crece y cómo, cada vez, el protagonista y los suyos están menos a salvo, a la vez que empieza a entender la dimensión de lo que está ocurriendo a su alrededor. “Aquella tarde, por primera vez en mi vida, entre en la realidad profunda del país. Descubrí el antagonismo entre hutus y tutsis, la infranqueable línea de demarcación que obligaba a cada cual a estar en un bando u otro. Uno cargaba con ese bando desde que nacía, igual que se recibe un nombre, y eso lo perseguía para siempre. Hutu o tutsi. (…) Sin que se le pida, la guerra se encargaba siempre de procurarnos un enemigo. Yo, que quería permanecer neutral, no pude serlo. Había nacido con aquella historia. Me corría por dentro. Le pertenecía”, explica Gabriel. Esos bandos acaban imponiéndose en la vida cotidiana de los protagonistas: “Un mes antes no me habría enterado de nada. Soldados hutus de un lado, una familia tutsi del otro. Asistía en primera fila al espectáculo del odio.

Faye consigue que esa primera parte de la historia fresca, desenfadada, sin complicaciones, va evolucionando sin sobresaltos, ni artificios. De repente, el lector se encuentra acompañando a Gabriel en su descenso a los infiernos de una manera natural, como no puede ser de otra manera, después de haber sido seducido por su carisma. Casualmente en medio del desastre, el chico encuentra una tabla de salvación: “Gracias a las lecturas, derribé los límites del callejón, respiré de nuevo, el mundo se extendía a lo lejos, más allá de las vallas que nos encerraban en nosotros mismos con nuestros miedos”.

El escritor de francoruandés, que antes que novelista ha sido rapero, ha escrito una historia, en parte, sobre el genocidio de Ruanda. Pero sólo en parte porque es mucho más que eso, es sobre la situación en toda la región. Y hay más todavía, Pequeño país aporta un enfoque nuevo, el de las víctimas anónimas que han hecho frente a toda esa violencia y que la ha vivido de las maneras más diversas y, sobre todo, Gaël Faye presenta esa historia como son las historias humanas, complejas, a menudo contradictorias y, muchas veces, difíciles de comprender, pero a la que es muy fácil acercarse.

Kossi Efoui construye el relato poético de un mundo en resistencia

Uno de los autores togoleses más laureados y, al mismo tiempo, más controvertidos ha publicado su última novela, precisamente, en medio de la tormenta de la revuelta popular que sacude el país. A todas luces, la presentación del nuevo trabajo de Kossi Efoui se mueve entre la casualidad y la premonición, o quizá se inscriba en el territorio de la probabilidad. Cantique de l’acacia, la quinta novela de este autor togolés, vio la luz en octubre del pasado año, casi tres meses después de que se desencadenase una ola de protestas que llega hasta la actualidad y que ha hecho, además de la épica de la resistencia ciudadana, un número de víctimas que nadie parece ocuparse en concretar.

Esa revuelta episódica está motivada por la persistencia en el poder de la familia Gnassingbé durante cincuenta años. Efoui abandonó el país africano para refugiarse en Francia hace más de 25 años, precisamente como consecuencia del poder del padre de la dinastía repúblicada, Gnassingbé Eyadéma. Ahora, justo en medio de la más grave crisis política y social de las últimas décadas, el escritor recrea un país que se mueve entre las evocaciones del pasado y las proyecciones del futuro gracias a un estilo poético que rompe las barreras de la lengua y del discurso. Así se construyen los territorios del pensamiento.

El escritor togolés, Kossi Efoui. Fuente: Facebook

Durante su trayectoria literaria, Kossi Efoui, ha ido configurando una voz propia que se nutre de su prosa poética y de una visión renovadora del teatro en la que rebasa cualquier tipo de frontera. En el caso de Cantique de l’acacia, el autor se zambulle en un espacio que además coincide con sus propios principios ideológicos. En primer lugar, el espacio en el que se ambienta la historia, que va desde Togo hasta Costa de Marfil, pasando por Ghana.

Efoui atribuye a su trayectoria vital su convicción panafricanista y su rechazo de unas fronteras dibujadas “a golpe de látigo” y que configuran “pequeños rectángulos, triángulos o trapecios”. Esos límites son artificiales para el escritor, que considera que lo único real son “las montañas o los ríos” por eso se reivindica como un escritor nacido en el Golfo de Guinea. Por esos motivos, cuando Efoui tiene la oportunidad de escribir la historia, evidentemente reconstruye su espacio soñado, uno en el que esas fronteras no son, en realidad, límites.

El escritor togolés, por otro lado, rehabilita la historia de las mujeres, ya que Cantique de l’acacia es el relato de esas mujeres fuertes que han ido escribiendo la historia, la microhistoria fundamentalmente, la de la vida cotidiana. Parece un lugar común, ya es habitual hablar de ese papel fundamental de las mujeres africanas y, sin embargo, da la impresión de que los escritores mantienen bien viva la necesidad de reivindicarlo. En este caso, el relato recorre las experiencias de tres mujeres que huyen de los destinos que les habían sido reservados. Se trata de tres mujeres que, en distintos momentos y en circunstancias diferentes, han reclamado su derecho a tomar el control de sus vidas.

Esa voz poética de Kossi Efoui hace que en muchas ocasiones, la historia discurra en un ambiente con una considerable carga aparentemente onírica. Precisamente por un tercer rasgo de la novela. Se trata de la inspiración en los mundos narrativos de la tradición que se entrelazan con algunas de las cosmovisiones que al autor le resultan más familiares. El mundo invisible es, de repente, uno de los elementos fundamentales de la narración y con absoluta naturalidad se inmiscuye no sólo en el relato, sino también en la historia. Ese mundo invisible se hace absolutamente presente en la vida de las tres mujeres desde Grace (la abuela) hasta Joyce (la nieta).

De pronto, el nuevo trabajo de Kossi Efoui se convierte en el ejemplo de esas historias africanas en las que los ciudadanos, las ciudadanas en este caso, desbordan los obstáculos que se les imponen y toman las riendas de su vida para asumir el protagonismo. Es la historia de ese África que camina y avanza y que no se detiene delante de las imposiciones. Es un ejemplo que llega, además, en el momento más delicado para el país en el que nació su autor, o quizá en el momento más indicado para sus ciudadanos y sus ciudadanas. A pesar del relativismo que rezuma la actitud de Efoui, nunca ha dejado de ser crítico, eso sí, con una voz muy especial.

Memorias del apartheid: testimonios de la infancia de Trevor Noah

El popular cómico sudafricano Trevor Noah (Johannesburgo, 1984) se sumerge de lleno, a corazón abierto, en su más tierna infancia en la Sudáfrica del apartheid. Desde la recreación del marco infernal que supuso el periodo más oscuro de la historia reciente del país de África austral, emerge el testimonio del autor sudafricano. Prohibido nacer (Blackie Books, 2017; publicado originalmente como Born a Crime por John Murray en 2016) narra las vivencias personales, en clave de humor, del joven Trevor Noah navegando en aguas revueltas. No en vano el subtítulo de la edición en castellano es “Memorias de racismo, rabia y risa”.

El humorista sudafricano Trevor Noah. Foto: Blackie Books

Tal y como su tez blanquecina desvela, Trevor Noah es a todas luces producto del mestizaje, sin duda un pecado en aquella época sancionado socialmente con las más absoluta marginalidad por parte de las entonces autoridades de turno.

Surgido del amor furtivo entre su padre, un hombre de raza blanca natural de tierras helvéticas, cuna, a su vez, junto a otras naciones europeas, del poder supremacista blanco, y que, en boca del propio autor, es descrito como serio y de pocas palabras. De otro lado, su madre, negra, sudafricana y de armas tomar, a tenor del extenso activismo político encubierto del que hace gala su hijo Trevor. Criada, irónicamente, bajo el estricto adoctrinamiento ideológico de una Sudáfrica post-colonial con tintes británicos y holandeses por doquier.

Trevor Noah es, a pesar de todo y contra todo pronóstico, y muy especialmente teniendo en cuenta las complejidades que entraña crecer en un ambiente social tan hostil y sofocante como fue el apartheid, el exitoso resultado del amor sin barreras y del manifiesto sexual por la igualdad y la fraternidad entre razas y culturas. Trevor Noah representa el triunfo de la libertad y de la resiliencia frente a la imposición de ideologías caducas y retrógradas que durante algo más de cuatro largas décadas condujeron a Sudáfrica al más completo y vergonzoso de los ridículos internacionales. En la actualidad, el país se encuentra sumido en una crisis política de gran envergadura y castigado por uno de los males endémicos de las sociedades teóricamente avanzadas como es la corrupción. Por tanto, está actualmente necesitada de voces frescas y referentes que la vuelvan a situar en la senda del progreso que años atrás deslumbró a la comunidad internacional de la mano del desaparecido Nelson Mandela.

El cómico convertido en autobiógrafo se lleva de viaje a millones de lectores comúnmente fascinados tanto por la sencillez de sus palabras, como por la compleja realidad de los barrios marginales del Johannesburgo de finales de los años 80 y principios de la década de los 90. Un recorrido emocional y sensitivo que no dejará al público lector indiferente y que nos adentra en la psicología de lo absurdo e indefendible: el racismo institucionalizado. Prohibido nacer es un llamamiento pacífico a la rebeldía y un golpe sobre la mesa que cuestiona la falta de rigor y ética de las mal llamadas élites políticas, a menudo demasiado centradas en hacer tambalear las libertades individuales. Las memorias de Trevor Noah son, además, una reflexión detenida o incluso ligeramente canallas que persiguen, con un envidiable tono divulgativo, dar a conocer el auténtico tesoro de Sudáfrica: la diversidad cultural y lingüística de la, a día de hoy, potencia socioeconómica del continente africano.

A modo de conclusión, Prohibido nacer sirve para poner de manifiesto el poder de las autobiografías como elemento catalizador del cambio social gracias a la capacidad y fuerza de estas autobiografías vitales para conectar con un público diverso. En el contexto de la infancia y adolescencia del autor, esta obra escrita desde las entrañas pone, además, al descubierto la habilidad de Trevor Noah para resistir frente a las definiciones de ciudadanía impuestas por los parámetros ideológicos del apartheid. Prohibido nacer es, sin lugar a dudas, digna de ser incluida en los programas universitarios de estudios postcoloniales de Estudios Ingleses no solo por su capacidad para articular respuestas inclusivas y dialogantes frente a la amenaza global que supone cualquier tipo de supremacía racial convertida en ideología, sino también por el poder de la literatura para curar y superar traumas a través de la empatía textual.

Ficción y deber de memoria

Cuando leemos ficción hacemos un pacto con el escritor: convertimos temporalmente en verdad una historia y unos personajes simulados. Es un pacto necesario para sentir la lectura, emocionarnos, indignarnos, sufrir, disfrutar, reír o llorar. Un compromiso íntimo con el autor, al que nos entregamos para, por ejemplo, salir cada noche de viaje antes de dormir y vivir según las reglas que ha inventado para ese mundo.

Rwanda 1994-2014, de David Pluth. Fuente: RTBF

¿Significa esto que la ficción no es real? Hasta cierto punto. Como indica el propio origen latino de la palabra —fictio—, estamos en un mundo fingido, pero que toma a menudo como referencia los sucesos que nos rodean hoy o que han conformado nuestra historia. No en vano, los textos literarios cumplen a menudo una función cognoscitiva, crítica o pedagógica, y permiten acercarnos a una realidad que en ocasiones no conocíamos (aprendemos), reflexionar sobre ella (criticamos) y reorientar nuestro futuro para no repetir horrores pasados (enseñamos).

Una investigación histórica publicada en una revista académica puede establecer una cronología aséptica de acontecimientos o analizar las causas de un conflicto. Es probable que las conclusiones sustenten estudios doctorales o sean la base de una nueva línea de investigación, pero no siempre trascenderán el ámbito universitario. Por el contrario, una novela puede recuperar unos sucesos históricos, recrearlos en un marco policíaco y utilizar recursos estilísticos que acerquen la historia al gran público. La ficción como herramienta para aprender-reflexionar-enseñar puede ser especialmente interesante para abordar el “deber de memoria”: el deber de hacer justicia mediante el recuerdo. Una lucha contra el olvido que algunos escritores asumen como compromiso social e intelectual para tratar las guerras o los genocidios a través de la escritura.

La ficción africana para la memoria africana

Uno de los ejemplos más reveladores de la utilidad de la ficción en la recuperación de la memoria es el proyecto «Ruanda: escribir por deber de memoria». El escritor senegalés Boubacar Boris Diop explica en “Genocidio y deber de imaginar”, de su ensayo África más allá del espejo (Oozebap, 2009), las razones que llevaron a un grupo de intelectuales africanos a lanzar esta iniciativa como reacción al silencio ensordecedor de la prensa internacional durante y tras el genocidio ruandés de 1994.

Novelas y relatos del proyecto “Ruanda escribir por deber de memoria”

“Ruanda no interesaba a nadie, simple y llanamente”, afirma el autor senegalés. Además, la prensa privada africana, en estado embrionario en los años 90, no tenía capacidad de contradecir el discurso de la prensa occidental: la información en África sobre los problemas políticos de los países africanos venía del Norte. En 1995 se celebró en Lille (Francia) la quinta edición del Fest’Africa en la que los autores reprobaron la reciente ejecución de Ken Saro-Wiwa (10 de noviembre de 1995) y sintieron su incapacidad como intelectuales de frenar los abusos de los mandatarios africanos. La frustración generada y los encuentros con la comunidad ruandesa de París los empujó a proponer a escritores de varios países africanos una residencia de escritura en Ruanda. En julio y agosto de 1998, se trasladaron al país africano Monique Ilboudo (Burkina Faso), Véronique Tadjo (Costa de Marfil), Koulsy Lamko (Chad), Nocky Djedanoum (Chad), Meja Mwangi (Kenia), Abdourahman Waberi (Yibuti), Tierno Monenembo (Guinea), Jean-Marie Vianney Rurangwa (Ruanda), Venuste Kayimahe (Ruanda) y Boubacar Boris Diop (Senegal).

En un digno ejercicio de autocrítica, Boubacar Boris Diop cuenta en el ensayo mencionado su incomodidad frente a este encargo literario. Para empezar, el propio hecho de cómo un encargo va en contra de la libertad de creación. Además, se encontraba por primera vez ante el deber de referirse a unos actos preexistentes que no podría modelar a su antojo, en una cómoda distancia, para crear su ficción. Sentía cómo el respeto hacia los supervivientes iba a limitar la libertad a la hora de plasmar sus testimonios, sobre todo cuando les pedían que no se novelaran sus historias, sino que se reportaran fielmente. Un choque entre lo real y lo imaginario que puso a los autores frente a sus responsabilidades sociales como intelectuales.

Algunos de los protagonistas del proyecto “Rwanda: écrire par devoir de memoire”, en el recuerdo de los 20 años del genocidio. Fuente: Littafcar.

En el año 2000 se publicaron nueve de las diez obras previstas. Cuenta el escritor senegalés que, cuando se presentaron a los medios, a menudo les preguntaban por el valor añadido que tenían sus libros respecto a artículos de prensa, documentales, obras históricas y testimonios de las víctimas: una cuestión capital que abría la reflexión sobre la eficacia de la ficción en la lucha contra el olvido.

Las novelas pueden ser —así lo considera Boris Diop— esenciales para la preservación de la memoria de un genocidio. Una obra académica puede ser precisa, pero no es atractiva ni accesible para el gran público. El rigor de un historiador obliga a tratar los muertos como tal. Sin embargo, el novelista tiene la capacidad de devolver la vida a las víctimas, de restituir sus almas y su humanidad, frente a la barbarie del genocidio. Un historiador razonará sobre la base de cifras, grupos, zonas geográficas. Un novelista contará la historia de una persona, con su nombre, su casa, su familia.

Más allá, el éxito del proyecto “Ruanda: escribir por deber de memoria” en la preservación de la memoria del genocidio radica en el hecho de que muchos periodistas han sido capaces de retomar sus investigaciones e incluso de poner en cuestión teorías simplistas pero ya asentadas en el imaginario colectivo sobre las causas del genocidio. El genocidio ruandés como un “simple” enfrentamiento étnico fue el relato habitual durante la primavera de 1994. Desde hace tiempo, esta lectura deliberadamente simplificada y paternalista no se sostiene. Por una parte, la violencia tiene un componente ligado a la historia colonial: la “etnificación” de la sociedad ruandesa por parte de Alemania y Bélgica. Las administraciones de estos países crearon de forma arbitraria una división racial entre tutsis, hutus y twas que favorecía a los primeros —se consideró que eran “más caucásicos” y, por tanto, racialmente superiores— y provocó desigualdades y enfrentamientos durante décadas. Más allá, cada vez hay más indicios claros de la implicación del Estado francés en la financiación y armamento del gobierno hutu durante las masacres. La desclasificación de los archivos franceses sobre Ruanda de la época 1990-1995 ha permitido una nueva investigación periodística, publicada en junio de 2017 en la revista XXI, que explica la orden del Elíseo de rearmar a los hutus utilizando como tapadera un mandato de Naciones Unidas para terminar con las masacres.

Los personajes reales en la ficción africana

La ficción está plagada de personajes imaginarios que se inspiran en los actos de personas reales. Aquí, el escritor no busca denunciar con nombre y apellido, sino que invita al lector a hacer una reflexión sobre, por ejemplo, la estupidez o la maldad humana. Es así como la historia local puede tratar temas universales y, por tanto, convertirse en literatura universal. En ese momento, las etiquetas literarias se desvanecen y la literatura africana se convierte en literatura, sin adjetivos.

En otras ocasiones, los personajes reales e imaginarios se mezclan en la ficción y la novela sirve para recordar y denunciar con claridad. Algunas figuras son tan macabras que parecen irreales, pero esta vez sí tienen nombre y apellido. Es el caso de Gerard Soete, comisario de policía belga responsable de descuartizar y disolver en ácido los restos de Patrice Lumumba, primer ministro congolés tras la independencia en 1960 que fue asesinado en 1961. Boubacar Boris Diop recupera en su novela El libro de los secretos al siniestro comisario que, desde su cómoda jubilación en Bélgica, confesó en 1999 su implicación en la atrocidad. Soete justificaba la actuación: la desaparición de los cuerpos de Lumumba y de sus dos compañeros Mpolo y Okito era necesaria para evitar que la sepultura se convirtiera en lugar de peregrinación. Concluía sin rodeos: “Creo que hicimos bien, para salvar a miles de personas y mantener la calma en una situación explosiva”. Como si esto no fuera suficiente, Soete declaraba haber conservado durante mucho tiempo dos dientes y una falange de Lumumba, y una de las balas que extrajo de su cabeza.

En un grotesco giro previo, el mismo Soete había novelado el asesinato de Lumumba en De Arena (1978), un libro que pasó bastante desapercibido y cuyo protagonista (Denys, alter ego del autor) explicaba cómo se había hecho con la única prueba material de la muerte del líder congolés: dos dientes de su mandíbula superior.

Los peligros de convertir la memoria en ficción… y los peligros de no hacerlo

Quizá el mayor peligro de convertir la memoria en ficción es que una novela pueda servir de base a un revisionismo histórico no académico. Los lectores debemos ser conscientes del pacto que hemos establecido con el autor y recordar que lo que leemos es un mundo recreado. Si la ficción nos ha fascinado, iremos a buscar la realidad que existe detrás de la historia.

Otro riesgo al que se enfrenta la ficción literaria africana es su contribución a la imagen afropesimista del continente cuando, persiguiendo ese deber de memoria, aborda la violencia de forma recurrente. La filósofa marfileña Tanella Boni constataba en 2001 cómo las guerras y la violencia habían invadido la ficción africana francófona y creado un imaginario de muerte, sufrimiento y caos (“Vivre, apprendre et comprendre”, Notre Librairie, n. 144, 2001). Y es que el tratamiento de la guerra en la ficción literaria contribuye casi inevitablemente a la estética del horror.

Cuando Ahmadou Kourouma, en Alá no está obligado, y Emmanuel Dongala, en Johnny perro malo, dan testimonio de su época y utilizan la ficción para denunciar, ¿están construyendo un imaginario pesimista? ¿O somos nosotros, llevados por los estereotipos, los que lo construimos? ¿Buscan los editores y lectores occidentales, de forma más o menos consciente, la guerra y las violencias en la literatura africana? Binyavanga Wainaina denunció la tendencia al estereotipo del mundo editorial occidental en su genial artículo “Cómo escribir sobre África” publicado en Granta. Sin embargo, ¿no es esta también una forma de orientar la creación literaria? Si los escritores africanos dejan de escribir sobre la guerra o los genocidios para evitar que su relato contribuya a la consolidación de una imagen afropesimista del continente, pueden correr el peligro olvidar el compromiso intelectual y social de denunciar a través de sus obras.

Literatura y conflicto: la mirada sobre Europa frente a la mirada sobre África

Llevemos nuestra mirada lectora a las guerras europeas. La Segunda Guerra Mundial sigue siendo el telón de fondo de una gran cantidad de ficción escrita por autores europeos y, en 2014, el escritor francés Patrick Modiano ganó el Premio Nobel de Literatura “por el arte de la memoria con la que ha evocado los más inasibles destinos humanos y descubierto el mundo de la ocupación”. Pese a las dos grandes guerras del siglo XX, las atrocidades vividas en los Balcanes en los años 90 o la actuación vergonzosa de la Unión Europea en la actual crisis de los refugiados, (casi) nadie asocia sistemáticamente Europa con el horror. Quizá lo hagamos después de una lectura, pero la imagen de Europa como continente de progreso prevalece sobre la imagen del horror.

¿Por qué no sucede lo mismo cuando leemos ficción africana? Por un lado, porque estamos influenciados por el relato de los medios de comunicación. En palabras de José Carlos Sendín, estamos “desinformados sobre lo africano”. En el capítulo titulado “La desinformación sobre lo africano como ‘infogenocidio'” de Imaginar África (Los Libros de la Catarata, 2009), Sendín estudia el tratamiento del genocidio ruandés por Televisión Española y concluye que la imagen que representan los medios de comunicación sobre África está dominada por los estereotipos negativos. Finaliza así su reflexión: «Más y mejor información sobre el continente africano no hará que desaparezcan […] la pobreza, la guerra y sus […] efectos […]. Pero nos permitirá comprender sus orígenes, sus causas y, quizá, […] empecemos a comprender nuestra parte de responsabilidad en esa situación».

Otra parte de la responsabilidad puede atribuirse a los editores occidentales que han publicado y traducido más ficción africana “de sangre” que novelas de vida cotidiana. No le faltaba razón a Wainaina cuando denunciaba las imposiciones temáticas —¿folclóricas?— de los editores. En este sentido, una apuesta del sector editorial por obras de autores africanos de temática y géneros más diversos podría ayudar a cambiar nuestra percepción de las realidades africanas.

Es posible, también, que el tratamiento de la guerra en la ficción africana pueda asociarse a una generación de autores que vivieron el paso a las independencias. Hoy las nuevas voces reclaman su libertad creadora y no se consideran guardianas de la cultura e historia de sus países. Cambian el fondo y la forma: las revistas y ediciones digitales ponen a nuestra disposición cientos de relatos en inglés, francés y lenguas africanas, algo que ya está contribuyendo a derribar estereotipos y a devolver el centro de las literaturas africanas a África.

En definitiva, la ficción puede ayudarnos a completar visiones del mundo y a crear una memoria colectiva. Son tantas las ocasiones en las que hemos llegado a una realidad desconocida a través de una novela, que es importante reivindicar el valor de la ficción en nuestro proceso de aprender-reflexionar-enseñar y en la justicia asociada al deber de memoria.