La memoria de una nueva Kenia

“Por mi parte, del reverendo Kahahu aprendí a venerar la modernidad, de Baba Mũkũrũ los valores de la tradición y de mi padre heredé un sano escepticismo hacia ambas. No obstante, siempre me he sentido atraído por los aspectos dramatúrgicos del cristianismo y la tradición africana”. Es uno de los pasajes escritos por Ngũgĩ wa Thiong’o en Sueños en tiempos de guerra. Memorias de infancia, que ilustra una de las dimensiones más atractivas del escritor keniano con más proyección internacional de las últimas décadas: su tremenda distancia de cualquier dogmatismo y su capacidad de relacionarse con el otro con una mirada abierta, lo suficientemente abierta como para aprender.

Ngũgĩ wa Thiong’o durante su última estancia en Barcelona. Foto: Carlos Bajo

Resulta bastante fascinante ver cómo la trayectoria vital de Ngũgĩ wa Thiong’o se ha ido trenzando con la historia de su país, cuánto de cerca ha estado de muchos de los acontecimientos o los periodos históricos más importantes y cómo los ha padecido, prácticamente todos, a cuenta de su activismo y de su compromiso con las capas sociales más populares. No es necesario insistir en su biografía, que en Wiriko hemos tenido ocasión de desgranar en varias ocasiones. Sus convicciones anticoloniales que le llevaron a combatir con sus armas la dominación británica; su compromiso con las condiciones de vida de las personas, más allá de ideologías, que le llevó a ponerse delante de los gobiernos independientes cuando empezaron a romper sus promesas. Sin dejar de ser un escritor, un intelectual y un dramaturgo, su determinación le llevó a la persecución, a la cárcel y, finalmente, al exilio y fue repudiado por gobernantes de diferentes colores, porque la apuesta de Ngũgĩ wa Thiong’o, siempre ha sido por el pueblo.

Entre otras muchas cosas, este eterno “nominado” al Nobel, ha hablado y escrito sobre la descolonización, sobre todo, desde un punto de vista cultural, y sobre la defensa de las lenguas y las culturas nacionales africanas, inscribiéndolas entre todas las minorizadas y amenazadas del mundo. Las raíces de su crítica son tan profundas (tan sorprendentemente profundas para los no avisados) que ponen en cuestión todo ese inaprensible e incomprensible sistema mundial, pero sobre todo sacude a sus lectores y les hace replantearse lo más fundamental, sus propios esquemas mundiales. Ngũgĩ wa Thiong’o es tan incómodo (porque obliga a cuestionarse) como magnético, por la sencillez, la honestidad y la falta de pretensiones. Sin embargo, más allá de cualquier entrevista, no hay mejor forma de acercarse al pensamiento Wa Thiong’o que sus propias explicaciones.

En una reciente conversación con Wiriko, el escritor keniano explicaba bromeado los motivos por los que había comenzado a escribir sus memorias: “Porque tengo ochenta años, amigo (ríe). Pero no me siento mayor, ha sido mi mujer la que me ha dicho ‘te estás haciendo mayor, tendrías que ir escribiendo tus memorias para tus hijos y tus nietos’. Y las he escrito pensando en la teoría ‘globaléctica’ que nos permite ir conectando fenómenos y situaciones. Al final, en cada conversación podemos conectar con todo el mundo y llevamos encima la historia del universo. En mi vida siempre ha estado muy presente la interacción y cómo todas esas fuerzas que hay a nuestro alrededor me han impactado. Esa es la imaginación globaléctica”.

Sueños en tiempos de guerra. Memorias de infancia es el primero de los volúmenes de esas memorias, publicadas por las editoriales Rayo Verde y Raig Verd, en castellano y catalán y traducidos por Rita da Costa y Josefina Caball, respectivamente. El libro es una forma de asomarse, precisamente a esa infancia de Wa Thiong’o que, pasada por el tamiz de los años, probablemente, ha guardado los episodios que más han marcado su trayectoria posterior. También es una forma de acercarse de una manera muy particular, a través de los ojos, de uno de los intelectuales kenianos más clarividentes de la actualidad, a algunos de los periodos clave de la historia de una de las principales potencias del África Oriental.

En el relato de Ngũgĩ wa Thiong’o, que perfectamente podría ser una novela, se asoma el principio del declive del poder colonial británico en Kenia, aquella sombra de la guerra mundial que arrastró a las colonias y que a través de la sangre de muchos de los anónimos soldados africanos comenzó a abrir puertas determinantes en la sociedad y en la política de los países. En este caso, apunta todas aquellas cuestiones que los historiadores han desarrollado como causas sociológicas, el sacrificio de los hijos y la aparición de los héroes supervivientes; la experiencia del conocimiento del mundo y el impacto de aquellos blancos que trabajaban como esclavos, los prisioneros de guerra. Toda una serie de nuevas experiencias que empezaban a cambiar algunas percepciones.

El impacto de todo el sistema colonial en la vida de las familias kenianas está presente constantemente en el relato de Ngũgĩ wa Thiong’o. La llegada de una nueva forma de vida que se inscribe en la llegada de la modernidad supone para los habitantes de Limuru un cambio en los hábitos más comunes. Lo impregna todo, desde los campesinos que pierden sus tierras por las expropiaciones del gobierno colonial y tienen que trabajar en plantaciones de té de los europeos, hasta el acceso a la educación formal, la decisión de acudir a las escuelas. En la experiencia de la infancia de Ngũgĩ wa Thiong’o, que se extiende en las décadas de los años 40 y 50, todos esos cambios tienen una importancia capital.

El escritor comparte su percepción de la escuela: “La escuela era algo que me quedaba muy lejos, algo reservado a quienes me aventajaban en edad o provenían de una familia adinerada. Jamás se me habría ocurrido como una posibilidad real”. Y a pesar de esa primera sensación, un día su madre le pregunta si quiere ir a la escuela. El diálogo que sigue a esa consulta, aparece como uno de los compromisos más inviolables para Ngũgĩ wa Thiong’o. La conversación terminó con su madre preguntándole: “¿Y que siempre lo harás lo mejor que puedas?”. Y a partir de ahí la promesa marcó la vida del escritor. “En aquel momento yo le habría prometido cualquier cosa, pero cuando la miré y dije que sí supe, sin lugar a dudas, que le estaba dando mi palabra: siempre lo haría lo mejor que pudiera, por muchas penalidades que sufriese, por muchos obstáculos que encontrara”, cuenta el intelectual keniano.

La experiencia de la escuela, además marcó la aproximación del escritor a la literatura de una manera muy particular. Ngũgĩ wa Thiong’o transmite desde el primer momento su fascinación por las narraciones orales que llenaban las veladas de su concesión familiar. “Los primeros rayos de sol siempre son bienvenidos, pues permiten que el libro de los prodigios desgrane historias sin interrupción, salvo cuando tengo que apartarlo para hacer alguna tarea. Sólo por esta posibilidad de evadirme a un mundo mágico, ha valido la pena ir a la escuela. Gracias, madre, gracias. La escuela me ha abierto los ojos”, confiesa el autor.

Paralelamente, el escritor va presentando todos los episodios que muestran cómo va cambiando la vida cotidiana de los kenianos en esa época, desde el trabajo al impacto del ferrocarril, la convivencia con diferentes comunidades o la construcción de un incipiente nacionalismo keniano que va poco a poco preparando el terreno para la independencia. La experiencia de la violencia, en este caso, se materializa en la revuelta mau-mau, la percepción de un niño, la ola de represión y las bases que la revuelta van sentando. Pocas veces, el público del norte global ha podido tener acceso a un relato sobre el choque de la autoridad colonial y las expectativas de las sociedades africanas contemporáneas, como en estos Sueños en tiempos de guerra que brinda Ngũgĩ wa Thiong’o.

Chiké Frankie Edozien: “Estamos aquí, siempre hemos estado aquí y no nos vamos a ir”

Chiké Frankie Edozien rezaba de joven por una novia. Iba a confesarse. Era la década de los 90 y chicos teniendo sexo con otros chicos era algo impensable. El sacerdote le animaba a reprimir lo que sentía. Pero nunca lo consiguió. Dejó su Nigeria natal y pasó por Londres. Finalmente se asentó en Nueva York donde reside en la actualidad. Después de años de lucha era el momento de vivir una vida honesta, gay y libre.

Chiké Frankie Edozien en la presentación de “Lives of Great Men” en el festival Africa Writes 2018 / Foto: Iván González

Lives of Great Men (Team Angelica) es el relato personal de Edozien. Un crónica que no sólo pone el foco en su vida privada sino que da voz a sus amigos, conocidos y transeúntes para desmantelar la idea de muchos de que no existe una comunidad LGTBIQ en África.

¿Es la homosexualidad algo importado de Occidente?, pregunto en nuestro encuentro en el festival literario Africa Writes donde Edozien presentó sus memorias. “La palabra homosexual se centra en el sexo. En África lo vemos desde el sentido más espiritual por lo que quizás la homosexualidad es una importación occidental en cuanto a la palabra pero definitivamente no en relación a la gente del continente que es gay, lesbiana, bisexual, transgénero… Incluso estas palabras son extranjeras para nosotros pero no su significado y su esencia”, responde.

Esta memoria gay, que recientemente ha recibido el premio literario Lambda 2018, es un recorrido por distintas partes del continente africano. Lagos y Accra cuentan con mayor presencia en un texto que nos lleva a Brooklyn, París, Hout Bay (Sudáfrica) e incluso a las inmediaciones de Edimburgo. Las historias que Edozien comparte son inocentes, cómicas y sexis. Pero también desvelan los miedos, las frustraciones y el dolor de la comunidad gay.

Lives of Great Men, que se publicará en Nigeria y Sudáfrica en las próximas semanas, es un canto contra el ostracismo. Es un homenaje a los que luchan por una forma de ser y no una simple preferencia. “Si esto fuera una opción, para qué arriesgar que las leyes nos metan en la cárcel. Nos están forzando a elegir una vida que no es nuestra. [Ser gay] Es una identidad. Es quien soy”, argumenta el escritor.

El libro intenta cambiar la narrativa impuesta en el continente y da voz a aquellos que no pueden, por presión social, vivir su propia identidad.

Edozien se liberó de las ataduras culturales y sociales cuando dejó Nigeria. Tuvo el apoyo de su familia aunque le costó ganarse la aceptación de su padre. Pero esto no es una posibilidad para mucha gente y el libro cuenta con innumerables casos de hombres gais que tras sus escarceos amorosos vuelven a sus vidas. A sus esposas.

Muchos gais en el continente se escudan en el matrimonio. Es una forma segura de esquivar la homofobia y hacer lo que se espera de ellos: casarse y tener descendencia. “En mi sociedad, el matrimonio no siempre es por amor. A veces es por conseguir una propiedad, por obtener un ascenso, por presión familiar. A veces es por supervivencia. Y tan terrible como lo es para los hombres, es aún peor para las mujeres africanas”, explicó Edozien en Africa Writes.

La visibilidad y el rechazo a la homosexualidad como una cuestión meramente sexual son clave, según reconoce Edozien, para combatir la superficialidad de un tema enquistado en diversos países africanos.

Su texto es la primera memoria gay en Nigeria y abre la puerta a otros trabajos como la antología de mujeres queer She Called Me Woman publicadada recientemente por Cassava Republic. “Cuanto más se publique mejor. Es el camino para el cambio y creo que se expandirá a la industria cinematográfica. Nadie puede decir que no conoce a nadie que sea gay”, dice.

El trabajo de las industrias creativas del continente es la vía para la normalización de la comunidad LGTBIQ. Edozien se confesaba al sacerdote porque en los 90 los jóvenes crecían, se casaban y tenían hijos. Sólo sabía que su mejor amigo y él eran “diferentes”. “Espero que los jóvenes abiertamente gais no tengan la carga que mi generación tuvo cuando no había ningún tipo de representación de la diversidad sexual”, explica el escritor que asegura recibir muchos mensajes pidiendo consejos. Les aseguro que no hay nada malo en sentir lo que sienten y que quieran tener un novio en vez de una novia. Elige sensatamente, les digo”.

Chiké Frankie Edozien en una foto cortesía del autor

Lives of Great Men surge como una respuesta a las legislaciones homofóbicas de distintos países del continente. En 2014 el gobierno de Goodluck Jonathan aprobó una legislación contra el matrimonio homosexual en Nigeria. Las medidas represivas seguían la estela de Uganda y Ghana donde estas leyes llegaron arropadas por la embestida del cristianismo evangélico que azota el África subsahariana.

“No vamos a ganar esta guerra luchando con las mismas armas. Hay que combatir para ganar corazones y mentes a través de la cultura pop, de la literatura, del cine… para que la gente piense por sí misma”. Una fórmula que también ayudará a padres y familiares: “Pueden leer estas historias personales e íntimas y entender que sus hijos son diferentes y no demonizarlos”

En muchos países es muy fácil culpar a la comunidad LGTBIQ de los problemas económicos y sociales, reconoce Edozien que advierte cómo el discurso político se endurece principalmente en las campañas electorales. Sin embargo, el escritor se muestra optimista y mientras conversamos recuerda la celebración del primer Orgullo en Suazilandia.

“El coraje que se ha mostrado en Suazilandia no se ha visto en el colectivo LGTBIQ en mucho tiempo y es algo que me entusiasma a pesar de lo pequeño que es el movimiento. Es una manera de decir que estamos aquí, somos diferentes, siempre hemos estado aquí y no nos vamos a ir”, sentencia.

La 7ª edición de Africa Writes buscó historia, memoria y espiritualidad

Ayesha Harruna Attah en la presentación de su libro The Hundred Wells of Salaga en Africa Writes 2018 / Foto: Iván González

Africa Writes regresó a las instalaciones de la British Library de Londres el pasado fin de semana. El certamen, organizado por The Royal African Society, dio visibilidad a la escena literaria africana y de la diáspora con una cita que acogió a más de 60 participantes de diversos países como Camerún, Nigeria, Uganda, Kenia o Zimbabue.

A pesar de la baja de Warsan Shire por problemas de salud, la 7ª edición de Africa Writes estuvo cargada de una potente y diversa programación donde la historia, la memoria y la espiritualidad fueron los principales ejes temáticos. La presencia femenina, con hasta 5 lanzamientos, fue clave en esta edición. “La decisión de programar a todas estas jóvenes mujeres fue una reflexión de la actual escena literaria más que una respuesta al contexto político social”, explica a Wiriko una de las programadoras del festival, Caitlin Pearson.

The Hundred Wells of Salaga de Ayesha Harruna Attah y These Bones Will Rise Again de Panashe Chigumadzi se unieron a los debuts literarios de Novuyo Rosa Tshuma, House of Stone, y de Akwaeke Emezi, Freshwater. Cuatro escritoras cuyas obras se complementan y que miran al pasado desde un nuevo punto de vista. Las jóvenes fueron las sensaciones de una edición que navegó las distintas expresiones literarias sobre apropiaciones, construcción de realidades y mundos. “Nuestro trabajo se ha centrado en la realidad igbo y en la ontología tras la separación que supuso el colonialismo”, dice Pearson.

En el festival, que programó hasta 25 eventos, hubo espacio para adentrarse en la literatura camerunesa y conocer las nuevas generaciones de escritores en Uganda. Además se debatió la importancia de la literatura africana en los currículums escolares y la irrupción de pequeñas revistas literarias tanto en el continente como en la diáspora. Se incluyó también un taller sobre las ideologías afrofuturistas de Black Panther en la literautra, el arte y la moda y se organizó una noche de temática Wakanda que contó con la participación del colectivo Octavia Poetry.

La identidad y la pertenencia también fueron materias esenciales como herramienta de diálogo. La literatura responde al contexto sociopolítico producido por el Brexit y se realizaron sesiones en las que se ahondó en las figuras literarias en la Londres georgiana y eduardiana y se exploraron las diversas representaciones de la identidad con producciones como COAT del cantante y escritor Yomi Sode.

Sode, encargado de inaugurar esta edición, llenó el auditorio con una obra teatral que enfrenta al joven Junior con el regreso a su Nigeria natal tras la muerte de su abuela. Su país de origen, extraño y desconocido tras dejarlo a los 9 años, es sin embargo un vínculo emocional y cultural con la que lidiar a diario. “Es embarazoso que no sepa el nombre de mis abuelos pero puedo nombrar todos los discos de Kanye”, reconoce Junior.

El podcast cultural Mostly Lit volvió al festival en compañía de la periodista y escritora Afua Hirsch. La conversación desgranó los detalles del último libro de Hirsch, BRIT(ish), en el que se buscan respuestas al significado de ser negro y británico en la actualidad.

“Estamos en una fase histórica en el Reino Unido en el que la idea de ser británico está siendo explorada de diferentes maneras y existe un interés en la presencia de africanos y descendientes de africanos aquí”, explicó Pearson.

Una de las sesiones más esperadas del festival fue Loving Womxn: Deliberate and Afraid of Nothing donde se compartieron las experiencias de mujeres que toman conciencia de su identidad a través de la escritura. La editorial nigeriana Cassava Republic presentó She Called Me Woman, una recopilación de 25 historias que dan voz a mujeres queer en Nigeria. También hubo espacio para reivindicar Sista!, una antología de mujeres lesbianas y negras en el Reino Unido con descendencia africana y caribeña.

Liv Little, editora de la revista gal-dem defendió su publicación como “plataforma para mujeres negras que viven su identidad sin remordimientos”. La escritora ecuatoguineana Trifonia Melibea Obono también participó del coloquio gracias a un video grabado con antelación en el que introdujo su última novela, La Bastarda, que acaba de traducirse al inglés.

Asistentes al festival literario Africa Writes / Foto: Iván González

Cuando en muchos países de África se clama que la homosexualidad es una importación occidental, la literatura desmorona el argumento de políticos y líderes religiosos. Otro ejemplo es Lives of Great Men, la memoria gay del periodista y escritor nigeriano Chiké Frankie Edozien.

La 7ª edición de Africa Writes superó el número de asistentes según los organizadores consolidándose como un espacio para un público diverso que consume literatura africana y en la diáspora. “El festival definitivamente continuará exhibiendo historias de jóvenes, queer y mujeres. La involucración de los jóvenes es importantísima porque ellos son la próxima generación de lectores y escritores”, concluye Pearson.

“Necesitamos nombres nuevos”… y necesitamos más libros como este

En 2013, la escritora zimbabuense NoViolet Bulawayo publicó We need new names. Y este año, esta novela que es un universo en sí misma, se publica en castellano, de la mano de la editorial Salamandra y a través de una traducción de Sonia Tapia Sánchez. Necesitamos nombres nuevos, su título fiel en la edición española, podría perfectamente incorporarse a las lecturas recomendadas para los adolescentes: habla su idioma, la historia es conmovedora y atractiva y proyecta una imagen compleja de África, de los africanos y del hecho migratorio, una visión de las múltiples caras de un prisma, muchas de las cuales no se corresponden con los discursos más habituales. Bueno y, sobre todo, porque es una delicia y cumple con todos los criterios para ser uno de esos libros que te enganchan a la literatura.

La escritora zimbabuense, NoViolet Bulawayo. Fuente: Editorial Salamandra.

Darling es la narradora de la primera novela de NoViolet Bulawayo: Bastardo, Chipo, Sabediós, Sbho y Stina forman el grupo de amigos en Darling, todos ellos habitantes de un poblado de chabolas con un evocador nombre: Paraiso. El relato de las correrías de este grupo de niños está lleno de simbolismo y fácilmente encaja en los esquemas de novelas juveniles, de historias pensadas como lectura de verano e ideadas para hacer volar la imaginación. Sin embargo, en el caso de Necesitamos nombres nuevos, la joven autora zimbabuense va dejando caer algunas perlas en forma de referencias externas, más allá del relato de gamberradas, de las idas y venidas que a falta de vigilancia de adultos van descubriendo poco a poco la vida. Esas perlas que pueden pasar desapercibidas son, en realidad, una especie de migas de pan que marcan el camino de una historia mucho más interesante camuflada bajo la superficie.

El desarrollo vital de este grupo de muchachas y muchachos resulta en realidad descarnado, pero sólo cuando el lector levanta la cabeza y empieza a recomponer las piezas del puzzle. Desalojados de sus casas y empujados a ese suburbio que es Paraíso. Apartados de la escuela porque incluso los profesores han huido de un país que se deshilacha. Enfrentados a un futuro incierto al que acechan, desde los embarazos precoces hasta la epidemia del SIDA, pasando por la promesa de la esperanza rota que es la migración y flanqueado por una tradición debilitada y unas iglesias cargadas de supersticiones, vicios y afán de lucro. El grupo de amigos de Darling crece en medio de un cierta inconsciencia que ve perfectamente los dientes de la violencia económica y política, pero que, sin embargo, apenas perturba sus juegos. A través de estos niños, NoViolet Bulawayo dibuja un país marcado por las desigualdades. “Cuando llegamos al centro de Budapest, nos paramos. Esto no es como Paraíso, esto es como estar en un país totalmente distinto. Un país bonito donde vive la gente que no es como nosotros. Claro que tampoco se ve nada que sugiera que aquí vive gente de verdad. Incluso el aire está vacío: no huele a comida rica, no hay olores, no hay ruidos. No hay nada”, dice cuando visita un barrio rico de la ciudad. Dibuja un país que igual desaloja a los blancos que reprime a los disidentes, liderado por élites corruptas e incapaces que se preocupan más por amañar elecciones que por solventar la pobreza. Sin embargo, Zimbabue, no aparece explícitamente en ningún momento durante toda la narración, ni tampoco sus políticos.

Cubierta de “Necesitamos nombres nuevos”

Sin embargo, la experiencia de Darling es todavía más rica y nos transmite algunas sensaciones que estaría bien que el lector del norte global nunca perdiese de vista. “A estos de la ONG les gusta mucho hacer fotos, como si fuéramos sus amigos y sus parientes de verdad o algo así, como si luego, al volver a sus casas, fueran a ponerse a ver esas fotos y a decirles nuestros nombres a otros amigos y parientes. No les importa que a nosotros nos dé vergüenza estar sucios y llevar la ropa rota, ni que prefiramos que no nos hagan fotos”, suelta Darling como una bofetada. Pero tampoco se queda atrás su experiencia migratoria, cuando por ejemplo, una mujer le acorrala en un baño, ya en su etapa en Estados Unidos y le suelta todos los tópicos relacionados con los males de África, con la conmiseración y la caridad. Sí, porque finalmente, después de la frustración del cambio, Darling viaja a Estados Unidos, o mejor a una América de la que presumía delante de sus amigos, pero que no resulta ser como en sus sueños.

La escritora zimbabuense hace pasar al grupo por delante de la devastación del sida, por la arbitrariedad política y por la violencia con delicadeza y una extremada ternura. El desengaño que marca este abrupto fin de la infancia es por encima de todo pura inocencia: “Se me ocurre que podría rezar por ella para que se le pase el cansancio, pero entonces de acuerdo de que he decidido que rezarle a Dios es una pérdida de tiempo. Ya puedes rezar y rezar y rezar, que nada cambia. Por ejemplo, estuve rezando para tener una casa de verdad y ropa buena y una bicicleta y varias cosas más durante mucho, mucho tiempo, y no tengo nada, ni una sola de esas cosas, por eso ahora sé que todos esos rezos por mi padre no son más que un engaño”.

A medida que pasa el tiempo, el tono de la narración va contagiándose de la madurez de Darling y, por ejemplo, su evolución se acelera una vez que es acogida por su tía en Detroit y abandona Paraíso. El dolor de la marcha y de lo que se deja atrás no deja nunca de estar presente. Incluso pasado el tiempo, Darling es incapaz de no rememorar su origen ante el olor de una guayaba que le traslada a su infancia y a las calles de su país.

Si Bulawayo no ahorra críticas al país de origen, ni escatima bofetadas a los occidentales en África, tampoco deja títere con cabeza cuando se refiere a la experiencia migratoria, desde la violencia de la sociedad estadounidense con los tiroteos en colegios y la violencia policial hacia los negros, hasta el desamparo en el que quedan los hijos de padres absorbidos por completo por el trabajo, o el abandono de los mayores, pasando por el conflictivo despertar a la sexualidad o los desórdenes alimenticios.

Sólo tres fragmentos, en todo el libro, no reproducen la voz de Darling. “Cómo aparecieron”, “Cómo se marcharon” y “Cómo vivían”. El primero sobre la creación de un barrio de chabolas como Paraíso, a partir de desplazados internos; el segundo, sobre una de las olas migratorias, aquella en la que Darling sale del país; y la tercera, especialmente conmovedora, sobre el asentamiento de los refugiados en los Estados Unidos. Aparentemente es la voz de un viejo migrante que ha perdido la razón, la que relata como fue la llegada de los primeros desplazados en otros tiempos y como ve que las raíces se van diluyendo generación tras generación. “Venían en manadas, dejando atrás los restos, los jirones de nuestro país. Y nosotros no pensábamos en remendar esos jirones, en remendar lo que era nuestro”, dice en un tono apocalíptico.

Necesitamos nombres nuevos contiene la experiencia completa de una africana, llena de matices y de caras diferentes, una experiencia multidimensional que además se digiere con facilidad gracias a una narración fresca, a un lenguaje sencillo y a un tono cercano. Necesitamos nombres nuevos enseña y divierte. Enseña que las cosas son mucho más de lo que parece y que, por ejemplo, esta experiencia es sólo una de las experiencias posibles. Es decir, enseña diversidad. Y divierte porque pasa sin esfuerzo y porque deja un regusto que llama a repetir, quizá el regusto de las guayabas que los amigos de Darling robaban en Budapest.

Reivindicación feminista e historia de Nigeria, dos en uno

Quédate conmigo tiene el regusto de las grandes novelas escritas por mujeres en las postindependencias. Tiene ese regusto, pero aporta un sabor renovado. Remite a títulos como Mi carta más larga, de Mariama Bâ o El baobab que enloqueció, de Ken Bugul, en cuanto a esas historias de mujeres que reúnen en una sola persona todos los sufrimientos femeninos. En realidad se trata de mujeres fuertes, también Yejide, la protagonista de Quédate conmigo, lo es, pero parece que sus vidas están destinadas a atraer la desgracia, toda la desgracia.

La escritora nigeriana Ayobami Adebayo. Foto: Eniola Alakija / Cedida

En relación a esos referentes, la joven autora nigeriana Ayòbámi Adébáyò, ha renovado considerablemente la forma de narrar, en parte el lenguaje que seguramente al lector le resultará mucho más próximo, pero sobre todo la estructura de la historia. En Quédate conmigo, dos narradores van contando la misma historia, en ocasiones, incluso, los mismos pasajes y así la aproximación a los personajes resulta más rica, desde su propia intimidad, pero también a partir de cómo otro, alguien muy próximo, interpreta sus acciones. De la misma manera, la escritora ha decidido enmarañar el hilo temporal para mantener hasta el último momento el misterio sobre algunos de los pasajes del relato. La operación es un riesgo, evidentemente porque se aleja de la forma más habitual de leer las historias, pero se puede decir que Adébáyò lo resuelve con éxito, ha demostrado la capacidad de mantener al lector junto a los protagonistas y, al mismo tiempo, jugar con él para dosificar los detalles más determinantes.

En realidad, Quédate conmigo se va desplegando como la historia del calvario de Yejide, una joven nigeriana para la que más allá de su noviazgo con Akin la vida es sufrimiento. El relato se desarrolla durante más de veinte años, pero el entorno político juega un papel especial en los hecho que coinciden con los sobresaltos de los primeros años ochenta y, sobre todo, alrededor del golpe de estado militar de Ibrahim Babanguida. En un momento, incluso la protagonista reconoce el paralelismo entre el país que se está deshaciendo y su vida que, simultáneamente, se desmorona por momento.

Yejide soporta el peso de todos los males que afrontan las mujeres de esa época y de ese lugar, la Nigeria de la década de los ochenta, a pesar de que ella pertenece a la capa social de los acomodados. Seguramente, la elección del personaje tiene mucho que ver con la voluntad de la autora que no sitúa todos estos obstáculos colocados en el camino del desarrollo femenino en un entorno rural, sino en un contexto de familias bienestantes. A través de la protagonista, vemos el impacto que supone la aparición de una segunda esposa, para una mujer que ha asumido un modelo de amor romántico y considera que junto a su marido forma una familia completa.

La hipocresía y el machismo que lo contamina todo son una nota constate en la desventurada historia de Yejide y también de su marido. La incapacidad para concebir es atribuida inevitablemente a Yejide, pero la presión de la familia para aumentar la familia les apremia a ambos. La joven había encontrado en el noviazgo con el apuesto y atento Akin, su primer espacio de plenitud, después de haber sobrevivido en el parto a su madre, de haber tenido que vivir con la sombra del resentimiento del padre y con la marginación y el desprecio por parte de sus madrastras. “Antes de llegar a la adolescencia, aprendí a desconectar de sus espeluznantes descripciones de cuánto sangró, pero nunca superé la forma en que me miraba cunado hablaba de su muerte, como si estuviese evaluando, intentando decidir si yo equivalía a lo que él había perdido”, explica la protagonista. Pero a medida que la presión de la familia aumenta empieza a consolidarse una acción subterránea, las mentiras, los manejos, los planes ideados como geniales que sólo pueden llevar al más absoluto desastre.

Llegan los niños y se incrementan las desgracias, aparecen pesadas losas como las de algunas tradiciones o, más bien, las de las interpretaciones de las tradiciones que no han sabido repensarse. O las de los curanderos decididos a hacer negocio del sufrimiento. Y de pronto esos secretos lo van contaminando todo. “En realidad en mi hogar polígamo, escuchar a escondidas conversaciones ajenas no sólo era de mala educación; era un crimen. Todo el mundo tenía secretos, secretos que estaban dispuestos a proteger con su vida”, recuerda Yejide de su infancia.

Con esa llegada de los niños, la atormentada existencia de la protagonista se va dirigiendo poco a poco hacia un precipicio. “A una madre no le está permitido que se le nuble la vista. Debe percatarse de si el llanto de su bebé es demasiado fuerte o demasiado bajo. Debe saber si la temperatura del niño ha subido o ha bajado. A una madre no se le puede pasar por alto ninguna señal”, tal es la concepción de la maternidad y la carga de responsabilidades que se impone un mujer que ha sido empujada prácticamente hasta la locura (o incluso, más allá de la locura) por no concebir. Las cuitas por la paternidad de Akin también se hacen presentes en medio de un escenario en el que las desgracias se van sucediendo una tras otra. Y otra más, cuando parece que las cosas ya no pueden empeorar.

“La esperanza era un lujo que yo ya no podía permitirme”, llega a confesar Yejide a medida que se acerca el desenlace. “Desde Olamide y Sesan, y ahora con Rotimi, llevaba mucho tiempo gravitando al borde de un precipicio, y ahora estaba tan agotada que sólo quería que me dejasen caer”, sentencia en el momento en el que definitivamente toca fondo. En todo caso, el relato desvela el poder destructivo de los secretos, pero también, a pesar de que no sea de manera evidente, debería ser un antídoto contra los deseos no formulados, las quejas silenciosas enquistadas y, por extensión, todas las palabras no dichas.

Quédate conmigo es una historia descarnada, dura, durísima. No recomendable para mujeres embarazadas, futuros padres, madres en ciernes o familias en fase de construcción. Sí, es dramática, a veces, incluso desagradablemente dramática, porque te revuelve y te lleva al borde de la indignación y, sin embargo, aunque nunca lo habría dicho antes de las últimas doce páginas que constituyen la última parte de la novela, es una historia llena de esperanza y que acaba compensando los pesares previos.

El fotógrafo Mário Macilau explora nuevos lenguajes

Su experiencia vital le ha dado una mirada especial para la fotografía. El mozambiqueño, Mário Macilau, ha demostrado una capacidad y una sensibilidad particular para reflejar en su trabajo a los invisibles, a los “grupos socialmente aislados” como dice en la descripción de su cuenta de Instagram. Aprovechamos una estancia en Barcelona de este reputado e innovador artista visual y nos encontramos con una sorpresa, una noticia inesperada. Macilau está haciendo una residencia en Jiwar Barcelona, pero no en el marco de un proyecto fotográfico, sino para terminar su primer libro de poemas. Un arriesgado cambio de lenguaje sobre el que conversamos.

El fotógrafo mozambiqueño Mário Macilau ultima su primer libro de poesía. Foto: Carlos Bajo

Este joven mozambiqueño interpreta su gusto por la fotografía en una línea que se funde y se confunde con su propia trayectoria vital y la historia de su país. “Nací, prácticamente una década después de la independencia de Mozambique y en medio de la guerra civil. Llegué a la infancia en un época de optimismo y de una especie de clima de exploración de la libertad, queríamos vestir nuevas ropas, queríamos pasear por la calle…”. Y fue esa apertura la que se mezcló con otro fenómeno, “la aparición de lo que llamaban ‘los fotógrafos de calle’ que iban haciendo fotografía comercial por las comunidades”, recuerda Macialu. Habla de aquellos pioneros con admiración a pesar de que confiesa que no quería hacer exactamente lo mismo que ellos, pero como mínimo le abrieron las puertas de ese mundo: “Era fascinante para mí. Era increíble imaginar a una persona grande dentro de una fotografía tan pequeña. Me atraía la idea de poder congelar el momento”.

Con esa fascinación el jovencísimo Mário Macilau comenzó a hacer sus pinitos en la fotografía en las calles de Maputo, siempre con un enfoque muy particular y muy diferente del de aquellos que le rodeaban. Para él, al principio fue un juego; después, y aunque no lo reconozca expresamente, se convirtió en un compromiso. “Me interesaba cómo funcionaba la máquina, cómo se imprimía la película”, comenta divertido, mientras va explicando cómo hizo sus primeras fotos. A aquellos “fotógrafos de calle” les alquilaba sus máquinas en cuanto había podido reunir un poco de dinero. “Invertía lo que ganaba para experimentar”, cuenta y añade que, a veces, la inversión era tan inmediata que ni siquiera le quedaba dinero para revelar las fotos que había hecho. “Hacía las fotos para mi mismo, muchas veces, sólo por el placer del clic. En realidad yo lo que quería hacer era arte fotográfico, pero nunca había visto una exposición, no tenía ninguna referencia. Lo que ocurría era que no me importaban demasiado las definiciones”, explica.

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La historia de cómo Mário Macilau se metió de lleno en la fotografía, la ha contado repetidamente. El amigo al que unos expatriados le regalan una cámara de fotos; el amigo que se la ofrece; Mário que no tiene dinero; que se lo piensa; Mário que acaba cambiando el teléfono móvil que trabajosamente había conseguido su madre; Mário que le dice a su madre que le han atracado para justificar que ha perdido ese objeto de lujo que era un móvil. Y después, la oportunidad de hacer más fotos, del laboratorio artesano, de retratar el mundo de los jóvenes invisibles que tan bien conocía, de darse a conocer, de exposiciones internacionales, de convertirse en un referente.

Seguramente este recorrido permite entender un poco mejor, el concepto que este artista mozambiqueño tiene de la fotografía, tanto del proceso como del resultado. “La fotografía es un proceso de transmisión, una forma de compartir el punto de vista, de expresar lo que vemos y de revelar lo que se esconde”, esa es una de las obsesiones de Macilau, acabar con la invisibilidad. Pero para ello es fundamental fotografiar desde dentro, por así decirlo: “No basta ser fotógrafo. Hay que ser fotógrafo antes de la máquina, hay que conocer y tener acceso. De alguna manera, la fórmula ideal es que tu formes parte del contexto, que seas capaz de entender las sensibilidades que la gente a la que fotografías está mostrando, que puedas conseguir que la gente se sienta tranquila. Tienes que contestar a las preguntas, a la vez que les das voz”.

“La fotografía no es sólo un objeto estético”, sentencia el joven fotógrafo con serenidad, “es una herramienta de cambio. No puede ser sólo belleza, tiene que transmitir un mensaje”. “Trabajo sobre los grupos socialmente aislados porque nací y crecí en estos grupos. Tenía que hacerlo. La mayor parte de las personas que forman parte de esos grupos no saben leer, ni escribir y no conocen sus derechos. Yo no me pongo delante de ellos viéndolos como pobres, sino que veo su humanidad”, confiesa. Ese ha sido el secreto del éxito de la obra de Macilau, su línea de trabajo que ha recibido mayor atención. Sin embargo, con cierta frustración, Mário lamenta que las condiciones de vida de esos colectivos apenas han cambiado en relación a las que él mismo sufrió: “La política no ha cambiado nada en todos estos años. Todo sigue siendo un problema de poder y dinero. Para mejorar esas condiciones tienen que empezar por conocer sus derechos e intentar influir en las cosas más básicas de la vida”.

Aunque pasa la mayor parte del tiempo viajando por diferentes ciudades y pasando de una residencia a otra, su base continua estando en Maputa, allí trata de volver siempre que puede y por eso continúa estando cerca de esas comunidades que siempre han sido su vida. Mário reconoce que su influencia ha ido creciendo, pero también su responsabilidad. “Ahora los chicos de la calle, saben que tienen una posibilidad real de cambiar”, comenta.

Sin embargo, es evidente que la comodidad no es el estado natural de Mário Macilau, quizá por eso, en medio de todo esa experiencia, cuando tiene un reconocimiento claro como fotógrafo, se ha embarcado en un nuevo reto. “Estoy terminando mi primer libro de poesía”, confiesa apartando ligeramente la vista con una mueca de rubor. Y en este nuevo lenguaje, el impulso de Macilau tiene algunas continuidades respecto a la fotografía, pero también considerables diferencias. “La poesía es poesía”, titubea el artista mozambiqueño, “es una forma de revelar, pero de revelar lo que he vivido. La poesía tiene el romanticismo, lo lírico, la rima, evidentemente hay poesías que también contestan pero no es el criterio único”. Según su explicación, la fotografía desvela lo que está oculto del mundo, mientras que la poesía es una revelación de la intimidad.

Los trabajos que compondrán este libro han sido escritos aquí y allí, en diferentes países, “durante esos momentos de soledad que tienes cuando viajas o estás en una residencia nueva, cuando estás lejos de tu gente”. Mário Macilau ha querido, intencionadamente, reunir poesías que hablan sobre el amor y la guerra, sobre todos los temas que se puedan ocurrir, porque “lo que me importa es escribir” sin etiquetas, ni definiciones, como ya había destacado Macilau en sus primeros tiempos al otro lado de la cámara. Su intención es que ese libro vea la luz en Mozambique y también en eso la atención del joven artista está centrada en los suyos.

“Alida y el reino de Uluf”, literatura fantástica basada en la tradición africana

Eric G. Moral ha hecho un complicado ejercicio. En Alida y el reino de Uluf no sólo ha construido una historia inspirándose en la tradición y la cosmovisión diolá, sino que además lo ha hecho intentando trasladar también los códigos culturales que hacen que esas creencias se vivan de una manera concreta. Este joven escritor catalán no sólo ha intentado acercarnos una realidad, sino que además pretende que entendamos como la viven sus protagonistas. La primera novela de Eric G. Moral es una feliz provocación por el descaro con el que rompe y supera la mayor parte de los estereotipos. Mañana jueves, el mismo autor presenta el libro en Barcelona, en la librería Gigamesh.

Eric G. Moral, el historiador catalán autor de “Alida y el reino de Uluf”. Foto: Carlos Bajo

Este historiador puede permitirse el complicado ejercicio por la familiaridad que tiene con la realidad de la que habla. Estudiante de Historia en la Universidad de Barcelona, se acercó a la realidad africana de la mano de uno de los gurús del africanismo en el Estado, Ferran Iniesta, y fue cocinando su pasión en ese círculo de estudios africanos barcelonés que fija su atención en cuestiones históricas, antropológicas o filosóficas del continente. Así, hasta dar el salto a la Casamance, al sur de Senegal, donde se fue acercado a diferentes aspectos de la tradición diolá y ha acabado estudiando la huella del paso de la colonización por los sistemas de organización locales, como parte de su tesis doctora. La historia de Alida y el reino de Uluf le ha permitido dar una nueva dimensión a todas las experiencias que ha vivido, sin el corsé de la academia, pero con el más profundo respeto a sus protagonistas.

¿Qué nos puedes explicar del argumento de Alida y el reino de Uluf sin desvelar el misterio?

La historia se desarrolla en un país imaginario, Bubayum, y cuenta la aventura de una niña africana adoptada, Alida, que tiene que regresar a su país de origen para buscar a su padre que ha desaparecido. A Alida, le acompañará Sam, que es un niño alemán que representa exactamente lo contrario de Alida, es un escéptico, no cree en la magia, está lleno de estereotipos…

Vayamos por partes, Bubayum es un país ficticio, pero se parece bastante a una territorio real, ¿no es así?

Evidentemente, cualquiera que conozca un poco la Casamance, al sur de Senegal, reconocerá en Bubayum la zona de la Baja Casamance, que es la zona en la que yo he trabajado. Es una especie de homenaje a mis amigos diolás. Y tampoco es que intente ocultarlo, la gente que vive en Bubayum son los kiolás. Son más bien guiños y he preferido marcar una distancia por la parte de ficción que también hay.

Ambientar una novela en África, no es habitual y cuando se hace, en la mayor parte de los casos, es un simple escenario…

Sí, es cierto. En mi caso, he intentado que sea algo distinto. He querido presentar una parte de África que conozco y he intentado dibujarla de la manera más parecida a como la perciben mis amigos. De hecho hay frases textuales que me han dicho a lo largo de mis viajes a mi para explicarme las cosas.

Y, ¿por qué los protagonistas son precisamente dos niños?

En realidad, tengo debilidad, desde siempre, por las historias protagonizadas por niños y creo que le pasa a mucha gente, ¿no? Supongo que es algo así como una vuelta a la infancia que te lleva mucho más fácilmente a las aventuras que todos hemos imaginado. Por otro lado, los niños son más inocentes pero también son más abiertos y están más dispuestos a entender, a aceptar y a asumir cosas nuevas. Así que dentro de la historia me daban mucho más juego. Por ejemplo, la propia curva de la evolución de los personajes sólo es verosímil si son niños. Es decir, a medida que van encontrándose y conociendo algunas realidades, van cambiando su forma de pensar, van aceptando y reemplazando algunas creencias que tenían. Tal como ocurre, sólo es creíble si son niños, porque los adultos son mucho más reacios.

Has hablado de la magia, ¿qué importancia tiene la fantasía que en esta novela?

Yo crecí leyendo libros de literatura fantástica y soy un apasionado de este género. Cuando viajé por primera vez a la Casamance de repente descubrí un lugar en el que esa dimensión que nosotros consideramos fantástica está completamente viva. La diferencia entre lo que es real y lo que no, es difusa, hay cosas que nosotros consideramos brujería, pero que allí forma parte de la vida cotidiana y que además es transversal, se presenta de muchas manera y en diferentes ámbitos de la vida con mucha naturalidad. No hay ningún conflicto en la relación entre los sobrenatural y la vida real. Y ese ambiente, evidentemente está muy presente en la historia.

Pero no debe ser fácil acceder a esa relación entre el mundo invisible y el visible.

Bueno, relativamente. Yo tengo la sensación de que cuando te acercas, hablo en el caso de la Casamance que yo conozco, de manera honesta, con voluntad de conocer y no con voluntad de juzgar, la gente te va explicando cosas y de repente te encuentras con que todo el mundo conoce casos de revenants, es decir, de muertos que han vuelto y que es algo muy habitual. Está claro que hay partes secretas en las creencias, pero creo que lo fundamental es la manera en la que se acerca el observador. Si ven que realmente te interesas, te cuentan muchas cosas, porque les encanta hablar sobre su cultura, lo que ocurre es que les duele que se les desprecie.

El historiador Eric G. Moral, ha aprovechado sus investigaciones para acercar una nueva visión de África. Foto: Carlos Bajo

¿Por qué has decidido escribir una novela juvenil?

Creo que hay un déficit importante en el sistema educativo respecto a todo lo que tiene que ver con África y espero que esta sea una herramienta más para acercarse al continente. Habitualmente, por ejemplo, cuando a los estudiantes se les explica la colonización en realidad no se les está explicando la colonización sino la presencia de los europeos en África. En la novela se habla sobre el periodo colonial pero desde la óptica de los africanos. Al fin y al cabo, los niños son los adultos del mañana, ¿no?

¿Así que hay una intención, digamos, pedagógica en Alida y el reino de Uluf?

Bueno, mi principal objetivo es entretener, pero sí que es cierto que intento romper estereotipos. Es un poco delicado, porque intento darle la vuelta a las ideas preconcebidas, pero la protagonista, Alida, es una niña adoptada y en Bubayum hay una rebelión, que son dos estereotipos habituales. Sin embargo, cuando avanza el relato se ven las particularidades de la adopción de Alida y también de la rebelión en Bubayum.

Hablas de magia y de brujería, por ejemplo. Cuando se habla de estas realidades tan diferentes y que en nuestra cultura tienen connotaciones tan negativas, ¿no es un problema, incluso, la lengua? Es decir, escoger las palabras que no tengan esa carga y que se entiendan, ¿no es un inconveniente?

Pues sí, era algo que me preocupaba mucho. Claro, lo que para nosotros representa la palabra “brujería”, no es lo mismo que representa para los kiolá de la historia, o para los diolá del mundo real. Pero tampoco tenemos otra palabra para esa realidad. Por ejemplo, en el caso de los fetiches, le di muchas vueltas e incluso estuve debatiendo con mi editor. Al final decidimos que valía más la pena utilizar la palabra diolá bakin (que se pronuncia bachin), explicando en el libro a qué realidad se corresponde esa palabra. La verdad es que es un poco complicado y que hay un riesgo de que el lector se confunda. He intentado ser muy respetuoso y mostrar las creencias y las tradiciones sin caer en la superficialidad.

Precisamente, ahora la literatura fantástica y sobrenatural de autores africanos está recibiendo reconocimiento internacional. Hay quién dice que África es un filón en este género. ¿Qué te parece?

En gran medida estoy de acuerdo. En África encontramos miles de historias inspiradoras para los que nos gusta la ciencia ficción, pero al mismo tiempo hay algunos riesgos, porque esas historias para las personas que las viven son reales. Creo que hay que acercarse a esa realidad, a esa relación entre lo visible y lo invisible siempre con mucho, con muchísimo respeto. Además hay que tener en cuenta el riesgo de la apropiación cultural… Repito, que creo que la clave es el respeto. Pero además de la literatura fantástica es muy interesante ver cómo en los autores africanos esa dimensión sobrenatural entra de una manera muy sencilla en la literatura realista, precisamente, por esos códigos culturales. Ese también es un fenómeno curioso.

¿Cómo se han tomado la historia las personas en las que te has inspirado, tus amigos diolá?

La mayoría todavía no han tenido oportunidad de leerla, pero sí que le he hablado muchas veces del proyecto. Cuando lo hacía, se reían y me decían que tuviese cuidado porque si contaba esas cosas me iban a tomar por loco.

Binti: bajo la ciencia ficción, la conciencia

Ahora mismo, Nnedi Okorafor es probablemente la autora más popular de la ciencia ficción, e incluso, de la literatura fantástica africana, en un sentido más amplio. Más allá de la simplificación que suponen las etiquetas, Okorafor aparece ahora mismo como la principal representante del afrofuturismo literario. No se debe confundir esta clasificación con una moda. La autora de origen nigeriano ha firmado más de una quincena de títulos entre novelas y novelas breves, sin contar ensayos artículos o relatos, durante los últimos trece años. El reconocimiento a esta amplia carrera se ha disparado en los últimos años, aunque durante este tiempo ha ganado una decena de premios estadounidenses e internacionales. Sin embargo, la popularidad responde, en ocasiones, a elementos más mediáticos. En los últimos tiempos, por ejemplo, se ha sabido que HBO convertirá en una serie televisiva la novela Who Fears Death, y que será la encargada de escribir futuras entregas del último gran lanzamiento de Marvel, Black Panther, e incluso una de las secuelas de esta serie de superhéroes que ha sacudido representación que tradicionalmente Holywood hacía del continente africano.

La escritora Nnedi Okorafor, figura del afrofuturismo. Foto: Jim Hines

Su novela corta Binti, precisamente, es uno de sus trabajos más premiados y ha sido reconocido con algunos de los premios más importantes de la literatura de fantástica y de ciencia ficción como el Premio Nebula o el Premio Hugo. La editorial Crononauta se ha embarcado en la publicación de Binti en castellano, traducida por Carla Bataller Estruch. Y así llega hasta nuestras manos una de las obras contemporáneas más representativas del afrofuturismo.

Okorafor, es una novelista y ensayista nacida en Estados Unidos, de origen nigeriano. La vinculación de la escritora con el entorno afro, primero, y explícitamente africano, después, es evidente en sus influencias o en su inspiración. Así que al margen de sus datos biográficos está claro que ella se siente cómoda como autora africana. De hecho, en su faceta ensayística es una de las responsables de algunas de las reflexiones más interesante en torno a la ciencia ficción africana. Okorafor puede decir sin empacho que ya en 2009 le auguraba a este género una buena salud. Los últimos acontecimiento y las tendencias tanto del público como de la industria han demostrado que la escritora tenía razón en aquel ensayo en el que se preguntaba si África estaba preparada para la ciencia ficción.

Binti pone de manifiesto una característica de la literatura de ciencia ficción que se reclama constantemente: su trasfondo. El género es un envoltorio, a menudo, una primera capa que alberga mensajes con mucho contenido. En el caso de la historia de Binti, el nombre de la protagonista, la experiencia básica de la exploración de nuevos mundos, apenas oculta la preocupación medioambiental y una lección en torno a la convivencia intercultural.

Una joven himba decide ser la primera en abandonar la tierra a la que su cultura está estrechamente ligada. No sólo nunca antes nadie se había embarcado en una aventura como la que afronta Binti, sino que además lo hace en contra de la voluntad de los suyos. En un escenario futurista, Binti es una matemática genial y que además combina su capacidad con los números con un don oculto: es una maestra armonizadora, la habilidad más adecuada para controlar las corrientes que se utilizan en la construcción de los astrolabios, en la que se ha especializado su familia. Los astrolabios son artefactos que acaban conteniendo toda la vida de sus poseedores, el pasado con su hitoria, el presente con todos sus contactos y las herramientas para la vida y el futuro, con algo parecido al destino. Quizá alguien reconozca en el astrolabio una especie de teléfono móvil aumentado.

Nnedi Okorafor, escritora de literatura fantástica de origen nigeriano. Foto: byronv2

En parte, la joven pasea con orgullo su exclusividad, su piel “marrón oscuro” y el otjize, la arcilla rojiza con la que cubre su piel y su pelo como muestra de arraigo a la tierra. En parte, sin embargo, no puede evitar la inseguridad que genera la presión social a la que se ve sometida. Binti no ha querido desaprovechar la oportunidad de ingresar en Oomza Uni, la universidad más prestigiosa del universo. La joven ha contravenido todas las normas de su comunidad para asistir a esa Meca de conocimiento. Se ha montado en una nave espacial, que en realidad es un gran organismo vivo modificado, con personas de diferentes procedencias, no solo humanas.

Sin embargo, el viaje será un reto mucho mayor del que Binti se había imaginado. En realidad, todo ese futuro vivido en un entrono aséptico no impide una sociedad que no ha llegado a ser igualitaria y en la que prevalecen algunas discriminaciones. Precisamente, la traición del pacto entre los hombres y las medusas genera una situación extrema en el viaje de la joven exploradora himba y, posiblemente, en el futuro del universo. Sin embargo, el desenlace de ese conflicto es la parte más interesante de la trama que no vale la pena desvelar. Quizá sirva como un indicio el hecho de que Binti es la primera entrega de una trilogía cuyo tercer episodio se ha publicado originalmente este año. Por cierto, la editorial Crononauta ya ha avanzado que próximamente publicará la segunda entrega: Binti: Hogar; y prevee también editar la primera novela para adultos de Nnedi Okorafor, Who Fears Death. Así que continúan los motivos para la esperanza.

Ngũgĩ wa Thiong’o: “El problema es que las lenguas se han usado para asegurar las desigualdades del sistema colonial”

Antes de que Kenia consiguiese la independencia, Ngũgĩ wa Thiong’o ya había puesto su pluma al servicio de la libertad y de la emancipación de su pueblo. Su primera novela trataba sobre el choque entre las culturas europeas y africanas, precisamente en el momento del levantamiento mau-mau, un tiempo en el que el compromiso se pagaba caro. Cuando los gobiernos independientes no cumplieron con las expectativas de derechos para los ciudadanos, Thiong’o no tuvo reparo en colocarse enfrente, su compromiso seguía siendo el mismo: por la libertad y la emancipación, fuese quien fuese el que cometía los atropellos; y eso le llevó primero a la cárcel y después al exilio. Esa coherencia alejada de cualquier dogmatismo y esa alineación siempre con las capas más populares de la sociedad le ha convertido casi en un mito; la calidad de su trabajo literario, que abarca teatro, novela, ensayo o cuento infantil, además, le ha convertido en un referente global. Es uno de los autores africanos más publicado en castellano (probablemente el más publicado) y unas de sus últimas obras traducidas son, precisamente, los dos primeros volúmenes de su trilogía de memorias (Sueños en tiempos de guerra y En la casa del intérprete, de la editorial Rayo Verde, publicados también en catalán).

El novelista keniano Ngũgĩ wa Thiong’o en Barcelona. Foto: Carlos Bajo

A sus ochenta años recién cumplidos, el escritor keniano, continúa viajando por el mundo para hablar sobre sus experiencias y sus reflexiones. Está en Barcelona de paso, para presentar En la casa del intérprete en el festival MOT (un festival literario que se celebra entre Girona y Olot), y charla sereno y animado a pesar del cansancio que le provoca el jet lag de su viaje desde Los Ángeles, donde reside y ejerce como profesor universitario. La fatiga no le impide ni ser firme, en algunas ocasiones; ni bromear, en otras.

Con el tiempo usted se ha convertido en un referente en la defensa de las lenguas africanas.

Todo el mundo tiene un derecho a su propia lengua y no sólo a la lengua, sino a todo lo que una lengua contiene, la historia, la cultura, los sistemas de conocimiento. Y ese es un derecho innegociable. Esa es mi base. Desde esta base tú puedes conectar con el resto de lenguas y culturas del mundo. Cuando añades lenguas a tu propia lengua, eso es empoderamiento. Por el contrario, si conoces otras lenguas pero no conoces la tuya, o bien la sustituyes, eso es sometimiento. Es un debate tan largo como alcanzo a recordar.

Su apuesta, entonces, ¿es a favor de las lenguas africanas?

Evidentemente, yo parto de mi propia lengua, mi lengua materna, que es una lengua africana, el kikuyu, pero puedo usar otras como el inglés, por ejemplo, cuando es necesario. La base, es la lengua madre, pero conocer otras lenguas, como el inglés, es bueno para mí. En realidad, es una cuestión de relaciones. A mi propia lengua le puedo sumar otras, incluidas las que que podemos llamar lenguas coloniales. Mi propuesta es una política de tres lenguas: la lengua materna, en mi caso el kikuyu; la lengua nacional que sea la mayoritaria en un país en un momento, la que aglutine grandes comunidades, en mi caso el kisuajili; y finalmente, el inglés, el francés, el español o el idioma global que sea. Al final, es una cuestión de sentido común, se trata de utilizar la lengua que te permita comunicarte en cada situación.

Entonces, ¿dónde está el problema?

El colonialismo ha establecido relaciones de poder desiguales, que no responden a las relaciones naturales de las lenguas. Los sistemas de desigualdad han distorsionado los procesos de empoderamiento de las personas y la relación de esas personas con sus propias lenguas. El problema es que las lenguas se han utilizado para asegurar esas desigualdades del sistema colonial y esas relaciones entre las lenguas, reflejan esas relaciones de desigualdad.

¿Como cuando Macron intenta reclutar escritores de origen africano para revisar la Francophonie?

Les corresponde a los países africanos resistirse a la primacía de las lenguas, es decir, les corresponde a los países africanos decidir cuáles deben ser sus políticas lingüísticas. Impulsar el francés, por ejemplo, puede ser una de ellas, pero en todo caso, lo deben decidir ellos, igual que pasa con el inglés. En todo caso, el francés puede tener una posición de apoyo, es correcto, pero no de sustituto de las lenguas nacionales. Este es un tema que me apasiona y sobre el que llevo más de treinta años trabajando. Ya, alrededor de 1920, uno de los directores de la Alliance Française, advirtió que algún día los países del África francófona serían independientes y por eso era necesario establecer ataduras psicológicas fuertes basadas en la lengua y la cultura, para conseguir que siguiesen siendo dependientes de París.

Ngũgĩ wa Thiong’o durante su última estancia en Barcelona. Foto: Carlos Bajo

¿La lengua es la coartada?

A medias. La lengua no es sólo un escudo, también es una herramienta para el control económico y político.

En este contexto de defensa de las lenguas, ¿qué papel tiene su colaboración con el colectivo de jóvenes escritores Jalada?

Tenia que colaborar con ellos porque han puesto en práctica lo que nosotros discutíamos en teoría. Yo he teorizado mucho sobre este tema, ¡pero ellos lo han hecho realidad! Me pidieron una historia (La revolución vertical) y yo la escribí en kikuyu, les entregué el original, y también se lo traduje al inglés. Hoy este relato está traducido a 68 lenguas de todo el mundo, creo.

Y, ¿que papel juegan las nuevas formas de editar, las tecnologías digitales?

Oh, no, yo sólo les di la historia (ríe). Lo mío son las viejas tecnologías (bromea). Pero por supuesto que esas tecnologías digitales son muy importantes para las nuevas publicaciones. Lo que pasa es que también es importante controlar el uso, porque pueden tener un efecto negativo. Todas las grandes empresas y los grandes negocios se apoyan en el uso de los medios sociales.

¿Vivimos tiempos de homogeneización?

No, no… Estamos en medio de una lucha entre las fuerzas que buscan el control social y las que quieren un mundo mejor. Esa lucha se refleja en los medios convencionales, en los medios sociales y en todos lados. Pero, por mucho que las grandes compañías estén intentando imponer esa cultura homogénea, siempre hay grupos que están desarrollando las alternativas.

¿Dónde ha quedado el papel emancipador y liberador de la literatura?

Sigue siendo necesario. La literatura empodera a la gente. Eso siempre es necesario y cada uno de tenemos que contribuir a nuestra manera desde diferentes ámbitos.

Con su experiencia vital, ¿cómo vive que siga habiendo escritores perseguidos o encarcelados en diferentes países de África?

Es el reflejo de las tendencias represivas. Cuando los escritores o los líderes de opinión, en general, son encarcelados es el reflejo de una represión mucho mayor. Los escritores son los cabezas de turco, meterlos en la cárcel pretende dar un ejemplo para el resto de la sociedad. He reescrito un libro que habla sobre mi experiencia en prisión y lo he dedicado a todos los escritores que son encarcelados, porque encarcelar a los escritores es un intento de silenciar sus ideas.

¿Por qué se ha decidido ahora a escribir sus memorias?

Porque tengo ochenta años, amigo (ríe). Pero no me siento mayor, ha sido mi mujer la que me ha dicho “te estás haciendo mayor, tendrías que ir escribiendo tus memorias para tus hijos y tus nietos”. Y las he escrito pensando en la teoría “globaléctica” que nos permite ir conectando fenómenos y situaciones. Al final, en cada conversación podemos conectar con todo el mundo y llevamos encima la historia del universo. En mi vida siempre ha estado muy presente la interacción y cómo todas esas fuerzas que hay a nuestro alrededor me han impactado. Esa es la imaginación globaléctica.

Y, ¿cuál es el punto fuerte de la tercera parte de su autobiografía, la que todavía no se ha publicado en español?

Cómo me convertí en escritor. Cómo me dije a mi mismo he nacido para hacer esto, cómo estaba intentado reflejar mi propia lucha y la importancia y la interacción con todas las fuerzas que influían en mi toma de conciencia sobre la escritura.

* Artículo publicado originalmente en Planeta Futuro gracias a un acuerdo de colaboración entre Wiriko y esta sección de EL PAÍS. Para seguir leyendo, pincha aquí.

JJ Bola, una sensación más allá del mercado

Nos estamos acostumbrando a que cada vez con más frecuencia despunten en la escena literaria internacional autores y autoras de origen africano. Cada vez más a menudo nos encontramos con lanzamientos de primeras novelas que resultan éxitos mundiales y que anuncian, a priori, el inicio de prometedoras carreras para escritores y escritoras africanas. Cada vez más habitualmente las grandes firmas de la industria de la edición global se fijan en prometedores narradores y narradoras africanas para dedicarles todo su arsenal de promoción y márketing y convertirlos en nuevas sensaciones literarias. Con J.J. Bola ha ocurrido algo parecido, pero sólo en parte. Precisamente, las diferencias son las que hacen que la emergencia de este escritor congoleño, nacido en Kinshasa y afincado en Londres, resulte incluso más atractiva.

El escritor congoleño afincado en Londres, JJ Bola. Fuente: Agencia Pontas.

No place to call home (algo así como “No es un lugar para llamar hogar”) es el título de la primera novela de J.J. Bola, publicada en junio del año pasado en el Reino Unido, pero no es su primera obra. Antes el escritor congoleño ha publicado tres colecciones de poemas: Elevate, en 2012; Daughter of the Sun, en 2014; y WORD, en 2015. La segunda gran diferencia con respecto a otros autores lanzados meteóricamente al estrellato es que No place to call home no ha aparecido en una de las editoriales que manejan el mercado internacional, sino en un modesto sello londinense, OWN IT!, completamente inmerso en la escena independiente y alternativa, hasta el punto de que no es una editorial sino una promotora de libros, música o películas, entre otros formatos.

Sin el apoyo de una gran editorial, han sido los lectores los que han aupado a JJ Bola a la categoría de escritor de moda. El escritor congoleño llamó definitivamente la atención de todo el mundo cuando fue incluido en una (realmente) larga primera selección del Not the Booker Prize que impulsa el periódico británico The Guardian. Un premio que cuenta con el voto popular de los lectores para las selecciones y, en parte, para el veredicto final. Aunque, JJ Bola no pasó a la selección final ya había puesto un pie en la primera división literaria del país y a partir de ahí continuaron los éxitos. Llamó poderosamente la atención durante su participación en la edición de 2017 del Festival Writivism que se celebra en Kampala. Despertó tanto interés que protagonizó lo que se llamó “el efecto JJ Bola”, que consiste en agotar en dos días todas las existencias de libros propios en dos días de festival.

Todos estos indicios sólo dan una idea de la capacidad para enamorar de la novela de JJ Bola, que en gran medida bebe de su trayectoria poética. Se trata de una historia, precisamente, de refugiados congoleños en Londres. No place to call home cuenta la historia de Jean y su familia, de origen congoleño y refugiados en la capital británica. La historia del muchacho permite a JJ Bola armar un relato en torno a la identidad y la integración, una narración teñida por la influencia de la distancia y de las renuncias.

Las diferentes reseñas destacan la capacidad para narrar de JJ Bola, el sabor acogedor de la prosa que se pone al servicio de las historias mundanas de las relaciones familiares y de las reflexiones profundas de un adolescente en un país del que aún no se siente parte. Sin embargo, uno de los elementos fundamentales de la novela son los personajes, el retablo formado por la abigarrada familia de Jean, incluso los familiares lejanos que se van sumando a la escena y los propios miembros de la comunidad en la que los refugiados pretenden integrarse configuran esa nómina. La últimas de las cuestiones que destacan de JJ Bola los críticos es la habilidad para tocar con ternura y delicadeza temas poco amables y cómo a pesar de hablar de violencia o de desarraigo, el escritor es capaz de generar un ambiente de esperanza.

La esperanza que nos queda es que este éxito inapelable de JJ Bola sirva para que llegue a las estanterías de las librerías en castellano. Teniendo en cuenta que la agencia Pontas se encarga de su representación, aumenta la confianza en que alguna editorial de la península se anime a editar al autor congoleño.

Doomi Golo, Boubacar Boris Diop por partida doble

De nuevo, El libro de los secretos – Doomi Golo es un ejercicio de valentía. Lo fue cuando el senegalés Boubacar Boris Diop lo escribió. Su primera novela escrita originalmente en wolof, en un acto de reivindicación política y cultural que marcaría su trayectoria literaria. Y lo ha sido también cuando la editorial 2709 books lo ha reeditado en septiembre del año pasado. La novela ya se había publicado en castellano, pero 2709 books ha hecho, como acostumbra, un nuevo giro en la edición. La propuesta de esta modesta editorial que ha optado por la edición digital es un libro bilingüe. La oferta de 2709 books es un mismo libro en el que se incluye el texto reescrito en wolof por Boubacar Boris Diop, después de una primera versión, y la traducción en castellano de Wenceslao-Carlos Lozano, a partir de una versión francesa autotraducida por el propio Boris Diop.

El escritor senegalés Boubacar Boris Diop, en el Salon du Livre de Ginebra en 2011. Fuente: Wikimedia.

El ejercicio del escritor senegalés en Doomi Golo resulta cuando menos sorprendente. Boubacar Boris Diop ha confesado en varias ocasiones que se había pasado al wolof en su producción literaria porque sólo así podía expresar algunas de las sensaciones y algunos de los mundos que quería contar, tenía sensación de que muchas palabras perdían una parte importante su significado al ser expresadas en el francés en el que comenzó a escribir. Doomi Golo pone al descubierto estas particularidades. El universo que relata la novela se corresponde con una tradición literaria en la que los relatos se despliegan como muñecas rusas, los tiempos se confunden y se entremezclan y el mundo de lo invisible se hace patente con naturalidad, no como parte de un relato fantástico.

Aparentemente el lector se coloca delante de la historia que Nguirane Faye pretende legar a su nieto Badou Tall, que se ha perdido una parte importante de los últimos años de la vida en Niarela, el barrio de Dakar en el que vive la familia. El joven Badou dejó el barrio y marchó al extranjero de manera sorpresiva y sin advertírselo, ni siquiera a su abuelo con el que le unía una relación muy especial. El viejo Nguirane, que ve que se acerca su hora, carga con la pena de no saber del nieto al que adoraba y, al mismo tiempo, con la sospecha de que no volverá a ver al muchacho, por eso pretende dejarle escritos siete cuadernos en los que relata los acontecimientos más importantes de su ausencia, incluido el Libro de los secretos en el que el viejo transmite a su nieto las maledicencias de los vecinos que han sido incapaces de entender la ausencia del muchacho.

Sin embargo, la voluntad original del anciano se ve desviada por la propia narración. En el relato se confunden los tiempos. Los, al menos, dos reconocibles se van trenzando y entremezclando hasta el punto de confundirse en algunos puntos, para después deshacer el entuerto con naturalidad. El tiempo en el que habla (o más bien escribe) el anciano, un tiempo reconocible, y que a estos efectos es el mismo que el de los hechos del barrio que narra; se entrecruza con el de las historias míticas que salpican el relato. El entierro del padre de Badou se erige como la referencia recurrente del tiempo más identificable. Assane Tall dejó a su familia, cuando el pequeño Badou contaba unos meses. Se trasladó a Marsella y desapareció tanto para su padre, Nguirane, como para su hijo. Assane sólo reaparece muerto, en forma del cadáver repatriado de Francia, donde había sido futbolista, que llega acompañado de una nueva mujer y dos hijos. Irrumpe en las vidas de la familia de Niarela para desestabilizar definitivamente el dudoso equilibrio.

Los relatos con los que Nguirane va espolvoreando el legado que pretende dejar a su nieto, permiten a Boris Diop desplegar toda una batería de recursos narrativos que dan a la historia un tono muy particular. Las historias de los antiguos reinos que poblaron el actual territorio de Senegal son uno de los ingredientes. De pronto, Cayor o el Sine vuelve a recuperar un protagonismo que comparten con personajes míticos y elementos de las cosmovisiones que conviven en el territorio. Las historias de antepasados y ancestros tienen que encontrar el encaje con las estructuras políticas contemporáneas, de hecho, como ocurre en la vida real. El relato refleja también esas tensiones: “Un fanático de la República moderna, de sus fastos y sus urnas, recuerda con triunfalismo que, a Dios gracias, las monarquías de nuestra enloquecida historia son cosa del pasado. (…) Los siglos se embisten como carneros enfurecidos. Niarela no sabe a qué propia historia y las mentes están bastante alteradas”, advierte en una ocasión.

Esos relatos que van apareciendo y desapareciendo son además la forma para explorar otras formas de contar poco habituales en la literatura escrita pero completamente integrados en la transmisión de los relatos populares. “Puedo asegurarte que nuestro ancestro batallaba a lomos de un leopardo. Cuando atacaba al enemigo, el aliento de la fiera precipitaba las estrellas contra la tierra y los peces, aterrados, se ocultaban entre las rocas de las profundidades oceánicas”, le dicen al anciano narrador durante una incursión en busca de su pasado, reflejando ese tono propio de las historias tradicionales. Y un imaginario Badou pide a su abuelo en una ocasión que le cuente: “Todo lo que ni viste ni oíste allá. Si las palabras te pesan en la lengua, dales alas, Nguirane, haz que vuelen como esas aves que cruzan el cielo”. Una frase que transmite de manera magistral lo que supone el gusto por el relato. En el resto de las historias se pueden encontrar esparcidas frases que igualmente hacen referencia a ese espacio onírico en el que se mezclan de manera inapreciable la realidad y la ensoñación: “Quiero soñar. Llévame allí donde el tiempo no puede avanzar ni retroceder”. Las frases propias de la función pedagógica de los relatos populares también aparece aquí y allí en el texto de Boris Diop: “Por larga que sea la noche, siempre acaba amaneciendo”.

“Algunos días hay que tener el valor de recordar algo tan sencillo como que no moriremos dos veces, que la muerte es en definitiva un acontecimiento tan único e irrisorio como el sonido de ese tambor. Sin duda, se la puede temer, pero no hasta el punto de dejarse humillar por cualquiera”, deja escrito Nguirane a su nieto en forma de enseñanza.

Sin embargo, las historias sobre reinos tradicionales o los relatos fundacionales no ocultan, aunque quizá sí que disimulan el contenido de crítica social y política de la narración. No pasan desapercibidas ni las advertencias a no abandonar una identidad cultural y una tradición histórica propias, ni las reprimendas a los gobernantes modernos que se olvidan de sus obligaciones con los ciudadanos. El desgarro de la migración, la dificultad de la vida en la diáspora, el choque entre las culturas africanas y los usos del norte, son algunas de las cuestiones que el escritor senegalés va apuntando sin que la lectora o el lector apenas se percaten.

Esa intersección (no confusión) entre los mundos visible e invisible entre la historia y la fábula, se va intensificando poco a poco, los relatos míticos dejan de ser apuntes del viejo Nguirane para transmitir enseñanzas. Las historias de personas no humanos van ganando terreno y la transición se completa cuando Ali Kaboye toma el relevo de la historia que Badou Tall debe escuchar cuando regrese a Niarela. El personaje mítico de Kaboye se responsabiliza de transmitir el legado cuando el viejo Nguirane muere. La certeza de que “ninguna historia acaba del todo”, es la transición entre uno y otro, una certeza que acompaña a Nguirane Faye, en su último viaje y con la que Ali Kaboye recoge su testigo narrativo.

Alain Mabanckou, una batería de nuevos argumentos para la liberación

“Durante muchos años soñamos con los soles de las independencias y, cuando estos se levantaron, deslumbrados, cerramos los ojos. Cuando los volvimos a abrir, nuestros estados parecían sombras movedizas, gobernadas por ogros cuyo apetito aumentaba al ritmo de nuestras angustias”. Es una de las reflexiones que el escritor congoleño, Alain Mabanckou lanza a modo de dardo en El llanto del hombre negro, una recopilación de ensayos en los que trata temas diversos, desde la inmigración hasta la identidad pasando por el papel de los europeos en África, la trata esclavista o el papel de la lengua francesa en las literaturas africanas.

Alain Mabanckou durante su charla en la pasada edición de Africa Writes / Foto: Iván González

Aunque no sea evidente a primera vista, todos esos temas y muchos más tienen un mismo hilo en común que los hilvana. En los últimos años, Mabanckou se ha convertido en uno de los abanderados de una corriente de escritores y filósofos, intelectuales africanos, en general, que pretenden edificar una nueva conciencia ciudadana en el continente. Para ser honestos ni edificar, ni una nueva conciencia serían del todo correctos. En realidad, lo que buscan estos artistas y pensadores contemporáneos es elaborar el andamiaje argumental para una toma de responsabilidad que la ciudadanía ya está impulsando desde diferentes esferas de la sociedad civil. El tan traído y llevado renacimiento africano en su versión más cívica, podría apoyarse en la reflexiones de estos intelectuales.

El llanto del hombre negro es un ejemplo perfecto de las producciones que se enmarcan en esa corriente de reflexión sobre el presente y el futuro del continente africano, de los escritores y filósofos que han aceptado la responsabilidad de intentar generar el armazón teórico que sustente una nueva emancipación del continente, una independencia real y definitiva y una inserción en el sistema mundo de pleno derecho y no con vetos parciales, como hasta el momento. Toda esta corriente coloca a los africanos en el centro de este proceso de renacimiento que, en gran medida, pasa por la toma de responsabilidad de los ciudadanos que tienen encomendada la labor de convertirse en protagonistas.

El volumen que ha publicado en español la editorial Los libros de la catarata cuenta con una encomiable guía, el prólogo que ha escrito Josefina Bueno y que permite a los lectores asomarse a los textos sin necesidad de ser expertos en la materia. De hecho, el repaso que Mabanckou realiza en sus ensayos, tiene el inevitable rastro de uno de los autores de origen africanos más laureados del panorama actual. El congoleño no sólo se ha hecho un hueco en la industria editorial global, sino que además se ha convertido en un referente de las literaturas africanas en Estados Unidos y en Francia. En uno de sus últimos episodios públicos, este dandi provocador ha rechazado la oferta del presidente francés Emmanuel Macron de encargarse de repensar la Francophonie, esa especie de construcción gala francesa a medio camino entre la diplomacia y la dominación cultural.

Entre la guía de Josefina Bueno y la habilidad narrativa de Mabanckou permite circular por unas reflexiones que no escatiman autocrítica, ni se detienen ante las líneas rojas de los políticamente correcto. Desde un primer momento deja claro su punto de partida. “Soy de los que opinan que la historia africana está por escribir, con paciencia y serenamente”, asegura en referencia a los prejuicios, a todos los prejuicios. Y explica el significado del título del volumen de una manera sencilla y descarnada: “Un sollozo cada vez más ruidoso que definiré como la tendencia que anima a algunos africanos a explicar las desgracias del continente negro -todas sus desgracias- a través del prisma de su encuentro con Europa. (…) El que odia ciegamente a Europa está tan enfermo como el que se fundamenta en un amor ciego por el África de antaño, un África imaginaria que habría atravesado plácidamente los siglos, sin enfrentamientos, hasta la llegada del hombre blanco, que vino a trastocar un equilibrio sin fisuras”.

Eso no significa que no critique duramente, por ejemplo, la actitud de la sociedad francesa hacia el hecho migratorio. “Quiérase o no, existe una ‘presencia negra’ en Francia”, asegura en un texto titulado “El espíritu de las leyes”. En este sentido recuerda que “para algunos franceses, hablar de Francia es hablar de un país poblado de blancos”, aunque también advierte que “a menudo, los propios africanos imaginaron Francia como un país de blancos”. Sin embargo, más allá de estos imaginarios construidos y deformados, Mabanckou se refiere a una realidad innegable, la de los “franceses de pleno derecho” que “vinimos de fuera o que nacimos aquí de padres extranjeros”. “Convendría revisar la definición de la expresión ‘francés medio’”, advierte, “pues estos hombres y mujeres son los que escriben o reescriben las páginas de la historia nacional. La patria debería probablemente tenerlos en cuenta, so pena de permitir que arraigue el sentimiento de una superioridad racial”.

Como en otros pasajes Mabanckou no parece demasiado amigo de la diplomacia a la hora de afrontar una realidad que escuece: “Hemos atravesado la historia, primero como ‘salvajes’ e ‘indígenas’, luego como ‘tiradores’ en las guerras europeas, antes de comprender lo que quería decir el blanco al pronunciar la palabra ‘negro’”. “La negritud se erigió frente a un mundo blanco”, continúa, “que se arrogaba el derecho de imponer una civilización pretendidamente ‘ilustrada’ a unos bárbaros enfangados en las tinieblas del oscurantismo”. “Fue el blanco quien inventó al negro y que, a partir de ahí, el negro se vio obligado a definir al blanco con el vocabulario de este último”, sentencia con unas palabras que inevitablemente siguen resonando mucho tiempo después de haber sido leídas.

Sin embargo, si un tema tiene especial protagonismo en esta recopilación de ensayos, es la identidad y, de su mano, el papel de la lengua, en este caso del francés, en las literaturas africanas. Son, sin duda, reflexiones obligadas para un artista que ha sido muy habitualmente cuestionado respecto a temas que poco tenían que ver con su obra. Y por eso, algunas de las afirmaciones que hace en relación a su identidad sólo se entienden si son la respuesta a dudas suspendidas en el aire. “Identidades asesinas”, titula Mabanckou uno de sus ensayos en los que deja claro su idea básica en torno a la identidad: el hecho de que esa categoría sólo tiene sentido en plural (identidades) y como un proceso dinámico. “Yo sería más bien un congoalgo”, afirma al relatar un encuentro con un francés que tiene dificultades para aceptar al escritor como francés, sólo por su aspecto, “consciente de haber nacido en otra parte. Pero mi concepción de la identidad va mucho más allá de las nociones de territorio o de sangre. Cada encuentro, incluido el del ‘franconormando’, es para mí fuente de inspiración. Sería inútil limitarse al territorio, ignorar la multiplicación de interferencias y, con más razón, la complejidad de esta nueva era que nos une unos a otros, lejos de las consideraciones geográficas”. En otro pasaje de “El carnet de identidad”, Mabanckou afirma: “Nací en África, en Congo-Brazzaville, y pasé parte de mi juventud en Francia, antes de establecerme en Estados Unidos. El Congo es el lugar del cordón umbilical; Francia, la patria de adopción de mis sueños, y América, un rincón desde el que contemplo las huellas de mi errancia”.

En el caso, del uso de la lengua, el escritor congoleño aprovecha su tribuna para argumentar su decisión de escribir en francés, pero también para saldar algunas cuentas en medio del encendido debate que ha “enfrentado” a algunos escritores africanos en los último años. “¿Todavía no hemos comprendido que hace tiempo que la lengua francesa se desprendió de Francia y que su vitalidad está garantizada por creadores venidos de los cinco continentes?”, se pregunta. Y entre disquisiciones que dejan entrever esas críticas “extraartísticas”, Alain Mabanckou lanza afirmaciones provocadoras: “Incluso si en África, cuando muere un anciano, arde una biblioteca entera, habría que saber qué tipo de anciano y qué biblioteca, ¡viejos tontos hay muchos por el mundo!”. De la misma manera, advierte: “No está prohibido traducir libros de un autor africano francófono a una lengua africana. (…) No se trata sólo de escribir en una lengua africana, también hay que preparar al africano a leer su lengua, como se preparan franceses, chinos o rusos a leer la suya”.

Desde su posición de figura literaria consolidada, el congoleño trata además de romper una lanza a favor de los jóvenes autores y, sobre todo, de aquellos que tienen que enfrentarse al juicio sibilino de la “autenticidad” que trata de encorsetarles: “Esos fanáticos constituyen una secta que se niega a admitir que África es múltiple, compleja y está en plena mutación. Se arrogan el monopolio del discurso sobre África simplemente por el hecho de ser negros y haber nacido en África. Pero no se trata solamente de ser negro, se trata de sentirse africano, de comprender dicho sentimiento y de tratar de explicarlo a los demás”. “No se trata”, continua Mabanckou, “de borrar África en nuestras creaciones. Se trata de recusar la que nos han servido durante años. Se trata de rechazar un ‘encargo’ subrepticio, la obligación que se les susurra a los escritores africanos y que consiste en hacerles escribir lo que se espera de ellos, privándoles así de la posibilidad de tomar otros caminos”. El escritor congoleño propone aceptar que no existe África y dejar de lado el lastre geográfico, así la redefinición de las Áfricas incluye los territorios creados por las diásporas en todo el mundo: “África ya no no está sólo en África. Al dispersarse por el mundo, los africanos crean otras Áfricas”.

La última de las balas literarias de Alain Mabanckou es para el compromiso en el que el escritor se ha empleado con más ahínco en los últimos años: la denuncia de las dictaduras y la exigencia de más democracia. Por eso, en medio del ejercicio de autocrítica que es El llanto del hombre negro no es extraño leer la desilusión que siguió a los primeros gobiernos independientes. “Las independencias también engendraron el personaje del dictador en la literatura del África negra francófona. En contrapartida, también inventaron el personaje del rebelde”, explica con un lamento que, sin embargo, no cierra la puerta a la esperanza. El congoleño reconoce las responsabilidades de los antiguos colonizadores en la construcción de los monstruos antidemocráticos que llegan hasta hoy. Pero prefiere abofetear a sus conciudadanos en su propia responsabilidad, con la intención de despertar una conciencia que el único camino para la verdadera liberación.